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Todo el que llama a la puerta es bienvenido
Osho,
Soy un pecador. ¿Yo también puedo convertirme en tu sannyasin?
¡Sí, por supuesto! En realidad, solo los pecadores pueden convertirse en sannyasins. Las personas que se consideran santas o más beatas que tú están cerradas, están muertas. No son capaces de vivir, no son capaces de celebrar.
El sannyas es la celebración de la vida, y el pecado es natural, es natural en el sentido de que eres un ser inconsciente. ¿Qué puedes hacer? Dentro de la inconsciencia es inevitable cometer pecados. Pecar significa simplemente no saber lo que haces, no darte cuenta, y por eso todo lo que haces está mal. Pero el hecho de reconocer que «soy un pecador» ya es el principio de una gran peregrinación. Reconocer que «soy un pecador» es el principio de la auténtica virtud. Darte cuenta de que «soy ignorante» es el primer atisbo de sabiduría.
El verdadero problema surge con las personas que llegan cargadas de conocimientos. Todos esos conocimientos son prestados, y por lo tanto no sirven para nada. Las personas que se consideran virtuosas por haberse construido una personalidad determinada no están al alcance de Dios. Vuestros santos son los que están más alejados, porque Dios es la vida y los santos han renunciado a la vida. Renunciando a la vida han renunciado a Dios.
Dios es la esencia intrínseca de esta vida. La vida solo es la capa externa, es la circunferencia; Dios es el centro de todo. Renunciar a la circunferencia, huir de ella, es renunciar automáticamente al centro. No hallarás a Dios en ningún sitio. Cuanto más te alejes de la vida, más te alejarás de la divinidad. Hay que sumergirse en la vida y, por supuesto, si eres inconsciente errarás el objetivo muchas veces.
El término original en hebreo de la palabra pecado es muy bello. Al traducirlo por «pecado», los cristianos se han olvidado del verdadero mensaje de Jesús. La palabra original en hebreo es muy distinta al concepto que tenemos de pecado; te sorprenderá. La raíz significa «olvido». No tiene nada que ver con lo que haces, sino con hacerlo de manera consciente o inconsciente; es decir, si lo haces tratando de recordar quién eres o si lo has olvidado por completo.
Toda acción que resulta de la inconsciencia es pecado. Aunque pueda parecer un acto virtuoso, no lo es. Aunque luzca una bella fachada, una personalidad, cierta bondad; aunque digas la verdad, aunque evites la mentira; aunque procures ser ético y todas esas cosas, el resultado de la inconsciencia siempre es pecado.
Jesús hizo una declaración muy significativa al respecto. Dijo: «Si tu ojo derecho te hace pecar, arráncatelo y tíralo. Es mejor perder una parte del cuerpo que mandar a todo tu cuerpo al infierno».
Pero si no entiendes el auténtico significado de «pecado», tenderás a malinterpretar esta declaración y Jesús te parecerá demasiado brusco, duro, demasiado violento. «Si tu ojo derecho te hace pecar, arráncatelo y tíralo» no parece una declaración de Jesús. Un hombre profundamente compasivo y amoroso no podría decir algo así, no debería ser tan violento. Pero esa es la interpretación que han hecho los cristianos.
Lo que realmente significa es: todo aquello que haga que te olvides de ti mismo, aunque sea tu ojo derecho... Esto lo dice para enfatizar, es una manera de hablar, de subrayar algo: «Si tu ojo derecho hace que te olvides de ti mismo, arráncatelo y tíralo». No está diciendo que tengas que hacerlo literalmente; solo es una metáfora. Está afirmando que es preferible ser ciego a olvidarte de ti mismo, porque si eres ciego pero sabes quién eres, tendrás ojos de verdad. ¿Qué sentido tiene tener ojos si te olvidas de ti mismo? Si no eres capaz de verte, ¿cómo puedes ver todo lo demás?
Es una pregunta preciosa. Dices: «Soy un pecador». ¡Todo el mundo lo es! Haber nacido en este mundo significa ser un pecador. Pero no te olvides de que yo recalco que significa olvidarse de uno mismo.
