La cruz ardiente (Saga Outlander 5)

Diana Gabaldon

Fragmento

9788415631231-5

1

Dichosa la novia sobre la que brilla el sol

Monte Helicon

Colonia Real de Carolina del Norte

Finales de octubre de 1770

Desperté con el repiqueteo de la lluvia contra la lona; aún sentía en los labios el beso de mi primer marido. Parpadeé, desorientada, y me llevé por instinto la mano a la boca. ¿Para conservar la sensación o para ocultarla?, me pregunté mientras lo hacía.

Jamie, a mi lado, se agitó murmurando en sueños; su movimiento arrancó una nueva oleada de aroma a las ramas de cedro sobre las que descansaba la colcha. Quizá lo había perturbado el paso del espíritu. Hice un gesto ceñudo dirigido al aire frente a nuestra tienda.

«Vete, Frank», pensé con severidad.

Fuera todavía estaba oscuro, pero la bruma que se elevaba de la tierra húmeda era de un color gris perlado; faltaba muy poco para que llegara el alba. Nada se movía, dentro ni fuera, aunque percibí claramente una diversión irónica posada sobre mi piel como el más leve de los roces.

«¿No debería ir a su boda?»

No habría sabido decir si las palabras se habían formado por sí solas en mi pensamiento o si eran, ellas y el beso, mero producto de mi subconsciente. Me había dormido con la mente aún colmada por los preparativos del enlace. No era de extrañar que hubiera soñado con bodas. Y con noches de boda.

Alisé la muselina arrugada de mi camisa, con molesta conciencia de que la tenía recogida en torno a la cintura y de que no era sólo el sueño lo que arrebolaba mi piel. No recordaba nada concreto del sueño que me había despertado, sólo una confusa maraña de imágenes y sensaciones. Me dije que tal vez fuera lo mejor.

Me di la vuelta sobre las ramas crujientes, y me apreté contra Jamie. Estaba tibio y desprendía un agradable olor a humo de leña y a whisky, con un leve dejo de virilidad dormida, como la nota grave de un acorde prolongado. Me desperecé muy lentamente, arqueando la espalda para tocarle la cadera con la pelvis. Si estaba muy dormido o desganado, el gesto sería lo bastante leve como para pasar desapercibido. Si no...

No. Sonrió apenas, con los ojos aún cerrados, y una de sus grandes manos se deslizó muy despacio por mi espalda, hasta posarse en mi trasero con un apretón firme.

—¿Humm? —dijo—. Hummm.

Luego, con un suspiro, volvió a relajarse en el sueño, sin soltarme.

Me acurruqué contra él, reconfortada. La inmediatez física de Jamie de sobra bastaba para borrar el recuerdo de los sueños persistentes. Y Frank (si es que era Frank) tenía razón hasta cierto punto. Estoy segura de que, de haber sido posible, Bree habría querido que sus dos padres estuvieran en su boda.

Ya estaba completamente despierta, pero demasiado cómoda para moverme. Fuera llovía; era una lluvia tenue, y el aire, frío y húmedo, hacía más atractivo el cálido nido de edredones que la distante perspectiva del café caliente. Sobre todo porque, para obtenerlo, habría que bajar al arroyo en busca de agua, encender la fogata —¡Dios!, la leña estaría húmeda, aunque el fuego no se hubiera apagado por completo—, moler los granos en un mortero de piedra y luego prepararlo, con las hojas mojadas volando en torno a mis tobillos y las gotas que cayeran de las ramas deslizándoseme por el cuello.

Me estremecí sólo de pensarlo, me cubrí el hombro desnudo con el edredón y reanudé la lista mental de los preparativos con la que me había quedado dormida.

Comida, bebida... Por suerte no necesitaba preocuparme de eso. Yocasta, la tía de Jamie, se encargaría de los arreglos; mejor dicho, lo haría Ulises, su mayordomo negro. En cuanto a los invitados a la boda... en esto no habría dificultades. Como nos encontrábamos dentro de la comunidad de escoceses de las Highlands más importante en las colonias, ya contábamos con la comida y la bebida; y no haría falta mandar las invitaciones.

Al menos Bree estrenaría vestido; eso también era regalo de Yocasta. Sería de lana de color azul oscuro; la seda era demasiado cara y muy poco práctica para quienes vivíamos en los bosques. No se parecía en nada al satén blanco y al azahar con el que yo me había imaginado que se casaría algún día, claro que a nadie se le hubiera ocurrido en el año 1960 una boda como ésta.

Me pregunté qué habría opinado Frank del marido de Brianna. Probablemente le habría gustado. Al igual que él, Roger era historiador (o al menos lo había sido). Estaba dotado de inteligencia y sentido del humor; era un músico de talento y un hombre dulce, totalmente dedicado a Brianna y al pequeño Jemmy.

«Algo admirable, por cierto —pensé en dirección a la bruma—, dadas las circunstancias.»

«Lo admites, ¿verdad?» Las palabras se formaron en mi oído interno, como si él las hubiera pronunciado: irónicas, burlándose a la vez de él y de mí.

Jamie frunció el ceño y crispó los dedos contra mi nalga mientras emitía pequeños bufidos en sueños.

«Tú sabes que sí —dije en silencio—. Siempre lo admití y lo sabes, así que no me fastidies, ¿quieres?»

Di firmemente la espalda al aire exterior y apoyé la cabeza en el hombro de Jamie, buscando refugio en el contacto con la tela suave y arrugada de su camisa.

En realidad, me daba la impresión de que Jamie no veía tanto mérito como yo (o como Frank, quizá) en el hecho de que Roger hubiera aceptado a Jemmy como hijo propio. Para Jamie era, simplemente, un deber; ningún hombre honorable podía actuar de otra manera. Y parecía dudar de que Roger fuese capaz de mantener y proteger a una familia en los páramos de Carolina. Aunque era alto, hábil y fornido, para él los asuntos «de capa y espada» eran letras de canciones; para Jamie, herramientas de su oficio.

Súbitamente noté presión de la mano apoyada en mi trasero, y me sobresalté.

—Sassenach —dijo Jamie, soñoliento—, te estás retorciendo como un renacuajo en el puño de un crío. ¿Necesitas levantarte e ir a la letrina?

—Ah, estás despierto. —Me sentí algo tonta al decirlo.

—Ahora sí. —Retiró la mano y se desperezó con un gruñido. Los pies descalzos asomaron por el otro extremo del edredón, con los largos dedos bien separados.

—Lo siento. No quería despertarte.

—No te preocupes —me tranquilizó. Luego carraspeó y, parpadeando, se pasó una mano por las ondas rojizas del pelo suelto—. Estaba soñando algo diabólico. Me sucede siempre que paso frío mientras duermo. —Levantó la cabeza y se miró los pies mientras movía los dedos con gesto de fastidio—. ¿Por qué no me acosté con los calcetines puestos?

—¿En serio? ¿Con qué soñabas? —pregunté, con una pequeña punzada de inquietud. Ojalá no hubiera estado soñando lo mismo que yo.

—Con caballos —respondió para mi alivio.

Me eché a reír.

—¿Tan diabólico puede haber sido un sueño con caballos?

—¡Dios!, ha sido terrible. —Se frotó los ojos con ambos puños. Luego sacudió la cabeza, como si tratara de quitarse el sueño de la mente—. Tenía que ver con los reyes irlandeses. ¿Recuerdas lo que contaba MacKenzie anoche, junto a la fogata?

—Los reyes ir... ¡Ah, sí! —El recuerdo me hizo reír otra vez.

Roger, arrebolado por el triunfo de su reciente compromiso, había obsequiado al grupo reunido en torno a la fogata con canciones, poemas y entretenidas anécdotas históricas; entre ellas, los ritos con los que se decía que los antiguos irlandeses coronaban a sus reyes. Uno de éstos requería que el candidato triunfador copulara con una yegua blanca ante las multitudes congregadas, presumiblemente para demostrar su virilidad; en mi opinión, no obstante, parecía más bien una prueba de la sangfroid del caballero.

—El caballo estaba a mi cargo —me informó Jamie—. Y todo salía mal. El hombre era demasiado bajo y yo debía buscar algo donde pudiera subirse. Encontré una roca, aunque no pude levantarla. Luego, un taburete, pero al cogerlo se le desprendió una pata. A continuación, traté de apilar ladrillos para hacer una plataforma, y se deshicieron en arena. Al final, me dijeron que no importaba, que podían cortarle las patas a la yegua. Yo trataba de que no lo hicieran, mientras el hombre que iba a ser rey tiraba de sus pantalones, quejándose de que no podía desabotonarse la bragueta. En ese momento alguien se fijó en que la yegua era negra y dijo que no servía.

Sofoqué la risa contra un pliegue de su camisa, para no despertar a nadie de los que dormían cerca.

—¿Es ahí cuando te has despertado?

—No. Por algún motivo eso me ofendió mucho. Dije que sí que serviría, y que en realidad era mucho mejor la yegua negra, pues todo el mundo sabe que los caballos blancos son débiles y que la descendencia sería ciega. Y ellos que no, que no, que el negro traería mala suerte. Y yo insistiendo en que no era cierto y...

Se interrumpió con un carraspeo.

—¿Y entonces?

Se encogió de hombros, mirándome de soslayo; un vago sofoco le subía por el cuello.

—Pues nada, dije que serviría perfectamente, y que lo demostraría. Y sujeté a la yegua por la grupa, para impedir que siguiera moviéndose, y ya estaba listo para... eh... para convertirme en rey de Irlanda. Y ha sido entonces cuando he despertado.

Entre bufidos y carcajadas ahogadas, sentí que su costado vibraba por su propia risa.

—¡Vaya!, ahora sí que lamento haberte despertado. —Me enjugué los ojos con una punta del edredón—. No dudo que fuera una dura pérdida para los irlandeses. Sin embargo, me pregunto qué pensarían las reinas de Irlanda de esa ceremonia tan especial —agregué.

—No creo que las damas salieran en absoluto perjudicadas en la comparación —me aseguró Jamie—. Aunque he sabido de hombres que prefieren...

—No me refería a eso —dije—. Más bien, a las consecuencias higiénicas, ¿comprendes? Poner el carro antes que el caballo es una cosa, pero eso de anteponer la yegua a la reina...

—La... Ah, sí. —Su cara estaba roja de risa, y ante esto su tez se oscureció aún más—. Puedes decir lo que quieras de los irlandeses, Sassenach, aunque creo que se lavan de vez en cuando. Y dadas las circunstancias, es posible que el rey encontrara útil un poco de jabón en... en...

—In media res? —sugerí—. Seguro que no. Al fin y al cabo, el caballo es bastante grande, relativamente hablando...

—No es sólo cuestión de espacio, Sassenach, sino también de disposición —observó él, lanzándome una mirada de reproche—. Y en esas circunstancias, comprendería que el hombre necesitara un poco de ánimo. De todas maneras, se dice in medias res —añadió—. ¿No has leído a Horacio? ¿Ni a Aristóteles?

—No. No todo el mundo puede ser tan instruido como tú. Y nunca me ha interesado mucho Aristóteles, sabiendo que, en su clasificación del mundo natural, situaba a las mujeres por debajo de los gusanos.

—Seguro que no estaba casado. —La mano de Jamie descendió lentamente por mi espalda, palpando los nudos de la columna a través de la camisa—. De lo contrario habría detectado los huesos.

Con una sonrisa, alcé una mano hasta su pómulo, que destacaba limpiamente sobre una marea de rojiza barba crecida.

Conforme lo hacía, vi que el alba iluminaba el cielo. Su cabeza se recortaba contra la lona clara de nuestro refugio; aun así podía verle la cara con nitidez. Su expresión me recordó exactamente por qué se había quitado los calcetines la noche anterior. Por desgracia, ambos estábamos tan cansados por las prolongadas celebraciones que nos quedamos dormidos en medio del abrazo.

Ese tardío recuerdo me resultó bastante tranquilizador, pues explicaba el estado de mi camisa y los sueños que había tenido antes de despertar. Al mismo tiempo me estremecí, al sentir que una ráfaga helada deslizaba sus dedos bajo el edredón. Frank y Jamie eran hombres muy diferentes; en el fondo no tenía ninguna duda sobre cuál de los dos me había besado justo antes de despertar.

—Bésame —dije de pronto.

Ninguno de los dos se había lavado aún los dientes, pero él, complaciente, rozó mis labios con los suyos; luego, como yo lo cogí de la camisa y lo atraje hacia mí, sostuvo su peso con una mano, a fin de colocar mejor la maraña de edredones que nos envolvía las piernas.

—¿Eh? —se extrañó al ver que yo lo soltaba. Luego sonrió; los ojos azules se arrugaron hasta formar triángulos oscuros en la penumbra—. De acuerdo, Sassenach. Aunque antes tendré que salir un momento.

Arrojó el edredón a un lado para levantarse. Desde mi posición en el suelo, gozaba de una visión poco ortodoxa, que me proporcionó tentadoras vistas por debajo de su larga camisa de lino. Ojalá lo que estaba viendo no fuera consecuencia persistente de su pesadilla; me pareció más oportuno no preguntar.

—Será mejor que te des prisa —dije—. Está aclarando; la gente se levantará pronto.

Él asintió con la cabeza y se agachó para salir. Permaneció inmóvil, escuchando. Algunos pájaros piaban débilmente en la distancia, pero estábamos en otoño; ni a plena luz formarían los coros bulliciosos de la primavera y el verano. La montaña y sus numerosos campamentos aún yacían en un sueño profundo, aunque ya se percibían pequeños movimientos en derredor, apenas audibles.

Me pasé los dedos por el pelo, ahuecándolo en torno a los hombros, y rodé sobre mí misma en busca de la botella de agua. Al sentir el aire frío en la espalda, miré por encima del hombro; la aurora ya estaba allí y la bruma había desaparecido; fuera, el aire estaba gris pero quieto.

Toqué el anillo de oro que llevaba en la mano izquierda; me había sido devuelto la noche anterior y aún me era extraño, después de su larga ausencia. Quizá era ese anillo lo que había convocado a Frank a mis sueños. Quizá esa noche, durante la ceremonia de la boda, lo tocaría de nuevo deliberadamente, con la esperanza de que él pudiera ver la felicidad de su hija a través de mis ojos. Por ahora, sin embargo, él había desaparecido y eso me alegraba.

Un sonido leve, no más potente que el lejano reclamo de los pájaros, llegó flotando en el aire: el fugaz llanto de un bebé al despertar.

En otros tiempos, yo había pensado que, cualesquiera que fuesen las circunstancias, no debía haber más de dos personas en un lecho conyugal. Aún lo creía. Con todo, un bebé era más difícil de borrar que el espectro de un antiguo amor; el lecho de Brianna y Roger debía dar cabida a tres a la fuerza.

La cara de Jamie apareció junto al borde de lona reflejando nerviosismo y alarma.

—Será mejor que te vistas, Claire —dijo—. Los soldados están formando junto al arroyo. ¿Dónde están mis calcetines?

Me incorporé de un brinco. Lejos, ladera abajo, los tambores comenzaron a redoblar.

La niebla fría se acumulaba como si fuera humo alrededor de las hondonadas; como una gallina clueca sobre un único huevo, una nube se había posado sobre el monte Helicon, y la humedad adensaba el aire. Parpadeando y legañosa, crucé un tramo de pastos duros, rumbo al lugar donde se había congregado un destacamento del 67.º Regimiento de las Highlands; formados en todo su esplendor en la orilla, con los tambores rugientes y el gaitero de la compañía tocando a pleno pulmón, parecían majestuosamente impermeables a la lluvia.

Yo sentía mucho frío y no poco fastidio. Al acostarme esperaba despertar con café caliente y un desayuno nutritivo al que seguirían dos bodas, tres bautizos, dos extracciones de muelas, la extirpación de una uña infectada y otras entretenidas formas de sano contacto social, de esas que requieren whisky.

En lugar de eso, tras despertar de un sueño inquietante, se me había conducido a un juego amoroso para luego arrastrarme bajo una llovizna fría in medias maldita res, al parecer para que escuchara alguna proclama. Y aún no había café.

Los escoceses del campamento habían tardado en levantarse, para bajar la colina con paso vacilante; cuando al fin el gaitero emitió la última ráfaga y concluyó con un jadeo discordante, tenía la cara purpúrea. Con los ecos aún resonando en las laderas, el teniente Archibald Hayes dio un paso al frente.

Su nasal acento de Fife era bien audible, además tenía el viento a favor. Aun así, creo que quienes estaban algo más arriba podían oír muy poco. Nosotros, en cambio, nos encontrábamos al pie de la cuesta, a escasos veinte metros del teniente; pese al castañeteo de mis dientes, oí cada una de sus palabras.

—«Por su excelencia, el caballero William Tryon, capitán general de Su Majestad, gobernador y comandante en jefe, en y sobre esta provincia» —leyó Hayes, levantando la voz hasta el aullido para imponerse a los ruidos del viento y el agua, y a los murmullos premonitorios de la muchedumbre.

La humedad amortajaba árboles y rocas en una bruma chorreante; de las nubes caía intermitentemente aguanieve o lluvia helada; los vientos erráticos habían hecho descender la temperatura unos quince grados. Mi pantorrilla izquierda, sensible al frío, palpitaba allí donde dos años atrás me había roto un hueso. Alguien dado a los presagios y las metáforas habría sentido la tentación de extraer comparaciones entre ese clima horrible y la lectura de la proclama gubernamental; las perspectivas eran de igual modo estremecedoras.

—«Considerando» —tronó Hayes, conforme dirigía a la multitud una mirada fulminante por encima de su papel— «que he recibido información de que gran número de escandalosos y alborotadores se reunieron tumultuosamente en la ciudad de Hillsborough, en los días veinticuatro y veinticinco del mes pasado, durante la sesión del Tribunal Superior de Justicia de ese distrito, para oponerse a las justas medidas de gobierno y en abierta violación de las leyes de su país, atacando audazmente al juez asociado de Su Majestad en la ejecución de su cargo, y asimismo golpeando e hiriendo bárbaramente a varias personas durante la sesión de dicho tribunal, y manifestando otras indignidades e insultos al gobierno de Su Majestad, cometiendo violentísimos atropellos contra las personas y propiedades de los habitantes de dicha ciudad, brindando por la condena del legítimo soberano, el rey Jorge, y por el éxito del aspirante...»

Hayes hizo una pausa y cogió aire con el que llegar al fin de la cláusula siguiente. Después de inflar el pecho con un zumbido audible, continuó leyendo:

—«Por lo tanto, con el fin de que las personas involucradas en dichos actos escandalosos puedan ser llevadas ante la justicia, actuando con el asesoramiento y el consentimiento del consejo de Su Majestad, pronuncio ésta mi proclama, instando y comprometiendo estrictamente a todos los jueces de paz de Su Majestad existentes en este gobierno para que ejecuten diligentes investigaciones en cuanto a los crímenes anteriormente citados, y para que reciban las declaraciones de aquellas personas que se presenten ante ellos para proporcionar información sobre lo antedicho; declaraciones estas que me serán transmitidas, con el fin de ser presentadas ante la Asamblea General en New Bern, el trigésimo día del próximo mes de noviembre, fecha hasta la cual permanecerá prorrogada para el inmediato despacho de asuntos públicos.»

Una inhalación final. Llegado ese momento, la cara de Hayes estaba casi tan purpúrea como la del gaitero.

—«Librado de mi puño y letra y con el gran sello de la provincia en New Bern, el día dieciocho de octubre, en el décimo año del reinado de Su Majestad, Anno Domini 1770. Firmado: William Tryon» —concluyó Hayes, con un último bufido de aliento vaporoso.

—¿Te has fijado? —comenté a Jamie—. Creo que todo eso era una sola frase, menos el cierre. Asombroso, incluso para un político.

—Calla, Sassenach —dijo él, con la mirada todavía fija en Archie Hayes.

Detrás de mí la muchedumbre emitió un rugido apagado, de interés y consternación, con cierto dejo de diversión ante las frases referidas a los brindis desleales.

Ése era un encuentro de escoceses, muchos de ellos exiliados a las colonias tras el Alzamiento del Estuardo; si Archie Hayes hubiera querido tomar nota oficial de cuanto se decía la noche anterior, mientras las jarras de cerveza y whisky pasaban en torno a la fogata... Claro que entonces sólo tenía consigo cuarenta soldados; cualesquiera que fuesen sus propias opiniones sobre el rey Jorge y la posible condena del monarca, se las reservó con toda prudencia.

Convocados por el batir de los tambores, unos cuatrocientos escoceses de las Highlands rodeaban el lugar elegido por Hayes para su asentamiento, en el ribazo del arroyo. Hombres y mujeres se protegían entre los árboles que crecían sobre el claro, con los tartanes y los mantos bien ceñidos contra el viento que arreciaba. Ellos también se reservaban su opinión, a juzgar por la serie de caras pétreas que se veían bajo el aletear de bufandas y sombreros. Claro que esas expresiones podían derivarse tanto del frío como de la natural cautela; yo misma tenía las mejillas rígidas; se me había entumecido la punta de la nariz y no había vuelto a sentir los pies desde el amanecer.

—Toda persona que desee hacer declaraciones relativas a estos gravísimos asuntos puede confiarlas a mi atención —anunció el teniente, con su redonda cara oficialmente inexpresiva—. Pasaré el resto del día en mi tienda con mi secretario. ¡Dios salve al rey!

Tras entregar la proclama a su cabo, saludó con una inclinación a la muchedumbre, como para despedirla, y giró con firmeza hacia una gran tienda de lona erigida cerca de los árboles; en el mástil vecino flameaban con furia las banderas del regimiento.

Yo temblaba; deslicé una mano por la abertura del capote de Jamie, buscando el hueco de su brazo, y reconforté mis dedos fríos en el calor de su cuerpo. Jamie apretó por un instante el codo contra su costado, reconociendo la presencia de esa mano helada, pero no me miró; estaba estudiando la espalda en retirada de Archie Hayes, con los ojos entornados contra el azote del viento.

El teniente era un hombre compacto y sólido, de poca estatura, aunque dotado de considerable presencia; caminaba con firmeza, como si ignorara la presencia de la gente reunida en la ladera. Desapareció dentro de su tienda tras dejar la lona levantada por si alguien quería entrar.

No era la primera vez que, en contra de mi voluntad, admiraba el instinto político del gobernador Tryon. Era obvio que se estaba leyendo esa proclama en todas las ciudades y aldeas de la colonia; podría haber dejado que un alguacil o un magistrado local llevara a nuestra reunión su mensaje de furia oficial. En cambio se había tomado la molestia de enviar a Hayes.

Archibald Hayes había tomado el campo de Culloden al lado de su padre, cuando sólo tenía doce años. En el combate fue herido, capturado y enviado al sur. Cuando se le ofreció la posibilidad de elegir entre ser trasladado o incorporarse al ejército, escogió la mesnada del rey y sacó el máximo partido a la situación. El hecho de que hubiera llegado a oficial antes de cumplir los cuarenta, en una época en que la mayoría compraba sus nombramientos en vez de ganarlos, era testimonio suficiente de su talento.

Era tan atractivo como competente; el día anterior, invitado a compartir nuestra comida y nuestro fuego, había pasado la mitad de la noche conversando con Jamie... y la otra mitad paseando de fogata en fogata, bajo la tutela de mi esposo, que lo presentó a los jefes de todas las familias importantes que allí se encontraban.

¿Y de quién fue la idea?, me pregunté, levantando la vista hacia Jamie. Su nariz larga y recta estaba enrojecida por el frío, y los ojos, entornados por el viento; pero su cara no dejaba entrever lo que pensaba. Y eso era señal de que estaba pensando algo bastante peligroso. ¿Acaso sabía de antemano lo de esa proclama?

Ningún oficial inglés al mando de tropas inglesas habría podido llevar semejante noticia a una reunión como la nuestra y esperar la menor colaboración. Sin embargo, Hayes y sus escoceses, tan leales, con sus faldas de tartán... No se me pasaba por alto que Hayes había hecho levantar su tienda de espaldas a un denso pinar; si alguien deseaba hablar en secreto con el teniente, podía aproximarse a través del bosque sin que nadie lo viera.

—¿Acaso Hayes espera que alguien se aparte de la multitud, corra a su tienda y se rinda de inmediato? —murmuré a Jamie. Personalmente sabía que, entre los presentes, al menos una docena de hombres había tomado parte en los disturbios de Hillsborough; tres de ellos estaban allí mismo, al alcance de mi brazo.

Al ver la dirección de mi mirada, Jamie apoyó una mano sobre la mía y me la estrechó, recomendándome en silencio que fuera discreta. Lo miré levantando las cejas. ¿No iría a pensar que yo iba a denunciar a nadie por descuido? Él me dedicó una leve sonrisa y una de esas irritantes miradas maritales que decían, con más claridad que las palabras: «Ya sabes cómo eres, Sassenach. Basta verte la cara para saber lo que piensas.»

Me acerqué un poco más para darle un discreto puntapié en el tobillo. Aunque mi semblante fuera transparente, ¡no despertaría ningún comentario en una muchedumbre como ésa! Él no hizo el menor gesto de dolor; por el contrario, su sonrisa se amplió un poco más. Deslizando un brazo por debajo de mi capote, me estrechó contra sí, con la mano contra mi espalda.

Hobson, MacLennan y Fowles, agrupados frente a nosotros, conversaban en voz baja. Los tres provenían de un diminuto asentamiento llamado Drunkard’s Creek, a unos veinticuatro kilómetros de nuestra casa del Cerro de Fraser. Hugh Fowles, yerno de Joe Hobson, era muy joven; no tenía más de veinte años; aunque estaba haciendo lo posible por mantener la compostura, su cara había palidecido, cubierta de sudor frío, durante la lectura de la proclama.

Yo ignoraba qué pensaba hacer Tryon con quien hubiera tomado parte en los disturbios, pero percibí las corrientes de inquietud que el mensaje del gobernador había creado; cruzaban la muchedumbre como las ondulaciones del agua que corría sobre las piedras en el arroyo cercano.

