Índice
El mundo perdido
Introducción. Extinción en el límite K-T
Prólogo. La vida al borde del caos
Primera configuración
Formas aberrantes
San José
La partida
Palo alto
Berkeley
El mundo perdido
El instituto
La etiqueta
Thorne
Segunda configuración
Indicios
El raptor
Las cinco muertes
James
Los vehículos
Harding
El mensaje
Explotación
Tercera configuración
Costa Rica
Isla Sorna
El arroyo
El camino
Enclave B
La caravana
El interior
Arby
El laboratorio
Energía eléctrica
El nido
Cuarta configuración
Levine
Dodgson
La plataforma de observación
La reina de corazones
Puerto cortés
King
Harding
El valle
La cueva
Dodgson
Llamadas de apareamiento
Los problemas de la evolución
Parasaurios
Calor
Ruido
El camino
El nido
La plataforma de observación
La caravana
El nido
Dodgson
La decisión
El nido
La ruina del jugador
King
Malas noticias
Quinta configuración
La cría
La plataforma de observación
La manada
Dodgson
La caravana
Thorne
La caravana
La plataforma de observación
Malcolm
La plataforma de observación
Sexta configuración
La persecución
Al borde del caos
La caravana
El poblado
Una buena madre
Dodgson
El explorer
La luz del día
Una vía de escape
La huida
La salida
Séptima configuración
La partida
Agradecimientos
Biografía
Créditos
Michael Crichton nació en Chicago en 1942. Cursó estudios en el Harvard College y se doctoró por la Facultad de Medicina de Harvard. Durante esos años, escribió una serie de thrillers con el seudónimo de Jeffrey Hudson, en los que ya destacaban las magníficas dotes de escritor que años después le darían celebridad internacional. En 1969, pasó a formar parte del Salk Institute, en La Jolla (California). Crichton ha sido en las últimas tres décadas uno de los autores estadounidenses de mayor proyección mundial, y todos sus libros recibieron una sensacional acogida de público y crítica. Se le conoce mundialmente como el creador del thriller tecnológico y científico. Entre su ingente obra cabe destacar: Esfera, Congo, El guerrero n.º 13, Un caso de urgencia, El gran robo del tren, Sol naciente, Acoso, Parque jurásico, El mundo perdido, Punto crítico, Rescate en el tiempo, Sol naciente, Presa y Estado de miedo, así como el guión de cine Twister y el libro autobiográfico Viajes y experiencias. Sus libros superan los cien millones de ejemplares vendidos y han sido traducidos a treinta y seis idiomas; doce de ellos han sido llevados al cine. También ha recibido numerosos premios por su trabajo literario, así como por sus obras para el cine y la televisión, entre los que se cuenta un premio Emmy por la serie televisiva Urgencias, creada por él. Falleció en 2008 en Los Ángeles.
www.michaelcrichton.net
Título original: The Lost World
Edición en formato digital: julio de 2015
© 1995, Michael Crichton
© 2015, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
© de la traducción, Carlos Milla Soler
Diseño de portada: Penguin Random House Grupo Editorial / Yolanda Artola
Fotografía de portada: Getty Images
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ISBN: 978-84-6633-063-3
Composición digital: M.I. maqueta, S.C.P.
www.megustaleer.com

MICHAEL CRICHTON
El mundo perdido
Traducción de
Carlos Milla Soler

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A Carolyn Conger
Lo que realmente me interesa es si Dios tuvo alguna elección en la creación del mundo.
ALBERT EINSTEIN
En lo más profundo del régimen caótico los pequeños cambios en la estructura causan casi siempre enormes cambios en el comportamiento. Un comportamiento complejo controlable es, por lo visto, imposible.
STUART KAUFFMAN
Las consecuencias son intrínsecamente imprevisibles.
IAN MALCOLM
INTRODUCCIÓN
EXTINCIÓN EN EL LÍMITE K-T
En las últimas décadas del siglo XX ha crecido notablemente el interés científico por la extinción.
