Los trasgos experimentan el mundo según dicta el culto o quizá religión del Unggue. En pocas palabras, se trata de un credo de notable complejidad, basado en la resurrección y fundamentado en la santidad de las secreciones corporales. Su principio básico reza lo siguiente: es evidente que todo lo que un cuerpo trasgo expulsa ha formado parte de él y, por lo tanto, debe ser tratado con reverencia y debidamente almacenado para que, llegado el momento, pueda dársele sepultura junto con su dueño. Entretanto, el material se conserva en vasijas de unggue, asombrosas creaciones de las que hablaré más adelante.
Unos instantes de desagradable reflexión nos harán concluir que ninguna criatura podría conseguir semejante propósito, a menos que poseyera gran riqueza, abundante espacio de almacenamiento y vecinos comprensivos.
Por lo tanto, en la práctica, la mayoría de los trasgos observan el Unggue Tenido, que podría calificarse de variedad laxa y común del Unggue que solo comprende el cerumen, las uñas de manos y pies y los mocos. El agua, en términos generales, no se considera unggue, sino algo que atraviesa el cuerpo sin llegar a formar parte de él; su razonamiento se basa en que no existe diferencia aparente en el agua antes y después, por así decirlo (lo que arroja una triste luz sobre la frescura del agua en sus guaridas subterráneas). De modo parecido, las heces se consideran comida que ha experimentado un mero cambio de estado. Sorprende que los dientes no tengan el menor interés para los trasgos, que los ven como una clase de hongo, y que no parezcan adjudicar ninguna importancia al pelo, del que hay que decir que rara vez tienen mucho.
En ese punto, lord Vetinari, patricio de Ankh-Morpork, dejó de leer y fijó la vista en la nada. Al cabo de unos segundos, la nada fue eclipsada por la figura de Drumknott, su secretario (el cual, todo hay que decirlo, había dedicado su carrera a convertirse en algo más parecido a la nada que a nada).
—Parece pensativo, milord —dijo Drumknott, que anexó al comentario un signo de interrogación muy delicado que poco a poco se evaporó.
—Anegado en lágrimas, Drumknott, anegado en lágrimas.
Drumknott paró de sacar el polvo al escritorio negro laqueado, que presentaba un lustre impecable.
—El pastor Avena es un escritor muy persuasivo, ¿verdad, señor?
—Desde luego que lo es, Drumknott, pero el problema básico sigue en pie y es el siguiente: puede que la humanidad acepte al enano, al troll e incluso al orco, por terroríficos que todos hayan podido mostrarse en ocasiones, ¿y sabe a qué se debe, Drumknott?
El secretario dobló con cuidado el trapo que había estado empleando y miró hacia el techo.
—Me atrevería a sugerir, milord, que nos reconocemos en su violencia.
—¡Oh, bien dicho, Drumknott, todavía haré un cínico de usted! Los depredadores se respetan entre ellos, ¿no es así? Es posible que hasta respeten a la presa: el león puede acostarse con el becerro, aunque lo más probable es que solo el león vuelva a levantarse, pero el león nunca se acostará con la rata. ¡Alimañas, Drumknott, una especie entera reducida a la condición de alimañas!
Lord Vetinari movió la cabeza con pena, y el siempre atento Drumknott reparó en que los dedos de su señoría habían vuelto, por tercera vez ese día, a la página titulada «Vasijas de unggue», y en que parecía estar hablando consigo mismo, lo que era muy inusual…
—«La tradición manda que las fabrique el propio trasgo a partir de materiales que van desde minerales preciosos hasta cuero, madera o hueso. Entre las primeras se cuentan varios de los más bellos y finos recipientes jamás encontrados. El saqueo de asentamientos trasgos por parte de cazatesoros que andaban en su busca y las represalias de los propios trasgos han empañado las relaciones entre ellos y los humanos hasta el día de hoy.»
Lord Vetinari carraspeó y prosiguió:
—Sigo citando al pastor Avena, Drumknott: «Debo decir que los trasgos viven al límite, a menudo porque los han empujado hasta allí. Sobreviven donde nada más puede. Su saludo universal es, al parecer, “Cuelga”, que significa “Sobrevive”. Sé que les han adjudicado crímenes espantosos, pero el mundo en sí no ha sido nunca bueno con ellos. Quede dicho aquí que quienes viven allá donde la vida pende de menos de un hilo entienden la pavorosa álgebra de la necesidad, que no conoce la piedad, y cuando la necesidad acucia in extremis, bueno, entonces es cuando las mujeres tienen que hacer la vasija de unggue llamada “alma de lágrimas”, el más hermoso de todos los frascos, con tallas de florecillas y enjuagado con lágrimas».
Drumknott, con meticulosa sincronización, dejó una taza de café ante su señor en el preciso instante en que lord Vetinari terminaba la frase y alzaba la vista.
—«La pavorosa álgebra de la necesidad», Drumknott. Bueno, de eso sabemos algo, ¿no es así?
—Ciertamente, señor. Por cierto, señor, hemos recibido una misiva del Rey Diamante de los trolls agradeciéndonos nuestra firmeza en el asunto de las drogas. Enhorabuena, señor.
—Tuvo muy poco de concesión —observó Vetinari restándole importancia con un gesto de la mano—. Ya conoce mi postura, Drumknott. No pongo especiales objeciones a que la gente consuma sustancias que les hagan sentirse mejor, más satisfechos o, ya puestos, ver pequeñas hadas violetas bailarinas… o hasta a su dios, si hace falta llegar a eso. Es su cerebro, a fin de cuentas, y la sociedad no puede mandar en él, siempre que no estén operando maquinaria pesada en ese momento. Sin embargo, vender a los trolls unas drogas que hacen que sus cabezas estallen literalmente es puro asesinato, un delito de sangre. Me complace decir que el comandante Vimes coincide plenamente conmigo al respecto.
—Cierto, señor, y me permito recordarle que nos dejará dentro de muy poco. ¿Piensa darle el adiós, por así decirlo?
El patricio negó con la cabeza.
—No lo creo. El pobre debe de estar pasándolo fatal, y temo que mi presencia no haría sino empeorar las cosas.
Hubo un atisbo de compasión en la voz de Drumknott cuando respondió:
—No se culpe, milord. Al fin y al cabo, usted y el comandante están en manos de un poder superior.
Su excelencia el duque de Ankh, comandante sir Samuel Vimes de la Guardia de la Ciudad de Ankh-Morpork, metía un lápiz por el lateral de su bota con gestos frenéticos para atajar el picor. No funcionó. Nunca funcionaba. Todos sus calcetines le daban picor en los pies. Por centésima vez se planteó explicarle a su esposa que entre sus valiosísimas cualidades, que eran muchas, no figuraba la labor de punto. Pero habría preferido amputarse el pie a tener que hacerlo: le rompería el corazón.
