El Ojo Fragmentado (El Portador de Luz 3)

Brent Weeks

Fragmento

cap-1

1

Dos guardias negros se acercaron a los aposentos de la Blanca; el más joven chasqueaba los nudillos de la mano derecha cada dos por tres, muy nervioso. Titubeantes, los hermanos Greyling se detuvieron ante la puerta. Crec, crec, crec. Crec, crec, crec.

Gill, el mayor, fulminó a su hermano con una mirada que pretendía emular la mirada asesina de su comandante. Gavin detestaba que hiciera eso, pero dejó de chasquear los nudillos.

—Esperando no vamos a conseguir nada —dijo Gill—. A ver si sabes usar ese puño.

Era temprano. La Blanca tenía por costumbre no salir de su cámara hasta dos horas más tarde, como mínimo. Debido a su delicado estado de salud, la Guardia Negra estaba esforzándose al máximo para que los últimos meses de la anciana transcurrieran sin contratiempos.

—¿Por qué tengo que ser siempre yo el que...? —preguntó Gavin. Gill contaba diecinueve años de edad, dos más que su hermano, pero ostentaban el mismo rango y habían sido ascendidos a guardias negros de pleno derecho a la vez.

—Como se lo pierda por empeñarte en llevarme la contraria... —Gill dejó la amenaza flotando en el aire—. El puño —dijo. Era una orden.

Gavin Greyling frunció el ceño, pero llamó a la puerta. La abrió tras esperar los cinco segundos de rigor. Los dos hermanos traspusieron el umbral.

La Blanca no estaba en la cama, sino rezando junto a su esclava de cámara, prostrada en el suelo pese a su edad, de cara al sol naciente, que despuntaba tras las puertas del balcón, abiertas al este. Un viento helado envolvía a las ancianas.

—Noble dama —dijo Gill—, disculpad la intrusión. Tenéis que ver una cosa.

Su mirada se posó en ellos, reconociéndolos al instante. Había nobles y señores de la lux que no se tomaban en serio a los integrantes más jóvenes de la Guardia Negra; un prejuicio justificado en parte, aunque no por ello era menos humillante. Gavin sabía que, un año antes, jamás habría ascendido a guardia negro de pleno derecho a los diecisiete. Sin embargo, la Blanca jamás lo trataba como si estuviera por debajo de nadie. Daría gustoso la vida por ella en ese preciso instante, aunque le aseguraran que la anciana se iba a morir de causas naturales al día siguiente.

La Blanca interrumpió sus plegarias y, con ayuda, se sentó en la silla de ruedas. La veterana esclava de cámara se dispuso a cerrar las puertas del balcón, a las que había llegado renqueando por culpa de las molestias que sentía en las caderas, pero Gill la detuvo.

—Es preciso que se asome al balcón, caleen —dijo Gavin mientras arropaba a la Blanca en sus mantas, con delicadeza pero sin descuidar la eficiencia. La experiencia les había enseñado cuál era el punto exacto de delicadeza que soportaba su orgullo, y también cuánto dolor podía resistir su cuerpo. Empujó la silla para sacarla al balcón. La anciana no protestó ni alegó ser capaz de moverse por sus propios medios, como habría hecho no hacía tanto.

—En la bahía —precisó Gill.

La bahía del Pequeño Jaspe resplandecía por debajo de ellos. Ese día era la Festividad de la Luz y la Oscuridad, el equinoccio, y uno no podía pedir un día de otoño mejor: aunque soplaba un viento frío, el cielo ofrecía un azul deslumbrante y las aguas se mostraban serenas en vez de exhibir su habitual estado encrespado. La bahía sí estaba sospechosamente desierta. La flota aún no había regresado de Ru, donde se esforzaba por contener el avance del Príncipe de los Colores. Gavin debería estar allí. Por el contrario, él y otros tres habían recibido la orden de retroceder e informar de la posición y los planes de la flota.

Cabía esperar que la batalla se hubiera dirimido a esas alturas, por lo que tan solo se podía aguardar la llegada de noticias que les indicaran si debían celebrar la victoria o prepararse para librar una guerra que reduciría las Siete Satrapías a añicos. Gavin supuso que eso explicaba las oraciones de la Blanca, pero ¿se puede rogar por el resultado de un acontecimiento después de que este haya tenido lugar? ¿Servirían de algo las plegarias en tales circunstancias?

¿Acaso han servido alguna vez de algo?

En silencio, la Blanca observó la bahía. Gavin temía que no llegara a ver nada. ¿La habrían interrumpido demasiado tarde? Pero la anciana confiaba en ellos; sin interrogarlos en ningún momento, se limitó a dejar que se desgranaran los minutos.

Y entonces, al fin, algo dobló el recodo del Gran Jaspe. No era fácil apreciar su tamaño a primera vista. Emergió a cien pasos de las altas murallas que rodeaban la isla, repletas de curiosos que se empujaban y se agolpaban en los adarves. El demonio marino solo era visible al principio merced a la estela que dejaba a su paso, levantando cabrillas a izquierda y derecha.

Conforme se aproximaba, aceleró. Sus fauces cruciformes, entreabiertas, engullían el mar entre sus anilladas hileras de colmillos y lo expulsaban por las agallas que se distribuían a lo largo de todo su cuerpo, distendidas al máximo. A cada nuevo e inmenso bocado, con sus fauces ahora abiertas de par en par, el agua salía disparada en grandes abanicos hacia atrás y a los lados, con una cadencia aproximada de cincuenta pasos. A continuación, contraía los gigantescos músculos y el mar siseaba con las turbulencias del aire y el oleaje embravecido.

El demonio marino iba directo al rompeolas que protegía la bahía Occidental, adonde también se dirigía una galera a marchas forzadas, en su intento por salir a mar abierto. A la velocidad a la que el demonio marino avanzaba, el capitán no se imaginaba que esa era precisamente la dirección equivocada.

—Pobre incauto —musitó Gill.

—Dependerá de si es una coincidencia o un ataque —repuso la Blanca con una tranquilidad escalofriante—. Si consigue traspasar el rompeolas, los tripulantes de esa nave bien pudieran ser los únicos que escapen a tiempo.

Los galeotes sacaron los remos del agua como un solo hombre, procurando agitar las aguas lo menos posible. Los demonios marinos eran muy celosos de su territorio, pero no depredadores.

La criatura pasó junto a la galera sin detenerse. Gavin Greyling exhaló un suspiro de alivio y oyó cómo los demás hacían lo mismo. Sin embargo, en ese momento el demonio marino se sumergió y se perdió de vista, envuelto en un inesperado banco de niebla.

Cuando reapareció, estaba al rojo vivo. Las aguas hervían a su alrededor. Puso rumbo a altar mar.

No había nada que pudiera hacerse. El demonio marino se alejó, giró en redondo y aceleró. Su trayectoria apuntaba directamente a la proa de la galera, como si pretendiera embestir de frente a ese intruso.

Alguien profirió una maldición entre dientes.

La criatura chocó contra la nave a una velocidad de vértigo. Fueron varios los marineros que salieron disparados de la cubierta. Algunos cayeron al mar, pero al menos uno fue a aterrizar en la cabeza del demonio marino, repleta de protuberancias y pinchos.

Durante unos instantes pareció que, de alguna manera, la galera iba a resistir el impacto; hasta que se desintegró la proa. Fragmentos de madera volaron en todas direcciones. Los mástiles se partieron.

La galera —lo que quedaba de ella— salió disparada hacia atrás, diez, veinte, treinta pasos, proyectando por los aires inmensos abanicos de agua. El avance del demonio marino apenas perdió velocidad. A continuación, la embarcación desapareció bajo las olas cuando aquella gigantesca cabeza de martillo se elevó aún más sobre el agua y continuó empujando. De improviso, el casco de madera endurecida con fuego del navío se partió igual que una olla de barro estampada contra la pared.

La criatura se zambulló y, prendidos de su monstruosa testa repleta de espinas por un centenar de cabos, los restos del naufragio se hundieron con ella.

A cien pasos de distancia, una enorme burbuja de aire salió a la superficie cuando la última de las cubiertas desapareció bajo el agua. El barco no volvió a emerger. Lo único que quedaba de él eran fragmentos, y ni siquiera tantos como cabría esperar. La galera se había perdido para siempre, sin más. De sus cientos de tripulantes, apenas media docena de hombres braceaban entre las olas. La mayoría de ellos no sabían nadar. A Gavin Greyling, que había aprendido durante el período de instrucción de la Guardia Negra, siempre le había parecido una locura que hubiese tantos marineros incapaces de defenderse en el agua.

—Allí. —Gill señaló con el dedo—. Se ve un rastro de burbujas.

El demonio marino no había quedado atrapado dentro del rompeolas, gracias a Orholam. Pero el destino que le aguardaba parecía aún peor.

—Noble dama —dijo una voz a sus espaldas. Se trataba del señor de la lux Carver Negro, el responsable de todos aquellos pormenores de la dirección de la Cromería que no compitieran a la Blanca. Alto y alopécico, cubría su piel olivácea con un conjunto de calzas y jubón de factura ilytiana. Lo que quedaba de sus largos cabellos morenos se veía profusamente veteado de canas. Gavin no lo había visto llegar. Era guardia negro, y no lo había visto llegar—. Con permiso, he llamado pero no me ha respondido nadie. Esa bestia ya había sido avistada merodeando alrededor de los Jaspes, hasta en cinco ocasiones, contando esta. Di órdenes para que las baterías de la isla de los Cañones no abrieran fuego salvo en caso de agresión. Los artilleros preguntan si esto se podría calificar como tal.

A efectos prácticos, la defensa del Pequeño Jaspe formaba parte de su cartera, pero al señor de la lux Negro, como administrador precavido que era, le gustaba eludir las culpas siempre que fuera posible.

Además, ¿de qué serviría una bala de cañón contra semejante bestia?

—Decidles que esperen —respondió la Blanca.

—¡Ya lo habéis oído! —bramó el Negro acto seguido, abocinando junto a la boca una mano cargada de anillos.

Atento a sus palabras, un secretario apostado en la azotea, un piso por encima del balcón de la Blanca, levantó un espejo bruñido de un paso de diámetro mientras se asomaba al borde de la azotea.

—¡Sí, noble señor! —El hombre se apresuró a dar la señal, sustituido en su puesto por una mujer más joven que daba la impresión de estar intentando mantener los oídos abiertos sin que cayera en ellos ninguna palabra indiscreta.

El demonio marino abrazaba ahora la costa mientras surcaba unos bajíos tan poco profundos que dejaban vislumbrar su lomo. Atravesó el embarcadero del capitán del puerto sin inmutarse y llegó al extremo septentrional del Gran Jaspe.

—Ay, mierda. —Todos pensaban lo mismo, pero fue la Blanca la que lo expresó con palabras. ¿La Blanca? ¿Jurando? Gavin Greyling jamás hubiera sospechado que conociera ninguna palabra malsonante.

Los ocupantes del Tallo de Azucena habían perdido de vista a la bestia cuando esta penetró en el Gran Jaspe, y el demonio marino se abalanzó sobre el puente antes de que a nadie le diera tiempo a reaccionar.

La estructura flotaba a ras de las olas. Sin sostenes de ningún tipo, la luxina amarilla y azul se combinaba para formar un entramado de color verde que había resistido los embates del mar durante siglos. En la actualidad, la cromaturgia necesaria para crear algo así quedaba fuera del alcance de todos salvo, tal vez, de Gavin Guile en persona. En más de una ocasión había servido de rompeolas para las embarcaciones que se veían sorprendidas por las tormentas frente a los rompeolas, salvando así cientos de vidas. Sin embargo, el primer contacto del demonio marino, apenas un roce, provocó que el puente entero se tambaleara. Decenas de personas perdieron el equilibrio.

La inmensa figura se deslizó a lo largo de la pista de luxina durante diez, veinte pasos, antes de aminorar la marcha; parecía estar desconcertada por la resistencia que obstaculizaba su avance. Pero la confusión duró solo un instante, tras el cual se elevaron nuevas columnas de vapor a su alrededor. El demonio marino hundió la cabeza bajo las olas y ganó velocidad mar adentro; su descomunal cola azotó el agua junto al Tallo de Azucena, levantando surtidores por encima de casi toda la estructura.

Una vez en altamar, volvió a girar sobre sí misma.

—¡Ordenad a la isla de los Cañones que disparen! —exclamó la Blanca.

La isla estaba situada al otro lado del Tallo de Azucena en la bahía. La probabilidad de que los artilleros dieran en el blanco desde allí era remota.

Pero cualquier posibilidad de distraer a la criatura, por pequeña que fuese, era mejor que ninguna.

La primera culebrina abrió fuego de inmediato; los hombres ya debían de estar esperando la orden. No obstante, el proyectil tendría que cubrir una distancia de aproximadamente mil pasos. Se quedaron cortos por al menos cien. Los otros cinco cañones de la isla que apuntaban en la dirección adecuada atronaron en veloz sucesión; el estampido de las detonaciones combinadas se dejó oír justo detrás del fogonazo cegador, y su rugido llegó a la torre casi al mismo tiempo que sus ocupantes veían cómo los proyectiles impactaban en el agua. Todos fallaron. El surtidor más próximo se elevó a más de cincuenta pasos de su objetivo. Ninguno logró disuadir al demonio marino.

Los equipos de artillería empezaron a recargar con la celeridad y la eficiencia que solo un adiestramiento inflexible era capaz de impartir, pero jamás conseguirían disparar otra andanada a tiempo. El demonio marino era demasiado rápido.

El caos se apoderó del Tallo de Azucena. Un tiro de caballos había caído, producto del pánico, y estaba volcado de costado con su carro en los confines del puente, provocando que solo un goteo de hombres y mujeres pudieran salir al Gran Jaspe. Los animales, encabritados, lanzaban bocados a las personas que intentaban escabullirse tanto por encima como por debajo de ellos.

Al otro lado del puente se produjo una avalancha que se saldó con una maraña de cuerpos arrollados y pisoteados. Tan solo unos pocos lograrían escapar a tiempo.

—Carver —dijo la Blanca con aspereza—. Ve y organízalo todo para que tanto los muertos como los heridos reciban atención. Eres más ágil que yo, y de todos modos necesito ver cómo termina esto.

El señor de la lux Negro ya había salido por la puerta antes de que ella acabara de hablar.

Cuatrocientos pasos de distancia. Trescientos.

La Blanca extendió una mano, como si pudiera repeler al demonio marino mediante un simple esfuerzo de voluntad, sin dejar de susurrar entre dientes una retahíla de atropelladas plegarias.

Doscientos pasos. Cien.

Una segunda silueta surcó las aguas de improviso por debajo del puente, procedente del otro lado; su espectacular colisión con el demonio marino levantó litros de agua a cientos de pasos de altura. La bestia salió despedida por los aires, doblada de costado. Una figura negra, enorme pero al mismo tiempo empequeñecida por el demonio marino, lo había embestido desde abajo. Ambos se estrellaron de nuevo contra el agua, con estrépito, a menos de veinte pasos del Tallo de Azucena.

El peso del demonio marino era mayor e impulsó su cuerpo hasta el mismísimo puente y proyectó una muralla de agua que rompió contra la estructura tubular, envolviéndola por completo. La construcción entera se estremeció con la fuerza de la ola gigante... pero aguantó.

En medio de una nube de agua y aliento expelido, unas aletas y una cola negra emergieron a la superficie. Después de que la cola cayera como una maza sobre el cuerpo del demonio marino, la ballena salió disparada en dirección a la bahía del Pequeño Jaspe. Hacia el interior, lejos del puente.

—Una ballena —dijo la Blanca, jadeante—. ¿Era...?

—Un cachalote, noble dama —repuso Gill. Siempre le habían gustado las historias protagonizadas por esos pugilistas marinos—. Un gigante negro. De treinta pasos de largo, al menos, con la cabeza como un ariete. Ignoraba que pudieran alcanzar ese tamaño.

—En el mar Cerúleo no se había vuelto a avistar ningún cachalote en...

—Cuatrocientos años. Desde que se cerraron las Puertas Sempioscuras. Aunque algunos perduraron durante cien o... Lo siento —se disculpó Gill por la interrupción.

La anciana ni siquiera se percató. Estaban todos demasiado absortos. El demonio marino se había quedado visiblemente aturdido. Su cuerpo incandescente, que había adquirido una tonalidad azul, se hundía bajo las olas, pero conforme el mar recuperaba la calma tras la marejada provocada por la colisión pudieron comprobar cómo el fulgor anaranjado se intensificaba una vez más. Las aguas comenzaron a sisear.

La mole se revolvió bajo las olas, se giró y reanudó la marcha, nadando directa hacia el cachalote.

—Se supone que esas ballenas son muy agres... —empezó a decir la Blanca.

A cuatrocientos pasos de la orilla, el agua entró en erupción cuando los dos leviatanes volvieron a chocar con violencia.

Los cachalotes eran los únicos adversarios naturales de los demonios marinos en el mar Cerúleo. Pero hacía mucho que los demonios marinos habían acabado con todos. Supuestamente.

