Mort (Mundodisco 4)

Terry Pratchett

Fragmento

Esta es la habitación iluminada por la luz brillante de las velas donde se almacenan los biómetros, estantes y más estantes llenos de ellos: rechonchos relojes de arena, uno por cada persona viva, en los que la fina arena va descendiendo del futuro al pasado. El siseo acumulado de los granos que van cayendo llena la habitación con un rugido parecido al del mar.

He aquí al propietario de la habitación; se pasea majestuoso por ella con cara de preocupación. Es la Muerte.

Pero no es una Muerte cualquiera. Esta es la Muerte cuya esfera de actividad se encuentra... bueno, en realidad no es una esfera, sino el Mundodisco, que es plano y viaja a lomos de cuatro elefantes gigantescos que, a su vez, van montados sobre el caparazón, rodeado por una cascada que fluye incesantemente hacia el espacio, de Gran A’Tuin, la enorme tortuga estelar.

Los científicos han calculado que hay una posibilidad entre millones de que algo tan manifiestamente absurdo exista de verdad.

Pero los magos han calculado que esa posibilidad entre millones se da en nueve de cada diez ocasiones.

La Muerte atraviesa con sus pies huesudos el suelo de baldosas blancas y negras, mientras masculla en el interior  de la capucha y con sus dedos esqueléticos cuenta las filas de atareados relojes de arena.

Finalmente encuentra uno que parece satisfacerle, lo saca con cuidado de su estante y lo acerca a la vela más próxima. Lo sostiene de manera que refleje la luz, y se queda mirando fijamente el puntito brillante en él reflejado.

La fija mirada de esas titilantes órbitas oculares abarca la tortuga mundo, que rema por las profundidades del espacio, con su caparazón plagado de las heridas dejadas por los cometas y los cráteres producidos por los meteoros. La Muerte sabe que algún día hasta Gran A’Tuin morirá, y ese sí será todo un reto.

Pero su mirada se desplaza para zambullirse en la verdeazulada magnificencia del Disco mismo, que gira despacio bajo la órbita de su pequeño sol.

Y describiendo una curva se aleja hacia la gran cordillera llamada Montañas del Carnero. Las Montañas del Carnero están plagadas de valles profundos, de inesperados despeñaderos y de formas geográficas tan variadas que nadie sabe qué hacer con ellas. Tienen un clima propio y peculiar, con abundantes lluvias de metralla y perpetuas tormentas de truenos. Hay gente que dice que todo esto es debido a que las Montañas del Carnero dan cobijo a una magia antigua y salvaje. Pero claro, la gente dice muchas tonterías.

La Muerte pestañea e intenta ver mucho más lejos. Y ve los campos cubiertos de hierba de los declives entre las montañas.

Y ve una ladera en particular.

Y ve un campo.

Y ve a un muchacho que corre.

Y lo observa.

Y con una voz que suena como planchas de plomo al caer sobre granito, dice: Sí.



No cabía duda alguna de que había algo mágico en el suelo de aquella accidentada zona de colinas que, debido al extraño color que daba a la flora local, era conocida como el país de la hierba octarina. Por ejemplo, era uno de los pocos lugares del Disco donde las plantas producían variedades reanuales.

Reciben el nombre de reanuales aquellas plantas que crecen hacia atrás en el tiempo. Se siembran este año y crecen el año pasado.

La familia de Mort estaba especializada en la destilación de vino de uvas reanuales. Se trataba de una fruta muy poderosa y buscada por los adivinos puesto que, como es obvio, les permitía ver el futuro. El único inconveniente era que la resaca se producía la mañana antes, y había que beber mucho para reponerse.

Los cultivadores de reanuales eran, por lo general, hombres corpulentos y serios, muy dados a la introspección y al análisis exhaustivo del calendario. Un agricultor que se olvida de sembrar semillas normales solo pierde la cosecha, mientras que quien se olvida de sembrar las semillas de una cosecha que ya ha sido recogida doce meses antes, se arriesga a poner en peligro toda la estructura de la causalidad, por no mencionar que es una vergüenza enorme para él.