En Hillsborough, la gente había destruido varios edificios y sacado a rastras a unos cuantos funcionarios públicos para atacarlos en la calle. Según los rumores, un juez de paz (irónico título) había perdido un ojo a consecuencia de un cruel golpe de látigo. Al ver que esas manifestaciones de desobediencia civil podían afectarlo, el juez Henderson había escapado por una ventana para huir de la ciudad, lo cual impidió efectivamente que hubiera sesión en el tribunal. Era obvio que el gobernador estaba muy irritado por lo sucedido.

Joe Hobson miró a Jamie; luego apartó la vista. La presencia del teniente ante nuestra fogata, la noche anterior, no había pasado desapercibida.

Si Jamie detectó esa mirada, no la devolvió. Se limitó a encoger un hombro, al tiempo que inclinaba la cabeza hacia mí.

—Dudo que Hayes espere que nadie se entregue. Quizá está obligado a pedir información; gracias a Dios, yo no estoy obligado a responder.

No había hablado en voz muy alta, pero sí lo suficiente como para que sus palabras llegaran a los oídos de Joe Hobson.

Éste volvió la cabeza para dedicar a Jamie un pequeño gesto de irónico reconocimiento. Luego tocó a su yerno en el brazo, y ambos se alejaron, subiendo por la cuesta hacia los campamentos diseminados arriba, donde las mujeres estaban atendiendo las fogatas y ocupándose de los niños más pequeños.

Era el último día del encuentro; esa noche habría bodas y bautizos: la bendición formal del amor y de sus bulliciosos frutos, surgidos de las entrañas de esa multitud carente de iglesia durante todo el año anterior. Después se entonarían las últimas canciones, se contarían los últimos cuentos y se bailaría entre las llamas saltarinas de muchas hogueras, con lluvia o sin ella. Al llegar la mañana, los escoceses y sus familias se dispersarían para regresar a sus hogares, diseminados desde las riberas pobladas del río Cape Fear hasta las montañas silvestres del oeste, llevando noticias de la proclama gubernamental y de los hechos de Hillsborough.

Moví los dedos dentro de los zapatos húmedos, intranquila, preguntándome quién, entre toda esa multitud, podía sentirse en el deber de responder a la invitación de Hayes a confesar o incriminar. Jamie no, por descontado. Pero tal vez otros sí. Durante la semana de la reunión se había oído con frecuencia alardear sobre los disturbios de Hillsborough, aunque no todos los que lo escucharon estaban dispuestos a considerar héroes a los alborotadores.

Sentí el murmullo de conversación que rompía tras la proclama: las cabezas giraban, las familias se reunían y algunos hombres iban de grupo en grupo, transmitiendo el discurso de Hayes colina arriba, repitiéndolo a quienes no lo habían oído por estar demasiado lejos.

—¿Nos vamos? Hay mucho que hacer antes de las bodas.

—¿Sí? —Jamie me echó un vistazo—. Yo creía que los esclavos de Yocasta se encargarían de la comida y la bebida. Entregué los toneles de whisky a Ulises, que será el soghan.

—¿Ulises? ¿Ha traído su peluca?

La idea me hizo sonreír. El soghan era el hombre que se encargaba de servir la bebida y el refrigerio en las bodas de las Highlands; en realidad, la palabra significaba algo así como «hombre alegre y cordial». Ulises era posiblemente la persona más digna que yo hubiera visto jamás, aun sin su librea y su peluca de crin empolvada.

—Si la ha traído, por la noche la tendrá pegada a la cabeza. —Jamie levantó la vista hacia el cielo encapotado mientras negaba—. Dichosa la novia sobre la que brilla el sol —citó—. Dichoso el cadáver sobre el que cae la lluvia.

—Eso es lo que me gusta de los escoceses —comenté secamente—. Tienen un refrán adecuado para cada ocasión. No te atrevas a decir eso delante de Bree.

—¿Por quién me tomas, Sassenach? —acusó, mirándome con una media sonrisa—. Es mi hija, ¿no?

—Por supuesto. —Reprimí el súbito recuerdo del otro padre de Brianna, y eché una mirada por encima del hombro para comprobar que ella no estuviera al alcance de mi voz.

Entre los que estaban cerca no había señales de su flamígera cabeza. Digna hija de su padre, descalza medía un metro ochenta; distinguirla en medio de una multitud era casi tan fácil como detectar a Jamie.

—De cualquier modo, no es el banquete de bodas lo que me preocupa —dije a mi esposo—. Debo encargarme del desayuno y luego atender el consultorio matutino con Murray MacLeod.

—¿Sí? ¿No dijiste que Murray era un charlatán?

—Dije que era ignorante, terco y una amenaza para la salud pública —corregí—. No es lo mismo... exactamente.

—Exactamente —corroboró Jamie, sonriendo—. Conque piensas educarlo... ¿o envenenarlo?

—Lo que resulte más efectivo. Si al menos pudiera pisarle por accidente la lanceta y rompérsela, quizá le impediría aplicar sangrías. Vámonos, que me estoy congelando.

—Sí, vamos —asintió él, y echó un vistazo a los soldados, todavía formados a lo largo del arroyo, en posición de descanso—. Parece que el pequeño Archie piensa mantener a sus muchachos allí hasta que la multitud se haya retirado. Se están poniendo un poquitín azules.

A pesar de estar armados y con el uniforme completo, la fila de escoceses permanecía tranquila; sin duda, eran imponentes, pero ya no parecían amenazadores. Unos pequeños (entre los cuales no faltaban algunas niñas) correteaban entre ellos, tirando con descaro del borde de las faldas o acercándose, con gran atrevimiento, para tocar los mosquetes relucientes, las cantimploras y las empuñaduras de puñales y espadas.

—¡Abel, a charaid! —Jamie se había detenido para saludar al último de los hombres de Drunkard’s Creek—. ¿Ya has desayunado?

MacLennan había acudido al encuentro sin su mujer; por eso comía donde la suerte lo llevara. Aunque la muchedumbre se estaba dispersando en derredor, él se mantenía impasible en su sitio, sujetando los extremos de un pañuelo de franela roja sobre la cabeza medio calva, para protegerla del tamborileo de la lluvia. «Quizá espera que lo inviten a desayunar», pensé cínicamente.

Al tiempo que observaba su corpulenta silueta, hice un cálculo mental de su posible consumo de huevos, gachas y pan tostado, comparándolo con las menguantes provisiones de nuestra cesta. La simple escasez de alimentos no impediría a ningún escocés ofrecer su hospitalidad, y mucho menos a Jamie, que estaba invitando a MacLennan a desayunar con nosotros, mientras yo dividía para mí dieciocho huevos entre nueve personas en vez de ocho. Fritos no alcanzarían; tal vez en buñuelos, con patatas ralladas. Y convenía, en el trayecto montaña arriba, pedir prestado más café en el campamento de Yocasta.

Cuando íbamos a retirarnos, Jamie deslizó súbitamente la mano por mi trasero. Ante mi poco digna exclamación, Abel MacLennan se volvió a mirarme, boquiabierto. Le sonreí de oreja a oreja, resistiendo el impulso de dar otro puntapié a mi esposo, esta vez con menos discreción.

MacLennan nos dio la espalda y comenzó a subir a toda prisa la cuesta; los faldones de la chaqueta se batían contra los gastados pantalones. Jamie me cogió del codo para ayudarme a pasar entre las piedras, mientras se agachaba hacia mi oído, murmurando:

—¿Por qué diablos no te has puesto enaguas, Sassenach? No llevas absolutamente nada bajo la falda. ¡Vas a morir de frío!

—En eso no te equivocas —respondí, temblando a pesar del capote. En realidad, llevaba una camisa de lino bajo el vestido: una prenda raída y liviana, adecuada para acampar a la intemperie en verano, pero insuficiente contra las ráfagas invernales que atravesaban mi falda como si estuviera hecha de gasa.

—Ayer llevabas una buena enagua de lana. ¿Qué ha sido de ella?

—No creo que quieras saberlo.

Ante eso enarcó las cejas, pero antes de que pudiera hacer ninguna otra pregunta resonó un grito detrás de nosotros.

—¡Germain!

Al volverme, vi una cabecita rubia con el pelo al viento; su dueño surcaba la cuesta como un rayo, por debajo de las rocas. Con sus dos años, Germain había aprovechado que Marsali, su madre, estaba ocupada con su hermana recién nacida para escapar de su custodia y correr hacia los soldados. Eludiendo la captura, se lanzó de cabeza cuesta abajo. Iba cobrando velocidad como una piedra rodante.

—¡Fergus! —aulló Marsali.

Al oír su nombre, el padre de Germain interrumpió su conversación justo a tiempo para ver cómo su hijo tropezaba con una piedra y caía de bruces. El niño era un acróbata nato; no hizo nada por salvarse, sino que se dejó caer con gracia y, al tocar con el hombro la cuesta cubierta de hierba, se enroscó formando una pelota, como un puercoespín. Pasó por entre las filas de soldados como una bala de cañón, dejando atrás el borde de un saliente rocoso, y se hundió en el arroyo con un chapoteo.

En medio de una consternada exclamación general, varias personas corrieron colina abajo para ayudar, pero uno de los soldados ya estaba junto a la ribera. Allí se arrodilló para clavar la punta de la bayoneta en la ropa flotante del niño y remolcó el bulto empapado hacia la orilla.

Fergus se metió en el agua helada y poco profunda, estirándose para asir a su chorreante hijo.

—Merci, mon ami, merci beaucoup —dijo al joven soldado—. Et toi, garnement —agregó, sacudiendo a su vástago, que escupía—. ¿Comment vas-tu, pequeño cabeza hueca?

El soldado parecía sorprendido, pero no supe si era por la particular manera de hablar de Fergus o por el centelleante garfio que ocupaba el lugar de la mano izquierda.

—Todo está bien, señor —dijo, con una sonrisa tímida—. Creo que no se ha hecho daño.

Brianna salió de pronto de detrás de un castaño, con Jemmy, de seis meses, apoyado en su hombro, y cogió a la pequeña Joan de brazos de Marsali.

—Dame a Joanie —dijo—. Tú ocúpate de Germain.

Jamie se quitó el pesado capote de los hombros para tendérselo a Marsali.

—Sí, y dile a ese muchacho, al soldado que lo ha rescatado, que venga a compartir nuestra fogata —le dijo—. ¿Podemos alimentar a otro, Sassenach?

—Por supuesto —dije, rehaciendo velozmente mis cálculos mentales. Dieciocho huevos, cuatro hogazas de pan duro para tostar (no, debía reservar una para el viaje de vuelta a casa, al día siguiente), tres docenas de tortillas de avena (si es que Jamie y Roger no se las habían comido ya), medio frasco de miel...

El rostro flaco de Marsali se iluminó con una sonrisa melancólica, dirigida a los tres. Luego desapareció, corriendo en auxilio de los empapados y tiritones hombres de su familia.

Jamie la siguió con la vista mientras dejaba escapar un suspiro de resignación y el viento inflaba las mangas anchas de su camisa con un zumbido sordo. Luego cruzó los brazos en el pecho, encorvando los hombros contra el viento, y me sonrió de soslayo.

—Supongo que nos congelaremos juntos, Sassenach. Pero no importa. De cualquier modo no querría vivir sin ti.

—¡Venga! —dije amistosamente—. ¡Jamie Fraser, pero si tú eres capaz de vivir desnudo en un témpano de hielo, y derretirlo! ¿Qué ha sido de tu chaqueta y tu tartán?

Aparte de zapatos y calcetines, no llevaba puesto más que la falda escocesa y la camisa; sus altos pómulos estaban enrojecidos por el frío, al igual que las puntas de las orejas. Pero al deslizar una mano en el hueco de su brazo, lo encontré tan tibio como siempre.

—No preguntes —respondió, muy sonriente, mientras me cubría la mano con una palma grande y encallecida—. Vamos. Estoy famélico y quiero desayunar.

—Espera —dije, apartándome.

Nada dispuesto a compartir los brazos de su madre con la recién llegada, Jemmy chillaba y se retorcía a modo de protesta; su cara pequeña y redonda estaba enrojeciendo de irritación bajo la gorra azul de punto. Alargué los brazos para cogerlo, mientras se retorcía envuelto en las ropas.

—Gracias, mamá. —Brianna sonrió brevemente, mientras acomodaba a la recién nacida contra su hombro—. ¿Estás segura de que prefieres a Jemmy? La niña es más tranquila... y pesa la mitad.

—No, está bien. Calla, tesoro, ven con tu abuelita.

Sonreí al decirlo, nueva aún la sensación de sorpresa y deleite que me causaba ser abuela de alguien. Al reconocerme, el pequeño abandonó su escandalera para asumir sin más su papel de lapa aferrada a la piedra, agarrándose a mi pelo con los puños regordetes. Desenredé sus dedos para mirar por encima de su cabeza, pero allá abajo parecía estar todo bajo control.

Fergus, con los pantalones y los calcetines chorreando agua, se había envuelto los hombros con el capote de Jamie y estaba estrujando la pechera de la camisa con una sola mano mientras decía algo al soldado que había rescatado a Germain. Marsali se había quitado el manto para envolver al pequeño; su pelo rubio volaba por debajo del pañuelo como telarañas al viento.

Atraído por el bullicio, el teniente Hayes espiaba desde la abertura de su tienda, como un molusco desde su concha. Al levantar la mirada se encontró con la mía; después de alzar la mano en un breve saludo, seguí a mi familia hacia nuestro campamento.

Jamie le dijo a Brianna algo en gaélico, mientras la ayudaba a cruzar un tramo pedregoso del sendero, delante de mí.

—Sí, estoy lista —respondió ella en nuestro idioma—. ¿Dónde está tu chaqueta, papá?

—Se la he prestado a tu marido —dijo él—. No conviene que se presente a su boda con aspecto de mendigo, ¿verdad?

Bree se echó a reír, al tiempo que con la mano libre apartaba de su boca un mechón de pelo rojo.

—Antes mendigo que suicida fallido.

—¿Cómo has dicho?

Me puse a la altura de ellos en el momento en que salíamos de la protección de las rocas. El viento se lanzó a través del espacio abierto, azotándonos con aguanieve y punzantes fragmentos de grava. Estiré la gorra tejida de Jemmy para cubrirle más las orejas y luego le tapé la cabeza con la manta.

—¡Uf! —Brianna encorvó los hombros hacia el bebé que tenía en brazos, protegiéndola de las ráfagas.

—Cuando ha comenzado el redoble de tambores, Roger se estaba afeitando; ha estado a punto de rebanarse el cuello —le explicó Jamie—. La pechera de su chaqueta se ha manchado de sangre.

Bree miró a su padre, con los ojos lagrimosos por el viento.

—Conque lo has visto esta mañana. ¿Sabes dónde está ahora?

—Sano y salvo —le aseguró él—. Le he dicho que fuera a hablar con el padre Donahue mientras Hayes nos leía lo suyo. —La miró con aspereza—. Podrías haberme dicho que el chico no era católico.

—Podría —dijo ella, sin perturbarse—, pero no quise. A mí no me preocupa

—Si con esa peculiar expresión quieres decir que no tiene importancia... —empezó Jamie secamente, pero lo interrumpió la llegada de Roger, resplandeciente con la falda de tartán verde y blanco de los MacKenzie, y la manta escocesa de la misma tela sobre la chaqueta y el chaleco de mi marido.

La chaqueta le sentaba bastante bien, pues ambos eran del mismo tamaño, de miembros largos y anchos de hombros (aunque Jamie le sacaba tres o cuatro centímetros), y el color gris iba tan bien con su pelo oscuro y su piel olivácea como con los mechones rojizos de Jamie.

—Te queda muy bien, Roger —comenté—. ¿Dónde te has cortado?

Su cara tenía el tono rosado típico de la piel recién afeitada, pero por lo demás no había marcas a la vista.

Roger entregó el envoltorio de tartán rojo y negro que traía bajo el brazo: su manta escocesa. Luego inclinó la cabeza a un lado para mostrarme un tajo profundo, justo debajo de la mandíbula.

—Justo aquí. No ha sido nada, pero ha sangrado como el demonio. Por algo llaman a esas navajas «degolladoras», ¿verdad?

La herida ya tenía una nítida línea oscura de costra, de siete u ocho centímetros; cruzaba el cuello por un lado, desde el ángulo de la mandíbula. Toqué la piel circundante. No estaba mal: el filo había penetrado limpiamente, sin dejar colgajos que necesitaran sutura, aunque no me extrañó que hubiera sangrado tanto; desde luego, daba la impresión de que había tratado de cortarse el cuello.

—¿Algo nervioso esta mañana? —bromeé—. ¿Acaso te estás arrepintiendo?

—Es un poco tarde para eso —zanjó Brianna, acercándose a mí—. Al fin y al cabo, tiene un crío que necesita apellido.

—Tendrá tantos apellidos que no sabrá qué hacer con ellos —le aseguró Roger—. Y también tú... señora MacKenzie.

El nombre encendió un pequeño rubor en la cara de Brianna, que le sonrió. Él se inclinó para besarla en la frente y, al mismo tiempo, cogió al bebé arropado. Al sentir el peso del bulto, por su cara pasó una expresión consternada. Lo miró, estupefacto.

—No es el nuestro —explicó Bree, muy sonriente—. Es Joan, la de Marsali. Jemmy está con mamá.

—Gracias a Dios —dijo él, sosteniéndolo con mucha más cautela—. Pensaba que se habría evaporado o algo así. —Apenas levantó la manta, descubriendo la cara dormida de la diminuta Joan. Sonrió, como hacía todo el mundo, al ver el gracioso mechón de pelo castaño terminado en punta, parecido al de un muñeco.

—¡De evaporarse nada! —gruñí mientras acomodaba mejor a Jemmy, tan bien alimentado, apaciblemente comatoso envuelto en su manta—. Creo que ha engordado un kilo mientras subíamos la cuesta.

Acalorada por el esfuerzo, aparté un poco al bebé de mi cuerpo. Una súbita oleada de calor me enrojeció las mejillas; bajo las ondas desordenadas de mi pelo noté la transpiración.

Jamie se hizo cargo del bebé y se lo colocó con ademán experto bajo un brazo, como si fuera una pelota de fútbol, al tiempo que le sostenía la cabeza con una mano.

—Dime, ¿has hablado con el sacerdote? —preguntó, mirando a Roger con aire escéptico.

—Sí —confirmó Roger, secamente, en respuesta tanto a la mirada como a la pregunta—. Ha podido comprobar que no soy el anticristo. Mientras esté dispuesto a que el niño reciba el bautismo católico, no hay oposición a la boda. He dicho que estoy dispuesto.

Jamie gruñó, mientras yo reprimía una sonrisa. Aunque él no tenía prejuicios religiosos (había tratado, combatido y dirigido a muchos hombres de todos los orígenes posibles), el descubrimiento de que su yerno era presbiteriano, sin intenciones de convertirse, había provocado algún comentario.

Bree me buscó la mirada para dedicarme una sonrisa de soslayo; sus ojos se arrugaron en triángulos azules de gatuna diversión.

—Has sido muy prudente al no mencionar la religión antes de tiempo —susurré, cuidando de que Jamie no pudiera oírme.

Los dos hombres caminaban delante de nosotras, aún bastante tiesos, aunque los extremos de las mantas de los bebés, que iban colgando, malograban un poco la formalidad de su actitud.

Jemmy dejó escapar un súbito berrido; como su abuelo lo incorporó sin alterar el paso, volvió a quedarse tranquilo; a través del hombro de Jamie fijó en nosotras los ojos redondos, protegido por la capucha de su manta. Yo le hice una mueca y entonces rompió en una enorme sonrisa sin dientes.

—Roger quería explicarlo, pero le pedí que guardara silencio. —Bree le sacó la lengua a Jemmy; luego clavó una mirada de esposa en la espalda de Roger—. Sabía que, si esperábamos hasta un momento antes de la boda, papá no armaría un alboroto.

Reparé a un tiempo en su astuta evaluación de la conducta paterna y su desenvuelto uso del escocés. Su parecido con Jamie iba mucho más allá de la apariencia externa; tenían el mismo talento para evaluar a la gente y la misma facilidad para el lenguaje. Aun así, algo me rondaba por la cabeza, algo relacionado con Roger y la religión...

Nos habíamos aproximado a los hombres lo suficiente como para oír su conversación.

—...con respecto a Hillsborough —decía Jamie, inclinándose hacia Roger para hacerse oír por encima del viento—, quería información sobre los alborotadores.

—¿Ah, sí? —El joven parecía a un tiempo interesado y cauteloso—. A Duncan Innes le gustará oír eso. Él estaba en Hillsborough durante los disturbios, ¿lo sabías?

—No. —Jamie puso mucha atención—. Esta semana apenas he visto a Duncan. Puede que se lo pregunte después de la boda... si sale vivo de ésta.

Esa noche Duncan se casaría con Yocasta Cameron, la tía de Jamie, y la perspectiva lo tenía postrado, de los nervios.

Roger se volvió para hablar con Brianna, protegiendo a Joan del viento con su cuerpo.

—Tu tía ha dicho al padre Kenneth que puede celebrar las bodas en su tienda. Eso será una ayuda.

—¡Brrrr! —Bree encorvó los hombros, estremecida—. Gracias a Dios. No es el mejor día para casarse bajo los árboles.

Un enorme castaño dejó caer una lluvia de mojadas hojas amarillas, como para mostrar su conformidad. Roger parecía algo inquieto.

—No creo que sea la boda que imaginabas cuando eras pequeña —dijo.

Brianna levantó la vista hacia él; una sonrisa lenta y ancha se extendió por su cara.

—La primera, tampoco —le respondió—. Pero me gustó.

La tez de Roger no era susceptible al sonrojo; de cualquier modo, sus orejas ya estaban rojas por el frío. Abrió la boca como para replicar, pero al sorprender la mirada de advertencia de Jamie volvió a cerrarla. Parecía azorado, mas innegablemente complacido.

—¡Señor Fraser!

Uno de los soldados ascendía la colina hacia nosotros, con los ojos fijos en Jamie.

—Cabo MacNair, a su servicio, señor —dijo al llegar, respirando ruidosamente. Saludó con una seca inclinación de cabeza—. Con los saludos del teniente, ¿tendría usted la bondad de visitarlo en su tienda? —Al verme, volvió a inclinarse, esta vez de forma menos brusca—. Mis respetos, señora Fraser.

—A su servicio, señor. —Jamie respondió a la reverencia del cabo—. Transmita mis disculpas al teniente; tengo obligaciones que requieren mi presencia en otro sitio.

Hablaba en tono cortés, pero el cabo lo miró con dureza. Aunque joven, no era novato; una rápida expresión de entendimiento cruzó su cara morena y delgada. Lo último que nadie querría era que le viesen entrando solo en la tienda de Hayes justo después de esa proclama.

—El teniente me ha ordenado que solicite también la asistencia de los señores Farquard Campbell, Andrew MacNeill, Gerald Forbes, Duncan Innes y Randall Lillywhite, además de la suya, señor.

Los hombros de Jamie perdieron parte de la tensión.

—¿Eso ha hecho? —comentó secamente.

Así que Hayes quería consultar a los hombres poderosos de la zona. Farquard Campbell y Andrew MacNeill eran grandes terratenientes y magistrados locales; Gerald Forbes, juez de paz y eminente procurador de Cross Creek; Lillywhite, magistrado de la corte ambulante. Y Duncan Innes estaba a punto de convertirse en propietario de la plantación más grande de la mitad occidental de la colonia, en virtud de su inminente boda con la tía viuda de Jamie. Mi marido, por su parte, no era rico ni funcionario de la Corona, pero poseía una gran concesión de tierras en territorio salvaje, aunque la mayor parte permaneciera desocupada.

Con un leve encogimiento de hombros, se pasó el bebé al otro brazo.

—Ah, entonces bien. Diga al teniente que lo visitaré tan pronto como sea conveniente.

En absoluto intimidado, MacNair hizo una reverencia y se alejó, presumiblemente en busca de los otros caballeros de su lista.

—¿A qué viene esto? —pregunté a Jamie—. ¡Uy! —Levanté la mano para enjugar en la barbilla de mi nieto un hilillo de baba, antes de que llegara a la camisa de Jamie—. Conque te está saliendo un diente, ¿no?

—Tengo dientes de sobra —me aseguró mi esposo—. Y tú también, por lo que veo. En cuanto a qué quiere Hayes de mí, no lo sé con certeza. Y tampoco tengo intenciones de averiguarlo antes de lo necesario.

Me miró enarcando una ceja rojiza. Yo me eché a reír.

—Ah, así que eso de «conveniente» tiene cierta flexibilidad, ¿no es cierto?

—No he dicho «conveniente para él» —señaló Jamie—. Ahora bien, con respecto a tu enagua, Sassenach, y por qué andas correteando por el bosque con el trasero desnudo... ¡Duncan, a charaid!

La expresión irónica de su rostro se fundió en auténtico placer al ver a Duncan Innes, que venía hacia nosotros atravesando un bosquecillo de cornejos.

Con cierta dificultad debido a la falta del brazo izquierdo, Duncan trepó sobre un tronco caído y salió al sendero donde estábamos, sacudiéndose las gotas de agua del pelo. Ya iba vestido para la boda. Llevaba una camisa de volantes limpia y almidonada sobre el kilt, y una chaqueta de paño escarlata, ribeteada de encaje dorado; la manga vacía estaba recogida hacia arriba y prendida con un broche. Nunca había visto a Duncan tan elegante, y así se lo dije.

—Oh, bueno —dijo, azorado—. Es lo que deseaba la señorita Yo. —Luego se encogió de hombros, para descartar a un tiempo el cumplido y la lluvia, mientras se sacudía la pinaza y los trocitos de corteza que se le habían adherido a la chaqueta al pasar entre los pinos—. ¡Brrr! Un día espantoso, Mac Dubh, no te engañes. —Levantó la vista al cielo mientras negaba con la cabeza—. Dichosa la novia sobre la que brilla el sol; dichoso el cadáver sobre el que cae la lluvia.

—En realidad, no sé hasta qué punto se puede esperar que un cadáver sea feliz —comenté—, cualesquiera sean las condiciones meteorológicas. Pero estoy segura de que Yocasta será feliz, a pesar del día. —Al ver la expresión de desconcierto que cruzaba las facciones de Duncan, me apresuré a añadir—: ¡Y también usted, por supuesto!

—Oh... sí —murmuró, algo inseguro—. Sí, desde luego. Se lo agradezco, señora.