Ante su atenta mirada, los gigantes colisionaron de nuevo, pero en esta ocasión más lejos, hacia el sur. Observaron en silencio mientras a sus pies comenzaban las operaciones de rescate para evacuar el Tallo de Azucena.

—Pero ¿esas ballenas por lo general no eran... azules? —preguntó la Blanca a Gill, sin apartar la vista del mar.

—Azul marino, o grises. Se mencionan algunas blancas, aunque probablemente son un mito.

—Esta parecía negra, ¿no? ¿O me falla la vista?

Los hermanos cruzaron la mirada.

—Negra —respondió Gill.

—Negra, sin la menor duda —corroboró Gavin.

—Bilhah. —La Blanca llamó por su nombre a la esclava de cámara por primera vez, que Gavin recordara—. ¿Qué día es hoy?

—Es la Festividad de la Luz y la Oscuridad, ama. El día en que la luz y la oscuridad se disputan el dominio del cielo.

—Y con el equinoccio —musitó la Blanca con voz queda, sin volverse—, cuando sabemos que la luz debe perecer, que no hay victoria posible, acude en nuestro auxilio una ballena... no blanca, sino negra.

Al ver que todos asentían con la cabeza, solemnes, sobrevino a Gavin el presentimiento de que se estaba perdiendo un detalle significativo. Después de mirarlos uno por uno, inquirió:

—Bueno, ¿y qué? ¿Qué significa eso?

Gill le pegó una colleja.

—A ver, ese es el quid de la cuestión, ¿no?

cap-2

2

Las ensangrentadas palmas de Gavin Guile habían dejado una mancha gris, cálida y viscosa, allí donde sus manos sujetaban el remo. Siempre había pensado que lucía unos callos respetables, para tratarse de alguien cuya principal herramienta de trabajo eran las palabras, pero nada lo preparaba a uno para pasarse diez horas diarias en el bandín.

—¡Amiento! —exclamó el Número Siete, levantando la voz para que pudiera oírlo la cómitre—. Más vendas para «Su Santidad».

Aunque el comentario suscitó unas cuantas sonrisas exhaustas entre los galeotes, estos no perdieron el compás. Los grandes tambores de piel de becerro retumbaban como el corazón de un cetáceo. Era un ritmo que los hombres experimentados podían mantener todo el día, si bien con dificultad. Puesto que había tres de ellos en cada banco, bastaba con que dos continuaran remando cuando su compañero de fatigas hacía un alto para refrescarse, comer o utilizar el cubo en el que todos hacían sus necesidades.

Amiento se acercó a Gavin con un rollo de tela y le ordenó por señas que extendiera las manos. Se trataba de la mujer más fornida que hubiera visto en su vida, y eso que conocía a todas las féminas que habían ingresado en la Guardia Negra en los últimos veinte años. Gavin retiró del remo los dedos ensangrentados, engarfiados como garras. No podía abrirlos ni cerrarlos, y aún ni siquiera era mediodía. Continuarían remando hasta el anochecer; cinco horas más, en esa época del año. Amiento deslió el paño, tieso como una tira de corteza.

El destino podría depararle cosas peores que una mera infección, pensó Gavin. Pero mientras la mujer le vendaba las manos, con movimientos tan eficientes como exentos de delicadeza, llegó hasta su olfato un efluvio vibrante, como a resina entreverada de algo parecido al clavo, y oyó el característico y sutil chasquido que producía la luxina supervioleta al astillarse.

Durante unos instantes volvió a ser el mismo Gavin de siempre, y sus pensamientos se concentraron en la mejor manera de aprovechar el descuido de sus captores. Trazar directamente a partir de la luxina rota era complicado, pero ni mucho menos imposible para él, Gavin Guile. Por algo era el Prisma; no había nada que no pudiera...

Mejor dicho, no había nada que pudiera hacer ahora, que ya no distinguía los colores. Era incapaz de trazar nada. A la exigua luz de las lámparas que se mecían lánguidamente con los vaivenes de la embarcación, el mundo oscilaba en tonos de gris.

Amiento le apretó los nudos sobre el dorso de las manos y profirió un gruñido ininteligible. Gavin lo interpretó como la señal convenida para izar los brazos entumecidos de nuevo hasta el remo.

—C-c-combate la infección —dijo uno de sus compañeros de remo, el Número Ocho, aunque algunos de los hombres lo llamaban Jodelotodo. Gavin no sabía por qué. Esta era una comunidad poco ortodoxa, con su jerga particular y sus chistes privados, y él no formaba parte de ella—. Aquí abajo, en la tripa, la infección te puede partir en dos como un rayo.

¿La luxina supervioleta combatía las infecciones? No era algo que se enseñara en la Cromería, pero eso no significaba que fuese mentira. O puede que se tratara de un nuevo descubrimiento, posterior a la guerra, y nadie le hubiera hablado de él. Sus pensamientos, sin embargo, se vieron arrastrados a Dazen, su hermano, y los cortes que se había practicado a sí mismo en el pecho. ¿Cómo era que Dazen no sucumbió a la infección en el infierno que Gavin había construido para él?

¿Sería acaso un simple ataque de fiebre, y no de locura, lo que había convencido a Gavin de que debía matar a su hermano prisionero?

Ya era demasiado tarde, en cualquier caso. Rememoró una vez más la sangre y los sesos que habían saltado del cráneo de Dazen y salpicado la pared de su celda cuando Gavin disparó contra él.

Cerró los dedos vendados en torno al remo desgastado por el uso, la madera esmaltada con el sudor, la sangre y otras secreciones de tantas manos como habían pasado por allí antes que las suyas.

—Endereza la espalda, Seis —dijo el Número Ocho—. El lumbago terminará matándote como hagas todo el esfuerzo con los riñones. —Tantas palabras seguidas sin ninguna maldición intercalada era un verdadero milagro.

Nadie sabía por qué, pero al Ocho le había dado por adoptar a Gavin. Aunque este sospechaba que la ayuda del nervudo angari no era completamente desinteresada. Gavin era el tercer ocupante de su banco. Si Gavin remaba menos, el Siete y el Ocho tendrían que esforzarse más para mantener el compás, y el capitán Artillero no estaba por la labor de aflojar el ritmo. Cuanto antes se alejaran del escenario de la caída de Ru, mejor.

Los cazadores de piratas de la Cromería levarían anclas en cuestión de otra semana; corsarios con órdenes de perseguir a los traficantes de esclavos que sin duda caerían sobre los despojos de la flota invasora para cargar de cadenas a cuantos supervivientes se cruzaran en su camino. Pedirían rescate por quienes pertenecieran a familias adineradas, pero muchos regresarían directamente a los inmensos campamentos de esclavos de Ilyta, donde podrían desestibar sus cargamentos humanos con absoluta impunidad. Otros buscarían mercados más próximos, en los que algún oficial sin escrúpulos falsificaría los documentos que atestiguarían que estos esclavos habían sido recogidos legalmente en cualquier puerto remoto. Más de un prisionero perdería la lengua a fin de que no pudiera contar la verdad.

Esto es lo que le he reportado a mi pueblo, Karris. Muerte y esclavitud.

Aunque Gavin había matado a una deidad, la batalla se saldó con su derrota. La perdición había destrozado la flota de la Cromería al surgir de las profundidades, aplastando sus esperanzas y arrojándolas luego por la borda.

Si se me hubiera declarado prómaco, el resultado habría sido distinto.

Lo cierto era que Gavin no debería haber asesinado únicamente a su hermano; debería haber matado también a su padre. En el último momento, si hubiera ayudado a Kip a apuñalar a Andross Guile en vez de intentar separarlos, ahora este sería un cadáver y él estaría en los brazos de su esposa.

—¿Alguna vez te arrepientes de no haber sido lo bastante implacable? —preguntó Gavin al Siete, que dio tres grandes golpes de remo antes de responder.

—¿Sabes cómo me llaman?

—Me suena que Orholam. ¿Es porque ocupas el asiento número siete? —Del mismo modo que el seis era el número del hombre, el siete era el de Orholam.

—No, no es por eso.

Míralo, qué elocuente.

—Entonces ¿por qué?

—No obtienes respuestas a tus preguntas porque eres impaciente —dijo Orholam.

—Sé muy bien lo que es esperar, viejo.

Orholam dio otras dos largas paladas antes de contestar:

—No. Ya van tres. Tres negativas. Hay personas que prestan atención a las cosas que llegan de tres en tres.

Pues yo no soy una de ellas. Que te den, Orholam. Y a tu tocayo también.

Gavin torció el gesto al reincorporarse a la penosa rutina de remar y adaptarse al compás: empujar, estirarse, afianzar los pies en el suelo de madera y volver a tirar. La Jaca Arisca daba cabida a ciento cincuenta remeros, ochenta en esta cubierta y otros setenta en la superior. El retumbo de los tambores y las órdenes impartidas a gritos se oían por igual en ambos niveles merced a las trampillas que los comunicaban.

Pero el sonido no era lo único que compartían las cubiertas superior e inferior. Aunque Gavin había dado su sentido del olfato por embotado a los pocos días de embarcar, siempre aparecía algún efluvio nuevo que lo pillaba desprevenido. Los angari se preciaban de ser aseados, y quizá lo fueran; Gavin no había detectado el menor indicio de disentería o sudores febriles entre los galeotes, y entre los esclavos circulaban dos cubos todas las noches: el primero, repleto de espuma con la que enjabonarse; y el segundo, lleno de agua de mar limpia para aclararse. Todo cuanto se derramaba, evidentemente, caía en regueros sobre los esclavos de la bodega inferior y, tras acumular todavía más mugre, en el pantoque. Los suelos siempre estaban resbaladizos, en la bodega reinaba una humedad bochornosa, el sudor era constante, la ventilación que proporcionaban las portillas resultaba insuficiente a menos que el viento soplara con fuerza, y los regueros viscosos que goteaban sobre la cabeza y la espalda de Gavin, procedentes de la bodega superior, desprendían un tufillo sospechoso.

Unos pasos le indicaron que alguien bajaba por la escalera; quienquiera que fuese caminaba con la cadencia confiada que era potestad de los marineros expertos. Ni siquiera el chasquido de unos dedos junto a su oído consiguió que Gavin se dignara mirar en dirección a la puerta de la bodega. Ahora que solo era un esclavo necesitaba comportarse como tal, so pena de que lo apalearan por insolente. Aunque acobardarse no se contara entre sus obligaciones, en cambio, estas sí que incluían la necesidad de remar en todo momento, una actividad que consumía todas sus fuerzas.

Amiento levantó las manos de Gavin del remo, abrió los grilletes y silbó para llamar la atención del Número Dos. Este y el Uno ocupaban el escalafón más alto de la permisiva jerarquía por la que se regían los galeotes, lo que significaba que gozaban de permiso para sentarse en la parte de delante cuando querían tomarse un descanso, podían hacer sus recados sin el lastre de las cadenas y solo debían remar si alguno de sus compañeros enfermaba o desfallecía por culpa del agotamiento.

Una vez que Amiento volvió a esposarle las manos, en esta ocasión a la espalda, Gavin alzó la cabeza para contemplar al capitán Artillero, erguido en lo alto de la escalera de la bodega. Ilytiano, con la piel negra como la noche cerrada, de barba agreste y ensortijada, el Artillero lucía unos holgados pantalones de marinero y un elegante jubón con brocados que dejaba al descubierto su torso desnudo. Irradiaba la seductora exaltación propia de los locos y los profetas. Pensaba en voz alta. Hablaba con el mar. No admitía igual ni en el cielo ni en la tierra y, por lo que respectaba a disparar cañones de todos los calibres, su soberbia estaba justificada. No hacía mucho que el Artillero había tenido que saltar por la borda de un barco en llamas y lleno de agujeros por culpa del Prisma. Sin saber muy bien por qué, en aquel momento Gavin permitió que escapara con vida.

Las buenas acciones te llevarán a la tumba.

—Acércate aquí, Guile, pequeñín —dijo el capitán Artillero—, que me estoy quedando sin argumentos para permitir que sigas respirando.

cap-3

3

Las ensangrentadas palmas de Kip habían dejado una mancha carmesí, vibrante y viscosa, allí donde sus manos sujetaban el remo. Tras formarse las primeras ampollas, estas se habían llenado de un plasma incoloro. La piel de debajo, reblandecida, había terminado por rasgarse. De resultas, los hilillos de sangre se habían mezclado con el plasma como remolinos de luxina roja. Las llagas, machacadas sin cesar contra el remo, no cesaban de supurar y agrietarse. Entonces cambió la posición de las manos y asistió a la formación de nuevas ampollas, incoloras al principio y teñidas de rojo después. Al final también se abrieron.

El color solo podía intuirlo, no obstante, puesto que no veía nada. Tan solo podía imaginarse lo que lo aguardaba cuando se quitara la venda que Zymun le había aplicado para impedir que trazara. Zymun, el policromo seguidor del Príncipe de los Colores. El mismo que había atentado contra Kip en Rekton e intentado asesinar a Gavin en Garriston. El mismo que ahora apuntaba con una pistola a la cabeza de Kip. Zymun, su hermanastro.

Zymun podía darse por muerto.

—¿Se puede saber a qué viene esa sonrisa? —preguntó este.

La barca cabriolaba y se encabritaba a merced de los golpes de mar, tal como llevaba haciendo los dos últimos días. Privado del sentido de la vista, a Kip le resultaba imposible orientarse en medio de aquel laberinto de olas, remar en el momento correcto y descansar cuando fuera apropiado. De vez en cuando, al tirar de uno de los remos, sentía cómo este escapaba del agua y sucumbía al desconcierto hasta que Zymun lo instruía a gritos. Y así llevaban dos días. Dos días que parecían una eternidad.

La venda, al principio, había sido una medida exagerada: Kip tenía los ojos cerrados a causa de la hinchazón. Durante la batalla se había golpeado él solo, por accidente, y después Zymun le había propinado un puñetazo en la cara. Presentaba una docena de laceraciones en la mejilla izquierda y a lo largo del brazo, recuerdo del impacto de la bala de cañón que había convertido el merlón de la perdición verde en una tormenta de afiladas esquirlas de piedra. Andross Guile, por su parte, lo había apuñalado en el hombro y le había abierto un tajo en las costillas.

De no ser por la formación recibida en los últimos meses, antes de ingresar en la Guardia Negra, además del hecho de verse con una pistola apuntándolo a la cabeza, Kip ni siquiera habría sido capaz de moverse. Así las cosas, notaba los músculos reducidos a una torpe y temblorosa madeja a causa del inusitado ejercicio. La espalda lo torturaba. Las piernas, flexionadas constantemente en un intento por conservar el equilibrio en la embarcación bamboleante, lo estaban matando. No obstante, el dolor que le atenazaba los brazos y los hombros era aún peor. ¡Y las manos! Orholam bendito, era como si estuvieran sumergidas en un pozo de agonía. La izquierda, que poco a poco había empezado a sanar, era ahora una garra. Le dolía tensarla, le dolía aflojarla, le dolía incluso mirarla.

Gordo, miedica y acabado, eso era Kip.

—Más a babor —dijo Zymun, aburrido. No tenía a Kip en tan alta estima como para insistir en el porqué de su sonrisa. No era tan incauto como para acercarse por una simple provocación, y ese día las olas estaban demasiado embravecidas para arriesgarse a perder el equilibrio por darse un mero capricho.

Nunca se había ofrecido a relevar a su rehén a los remos.

El miedo era lo único que motivaba a Kip. Pero estar asustado durante dos días seguidos resultaba agotador, y en su interior comenzaba a insinuarse un rescoldo de ira.

Pero ¿qué alternativa me queda? Estoy ciego, tan débil que no sería capaz de derrotar ni a un gatito, y con toda probabilidad mis músculos se agarrotarían o se bloquearían si hiciera un esfuerzo. Zymun ha repartido las cartas y tiene todos los triunfos: seis colores y una pistola.

Sin embargo, en cuanto Kip empezó a imaginarse la situación como una partida de nueve reyes, su terror se apaciguó. Intentó analizar el duelo con la paciencia de un azul. ¿Sería Zymun un rival tan formidable como Andross Guile? No. Pero cuando uno recibe una mano nefasta, se puede perder incluso ante el peor de los adversarios.

Zymun podría acabar con él en cuanto se lo propusiera. Con suma facilidad y sin temor a la justicia ni a las repercusiones, porque nadie tenía por qué enterarse jamás.

Vale, sí, eso ya ha quedado muy claro, ¿y ahora qué?

La mejor baza de Kip era la holgazanería de Zymun. Este sabía que debían remar si no querían que los piratas les echasen el guante y los convirtieran en esclavos. Puesto que a su secuestrador no le apetecía arrimar el hombro, Kip estaría a salvo siempre y cuando evitase provocarlo hasta tal punto que su irritación pesara más que su aversión al trabajo; o hasta que Zymun dejara de necesitarlo.

La mano de su adversario era imbatible, pero incluso la mejor de las cartas resulta inútil si no puede ponerse en juego.