Para la familia de Mort resultaba una vergüenza realmente tremenda el hecho de que el menor de los hijos no fuera nada serio y que tuviera para la horticultura el mismo talento que se encontraría en una estrella de mar muerta. No se trataba de que no fuese colaborador, pero su forma alegre y dispersa de colaborar era de esas que los hombres serios no tardan en temer. Había en ella algo malsano, quizá incluso fatal. Era un muchacho alto, pelirrojo y pecoso, con uno de esos cuerpos que dan la impresión de estar solo marginalmente bajo el control de su dueño; un cuerpo que parecía compuesto en su mayoría de rodillas.

Ese día en particular, su cuerpo cruzaba como un rayo los altos campos, agitando las manos y gritando.



El padre y el tío de Mort lo observaban, desconsolados, desde el muro de piedra.

—No entiendo por qué —dijo Lezek, el padre— los pájaros ni siquiera salen volando a su paso. Yo saldría volando si lo viera venir hacia mí.

—Aaah. El cuerpo humano es algo maravilloso. No sé, lo digo porque sus piernas se desvían en todas las direcciones, y aun así parece conseguir una cierta velocidad.

Mort llegó al final de un surco. Una paloma torcaz con el buche repleto se apartó despacio de su camino, dando bandazos.

—Tiene buen corazón, no lo olvides —comentó Lezek con sumo cuidado.

—Sí, claro, pero todo lo demás salió defectuoso.
—En casa es bastante limpio. No come demasiado —dijo Lezek.

—Ya se ve, ya se ve.

Lezek miró de soslayo a su hermano, quien a su vez tenía la vista clavada en el cielo.

—Me he enterado de que en tu granja tenías un puesto libre, Hamesh —le dijo.

—Esto... me he conseguido un aprendiz.
—Ah, ¿y cuándo fue eso? —inquirió Lezek con tono pesimista.

—Ayer —repuso su hermano, mintiendo con la velocidad de una serpiente de cascabel—. Lo tengo todo firmado y sellado. Lo siento. Oye, no tengo nada contra el joven Mort, es un muchacho agradable como el que más, pero es que...

—Ya lo sé, ya lo sé —dijo Lezek—. Sería incapaz de encontrarse el trasero aunque utilizara las dos manos.

Se quedaron mirando fijamente a la silueta lejana. Se había caído al suelo. Unas cuantas palomas se le habían acercado contoneándose para inspeccionarla.

—Y la verdad es que tonto, tonto, no es —dijo Hamesh. —Bueno, cerebro sí que tiene —admitió Lezek—. A veces se pone a pensar con tanta fuerza que hay que golpearlo en la  cabeza para que te preste atención. Su abuela le ha enseñado a leer, ¿sabes? Supongo que eso le ha recalentado los sesos.

Mort se había levantado, para tropezar con su túnica. —Tendrías que meterlo en algún oficio —dijo Hamesh, pensativo—. En el sacerdocio, quizá. O la hechicería. Los magos leen mucho.

Se miraron. En las mentes de ambos se formó una idea de lo que Mort sería capaz de hacer si llegaba a poner sus bienintencionadas manos en un libro de magia.

—Está bien —siguió Hamesh rápidamente—. Pensemos en otro oficio. Ha de haber muchas cosas a las que pueda dedicarse.

—Es que empieza a pensar demasiado, ese es el problema —dijo Lezek—. Míralo. No hay que pensar en cómo espantar a los pájaros, se hace y en paz. Al menos es lo que un muchacho normal haría.

Hamesh se rascó la barbilla con aire pensativo. —Aunque el problema podría ser de otros —dijo. Lezek continuó impasible, pero en sus ojos se produjo un cambio sutil.

—¿A qué te refieres?
—La semana entrante será la feria de contratación en el Cerro de las Ovejas. Lo metes a aprendiz, y su nuevo amo será

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