Sin embargo, eran unos calcetines espantosos, tan gruesos, nudosos y abultados que tenía que comprarse botas que medían como un pie suyo y medio. Y lo hacía porque Samuel Vimes, que jamás había entrado en un lugar de culto con ánimo de adoración, adoraba a lady Sybil, y no pasaba un día sin asombrarse de que ella pareciese corresponderle. La había convertido en su esposa y ella lo había convertido en millonario; con ella detrás el triste, lúgubre, arruinado y cínico poli era un duque rico y poderoso. Había logrado conservar su cinismo, sin embargo, y ni un par de bueyes hasta arriba de esteroides habría podido arrancarle el poli que llevaba dentro. El veneno había calado tanto que le envolvía la columna vertebral. Y así, Sam Vimes aguantaba el picor y daba gracias por tantas bendiciones que perdía la cuenta.
Entre sus maldiciones figuraba el papeleo.
Siempre había papeleo. Ya se sabe que cualquier campaña para reducir el papeleo solo produce más papeleo.
Por supuesto, tenía subordinados que se encargaban del papeleo pero, tarde o temprano, como mínimo él tenía que firmarlo y, si no surgía alguna manera de escaquearse, hasta leerlo. No había escapatoria: en última instancia, en todo trabajo policial existía la clara posibilidad de que algún asunto trajera cola. Las iniciales de Sam Vimes hacían falta sobre el papel para informar al mundo de que era su cola y, por tanto, asunto suyo.
Pero en ese momento dejó de firmar para llamar por la puerta abierta a la sargento Culopequeño, que le estaba haciendo de ordenanza.
—¿Hay algo, Jovial? —preguntó esperanzado.
—No en el sentido que creo que lo pregunta, señor, pero me parece que le gustará saber que acaba de llegar de Quirm un clac del capitán en funciones Abadejo, señor. Dice que le va bien, señor, y que está disfrutando mucho del avec.*
Vimes suspiró.
—¿Algo más?
—Tranquilo como una balsa de aceite, señor —dijo la enana asomando la cabeza por la puerta del despacho—. Es por el calor, señor, hace demasiado bochorno para pelear y las manos están demasiado pegajosas para robar. ¿No es una maravilla, señor?
Vimes gruñó.
—Donde hay policías hay delito, sargento, recuérdalo.
—Sí, lo recuerdo, señor, aunque creo que suena mejor reordenando un poco las palabras.
—Supongo que no hay ninguna manera de que me libre, ¿no?
La sargento Culopequeño puso cara de preocupación.
—Lo lamento, señor, creo que no hay apelación posible. El capitán Zanahoria reclamará oficialmente su placa a mediodía.
Vimes dio un golpe a su escritorio y estalló.
—¡No merezco este trato después de una vida consagrada a esta ciudad!
—Comandante, si me permite decirlo, se merece mucho más.
Vimes se recostó en su asiento y gimió.
—¿Tú también, Jovial?
—De verdad que lo siento mucho, señor. Sé que esto es duro para usted.
—¡Que me obliguen a dejarlo después de todo este tiempo! Hasta supliqué, ¿sabes?, y no es algo que resulte fácil para un hombre como yo, te lo aseguro. ¡Supliqué!
Sonaron unos pasos en la escalera. Jovial observó mientras Vimes sacaba un sobre marrón del cajón de su escritorio, metía algo dentro, lo lamía con saña, lo sellaba con saliva y lo soltaba sobre la mesa, donde cayó con un ruido metálico.
—Hala —declaró, con un rechinar de dientes—. Mi placa, tal y como Vetinari ordenó. La entrego. ¡Que no se diga que me la quitaron!
El capitán Zanahoria entró en el despacho, agachando por un instante la cabeza al pasar por la puerta. Llevaba un paquete en la mano y varios policías sonrientes se apiñaban detrás de él.
—Lo siento, señor, lo ordena una autoridad superior y todo eso. Si le sirve de consuelo, creo que ha tenido suerte de que le caigan solo dos semanas. En un principio ella hablaba de un mes.
Entregó a Vimes el paquete y carraspeó.
—Los muchachos y yo hemos hecho una pequeña colecta, comandante —dijo con una sonrisilla forzada.
—Preferiría que me llamaran algo sensato, como agente en jefe —añadió Vimes mientras cogía el regalo—. Verás, yo creía que, si les dejaba ponerme suficientes títulos, con el tiempo me caería uno con el que pudiera vivir.
Abrió el envoltorio y sacó un cubo y una pala muy pequeños y coloridos, para diversión generalizada de los mirones furtivos.
—Sabemos que no va a la playa, señor —empezó Zanahoria—, pero…
—Ojalá fuera la playa —protestó Vimes—. ¡En la playa hay naufragios, en la condenada playa hay contrabandistas, ahogamientos y delincuencia! ¡Algo interesante!
—Lady Sybil dice que seguro que encuentra muchas cosas con las que entretenerse, señor —comentó Zanahoria.
Vimes gruñó.
—¡El campo! ¿Qué tiene de entretenido el campo? ¿Sabes por qué se llama campo, Zanahoria? ¡Porque no hay nada más que puñeteros árboles, joder, que se supone que han de emocionarnos, pero en realidad solo son hierbajos más rígidos! ¡Es aburrido! ¡Es como un domingo largo, nada más! ¡Y tendré que conocer a gente bien!
—Señor, lo disfrutará. Que yo sepa, nunca se ha tomado ni un día libre a menos que estuviese herido —dijo Zanahoria.
—Y aun entonces se preocupaba y refunfuñaba a todas horas —señaló una voz desde el umbral.
Pertenecía a lady Sybil Vimes, y el comandante se descubrió molesto por la deferencia que le mostraban sus hombres. Amaba a lady Sybil con locura, por supuesto, pero no podía evitar reparar en que, de un tiempo a esa parte, su sándwich de beicon, lechuga y tomate ya no era, como antaño, de beicon, tomate y lechuga, sino que se había convertido en un sándwich de lechuga, tomate y beicon. Era por motivos de salud, por supuesto. Se trataba de una conspiración. ¿Cómo es que nunca encontraban una verdura que fuera mala para la salud, eh? ¿Y qué tenía de malo la salsa de cebolla para la carne? Llevaba cebolla, ¿no? La cebolla daba pedos, ¿no? Eso era beneficioso para la salud, ¿no? Estaba seguro de haberlo leído en alguna parte.
Unas vacaciones de dos semanas con todas las comidas supervisadas por su esposa. No quería ni pensarlo, pero lo pensaba de todas formas. Y luego estaba el joven Sam, creciendo como una mala hierba e interesándose por todo. Unas vacaciones al aire libre le sentarían bien, según su madre. Vimes no le había llevado la contraria. No tenía sentido llevar la contraria a Sybil porque, aunque uno creyera que había ganado, resultaría, por arte de una magia inasequible a los maridos, que en realidad no sabía de la misa la media.
Por lo menos se le permitía salir de la ciudad con la armadura puesta. Formaba parte de él y estaba igual de machacada, con la salvedad de que, en el caso de la armadura, las abolladuras podían alisarse a martillazos.
Vimes, con su hijo sobre la rodilla, contempló la ciudad que se alejaba mientras el carruaje lo llevaba a toda velocidad hacia una quincena de bucólico letargo. Se sentía como un desterrado. Pero, siendo optimistas, seguro que en la ciudad habría algún asesinato espantoso o robo atroz que, al menos con el importantísimo fin de reforzar la moral, exigiría la presencia del jefe de la Guardia. La esperanza era lo último que se perdía.
