Prólogo
Namono
Habían pasado tres meses desde la caída de las rocas, y Namono empezaba a ver que el cielo había recuperado parte de su tono azulado. El impacto en Laghouat, el primero de los tres que habían hecho el mundo pedazos, había levantado tanta arena del Sáhara que se habían pasado semanas sin ver la Luna ni las estrellas. Hasta el rubicundo disco solar parecía tener que esforzarse para atravesar las nubes de arena. La ceniza y el polvo que había caído sobre Gran Abuya se empezó a amontonar e hizo que la ciudad adquiriera el mismo tono gris y amarillento que el cielo. Pero al ayudar a los equipos de voluntarios a limpiar los escombros y a cuidar de los heridos, Namono no tardó en darse cuenta de que la fuerte tos y la flema oscura que le provocaba se debía a respirar toda esa muerte.
Había tres mil quinientos kilómetros entre el cráter en el que antes se encontraba Laghouat y Abuya. La onda expansiva había reventado ventanas y derrumbado edificios. Las noticias decían que había unos doscientos muertos y cuatro mil heridos. Los hospitales estaban a rebosar. Quedarse en casa era lo mejor si no tenías una urgencia muy grave.
La red eléctrica no tardó en sufrir las consecuencias. No había Sol que alimentara los paneles solares, y la arena del ambiente atascaba los parques eólicos a pesar de los esfuerzos por limpiar los aerogeneradores. Consiguieron enviar un reactor de fusión en un camión desde Kinsasa, que se encontraba al sur, pero media ciudad ya llevaba quince días a oscuras cuando llegó. Los centros hidropónicos, los hospitales y los edificios del gobierno tenían preferencia frente al resto en la red eléctrica, y las bajadas de tensión ocurrían muy a menudo. El acceso a la red a través de los terminales portátiles de la población era irregular y poco fiable. A veces se quedaban aislados del mundo durante días. Namono sabía que era normal. Les acababa de ocurrir algo impredecible.
A pesar de todo, los cielos vastos y encapotados empezaron a despejarse tres meses después. Y cuando el Sol se empezaba a poner por el oeste, las luces de las ciudades de la Luna aparecían por el este, como gemas en un tapiz azul. Sí, un tapiz sucio, contaminado e incompleto, pero azul. Nono se regocijó al contemplarlo mientras caminaba.
Se podía decir que el distrito internacional era reciente a nivel histórico. Eran pocos los edificios que tenían más de cien años. Los barrios se habían visto afectados por la debilidad que tenía la generación anterior por las avenidas amplias, las calles laberínticas y las formas arquitectónicas curvadas y casi orgánicas. La roca Zuma seguía alzándose en el lugar, un punto de referencia permanente. La ceniza y el polvo podían llegar a ensuciar la roca, pero nunca a cambiarla. Era la ciudad natal de Nono. El lugar en el que había crecido y el lugar al que había traído a su pequeña familia al terminar sus aventuras. El lugar donde tenía pensado pasar una tranquila jubilación.
Se le escapó una risa amarga y luego empezó a toser.
El centro de asistencia médica era una furgoneta aparcada al borde de un parque público. Tenía un trébol frondoso en un costado, el logo de una granja hidropónica. No era de la ONU y tampoco de la administración de la zona. La burocracia había resultado ser insuficiente dada la urgencia de la situación. Sabía que tenía que sentirse afortunada, porque seguro que había lugares a los que no había llegado furgoneta alguna.
El polvo y la ceniza habían formado una costra sobre las cuestas inclinadas que antes estaban cubiertas de hierba. Había huecos y surcos serpenteantes que evidenciaban los lugares donde los niños se habían puesto a jugar a pesar de todo, pero ahora no había ninguno a la vista. Lo que sí había era una cola de personas. Nono se colocó en último lugar. Los que esperaban delante de ella tenían la misma mirada vacía propia del agotamiento y de la conmoción. Y de la sed. El distrito internacional tenía enclaves vietnamitas y noruegos, pero la ceniza y la tristeza los había convertido en una sola tribu independientemente del color de su piel y la textura de su pelo.
La puerta de la furgoneta se deslizó a un lado, y la gente de la cola se agitó. Estaban a punto de darles raciones para otra semana, por muy escasas que fueran. Nono sintió una punzada de vergüenza a medida que se acercaba su turno. Jamás en la vida había necesitado la ayuda básica. Era una de esas personas que siempre había ayudado a los demás, no una que necesitara ayuda. Pero ahora habían cambiado las tornas.
Llegó junto a la furgoneta. Había visto antes al hombre que repartía los paquetes. Tenía un rostro amplio, marrón y salpicado de pecas negras. Le pidió su dirección, y Nono se la dio. Rebuscó un poco y, un momento después, le tendió un paquete de plástico blanco con la eficiencia de un autómata. Nono lo cogió, pero era demasiado ligero. El hombre solo se dignó a mirarla al ver que no se marchaba.
—Tengo una esposa —dijo Namono—. Y una hija.
La rabia se apoderó del gesto del hombre, como si le hubiese dado un tortazo inesperado.
—Pues si pueden hacer que la avena crezca más rápido o crear arroz de la nada, diles que se pasen por aquí. Si no, estás tardando en marcharte.
Namono sintió cómo las lágrimas empezaban a nublarle la vista y a irritarle los ojos.
—Una ración para cada familia —espetó el hombre—. Andando.
—Pero...
—¡Andando! —gritó, y chasqueó los dedos frente a su cara—. Hay gente esperando.
Namono se apartó y le oyó murmurar varios tacos mientras se alejaba. Las lágrimas no eran muy densas y podía enjugárselas, pero picaban mucho.
Se colocó el paquete de raciones debajo del brazo y, cuando recuperó la vista, agachó la cabeza y empezó a caminar hacia su casa. No podía retrasarse. Había gente más desesperada o con menos principios que ella que acechaban en las esquinas y las puertas con la intención de robar filtros de agua y comida a los desprevenidos. Puede que la confundiesen con una víctima fácil si no caminaba con decisión. Su exhausta y hambrienta mente se entretuvo con fantasías en las que les daba una buena paliza a los ladrones durante unas cuantas manzanas. Desconocía la razón, pero la catarsis de la violencia la tranquilizaba.
Al marcharse de casa le había prometido a Anna que solo se detendría en la del viejo Gino para asegurarse de que el hombre iba a pasar por la furgoneta de las raciones, pero siguió de largo cuando llegó a la esquina que tenía que doblar. Estaba cansada hasta la extenuación, y la idea de acompañar al anciano hasta la furgoneta y volver a hacer la cola con él se le antojaba demasiado agotadora. Diría que se había olvidado. No era del todo mentira.
Las violentas fantasías de su imaginación cambiaron cuando llegó a la curva de la amplia avenida que llevaba hasta la calle sin salida donde se encontraba su hogar. El hombre al que se había imaginado dando una paliza hasta que le pedía perdón y le suplicaba no era un ladrón, sino el pecoso que repartía las raciones. ¿Cómo que si no podían hacer crecer más rápido la avena? ¿A qué había venido eso? ¿Había insinuado de broma que podía usar los cadáveres de su familia como fertilizante? ¿Se había atrevido a amenazarlas? ¿Quién coño se creía que era?
«No —oyó decir a una voz en su mente, con la misma claridad con la que lo habría dicho Anna de estar junto a ella—. No. Estaba enfadado porque le hubiese gustado ayudar más, pero no podía. Saber que no puedes dar todo lo necesario es una carga. Eso es todo. Perdónale.»
Namono sabía que debería perdonarlo, pero era incapaz.
La casa en la que vivían era pequeña. Media docena de estancias hacinadas como un niño que comprime un puñado de arena húmeda. El lugar no tenía ángulos rectos ni esquinas, lo que más bien lo hacía parecer una gruta o una caverna en lugar de algo que había sido construido. Hizo una pausa para intentar despejar la mente antes de abrir la puerta. La puesta de sol ya se había perdido detrás de la roca Zuma, y el humo y la tierra del aire se recortaban contra los haces de luz que surgían desde detrás del montículo. Era como si la piedra tuviese una aureola. Y en el cielo nocturno destacaba un punto de luz. Venus. Puede que esa noche se fuesen a ver las estrellas. Se aferró a la idea con la misma fuerza que lo haría a un bote salvavidas en mar abierto. Puede que se fuesen a ver las estrellas.
El interior de la casa estaba limpio. Alguien había sacudido las alfombras y barrido los ladrillos del suelo. Olía a lilas gracias a las pequeñas bolsitas de ambientador que les había regalado uno de los parroquianos de Anna. Namono se enjugó la última de sus lágrimas. Podría mentir y decir que los tenía rojos debido a la tierra que había en el ambiente. Puede que no la creyesen, pero a lo mejor ellas también fingían.
—¿Hola? —llamó—. ¿Hay alguien en casa?