La elevada opinión que Zymun tenía de sí mismo rozaba el ridículo; le gustaba divagar largo y tendido acerca de todas las cosas que haría cuando llegara a la Cromería. Puesto que sus divagaciones no incluían a Kip, a este no le costaba imaginarse cuál era el destino que lo esperaba. La vanidad de Zymun, por otra parte, también funcionaba como indicador de cuán baja era la estima en que tenía a los demás. Kip se comportaba como si estuviera derrotado, y Zymun se lo creía. Por supuesto que era superior. Por supuesto que Kip habría aceptado ese hecho como algo inevitable y se sentiría devastado e impotente.

—La verdad —dijo este, imprimiendo a regañadientes en su voz un timbre de admiración—, pensé que te devorarían los tiburones frente a las costas de Garriston.

Pese a su arrogancia, Zymun no tenía un pelo de tonto. Cuando se pusiera el sol, perdería la ventaja de la luxina. Entonces únicamente le quedarían tres cartas: el arma, las heridas de Kip y la ventaja de no tener los músculos destrozados tras doce horas de penosos esfuerzos. La noche anterior, cada vez que Kip se daba la vuelta mientras dormía en la proa de la pequeña embarcación, debajo del banco, su secuestrador se despertaba al instante, con la pistola de llave de chispa amartillada apuntándolo directamente.

Por deprimente que resultara, las probabilidades de que Kip recibiera un balazo por accidente a poco que los dedos de Zymun se crisparan en sueños eran elevadas.

—No fue un chapuzón agradable —replicó Zymun. Transcurridos unos instantes, añadió—: Creí que aquella cascada de Rekton acabaría contigo.

Herido en su amor propio, Kip el Bocazas estuvo a punto de recordarle que se habían encontrado al menos en otra ocasión, en el campamento rebelde, aunque entonces Zymun no lo reconociera. Fuera como fuese, tocarle las narices a quien puede matarte de mil formas distintas no era lo que se dice el colmo del buen juicio.

—Entonces supongo que ya tenemos algo más en común —dijo Kip—. Somos duros de pelar. —No hacía falta que se molestara en intentar acortar la distancia que los separaba utilizando unos ilusorios puntos en común. Zymun era un reptil. Kip pensó que el muchacho debía de esforzarse por disimularlo la mayor parte del tiempo. Con él, no. Otra pista de cuán contados tenía los días.

—Somos sangre de Guile —dijo Zymun—. Pero tú siempre serás un bastardo. Yo demostraré mi valía ante nuestro abuelo y me convertiré en heredero. El único heredero.

Kip siguió remando.

—¿Estás seguro —preguntó— de que Karris es tu madre? No había oído nunca ni un susurro al respecto. —Detestaba tener los ojos vendados, tanto como su dependencia de los cambios de inflexión en la voz de Zymun para vislumbrar la veracidad de sus palabras, algo que en otras circunstancias habría podido inferir a partir de sus gestos y muecas.

—Estaba prometida con el Prisma cuando me concibieron. Eso me convierte en hijo legítimo, a los ojos de la mayoría. Cuando él rompió el compromiso, ella se fue a vivir con unos parientes.

—¿A Tyrea? —preguntó Kip. Era allí donde había visto a Zymun por primera vez, desafiando a su maestro, arrojando bolas de fuego contra Kip hasta obligarle a saltar desde lo alto de la cascada.

—En el Bosque de Sangre. Una modesta población llamada Pomar. Me mudé a Tyrea más tarde. Era el único sitio al que acudir para aprender a trazar, aparte de la Cromería.

—¿Se le ocurrió al abuelo esa idea? —preguntó Kip.

Parecía algo propio de Andross Guile. Educar al muchacho, adiestrarlo y reservarlo fuera de la mesa. El as en la manga perfecto. Mientras afinaba sus habilidades para convertirse en el arma definitiva, a Zymun además le resultaría imposible forjar alianza alguna en la Cromería. Andross podría emplearlo contra Gavin o el Espectro cuando quisiera, sin temor a que supusiera una amenaza también para él. El muchacho ni siquiera se daba cuenta del cinismo con que lo estaba utilizando su abuelo.

Imagino que yo también debo de haberme vuelto un poco cínico para verlo con tanta claridad. O puede que mi cinismo se limite a todo cuanto esté relacionado con Andross Guile.

Fuera como fuese, Zymun no respondió. O quizá lo hubiera hecho asintiendo con la cabeza.

En los dos últimos días, Zymun no había preguntado por Karris ni una sola vez. Parecía pensar que el puesto que ocupaba en la Guardia Negra la convertía en una madre aceptable pero no intrínsecamente poderosa y, por consiguiente, carente de interés. Todas sus preguntas iban dirigidas a armarse para cuando llegara el encuentro con Andross Guile. A Kip no le importaría estar allí para presenciarlo.

Cuando el remo volvió a rebotar en una ola, Kip aprovechó para toser con estruendo. Levantó una mano para disimular un estornudo y empleó ese gesto para deslizar la venda por encima de su nariz, apenas una fracción. Toser, aunque fuera de mentirijillas, dolía como mil demonios después de que aspirara un montón de agua salada cuando había saltado al mar Cerúleo para rescatar a Gavin Guile.

Hubo un tiempo en que se consideraba un oso tortuga, bendecido con un don especial para resistir el castigo. Ya iba siendo hora de inventarse otro don especial. Este era una birria.

Continuó remando. Zymun le había obligado a quitarse la camisa; quería comprobar si Kip intentaba acumular luxina, y también pretendía abrigarse con ella. Entre el manto de nubes y el viento otoñal, el frío reinaba durante la mayor parte del día y la noche. A fuerza de bogar y sudar, a Kip no le daba tiempo a echar de menos la prenda.

Al final de cada palada, cada vez que su cabeza se vencía naturalmente hacia atrás, Kip empezó a capturar una pizca de azul por debajo de la venda. A la débil claridad agrisada, filtrada por las nubes, el mar no era más que una sopa informe; sus pestañas y la venda, además, se conjuraban para volverlo incoloro. Pero no necesitaba gran cosa. No debía absorber demasiada cantidad de golpe, o Zymun se percataría. Así, sorbito a sorbito, su moreno bastaba para camuflar la luxina mientras esta partía de sus ojos, recorría su rostro oculto por la venda, descendía por su espalda y se almacenaba bajo sus muslos y sus nalgas, inadvertida. No sería la primera vez que Zymun le palpaba el cuero cabelludo y la piel oculta por la venda; en consecuencia, toda cautela era poca.

Ahora, convencido de que Kip no iba a trazar, Zymun se esperaba que lo atacara por la noche, cuando sus facultades se verían mermadas. Pero como el policromo del espectro completo que era, Kip sabía que la debilidad no se medía en colores. Que Zymun pudiera matarlo de una docena de formas distintas, o de tan solo una, era irrelevante, siempre y cuando el tiempo del que disponía estuviera bien limitado. De hecho, si lograba sorprender a Zymun por tener una docena de formas distintas de matarlo en vez de solo una, esas opciones de más jugarían precisamente en su contra.

Hay quienes opinan que a los nueve reyes no se juega contra el rival, sino contra las cartas. Suena bien, pero rara vez es verdad.

Anochecía cuando Kip calculó que ya había acumulado suficiente energía. Remar, bloquear el dolor que se había instalado en su costado y deslizar lentamente la luxina espalda arriba, pasando por su nuca, hasta el cuero cabelludo, requerían toda su concentración. A fin de trazar la luxina, esta debía estar conectada con la sangre. Muchos trazadores decidían rasgarse la piel de las muñecas o bajo las uñas. Unos instantes después, se formaban tejidos cicatriciales, el cuerpo se reajustaba. Pero ni era imprescindible canalizar la luxina siempre por el mismo sitio, ni era eso lo que se proponía hacer Kip. Cada fracción de segundo desperdiciada lo acercaba un paso más a la muerte.

Los sorbitos de azul imprimían una lógica aplastante a su plan. Los sentidos de Kip, agudizados al máximo, filtraban el viento y su propia respiración entrecortada. La intuición le decía que Zymun estaba sentado frente a él. Kip sabía dónde se hallaba el banco, como sabía también que Zymun ocupaba la parte central, a juzgar por el modo en que se hundía la barca en el agua. Podía oír cómo su secuestrador cambiaba de posición de vez en cuando, bien para mirar a sus espaldas, bien en dirección a la orilla.

El azul, sin embargo, solo podía amortiguar los sonidos, no eliminarlos por completo. Las rachas de viento irregulares contaminaban la mayor parte de la información que, de lo contrario, Kip habría sabido aprovechar. Otra circunstancia que no podía eliminar el azul era el martirio que padecía su cuerpo. Kip había administrado con esmero sus menguantes recursos, fingiendo sentirse más agotado de lo que estaba en realidad a fin de gozar de un respiro minúsculo entre un golpe de remo y otro, apostando su vida a la gandulería de Zymun.

Debía actuar ese mismo día. Y cuanto antes. Apenas le quedaban fuerzas.

Kip se encorvó, profirió un gruñido de dolor y soltó los remos mientras fingía sufrir un calambre en la pierna. Lo brusco de su gesto seguramente estuvo a punto de conseguir que Zymun le descerrajara un balazo entre ceja y ceja. Se masajeó la pantorrilla con ambas manos, evaluando, sopesando, estirando no solo las piernas sino también las manos y los brazos.

De repente llegó a sus oídos un ronquido truncado, seguido de un gritito de sorpresa.

Tras separar las piernas un poco más, adoptando así una postura menos adecuada para remar pero mejor para impulsarse, o eso esperaba, Kip se acomodó de nuevo en su sitio y tanteó a ciegas en busca de los remos. Aunque fingió no haberse percatado de nada, se maldijo para sus adentros.

Su rival debía de haberse quedado traspuesto, y él acababa de despertarlo. Con los sentidos aumentados por el azul, si Kip hubiera esperado unos instantes más...

Pero no lo había hecho. Lamentarse no serviría de nada. Así se lo había dicho el comandante Puño de Hierro: «No encontraréis ayuda si volvéis la vista atrás. Regodeaos en vuestros errores cuando estéis en lugar seguro. Pero antes tendréis que encontrar ese lugar».

—Estás loco si crees que voy a echarte una mano —dijo Zymun.

El dolor que le producía mover los brazos arrancó un gemido a Kip, que no sabía si tendría fuerzas siquiera para llegar de un salto al otro lado de la embarcación. Tanteó ciegamente a su alrededor en busca de los remos que había soltado.

Cuanto más tarde en encontrar los remos, más tiempo tendré para reponer fuerzas, se dijo Kip.

—La mano derecha. Arriba, adelante. Más arriba. Usa la cadena, imbécil.

El remo, sujeto a su escálamo, se mecía y oscilaba con el vaivén de las olas. Kip respondió con un gruñido cuando la pala le golpeó las uñas. Dobló la muñeca para tocar el grillete y siguió la cadena hasta el remo. No se había olvidado de ella. Pero daba igual; si quedaba como un estúpido, tanto mejor.

Lo que fuera con tal de disimular el hecho de que estaba calculando exactamente cuán larga era esa cadena. Kip agarró el remo, repitió la operación con la otra mano y empezó a remar.

—Más a babor —dijo Zymun, aburrido—. Eso es.

Esto solo podía funcionar de una manera. Kip debía arrojar a su captor por la borda pero sin caerse él. Tan posible era que Zymun tuviera luxina almacenada en esos momentos como todo lo contrario. Una vez en el agua, la pistola no le serviría de nada. Solo le daría tiempo a descargar un proyectil contra Kip, y puesto que toda luxina poseía masa, esa acción —con independencia del color que hubiera elegido— provocaría una reacción que sumergiría a Zymun bajo las olas.

Si ese primer ataque fallaba, Kip abrigaría alguna esperanza. Tendría que remar como un poseso. Cuando pudiera ver a qué distancia se encontraban de la orilla podría decidir si quería arriesgarse a desandar el camino para acabar con Zymun, o si prefería abandonarlo a su suerte en el mar. Sin embargo, tras su última y aparentemente imposible huida de unas aguas infestadas de tiburones, Kip planeaba matarlo y curarse en salud.

Pero si pecaba de lento recibiría un balazo. Sin saber en qué dirección debía remar, debilitado como estaba, perecería. Si ambos caían al agua, también. Aunque Kip se encontrara en plena forma, Zymun seguiría siendo mejor nadador que él.

Solo una oportunidad, diminuta. Kip no pensaba desperdiciarla. Resguardadas de la luz bajo la venda, sus pupilas se habían ensanchado y dilatado de forma natural. Procuró contraerlas de modo consciente, un truco que cualquier trazador con experiencia podía realizar al instante. Si lo deslumbraba la claridad, fallaría. Si...

Zymun se revolvió en el asiento.

—Orholam —musitó.

El momento se le presentó tan de repente que Kip estuvo a punto de dejarlo escapar.

—Una galera —dijo Zymun. El azul le indicó a Kip que la voz del secuestrador sonaba amortiguada porque había girado la cabeza para mirar a un costado—. Me parece que son piratas.

¡Ahora! La luxina desgarró la piel de Kip a la altura de las sienes, este formó unos dedos azules con los que quitarse la venda por encima de la cabeza... y saltó.

cap-4

4

—Como huela siquiera un cuesco con trazas de resina, pequeño Guile, redecoraré la cubierta con tus entrañas. Todo en tonos de rojo, gris y marfil, ¿te imaginas? Me conozco esos tufillos luxínicos —dijo el Artillero mientras lo conducía a la cubierta superior de la Jaca Arisca—. O mejor, lo pinto todo de marrón maloliente, ¿eh? ¿Tú qué opinas?

Gavin salió a la luz con el corazón en un puño.

—Bien —respondió. Como si tuviera el cerebro lleno de mierda. Qué chispa.

—¿Luxínicos? ¿Luxinosos? ¿Luxineros? —preguntó el Artillero, que parecía profesar por el idioma el mismo cariño que un maltratador por su esposa.

—Lúxeos, en realidad, pero me gusta tu estilo.

—Bah.

Pronto sería mediodía, y la mar encrespada zarandeaba más de lo esperado la pequeña galera. Estas embarcaciones angari eran distintas. Fuera como fuese, lo que antes había constituido el pilar fundamental de toda su existencia, la luz, se le antojó ahora insignificante. Si bien el cielo estaba encapotado, el día debería haber sido radiante para un Prisma. Pero esta luz le besaba la piel como una amante que se despide. Los tonos de gris, blanco y negro le infundían desesperación allí donde el vibrante espectro acostumbraba a infundirle poderes inconcebibles. Pensaba que se habituaría a la pérdida de sus colores, pero una cosa era arrostrar su sino en la penumbra de una prisión y otra muy distinta comprobar que dicha prisión era el mundo entero. Y el Artillero lo sabía. Había echado un vistazo a los ojos de Gavin la noche de su captura, y estos le habían revelado la verdad.

Entonces, ¿a qué viene ahora tanta paranoia?

A que es el Artillero, ni más ni menos.

—Esos hinojos, a verlos —dijo el Artillero.

Gavin se puso de rodillas, separándolas para que los zarandeos de la nave no lo derribaran. No sabría decir si el dolor que le produjo esa acción era buena o mala señal, pero siempre y cuando no perdiera la cabeza u otra extremidad igual de importante, cualquier respiro que pudiera tomarse de los remos sería positivo.

—¿Qué ha sido de aquel Gavin Guile que moldeaba el mundo a su antojo? —preguntó el Artillero, mirándolo.

Por una parte, estas eran las palabras más inteligibles que su captor le había dirigido jamás, aunque Gavin ya le había confesado al Artillero que él en realidad no era Gavin. Una de las estupideces más grandes del año, seguramente, aunque lo cierto era que no faltaban aspirantes a ese título.

—Murió. —Eso debería valer, con independencia de a qué Gavin estuviera refiriéndose el Artillero.

—Qué tragedia. ¿Cómo?

A la hora de conversar con chiflados, la clave residía en no aparentar nunca sorpresa. Ni esperarla. La opacidad era un puñal que Gavin también sabía esgrimir.

—Me quedé sin más gracias que la de la bala de gracia del mosquete. Clic-clac, clic-clac. Pum, pum. Fiambre sin gracia. Roja la celda amarilla y el hígado hecho papilla.

El Artillero se cruzó de brazos y observó a Gavin como si este lo fascinara.

—Deliras.

—De anhelo.

—Tunante.

—Y esclavo.

—Te salvé.

—¿De las olas?

—Has perdido —dijo el Artillero mientras señalaba con un gesto su mosquetón blanco, apoyado en el marco de una puerta a unos pasos de distancia.

Gavin permitió que el Artillero se alzara con la victoria y procuró no fijarse excesivamente en aquel extraño artilugio, el cual parecía despertar en el capitán tanto el deseo de exhibirlo a todas horas como el temor irracional de que alguien se lo robara. Gavin no podía prestar mucha atención a lo que el Artillero atesoraba. Ni poca.

El capitán selló su victoria con una carcajada, tomándose el silencio de Gavin como una concesión a la derrota. No era la primera vez que jugaban a esto. Parecía que llevaran años haciéndolo. De no ser porque Gavin estaba por completo a merced de ese hombre, de ese perfecto chiflado, sospechaba que podrían llegar incluso a hacer buenas migas.

