Al filo de las sombras (El Ángel de la Noche 2)

Brent Weeks

Fragmento

Al filo de las sombras

1

—Tenemos un contrato para ti —dijo Mama K.

Como siempre, sentada recordaba a una reina: la espalda recta, el suntuoso vestido sin una sola arruga y el pelo, aunque un poco canoso en las raíces, recogido de manera impecable. Si bien esa mañana tenía ojeras. Kylar supuso que ninguno de los cabecillas supervivientes del Sa’kagé había dormido mucho después de la invasión khalidorana.

—Buenos días a ti también —dijo Kylar mientras se sentaba en el sillón de orejas del estudio.

Mama K no se volvió de cara a él, sino que siguió mirando por la ventana. La lluvia de la noche anterior había apagado la mayor parte de los incendios, pero muchos humeaban aún y bañaban la ciudad en un amanecer carmesí. Las aguas del río Plith, que separaba los barrios ricos al este de Cenaria de las Madrigueras, parecían rojas como la sangre. Kylar no estaba seguro de que el único motivo fuese que el humo tapaba el sol; en la semana transcurrida desde el golpe, los invasores de Khalidor habían masacrado a millares de personas.

—Hay una pega —prosiguió Mama K—. El muriente sabe que va a intentarse.

—¿Cómo lo sabe? —Por lo general el Sa’kagé no era tan chapucero.

—Nosotros se lo dijimos.

Kylar se frotó las sienes. Si el Sa’kagé ponía sobre aviso a alguien era para no verse involucrado en caso de que el intento fracasara. Eso significaba que el muriente solo podía ser un hombre: el conquistador de Cenaria, el rey dios de Khalidor. Garoth Ursuul.

—He venido a por mi dinero, nada más —dijo Kylar—. Han ardido todas las casas seguras de Dur... todas mis casas seguras. Solo necesito lo suficiente para sobornar a los centinelas de las puertas. —Llevaba desde pequeño pasándole una parte de su paga a Mama K para que la invirtiese. Debería tener de sobra para unos cuantos sobornos.

Mama K hojeó en silencio unos folios de papel de arroz que tenía en el escritorio y le entregó uno a Kylar. Al principio, las cifras lo dejaron estupefacto. Estaba implicado en la importación ilegal de hierba jarana y media docena más de plantas adictivas, poseía un caballo de carreras, tenía participación en una cervecería y varios negocios más, así como porcentajes de la cartera de un usurero, y era copropietario de varios cargamentos de sedas y gemas, cargamentos absolutamente legítimos... salvo que el Sa’kagé prefería pagar un veinte por ciento en sobornos en vez del cincuenta por ciento en aranceles. La enorme cantidad de información que contenía la página resultaba abrumadora. Kylar no sabía lo que significaba la mitad de lo que leía.

—¿Tengo una casa? —preguntó.

—Tenías —respondió Mama K—. Esta columna recoge la mercancía perdida en los incendios o saqueos. —Todas las entradas salvo una expedición de sedas y otra de hierba jarana iban seguidas de una equis. La mayoría de sus propiedades se habían perdido—. Ninguna de las dos expediciones regresará antes de varios meses, si es que lo hacen. Como el rey dios siga confiscando los navíos civiles, no volverán nunca. Claro que si estuviese muerto...

Kylar ya veía adónde quería ir a parar.

—Según esto, mi parte vale todavía de diez a quince mil. Te la vendo por mil; es todo lo que necesito.

Mama K ni le hizo caso.

—Necesitan un tercer ejecutor para asegurarse de que salga bien. Cincuenta mil gunders por una muerte, Kylar. Con ese dinero podrías llevarte a Elene y a Uly a donde quisieras, le harías un favor al mundo y no tendrías que trabajar nunca más. Solo es un último encargo.

Kylar vaciló apenas un momento.

—Siempre hay un último encargo. He terminado.

—Esto es por Elene, ¿verdad?

—Mama K, ¿crees que un hombre puede cambiar?

Ella lo miró con una profunda tristeza.

—No. Y acabará odiando a quienquiera que le pida que lo haga.

Kylar se levantó y salió por la puerta. En el pasillo se topó con Jarl. Su amigo sonreía como cuando eran dos granujillas de las calles y tramaba alguna travesura. Vestía lo que debía de ser la última moda: una túnica larga de hombreras exageradas a juego con unas calzas ajustadas y metidas por dentro de botas altas. Daba una imagen vagamente khalidorana. Llevaba el pelo en elaboradas trencillas rematadas por cuentas doradas que hacían resaltar su piel negra.

—Tengo el trabajo perfecto para ti —dijo Jarl, en voz baja pero nada arrepentido de haber escuchado a escondidas.

—¿No hay que matar a nadie? —preguntó Kylar.

—No exactamente.

—Santidad, los cobardes están preparados para redimirse —anunció el vürdmeister Neph Dada, proyectando la voz para que la muchedumbre pudiera oírle bien. Era un anciano encorvado, con la piel manchada y surcada de venas, que apestaba a muerte mantenida a raya mediante magia; respiraba con fatiga por el esfuerzo de haber subido a la plataforma situada en el gran patio del Castillo de Cenaria. De los hombros de sus ropajes negros colgaban doce cordones anudados en representación de las doce shu’ras que había dominado.

Neph se arrodilló con dificultades y ofreció al rey dios un puñado de pajas.

Desde la plataforma, el rey dios Garoth Ursuul pasaba revista a sus tropas. En el centro de la primera fila había casi doscientos montañeses del clan Graavar, salvajes altos, fornidos y de ojos azules que llevaban el pelo moreno corto y los bigotes largos. A los lados formaban las demás tribus montañesas de élite que habían tomado el castillo. Detrás esperaba el resto del ejército regular que había entrado en Cenaria después de la liberación.

La neblina que se elevaba desde el río Plith a ambos lados del castillo y se colaba por debajo de los herrumbrosos rastrillos de hierro estaba dejando helados a los asistentes. Los Graavar se habían distribuido en quince grupos de trece guerreros cada uno, y eran los únicos que no llevaban armas, armadura ni túnica. Únicamente en pantalones, con el rostro pálido e impasible, sudaban en vez de temblar en aquella fría mañana de otoño.

Nunca se generaba alboroto cuando el rey dios pasaba revista a sus tropas, pero en esa ocasión reinaba un silencio escalofriante aunque hubiera millares de curiosos en el gran patio. Garoth había congregado a todos los soldados disponibles y también había permitido asistir a los sirvientes, nobles y plebeyos cenarianos. Los meisters, ataviados con capotillos negros y rojos, se apretujaban junto a los vürdmeisters de vestiduras largas y a los soldados, labriegos, toneleros, nobles, jornaleros, doncellas, marineros y espías de Cenaria.

El rey dios se había echado hacia atrás la gran capa blanca ribeteada de armiño para hacer resaltar sus musculosos hombros. Por debajo llevaba una túnica blanca sin mangas sobre unos pantalones anchos del mismo color. Tanto blanco daba un aire fantasmal a su pálida tez khalidorana y ofrecía un acusado contraste con el vir que serpenteaba por su piel. Unos zarcillos negros de poder se elevaban hasta la superficie de sus brazos. Grandes nudos, nudos erizados de espinas, afloraban y se hundían, y también ondulaban a lo largo de su piel. Unas garras le rastrillaban la epidermis desde debajo. Además, el vir no quedaba confinado a sus brazos: los zarcillos subían hasta enmarcarle la cara, le llegaban al cuero cabelludo calvo y le traspasaban la piel para formar una vibrante corona negra de espinas. Hilillos de sangre le caían a los lados de la cara.

Para muchos cenarianos, era la primera vez que veían al rey dios. Estaban boquiabiertos. Temblaban al sentirse recorridos por su mirada. Exactamente lo que él pretendía.

Por fin, Garoth seleccionó una de las pajitas que Neph Dada le ofrecía y la partió en dos. Tiró una mitad y cogió otras doce pajitas enteras.

—Así hablará Khali —anunció con una voz cargada de poder.

Hizo una seña para que los Graavar subieran a la plataforma. Durante la liberación, se les había ordenado defender aquel patio y retener a los nobles cenarianos hasta su exterminio. En lugar de eso, los montañeses habían huido en desbandada y Terah de Graesin y los suyos aprovecharon para escapar. Era inaceptable, inexplicable e impropio de los fieros Gravaar. Garoth no entendía qué impulsaba a unos hombres a luchar un día y huir el siguiente.

Lo que sí entendía era la vergüenza. Los Graavar se habían pasado la semana siguiente limpiando cuadras, vaciando orinales y fregando suelos. No se les había permitido dormir para que dedicaran las noches a sacar brillo a las armas y armaduras de los guerreros que, a diferencia de ellos, no habían fallado. Ese día, expiarían su culpa y, durante el año siguiente, estarían ansiosos por demostrar su heroísmo. Al acercarse al primer grupo acompañado de Neph, Garoth retiró el vir de sus manos. Cuando los hombres sacaran sus pajitas, no debían considerar fruto de la magia o capricho del rey dios que un hombre se salvara y otro se condenase. Debían verlo como el mero destino, la inexorable consecuencia de su propia cobardía.