Nami salió disparada del dormitorio del fondo. Los pies descalzos restallaron en los ladrillos mientras corría hacia la puerta. La pequeña ya no era tan pequeña. Ya le llegaba a las axilas a Nono. Y a los hombros a Anna. La dulce inocencia de la juventud había desaparecido para dejar paso a la complicada y revoltosa belleza de la adolescencia, que empezaba a abrirse camino a través de su voz. Tenía la piel algo más clara que la de Nono y el pelo frondoso y encrespado, pero su sonrisa era inconfundiblemente rusa.
—¡Has vuelto!
—Claro que he vuelto —dijo Nono.
—¿Qué has traído?
Namono sacó el paquete blanco y se lo dio a su hija. Luego le dedicó una sonrisa de la que rezumaba complicidad y se acercó aún más a ella.
—¿Por qué no vas a ver qué hay dentro y luego me lo cuentas?
Nami le devolvió la sonrisa y se dirigió a la cocina, como si los recicladores de agua y la avena de crecimiento rápido fuesen el mejor de los regalos. El entusiasmo de la niña era enorme y, en gran medida, también sincero. La parte falsa de su comportamiento era para demostrar a sus madres que no tenían por qué preocuparse por ella. Eran una familia muy unida porque siempre intentaban protegerse entre ellas, algo que Namono no tenía muy claro si era bueno o malo.
Anna estaba tumbada entre los cojines en la cama del dormitorio. Tenía un enorme volumen de Tolstói junto a ella, con el lomo arrugado debido a que se trataba de una relectura. Guerra y paz. Tenía la piel grisácea y demacrada. Nono se sentó junto a ella con cuidado y le puso una mano sobre la piel de su muslo derecho que quedaba al descubierto, justo sobre la rodilla que se había roto. Ya no la tenía caliente, ni tampoco estirada como la de un tambor debido a la hinchazón. Era buena señal.
—Hoy el cielo estaba azul —dijo Nono—. Puede que esta noche hasta salgan las estrellas.
Anna le dedicó su sonrisa rusa, la misma que los genes de su esposa le habían dado a Nami.
—Pues genial. Parece que la cosa mejora.
—Sí, y ya va tocando —dijo Namono, que se arrepintió al momento del tono desanimado de su voz. Intentó salvar la papeleta cogiendo la mano de Anna—. Tienes mejor aspecto.
—Hoy no me ha dado fiebre —anunció Anna.
—¿Nada?
—Bueno, solo un poco.
—¿Han venido muchos invitados?
Namono intentó mantener un tono ligero y conversacional. Después del accidente, los parroquianos habían armado un buen escándalo para traer regalos y ofrecer su ayuda, lo que no le dejaba tiempo libre para descansar. Namono se había puesto muy seria y había intentado echarlos. Anna lo había permitido en parte, porque sabía que así evitaba que sus feligreses le diesen parte de las raciones que necesitaban para sobrevivir.
—Se ha pasado Amiri —dijo Anna.
—¿Ah, sí? ¿Y qué quería mi prima?
—Es que hemos acordado hacer un círculo de oración para mañana. Solo será una docena de personas. Nami me ha ayudado a limpiar la habitación principal. Sé que debería habértelo preguntado antes, pero...
Anna cabeceó hacia su pierna dolorida y extendida, como si su incapacidad para ponerse en pie detrás de un púlpito fuera lo peor que le había pasado jamás. Y quizá lo fuese.
—Si te ves con fuerzas... —accedió Namono.
—Lo siento.
—Te perdono. Otra vez. Siempre.
—Eres muy buena conmigo, Nono. —Luego se acercó un poco a ella y habló en voz baja para que Nami no la oyera—: Hubo una alerta mientras estabas fuera.
A Namono se le heló la sangre.
—¿Dónde va a caer?
—No va a caer. Han conseguido detenerla, pero...
Anna fue incapaz de seguir. Habían tirado otra roca. Otra roca hacia las ruinas en las que se había convertido el pozo de gravedad que era la Tierra.
—No se lo he dicho a Nami —dijo Anna, como si querer evitar que su hija se asustase fuera otro pecado por el que tuviera que arrepentirse.
—No pasa nada —dijo Namono—. Yo se lo diré si es necesario.
—¿Cómo está Gino?
Namono estuvo a punto de pronunciar el «me he olvidado» que tenía preparado, pero fue incapaz de mentir. Quizá podía mentirse a sí misma, pero no a Anna.
—Voy a ir ahora.
—Es importante —insistió su esposa.
—Lo sé, pero es que estoy muy cansada...
—Por eso es importante —dijo Anna—. Cuando hay una crisis siempre nos unimos, y lo hacemos por naturaleza. Nos sale de dentro. Pero cuando la cosa empieza a alargarse, tenemos que empezar a hacer el esfuerzo. Tenemos que asegurarnos de que todo el mundo tiene claro que nos apoyamos.
Ya podía caer otra roca y que la armada no la detectase a tiempo. Ya podía fallar la hidroponía por las malas condiciones y dar lugar a una hambruna. Ya podían estropearse las purificadoras de agua. Ya podía pasar una de los cientos de cosas que podían ocurrir y acabar con ellos.
Pero en ningún caso algo así significaría un fracaso para Anna mientras todos estuviesen bien y fuesen amables entre ellos. Anna sentiría que había cumplido con su cometido en la vida mientras todos hiciesen lo posible para que la muerte no fuera algo tan traumático. Y quizá tuviera razón.
—Claro —dijo Namono—. Solo quería traerte los suministros primero a ti.
Nami entró a la carrera un instante después con una purificadora de agua en cada mano.
—¡Mirad! ¡Otra maravillosa semana en la que beberemos pipí filtrado y agua de lluvia sucia! —dijo con una sonrisa en el rostro. Namono se sorprendió al comprobar por enésima vez que la hija de ambas se pareciese tanto a sus madres.
El resto del paquete contenía discos de avena listos para cocinar, cajas de algo que en chino e hindi ponía que era pollo en salsa strogonoff y varias pastillas. Vitaminas para todas. Analgésicos para Anna. Algo era algo.
Namono se sentó con su mujer y le sostuvo la mano hasta que los párpados de Anna empezaron a cerrarse y sus mejillas adquirieron el color propio de alguien que está a punto de dormirse. A través de la ventana, los últimos rayos del sol del ocaso se proyectaban en el cielo enrojecido y empezaban a desaparecer. El cuerpo de Anna se terminó de relajar. La tensión desapareció de sus hombros y de su frente. Anna no se quejaba, pero el dolor de la herida y el estrés de haberse quedado discapacitada de improviso se habían mezclado con el miedo que todos compartían en aquella situación. Era muy placentero ver cómo todo desaparecía de su gesto, aunque solo fuese mientras dormía. Anna siempre había sido una mujer guapa, pero cuando dormía era preciosa.
Nono esperó hasta que la respiración de su pareja se tornó profunda y regular antes de levantarse de la cama. Cuando estaba a punto de llegar a la puerta, Anna habló con la voz abotargada propia del sueño.
—No te olvides de Gino.
—Voy ahora mismo —dijo Nono en voz baja, y la respiración de Anna volvió al ritmo lento y pausado de antes.
—¿Puedo ir yo también? —preguntó Nami mientras Nono se acercaba a la puerta de la calle—. Los terminales han vuelto a dejar de funcionar y no tengo nada que hacer.
Nono pensó en decirle: «Es muy peligroso salir al exterior» o «Puede que tu madre te necesite», pero su hija le dedicó una mirada llena de ilusión.
—Venga, vale. Pero ponte los zapatos.
El paseo hasta la casa de Gino fue como bailar entre las sombras. Los paneles solares de emergencia habían recibido la luz suficiente como para que la mitad de las casas junto a las que pasaron tuviesen encendidas las luces del interior. Era poco más que el resplandor de una vela, pero mucho más que antes. La ciudad aún seguía envuelta en las sombras. Las farolas no funcionaban y los rascacielos no tenían luz alguna. Solo había algunos puntos de luz en la sinuosa arcología que se extendía por el sur.
Namono tuvo el recuerdo repentino de cuando era más joven de lo que era su hija ahora y había viajado a la Luna por primera vez. Recordó el brillo cegador de las estrellas y la belleza innegable de la Vía Láctea. Había más estrellas ahora a pesar de la tierra que flotaba en el ambiente que las que se veían cuando la ciudad estaba del todo iluminada. La Luna brillaba: creciente, plateada y con un entramado dorado. Cogió la mano de su hija.
Los dedos de la niña eran muy gruesos, mucho más de lo que habían sido hacía no mucho tiempo. No paraba de crecer. Ya no era su pequeña bebé. Todos los planes que tenían para que fuese a la universidad y para viajar juntas habían desaparecido de un plumazo. El mundo en el que creían que la iban a ver crecer se había hecho añicos. Sintió una punzada de dolor al pensar en ello, como si hubiese estado en su mano hacer algo para evitarlo. Como si, en cierta manera, fuese culpa suya.