—Cuando te vi venir a través del bosque, pensé que tendrías al cabo MacNair pisándote los talones —observó Jamie—. No vas a visitar a Archie Hayes, ¿verdad?

Duncan pareció sobresaltarse.

—¿A Hayes? No. ¿Para qué me querría el teniente?

—En septiembre estuviste en Hillsborough, ¿no? Oye, Sassenach, llévate a esta pequeña ardilla.

Jamie se interrumpió para entregarme a Jemmy, que había decidido participar más activamente de lo que estaba sucediendo e intentaba trepar por el torso de su abuelo, clavándole las puntas de los pies y emitiendo fuertes gruñidos. No obstante, no era esa súbita actividad el motivo principal por el que mi marido se liberaba de la carga, según descubrí al recibir al niño.

—Muchísimas gracias —dije, arrugando la nariz. Jamie me sonrió de oreja a oreja y echó a andar con Duncan camino arriba, mientras reanudaban la conversación. Yo olfateé con cautela—. Hum... ¿ya has terminado? No, creo que no.

Jemmy cerró los ojos, se puso muy rojo y emitió un ruido restallante, como el de una ametralladora con sordina. Aflojé sus envolturas apenas lo suficiente para echarle un vistazo.

—¡Uf! —exclamé mientras retiraba a toda prisa la manta. Justo a tiempo—. ¿Con qué te alimenta tu madre?

Encantado al verse libre de sus ataduras, Jemmy agitó las piernas como si fuesen aspas de molino, con lo que una desagradable sustancia amarillenta manó por las perneras abolsadas del pañal.

—¡Puaj! —exclamé tan sólo, y cargando al niño con los brazos estirados, me alejé del sendero hacia uno de los pequeños arroyuelos que serpenteaban por la ladera.

Iba pensando que, si bien podía prescindir de comodidades como el agua corriente y los coches, sinceramente a veces echaba de menos cosas tales como las bragas de plástico para los pañales. Por no mencionar los rollos de papel higiénico.

Encontré un buen sitio a la orilla del arroyuelo, con una gruesa capa de hojas caídas, que formaban una especie de lecho. Allí me arrodillé y, extendiendo un pliegue de mi capa, coloqué encima a Jemmy, a cuatro patas; luego le quité el pañal sucio sin molestarme en desabrocharlo.

—¡Uy! —exclamó él, sorprendido por el contacto del aire frío. Apretó las gordezuelas nalgas, encorvándose como un sapo rosado.

—¡Ja! —le dije—. Si te asusta un poco de aire frío en el trasero, espera y verás.

Con un puñado de hojas mojadas, amarillas y pardas, lo limpié con brío. El niño fue bastante estoico; se retorció, pero sin chillar. En cambio se quejó cuando hurgué por sus repliegues. Lo tendí rápidamente de espaldas y, con una mano sobre la zona peligrosa, apliqué un tratamiento similar a sus partes íntimas. Eso provocó una enorme sonrisa sin dientes.

—Ah, conque eres todo un escocés de las Highlands, ¿eh? —comenté, devolviéndole la sonrisa.

—¿Y qué quieres decir con eso, Sassenach?

Al levantar la vista, descubrí a Jamie apoyado en un árbol, al otro lado del arroyuelo. Los atrevidos colores de su tartán de gala y la camisa de lino blanco se destacaban, intensos, contra el descolorido follaje otoñal; no obstante, la cara y el pelo le daban el aire de algún morador del bosque, todo él de color bronce y castaño rojizo; el viento sacudía los mechones libres del pelo, haciéndolos bailar igual que las hojas escarlatas del arce bajo el que se encontraba.

—Al parecer, es insensible al frío y la humedad —expliqué, arrojando el último puñado de hojas sucias al terminar mi tarea—. Por otra parte... Bueno, no he tenido mucho trato con bebés varones, pero ¿esto no es bastante precoz?

Jamie curvó hacia arriba una comisura de la boca ante la visión que se revelaba bajo mi mano. El diminuto apéndice asomaba tan erguido como mi pulgar y aproximadamente del mismo tamaño.

—Ah, no —explicó—. He visto a muchos pequeños en cueros. Todos hacen eso de vez en cuando. —Y se encogió de hombros, ensanchando la sonrisa—. Ahora bien, no sé si ocurre sólo con los pequeños escoceses.

—Habilidad que mejora con los años, me atrevería a decir —concluí secamente. Arrojé el pañal sucio al otro lado del arroyuelo, donde cayó a sus pies, con un ruido de chapoteo—. Quítale los imperdibles y enjuaga eso, ¿quieres?

Arrugó un poco la nariz larga y recta, pero se arrodilló al momento. Luego levantó con tiento y entre dos dedos aquella cosa repugnante.

—Ah, conque esto era lo que habías hecho con tus enaguas —comentó.

Yo había abierto el bolsillo que me colgaba de la cintura para sacar un rectángulo de tela limpia, ya plegado. No era del tipo de pañal que él sostenía, sino una franela suave, gruesa, muy lavada y teñida de rojo claro con zumo de bayas.

Me encogí de hombros. Después de revisar a Jemmy, por si hubiera nuevas explosiones, lo coloqué encima del pañal limpio.

—Con tres bebés de pañales y un clima tan húmedo, nada se seca. Andamos escasos de trapos limpios.

Alrededor del claro donde habíamos acampado, los arbustos estaban festoneados de colada que flameaba, casi toda aún mojada gracias a esa lluvia inoportuna.

—Toma.

Jamie se estiró por encima de los treinta centímetros de agua sembrada de piedras, para entregarme los imperdibles que había extraído del pañal sucio. Los cogí con cuidado, para que no cayeran en el arroyo. Tenía los dedos rígidos y helados, y los imperdibles eran valiosos; Bree los había hecho con alambre caliente, mientras Roger tallaba en madera las capuchas del extremo, guiándose por los dibujos de mi hija. Eran auténticos imperdibles, si bien algo más grandes y toscos que la versión moderna. El único defecto era, en realidad, la cola utilizada para pegar la cabeza de madera al alambre, hecha con leche hervida y trozos de pezuña; como no era del todo impermeable, había que volver a pegar las cabezas de vez en cuando.

Plegué cómodamente el pañal en torno a la ingle de Jemmy y atravesé la tela con un alfiler, sonriendo al ver la cabeza de madera. Bree había tallado en un juego una pequeña y cómica rana, con una ancha sonrisa sin dientes.

—Hala, ranita, ya estás listo. —Con el pañal bien asegurado, me senté con el niño en mi regazo, para bajarle el vestido y tratar de envolverlo de nuevo en su manta—. ¿Adónde ha ido Duncan? ¿A ver al teniente?

Jamie negó con la cabeza, agachado y pendiente de su tarea.

—Le he dicho que no fuera aún. Es cierto que estaba en Hillsborough durante aquellos disturbios. Es mejor que espere un poco; de ese modo, si Hayes pregunta, él podrá jurar sin faltar a la verdad que ninguno de los hombres presentes aquí participó en el alboroto. —Levantó la vista con una sonrisa carente de humor—. Cuando caiga la noche ya no habrá ninguno.

Observé sus manos, grandes y hábiles, que escurrían el pañal enjuagado. Por lo general, las cicatrices de su diestra eran casi invisibles, pero en ese momento se destacaban en melladas líneas blancas contra la piel enrojecida por el frío. Todo aquello me inquietaba un tanto, aunque parecía que no guardaba vinculación directa con nosotros.

En general, no experimentaba más que un leve nerviosismo cuando pensaba en el gobernador Tryon; al fin y al cabo, él estaba cómodamente refugiado en su nuevo palacio de New Bern, separado de nuestro pequeño asentamiento del Cerro de Fraser por cuatrocientos ochenta kilómetros de ciudades costeras, plantaciones, pinares, montañas sin caminos y un páramo aullante. Con tantos motivos como él tenía para preocuparse, como los autoproclamados «reguladores» que habían aterrorizado a Hillsborough, y los comisarios y jueces corruptos que habían provocado ese terror, a duras penas tendría tiempo para pensar en nosotros. Eso esperaba yo.

Aun así, seguía en pie el incómodo hecho de que Jamie fuera titular de una gran concesión de tierras en las montañas de Carolina del Norte, como un presente del gobernador Tryon... Y el gobernador, a su vez, tenía en el bolsillo del chaleco un dato pequeño, pero importante: que Jamie era católico. Y las concesiones de tierras por cuenta del rey sólo se podían hacer en beneficio de protestantes.

Dado el poco significativo número de católicos de la colonia y la falta de organización que imperaba entre ellos, la religión rara vez era un problema. No había iglesias ni sacerdotes católicos residentes; el padre Donahue había hecho el arduo viaje desde Baltimore, a petición de Yocasta. La tía de Jamie y su difunto esposo, Hector Cameron, tenían influencia en la comunidad escocesa local desde hacía tanto tiempo que a nadie se le habría ocurrido poner en tela de juicio su religión; pocos de los escoceses con los que habíamos estado celebrando esa semana debían de saber que éramos papistas.

Sin embargo, era probable que se enteraran muy pronto. Esa noche, el sacerdote casaría a Bree y Roger, que vivían juntos desde hacía un año, así como a otras dos parejas católicas de Bremerton... y también a Yocasta y Duncan Innes.

—Archie Hayes... —dije de pronto— ¿es católico?

Jamie colgó el pañal húmedo de una rama cercana. Luego se sacudió el agua de las manos.

—No se lo he preguntado —dijo—, pero creo que no. Es decir, su padre no lo era. Me sorprendería que lo fuera él, y más aún siendo oficial.

—Cierto.

Las desventajas de haber nacido escocés, pobre y exjacobino eran ya bastante abrumadoras; resultaba sorprendente que Hayes las hubiera superado para elevarse hasta su rango actual, sin la carga adicional del papismo.

No obstante, no era por el teniente Hayes y sus hombres por quienes yo estaba preocupada, sino por Jamie. De puertas afuera se lo veía tan sereno y seguro de sí mismo como de costumbre, con esa vaga sonrisa siempre escondida en los labios. Pero yo lo conocía muy bien; la noche anterior, mientras intercambiaba chistes y anécdotas con Hayes, había notado que los dos dedos rígidos de su mano derecha (mutilados en una prisión inglesa) se contraían contra su pierna. Incluso en ese mismo instante podía ver la fina arruga que se formaba en su ceño cuando estaba atribulado, y no tenía que ver con lo que andaba haciendo.

¿Sería, simplemente, porque le preocupaba la proclama? Yo no le veía sentido, puesto que ninguno de los nuestros había participado en los disturbios de Hillsborough.

—...presbiteriano —estaba diciendo. Me miró con una sonrisa irónica—. Como el pequeño Roger.

De pronto caí en la cuenta de qué era lo que me había estado importunando.

—Lo sabías —señalé—. Sabías que Roger no era católico. Viste cómo bautizaba a esa criatura de la Aldea de la Serpiente, cuando... se lo quitamos a los indios.

Demasiado tarde, vi cruzar una sombra por su cara y me mordí la lengua. Al quitarles a Roger, habíamos dejado en su lugar a Ian, el sobrino a quien Jamie tanto quería. La sombra duró un momento, luego sonrió, apartando el recuerdo de Ian.

—Lo sabía, sí —dijo.

—Pero Bree...

—Se habría casado con el muchacho aunque fuera hotentote —me interrumpió él—. Estaba claro. Y si he de ser franco, ni siquiera yo pondría muchas objeciones si lo fuera —agregó, para sorpresa mía.

—¿De veras?

Jamie se encogió de hombros. Luego cruzó el arroyo hacia la orilla donde yo me encontraba, al tiempo que se secaba las manos con el extremo de su manta.

—Es recto y bueno. Ha aceptado al niño como hijo suyo, sin decir una palabra del asunto a la muchacha. Es lo menos que debe hacer un hombre... pero no cualquiera lo hace.

Sin querer, miré a Jemmy, que se había acurrucado tan cómodo en mis brazos. Yo misma trataba de no pensar en eso, aunque de vez en cuando no podía dejar de analizar sus facciones, francamente simpáticas, en busca de alguna pista que identificara a su verdadero padre.

Dos días después de unirse a Roger y pasar una sola noche con él, Brianna había sido violada por Stephen Bonnet. No había modo de saber con certeza quién era el padre, y por ahora Jemmy no se parecía en absoluto a ninguno de los dos. En ese momento, se mordisqueaba el puño con cara de concentración; con su suave pelusa rojo-dorada, no se parecía a nadie tanto como al propio Jamie.

—Hum... ¿Y por qué tanta insistencia en que el sacerdote lo aprobara?

—De todas formas, se casarán —dijo él, con lógica—. Pero quiero que el pequeño reciba el bautismo católico. —Puso una manaza en la cabeza de Jemmy, alisando con el pulgar las diminutas cejas pelirrojas—. Se me ocurrió que, si yo alborotaba un poco por MacKenzie, aceptarían con gusto an gille ruaidh aquí, ¿no?

Riendo, cubrí con un pliegue de la manta los oídos de Jemmy.

—¡Y yo tan convencida de que Brianna había descubierto cómo eres!

—Y es cierto —dijo él, muy sonriente.

De pronto se inclinó para besarme. Su boca era suave y muy cálida. Sabía a pan con mantequilla; su cuerpo despedía un fuerte olor a hombre y a hojas frescas, con un leve efluvio de pañales.

—¡Oh, qué agradable! —dije con aprobación—. Hazlo de nuevo.

Alrededor del bosque todo estaba en silencio, como siempre ocurre en los bosques. No se oían pájaros ni bestias: por arriba, sólo el susurro del follaje, y el murmullo del agua bajo nuestros pies. Movimiento constante, sonido constante... y en el centro de todo, una paz perfecta. Aunque había mucha gente en la montaña y la mayoría no estaba tan lejos, en ese lugar, en ese momento, era como estar solos en Júpiter.

Abrí los ojos con un suspiro, percibiendo un sabor a miel. Con una sonrisa, Jamie me quitó una hoja amarilla del pelo. El bebé era un peso cálido en mis brazos, el centro del universo.

Ninguno de los dos habló, por no perturbar la quietud. Era como estar en el extremo de una peonza en movimiento: un torbellino de sucesos y personas que pasaban alrededor; un paso en cualquier dirección nos arrojaría de regreso a ese vertiginoso frenesí, pero allí, en el centro mismo... había paz.

Me estiré para sacudirle del hombro unas cuantas semillas de arce. Él me cogió la mano y se la llevó a la boca, con una fiereza súbita que me sobresaltó. Sin embargo, sus labios eran tiernos, caliente la punta de su lengua contra el montículo carnoso en la base del pulgar; monte de Venus, lo llaman: la sede del amor.

Cuando levantó la cabeza, sentí el frío repentino en mi mano, allí donde se veía la antigua cicatriz, blanca como un hueso. Una «J» trazada en la piel. Su marca sobre mí.

Apoyó la mano contra mi cara y yo la cubrí con la mía, como si pudiera sentir, contra mi fría mejilla, la descolorida «C» que él tenía en su palma. Aunque no dijimos nada, el voto estaba hecho, tal como lo hicimos en otros tiempos, en un lugar sagrado, con los pies en un trozo de roca viva en medio de las arenas movedizas que eran las amenazas de guerra.

No estaba cerca, aún no, pero yo la oía llegar en el redoblar de tambores y de proclamas; la veía en el destello del acero; sentía mi miedo hacia ella en el corazón y en los huesos cuando miraba a Jamie en la profundidad de sus ojos.

El frío pasó; la sangre caliente palpitaba en mi mano como para abrir aquella antigua cicatriz y verterse nuevamente por él. Llegaría sin que yo pudiera detenerla.

Pero esta vez no lo abandonaría.

Salí de entre los árboles siguiendo a Jamie; cruzamos un trecho de piedras, arena y pastos duros hacia un camino ya pisado que subía hasta nuestro campamento. En el trayecto, Jamie me comunicó que había invitado a otras dos familias a compartir con nosotros el desayuno. De nuevo, yo hacía cálculos mentales para que me bastara con lo que tenía.

—Robin McGillivray y Geordie Chisholm —dijo, apartando una rama para que yo pasara—. Me ha parecido que debíamos darles la bienvenida; tienen intenciones de instalarse en el cerro.

—¿De veras? —comenté, esquivando la rama que volvía hacia mí por detrás—. ¿Cuándo? ¿Y cuántos son?

Eran preguntas importantes. El invierno estaba cerca, demasiado cerca como para que fuera posible edificar ni aun la más tosca de las cabañas que les sirviera de alojamiento. Si en esos días alguien venía a las montañas, lo más probable es que tuviera que vivir con nosotros en la casa grande, o bien apiñarse en una de las cabañas para pobladores que sembraban el cerro. Si era necesario, los escoceses de las Highlands eran capaces de compartir una sola habitación entre diez. Como inglesa, yo no tenía el sentido de la hospitalidad tan desarrollado y esperaba que eso no fuera necesario.

—Los McGillivray, seis; los Chisholm, ocho —respondió Jamie, sonriente—. Pero los McGillivray no llegarán hasta la primavera. Robin es armero y tiene trabajo en Cross Creek durante el invierno. Su familia vivirá en Salem con unos familiares hasta que pase el frío; su esposa es alemana.

—Ah, qué bien —contesté mientras calculaba: así que catorce más para desayunar; además, Jamie y yo, Roger y Bree, Marsali y Fergus, Lizzie y su padre... Abel MacLennan, no debía olvidarme de él. Ah, y también el joven soldado que había rescatado a Germain. La suma daba veinticuatro.

—Iré a pedir a mi tía que me preste un poco de café y arroz, ¿de acuerdo?

Jamie había estado interpretando la creciente consternación de mis facciones. Con una gran sonrisa, alargó los brazos para recibir al bebé.

—Dame al pequeño para que lo lleve de visita; así tendrás las manos libres para cocinar.

Los seguí con la vista, con una ligera sensación de alivio. Sola, siquiera por algunos momentos. Inspiré hondo el aire húmedo, mientras cobraba conciencia del suave tamborileo de la lluvia contra mi capucha.

Me encantaban las congregaciones y las reuniones sociales, aunque tenía que admitir que la tensión de la compañía constante durante varios días seguidos me ponía de los nervios. Después de pasar una semana entre visitas, cotilleos y consultas médicas diarias y de atravesar pequeñas pero continuas crisis, me habría gustado cavar un pequeño hoyo bajo un tronco para meterme en él, sólo por pasar un cuarto de hora en soledad.

Pero en ese momento parecía que iba a ahorrarme el esfuerzo. De más arriba llegaban voces, llamadas y fragmentos de música de gaitas; la reunión, perturbada por la proclama del gobernador, empezaba a recuperar su ritmo normal; todo el mundo regresaba al hogar familiar, al claro donde se celebraban las competiciones, a los corrales para ganado más allá del arroyo, o a las carretas instaladas para vender cualquier cosa, desde cintas y mantequeras hasta polvo de cemento y limones frescos... o al menos relativamente frescos. Por ahora nadie me necesitaba.

Sería un día muy atareado y ésa bien podía ser mi única oportunidad de estar a solas en toda una semana o más. Ése era el tiempo que requeriría el viaje de regreso, avanzando a paso lento con un grupo numeroso, que incluía a bebés y carretas. La mayoría de los nuevos arrendatarios no tenían caballos ni mulas, así que harían el trayecto a pie.

Necesitaba un minuto para mí misma, a fin de reunir fuerzas y concentrar la mente. Aun así, en ese instante era incapaz de centrarme en la logística del desayuno, en las bodas, ni siquiera en la inminente operación quirúrgica que pensaba realizar. Miraba más adelante, más allá del viaje; anhelaba estar en casa.

El Cerro de Fraser era un sitio elevado en las montañas de occidente —mucho más allá de cualquier población y aun de cualquier ruta establecida—, un lugar remoto y aislado; teníamos pocos visitantes. Y éramos pocos, aunque la población del cerro iba en aumento; más de treinta familias habían venido a instalarse en las tierras otorgadas a Jamie, bajo su patrocinio. En su mayoría eran hombres a quienes él había conocido durante su encarcelamiento en Ardsmuir. Se me ocurrió que Chisholm y McGillivray debían de ser también exconvictos; Jamie había extendido una invitación permanente a todos esos hombres. Y la mantendría en pie, cualesquiera que fuesen los costos de ayudarlos, pudiéramos afrontarlos o no.

Un cuervo pasó en silencioso vuelo, lento y pesado, con las plumas cargadas de lluvia. Los cuervos eran aves de agüero; me pregunté si ése representaba algo bueno o algo malo. Debía de ser un presagio especial, pues era raro que un ave volara con ese tiempo.

Me golpeé la cabeza con el canto de la mano, tratando de ahuyentar la superstición. ¡Si vives por un tiempo con escoceses de las Highlands, hasta la última piedra y el último árbol pasan a tener algún significado!

Y tal vez así era. Aun rodeada de gente en esa montaña, me sentía casi sola, amparada por la lluvia y la bruma. Todavía hacía frío, pero yo no lo sentía. La sangre palpitaba cerca de la piel; sentí crecer el calor en mis palmas. Alargué una mano hacia el pino que se erguía a mi lado, con gotas de agua temblando en cada aguja, negra la corteza de puro mojada. Aspiré su aroma, dejando que el agua, fresca como el vapor, me tocara la piel. La lluvia caía a mi alrededor, silenciosa, mojándome la ropa hasta hacer que se me adhiriera suavemente, como nubes contra la montaña.

Cierta vez, Jamie me había dicho que necesitaba vivir en las montañas; ahora yo sabía por qué, aunque no pudiera expresar la idea en palabras. Todos mis pensamientos dispersos se retiraron mientras escuchaba, atenta a la voz de las rocas y los árboles... Y oí la campana de la montaña que tañía una sola vez, muy hondo, por debajo de mis pies.

Podría haber pasado algún tiempo así hechizada, olvidando por completo el desayuno, pero las voces de las rocas y los árboles desaparecieron ante el repiqueteo de pisadas en el sendero cercano.

—Señora Fraser.

Era Archie Hayes en persona, resplandeciente con su sombrero y su espada, pese a la humedad. Si le sorprendió verme sola de pie junto al sendero, no lo demostró. En cambio inclinó la cabeza en un saludo cortés.

—Teniente. —Yo también me incliné, sintiendo que me ruborizaba como si me hubiera sorprendido en pleno baño.

—¿Está por aquí su esposo, señora? —me preguntó, con aire indiferente.

Pese a mi azoramiento sentí una punzada de desconfianza. El joven cabo MacNair había venido en busca de Jamie y no había logrado que lo acompañara. Si la montaña venía a Mahoma, no se trataba de algo indiferente. ¿Acaso Hayes intentaba arrastrar a Jamie a una persecución tras los reguladores?

—Supongo que sí. En realidad, no sé dónde está —dije, haciendo un esfuerzo consciente por no mirar colina arriba, hacia el punto entre los castaños donde asomaba un pico de lona de la gran tienda de Yocasta.

—Sí, supongo que ha de estar muy ocupado —dijo Hayes, sin alterarse—. Un hombre como él, en el último día del encuentro, debe de tener mucho que hacer.

—Sí, supongo que... eh... sí.

La conversación murió.

Quedé en un estado de inquietud creciente, preguntándome cómo diablos me libraría de invitar al teniente a desayunar. Ni siquiera una inglesa podía cometer la grosería de no ofrecer comida sin provocar comentarios.

—Eh... el cabo MacNair ha dicho que usted deseaba ver también a Farquard Campbell —comenté, cogiendo el toro por los cuernos—. Puede que Jamie haya ido a hablar con él. Con el señor Campbell, quiero decir.

Como si tratara de ayudarlo, le indiqué el campamento de los Campbell, que estaba en el extremo opuesto de la pendiente, a unos cuatrocientos metros del de Yocasta.

Hayes parpadeó; las gotas de lluvia cayeron de sus pestañas y se deslizaron por sus mejillas.

—Sí —dijo—. Podría ser. —Se demoró un momento más antes de levantarse la gorra para saludarme—. Buenos días, señora.

Se alejó camino arriba... hacia la tienda de Yocasta. Lo seguí con la vista, perdida toda sensación de paz.

—¡Mierda! —dije por lo bajo.

Y me puse en marcha para ocuparme del desayuno.

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2

Los panes y los peces

Habíamos escogido un sitio apartado del sendero principal, pero situado en un pequeño claro rocoso, con buena vista al ancho ribazo del arroyo. Mirando hacia abajo, a través de una cortina de acebos, distinguí los destellos del tartán verde y negro, al dispersarse los últimos soldados. Archie Hayes instaba a sus hombres a mezclarse con la gente de la reunión, y la mayoría de ellos obedecía de muy buen grado.

No sabría decir si Archie dictaba esta política como una treta, por penuria o por simple humanidad. Muchos de sus soldados eran jóvenes que se encontraban lejos de sus casas y sus familias; para ellos era una alegría volver a oír voces escocesas, ser bien recibidos junto al fuego del hogar, con el ofrecimiento de brose y gachas, y regodearse en la momentánea calidez de la familia.

Al salir de entre los árboles, vi que Marsali y Lizzie se afanaban por atender al tímido joven que había sacado a Germain del arroyo. Fergus, de pie junto a la fogata, despedía volutas de vapor de sus prendas húmedas, murmurando en francés mientras, con una sola mano, frotaba con brío la cabeza a Germain con una toalla. Tenía el garfio apoyado contra el hombro del pequeño, para mantenerlo quieto, y la cabeza rubia se bamboleaba de un lado a otro. El niño, con la cara serena, no prestaba ninguna atención a las regañinas paternas.

Ni Roger ni Brianna estaban a la vista, pero me alarmó ver a Abel MacLennan sentado al otro lado del claro, mordisqueando un trozo de pan tostado en el extremo de un palo. Jamie había regresado con las provisiones que había pedido prestadas y las estaba desenvolviendo en el suelo, junto al fuego. Aunque tenía el ceño fruncido, al verme cambió el gesto por una sonrisa.

—¡Por fin llegas, Sassenach! —dijo, levantándose—. ¿Por qué has tardado tanto?

—¡Oh!, es que en el sendero me he encontrado con un conocido —dije, dirigiendo una mirada expresiva al joven soldado.