Sam Vimes sabía desde la boda que su mujer tenía una residencia en el campo. Uno de los motivos por los que lo sabía era que ella se la había regalado. A decir verdad, le había traspasado todas las posesiones de su familia, que a aquellas alturas consistía solo en ella, fiel a la anticuada pero entrañable creencia de que el asunto de la tenencia era cosa del marido.* Había insistido.
A intervalos periódicos, según la temporada, llegaba un carro desde la casa de campo hasta su hogar en la avenida Pastelito, en Ankh-Morpork, cargado de frutas y verduras, quesos y carnes; todos los productos de una finca que no había visto nunca. No sentía ninguna ilusión ahora que iba a conocerla. Si algo sabía del campo era que chapoteaba al pisarlo. Había que reconocer que la mayoría de las calles de Ankh-Morpork chapoteaban al pisarlas pero, bueno, era el chapoteo correcto y el chapoteo en el que él había chapoteado desde que tenía edad para caminar e, inevitablemente, resbalar.
La casa tenía el nombre oficial de Crundells, aunque todo el mundo la llamaba Mansión Ramkin. Al parecer contenía kilómetro y medio de río truchero y, según creía recordar Vimes de las escrituras, un pub. Vimes entendía lo que era ser dueño de un pub, pero se preguntaba quién podía ser dueño de un río truchero porque, si tu trozo era ese de ahí, ya se había alejado gorgoteando corriente abajo mientras lo mirabas, ¿no? ¡Eso significaba que algún otro ya estaba pescando en tu agua, el muy cabrón! Y el trozo que tenías delante había pertenecido hacía poco al tipo de río arriba; ¡seguro que ese plutócrata gordo que tenías por vecino te consideraba una especie de pescador furtivo! ¡Otro cabrón! Y los peces nadaban por todas partes, ¿verdad? ¿Cómo saber cuáles eran los tuyos? A lo mejor los marcaban; eso a Vimes le sonaba muy campestre. Residir en el campo significaba estar siempre a la defensiva; nada que ver con la ciudad.
Lord Vetinari soltó una carcajada muy impropia de él. Le faltó muy poco para regodearse en la derrota de su oponente y posó ruidosamente su ejemplar del Ankh-Morpork Times, abierto por la página del crucigrama, en su escritorio.
—¡«Cuculiforme», ave de cola y pico largos, alas cortas y pies con dos dedos hacia delante y dos hacia atrás! ¡Me pitorreo de usted, señora mía!
Drumknott, que organizaba papeles con gran esmero, sonrió y dijo:
—¿Otro triunfo, milord?
La batalla de Vetinari con la principal compiladora de crucigramas del Ankh-Morpork Times era bien conocida.
—Estoy seguro de que empieza a flaquear —afirmó Vetinari mientras se recostaba en su silla—. ¿Qué es lo que tiene ahí, Drumknott? —Señaló un abultado sobre marrón.
—La placa del comandante Vimes, señor, tal y como me la entregó el capitán Zanahoria.
—¿Sellada?
—Sí, señor.
—Entonces la placa de Vimes no está dentro.
—No, señor. Un cuidadoso examen dactilar del sobre sugiere que contiene una lata vacía de rapé Doble Trueno, conclusión que confirma un somero olisqueo, milord.
Un Vetinari todavía eufórico observó:
—Pero el capitán ha tenido que darse cuenta, Drumknott.
—Sí, señor.
—Por supuesto, sería muy propio del comandante —dijo Vetinari—, y ¿quién querría cambiarlo? Ha ganado una pequeña batalla, y un hombre capaz de ganar pequeñas batallas está en posición de ganar las grandes.
Drumknott vaciló durante un inusual momento antes de responder:
—Sí, señor. A propósito de eso, lady Sybil fue quien sugirió el viaje al campo, ¿verdad?
Vetinari alzó una ceja.
—Pues claro, Drumknott. No puedo ni imaginarme quién sugeriría otra cosa. Nuestro bravo comandante es famoso por su dedicación al trabajo. ¿Quién sino su amante esposa podría convencerlo de que unas alegres semanitas de asueto en el campo serían una buena idea?
—Quién, en efecto, señor —respondió Drumknott, y lo dejó ahí porque no tenía sentido hacer otra cosa. Su señor parecía poseer fuentes de información de las que no disponía ni el propio Drumknott, por mucho que lo intentase, y solo los cielos sabían quiénes eran todos los que subían a hurtadillas la larga escalera en la oscuridad. Y así, la vida en el Despacho Oblongo era un mundo de secretos, consideraciones e infundios, donde la naturaleza de la verdad cambiaba como los colores del arco iris. Lo sabía porque él desempeñaba un papel nada insignificante en el espectro. Pero saber lo que lord Vetinari sabía y pensaba exactamente sería una imposibilidad psicológica, y un hombre sabio lo aceptaría y seguiría archivando sus documentos.
Vetinari se levantó y miró por la ventana.
—Esta es una ciudad de mendigos y ladrones, Drumknott, ¿cierto? Me enorgullezco de tener aquí a varios de los más hábiles. A decir verdad, si existiese algo parecido a una competición de robo entre ciudades, Ankh-Morpork se traería a casa el trofeo y, probablemente, todas las carteras. El robo tiene un fin, Drumknott, pero existe la intrínseca sensación de que, si bien hay cosas que por naturaleza le están vedadas al hombre corriente, también hay otras que no deben permitirse a los ricos y poderosos.
Alguien de fuera consideraría mágica la comprensión que Drumknott tenía de los procesos mentales de su señor, pero era asombroso lo que podía deducirse observando lo que lord Vetinari leía, prestando atención a comentarios en apariencia irrelevantes e integrando todo eso, como solo Drumknott podía integrarlo, en los problemas y asuntos de actualidad.
—¿Hablamos ahora del contrabando, señor? —preguntó.
—En efecto, en efecto. No tengo ningún problema con el contrabando. Precisa espíritu emprendedor, sigilo y originalidad, cualidades que deberían fomentarse en el hombre corriente. En realidad, no hace tanto daño y otorga al ciudadano de a pie un cierto hormigueo de diversión. Todo el mundo debería cometer pequeños y deliciosos delitos de vez en cuando, Drumknott. Es bueno para la higiene del cerebro.
Drumknott, cuya limpieza craneana nadie pondría en entredicho, dijo:
—Pese a todo, señor, hay que imponer y recaudar impuestos. La ciudad está creciendo. Todo esto hay que pagarlo.
—Cierto —convino Vetinari—. Podría haber gravado toda clase de cosas, pero he decidido gravar algo sin lo que se puede pasar perfectamente. No es muy adictivo, ¿verdad?
—Hay quien tiende a pensar que sí. Flota cierta cantidad de descontento, señor.
Vetinari no apartó la vista de su papeleo.
—Drumknott —dijo—, la vida es adictiva. Si la gente se queja demasiado, creo que tendré que refrescarle ese dato.