Se oían voces en la oscuridad cada vez más profunda por la que avanzaban, aunque no tantas como antes. En el pasado había mucha más vida nocturna en el barrio. Los pubs, los artistas callejeros y la música machacona y escandalosa que se había puesto de moda hacía no mucho tiempo adornaban todos los rincones de la calle. Ahora la gente se iba a dormir poco después del atardecer y se levantaba con los primeros rayos de sol. Namono distinguió el olor a comida que salía de una cocina. Le resultó extraño que oler avena hervida pudiese resultarle reconfortante. Tenía la esperanza de que el anciano Gino hubiese ido a la furgoneta o que uno de los parroquianos de Anna le hubiese acompañado a estas alturas. De no ser así, Anna insistiría en darle al hombre parte de sus raciones, y Namono tendría que aceptarlo.
Pero aún no sabía qué iba a pasar y no tenía sentido empezar a darle vueltas a un problema antes de que ocurriese. Ya tenía bastantes cosas de las que preocuparse. Cuando llegaron al cruce que daba a la calle de Gino, el Sol ya había desaparecido por completo del horizonte. La única prueba de que la roca Zuma seguía estando ahí era la oscuridad más profunda que se erigía miles de metros sobre la ciudad, como si la tierra levantara un puño desafiante hacia los cielos.
—Vaya —dijo Nami en voz tan baja que más bien pareció un resoplido—. ¿Lo has visto?
—¿Si he visto el qué?
—La estrella fugaz. ¡Mira, otra!
Y allí estaba, distinguió un breve haz de luz entre el acompasado titilar de las estrellas. Y luego otro. Allí de pie y cogidas de la mano vieron media docena más. Hizo todo lo que pudo para no darse la vuelta y empujar a su hija hacia una puerta donde intentar refugiarla. Había tenido lugar una alerta, pero la armada de la ONU había conseguido evitar el impacto. Puede que esas llamaradas en la atmósfera superior no tuviesen relación alguna. O puede que fuesen los restos de la roca.
Sea como fuere, las estrellas fugaces eran algo bonito en el pasado. Algo inocente que ya nunca volvería a ser lo mismo. Al menos no para ella. Y tampoco para ninguno de los habitantes de la Tierra. Cada haz de luz que divisasen en el espacio podría llegar a convertirse en el anticipo de su muerte. En el silbido de una bala. En una voz que les hablara con claridad para anunciar: «Todo lo que tenéis podría acabar ahora mismo y no podéis hacer nada para evitarlo».
Vieron otra de esas luces, intensa como una antorcha, que llameó como una bola de fuego silenciosa del tamaño de un pulgar.
—Hala, qué grande era esa —dijo Nami.
«No —pensó Namono—. No era tan grande.»
1
Pa
—¡No tienen derecho a hacer esto, joder! —volvió a gritar el capitán de la Hornblower—. Hemos trabajado duro por nuestras posesiones. Son nuestras.
—Se lo voy a tener que repetir, señor —dijo Michio Pa, capitana de la Connaught—. Tanto su nave como su cargamento le han sido confiscados por la Armada Libre.
—Es por culpa de esas labores humanitarias, ¿verdad? Si los cinturianos quieren suministros, que se los compren. Esto es mío.
—Los necesitan. Si cooperase con las labores...
—¡Nos han disparado y destrozado el cono del motor!
—Han intentado esquivarnos. Tanto sus pasajeros como su tripulación...
—¡Armada Libre por mis cojones! No son más que ladrones. Piratas, le digo.
A su izquierda, Evans, que era su segundo de a bordo y la incorporación más reciente a su familia, gruñó como si acabara de recibir un golpe. Michio lo miró, y los ojos azules del hombre hicieron lo propio. Él sonrió, una sonrisa de dientes blancos en un rostro demasiado atractivo. Era guapo y lo sabía. Michio silenció el micrófono y dejó que el hombre de la Hornblower se explayara sin ella. Luego cabeceó hacia Evans.
«¿Qué pasa?»
Evans señaló la consola con el pulgar.
—Qué enfadado está. Me gusta herir los sentimientos de un pobre coyo y ver cómo se pone.
—Esto es serio —dijo Michio con una sonrisa en el rostro.
—Y yo lo digo en serio. Fragé bist.
—¿Sensible, tú?
—Mi corazón —dijo Evans al tiempo que se llevaba una mano a su pecho escultural—. En el fondo soy un chaval.
Oyeron por los altavoces que el propietario de la Hornblower había empezado a soltar espuma por la boca de la rabia. Aseguró que Pa era una ladrona, una puta y el tipo de persona a la que no le importaba que muriesen bebés mientras recibiera su sueldo. Dijo que, de haber sido su padre, la hubiese matado en lugar de dejar que deshonrase a su familia. Evans rio con disimulo.
Michio fue incapaz de reprimir la risa.
—¿Sabías que tienes más acento cuando flirteas?
—Sí —aseguró Evans—. Soy un organismo complejo lleno de vicios y contradicciones. Tú deberías de dejar de darle importancia a lo que dice. Estabas empezando a perder los nervios.
—Todavía puedo aguantar un poco —aseguró ella al tiempo que volvía a girarse hacia el micrófono—. Señor. ¡Señor! ¿Podría tener en cuenta al menos que soy la pirata que le ha ofrecido encerrarlo en su camarote hasta que lleguemos a Calisto en lugar de tirarlo al espacio exterior por la esclusa? ¿Qué le parece?
Se hizo el silencio en la radio durante un rato, y luego se oyó un rugido de rabia ininteligible que terminó en frases como: «Me voy a beber tu puta sangre de cinturiana» o «Inténtalo y verás lo que te pasa». Michio levantó tres dedos. Oksana Busch levantó también la mano al otro lado del centro de mando para confirmar que había visto el gesto y luego tocó los controles del armamento.
La Connaught no era una nave cinturiana. Al menos no al principio. Había sido fabricada por la armada de la República Congresual de Marte y venía equipada con una amplia variedad de sistemas técnicos y militares. Llevaba en ella casi todo un año, y habían practicado con sus sistemas en secreto hasta que llegó el momento de combatir. Michio vio en la pantalla que la Connaught había identificado seis objetivos en el carguero, lugares en los que una ráfaga de los CDP o un torpedo bien dirigido podían llegar a destrozar el casco. Los láseres de objetivo se activaron y bañaron la Hornblower. Michio esperó. La sonrisa de Evans pasó a ser algo menos segura que antes. No le apasionaba matar civiles. Lo cierto era que a Michio tampoco le gustaba, pero la Hornblower no podía llegar a cruzar las puertas y alcanzar el planeta alienígena que querían colonizar. La negociación que se traían entre manos ahora solo era para dilucidar cuál iba a ser el destino de la nave y de lo que había en su interior.
—¿Quiere que dispare, bossmang? —preguntó Busch.
—Todavía no —dijo Michio—. Atenta al motor. Dispare si intentan acelerar.
—Como intenten acelerar con el cono así, nos podríamos ahorrar la munición —aseguró Busch con tono burlón.
—Hay gente en ese carguero.
—Ich weiss —dijo Busch. Un momento después, añadió—: No lo han encendido aún.
La radio chasqueó y se oyeron gritos. Alguien chillaba en la otra nave, pero no a ellos. Luego se oyó otra voz, luego varias. Todas intentaban sobreponerse a las demás. Después restalló un disparo, un sonido mucho menos potente y amenazador a través de la radio.
Luego, otra voz.
—¿Connaught? ¿Está ahí?
—Aquí seguimos —respondió Michio—. ¿Con quién hablo, por favor?
—Habla usted con Sergio Plant —dijo la voz—. Capitán interino de la Hornblower. Le ofrezco nuestra rendición. No quiero que nadie salga herido, ¿de acuerdo?
Evans sonrió con alivio y gesto triunfante.
—Besse oírle, capitán Plant —dijo Michio—. Aceptamos. Prepárense para el abordaje, por favor.
Luego se desconectó.
Michio creía que la historia era una gran serie de sorpresas que, en retrospectiva, parecían inevitables. Y lo que era válido para las naciones, los planetas y los complejos estados corporativos también lo era para el destino más insignificante de todos los hombres y mujeres. Así en la tierra como en el cielo. Así para la APE y la Tierra como para la República Congresual de Marte. Así para Oksana Busch y Evans Garner-Choi como para Michio Pa. Y también así para el resto de las almas que vivían y trabajaban en la Connaught como para las naves que se dedicaban a lo mismo. Pero las insignificantes historias personales de la tripulación de la Connaught parecían más importantes porque ella se sentaba donde se sentaba, lideraba como lideraba y cargaba con el peso de mantener vivos, seguros y en el bando correcto de la historia a todos los hombres y mujeres de su tripulación.
La primera sorpresa de las muchas que la habían llevado a la situación en la que se encontraba ahora era haberse convertido en parte de la división militar del Cinturón. De joven siempre había querido ser ingeniera de sistemas o administrativa en una de las grandes estaciones. Y podría haber sido así de haberle gustado las matemáticas mucho más de lo que lo hacían. Había ido a la universidad superior porque pensaba que era lo que tenía que hacer, y había fracasado en ella porque se había equivocado de lleno. Se había quedado de piedra cuando le llegó el mensaje de que la iban a echar. Pero en retrospectiva era de esperar. Todo tenía sentido visto a través de la lente esclarecedora de la historia.
