Desde la Antigüedad, las dinámicas de nuestra sociedad y de nuestro propio cuerpo han sido tan estacionales y cíclicas como el medio natural que nos rodea. Antaño, el entorno dictaba el ritmo de nuestro trabajo, de nuestro descanso, de nuestras emociones y de nuestras fiestas. Del mismo modo, para la bruja y la hechicera, el medio condicionaba las prácticas mágicas, las hierbas y herramientas involucradas y los encuentros con lo numinoso: las plantas tenían su mayor poder entre San Juan y San Pedro; la Cabalgata Nocturna pasaba en Navidad para llevarse a aquellos que sabían volar con su ánima; los muertos salían de su mundo subterráneo cuando el sol envejecía y regresaban a él cuando la renaciente luz de la primavera los expulsaba. Las dinámicas de los espíritus, como las de las personas y las de la naturaleza, tampoco eran invariables: se reconocían sus ascensos y descensos, sus diversas facetas y sus momentos de fortaleza y de letargo.
Por mucho que nuestro régimen posindustrial pretenda convencernos de una existencia invariable e individualista, eso no es así: permanece como siempre. La Otredad no se rige por nuestros parámetros humanos. La brujería es estacional y cooperativa. Para aquellos que vivimos en la comodidad de un sistema que nos vende fresas en diciembre, puede ser complicado entender que la oración mágica para curar el empacho solo podía enseñarse en Viernes Santo, que se perdía la oportunidad de recolección hasta el año siguiente si esta no se llevaba a cabo antes de cierta fecha, o que un rito no podía dar un mismo resultado en la comodidad de casa que en el bosque nocturno. El esfuerzo, la ritualidad y el sacrificio de esperar, observar el entorno o buscar y ensuciarse las manos daban un sentido y un poder a la magia que cuesta hoy de imaginar, porque ya el proceso en sí transformaba a aquel que la practicaba. La hechicera y la bruja nunca trabajaban solas: eran lo que eran y lograban lo que lograban por su alianza con los espíritus que las rodeaban.
Por desgracia, muchas ramas de la espiritualidad y el neopaganismo actuales tienen un carácter tan globalizado, individualista y consumista como el propio sistema económico en el que nos movemos. Esta obra pretende dar una alternativa a ello y ser una herramienta para valorar y proteger nuestras propias tradiciones mágicas, nuestro entorno y la estacionalidad de la práctica, además de ayudarnos a regresar a ellas.
Por eso mismo, es difícil que esta obra pueda ser igualmente aplicable a cada lugar y persona. Esto no es, ni mucho menos, una «rueda del año» de la brujería tradicional, porque no tendría ningún sentido establecer un calendario genérico para una práctica que es, por naturaleza, única para cada persona y territorio. Lo que pretende es, precisamente, incentivar la observación del entorno para percatarse de las dinámicas tradicionales locales del lector. Existen infinidad de fiestas y costumbres mágicas, y si bien esta obra ha recogido algunas de las más extendidas por España, no es para nada un compendio exhaustivo, tan solo una orientación para aquel que desee indagar en su calendario mágico local. El lugar en el que se habite determinará que las hierbas mencionadas puedan estar más presentes el mes anterior o el posterior al que se han citado, o que incluso no se encuentren en ese entorno; del mismo modo que habrá infinitas prácticas y fiestas locales que no constan en esta obra. Además, el criterio de qué incluir y qué no pasa por mi propia práctica, mi propia interpretación de la tradición y, en definitiva, de mi gusto personal. Al final, este no es un libro de antropología (aunque intento ser precisa en las fuentes y los datos), sino el catálogo de una practicante que se dirige a otros practicantes.
Por ello, te animo a adaptar las ideas de este almanaque tanto como te guste, o a inspirarte en él para llevar una práctica estacional propia en la que pueden constar no solo las tradiciones y los recursos mágicos locales, sino también otras asociaciones personales, como costumbres propias, aniversarios luctuosos de los ancestros o días destacados para los espíritus con los que trabajes. Asimismo, te invito a establecer vínculos entre la observación de los fenómenos de tu entorno inmediato, como el ciclo de la vegetación o la meteorología, el folclore local y la propia experiencia espiritual. Porque lo espiritual es también físico, en el libro veremos que ciertos sucesos en el medio reflejan dinámicas en el ámbito de lo numinoso y entenderemos sus ciclos desde una nueva perspectiva.
Algo que quizá pueda chocar de esta obra a quien se haya acercado a la práctica mágica tradicional hace poco es la sinergia entre lo pagano y lo aparentemente católico. Por lo general, la brujería moderna se ha englobado en el paraguas del neopaganismo, motivo por el cual se ha limitado la inspiración para la práctica únicamente a lo precristiano. En lo pagano, este libro se apoya mucho en los romanos y en los celtas por la enorme medida en la que sus costumbres y religiones conformaron nuestra cultura y fundamentaron nuestra magia tradicional; respecto a lo indígena, la escasez de información ha hecho que sepamos de sus ritos poco más que lo que se intuye como una sombra indirecta. Sin embargo, la hechicería popular, la brujería folclórica y, en definitiva, las tradiciones mágicas que realmente hemos heredado pasan en muchos casos, inevitablemente, por el filtro del catolicismo popular. Pero no es este un cristianismo eclesiástico, sino el resultado del cambio de religión en un pueblo cuya concepción del mundo era profundamente mágica y animista, y que lo siguió siendo aunque rezara a un nuevo dios. Para la sociedad, el trato con los santos, las vírgenes y los demonios siguió siendo igual que había sido con los espíritus locales, y los elementos sacros como el agua bendita o el laurel del Domingo de Ramos fueron el resultado de buscar una nueva aplicación a los elementos del entorno que desde siempre había sido costumbre utilizar para la magia personal, por mucho que ello cayera bajo la herejía.