Pero por lo visto no fue lo suficientemente expresiva, pues Jamie juntó las cejas, intrigado.

—El teniente te está buscando —siseé, inclinándome hacia él.

—Pero si eso ya lo sé, Sassenach —replicó él, con voz normal—. Y me hallará bastante pronto.

—Sí, pero...

Carraspeé, enarcando las cejas y mirando alternativamente y con intención a Abel MacLennan y al joven soldado. Jamie, con su concepto de la hospitalidad, no toleraría que arrancaran a sus huéspedes de su casa, y yo suponía que el mismo principio se aplicaba también a la fogata de su campamento. Al joven soldado podía resultarle incómodo arrestar a MacLennan, aunque seguro que el teniente no vacilaría.

Jamie puso cara de diversión. Enarcando también las cejas, me cogió de un brazo para llevarme hacia el joven.

—Querida mía —dijo, muy formal—, permíteme presentarte al recluta Andrew Ogilvie, de la aldea de Kilburnie. Recluta Ogilvie, mi esposa.

El joven, rubicundo y con el pelo oscuro y rizado, me hizo una reverencia al tiempo que se sonrojaba.

—¡A su servicio, señora!

Jamie me apretó apenas el brazo.

—El recluta Ogilvie me estaba diciendo que el regimiento se dirige hacia Portsmouth, en Virginia... donde se embarcará rumbo a Escocia. Supongo que se alegrará de volver a la patria, ¿verdad, muchacho?

—¡Oh, sí, señor! —aseguró fervorosamente el soldado—. El regimiento se licencia en Aberdeen. Y luego me iré a casa, tan rápido como me lo permitan las piernas.

—¿Conque el regimiento va a licenciarse? —preguntó Fergus, acercándose para participar en la conversación, con una toalla al cuello y Germain en los brazos.

—Sí, señor. Ahora que los franchutes... eh... con perdón, señor... están apaciguados y los indios a salvo, no tenemos nada que hacer aquí. Y la Corona no nos paga por quedarnos de brazos cruzados —respondió el joven, melancólico—. Bien mirado, la paz puede ser algo bueno y no deja de alegrarme. Pero no se puede negar que es difícil para el militar.

—Casi tan difícil como la guerra, ¿no? —replicó Jamie, seco.

El muchacho enrojeció; joven como era, no podía haber visto mucho en materia de combate. La guerra de los Siete Años había terminado casi una década atrás, cuando con toda probabilidad el recluta Ogilvie aún correteaba descalzo por Kilburnie.

Sin prestar atención al bochorno del joven, Jamie se volvió hacia mí.

—Me ha dicho —añadió— que el 67 es el único regimiento que queda en las colonias.

—¿El último regimiento escocés? —pregunté.

—No, señora: el último de las tropas regulares de la Corona. Supongo que hay guarniciones aquí y allá, aunque todos los regimientos permanentes han sido convocados a Inglaterra o a Escocia. Somos los últimos... y, además, vamos con retraso. Deberíamos haber embarcado en Charleston, sólo que allí las cosas se pusieron feas, de modo que vamos de camino a Portsmouth tan rápido como seamos capaces. El año ya está avanzado, pero el teniente ha sabido de un barco que podría arriesgarse a hacer la travesía para llevarnos. Si no... —Se encogió de hombros, tomándoselo con apenada filosofía—. Si no, pasaremos el invierno en Portsmouth, supongo, y nos las apañaremos como podamos.

—¿Así que Inglaterra piensa dejarnos sin protección? —Marsali parecía bastante escandalizada por la idea.

—¡Oh!, no creo que haya ningún peligro serio, señora —la tranquilizó el recluta—. Hemos llegado a un acuerdo definitivo con los franchutes. Y si ellos no arman revuelo, los indios no podrán hacer gran cosa. Hace tiempo que todo está tranquilo y sin duda así seguirá.

Hice un pequeño ruido en el fondo de la garganta; Jamie me apretó levemente el codo.

—¿Y no ha pensado usted en quedarse, quizá? —Lizzie, que había estado mondando y rallando patatas mientras escuchaba, dejó el cuenco lleno de relucientes hilachas blancas junto al fuego y comenzó a engrasar la sartén—. Quedarse en las colonias, quiero decir. Aún queda mucha tierra hacia poniente.

—¡Ah...! —El recluta Ogilvie miró desde arriba el pañuelo blanco, pudorosamente inclinado hacia la faena, y volvió a ruborizarse—. Bueno, reconozco que he oído perspectivas peores, señorita. Pero me temo que debo irme con mi regimiento.

Lizzie cogió dos huevos y los rompió con un golpe limpio contra el costado del cuenco. Su cara, por lo general pálida como el suero, tenía un leve reflejo rosado del intenso rubor del recluta.

—¡Oh!, bueno, es una pena que deba irse tan pronto —comentó. Sus rubias y largas pestañas rozaban sus mejillas—. De cualquier modo, no lo dejaremos ir con el estómago vacío.

Ogilvie enrojeció un poco más a la altura de las orejas.

—Es... usted muy amable, señorita. Muy amable.

Lizzie levantó tímidamente la vista y su arrebol se acentuó.

Jamie se disculpó con una suave tos y se alejó de la fogata, llevándome consigo.

—¡Jesús! —dijo por lo bajo, inclinándose para que yo lo oyera—. ¡Y no hace ni un día que se ha hecho mujer! ¿Le has estado dando lecciones, Sassenach, o todas las mujeres nacen así?

—Supongo que es un talento natural —dije, circunspecta.

En realidad, el inesperado advenimiento de la primera menstruación de Lizzie tras la cena de la noche anterior había sido la gota que colmó el vaso respecto a los paños limpios, precipitando el sacrificio de mis enaguas. Naturalmente, Lizzie no había llevado consigo paños menstruales y no quise obligarla a usar pañales de bebé.

—Mmfm... Supongo que debo comenzar a buscarle marido —comentó Jamie, resignado.

—¡Marido! Pero ¡si apenas tiene quince años!

—¿Ah, sí? —Echó un vistazo a Marsali, que frotaba el pelo oscuro de Fergus con una toalla, y lo desvió hacia Lizzie y el soldado; luego me dirigió una mirada cínica, con una ceja enarcada.

—Pues, sí —repliqué, algo molesta—. Es cierto que Marsali sólo tenía quince años cuando se casó con Fergus, pero eso no significa...

Jamie prosiguió, descartando por ahora a Lizzie:

—El hecho es que el regimiento parte mañana hacia Portsmouth; así que no tienen tiempo ni voluntad de atender ese asunto de Hillsborough. Eso le incumbe a Tryon.

—Pero lo que Hayes dijo...

—¡Oh!, no dudo que, si alguien le dice algo, él enviará las declaraciones a New Bern. Pero, por su parte, no creo que le interese mucho si los reguladores incendiaron el palacio del gobernador, mientras eso no le impida embarcarse a tiempo.

Dejé escapar un profundo suspiro, tranquilizada. Si Jamie estaba en lo cierto, lo último que haría Hayes sería tomar prisioneros, cualesquiera que fuesen las pruebas que tuviera. MacLennan estaba a salvo.

—Pero en ese caso, ¿para qué os quiere Hayes, a ti y a los otros? —pregunté mientras me agachaba para revolver en una de las cestas de mimbre, en busca de otra hogaza de pan—. Te está buscando, sí, y personalmente.

Jamie echó una mirada por encima del hombro, como si esperara ver aparecer al teniente entre los acebos. Como el fondo de erizado verdor permanecía intacto, se volvió hacia mí con el ceño algo fruncido.

—No lo sé —dijo, negando con la cabeza—, pero no tiene nada que ver con este asunto de Tryon. De ser así, podría habérmelo dicho anoche. Más aún: si se interesara por el asunto, no habría dejado de decírmelo. No, Sassenach, puedes creerlo: para el pequeño Archie Hayes, los alborotadores no son más que un deber que cumplir. En cuanto a por qué me busca... —Estiró un brazo por encima de mi hombro para pasar un dedo por el borde del tarro de miel—. No quiero pensar en eso antes de lo necesario. Me quedan tres toneles de whisky; antes de que caiga la noche tengo que haberlos convertido en un arado, una hoja de guadaña, tres cabezas de hacha, cinco kilos de azúcar y un astrolabio. Es un juego de magia que requiere cierta atención, ¿no crees?

Después de pasarme con gesto dulce el dedo pringoso por los labios, me levantó la cabeza para besarme.

—¿Un astrolabio? —dije, paladeando la miel. Le devolví el beso—. ¿Para qué?

—Y luego quiero volver a casa —susurró sin prestar atención a mi pregunta. Tenía la frente apretada contra la mía y sus ojos estaban muy azules—. Quiero acostarme contigo... en mi lecho. Y voy a pasar el resto del día pensando en lo que te haré una vez que te tenga allí. Así que el pequeño Archie puede irse a jugar a las canicas con sus huevos, ¿de acuerdo?

—Excelente idea —susurré—. ¿Quieres decírselo tú mismo?

Había visto un destello de tartán verde y negro al otro lado del claro, pero cuando Jamie irguió la espalda y se volvió, vi que nuestro visitante no era el teniente Hayes, sino John Quincy Myers, que llevaba una manta escocesa de soldado envuelta a la cintura, con los extremos flameando libremente en la brisa.

Esto añadía un nuevo toque de color a la vestimenta de Myers, de por sí llamativa. Enorme como era, resultaba difícil no verlo; iba decorado, de la cabeza a los pies, con un sombrero gacho, atravesado por varias agujas y una pluma de pavo; con dos plumas de faisán anudadas a su largo pelo negro, un chaleco de púas secas de puercoespín sobre la camisa adornada de cuentas, sus habituales gregüescos y varias sartas de campanillas enroscadas a las calzas.

—¡Amigo James! —Al ver a Jamie se adelantó deprisa, con una amplia sonrisa, extendida la mano y haciendo sonar las campanillas—. ¡Suponía que te encontraría desayunando!

Mi esposo parpadeó un poco ante esta aparición, pero respondió con cordialidad al apretón de manos del gigante.

—Sí, John. ¿Quieres acompañarnos?

—Eh... sí —me sumé, echando una mirada clandestina a la cesta de la comida—. Quédese, por favor.

John Quincy me hizo una ceremoniosa reverencia, al tiempo que se quitaba el sombrero.

—A su servicio, señora, y muy agradecido. Tal vez más tarde. Ahora he venido para llevarme al señor Fraser. Lo necesitan con urgencia.

—¿Quién? —preguntó Jamie, cauteloso.

—Robbie McGillivray, dice llamarse. ¿Lo conoces?

—Sí, claro que sí. —Fuera lo que fuese lo que Jamie sabía de ese tal McGillivray, hizo que buscara en el pequeño arcón donde guardaba sus pistolas—. ¿Qué sucede?

—Bueno... —John Quincy se rascó meditativamente la poblada barba negra—. Fue su esposa quien me pidió que viniera a por ti. Y como ella no habla lo que se dice un buen inglés, puede que haya confundido un poco el relato. Pero, según creo, cierto rastreador de criminales apresó a su hijo con la excusa de que el muchacho era uno de los rufianes que alborotaron en Hillsborough, y tiene intenciones de llevarlo a la cárcel de New Bern. Sólo que Robbie dice que nadie va a llevarse a un hijo suyo y... Bueno, a partir de ahí la pobre mujer se aturulló y ya no pude entenderle una palabra. Sin embargo, creo que Robbie estaría muy agradecido si pudieras ir a ayudarlo.

Jamie cogió la chaqueta verde de Roger, colgada de una mata a la espera de que le limpiaran las manchas de sangre. Después de ponérsela, se sujetó la pistola recién cargada bajo el cinturón.

—¿Adónde? —preguntó.

Myers hizo un breve gesto con uno de sus grandes pulgares y se adentró entre los acebos, con Jamie pisándole los talones. Fergus, que había estado escuchando el diálogo con Germain en brazos, dejó al niño junto a los pies de Marsali.

—Debo ir a ayudar al grand-père —le dijo. Luego cogió un palo entre la leña y lo puso en manos de su hijo—. Tú quédate; protege a maman y a la pequeña Joan contra la gente mala.

—Oui, papa. —Con un gesto ferozmente ceñudo bajo el flequillo rubio, Germain asió el palo con firmeza, disponiéndose a defender el campamento.

Marsali, MacLennan, Lizzie y el recluta Ogilvie habían asistido a la escena con expresión vacua. Cuando Fergus se adentró con paso decidido en los arbustos tras coger otro leño, el soldado volvió a la vida, moviéndose con inquietud.

—Eh... —dijo—. Quizá debería ir a por mi sargento, ¿no le parece, señora? Si hay algún disturbio...

—No, no —dije a toda prisa. Lo último que necesitábamos era que Archie Hayes y su regimiento se presentaran en masa. Se trataba de ese tipo de situaciones en las que es mejor que todo sea extraoficial—. Estoy segura de que todo saldrá bien. Sin duda es sólo un malentendido. El señor Fraser lo resolverá personalmente. No tema.

Mientras hablaba, yo iba bordeando con sigilo la fogata para acercarme hacia el lugar donde había dejado mis útiles médicos, protegidos de la llovizna bajo una lona. Tras meter la mano por debajo del borde, cogí mi pequeño equipo de emergencia.

—Lizzie, ¿por qué no ofreces al recluta Ogilvie un poco de compota de fresas para su tostada? Y seguramente al señor MacLennan le gustará poner un poco de miel en su café. Me disculpa, ¿verdad, señor MacLennan? Debo ir a... eh...

Con una sonrisa tonta, me escurrí entre las hojas de acebo. Mientras las ramas crujían detrás de mí, me detuve para orientarme. El viento lluvioso me trajo un leve retintín de campanillas. Girando hacia el sonido, eché a correr.

El camino era difícil. Cuando los alcancé, ya cerca del campo de competición, estaba sin aliento y sudorosa por el ejercicio. Aquello no había hecho más que comenzar; me llegó el zumbido de las conversaciones entre la multitud de hombres que se estaban reuniendo, pero aún no había gritos de aliento ni aullidos de desencanto. Unos cuantos ejemplares corpulentos iban de un lado a otro, desnudos hasta la cintura y balanceando los brazos para entrar en calor: eran los fortachones de diferentes asentamientos.

Había empezado a lloviznar otra vez; la humedad relucía en los hombros curvos y aplastaba en remolinos el oscuro vello contra la piel clara de pechos y antebrazos. No obstante, no tuve tiempo para apreciar el espectáculo; John Quincy se abría paso con habilidad entre los apretados grupos de espectadores y competidores, saludando cordialmente con la mano a los conocidos mientras pasábamos. En el lado opuesto de la multitud, un hombre menudo se separó de la masa para correr a nuestro encuentro.

—¡Mac Dubh! Has venido. ¡Gracias por molestarte!

—No es molestia, Robbie —le aseguró Jamie—. ¿Qué es lo que pasa?

McGillivray, visiblemente atribulado, echó un vistazo a los participantes y a sus hinchas, luego señaló con la cabeza los árboles cercanos. Lo seguimos, sin llamar la atención de la muchedumbre que se reunía en torno a dos grandes piedras envueltas en cuerdas; supuse que algunos de los fortachones iban a levantarlas a manera de proeza.

—¿Es por tu hijo, Rob? —preguntó Jamie, esquivando una rama de pino cargada de agua.

—Sí —respondió el hombrecito—. Es decir, ya no.

Eso sonó muy siniestro. Vi cómo la mano de Jamie acariciaba la culata de su pistola, mientras la mía se dirigía a mi instrumental médico.

—¿Qué ha pasado? —pregunté—. ¿Está herido?

—Él no —fue la críptica respuesta. Y McGillivray se inclinó para pasar bajo una arqueada rama de castaño, de la que colgaba una enredadera escarlata.

Atrás había un pequeño espacio abierto —era tan pequeño que no llegaba a ser un claro—, erizado en pastos secos y pinos tiernos. Mientras Fergus y yo nos agachábamos para pasar bajo la enredadera siguiendo a Jamie, una mujer corpulenta que vestía ropas de confección casera vino hacia nosotros; sus hombros se abultaron al levantar la rama de árbol que aferraba en una mano, pero al ver a McGillivray se relajó un poco.

—Wer ist das? —preguntó, mirándonos con suspicacia.

En ese momento John Quincy pasó por debajo de la enredadera. Ella bajó su garrote; sus facciones, sólidas y agradables, se calmaron todavía más.

—¡Ja, Myers! Me traes a den Jamie, oder? —Me miró con curiosidad, aunque estaba demasiado interesada en Fergus y Jamie como para prestarme demasiada atención.

—Sí, amor mío. Éste es Jamie Roy; Sheumais Mac Dubh. —McGillivray se apresuró a atribuirse la aparición de Jamie, apoyándole respetuosamente una mano en la manga—. Ute, mi esposa, Mac Dubh. Y el hijo de Mac Dubh —añadió, señalando a Fergus con un vago ademán.

Ute McGillivray parecía una valkiria a dieta de almidón: alta, muy rubia y muy fuerte.

—A su servicio, señora —saludó Jamie al tiempo que se inclinaba.

—Madame... —añadió Fergus, con una pronunciada reverencia cortesana.

La señora McGillivray les respondió con una profunda inclinación, sin apartar la vista de las visibles manchas de sangre que surcaban la chaqueta de Jamie... o mejor dicho, de Roger.

—Mein Herr —murmuró, con aire impresionado.

Luego se volvió para llamar por señas a un joven de diecisiete o dieciocho años, que había estado acechando algo más atrás. Era menudo, fibroso y moreno, tan parecido a su padre que a duras penas se podría haber dudado de su identidad.

—Manfred —anunció su madre, orgullosa—. Mein muchacho.

Jamie inclinó la cabeza en un grave saludo.

—Encantado, señor McGillivray.

—Eh... a su servicio, señor. —El jovencito parecía indeciso, pero alargó la mano.

—Es un placer conocerlo, señor —le aseguró mi esposo, estrechándosela.

Una vez cumplidas las formalidades, recorrió brevemente con la vista aquel lugar tranquilo, con una ceja enarcada.

—Me han informado de que ha sufrido alguna molestia por parte de un rastreador de criminales. ¿Debo entender que el asunto está resuelto? —Miró con aire interrogativo a los McGillivray, padre e hijo.

Los tres miembros de la familia intercambiaron miradas. Por fin Robin tosió como pidiendo disculpas.

—Bueno, Mac Dubh, no se puede decir que esté resuelto. En realidad...

Dejó la frase en el aire; a sus ojos volvió la expresión atribulada. Su mujer le clavó una mirada severa; luego se volvió hacia Jamie.

—Ist kein molestia —le dijo—. Ich haf den pequeño asunto listo. Sólo queremos saber cómo esconder den Korpus.

—¿El... cuerpo? —repetí, bastante sofocada.

Hasta Jamie parecía algo perturbado.

—¿Lo has matado, Rob?

—¿Yo? —McGillivray se mostró espantado—. Por todos los santos, Mac Dubh, ¿por quién me tomas?

Jamie volvió a enarcar una ceja; estaba claro que la posibilidad de que McGillivray cometiera un acto violento no le parecía del todo descabellada. El hombrecillo tuvo la decencia de avergonzarse.

—Bueno, supongo que podría haber... que en efecto... Pero ¡ese asunto de Ardsmuir, Mac Dubh, ocurrió hace mucho y es agua pasada! ¿Verdad?

—Verdad —dijo Jamie—. Pero ¿qué me dices de ese rastreador? ¿Dónde está?

Una risita sofocada detrás de mí hizo que me diera la vuelta y descubriera allí al resto de la familia McGillivray, silenciosa hasta entonces. Se trataba de tres jovencitas, sentadas en hilera encima de un tronco caído. Iban inmaculadamente ataviadas con pulcros delantales y cofias blancas, apenas ajadas por la lluvia.

—Meine niñas —anunció la señora, moviendo la mano hacia ellas. No era necesario, pues las tres muchachas parecían versiones reducidas de ella misma—. Hilda, Inga und Senga.

Fergus les dedicó una elegante reverencia.

—Enchanté, mes demoiselles.

Las niñas, entre risitas agudas, inclinaron la cabeza a modo de respuesta, pero sin levantarse, lo cual me pareció extraño. Entonces noté que algo raro sucedía bajo las faldas de la mayor; era una especie de bulto que se agitaba acompañado por un gruñido ahogado. Hilda clavó con ganas su talón en lo que fuera, sin dejar de sonreírme de oreja a oreja.

Se oyó otro gruñido, esta vez mucho más audible, proveniente de debajo de sus faldas. Jamie dio un respingo y se volvió hacia ella. Siempre con su alegre sonrisa, Hilda se inclinó para recoger con delicadeza el borde de su falda, bajo la cual se vio una cara frenética, dividida en dos por una tira de paño oscuro atada alrededor de la boca.

—Es él —dijo Robbie, que parecía compartir el talento de su esposa para exponer lo obvio.

—Ya veo. —Jamie contrajo levemente los dedos contra el costado de su kilt—. Eh... podríamos dejarlo salir, ¿no?

Robbie hizo un gesto a las niñas, que se levantaron a una y se hicieron a un lado, dejando al descubierto a un hombrecito, tendido contra el tronco, atado de pies y manos con algo que parecía medias de mujer, y amordazado con un pañuelo. Estaba mojado, cubierto de barro y algo magullado.

Myers se inclinó para cogerlo por el cuello y alzarlo.

—Bueno, no parece gran cosa —dijo con aire crítico, mirándolo con los ojos entornados, como si evaluara una piel de castor mala—. Se diría que lo de cazar criminales no está tan bien pagado como uno cree.

En realidad, el hombre era bastante esmirriado y estaba harapiento, además de desaliñado, furioso... y asustado. Ute lanzó un bufido de desprecio.

—Saukerl! —exclamó, escupiendo directamente a las botas del prisionero. Luego se volvió hacia Jamie, llena de encanto—. Bien, mein Herr. ¿Cómo cree que deberíamos matarlo?

El rastreador abrió mucho los ojos, retorciéndose entre las manos de Myers. Se arqueaba de un lado a otro, conforme emitía gemidos frenéticos a través de la mordaza. Jamie lo observó de pies a cabeza, frotándose la boca con un nudillo. Luego, se dirigió a Robbie, que se encogió apenas de hombros y miró de soslayo a su esposa, como si pidiera disculpas.

Mi marido carraspeó.

—¡Mmfm! ¿Quizá ya tenía alguna idea, señora?

Ante esa muestra de solidaridad con sus intenciones, Ute, radiante, extrajo un largo puñal de su cinturón.

—Pensaba que se podría destripar, wie ein Schwein, ja? Pero mire.

Pinchó con tiento al prisionero entre las costillas. El hombre lanzó un chillido a través de la mordaza mientras en la camisa harapienta florecía una pequeña mancha de sangre.

—Mucha Blut —explicó ella, con un mohín de desencanto. Señaló con un ademán hacia los árboles. Más allá, el espectáculo de levantamiento de piedras parecía estar en plena marcha—. Die Leute volerá.

—¿Volerá? —Desvié la vista hacia Jamie, pensando que se trataba de alguna desconocida expresión alemana. Él carraspeó, frotándose la nariz con una mano—. ¡Ah!, olerá —exclamé, esclarecida—. Sí, supongo que sí.

—Si no desean llamar la atención, tampoco convendría matarlo de un disparo —consideró Jamie, pensativo.

—Yo voto por que le partamos la crisma —dijo Robbie McGillivray, observando apreciativamente al hombre maniatado—. Eso es bastante fácil.

—¿Te parece? —Fergus entornó los ojos, concentrándose—. Yo creo que es mejor matarlo a cuchillo. Si se lo clavas en el lugar correcto, no sale tanta sangre. En el riñón, justo debajo de las costillas, por atrás, ¿eh?

A juzgar por los insistentes sonidos que provenían de la mordaza, el cautivo parecía rechazar las sugerencias. Jamie se frotó el mentón, dubitativo.

—Bueno, no es tan difícil —reconoció—. También podríamos estrangularlo. Claro que movería los intestinos. Y si queremos evitar el olor, aun aplastándole el cráneo... Pero dime, Robbie, ¿cómo ha llegado este hombre hasta aquí?

—¿Eh? —McGillivray parecía perplejo.

—¿Tu campamento no está cerca? —Mi esposo señaló con un breve ademán el diminuto claro, para explicarse. No había rastros de fogata; en realidad, nadie había acampado en ese lado del arroyo. Sin embargo, todos los McGillivray estaban allí.

—¡Oh, no! —La comprensión alumbró las enjutas facciones de Robbie—. No, nuestro campamento está algo más arriba. Sólo vinimos para hacer una pequeña prueba con las pesas —explicó, apuntando hacia el campo de competición—. Y este condenado buitre vio a nuestro Freddie y se apoderó de él como para llevárselo a rastras.

Dirigió una mirada de encono al prisionero. Entonces vi que de su cinturón pendía una cuerda, como si fuera una víbora. A poca distancia, en el suelo, había un par de esposas de hierro; el metal oscuro ya tenía un encaje de herrumbre anaranjada por la humedad.

—Le vimos apresar a nuestro hermano —intervino Hilda—. Entonces, nosotras lo agarramos y lo empujamos hasta aquí, donde nadie pudiera verlo. Como dijo que pensaba entregárselo al comisario, mis hermanas y yo lo derribamos y nos sentamos sobre él. Mamá le dio unos cuantos puntapiés.

Ute le dio a su hija unas palmaditas afectuosas en el robusto hombro.

—Son gut Mädchen, fuertes, meine niñas —dijo a Jamie—. Vinimos fer hier die Wettkämpfer, tal vez escoger esposo para Inga o Senga. Hilda tiene einen Mann ya prometido —añadió, con aire de satisfacción.

Observó a Jamie sin ningún disimulo, demorando la mirada aprobatoria en su estatura, la amplitud de sus hombros y la prosperidad general de su aspecto. Luego me dijo:

—Buen Mann, grande, el tuyo. ¿Tienes hijos varones?

—No, lo siento —me disculpé—. Eh... Fergus está casado con la hija de mi esposo —añadí, viendo que su mirada evaluadora pasaba a él.