Estaba mejor en la APE, o al menos en la división a la que se había unido. El primer mes le quedó claro que la Alianza de Planetas Exteriores no era una burocracia unificada con una revolución en mente, sino una especie de franquicia adoptada por la gente del Cinturón que creía que algo así podía existir. El colectivo Voltaire creía que era la misma APE, pero también el grupo de Fred Johnson que tenía su base en la estación Tycho. Anderson Dawes se comportaba como el gobernador de Ceres bajo el emblema del círculo dividido, y Zig Ochoa se oponía a él bajo el mismo emblema.
Michio consiguió forjarse una carrera militar a lo largo de los años, pero siempre con la idea de que la cadena de mando era algo muy frágil. Hubo una época en la que esa idea la había convertido en una persona muy protectora de la autoridad, tanto de la autoridad sobre sus subordinados como de la de sus superiores sobre ella. Por eso había acabado como segunda de a bordo de la Bégimo y en la zona lenta cuando la humanidad había atravesado por primera vez la puerta y llegado al centro de ese imperio de mil trescientos mundos que había heredado. También era eso lo que había acabado con la vida de su pareja, Sam Rosenberg. Después de todo aquello, su confianza en las estructuras de mando había terminado por ser algo menos absoluta.
En retrospectiva, era de esperar. Otra vez.
No sabía con exactitud cuál era la segunda sorpresa. Acabar en un matrimonio colectivo, que Marco Inaros la hubiese reclutado o tomar posesión de su nueva nave y su misión revolucionaria para la Armada Libre. Las vidas tienen más ramificaciones que las vetas de mineral, y no todos los cambios son dilucidables. Ni en retrospectiva.
—El equipo de abordaje está listo —dijo Carmondy con voz atonal debido al micro del traje—. ¿Quiere que procedamos?
Carmondy era el líder del equipo de asalto y, técnicamente, pertenecía a otra línea de mando, pero se había puesto bajo sus órdenes nada más llegar a la nave. Había vivido unos cuantos años en Marte, no era parte del matrimonio colectivo que formaba el núcleo de la tripulación de la Connaught y era lo bastante profesional como para aceptar su condición de forastero. A Michio le gustaba su actitud.
—Seamos agradables —dijo Michio—. Si empiezan a disparar, haga lo que sea necesario.
—Ich weiss —dijo Carmondy, que luego cambió de canal.
Las naves no estaban acelerando, así que Michio no podía reclinarse en su asiento de colisión. De haber podido, lo habría hecho.
Cuando se hizo saber que la Armada Libre iba a tomar el control del sistema y que la puerta anular estaba cerrada al tráfico, la flota de naves coloniales que aceleraba hacia los nuevos mundos tuvo que tomar una decisión: rendirse y dejar que sus suministros se redistribuyeran en las estaciones y naves más necesitadas, lo que les permitía quedarse con las suyas; o huir y perderlas.
La Hornblower, igual que otras muchas, había hecho los cálculos y tomado la decisión de que merecía la pena arriesgarse. Habían apagado los transpondedores, virado la nave y acelerado como si no hubiese un mañana, aunque solo un poco. Luego habían vuelto a virar, vuelto a acelerar, vuelto a virar y vuelto a acelerar. Lo llamaban «Hotaru». Era una estrategia que consistía en brillar durante un instante y luego quedarse a oscuras con la esperanza de que la negrura y la vastedad del espacio los ayudara a ocultarse hasta que cambiara la situación política. Las naves tenían comida y suministros suficientes para que los colonos aguantaran en su interior durante años. El sistema era tan grande que, si conseguían evitar que los detectasen al principio, después sería casi imposible encontrarlos.
Las baterías de antenas que la Armada Libre tenía en Titán y Ganímedes habían detectado el penacho del motor de la Hornblower. A Michio no le había gustado nada que la persecución los hubiese sacado del plano de la eclíptica. La vasta heliosfera se extendía por encima y por debajo del delgado disco en el que orbitaban los planetas y el cinturón de asteroides. Michio tenía una aversión supersticiosa por esa zona, por ese vacío gigantesco que en su mente acechaba a la civilización humana tanto por encima como por debajo.
La puerta anular y el espacio irreal que había al otro lado podía parecer un lugar extraño, muy extraño, pero esa inquietud por volar fuera de la eclíptica la había acompañado desde que era una niña. Formaba parte de su mitología personal y presagiaba algo malo.
Configuró el monitor para ver las cámaras de los trajes del equipo de abordaje y puso una música tranquila. Vio la Hornblower desde unos veinte ángulos diferentes mientras oía arpas y tambores para calmarse. En la esclusa de aire había un terrícola de piel negra con los brazos abiertos. Media docena de cámaras estaban centradas en él, y también los cañones de las armas de los soldados que las llevaban. El resto vigilaba en busca de movimientos por la zona o por fuera de la nave. El hombre se impulsó hacia arriba y usó un asidero para darse la vuelta y dejar que le colocaran las esposas. Le resultó tan habilidoso que Michio supuso que esa no era la primera vez que detenían contra su voluntad al capitán Plant, si es que se trataba de él.
El equipo de abordaje empezó a recorrer la nave en grupos y a examinar los pasillos. El movimiento que vio en una cámara correspondía a una figura que vio en otra de ellas. Cuando llegaron a la cocina, la tripulación de la Hornblower flotaba en fila con los brazos extendidos y lista para aceptar cualquier destino que la Connaught les hubiera reservado. Vio que las lágrimas cubrían los rostros de los cautivos a pesar del pequeño tamaño de los monitores. Unas máscaras de aflicción formadas por ese líquido salino que se mantenía en sus rostros gracias a la tensión superficial.
—No les pasará nada —dijo Evans—. Esá? Es nuestro trabajo, ¿no?
—Lo sé —aseguró Michio sin apartar la vista de las pantallas.
El equipo de abordaje recorrió las cubiertas y se hizo con el control del centro de mando. Se movían como un único organismo con veinte ojos. Eran una consciencia forjada gracias a la profesionalidad y el entrenamiento. El centro de mando no estaba en buenas condiciones. Había un terminal portátil y una burbuja de líquidos que estaban pegados a una toma de aire. Los asientos de colisión estaban girados sin ton ni son porque no había gravedad de aceleración para colocarlos. El lugar le recordó a uno de esos vídeos de naufragios de barcos en la Tierra. La nave colonial se hundía en el vacío infinito del espacio.
Recibió la esperada llamada de Carmondy y apagó la música apacible. La solicitud de llamada emitió un respetuoso tañido.
—Nos hemos hecho con el control de la nave, capitana —dijo. Dos de sus hombres le miraban mientras lo hacía, por lo que Michio vio que sus labios y su mandíbula articulaban las palabras desde dos ángulos diferentes a través de las cámaras—. No se han resistido ni ha habido problema alguno.
—¿Primera oficial Busch? —llamó Michio.
—Los cortafuegos están desactivados —dijo Oksana—. Tous und alles.
Michio asintió, más para sí que para Carmondy.
—La Connaught se ha hecho con el control de los sistemas de la nave enemiga.
—Estamos estableciendo un perímetro y poniendo a buen recaudo a los prisioneros. Comenzando comprobaciones automáticas.
—Entendido —dijo Michio. Luego miró a Evans—. Nos alejaremos lo suficiente para salir del alcance de la explosión, por si ocultan bombas en los depósitos de cereales.
—Recibido —dijo Evans.
Los propulsores de maniobra la impulsaron contra las correas a menos de una décima de g durante los escasos segundos que duró el acelerón. Quitarle a un grupo de personas algo que creían que les correspondía por derecho era muy peligroso. La Connaught tenía todos los ojos puestos en el equipo de abordaje y estaba preparada para defenderlo. Por si fuera poco, Carmondy también comunicaba su posición cada media hora con un algoritmo de cifrado de un solo uso. Si en algún momento no lo hacía, Michio convertiría la Hornblower en una nube dispersa de gas caliente que serviría de advertencia a cualquiera que se encontrase cerca. Y los varios miles de personas de Calisto, Ío y la luna Europa tendrían que rezar para que el resto de las misiones confiscatorias de la Armada Libre tuviesen éxito.
El Cinturón había conseguido librarse al fin del yugo de los planetas interiores. Se habían hecho con el control de la estación Medina en el centro del espacio de los anillos y también contaban con la única armada operativa de todo el Sistema Solar, así como con la gratitud de millones de cinturianos. Visto en retrospectiva, era la mayor declaración de independencia y libertad que había hecho la especie humana en toda su historia, pero también tenían que preocuparse del aquí y del ahora, de que los cinturianos no muriesen de hambre.
Carmondy y sus hombres pasaron los dos días siguientes asegurándose de que los aspirantes a colonos estuviesen bien apresados en las cubiertas selladas para así poder llevar la nave a una órbita estable alrededor de Júpiter. Luego se dedicaron a inventariar todo lo que habían conseguido con el abordaje a la Hornblower. Cuando terminaron, aún quedaba una semana para que los motores de la nave estuviesen listos para partir. La Connaught pasó todo ese tiempo vigilando el carguero, y Michio solo tuvo que encargarse de examinar la negrura que la rodeaba en busca de otros refugiados.