Garoth levantó las manos y, juntos, todos los khalidoranos oraron:

Khali vas, Khalivos ras en me, Khali mevirtu rapt, recu virtum defite.

Mientras moría el eco de la plegaria, se acercó el primer soldado. Tendría apenas dieciséis años y sobre su labio se apreciaba solo una levísima sombra de bigote. Cuando desplazó los ojos del gélido rostro del rey dios a las pajitas, pareció a punto de desmayarse. Su pecho desnudo resplandecía de sudor a la luz creciente de la mañana; los músculos se le contraían involuntariamente. Sacó una pajita. Era larga.

Su cuerpo liberó de golpe la mitad de la tensión que lo atenazaba, pero solo la mitad. El joven que tenía al lado, tan parecido a él que debía de ser su hermano mayor, se pasó la lengua por los labios y sacó una pajita. Era corta.

Un alivio malsano invadió al resto del pelotón, y los millares de asistentes que no podían distinguir la pajita desde lejos supieron lo que había salido por sus reacciones. El condenado miró a su hermano pequeño, que apartó la vista; luego volvió una mirada incrédula hacia el rey dios y le entregó la pajita corta.

Garoth dio un paso atrás.

—Khali ha hablado —anunció.

Los restantes miembros del pelotón contuvieron el aliento, y el rey dios les hizo una seña con la cabeza.

Todos ellos, incluido el hermano, rodearon al hombre y empezaron a golpearle.

Habría sido más rápido si Garoth les hubiese permitido llevar guanteletes o usar la contera de las lanzas o la parte plana de las espadas, pero le parecía mejor que lo hicieran con las manos desnudas. Cuando la sangre empezara a fluir y salpicar bajo los golpes, no debía manchar la ropa del pelotón; tenía que mancharles la piel. Que sintieran el calor de la sangre del joven mientras moría. Que conocieran el precio de la cobardía. Los khalidoranos no huían.

El pelotón atacó con saña. El círculo se cerró y sonaron los gritos. El sonido de la carne desnuda al golpear la carne desnuda tenía algo íntimo. El joven desapareció y lo único que quedó a la vista fueron los codos que subían y bajaban con cada puñetazo y los pies que se retiraban para propinar nuevas patadas. Y al cabo de unos instantes, sangre. Al sacar aquella pajita corta, el joven se había convertido en el chivo expiatorio. Era el decreto de Khali. Dejaba de ser el hermano o el amigo para encarnar lo que todos habían hecho mal.

En dos minutos, el joven estaba muerto.

Los miembros del pelotón volvieron a formar, rociados de sangre y jadeantes por el esfuerzo y la emoción; ni echaron un vistazo al cadáver que tenían a los pies. Garoth los miró uno por uno a los ojos, sosteniendo la mirada del hermano durante más tiempo. Luego se acercó al muerto y extendió una mano. El vir le atravesó la piel de la muñeca, se estiró formando una garra de contorno irregular y apresó la cabeza del cadáver. Las uñas se contrajeron y la cabeza reventó con un sonido húmedo que provocó arcadas a docenas de cenarianos.

—Se acepta vuestro sacrificio. Así quedáis purificados —anunció, y los saludó.

Ellos le devolvieron el saludo con orgullo y retomaron su puesto en la formación del patio. Dos guardaespaldas del rey dios arrastron el cadáver a un lado.

Garoth hizo una seña al siguiente pelotón. Las próximas catorce ceremonias de absolución serían una repetición de la primera, y aunque el nerviosismo seguiría dominando a todos los grupos, pues incluso los que habían pasado por la plataforma podían perder a amigos y familiares de otros pelotones, el rey dios perdió el interés.

—Neph, cuéntame qué has descubierto sobre ese hombre, ese tal Ángel de la Noche que mató a mi hijo.

El Castillo de Cenaria no se contaba entre los lugares que más le apeteciera volver a visitar a Kylar. Iba disfrazado de curtidor, con las manos y los brazos manchados hasta el codo de un tinte lavable, y una túnica de lana propia de un artesano llena de salpicaduras. Se había echado unas gotas de un perfume especial que su difunto maestro Durzo Blint había creado; apestaba casi tanto como un verdadero curtidor. Durzo siempre había preferido los disfraces de curtidor, porquero, mendigo y demás personajes que la gente respetable procuraba no ver... ya que no podía evitar olerlos. Solo se había aplicado el perfume a las prendas exteriores para poder deshacerse de ellas en caso de necesidad. Se le quedaría pegado un resto del hedor, pero no había disfraz sin desventajas. El arte consistía en adecuar esas desventajas al trabajo que se tenía entre manos.

El Puente Real de Oriente había ardido durante el golpe. Aunque los meisters lo habían reparado en casi su mayor parte, seguía cerrado, de modo que Kylar cruzó por el de Occidente. Los centinelas khalidoranos apenas le echaron un vistazo cuando pasó por delante de ellos. Daba la impresión de que todo el mundo, incluidos los meisters, solo tenía ojos para una plataforma situada en el centro del patio del castillo y un grupo de montañeses que formaban con el pecho desnudo a pesar del frío. Kylar ni se fijó en el pelotón que se encontraba subido en la plataforma y escudriñó el patio en busca de amenazas. Todavía no estaba seguro de si los meisters podían detectar su Talento, aunque sospechaba que no serían capaces mientras no lo usara. Las capacidades de los brujos parecían mucho más vinculadas al olfato que las de los magos; era el motivo principal de que hubiese acudido disfrazado de curtidor. Si se le acercaba un meister, su esperanza era que los olores mundanos disimulasen los mágicos.

Había cuatro guardias a cada lado de la puerta, seis apostados en cada lienzo de la muralla romboidal del castillo y otros mil formando en el patio, además de los doscientos montañeses Graavar. Unos cincuenta meisters estaban colocados a intervalos regulares entre los varios millares de asistentes. En el centro de todo, sobre la plataforma provisional, había un grupo de nobles cenarianos, varios cadáveres mutilados y el rey dios Garoth Ursuul en persona, hablando con un vürdmeister. Era ridículo pero, aun con la cantidad de soldados y meisters presentes, probablemente sería la mejor oportunidad para matar a ese hombre que tendría un ejecutor.

Sin embargo, Kylar no estaba allí para matar. Estaba allí con el fin de estudiar a una persona para el trabajo más raro que había aceptado nunca. Escudriñó la multitud en busca del hombre del que Jarl le había hablado y no tardó en encontrarlo. El barón Kirof había sido vasallo de los Gyre. Con su señor muerto y sus tierras tan cerca de la ciudad, fue uno de los primeros nobles de Cenaria en hincar la rodilla ante Garoth Ursuul. Era un tipo gordo con una barba pelirroja recortada al estilo anguloso de las tierras bajas de Khalidor, la nariz grande y torcida, el mentón débil y unas pobladas cejas.

Kylar se acercó más. El barón Kirof sudaba, se secaba las palmas en la túnica y hablaba nervioso con los nobles khalidoranos que lo rodeaban. Cuando el joven se estaba abriendo paso entre la gente, un herrero alto y apestoso le hundió el codo en el plexo solar.

El codazo dejó a Kylar sin aliento y, mientras se doblaba en dos, el ka’kari rezumó de su mano y formó una daga de puño.

—Si querías mejores vistas, haber llegado temprano igual que hemos hecho los demás —dijo el herrero, que se cruzó de brazos y se arremangó para hacer alarde de unos bíceps descomunales.

Con un esfuerzo, Kylar obligó al ka’kari a regresar al interior de su piel y se disculpó con la mirada gacha. El herrero hizo un gesto burlón y volvió a concentrarse en el espectáculo.

El joven se conformó con unas vistas decentes del barón Kirof. El rey dios iba por la mitad de los pelotones y ya pululaban corredores del Sa’kagé aceptando apuestas de a quién de cada grupo le tocaría después. Lo que no pasó inadvertido a los soldados khalidoranos. Kylar se preguntó cuántos cenarianos morirían por la crueldad de los corredores de apuestas cuando los soldados invasores recorrieran la ciudad esa noche, dolidos por la pérdida de sus camaradas y enfurecidos por la afrenta del Sa’kagé, que contaminaba todo lo que tocaba.

«Tengo que largarme de esta maldita ciudad.»

Del siguiente pelotón habían probado suerte diez hombres sin que ninguno sacara la pajita corta. El espectáculo había ganado en interés, casi valía la pena prestar atención: la desesperación de los hombres había ido en aumento a medida que sus compañeros se salvaban y sus propias esperanzas se volvían más negras. El undécimo, un hombre de unos cuarenta años todo tendón y cartílago, sacó la pajita más corta. Se mordisqueó la punta del bigote mientras la entregaba al rey dios pero, por lo demás, no reveló emoción alguna.

Neph echó un vistazo hacia la duquesa de Jadwin y su marido, que estaban sentados en la plataforma.