El rastreador de criminales pareció percatarse de que nos estábamos desviando del tema y volvió a concentrar la atención sobre sí, con un chillido de indignación a través de la mordaza. Su cara, que había palidecido ante el análisis de su teórica defunción, estaba roja de nuevo; tenía el pelo pegado a la frente, formando púas.

—¡Ah, sí! —exclamó Jamie—. ¿Por qué no permitimos que el caballero diga lo que tenga que decir?

Ante eso, Robbie entornó los ojos, pero asintió de mala gana. A esas alturas las competiciones estaban bastante avanzadas y del campo emanaba un bullicio considerable. Nadie oiría un grito aislado.

—¡No permita que me maten, señor! Bien sabe que eso no es del todo correcto. —Ronco por la dura prueba vivida, en cuanto le quitaron la mordaza, el hombre dirigió su apelación a Jamie—. Sólo cumplo con mi deber al poner a los delincuentes en manos de la justicia.

—¡Ja! —exclamaron de inmediato todos los McGillivray.

Por unánime que pareciera el sentimiento, su expresión se desintegró de inmediato en una serie de palabrotas, opiniones y puntapiés dirigidos a las pantorrillas del caballero por parte de Inga y Senga.

—¡Basta! —ordenó Jamie, elevando la voz lo suficiente para hacerse oír por encima del alboroto. Como no obtuvo resultados, cogió al joven McGillivray por el cuello, bramando a todo pulmón—: Ruhe!

Esto provocó un sorprendido silencio y una serie de miradas culpables en dirección al campo donde se celebraban las competiciones.

—Bien —dijo mi marido con firmeza—. Myers, trae al caballero, ¿quieres? Rob, Fergus, acompañadme. Bitte, madame?

Y se inclinó ante la señora. Ella lo miró parpadeando, pero luego hizo un lento gesto de aquiescencia. Jamie desvió la mirada hacia mí. A continuación, siempre sujetando a Manfred por el cuello, arreó al contingente masculino hacia el arroyo, dejando a las damas a mi cargo.

—¿Tu Mann salvará a mi hijo? —Ute se volvió hacia mí, con las cejas rubias arrugadas por la preocupación.

—Lo intentará. —Eché un vistazo a las niñas, que se habían apiñado detrás de la madre—. ¿Sabéis si vuestro hermano estuvo realmente en Hillsborough?

Las muchachas intercambiaron una mirada y, en silencio, escogieron a Inga como portavoz.

—Bueno, ja, estuvo, en ese momento —dijo ella, algo desafiante—. Pero no alborotando, ni un poquito. Sólo fue para hacer remendar una pieza del arnés y se encontró envuelto en la muchedumbre.

Al sorprender una rápida ojeada entre Hilda y Senga, deduje que ésa no debía de ser toda la verdad. Gracias a Dios, no me correspondía juzgar.

La señora McGillivray mantenía la vista fija en el grupo de los hombres, que conversaban en murmullos a cierta distancia. El rastreador había sido desatado, con excepción de las manos; de pie, con la espalda apoyada contra un árbol, mostraba los incisivos como una rata acorralada. Jamie y Myers erguían ante él toda su estatura mientras Fergus, en un lado, los miraba con ceñuda atención, apoyando el mentón en el garfio. Rob McGillivray había desenfundado un cuchillo, con el que despuntaba contemplativamente una ramita de pino mientras miraba de vez en cuando al prisionero con aire de sombría concentración.

—No dudo que Jamie podrá... eh... hacer algo —dije.

En mi fuero interno confiaba que ese algo no requiriera demasiada violencia. Se me ocurrió la desdichada idea de que el diminuto rastreador de criminales podía caber sin el menor problema en una de las cestas de comida vacías.

—Gut. —Ute McGillivray asintió despacio, sin dejar de observarlos—. Si yo no matarlo, mejor. —De pronto giró hacia mí los ojos, de un azul muy claro y brillante—. Aunque si debo, yo hacerlo.

La creía.

—Comprendo —dije con cautela—. Pero... Discúlpeme usted, pero aun si ese hombre se hubiera llevado a su hijo, ¿no podría presentarse ante el comisario y explicar...?

Más miradas entre las niñas. Esta vez fue Hilda quien habló.

—Nein, señora. Verá... las cosas no habrían estado tan mal si ese hombre hubiera ido a nuestro campamento. Pero aquí abajo...

Dilató los ojos, señalando con la cabeza el campo de competición, donde un golpe sordo y un rugido de aprobación marcaban el éxito de algún esfuerzo.

Al parecer, la dificultad radicaba en el prometido de Hilda, un tal Davey Morrison, de Hunter’s Point. El señor Morrison era un próspero granjero y un hombre de gran valía, además de atleta hábil en el arte de arrojar piedras y en el lanzamiento de troncos. Su familia (padres, tíos y primos) era gente de carácter muy recto y, por lo que entendí, de actitudes muy críticas. Si un rastreador de criminales hubiese apresado a Manfred frente a semejante multitud, poblada por los parientes de Davey Morrison, la noticia se habría extendido a la velocidad de la luz; el resultado del escándalo habría sido la inmediata ruptura del compromiso de Hilda, perspectiva que obviamente perturbaba a Ute mucho más que la idea de degollar al prisionero.

—Malo, también, que yo lo mata y alguien ve —dijo con franqueza, señalando la tenue cortina de follaje que nos ocultaba al campo donde se competía—. Die Morrison no contentos.

—Supongo que no —murmuré, preguntándome si Davey sabría dónde iba a meterse—. Pero usted...

—Quiero casar bien meine niñas —replicó ella con firmeza, con varios cabezazos afirmativos a modo de énfasis—. Busco gut hombres für Sie, hombres guapos, grandes, mit tierra y dinero. —Rodeó con un brazo los hombros de Senga, estrechándola con fuerza—. Nicht wahr, Liebchen?

—Ja, mama —murmuró la jovencita, apoyando con afecto la cofia en el ancho seno de su madre.

En el bando masculino estaba sucediendo algo. Habían desatado las manos al preso, que se frotaba las muñecas; ya sin el gesto ceñudo, escuchaba con expresión cauta lo que Jamie le decía. Nos echó un vistazo; luego, a Robin McGillivray, quien le dijo algo y asintió enfáticamente. El hombre movió la mandíbula como si rumiara alguna idea.

—Así que esta mañana han bajado todos para ver las competiciones y buscar buenos candidatos para maridos de sus hijas. Sí, ya comprendo.

Jamie hundió la mano en su morral y extrajo algo que acercó a la nariz del prisionero, como invitándolo a olfatear. A esa distancia no se veía qué era, pero la expresión del hombre cambió de golpe pasando de la cautela al asco y la alarma.

—Ja, solamente para mirar. —La señora McGillivray, que no los estaba observando, soltó a Senga después de darle unas palmaditas—. Ahora vamos a Salem, donde ist meine Familie. Tal vez allí encontramos un buen Mann, también.

Myers se había apartado del grupo algo más relajado. Después de insertar un dedo bajo el borde de sus gregüescos para rascarse cómodamente las nalgas, echó un vistazo en derredor; por lo visto, los procedimientos ya no le interesaban. Al ver que yo lo estaba observando, se acercó a través del bosquecillo.

—No hay por qué preocuparse, señora —aseguró a Ute—. Yo sabía que Jamie Roy se encargaría de todo. Y así ha sido. Su muchacho está a salvo.

—Ja? —dijo ella, mirando con aire dubitativo hacia los arbolillos.

Era cierto. Todos los hombres habían asumido una actitud relajada. Jamie estaba devolviéndole las esposas al rastreador de criminales. Vi que se las entregaba con brusco desagrado. En Ardsmuir le habían puesto grillos.

—Gott sei dank —dijo Ute, con un suspiro explosivo. Su voluminosa silueta pareció disminuir súbitamente al exhalar el aliento.

El hombrecito se alejaba ya hacia el arroyo. Hasta nosotros llegó, entre los gritos de la muchedumbre, el tintineo metálico de las esposas que se balanceaban. Jamie y Rob McGillivray conversaban, muy juntos, mientras Fergus, un tanto ceñudo, seguía con la vista la retirada del rastreador.

—¿Qué es exactamente lo que le ha dicho Jamie? —pregunté a Myers.

—Oh, bueno... —El gigante me dirigió una ancha sonrisa desdentada—. Jamie Roy, muy serio, le ha dicho al tipo... (que, dicho sea de paso, se llama Boble, Harley Boble), le ha dicho que había tenido mucha suerte de que todos llegáramos a tiempo. Le ha dado a entender que, de otro modo, la dama aquí presente —hizo una reverencia a Ute— lo habría llevado a casa en su carreta, para trocearlo como a un cerdo donde nadie la viera.

Myers se frotó con un nudillo la nariz, surcada de venillas rojas, riendo suavemente bajo la barba.

—Boble no lo ha creído. Ha dicho que ella sólo trataba de asustarlo con ese cuchillo. Entonces Jamie Roy se le ha acercado como para hacerle una confidencia, y le ha dicho que él habría podido pensar lo mismo... de no ser por la reputación de Frau McGillivray, famosa por sus salchichas, y porque había tenido el privilegio de probarlas en el desayuno de la mañana. Ahí es cuando Boble ha comenzado a perder el color. Y cuando Jamie Roy ha sacado un trozo de embutido para mostrarle...

—¡Oh, santo cielo! —dije, recordando vívidamente cómo olía esa salchicha.

El día anterior se la había comprado a un vendedor en la montaña, para luego descubrir que estaba mal curada; una vez que la corté, despidió un olor tan fuerte a sangre podrida que nadie pudo comérsela. Jamie había guardado los ofensivos restos en su morral, envueltos en un pañuelo, con intención de que le devolviera el dinero o de hacérselos tragar al vendedor.

—Ahora lo entiendo.

Myers hizo un gesto afirmativo y se volvió hacia Ute.

—Y su esposo, señora... Este bendito Rob McGillivray es un mentiroso nato. Asentía solemnemente a todo eso, moviendo la cabeza y diciendo que se las había ingeniado para proveerla de carne suficiente.

Las niñas no pudieron contener su risa.

—Papá no es capaz de matar una mosca —me dijo Inga, por lo bajo—. No puede retorcer el cogote a un pollo.

Myers elevó los hombros en un gesto de buen humor mientras Jamie y Rob se acercaban por la hierba húmeda.

—De modo que Jamie le ha dado a Boble su palabra de caballero de que lo protegería de usted. Y Boble ha dado su palabra de... Bueno, ha dicho que no se acercaría al joven Manfred.

—Humm —murmuró Ute, algo desconcertada. No le molestaba en absoluto que la hicieran pasar por asesina habitual y la complacía mucho que Manfred estuviese fuera de peligro; lo que la ofendía era que se criticara la reputación de sus salchichas—. ¡Yo, hacer una porquería como ésa! —Arrugó la nariz hacia el maloliente trozo de carne que Jamie sometía a su inspección—. Pfaugh! Ratzfleisch!

Al tiempo que desechaba el embutido con un ademán melindroso, se dirigió a su marido, murmurando algo en alemán. Luego inspiró hondo y, expandiéndose otra vez, reunió a sus hijos como una gallina a sus pollos, instándolos a agradecer como es debido la ayuda de Jamie. Él le hizo una reverencia, algo ruborizado por el coro de gratitud.

—Gern geschehen —dijo—. Euer ergebener Diener, Frau Ute.

Ella lo miró, radiante y ya recuperada la compostura, mientras mi esposo se despedía de Rob.

—Qué Mann guapo y grande —musitó mientras lo observaba de arriba abajo, moviendo levemente la cabeza.

De inmediato notó que yo estaba comparando a Jamie con Rob; el armero era bastante guapo, de facciones cinceladas y pelo negro rizado, muy corto, pero tenía los huesos de un gorrión y le llegaba más o menos al hombro a su fornida esposa. No pude dejar de preguntarme cómo, dada su evidente admiración por los hombres corpulentos...

—¡Oh!, bueno... —Ella se encogió de hombros como pidiendo disculpas—. El amor, ya sabe usted.

Lo decía como si el amor fuera un estado realmente lamentable, pero imposible de evitar. Eché una mirada a Jamie, que estaba envolviendo cuidadosamente su embutido para guardarlo en el morral.

—Vaya si lo sé —dije.

Cuando regresamos a nuestro campamento, los Chisholm se estaban despidiendo, ya bien alimentados por las muchachas. Por suerte, Jamie había traído abundante comida del campamento de Yocasta, así que pude sentarme ante un grato desayuno de buñuelos de patata, bannocks con mantequilla, jamón frito y café (¡por fin!), mientras me preguntaba qué más podía suceder ese día. Quedaba tiempo de sobra; el sol apenas asomaba por encima de los árboles, casi invisible tras las nubes de lluvia.

Algo más tarde, gratamente satisfecha y con la tercera taza de café en la mano, aparté la lona que cubría lo que yo llamaba mis utensilios de medicina. Era hora de preparar las operaciones de la mañana; debía inspeccionar los frascos de suturas, reaprovisionarme de hierbas, volver a llenar la gran botella de alcohol y preparar todos los remedios que debían estar recién hechos.

Agotadas las hierbas más comunes que había llevado conmigo, había aumentado mi provisión gracias a los buenos oficios de Myers, quien me trajo varias cosas raras y útiles desde las aldeas indias del norte, y a mis juiciosos intercambios con Murray MacLeod, joven y ambicioso boticario que se había adentrado en el continente para establecer su tienda en Cross Creek.

Al pensar en el joven Murray, me mordisqueé la cara interior de la mejilla. Albergaba todas aquellas horribles ideas que pasaban por conocimientos médicos en esa época... y afirmaba sin ninguna timidez la superioridad de métodos científicos tales como la sangría y las ventosas, por encima de la anticuada tendencia a curar con hierbas que preferían las viejas ignorantes como yo.

Aun así, su condición de escocés lo dotaba de una fuerte veta pragmática. Después de echar un vistazo a la poderosa complexión de Jamie, se había tragado las opiniones más insultantes. Yo tenía cien gramos de ajenjo y un frasco de jengibre silvestre que él deseaba. Además, había observado astutamente que la mayoría de los montañeses acudían a mí y no a él cuando les afectaba alguna dolencia... y también que mis curas los hacían mejorar. Si yo tenía secretos, él quería conocerlos. Y yo, con mucho gusto, dejaría que los conociera.

Por suerte, aún me quedaba mucha corteza de sauce. Vacilé ante la pequeña hilera de frascos que ocupaba la bandeja superior del cofre. Había allí varios emenagogos fuertes: cimífuga, cornezuelo y poleo, pero escogí los más suaves: atanasia y ruda. Puse un puñado en el cuenco y lo dejé a remojo en agua hirviendo. Además de aplacar las molestias de la menstruación, la atanasia tenía fama de calmar los nervios... y resultaba difícil imaginar a una persona más nerviosa que Lizzie Wemyss.

Eché un vistazo a la fogata, donde Lizzie untaba con lo que quedaba de conserva de fresas la tostada del recluta Ogilvie, quien parecía repartir su atención entre la muchacha, Jamie y el pan, dedicando la mayor proporción a su tostada.

La ruda era también un buen antiparasitario. Yo no estaba segura de que Lizzie tuviera lombrices, pero era algo común entre la gente de la montaña. No le vendría mal una dosis.

Observé a hurtadillas a Abel MacLennan, preguntándome si convendría echarle un poco del brebaje en el café; pese a su corpulencia, tenía el aspecto demacrado y anémico de quien alberga parásitos intestinales. Aun así, el pálido desasosiego de sus facciones bien podía deberse al hecho de que estaba al tanto de la presencia de rastreadores de criminales en la zona.

La pequeña Joan volvía a llorar de hambre. Marsali se sentó y, metiendo la mano bajo el manto para aflojarse el corpiño, la puso a mamar, mordisqueándose el labio con ansiedad. Hizo un gesto de dolor, aunque se relajó cuando la leche comenzó a fluir. Pezones agrietados. Con las cejas fruncidas, volví a estudiar el cofre de los remedios. ¿Había traído ungüento de lana de oveja? Pues no, ¡qué pena! Y mientras Joan mamara, no convenía utilizar grasa de oso; tal vez aceite de girasol...

—¿Un poco de café, querida? —El señor MacLennan, que había estado observando a Marsali con preocupada solidaridad, le ofreció su taza de café intacta—. Mi esposa solía decir que el café caliente calmaba los dolores de la lactancia. Es mejor con whisky —sus delgados carrillos se animaron un poco—, pero aun así...

—Taing. —Marsali aceptó la taza con una sonrisa agradecida—. Llevo helada toda la mañana.

Sorbió con cautela el líquido humeante y un leve rubor le subió a las mejillas.

—¿Piensa volver mañana a Drunkard’s Creek, señor MacLennan? —le preguntó en tono cortés al devolverle la taza vacía—. ¿O viajará a New Bern con el señor Hobson?

Jamie levantó la mirada de golpe, interrumpiendo su conversación con el recluta Ogilvie.

—¿Hobson va a New Bern? ¿Cómo lo sabes?

—Eso dijo la señora Fowles —respondió Marsali de inmediato—. Me lo contó cuando fui a pedirle prestada una camisa seca para Germain; ella tiene un niño del mismo tamaño. Está preocupada por su esposo Hugh, porque el padre de ella, el señor Hobson, quiere que él lo acompañe, pero Hugh tiene miedo.

—¿A qué va Joe Hobson a New Bern? —pregunté, espiando por encima del cofre de los remedios.

—A presentar una petición al gobernador —dijo Abel MacLennan—. ¡De mucho servirá! —Y sonrió a Marsali con cierta tristeza—. No, muchacha. A decir verdad, no sé adónde ir. Pero no será a New Bern.

—¿No lo espera su esposa en Drunkard’s Creek? —Ella lo observó con aire afligido.

—Mi esposa ha muerto, muchacha —fue la suave respuesta. MacLennan planchó con su mano las arrugas del pañuelo rojo contra la rodilla—. Murió hace dos meses.

—Oh, señor Abel. —Marsali se inclinó hacia delante para estrecharle la mano, llenos de dolor los ojos azules—. ¡Lo siento mucho!

Él le dio unas palmaditas en la mano, sin levantar la vista. En su escaso pelo refulgían diminutas gotas de lluvia; un hilo de agua se deslizó tras una de sus grandes orejas coloradas, sin que él hiciera ademán alguno de enjugarlo. Jamie, que se había puesto de pie para interrogar a la muchacha, tomó asiento en el tronco, junto a MacLennan, y le puso con gesto amable una mano en la espalda.

—No lo sabía, a charaid —dijo en voz baja.

—No. —El otro miró las llamas transparentes, sin verlas—. Es que... bueno, la verdad es que no se lo he dicho a nadie. Hasta ahora.

Jamie y yo intercambiamos una mirada por encima del fuego. Drunkard’s Creek no podía albergar a más de veinticinco almas en esas pocas cabañas diseminadas por las riberas. Sin embargo, ni los Hobson ni los Fowles habían mencionado la pérdida de Abel; debía de ser verdad que no se lo había dicho a nadie.

—¿Cómo sucedió, señor Abel? —Marsali seguía reteniendo su mano, aunque yacía muy laxa en el pañuelo rojo, con la palma hacia abajo.

MacLennan levantó la vista, parpadeando.

—Bueno... —dijo en tono vago—. Sucedieron tantas cosas. Y no obstante... al fin y al cabo no fue tanto. Abby... Abigail, mi esposa, murió de unas fiebres. Cogió frío y... y murió.

Parecía algo sorprendido. Jamie echó un poco de whisky en una taza vacía y la puso en las manos dóciles de MacLennan, curvándole los dedos hasta que él la sujetó.

—Bebe, amigo —dijo.

En silencio, todo el mundo observó a Abel, que probaba el whisky, obediente: un sorbo, luego otro. El joven recluta Ogilvie se removió en su piedra, incómodo; parecía que estaba deseando regresar a su regimiento, pero él tampoco se movió, como si temiera que una partida abrupta hiciera sufrir a ese hombre aún más.

La misma quietud de MacLennan atraía todas las miradas, acallaba cualquier conversación. Mi mano revoloteó sobre los frascos del cofre, inquieta. Pero no había remedio para eso.

—Yo tenía bastante —dijo de pronto—. De verdad. —Apartó los ojos de su taza para mirar en torno a la fogata, como si nos desafiara a contradecirlo—. Para los impuestos, ¿comprenden? El año no fue tan bueno como esperaba, aunque fui prudente. Tenía en reserva diez toneles de maíz y cuatro magníficos cueros de venado. Todo eso valía más que los seis chelines del impuesto.

Pero los impuestos no se pagaban en cereales, cueros y bloques de añil, sino en efectivo. Entre los agricultores, el trueque era la manera habitual de hacer negocios. Yo lo sabía de sobra, me dije, echando un vistazo a las diversas cosas que la gente me traía como pago por mis hierbas y mis remedios. Nadie pagaba nada en efectivo, salvo los impuestos.

—Bueno, es razonable —dijo MacLennan, parpadeando severamente hacia Ogilvie, como si el joven hubiera protestado—. ¿Para qué quiere Su Majestad una piara de cerdos o unos cuantos pavos? No, comprendo que se deba pagar en efectivo. Cualquiera lo entiende. Y yo tenía el cereal; podía venderlo sin mucho esfuerzo por seis chelines.

La única dificultad, desde luego, era convertir diez toneles de cereal en seis chelines de impuestos. En Drunkard’s Creek había quienes podrían habérselos comprado, pero allí nadie tenía dinero. Era preciso llevar ese maíz a Salem, la población más cercana donde se podía obtener efectivo. Aun así, Salem estaba a unos sesenta kilómetros de Drunkard’s Creek: se requería una semana para ir y regresar.

—Yo tenía dos hectáreas de cebada tardía —explicó Abel—. Madura, lista para la siega. No quería dejar que se perdiera. Y mi Abby era una mujer menuda, delgada. No podía ponerla a segar y trillar.

Como no quería perder una semana de las tareas de la cosecha, Abel buscó ayuda en sus vecinos.

—Es buena gente —insistió—. Uno o dos podían prestarme algún céntimo, pero ellos también tenían que pagar sus impuestos, ¿entienden?

Aún confiado en obtener, de algún modo, el dinero necesario sin realizar el arduo viaje a Salem, Abel se demoró... demasiado tiempo.

—El comisario es Howard Travers —dijo, enjugándose de forma automática la gota de humedad que se le había formado en la punta de la nariz—. Vino con un papel y dijo que debía expulsarnos por no pagar los impuestos.

Frente a la necesidad, Abel dejó a su esposa en la cabaña y viajó a toda prisa hacia Salem. Sin embargo, cuando regresó, con los seis chelines en la mano, su propiedad había sido confiscada y vendida (al suegro de Howard Travers), su esposa había desaparecido y unos desconocidos ocupaban la cabaña.

—Yo sabía que ella tenía que estar cerca —explicó—, porque no abandonaría a los críos.

Y allí fue donde la halló, envuelta en un edredón raído, temblando bajo la gran pícea de la colina que protegía las tumbas de los cuatro niños MacLennan, todos fallecidos en el primer año de vida. Pese a todas sus súplicas, Abigail no quiso bajar a la que había sido su cabaña; no quería pedir ayuda a quienes la habían echado. Abel no supo decirnos si aquello fue la locura de la fiebre o simple tozudez; su esposa se aferró a las ramas del árbol con fuerza demencial, diciendo a voces los nombres de sus hijos... y allí murió, durante la noche.

La taza de whisky estaba vacía. MacLennan la dejó cuidadosamente en el suelo, junto a sus pies, mientras ignoraba a Jamie, que le señalaba la botella.

—La habían autorizado a llevarse lo que pudiera. Tenía un hatillo con su paño mortuorio. Todavía la veo ante la rueca, apenas después de nuestra boda, hilando para tejerlo. Tenía pequeñas flores a lo largo de un borde. Ella era hábil con la aguja.

Envolvió a Abigail en la mortaja bordada. Luego, la sepultó junto al menor de sus hijos y caminó tres kilómetros por la carretera, con intención de contarles lo sucedido a los Hobson.

—Pero cuando llegué a su casa los encontré a todos yendo de un lado a otro, como avispones. Hugh Fowles había recibido la visita de Travers, que acudía por los impuestos, y no había dinero con que pagar. Travers, sonriendo como un simio, le había dicho que le daba igual. Diez días después, había vuelto con un papel y tres hombres. Y los había expulsado.

Hobson había reunido a duras penas el dinero para pagar sus tasas; los Fowles se habían apiñado con el resto de la familia, sanos y salvos, pero Joe estaba furioso por la manera de tratar a su yerno.

—Joe vociferaba, enloquecido de ira. Janet Hobson me hizo pasar, me ofreció asiento y comida. Y allí estaba Joe, gritando que se cobraría la tierra con el pellejo de Howard Travers. Y Hugh, que parecía un perro apaleado, y su esposa que me saludaba, y todos los críos chillando por su comida como una camada de lechones y... bueno, pensé en darles la noticia, pero luego...

Movió la cabeza, como si volviera a confundirse.

Sentado en el rincón de la chimenea, medio olvidado, había sentido una extraña especie de fatiga; se había sentido tan cansado que cabeceó, vencido por el letargo. El ambiente estaba caldeado; lo había invadido una sensación de irrealidad. Si los atestados confines de aquel único cuarto no eran reales, tampoco lo era la tranquila ladera, la tumba nueva al lado de la pícea.

Había dormido bajo la mesa y despertado antes del alba. La sensación de irrealidad persistía. Todo a su alrededor le había parecido un sueño. Era como si él mismo hubiera dejado de existir. Su cuerpo se había levantado, se había aseado. Comía, hacía gestos y hablaba sin que él lo supiera. Ya nadie existía en el mundo exterior. Y cuando Joe Hobson se había puesto en pie para anunciar que él y Hugh irían a Hillsborough para buscar justicia en el tribunal, Abel MacLennan se había descubierto marchando por la carretera con ellos, asintiendo y respondiendo cuando se le hablaba, sin más voluntad que los muertos.

—Mientras caminaba se me ocurrió que sí, que estábamos todos muertos —dijo, con aire soñador—. Joe, Hugh, yo y los demás. Me daba igual estar en un sitio que en cualquier otro; sólo era cuestión de moverse hasta que llegara el momento de tender mis huesos junto a Abby. No me importaba.