El patricio volvió a sonreír y formó un caballete con los dedos.
—En pocas palabras, Drumknott, cierta dosis de inofensivo bandidaje entre las clases inferiores debe contemplarse con simpatía, si no fomentarse de forma activa, por la salud de la ciudad, pero ¿qué hacemos cuando los nobles y los ricos se entregan a la delincuencia? En verdad, si un pobre se pasa un año en la cárcel por robar para poder comer, ¿cuán alto tendría que ser el cadalso para ahorcar al rico que infringe la ley por codicia?
—Me gustaría reiterar, señor, que compro todos mis clips —señaló Drumknott con urgencia.
—Por supuesto, pero en su caso me complace decir que tiene un cerebro tan impoluto que centellea.
—Guardo las facturas, señor —insistió Drumknott—, por si acaso desea verlas. —Se produjo un momento de silencio, y después continuó—: A estas alturas, el comandante Vimes ya debe de estar de camino a la Mansión, milord. Podría resultar una circunstancia afortunada.
La cara de Vetinari se mantuvo inexpresiva.
—Muy cierto, Drumknott, muy cierto.
Hasta la Mansión había un día de trayecto, lo que en términos de postas en realidad significaba dos, haciendo noche en una posada. Vimes pasó el tiempo esperando oír los cascos de un jinete procedente de la ciudad que los alcanzara con la muy deseable noticia de una terrible catástrofe. Por lo general, Ankh-Morpork era capaz de producirlas casi a ritmo horario pero, por extraño que pareciese, estaba fallando a su desesperado hijo en su momento de mayor aburrimiento.
El sol empezaba a ponerse cuando el carruaje de ese hijo en concreto se detuvo ante unos portones. Al cabo de unos segundos, un hombre anciano, un hombre extremadamente anciano, apareció de la nada, abrió dichos portones con gran ceremonia y luego se puso en posición de firmes mientras el vehículo entraba, ufano con la certidumbre de un trabajo bien hecho. Una vez dentro, el carruaje paró.
Sybil, que había estado leyendo, dio un leve codazo a su marido sin apartar la vista del libro y dijo:
—Es costumbre dar un penique al señor Ataúd. En los viejos tiempos, mi abuelo llevaba un braserito de carbón en el carruaje, ¿sabes?, en teoría para dar calor pero sobre todo para calentar peniques al rojo vivo que luego levantaba con unas tenazas y lanzaba para que los cogiera el portero. Se ve que todo el mundo se lo pasaba pipa, o eso decía mi abuelo, pero ya no lo hacemos.
Vimes buscó algo de suelto en su monedero, abrió la puerta del carruaje y bajó, para espanto del mencionado señor Ataúd, que retrocedió entre los tupidos matorrales observando a Vimes como un animal acorralado.
—Buen trabajo, señor Ataúd, mucho estilo al alzar el pestillo, un trabajo excelente. —Vimes enseñó la moneda y el señor Ataúd retrocedió más todavía, con una postura que sugería que en cualquier momento arrancaría a correr. Vimes lanzó la moneda y el asustadizo portero la atrapó, escupió en ella con destreza y desapareció de nuevo entre la vegetación. Vimes tuvo la impresión de que lo había molestado la ausencia de siseo.
—¿Cuánto hace que tu familia dejó de lanzar dinero caliente a los criados? —preguntó mientras se acomodaba en su asiento y el carruaje arrancaba de nuevo.
Sybil dejó a un lado su libro.
—Mi padre puso fin a esa tradición. Quejas de mi madre, quejas de los porteros…
—¡No me extraña!
—No, Sam, se quejaron cuando terminó con la costumbre.
—¡Pero si es humillante!
Sybil suspiró.
—Sí, lo sé, Sam, pero también era dinero gratis, compréndelo. En tiempos de mi bisabuelo, si la jornada era ajetreada podían sacar seis peniques al día. Y como el vejete vivía en una borrachera de ron y coñac casi permanente, muchas veces tiraba un dólar. Y me refiero a uno de los auténticos dólares de oro macizo de los de antes. Un hombre podía vivir bastante bien durante un año con uno de esos, sobre todo por aquí.
—Sí, pero… —empezó Vimes, pero su esposa lo acalló con una sonrisa. Tenía una sonrisa especial para esas ocasiones; era amable, amistosa y estaba labrada en piedra. Quien no dejase de hablar de política se estrellaba contra ella, sin causar daños salvo a sí mismo. Sabiamente, con una sabiduría bien aprendida, Sam Vimes se conformó con mirar por la ventanilla.
Ya muy lejos del portón siguió mirando, a la luz menguante, para avistar el caserón que al parecer ocupaba el centro de todo aquello, y no pudo encontrarlo hasta después de recorrer traqueteando una arboleda, dejar atrás lo que un desdichado poeta tendría que llamar «glaucos pastos», salpicados de lo que Vimes estaba casi seguro de que eran ovejas, atravesar un bosquecillo podado y llegar, por fin, a un puente que no habría desentonado en la ciudad.* El puente cruzaba lo que Vimes al principio tomó por un lago ornamental pero que resultó ser un río muy ancho; mientras lo cruzaban con digno y lento esplendor, vio un gran barco que navegaba por medios desconocidos pero que, a juzgar por el olor que dejaba a su paso, debían de tener algo que ver con el ganado. En ese momento, el joven Sam dijo:
—¡Esas chicas no llevan ropa! ¿Van a bañarse?
Vimes asintió con aire ausente porque el tema general de las señoritas desnudas no era algo que apeteciera comentar con un niño de seis años. Además, seguía teniendo la atención fija en el barco; hacía espumear toda el agua que lo rodeaba, y los marineros de la cubierta dedicaron lo que posiblemente era un gesto náutico a lady Sybil o, quién sabe, a una de las señoritas desnudas.
—¿De verdad esto es un río? —preguntó.
—Es el Resma —contestó lady Sybil—. Bebe de casi todo el País de la Hierba Octarina y desemboca en Quirm. De todas formas, si no recuerdo mal, la mayoría lo llama el «Viejo Traicionero». Tiene cambios de humor, pero de pequeña yo disfrutaba dando paseítos en barca. Eran la mar de divertidos.
El carruaje descendió hasta el otro extremo del puente y tomó por un largo camino que llevaba hasta, sí, la casa solariega, así llamada, pensó Vimes, porque era más o menos del tamaño del sol. Había una manada de ciervos en el jardín, y una gran manada de personas apiñadas en torno a lo que obviamente era la puerta principal. Estaban formando dos líneas, como si aquello fuera una boda. Se trataba, bien mirado, de una especie de guardia de honor, y la debían de formar más de trescientas personas, de jardineros a criados, todos intentando sonreír sin mucho éxito. A Vimes le recordó a un desfile de la Guardia.
Dos sirvientes chocaron mientras se afanaban por colocar una escalerita junto al carruaje, pero Vimes echó a perder por completo el momento saliendo por la otra puerta y ayudando a lady Sybil a bajar tras él.