—Examiné el salón del trono —dijo al rey dios— y sentí algo con lo que no me había encontrado nunca. Todo el castillo huele a la magia que mató a tantos de nuestros meisters, pero algunos puntos del salón del trono sencillamente... no huelen. Es como si la casa estuviera ardiendo pero, al entrar en una habitación, no oliese a humo.

Ya corría la sangre, y Garoth estaba bastante seguro de que el hombre había muerto, pero el pelotón seguía ensañándose, dando golpes y más golpes.

—Eso no concuerda con lo que sabemos del ka’kari de plata —observó.

—No, santidad. Creo que existe un séptimo ka’kari, un ka’kari secreto. Creo que anula la magia y creo que lo tiene ese Ángel de la Noche.

Garoth reflexionó sobre aquello mientras los hombres formaban de nuevo detrás del cadáver. Le habían destrozado la cara por completo. Había sido un trabajo impresionante. O bien el pelotón se había aplicado para demostrar su compromiso, o bien el pobre desgraciado no caía bien. Garoth asintió, complacido. Volvió a extender la garra de vir y aplastó la cabeza del muerto.

—Se acepta vuestro sacrificio. Así quedáis purificados.

Los dos guardaespaldas apartaron el cuerpo a un lado de la plataforma. Allí los apilaban en un macabro montón para que, aunque los cenarianos no viesen la muerte de cada hombre, contemplasen el resultado.

Cuando empezó el siguiente pelotón, Garoth dijo:

—¿Un ka’kari escondido durante setecientos años? ¿Qué poder otorga? ¿El de ocultarse? ¿Y de qué me sirve eso?

—Santidad, con un ka’kari así, vos o vuestro agente podríais acceder al corazón de la Capilla y apoderaros de todos los tesoros que almacenen. Sin ser visto. Es posible que vuestro agente pudiera entrar en el mismísimo bosque de Ezra y reclamar para vos los artefactos acumulados durante siete siglos. Entonces no habría más necesidad de ejércitos o de sutilezas. De un plumazo, podríais tener a todo Midcyru en un puño.

«Mi agente.» Sin duda Neph se ofrecería valerosamente voluntario para tan peligrosa misión. Aun así, la mera idea de un ka’kari como ese ocupó el pensamiento de Garoth durante las muertes de otro adolescente, dos hombres en la flor de la vida y un soldado veterano que lucía una de las mayores condecoraciones al mérito que otorgaba el rey dios. Ese último fue el único en cuyos ojos relució algo que recordaba a la traición.

—Investígalo —ordenó.

Se preguntó si Khali estaría al corriente de la existencia de aquel séptimo ka’kari. Se preguntó si Dorian lo estaba. Dorian su primer hijo reconocido, Dorian el que había sido su heredero, Dorian el profeta, Dorian el traidor. Dorian había venido a Cenaria, de eso a Garoth no le cabía ninguna duda. Solo Dorian podía haber llevado consigo a Curoch, la poderosa espada de Jorsin Alkestes. Un mago desconocido había aparecido con el arma durante un momento fugaz y exterminado a cincuenta meisters y tres vürdmeisters, para luego desaparecer. Saltaba a la vista que Neph esperaba que Garoth le hiciera preguntas al respecto, pero el rey dios había renunciado a encontrar a Curoch. Dorian no era ningún tonto. No habría traído a Curoch tan cerca si hubiese creído que podía perderla. ¿Cómo adelantarse a un hombre capaz de ver el futuro?

Garoth entrecerró los ojos mientras aplastaba otra cabeza. Cada vez que lo hacía se salpicaba de sangre los ropajes blancos como la nieve. Era lo que pretendía, pero no por ello resultaba menos irritante. Además, no parecía muy digno que le entrase sangre en los ojos.

—Se acepta vuestro sacrificio —dijo a los hombres—. Así quedáis purificados.

Se adelantó hasta el borde de la plataforma mientras el pelotón regresaba a su sitio en el patio de armas. Durante el ceremonial entero no se había vuelto ni una vez hacia los nobles cenarianos sentados a sus espaldas. En ese momento, lo hizo.

El vir cobró vida de golpe cuando se giró. Unos zarcillos negros subieron reptando hasta su cara, se acumularon sobre sus brazos, le recorrieron las piernas y hasta asomaron por sus pupilas. Les concedió un momento para que absorbieran la luz, de modo que el rey dios pareció una mancha de oscuridad, desdibujada y antinatural, bajo la creciente luz de la mañana. Después lo atajó. Quería que los nobles lo vieran.

No había un par de ojos que no estuvieran abiertos como platos. No era únicamente el vir o la majestuosidad innata de Garoth lo que los dejaba anonadados. Eran los cadáveres apilados como leña a cada lado y a su espalda, enmarcándolo como si fuera un cuadro. Era la ropa blanca manchada de sangre y sesos que llevaba. Resultaba sobrecogedor en su poder y terrible en su majestad. Quizá haría que la duquesa Trudana de Jadwin pintara la escena... si sobrevivía.

El rey dios contempló a los nobles de la plataforma y estos observaron al rey dios. Se preguntó si alguno de ellos habría contado ya su propio número: trece.

Les tendió el puñado de pajitas.

—Adelante —les dijo—. Khali os purificará.

Esta vez, no tenía la menor intención de dejar que el destino decidiera quién moriría.

El comandante Gher miró al rey dios.

—Santidad, debe de haber un...

Gher dejó la frase en el aire. El rey dios no cometía errores. Palideció, sacó una pajita larga, y transcurrieron unos instantes antes de que se le ocurriera no parecer demasiado aliviado.

La mayoría de los demás eran nobles de segunda fila, los hombres y las mujeres que habían hecho funcionar el gobierno del difunto rey Aleine IX de Gunder. Se habían dejado corromper con una facilidad desconcertante. Qué sencilla podía llegar a ser la extorsión. Sin embargo, a Garoth no le servía de nada matar a aquellos peones, aunque le hubieran fallado. Todos sacaron una pajita larga.

Llegó hasta una sudorosa Trudana de Jadwin. Era la duodécima de la fila, y su marido, el último.

Garoth hizo una pausa. Dejó que cruzaran una mirada entre ellos. Sabían, como sabían todos los espectadores, que uno de los dos iba a morir, y que todo dependía de lo que sacase Trudana. El duque tragaba saliva de forma compulsiva.

—De entre todos los nobles presentes —dijo Garoth—, vos, duque de Jadwin, sois el único al que nunca he tenido a sueldo. Así pues, es obvio que no me fallasteis. Vuestra esposa, en cambio, sí.

—¿Qué? —preguntó el duque, mirando a Trudana.

—¿No sabíais que os engañaba con el príncipe? Lo asesinó por orden mía —explicó Garoth.

Había algo bello en presenciar lo que debería ser un momento de gran intimidad. La cara del duque, antes pálida de miedo, adoptó un tono grisáceo. Era evidente que había sido menos perspicaz si cabe que la mayoría de los cornudos. Garoth vio cómo lo golpeaba la comprensión, cómo lo destrozaba cada sospecha a la que alguna vez había quitado importancia, cada excusa barata que había tenido que escuchar.

Lo más curioso era que Trudana de Jadwin parecía afectada. No tenía la expresión hipócrita que Garoth se esperaba. Había creído que la duquesa pasaría al ataque y le diría a su marido que la culpa era de él. En lugar de eso, sus ojos transmitían una enorme culpabilidad. La única explicación que Garoth encontraba era que el duque debía de haber sido un marido decente y ella lo sabía. Le había engañado porque había querido, y en ese momento se venían abajo dos décadas de mentiras.

—Trudana —dijo el rey dios antes de que ninguno de los dos acertara a hablar—, me has servido bien, pero podrías haberme servido mejor. Así pues, he aquí tu recompensa y tu castigo. —Le tendió las pajitas—. La corta está a tu izquierda.

La duquesa miró a los ojos de Garoth, oscurecidos por el vir, luego a las pajitas y por fin a su marido. Fue un momento imperecedero. Garoth sabía que la expresión de súplica de los ojos del duque perseguiría a Trudana de Jadwin mientras viviera. El rey dios no tenía ninguna duda sobre lo que escogería, pero era evidente que Trudana se creía capaz de sacrificarse.

Se armó de valor, estiró el brazo hacia la pajita corta y entonces se detuvo. Miró a su marido, apartó la vista y sacó la pajita larga para sí misma.

El duque aulló. Fue encantador. El sonido traspasó los corazones de todos los cenarianos del patio. Se diría que lo había afinado a la perfección para transmitir el mensaje del rey dios: este grito podría ser tuyo.

Mientras los nobles, incluida Trudana, rodeaban al duque con la muerte en los corazones, todos y cada uno de ellos sintiéndose condenados por participar pero haciéndolo de todas formas, el duque se volvió hacia su mujer.

—Te amo, Trudana —dijo—. Siempre te he amado.

Entonces se tapó la cara con la capa y desapareció bajo el martilleo sordo de los puños y los puntapiés.

El rey dios no pudo contener una sonrisa.

Mientras Trudana de Jadwin vacilaba sobre su elección, Kylar pensó que, si hubiese aceptado el encargo de Mama K, ese sería el momento perfecto para atacar. Todo el mundo tenía la vista puesta en la plataforma.