Al llegar a Hillsborough no se había percatado de las intenciones de Joe. Se había limitado a seguirlo, obediente y sin pensar. Había ido tras él, caminando por las calles cenagosas y llenas de cristales rotos de las ventanas destrozadas. Había visto la luz de las antorchas y la muchedumbre, había oído los gritos y los alaridos, todo sin conmoverse.

—Sólo eran hombres muertos, un repiquetear de huesos contra huesos —dijo, encogiéndose de hombros. Por un instante, guardó silencio. Luego se volvió hacia Jamie y lo miró larga, severamente—. ¿Es así? ¿Tú también estás muerto?

Una mano laxa, encallecida, flotó desde el pañuelo rojo hasta posarse apenas contra el pómulo de mi esposo.

En vez de rechazar el contacto, Jamie cogió aquella mano para estrecharla entre las suyas.

—No, a charaid —dijo con voz suave—. Todavía no.

MacLennan asintió despacio.

—Sí. Tiempo al tiempo —dijo.

Liberó las manos para alisar el pañuelo. Seguía cabeceando, como si el resorte del cuello se le hubiera estirado en demasía.

—Tiempo al tiempo —repitió—. No es tan malo.

Entonces se puso de pie, cubriéndose la cabeza con el cuadrado de tela roja. Se volvió hacia mí con un saludo cortés, y sus ojos vagos y atribulados.

—Le agradezco el desayuno, señora.

Y se alejó.

9788415631231-7

3

Humores biliosos

La partida de Abel MacLennan puso brusco fin al desayuno. El recluta Ogilvie se retiró dando las gracias; Jamie y Fergus se fueron en busca de guadañas y astrolabios; Lizzie, que se marchitaba en ausencia de su soldado, declaró que no se sentía bien y desapareció en uno de los refugios, fortalecida con una gran tisana de atanasia y ruda.

Por suerte, Brianna decidió reaparecer en ese momento, sin Jemmy. Según me dijo, ella y Roger habían desayunado con Yocasta. El niño se había dormido en brazos de la anciana y, como ambos parecían contentos con la situación, lo había dejado allí para venir a ayudarme con las consultas de la mañana.

—¿Estás segura de querer ayudarme hoy? —pregunté, mirándola con aire dubitativo—. Después de todo, es el día de tu boda. Creo que Lizzie o la señora Martin podrían...

—No, lo haré yo —me aseguró, pasando un paño por el asiento del taburete que yo utilizaba para atender—. Lizzie se encuentra mejor, pero no creo que esté como para soportar pies infectados y estómagos pútridos.

Con un leve estremecimiento, cerró los ojos al recuerdo del anciano caballero a quien, el día anterior, yo había curado un talón ulcerado. El dolor le había hecho vomitar copiosamente sobre sus pantalones harapientos, lo cual provocó que muchos de los que esperaban ser atendidos vomitaran también. El recuerdo me dio un poco de náuseas, pero las dominé con un último sorbo de café amargo.

—No, supongo que no —reconocí de mala gana—. Aunque tu vestido no está del todo terminado, ¿verdad? ¿No deberías ir a...?

—Todo está bien —me aseguró—. Fedra está cosiendo el dobladillo. Y Ulises anda dando órdenes a los sirvientes como si fuera un sargento del ejército. Yo no haría más que estorbar.

Cedí sin más reparos, aunque me extrañaba un poco esa prontitud. Si bien Bree no era remilgada frente a las exigencias de la vida normal, tales como desollar animales y limpiar pescado, yo sabía que la perturbaba la proximidad de personas con malformaciones o enfermedades visibles, aunque hiciera lo posible por disimularlo. No era asco, me dije, sino una empatía que la paralizaba.

Retiré el hervidor del fuego para verter agua hirviendo en un frasco grande medio lleno de alcohol destilado, mientras entornaba los ojos para protegerlos contra las nubes de vapor etílico. Era muy duro ver que tantas personas sufrían de cosas que en otra época podrían tratarse fácilmente con antisépticos, antibióticos y anestesia. Pero en los hospitales de campaña, en un momento en que todas esas innovaciones eran nuevas y raras, yo había aprendido a mantener la objetividad, que sabía necesaria y valiosa.

Si se interponían mis propios sentimientos, se me haría imposible ayudar a nadie. Y debía ayudar: la cosa era así de simple. Pero Brianna no tenía ese tipo de conocimientos para usarlos como escudo. Todavía no.

Cuando acabó de limpiar los taburetes y las cajas, y quitó todo lo que pudiera estorbar a los pacientes de la mañana, irguió la espalda con una pequeña arruga entre las cejas.

—¿Recuerdas a la mujer que viste ayer? ¿La que trajo al niñito retrasado?

—No es algo que puedas olvidar —dije, con tanta ligereza como me fue posible—. ¿Por qué? Oye, ¿puedes ocuparte de esto?

Señalé la mesa plegable, que se negaba tercamente a cerrarse como era debido; sus articulaciones se habían hinchado con la humedad. Brianna frunció apenas el ceño, estudiándola; luego dio un golpe a la articulación correspondiente con el canto de la mano. El mueble obedeció de inmediato, como si reconociera la presencia de una fuerza superior.

—Listo. —Se frotó el costado de la mano, distraída y aún con las cejas fruncidas—. Insististe mucho en recomendarle que tratara de no tener más niños. ¿Lo del pequeño era hereditario?

—Se podría decir que sí —respondí secamente—. Sífilis congénita.

Ella levantó la vista, palideciendo.

—¿Sífilis? ¿Estás segura?

Hice un gesto afirmativo, mientras enrollaba una tira de lino hervido para vendajes. Aún estaba muy mojado, aunque no había alternativa.

—La madre aún no presentaba los signos visibles de los últimos estadios de la enfermedad, pero en los niños son inconfundibles.

La mujer había venido simplemente a que le abriera una fístula, con el pequeño aferrado a sus faldas. Él tenía la característica nariz aplastada a la altura del puente, y su mandíbula estaba tan mal formada que no me sorprendió verlo tan desnutrido: apenas podría masticar. Era imposible saber cuánto de su evidente retraso se debía al daño cerebral y cuánto a la sordera; parecía sufrir ambas deficiencias, pero no intenté evaluarlas, pues no había nada que pudiera hacer por remediarlas. Le había aconsejado a la madre que le diera el caldo que queda después de hervir los nabos, para aliviar un poco la desnutrición; por lo demás, en poco podíamos ayudar al pobrecito.

—Aquí no la veo tan a menudo como en París o en Edimburgo, donde había muchas prostitutas —le dije a Bree, arrojando la bola de vendas al saco de lona que ella mantenía abierto—. Pero sí de vez en cuando. ¿Por qué? ¿Acaso piensas que Roger tiene sífilis?

Me miró boquiabierta. Su expresión espantada se borró ante un instantáneo torrente de rojo furioso.

—¡Claro que no, mamá! —exclamó.

—Bueno, no es que yo lo haya pensado —expliqué suavemente—. Pero pasa en las mejores familias... y como preguntabas...

Ella lanzó un fuerte resoplido.

—Yo te preguntaba por anticonceptivos —corrigió entre dientes—. Al menos es lo que pensaba hacer, antes de que te lanzaras con la Guía médica de enfermedades venéreas.

—Ah, es eso. —La observé con aire pensativo, reparando en las manchas de leche seca que tenía en el corpiño—. Bueno, amamantar es bastante efectivo. No te brinda seguridad absoluta, desde luego, pero sí bastante. Después de los primeros seis meses, menos.

Jemmy ya tenía seis meses.

—Mmfm... —musitó ella, tan al estilo de Jamie que debí morderme el labio inferior para no reír—. ¿Y qué otra cosa efectiva hay?

Yo no había hablado con ella de métodos anticonceptivos, al estilo del siglo XVIII. Cuando apareció por primera vez en el Cerro de Fraser no parecía necesario. Y la verdad es que después no lo fue, pues ya estaba embarazada. ¿Así que ahora sí que lo necesitaba?

Con el ceño fruncido, fui guardando poco a poco rollos de vendas y manojos de hierbas dentro de mi saco.

—Lo más común es una barrera de cualquier tipo. Un trozo de seda o una esponja, empapadas en toda clase de cosas, desde vinagre a coñac, aunque si dispones de aceite de atanasia o de cedro, se supone que es lo mejor. Me han dicho que algunas mujeres, en las Indias, usan medio limón, pero obviamente aquí no sería una opción adecuada.

Ella dejó escapar una breve risa.

—No, no creo. Y tampoco creo que el aceite de atanasia dé muy buenos resultados. Es lo que usaba Marsali cuando se quedó embarazada de Joan.

—¡Ah!, ¿lo estaba usando? Supongo que alguna vez no se tomaría la molestia... y basta con una vez.

Más que verla, la sentí tensarse y me mordí los labios de nuevo, ahora de mortificación. Para ella, una única vez había sido suficiente; lo que no sabíamos era cuál de esas dos únicas veces. Pero Brianna se encogió de hombros y los dejó caer, descartando deliberadamente los recuerdos que mi irreflexivo comentario pudiera haber conjurado.

—Me dijo que lo había estado usando, aunque quizá lo olvidó. De cualquier modo no siempre da resultado, ¿verdad?

Me cargué al hombro el saco de vendas y hierbas secas; luego cogí el cofre de las medicinas por la correa de cuero que Jamie le había hecho.

—Lo único que funciona siempre es el celibato —respondí—. Supongo que, en el caso que nos ocupa, no es una opción satisfactoria.

Ella negó con la cabeza, cavilando tristemente, fija la mirada en un grupo de hombres jóvenes que se entreveían tras los árboles de abajo; se estaban turnando para arrojar piedras al otro lado del arroyo.

—Era lo que me temía —dijo mientras se inclinaba para levantar la mesa plegable y un par de taburetes.

Recorrí el claro con una mirada analítica. ¿Algo más? No me preocupaba abandonar la fogata; aunque Lizzie se quedara dormida, con ese tiempo no había en la montaña nada que pudiera quemarse; hasta la yesca y la leña almacenadas en un extremo del cobertizo estaban húmedas. Pero faltaba algo. ¿Qué? Ah, sí. Tras dejar un momento la caja, me arrodillé para arrastrarme al interior del cobertizo y revolví en la maraña de edredones. Al salir, por fin llevaba mi taleguilla de remedios.

Después de recitar una breve oración a santa Bride, me lo colgué del cuello, por debajo del corpiño. Estaba tan habituada a usar ese amuleto cuando iba a practicar la medicina que ya casi no percibía lo ridículo de ese pequeño rito. Casi. Bree me estaba observando con expresión bastante extraña, pero no dijo nada.

Yo tampoco; me limité a recoger mis cosas y la seguí a través del claro, evitando con cuidado los sitios más cenagosos. Ya no llovía, aunque las nubes, posadas en lo alto de los árboles, prometían más agua en cualquier momento; de los troncos caídos y los arbustos goteantes manaban volutas de bruma.

¿Qué motivos tendría Bree para interesarse por los anticonceptivos? Me parecía sensato, desde luego, pero ¿por qué ahora? Tal vez guardase alguna relación con el hecho de que estaba a punto de casarse con Roger. Si bien llevaban varios meses viviendo como marido y mujer, la formalidad de los votos pronunciados ante Dios y ante los hombres bastaban para imponer una mayor sobriedad a los jóvenes más alocados. Sólo que ni Roger ni Brianna lo eran.

—Existe otra posibilidad —dije a su espalda, pues iba delante de mí por la senda resbaladiza—. No sé hasta qué punto es fiable, porque aún no la he probado con nadie. Nayawenne, la vieja tuscarora que me regaló el saco de medicinas, me dijo que había hierbas de mujeres. Mezclas diferentes para cosas diferentes, pero una planta especial para eso; dijo que sus semillas impedían al espíritu del hombre imponerse al de la mujer.

Bree hizo una pausa y se volvió a medias al acercarme yo.

—¿Así ven los indios el embarazo? —Una comisura de su boca se curvó irónicamente—. ¿El hombre gana?

Me eché a reír.

—Bueno, en cierto modo. Si el espíritu de la mujer es demasiado fuerte para el del hombre o no cede ante él, ella no podrá concebir. Por eso, cuando una mujer quiere tener un hijo y no puede, con mucha frecuencia el chamán trata a su esposo o a ambos, en vez de tratarla sólo a ella.

Ella lanzó una exclamación gutural, en parte sólo por diversión.

—¿Cuál es esa planta, la hierba de las mujeres? —preguntó—. ¿La conoces?

—No tengo la certeza —admití—. Es decir, no estoy segura de su nombre. Ella me mostró tanto la planta en crecimiento como las semillas secas, y estoy segura de que podría reconocerla, pero no era una planta que yo conozca por un nombre inglés. —Y añadí, por ayudar—: Eso sí: era de la familia de las umbelíferas.

Bree me dirigió una mirada adusta, que de nuevo me recordó a Jamie. Luego se apartó para dejar pasar a unas cuantas de las Campbell, que iban en un grupo pequeño, con resonar de hervidores y cubos vacíos. Al pasar rumbo al arroyo nos saludaron una a una, con una reverencia o una cortés inclinación de cabeza.

—Buenos días tenga usted, señora Fraser —dijo una pulcra joven; era una de las hijas menores de Farquard Campbell—. ¿Está su marido por aquí? Dice mi padre que le gustaría hablar con él.

—No, me temo que se ha ido. —Hice un gesto vago; Jamie podía estar en cualquier parte—. Pero si lo veo, se lo diré.

Ella hizo un gesto afirmativo y continuó la marcha; cada una de las mujeres que la seguían se detuvo a felicitar a Brianna por su boda; sus faldas y sus mantos de lana arrancaban pequeñas gotas a las matas que bordeaban el camino. Bree aceptaba sus buenos deseos con gentil cortesía, pero detecté la pequeña arruga que se había formado entre sus gruesas cejas rojizas. Algo la preocupaba, estaba claro.

—¿Qué te pasa? —dije sin rodeos, en cuanto las Campbell ya no pudieron oírnos.

—¿Qué me pasa, de qué? —preguntó ella, sobresaltada.

—¿Qué es lo que te preocupa? Y no me digas que nada, porque veo que sí. ¿Tiene algo que ver con Roger? ¿Tienes dudas sobre la boda?

—No exactamente —respondió con aire precavido—. Quiero casarme con Roger. Es decir, respecto a eso no hay ningún problema. Es que... es que se me ha ocurrido algo...

Dejó morir la voz y un lento rubor subió a sus mejillas.

—¿Sí? —pregunté, bastante alarmada—. ¿Qué es?

—Imagina que yo tuviese una enfermedad venérea —barbotó—. No porque me la haya contagiado Roger, él no, pero... ¿y Stephen Bonnet?

Su cara estaba tan encendida que me sorprendió no ver hervir las gotas de lluvia cuando tocaban su piel. La mía estaba helada; sentí el corazón apretado en el pecho. Entonces la posibilidad de que hubiera ocurrido ya se me había pasado por la cabeza, aunque no quise sugerirla siquiera si ella misma no lo había pensado. Recordaba haberla observado con disimulo semanas enteras, buscando alguna señal de la enfermedad; pero a menudo las mujeres tardaban en presentar síntomas. El saludable nacimiento de Jemmy había sido un alivio en más de un sentido.

—¡Oh! —murmuré. Alargué una mano para estrecharle el brazo—. No te preocupes, cariño. No tienes nada.

Ella inspiró hondo y dejó escapar el aire en una clara nube de vapor; sus hombros perdieron parte de la tensión.

—¿Estás segura? —insistió—. ¿Puedes afirmarlo? Me encuentro bien, aunque se me ocurrió... Las mujeres no siempre tienen síntomas.

—Es cierto —confirmé—, pero los hombres sí. Si Roger hubiera contraído algo feo, algo que tú le hubieses contagiado, yo me habría enterado hace mucho tiempo.

Su cara había palidecido un poco, pero ante eso volvió el rubor. Tosió, lanzando vaho con el aliento.

—¡Qué alivio! ¿Así que Jemmy está bien? ¿Estás segura?

—Por completo —la tranquilicé.

Al nacer le había puesto en los ojos gotas de nitrato de plata que había conseguido gracias a grandes gastos y mucha dificultad, sólo por si acaso. Pero estaba segura. Aparte de no presentar ningún síntoma específico de enfermedad, Jemmy reflejaba un aire de salud y robustez que hacía increíble cualquier idea de infección. Irradiaba frescura, como una manzana.

—¿Por eso te has interesado por los anticonceptivos? —pregunté, saludando con la mano hacia el campamento de los MacRae—. Te preocupa tener más hijos, por si...

—¡Oh, no! Es decir... No había pensado en las enfermedades venéreas hasta que mencionaste la sífilis; sólo entonces se me ocurrió la horrible idea... de que él pudiera... —Se interrumpió para carraspear—. Eh... no, sólo quería saber.

Un trecho resbaladizo del sendero puso fin a esa conversación, pero no a mis especulaciones.

No es raro que una joven desposada piense en anticonceptivos, aunque dadas las circunstancias me pregunté a qué se debía. ¿Miedo por sí misma o por un segundo bebé? El parto podía ser peligroso, desde luego, y quien hubiera visto a las pacientes de mi consulta, quien oyera las conversaciones de las mujeres junto a la fogata por la noche, conocía bien los peligros que corrían los bebés y los niños. Rara era la familia que no hubiera perdido al menos un pequeño por las fiebres, las infecciones de garganta o las diarreas incontrolables. Muchas mujeres habían perdido tres, cuatro o más bebés. Al recordar el relato de Abel MacLennan, un escalofrío me recorrió la espalda.

Aun así, Brianna estaba muy sana; si bien carecíamos de cosas importantes, como antibióticos e instalaciones médicas sofisticadas, yo le había recomendado no subestimar el poder de la simple higiene y la buena alimentación.

No, pensé, observando la potente curva de su espalda mientras levantaba el pesado equipo por encima de una raíz enmarañada en el sendero. No era eso. Aunque tuviera motivos para preocuparse, básicamente no era una persona temerosa.

¿Roger? Tal y como estaban las cosas, cualquiera pensaría que lo mejor era concebir cuanto antes otro niño, que fuera definitivamente hijo de él. Eso ayudaría a cimentar el nuevo matrimonio. Por otra parte, ¿qué sucedería en ese caso? Roger estaría más que feliz, pero Jemmy...

Al aceptar al niño como hijo propio, Roger había hecho un juramento de sangre. Sin embargo, la naturaleza humana es como es; si bien yo estaba segura de que él jamás lo descuidaría o abandonaría, era muy posible que sus sentimientos cambiaran cuando tuviese un vástago que fuera hijo suyo sin lugar a dudas. ¿Se arriesgaría Bree a eso?

Pensándolo bien, me pareció que ella actuaba con prudencia al esperar, si le era posible. Daba tiempo a Roger para que estableciera un vínculo estrecho con Jemmy, antes de complicar la situación familiar con otro niño. Era muy sensato, sí... y Brianna era una persona eminentemente sensata.

Sólo cuando llegamos por fin al claro donde atendía las consultas por la mañana, se me ocurrió otra posibilidad.

—¿Podemos ayudar, señora Fraser?

Dos de los niños Chisholm, los menores de los varones, se apresuraron a liberarnos de nuestra pesada carga y, sin que nadie les dijera nada, comenzaron de inmediato a desplegar las mesas; trajeron agua limpia, encendieron el fuego y ayudaron en general. No tenían más de ocho y diez años; mientras los veía trabajar, comprendí nuevamente que en esa época un muchacho de doce o catorce años podía ser, en esencia, un hombre adulto.

Brianna también lo sabía. Yo estaba segura de que jamás abandonaría a Jemmy mientras él la necesitara. Pero ¿y más adelante? ¿Qué pasaría cuando él abandonara a su madre?

Tras abrir mi cofre empecé lentamente a preparar los elementos necesarios para el trabajo de la mañana: tijeras, sonda, fórceps, alcohol, bisturí, vendas, pinzas para dientes, agujas para sutura, ungüentos, bálsamos, lavativas, purgas...

Brianna tenía veintitrés años. Jemmy podía llegar a la independencia total cuando ella tuviera alrededor de treinta y cinco. Y si ya no necesitaba de sus cuidados... ella y Roger podrían regresar. Volver a su propia época, a un tiempo seguro, reanudar la vida que les correspondía por derecho.

Pero sólo si no tenía otros hijos cuya indefensión la retuviera aquí.

—Buenos días tenga usted, señora.

El primer paciente de la mañana era un hombre bajo y ya maduro, de pie ante mí. Aunque en la cara se le erizaba la barba de una semana, estaba notablemente pálido, con aspecto viscoso, tan irritados los ojos por el humo y el whisky que su mal era visible de inmediato. La resaca era endémica entre los pacientes matutinos.

—Tengo un pequeño retortijón en las tripas, señora —dijo, tragando saliva con aire desdichado—. ¿Tendría usted por casualidad algo que me lo calme?

—Tengo lo más adecuado —le aseguré, echando mano de una taza—. Huevo crudo y un poco de ipecacuana. Después de un buen vómito se sentirá como nuevo.

El consultorio funcionaba en el margen del gran claro, al pie de la colina, donde por las noches ardía la gran hoguera de la reunión. El aire húmedo olía a hollín y al regusto acre de las cenizas húmedas, pero el trozo de tierra ennegrecida (tres metros de diámetro, cuanto menos) ya iba desapareciendo bajo un cruce de ramas y yesca nuevas. Si continuaba lloviznando, esa noche les costaría encender la hoguera de nuevo.

Una vez atendido el caballero de la resaca, se produjo una breve pausa. Entonces pude concentrar mi atención en Murray MacLeod, que se había instalado a poca distancia.

Noté que Murray había comenzado temprano: junto a sus pies, la tierra estaba oscura; las cenizas esparcidas, empapadas y viscosas de sangre. Estaba atendiendo a uno de los primeros pacientes, un fornido caballero, cuya nariz roja y esponjosa, así como la papada floja, eran testimonio de toda una vida de excesos alcohólicos. Pese a la lluvia y el frío, tenía al hombre en camisa, con la manga recogida y el torniquete en su sitio; sobre las rodillas del paciente, el cuenco de la sangría.

Yo estaba a tres metros largos del taburete donde Murray practicaba su oficio; aun así, y a pesar de lo tenue que era la luz matinal, noté que el paciente tenía los ojos amarillos como la mostaza.

—Dolencia hepática —le dije a Brianna, sin molestarme en bajar la voz—. La ictericia se ve desde aquí, ¿verdad?

—Humores biliosos —anunció MacLeod en voz bien alta, mientras abría su navaja de sangrar—. Un exceso de humores. Claro como el agua.

Murray, menudo, moreno y pulcro en el vestir, no tenía una presencia muy impresionante, pero era enérgico en sus opiniones, sí.

—Cirrosis causada por la bebida, diría yo —continué, acercándome más para observar con imparcialidad al enfermo.

—Un impacto de la bilis, debido al desequilibrio de la flema. —Murray me fulminó con la mirada. A todas luces pensaba que yo tenía intención de robarle, si no el paciente, sí el efecto.

Sin prestarle atención, me incliné para examinar al hombre, que pareció alarmado por mi escrutinio.

—Tiene usted un bulto duro justo debajo de las costillas, a la derecha, ¿verdad? —señalé amablemente—. Su orina es oscura, y sus heces, negras y sanguinolentas. ¿Me equivoco?

El hombre negó con la cabeza, boquiabierto. Comenzábamos a llamar la atención.

—Ma... dre. —Brianna, de pie a mi lado, me susurró mientras saludaba a Murray con la cabeza y se inclinó para decirme al oído—: ¿Qué puedes hacer contra la cirrosis, mamá? ¡Nada!

Me interrumpí, mordiéndome los labios. Ella tenía razón: llevada por el impulso de exhibirme haciendo un diagnóstico (y de impedir que Murray utilizara con él su navaja oxidada), había pasado por alto el detalle de que no podía ofrecer ningún tratamiento alternativo.

El paciente pasaba la mirada de uno a otra, obviamente intranquilo. Hice un esfuerzo por sonreírle e incliné la cabeza ante Murray.

—El señor MacLeod lo ha dicho bien —dije, forzando las palabras entre los dientes—. Dolencia hepática, sin duda, causada por un exceso de humores.

Después de todo, el alcohol se podía considerar como humor si los que habían estado bebiendo el whisky de Jamie, la noche anterior, lo encontraban tan divertido.

La cara de Murray, hasta entonces tensa de suspicacia, quedó cómicamente estupefacta ante mi capitulación. Brianna se me adelantó un paso para aprovechar la ocasión.

—Hay un hechizo —dijo, dedicándole una sonrisa encantadora—. Es para... eh... afilar el cuchillo y facilitar el flujo de los humores. Permítame demostrárselo.

Antes de que él pudiera apretar los dedos, Bree le arrebató la navaja de la mano y giró hacia nuestra pequeña fogata, donde un caldero lleno de agua humeaba desde su trípode.

—En el nombre de Miguel, que blande las espadas, el defensor de las almas —entonó.

Confiaba en que no fuera una blasfemia tomar el nombre de san Miguel en vano, o al menos en que el arcángel no se opusiera si la causa era buena. Los hombres que preparaban la hoguera se habían detenido a mirar, al igual que unas cuantas personas que se acercaban al consultorio.

Bree elevó la navaja en una señal de la cruz grande y lenta, mirando de un lado a otro para asegurarse de contar con la atención de todos los presentes. Así era: estaban fascinados. Más alta que la mayoría de los curiosos, con los ojos azules entornados en concentración, se parecía mucho a Jamie en alguna de sus actuaciones más valerosas. Sólo cabía esperar que fuera tan hábil como él.

—Bendice este filo por la curación de tu sirviente —dijo Bree, alzando los ojos al cielo, mientras sostenía la navaja sobre el fuego, como los sacerdotes que ofrecen la eucaristía. Algunas burbujas atravesaban el agua, pero aún no había llegado a la ebullición.

»Bendice este filo que ha de extraer sangre, que ha de verter sangre, que ha de... eh... quitar el veneno del cuerpo de tu humildísimo peticionario. Bendice el filo... bendice el filo... bendice el filo en la mano de tu humilde servidor. Gracias sean dadas a Dios por el brillo del metal.