El rechazo sistemático a cualquier cosa que parezca tener una faz católica nos priva, en muchísimos casos, de recuperar prácticas mágicas tradicionales que en numerosas ocasiones son directamente paganas o, como ya hemos visto, se basan en una concepción pagana del mundo. Si bien llevar a cabo una práctica inspirada en lo tradicional sin incluir elementos o referencias católicas es posible, para muchos practicantes de brujería folclórica y hechicería popular, entre los que me incluyo, no es un problema que estén presentes; aprendemos de ellos, los interpretamos y los usamos puntualmente como una fórmula tradicional que hemos heredado de nuestros ancestros para dirigirnos a lo numinoso. Y no por ello creemos en la religión católica. Ese es el motivo, por ejemplo, de que haya respetado en este libro los nombres tradicionales de nuestras celebraciones, correspondientes al santoral, en lugar de sustituirlos por otros que, por muy paganos que sean, nos son a menudo ajenos. En nuestras tradiciones, en nuestro folclore mágico, las anjanas de las aguas, los duendes, los espíritus de las plantas y las brujas conviven con los santos, con el Diablo, con las ánimas de los muertos y con antiguos dioses. Al fin y al cabo, los santos no son más que muertos con los que practicar necromancia y los demonios no son más que daimones, espíritus.

ENERO
El amanecer ilumina un paisaje solemne, de ramas peladas y campos blancos de escarcha. Pasamos más tiempo bajo el amparo de la noche que bajo la luz de un sol al que le cuesta desperezarse en el horizonte, sin fuerzas para alcanzar el cénit. Nos encontramos en el corazón del invierno.
El nombre de nuestro primer mes del año, enero, proviene del término latín Ianuarius, por el cual lo conocían los romanos, y le pusieron dicho nombre para hacer honor al dios coetáneo Ianus (Jano).
Si bien enero es hoy en día el mes con el que empieza el calendario, a lo largo de la historia no ha sido siempre así. El primer calendario romano, el llamado calendario de Rómulo, constaba tan solo de diez meses lunares: comenzaba en marzo y terminaba en diciembre. Parece ser que los sesenta y un días restantes hasta completar el término de un año solar se tenían en cuenta, pero no se les daba nombre[1] o bien se contabilizaban como un periodo de reajuste del calendario con las estaciones.
En todo caso, siguiendo el sentido religioso del invierno, este intervalo se veía como un tiempo fuera del orden habitual, gobernado por los espíritus de los muertos. En la reforma del calendario que llevó a cabo Numo Pompilio, se añadieron enero y febrero: este último quedó como el postrero mes del año, que siguió comenzando en marzo hasta que, entre los siglos V y IV a. C., se pasó el relevo a enero.[2] Desde entonces y hasta nuestros días, enero ha ocupado la posición con la que lo conocemos.
Así pues, enero inauguraba el nuevo ciclo de la mano de Jano, el dios de los umbrales, de lo liminal, de los finales y los comienzos. Representado con dos rostros mirando en sentidos opuestos, uno hacia el pasado y el otro hacia el futuro, el dios presidía la transición entre lo viejo y lo nuevo, impidiendo el paso a aquello que debía quedar atrás y prometiendo la prosperidad futura. De la figura de Jano, por remota que parezca, aún se hallan reminiscencias en algunos seres mitológicos de las fiestas navideñas. Es el caso, por ejemplo, del Fumera, un ser con siete ojos (cuatro delante y tres en la nuca en una evocación del dios bicéfalo) que se presenta en los hogares catalanes alrededor del cambio de año para observar a los niños y reportar a los Reyes Magos si han sido obedientes.[3]
Enero es el mes más frío del año en el hemisferio norte. En el calendario tradicional, conformado en estrecha sintonía con el ciclo natural del entorno, es un mes de inactividad en muchos ámbitos. Se tenía como un mes durmiente, puesto que, sin las facilidades modernas, no se cosechaba ni se sembraba prácticamente nada más que unas pocas verduras de la huerta invernal. Se trata, desde la Antigüedad, de un mes de descanso antes del comienzo del nuevo ciclo agrario,[4] en el que las inclemencias climáticas hacen que «se coma mucho y se trabaje poco»,[5] como se decía popularmente, y se pase mucho tiempo hablando junto a la lumbre en las largas horas de oscuridad.
En el campo, la mayor parte de los cultivos de cereal ya están sembrados del otoño anterior, por lo que se realizan esencialmente tareas de orear y abonar la tierra de cara a las siembras de primavera. Otra de las tareas de enero en campos y jardines es la de la poda de arbustos y frutales antes de que retomen su crecimiento. En estos trabajos destaca, en la luna menguante de enero, la poda tradicional de la vid.