Este es el sentido del mundo: una oportunidad para olvidarte de ti mismo. ¿Para qué? Para poder recordar. Entonces te harás la siguiente pregunta —y parece una pregunta lógica—: «Si ya lo habíamos recordado, ¿por qué hay que pasar esta tortura innecesaria de olvidarnos para volver a recordar? ¿Qué sentido tiene este ejercicio? Parece completamente inútil». Sin embargo no lo es; tiene un profundo significado.
El pez que está dentro del agua ha nacido en el mar, vive en el mar, pero no sabe nada del mar... hasta que lo sacas del agua. Entonces, de repente, el pez se da cuenta. Solo puedes recordar cuando has perdido algo. El reconocimiento se produce cuando hay una comparación. Luego dejas que el pez vuelva al agua. Y seguirá siendo el mismo pez, el mismo mar, la misma situación; sin embargo, todo es diferente. Ahora el pez sabe que el mar es su vida, que el mar es su propio ser. Antes estaba en el mar pero no era consciente de ello. Ahora está de nuevo en el mar y sí es consciente. Esa es la gran diferencia, la que lo cambia todo.
Hemos vivido la divinidad, todos provenimos de la fuente original de la existencia, pero hemos tenido que salir al mundo para empezar a buscar de nuevo la divinidad, para buscar el océano... hambrientos, sedientos, famélicos, anhelantes. Y el día que volvamos a descubrirlo será una gran alegría. Pero no es nada nuevo.
El día que Buda se iluminó, se rió y dijo: «¡Qué raro! Esto que he alcanzado no es un logro en absoluto, simplemente es un reconocimiento. Aunque siempre haya estado ahí, yo no me había dado cuenta».
La única diferencia que hay entre un pecador y un sabio es que el primero rebosa capacidad de olvidar y el segundo rebosa capacidad de recordar. Y entre estos dos se encuentra ese artificio al que llamamos santo. El santo no sabe nada ni recuerda nada. Ha oído hablar a otros santos o quizá haya leído los textos sagrados y los repite como si fuese un loro, y no solamente los repite, sino que también los practica. Intenta comportarse como un sabio. Pero cualquier esfuerzo por intentar comportarte como un sabio solo indica una cosa: que todavía no eres sabio.
El sabio vive con sencillez, de forma espontánea, sin hacer ningún esfuerzo. Vive del mismo modo que tú respiras. Es un hombre ordinario; no tiene nada de particular. Pero el santo es especial porque está intentando hacer algo. Y obviamente tiene que realizar un gran esfuerzo porque no actúa según su propia creencia. Se tortura constantemente tratando de comportarse correctamente, obligándose a comportarse correctamente. Y, como es natural, te exige que le tengas un gran respeto. Si le respetas, seguirá infligiéndose esas torturas masoquistas. Imagínate: si desaparece el supuesto respeto por los santos, desaparecerán automáticamente el noventa y nueve coma nueve por ciento de ellos. Solo viven para el ego.
Está muy bien que te hayas dado cuenta de que eres un pecador. Es el principio de algo muy importante. Puedes ser un sabio, ¡pero tienes que evitar ser un santo! Ese es el problema. El santo es una moneda falsa que finge ser auténtica; de hecho, parece más auténtica que la verdadera. Y esto es necesario si quieres engañar a la gente. Evita ser un santo.
Mi sannyas es esto: vive tu vida de forma natural añadiéndole solamente una cosa, conciencia, y así el pecador se convertirá en sabio. El pecador se convierte en sabio por medio de la conciencia; el pecador se convierte en un santo desarrollando su carácter.
Yo no predico el carácter, yo predico la conciencia. Por lo tanto, no me importa que hayas sido un pecador ni que hayas cometido toda clase de pecados; para mí, eso es irrelevante. Se entiende que es lo único que puedes hacer dentro de tu inconsciencia.
Yo te acepto con amor y respeto absolutos.
Muchas veces, especialmente los que se consideran santos, me han dicho: «Tú le das sannyas a todo el mundo, y eso no está bien. ¡El sannyas solo debería ser para las personas que han desarrollado su fuerza moral!».
Esto es como ir al médico y que te diga: «Te daré la medicina pero solo con una condición: que estés sano. Vuelve cuando estés sano. ¡Nunca les doy medicinas a los enfermos, no malgasto mis medicinas con personas enfermas! Cúrate primero y luego ven a verme». Te das cuenta de que esto es totalmente absurdo, ¿verdad?