No es ni mucho menos un tema nuevo; ya en 1786, poco después de la guerra de la Independencia norteamericana, el barón Georges Cuvier había demostrado que las especies se extinguen. Así pues, el hecho de la extinción era ya aceptado por los científicos tres cuartos de siglo antes de que Darwin formulase su teoría de la evolución. Y después de Darwin las innumerables controversias generadas en torno a su teoría no atañían por lo general a los problemas de la extinción.
Por el contrario, la mayoría de los científicos no otorgaban mucha más importancia al fenómeno de la extinción que al hecho de que un automóvil se quedase sin combustible. La extinción demostraba simplemente la incapacidad de adaptación. El modo en que se adaptaban las especies era objeto de profundos estudios y acalorados debates; pero la circunstancia de que alguna especie fracasase apenas se tomaba en consideración. ¿Qué podía decirse al respecto? Sin embargo, a principios de la década de los setenta dos nuevos datos concentraron el interés en la extinción.
El primero fue la toma de conciencia del enorme crecimiento demográfico y de que la superpoblación estaba provocando alteraciones en el planeta a un ritmo muy rápido: la eliminación de los hábitats tradicionales, la deforestación, la contaminación del aire y el agua, y quizá incluso cambios en el clima global. Simultáneamente se extinguían muchas especies animales. Algunos científicos dieron la voz de alarma; otros sobrellevaron en silencio su desasosiego. ¿Acaso era demasiado frágil el ecosistema terrestre? ¿Había incurrido la especie humana en un comportamiento que causaría en último extremo su propia extinción?
Nadie lo sabía con certeza. Dado que la extinción no se había estudiado sistemáticamente, existía poca información acerca de sus índices en otras eras geológicas. De manera que los científicos empezaron a estudiar detenidamente la extinción en el pasado con la esperanza de disipar la inquietud en cuanto al presente.
El segundo dato guardaba relación con la muerte de los dinosaurios. Se sabía que todas las especies de dinosaurios se habían extinguido en un tiempo relativamente breve al final del período cretácico, hace unos sesenta y cinco millones de años. Exactamente a qué ritmo se había producido tal extinción era tema de discusión desde hacía mucho tiempo: algunos paleontólogos sostenían que había sido catastróficamente acelerado; otros pensaban que los dinosaurios habían desaparecido de un modo más gradual, a lo largo de un período que oscilaba entre diez mil y diez millones de años, es decir, no precisamente muy deprisa.
Pero en 1980 el físico Luis Alvarez y tres colaboradores suyos descubrieron altas concentraciones de iridio en rocas formadas a finales del cretácico y principios del terciario, el llamado límite K-T. (El cretácico se abrevió como «K» para evitar confusiones con el cámbrico y otros períodos geológicos.) El iridio es un elemento poco común en la Tierra; en cambio, abunda en los meteoritos. Según el equipo de Alvarez, la presencia de tal cantidad de iridio en las rocas del límite K-T indicaba que un meteorito gigante, con un diámetro de muchos kilómetros, había entrado en colisión con la Tierra en esa época. Plantearon la teoría de que el polvo y los cascotes resultantes oscurecieron el cielo, imposibilitaron la fotosíntesis, exterminaron plantas y animales, y pusieron fin al reinado de los dinosaurios.
Esta sensacional teoría cautivó la imaginación de los medios de comunicación y el público. Dio origen a una controversia que se ha prolongado durante muchos años. ¿Dónde estaba el cráter abierto por ese meteorito? Se propusieron varias posibilidades. En el pasado se han producido básicamente cinco períodos de extinción, ¿han sido los meteoritos la causa de todos ellos? ¿Acaso tal catástrofe sobreviene cíclicamente cada veintiséis millones de años? ¿Aguarda el planeta en estos momentos otro impacto devastador?