«Gracias sean dadas a Dios por el carácter repetitivo de las oraciones gaélicas», pensé cínicamente.

Y ¡gracias a Dios!, el agua estaba hirviendo. Ella bajó la hoja breve y curva hasta la superficie, mientras clavaba en la muchedumbre una mirada cargada de intención, y declamó:

—¡Que la pureza de las aguas que brotaron del costado de Nuestro Señor Jesucristo impere sobre este filo!

Hundió el metal en el agua y allí lo sostuvo hasta que el vapor, al elevarse sobre el marco de madera, le enrojeció los dedos. Entonces levantó la navaja y la pasó a toda prisa a la otra mano, elevándola en el aire mientras agitaba subrepticiamente la mano escaldada a su espalda.

—Que la bendición de san Miguel, el que defiende contra los demonios, impere sobre este filo y la mano de quien lo blanda, para la salud del cuerpo, para la salud del alma. ¡Amén!

Y dio un paso adelante para ofrecer con gesto ceremonioso el instrumento a Murray, con el mango por delante. MacLeod, que no era nada tonto, me echó una mirada en la que una aguda sospecha se mezclaba con la renuente apreciación de la pericia teatral de mi hija.

—No toque la hoja —recomendé, con una graciosa sonrisa—. Rompería el hechizo. ¡Ah!, y debe repetir el encantamiento cada vez que la use. Tenga presente que se debe hacer con agua hirviendo.

—Mmfm —refunfuñó él.

Sin embargo, cogió la navaja por el mango, cuidadosamente. Después de saludar a Brianna con un breve movimiento de cabeza, se volvió hacia su paciente. Y yo, hacia la mía: una jovencita con urticaria. Brianna me siguió, secándose las manos en la falda, muy satisfecha de sí misma. Detrás de mí se oyó el suave gruñido del enfermo y el resonante repiqueteo de la sangre que caía en el cuenco metálico.

Me sentía bastante culpable por el paciente de MacLeod, pero Brianna tenía toda la razón: yo no podía hacer nada de nada por él, dadas las circunstancias. Un cuidadoso tratamiento a largo plazo, acompañado de excelente alimentación y total abstinencia de alcohol, podía prolongarle la vida. Las dos primeras posibilidades eran muy remotas; la tercera no existía.

Mientras lo salvaba de una posible infección generalizada, Brianna había aprovechado la oportunidad de proporcionar la misma protección a los futuros pacientes de MacLeod. Pero no pude menos que sentir una insistente culpa por no haber hecho algo más. Aun así, todavía se aplicaba el primer principio médico que había aprendido en mis tiempos de enfermera, en los campos de batalla de Francia: trata al paciente que tienes ante ti.

—Aplícate este ungüento —dije con voz severa a la jovencita de la urticaria—. ¡Y no te rasques!

9788415631231-8

4

Regalos de boda

El cielo no se había despejado, pero por el momento la lluvia había cesado. Las fogatas humeaban como chimeneas, y la gente se apresuraba a aprovechar esa pausa momentánea para alimentar las brasas mantenidas con esmero, empujando leña húmeda hacia la yesca, en un rápido esfuerzo por secar ropas y mantas. Sin embargo, aún había desasosiego en el aire; las nubes de humo se levantaban como fantasmas entre los árboles.

Una de esas columnas cruzó el sendero delante de Roger, que giró para evitarla, abriéndose paso entre penachos de hierbas húmedas que le empaparon los calcetines, y de ramas colgantes de pino que dejaron oscuros parches de humedad en los hombros de su chaqueta. No prestó atención a la mojadura, concentrado como estaba en su lista mental de recados que cumplir ese día.

Primero iría a la carreta de los hojalateros, a comprar alguna pequeñez como regalo de bodas para Brianna. ¿Qué le gustaría? ¿Una joya, una cinta? Tenía muy poco dinero, pero necesitaba celebrar la ocasión con algún presente.

Le habría gustado ponerle un anillo suyo en el dedo cuando pronunciaran sus votos matrimoniales, aunque ella insistía en que el rubí cabujón de su abuelo serviría perfectamente; le quedaba bien y no haría falta gastar dinero en otra sortija. Bree era pragmática, a veces hasta el fastidio, en contraste con la veta romántica de Roger.

Tendría que ser algo práctico pero ornamental. ¿Una bacinilla pintada, por ejemplo? La ocurrencia lo hizo sonreír, aunque la idea de lo práctico persistía, teñida con cierta duda.

Recordaba vívidamente a la señora Abercrombie, una matrona seria y sensata perteneciente a la congregación del reverendo Wakefield; una noche, en medio de la cena, había llegado a la casa parroquial en estado de histeria, diciendo que había matado a su esposo y preguntando qué debía hacer. Tras dejar a la señora al cuidado de su ama de llaves, el reverendo Wakefield se dirigió a toda prisa a la residencia de los Abercrombie, en compañía de Roger, que por entonces era aún adolescente.

Encontraron al esposo de la mujer en el suelo de la cocina; por fortuna seguía con vida, aunque estaba mareado y sangrando a mares de una pequeña herida en el cuero cabelludo, consecuencia de un golpe dado con la plancha eléctrica de vapor que le había regalado a su esposa, en ocasión del vigésimo tercer aniversario de bodas.

«Pero ¡ella me dijo que la plancha vieja chamuscaba las servilletas!», repetía el señor Abercrombie, a quejosos intervalos, mientras el reverendo le cubría hábilmente la herida con esparadrapo y Roger limpiaba la cocina.

Fue el vívido recuerdo de aquellas manchas sangrientas en el linóleo gastado lo que acabó por decidirlo. Por pragmática que Bree fuera, se trataba de su boda. Para bien o para mal, hasta que la muerte nos separe. Buscaría algo romántico, lo más romántico que se pudiera conseguir por un chelín y tres peniques.

Entre las agujas de las píceas cercanas distinguió un destello rojo. Se detuvo y se inclinó para espiar por un hueco entre las ramas.

—¿Duncan? —dijo—. ¿Eres tú?

Duncan Innes salió de detrás de los árboles, mientras asentía con aire tímido. Aún llevaba el tartán escarlata de los Cameron, pero se había quitado la espléndida chaqueta para envolverse los hombros con el extremo de su manta, a manera de chal, en el cómodo estilo antiguo de las Highlands.

—¿Podemos hablar un rato, a Smeòraich? —preguntó.

—Por supuesto. Voy a la carreta de los hojalateros; acompáñame.

Roger volvió a la senda, donde el humo ya había desaparecido, y ambos marcharon a través de la montaña, uno al lado del otro, como buenos compañeros. El joven no decía nada, esperando cortésmente a que Duncan eligiera su modo de iniciar la conversación. Aunque de temperamento tímido y reservado, era observador, perceptivo y terco, a su manera callada. Si tenía algo que decir, lo diría a su debido tiempo. Al fin, Duncan tomó aliento y comenzó:

—Mac Dubh me dijo que tu padre era pastor presbiteriano. ¿Es cierto eso?

—Sí —confirmó Roger, bastante sorprendido por el tema—. Es decir... cuando mataron a mi verdadero padre, fui adoptado por un tío de mi madre; él era pastor.

Mientras hablaba, Roger se preguntó por qué sentía la necesidad de dar explicaciones si durante casi toda su vida se había referido al reverendo llamándolo padre. A Duncan le daba igual, sin duda.

Su compañero chasqueó la lengua en señal de compasión.

—Pero, entonces, eres presbiteriano, ¿verdad? Oí a Mac Dubh hablar de eso.

Pese a sus buenos modales de siempre, bajo el mostacho desigual de Duncan asomó una breve sonrisa.

—Sí, ya me imagino —replicó Roger, seco. Lo raro habría sido que alguien, en toda la reunión, no hubiera oído a Mac Dubh hablar del asunto.

—Bueno, el caso es que yo también soy presbiteriano —reconoció Duncan, casi como pidiendo disculpas.

El joven lo miró, atónito.

—¿Tú? Pero ¡si yo pensaba que eras católico!

Su compañero encogió el hombro del brazo amputado, con un leve ruido de azoramiento.

—No. Mi bisabuelo materno era covenantario y muy sólido en sus creencias, ¿comprendes? —Duncan sonrió con cierta timidez—. Cuando llegaron a mí estaban bastante diluidas. Mi madre era religiosa, pero a mi padre no le gustaba mucho la Iglesia, y a mí tampoco. Y cuando conocí a Mac Dubh... Bueno, él no iba a pedirme que lo acompañara a misa los domingos, ¿verdad?

Roger asintió, con un breve gruñido de comprensión. Duncan y Jamie se habían conocido en la prisión de Ardsmuir, después del Alzamiento. Si bien la mayoría de los soldados jacobitas eran católicos, también había entre ellos protestantes de diversas variedades... que probablemente guardaban silencio sobre su credo al convivir codo a codo con una mayoría de católicos. También era cierto que, al dedicarse luego al contrabando, Jamie y Duncan habrían tenido pocas oportunidades para discutir de religión.

—Sí, comprendo. Y tu boda con la señora Cameron, esta noche...

El otro asintió con la cabeza, mascando con aire reflexivo una punta del bigote.

—Eso es. ¿Crees que tengo la obligación de decir algo?

—¿La señora Cameron no lo sabe? ¿Jamie tampoco?

Duncan negó en silencio con la cabeza, fijos los ojos en el barro pisoteado del camino. Desde luego, la opinión que más importaba era la de Jamie, antes que la de Yocasta Cameron. A todas luces, Duncan no había creído que las diferencias religiosas tuvieran importancia; en cuanto a Yocasta, Roger nunca había oído decir que fuera devota en absoluto. Pero la reacción de Jamie ante el presbiterianismo de su futuro yerno había alarmado al pobre hombre.

—Mac Dubh dijo que fuiste a hablar con el cura. —Duncan lo miró de soslayo y carraspeó, enrojecido—. ¿Te... te obligó a un bautismo romano?

Perspectiva atroz para todo protestante devoto, y visiblemente incómoda para Duncan. Roger cayó en la cuenta de que a él también le resultaba molesta. ¿Lo habría aceptado, de ser necesario para casarse con Bree? Quizá sí, pero era preciso admitir que había sentido un profundo alivio al ver que el sacerdote no exigía ningún tipo de conversión formal.

—Eh... no —respondió. Otro abanico de humo se abatió de pronto sobre ellos, haciéndolo toser—. No —repitió, enjugándose los ojos lagrimosos—. Pero no bautizan a los que ya han recibido los óleos. ¿Tú estás bautizado?

—¡Oh!, sí —exclamó Duncan, como si eso lo reanimara—. Sí, cuando era... es decir... —Una vaga sombra le cruzó la cara, aunque esa idea, cualquiera que fuese, fue descartada con un nuevo encogimiento de hombros—. Sí.

—Bien. Déjame pensar un poco, ¿quieres?

La carreta de los hojalateros estaba ya a la vista, acurrucada como un buey, con lonas y mantas protegiendo la mercancía de la lluvia. Pero Duncan se detuvo; era obvio que quería resolver ese asunto antes de pasar a otra cosa. Se frotó la nuca, pensativo.

—No —dijo por fin—, no hace falta que digas nada. No habrá misa; sólo el oficio matrimonial, que es más o menos el mismo. Aceptas a esta mujer, aceptas a este hombre, en la pobreza y en la riqueza, etcétera.

Duncan asintió, muy atento.

—Eso puedo decirlo, sí —dijo—. Aunque me costó un poco asimilar eso de en la riqueza y en la pobreza. Tú sabes a qué me refiero.

Lo dijo sin ninguna ironía, como si enunciara un hecho obvio; la reacción de Roger ante el comentario le cogió obviamente por sorpresa.

—No lo he dicho con mala intención —se apresuró a aclarar—. Es decir... me refería a que...

El joven agitó una mano, tratando de zanjar el tema.

—No tiene importancia —dijo, con una voz tan seca como la del otro—. La verdad no ofende, como dicen, ¿no?

Y era la verdad, aunque de algún modo se las hubiera arreglado para pasarla por alto hasta entonces. En realidad (lo comprendió con abatimiento) ambos estaban en la misma situación: un hombre sin propiedades ni dinero que se casaba con una mujer rica o con grandes posibilidades de serlo.

Nunca se le había ocurrido pensar que Fraser fuera rico, tal vez por su talante naturalmente modesto, tal vez sólo porque aún no lo era. Pero lo cierto es que poseía cuatro mil hectáreas de tierra. Si bien una buena parte era aún territorio yermo, no tenía por qué continuar así. Ya había arrendatarios en esa propiedad, y pronto habría más. Y cuando esos arriendos comenzaran a rendir dinero, cuando hubiera moliendas en los arroyos, asentamientos, tiendas y tabernas, cuando el puñado de vacas, cerdos y caballos se hubiera multiplicado hasta formar grandes rebaños de buen ganado bajo la atenta vigilancia de Jamie...

...entonces Fraser sería muy rico. Y Brianna era su única hija biológica.

Allí estaba también Yocasta Cameron, ya visiblemente rica, que había manifestado sus intenciones de nombrar heredera a Brianna. La muchacha se había negado en redondo a aceptar la idea, pero Yocasta era tan terca como su sobrina y tenía más años de práctica. Además, poco importaba lo que Brianna hiciera o dijera: la gente supondría...

Y era eso lo que le estaba apretando el estómago a Roger como una piedra: no sólo saber que iba a casarse con alguien que estaba muy por encima de sus medios y su posición social, sino el hecho de que toda la colonia se hubiera dado cuenta de ello hacía mucho tiempo. Seguro que comentaban su extraña suerte, si es que no pensaban que era un cazafortunas.

El humo le había dejado en el fondo de la boca un amargo sabor a ceniza. Después de tragárselo, le dedicó a Duncan una sonrisa torcida.

—Sí —dijo—. Bueno, para bien o para mal. Supongo que algo habrán visto ellas en nosotros, ¿verdad? ¿Las mujeres?

Duncan sonrió con cierta melancolía.

—Algo, sí. Oye, ¿de veras crees que no habrá problemas con lo de la religión? No me gustaría que la señorita Yo o Mac Dubh pensaran mal de mí por no haber dicho nada. Es que no quería armar un revuelo sin necesidad.

—No, claro que no —contestó Roger. Luego inspiró hondo, apartándose el pelo mojado de la cara—. Creo que no habrá ningún problema. Cuando hablé con el... con el sacerdote, la única condición que me impuso fue que debía permitir que nuestros hijos recibieran el bautismo católico. Pero como tú y la señora Cameron no tenéis que pensar en eso...

Dejó la frase delicadamente inconclusa, aunque su compañero pareció aliviado.

—¡Oh, no! —dijo, con una risa algo nerviosa—. No creo que eso deba preocuparme.

—Pues bien... —Roger se obligó a sonreír y le dio una palmada en la espalda—. Que tengas suerte.

Duncan se pasó un dedo bajo el mostacho.

—También tú, a Smeòraich.

El joven esperaba que Duncan siguiera su camino, puesto que había contestado su pregunta. Sin embargo, el hombre continuó caminando a paso lento a su lado, junto a la fila de carretas, estudiando las mercancías exhibidas con una leve arruga en la frente.

Tras toda una semana de regateos y trueques, las carretas estaban tan cargadas como al principio... o más aún. En ellas se apilaban sacos de cereales y lana, toneles de sidra, bolsas de manzanas, cueros y otros cien productos distintos aceptados a cambio de otros. El inventario de objetos lujosos había disminuido de manera considerable, pero aún se podían comprar algunas cosas, tal como lo evidenciaba la multitud arracimada en torno a los carros, espesa como los áfidos en un rosal.

Su gran estatura permitía a Roger mirar por encima de las cabezas de la mayoría; así avanzaba a paso lento, echando una ojeada aquí y allá, mientras trataba de imaginar cómo reaccionaría Brianna ante eso.

Era una mujer hermosa, pero no daba importancia a su belleza. En realidad, él apenas había podido disuadirla de cortarse la mayor parte de su gloriosa melena roja; le molestaba que se le manchara continuamente y que Jemmy tirara de ella. Quizá una cinta fuera un regalo práctico. O una peineta decorada. No, mucho mejor un par de esposas para el pequeño.

Se detuvo junto a un puesto de telas y se agachó para mirar debajo de la lona; allí había cofias y cintas de colores, que se agitaban en la fresca penumbra como tentáculos de medusas brillantes. Duncan, con la manta levantada hasta las orejas para protegerse contra los golpes de viento, se acercó para ver qué estaba mirando.

—¿Buscan algo en especial, señores? —La vendedora se inclinó hacia ellos sobre su mercancía, apoyando el pecho en los brazos cruzados, y dividió entre ambos una sonrisa profesional.

—Sí —dijo Duncan, inesperadamente—. Un metro de terciopelo. ¿Tiene usted algo así? Que sea de buena calidad; el color no importa.

La mujer enarcó las cejas (aun con su ropa de domingo, Duncan no tenía pinta de petimetre), pero no hizo comentarios mientras rebuscaba entre sus mermadas existencias.

—¿Sabes si a la señora Claire le queda algo de lavanda? —preguntó él, volviéndose hacia Roger.

—Sí tiene, sí —confirmó éste. El desconcierto debió de reflejársele en la cara, pues Duncan sonrió con un gesto tímido.

—Es una idea que he tenido —explicó—. La señorita Yo sufre de migrañas y no duerme muy bien. Mi madre tenía una almohada rellena de lavanda y aseguraba que se quedaba dormida como un bebé en cuanto apoyaba la cabeza en ella. Y se me ocurrió que un trozo de terciopelo, para que lo apoye en la mejilla, ¿comprendes?... y si la señorita Lizzie me la cosiera...

«En la salud y en la enfermedad...»

Roger hizo un gesto aprobatorio. Se sentía conmovido y algo avergonzado ante tanta consideración. Había tenido la impresión de que la boda de Duncan y Yocasta era, por encima de todo, cuestión de conveniencia y buenos negocios. Tal vez lo era, sí, pero la falta de una loca pasión no impedía la ternura ni el gesto considerado, ¿no es verdad?

Realizada su compra, Duncan se alejó con el terciopelo bien protegido bajo su manta, mientras Roger recorría despacio el resto de los puestos. Seleccionaba, sopesaba y descartaba para sí, estrujándose el cerebro en un intento por decidir cuál de esa miríada de objetos podía complacer a su novia. ¿Pendientes? No, el niño tiraría de ellos. Lo mismo con un collar... o una cinta para el pelo, bien pensado.

Aun así, su mente seguía rondando las joyas. Por lo general, ella las usaba muy poco, pero durante todo el encuentro había lucido el anillo de rubí de su padre, el que Roger le había dado en el momento de aceptarse para siempre. Jem lo babeaba de vez en cuando, pero eso no le haría daño.

Se detuvo en seco, dejando que la muchedumbre fluyera a su alrededor. En su mente, veía el oro, el rosado intenso del rubí cabujón vívido en su dedo largo y pálido. El anillo de su padre. Por supuesto, ¿cómo no se había percatado antes?

Aunque Roger hubiera recibido esa joya de Jamie, no era su dueño y no podía darla a su vez. Y de pronto deseaba con todas sus fuerzas darle a Brianna algo que fuera de verdad suyo.

A paso decidido, regresó a una carreta cuyas mercancías de metal centelleaban aun bajo la lluvia. Había observado que el dedo anular de Brianna tenía el grosor de su meñique.

—Éste —decidió, levantando una sortija barata.

Estaba hecha de hilos trenzados de cobre y bronce; seguramente le pondría el dedo verde en pocos minutos. «Mucho mejor», pensó mientras pagaba. Aunque no lo usara siempre, llevaría la marca que la identificaría como suya.

«Por este motivo abandonará la mujer la casa de su padre, se unirá a su esposo y los dos serán una misma carne.»

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5

Disturbios

A pesar de la intermitente llovizna, hacia el final de la primera hora de pasar consulta aún esperaba su turno una considerable multitud de pacientes. Como era el último día de reunión, quienes venían soportando un dolor de muelas o la duda de un sarpullido habían decidido súbitamente aprovechar la ocasión para ser atendidos.

Despedí a una joven afectada por un bocio incipiente, aconsejándole que se procurase una cantidad de pescado seco (al vivir tan lejos del mar no tendría la seguridad de conseguirlo siempre fresco) y comiera todos los días un poco, por su alto contenido en yodo.

—¡El siguiente! —llamé, mientras me apartaba el pelo mojado de los ojos.

La muchedumbre se abrió como el mar Rojo, dejando ver a un anciano menudo, tan flaco que parecía un esqueleto andante, vestido con harapos; traía en los brazos un lío de pieles. Cuando lo tuve cerca, descubrí a qué se debía la deferencia de la gente: hedía a mapache muerto.

Por un momento supuse que ese montón de pieles grisáceas podía ser, en verdad, un mapache muerto. Ya tenía unas cuantas pieles cerca de los pies, aunque por lo general mis pacientes se tomaban la molestia de separarlas de sus propietarios originales antes de traérmelas. Pero entonces aquello se movió y un par de ojos brillantes me miraron desde la masa enmarañada.

—Mi perro está herido —anunció sin más el hombre. Después de apartar con brusquedad los instrumentos y depositar al animal en mi mesa, señaló un desgarro en el flanco del animal—. Usted lo atenderá.

No había dado a su frase un tono de solicitud, aunque a fin de cuentas mi paciente era el perro, que parecía bastante más cortés. De tamaño mediano, tenía las patas cortas, el pelaje hirsuto y unas orejas desflecadas. Jadeaba plácidamente, sin hacer intento alguno de escapar.

—¿Qué le ha sucedido? —pregunté mientras ponía fuera de peligro la vasija tambaleante. Cuando me agaché para buscar suturas esterilizadas en el frasco, el perro me lamió la mano.

—Se ha peleado con un mapache.

—Hum —musité, observando al animal con gesto dubitativo.

Teniendo en cuenta su improbable ascendencia y su evidente cordialidad, cualquier aproximación a un mapache hembra se habría debido antes a la lujuria que a la ferocidad. Como para confirmar esa impresión, el animal proyectó hacia mí unos cuantos centímetros de su rosado miembro reproductor.

—Le gustas, mamá —comentó Bree, muy seria.

—¡Qué honor! —murmuré, rogando que a su propietario no se le ocurriera hacer alguna demostración similar. Por suerte, se diría que el hombre no me tenía la menor simpatía; me ignoraba por completo, con los ojos hundidos tristemente fijos en el claro, donde los soldados realizaban unas maniobras—. Tijeras —pedí, ya resignada, al tiempo que extendía la palma.

Después de recortar el pelaje apelmazado en torno a la herida, me alegró comprobar que no había mucha tumefacción, ni otras señales de que estuviera infectada. El tajo había coagulado bien; por lo visto había pasado algún tiempo. Me pregunté si el perro había encontrado su castigo en la montaña. El anciano no me resultaba conocido, ni hablaba con entonación escocesa. Parecía dudoso que hubiera participado en el encuentro.

—Eh... ¿quiere usted sujetarle la cabeza, por favor?

Por amistoso que fuera el perro, su buen carácter no permanecería invariable cuando yo le atravesara el pellejo con una aguja. Pero el dueño, sumido en sus tristes cavilaciones, no hizo ademán alguno de colaborar. Busqué a Bree con la vista, aunque ella había desaparecido súbitamente.

—Veamos, a bhalaich, vamos a ver —dijo una voz sedante a mi lado.

Al volverme, sorprendida, vi que el perro olfateaba con interés los nudillos de Murray MacLeod. Ante mi cara de asombro, él se encogió de hombros con una sonrisa; luego se inclinó hacia la mesa y aferró al estupefacto animal por la piel del cuello y el hocico.

—Le aconsejaría que actuara deprisa, señora Fraser —dijo.

Sujetando con firmeza la pata más próxima, comencé. El animal reaccionó tal como lo hace la mayoría de los humanos en circunstancias similares: retorciéndose con vigor en un intento de escapar; sus uñas rascaron la madera tosca de la mesa. Por fin logró liberarse de Murray; de inmediato saltó fuera de la mesa, lanzándose hacia el espacio abierto, con las suturas a rastras. Me arrojé sobre él y ambos rodamos entre las hojas y el barro, diseminando a los curiosos, hasta que una o dos almas audaces acudieron en mi auxilio e inmovilizaron al chucho contra el suelo, para que yo pudiera terminar mi trabajo.

Até el último nudo, corté la hebra encerada con la navaja de Murray (aunque pisoteada en el forcejeo, por desgracia no se había roto) y por fin retiré la rodilla con que sujetaba el flanco del sabueso, jadeando casi tanto como él.

Los espectadores aplaudieron.

Hice una reverencia, algo aturdida, y aparté con ambas manos los mechones de rizos desaliñados. Murray no estaba mejor; se le había deshecho la coleta, y la chaqueta, cubierta de barro, se había desgarrado en un costado. Se inclinó para levantar al perro y volvió a ponerlo sobre la mesa, junto a su propietario.

—Su perro, señor —le dijo, con un jadeo sibilante.

El anciano apoyó una mano en la cabeza del animal y nos miró a Murray y a mí con el ceño fruncido, como si no supiera cómo interpretar ese nuevo enfoque de cirugía en equipo. Luego echó un vistazo a los soldados, por encima de su hombro, y finalmente volvió hacia mí las cejas escasas fruncidas sobre la nariz ganchuda.

—¿Quiénes son? —preguntó en tono de profundo desconcierto.

Sin esperar respuesta, se alejó con un encogimiento de hombros. El perro bajó de un brinco y, con la lengua colgando, marchó junto a su dueño en busca de nuevas aventuras.

Inspiré hondo, sacudí el barro de mi delantal y, tras darle las gracias a Murray con una sonrisa, fui a lavarme las manos antes de atender al próximo paciente.

—¡Ja! —exclamó Brianna por lo bajo—. ¡Aquí lo tienes! —Levantó apenas la barbilla mientras señalaba algo a mi espalda, y me volví para mirar.

El siguiente paciente era un caballero. Un caballero de verdad, a juzgar por su ropa y su porte, ambos bastante por encima de lo habitual. Yo lo había visto rondar por el extremo del claro, observando de forma alternativa mi centro de operaciones y el de Murray, como si se preguntara a cuál de los médicos brindar el privilegio de atenderlo. Por lo visto, el incidente del perro había inclinado la balanza en mi favor.