No quería encontrar más, y estaba segura de que el resto de los integrantes de su matrimonio colectivo tampoco quería.
—Bossmang, tenemos confirmación de Ceres —dijo Oksana con un tono que denotaba que había pasado algo.
—Bien —dijo Michio, que añadió cierto retintín a su tono para indicarle a Oksana que también se había dado cuenta de lo que quería decir pero no había pronunciado. Oksana Busch había sido su esposa durante casi todo el tiempo que el matrimonio llevaba unido. Se conocían muy bien.
—También hemos recibido algo más. Un mensaje individual.
—¿Qué quiere Dawes? —preguntó Michio.
—No es Dawes. Es el pez gordo.
—¿Inaros? —preguntó Michio—. Reprodúzcalo.
—Está encriptado para ser reproducido únicamente con los permisos del capitán —explicó Oksana—. Puedo enviárselo a su camarote o a su terminal portátil si...
—Reprodúzcalo, Oksana.
Marco Inaros apareció en el monitor. Por la manera en la que el pelo le caía sobre el rostro, tenía que encontrarse o en Ceres o acelerando en el interior de una nave. El fondo que se entreveía detrás no era suficiente para determinar si se encontraba en una oficina o en un camarote. Tenía una sonrisa encantadora que se reflejaba en la acogedora mirada de sus ojos negros. Michio sintió que el pulso se le aceleraba un poco e intentó convencerse de que era miedo y no atracción física. Era cierto en gran medida, pero no podía negar que era un cabrón carismático.
—Capitana Pa —dijo Marco—. Me alegra saber que ha conseguido abordar la Hornblower sin bajas. Otra prueba más de sus capacidades. Está claro que no nos equivocamos al ponerla al frente de esta misión confiscatoria. Todo ha ido bien y estamos listos para llevar a cabo la siguiente fase de nuestro plan.
Michio miró a Evans y a Oksana. El hombre no dejaba de atusarse la barba, y la mujer hacía lo posible por no cruzar miradas con Michio.
—Nos gustaría que enviase la Hornblower directamente a Ceres —anunció Marco—. Pero antes de hacerlo tengo intención de convocar una reunión. Una en petit comité. Dawes, Rosenfeld, Sanjrani, usted y yo. En la estación Ceres. —Se le ensanchó la sonrisa—. Ahora que controlamos el sistema deberíamos hacer algunos cambios, ¿no cree? La Pella ha calculado que podría llegar a la estación en dos semanas. Me alegraré de verla en persona.
Le dedicó con brusquedad el saludo de la Armada Libre. El que él mismo se había inventado. La pantalla se quedó en negro. Michio sintió una mezcla de confusión, inquietud y alivio que era muy difícil de identificar. Que su misión hubiera cambiado de improviso casi sin explicación alguna la había dejado traspuesta. Y acudir a una reunión con un petit comité como el que acababa de anunciarle Inaros la hacía sentir de la misma manera que los días previos a que la Armada Libre declarara su independencia. Los años que había pasado conspirando en la sombra le habían dejado hábitos de los que era complicado deshacerse, aunque hubiesen salido victoriosos. Pero al menos volvería al plano de la eclíptica y abandonaría esas latitudes sombrías donde solo podían llegar a ocurrir desgracias. Desgracias terribles.
«Desgracias como pedirle que acudiera a una reunión inesperada», dijo una vocecilla apacible en su cabeza.
—¿Dos semanas? —preguntó Michio.
—Es posible hacerlo —respondió Busch casi antes de que terminase de formular la pregunta. Ya había fijado la ruta—. Pero tendríamos que pegar un buen acelerón y dejar a su suerte a la Hornblower.
—A Carmondy no le va a gustar —comentó Pa.
—¿Y qué va a decir? —preguntó Oksana—. Ya ha visto quién ha dado la orden.
—Ya —accedió Michio.
Evans carraspeó.
—¿Vamos a ir, entonces?
Michio levantó un puño: «sí».
—Es una orden de Inaros —dijo, para zanjar cualquier discusión posible al respecto.
—Bueno, pues gut —convino Evans, aunque el tono de su voz evidenciaba algo bien diferente.
—¿Ocurre algo? —preguntó Pa.
—Pues que no es la primera vez que cambiamos de plan —respondió Evans, con el gesto constreñido a causa de la preocupación. No era muy atractivo cuando lo ponía, pero era su marido más reciente, así que decidió no comentarle nada. Los hombres guapos podían llegar a ser muy sensibles.
—Continúa —invitó Michio.
—Pues que tenemos el problema del dinero con Sanjrani. Y que el primer ministro de Marte consiguió llegar vivo a la Luna aunque la mitad de la Armada Libre intentara darle caza. Y también he oído que intentamos matar a Fred Johnson y a James Holden, pero que ambos siguen vivitos y coleando. Son cosas que me hacen dudar.
—¿Te da la impresión de que los planes de Marco no son infalibles? —preguntó Michio.
El hombre se quedó en silencio un instante, y Michio pensó que no iba a responder.
—Algo así —respondió Evans al fin—. Pero aunque ese sea el caso, cuesta mucho no dejarse llevar, ¿verdad?
—Algo así —convino Michio.
2
Filip
James Holden era la persona que más odiaba. Holden, el pacificador que nunca había conseguido pacificar nada. Holden, el campeón de la justicia que nunca había sacrificado nada en pos de esa supuesta justicia. James Holden, que viajaba con marcianos y cinturianos (una cinturiana) a través del sistema como si eso lo convirtiera en alguien superior a los demás. Neutral y por encima del bien y del mal mientras los planetas interiores enviaban los recursos de toda la humanidad a los mil trescientos planetas nuevos y dejaban morir a los cinturianos. James Holden, quien contra todo pronóstico no había sido asesinado por la Chetzemoka.
Fred Johnson, el terrícola que se había convertido en nativo del Cinturón y empezado a hablar como si fuera su líder, era la segunda persona que más odiaba. Muy cerca de Holden. El Carnicero de la Estación Anderson, la persona que se había forjado su fama asesinando cinturianos inocentes para luego tratarlos con condescendencia y llevarlos directamente por un sendero cuyo destino final era la muerte cultural e individual de todo su pueblo. Fred Johnson merecía todo su odio y desprecio, pero la madre de Filip no había muerto por culpa de Johnson, y esa era la única razón por la que Holden, el pinche James Holden, ostentaba el primer lugar.
Habían pasado meses desde que Filip se había hecho daño en las manos con la puerta interior de la esclusa de aire mientras su madre, afectada por todo el tiempo que había pasado en presencia del sectario de Holden, se había lanzado al espacio junto con Cyn. Unas muertes estúpidas. Innecesarias. Por eso le resultaban tan dolorosas. Su madre no tenía por qué haber muerto, pero había tomado esa decisión de igual manera. Él se había roto la mano intentando detenerla, pero no había conseguido nada. Naomi Nagata había elegido una penosa muerte en el vacío en lugar de una vida con su verdadero pueblo. Era la prueba de la influencia que Holden tenía sobre ella, de cómo le había lavado el cerebro y de lo débil que era su mente.
No le había contado a nadie en la Pella que aún seguía soñando con ello cada noche: la puerta cerrada, la certeza de que había algo muy preciado e importante al otro lado, la horrible sensación de pérdida al no poder abrir la esclusa. Si los demás se enteraban de cuánto le había afectado, lo catalogarían como alguien débil, y no había lugar para los débiles junto a su padre. Por muy hijo suyo que fuese. Filip podía defender su puesto como hombre y cinturiano de la Armada Libre o marcharse a una estación y vivir allí como un niño. Ya casi tenía diecisiete años. Había ayudado a destruir a los opresores de la Tierra. Su juventud ya era cosa del pasado.
La estación Palas era una de las más antiguas del Cinturón. Era el lugar donde se encontraban las primeras minas, y luego las primeras refinerías. Lo siguiente habían sido varias instalaciones, porque el lugar había acabado por convertirse en una base industrial. La fuerza de la costumbre les había hecho seguir utilizando las trituradoras y los separadores viejos que aún seguían funcionando. Nunca habían puesto a rotar Palas. La gravedad que tenía era la microgravedad propia de su masa: un dos por ciento del g que había en la Tierra, poco más que un ligero y persistente desplazamiento. La estación no dejaba de entrar y salir del plano de la eclíptica, como si intentase escaparse a trompicones del Sistema Solar. Ceres y Vesta eran mayores y estaban más pobladas, pero el metal de los cascos de las naves y los reactores, el de las cubiertas de las estaciones y el de los contenedores de transporte, el de las armas que adornaban las naves liberadas de la Armada Libre y el de las balas que disparaban; todo salía de allí. Si Ganímedes podía considerarse la mayor fuente de recursos alimenticios del Cinturón, Palas era su forja.
