Introducción
I. PEQUEÑOS DETONANTES
Hay cosas que nos perturban. Aunque aquí no hablamos exactamente de eso. Estoy pensando, más bien, en esas imágenes, palabras o ideas que se abren como trampillas bajo nuestros pies, arrancándonos de la seguridad y la cordura de nuestro mundo para arrojarnos a un lugar mucho más oscuro y menos acogedor. Se nos acelera el corazón con un redoble y tenemos que esforzarnos para recuperar el aliento. La sangre abandona nuestros rostros y dedos, y nos quedamos pálidos, jadeantes, conmocionados.
Y lo que aprendemos sobre nosotros mismos en esos momentos, justo cuando se ha activado el detonante, es esto: el pasado no ha muerto. Hay cosas que nos aguardan, con paciencia, en los pasillos oscuros de nuestra vida. Creemos haberlas superado, haberlas olvidado, creemos que las hemos dejado ajarse y marchitarse y que se las ha llevado el viento, pero nos equivocamos. Estaban esperándonos en la oscuridad, entrenando, ensayando sus golpes más demoledores —esos puñetazos salvajes, duros y cortantes, directos al estómago—, matando el tiempo hasta que volviéramos a pasar por allí.
Los monstruos que se esconden en nuestros armarios y en nuestras cabezas siempre están en la oscuridad, son como el moho que se acumula bajo los tablones del suelo y tras el papel pintado de la pared; y hay mucha oscuridad, una reserva inagotable de oscuridad. Al universo le sobra noche. ¿De qué es tan necesario advertirnos? Cada uno tiene sus pequeños detonantes.
Tropecé por primera vez con la expresión Aviso: material sensible navegando por internet, donde se utiliza sobre todo para advertir a los internautas acerca de los enlaces, las imágenes o ideas que podrían perturbarlos y desencadenar recuerdos traumáticos, ansiedad o terror, y se los avisa para que puedan filtrar esas imágenes o ideas o para que quien lo lea pueda prepararse mentalmente antes de encontrárselas.
Me fascinó descubrir que las advertencias de ese tipo habían cruzado la línea divisoria entre internet y el mundo de las cosas tangibles. Me contaron que algunas universidades estaban considerando la posibilidad de poner avisos acerca de la presencia de ese material sensible en libros, obras de arte o películas para advertir a los estudiantes de lo que les esperaba, una idea que me pareció atractiva —por supuesto, todos queremos que quien sea susceptible de perturbarse sepa con anticipación que lo que tiene entre manos podría ocasionarlo— y al mismo tiempo muy preocupante: cuando escribí Sandman y se publicaba como cómic mensual, cada número llevaba una advertencia que decía: «recomendado para lectores adultos», lo cual me pareció acertado. De este modo, se informa a los lectores potenciales de que no están ante un cómic para niños y de que puede contener imágenes o ideas que tal vez les resulten perturbadoras, y además se sugiere que si eres adulto (cualquiera que sea el significado de esa palabra), eres responsable. En cuanto a cuál sería el elemento concreto que pudiera perturbarlos, asustarlos o hacerles pensar en algo por primera vez, me parecía que eso era asunto de cada cual. Somos adultos, decidimos qué deseamos leer y qué no.
Yo creo que las cosas que leemos de adultos deberíamos leerlas sin advertencias o avisos que, en todo caso, vayan más allá de un «por tu cuenta y riesgo». Debemos averiguar qué es la ficción, qué significa para nosotros, pues nuestra experiencia del relato no tendrá nada que ver con la que pueda tener otra persona.
Construimos las historias en nuestra mente. Seleccionamos las palabras, les otorgamos poder y miramos a través de otros ojos, y de ese modo vemos y experimentamos lo que ven otras personas. Y yo me pregunto: ¿son los relatos de ficción lugares seguros? Y entonces dudo: ¿deberían serlo? Después de leer algunas de las historias que leí de niño desee no habérmelas encontrado nunca, porque no estaba preparado para asimilarlas y me perturbaron: historias que hablaban de desamparo, en las que aparecían personas a las que se ridiculizaba, o mutilaba, donde los adultos se sentían vulnerables y los padres no eran de ninguna ayuda. Me inquietaron y aparecieron en mis pesadillas y en mis ensoñaciones, me preocuparon y me perturbaron profundamente, pero también me enseñaron que, si iba a leer historias de ficción, a veces sólo me sería posible descubrir mi zona de confort saliendo de ella; y ahora, como adulto, no eliminaría la experiencia de haberlas leído aunque pudiera hacerlo.