En mitad de la aglomeración de personas nerviosas había un rostro conocido; pertenecía a Willikins, mayordomo y sirviente en general de Vimes, llegado de la ciudad. En eso, al menos, Vimes no había dado su brazo a torcer. Si tenía que ir al campo, Willikins estaría allí. Había señalado a su esposa que el mayordomo no era ni mucho menos un policía, y por tanto no era lo mismo que llevarse trabajo a casa. Y no había mentido. Willikins no era ni por asomo un policía, porque la mayoría de los policías no saben atizar a alguien con una botella rota sin hacerse daño en las manos ni fabricar armas de destrucción limitada pero específica con vulgares utensilios de cocina. Willikins tenía un pasado que quedaba de manifiesto siempre que trinchaba el pavo. En ese momento, el joven Sam, al ver su sonrisa cicatrizada pero familiar, atravesó corriendo la fila de dubitativos empleados para abrazarse a las rodillas del mayordomo. Willikins, por su parte, puso al chico boca abajo y le dio unas vueltas de campana antes de posarlo de nuevo en la gravilla con suavidad. El proceso entero era una diversión enorme para un niño de seis años. Vimes confiaba en Willikins, y él no confiaba en mucha gente. Demasiados años de policía lo volvían a uno bastante selectivo a ese respecto.
Se inclinó hacia su esposa.
—¿Y ahora qué hago? —susurró porque las hileras de preocupadas medias sonrisas lo estaban poniendo nervioso.
—Lo que quieras, cariño —dijo ella—. Tú eres el jefe. Pasas revista a la Guardia, ¿no?
—¡Sí, pero los conozco a todos, sé su rango y, bueno, todo! ¡En la ciudad nunca me he encontrado con esto!
—Sí, cariño, eso es porque en Ankh-Morpork todo el mundo conoce al comandante Vimes.
En fin, no podía ser tan difícil. Empezó a acercarse a un hombre con un maltrecho sombrero de paja, una pala y, a medida que Vimes se aproximaba, un estado de terror sumiso peor incluso que el del propio Sam Vimes. Le tendió la mano. El hombre la miró como si no hubiera visto una en su vida. Vimes logró decir:
—Hola, soy Sam Vimes. ¿Quién es usted?
El interpelado miró a su alrededor en busca de ayuda, apoyo, orientación o una ruta de huida, pero no encontró nada; el grupo guardaba un silencio mortal.
—William Mayordomo, excelencia, para servirle —respondió.
—Encantado de conocerle, William —dijo Vimes y volvió a tenderle la mano, de la que William estuvo a un tris de apartar el cuerpo antes de ofrecer a Vimes una palma con la textura de un guante de cuero viejo.
Bueno, pensó Vimes, esto no está tan mal, y se adentró en territorio desconocido con:
—¿Y a qué te dedicas por aquí, William?
—Soy jardinero —respondió el hombre con apuro, y alzó su pala entre él y Vimes, tanto a modo de protección como de prueba «A», demostración inequívoca de su buena fe. Dado que Vimes estaba igual de perdido, optó por tocar la pala con el dedo y murmurar:
—Buen estado de mantenimiento, ya veo. Bien hecho, señor Mayordomo.
Dio un respingo cuando notó un toque en el hombro y su esposa dijo:
—Bien hecho tú también, cariño, pero en realidad bastaba con que subieras la escalera y felicitaras al mayordomo y al ama de llaves por reunir al personal. Nos tiraremos aquí el día entero si quieres charlar con todo el mundo.
Y con esas, lady Sybil asió a su marido de la mano con firmeza y lo condujo escalones arriba entre las filas de miradas absortas.
—Vale —susurró él—, ya veo a los criados, las cocineras y los jardineros, pero ¿quiénes son los tipos con chaqueta gruesa y bombín? ¿Han venido los alguaciles por algo?
—Eso es razonablemente improbable, cariño. En realidad, son varios de los guardabosques.
—El sombrero no les pega.
—¿Tú crees? A decir verdad los diseñó lord Bombín para proteger a sus guardabosques de los feroces ataques de cazadores furtivos. Dicen que son mucho más resistentes de lo que parecen, y mucho mejores que los cascos de acero porque no te dejan sordo con cada golpe.
Claramente incapaces de disimular el disgusto de que su nuevo señor hubiese preferido dar la mano a un jardinero antes de dirigirse a ninguno de los dos, el mayordomo y el ama de llaves, que compartían la circunferencia y tonalidad rosa que Vimes había llegado a esperar en tales ocasiones, eran conscientes de que su señor no había acudido a ellos y se le estaban acercando, reparó Vimes, con toda la velocidad que les permitían sus piernecillas.
Vimes sabía cuatro cosas de la vida escaleras abajo, desde luego que sí. No hacía tanto, cuando se llamaba a un policía a una gran casa lo mandaban a la puerta de atrás, donde recibía instrucciones de llevarse a rastras a una doncella llorosa o un limpiabotas no muy listo acusados sin pruebas de robar un anillo o un cepillo con el mango de plata que la señora de la casa probablemente encontraría más tarde, quizá cuando ya no quedase ginebra. En teoría los policías no estaban para eso, aunque en la práctica, por supuesto, era exactamente para lo que estaban. Era una cuestión de privilegio, y un joven Vimes apenas había desgastado su primer par de botas de la Guardia cuando su sargento le explicó lo que significaba la palabra. Significaba ley privada. En aquellos tiempos, un hombre influyente podía salir bien parado de tropelías bastante graves siempre que tuviera el acento correcto, el emblema adecuado en la corbata o los amigotes precisos, y un joven policía que pusiera pegas podía salir parado a secas, y sin carta de recomendación.
Las cosas habían cambiado, y mucho.
Pero en aquellos tiempos el joven Vimes había considerado a los mayordomos unos traidores dobles a ambos bandos, y por tanto el hombre corpulento del frac negro recibió una mirada furibunda que lo atravesó. El hecho de que dedicara a Vimes una ligera inclinación de cabeza no mejoró la situación. En el mundo de Vimes, la gente hacía el saludo marcial.
—Soy Plata, el mayordomo, excelencia —anunció el hombre con cuidadosa entonación de reproche.
Vimes le agarró la mano de inmediato y la sacudió con efusividad.
—¡Encantado de conocerle, señor Plata!
El mayordomo se estremeció.
—Es Plata, excelencia, no señor.
—Lo siento, señor Plata. ¿Cuál es su nombre de pila, entonces?
La cara del mayordomo era todo un entretenimiento.
—¡Plata, señor! ¡Siempre Plata!
—Bueno, señor Plata —dijo Vimes—, para mí es una cuestión de fe que, una vez superados los pantalones, todos los hombres son iguales.
El mayordomo respondió con absoluta inexpresividad:
—Puede ser, señor, pero yo soy y siempre seré, comandante, Plata. Buenas tardes, excelencia. —Se volvió—. Y buenas tardes, lady Sybil. Deben de haber pasado siete u ocho años desde que alguien de la familia vino a pasar unos días. ¿Podemos esperar más visitas? Y permítame presentarle a mi mujer, la señora Plata, el ama de llaves, a la que creo que no conocía.