En las poblaciones de montaña, enero es el mes dedicado a la cría de las ovejas y, por lo tanto, la elaboración de quesos una práctica popular. Sin embargo, antaño era también muy frecuente en esta época la muerte del ganado debido a la escasez en cantidad y calidad del alimento, al clima y a la agresividad de los lobos. Estos cánidos, así como el otro gran depredador nativo de la península, el oso, han encarnado en la espiritualidad popular al numen del invierno. Su peligrosidad y voracidad aumentaban especialmente a mediados y finales de esta estación porque la escasez de alimento los llevaba a acercarse a zonas pobladas y atacar al ganado. Por ello, la caza del lobo era frecuente durante este mes y, como la del oso, se relaciona con diversas festividades rituales que se celebran en varias zonas rurales y montañosas de la península entre enero y febrero (hablaremos de ellas en el próximo capítulo) con una función apotropaica y regeneradora.
En áreas boscosas, enero se tenía por el mejor mes para cortar leña, especialmente la que fuera a servir para elaborar carbón o mobiliario, ya que ganaba poder calorífico y resistencia si era talada en luna menguante o nueva.[6]
En la costa mediterránea, enero traía un fenómeno que era conocido por la gente de mar como «calmas», «secas» o «menguas». Se trata de un reseñable descenso en el nivel del mar, que deja al descubierto aquellas rocas que están bajo el agua el resto del año. Hoy en día, sabemos que las menguas de enero se producen por un aumento de la presión atmosférica y que, tal y como recogía el saber popular, acostumbran a traer un clima soleado y apacible por su carácter anticiclónico. Además, se tenían por un buen momento para la pesca, pero malo para la navegación, y a partir de la luna nueva del mes, se observaba que el tiempo se revolvía y traía mala mar.
Por su parte, la luna de enero ha recogido un sinfín de atribuciones en la cultura popular tradicional. Se reconoce como una de las más grandes del año (tan solo le disputa el puesto la de agosto) y, por lo tanto, como una de las más influyentes sobre la tierra. Ya dicen los refranes que «no hay amor como el primero, ni luna como la de enero», y que «la lluna de gener set virtuts té» («la luna de enero siete virtudes tiene»). Asimismo, hemos visto que determinaba en gran medida las tareas relacionadas con la tala de madera y la poda, así como también el plenilunio o el novilunio del mes se consideraban un buen momento para la matanza del cerdo pues se creía que se conservaría mejor.[7]
Otra creencia popular en Cataluña era la de que la luna llena de enero dotaba de poder a las brujas: estas perdían sus facultades mágicas al envejecer, por lo que para recuperarlas en todo su esplendor debían, ni más ni menos, que enseñar el culo al cielo nocturno. Cualquier vecino podría entonces identificar a las brujas de la población si esa noche se asomaba por la ventana. Esta pequeña leyenda se relaciona con la creencia aún extendida en muchos lugares de que enseñar el culo a la luna llena trae abundancia, suerte y fertilidad.
Igualmente, enero se creía el mejor mes para las bodas, quizá por la estrecha relación de su luna con el amor (recogida en una infinidad de refranes y coplas).[8] Una bonita costumbre mágica en Granada recogía que la muchacha que tocara la campana de la Yela el día 2 de enero sería afortunada en el amor durante todo el año. Esto hacía que la campana no cesara de sonar todo el día, pasando de mano a mano entre las jóvenes de la población.[9]
Enero, situado en el corazón de la estación más fría, prosigue con la dinámica espiritual que en el folclore comienza a mediados de otoño y alcanza hasta bien entrada la primavera: es tiempo de muertos. Mientras la naturaleza reposa, el invierno materializa la energía de la desintegración y la muerte, convirtiendo este periodo en el más inclemente, severo y peligroso para la supervivencia. Los espíritus de los difuntos vagan voraces en las largas noches, las comitivas espectrales cabalgan los cielos y la muerte alarga sus dedos en la oscuridad. Es por esto por lo que la mayoría de las celebraciones y prácticas rituales del mes tienen una finalidad completamente apotropaica, dispuesta para proteger al ganado, los campos y las personas en el momento más vulnerable del año.
CALENDARIO TRADICIONAL DE
ENERO

Primero de año:
1 DE ENERO
El primer día del año ha tenido un carácter festivo y propiciatorio en nuestra cultura desde la época romana. En su momento, estaba dedicado a Jano, al cual se dirigían las plegarias y ofrendas para favorecer el inicio del ciclo. También se dedicaba a Strenia, diosa relacionada con la buena salud y la suerte, que inspiraba el origen de una de las costumbres más populares de la Navidad actual: el intercambio de strenae o regalos. La primera acepción de la palabra romana strena era «presagio» o «pronóstico», lo que delata el sentido ritual que tenía el intercambio de estos presentes, que podían consistir en alimentos, ramilletes de hierbas, estatuillas, lucernas o útiles domésticos varios.[10] Las estrenas eran una representación de los buenos deseos de cara al año nuevo hacia la persona a la que se regalaban: se entregaba un poco de la abundancia que se le deseaba con fin de atraer, de presagiar, la buenaventura en el ciclo que se iniciaba.
Un aspecto muy relevante de la jornada es que se consideraba un día de augurios, los cuales aventuraban la fortuna del nuevo año. Son muchos los sistemas que se utilizaban para ello, como sacrificios para escudriñar las vísceras u observación del vuelo de las aves, y algunos, como se verá en las actividades del mes, se han perpetuado hasta hoy.
Popularmente, el primero de enero se tenía en la España del siglo XVI, tal y como recoge Pedro Ciruelo en su Reprobación de las supersticiones y hechicerías, como un día desafortunado, especialmente su novena hora.[11] Quizá por su carácter augural, el miedo a que aconteciera algo malo en él hiciera que se considerara como una jornada ante la cual protegerse especialmente.