—Acostumbro a desconfiar —explicó el Artillero— de quienes han visitado el seno de Ceres. El beso de sus aguas enloquece a los hombres, y ningún Guile ha destacado nunca por su cordura. No te andes por las ramas y contéstame a esto: ¿eres acaso Dazen Guile, resucitado? Dime la verdad, y nada de medias tintas.

Frases cuyo significado no tenía por qué coincidir con el de las palabras que las componían. La paciencia del Artillero tenía la mecha muy corta, como sus cañones, de modo que Gavin optó por ofrecerle una versión resumida de los hechos.

—No morí nunca. En la Roca Hendida hice prisionero a mi hermano y ocupé su lugar. Sus amigos parecían mejores que los míos, así que primero le robé la ropa y después la identidad. Pero hace menos de un mes decidí que la locura de mi hermano, cautivo desde entonces, se había vuelto peligrosa. De modo que lo maté.

Con qué facilidad brotaban de sus labios aquellas palabras. Hubo un tiempo en que Gavin se temió que sería imposible desvelar la verdad que durante tantos años se había esforzado por ocultar. Y ahora, sin embargo, no sentía nada. Debería sentir algo, ¿no?

—Vigorizantes misterios me envía la mar —dijo el Artillero.

Gavin estaba seguro de que esta vez el capitán había utilizado la palabra equivocada a propósito.

—Eres un vigorizador nato. No me extraña que seas el predilecto de Ceres.

El Artillero escupió al agua, pero Gavin vio que se sentía halagado.

—¿Eres Dazen, entonces? ¿El dardo en el centro de la diana?

—Llevo tanto tiempo disparando a ciegas que ya no sé qué es lo que soy. Una vez fui Dazen, no obstante. El dardo certero. —Gavin ignoraba qué lo impulsaba a farfullar incoherencias cuando hablaba con quienes hacían lo mismo, pero siempre había sido así. Terminaba copiando el acento y las construcciones gramaticales extrañas si pasaba demasiado tiempo en el mismo sitio.

—Eso lo dices porque sabes que el Artillero trabajó para Dazen. Mientes. Con la esperanza de ganarme la mano.

¿Ganarle la...? Ah, con la esperanza de ganarle por la mano.

—Ya. Y antes de matar a mi hermano, este me contó que tu nombre de cuna era Uluch Assan. Tan importante eras para él que esas fueron sus últimas palabras.

Un destello amenazador iluminó la mirada del Artillero.

—Averiguar un antiguo apelativo no sería tarea imposible para el Prisma.

—Antes de que accedieras a trabajar para mí... para Dazen... hace ya tantos años, me contaste una sarta de embustes acerca del demonio marino que supuestamente habías matado mientras, sentados en el dormitorio de los esclavos, nos emborrachábamos con aquel repugnante licor de melocotón. Y cuando profesaste creer que la luxina supervioleta era una quimera, que no existía tal cosa, la pequeña demostración que te hice con una péñola sirvió para desterrar todas tus dudas.

Una nube de preocupación ensombreció las facciones del capitán pirata.

—El Artillero necesitó tres disparos para darle a aquella puñetera pluma danzarina. Porque eso era, además, una pluma de águila corriente y moliente. No sé nada de ninguna péñola.

Intentar aclarar el malentendido no serviría de nada, de modo que Gavin continuó:

—Temía que estuvieras tan enfadado conmigo que te negaras a trabajar para mí. Dejé que le dieras... al sexto intento, cochino embustero.

El cuerpo entero del Artillero se crispó. Mierda. Aquel tipo estaba tan acostumbrado a contar mentiras para ensalzar su figura que cabía la posibilidad de que hubiera terminado creyéndose su propia versión de los hechos. No te metas en este fregado, Gavin. De improviso el Artillero se alejó a grandes zancadas, en dirección a la sección central de la nave.

Gavin se quedó donde estaba, apoyado en las rodillas doloridas. Estirarse ahora sería contraproducente, de eso estaba seguro. Los dos marineros que lo habían escoltado hasta allí tampoco parecían tener muy claro qué era lo que se esperaba de ellos.

—¡Quitadle los grilletes! —exclamó el capitán, que había empezado a rebuscar en el interior de un barril.

Los marineros liberaron a Gavin, pero este optó por permanecer prostrado de hinojos.

El Artillero sacó algo del barril y se lo lanzó a Gavin, que no logró agarrarlo con las manos vendadas y anquilosadas; el objeto rebotó en el suelo de la cubierta. Uno de los marineros lo recogió y se lo dio. Era una manzana, tan grande como surcada de arrugas.

—Llevadlo al mascarón de proa —ordenó el Artillero—. Fiaos de él menos que de la avena aborneana. Un Guile acorralado es como un demonio marino metido en la bañera.

Y yo que pensaba que aquí no gastabais de eso, pensó Gavin, aunque se abstuvo de decirlo en voz alta. Tenía muy poco que ganar burlándose de su captor, su amo y señor, y mucho que conservar con su silencio. Los dientes, sin ir más lejos.

Los marineros pusieron a Gavin en pie y lo condujeron a rastras hasta la proa. Una vez allí, le dieron la vuelta y le obligaron a arrodillarse de nuevo. El Artillero se encontraba ahora a cuarenta pasos de distancia, en el punto más alejado de la popa. Empuñaba un reluciente mosquete blanco. ¿O sería una espada mosquete? El arma lucía una especie de bayoneta en cuya hoja se entrecruzaban dos líneas negras sinuosas que circunvalaban una serie de gemas resplandecientes. El pequeño cañón adosado al recazo abarcaba la cuchilla en casi toda su longitud, a excepción hecha del último palmo, afilado en extremo.

Aunque el arma quería despertar algún tipo de recuerdo en la mente de Gavin, la insinuación al final no adoptó ninguna forma concreta. Se trataba de algo relacionado con aquella noche, la del encontronazo con su padre, Kip y Grinwoody. Horas antes había sido víctima de una violenta agresión que le robó varias horas de memoria; por su experiencia en el frente sabía que no era inusitado perder la noción del tiempo a causa de ciertas heridas. Pero había algo más, algo relacionado con el hecho de que el Artillero lo hubiera golpeado con la cara de la hoja tras rescatarlo de entre las olas... Tenía que tratarse de eso. Gavin todavía estaba recuperándose de sus magulladuras, pero no presentaba ninguna herida de arma blanca; de lo contrario, a estas alturas probablemente ya estaría muerto.

Fuera como fuese, qué diseño más espantoso. Fabricar un cañón de mosquete tan recio como para resistir la explosión de una carga de pólvora equivalía a vérselas con un arma demasiado gruesa y pesada para constituir una espada eficaz. ¿Se trataría tal vez de una extravagancia, de algún tipo de broma?

—¡Si eres Dazen —exclamó el Artillero—, recordarás bien nuestra demostración!

Esa, naturalmente, era la parte de la reunión entre Dazen y Gavin de la que Gavin Guile —el auténtico Gavin Guile— habría oído hablar. «Recordar» la demostración no serviría para despejar ninguna duda. Pero la lógica del Artillero, al parecer, no daba para tanto.

—La mar estaba en calma aquel día —dijo Gavin—, y solo nos separaban veinte pasos de distancia.

En aquella ocasión, el grumete, que sujetaba una manzana en lo alto con una mano temblorosa, se había mojado los pantalones. Después Gavin escucharía otra versión, según la cual el muchacho habría sostenido la fruta con la cabeza. Nadie se había tomado jamás la molestia de preguntarse cómo podría habérselas arreglado para realizar semejante proeza pese a los vaivenes del barco. Así la historia sonaba mejor.

Veinte pasos daban para adornar una anécdota sabrosa. Cuarenta eran un suicidio. Aunque el Artillero bien pudiera ser el mejor tirador del mundo, tampoco cambiaría en absoluto las cosas. Aunque se empleara la misma cantidad de pólvora, aunque se ejerciera idéntica presión con la baqueta en el ánima, aunque se eligiera un proyectil perfectamente esférico sin la menor impureza de fabricación..., aunque no soplara el viento y el suelo no dejara de tambalearse, la precisión que cabía esperar de un mosquete en relación con un objetivo del tamaño aproximado de la cabeza de Gavin se esfumaba a los cuarenta pasos. Por mucho que hubiera quienes se empeñaban en sostener lo contrario, lo cierto era que para dar en un blanco tan pequeño a esa distancia, la suerte jugaba un papel decisivo. Gavin sabía que el Artillero era un tirador extraordinario. No se creía que hubiera abatido a un demonio marino, pero si había alguien en todo el mundo capaz de conseguir algo así merced únicamente a su puntería, ese era él.

Pero quizá más que en cualquier otra combinación, la mezcla de arrogancia, excelencia y locura era problemática: tres eran multitud. Ahí las intromisiones de la realidad no tenían cabida. El Artillero había dedicado los últimos veinte años a convencer a los demás de que era incapaz de errar el tiro; ahora, además, parecía haberse convencido también a sí mismo.

—El Artillero ha encontrado un arma más buena que, que, que... —Enojado por su incapacidad para hallar la aliteración adecuada con la que decir «que hace veinte años», el pirata remató la frase con una retahíla de maldiciones.

No era rabia desatada lo que lo atenazaba, sino mera frustración, pero Gavin le había visto disparar contra alguien sin más motivo que el hambre que sentía en ese momento. El Artillero se disponía a llegar hasta el final.

A Gavin se le encogió el estómago. ¿Qué opciones tenía que no incluyeran el trazo? Incapacitar a los marineros que lo flanqueaban, quizá..., ¿y después? ¿Saltar por la borda? No había ninguna costa a la vista. Se limitarían a dar media vuelta y sacarlo del agua. Por otra parte, confiar en que sus fuerzas bastaran para dejar sin conocimiento a esos dos marineros y lanzarse al mar antes de que el Artillero pudiera descerrajarle un tiro era el colmo del optimismo. Puede que ni siquiera fuese capaz de nadar después de todos los castigos que su cuerpo había recibido recientemente.

Le sobrevino un cansancio que desbordaba los límites de lo físico. ¿Así? ¿Este iba a ser su final?

Gavin había participado en demasiadas batallas como para creer en la existencia de algún tipo de fuerza que protegiera a quienes merecían vivir. Uno de los mejores espadachines del mundo había muerto justo a su lado, sin ningún enemigo a la vista: una bala perdida que impactó en uno de sus riñones. Finalizado otro combate, un corcel que valía más que varias satrapías juntas había tropezado con un cadáver y se había roto la pata. Un general había contraído la disentería tras compartir el agua y la carne con sus hombres en vez de comer en la mesa de oficiales. Mil ignominias, mil historias que terminaban sin más moraleja ni significado que la mera mortalidad.

La guerra es la causa; todo lo demás, el efecto.

Gavin mordió la manzana. Estaba dulce y crujiente. La mejor manzana que había probado en toda su vida.

Orgullo, ¿no querías un trozo de mí? Pues toma. Llévatelo todo, joder.

—Capitán Artillero —comenzó Gavin, engolando la voz como un orador—, no creo que haya nadie en el mundo capaz de acertar a esta distancia. ¿Piensas que eres tan bueno? Yo no. Yo pienso que eres mejor. Acierta, y serás una leyenda para siempre. Falla, y solo serás otro pirata al que le gusta fanfarronear.

Gavin se metió la manzana en la boca, la sujetó con los dientes y giró la cabeza al costado para ofrecerle al Artillero únicamente el perfil.

Toda la actividad de la cubierta cesó de inmediato.

Así que voy a morir con una manzana en la boca. Mi padre tendría algo que decir al respecto, sin duda. Y Karris se enfurecerá con motivo.

Puesto que se había vuelto, Gavin no podía ver la reacción del Artillero, si estaba enfadado o aguantándose la risa. Tampoco podía ver a los demás marineros. Ante sus ojos se extendía tan solo el gris del cielo y el mar. La única luz que le estaba concedida era grotesca. Empezaba a arrepentirse de haber malgastado sus últimas palabras provocando a un pirata, cuando algo le salpicó en la cara.

Se preguntó si habrían sido sus dientes. Siempre se producía un instante de dilación cuando a uno lo herían de gravedad, un momento en el que no se estaba seguro de lo que había ocurrido. ¿Habría muerto? ¿Habría sido ese fogonazo el chispazo producido por su cráneo al explotar en pedazos? No había oído el aullido de la bala de mosquete, pero eso a veces pasaba.

La cubierta estalló en gritos de júbilo. La manzana se había esfumado.

Uno de los marineros recogió unos cuantos pedazos de la cubierta, los juntó, los sostuvo en alto y exclamó:

—¡El capitán Artillero ha acertado de pleno!

El pirata parecía ajeno a los vítores. Se echó al hombro el mosquete blanco con espada y, pavoneándose, se acercó a Gavin. La ligereza de su paso lo asustó más que la locura normal del Artillero, pues solo podía significar que también a él le sorprendía haber dado en el blanco. Por las pelotas de Orholam...

—Nadie en el mundo sería capaz de realizar ese disparo —anunció orgulloso—. ¡Pero el capitán Artillero lo ha hecho!

—¡Capitán Artillero! —rugió la tripulación.

Este se plantó ante Gavin, triunfal. Se retorció un mechón de barba desaliñada y lo mordisqueó.

—¡Grilletes! —ladró dirigiéndose a los marineros que estaban junto a Gavin.

Una vez más, volvieron a cargar de cadenas a Gavin, pero este apenas si se dio cuenta.

Alabado fuera Orholam. Si lo hubieran matado, Karris no se lo habría perdonado jamás. De hecho, cuando escapara, esta sería una de las historias que no le iba a contar.

El Artillero sostuvo la espada-mosquete con las palmas de las manos vueltas hacia arriba. La exhibía, por lo que Gavin supuso que le estaba permitido —que sería aconsejable, incluso— admirarla. La hoja era una auténtica belleza, bañada en algún tipo de esmalte blanco, dedujo Gavin, y adornada con unas gemas tan grandes que solo podía tratarse de piedras semipreciosas. Gavin no era ningún experto en la forja de espadas, pero esta en concreto parecía diseñada para lucir en los desfiles, y no tanto la herramienta de un guerrero. Las gemas se repartían a lo largo de toda la hoja, debilitando su estructura; ¿y lo de pintar remolinos negros en una hoja blanca? Habría que tener un artesano siempre cerca para reparar los desperfectos. Una muesca solitaria practicada en la hoja servía de punto de apoyo para la mano a fin de estabilizar el arma cuando disparara, y contribuía a debilitar más aún el conjunto. Pero Gavin no vio ningún rastrillo, ni cazoleta, ni percutor; no había manera de equilibrar la culata para asegurar la puntería o absorber la fuerza del retroceso. ¿Qué broma era esta? Además, el arma era demasiado estilizada como para pasar por un mosquete de verdad.

—Ni siquiera lo cargo —dijo el Artillero. Sabía que Dazen compartía con él su admiración por las armas de fuego que podían elevarse a la categoría de obra maestra—. Genera sus propias balas, y estas son más certeras que... en fin, ya lo has visto. El gatillo se oprime solo cuando está preparado.

—¿Qué..., cómo? —balbució Gavin. Era imposible, por supuesto. Sin embargo, acababan de acertarle a la manzana que sostenía en la boca a una distancia de cuarenta pasos en la cubierta de un barco en movimiento. Su incredulidad nunca había estado tan dispuesta a hacer una excepción como en esos momentos.

El Artillero agarró la empuñadura, la torció y tiró de ella hacia atrás, dejando al descubierto una camarita humeante. A continuación, inclinó un chifle sobre ella para llenarla de pólvora, la cerró y volvió a tirar, desplegándola hasta obtener una pequeña culata. Sonreía como un discípulo de primer curso que acabara de gastar la inocentada de sus sueños.

Y ahí estaba otra vez, esa insinuación de que su locura era fingida a medias. El Artillero había hablado sin trabalenguas. Tenía todo el sentido del mundo, si Gavin se paraba a pensarlo. El Artillero era un maniático. Siempre le había gustado equivocar las palabras a propósito. Pero que lo consideraran un excéntrico o un imbécil podría granjearle el ridículo entre los hombres que comandaba. De modo que, para evitarlo, tenía que hacerse pasar por un loco de remate. La gente se pone nerviosa ante la demencia, se pregunta si será contagiosa y guarda las distancias. Era la solución ideal para un capitán nuevo que no solo deseaba conservar su puesto, sino convertirse en una leyenda.

—¿Y su precisión? —preguntó Gavin.

—Le he dado a un cantamañanas a cuatrocientos pasos de distancia. La bala no se desvía ni un ápice. Esto es magia y no lo que hacías tú antes..., Guile Puertas. —El Artillero se echó el mosquete al hombro y siguió la trayectoria de una gaviota que planeaba a doscientos pasos sobre el agua. Disparó, justo cuando el ave iniciaba un picado..., y falló—. La bala no lo hace todo por uno, claro. Eso hace que la respete más todavía. Exige excelencia, como el mar.