Vimes no pudo evitar que su cerebro tradujera el discursito como: «Me irrita que me hayáis pasado por alto para estrechar la mano del jardinero…». Lo cual, para ser justos, no había sido intencionado. Vimes le había dado la mano al jardinero abrumado por el más puro terror. La traducción proseguía: «Y ahora me preocupa que en el futuro cercano no podamos seguir dándonos la buena vida».
—Espera un momento —dijo Vimes—, mi esposa también es una excelencia, ¿sabes?, y eso es un poco más que una lady. Syb… su excelencia me hizo mirar la clasificación.
Lady Sybil conocía a su marido igual que quienes viven junto a un volcán conocen los cambios de humor de su vecino. Lo importante es evitar el estallido.
—Sam, los sirvientes de nuestras dos casas me han llamado lady Sybil desde que era pequeña, y por tanto lo considero mi nombre, por lo menos entre aquellos a los que he llegado a ver como mis amigos. ¡Ya lo sabes! Eso, añadió para sus adentros, y que todos tenemos nuestras pequeñas manías, Sam, hasta tú.
Y con esa advertencia aromatizada flotando en el aire, lady Sybil estrechó la mano del ama de llaves y luego se volvió hacia su hijo.
—Es tu hora de acostarte, Sam, nada más cenar. Y no quiero discusiones.
Vimes miró a su alrededor mientras la pequeña comitiva entraba en el vestíbulo, que era, a todos los efectos prácticos, una armería. Siempre sería una armería a ojos de cualquier policía, aunque para los Ramkin, que habían colocado las espadas, alabardas, sables, mazas, picas y escudos en todas las paredes, sin duda la colección no era más que una muestra de mobiliario histórico. En pleno centro de la sala se encontraba el enorme escudo de armas de los Ramkin. Vimes ya sabía lo que rezaba la divisa: «Lo que tenemos lo conservamos». Podía considerarse… una pista.
Al cabo de poco, lady Sybil andaba ocupada en la enorme lavandería con Pureza, la doncella, a la que Vimes había insistido en que contratase tras el nacimiento del pequeño Sam y que, según creían los dos, se entendía con Willikins, aunque aún especulaban acerca de qué entendían exactamente. Las dos mujeres estaban enfrascadas en el femenino pasatiempo de sacar ropa de unas cosas y meterla en otras cosas. La actividad podía alargarse, e incluía la ceremonia de sostener algunas cosas a contraluz y soltar un leve suspiro apenado.
Dado que no había nada más que hacer, Vimes volvió a la espléndida escalinata de la entrada, donde se encendió un puro. Sybil era inflexible en lo relativo a fumar en la casa. Una voz a su espalda dijo:
—No tiene por qué salir, señor. La Mansión dispone de un salón para fumadores bastante bueno, con extractor de aire a mecanismo, que es el último grito; créame, no se ven a menudo.
Vimes dejó que Willikins lo guiase.
Era en verdad un salón para fumadores bastante bueno, pensó Vimes, aunque reconocía que su experiencia directa con ellos era limitada. La habitación incluía una gran mesa de billar y, debajo, una bodega con más bebida de la que cualquier alcohólico reformado debería ver jamás.
—Les habíamos avisado de que no bebo, ¿verdad, Willikins?
—Oh, sí, señor. Plata dijo que, en general, la Mansión encuentra apropiado, si mal no recuerdo sus palabras, mantener la bodega llena por si hay visitas.
—Bueno, a mí me parece que sería una pena dejar pasar la oportunidad, Willikins, así que sírvete una copa, anda.
Willikins retrocedió de manera perceptible.
—Oh, no, señor, no se me pasaría por la cabeza, señor.
—¿Por qué no, hombre?
—Porque no se hace y ya está, señor. Sería el hazmerreír de la Liga de Caballeros de los Caballeros si hiciera algo tan impertinente como beber con mi patrón. Uno debe saber siempre cuál es su sitio, señor.
Eso ofendió a Vimes hasta su inestablemente igualitaria médula.*
—Yo sé cuál es tu sitio, Willikins, y viene a ser el mismo que el mío, a la hora de la verdad y a la de curarse las heridas.
—Mire, señor —dijo Willikins casi suplicando—, aunque sea de vez en cuando, tenemos que acatar algunas normas. De modo que no beberé con usted en esta ocasión, dado que no es la Vigilia de los Puercos ni el nacimiento de su heredero, circunstancias contempladas en las normas, sino que seguiré la alternativa aceptada, consistente en esperar a que se haya acostado para beberme media botella.
Bueno, pensó Vimes, todos tenemos nuestras cosas, aunque algunas de las de Willikins no le harían ninguna gracia a quien se lo encontrase enfadado en un callejón a oscuras; de todas formas, se animó al ver que Willikins rebuscaba en un bien surtido mueble bar y metía con pulcritud varios productos en una coctelera de cristal.*
No debería ser posible reproducir el efecto del alcohol en una bebida que no lo incluyese, pero entre las habilidades que Willikins había ido aprendiendo, o tal vez robando, se contaba la capacidad de combinar diversos ingredientes caseros normales y corrientes en una bebida cien por cien «sin» que, aun así, poseía casi todo lo que se pide al alcohol. Se notaba la presencia de tabasco, pepino, jengibre y guindilla, pero más allá de eso era mejor no hacer demasiadas preguntas.
Con una gloriosa bebida en la mano, Vimes se recostó y dijo:
—¿Todo bien con el personal, Willikins?
Willikins bajó la voz.
—Bueno, sisan un poco, señor, pero no más de lo habitual según mi experiencia. Todo el mundo se lleva cosillas a casa; lo ven como una propina, igual que pasa en todas partes.
Vimes sonrió ante la cara impasible, casi teatral, de Willikins y proclamó bien alto para el espía oculto:
—Entonces el tal Plata es un hombre aplicado, ¿no? Me alegro mucho de oírlo.
—A mí me da la impresión de que es muy constante, señor —dijo Willikins mientras miraba hacia arriba y señalaba una rejilla en la pared: la entrada del célebre extractor, que sin duda necesitaba a un hombre entre bastidores para dar cuerda al mecanismo, ¿y dejaría pasar cualquier mayordomo digno de su abultada barriga la ocasión de saber lo que pensaba su nuevo señor? Ni de coña.
Conque propina, ¿eh? Pues claro que allí la gente se llevaría cosas de vez en cuando. No hacían falta pruebas. Era la naturaleza humana. Le había sugerido muchas veces a Sybil —aunque no se habría atrevido a insistir— que cerrasen la finca y la vendieran a alguien que de verdad quisiese vivir en lo que, según tenía entendido, era una mole gélida y chirriante que podría haber albergado a un regimiento. Ella no quería ni oír hablar del tema. Tenía buenos recuerdos de su infancia en la casa, decía, de encaramarse a los árboles, nadar y pescar en el río, coger flores, ayudar a los jardineros y demás alegres empeños rurales que, a ojos de Vimes, resultaban tan remotos como la luna, dado que sus ocupaciones adolescentes habían tenido mucho más que ver con mantenerse vivo y punto. En el río Ankh se podía pescar, siempre que uno fuera con cuidado de no pillar nada. En realidad, era asombroso lo que podía pillarse con tan solo dejar que una gota del Ankh superase tus labios. Y en cuanto a la horticultura, en fin, los críos de Ankh-Morpork a veces hurtaban y a veces cultivaban, sobre todo parásitos.