Kylar se había vuelto hacia el barón Kirof y estaba estudiando su expresión de pasmo y horror, cuando reparó en que solo había cinco guardias sobre la muralla que el barón tenía detrás. Volvió a contar enseguida: eran seis, pero uno de ellos sostenía un arco y un puñado de flechas.

Sonó un crujido seco en el centro del patio, y Kylar entrevió que la parte trasera de la plataforma de madera se quebraba y caía. Ascendió por los aires algo que despedía destellos fulgurantes de color. Mientras todos los demás lo miraban, Kylar apartó la vista. La bomba de centellas explotó con un pequeño estallido y un fogonazo enorme de luz blanca. Mientras cientos de civiles y soldados gritaban por igual, cegados, Kylar vio que el sexto guardia de la muralla tensaba su arco. Era Jonus Severing, un ejecutor con cincuenta muertos a sus espaldas. Una flecha con la punta dorada salió disparada hacia el rey dios.

El monarca se tapaba los ojos con las manos, pero a su alrededor ya brotaban escudos mágicos como si fuesen burbujas. La flecha dio contra el más exterior, se clavó y estalló en llamas al deshacerse el escudo. Ya había otro proyectil en camino, que atravesó el escudo exterior que se desintegraba y se clavó en el siguiente, más cercano a su blanco. Reventaron ese y otro; Jonus disparaba con asombrosa velocidad. Estaba utilizando su Talento para sostener las flechas sin usar en el aire de modo que, tan pronto como lanzaba una, la siguiente ya se acercaba a la punta de sus dedos. Los escudos estaban cayendo más deprisa de lo que el rey dios podía reformarlos.

La gente chillaba, cegada. Los cincuenta meisters repartidos por el patio levantaban escudos en torno a sí mismos, derribando a la gente que tenían alrededor.

El ejecutor que había estado escondido bajo la plataforma se subió a ella de un salto por el lado ciego del rey dios. Vaciló cuando brotó un último escudo tembloroso a meros centímetros de la piel de su objetivo, y Kylar vio que en realidad no era ningún ejecutor. Era un chico de unos catorce años, el aprendiz de Jonus Severing. El muchacho estaba tan concentrado en el rey dios que no mantuvo la postura baja ni el movimiento constante. Kylar oyó el chasquido de una cuerda de arco en las inmediaciones y vio caer al chico en el preciso instante en que estallaba el último escudo del rey dios.

La gente se abalanzaba hacia las salidas, pisoteando a sus vecinos. Varios meisters, todavía cegados y presa del pánico, lanzaban proyectiles verdes de forma indiscriminada hacia la muchedumbre y los soldados que los rodeaban. Uno de los guardaespaldas del rey dios intentó tirarlo al suelo para protegerlo. Aturdido, Garoth Ursuul malinterpretó el gesto y un martillo de vir lanzó al enorme montañés al otro extremo de la plataforma, atravesando el grupo de nobles.

Kylar se volvió para averiguar quién había matado al aprendiz de ejecutor. A menos de diez pasos de distancia estaba Hu Patíbulo, el carnicero que había asesinado a la familia entera de Logan de Gyre, el mejor ejecutor de la ciudad ahora que Durzo Blint había muerto.

Jonus Severing ya estaba huyendo, sin perder ni un momento en llorar a su aprendiz muerto. Hu disparó una segunda flecha, y Kylar la vio clavarse rauda en la espalda de Severing. El ejecutor cayó hacia delante desde lo alto de la muralla y se perdió de vista, pero Kylar no tenía duda de que estaba muerto.

Hu Patíbulo había traicionado al Sa’kagé, y acababa de salvar al rey dios. Kylar tenía el ka’kari en la mano antes de ser consciente siquiera de ello. «¿Qué pasa, no quería matar al cerebro de la destrucción de Cenaria, pero ahora voy a liquidar a un guardaespaldas?» Por supuesto, llamar guardaespaldas a Hu Patíbulo era como calificar a un oso de mascota, pero la idea general era cierta. Kylar volvió a esconder el ka’kari debajo de su piel.

Agachado para que Hu no le viera la cara, se unió a la multitud de cenarianos aterrorizados que salían en tropel por la puerta del castillo.

2

La mansión de los Jadwin había sobrevivido a los incendios que redujeron a escombros buena parte de la ciudad. Kylar llegó a la vigiladísima entrada delantera y los centinelas le abrieron el portillo sin mediar palabra. Kylar solo se había parado a quitarse el disfraz de curtidor y frotarse el cuerpo con alcohol para desembarazarse del olor, y estaba seguro de haber llegado antes que la duquesa, pero la noticia de la muerte del duque se le había adelantado. Los guardias llevaban tiras de tela negra atadas al brazo.

—¿Es cierto? —preguntó uno de ellos.

Kylar asintió y se dirigió hacia la cabaña donde vivían los Cromwyll, detrás de la mansión. Elene había sido la última huérfana acogida por la familia, y todos sus hermanos se habían marchado para trabajar en otros oficios o servir en otras casas. Solo su madre adoptiva seguía trabajando para los Jadwin. Desde el golpe, Kylar, Elene y Uly se habían instalado allí. Era su única opción, ya que todas las casas seguras de Kylar habían ardido o era imposible acceder a ellas. A él lo daban por muerto, de modo que no quería alojarse en ninguna casa segura del Sa’kagé, donde podrían reconocerlo. Además, estaban todas llenas hasta la bandera. Nadie quería andar por las calles cuando merodeaban las bandas de khalidoranos.

No había nadie en la cabaña, de modo que Kylar fue a la cocina de la mansión. Uly, de once años, estaba de pie sobre un taburete, inclinada sobre una cuba de agua con jabón, fregando sartenes. Kylar entró y con un solo movimiento la agarró bajo un brazo, le dio una vuelta por los aires mientras ella chillaba y la volvió a dejar en el taburete. Después la miró con cara muy seria.

—¿Has impedido que Elene se meta en líos como te encargué? —preguntó a la niña.

Uly suspiró.

—Lo he intentado, pero creo que esa mujer no tiene remedio.

Kylar se rió, y Uly también. A la niña la habían criado los sirvientes del Castillo de Cenaria, convencidos, por el bien de ella, de que era huérfana. En realidad era hija de Mama K y Durzo Blint. Durzo no se había enterado de su existencia hasta los últimos días de su vida, y Kylar le había prometido que cuidaría de la niña. Tras el mal trago inicial de explicarle que él no era su padre, las cosas habían ido mejor de lo que se esperaba.

—¿Que no tengo remedio? Ya te enseñaré yo lo que no tiene remedio —dijo una voz.

Elene apareció con un enorme caldero con los restos pegados del estofado del día anterior, que dejó junto a la pila de platos de Uly.

La niña soltó un gemido y Elene se rió con sorna. Kylar se maravilló ante lo mucho que había cambiado en apenas una semana, aunque tal vez el cambio se había obrado en su manera de verla. Elene seguía teniendo las gruesas cicatrices que Rata le había dejado de niña: una X sobre sus labios carnosos, otra en la mejilla y una medialuna que trazaba una curva desde una ceja hasta la comisura de la boca. Sin embargo, Kylar casi no reparaba en ellas. Lo que veía era una piel radiante, unos ojos luminosos de inteligencia y felicidad, y una sonrisa ladeada no por una cicatriz sino por la próxima travesura que estuviera tramando. Encima, que una mujer pudiera estar tan guapa vestida con las humildes prendas de lana de una sirvienta y un delantal, constituía uno de los grandes misterios del universo.

Elene descolgó otro delantal de un gancho y miró a Kylar con un destello depredador en los ojos.

—Ah, no. Yo, no —protestó él.

Elene le pasó el cuello del delantal por la cabeza y lo acercó a su cuerpo con movimientos lentos y seductores. Tenía la vista puesta en los labios de Kylar, y él no pudo evitar quedarse mirando los de ella mientras se los humedecía con la lengua.

—Creo —dijo Elene en voz baja, deslizándole las manos por los costados— que...

Uly tosió sonoramente, pero ninguno de los dos le hizo caso.

Elene lo atrajo hacia sí, le puso las manos en la parte baja de la espalda y alzó un poco la boca; su aroma inundó el olfato de Kylar.

—... así está mucho mejor. —Elene anudó las dos tiras del delantal a su espalda, soltó a Kylar de golpe y se apartó hacia atrás—. Ahora puedes ayudarme. ¿Prefieres cortar las patatas o las cebollas?

Ella y Uly se rieron de su expresión indignada.

Kylar saltó adelante y Elene intentó esquivarlo, pero él usó su Talento para agarrarla. Había estado practicando durante la semana anterior y, aunque de momento solo podía proyectar su poder a un paso más allá de sus brazos, en esa ocasión fue suficiente. Tiró de Elene y la besó. Ella apenas fingió que oponía resistencia antes de devolverle el beso con el mismo fervor. Por un instante, el mundo se redujo a la blandura de los labios de Elene y el tacto de aquel cuerpo apretado contra el suyo.