Todavía hay cosas que me perturban profundamente cuando me topo con ellas, ya sea en internet, impresas o en el mundo. Por mucho tiempo que pase no me resultan más sencillas, siguen acelerándome el corazón, nunca me permiten salir indemne de ellas, ni siquiera una vez. Pero me enseñan cosas y me abren los ojos y, si me duelen, lo hacen de maneras que me obligan a pensar, crecer y cambiar.
Mientras leía acerca de las discusiones universitarias, me pregunté si algún día la gente pondría un aviso de material sensible en mis obras de ficción. Me pregunté si estaría justificado que lo hicieran. Y entonces decidí anticiparme.
En este libro encontraréis cosas, como en la vida, que podrían perturbaros. En estas páginas hay muerte y hay dolor, lágrimas y desazón, violencia de todas clases, crueldad, incluso abuso. También hay bondad, espero, de vez en cuando. Incluso unos cuantos finales felices. (La verdad es que hay pocos relatos que acaben mal para todos los personajes.) Pero aún hay más: conozco a una mujer llamada Rocky a quien le perturban los tentáculos, y que realmente necesita una advertencia si va a aparecer alguna criatura con tentáculos, sobre todo si éstos tienen ventosas, y que, si se encuentra con un trozo inesperado de calamar o de pulpo, se esconderá, temblando, detrás del sofá que tenga más cerca. Hay un tentáculo enorme escondido entre estas páginas.
Muchas de estas historias acaban mal para, por lo menos, uno de sus protagonistas. Estáis avisados.
II. INSTRUCCIONES DE SEGURIDAD
PREVIAS AL DESPEGUE
A veces las mayores verdades se dicen en los contextos más inesperados. Yo vuelo demasiado, y ése es un concepto y una frase que habría sido incapaz de comprender cuando era joven, cuando todos los viajes en avión eran excitantes y milagrosos, cuando me quedaba mirando por la ventanilla las nubes que flotaban por debajo del avión y me imaginaba que eran una ciudad, o un mundo, un lugar por donde podría caminar sin miedo. Y, sin embargo, justo antes de despegar, me sorprendo pensando y reflexionando sobre la información que ofrecen las azafatas de vuelo como si fuera un koan o una parábola minúscula, o el exponente máximo de la sabiduría.
Esto es lo que dicen:
«Póngase la máscara de oxígeno antes de ayudar a los demás.»
Y yo pienso en nosotros, en todas las personas, y en las máscaras que llevamos, en las máscaras tras las que nos escondemos y en las máscaras que enseñamos. Imagino a la gente intentando ser lo que realmente es, y descubriendo que los demás son mucho más y mucho menos de lo que ellos mismos habían imaginado o de cómo se habían mostrado ante los demás. Y entonces pienso en la necesidad de ayudar a los otros, y en cómo nos ocultamos tras una máscara para hacerlo, y en que quitarnos la máscara nos vuelve vulnerables...
Todos llevamos máscara. Eso es lo que nos hace tan interesantes.
Estas historias tratan sobre esas máscaras y sobre las personas que nos ocultamos tras ellas.
Nosotros, los escritores, que vivimos de la ficción, formamos parte de un continuo que incluye todo lo que hemos visto y oído y, más importante aún, todo lo que hemos leído.
Tengo amigos que truenan, vociferan y explotan de frustración porque los lectores no conocen las referencias, no comprenden lo que se les está indicando, han olvidado autores, historias y mundos. Yo suelo verlo desde otra perspectiva: yo también fui un pedazo de pergamino en blanco esperando a que escribieran en él. Gracias a las historias ajenas aprendí sobre las cosas y las personas, y gracias a ellas aprendí también sobre otros autores.
Muchas de las historias de este libro, tal vez la mayoría, forman parte de ese continuo. Existen porque han existido otros escritores, otras voces, otras mentes. Espero que no os importe si aprovecho la oportunidad que me brinda esta introducción para señalaros algunos escritores y lugares sin los cuales quizá estos cuentos jamás hubieran visto la luz.
III. LA SUERTE DEL AZAR
Ésta es mi tercera colección de cuentos y soy muy consciente de la suerte que tengo.
Yo me crié amando y respetando los cuentos. Me parecía que eran las composiciones más puras y perfectas que podía crear un ser humano: en los mejores no sobraba ni una sola palabra. Un escritor movía la mano y de repente aparecía un mundo, y en él había personas e ideas. Un planteamiento, un nudo y un desenlace que te llevarían de viaje por todo el universo y te traerían de vuelta a casa. Me encantaban las colecciones de cuentos de todos los géneros, desde las historias de fantasmas y de terror que elegía cuando era niño, hasta las colecciones de un mismo autor, que me reestructuraban el cerebro.