Si le digo a una persona: «Ahora vete y vuelve cuando seas digno del sannyas», esto significa que si puede ser digno del sannyas por su propia voluntad, puede convertirse también en un sannyasin él solo. Entonces ¿qué necesidad tiene de venir a verme? Él necesita ayuda, y todo aquel que pida ayuda debería recibirla incondicionalmente.
Mevlana Jalaluddin Rumi, uno de los maestros sufíes más grandes que hayan existido, hace una bellísima declaración. Siéntela en tu corazón.
Ven, ven, quienquiera que seas;
Peregrino, devoto, amante del conocimiento.
No importa. La nuestra no es una caravana de desesperación. Ven, aunque hayas roto tu voto miles de veces.
Ven, ven, siempre que quieras, ven.
«Ven, ven, quienquiera que seas...», pecador, inconsciente, aunque tu vida no sea gloriosa, no sea divina, no sea significativa; aunque en tu vida no haya poesía, no haya alegría, aunque sea una vida infernal. Quienquiera que seas, dice Mevlana, «ven, estoy dispuesto a recibirte. ¡Eres mi huésped!».
El maestro es el anfitrión; no rechaza a nadie. Los verdaderos maestros nunca rechazan a nadie. No pueden hacerlo. Si lo hiciesen ya no habría esperanzas. Si te sentases debajo de un árbol, a su sombra —cansado de viajar bajo el sol abrasador—, y el árbol te rechazase y no quisiese cobijarte, darte sombra... Pero esto no sucede. El árbol siempre está dispuesto a cobijarte, a darte su sombra, sus frutos, sus flores, su fragancia.
Hay un hermoso cuento tibetano...
Había una vez un maestro que nunca había iniciado a nadie. Su fama se fue extendiendo paulatinamente por todo el país y más allá. La gente iba para arrodillarse ante él y pedirle la iniciación. Pero él ponía muchas condiciones y nadie era capaz de cumplirlas, nadie era digno, nadie merecía la iniciación.
Solo disponía de un sirviente, no tenía ningún discípulo. Un día estaba postrado en su lecho de muerte; llamó a su sirviente y le dijo: «Vete a la calle y busca a todo el que quiera iniciarse. ¡Voy a dar iniciaciones!».
El sirviente estaba perplejo y dijo: «¿Estás hablando bajo los efectos del delirio? Toda tu vida has insistido en que había que cumplir ciertas condiciones (no has querido iniciar a nadie a menos que cumpliera esos requisitos), y no ha habido nadie que pudiera satisfacerlas. ¿Y ahora me pides que vaya a la calle a pedirle a todo aquel que quiera ser iniciado que venga? ¿Qué ha sido de todas tus condiciones, qué ha sido de todos tus requisitos? ¿Y de todo el trabajo preparatorio?».
El maestro respondió: «No me hagas perder más el tiempo porque este es mi último día en la Tierra. ¡Vete! Haz lo que te digo. No discutas. Eres mi sirviente, simplemente obedece. ¡Vete y trae a todo el que quiera venir!».
El sirviente se marchó muy extrañado. No daba crédito a lo que había oído, no podía creérselo. Pero como solo era un sirviente y su maestro se lo había ordenado, obedeció. Salió a la calle a regañadientes y se puso a gritar. Nadie le creía, todos pensaban que se había vuelto loco. «No soy yo quien lo dice, ¡lo dice mi maestro! —señaló—. Yo también creo que se ha vuelto loco, pero vosotros creéis que yo estoy loco. Solamente soy un sirviente. ¡Debe de haberse vuelto loco! Está muriéndose. Ha perdido la cordura. Pero intentadlo, no perdéis nada.»
Algunas personas se acercaron solo por curiosidad, porque no tenían nada mejor que hacer. Era un día festivo y dijeron: «Bueno, iremos. ¡Vamos a ver qué ocurre!». Un hombre que había discutido con su mujer y no tenía adónde ir se acercó y dijo: «Yo también voy». Un jugador de apuestas y un borracho que estaban en la calle se sumaron sin saber adónde iban.
Este singular grupo de personas llegó a casa del maestro y él empezó a iniciarlos de uno en uno. El primer iniciado fue el borracho. Estaba tan ebrio que ni siquiera podía pensar que el maestro estuviera loco, ¡no se daba cuenta de que estaba siendo iniciado! No se enteraba de lo que estaba pasando. Cuando el maestro le preguntó: «¿Quieres que te inicie?», él simplemente asintió con la cabeza.