En algún lugar, Uly empezó a fingir que vomitaba ruidosamente. Kylar estiró un brazo y con un manotazo lanzó agua de fregar hacia el punto donde estaba aquel incordio. Las arcadas se interrumpieron de golpe por un gritito. Elene se zafó de Kylar y se tapó la boca en un intento de no reírse.

Kylar había conseguido empapar por completo la cara de Uly, que alzó la mano y le salpicó a modo de revancha. Kylar dejó que el agua lo alcanzara. Luego revolvió el pelo mojado de la niña, algo que ella detestaba, y dijo:

—Vale, canija, me lo merecía. Ahora estamos en paz. ¿Dónde están esas patatas?

Se dejaron llevar apaciblemente por la rutina del trabajo de cocina. Elene le preguntó qué había visto y descubierto y Kylar, aunque en ningún momento dejó de vigilar por si alguien los escuchaba, le contó con pelos y señales que había espiado al barón y presenciado impotente el intento de magnicidio. Comentar la jornada era, quizá, lo más aburrido que podía hacer una pareja, pero Kylar se había visto privado durante toda su vida de los lujos aburridos del amor cotidiano. Poder compartir, decir la verdad sin más a una persona a quien le importaba, era para él algo valioso hasta extremos incalculables. Durzo le había enseñado que un ejecutor debía ser capaz de dejarlo todo en cualquier instante. Un ejecutor siempre está solo.

De modo que ese momento, esa sencilla comunión, era el motivo de que Kylar hubiese abandonado el camino de las sombras. Durante más de media vida había entrenado sin descanso para convertirse en la máquina de matar perfecta. Ya no quería matar más.

—Necesitaban a un tercer hombre para el trabajo —dijo Kylar—. Para que actuara de vigía y pudiese apuñalar en caso necesario. Podríamos haberlo conseguido. Su sincronización ha sido buenísima. Un segundo de diferencia y se habrían salido con la suya, aun siendo solo dos. Si hubiera estado yo allí, tanto Hu Patíbulo como el rey dios estarían muertos. Tendríamos cincuenta mil gunders. —Un pensamiento oscuro lo hizo detenerse—. «Gunders.» Supongo que dejarán de llamarlos así, ahora que todos los Gunder han muerto. —Suspiró.

—Quieres saber si hiciste lo correcto —dijo Elene.

—Sí.

—Kylar, siempre habrá personas tan malas que pensemos que merecen morir. En el castillo, cuando Roth te estaba... haciendo daño, estuve en un tris de matarlo yo misma. Si hubiese pasado tan solo un poquito más de tiempo... no sé. Lo que sí sé, porque me lo contaste, es lo que matar provoca en tu alma. Da igual el bien que parezca hacerle al mundo, a ti te destruye. Eso no puedo presenciarlo, Kylar. No lo haré. Me importas demasiado.

Era la única condición que Elene imponía para dejar la ciudad con Kylar: que renunciase a matar y a la violencia. Kylar todavía se sentía muy confuso. No sabía si el camino de Elene era el correcto, pero había visto lo suficiente para estar seguro de que el de Durzo y Mama K no lo era.

—¿De verdad crees que la violencia engendra violencia? ¿Que al final morirán menos inocentes si renuncio a matar?

—Lo creo de verdad —respondió Elene.

—De acuerdo —dijo Kylar—. Entonces hay un trabajo que debo terminar esta noche. Si no surgen imprevistos podremos partir mañana por la mañana.

3

El Ojete del Infierno no era lugar para un rey. Resultaba apropiado que el Agujero, como también se lo conocía, estuviera en el extremo inferior del calabozo que los cenarianos llamaban las Fauces. La entrada a las Fauces era un rostro demoníaco labrado en vidrio volcánico negro. Los prisioneros entraban directamente por la boca abierta, y bajaban una rampa que a menudo estaba resbaladiza a causa de las vejigas aflojadas por el miedo. Dentro del Agujero en sí, el arte de los talladores había sido innecesario, cediendo el puesto al puro miedo visceral que inspiraban los espacios angostos, la oscuridad, las alturas, el escalofriante aullido del viento que surgía de las profundidades y la certeza de que todo preso con quien se compartiera el Agujero había sido considerado indigno de una muerte limpia. En el Ojete del Infierno imperaba un calor incesante y un hedor a azufre y residuos humanos en sus tres variedades: el de las heces, el de la muerte y el de la carne sin lavar. Había una única antorcha, muy alta, al otro lado de la reja que separaba a los animales humanos del resto de los prisioneros de las Fauces.

Once hombres y una mujer compartían el Agujero con Logan de Gyre. Lo odiaban por su cuchillo, por su cuerpo poderoso y por su acento culto. Entre aquellos monstruos y tarados, se sentía diferente, aislado.

Logan estaba sentado con la espalda contra la pared. Una sola pared, porque el Agujero era circular. En el centro había un orificio de cinco pasos de diámetro que se abría a una sima. Los lados del abismo eran perfectamente verticales, de un vidrio volcánico liso por completo. Era imposible calcular su profundidad. Cuando los prisioneros lanzaban sus residuos por la abertura, no oían que tocaran fondo. Lo único que escapaba de aquel agujero era el intenso hedor de un infierno sulfuroso y el gemido intermitente del viento, o de los fantasmas, o de las almas torturadas de los muertos o de lo que fuera que profería aquel sonido que resquebrajaba la cordura de los condenados.

Al principio, Logan se había preguntado por qué sus compañeros defecaban contra la pared y solo después pateaban las heces hacia el orificio, si es que se molestaban en hacerlo. La primera vez que tuvo la necesidad, lo supo: había que estar loco para agacharse cerca de aquella abertura. En el Agujero, nunca había que quedar en una posición vulnerable. Cuando un recluso debía pasar por delante de otro, avanzaba con paso rápido y suspicaz, enseñando los dientes, siseando y renegando una retahíla de palabras ininteligibles. Empujar a otro preso a aquel agujero era la manera más fácil de matarlo.

Lo que empeoraba las cosas era que la repisa de piedra que rodeaba la abertura medía apenas tres pasos de ancho, y el suelo estaba inclinado hacia el orificio. Para los ojeteros, esa repisa era todo su mundo. Una corta y resbaladiza pendiente hacia la muerte. Logan no había dormido en los siete días transcurridos desde el golpe. Parpadeó. Siete días. Empezaba a sentirse débil. Hasta Fin, que consiguió la mayor parte de la última carne, llevaba cuatro días sin comer.

—Eres gafe, Trece —dijo Fin con una mirada de odio desde el otro lado de la sima—. No nos han echado de comer desde que llegaste.

Fin era el único que lo llamaba Trece. Los demás habían aceptado el nombre que Logan se atribuyó en un rapto de locura: Rey.

—¿Quieres decir desde que te comiste al último guardia? —preguntó Logan—. ¿No crees que eso pudo tener algo que ver?

Eso arrancó risillas a todos salvó al simplón de Chirríos, que esbozó una sonrisa bobalicona que dejaba ver sus dientes afilados y puntiagudos. Fin no dijo nada y siguió mascando y estirando la cuerda que tenía en las manos. Llevaba tantas lazadas enrolladas alrededor del cuerpo, tan nervudo como la propia soga, que casi lo ocultaban. Fin era el más temido de los reclusos. Logan no lo habría calificado de líder, porque eso implicaría algún tipo de orden social entre los presos. Aquellos hombres eran como bestias: greñudos y tan sucios que no podía adivinarse de qué color era su piel antes de su reclusión. Tenían una mirada salvaje, el oído atento al menor sonido y el sueño ligero. Se habían comido, ¡comido!, a dos hombres el día en que Logan había llegado.

«¿Llegado? Salté yo. Podría haber tenido una muerte limpia y rápida. Ahora me quedaré aquí para siempre, o al menos hasta que me coman. ¡Dioses, van a comerme!»

Un movimiento repentino al otro lado del Agujero lo distrajo de su creciente horror y desesperación. Era Lilly. La única que no se pegaba a la pared. No prestaba ninguna atención al orificio, no conocía el miedo. Un hombre estiró el brazo y la agarró del vestido.

—Ahora no, Jake —le dijo ella al tuerto.

Jake la sujetó durante un momento más pero, cuando Lilly lo miró y alzó una ceja, dejó caer la mano y soltó una maldición. Lilly se sentó junto a Logan. Era una mujer poco agraciada, de edad indeterminable. Podría rondar los cincuenta, pero el joven la suponía más cercana a la veintena porque todavía conservaba la mayoría de sus dientes.

No habló durante un buen rato. Después, cuando Logan ya había perdido el interés por saber qué la había impulsado a acercársele, se rascó la entrepierna con aire ausente y dijo:

—¿Qué piensas hacer? —Tenía la voz joven.

—Pienso salir y pienso recuperar mi país —contestó Logan.

—Sigues aferrado a esa mierda de ser el Rey —dijo ella—. Van a creer que estás loco. Te veo mirando a un lado y a otro como un niño perdido. Vives con animales. ¿Quieres seguir viviendo? Sé un monstruo. ¿Quieres aferrarte a algo? Entiérralo hondo dentro de ti. Luego haz lo que tengas que hacer. —Le dio una palmadita en la rodilla y se acercó a Jake.