Después de más de una década estas preguntas seguían sin respuesta. El debate continuó en plena efervescencia hasta agosto de 1993, cuando en un seminario semanal del Instituto Santa Fe un matemático iconoclasta llamado Ian Malcolm anunció que estas cuestiones carecían de importancia y que la discusión acerca del impacto meteórico era «una especulación frívola y ajena al problema».
—Consideren las cifras —decía Malcolm, inclinado en el podio y mirando a su auditorio—. En nuestro planeta conviven actualmente cincuenta millones de especies entre plantas y animales. Aunque esto nos parezca una notable diversidad, no es nada en comparación con la que ha existido anteriormente. Calculamos que han pasado cincuenta mil millones de especies por este planeta desde que surgió la vida. Eso significa que de cada mil especies que han existido queda sólo una. Por tanto el 99, 9 por ciento de todas las especies que han vivido alguna vez se hallan ahora extintas. Y las grandes matanzas sólo dan cuenta de un cinco por ciento de ese total. La abrumadora mayoría de las especies han muerto una por una.
El hecho, explicó Malcolm, era que la vida en la Tierra estaba marcada por un ritmo de extinción continuo y estable. En general, el promedio de vida de una especie era de cuatro millones de años. En el caso de los mamíferos se reducía a un millón de años. Transcurrido ese tiempo la especie desaparecía. De modo que el desarrollo de cualquier especie se ajustaba a un mismo patrón: surgimiento, pujanza y extinción en unos cuantos millones de años. A lo largo de la historia de la vida en la Tierra se había extinguido una especie al día por término medio.
—Pero ¿por qué? —preguntó Malcolm—. ¿Qué provoca la aparición y el ocaso de las especies terrestres en un ciclo de cuatro millones de años?
»La respuesta es, en parte, que no somos conscientes de que nuestro planeta permanece en continua actividad. Sólo en los últimos cincuenta mil años (apenas un abrir y cerrar de ojos desde el punto de vista geológico) las selvas tropicales se han contraído drásticamente y luego han vuelto a crecer. Las selvas no son un elemento inalterable del planeta; de hecho, son muy recientes. Hace tan sólo diez mil años, cuando había ya cazadores humanos en el continente americano, una masa de hielo flotante se extendió hasta lo que hoy en día es la ciudad de Nueva York. Muchos animales se extinguieron durante esa época.
»De manera que en su mayor parte la historia de la Tierra muestra animales que viven y mueren en un entorno extremadamente activo. Esto explica probablemente el 90 por ciento de las extinciones. Si el mar se seca o aumenta su salinidad, como es lógico el plancton morirá. Pero no ocurre lo mismo con los animales complejos, ya que éstos se aíslan, literal y figurativamente, de tales cambios. ¿Por qué se extinguen los animales complejos? ¿Por qué no se adaptan? Físicamente parecen aptos para la supervivencia. En apariencia no existe razón alguna para que mueran. Y sin embargo, mueren.
»Mi planteamiento es que los animales complejos no se extinguen a causa de un cambio en su adaptación física al medio ambiente sino de su propio comportamiento. Me atrevería a afirmar que las recientes conclusiones derivadas de la teoría del caos, o dinámica no lineal, ofrecen tentadores indicios de cómo se produce esta situación.
»Nos revelan que el comportamiento de los animales complejos puede modificarse muy rápidamente, y no siempre para bien. Revelan que el comportamiento puede dejar de ser una respuesta al medio ambiente y conducir, en cambio, al declive y la muerte. Revelan que los animales pueden renunciar a la adaptación. ¿Es esto lo que ocurrió con los dinosaurios? ¿Es ésta la verdadera causa de su desaparición? Puede que nunca lo sepamos. Pero no es casualidad que los seres humanos muestren tanto interés en la extinción de los dinosaurios. El ocaso de los dinosaurios posibilitó el desarrollo de los mamíferos, incluida la especie humana. Y eso nos lleva a preguntarnos si la desaparición de los dinosaurios va a repetirse tarde o temprano en nosotros, si en el nivel más profundo la culpa no recae en el ciego destino (en un feroz meteorito procedente del cielo) sino en nuestro comportamiento. Por el momento no tenemos respuesta.