• Estrenas a los seres queridos
• Ofrendas y plegarias a los espíritus tutelares
• Adivinación para el año
• Magia propiciatoria
• Protegerse este día para evitar el mal durante todo el año

Víspera de Reyes y Epifanía:
5 Y 6 DE ENERO
La víspera de los Reyes Magos y el día de la Epifanía se celebran en el calendario litúrgico desde al menos el siglo V.[12] Aunque la costumbre de que los Reyes Magos traigan regalos a los niños parece implementarse en España durante el siglo XIX, partía del amplio sustrato del que hablaremos en el mes de diciembre: los mitos de las comitivas espectrales a las cuales se deja ofrendas a cambio de sus bendiciones. Esta es una de las tradiciones más queridas por los infantes, pero para el amante del folclore y el practicante de brujería tiene un encanto mitológico y ritual especial. Los Reyes Magos recorriendo las calles en carrozas, acompañados de sus pajes y lanzando caramelos a los niños son una máscara de las comitivas espectrales del invierno, la cabalgata nocturna en su faceta benefactora, portadora de abundancia. Puedes consultar el capítulo del último mes para leer sobre este tema en mayor detalle.
De forma más explícita, el folclore español recoge también varias leyendas que sincretizan el mito de la Cacería Salvaje y la sitúan en la víspera de Reyes; una de las más destacables es la de la cacería del rey Herodes. El monarca, en inspiración a su persecución nocturna y asesinato de los niños de Belén, se convierte en nuestras leyendas en el líder de una horrible cacería fantasmal, acompañado de sus sirvientes, lobos y perros, en la que busca con gran estruendo llevarse el alma de todo aquel que halle en su camino.[13]
Aunque hoy en día se cierra el ciclo de las fiestas navideñas con la celebración de la Epifanía, antaño no terminaba hasta la Candelaria, el 2 de febrero. Así, los belenes y alimentos típicos como los turrones permanecían durante todo el mes de enero.
• Participar en la cabalgata de Reyes portando fanales o candelas para iluminar el camino a la comitiva de espíritus
• Protegerse de los espíritus malintencionados
• Dejar ofrendas dentro de casa a la cabalgata nocturna
• Hacer regalos en nombre de los Reyes Magos a los seres queridos para desearles suerte en el año nuevo

San Antón:
17 DE ENERO
El día de San Antonio Abad o San Antón es escenario en tierras valencianas, baleares, catalanas y aragonesas de una tradición mágica entrañable: els tres tombs («las tres vueltas»).
Se trata de una celebración ritual que se remonta al menos al siglo XV,[14] y consiste en una procesión conformada por los habitantes de la población y sus animales. Ganado y mascotas participan por igual en esta caminata acompañados de carros antiguos decorados que, cargados de materiales y productos de distintos oficios tradicionales, dan tres vueltas en procesión al pueblo o la iglesia. La circunvalación es un antiquísimo rito de protección anual llevado a cabo en muchas culturas a lo largo de diversas fechas, pero especialmente durante y a finales del invierno. Dar vueltas alrededor de algo implica, a un nivel mágico, trazar una barrera entre aquello a proteger y las malas influencias externas, y en este acto quedan protegidos tanto el interior del cerco como aquellos que forman parte del desfile que lo traza. En el caso de els tres tombs, la bonita procesión termina en la iglesia, en la que el párroco bendice a los animales en honor a su patrón, san Antonio Abad, para protegerlos durante todo el año.
En muchos lugares de España, la víspera de este día se acompaña además de grandes hogueras purificadoras alrededor de las cuales se baila, se come o se rifa un cerdo.[15] También se representa la lucha del santo contra los demonios, como se hace en la localidad mallorquina de Sa Pobla. Esta teatralización, que a todas luces puede parecer católica, no deja de referir a lo mismo que todas las mascaradas de invierno que veremos durante el mes de febrero: representa la lucha contra los malos espíritus para proteger a la comunidad y, tras su expulsión, poner fin al invierno.
Como curiosidad, otra fecha a destacar por sus hogueras apotropaicas es el día de San Sebastián, el 19 de enero. En su víspera, en la población salamantina de Sobradillo se realizan las llamadas «luminarias de jumbrio», grandes fuegos purificadores con leña de enebro, que desprende un fantástico aroma y renueva el ambiente, alejando así todo mal.[16]
Otros lugares de la geografía peninsular también reúnen costumbres profilácticas para el ganado el día de San Antón. En la provincia de Burgos, se salía a pedir «para el santo» a los pueblos vecinos, y cada casa debía dar un panecillo o torta por cada animal doméstico que tuviera a modo de ofrenda o sacrificio para su protección. A los animales se les hacía dar una vuelta a la iglesia con el mismo fin.[17] En Barakaldo, el párroco también bendecía las esquilas y cencerros del ganado.[18]
• Dar tres vueltas al pueblo o a un lugar sagrado con nuestros animales para bendecirlos
• Entregar a los espíritus del invierno una ofrenda (como serían los panecillos de San Antón) a cambio de respetar y proteger la vida de nuestros animales
• Encender una hoguera con fines protectores y purificadores

AMULETO
TRADICIONAL
Panecillos de San Antón
Los panecillos, en muchos lugares de España, son un elemento central en esta celebración. Se trata normalmente de tortas sin sal ni fermentación (formato muy asociado al invierno y a los panes funerarios, es pan «muerto»), marcadas con una cruz. En un principio, se ofrecían al santo a cambio de la protección del ganado, pero también se les atribuyeron facultades mágicas. Benditos en este día, se creía que si los enfermos los comían sanarían y se guardaban como amuleto para atraer el dinero y el amor de un año para el siguiente.