Al cabo de un momento, Jake la estaba montando. A los animales no les importaba. Ni siquiera miraban.

La locura se estaba apoderando de él. Dorian se aguantaba sobre la silla de montar por puro instinto. El mundo exterior se le antojaba lejano, irrelevante, sepultado bajo la niebla, mientras que sus visiones eran próximas, vitales, vibrantes. La partida había empezado y las piezas se movían, y la capacidad de visión de Dorian se ampliaba como nunca antes. El Ángel de la Noche huiría a Caernarvon. Sus poderes estaban aumentando, aunque no los usaba.

«¿Qué haces, chico?» Dorian se concentró en esa vida y la siguió hacia atrás. Había hablado con Kylar una vez y había profetizado su muerte. Ahora sabía por qué no había augurado también que ese Ángel de la Noche moriría y no moriría. Durzo lo había confundido. Dorian había visto la vida de Durzo entrecruzada con otras. Había visto, pero no había entendido.

Sintió la tentación de remontar por las vidas de Durzo hasta la primera que tuvo, cuando había recibido el ka’kari que en ese momento llevaba Kylar. Sintió la tentación de probar a buscar la de Ezra el Loco, una vida que sin duda ardería con tal brillo que sería imposible pasarla por alto. A lo mejor desde allí podía seguir a Ezra, descubrir lo que él sabía y cómo lo había aprendido. Ezra había creado el ka’kari siete siglos atrás, y el ka’kari había hecho inmortal a Kylar. Dorian estaba a apenas tres pasos de uno de los magos más respetados y vilipendiados de la historia. ¡Tres pasos! Encontrar a alguien tan famoso y que llevaba muerto tanto tiempo... Resultaba tentador, pero requeriría tiempo. Meses, tal vez. Pero, ¡oh, las cosas que podría descubrir!

«Las cosas que podría descubrir sobre el pasado mientras el presente se desmorona. Concéntrate, Dorian. Concéntrate.»

Volvió a encaramarse a la vida de Kylar y la siguió hasta su juventud en las Madrigueras, su amistad con Elene y Jarl, la violación del segundo y la mutilación de la primera, el primer muerto de Kylar cuando tenía once años, el aprendizaje con Durzo, la instrucción de Mama K, la influencia sosegante del conde Drake, la amistad de Kylar con Logan, su reencuentro con Elene, el robo del ka’kari, el golpe en el castillo, el momento en que mató a su maestro y en que se encontró con Roth Ursuul.

«Mi hermano pequeño —pensó Dorian—, un monstruo tan grande como lo fui yo en un tiempo.

»Concéntrate, Dorian.»

Creyó oír algo, un chillido, algún movimiento en el mundo convencional, pero no se dejaría distraer otra vez. No cuando empezaba a llegar a alguna parte. ¡Allí! Vio que Kylar envenenaba a Mama K por justicia y que le daba el antídoto por piedad.

Podía saber qué decisiones tomaba un hombre pero, sin conocer sus motivos, no sería capaz de adivinar qué camino seguiría Kylar en el futuro. El chico ya había tomado sendas poco obvias, sendas imposibles. Ante la elección entre cobrarse la vida de su amada o la de su mentor, había optado por dar la suya propia. El toro le había dado a escoger entre los dos pitones, y Kylar había saltado por encima de su cabeza. Ese era el Kylar que importaba. En ese momento, Dorian vio el alma desnuda del chico. «Ya te tengo, Kylar. Ahora te conozco.»

Sintió un repentino dolor en el brazo pero, ahora que tenía bien sujeto a Kylar, no pensaba soltarlo. El muchacho ansiaba reconciliar la cruel realidad de la calle con los píos impulsos que el conde Drake, de algún modo, le había contagiado. ¿Contagiado? La palabra provenía de Kylar. Así pues, como Durzo, a veces el chico veía la piedad como debilidad.

«Vas a ser tremendamente difícil, ¿no es así?» Dorian se rió al presenciar los encontronazos de Kylar con el incompetente Sa’kagé de Caernarvon, al verlo recoger hierbas, pagar impuestos y pelearse con Elene, sus intentos por convertirse en un ser humano normal. Aun así, no le va bien; la presión se acumula. Kylar saca su ropa gris de ejecutor, sale por los tejados —«es curioso, eso lo hace con independencia de las decisiones que tome hasta ese punto»— y entonces, una noche, llaman a la puerta y aparece Jarl para desgarrar a Kylar con otro dilema entre la mujer a la que ama y la vida que odia y entre el amigo al que quiere y la vida que debería odiar y un deber y otro y el honor y la traición. Kylar es la Sombra en el Crepúsculo, un coloso cada vez más grande con un pie apoyado en el día y otro en la noche, pero una sombra es una bestia efímera y el crepúsculo debe oscurecerse hasta convertirse en noche o clarear hasta dar entrada al día. Kylar abre la puerta a Jarl, los futuros entrechocan...

—¡Maldita sea, Dorian!

Feir está abofeteándole. De pronto, Dorian fue consciente de que Feir debía de estar a punto de hacerlo varias veces, porque la mandíbula le había dolido a los dos lados. Algo muy malo le pasará a su brazo izquierdo. Mira, con la cabeza aturdida por un choque múltiple de confusiones, intentando encontrar la velocidad de tiempo adecuada.

Le sobresalía una flecha del brazo. Una flecha de montañés khalidorano pintada de negro. Envenenada.

Feir le dio otra bofetada.

—¡Para! ¡Para! —exclamó Dorian, moviendo las manos. Eso hizo que el brazo izquierdo le doliera horrores. Gimió y cerró los ojos con fuerza, pero había regresado. Aquello era la cordura—. ¿Qué ha pasado?

—Unos asaltantes —contestó Feir.

—Un hatajo de idiotas que intentaban llevarse a casa algo de lo que fanfarronear —añadió Solon. Ese algo, por supuesto, habrían sido las orejas de Solon, Feir y Dorian. Uno de los cuatro cadáveres ya llevaba dos orejas colgando de un collar. Parecían frescas.

—¿Están todos muertos? —preguntó Dorian. Iba siendo hora de hacer algo con esa flecha.

Solon asintió con expresión apenada y Dorian pudo leer la historia de la breve batalla que había tenido lugar alrededor de su campamento. El ataque había llegado mientras Feir y Dorian hacían los preparativos para pasar la noche. El sol se estaba hundiendo por una hendidura entre las montañas de Faltier y los atacantes se habían acercado a ellos desde los montes, creyendo que el sol los cegaría. Dos arqueros intentaron cubrir la maniobra de sus camaradas, pero la pendiente era muy escarpada y sus primeras flechas erraron el blanco.

Después de eso, el resultado había sido una conclusión anunciada. Solon no era manco con la espada y Feir (el inmenso, fortísimo y veloz Feir) era un maestro de armas del segundo grado. Solon le había dejado ocuparse de los espadachines. Había actuado demasiado tarde para impedir que Dorian se llevara un flechazo, pero había matado a ambos arqueros mediante magia. La escaramuza entera probablemente habría durado menos de dos minutos.

—La pena es que son del clan Churaq —dijo Solon, mientras movía con el pie a uno de los jóvenes marcados con tatuajes negros—. Habrían matado de mil amores a los mamones del clan Hraagl que vigilan la caravana de suministros khalidorana que estamos siguiendo.

—Creía que Aullavientos era inexpugnable —dijo Feir—. ¿Cómo han llegado los bandoleros a este lado de la frontera?

Solon meneó la cabeza. El gesto atrajo la atención de Dorian a su pelo, que era negro azabache salvo en las raíces. Desde que Solon había utilizado a Curoch para matar a cincuenta meisters, y a punto había estado de matarse él mismo con la inaudita cantidad de magia empleada para ello, el cabello le crecía blanco. No era el tono entrecano de los ancianos, sino un blanco níveo que marcaba un acusado contraste con la cara de un hombre en la flor de la vida, bello, con la tez olivácea de los sethíes y unos rasgos curtidos por una vida en la milicia. En un primer momento Solon se había quejado de verlo todo en colores chillones o en blanco y negro desde que había usado a Curoch, pero ese efecto parecía haber pasado.

—Inexpugnable, sí —aclaró Solon—. Infranqueable para un ejército pero, tan avanzado el verano, estos jóvenes pueden escalar las montañas. Muchos mueren durante el ascenso, a veces una tormenta que estalla sin previo aviso los barre de las rocas. Sin embargo, con un poco de fuerza y de suerte, no hay nada que los detenga. ¿Estás listo ya con esa flecha, Dorian?

Aunque los tres eran magos, a Solon y a Feir ni se les pasaría por la cabeza intentar ayudarle, no con lo que estaba haciendo. Dorian era un hoth’salar, un hermano de la Curación; la esperanza de remediar su propia y creciente locura lo había elevado hasta los escalafones más altos entre los sanadores.

De repente el brazo de Dorian se empapó de agua en torno a la punta de la flecha.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Feir, que se había puesto verde.

—La humedad de la sangre que ya está envenenada. Debería pegarse toda a la flecha cuando la saques —explicó Dorian.