En este punto sonrió y añadió:
—Pero yo tengo algunas sugerencias.
PRÓLOGO
LA VIDA AL BORDE DEL CAOS
El Instituto Santa Fe, en la ciudad del mismo nombre, ocupaba una serie de edificios de Canyon Road que habían sido antiguamente un convento, y los seminarios del instituto tenían lugar en una sala utilizada en otro tiempo como capilla. En aquel momento Ian Malcolm, de pie en el podio e iluminado por un haz de sol, hizo una pausa retórica antes de proseguir con su conferencia.
Malcolm tenía cuarenta años y era un asiduo visitante en el instituto. Se contaba entre los primeros defensores de la teoría del caos, pero su prometedora carrera se había visto truncada por las graves heridas sufridas durante un viaje a Costa Rica; de hecho, se le había dado por muerto en varios informativos. «Sintiéndolo mucho, tuve que interrumpir las celebraciones en los departamentos de matemáticas de todo el país —declararía más tarde—, pero resultó que sólo estaba levemente muerto. Los cirujanos han hecho maravillas, como ellos mismos se apresurarán a contarles. Así que he vuelto... en mi siguiente iteración, podría decirse.»
Vestido totalmente de negro y apoyado en un bastón, Malcolm ofrecía una imagen de severidad. En el instituto se le conocía por la originalidad de su análisis y por su tendencia al pesimismo. Su charla de aquel agosto, titulada «La vida al borde del caos», era un ejemplo característico de su pensamiento. En ella Malcolm presentaba su análisis de la teoría del caos aplicado a la evolución.
No podría haber disfrutado de unos oyentes más duchos en la materia. El Instituto Santa Fe se había fundado a mediados de los años ochenta bajo la tutela de un grupo de científicos interesados en las consecuencias de la teoría del caos. Dichos científicos procedían de muy diversos campos: la física, la economía, la biología, la informática. Tenían en común la convicción de que la complejidad del mundo ocultaba un orden básico que había escapado hasta el momento a la ciencia, y que sería revelado por la teoría del caos, conocida ya como teoría de la complejidad. En palabras de uno de ellos, la teoría de la complejidad era «la ciencia del siglo XXI».
El instituto había investigado el comportamiento de una gran variedad de sistemas complejos —las empresas en el mercado, las neuronas en el cerebro humano, las cascadas enzimáticas en una célula individual, la conducta en grupo de las aves migratorias—, sistemas tan complejos que no había sido posible estudiarlos antes de la aparición del ordenador. La investigación era reciente, y los descubrimientos asombrosos.
Los científicos no tardaron en advertir que los sistemas complejos presentaban ciertos comportamientos comunes. Pronto concibieron tales comportamientos como rasgos característicos de todos los sistemas complejos. Comprendieron que estos comportamientos no podían explicarse mediante el análisis de los componentes de dichos sistemas. El enfoque científico clásico del reduccionismo —desmontar el reloj para ver cómo funciona— no servía de nada en el caso de los sistemas complejos, porque el comportamiento interesante parecía fruto de la interacción espontánea de los componentes. El comportamiento no obedecía a ningún plan o directriz; simplemente ocurría. Tal comportamiento se denominó, por tanto, «autoorganizativo».