Mis colecciones preferidas no sólo me ofrecían cuentos, también me explicaban cosas que desconocía sobre los relatos del libro y el arte de la escritura. Respetaba a los autores que no escribían introducciones, pero nunca me gustaban tanto como los que conseguían que me diera cuenta de que cada uno de los relatos de la antología estaba escrito, conformado palabra por palabra, por un ser humano que pensaba, respiraba, caminaba y, probablemente, incluso cantaba en la ducha, como yo.
En el mundo editorial se da por hecho que las colecciones de cuentos no venden. Es muy común que las antologías de relatos se vean como proyectos vanidosos o que los publiquen editoriales pequeñas, no se perciben como algo tan real como una novela. Sin embargo, para mí, los cuentos son esos lugares donde puedo volar, experimentar, jugar. Son sitios donde puedo cometer errores y vivir pequeñas aventuras, y reunir una pequeña colección como ésta provoca una sensación aterradora y reveladora a un mismo tiempo: cuando reúno cuentos reaparecen temas, se reorganizan y se vuelven más claros. Entiendo sobre qué he estado escribiendo la década anterior.
IV. DISCULPA GENERAL
Considero que los libros de cuentos deberían ser una misma cosa de principio a fin. No deberían ser una mezcolanza y agrupar, de cualquier forma, historias que obviamente no fueron creadas para cohabitar entre las mismas cubiertas. En resumen, no deberían contener historias de miedo y fantasmas, ciencia ficción y cuentos de hadas, fábulas y poesía, todo en el mismo libro. Deberían ser respetuosas.
En ese aspecto, esta compilación es un fracaso.
Y por ese fallo, y por muchas más cosas, pido vuestra indulgencia y vuestro perdón, y espero que entre estas páginas encontréis algún cuento que de otra manera jamás habríais leído. Mirad. Aquí hay uno muy corto que os está esperando ahora:
Sombras
Hay criaturas que cazan. Hay otras que recolectan. Las Sombras acechan. A veces, ciertamente, merodean. Pero sobre todo acechan.
Las Sombras no construyen telarañas. Su telaraña es el mundo. Las Sombras no excavan fosas. Si estás aquí es porque ya has caído.
Hay animales que te persiguen, que corren más rápido que el viento, incansables, para hincarte los colmillos, para abatirte. Las Sombras no persiguen a sus presas. Se limitan a ir al lugar donde vas a estar cuando termine la persecución, y te esperan allí, en algún sitio oscuro e indeterminado. Encuentran el último rincón donde mirarías y aguardan, todo el tiempo que sea necesario, hasta que efectivamente miras y por fin las encuentras.
No puedes esconderte de una Sombra. Ellas llegaron primero. No puedes correr más rápido que una Sombra. Te están esperando al final del camino. No puedes luchar contra una Sombra, porque son pacientes, esperarán hasta el último día, el día en que pierdas el ansia de luchar, el día en que te hartes de pelear, el día en que se haya asestado ya el último golpe, la última puñalada, y se haya dicho la última crueldad. Entonces, y sólo entonces, saldrá la Sombra.
No comen nada que no esté maduro. Mira detrás de ti.
V. ACERCA DEL CONTENIDO DE ESTE LIBRO
Bienvenido a estas páginas. Aquí puedes leer algo sobre los cuentos que encontrarás en este libro, o puedes saltarte esta introducción y volver para repasar mis comentarios cuando hayas terminado los cuentos. Soy un tipo fácil.
Cómo montar una silla
Algunos días las palabras se niegan a salir. Esos días acostumbro a revisar algo que ya existe. Ese día monté una silla.
Un laberinto lunar
Conocí a Gene Wolfe hace más de treinta años, cuando yo era un periodista de veintidós, y lo entrevisté para hablar de su novela en cinco volúmenes El libro del sol nuevo. Nos hicimos amigos durante el transcurso de los cinco años siguientes y no hemos dejado de serlo desde entonces. Es un buen hombre y un buen escritor, muy profundo, siempre astuto, siempre inteligente. Su tercera novela, Paz, la escribió cuando yo era casi un niño, y es uno de mis libros preferidos. Su última novela, The Land Across, ha sido el libro que más he disfrutado este año, y es tan engañoso y peligroso como cualquiera de los que ha escrito.
Uno de los mejores cuentos de Gene se titula «A Solar Labyrinth». Trata sobre un laberinto de sombras y es una historia más oscura de lo que parece.
Escribí este cuento para Gene. Después de todo, si existen laberintos solares, también deberían existir los lunares, y también un lobo, como el que esconde su apellido, que le aúlle a la luna.