MAGIA Y TAREAS ESTACIONALES
Auspicios de año nuevo
Enero recoge un gran número de prácticas adivinatorias populares para aventurar cómo iría el nuevo año. Según se decía, el viento que corriera ese día sería el que predominaría en todo el año; asimismo, el dinero que se llevara en el bolsillo sería símil del que se tendría hasta el próximo enero: si era oro, la suerte acompañaría a su portador; si era plata, esta sería menor; y si era cobre, no sobraría el dinero.
También se adivinaba el carácter del año según el día de la semana en que empezara, tomando los atributos del dios correspondiente: si caía en lunes, la fortuna sería variada y cambiante como la luna; en martes, se esperaba un año de conflictos; en miércoles, el comercio y los negocios irían bien; en jueves, se auguraba un año próspero bajo el influjo de Júpiter; en viernes, abundarían los amoríos; en sábado, se esperaba un buen año para la agricultura, y los domingos pronosticaban un año luminoso.[19]
También se creía que las circunstancias de la primera persona que uno se cruzara por la calle indicaría la suerte que le deparaba el año: un pobre, mala fortuna y, un rico, un año próspero y abundante.[20] Podría llevarse esta práctica a muchas otras observaciones: una embarazada, un embarazo; una pareja enamorada, el amor; una persona enferma, enfermedad…
En diversos lugares de España, el año comienza con una predicción climatológica basada en la observación de los primeros doce días del mes. Según este sistema, conocido como cabañuelas o zotalegun en el País Vasco, el tiempo de cada día se corresponderá con el que predominará cada uno de los meses siguientes: si el 1 de enero es frío y soleado, así lo será el mes en general; si el día 2 de enero llueve, febrero será lluvioso, y así hasta completar el pronóstico anual con los doce primeros días del año.
Puede aprovecharse esta tradición popular para adaptarla a otras predicciones anuales mediante la observación de otros signos o augurios en estos días. Conviene tomar nota en un diario de todo lo que resulta destacable en cada uno de ellos, desde hallazgos inesperados hasta la dinámica general de la jornada: si ha sido un día problemático, si todo ha fluido con facilidad, si se ha recibido un regalo, si se ha visto un animal simbólico por sorpresa… De las observaciones podrá extraerse un mensaje para cada mes.
Otro sistema oracular meteorológico muy típico del primero de enero es el llamado «calendario de la cebolla», popular sobre todo en el Pirineo aragonés y catalán. Este sistema consiste en cortar una cebolla por la mitad y sacarle doce medias capas, que se colocan en orden sobre una bandeja y corresponden a los meses del año. Sobre cada una de las capas de cebolla, como si fueran pequeños cuencos, se vierte una cucharadita de sal. La bandeja se deja en el exterior, en el alféizar de la ventana por ejemplo, durante toda la noche de San Silvestre y se consulta la mañana del primero de enero: los meses correspondientes a las capas de cebolla en las que la sal ha quedado seca, serán meses secos, mientras que los meses correspondientes a las capas en las que la sal se ha derretido o aguado, serán meses lluviosos.
Limpieza de los umbrales
El primero de enero marca el umbral entre un año y el siguiente. Una forma de hacer que el paso por esta puerta sea venturoso y los espíritus que rigen sobre este momento liminal sean propicios es purificar los umbrales, los quicios y las puertas de casa. Este acto, como magia imitativa, ayudará a que la transición sea suave, a que los males queden en el pasado y a que se comience el ciclo con frescura. Como inspiración histórica para este acto ritual se puede tomar el ejemplo de Mari González, hechicera acusada frente al Santo Oficio en 1608, que limpiaba los umbrales y puertas de su casa con vinagre y encendía una vela detrás de cada puerta.[21] Tomando su idea, además de purificar con el vinagre, se puede entender que la vela tras cada puerta es una ofrenda a los espíritus de los umbrales o una forma de expulsar con la luz el miasma y los malos espíritus de los rincones. Dejo a continuación una receta de vinagre purificador con ingredientes de temporada que puede usarse en esta práctica:

VINAGRE DE LIMPIEZA
Materiales:
• 1 litro de vinagre blanco
• Pieles de naranja
• Pieles de limón
• 1 puñado de agujas de pino frescas
Optativo: Puede mezclarse el vinagre con otras hierbas o especias de preferencia para la purificación y la prosperidad: laurel, tomillo, romero, clavo…
Preparación:
1. Poner en un tarro de cristal con cierre hermético las pieles de al menos un par de naranjas y un limón. Añadir un puñado de agujas de pino frescas y cubrir todo con vinagre blanco, sin que las hierbas sobresalgan.
2. Cerrar y dejar macerar de quince a veinte días, removiendo de vez en cuando.
3. Pasado el tiempo, filtrar con una tela o colador y embotellar el vinagre resultante.
Uso:
Puro o rebajado con agua, este vinagre es un gran desinfectante de superficies domésticas como suelos, mesas o encimeras. Sin embargo, también es un excelente purificador energético con que limpiar los altares, las puertas y sus umbrales, así como herramientas mágicas. Incluso se puede añadir en baños.