Gavin, sin embargo, no había prestado atención al disparo. Estaba estudiando el mosquete. Vio algo parecido a botones y ruedecitas en el espacio revelado por la culata extendida, surcada de runas diminutas. Que el pirata no hubiese mencionado su existencia lo llevaba a sospechar que aún no había averiguado cuál era su función.

—¿Puedo?

El Artillero le lanzó una mirada y soltó una carcajada.

—Por muy antiguo Prisma que seas, el Artillero no es tan tonto como para depositar magia en tus manos. —Escupió al agua, cogió un trapo y empezó a limpiar la hoja de restos de pólvora—. Debo sujetarlo con cuidado. Es tan peligroso como Ceres. —Se quedó sumido en sus pensamientos, y Gavin se preguntó si el lucimiento del Artillero sería el único motivo por el que lo habían subido a cubierta.

Tampoco era que tuviera nada en contra. Cualquier respiro lejos de los remos sería siempre bien recibido. Cierto era que preferiría que nadie disparase ningún mosquete en su dirección durante esos escasos momentos de asueto, pero a caballo regalado... y lo demás que suele decirse.

—¿Qué rescate debería pedir por ti? —preguntó el Artillero.

Ah, así que me ha hecho venir para hablar. ¿Y no podría haberse ahorrado lo de dispararme a la cabeza, ya que tenía un rescate en mente? Quizá su locura no fuera exactamente «fingida a medias».

—Mi padre cree que estoy muerto. Diablos, Artillero, hasta yo lo creía. —Los recuerdos regresaron de golpe y porrazo, nítidos y abrasadores: Grinwoody abalanzándose sobre ellos; dos armas blancas y cuatro hombres, y Gavin se había encargado de que no hubiera forma de sacar a Kip de aquella maraña de manos y ángulos cerrados... salvo desviando la hoja hacia su propio pecho.

¿Qué mosca me picó? Ay, Karris, ¿es posible que hiciera algo que te haría sentir orgullosa de mí?

Pero resultaba demasiado doloroso pensar en Karris, la única pincelada de color en un mundo que se había teñido de gris.

Y lo único que quería su padre era la daga. Lo que ahora era la espada-mosquete, dedujo Gavin. La Daga de la Ceguera, la había llamado Andross. Una cosa era preguntarse si a tu padre le importan el oro y la posición social más que tú. Cualquier hijo de un hombre poderoso y adinerado debía de abrigar los mismos temores. Pero ¿que tu padre esté dispuesto a matarte por un cuchillo? ¿Tu propio padre?

—El chico —dijo Gavin—. ¿Dónde está?

—Lo arrojé por la borda, para Ceres. Como agradecimiento. Ahora Ceres y yo estamos en paz. —El Artillero esbozó una sonrisa desagradable—. ¿Cuánto, pequeño Guile? Por los cinco infiernos, ¿cómo quieres que te llame? ¿Dazen? Es como estar hablando con un fantasma.

—Puedes llamarme Gavin. Es lo más fácil. Y puedes pedir el rescate que te apetezca. Cuanto más desorbitado, mejor. Ganará tiempo hasta que sus espías le confirmen que me tienes en tu poder. Lo cierto es que buscará la manera de estropearlo para obligarte a matarme, y después irá a por ti. Manipulará los hechos para hacerte quedar como un tipo sanguinario al que no le quedó más remedio que exterminar por haberme asesinado. No me quiere, Artillero.

El capitán sonrió como aquel al que acaban de presentarle un desafío de su agrado. La máscara regresó a su sitio.

—Entonces, si para él no eres más que un calzón infestado de ladillas, ¿por qué debería tenerte el Artillero tan cerca de sus preciados canicones?

Ups. Pero el pico de oro de Gavin ya se había puesto en acción.

—Si me matas, podrá dejar de fingir que quiere pagar un rescate por mí. Lo que significa que, en vez de un barco cargado de oro, lo único que zarpará a una orden suya serán buques de guerra.

El Artillero frunció el ceño. Se encaramó de un salto a la borda, donde se quedó en cuclillas, agarrado a un cabo con una mano, pensativo.

—Qué solícito te estás volviendo. —El Artillero volvió a escupir al océano—. Es lo que tienen los angari. Alimentan a sus galeotes como si fueran hombres libres. ¿Lo has visto? Los tratan de lujo. Los mejores esclavos de a bordo reciben permiso para desembarcar, comen comida de verdad e incluso visitan algún que otro burdel. Con ello, de vez en cuando pierden algún que otro hombre, pero así la tripulación al completo trabaja con más ahínco. Comer bien los hace fuertes. Reduce el cargamento que puedes transportar porque todo ese alimento ocupa sitio. Pero esta humilde galera, aquí donde la ves, es dos o tres veces más veloz que casi cualquier otra embarcación en todo el mar Cerúleo. Unas cuantas galeazas podrían darme alcance con el viento a favor, pero si tengo sitio, siempre puedo maniobrar a contraviento y dejarlas atrás. Cruzan las Puertas Sempioscuras con esta nave. Es ligera como un corcho y veloz como una golondrina. El barco pirata perfecto, siempre y cuando uno consiga apresar las suficientes bodegas repletas. Un barquito precioso. Y sin más que cuatro culebrinas y una bombarda. Esta es la mejor galera con la mejor tripulación de todos los mares... —La voz del Artillero se redujo a un susurro—. Y la aborrezco. ¡Un cañón! ¡Uno! Debería pedir ese barco tan hermoso que tiene Pash Vecchio, ¿cómo se llamaba?

—¿El Gargantúa?

—¡El mismo!

—Eso podría ser complicado...

—Tu padre es el Rojo. Es más rico que Orholam. Tú eres el Prisma. Devolverían la virginidad a las putas más viejas de la ciudad con tal de recuperarte.

—El Gargantúa está en el fondo del mar. Lo hundí yo antes de la batalla del puerto de Ru.

En un abrir y cerrar de ojos el capitán desenfundó una pistola del cinto, la amartilló y apoyó el cañón en la ceja derecha de Gavin. Una rabia asesina le iluminaba la mirada. Cualquiera que fuese la parte fingida de su locura, esta era la otra.

—Al prisionero le ha dado una insolación —masculló el Artillero, bajando el percutor de la pistola con un esfuerzo visible—. Que no vuelva a separarse del remo hasta que se le pase.

cap-5

5

Teia y algunos de los guardias negros terminaron los ejercicios de calentamiento en el castillo de popa del Errante mientras el sol se encaramaba al horizonte. Ella, Cruxer y otros cinco de los cadetes más destacados eran los únicos de su promoción que viajaban a bordo de este barco. Los demás se encontraban en una nave distinta, junto con la otra mitad de los guardias negros de pleno derecho. Aunque se les recordaba constantemente que aún no habían prestado juramento y, por consiguiente, todavía no pertenecían por completo a la orden, eso no significaba que la Guardia Negra dispensara un trato especial a los novatos. Cruxer había seguido su ejemplo sin rechistar, y sus compañeros habían imitado el de aquel en la medida de lo posible, ejecutando movimientos complicados que ya habían visto antes pero que aún no dominaban.

El comandante Puño de Hierro los dirigía sin prestar atención a los rezagados. El legendario guerrero siempre había sido un enigma, pero desde hacía una semana se mostraba más circunspecto que de costumbre. Teia ignoraba si los ejercicios (y el estropicio que hacían los reclutas con ellos) formaban parte de otra estrategia pedagógica, o si el líder de la Guardia Negra sencillamente no los veía. Ajeno a todo, el comandante se pasó un trapo húmedo por el cuero cabelludo, para refrescarse. Una fina película de vello crespo le recubría ahora la cabeza. Había dejado de afeitársela y de ungirla con aceite tras la Batalla de Ru, o para ser más exactos, tras el Disparo Milagroso: una plegaria, seis mil pasos de distancia y un impacto directo en un dios recién nacido. Contempló el amanecer de reojo, medio oculto aún el sol tras el horizonte, frunció el ceño, se envolvió la cabeza con el ghotra y bajó la escalera empinada que conducía al centro del navío.

Renqueando a causa del tobillo que se había torcido al tropezar con una cuerda —es decir, con un «cabo», como al parecer se llamaba en los barcos— en el transcurso de un ejercicio con el que no estaba familiarizada, Teia se acercó a la borda desde la que Kip y Gavin Guile habían saltado al mar hacía una semana.

—Cuesta creerlo, ¿verdad? —preguntó Cruxer, situándose a su lado ante la regala. Lo acompañaba el pequeño Daelos, la sombra que proyectaba el esplendor de Cruxer.

Cruxer podría estar refiriéndose a un sinfín de cosas. ¿Costaba creer que hubieran participado en una batalla? ¿Que hubieran perdido? ¿Que se hubieran enfrentado a un dios de verdad? ¿Costaba creer que Gavin Guile estuviera muerto? Pero no se refería a nada de eso, y Teia lo sabía.

—Imposible —repuso la muchacha, lacónica.

—¿Cómo lo sobrellevas?

Acodada en la borda, Teia se volvió para lanzarle una mirada cargada de incredulidad. A veces Cruxer podía ser la mejor persona que se hubiera echado nunca a la cara. Otras, en cambio, se comportaba como un verdadero cretino.

—Es mentira, Cruxer. Son solo mentiras.

—Pero si lo ha dicho el Rojo —protestó sin convicción el muchacho. Quizá él no tuviera la culpa. Cruxer se había criado al cuidado de unos dechados de rectitud y era escrupulosamente decente a su vez, por lo que carecía de la falta de respeto y el recelo por quienes ostentaban el poder que la caracterizaban a ella, una esclava desde su más tierna infancia.

—Venga ya, Teia —dijo Daelos—. Sabes que el Rompelotodo culpaba a Andross Guile de intentar impedir que ingresara en la Guardia Negra, y todos vimos cómo se emborrachaba aquella noche. Con lo impulsivo que era siempre, no entiendo por qué te cuesta tanto...

—Es —lo interrumpió Teia.

—¿Qué?

—¿Cómo os atrevéis a abandonar así a Kip? Largo, los dos. Me dais asco.

Daelos puso los ojos en blanco, como si pensara que la muchacha no estaba siendo razonable. A Teia le entraron ganas de enseñarle cómo se ponía realmente cuando dejaba de atender a razones. Cruxer, por su parte, se limitó a palidecer. Se apartó de la regala. Teia sabía que únicamente se había acercado para ver cómo estaba, como hacen los buenos comandantes. Sin embargo, ni la mejor de las intenciones basta para justificarlo todo. Se marcharon sin decir ni una palabra.

Estás siendo grosera e injusta, T., y deberías disculparte con ellos.

Pero no lo hizo.

Andross Guile aseguraba haber ridiculizado a Kip aquella noche, como hacía siempre. Había reconocido no sentir ningún cariño por el muchacho. Quizá no debería haber dicho nada antes de que el polvo de la batalla hubiera terminado de asentarse. Pero ¿cómo iba a saber él que Kip había bebido? Jamás se habría imaginado que Kip pudiera agredirlo.

Gavin Guile y el esclavo de Andross habían intentado intervenir. Kip había apuñalado a Gavin por accidente, y cuando Gavin Guile se cayó por la borda, Kip saltó detrás de él empujado por la preocupación.

Y así terminaba la historia. La capitana de la guardia Karris Roble Blanco —¿o sería la capitana de la guardia Guile, ahora que se había casado con Gavin?— se había vuelto loca y empezó a gritar que todos se equivocaban, que Andross era un embustero. Teia pensó que la mujer se disponía a agredir físicamente a Andross, hasta que el comandante Puño de Hierro intervino y se llevó a Karris de la cubierta, literalmente a rastras. Desde entonces no había vuelto a dar señales de vida.

Nadie más osó contradecir al Rojo. El comandante Puño de Hierro había mantenido más de una y más de dos conversaciones tirantes con los guardias negros asignados a la protección de Gavin aquella noche. El Prisma había ordenado a sus guardaespaldas que se acostaran, ¿y quién iba a imaginarse que su vida peligraría la misma noche en que había vuelto a demostrar su heroísmo? ¡Pero si acababa de derrotar a una deidad!

No, había intentado decir Teia, era Kip el que lo había derrotado.

Todos se tomaron como una mezquindad por su parte que quisiera corregir la versión oficial de los hechos ahora que el Prisma había desaparecido; la miraron como si hubiera escupido sobre su tumba. Adoraban a aquel hombre, y cuantos quedaban aún en la flota habían demostrado aquel mismo día su lealtad hacia él combatiendo a su lado.

Esto no bastaba para aligerar la carga que pesaba sobre los hombros de los guardias negros. Habían fracasado. Regresaban a casa cuando su protegido había muerto. Una mancha en su historial que no conseguirían limpiar jamás.

El murmullo de voces a sus pies ahuyentó cualquier posible pensamiento ulterior. De reojo, Teia paseó la mirada entre los marineros. Estos, varones en su mayoría, se mostraban discretos en su admiración por la sección femenina de la Guardia Negra —discreción que había aumentado desde que Essel le rompiera la nariz a uno—, pero eso no quería decir que no las observaran. A todas menos a Teia. Sin caderas, sin busto, bajita y con el cabello corto, cuando no era invisible, lo máximo a lo que podía aspirar la muchacha era a ser una mascota protegida bajo las violentas alas de los hombres. Unos hombres a los que podría derrotar en nueve de cada diez casos, si bien ellos no lo sabían. Sin embargo, en esos momentos se alegraba de que nadie le hiciera ningún caso.

El camarote que tenía justo debajo era el de Andross Guile. Llevaba una semana escuchando a hurtadillas en cuanto se le presentaba la menor ocasión. Alternaba sus sesiones de espionaje con otras en que trepaba por las jarcias y escuchaba los consejos de los marineros, para familiarizarse con su labor. También fingía rezar allí, sentada muy quieta. A veces hacía como si llorase. Ahí era donde Kip había saltado —o había sido empujado— al mar. En cierta ocasión, las lágrimas de verdad se habían impuesto a las falsas. Kip le había caído mejor de lo que pensaba.

Mientras estaba sentada en la cubierta, el comandante Puño de Hierro se acercó a ella. Teia hizo ademán de incorporarse, pero él le indicó que no se moviera del sitio.

Permaneció a su lado durante un largo minuto; la muchacha habría disfrutado más de su compañía si no le hubiera preocupado tanto la posibilidad de que el comandante descubriera exactamente por qué había elegido ese lugar y no otro.

—Kip —habló al fin el comandante—, Rompelotodo... me pidió que me encargara de que los papeles de tu manumisión se tramitaran correctamente. Y lo haré. Sabes que eres una de nuestros mejores agentes. Como sabes también que la Guardia Negra necesita con desesperación buenos cadetes. Pero la decisión es tuya. Cuando yo tenía tu edad, presté juramento porque eso era lo que se esperaba de mí, no porque me apeteciera ni porque pensase que era lo correcto. No voy a hacer lo mismo contigo, Teia.

Dicho lo cual, se marchó.

Teia replegó las piernas y pensó en aceptar la manumisión... ¿y después qué? ¿Volver a casa? ¿Casarse con algún comerciante? ¿Aprender un oficio? ¿Qué oficio? Era todo demasiado extraño, demasiado alejado de lo que había vivido en los últimos meses. Lo dejó aparcado para volver sobre ello más tarde y se esforzó por distinguir la voz de Andross Guile. Al principio el Rojo nunca dejaba la ventana abierta, pero desde hacía unos días siempre estaba así. Las mañanas le brindaban la mejor oportunidad de escuchar algo. Una vez el viento arreciaba, era imposible. Pero de momento llevaba siete días sin oír nada de interés. Casi todo consistía en inocuas instrucciones al esclavo de cámara, Grinwoody, el viejo pariano en quien Andross Guile parecía depositar una confianza absoluta.

Otro día desperdiciado en vano. A sus oídos solo llegaban palabras sueltas. Andross y Grinwoody llevaban tanto tiempo trabajando juntos que sus conversaciones, lacónicas, estaban repletas de elipsis y sobreentendidos.

—¿Algo que demuestre que no está engañándose a sí mismo?

—Nada. Claro que, cuando obtengamos alguna prueba, para uno de los dos será demasiado tarde.

—Demasiado tarde para nosotros, en cualquier caso. Maldita sea —dijo Andross. Puesto que se encontraba junto a la portilla, su voz era la que sonaba con más nitidez—. Estuve tan cerca, Grinwoody. Tenía la empuñadura prácticamente en mis manos.

—Fracasé, mi señor.

—No, me salvaste la vida, otra vez.

—Mis fuerzas ya no son lo que eran, mi señor. Me dejé sorprender.

Teia arrugó el entrecejo y se arrebujó en su capa gris de recluta para espantar el frío. ¿Que Grinwoody se había dejado sorprender? ¿Por Kip? Entonces ¿sería cierto que Kip los había atacado? ¿Era posible tal cosa? Kip no podía estar tan alelado, ¿verdad?