—Entre los comportamientos autoorganizativos —dijo Ian Malcolm— existen dos de especial interés para el estudio de la evolución. Uno es la adaptación. Encontramos ejemplos de ella por todas partes. Las empresas se adaptan al mercado; las células cerebrales se adaptan a las señales de tráfico; el sistema inmunológico se adapta a las infecciones; los animales se adaptan al suministro de alimentos. Hemos llegado a la conclusión de que la capacidad de adaptarse es propia de los sistemas complejos, y quizá por esta razón entre otras la evolución tiende aparentemente hacia organismos más complejos. —Cambió de postura en el podio desplazando el peso al bastón—. Pero aún más importante es el modo en que los sistemas complejos parecen alcanzar un equilibrio entre la necesidad de orden y la imperiosa obligación de cambio. Los sistemas complejos tienden a situarse en un espacio que llamamos «el borde del caos». Concebimos el borde del caos como un lugar donde existen suficientes innovaciones para que un sistema vivo permanezca vibrante y suficiente estabilidad para impedir que caiga en la anarquía. Es una zona de conflicto y convulsiones donde lo viejo y lo nuevo se hallan continuamente en guerra. Encontrar el punto de equilibrio no debe de ser fácil: si un sistema vivo se acerca demasiado corre el riesgo de sumirse en la incoherencia y la disolución; pero si el sistema se aleja demasiado del borde, se torna rígido, inerte, totalitario. Ambos estados llevan a la extinción. El cambio resulta tan destructivo por exceso como por defecto. Los sistemas complejos sólo se desarrollan al borde del caos. —Tras una pausa añadió—: Así pues, la extinción es el resultado inevitable de una u otra estrategia: el exceso o defecto de cambio.
Los oyentes expresaron con gestos su asentimiento. Aquélla era una idea ya conocida para la mayoría de los investigadores presentes. A decir verdad, el concepto de «borde del caos» casi se aceptaba como dogma en el Instituto Santa Fe.
—Por desgracia —continuó Malcolm—, un gran abismo separa este constructo teórico y el hecho de la extinción. No hay manera de saber si nuestras conclusiones son acertadas. El registro fósil nos indica que un animal se extinguió en determinada fecha, pero no por qué razón. Las simulaciones por ordenador tienen una validez limitada. Y tampoco podemos realizar experimentos con organismos vivos. Por tanto, nos vemos obligados a admitir que la extinción, como fenómeno no verificable ni susceptible de experimentación, puede no ser en absoluto un tema científico. Esto explicaría por qué la cuestión ha dado pie a intensas controversias religiosas y políticas. Piensen, por ejemplo, que el número de Avogadro, la constante de Planck o las funciones del páncreas no han originado ninguna clase de discusión religiosa. Acerca de la extinción, en cambio, existe un incesante debate desde hace doscientos años. Y me pregunto cómo va a resolverse si... ¿Sí? ¿Qué ocurre?
Al fondo de la sala se había alzado una mano y se agitaba con impaciencia. Malcolm arrugó la frente, manifiestamente molesto. En el instituto, tradicionalmente, las preguntas se reservaban para el final de la exposición; no se consideraba correcto interrumpir al ponente.
—¿Tiene alguna pregunta? —inquirió Malcolm.
Al fondo de la sala se puso en pie un hombre de poco más de treinta años.
—En realidad —aclaró—, se trata de una observación.
Era un joven moreno y delgado de ademanes precisos, vestido con pantalón corto y camisa de color caqui. Malcolm lo reconoció. Era un paleontólogo de Berkeley llamado Levine que había ido al instituto a pasar el verano. Malcolm no había hablado antes con él, pero conocía sus méritos: según la opinión general, Levine era el mejor paleobiólogo de su generación, acaso el mejor del mundo. Sin embargo, en el instituto no había despertado grandes simpatías, pues sus colegas lo encontraban grandilocuente y arrogante.
—Coincido —prosiguió Levine— en que el registro fósil poco aporta al estudio de la extinción. Menos aún si aceptamos su tesis de que el comportamiento es la causa de la extinción, porque los huesos no revelan gran cosa acerca del comportamiento. Pero discrepo en cuanto a que su tesis del comportamiento no sea verificable. De hecho, implica un resultado. Aunque quizá no lo haya usted considerado todavía.
La sala se hallaba en silencio. En el podio Malcolm frunció el entrecejo. El eminente matemático no estaba acostumbrado a oír que no había desarrollado plenamente sus propias ideas.