—¿Yo? —dijo Feir, con una expresión aprensiva que desentonaba con su enorme corpachón.

—Eres ridículo —dijo Solon.

Alargó el brazo y sacó la flecha de un tirón. Dorian ahogó un grito y Feir tuvo que sostenerlo para que no cayera. Solon estudió la flecha con atención. Dorian había aplanado las lengüetas contra el asta para que no desgarraran la carne al salir, pero la varilla estaba recubierta por una capa negra y cristalizada de sangre y veneno. La mezcla había engrosado el asta hasta el triple de su diámetro original.

Aún no había dejado Dorian de jadear cuando unos flujos de magia empezaron a danzar en el aire como diminutas luciérnagas, como un centenar de arañas que tejieran redes resplandecientes, tapices de luz. Esa era la parte que impresionaba a sus compañeros. En teoría, cualquier mago podía curarse a sí mismo pero, por algún motivo, no solo no funcionaba bien, sino que además resultaba muy doloroso si se intentaba sanar algo más grave que un rasguño. Se diría que el paciente debía sufrir todo el dolor, la irritación y el picor que le habría ocasionado la herida a lo largo de su convalecencia entera. Cuando un mago curaba a otra persona, podía insensibilizarla. Cuando se curaba a sí mismo, cualquier insensibilización podía provocar errores y la muerte. Las magas, en cambio, no tenían esos problemas. Se curaban solas como si tal cosa.

—Eres increíble —dijo Solon—. ¿Cómo haces eso?

—Es mera cuestión de concentración —respondió Dorian—. He practicado mucho. —Sonrió, sacudió el cuerpo como si se quitara de encima el cansancio y de repente sus rasgos se animaron; estaba totalmente presente con ellos, lo que resultaba cada vez más infrecuente.

Solon parecía desolado. La locura de Dorian era irreversible. Empeoraría hasta convertirle en un idiota balbuciente que dormiría al raso o en graneros. Llegaría el día en que nadie le haría caso y tendría solo uno o dos momentos de lucidez al año. A veces, esos momentos llegarían cuando no hubiese nadie cerca de él para averiguar lo que había descubierto.

—Déjalo correr —le dijo Dorian a Solon—. Acabo de tener una revelación. —Lo dijo con una sonrisilla para hacerles saber que de verdad había sido una revelación—. Vamos en la dirección equivocada. Por lo menos tú —y señaló a Feir—. Tienes que seguir a Curoch en dirección sur, hacia Ceura.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Feir—. Creía que ya estábamos siguiendo a la espada. En cualquier caso, mi sitio está contigo.

—Solon, tú y yo tenemos que ir al norte hasta Aullavientos —prosiguió Dorian.

—Espera —protestó Feir.

Sin embargo, Dorian volvía a tener la mirada vidriosa. Se había ido.

—Me encanta —dijo Feir—. Es que me encanta. Me juego lo que quieras a que lo hace a propósito.

4

Pasaba de la medianoche cuando Jarl se les unió en la pequeña cabaña de los Cromwyll. Llegaba con más de una hora de retraso. La madre adoptiva de Elene dormía en el cuarto que compartían todos, de modo que Kylar, Elene y Uly estaban sentados en la habitación delantera. Uly se había quedado dormida apoyada en Kylar, pero despertó al instante, aterrorizada, cuando Jarl entró.

«¿En qué estoy metiendo a esta pobre niña?», pensó Kylar. Apretó contra sí a Uly, que se calmó, avergonzada, al recordar dónde estaba.

—Lo siento —dijo Jarl—. Los paliduchos están... castigando a las Madrigueras por el atentado fallido. Quería volver para comprobar un par de cosas, pero han sellado los puentes. Hoy no hay soborno que valga.

Kylar vio que Jarl se ahorraba los detalles porque Uly estaba en la habitación pero, teniendo en cuenta lo mal que lo habían pasado las Madrigueras antes del intento de asesinato, Kylar apenas podía imaginar cómo sería la situación esa noche.

Se preguntó cuánto habría empeorado todo si hubiesen logrado matar al rey dios. La violencia engendraba violencia, en efecto.

—¿Significa eso que el trabajo se cancela? —preguntó, para que Elene y Uly no se interesaran por las Madrigueras.

—Sigue en pie —respondió Jarl, que entregó una bolsita a Elene. Parecía sospechosamente ligera—. Me he tomado la libertad de sobornar a los centinelas de la puerta de antemano. El precio ya es más alto y podéis estar seguros de que mañana volverá a subir. ¿Tenéis el horario de cuándo trabajan esta semana los guardias a los que hemos sobornado? —Jarl abrió un macuto y sacó una túnica de color crema, pantalones y unas botas altas negras.

—Memorizado —respondió Kylar.

—Oye —dijo Elene—, sé que Kylar está acostumbrado a aceptar trabajos sin saber por qué hace lo que hace, pero yo necesito entender esto. ¿Por qué paga alguien quinientos gunders para que Kylar finja morir? ¡Es una fortuna!

—No para un duque khalidorano. Te contaré lo que he podido ir deduciendo —dijo Jarl—. Los duques de Khalidor no son como los nuestros, porque la nobleza allí siempre está por debajo de los meisters. Con todo, los meisters siguen necesitando gente que controle a los campesinos y demás, así que el duque de Vargun es rico, aunque haya tenido que luchar por cada migaja de poder que ha conseguido. Llegó a Cenaria con la esperanza de medrar, pero el cargo que creyó que obtendría, dirigir la guardia real de Cenaria, le fue otorgado al teniente Hurin Gher, ahora comandante Gher.

—En recompensa por conducir a los nobles de Cenaria a una emboscada durante el golpe, el muy traidor —comentó Kylar.

—Exacto. El comandante Gher va a los muelles una vez por semana con un puñado de sus hombres más fieles para recoger el dinero del soborno del Sa’kagé mientras finge que patrulla. Mañana por la mañana verá cómo su rival, el duque de Vargun, comete el asesinato de un noble cenariano de poca monta, el barón Kirof. El comandante Gher arrestará con mucho gusto al duque. Al cabo de unos días o unas semanas, el «difunto» barón Kirof se presentará en la ciudad. El comandante Gher quedará deshonrado por haber detenido a un duque sin motivo y, con toda probabilidad, el duque de Vargun le quitará el puesto. Hay bastantes cosas que podrían salir mal, motivo por el cual Kylar solo cobrará quinientos gunders.

—Suena la mar de complicado —observó Elene.

—Créeme —replicó Jarl—, tratándose de política khalidorana, esto es sencillo.

—¿Cómo piensa sacar partido de esto el Sa’kagé? —preguntó Kylar.

Jarl se sonrió.

—Hemos intentado hacernos con el barón Kirof, pero al parecer el duque no es tonto del todo. Kirof ya ha desaparecido.

—¿El Sa’kagé habría secuestrado al barón Kirof? —preguntó Elene—. ¿Por qué?

—Si el Sa’kagé retenía a Kirof —explicó Kylar—, podría chantajear al comandante Gher, quien sabría que, en cuanto apareciese Kirof, estaría perdido. Así, el Sa’kagé lo habría tenido en el bolsillo.

—¿Sabes? —dijo Elene—, a veces intento imaginarme cómo sería esta ciudad sin el Sa’kagé, y no puedo. Quiero salir de aquí, Kylar. ¿Puedo ir con vosotros esta noche?

—No hay sitio suficiente para una adulta —respondió Jarl por él—. En cualquier caso, para el alba estarán de vuelta. ¿Uly, Kylar? ¿Estáis listos?

Kylar asintió y, cariacontecida, Uly lo imitó.

Dos horas más tarde se encontraban en los muelles y se disponían a separarse. Uly se escondería bajo el embarcadero en una balsa camuflada para parecer un montón de maderos a la deriva. Cuando Kylar cayera al agua, Uly le tendería una pértiga a la que agarrarse para atraerlo a la embarcación y que pudiera salir a la superficie sin ser visto. En la pequeña balsa apenas habría sitio suficiente para que Uly esperara agachada y Kylar pudiera sacar la cabeza. Cuando hubiera emergido, los «maderos» seguirían su curso a la deriva corriente abajo durante unos centenares de pasos hasta otro embarcadero, donde saldrían del agua.

—¿Y si todo sale mal? ¿O sea, realmente mal? —preguntó Uly. El frío de la noche le había enrojecido las mejillas. La hacía parecer más niña todavía.

—Entonces dile a Elene que lo siento. —Kylar se alisó la pechera de su túnica color crema. Le temblaban las manos.

—Kylar, tengo miedo.

—Uly —dijo él, mirándola a sus grandes ojos castaños—. Quería decirte... Bueno, que ojalá... —Apartó la vista—. Esto, ojalá no me llamaras por mi verdadero nombre cuando estamos trabajando. —Le dio una palmadita en la cabeza. Ella odiaba ese gesto—. ¿Qué aspecto tengo?

—Igualito que el barón Kirof... si me pongo así de bizca. —Eso era por la palmadita en la cabeza, Kylar lo sabía.