Sí, por supuesto que podía estarlo. Pero ¿un intento de asesinato? No, Kip no. Quizá a veces se dejara llevar por el afán de lastimar a alguien, pero no con la intención de matar o dejar tullido a nadie, y eso que Teia lo había visto enfurecido.

—Miradlo por el lado bueno, mi señor. Vuestra Liberación no se producirá este año. —El tono empleado por Grinwoody pretendía ser distendido, pero a Teia se le heló la sangre en las venas. ¿Planeaba acaso Andross Guile romper el halo? ¿Por qué anunciaría Grinwoody algo así con tanta frialdad?

Una mano emergió de la portilla y una paloma mensajera despegó en medio de un revuelo de plumas, sobresaltando a Teia, aunque nadie les prestó atención ni a ella ni al ave; se habían enviado muchas de estas en los últimos días.

Las voces se amortiguaron cuando Andross cerró la portilla. Teia sintió deseos de levantarse e irse de inmediato, pero era muy consciente de que estaba sentada directamente encima del camarote de Andross. Aunque pesaba muy poco, el menor cambio de postura podría arrancarle un crujido a la madera. Aguardó unos minutos, fingiendo que meditaba. Kip había sido su compañero de instrucción. Había apostado algo —Teia aún ignoraba el qué— para extraerle sus papeles a Andross Guile. Y después se había apresurado a intentar liberarla. La había escuchado cuando hablaban de estrategia, había hecho que se sintiera como si ella, una esclava, pudiera tener algo inteligente que aportar por primera vez en su vida.

Teia se percató de que tenía el puño cerrado en torno al pequeño frasquito de aceite de oliva que siempre llevaba encima, oprimiéndolo en una presa mortal. Retiró los dedos del símbolo de su esclavitud. Aquel regalo había sido tanto una amenaza como un recordatorio de Aglaia Crassos: aceite de oliva, supuestamente para facilitarle el trabajo en los burdeles de esclavos. Aceite de oliva, para ayudarla a sobrevivir a entre treinta y cincuenta hombres al día. Cada vez que Teia temía que sus fuerzas la habían abandonado por completo, acariciaba aquella marca de esclavitud. De lo que podría ocurrir. De lo que Kip había prometido alejarla para siempre.

En el transcurso de los pocos meses que habían compartido adiestramiento, Kip había llegado a ser algo más que su compañero: se había convertido en su mejor amigo.

Y ella no se había dado cuenta hasta ahora. No había estado allí cuando él la necesitaba. Cabía la posibilidad de que hubiera muerto realmente. Si no hubiera sucumbido al pánico, podría haberse mantenido a flote hasta el amanecer. Nadie había dicho nada de ningún tiburón, hasta ahora, pero eso no significaba nada. A los supervivientes no les gustaba recrearse en aquellas desgracias que bien pudieran haberse abatido también sobre ellos.

Si había aguantado hasta el alba, lo más probable era que lo hubiese recogido algún barco de esclavos. Después de lo mucho que Kip había trazado el día antes, debería sumar el mareo a cualquier otra herida que hubiera sufrido. Incluso se había dejado el estuche de las gafas en el catre. Se encontraría indefenso.

Si Kip seguía con vida, casi con toda seguridad ahora estaría encadenado a algún remo.

Y ni Teia ni nadie podían hacer nada por él.

cap-6

6

Zymun, de pie, se protegía los ojos del resplandor con una mano mientras su pesada pistola apuntaba directamente a la cubierta. Kip se impulsó hacia delante de un salto, levantando de golpe los remos apoyados en los toletes abiertos. El chapoteo inesperado fue lo primero que atrajo la atención de Zymun, que se volvió hacia el sonido en vez de hacerlo en dirección a Kip.

Este tenía los brazos demasiado debilitados como para proyectarlos ante él cargados con todo el peso de los remos, pero que la maniobra quedase bonita era la menor de sus preocupaciones. Bajó las manos y clavó un hombro en el costado de Zymun. Impactó contra el chico, más bajo que él, a la altura del codo, empujando contra la mano que empuñaba el arma, y mientras los dos se incorporaban en el mismo momento del impacto, el corpachón de Kip dijo:

—Aquí tienes toda mi inercia, hermano. Un regalo.

Zymun salió disparado por los aires. Sus tobillos golpearon la borda y cayó describiendo una voltereta que a Kip le supo a gloria. Mientras resonaba el chapuzón, a cierta distancia del bote, Kip se desplomó, golpeando la mejilla contra el suelo de la cubierta. Con los brazos a la espalda, anclados por el peso de los remos, le resultó imposible frenar su caída.

Pero aún seguía en el interior de la barca, y eso era lo que contaba.

Sacando fuerzas de flaqueza, Kip se enderezó. De inmediato comenzó a absorber luxina azul, y placenteramente absorto como estaba en el trazo y en la imagen de su torturador hundiéndose en el agua, a punto estuvo de pasarlo por alto: la luxina envolvía el bote. Luxina roja y amarilla. Un largo cabo de esa misma luxina se extendía hasta Zymun.

El muchacho salió a la superficie y Kip vio cómo se agrandaba la boca de la pistola en su mano. La apuntaba directamente. El gato golpeó el pedernal cuando Zymun apretó el gatillo. Y no pasó nada. El arma se había encasquillado con el agua. Zymun desapareció detrás de una ola.

A toda prisa, Kip trazó unas cuchillas azules en cada mano con las que cercenar los grilletes de luxina verde que sujetaban sus muñecas a los remos.

Una de las manos de Zymun chapoteó al dibujar un gran círculo en el agua. Kip sabía que estaba intentando alcanzar el cabo.

Saltó por la cara opuesta del bote de remos.

En cuanto tocó las olas, supo que había cometido un error. En vez de trazar para zafarse de las ligaduras que lo unían a la embarcación, por qué no había cortado la cuerda de Zymun.

Eres un estúpido, Kip, un estúpido.

Todavía estaba debajo del agua, pateando e interponiendo la mayor distancia posible entre Zymun y él, cuando sintió como si un demonio marino acabara de zambullirse en el mar. Al salir a la superficie, Kip vio una columna sinuosa de humo negro y llamas rojas y anaranjadas allí donde antes estaba la barca. No consiguió ver a Zymun tras los restos del bote.

Zymun sería mejor nadador que Kip aunque este estuviera en plena forma. No habría venganza para Kip ese día. Si Zymun lo veía, iría tras él. Si Zymun iba tras él, lo ahogaría.

Kip se dejó mecer por las aguas unos instantes más. No podía nadar. Sus brazos eran pesos muertos, y aunque las piernas todavía no lo habían abandonado, no tardarían en hacerlo. Su grasa lo mantendría a flote mientras no sucumbiera al pánico, pero flotando no iba a escapar de Zymun, y menos de la galera pirata. Kip miró a su alrededor, buscándola, pero desde el agua no logró verla.

Encontrarlos a ellos, en cambio, no iba a ser ningún problema; no con la hoguera que había hecho Zymun con la barca.

Ah. Muy fácil.

Kip absorbió toda la luxina azul que pudo y trazó unas cañas alrededor de sus manos. Estas dejaban pasar el agua entre sus dedos, y si introducía luxina en ellas, el agua salía expulsada con fuerza. Así, la acción del agua, como el retroceso de un mosquete, lo impulsaría hacia delante. Kip trazó las cañas para acomodarlas bajo sus axilas, se llenó los pulmones de aire y apuntó la cabeza en dirección a la costa.

Lo mejor de todo era que Zymun jamás había visto algo así.

Avanzaba mucho más despacio que Gavin Guile cuando se enfrentó al demonio marino. Kip sabía que estaba haciendo algo mal, pero ignoraba el qué. Su velocidad, no obstante, seguía siendo tres o cuatro veces superior a la que habría alcanzado nadando. Además, no tardó en darse cuenta de que esta lentitud relativa era una suerte. No estaba dejando ninguna estela en el agua con la que alertar a los piratas de su presencia.

Una hora después —o eso le pareció, al menos— Kip salió trastabillando a la orilla. Debía ponerse a cubierto entre los árboles. Si se desplomaba a la vista de la galera y se quedaba dormido, todo habría sido en vano. De modo que continuó caminando, descalzo, con la arena brillante rechinando bajo los pies. La costa atashiana estaba trufada de playas tan hermosas como esta. Las palmeras se mecían en silencio. Cuando alcanzó su sombra, se volvió por fin para otear el mar en busca de Zymun.

El bote incendiado se había esfumado, hundido; incluso la densa humareda comenzaba a disiparse. En cambio, la galera había llegado a su posición. Kip no sabía mucho de barcos, pero este era pequeño. Debía de medir unos treinta pasos de eslora. En cualquier caso no podría asegurarlo a esta distancia. En sus palos no ondeaba ninguna bandera. No era la galera del Artillero.

Se habían detenido y Kip vio cómo unos hombres arrojaban una cuerda al agua desde el otro lado del barco.

De modo que Zymun había sobrevivido. A Kip se le encogió el corazón. Si lo hubieran capturado unos piratas —o incluso unos marineros corrientes— le habría preocupado que lo esclavizaran. Habría pensado que la suerte le había vuelto la espalda. Tratándose de Zymun, no albergaba ningún miedo ni esperanza semejantes. Lo más probable era que Zymun se convirtiera en el capitán de la galera en menos de una semana.

Así lo fulmine Orholam. Que Orholam lo ciegue. Que Orholam le arrebate la luz, vivo o muerto.

No obstante, Kip estaba a salvo, por el momento. Ahora necesitaba agua. Y comida. Y volver a casa. Nada se interpondría en su camino. Esto eran menudencias. Su vida entera lo era. Pero no su mensaje. Los hombres y las mujeres que viajaban a bordo del barco aquella noche habían visto cómo Gavin Guile caía por la borda tras ser traspasado de parte a parte por una espada. Debían de darlo por muerto. Solo Kip conocía la verdad; solo Kip sabía que estaba en manos del Artillero.

Y Kip pensaba recuperar a su padre, aunque se opusieran a él los mismísimos dioses.

cap-7

7

La pistola había quedado inutilizada. Peor aún: Zymun la había lanzado al agua, muy lejos, en un ataque de rabia. Ahora flotaba, atento al barco pirata que se cernía sobre él. Pensaban convertirlo en esclavo, sin duda. Seguro que lo intentarían.

No pudo reprimir una sonrisa. En la vida escasean las auténticas oportunidades de matar sin temor a las consecuencias.

Le habría gustado tener acceso a más colores, pero tendría que conformarse con el azul. Almacenó la luxina en los hombros y en la espalda, donde las mangas de su túnica pudieran cubrirla. No era algo que se le diera especialmente bien. Resultaba incómodo, y nunca conseguía despejar su piel por completo; al final conservaba siempre una pátina celeste, como si estuviera al borde de la congelación. Era capaz de hacer mil cosas a la perfección, pero disimular su excelencia no se contaba entre ellas.

El casco de la barca en llamas por fin se había consumido y las olas devoraban la última de sus tablas con un siseo. Esperaba que los piratas no se preguntaran cómo un simple bote de remos podía producir tanto humo. Quizá pensaran que transportaban pólvora o brea.

Parecía que al menos Kip había muerto. Zymun no había vuelto a oírlo ni a verlo tras la explosión de la barca, y le extrañaría que el muchacho hubiera escapado indemne. Él mismo había tenido que zambullirse para evitar la onda expansiva y la lluvia de metralla provocadas por la detonación. La pérdida del bote era una lástima. Tendría que haber sabido que Kip tramaba algo. Era escurridizo, y más veloz de lo que cabría esperar de un gordinflón con los ojos vendados.

Daba igual. Los piratas lo sacarían del agua, cosa que habrían hecho igual aunque todavía estuviera en la barca. Solo debía esperar. Nadar no suponía ningún problema; en Pomar, donde se crió, todos los chiquillos nadaban por diversión, se lanzaban al agua desde el gran columpio de cuerda o saltaban desde las piedras lisas de la cascada.

La galera llegó en cuestión de minutos. Le arrojaron una cuerda, soltaron una red por el costado de la nave, y un marinero desdentado le ordenó a voz en grito que subiera a bordo.

¿Y qué te pensabas que iba a hacer, cretino? ¿Quedarme en el agua?

Zymun trepó por la nasa. Sorteó la regala de un salto, impertérrito, ajeno a las espadas desenvainadas con que lo apuntaban cuatro hombres. Nadie había sacado ningún mosquete todavía. Bien. Mantuvo la mirada fija en el suelo, pendiente de ver quién era el primero en hablar.

—Joven —dijo el segundo de a bordo, un individuo desdentado, tan feo como larga era la jornada de un galeote—. Flacucho, pero no blando. A su edad, se curtirá enseguida. Nos viene de perlas. Duba lleva desde ayer tosiendo sangre. Le irá bien un poco de esparcimiento. Orholam nos sonríe.

—¿Vais a convertirme en esclavo? —preguntó Zymun con la voz de un muchacho asustado.

—«Esclavo» es una palabra muy fea —terció el capitán, un atashiano de barba trenzada, aunque con los ojos castaños en vez de azules, como solía tenerlos su gente—. Aquí todos arrimamos el hombro. ¿No dice Orholam que todos somos hermanos? Ayudarás a remar a tus hermanos, eso es todo.

—¿Y si me niego? —Zymun dejó que la luxina azul se deslizara por la cara interior de sus brazos. Con las manos a los costados, sería prácticamente invisible.

—Todos arrimamos el hombro —repitió el capitán, lacónico—. Mi barco, mi mundo.

Zymun podría exponer ahora su oferta. Podría revelar que era un polícromo. Este capitán no parecía excesivamente beligerante. Aún no le había golpeado, pese a haber tenido ocasión.

—Se me ocurre algo mejor —dijo Zymun—. ¿Y si...?

De pronto, disparó un dardo de luxina azul que traspasó el rostro del hombre que tenía más cerca. El afilado proyectil atravesó limpiamente la nariz aguileña del desdichado y fue a incrustarse en su cerebro. Zymun giró con el retroceso generado por el disparo de tanta masa y aprovechó el impulso para lanzar otra cuchilla de luxina azul, con la que cercenó la mano de otro hombre a la altura de la muñeca. A continuación, disparó un pedrusco de luxina azul contra su pecho y lo derribó. En un instante, otro punzón siseante giraba lentamente en la mano izquierda del muchacho, apuntando esta vez al capitán.

Sus actos, tan veloces e inesperados, interrumpidos tan de repente, dejaron aturdidos a los traficantes de esclavos. Ni estos reaccionaron, ni Zymun volvió a moverse. Si lo hacía, los asustaría. Si la nave entera arremetía contra él, quizá consiguiera matarlos a todos, pero no podría gobernar el barco. No sabía cómo funcionaba. Aprovechó la pausa para reabastecerse de luxina.

—¿Y si —repitió Zymun— me uno a la tripulación durante una temporada? Soy polícromo, capitán. Esto es lo que pasa cuando utilizo un color. Puedo usar hasta seis. Dadme el camarote del segundo de a bordo y combatiré a vuestro lado durante tres meses o en tres batallas, lo que ocurra antes. Mi magia inclinará la balanza a vuestro favor. Os garantizo la victoria en tres batallas. Después, cuando haya satisfecho mi deuda, me llevaréis al Gran Jaspe y permitiréis que desembarque con la parte del botín que creáis que me merezco. Vos seguiréis siendo el capitán, y yo no os arrebataré nada. Nos despediremos como amigos.

—¿De lo contrario...? —preguntó el capitán, cuyos dedos crispados rozaban la pistola enfundada en su cinto.

—De lo contrario, os mataré y le ofreceré el mismo trato a vuestro segundo de a bordo. Quizá no se dé tanta prisa por acudir en vuestro auxilio, sabiendo que le basta con quedarse de brazos cruzados para enriquecerse.

—Barrick era un buen hombre —dijo el capitán mientras contemplaba el cadáver. El manco se había desmayado ya a causa de la sangre perdida, pero aún podría salvar la vida.

Zymun, haciendo oídos sordos a sus palabras, añadió:

—Tan solo a título informativo, pronto me convertiré en la persona más importante de las Siete Satrapías, y alguien con vuestros talentos podría serme útil en el futuro.

La mirada del capitán saltó de Zymun al segundo de a bordo, cuya expresión no dejaba traslucir sus pensamientos. El capitán metió los dedos en una bolsita y sacó un pellizco de tabaco, que colocó debajo de su lengua. Luego, miró fijamente al hombre que continuaba desangrándose en la cubierta.

—Rawl, véndalo.

El segundo de a bordo, que aparentemente respondía al nombre de Rawl, se apresuró a cumplir la orden. El capitán seguía sin decirle nada a Zymun.

Este dejó transcurrir el tiempo, con la muerte del capitán girando aún con languidez en su mano.

El capitán escupió un salivazo marrón al suelo de la cubierta, y frunció el ceño al ver que aterrizaba en medio de un charco de sangre.

—Trato hecho —dijo, al cabo—. Tengo un par de cuentas que saldar. Si me ayudas con un pirata en particular, dejaré que te vayas después de una batalla, por mi honor de hijo de pazpuerca y marinero. —Extendió una mano, dubitativo. Esa insinuación de pavor complació sobremanera al muchacho. Alguien que lo temía hasta ese punto, sin haber visto apenas lo que era capaz de hacer, se lo pensaría dos veces antes de intentar traicionarlo. Perfecto.