El sirviente no podía creerlo. «¿Qué estás haciendo? —preguntó—. Este hombre está completamente borracho, es alcohólico, ¡y lo estás iniciando! En el grupo hay un ladrón, hay otro que ha venido porque no tiene trabajo y cree que así al menos encontrará un empleo, y si se convierte en santo la gente lo socorrerá. Hay otros que han venido porque hoy es fiesta. Algunos solo se han acercado por curiosidad y para ver qué ocurre. El hombre que está al lado del borracho ha venido porque su mujer lo ha echado de casa y ha cerrado la puerta con llave. Él estaba en la calle y dijo que también se sumaba. No son buscadores de la verdad, no son religiosos en absoluto. ¿Qué estás haciendo? ¡Has estado toda tu vida esperando a gente que fuese digna de ello, gente que lo mereciese!»
El maestro dijo: «Mira, ahora puedo decirte la verdad, y la verdad es que no soy un maestro. Acabo de iluminarme esta misma mañana, pero antes no podía confesarle a nadie que no era un maestro. Por eso, para no verme obligado a decir la verdad, he preferido poner condiciones irrealizables que nadie pudiera satisfacer. De ese modo mi ego estaba a salvo. Pero hoy he podido saber quién soy y sé que todo el mundo tiene esa capacidad porque básicamente todos somos iguales. Ni siquiera este borracho es más inconsciente que los demás. Todo el mundo vive en la inconsciencia, y una persona inconsciente necesita ser iniciada; necesita la ayuda de las personas conscientes. Una persona consciente puede operar como un agente catalítico».
Mevlana tenía razón: «Ven, ven, quienquiera que seas; peregrino, devoto, amante del conocimiento. No importa». El maestro está listo; no importa quién venga a verle. Todo el que llame a su puerta es bienvenido.
«La nuestra no es una caravana de desesperación.» Recuerda esta bella declaración: «La nuestra no es una caravana de desesperación». Yo también puedo decirlo. La nuestra no es una caravana de desesperación, sino de celebración..., es la celebración de la vida.
La gente se vuelve religiosa porque es desdichada, y cuando alguien se vuelve religioso por ser desdichado, lo está haciendo por motivos equivocados. Si el principio está mal, el fin no puede estar bien.
Vuélvete religioso por la felicidad que experimentas, la belleza que te rodea, como respuesta al gran regalo de la vida que te ha proporcionado la existencia. Vuélvete religioso por gratitud, por agradecimiento. Todos vuestros templos, iglesias, mezquitas y gurudwaras están llenos de personas infelices. Por eso han convertido los templos en infiernos. Están ahí porque sufren. No conocen la divinidad, no les interesa en absoluto; no les interesa la verdad, no quieren indagar. Solo están ahí porque sienten alivio y reciben consuelo. Por eso buscan a cualquier persona que pueda proporcionarles una creencia sencilla que les sirva de parche en su vida para ocultar sus heridas y cubrir su miseria. Están buscando una falsa satisfacción.
La nuestra no es una caravana de desesperación. Es un templo de felicidad, de canciones, de baile, de creatividad, de amor y vida.
Te doy la bienvenida, únete a la caravana. Ven, ven, aunque hayas roto tu voto miles de veces. No importa. Puedes haber roto todas las reglas, las normas de comportamiento y los patrones morales. Solo las personas sin valentía, las personas que no se sostienen en pie obedecen al clero y a los políticos, a los demagogos y a quienes poseen intereses ocultos en las instituciones. Pero si tienes un poco de inteligencia serás un rebelde, y el rebelde será llamado pecador y el pobre obediente será llamado santo.
Esto ocurre desde la más tierna infancia. Los padres ensalzan al niño obediente, y es natural porque ese niño no les molesta. Es soso y apagado, y hace todo lo que le dicen. Es un imitador, una fotocopia, y de esta forma alimenta el ego de los padres. Les obedece, cree en ellos, los adora.