Lo que pasa con Cassandra
Cuando tenía unos catorce años me parecía más sencillo imaginar una novia que tenerla, porque eso significaba tener que hablar con una chica de verdad. Así que decidí que escribiría el nombre de una chica en las tapas de mis libros de ejercicios y negaría conocerla cuando alguien me preguntara por ella, cosa que, imaginé con cariño, haría que todo el mundo pensara que tenía novia de verdad. No creo que funcionara. Nunca llegué a imaginar nada sobre ella aparte de su nombre.
Escribí este cuento en agosto de 2009 en la isla de Skye mientras Amanda, mi novia por aquel entonces, tenía la gripe y estaba en cama intentando recuperarse. Cuando se despertaba, yo le llevaba sopa y bebidas con miel y le leía lo que había escrito. No estoy seguro de cuánto recordará.
Les entregué el cuento a Gardner Dozois y George R. R. Martin para su antología Songs of Love and Death, y sentí un alivio desmesurado cuando supe que les había gustado.
En la oscura profundidad del mar
El periódico The Guardian celebraba el día mundial del agua con una semana de cuentos sobre ese elemento. Yo me encontraba en Austin, Texas, durante el South by Southwest Festival, donde estaba grabando los audiolibros de
El océano al final del camino, y mi primera colección de cuentos, Humo y espejos.
Estaba pensando en el teatro Grand Guignol, en monólogos desgarradores susurrados por actores solitarios a un público entregado, y recordando algunas de las historias más dolorosas de El calendario Newgate. Y en Londres, bajo la lluvia, lejos de Texas.
«La verdad es una cueva en las montañas negras...»
Hay cuentos que desarrollas y hay cuentos que construyes, y luego hay cuentos que esculpes en una roca de la que vas descartando todas las cosas que no forman parte de la historia.
Yo quería editar una antología de cuentos que fueran lecturas geniales, fantásticas o con un toque de ciencia ficción, pero sobre todo que consiguieran que el lector no pudiera dejar de leer. Mi coeditor en ese proyecto fue Al Sarrantonio. Titulamos el libro Stories, que podría haber sido un buen título cuando aún no existía Google. Pero eso no era suficiente para editar el libro. Yo tenía que escribir un cuento para la antología.
He visitado muchos lugares peculiares del mundo, sitios que pueden apoderarse de tu mente y de tu alma y no soltarlas nunca. Algunos de esos lugares son exóticos e inusuales, y otros son corrientes. El más extraño de todos, por lo menos para mí, es la isla de Skye, en la costa occidental de Escocia. Y sé que no soy el único que lo piensa. Hay personas que cuando descubren Skye ya no se marchan de ella, e incluso aunque algunos nos vayamos, la isla neblinosa nos acecha y nos retiene a su manera. Allí es donde soy más feliz y donde me siento más solo.
Otta F. Swire escribió libros sobre las Hébridas y acerca de Skye en particular, y sus obras están llenas de datos extraños y esotéricos. (¿Sabíais que el 3 de mayo fue el día que expulsaron al diablo del cielo y, por lo tanto, ese día es imperdonable cometer un crimen? Lo leí en su libro sobre los mitos de las Hébridas.) Y en uno de sus libros mencionaba una cueva de las Cuillin Negras a la que, si eras valiente, podías ir y coger oro sin ningún coste, pero, tras cada una de tus visitas, la cueva te haría más malvado, te devoraría el alma.
Y esa cueva, y su promesa, empezó a quitarme el sueño.
Elegí varias historias verdaderas (o de las que se dice que son ciertas, que es casi lo mismo), se las confié a dos hombres, los situé en un mundo que es casi nuestro pero no del todo, y narré una historia sobre venganza y viaje, deseos de oro y secretos. Gané el premio Shirley Jackson a la mejor novela corta (y Stories ganó el premio a la mejor antología) y el Locus a la mejor novela corta, y estaba muy orgulloso de mi relato.
Antes de que se publicara, yo debía aparecer en el escenario de la Ópera de Sídney, y me preguntaron si podía hacer algo con el cuarteto FourPlay String Quartet (la banda de rock de los cuartetos de cuerda, un grupo alucinante, muy versátil, con seguidores muy fieles), quizá algo con imágenes artísticas que se pudieran proyectar en el escenario.
Pensé en «La verdad es una cueva en las montañas negras...»; tardaría setenta minutos en leerlo. Me pregunté qué pasaría si un cuarteto de cuerda creaba una banda sonora emotiva y espectacular que sonara mientras yo relataba la historia, como si fuera una película. ¿Y si el artista escocés Eddie Campbell, el mismo que hizo los dibujos de From Hell, de Alan Moore, escritor y dibujante de Alec, mi cómic preferido, creara las ilustraciones para mi cuento más escocés y se proyectaran sobre mi cabeza mientras yo leía?