—¿Quién es el pirata en cuestión? —preguntó Zymun.

—Uno al que le gusta dárselas de experto con los cañones. Se hace llamar el capitán Artillero.

cap-8

8

Cuando el Errante entró en el puerto, Teia se había buscado ya un hueco en la barandilla. Aparte de la aglomeración habitual de marineros, estibadores, mercaderes, pescadores y algún que otro noble, los muelles del Gran Jaspe estaban atestados de gente corriente desesperada por saber si sus seres queridos habían regresado a casa sanos y salvos.

Al mismo tiempo, un contingente de soldados ruthgari preparaba sus naves para ir a unirse a la refriega de la que acababan de volver Teia y sus amigos.

Los pasajeros del barco se agolpaban en la parte central del Errante, donde pronto descendería la pasarela. La muchacha se encaramó a la borda de un salto, con los dedos cerrados alrededor de un cabo para conservar el equilibrio. Se situó fuera de la barandilla, asió el cáñamo trenzado con las dos manos y bajó deslizándose. El hecho de que aún se acordara de cómo se hacía le produjo una punzada de placer. Al principio del período de instrucción, las acrobacias formaban parte de sus clases diarias, pero desde que empezó a adiestrarse con la Guardia Negra habían caído en el olvido.

Aferrada a la cuerda, Teia vio que su embarcadero estaba repleto de personas desesperadas por escuchar alguna nueva. El buque insignia de Andross Guile fue el primer barco de la mermada flota en atracar. Las palomas mensajeras habían llevado ya la noticia de la derrota a los Jaspes, pero la gente se moría por conocer más detalles. El barco se detuvo contra el embarcadero con un topetazo. Junto a la muchacha, un marinero, que mantenía el equilibrio en las jarcias, sonrió de oreja a oreja y se apresuró a bajar de un salto, luego corrió a sujetar las sogas en los enormes amarraderos. Teia se descolgó a su vez instantes después, incapaz de cubrir tanta distancia de un brinco a causa de su menor estatura, y se dejó envolver por la marea de cuchicheos, amigos y familiares, de vendedores de vino y alimentos ávidos de satisfacer los deseos de quienes no pudieran esperar más para desterrar de su paladar el regusto de las galletas y el agua estancada.

La sobrevino un extraño alivio al saberse arropada por aquella multitud de desconocidos. Teia era tan menuda que no tardó en perderse de vista. En Abornea, su instructora de acrobacias y técnicas de combate, poco más alta que ella, la había animado a estudiar la multitud, a sondear su estado de ánimo, desde la horda de espectadores enfurecidos que abandonaban el hipódromo después de que su caballo favorito hubiera perdido la carrera, hasta el efervescente gentío que salía a recibir a los bailarines y los animales exóticos que llegaban a Odess en vísperas de los Festivales del Día del Sol.

Enfrentarse a las garras de semejante bestia aguzaba la percepción. Frente a mil o diez mil cuerpos en movimiento, uno solo podía fijarse a lo sumo en una docena de los más próximos, sobre todo si se era bajito. Sin olvidar que también había que estar pendiente de las propias acciones. Existe un punto de inflexión, una línea fina que separa la actitud asertiva, incluso grosera, de la agresividad. Sin olvidar que para todo hay un momento adecuado: una irritación momentánea podía pasarse por alto si ya te habías ido para cuando la persona a la que acababas de empujar se volvía sobre los talones, buscándote. Ora agachándose, ora a codazos, corriendo o fintando, Teia continuó abriéndose paso a través de aquella marea de cuerpos, de forma fluida, con la mente inmersa por completo en su cuerpo.

Su instructora, la magíster Campo de Lirios, dotada de un cuerpo cuya lozanía contrastaba con sus facciones, tan escarpadas como los Acantilados Rojos, llegó a sugerir incluso que Teia y la hija de su ama experimentaran de primera mano un disturbio callejero en las Sombras, el sórdido y menesteroso asentamiento angari que persistía en Odess desde hacía siglos, pero la dueña de Teia se había negado en redondo.

La belleza de las siete torres de la Cromería, resplandecientes al sol, no le produjo ese día la menor alegría. Teia deambulaba sin rumbo fijo. «Tomaos el día libre. Mañana al amanecer en el patio de armas, como de costumbre», era lo único que les había dicho el comandante Puño de Hierro a sus guardias.

Una energía incontenible poseía a Teia. Necesitaba caminar. Le vendría bien. Cuanto mejor conociera la ciudad, más fácil sería su período de instrucción en la Guardia Negra. Pero ese día tenía un asunto pendiente. No pudo evitar que su mano aferrase de nuevo aquel condenado frasquito, con lo que renunciaba a una ayuda que facilitase su travesía por aquel bosque de cuerpos.

Le das demasiadas vueltas a la cabeza, T.

Ya casi había salido de la zona de los muelles cuando un hombre tropezó con ella. Teia se había apartado para rozarlo apenas cuando se cruzaran. Seguro que había sido intencionado.

Pero el individuo ya se había ido, y ahora ella tenía algo en la mano.

Teia se volvió e, inmóvil, perdió el compás que la impulsaba. La muchedumbre la escupió en el bazar adyacente a los muelles. Ni siquiera había podido fijarse en el hombre, tan solo había visto una capa oscura, una túnica agrisada, tal vez... Maldición, lo había perdido. Menuda aficionada. Se apartó de la marea de cuerpos y echó un vistazo a lo que tenía en la mano. Una nota.

Supo de inmediato que lo que encontrara escrito en ella no le iba a gustar.

«Teia, asómate al paryl. Ahora mismo.»

Las clases prácticas de la joven esclava sobre su color especial habían sido breves, pero si algo había conseguido inculcarle la magíster Marta Martaens era que ver cómo las pupilas de una persona se agrandaban hasta devorar el blanco de sus ojos resultaba, no ya desconcertante para los posibles testigos, sino aterrador. Esa transformación era condición imprescindible para ver el paryl, tan alejado del subrojo en los confines inferiores del espectro como el subrojo del rojo visible. Lo que hacía antes era dilatar las pupilas y constreñirlas rápidamente a continuación, pero resultaba agotador. De modo que ahora Teia se puso las gafas tintadas que le había dado el comandante Puño de Hierro y relajó los ojos de forma gradual.

El primer rastro de paryl que detectó formaba una palabra escrita en el pecho de un musculoso guardia de la Cromería. Los trémulos y resplandecientes caracteres flotantes, etéreos y delicados, rezaban: «Sobornado».

Notó una opresión en el pecho. ¿Cómo? ¿Por qué? Se quedó paralizada de repente, tan inmóvil como una diana, boquiabierta, como una recién llegada a los Jaspes que quisiera abarcarlo todo a la vez con la mirada, devanándose los sesos en un intento por planificar su siguiente paso.

—¿Necesita ayuda, señorita? —preguntó el guardia al reparar en su escrutinio.

Teia sacudió la cabeza y se apresuró a darle esquinazo. Entró corriendo en la plaza, donde un heraldo la observó desde lo alto de su pedestal. Sobre su cabeza flotaba una palabra: «Nuestro». ¿La había mirado fijamente?

¿Quiénes eran? ¿Qué se proponían? ¿Qué pretendían conseguir mostrándole esto? La respuesta más obvia era que contaban con un trazador de paryl. Y dotado. Mucho más que Teia, para crear esos mensajes indelebles. O apostado en los alrededores, plantando estas marcas luminosas instantes antes de su llegada.

En el interior de un callejón, en una pared, estas palabras: «Por aquí, Teia».

Frenó en seco.

Otro mensaje: «No te haremos daño».

En otra pared se levantó una nubecita de luz liberada cuando un hombre se apoyó en el muro que contenía unas efímeras palabras: «Solo nosotros podemos...». El resto se desvaneció, e incluso las letras supervivientes se fragmentaron y desaparecieron cuando el hombre las borró con la mano, sin verlas.

El corazón de Teia latía desbocado en su pecho. Respira, Teia. Así es como la gente pierde la cordura, viendo cosas que nadie más ve, imaginándose conspiraciones...

Los locos, sin embargo, lo están porque lo que ven no está ahí.

Teia solo había conocido a otros dos trazadores de paryl en toda su vida. La magíster Martaens, quien le había impartido un puñado de clases a petición de su antigua ama, Aglaia Crassos; y un hombre que había apuñalado a una mujer en el cuello con un punzón de paryl antes de dejarla retorciéndose entre estertores, moribunda.

El callejón estaba allí mismo: «Por aquí, Teia».

Aquel hombre, aquel asesino, había utilizado el paryl sólido para matar, como en las leyendas. La magíster Martaens juraba que el paryl sólido era imposible de trazar. Para ella, al menos. Si Teia lograba aprender a trazarlo, podría defenderse de él, ¿verdad? Quizá estas personas estuvieran dispuestas a enseñarle.

Paralizada, indecisa, detestándose por su pasividad, Teia escrutó el final del callejón con la mirada. La principal virtud del paryl era que nadie podía verlo salvo un puñado de personas en todo el mundo. Si sus atentados tuvieran más testigos, esos asesinos perderían su mayor arma.

Esta posibilidad convertía a Teia, que había visto a uno de ellos en acción, en una amenaza para su supremacía. Quizá temieran que pudiese identificarlo.

Entonces, Teia, ¿vas a arriesgarte a quedarte a solas con alguien que sabes que ya ha asesinado al menos a una inocente y que se siente amenazado por tu mera existencia?

Expuesta en esos términos, la situación hizo que todo lo que quedaba de la curiosidad de la esclava se encogiera como una uva suculenta reducida a una pasa diminuta. Teia aborrecía las pasas. Le encantaban las uvas. Dijera lo que dijese la gente, no se parecían en nada.

Si el hombre hubiera querido acabar con ella, podría haberlo hecho ya. Con sus mensajes de paryl demostraba que era capaz de seguirla de cerca sin ser detectado. De modo que antes quería que se quedara sola. ¿Por qué?

No podía tratarse de nada bueno. Era un asesino. Si tu enemigo lo quiere, no se lo des.

Echó a correr.

Teia provocó no pocos sobresaltos al salir en estampida, pero le daba igual. Mientras nadie gritara: «¡Al ladrón!», una chica corriendo por las calles no iba a llamar la atención en exceso. Llegó al cruce más próximo y se abrió paso entre la multitud tan deprisa como le fue humanamente posible. Se coló entre un tiro de bueyes y la carreta enterrada bajo una pila de heno a la que estaban uncidos antes de que al conductor le diera tiempo a rechistar siquiera. Continuó la carrera por el borde de la pequeña fuente que se levantaba en el centro de la intersección y sorteó a las personas que esperaban su turno para recoger el agua. Aceleró en dirección a la avenida siguiente, frenó, retrocedió unos pasos y se adentró en una callejuela. Reemprendió la huida y a punto estuvo de perder el equilibrio por culpa de la basura y los charcos, dobló la esquina a la izquierda al llegar a la siguiente calle y torció a la derecha para adentrarse en otro callejón.

Empezó a lloviznar. Teia ni siquiera se había percatado de cómo se acumulaban las nubes. Se quitó las gafas oscuras, soltó el petate a sus pies, le dio la vuelta a la capa para que la cara azul mate quedara por fuera, volvió a ponerse la mochila, esta vez sobre el pecho, y la cubrió con la capa. Se levantó la capucha y se sumó al torrente de personas que corrían bajo la lluvia. Era complicado alterar el paso cuando se tenía prisa. Contonear las caderas para imitar los andares de una mujer con más curvas le resultaba sencillo si caminaba: solo tenía que dar pasitos muy juntos, como si estuviera haciendo equilibrios. Pero ¿hacerlo mientras trotaba como si intentara resguardarse de la lluvia? No era tan buena.

Empezó a hurgar en la mochila mientras caminaba. No llevaba encima gran cosa que pudiera servirle de disfraz, pero sí que contaba al menos con un chal amarillo chillón y una bufanda. En la siguiente intersección, se coló en la tienda de un mercader como si tuviera la intención de atajar por esa esquina para entrar en otro callejón. Se quitó la capucha y se puso una bufanda roja... o quizá fuera verde; a los integrantes del pelotón les gustaba gastarse bromas los unos a los otros y, conocedores de sus problemas para distinguir los colores, nadie le decía nunca cuál era cuál.

Se envolvió el cabello con la bufanda, se echó el chal por los hombros y se apresuró a anudar el conjunto. A continuación, con la barbilla hundida en el pecho, salió por donde acababa de llegar, manteniendo la capa cerrada y utilizando el bulto de la mochila ante ella para que pareciera que estaba embarazada. Se apoyó una mano en el vientre para completar el disfraz.

La lentitud de su camuflaje exasperaba a Teia, que detestaba las huidas parsimoniosas. Pero a todo el mundo le ocurría lo mismo, motivo por el cual este tipo de subterfugio resultaba muy práctico para despistar a los posibles perseguidores. Se cruzó con un tipo alto embozado en una capa gris que atajó por el establecimiento antes de adentrarse en el callejón. Coincidencia, tal vez. Quizá no fuera más que alguien con prisa por llegar a casa antes de quedar empapado.

Tras recorrer dos bloques con paso lento y agónico, con una mano en la barriga hinchada pero procurando no anadear en exceso, Teia apretó el paso de nuevo; pero no en dirección a su casa. Su destino era la taberna donde Marta Martaens le había dicho que se hospedaba.

La cervecería el Beso de la Doncella ocupaba un edificio achaparrado de planta cuadrada. Un tejado abovedado coronaba sus paredes encaladas, como la mayoría de las construcciones en el Gran Jaspe. La cúpula, de un rosa chillón, contrastaba con las sencillas puertas de madera, sin más adorno que una joven estilizada de perfil que lanzaba un beso al aire. No había ningún letrero. Teia llamó a la puerta, decidida.

La abrió una aprendiz, una niña que no debía de contar más de diez años.

—¿Es aquí donde se aloja Marta Martaens? —preguntó Teia.

La pequeña, cuyos grandes ojos castaños se habían abierto como platos, tardó en responder.

—¿Puedes esperar aquí? Vuelvo en menos que sacude la cola un cordero.

Qué chica más rara. Y a Teia no le gustaba que la gente hiciera cosas extrañas cuando su vida pendía de un hilo. Aún notaba un nudo en la garganta, pero proyectó esa tensión hacia el resto de su cuerpo, preparándose para repeler cualquier posible agresión. Aunque sabía que reaccionaría antes si se mantenía alerta pero relajada, en estos momentos le resultaba imposible encontrar la calma interior necesaria.

Miró a su alrededor bajo la lluvia, fijándose en todo el mundo, pero ya quedaban pocas personas en la calle, y la tormenta arreciaba. Su última conversación con la magíster Martaens había sido turbulenta. La veterana mujer opinaba que el mero hecho de insinuar siquiera que el paryl pudiese emplearse para cometer un asesinato invitaría a abrir la veda de acosos contra todos los trazadores de ese color. Y Teia había perdido el tutelaje de la magíster poco después de aquello, cuando Andross Guile se las compuso de alguna manera para que Aglaia Crassos firmara los documentos de esclavitud de la muchacha. No había vuelto a ver a Martaens desde entonces.

Cuando se abrió de nuevo la puerta, una mujer nervuda, cubierta con un delantal, le hizo señas a Teia para que entrara.

—¡Bel! —ladró la mujer—. Pero ¿cómo se te ocurre dejar a una visita bajo la lluvia? ¿Dónde están tus modales, mocosa?

La pequeña Bel, con lágrimas en los ojos, salió corriendo despavorida.

—Una llorona, eso es lo que es —dijo la tabernera. Se cubría la cabeza con un pañuelo parecido al ghotra masculino que le apartaba de la cara una impresionante corona de cabellos castaños mientras trabajaba. Y saltaba a la vista que estaba trabajando: tenía la piel reluciente de sudor, y las venas sobresalían abultadas en sus fibrosos antebrazos—. Tengo tareas que atender, así que perdón por la brusquedad, pero ¿cómo te llamas y qué es lo que quieres?

—Teia. Adrasteia. Venía a ver si mi antigua magíster, Marta Martaens, está aquí. —Teia se quitó la bufanda mojada de la cabeza y se sacudió la capa de encima, revelando la mochila que le tapaba el estómago.

—Ja, y yo que pensaba que estabas ya de seis meses. Debería haberme imaginado que ella me habría avisado —dijo la tabernera, indicando el falso barrigón de Teia con la cabeza—. Marta ha salido. Y no eres la primera que viene preguntando por ella. Te diré lo mismo que a él, porque es la verdad. Buena huésped. Picajosa, pero buena mujer. No sé adónde ha ido. Perdió su puesto en la Cromería, y ese era el único motivo que la retenía aquí, de modo que tampoco me extrañó su marcha. —La tabernera se acercó a un mostrador y metió la mano debajo—. Pero te diré algo más. Me dejó una nota que debía darle únicamente a una chica llamada Teia. Para tu información, el hombre que vino preguntando por ella me ofreció dinero para que te entretuviera.