Pero los padres no respetan a un niño inteligente. Siempre les está causando algún tipo de problema, siempre les hace preguntas que no pueden contestar porque ni ellos mismos saben la respuesta. Les plantea preguntas que hace que se sientan avergonzados. Provoca situaciones en las que la impotencia de los padres queda en evidencia. No pueden controlarlo, y todo el mundo quiere controlar a los demás; nadie desea que seas libre. No pueden esclavizar al niño, él se opone a todos los intentos de convertirlo en esclavo, se enfrenta a ellos. En realidad, es a este niño al que deberían amar y respetar, porque está vivo, tiene alma. Pero lo castigarán.
Se castiga la inteligencia y se respeta la imitación. Para desfigurar el rostro original le pintan una máscara, una máscara muy bonita. Se rechaza lo verdadero, lo original, y se ensalza la falsedad en todo lo posible. Esto ocurre también en los colegios, en los institutos, en las universidades. Toda la sociedad es una repetición de la misma conducta a una mayor escala.
Los más estúpidos se convierten en presidentes y primeros ministros. No toleras a las personas inteligentes; no quieres que una persona inteligente detente el poder porque te inspiran miedo. Siempre has querido que te dominen los estúpidos porque tienes cierta afinidad con ellos. De esta forma hay una comprensión, se establece una comunicación.
Era inevitable que Jesús fuese crucificado y la Madre Teresa recibiese el Premio Nobel. Sócrates fue envenenado y asesinado, pero no les ocurre lo mismo a vuestros profesores de filosofía de la universidad; son muy respetados. Sócrates no lo fue. Si hubiese sido respetado, Atenas no se habría comportado de una forma tan espantosa. Fue condenado como si se tratase de un criminal; sin embargo, los profesores de filosofía que enseñan a Sócrates son muy respetados y admirados. Escriben grandes tratados sobre Sócrates y nadie pretende envenenarlos.
Uno de mis profesores escribió su tesis sobre la filosofía socrática y su doctorado giraba en torno a este tema. Cuando terminó estaba muy satisfecho y sus alumnos organizaron una fiesta para celebrarlo. Yo también estaba allí, y le hice una pregunta: «Sócrates fue envenenado y en cambio usted obtiene un doctorado. En su tesis debe de haber algún error. No puede ser socrática, es evidente. Yo no la he leído ni tengo intención de hacerlo, ¡no quiero perder el tiempo! Pero hay algo incuestionable: es imposible que sea socrática. De lo contrario, ¿cómo es posible que haya recibido el reconocimiento de toda la sociedad y de la universidad?».
No me dio ninguna respuesta, pero se convirtió en mi enemigo. Empezó a evitarme, y ¡yo empecé a acosarlo! Cada vez que nos cruzábamos y estábamos solos —por la calle cuando iba a la universidad, o dando un paseo por la mañana o por la noche—, yo le saludaba diciendo: «¡Hola, Sócrates!». ¡Y él se ponía frenético!
Un buen día me dijo: «¿Por qué me persigues? ¿Qué te he hecho yo?».
«Usted no me ha hecho nada, solo trato de decirle que una cosa es escribir un tratado sobre Sócrates, y otra muy distinta es ser Sócrates. Si usted fuese Sócrates ya le habrían crucificado, le habrían lapidado. La misma universidad le habría castigado; habría sido expulsado de la universidad.»
Finalmente no fue a él a quien expulsaron de la universidad, sino a mí. Cuando esto ocurrió, fui a decirle: «¡Fíjese! No soy profesor y tampoco he escrito un tratado sobre Sócrates, pero me han expulsado».
Y los motivos que alegó fueron estos: «Siempre estás haciendo preguntas inoportunas a los profesores e interrumpiendo las clases, no les dejas terminar el programa e insistes en repetir la misma pregunta un mes tras otro».
«¿Cómo puedo dejar de hacer la misma pregunta si no me responden? —rebatí—. Si no obtengo una respuesta, unos meses no son nada, ¡podría dedicarle toda la vida!»
«Quizá tengas razón —dijo—, pero la gente viene aquí para obtener un título. No están interesados en la verdad, y los profesores tampoco. Busca otro sitio.»
¡Y ninguna universidad quiso aceptarme porque me había vuelto famoso! Una universidad accedió bajo una condición: que no volviera a hacer preguntas. ¿Qué clase de universidad es esta? El vicerrector me dijo: «Tienes que reconocer por escrito que no harás preguntas a los profesores». Yo le repuse: «Lo firmaré, pero tendréis que aceptar que no asista a las clases. Y tendréis que concederme un permiso para poder asistir a los exámenes, ya que no puedo cumplir el porcentaje de asistencia exigido para ello, el setenta y cinco por ciento. Es imposible».
«¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué no puedes asistir a las clases?»
«Porque si lo hago —respondí—, ¡no podré resistirme a hacer preguntas! Les haré preguntas. Hay dos posibilidades, o me permitís hacer preguntas o certificáis mi asistencia; de lo contrario, ¿qué sentido tiene para mí el estar aquí?»
«De acuerdo —respondió—, certificaremos tu asistencia a las clases.»
Esa fue la razón por la que no asistí nunca a las clases. Aunque esto fuera en contra de las normas de la universidad, me certificaron el noventa y nueve por ciento de asistencia. Nunca fui a clase porque, independientemente de lo que había firmado, ¡cada vez que veía a un profesor no podía evitar hacerle preguntas!
Siempre que acompañaba a mi padre a algún sitio, él solía decirme: «Cállate y no hagas preguntas; de lo contrario no vengas conmigo».
Yo le prometía no hacer preguntas pero luego no podía evitarlo. Entonces él volvía a casa enfurecido, diciendo: «¡Me lo habías prometido!».
«¿Qué puedo hacer? —le respondía—. ¡Me he olvidado por completo! Cuando veo a esos idiotas hablando de cosas importantes, no puedo evitarlo, me olvido. No lo hago para molestarte, pero ¿qué puedo hacer? Ese hombre estaba hablando de la inmortalidad del alma sin saber nada al respecto. Solo le he preguntado: “Si yo te matase, ¿te enfadarías o no? Si el alma es inmortal, ¡déjame matarte! O, al menos, déjame darte una bofetada. El alma es inmortal”.
»Él estaba diciendo: “No soy el cuerpo”. “Perfecto, ¡entonces puedo golpear el cuerpo, porque tú no eres el cuerpo!” Y él se enfadó, y ahora tú también te enfadas. No estaba preguntando nada malo, ¡solo estaba preguntando algo que él había dicho!»
La gente siempre está diciendo tonterías, pero esta sociedad existe para los más infames, para los mediocres.
Estoy de acuerdo con Mevlana; «mevlana» significa el maestro. Los discípulos de Jalaluddin Rumi le pusieron el nombre de Mevlana por el amor que le profesaban. Mevlana dice: «Ven, aunque hayas roto tu voto miles de veces».
Las personas inteligentes inevitablemente romperán sus votos muchas veces, porque la vida y las situaciones van cambiando. Y un voto es algo que se hace bajo presión: por el miedo al infierno o el anhelo del cielo, porque quieres que la sociedad te respete. No surge de tu ser más profundo. Cuando algo surge de tu ser interno, no lo rompes, porque no es un voto, es un fenómeno tan natural como la respiración.
¡Ven, ven, no dejes de venir! Si quieres ser sannyasin, te doy la bienvenida. Todo el mundo es bienvenido, sin condiciones. No tienes que cumplir ninguna condición. El deseo de estar en contacto profundo conmigo es más que suficiente. Simplemente el deseo de querer estar cerca de mí, junto a mí, es suficiente. Esto es el sannyas.
Aparta esa idea de ser un pecador porque probablemente hace que te sientas culpable. La culpabilidad es el viejo truco del clero para dominar a la gente: hacer que te sientas culpable. Te proponen que hagas cosas que no puedes cumplir, y de esa forma surge la culpabilidad. Y una vez que esta ha surgido estás atrapado.
La culpabilidad es el secreto profesional de todas las presuntas religiones establecidas. Haz que la gente se sienta culpable y se encuentre mal consigo misma. No permitas que respeten su propia vida; haz que sientan tu desaprobación. Haz que se sientan fatal, haz que no se sientan dignos de nada, que son únicamente polvo, y de esa forma se prestarán a que cualquier necio los guíe. Estarán completamente dispuestos a depender de la esperanza de que «alguien nos guiará hacia la luz definitiva». Estas son las personas que os han estado explotando desde hace siglos.
En este momento es necesario que se produzca una profunda rebelión contra todas las religiones establecidas. El mundo necesita religiosidad, pero no necesitamos más religiones —no necesitamos más hindúes, ni cristianos, ni musulmanes—, necesitamos simplemente gente religiosa, gente con un profundo respeto hacia sí misma.