Comida para las aves, espíritus del territorio
Una costumbre popular del invierno es poner comida a las aves, puesto que no siempre encuentran alimento en la naturaleza en este momento del año.
En el folclore, las aves se relacionaban con el origen de la agricultura: se creía que, gracias a ellas, se habían diseminado el trigo y las primeras gramíneas, permitiendo así al ser humano comenzar a cultivar cereales. Por ese motivo, era costumbre en algunas zonas rurales dejarles un manojo de espigas de trigo sobre el tejado el día de Navidad como muestra de agradecimiento.[22] Otra asociación de los pájaros en la creencia popular es que representan las ánimas de los muertos: visitan a sus familiares bajo una forma alada para avisarlos de su presencia, y las bandadas migratorias se asimilaban a las procesiones de difuntos, que volaban hacia su lugar de descanso.[23]
Poner un comedero a las aves no es solo un pequeño acto de amabilidad hacia los animales que viven alrededor, sino que puede ser practicado como un acto espiritual de ofrenda: hacia los pájaros en sí para agradecerles su labor en la naturaleza, así como hacia los númenes de la agricultura y los difuntos que encarnan.
Para no perjudicarlos, la comida debe ser adecuada (frutos secos sin sal, cereales en crudo, alpiste…) y ponerla solo de manera puntual o, si se deja de forma continuada, no cesar la actividad de golpe para no dejarlos sin nada en caso de haber creado dependencia en ellos. Dejar de rellenar el comedero debe ser un proceso paulatino, pero es importante cesar cuando llegue el buen tiempo para que se valgan por sí mismos en la época de abundancia.
Magia onírica
Los meses de noches más largas inducen en el organismo la necesidad de dormir más horas, y el sueño durante esta época parece más profundo y espeso. También se pasa más tiempo en estados liminales entre el sueño y la vigilia, en la penumbra. Muchos practicantes, entre los que me incluyo, reportan una mayor intensidad onírica en este periodo, con una mayor concentración de sueños simbólicos, proféticos, parálisis del sueño o experiencias de vuelo del espíritu (proyección astral), sobre todo durante los solsticios y alrededor del cambio de año. En enero resulta aconsejable apuntar los sueños e interpretar aquellos que resulten, por una u otra razón, destacables. También pueden llevarse a cabo prácticas de incubatio para pedir que lleguen mensajes a través de ellos. La estructura básica de una incubación del sueño puede ser la siguiente:

RITUAL BÁSICO DE INCUBACIÓN
Materiales:
• 1 ofrenda (flores, incienso, agua aromática…) si se pide el mensaje del sueño a algún espíritu
• 1 vela blanca
• 1 preparado de purificación personal
• 1 preparado de purificación ambiental
• Sábanas y pijama limpios, preferiblemente blancos
Optativo: Elementos onirógenos del gusto del practicante: aceite, ungüento o infusión de plantas como la lechuga silvestre, la artemisa o la tila; saquitos o hierbas bajo la almohada con, por ejemplo, plumas de aves nocturnas, beleño (cuidado porque es tóxico), lavanda…; agua de hierbas para rociar la cama, objetos como maracas de cápsulas de adormidera…
Ritual:
1. Purificarse personalmente con el método que se prefiera (es recomendable hacerlo en el baño o la ducha), y purificar también el dormitorio y la cama. Poner sábanas y un pijama limpios.
2. Preparar un altar onírico en la mesita de noche, con una vela blanca, los objetos o preparados onirógenos a utilizar y la ofrenda.
3. Encender la vela y meditar unos minutos sobre la cuestión a consultar y los espíritus a los cuales se va a pedir el sueño sagrado, si es que los hay (también puede pedirse al propio inconsciente cuando se desea consultar asuntos internos).
4. Invocar a los espíritus deseados. Consagrar y entregar la ofrenda antes de hacer la petición del sueño de forma clara y concisa. Puede ser la respuesta a una pregunta, consejo, solicitar un sueño profético, averiguar el mejor tratamiento o solución a un mal padecido…
5. Aplicar los elementos onirógenos de forma ritual.
6. Apagar la vela e ir a dormir. Meditar de la forma preferida hasta alcanzar la hipnagogia y, en ese momento, repetir la pregunta varias veces hasta quedarse dormido.
7. Al día siguiente nada más despertar, apuntar el sueño. Agradecer al espíritu consultado, dejando consumir la vela del todo, e interpretar la respuesta.
EL JARDÍN
DE LA BRUJA
El mes de enero requiere de diversas tareas de mantenimiento en las plantas de exterior. Aquellas vulnerables a las heladas o las temperaturas bajas deberán entrarse en casa para protegerlas del frío, aunque también pueden dejarse fuera cubiertas con una malla antiheladas.
Si se tiene algún árbol, arbusto o planta que podar, este es un buen mes para hacerlo (puede aprovecharse la luna nueva o menguante para ello), ya que la planta está hibernando y, como su energía y nutrientes se concentran en la raíz, no se interrumpirá su crecimiento. También es un buen momento para trasplantar árboles, arbustos y rosales.
Esta es la temporada adecuada para orear la tierra y prepararla de cara a las siembras de primavera, así como para nutrirla con un abono rico en nitrógeno. Una práctica tradicional para ello consiste en extender sobre la tierra las cenizas del fuego del solsticio, a las que se atribuía la capacidad de proteger y propiciar los cultivos.