Tenía sentido que la Armada Libre pasase por allí durante gran parte de sus viajes por el sistema que acababan de liberar, y también que se apoderase de la mayoría de los recursos del lugar.
—S’yahaminda, quoi? —dijo el supervisor del puerto mientras flotaba al fondo de la sala de reuniones. Era una habitación para cinturianos. No había mesas ni sillas. La única referencia direccional era la arquitectura del lugar. Filip se sintió como en casa después de haber pasado tanto tiempo en una nave con la gravedad de la aceleración en mente. Era auténtico, auténtico de una manera que los espacios diseñados por los marcianos nunca llegarían a ser.
El supervisor del puerto también hacía gala de esa autenticidad. Su cuerpo era más alargado que el de alguien que había pasado su infancia en gravedad baja o incluso intermitente. Tenía la cabeza más ahuevada en comparación con su cuerpo que la de Filip, Marco o Karal. El ojo izquierdo del supervisor estaba lechoso y ciego porque el cóctel farmacéutico que permitía a los humanos vivir en ingravidez no había conseguido evitar que se deterioraran los capilares. Era el tipo de hombre que nunca toleraría la vida en la superficie planetaria, ni siquiera por un corto período de tiempo. La prueba viviente de la fisiología cinturiana más extrema. Era justo el tipo de persona que la Armada Libre había jurado proteger y representar.
Y por eso ahora daba la impresión de estar tan confundido y de sentirse traicionado.
—¿Algún problema? —preguntó Marco al tiempo que hacía un gesto de indiferencia con las manos. Lo había dicho con un tono que hacía que el hecho de vaciar los almacenes y tirarlo todo al vacío pareciese lo más normal del mundo. Filip arqueó las cejas para hacerse eco de la incredulidad de su padre. Karal se limitó a fulminar al supervisor con la mirada y a no apartar la mano de la pistola.
—Per es esá mindan heute —dijo.
—Sé que está todo —continuó Marco—. Esa es la cuestión. Mientras todo esté en este lugar, Palas será un objetivo demasiado valioso para los interianos. Mete todo lo que tengáis en contenedores y lánzalos al vacío. Nosotros seremos los únicos que conoceremos los vectores. Los seguiremos y podremos recuperar lo que necesitemos cuando lo necesitemos. No es solo para evitar que nos lo roben, sino también para que vean que los almacenes de la estación estaban vacíos desde antes. ¿Bien?
—Per mindan... —repitió el supervisor, parpadeando a causa de la sorpresa.
—Te pagaremos por el trabajo —aseguró Filip—. Un buen cheque de la Armada Libre.
—Vale, bien —dijo el supervisor—. Aber...
Empezó a parpadear aún más y apartó la mirada de Marco, como si el almirante de la primera armada de verdad que había tenido el Cinturón flotase un metro a la izquierda de donde se encontraba en realidad. Se humedeció los labios.
—Aber? —insistió Marco, que imitó su acento.
—Los clasificadores v’reist neue ganga, ou non?
—Si necesitas partes nuevas, compra partes nuevas —dijo Marco con un tono de voz que empezaba a sonar amenazador.
—Pero... —El supervisor tragó saliva.
—Aber solías comprarle equipo a la Tierra —dijo Marco—. Y los terrícolas no aceptan nuestro dinero.
El supervisor levantó un puño asertivo.
La sonrisa que le dedicó Marco fue amplia y generosa. Compasiva.
—Allí ya nadie puede gastar dinero alguno. Se acabó. Ahora tendrás que comprar equipo al Cinturón. Solo al Cinturón.
—Los cinturianos no fabrican buen equipo —se quejó el supervisor.
—Hacemos el mejor equipo que hay —aseguró Marco—. Hay que seguir adelante, amigo. Intenta sobrevivir, ¿vale? Ahora mételo todo en los contenedores y prepáralos para lanzarlos, sa sa?
El supervisor miró a Marco y volvió a levantar un puño asertivo. No tenía elección. La ventaja de estar al mando de todas las armas que había en el lugar hacía que diese igual la manera en la que pedías algo. No dejaba de ser una orden. Marco se impulsó hacia delante y la tenue gravedad de Palas casi ni alteró la trayectoria de su cuerpo. Se agarró a un asidero para detenerse junto al supervisor y luego lo abrazó. El hombre no le devolvió el abrazo, sino que dio la impresión de que contenía el aliento mientras esperaba a que algo muy peligroso pasase junto a él sin notar su presencia.
Los pasillos y pasadizos que llevaban del despacho del supervisor hasta los muelles eran una maraña de enchapado de cerámica vieja y de una urdimbre de carbono-silicato más reciente. La urdimbre de carbono-silicato era uno de los nuevos materiales que se había empezado a fabricar después de la llegada de la protomolécula, acontecimiento que había catapultado la fisicoquímica unas cuantas generaciones al futuro. Tenía un lustre irisado que relucía al pasar flotando junto a ella, como el aceite en la superficie del agua. Se suponía que era un material más resistente que la cerámica y el titanio, más duro y también más flexible. Nadie sabía cómo iba a envejecer, aunque si se daban por válidos los informes que habían llegado de otros mundos, lo más probable es que sobreviviese al menos en un orden de magnitud a las personas que lo habían creado. Eso si lo habían hecho bien, claro. Era difícil de saber.
La lanzadera de Palas los esperaba cuando llegaron ella, y Bastien estaba amarrado en el asiento del piloto.
—Bist gut? —preguntó mientras Marco iniciaba el ciclo de cierre de la puerta de la esclusa.
—Todo lo bien que podríamos esperar —respondió Marco mientras echaba un vistazo por la pequeña nave. Había seis asientos sin contar el de piloto de Bastien. Karal estaba amarrado a uno y Filip en otro, pero Marco flotó despacio hacia la cubierta mientras el pelo le caía sobre los hombros. Levantó la barbilla en un gesto inquisitivo.
—Rosenfeld ya se ha ido —dijo Bastien—. Lleva tres horas en la Pella.
—¿Ya? —preguntó Marco con un tono que quizá solo Filip era capaz de reconocer. Se sentó en el asiento y se amarró—. Bien. Vamos con él.
Bastien anunció el despegue al sistema de control del puerto, más por costumbre que por necesidad. Marco era el capitán de la Pella, almirante de la Armada Libre y su lanzadera tenía preferencia sobre todo el tráfico. Pero Bastien lo anunció y pidió permiso igualmente, luego volvió a comprobar los sellos y los controles ambientales, por décima vez. Para alguien que había crecido en el Cinturón, comprobar el aire, el agua, los sellos de la nave y los trajes era como respirar. Algo que se hacía de forma automática, ya que el acervo genético de la gente que no lo hacía tendía a desaparecer antes de lo esperado.
Notaron que su peso se incrementaba un poco al despegar la lanzadera, y luego los cardanes de los asientos sisearon al mismo tiempo cuando Bastien activó los propulsores de maniobra. La gravedad de la aceleración no llegaba siquiera al cuarto de g, y aun así llegaron a la Pella en cuestión de minutos. Activaron el ciclo de apertura de la esclusa de aire, la misma en la que Naomi había tomado la decisión de suicidarse, y luego empezaron a flotar por el ambiente familiar de la nave.
Rosenfeld Guoliang los esperaba.
A lo largo de la vida de Filip y desde sus primeros recuerdos, el Cinturón había sido lo mismo que la Alianza de Planetas Exteriores, y la APE estaba formada por la gente que le importaba de verdad. Era su gente. A medida que había ido creciendo y empezado a tener permiso para oír las conversaciones de su padre con otros adultos, había empezado a conocer mejor los matices de la APE y llegado a la conclusión de que la palabra que mejor definía a los suyos era «alianza». No «república» ni «gobierno de coalición» ni «nación». Alianza. La APE estaba formada por un conjunto innumerable de grupos diferentes que se habían formado y separado para luego volver a formarse con un acuerdo tácito de que fueran cuales fuesen sus diferencias tenían que estar unidos ante la opresión de los planetas interiores. Dentro del grupo había facciones más o menos definidas: la estación Tycho con Fred Johnson al mando y la estación Ceres que controlaba Anderson Dawes, ambas con sus milicias; los provocadores ideológicos del Colectivo Voltaire; los criminales de la Rama Dorada; los colaboracionistas poco violentos de Maruttuva Kulu. Por cada una de esas facciones había docenas o quizá cientos de pequeñas organizaciones y asociaciones, cábalas y sociedades de interés colectivo. Lo que los había unido a todos era la constante opresión económica y militar de la Tierra y Marte.
La Armada Libre no era la APE y tampoco pretendía serlo. La Armada Libre estaba formada por antiguas facciones unidas en una fuerza que no estaba definida por un enemigo. Era la promesa de un futuro en el que no solo habían conseguido deshacerse del yugo del pasado, sino que lo habían erradicado por completo.
Pero eso no significaba que ese pasado pudiera dejarse atrás.