Había sido un día muy largo y el sueño de la noche anterior en la posada no había sido reparador ni apacible, pero antes de meterse en la enorme cama Vimes abrió una ventana y contempló la noche. El viento murmuraba entre los árboles; Vimes desaprobaba los árboles en general, pero a Sybil le gustaban y no había más que hablar. Cosas que prefería no conocer susurraban, aullaban, parloteaban y enloquecían sin motivo en la oscuridad del exterior. No sabía lo que eran y esperaba no descubrirlo nunca. ¿Cómo iba a dormir un hombre con ese jaleo?
Se metió en la cama con su esposa, a la que encontró después de buscar un rato, y se puso cómodo. Sybil le había encomendado que dejase la ventana abierta para que entrase aquel aire fresco supuestamente glorioso, y Vimes permaneció allí tumbado, deprimido, aguzando el oído para captar los tranquilizadores ruidos de un borracho que volvía a casa o discutía con el dueño del palanquín por el vómito de los cojines, además de la ocasional pelea callejera, altercado doméstico o hasta un grito estridente, todo ello al compás del tañido de los relojes de la ciudad, famosos porque no había dos que coincidieran nunca; y los sonidos más sutiles, como el traqueteo de los carretones de miel cuando los recolectores contratados por Harry Rey evacuaban las evacuaciones de la ciudad. Y lo mejor de todo era el grito del guardia al final de la calle: «¡Las doce en punto y sereno!». No hacía tanto que a cualquier hombre que intentara semejante cosa le habrían robado la campana, el casco y muy probablemente las botas antes de que se apagaran los ecos. ¡Pero ya no! ¡No, señor! Esa era la Guardia moderna, la Guardia de Vimes, y cualquiera que se enfrentase al guardia en su ronda con alevosía y premeditación oiría el silbato y muy pronto descubriría que si alguien iba a llevarse dos patadas bien dadas no sería un guardia. Los policías de servicio siempre iban con cuidado de gritar la hora con teatral claridad y asombrosa precisión delante del número uno de la avenida Pastelito, para que el comandante lo oyera. En ese momento, Vimes metió la cabeza bajo una almohada enorme e intentó no oír la tremenda e inquietante falta de ruido, cuya ausencia podía despertar a un hombre acostumbrado a desoír un sonido puntual todas las noches durante años.
Pero a las cinco de la mañana, la Madre Naturaleza pulsó un botón y el mundo se volvió loco: todo bendito pájaro, animal y, a juzgar por el sonido, caimán luchó contra todos los demás para hacerse oír. La cacofonía tardó un poco en llegar hasta Vimes. La gigantesca cama por lo menos tenía una reserva casi inagotable de almohadas. Vimes era un gran aficionado a las almohadas si dormía lejos de su propia cama. Que no le vinieran a él con una o incluso dos míseras y tristes bolsitas de plumas echadas sobre la cama como si fueran una ocurrencia de última hora; ¡no! Le gustaban las almohadas para hacerse una madriguera, una especie de fuerte blando, en el que dejaba un agujero para que entrase oxígeno.
La horrible escandalera ya iba amainando cuando afloró a la superficie de lino. Ah, sí, recordó, era otra putada que tenía el campo. El condenado empezaba demasiado temprano. El comandante era, por costumbre, necesidad e inclinación, un hombre noctámbulo, a veces incluso un hombre trasnoctámbulo; el concepto de que un día tuviera dos sietes en punto le era ajeno. Por otro lado, olía a beicon, y al cabo de un momento dos señoritas nerviosas entraron en la habitación llevando bandejas sobre unos complicados trastos metálicos que, desplegados, volvían casi pero no del todo imposible incorporarse y comerse el desayuno que contenían.
Vimes parpadeó. ¡Eso ya era otra cosa! Por lo general, Sybil se tomaba como un deber conyugal asegurarse de que su marido viviera eternamente, y estaba convencida de que podía lograr ese feliz propósito con una purgante dieta de frutos secos, cereales y yogur, que en opinión de Vimes era una clase de queso que no se esforzaba lo suficiente. Después estaba la triste adulteración de su almuerzo de beicon, lechuga y tomate. Era asombroso pero cierto que, en esa cuestión, los guardias estaban dispuestos a obedecer a rajatabla a la mujer del jefe y, si el jefe gritaba y daba pisotones al suelo, actitud perfectamente excusable por no decir comprensible en alguien a quien se niega su cacho de cerdo chamuscado de media mañana, lo remitían a las instrucciones que les había dado su esposa, con la certeza de que toda amenaza de despido era vacua y, en caso de cumplirse, sería revocada de inmediato.
En ese momento Sybil apareció entre las almohadas y dijo:
—Estás de vacaciones, cariño.
Lo que podía comerse en vacaciones también incluía dos huevos fritos, exactamente como le gustaban, y una salchicha… pero, por desgracia, no la rebanada de pan frito, que al parecer seguía siendo un pecado incluso en vacaciones. El café, sin embargo, era espeso, negro y dulce.
—Has dormido muy bien —dijo Sybil mientras Vimes contemplaba la inesperada abundancia.
—No es verdad, cariño, no he pegado ojo, te lo aseguro —replicó.
—Sam, te has pasado toda la noche roncando. ¡Te he oído!
Los rudimentos de pericia conyugal de Vimes le impidieron hacer más comentarios que:
—¿En serio? ¿He roncado, cariño? Vaya, lo siento.
Sybil hojeó una pequeña pila de sobres color pastel que habían llegado en su bandeja del desayuno.
—Bueno, ya ha corrido la noticia —dijo—. La duquesa de Florilegio nos ha invitado a un baile, sir Henry y lady Mustio nos han invitado a un baile y lord y lady Cuelgadedo nos han invitado a, ¡sí, un baile!
—¿Sí? —comentó Vimes—. Pues que vengan a ver cómo me…
—¡No te atrevas, Sam! —le advirtió su esposa.
Vimes terminó con un nada convincente:
—… leo sus invitaciones. Ya sabes que yo no bailo, cariño, solo muevo los pies y te piso.
—Bueno, la verdad es que son sobre todo para los jóvenes. Viene gente de los balnearios de Senda-del-Perdedor, carretera abajo. En realidad, lo importante es casar a las hijas con caballeros adecuados, y eso significa bailes, bailes casi continuos.
—Puedo defenderme con un vals —se excusó Vimes—, es solo cuestión de contar, pero sabes que no soporto todos esos de dar saltitos, como las sardinillas o el danfango.
—No te preocupes, Sam. La mayoría de los hombres mayores encuentran un sitio para sentarse y fuman o aspiran rapé. Las madres son las que se ocupan de encontrar a los solteros prometedores para sus hijas. Solo espero que mi amiga Ariadne encuentre buenos maridos para las suyas. Tuvo sextillizas, algo muy raro, ya sabes. Por supuesto, la joven Mavis es muy devota, y nunca falta un joven eclesiástico en busca de esposa y, sobre todo, de una dote. Y Emily es pequeñita, rubia, una cocinera excelente pero algo avergonzada de su enorme busto.