Recuerda que solo una persona que se respeta a sí misma podrá respetar a los demás, porque se trata de la misma vida. Si eres muy duro contigo mismo, aún lo serás más con los demás.
Naturalmente, magnificarás sus pecados; ellos son más pecadores que tú. Y ese será el único consuelo de tu vida: no deberás preocuparte porque tus pecados son pequeños; los otros son grandes pecadores.
Todo el mundo va difundiendo rumores acerca de los demás porque la gente tiende a creer fácilmente en ellos. Si alguien dice algo desagradable de otra persona, algo peyorativo, enseguida lo crees. Pero si alguien alaba a otra persona, no te lo crees, necesitas que te lo demuestren. Nunca pides pruebas acerca de las descalificaciones y de los rumores. Estás dispuesto a creerlos por el simple hecho de querer creer que: «Todo el mundo es mucho peor que yo». Y esa es la única manera de sentirte bien, de sentirte un poco mejor respecto a ti mismo.
Los sacerdotes solo te dan dos alternativas. Si obedeces las reglas imposibles que tratan de imponerte te sentirás paralizado, inválido, aprisionado. Pero si quieres vivir tu vida en libertad, te sentirás culpable. De las dos maneras se están aprovechando de ti.
Yo estoy aquí para liberarte de esta explotación.
La libertad es el sabor del sannyas, es su fragancia. Mis sannyasins no están tratando de hacer méritos, sino que están experimentando un fenómeno totalmente distinto: están elevando su conciencia. Y permito que cada uno sea libre de vivir su vida según le dicta su propia luz.
Osho,
He llegado a un punto muerto. Me doy cuenta de la impotencia de la mente y de la futilidad de toda acción. ¿La mente solo muere por completo en el samadhi?
Por favor, ¿podrías hablarme acerca de la mente y de la acción en el proceso de testimoniar?
Dices: «He llegado a un punto muerto», aunque a mí no me lo parece; todavía no. Cuando realmente llegas a un punto muerto se produce automáticamente la transformación. Estás más cerca, eso es evidente, el punto muerto no está lejos, pero todavía no has llegado. Tu pregunta es la prueba de ello.
Te estás acercando y sientes intuitivamente que no estás lejos, pero todavía no has llegado. Sigues albergando esperanzas. En lo más hondo de tu ser todavía deseas que no sea el punto muerto, por eso surge esta pregunta.
Dices: «He visto la impotencia de la mente...» precisamente porque no la has visto, solo crees haberla visto. Ver y pensar son dos cosas del todo distintas, pero pueden confundirse fácilmente. El acto de pensar puede confundirse con el de ver. No estás viendo la impotencia de la mente; de lo contrario, no habría surgido esta pregunta. Si la mente de verdad es impotente, ¿cómo puede preguntar? ¿En qué puede pensar? Simplemente desaparece, se marchita.
Pero hay una sombra planeando sobre ti, y eso es una buena señal. No está lejos el día en que verás la impotencia de la mente, y luego la transformación. Enseguida se produce una experiencia repentina de iluminación. Desaparecerán todas las preguntas y todas las respuestas, porque cuando ves la mente, cuando realmente te das cuenta de su impotencia, ¿qué más preguntas puedes tener, qué más puedes querer saber? La mente simplemente se esfuma. Y lo que queda es la vida, la vida en su estado puro, sin lastres, sin la distorsión que produce la mente.
Entonces no dirás «... siento la futilidad de las acciones». Cuando ves la impotencia de la mente, esta desaparece pero, por primera vez, la acción adquiere una inmensa belleza. La utilidad de la acción carece de sentido. La vida en sí no tiene ninguna utilidad. ¿Qué utilidad tiene una rosa? Sin embargo, sigue creciendo, se abre, esparce su aroma. ¿Para qué sirve? ¿Qué sentido tiene que el sol salga cada día? ¿Tiene alguna utilidad? Y el cielo estrellado ¿tiene alguna utilidad?
La palabra «utilidad» forma parte de la parafernalia de la mente, esta siempre piensa en términos de utilidad. Cuando desaparece la mente no desaparece la acción, sino la actividad; hay una gran diferencia entre estas dos cosas. La actividad es útil; la acción es alegría pura, belleza pura. No estás actuando porque tengas que alcanzar algo, estás actuando simplemente porque es una danza, es una canción. Actúas porque estás rebosando energía.