Rosenfeld era un hombre delgado capaz de encorvarse a pesar de estar flotando. Tenía la piel oscura y llena de marcas y los ojos hundidos en las cuencas. También tatuajes del círculo dividido de la APE y la V parecida a un cuchillo del Colectivo Voltaire. Su rostro estaba iluminado por una sonrisa reluciente y avispada, así como por la amenaza de una violencia contenida. Era la razón por la que el padre de Filip había ido a la estación Palas.
—Marco Inaros —dijo Rosenfeld al tiempo que extendía los brazos—. ¡Hay que ver lo que has conseguido, coyo mis!
Marco se abalanzó a los brazos del hombre, y empezaron a rotar juntos para luego frenar un poco al retirarse. Toda la desconfianza que Marco pudiera haber sentido por Rosenfeld había desaparecido. O no. Quizá no había desaparecido, sino que se lo había traspasado a Filip y a Karal para él sentirse cómodo y a gusto en la reunión.
—Tienes muy buen aspecto, viejo amigo —dijo Marco.
—No lo creo —aseguró Rosenfeld—, pero gracias por mentir.
—¿Quieres que traslademos a tus hombres aquí?
—Ya lo he hecho —aseguró Rosenfeld. Filip miró a Karal en ese momento y vio que el anciano fruncía un poco los labios ante la afirmación. Rosenfeld era amigo y aliado del círculo íntimo de la Armada Libre, pero no debería haber traído a su guardia privada a la nave cuando Marco no estaba en ella. La Pella era el buque insignia de la Armada Libre, al fin y al cabo, y la tentación a veces era incontrolable. Marco y Rosenfeld se separaron del todo y detuvieron la rotación de sus cuerpos con un asidero que sobresalía de las taquillas. Luego se impulsaron juntos por el pasillo y se dirigieron al interior de la nave. Filip y Karal fueron detrás.
—Va a haber que acelerar mucho para llegar a Ceres a tiempo para la reunión —dijo Marco.
—Es culpa tuya. Yo podría haber ido en mi nave.
—No tienes una cañonera.
—He vivido toda la vida en saltarrocas...
Filip solo le veía la espalda a su padre, pero aun así fue capaz de oír la sonrisa que emanaba de la voz de Marco.
—Toda tu vida hasta ahora. Las tornas han cambiado. No podemos permitir que un alto mando de la Armada Libre viaje sin protección. Aún no hemos conseguido que todo el mundo esté de nuestra parte aquí fuera en el espacio.
Llegaron al ascensor que recorría la eslora de la nave, lo rodearon y bajaron de cabeza a través del camino que llegaba hasta la cubierta de la tripulación. Karal miró hacia atrás, hacia el centro de mando y la cubierta de operaciones, para asegurarse de que no tenían a ninguno de los guardias de Rosenfeld a sus seis.
—Y por eso he esperado —dijo Rosenfeld—. He esperado como un buen soldado, moi. Es una pena que Johnson y Smith hayan llegado enteros a la Luna. ¿Solo conseguimos uno de los tres objetivos?
—La Tierra era el más importante —dijo Marco. Sárta apareció delante de ellos, flotaba hacia arriba, hacia el centro de mando. La mujer los saludó con la cabeza al pasar—. La Tierra siempre fue el objetivo principal.
—Bueno, la secretaria general Gao ahora está con sus dioses. Y espero que haya tenido una muerte horrible. —Rosenfeld hizo el amago de escupir hacia un lado cuando pronunció el nombre de la mujer—. Pero esa tal Avasarala que ha ocupado su puesto...
—Es una burócrata —dijo Marco mientras se impulsaban en la esquina y entraban en la cocina. Las mesas y los bancos estaban atornillados al suelo, olía a comida militar marciana y el lugar estaba adornado con los colores que hasta hacía poco había abanderado el enemigo. Contrastaba mucho con los hombres y las mujeres que había en él. Todos eran cinturianos, pero Filip era capaz de distinguir los miembros de la Armada Libre a los que conocía de los que formaban parte de la guardia de Rosenfeld. Como si fueran dos grupos diferentes. Podían fingir que no había división alguna entre ellos, pero todos lo tenían muy claro. El lugar estaba abarrotado como si fuese el cambio de turno. Uno de los guardias lanzó una burbuja a Rosenfeld. Podía ser café, té, whisky o agua, no había forma de distinguirlo. Rosenfeld la cogió sin perder el hilo de la conversación.
—Pues diría que es una burócrata algo resentida. ¿Crees que podrás controlarla? No es nada personal, coyo, pero tienes tendencia a subestimar a las mujeres.
Marco se quedó de piedra. Filip se dio cuenta y notó un regusto metálico en la boca. Karal gruñó por lo bajo y, cuando Filip se giró para mirarlo, tenía la mandíbula apretada y los brazos extendidos por los costados con los puños cerrados.
Rosenfeld se colocó junto a una pared y les dedicó una mirada cargada de empatía y de disculpa.
—Pero quizá este no sea el mejor lugar para hablar de ello. Perdón por hurgar en la herida.
—No hay herida alguna —dijo Marco—. Ya tendremos tiempo de hablar de camino a Ceres.
—Eso. Empecemos a reunir a las tribus —comentó Rosenfeld—. Tengo muchas ganas de comenzar. La siguiente fase del plan promete ser interesante.
—Lo será —dijo Marco—. Karal os guiará a vuestros camarotes. Y deberíais quedaros en ellos, porque vamos a acelerar mucho.
—Así se hará, almirante.
Marco se impulsó fuera de la estancia y flotó de camino al taller y a ingeniería mientras le dedicaba una breve mirada a Filip.
Filip esperó un momento, sin tener muy claro si debía quedarse allí o seguir a su padre, si le acababa de ordenar retirarse o que se quedara vigilando. Rosenfeld le dedicó una sonrisa y le guiñó un ojo saltón antes de girarse hacia sus hombres. El ambiente y la postura de Karal le indicaban que acababa de ocurrir algo que no llegaba a comprender del todo. Algo importante. Y el gesto de su padre le hacía pensar que ese algo estaba relacionado con él.
Filip agarró a Karal por la muñeca.
—¿Qué acaba de pasar?
—Nada —dijo Karal—. Nada de lo que tengas que preocuparte.
—¿Karal?
El anciano apretó los labios y estiró el cuello. No miró a Filip.
—Karal. ¿Debería preguntarles algo?
El hombre agitó la cabeza despacio. No, no había nada que preguntar. Se humedeció los labios, nervioso, y luego volvió a agitar la cabeza. Suspiró y respondió en voz baja y muy tranquilo:
—Llegó un informe hace unos días. Datos de... de monitorización de la Chetzemoka. Sobre las naves de Johnson y Smith que no conseguimos destruir.
—¿Y?
—Y —zanjó Karal, con un tono denso como el plomo.
Luego siguió hablando, y así fue cómo Filip Inaros se enteró de que su madre seguía viva delante de Rosenfeld y de su media docena de guardias, que lucían una sonrisilla en el rostro. Seguía viva y él era el único de la Pella que no lo sabía hasta ese momento.
Se dedicó a soñar mientras la nave aceleraba.
Se encontraba frente a la misma puerta de siempre. Esta cambiaba de aspecto, pero sabía que siempre era la misma. Estaba gritando y dándole golpetazos para entrar. Justo antes había sentido el miedo y la aflicción propios de una pérdida, que le había dejado paralizado. Y lo que sentía en ese momento era humillación. La rabia se apoderó de él e hizo acopio de todas sus fuerzas para atravesar la puerta y llegar a la estancia que hubiese al otro lado, donde no tenía pensado luchar para conservar algo valioso para él, sino acabar con esa sensación de una vez por todas.
Se despertó entre gritos y notó que la gravedad de la aceleración le empujaba a un g contra el gel del asiento. La Pella no dejaba de murmurar a su alrededor, y la vibración del motor y el zumbido de los recicladores de aire eran como voces que le susurraban algo casi ininteligible. Intentó enjugarse las lágrimas que le inundaban los ojos y que no eran de tristeza.
Para serlo tendría que estar triste. Pero no estaba triste, sino convencido. Convencido de que ahora había alguien a quien odiaba más que a James Holden.
3
Holden
Pasarse toda una vida sin haber sufrido largos interrogatorios tendría muchas ventajas, pero Holden no era una persona que pudiese presumir de ello. Cuando él y el resto de la tripulación de la Rocinante habían aceptado ser interrogados, dio por hecho que las preguntas no se limitarían a los acontecimientos relacionados con el ataque de la Armada Libre a la Tierra. Había mucho más de lo que hablar, al fin y al cabo. El jefe de ingeniería de la estación Tycho que había resultado ser un topo de Marco Inaros, el secuestro y el rescate de Monica Stuart, la pérdida de la muestra de la protomolécula, el ataque que había estado a punto de acabar con la vida de Fred Johnson. Y esas solo eran las cosas que podían preguntarle a él. Naomi, Alex y hasta Amos tenían toda una lista de acontecimientos sobre los que hablar largo y tendido.