No es un buen momento para la recolección, pero, de ser necesaria, pueden recogerse las plantas perennes simplemente en la medida que se requieran para pasar el invierno. Para la cosecha que abastezca el resto del año, es más propicio esperar a las estaciones cálidas.
ALIADOS DE LA TEMPORADA
Pese a que el invierno no sea el mejor momento para la recolección de hierbas, aún se pueden encontrar algunas que asistan en este momento del año. Las más destacables en esta estación son las plantas perennes, a las que por lo general se atribuyen características purificadoras en el folclore.

Hierbas
Coníferas: Se puede recolectar la resina de pinos, abetos o cedros para usarlas como incienso sobre carboncillo. Su aroma es fantástico y tienen una fuerte virtud purificadora. También pueden usarse sus hojas verdes en el altar o a modo de escobilla para expulsar el mal de casa.
Enebro: Su leña, bayas u hojas pueden quemarse en sahumerios, hogueras o carboncillo como purificador típico de esta época del año.
Cítricos: Las naranjas, las mandarinas y los limones están en su punto de recolección. Además de tener las vitaminas que el cuerpo necesita durante el invierno, su acidez y su semejanza con el sol las convierten en grandes aliadas para la limpieza y la prosperidad. Por otro lado, los limones se han usado tradicionalmente también en la magia maléfica.
Laurel y olivo: Sus ramas eran entregadas como estrenas entre los romanos para propiciar la protección y la prosperidad.[24]
Ajo: En el mes de enero se entregaba la cabeza de un ajo como símil de sacrificio a los lares y manes durante las fiestas romanas de las Compitalia. Esta planta se utiliza para apaciguar a los muertos y evitar que se lleven a otros con ellos,[25] y se le atribuyen propiedades apotropaicas contra los malos espíritus.
Cebolla: Usada en oráculo este mes. Si bien posee propiedades apotropaicas contra los malos espíritus, también se emplea en la magia maléfica.
Espinas de endrino: Aprovechando que el arbusto está desnudo de hojas, pueden recogerse sus espinas expuestas para guardarlas de cara al resto del año. Estas se usan para inscribir cera, para la protección o para los maleficios. Es posible recolectar otras espinas como las del rosal, las del espino albar o las de la zarzamora.
Brezo: Símbolo del cerco en la brujería tradicional, es uno de los principales arbustos con los que se hacen escobas. Pueden recolectarse en este momento del año sus ramas y madera para dicho fin. Las escobas o escobillas de mano hechas con brezo sirven para expulsar el mal de casa, como amuleto colgado sobre el lindar o bocarriba tras la puerta de entrada, y también como montura en prácticas de vuelo del espíritu.
Eléboro verde o fétido (tóxica): Esta planta florece en invierno, tiempo de muerte. El aspecto saturnino de sus flores, lánguidas, duras y poco aparentes (en algunas especies incluso parecen salpicadas de sangre), junto con su alta toxicidad le otorgan una reputación siniestra. Tradicionalmente, ha sido una planta muy reconocida en la magia para el destierro de los malos espíritus, pero recolectarla requería de ritos específicos, por lo que es necesario ser un herborista experimentado para trabajar con ella.

Otros recursos
Frío: Enero, como mes más frío del año, proporciona la posibilidad de utilizar la inclemencia del clima con fines mágicos. Pueden paralizarse situaciones o la acción de alguna persona exponiéndolas a las heladas nocturnas: escribirlas en un papel, mojarlo después o meterlo en un cubo con agua y dejarlo a la intemperie. El frío y la nieve también son poderosos elementos para meditar y profundizar tanto en la sombra propia como en el sentido espiritual de la muerte y el invierno.
Las calmas: La bajada del nivel del Mediterráneo puede ser interesante en la magia. El mar es, en el folclore indoeuropeo, una puerta al mundo de los muertos; durante este fenómeno, su umbral retrocede y queda visible lo que el resto del año está oculto. Se puede aprovechar este espacio liminal para llevar a cabo prácticas de hechicería o adivinación. El retroceso, además, puede servir a prácticas de destierro, inscribiendo en la arena o situando simbólicamente el elemento a desvanecer en la zona que se inundará, o bien transmitiéndoselo a una piedra del entorno y lanzándola a las profundidades marinas.
Fuego: El espíritu aliado de la humanidad más importante durante el invierno. Son comunes las hogueras protectoras, que pueden llevarse a cabo con la quema de plantas purificadoras.
Lobos y licantropía: Es el animal simbólico del mes. Ya sea evocando su imagen o a través de algún elemento físico procedente de ellos (huesos, pelo, tierra que hayan pisado…), son un espíritu del que tomar fuerza y con el que explorar nuestra sombra más salvaje. Es un buen momento para las prácticas licantrópicas. Además, puede donarse a alguna asociación de protección del lobo a modo de ofrenda al territorio y muestra de respeto a los espíritus del invierno.
La luna de enero: Exponerse a su plenilunio se asocia a la adquisición de poder mágico. Cualquier trabajo bajo su luz, se verá catalizado.

FEBRERO
Los campos desnudos comienzan a aparecer salpicados de un color blanco que no es hielo ni escarcha. Son los pétalos de los almendros y son las flores del endrino, de la rabaniza y del aliso de mar, que se atreven a desafiar el reinado del invierno. Un reinado que, ante su augurado fin, se revolverá con su faz más fiera como una bestia herida de muerte.