Cuando salté al escenario de la Ópera de Sídney estaba asustado, pero la experiencia fue alucinante: el público acogió el cuento con una gran ovación, y a continuación hicimos una entrevista (el artista Eddie Campbell era el entrevistador) y recitamos un poema, también con FourPlay.
Seis meses después repetimos la actuación, en esa ocasión con más dibujos de Eddie, en un hangar enorme en el marco de un festival en Hobart, Tasmania, frente a tres mil personas, y a la gente volvió a encantarle.
Y entonces se nos presentó un dilema: las únicas personas que habían visto la actuación estaban en Australia. Por algún motivo parecía injusto. Necesitábamos una excusa para viajar y llevarnos al cuarteto de cuerda FourPlay por todo el mundo (son un grupo de músicos brillantes y cultos, empapados de cultura pop: me enamoré de su versión del tema introductorio de Doctor Who antes de conocerlos). Por suerte, Eddie Campbell había cogido sus dibujos y había hecho muchos más, y luego dispuso el texto de tal forma que el resultado quedaba a medio camino entre un cuento ilustrado y una novela gráfica; HarperCollins lo publicaría en Estados Unidos y Headline en el Reino Unido.
Salimos de gira, FourPlay, Eddie y yo, por San Francisco, Nueva York, Londres y Edimburgo. Recibimos una gran ovación en el Carnegie Hall, y no pudo ir mejor.
Todavía me estoy preguntando qué parte de la historia escribí yo, y qué parte sencillamente me estaba esperando, igual que las rocas grises que aguardan como huesos en las suaves colinas de Skye.
Mi última casera
Este cuento lo escribí para la Convención Mundial del Terror. Ese año se celebraba en Brighton. Durante los días que dura la convención, Brighton se convierte en una ciudad costera bulliciosa, creativa, atrevida y fascinante. Sin embargo, cuando era niño, solíamos ir a Brighton fuera de temporada y era un lugar deprimente, frío y sanguinario.
Es evidente que este cuento está ambientado en esa Brighton, que desapareció hace ya mucho tiempo, y no en la ciudad actual. No tienes nada que temer si hoy en día te alojas en un hostal de la ciudad.
Una historia de aventuras
Ira Glass me encargó este cuento para su programa de radio «This American Life». A él le gustó, pero a sus productores no, así que les mandé un artículo de opinión explicando que «las aventuras están todas muy bien, pero aún queda mucho por decir sobre la gente que come tres veces al día y sobre la liberación del dolor», y esta historia acabó publicándose en la revista McSweeney’s Quarterly.
Había estado pensando mucho sobre la muerte, y en que cuando las personas mueren se llevan consigo sus historias. Creo que es una especie de complemento de mi novela El océano al final del camino, por lo menos en ese sentido.
Naranja
Jonathan Strahan es un buen hombre y un buen editor. Vive en Perth, en la costa occidental de Australia. Tengo la mala costumbre de romperle el corazón escribiendo algo para una antología que está editando para arrebatárselo después. Aunque siempre intento compensarle escribiendo otra cosa. Este cuento es una de esas otras cosas.
La manera de contar una historia es tan importante como la historia en sí misma, aunque normalmente la forma de contarla es un poco menos evidente que en este caso. Yo tenía un cuento en la cabeza, pero hasta que se me ocurrió la idea del cuestionario no encajaron todas las piezas. Escribí el cuento en aeropuertos y en el avión de camino a Australia, donde iba a asistir al festival de escritores de Sídney, y lo leí más o menos un día después de aterrizar, ante un público numeroso y ante mi pálida y siniestra ahijada, Hayley Campbell, cuyas quejas sobre las manchas naranjas de la nevera quizá inspiraron esta historia.
Un calendario de cuentos
Ésta fue una de las experiencias más raras y más agradables que he tenido en los últimos años.
Cuando era pequeño me encantaban los cuentos breves de Harlan Ellison. Me gustaban las historias y me gustaba su forma de explicar cómo las había escrito. Aprendí muchas cosas de Harlan, pero lo que más me impactó de todo lo que leí en sus introducciones fue, sencillamente, la idea de que la única manera de escribir una historia era escribirla. Presentarse y hacerlo.
Y nunca me pareció más claro o evidente que cuando Harlan explicaba que había escrito tal cuento, o tal otro, en el escaparate de una librería, o mientras estaba en directo en la radio, o en alguna situación parecida. Decía que las personas le sugerían títulos o palabras. Le estaba demostrando al mundo que la escritura era un oficio, que no era magia. En algún lugar había un escritor sentado en su silla escribiendo. Me encantó la idea de intentar escribir en el escaparate de una tienda.