Vimes contempló el techo.
—Sospecho que no solo encontrará marido —vaticinó—, sino que un marido la encontrará a ella. Llámalo intuición masculina.
—Y luego está Fleur —prosiguió lady Sybil, sin morder el anzuelo—. Hace unos sombreritos la mar de majos, me cuentan. Y, esto, Amanda, creo. Al parecer le interesan mucho las ranas, aunque me temo que quizá no entendí bien a su madre. —Recapacitó durante un momento y añadió—: Ah, sí, y luego está Jane. Una chica bastante rara, según su madre, que por lo visto no sabe qué hacer con ella.
El desinterés de Vimes por los hijos ajenos era ilimitado, pero sabía contar.
—¿Y la última?
—Ah, Hermione; quizá tenga mal arreglo, porque ha escandalizado a la familia, por lo menos en opinión de ellos.
—¿Cómo?
—Es leñadora.
Vimes reflexionó durante un instante y añadió:
—Bueno, cariño, todo el mundo sabe que a un hombre de gran dotación le interesará una esposa capaz de levantar un buen….
Lady Sybil lo interrumpió bruscamente.
—Sam Vimes, ¿tenías intención de hacer un comentario indecoroso?
—Creo que te me has adelantado —dijo Vimes, con una sonrisa—. Suele pasarte, cariño, reconócelo.
—Puede que tengas razón, cariño —asintió ella—, pero es solo para impedir que tú los hagas en alto. Al fin y al cabo, eres el duque de Ankh, considerado por muchos la mano derecha de lord Vetinari, y eso significa que cierto decoro sería recomendable, ¿no te parece?
A un soltero le habría parecido un consejo amable; para un marido experimentado se trataba de una orden, más poderosa si cabe por su delicada formulación.
Así que, cuando sir Samuel Vimes, el comandante Vimes y su excelencia el duque de Ankh* salieron después del desayuno, hicieron gala de su mejor comportamiento. Resultó que no todo el mundo hizo lo mismo.
Una doncella que barría el pasillo que llevaba al dormitorio echó un vistazo frenético a Vimes, que caminaba hacia ella, y se volvió de espaldas para quedarse mirando fijamente a la pared. Parecía temblar de miedo, y Vimes había aprendido que en esas circunstancias lo último que debe hacer un hombre es preguntar, y mucho menos ofrecerse a echar una mano. El resultado podían ser gritos. Probablemente solo es que es tímida, se dijo.
Sin embargo, la timidez parecía contagiosa: al recorrer el edificio se cruzó con doncellas que llevaban bandejas, quitaban el polvo o barrían y, siempre que se acercaba a una, ella le daba la espalda enseguida y se quedaba mirando la pared como si le fuera la vida en ello.
Para cuando llegó a la larga galería jalonada por los antepasados de su esposa ya se había hartado y, cuando una joven cargada con una bandeja de té giró sobre sus talones como la bailarina que remataba una caja de música, le dijo:
—Perdone, señorita, ¿tan feo soy?
Bueno, sin duda era mejor que preguntarle por qué era tan maleducada, ¿verdad? De modo que ¿por qué, en nombre de tres dioses cualesquiera, la chica arrancó a correr pasillo abajo haciendo temblar la loza? Entre los diversos Vimes fue el comandante el que tomó las riendas; el duque impondría demasiado y el delegado de pizarra no serviría de gran cosa.
—¡Alto ahí! ¡Suelte la bandeja y dese la vuelta poco a poco!
La doncella derrapó, se deslizó de verdad y, mientras se volvía con perfecta gracilidad sin soltar la bandeja, fue frenándose lentamente hasta detenerse temblando por los nervios mientras Vimes la alcanzaba y le preguntaba:
—¿Cómo se llama, señorita?
La chica respondió sin mirarle a la cara.
—Hodges, excelencia, lo siento mucho, excelencia.
La vajilla aún traqueteaba.
—Mire —dijo Vimes—, ¡no puedo ni pensar con todo ese ruido! Deje la bandeja con cuidado y ya está, haga el favor. No le pasará nada malo, pero me gustaría ver con quién hablo, muchas gracias. —La cara se volvió de mala gana hacia él—. Eso es. Señorita, hum, Hodges, ¿qué es lo que pasa? No me diga que tienen que huir de mí.
—Por favor, señor. —Y dicho eso, la chica se dirigió hacia la puerta de fieltro verde más cercana y desapareció por ella.
Fue entonces cuando Vimes reparó en que había otra doncella a muy poca distancia por detrás de él, prácticamente camuflada por su uniforme oscuro, vuelta de cara a la pared y, en efecto, temblando. Sin duda había presenciado todo lo sucedido, de manera que se volvió con cuidado hacia ella y declaró:
—No quiero que hable. Basta con que indique que sí o que no con la cabeza cuando le haga una pregunta. ¿Lo entiende? —Hubo un asentimiento apenas perceptible—. ¡Bien, vamos avanzando! ¿Se meterá en un lío si me dice algo?
Otro asentimiento microscópico.
—¿Y es probable que se meta en problemas porque he hablado con usted?
La doncella, con bastante inventiva, se encogió de hombros.
—¿Y la otra chica?
Todavía de espaldas a él, la doncella extendió la mano izquierda con un enfático pulgar hacia abajo.
—Gracias —dijo Vimes a su invisible informadora—. Me ha sido de mucha ayuda.
Regresó a la planta de arriba con paso meditabundo, a través de una avenida de espaldas vueltas, y de camino tuvo la suerte de encontrarse a Willikins en la lavandería. Su asistente no le dio la espalda a Vimes, lo que fue un alivio.*
Estaba doblando camisas con el esmero y la atención que en otras circunstancias podría haber aplicado al limpio cercenamiento de la oreja de un rival derrotado. Cuando se le subían un poco los puños de la impecable chaqueta, asomaba una pequeña parte de los tatuajes de sus brazos, pero por suerte no la suficiente para poder leerlos.
—Willikins —dijo Vimes—, ¿de qué va el asunto de las doncellas giratorias?
Willikins sonrió.
—Una vieja costumbre, señor. Tiene su razón de ser, por supuesto… Suele haberla, por gilipollas que pueda sonar. Sin ánimo de ofender, comandante, pero conociéndolo sugeriría que dejase dar vueltas a las doncellas giratorias hasta que le haya pillado el truco al lugar, por así decirlo. Además, la señora y el joven Sam están en el cuarto de los niños.
Al cabo de unos minutos, Vimes, tras cierta cantidad de ensayo y error, entró en lo que era, a su mohosa manera, el paraíso.
Vimes nunca había sido muy rico en parientes. Pocas personas arden en deseos de publicitar que su antepasado lejano fue un regicida. Todo eso, por supuesto, pertenecía al pasado, y al nuevo duque de Ankh le asombraba que los