No esperaba que las preguntas acabaran por extenderse como un gas que pretende cubrir todo el espacio disponible. Había pasado semanas enteras en las que sus días consistían en jornadas de doce a dieciséis horas de charlas interminables sobre los entresijos de su vida. Los nombres y las historias de sus ocho progenitores. Informes de la escuela. Su frustrada carrera en la armada. Todo lo que sabía sobre Naomi, sobre Alex, sobre Fred Johnson. Su relación con la APE, con Dmitri Havelock, con el inspector Miller. Con esa última, las cosas no le habían quedado nada claras ni después de pasarse horas hablando del tema. Holden había hecho todo lo posible para desgranar su vida y mostrársela sin miramientos a los interrogadores de la ONU que se encontraban frente a él en la pequeña estancia.
La situación lo había irritado. Le hacían preguntas repetidas y sin relación alguna entre ellas, como si intentasen descubrir alguna mentira. Muchas veces lo ponían contra las cuerdas con temas complicadísimos de recordar: ¿cómo se llamaban las personas con las que había servido en la armada? ¿Qué sabía de cada uno de ellos? Y le seguían dando vueltas más tiempo del que parecía razonable. Sus dos interrogadores principales eran una mujer alta de piel blanca con rostro alargado y serio llamada Markov y un hombre bajito y rechoncho llamado Glenndining que tenía la piel y el pelo marrones. Se turnaban para presionarle e intentar establecer un vínculo de confianza con él, con la sutil determinación de intentar que se enfadase y ver qué decía en esa situación para luego ponerse incómodamente cariñosos.
Le llevaban unos bocadillos blanduzcos y grasientos para comer o pastas con uno de los mejores cafés que había probado jamás. Bajaban la intensidad de las luces hasta casi dejarlo a oscuras o la subían hasta casi dejarlo ciego. Deambulaban por pasillos dando los característicos brincos propios de la gravedad lunar o se quedaban en esa estrecha habitación de metal. Holden sintió como si le exprimiesen al máximo su historia personal, como una lima en un bar muy barato. Esa gente tenía pensado sacarle hasta la última gota de zumo. Era fácil olvidar que eran sus aliados y que él había aceptado el interrogatorio. En más de una ocasión, después de uno de esos largos días, se quedaba acurrucado en el catre al borde del sueño y su mente empezaba a desarrollar planes con la idea de escapar.
No ayudaba nada ver que en el oscuro cielo que se alzaba sobre ellos la Tierra moría un poco más a cada segundo que pasaba. La mayor parte de los canales de noticias habían sido reubicados a las estaciones Lagrange y a la Luna, pero aún había unos pocos que seguían funcionando en la superficie planetaria. Holden no tenía mucho tiempo para verlos entre las sesiones de los interrogatorios y las horas de sueño, pero los fragmentos que había oído eran más que suficientes. La infraestructura del planeta estaba al borde del colapso, el ecosistema había quedado muy dañado, habían tenido lugar alteraciones químicas en la atmósfera y los océanos. Los treinta mil millones de personas de la superpoblada Tierra dependían de una vasta red de maquinaria que las mantenía alimentadas e hidratadas y que evitaba que se ahogaran en sus propios residuos. Las estimaciones más pesimistas aseguraban que una tercera parte de la población ya había muerto. Holden había visto unos pocos segundos de un reportaje que afirmaba que en Europa occidental las estimaciones de muertos se habían hecho valorando los cambios atmosféricos. La cantidad de metano y cadaverina del aire servía para calcular la cantidad de gente que estaba muerta y pudriéndose en las ruinas de las calles y las ciudades. Esa era la escala del desastre que había tenido lugar en el planeta.
Se había sentido culpable por quitar las noticias. Lo menos que podía hacer era mirar. Estar presente mientras se desmoronaba la ecosfera que le había sustentado a él, a su familia y al resto de la humanidad. La Tierra merecía testigos, pero Holden estaba cansado y asustado. Ese día no había sido capaz de dormir ni después de apagar la pantalla.
No todas las noticias eran malas. Madre Elise había conseguido enviarle un mensaje para asegurarle que la granja de Montana había resultado ser lo bastante autosuficiente como para mantener vivos a todos sus padres, a pesar de haber quedado destrozada. Hasta habían conseguido excedentes suficientes para ayudar a las organizaciones benéficas de Bozeman. Además, cuando las turbias nubes de tierra y ceniza se asentaron y empezaron a envenenar los océanos, se habían empezado a enviar lanzaderas para recoger refugiados y sacarlos del pozo de gravedad.
Razón por la que la capacidad de la base lunar empezaba a resentirse. Los recicladores de aire habían llegado tan al límite que cada bocanada que Holden respiraba en los pasillos y las estancias de la estación parecía haber acabado de salir de la boca de otra persona. Los comedores y los espacios públicos estaban llenos de catres y tiendas de campaña. La tripulación de la Rocinante había dejado sus habitaciones en la estación y vuelto a la nave para hacer más espacio. Y también para vivir en su propia burbuja de aire limpio y agua bien filtrada. Era un poco hipócrita afirmar que lo habían hecho de manera altruista. La nave estaba en silencio, vacía y era un lugar muy familiar para ellos. Lo único que hacía que Holden no se sintiese cómodo del todo era el silencio del reactor apagado y la presencia fantasmagórica de Clarissa Mao.
—¿Por qué Clarissa te molesta tanto? —preguntó Naomi. Estaban en el camarote que compartían, tumbados en el catre gracias a la gravedad de la Luna y también a su agotamiento.
—Mató a mucha gente —dijo Holden, a quien el sueño empezaba a nublarle la razón—. ¿No es motivo suficiente? Diría que no hay que darle muchas vueltas.
La luz del camarote estaba atenuada. El asiento de colisión que les servía de catre acunaba sus cuerpos entrelazados. Holden sintió el aliento de Naomi en un costado, esencial, cálido y familiar. Su voz también empezaba a verse afectada por el sueño. Ambos estaban tan cansados que hasta les costaba dormirse.
—Era una persona diferente.
—Eso dicen todos. No sé por qué, la verdad.
—Creo que Alex no confía del todo en ella.
—Pero Amos sí. Y tú también.
Naomi hizo un sonido grave con el fondo de la garganta. Tenía los ojos cerrados. Holden vio el tono más oscuro de la piel de sus párpados a pesar de la negrura del ambiente. Pensó que había conseguido quedarse dormida, pero habló un instante después:
—Tengo que creer que ha cambiado. Que la gente puede llegar a hacerlo.
—Tú no eras como ella —aseguró Holden—. Hasta cuando... Hasta cuando murió gente. Tu no eras como ella. No eres una asesina despiadada.
—Amos sí.
—Cierto. Pero Amos es Amos. Para mí es diferente.
—¿Por qué?
—Porque es Amos. Es como un pitbull. Sabes que podría degollarte, pero es leal hasta decir basta y dan ganas de abrazarlo. —Naomi empezó a sonreír muy despacio, y Holden sintió que algo se revolvía en su interior. Solo había movido un músculo de la cara, pero era un gesto que le llenaba de seguridad, de entusiasmo y hasta de un sombrío optimismo que le decía que el universo no podía estar tan mal si una mujer así vivía en él. Holden le puso la mano en la cadera—. No creo que te hayas enamorado de mí por la coherencia de mis valores morales, ¿verdad?
—No. Me enamoré de ti a pesar de la coherencia de tus valores morales. —Rio entre dientes. Un momento después añadió—: Y porque tenías un culo muy bonito.
—¿Tenía? ¿En pasado?
—Tengo que echar un vistazo a los sistemas —dijo cambiando de tema—. No dejes que me duerma hasta que no haya comprobado si hay alguna novedad.
—¿Por las naves desaparecidas? —preguntó. Naomi asintió.
El interrogatorio de Holden había sido horrible, pero sabía que el de Naomi había sido aún peor. Nunca hablaba demasiado sobre su pasado ni sobre cómo había llegado a convertirse en la mujer que era ahora, pero había tenido que canjear esa privacidad por su amnistía y la de la tripulación. Las personas que hacían las veces de Markov y Glenndining con ella no le preguntaban sobre una carrera frustrada en la armada y un contrato de trabajo con Fred Johnson. Sus conversaciones estaban enfocadas en Marco Inaros. Naomi había sido su pareja. La madre de su hijo. Hechos de los que Holden aún no se había formado una opinión. También había sido prisionera en su buque insignia antes y después del martillo que habían lanzado contra la Tierra. Holden sabía que un interrogatorio maratoniano como ese lo dejaba a uno agotado, pero también que tenía que ser muchísimo peor en el caso de Naomi.
Dio por hecho que esa era la razón por la que se había centrado tanto en el misterio de las naves desaparecidas. Había sido la primera en darse cuenta de que los navíos que habían desaparecido al cruzar las puertas anulares y las cañoneras marcianas robadas que habían terminado por convertirse en la Armada Libre no eran las mismas naves. Marco y su tripulación habían robado algunas, pero otras habían desaparecido sin dejar ni rastro. Había dos frentes de los que preocuparse, y Holden no llegaba a entender que Naomi quisiese pasar su tiempo libre investigando sobre el otro.
Pero sí sabía que necesitaba dormir, ya fuera para