Pero pensé que el mundo había cambiado. Ahora cualquiera disponía de un escaparate que permitía a cientos de miles de personas pegar las caras al cristal y mirar.
BlackBerry se puso en contacto conmigo y me preguntó si me gustaría participar en un proyecto relacionado con las redes sociales, cualquier cosa que yo quisiera, y parecieron encantados cuando les sugerí que quería escribir «Un calendario de cuentos», donde cada relato derivaría de la respuesta a un tuit sobre los meses del año. Preguntas como: «¿Por qué enero es un mes peligroso?» «¿Qué es lo más extraño que has visto en julio?» (Alguien llamado @mendozacarla contestó «un iglú de libros», y supe cuál sería mi historia.) «¿A quién te gustaría volver a ver en diciembre?»
Yo formulé las preguntas, recibí decenas de miles de respuestas y elegí doce.
Escribí las doce historias (marzo fue la primera, diciembre la última), y luego animé a la gente a que creara su propio arte a partir de los cuentos. Se hicieron cinco vídeos breves sobre el proceso y todo se subió a los blogs, se tuiteó y se compartió con todo el mundo, gratis, en internet. Fue fantástico crear historias en público. Harlan Ellison no es un gran admirador de cosas como Twitter, pero cuando se terminó el proyecto lo llamé por teléfono y le dije que él lo había inspirado y que esperaba que inspirase a alguien que hubiera estado siguiéndolo, tanto como me habían inspirado a mí los cuentos que él escribía en el escaparate de aquella tienda.
(Quiero agradecer sus tuits inspiradores a @zyblonius, @TheAstralGypsy, @MorgueHumor, @_NikkiLS_, @StarlingV, @DKSakar, @mendozacarla, @gabiottasnest, @TheGhostRegion, @elainelowe, @MeiLinMiranda, y @Geminitm.)
El caso de la muerte y la miel
Descubrí las historias de Sherlock Holmes cuando era un niño y me enamoré de ellas, nunca he olvidado a Holmes o al formidable doctor Watson, que era quien narraba los casos del detective; a Mycroft Holmes, el hermano de Sherlock; o a Arthur Conan Doyle, la mente que estaba detrás de todo. Me encantaba el racionalismo, la idea de que una persona inteligente y observadora pudiera coger un puñado de pistas y construir con ellas un mundo. Me encantaba descubrir quiénes eran esas personas, una historia detrás de otra.
Holmes lo coloreaba todo. Cuando empecé a tener abejas, siempre fui consciente de que sólo estaba siguiendo los pasos de Holmes. Pero entonces me pregunté por qué Holmes había decidido ser apicultor. A fin de cuentas, no es el pasatiempo más intenso al que uno puede dedicarse tras la jubilación. Y Sherlock Holmes sólo estaba contento cuando estaba trabajando en un caso: la indolencia y la inactividad lo destrozaban.
Conocí a Les Klinger en la primera reunión de los Irregulares de Baker Street a la que asistí, en 2002. Me cayó muy bien. (Me gustó toda la gente que conocí allí: hombres y mujeres adultos que, cuando no estaban desempeñando sus cargos de juristas eminentes, periodistas, cirujanos y holgazanes, habían decidido creer que en algún lugar siempre era 1889 en el 221b de Baker Street, y que la señora Hudson estaría a punto de traer el té y aparecería acompañada de algún cliente importante.)
Escribí esta historia para Les y para Laurie King, para su colección A Study in Sherlock. La inspiró un tarro de miel blanca que me ofrecieron en la ladera de una montaña de China.
Pasé una semana escribiendo el cuento en una habitación de hotel, mientras mi mujer y mi hija pequeña y su amiga estaban en la playa.
«El caso de la muerte y la miel» fue nominado para el premio Anthony, para el Edgar y para el Silver Dagger de la Crime Writers’ Association. El hecho de que no ganara ninguno de esos premios no mermó mi felicidad: nunca me habían nominado para ningún premio de género policiaco y es muy probable que nunca vuelva a ocurrir.
El hombre que olvidó a Ray Bradbury
Olvidé a mi amigo. Mejor dicho, lo recordaba todo de él excepto su nombre. Hacía una década que había muerto. Recordaba nuestras conversaciones telefónicas, el tiempo que habíamos pasado juntos, su forma de hablar y de gesticular, los libros que había escrito. Decidí no ponerme a buscarlo en internet. Sencillamente acabaría recordando su nombre. Iba por ahí intentando recordar cómo se llamaba, y empecé a obsesionarme con la idea de que, si no podía recordar su nombre, sería como si nunca hubiera existido. Ya sabía que era una tontería, pero aun así...