¿Has visto a un niño correr por la playa? Si le preguntas: «¿Por qué corres? ¿Lo haces con algún propósito? ¿Vas a conseguir algo?». ¿Has visto a un niño buscando caracolas en la orilla? Si le preguntas: «¿Qué utilidad tiene todo eso? Podrías aprovechar el tiempo de una forma más útil. ¿Por qué pierdes el tiempo con ello?».
El niño no tiene ningún interés en la utilidad, está disfrutando de su energía. Está lleno de energía, rebosante de energía, simplemente es un baile y le vale cualquier excusa. Todo son excusas: las caracolas, los guijarros y las piedras de colores. Simplemente son excusas —el sol, la maravillosa playa—, excusas para saltar y correr y gritar de felicidad. No tiene ninguna utilidad.
«La energía es gozo.» Esta es una afirmación de William Blake, uno de los poetas occidentales más místicos. La energía es gozo. Cuanto tienes mucha energía, ¿qué puedes hacer con ella? Irremediablemente tiene que explotar.
La acción surge de la energía, del gozo. La actividad es pragmática; la acción es poética. La actividad crea una opresión porque busca un resultado; no haces algo por el placer de hacerlo, sino para obtener un resultado. Existe una meta, y por eso conlleva frustración. De cien casos, noventa y nueve veces no lograrás tu objetivo, por lo que te sentirás infeliz, frustrado. Y no albergues esperanzas en ese uno por ciento porque, cuando alcances tu objetivo, también te sentirás frustrado. Cuando llegues a tu meta, te darás cuenta de que todo lo que habías soñado sobre esa misma meta no se ha cumplido.
Consigues dinero, pero ¿dónde está la felicidad que siempre habías soñado sentir cuando tuvieses dinero? Posees un hermoso palacio de mármol pero sigues siendo un pobre hombre, sigues estando vacío, hueco. Solías vivir en una choza y ahora vives en un palacio, pero sigues siendo la misma persona. Cuando estabas en la choza eras infeliz, y en tu palacio eres aún más infeliz porque hay más espacio, y cuanto más espacio tengas, más infeliz serás. ¿Qué puedes hacer con tanto espacio? Lo único que sabes hacer es ser infeliz.
Hay ricos y pobres. La única diferencia entre ellos es que los pobres todavía tienen esperanzas. Al conservar las esperanzas se sienten menos frustrados. Los ricos han perdido toda esperanza; entonces sienten más frustración. Un pobre puede seguir soñando, puede seguir pensando que quizá el año próximo y el siguiente sus ahorros en el banco irán aumentando. Pronto llegará un día en que sea rico, tenga un coche, una buena casa, una buena mujer, y sus hijos vayan a buenos colegios. ¿Con qué puede soñar este hombre rico? Lo único con lo que puede soñar ya lo posee y no le satisface. Tiene dinero, pero se siente más vacío que nunca. Hay dos tipos de pobres: los pobres pobres, y los ricos pobres. No olvides que la segunda categoría es mucho peor.
La actividad significa que hay un objetivo; solo es un medio para conseguir ese objetivo. La acción significa que el fin y los medios van juntos. Esta es la diferencia que existe entre acción y actividad.
La actividad se volverá inútil, y entonces surge la acción, que tiene una dimensión completamente distinta. Actuar por el puro placer de hacerlo. Por ejemplo, cuando yo hablo no es una actividad porque no me interesa en absoluto el resultado. Es simplemente un acto. Me gusta comunicarme con vosotros, y os agradezco que me lo permitáis. Si no lo hicieseis, tendría que hablar con los árboles o las piedras, o ¡tendría que hablar conmigo mismo! Os estoy muy agradecido; no tenéis que agradecerme nada. Es puramente un acto. Hay algo dentro de mí que quiere relacionarse. No busco un fin y no estoy esperando nada de vosotros. Si ocurre algo, está bien; pero si no ocurre nada, ¡mejor aún! Si te iluminas, bien; si no te iluminas, ¡genial! Porque si todos os ilumináis, ¿a quién voy a hablarle? Por eso te pido que retrases tu iluminación en todo lo posible, es el único favor que te pido. Es simplemente un acto. No hay ningún motivo, no hay