—Explíquese —exigió Malcolm.
—Es muy sencillo —dijo Levine, aparentemente ajeno a la tensión que reinaba en la sala—. En el cretácico los Dinosauria se hallaban repartidos por todo el planeta. Hemos encontrado restos en todos los continentes y en todas las zonas climáticas, incluso en la Antártida. Pues bien, si su extinción se debió realmente a su comportamiento y no a una catástrofe, una enfermedad, un cambio en la vida vegetal o a cualquiera de las distintas explicaciones a gran escala que se han propuesto, me parece muy poco probable que todos cambiasen de comportamiento simultáneamente y en todas partes. Y de ahí se desprende a su vez que aún podrían quedar vivos algunos de esos animales en la Tierra. ¿No podríamos acaso buscarlos?
—Claro que podríamos —respondió Malcolm fríamente—, caso que encontrásemos algún placer en ello, y siempre y cuando no tuviésemos nada mejor en qué emplear el tiempo.
—No, no —protestó Levine con vehemencia—. Hablo muy en serio. ¿Y si los dinosaurios no se hubiesen extinguido? ¿Y si aún existiesen? En algún lugar aislado del planeta.
—Habla usted de un Mundo Perdido —dijo Malcolm, y los oyentes de la sala asintieron con gestos de complicidad. Los científicos del instituto habían desarrollado un lenguaje taquigráfico para referirse a los escenarios más comunes del evolucionismo. En sus charlas había menciones a los Campos de Balas, la Ruina del Jugador, el Juego de la Vida, el Mundo Perdido, la Reina Roja y el Ruido Negro. Eran formas bien definidas de pensar en la evolución. Pero todas eran...
—No —insistió Levine obstinadamente—. Lo digo en sentido literal.
—En ese caso está usted muy equivocado —atajó Malcolm haciendo un claro gesto de rechazo con la mano. Volvió la espalda al auditorio y se acercó lentamente a la pizarra—. Y ahora si consideramos las consecuencias de la vida al borde del caos, podemos empezar por preguntarnos cuál es la menor unidad de vida. En la mayoría de las definiciones contemporáneas de vida estaría presente el ADN, pero existen dos ejemplos que demuestran que tales definiciones se quedan cortas. Si tenemos en cuenta los virus y los llamados priones, está claro que la vida puede darse sin ADN…
Al fondo de la sala Levine lo miró fijamente por un instante. A continuación, de mala gana, se sentó y comenzó a tomar notas.
LA HIPÓTESIS
DEL MUNDO PERDIDO
Tras concluir la conferencia, poco después de mediodía, Malcolm atravesó cojeando el patio abierto del instituto. Lo acompañaba Sarah Harding, una joven bióloga que realizaba trabajos de campo en África y se hallaba de visita en Santa Fe. Malcolm la conocía desde que, hacía ya unos años, le habían solicitado que actuase como supervisor externo de la tesis doctoral que ella preparaba entonces en Berkeley.
En el patio, bajo el intenso sol veraniego, formaban una dispar pareja: Malcolm vestido de negro, encorvado y ascético, ayudándose del bastón; Harding, sólida y musculosa, con un pantalón corto y una camiseta que le daban un aire vigoroso y juvenil y el pelo negro y corto sujeto sobre la frente mediante unas gafas de sol. Su área de estudio eran los depredadores africanos, concretamente los leones y las hienas. Tenía previsto regresar a Nairobi al día siguiente.
Estaban muy unidos desde el período de convalecencia de Malcolm tras su paso por el quirófano. Por entonces Harding se hallaba en Austin disfrutando de un año sabático y cuidó a Malcolm hasta su total restablecimiento tras las numerosas operaciones que le habían practicado. Durante un tiempo dio la impresión de que el amor había surgido entre ellos, y Malcolm, un solterón empedernido, sentaría la cabeza. Pero finalmente Harding volvió a África y Malcolm se marchó a Santa Fe. Fuera cual fuese su anterior relación, en esos momentos eran sólo amigos.