Eché un vistazo a Murray, que estaba visiblemente disgustado. Los caballeros solían pagar en efectivo. Me encogí un poco de hombros, como pidiéndole disculpas. Luego, con una simpática sonrisa profesional, indiqué al nuevo paciente que tomara asiento en mi taburete.

—Siéntese, señor, y dígame dónde le duele.

El caballero era un tal señor Goodwin, de Hillsborough; su principal dolencia, una molestia en el brazo. Pero noté que ése no era su único problema; una herida recientemente cicatrizada serpenteaba por el costado de su cara, estirando la comisura del ojo hacia abajo en un bizqueo feroz. El cardenal de la mejilla señalaba el sitio donde había recibido el golpe de un objeto pesado, por encima de la mandíbula, y sus facciones tenían el aspecto hinchado de quien se ha ganado una fea paliza en un pasado no muy lejano.

Bastaba una provocación para que los caballeros se enzarzasen en una pelea, igual que cualquiera; pero éste parecía de una edad avanzada como para ese tipo de entretenimientos. Aparentaba unos cincuenta y cinco años, la próspera barriga presionaba contra los botones de plata de su chaleco. Tal vez lo habían emboscado para robarle, aunque no había sido en su camino a la reunión, pues esas lesiones databan de hacía varias semanas.

Palpé con tiento el brazo y el hombro, mientras le pedía que lo levantara y lo moviera un poco, y le hacía breves preguntas. El problema era bastante obvio: se había dislocado el codo; aunque por suerte la lesión se había reducido por sí sola, parecía tener desgarrado un tendón, que ahora estaba atrapado entre el olécranon y la cabeza del cúbito; de ese modo, cualquier movimiento del brazo empeoraba la lesión.

Eso no era todo; palpando cautelosamente hacia abajo, descubrí no menos de tres fracturas simples en el antebrazo, ya a medio soldar. No todo el daño era interno: observé los restos descoloridos de dos grandes moretones en el antebrazo, encima de las fracturas; cada uno de ellos era una mancha irregular, de tono amarillo verdoso; en el centro, el negro rojizo de la hemorragia profunda. «Si éstas no son lesiones recibidas en defensa propia —me dije—, yo soy china.»

—Bree, búscame unas tablillas adecuadas, ¿quieres? —pedí.

Brianna asintió sin decir nada y desapareció, mientras yo untaba las contusiones más leves del señor Goodwin con ungüento de cajeput.

—¿Cómo se ha lesionado, señor Goodwin? —pregunté como de pasada, mientras escogía una venda de lino—. Parece que ha librado un verdadero combate. Espero al menos que su contrincante haya quedado aún peor.

El señor Goodwin sonrió débilmente ante mi ocurrencia.

—Pues sí, fue todo un combate, señora Fraser —dijo—, aunque no me incumbía. Más bien ha sido cuestión de mala suerte: se podría decir que me encontraba en el sitio equivocado en el peor momento. Aun así...

Cerró por acto reflejo el ojo dañado al tocar yo la cicatriz. Se la habían suturado sin habilidad, pero estaba bien cerrada.

—¿De veras? —comenté—. ¿Qué sucedió?

Aunque dejó escapar un gruñido, no parecía molesto por tener que contármelo.

—Sin duda usted ha escuchado al oficial, señora, el que ha leído las palabras del gobernador con respecto a la atroz conducta de los alborotadores.

—Dudo que las palabras del gobernador hayan escapado a la atención de alguien —murmuré, tirando con suavidad de la piel con la punta de los dedos—. Conque usted estuvo en Hillsborough. ¿Es eso lo que me está diciendo?

—Ya lo creo. —Suspiró, pero se relajó un poco al ver que mis manos hurgaban sin hacer daño—. En realidad, vivo en Hillsborough. Y si me hubiera quedado tan tranquilo en casa, como me rogaba mi buena esposa... —Sonrió a medias, con tristeza—. Sin duda habría podido escapar.

—Como dice el refrán inglés, la curiosidad mató al gato. —Su sonrisa me había hecho descubrir algo; presioné suavemente con el pulgar en la zona amoratada de la mejilla—. Alguien le ha golpeado aquí con cierta fuerza. ¿Tiene dientes rotos?

Pareció algo sorprendido.

—Sí, señora. Pero no es algo que usted pueda reparar.

Se levantó el labio superior, descubriendo un hueco donde faltaban dos piezas dentales. Un premolar había sido arrancado de cuajo, pero el otro estaba partido a la altura de la raíz; una línea mellada de esmalte blanco brillaba contra el rojo oscuro de la encía.

Brianna, que llegaba en ese momento con las tablillas, emitió un leve sonido de asco. Los otros dientes del señor Goodwin, esencialmente enteros, tenían incrustaciones de sarro amarillo y las manchas pardas del tabaco mascado.

—¡Bueno!, creo que algo sí que puedo hacer —le aseguré, sin prestar atención a mi hija—. Duele al morder, ¿verdad? No puedo arreglarlo, pero sí extraer los restos del diente roto y tratar la encía para evitar infecciones. ¿Quién lo golpeó?

Apenas se encogió de hombros, mientras observaba con un interés algo aprensivo las tenazas relucientes y el escalpelo de hoja plana que yo preparaba.

—La verdad, señora, es que no lo sé seguro. Yo sólo me aventuré a ir a la ciudad para visitar los tribunales. Voy a entablar juicio contra un tipo en Virginia —explicó, arrugando las cejas al recordarlo—, y se me requiere que presente algunos documentos para respaldar mi posición. Pero no pude realizar el trámite, pues delante de los tribunales la calle estaba repleta de hombres, muchos de los cuales habían ido armados con garrotes, látigos y toscos instrumentos de ese tipo.

Al encontrarse con esa turba había pensado retirarse, aunque en ese momento alguien había arrojado una piedra contra una ventana del edificio. El ruido del vidrio roto había actuado sobre el gentío como una señal: todos se lanzaron hacia delante, derribando puertas y lanzando amenazas a gritos.

—Sabía que un amigo mío, el señor Fanning, estaba dentro, y empecé a preocuparme por él.

—Fanning... ¿Se refiere usted a Edmund Fanning?

Estaba escuchando sólo a medias, mientras buscaba la mejor manera de realizar la extracción, pero reconocí el nombre. Farquard Campbell lo había mencionado al narrar a Jamie los sangrientos detalles de los disturbios que siguieron a la Ley del Timbre, pocos años atrás. Habían nombrado a Fanning jefe de correos de la colonia, lucrativo puesto que probablemente le costó bastante dinero. Y pagó un precio aún mayor cuando fue obligado a renunciar por la fuerza. Por lo visto, su impopularidad había aumentado en los cinco años transcurridos.

El señor Goodwin apretó los labios.

—Sí, señora, de ese caballero se trata. Y pese a las cosas escandalosas que la gente divulga sobre él, conmigo y con los míos se ha comportado siempre como un buen amigo. Por eso, al oír que se expresaban sentimientos tan lamentables, esas amenazas contra su vida, decidí acudir en su auxilio.

El señor Goodwin no había tenido mucho éxito en su gallarda empresa.

—Traté de abrirme camino entre la multitud —dijo, con la vista fija en mi mano. Yo estaba acomodándole el brazo a lo largo de la tablilla y disponiendo debajo el vendaje de lino—. Pero no pude hacer gran cosa. Apenas había alcanzado el pie de la escalinata cuando desde dentro me llegó un fuerte grito. La muchedumbre retrocedió, arrastrándome consigo.

Mientras se esforzaba por conservar el equilibrio, el señor Goodwin había visto con horror cómo sacaban a Edmund Fanning del edificio por la fuerza, cómo lo derribaban y luego lo arrastraban por las escaleras con los pies por delante; su cabeza golpeaba cada uno de los peldaños.

—¡Ese ruido! —exclamó, estremecido—. Podía oírlo por encima del griterío, como un melón que rodara escaleras abajo.

—¡Cielo santo! —murmuré—. Pero no lo mataron, ¿verdad? No he oído que muriera nadie en Hillsborough. Afloje el brazo, por favor, e inspire hondo.

El señor Goodwin cogió aire, sí, pero sólo para lanzar un fuerte resoplido. Le siguió una exclamación mucho más grave: yo acababa de girar el brazo, liberando el tendón atrapado y alineando la articulación como Dios manda. Se puso muy pálido y sus mejillas pendulares adquirieron el brillo del sudor, aunque después de parpadear unas cuantas veces se recuperó noblemente.

—Pues si no murió, no fue por misericordia de los desmandados —dijo—. Fue sólo porque decidieron que sería más divertido arremeter contra el juez mayor. Entonces dejaron a Fanning inconsciente allí tirado para correr al interior del edificio. Otro amigo y yo nos apresuramos a levantar al pobre hombre. Cuando tratábamos de llevarlo a un refugio cercano, oímos gritos a nuestra espalda, y de inmediato nos atacó la multitud. Fue así como me hicieron esto —se tocó el brazo recién entablillado— y esto.

Señaló la cicatriz junto al ojo y el diente destrozado. Luego me miró con las gruesas cejas contraídas.

—Créame, señora: espero que algunos de estos hombres decidan revelar los nombres de los alborotadores, a fin de que reciban justo castigo por actos tan bárbaros. Pero si encontrara aquí a quien me golpeó, no lo entregaría a la justicia del gobernador. ¡Por supuesto que no lo haría!

Mientras cerraba despacio los puños, me clavó una mirada fulminante, como si sospechara que yo tenía al criminal escondido bajo la mesa. Brianna se removió, inquieta. Sin duda estaba pensando, como yo, en Hobson y Fowles. En cuanto a Abel MacLennan, sin importar lo que hubiera hecho en Hillsborough, me sentía inclinada a tomarlo por espectador inocente.

Después de murmurar algunas palabras solidarias sin comprometerme, saqué la botella de whisky que utilizaba como desinfectante y tosca anestesia. Al verlo, el señor Goodwin pareció reanimarse de manera notable.

—Sólo un poquito de esto para... eh... fortalecer el espíritu —sugerí, llenándole una copa. Así le desinfectaría también el horrible interior de la boca—. Reténgalo un momento antes de tragar; eso le entumecerá el diente.

Me volví hacia Brianna mientras un obediente Goodwin sorbía una buena cantidad de licor, con las mejillas infladas como las ranas a punto de cantar. Mi hija estaba un poco pálida, pero no supe si la había afectado el relato del paciente o la visión de su dentadura.

—Creo que no voy a necesitarte el resto de la mañana, cariño —dije mientras le daba unas palmaditas tranquilizadoras en el brazo—. ¿Por qué no vas a ver si Yocasta está lista para las bodas de la noche?

—¿Estás segura, mamá?

Mientras lo preguntaba, desató su delantal manchado de sangre y lo redujo a un ovillo. Viendo que miraba hacia lo alto del sendero, seguí la dirección de su vista. Roger estaba acechando detrás de un arbusto, con los ojos fijos en ella. Noté que se le iluminaba el rostro al verla y eso me despertó una cálida alegría. Hacían una buena pareja, sí.

—Ahora, señor Goodwin, beba usted una gota más, para que podamos terminar con este pequeño asunto.

Me volví hacia mi paciente con una sonrisa resplandeciente, y cogí las tenazas.

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6

Por los viejos tiempos

Roger esperaba al borde del claro, observando a Brianna. De pie junto a Claire, la muchacha trituraba hierbas, medía líquidos y hacía vendas. A pesar del frío, estaba arremangada; en el esfuerzo de desgarrar el recio lino, los músculos de sus brazos desnudos se henchían y flexionaban bajo la piel pecosa.

«Tiene muñecas fuertes», pensó él, con un recuerdo un tanto perturbador de Molly, la de Grandes esperanzas, de Dickens. Notablemente fuerte de pies a cabeza; el viento pegaba la falda a la pendiente maciza de las caderas. Cuando giró hacia el costado, un largo muslo presionó por un instante contra la tela, suave y redondo como los troncos de aliso.

Él no era el único que la observaba. De las personas que esperaban su turno con uno de los médicos, la mitad también estaba contemplando a Brianna; algunas (las mujeres, en su mayoría), con expresión vagamente intrigada; otras (hombres todos ellos), con encubierta admiración, teñida de especulaciones terrenales, que provocaron en Roger el impulso de salir al claro y hacer valer en el acto sus derechos sobre ella.

«Bueno, que miren —pensó, conteniendo el impulso—. Mientras ella no les devuelva la mirada, no importa, ¿verdad?»

Salió de entre los árboles, apenas un poco, y al instante ella se dio la vuelta para mirarlo. El gesto algo ceñudo desapareció de inmediato y su cara se iluminó. Él le devolvió la sonrisa, con un movimiento de cabeza que la invitaba a seguirlo, y echó a andar por el sendero, sin esperar.

¿Acaso era tan mezquino como para querer demostrar a esos papamoscas que esa mujer lo dejaba todo para acudir a su menor señal? Bueno, pues sí, lo era. La vergüenza de comprobarlo se atemperó con una sensación gratamente intensa: la de saberla suya. Ante el ruido de sus pisadas en el camino, más arriba, supo que ella, en efecto, acudía a él.

Había abandonado el trabajo y traía algo en la mano: un paquete pequeño, envuelto en papel y atado con cordel. Él alargó una mano para conducirla fuera del sendero, hacia un bosquecillo donde el follaje rojo y amarillo de los arces ofrecía una agradable sensación de intimidad.

—Perdóname por apartarte de tu trabajo —dijo, aunque no lo sentía.

—No importa. Ya quería escapar. Me temo que no aguanto eso de la sangre y las tripas —admitió con una mueca melancólica.

—Me alegro —le aseguró él—. No es eso lo que pretendo de una esposa.

—Pues te convendría —apuntó ella, echándole una mirada tristemente reflexiva—. Aquí, en este lugar, no te vendría mal tener una esposa capaz de arrancarte los dientes si se te echan a perder y de coserte los dedos si te los cortas al trocear la leña.

El día gris parecía haberle afectado el ánimo... o tal vez era por el trabajo que había estado haciendo. Ver el desfile de pacientes de Claire era deprimente para cualquiera, salvo para la misma Claire: toda una serie de deformidades, mutilaciones, heridas y enfermedades horribles.

Cuando menos, lo que pensaba decir distraería a Brianna de los detalles más horripilantes del siglo XVIII. Cubriéndole la mejilla con una mano, alisó una de las pobladas cejas rojas con el pulgar helado. Ella también tenía la cara fría, aunque detrás de la oreja, bajo el pelo, la piel estaba tibia... como sus otros lugares ocultos.

—Yo he encontrado lo que deseaba —dijo con firmeza—. Pero ¿qué me dices de ti? ¿No habrías preferido a un hombre capaz de arrancar el cuero cabelludo a los indios y proveer la cena con su escopeta? A mí tampoco me gusta mucho la sangre, ¿sabes?

En los ojos de Bree reapareció una chispa de humor, que vino a aliviar su aire preocupado.

—No, creo que no necesito a un sanguinario. Así llama mi madre a papá, aunque sólo cuando está enfadada con él.

Roger rió.

—¿Y cómo me llamarás tú cuando te enfades? —la provocó.

Ella lo miró, como evaluando la pregunta, y la chispa se hizo más intensa.

—Oh, no te preocupes. Papá no ha querido enseñarme palabrotas en gaélico, pero de Marsali he aprendido un montón de cosas muy feas en francés. ¿Sabes qué significa un soûlard? ¿Y una grand gueule?

—Oui, ma petite chou, aunque nunca he visto una col con una nariz tan roja. —Le apuntó con el dedo directamente a la nariz; ella lo esquivó, riendo.

—Maudit chien!

—Reserva algo para después de la boda —le aconsejó él—. Quizá te haga falta.

La cogió de la mano para llevarla hacia una piedra donde estuviera cómoda, y entonces volvió a reparar en el pequeño envoltorio que ella traía.

—¿Qué es eso?

—Un regalo de bodas.

Bree se lo alargó sosteniéndolo con dos dedos, asqueada, como si fuera un ratón muerto. Él lo aceptó con desconfianza, pero no se percibían formas siniestras bajo el papel. Lo sopesó en la palma; casi no pesaba.

—Hilos de seda para bordar —explicó ella, en respuesta a su mirada interrogante—. De la señora Buchanan.

Entre sus cejas había reaparecido la arruga y esa expresión... ¿preocupada? No, era otra cosa, aunque Roger fue incapaz de saber qué.

—¿Qué tiene de malo la seda para bordar?

—Nada, pero ¿sabes para qué es? —Bree volvió a coger el paquete y se lo guardó en el bolsillo que llevaba atado bajo la enagua. Miraba hacia abajo, colocándose las faldas; él notó que tenía los labios apretados—. Me ha dicho que es para nuestros paños mortuorios.

La extraña versión que Brianna hacía de ese término escocés, con su acento bostoniano, hizo que Roger tardara un momento en descifrarlo.

—Paños mo... ¿Mortajas, quieres decir?

—Sí. Al parecer, mi deber de esposa es sentarme a hilar mi mortaja, desde la mañana siguiente a la boda. —Lo dijo con los dientes apretados—. Así ya estará tejida y bordada cuando muera de parto. Y si soy rápida para las labores, tendré tiempo de hacer también una para ti; de otro modo tendrá que ser tu siguiente esposa quien la termine.

Roger sintió deseos de reír, pero era obvio que ella estaba afligida.

—La señora Buchanan es una idiota —dijo él, estrechándole las manos—. No dejes que te preocupe con sus tonterías.

Brianna lo miró por debajo de sus cejas fruncidas, y dijo con toda claridad:

—La señora Buchanan es ignorante, estúpida y tiene muy poco tacto. Pero no se equivoca.

—Por supuesto que sí —aseguró él, fingiendo seguridad, aunque experimentaba una punzada de aprensión.

—¿Cuántas esposas ha enterrado Farquard Campbell? —inquirió ella—. ¿Y Gideon Oliver? ¿Y Andrew MacNeill?

Nueve, entre los tres. MacNeill se casaría esa noche por cuarta vez, con una muchacha de Weaver’s Gorge, de dieciocho años. La punzada volvió, esta vez de forma más intensa, pero él no le prestó atención.

—Sin embargo, Jenny Ban Campbell ha tenido ocho hijos y enterrado a dos esposos —contraatacó, firme—. La propia señora Buchanan sigue vivita y coleando después de haber tenido cinco críos. Los he visto con mis propios ojos: todos cabezahuecas, pero sanos.

Eso provocó una renuente contracción de labios, que lo alentó a continuar:

—No tienes nada que temer, tesoro. Con Jemmy no tuviste ninguna dificultad, ¿no es cierto?

—¿No? Pues si crees que eso es tan fácil, la próxima vez puedes hacerlo tú —le espetó ella. Aun así, la comisura de su boca se curvó un poquito más arriba. Quiso liberar su mano, aunque él se la retuvo y ella le dejó hacer.

—Pero estás dispuesta a que haya una próxima vez, ¿verdad? ¿A pesar de lo que diga la señora Buchanan? —Aunque su tono era deliberadamente ligero, la estrechó contra sí, ocultando la cara en su cabellera, para que no viese lo importante que era esa pregunta para él.

Sin dejarse engañar, Bree se apartó un poco hacia atrás. Sus ojos, azules como el agua, investigaron en los de él.

—¿Te casarías conmigo, a pesar de tener que observar el celibato? —preguntó—. Es el único método seguro. El aceite de atanasia no siempre da buen resultado. ¡Ahí tienes a Marsali!

La existencia de la pequeña Joan era un testimonio elocuente de lo inefectivo que resultaba ese método anticonceptivo. Aun así...

—Debe de haber otros recursos —expresó él—. Pero si quieres celibato... pues bien, sea.

Ella se echó a reír, porque la mano de Roger se había tensado con gesto posesivo contra su trasero, mientras sus labios pronunciaban la renuncia. Sin embargo, la risa se apagó y el azul de sus ojos se tornó más oscuro, más turbio.

—Lo dices en serio, ¿verdad?

—Sí —aseguró él. Y era cierto, aunque la sola idea le pesaba en el pecho como si se hubiera tragado una piedra.

Con un suspiro, ella le acarició la mejilla con una mano, siguiendo la línea del cuello, el hueco de la base. Presionó con el pulgar contra el pulso palpitante, dejándole sentir sus propios latidos, aumentados por la sangre.

Lo había dicho en serio, pero inclinó la cabeza hacia ella y le buscó la boca. Necesitaba unirse a ella, con tanta urgencia que lo haría de cualquier manera posible: con las manos, con el aliento, la boca, los brazos; su muslo presionó entre los de Bree, separándole las piernas. Ella apoyó una mano contra su pecho, como para rechazarlo, pero luego la tensó, aferrando a un tiempo la camisa y la carne. Sus dedos se clavaron con fuerza en los músculos del pecho. Y luego quedaron pegados, con la boca abierta, jadeantes, entrechocando dolorosamente los dientes en el arrebato del deseo.

—No puedo... no debemos... —Él se desasió por un segundo. Su mente, entorpecida, echó mano de palabras fragmentadas. En ese instante la mano de Bree encontró el camino bajo su kilt: un toque frío y firme en su carne acalorada. Entonces perdió por completo la facultad del habla.

—Una última vez, antes de renunciar —dijo Bree. Su aliento lo coronó de calor y bruma—. Por los viejos tiempos.

Y cayó de rodillas entre las hojas mojadas, arrastrándolo con ella.

Llovía otra vez; la cabellera esparcida se le veteaba de humedad. Tenía los ojos cerrados y la cara vuelta hacia la llovizna; las gotas le golpearon las mejillas, rodando como lágrimas. En realidad, no sabía si reír o llorar.

Roger yacía a su lado, medio cubriéndola; su peso era un consuelo tibio y sólido; su kilt protegía de la lluvia las piernas desnudas y enredadas de los dos. Ella curvó una mano contra su nuca, acariciándole el pelo mojado y lustroso como piel de foca negra.

Entonces él se incorporó, con un gruñido de oso herido. Una ráfaga fría golpeó el cuerpo de Bree, húmedo y caliente allí donde habían estado en contacto.

—Perdona —murmuró él—. Lo siento, lo siento. No debería haber hecho eso.

Ella abrió apenas un ojo. Roger se incorporó sobre las rodillas, balanceándose, y le bajó las faldas arrugadas para cubrir su cuerpo. Había perdido el corbatón y el corte de su mandíbula estaba nuevamente abierto. Bree le había desgarrado la camisa; tenía el chaleco abierto y le faltaban la mitad de los botones. Estaba manchado de barro y sangre, con hojas secas y fragmentos de bellotas en las ondas de pelo negro.

—No importa —dijo ella, incorporándose.

No estaba en mejores condiciones; tenía los pechos hinchados por la leche, que había empapado la camisa y el corpiño en grandes manchas, helándole la piel. Roger, al notarlo, recogió el manto que ella había dejado caer y le cubrió suavemente los hombros.

—Lo siento —repitió mientras le apartaba el pelo enmarañado de la cara, fría la mano contra su mejilla.

—No te preocupes. —Ella trató de ordenar los fragmentos dispersos de sí misma, que parecían rodar por el diminuto claro como cuentas de mercurio—. Todavía estoy amamantando a Jemmy; son sólo seis meses. Creo que aún no hay peligro.

Pero ¿por cuánto tiempo más? Todavía le atravesaban el cuerpo pequeñas descargas de deseo, entremezcladas con el miedo.

Necesitaba tocarlo. Cogió una punta de su manto para presionar la herida que sangraba bajo la mandíbula de Roger. ¿Abstinencia, cuando su contacto, su olor, el recuerdo de los últimos minutos la hacían desear derribarlo entre las hojas para recomenzar? ¿Cuando la ternura brotaba de ella como la leche que acudía a sus pechos sin que nadie la convocara?

Los pechos le dolían de deseo insatisfecho; sintió el goteo de la leche que le corría por las costillas, bajo la tela. Se tocó un pecho, pesado y lleno. Su garantía de protección... por un tiempo.

Roger le apartó la mano de su rostro y se tocó el tajo.

—Está bien —dijo—. Ya no sangra.

Su expresión era muy extraña, o tal vez eran muchas. Normalmente su cara era agradablemente reservada, quizá algo severa. Ahora sus facciones parecían incapaces de asentarse; pasaba de una innegable satisfacción a una consternación de igual modo innegable.

—¿Qué pasa, Roger?

Él le echó un fugaz vistazo y apartó la vista; a las mejillas le trepó un leve rubor.

—Bueno —dijo—. Es que... en realidad... todavía no nos hemos casado.

—Desde luego que no. La boda será esta noche. Y a propósito... —Bree lo observó con un borboteo de risa en la boca del estómago—. Oh, querido —exclamó, esforzándose por dominar un ataque de risa—. Se diría, señor MacKenzie, que alguien lo ha sometido a su voluntad en medio del bosque.

—Muy graciosa, señora Mac —replicó él, señalando su propio desaliño—. Usted también parece haber librado un raro combate. Pero me refería a que estamos comprometidos desde hace un año... y eso es un vínculo legal, por lo menos en Escocia. Aun así, hace tiempo que se cumplió el período de un año y un día... y no estaremos formalmente casados hasta la noche.

Ella lo miró con los ojos entornados mientras se enjugaba la lluvia con el dorso de la mano. Una vez más cedió al impulso de reír.

—¡Santo cielo, no me digas que eso te importa!

Él sonrió con cierta renuencia.

—Bueno, no, pero me crió un predicador. Ya sé que está bien, sólo que el viejo calvinista escocés que llevo dentro me susurra que esto es un poco pecaminoso, hacerlo con una mujer que en realidad no es mi esposa.

—¡Ja! —exclamó ella, reposando los brazos en las rodillas recogidas. Luego se inclinó a un lado para darle un suave codazo—. No me vengas con ésas del viejo calvinista escocés. ¿Qué es lo que pasa?

Por no mirarla de frente, él mantuvo los ojos bajos, fijos en el suelo. En las cejas y las pestañas oscuras, fuertemente marcadas, centelleaban gotitas que plateaban la piel de sus pómulos. Inspiró hondo y dejó escapar el aire poco a poco.

—No puedo decir que tu miedo no esté justificado —dijo en voz baja—. Hasta hoy no me había percatado de lo peligroso qu

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