—¿Te he dicho alguna vez que eres una pesada? —le preguntó él.

Uly se limitó a sonreír.

En unas horas, los muelles serían un hervidero de estibadores y marineros preparando sus cargamentos para el amanecer. Por el momento, sin embargo, solo el rumor de las olas perturbaba la calma. El turno de aquella noche en la guardia privada del muelle estaba comprado, pero el mayor temor era que un grupo de soldados khalidoranos en busca de sangre fuese a dar allí por casualidad. Por suerte, parecía que esa noche la mayoría estaba en las Madrigueras.

—Hala, pues, nos vemos al otro lado —dijo Kylar con una sonrisa. Fue una frase poco afortunada. Los ojos de Uly se poblaron de lágrimas—. Venga —añadió Kylar con más dulzura—, no me pasará nada.

La niña partió y, cuando la perdió de vista y lo consideró seguro, la cara de Kylar empezó a reverberar. Su rostro joven y delgado engrosó y adquirió una papada, sobre la que brotó una barba pelirroja de corte khalidorano; se le torció la nariz y sus cejas se convirtieron en grandes y tupidas matas. Ahora sí que era el barón Kirof.

Sacó un espejito y se miró. Arrugó la frente. La nariz ilusoria se encogió un poco. Abrió la boca, sonrió, torció el gesto y guiñó un ojo para ver cómo se movía la cara. No era ninguna maravilla, pero tendría que dar el pego. Con ayuda de Uly podría haberle quedado más convincente, pero cuanto menos supiese la niña de sus pequeños talentos, mejor. Echó a andar muelle abajo.

—Dioses benditos —exclamó el duque Tenser de Vargun cuando Kylar se le acercó—. ¿Sois vos? —Al duque se le veía sudoroso y blancuzco aun a la luz de las antorchas que había al final del muelle.

—Duque de Vargun, recibí vuestro mensaje —dijo Kylar en voz alta, mientras estiraba la mano y agarraba la muñeca del duque. Bajó la voz—. No os pasará nada. Vos haced exactamente lo que hemos planeado.

—Gracias, barón Kirof —dijo el duque, con cierta afectación. Volvió a bajar la voz—. Conque tú eres el actor.

—Sí. Procuremos no jubilarme.

—Nunca he matado a nadie antes.

—Asegurémonos de que esta noche no sea vuestra primera vez —dijo Kylar.

Observó la daga enjoyada que el duque llevaba al cinto. Debía tratarse de una reliquia de la familia ducal de Vargun, y su inexplicable desaparición se sumaría a las pruebas de que el duque, en efecto, había asesinado al barón Kirof.

—Si hacéis esto, iréis a la cárcel, y la de aquí no es muy hospitalaria. Podemos dejarlo correr. —Kylar movió las manos mientras hablaba, tal y como hacía el barón Kirof cuando estaba nervioso.

—No, no. —Parecía que el duque estaba intentando convencerse a sí mismo—. ¿Habías hecho esto alguna vez?

—¿Tenderle una trampa a alguien haciéndome pasar por otro? Desde luego. ¿Fingir que me matan? No tanto.

—No te preocupes —dijo el duque—. Yo... —Tenser miró más allá de Kylar y la voz se le tensó de miedo—. Ya llegan.

El joven se apartó bruscamente del duque como si algo lo hubiese sorprendido.

—¿Eso era una amenaza? —ladró. Solo era una imitación mediocre de la voz del barón, pero la sangre encubría multitud de pecados interpretativos.

El duque lo agarró del brazo.

—¡Haréis lo que os he dicho!

—¿Y si no, qué? Esto llegará a oídos del rey dios. —Con eso tenían garantizada la atención de los guardias.

—¡No diréis nada!

Kylar se soltó el brazo.

—No sois lo bastante listo para apoderaros del trono, duque de Vargun. Sois un cobarde, y... —Bajó la voz—. Una puñalada. Llevo la vejiga con sangre justo encima del corazón. Yo me encargaré del resto. —Deformó la cara del barón en una mueca de desdén y dio media vuelta.

El duque asió a Kylar por el brazo y lo giró de nuevo hacia él. Con un movimiento brutal, Vargun clavó la daga, pero no en la vejiga de oveja llena de sangre, sino en el estómago de Kylar. Lo apuñaló una vez, dos veces, y luego otra y otra. Kylar trastabilló y bajó la vista. De su túnica de seda color crema goteaba sangre de un rojo negruzco. Tenser tenía las manos ensangrentadas y salpicaduras carmesíes moteaban el azul de su capa.

—¿Qué hacéis? —preguntó Kylar con un hilo de voz, sin apenas oír el pitido que sonó al otro lado del muelle. Se tambaleó y se sujetó al final de la barandilla para mantenerse en pie.

Tenser no le hizo el menor caso. Sudaba profusamente y el pelo negro le colgaba en mechones lacios. Todo vestigio del noble vacilante y torpe que había sido apenas un minuto antes había desaparecido. Cogió del pelo a Kylar. El joven tuvo suerte; si Tenser hubiera intentado agarrarlo unos centímetros más adelante, habría destruido la cara ilusoria que llevaba.

Mientras unos pasos pesados se acercaban por el muelle, el duque de Vargun dejó que el joven cayera de rodillas. Con la mirada borrosa de dolor, Kylar vio que el comandante Gher cargaba embarcadero abajo con la espada desenvainada y dos guardias a los talones. El duque de Vargun deslizó la daga a lo ancho del gaznate de Kylar, y brotó un chorro de sangre. Después, con la misma emoción que demuestra un leñador al dejar clavada su hacha en un tocón hasta la siguiente ocasión en que tenga que cortar leña, el duque hundió su daga en el hombro de Kylar.

—¡Quieto! ¡Parad ahora mismo o moriréis! —rugió el comandante Gher.

El duque de Vargun apoyó una bota de piel de becerro en el hombro de Kylar y sonrió. Con un empujón de la pierna, lo tiró del muelle al río.

El agua estaba tan fría que Kylar perdió la sensibilidad, aunque tal vez eso se debiera a la hemorragia. Había inhalado antes de hundirse en el agua, pero uno de los pulmones no quería cooperar. En unos instantes se le escapaban burbujas de aire de la boca y, lo más desconcertante, también de la garganta.

Después sintió un dolor agónico al inhalar el agua espesa y sucia del Plith. Se revolvió con debilidad, pero solo por un momento. Entonces llegó la calma. Su cuerpo dolorido no era más que un latido distante. Algo le dio un golpecito en el cuerpo y él intentó agarrarlo por instinto. Se suponía que debía agarrar algo. Tenía que recordar alguna cosa sobre una pértiga.

Sin embargo, no habría sabido decir si su mano se movió siquiera. El mundo no se volvió negro, no se fundió en la oscuridad. Todo devino blanco mientras la sangre que se vertía por su cuello dejaba de regar el cerebro. Algo le dio otro golpecito. Deseó que desapareciera. El agua estaba calentita, una nube perfecta y pacífica.

El duque Tenser de Vargun apartó la mirada del río hambriento y alzó las manos. Se volvió poco a poco y dijo:

—Voy desarmado. Me rindo. —Sonrió como si no pudiera evitarlo—. Y buenas noches tengáis, «comandante».

5

«¿Este rey dios piensa azotarme o follarme?»

Vi Sovari estaba sentada en la antesala al salón del trono del Castillo de Cenaria y aguzaba el oído para escuchar al rey dios mientras jugaba con el centinela que no podía quitarle ojo. Todo lo que averiguara sobre por qué la habían convocado podría salvarle la vida. Su maestro, Hu Patíbulo, acababa de conducir ante el trono al duque Tenser de Vargun, uno de los nobles khalidoranos que habían acudido para ayudar a anexar Cenaria al Imperio de Khalidor. Al parecer, el duque había asesinado a cierto noble local.

Debía suponer todo un problema para aquel rey que se daba ínfulas de dios. Tenser de Vargun era un vasallo leal, pero dejarlo sin castigo tendría graves consecuencias. Los nobles cenarianos que habían hincado la rodilla para servir a Garoth, consiguiendo así conservar por lo menos parte de sus tierras, podían encontrar sus redaños y rebelarse. Los nobles huidos tendrían nuevas pruebas de la brutalidad de Khalidor para soliviantar a más personas y atraerlas a su causa.

«Pero ¿qué hace aquí el maestro Patíbulo?» Cuando lo había visto pasar, Hu desprendía ese aire de listillo satisfecho que tan bien conocía Vi.

Cruzó las piernas para recuperar la atención del guardia. En términos de lucha, los que Hu Patíbulo le había enseñado, se trataba de una finta. Con el movimiento de las piernas atraía el interés del hombe; al volver la cabeza a un lado le daba confianza, y al inclinarse hacia delante le ofrecía buenas vistas. No se atrevía a aplicar su hechizo de seducción tan cerca del rey dios, pero no hacía falta. Un buen escote tenía su propia magia.

Llevaba un vestido azul cerúleo ajustado, tan fino que transparentaba ligeramente. Le había dejado claras sus intenciones al maestro Piccun, y el sastre había diseñado una vestime

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