Hablaban de las preguntas formuladas al final de la conferencia. Según Malcolm, sólo se habían planteado las objeciones previsibles: que las extinciones en masa sí eran importantes; que los seres humanos debían su existencia a la extinción que, en el cretácico, había aniquilado a los dinosaurios y permitido a los mamíferos tomar el relevo. Como había dicho con cierta ampulosidad uno de los asistentes: «Gracias al cretácico afloró en el planeta nuestra conciencia sensible.»
La respuesta de Malcolm no se hizo esperar: «¿Qué le lleva a pensar que los seres humanos son sensibles y conscientes? No existe prueba alguna de ello. Los seres humanos nunca piensan por su cuenta, les resulta incómodo. En su mayor parte, los miembros de nuestra especie se limitan a repetir lo que oyen y se desconciertan ante cualquier punto de vista distinto. El rasgo humano característico no es la conciencia sino el conformismo, y el resultado característico es la guerra religiosa. Otros animales luchan por el territorio o el alimento; los seres humanos, en cambio, son los únicos en el reino animal que luchan por sus “creencias”. Ello se debe a que las creencias rigen el comportamiento, el cual tiene importancia evolutiva entre los seres humanos. Pero en una época en la que nuestro comportamiento puede conducirnos a la extinción no veo razón alguna para suponer que poseemos consciencia. Somos unos conformistas obcecados y autodestructivos. Cualquier otra opinión acerca de nuestra especie es una simple ilusión fruto de la suficiencia. Siguiente pregunta.»
Mientras cruzaban el patio Sarah Harding se echó a reír y dijo:
—Eso no les ha gustado nada.
—Reconozco que es desalentador, pero ¿qué se le va a hacer? —respondió Malcolm. Moviendo la cabeza en un gesto de desánimo, añadió—: Estaban presentes algunos de los mejores científicos del país y, sin embargo, ni una sola idea interesante. Por cierto, ¿qué sabes de ese tipo que me ha interrumpido?
—¿Richard Levine? —Harding dejó escapar una carcajada—. Insoportable, ¿verdad? Su fama de pelmazo lo acompaña por todo el mundo.
—No me extraña —convino Malcolm con un gruñido.
—Es rico, ése es su problema —explicó Harding—.
¿Has oído hablar de las muñecas Becky?
—No —contestó Malcolm, lanzándole una mirada.
—Pues no existe una sola niña en Estados Unidos que no las conozca. Hay toda una serie: Becky, Sally, Frances y varias más. Forman parte de nuestro patrimonio cultural. Levine es el heredero de la empresa que las sacó al mercado. O sea, que es un resabidillo de familia bien. Y además impetuoso: hace lo que le viene en gana.
Malcolm asintió con la cabeza y propuso:
—Si tienes un rato, podríamos ir a comer.
—Claro que sí...
—¡Doctor Malcolm! ¡Espere, por favor! ¡Doctor Malcolm!
Malcolm se volvió. Hacia ellos corría por el patio la desgarbada figura de Richard Levine.
—¡Mierda! —exclamó Malcolm.
—Doctor Malcolm —dijo Levine mientras se acercaba—, me ha sorprendido que no se tomase más en serio mi propuesta.
—¿Cómo iba a tomármela en serio? —repuso Malcolm—. Es absurda.
—Sí, pero...
—La señorita Harding y yo íbamos a comer —lo interrumpió Malcolm, señalando a Sarah.
—Sí, pero opino que debería reconsiderarla —perseveró Levine—. Porque creo que mi argumento es válido. Es del todo posible, o incluso probable, que aún existan dinosaurios. Sin duda conoce los continuos rumores al respecto que llegan de Costa Rica, donde, si no me equivoco, pasó usted una temporada.
—Sí, y en el caso de Costa Rica le aseguro...
—Y lo mismo ocurre en el Cong