Febrero toma su nombre del latín februa, término por el cual se conocían ciertos instrumentos de purificación que se utilizaban en este mes y que respondían a su marcado carácter espiritual.[1] Así, contemplado como el último mes del año en el calendario romano, era un periodo para honrar a los muertos y para la purificación. Se trataba de un tiempo de festividades arcaicas que permanecieron prácticamente inalteradas durante la historia de Roma por el miedo y el respeto que suscitaban los espíritus de los difuntos, los manes, a los que el mes estaba consagrado. De hecho, pese a los diversos ajustes de calendario que han modificado la duración de los demás meses, los veintiocho días de febrero no han sido nunca alterados por temor a importunar a los difuntos.[2] Todavía hoy en día este es uno de los meses que más celebraciones atávicas contiene en nuestra cultura, comprendidas bajo los carnavales y las mascaradas de invierno.
La necesidad de purificación durante este periodo fue contemplada también por otras culturas europeas, como los pueblos celtas. Resultaba una idea común que el invierno había cumplido su función desintegradora y debía llegar pronto a su fin, momento en que los espíritus de la noche y de los muertos regresarían a su mundo subterráneo para dar vida a la tierra. Para el renacer del ciclo, se les tenía que despedir, apaciguar y expulsar de las poblaciones y los campos mediante ritos varios.
Así como ya para el pueblo romano febrero era un mes funesto, dicha concepción se ha mantenido en nuestro folclore hasta prácticamente la actualidad, con especial hincapié en el día 29 de los años bisiestos y en su plenilunio. Entre la superstición y el marcado carácter irascible de la climatología de este mes, que tanto puede presentar días luminosos, casi primaverales, como las heladas más destructivas del año, ha quedado plasmado en la voz popular que «Febrero, febrerín, es el más corto y el más ruin»:[3] se tenía como el mes que traía más muertes y más enfermedades. Asimismo, los truenos de febrero se consideraban de mal agüero para el resto del año. Sin embargo, en una asociación quizá con el ciclo natural, se opinaba que los matrimonios celebrados este mes eran fecundos y pronto darían hijos.[4]
En el campo, el oreo de la tierra para los cultivos de primavera y la poda siguen estando vigentes durante todo el mes. Comenzaban tradicionalmente algunas siembras: la luna nueva de febrero se tenía por la mejor para plantar ajos y se esparcían las semillas del cáñamo y del lino, que después servirían para obtener fibra textil con que hacer tela y cuerda. Esta siembra se acompañaba popularmente de juegos de niños sobre los campos para evitar que los pájaros, que asemejados a las ánimas de los muertos que podían robar la futura cosecha, se comieran las semillas.[5]
Joan Amades refleja que la siembra del cáñamo y el lino solía ir acompañada, en las poblaciones rurales catalanas, de ciertos actos rituales de carácter marcadamente femenino: las mujeres se reunían de noche, fuera de la mirada de los hombres, para danzar en cerco y festejar sobre los campos, quizá bajo el plenilunio, que marcaba el mejor momento para la siembra.[6] La asociación simbólica es evidente: el lino y el cáñamo son plantas vinculadas al ámbito femenino por ser las mujeres las encargadas de procesar las fibras, hilarlas y tejer con ellas; a su vez, la mujer se vincula a la fertilidad de los campos y a la luna, siendo la mejor para llevar a cabo estos ritos propiciatorios.
En la montaña y el ámbito pastoril, febrero sigue siendo época de nacimiento de los corderos, así como de una gran mortalidad entre el ganado. Igual que en el mes anterior, eran populares las batidas contra los lobos y los zorros, que tras su muerte eran exhibidos por las poblaciones y casas próximas a modo de colecta: la gente donaba unas monedas a los cazadores en agradecimiento por acabar con la vida del animal. En cuanto a los osos, animales antaño extendidos por casi toda la zona montañosa de la península, salían en febrero de su hibernación, momento en que eran especialmente vulnerables y estaban ávidos de alimento. Los cazadores de osos eran muy valorados en las sociedades rurales y, como trofeo, clavaban en sus umbrales la cabeza y las garras de los animales cazados.[7] El oso y su caza fundamentaban un gran número de celebraciones rituales que comentaremos en el calendario de febrero.
Por otro lado, este se tenía por un mes desafortunado en el ámbito marítimo. Entre finales de enero y principios de febrero acostumbran a arreciar vientos fuertes que dificultan la pesca en barco. Por ese motivo, en las zonas costeras, las actividades tradicionales del mes solían consistir en preparar el material para los meses próximos: se aparejaban las nasas, se conformaban trampas de juncos, se tejían y reparaban las redes.[8]
En el ciclo espiritual tradicional del año, febrero es el centro del periodo carnavalesco, que se extiende desde Navidad (o incluso unas semanas antes) hasta los carnavales propiamente dichos. Esta época se caracteriza por las arcaicas mascaradas de invierno y toda una serie de festividades de carácter grotesco, satírico y caótico que representan la degradación (según los parámetros de la sociedad) y la inversión de roles.[9] Estos rasgos son de origen tan antiguo que se vinculan directamente con celebraciones romanas como la Saturnalia, la Lupercalia o las bacanales, y se han mantenido de forma más pura en las áreas rurales y montañosas. Refieren a un carácter ritual de purificación a través de lo extático y lo liberador en lugar de mediante el recato cristiano: la quema de muñecos ridiculizados como chivos expiatorios; la catarsis y la fertilidad que propician las ajetreadas carreras en las que sus participantes son manchados con harina o ceniza, o bien son fusti