Escribí «El hombre que olvidó a Ray Bradbury» como regalo para el noventa cumpleaños del autor, y para hablar sobre lo mucho que me había impactado cuando era niño, y también de adulto, y, en la medida de mis posibilidades, sobre lo que ese escritor le había hecho al mundo. Lo escribí como si fuera una carta de amor, una nota de agradecimiento y un regalo de cumpleaños para un escritor que me hizo soñar, me enseñó muchas cosas sobre las palabras y todo lo que podían conseguir, y que jamás me decepcionó, ni como lector ni como persona, mientras me iba haciendo mayor.
Mi editora en William Morrow, Jennifer Brehl (que ha editado este libro y todos los que he escrito para adultos desde Los hijos de Anansi), fue a verlo y le leyó la historia mientras él estaba en cama. El mensaje de agradecimiento que me mandó por vídeo significó mucho para mí.
Mi amigo Mark Evanier me contó que conoció a Ray Bradbury cuando era un niño de once o doce años. Cuando Bradbury se enteró de que Mark quería ser escritor, lo invitó a su despacho y se pasó medio día explicándole las cosas importantes: si quieres ser escritor, tienes que escribir. Cada día. Tanto si te apetece como si no. Le dijo que no se puede escribir sólo un libro y parar. Que es trabajo, pero que es el mejor trabajo que existe. Mark acabó siendo escritor, la clase de escritor que vive de la escritura.
Ray Bradbury era la clase de persona capaz de dedicarle medio día a un niño que quería ser escritor de mayor.
Descubrí los cuentos de Ray Bradbury cuando era un niño. El primero que leí fue «La vuelta a casa», que iba sobre un niño humano que vivía en un mundo de monstruos del estilo de la Familia Addams, y quería encajar. Era la primera vez que alguien escribía un cuento con el que yo conectaba de una forma tan personal. Por mi casa había un ejemplar de The Silver Locusts (el título que se dio en el Reino Unido a Crónicas marcianas). Lo leí, me encantó y me compré todos los libros de Bradbury que pude en la librería ambulante que se montaba en mi escuela una vez al trimestre. Descubrí a Poe a través de Bradbury. Había poesía en los cuentos y no importaba que se me pasaran muchas cosas por alto: lo que sacaba de ellos me bastaba.
Algunos escritores que leí y me encantaron de niño me decepcionaron cuando me hice mayor. Pero con Bradbury eso nunca me pasó. Sus historias de terror seguían siendo igual de espeluznantes, sus fantasías oscuras eran igual de oscuramente fantásticas, sus historias de ciencia ficción (a él nunca le interesó la ciencia, sino las personas, y por eso sus historias son tan buenas) seguían asombrándome tanto como cuando era un crío.
Era un buen escritor y se le daban bien muchos géneros distintos. Fue uno de los primeros autores de ciencia ficción que escapó de las revistas pulp y empezó a publicar en las más sofisticadas. Escribió guiones para películas de Hollywood. Se hicieron buenas películas basadas en sus novelas y cuentos. Mucho antes de que yo me convirtiera en escritor, Bradbury era uno de los escritores en los que otros escritores aspiraban a convertirse.
Un cuento de Ray Bradbury tenía significado en sí mismo, no te desvelaba nada sobre el tema de la historia, pero te hablaba de atmósfera, de lenguaje, de una especie de magia que se colaba en el mundo. La muerte es un asunto solitario, su novela de detectives, es tan propia de Bradbury como La feria de las tinieblas o Farenheit 451 o cualquiera de las de terror, o de las de ciencia ficción, o de realismo mágico, o del realismo que se puede encontrar en las colecciones de relatos. Él era un género en sí mismo, y con sus propias reglas. Un joven de Waukegan, Illinois, que se fue a vivir a Los Ángeles, se instruyó por su cuenta en las bibliotecas y escribió hasta que empezó a hacerlo bien, luego cambió de género y se convirtió en un género en sí mismo, a menudo imitado, pero absolutamente inimitable.
Lo conocí cuando yo era un escritor joven y él estaba en el Reino Unido para asistir a una fiesta en el Museo de Historia Natural con motivo de su setenta cumpleaños. Nos hicimos amigos de una forma extraña y enrevesada, sentándonos juntos en las firmas de libros y en los eventos. Yo asistí durante años a las charlas de Ray. A veces era yo quien lo presentaba al público. Hice de maestro de ceremonias cuando la Asociación de escritores de ciencia ficción y fantasía de Estados Unidos lo nombró Gran Maestro: él les habló de un niño al que había estado observando; sus amigos se metían con él porque quería entrar en una juguetería y los demás consideraban que ya era mayor para eso, y Ray explicó que tuvo la tentación de convencer a ese niño de que no hiciera caso a sus amigos y disfrutara con los juguetes.
Habló del pragmatismo de la vida de un escritor («¡Tenéis que escribir!», le decía a la gente. «¡Tenéis que escribir cada día! ¡Yo sigo escribiendo cada día!»), y acerca de seguir siendo un niño (dijo que tenía memoria fotográfica, que se remontaba a cuando era un bebé, y tal vez fuera verdad), sobre la felicidad, sobre el amor.
Era amable y noble, tenía ese carácter agradable del Medio Oeste que en lugar de percibirse como una falta de personalidad es algo positivo. Era entusiasta, y daba la impresión de que ese entusiasmo lo mantendría vivo para siempre. Le gustaba mucho la gente. Dejó un mundo mejor y dejó sitios mucho mejores en el mundo: las arenas rojas y los canales de Marte, los Halloween del Medio Oeste y los pueblos pequeños y los carnavales oscuros. Y siguió escribiendo.
«Al echar la vista atrás y contemplar tu vida, te das cuenta de que el amor era la respuesta para todo», dijo Ray en una ocasión, en una entrevista.
Dio a la gente muchos motivos para quererlo. Y le quisimos. Y, de momento, no lo hemos olvidado.
Jerusalén
La BBC me encargó este cuento para su semana dedicada a William Blake. Me preguntaron si podía escribir un relato inspirado en alguno de sus poemas para leerlo en Radio Cuatro.
Yo había visitado Jerusalén poco antes y me pregunté qué haría falta para construir Jerusalén en la tierra verde y apacible de Inglaterra. Y qué clase de persona querría hacer algo así.
Me invento muchas cosas, pero el síndrome de Jerusalén es real.
Clic-Clac, el sonajero
Escribí este cuento en casa de mis amigos Peter Nicholls y Clare Coney, en Surrey Hills, Melbourne (Australia). Era Navidad. Por extraño que parezca, y a pesar del calor que hacía, fue una Navidad blanca: durante nuestra comida de Navidad, cayó una granizada espesa —con piedras del tamaño de canicas— que cubrió el césped de los Coney-Nicholls como una manta. Escribí el cuento para un libro acerca de nuevos monstruos, editado por Kasey Lansdale, pero primero lo publicó Audible en formato de audiolibro en Estados Unidos y en Gran Bretaña. Lo regalaban gratis por Halloween y donaban una cantidad de dinero a buenas causas por cada persona que se lo descargaba. Todo el mundo estaba contento, excepto los que se descargaron el cuento, lo escucharon por la noche y luego tuvieron que ir por sus casas encendiendo todas las luces.
La casa que aparece en el cuento está inspirada en la de mi amiga Tori, que vive en Kinsale, Irlanda, y que obviamente no está encantada; es probable que el ruido que hacen los habitantes del piso superior al mover armarios de un lado a otro cuando tú estás abajo a solas no sea más que algo propio de las casas viejas cuando creen que nadie está mirándolas.
Un conjuro contra la curiosidad
Los niños son muy sensibles a las injusticias, y ese sentimiento se queda afincado en nuestras mentes cuando nos hacemos mayores, por mucho que nos esforcemos por enterrarlo. Hace casi cuarenta años, cuando tenía quince, escribí un cuento para el simulacro del examen final de lengua, y me bajaron la calificación de una A a una C aduciendo, según explicaba el profesor en una nota adjunta, que «era demasiado original. Seguro que lo ha copiado de algún sitio». Todavía me duele. Muchos años después, cogí mi idea preferida de aquel cuento y la convertí en este otro. Estoy convencido de que la idea era original, pero fue un placer utilizarla para escribir un cuento dedicado a Jack Vance ambientado en el mundo de La tierra moribunda.
Los escritores viven en casas que construyen otras personas.
Los hombres y las mujeres que construyeron las casas en las que habitamos eran gigantes. Empezaron con un espacio árido y construyeron la ficción especulativa, pero siempre dejaban el edificio inacabado para que las personas que llegaran al marcharse ellos pudieran añadirle otra habitación, u otro piso. Clark Ashton Smith puso los cimientos para las historias de La tierra moribunda, y entonces llegó Jack Vance y las erigió altas y magníficas, con esa forma que tenía de hacerlo todo alto y magnífico, y construyó un mundo en el que toda la ciencia es magia, en el fin de sus días, cuando el sol es tenue y está a punto de desaparecer.
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