El instinto de combate de Teia se activó. Su mirada saltó del rostro de la mujer a su cintura. Todo movimiento parte del centro, deja que tu visión periférica se encargue del resto.

—No lo acepté. No soy ninguna salvaje y, además, su aspecto no me dio buena espina. Tenía el pelo rojo como en una diadema, calvo en la coronilla, un collar muy raro. No lo vi bien, pero mi padre era un sacamuelas, y ese collar estaba hecho todo de dientes humanos. Prefiero ignorar los detalles. Date prisa en leer la carta y vete de aquí. No me extrañaría que nos estuviera observando. Ah, y no dobles la nota. Marta insistió mucho al respecto. Puedes salir por la puerta de atrás, si quieres.

Para eso Teia tendría que atravesar un edificio desconocido, sin testigos, aislada y vulnerable. Quizá la mujer tan solo estuviera intentando ser tan servicial como aparentaba. Después de todo, no tenía por qué haberle dicho nada acerca de la visita de aquel hombre. Pero Teia había sido una esclava durante demasiado tiempo. No pensaba ponerse a merced de nadie.

Cogió la carta con delicadeza y la abrió muy despacio, sin perder de vista a la tabernera.

—Puedes quemarla en la lumbre si quieres —dijo la mujer—. Tengo tareas que hacer. Que Orholam te guarde, niña. —La tabernera le dio la espalda y regresó al interior del establecimiento.

«Teia —decía la carta—, mi trabajo contigo ha terminado. He sabido que mi hermano está muy enfermo, de modo que me vuelvo a la granja de mi familia, a Maelans. Disculpa lo precipitado de mi partida, pero estoy segura de que nuestra ama cuidará bien de ti. Que Orholam te bendiga.» Eso era todo, la nota estaba firmada con su nombre y plegada con esmero. Que Teia supiera, Marta Martaens no tenía ningún hermano. Abrió la vista al paryl sin perder ni un instante.

Había algo escrito en paryl, e iba desintegrándose ahora que ya estaba expuesto. Eso explicaba que Marta quisiera que no doblase la carta. El mensaje secreto habría quedado destruido.

«Todo es cierto. Los asesinatos, todo. La Orden del Ojo Fragmentado es real, y ahora te siguen la pista. Que Orholam me perdone por dejarte sola ante esto, pero no se puede combatir a esa gente. Huye, Teia. Marta Martaens.»

cap-9

9

Karris Guile, de soltera Karris Roble Blanco, subió fatigosamente los escalones que conducían desde la última planta de la Torre del Prisma a la azotea. Había llegado directamente de los muelles, y apenas acababa de dejar los bultos en el suelo de su nueva habitación —la estancia de Gavin— cuando su esclava de cámara, Marissia, le entregó la nota con timidez. Resultaba extraño que la Blanca la citara en la azotea, bajo la lluvia.

Al asomar la cabeza por la puerta, Karris vio a la Blanca arrebujada en un montón de mantas, sentada en su silla de ruedas, con el rostro vuelto hacia el viento y el fuerte aguacero. Estaba pasándoselo en grande. La flanqueaban dos muchachos fornidos, Gill y Gavin Greyling. Guardias negros, al igual que Karris, que habían jurado proteger y defender a la Blanca y al Prisma. La diferencia estribaba en que estos jóvenes cumplían con su deber. Cada uno de ellos sostenía un parasol de tela encerada, un «paraguas», sobre la cabeza de la Blanca para guarecerla de la lluvia. Pero la anciana parecía estar disfrutando del modo en que el viento le lanzaba el agua a la cara pese a los denuedos de los guardias por evitarlo.

—Capitana de la guardia —dijeron al unísono los hermanos, asintiendo con la cabeza en vez de cuadrarse a modo de saludo, dado que tenían las manos ocupadas.

—Podéis retiraros —les indicó la Blanca—. Esperadme en la escalera, por favor. Dentro. Karris cuidará de mí ahora.

Gill le cedió su paraguas a Karris, y los hombres se retiraron. Karris lo empuñó con las dos manos, resguardando a la Blanca tanto como le era posible. La anciana, no obstante, sonreía como una chiquilla. Los ojos de todos los trazadores adoptaban el color que empleaban, pero la forma en que lo hacían siempre era única. Karris había visto estrellas rojas sobre fondo verde. Los iris gris claro de Orea Pullawr contenían dos arcos: uno azul en lo alto y otro verde debajo. En los últimos años, tras dejar de trazar de forma continuada a fin de prolongar su vida, esos colores se habían desteñido y desaturado. Pero tras el intento de asesinato sufrido en sus propios aposentos, el arco azul se había intensificado de nuevo y ya presionaba contra el filo mismo de sus retinas. Eso a Karris no le extrañaba. Lo llamativo era que el verde también había recuperado su ardor, señal de que la Blanca había estado trazándolo. No le quedaba mucho tiempo.

—Esperaba restaurar el equilibrio de influencias —dijo la Blanca—, puesto que la ferocidad del verde me había ayudado a contrarrestar la aplastante lógica del azul durante muchísimos años. Tras el ataque descubrí que me estaba conformando con quedarme sentada, observar y esperar. Pero la hora de quedarse sentados, observar y esperar ya pasó, ¿no es así, niña?

—Por favor, no me abandones. —Aunque tenía el corazón en un puño, Karris consiguió reprimir el sollozo que amenazaba con escapar de su garganta. Respiró hondo, sorprendida por su falta de autocontrol.

—Pero así es el mundo, ¿verdad? —continuó la Blanca—. O seguimos adelante, solos, o nos quedamos atrás, rezagados. Todos los amigos de mi juventud ya han fallecido. El único que persiste es mi antiguo adversario. Creo que no sé qué haría sin él.

»Karris, cargar con aquellos pesos que parecen imposibles de transportar es lo que pone a prueba nuestra fortaleza. ¿Estás preparada?

—No puedes darte por vencida y morir —protestó Karris, airada—. No hay nadie mejor que tú. Nadie puede sustituirte.

La Blanca soltó una risita inesperada.

—Música para los oídos de cualquier megalómano, pero esas palabras solo son ciertas cuando se aplican a los escandalosamente ineptos o a los monumentalmente grandes. Yo no soy ni lo uno ni lo otro, Karris. Solo soy competente, y mis errores son significativos y por desgracia frecuentes. Que no sea una inepta quizá me sitúe por encima de más de uno de mis antecesores, pero la aptitud y la grandeza son dos cualidades muy dispares que rara vez se solapan.

Karris exhaló un suspiro, sin saber si sería capaz de hablar de Gavin sin desmoronarse. Apartó la mirada, incapaz de soportar la compasión que desbordaba los ojos de la Blanca.

—Me siento tan traicionada.

—¿Por Gavin? ¿Por su muerte? —En la Cromería nadie hablaba de eso, todavía no, no con todo lo que Gavin significaba. Y ni siquiera sabían con seguridad si había muerto. Pero la Blanca hablaba de rabia y temor, sentimientos desvinculados de las pruebas fehacientes y las virtudes del azul.

—El Tercer Ojo dijo que si Gavin sobrevivía a la batalla, llegaría a ver al menos la jornada anterior al Día del Sol. Creía... creía que lo habíamos logrado. La batalla había terminado, ¿no es cierto? Me acosté pensando que me despertarían sus besos.

Y en su lugar fueron los gritos, la muerte. Kip había intentado asesinar a Andross Guile, decían; Gavin intervino, resultó herido por accidente, se cayó por la borda. Kip había saltado detrás de él. Desde el barco, nadie había conseguido encontrar sus cuerpos en la oscuridad.

—Aunque sus premoniciones sean infalibles, de lo cual no estoy convencida, en ninguna parte está escrito que el Tercer Ojo deba contar fielmente lo que ve —dijo la Blanca—. Es posible que te engañara para ahorrarle al mundo una tragedia mayor.

—La creí —fue lo único que acertó a musitar Karris.

Se sentía vacía. Acorralada. Quería aferrarse a la esperanza porque no lo había visto morir con sus propios ojos, y porque aceptar su pérdida le parecía una traición. Pero, por otro lado, podía ver la resignación cincelada en todos los rostros. Gavin estaba muerto, y había trabajo que hacer. Se había producido un inmenso vacío de poder, las facciones ansiosas por llenarlo eran muy numerosas, había herejes que combatir y, y, y... No podía llorar por él hasta estar segura. Pero era posible que jamás consiguiera averiguar la verdad.

—Tengo entendido que aquí también se han avistado varios portentos —dijo Karris—. Algo acerca de un demonio marino y una ballena.

—Hace ya dos semanas. En la misma fecha de la batalla. —La Blanca no entró en detalles. Sabía que Karris únicamente intentaba cambiar de tema.

La lluvia continuaba azotándolas. Empezaba a hacer frío.

—Debería llevarte adentro —dijo Karris. Evítalo cuanto puedas. Déjalo a un lado. Afróntalo luego, a solas.

—No. —La voz de la Blanca restalló como un latigazo. Cuando hablaba, esperaba plena obediencia—. Deja que te vea los ojos, niña.

Karris trabó la mirada con la de la anciana. Si alguna vez se había enorgullecido de sus ojos, ahora estos la avergonzaban. Antes se preciaba de su belleza, estrellas de rubí llameantes sobre un fondo esmeralda, puros, radiantes y poderosos los colores. Ahora las estrellas predominaban, y sus ojos la delataban como una mujer a la que solo le quedaban unos años de vida. Una mujer que carecía de la disciplina necesaria para llegar a los cuarenta.

—Tienes que dejar de trazar —sentenció la Blanca—. Por completo y de inmediato.

Lo mismo podría haberle dicho que dejara de respirar.

—Sé lo que te estoy pidiendo. —Por supuesto que lo sabía: ella misma lo había sufrido. Pero eso a Karris no le ponía las cosas más fáciles—. Y no es ninguna exigencia. Es una orden.

—Sí, noble dama —respondió esta, sucinta. Pensaba que la Blanca le mostraría algo de compasión por la muerte de su marido. Ahí no encontraría clemencia, aparentemente. Karris apretó con fuerza las mandíbulas, pero procuró que su expresión no traicionara lo que sentía—. Con vuestro permiso. —Se dio la vuelta.

—Permiso denegado —dijo la Blanca con aspereza.

Karris se detuvo. Era una guardia negra; la obediencia ciega no guardaba secretos para ella. Continuó dándole la espalda a la anciana mientras se dominaba.

—Te casaste con Gavin Guile, el Prisma —le recordó la Blanca—. Por consiguiente, quedas relevada de todas las obligaciones de la Guardia Negra. Deberás renunciar a tu cargo con efecto inmediato.

A Karris se le cortó la respiración. Le temblaban las rodillas. Una ráfaga de viento arrancó el paraguas de sus dedos sin fuerza y se lo llevó volando lejos de la azotea antes de que le diera tiempo siquiera a pestañear. Se quedó inmóvil en el sitio, aceptando el azote de la lluvia. El frío del exterior rivalizaba con el de su interior. Todo cuanto era, desde que relegara al olvido a aquella muchacha bobalicona a la que le halagaba que los chicos riñeran por ella, todo cuanto había conseguido en la vida se condensaba en su afiliación a la Guardia Negra. Tras lograr contra todo pronóstico que le permitieran presentarse a las pruebas de acceso de aquella unidad de élite, después de ascender a capitana de la guardia, había descubierto que aquel era su sitio.

Durante dos días lo había tenido todo: un hombre y un trabajo a los que amaba, un desafío y los medios para alcanzar su meta, rodeada de personas que gozaban de su admiración... de su cariño. Nuevos hermanos y hermanas con los que reemplazar a los que habían perecido en el incendio de su juventud. Después de perder a Gavin, pensaba que las cosas no podían ir a peor. Y ahora la Blanca —¡precisamente ella, la Blanca!— quería sabotear la última pata del endeble taburete que la sostenía.

—No entiendo a qué viene tanta consternación —dijo la anciana con placidez—. ¿Una guardia negra casada con un Prisma? Deberías haberte imaginado que esta sería la consecuencia más lógica. ¿Tanto te cegaba la pasión como para no haberlo intuido siquiera?

—Dijiste... ¡dijiste que mi caso era la excepción que confirma la regla!

—Me refería a que pudiste seguir los dictados de tu corazón y dimitir de forma honorable, en vez de enfrentarte a una destitución sin miramientos.

—¡¿Qué diferencia hay?! —exclamó Karris.

Gill Greyling asomó la cabeza por la puerta. Gavin y él salieron a la azotea, pero se quedaron donde estaban a una señal de la Blanca. Aun impasibles bajo la lluvia, Karris reconoció su postura, tensa como la correa de un perro de presa listo para atacar con la sola mención de una palabra.

—La deshonra y el honor no son lo mismo. Si eres incapaz de entenderlo, quizá tus problemas sean demasiado graves como para que nosotros los podamos solucionar —dijo la Blanca.

—Pero, pero... ¡si él ya no está! ¡Ha muerto! Es absurdo seguir adelante con eso. P-pensaba que... —Lo que Karris pensaba era que las reglas no se aplicaban a Gavin, y que al casarse con él, daría la cara por ella y conseguiría que las reglas tampoco se aplicaran en este caso, siquiera por una vez. Creía que se merecía esta pizca de felicidad, que al final Orholam se apiadaría de ella.

—Ha desaparecido, que no es lo mismo. Aún no, no por lo que a mí respecta. Hay miembros del Espectro a los que les gustaría declarar su muerte de inmediato, naturalmente, aunque nombrar un nuevo Prisma nos dará más quebraderos de cabeza. En cualquier caso, deberá haber un nuevo Prisma electo el Día del Sol, como muy tarde. Debemos encontrar a Gavin antes de que llegue esa fecha.

La anciana volvió el rostro de nuevo hacia la lluvia, disfrutando de su húmeda caricia, como si ya se hubiera olvidado de Karris.

—¿Eso es todo? —preguntó esta—. Ahora que ya he cumplido con mi función, ¿debo aceptar el destierro?

—En esta vida no somos prendas de vestir que uno pueda lavar y ponerse otra vez, Karris. Somos velas, damos luz y calor hasta que nos consumimos. Has brillado con más fuerza que la mayoría. Eso tiene un precio. ¿Las mediocridades como yo, sin embargo? Las llamas bajas arden más tiempo.

—No estoy acabada —replicó Karris, furiosa.

—En ese caso, quizá no seas la florecilla delicada que tú pensabas.

La Blanca no añadió nada más, ni miró a Karris, que sintió deseos de escapar de allí en estampida, de maldecir, de romper a llorar. Lo que hizo, en cambio, fue quedarse inmóvil bajo la lluvia y dejar que las gotas atemperaran su ira, que doblegaran su ferocidad mientras le empapaban el cabello y le cubrían los ojos con sus propios mechones llenos de agua. Hubo de intentarlo dos veces antes de recuperar la voz.

—Durante muchísimo tiempo estuve dispuesta a dejarlo correr —dijo—, pero... ¿por qué me ordenaste a mí, precisamente a mí, que me infiltrara en el ejército de Rask Garadul?

—¿En Tyrea?

—No ha pasado tanto tiempo —prosiguió Karris—. Rask estaba enamorado de mí. Yo no tenía ni idea. Me enviaste a la boca del lobo sin avisar. Me capturaron. Podrían haberme ejecutado.

La Blanca sopesó a Karris con la mirada.

—¿Alguna vez has recogido un arma en el campo de batalla? ¿Tras perder la tuya, quizá?

—Un mosquete, una vez, en Garriston. Cuando intenté disparar, estaba encasquillado.

—Hum. Suele ocurrir. —La Blanca no añadió nada más.

—¿Yo? ¿Yo era un arma que recogiste del suelo? ¿Sin saber lo que podría pasar? Eso es... eso es ridículo. ¡Me conoces! No puedes afirmar lo contrario, ni compararme con la chatarra que se encuentra en el campo de batalla. Podrías haber enviado a cualquier otro guardia negro, a cualquiera de los cientos de soldados y esclavos a tu disposición. La mitad de ellos te habrían servido igual de bien que yo.

—Mi intención no era ganar un combate, sino probar un arma.

—¿Qué?

—Posees muchas virtudes, Karris Guile, pero te empeñas en utilizar siempre las mismas, una y otra vez. Temes forzar tus límites. Te había brindado ya varias oportunidades de lograr tus objetivos fácilmente mediante la adulación o el soborno, y siempre tomabas el camino más corto, anteponiendo la autoridad y la jerarquía ante todo. Pero luego, cuando me disponía a olvidarme de ti, un nuevo golpe de genio me demostraba que eras capaz de pensar por ti sola. Sencillamente te gusta que sea otro el que dé las órdenes. De modo que te asigné una misión de vital importancia, pero sin la menor pista de cómo llevarla a buen puerto. Sabía que tu vida corría peligro, y tu muerte habría pesado sobre mis hombros si me hubiera equivocado al juzgarte. Pero superaste la prueba, y lo que he obtenido es algo mejor que aprender a confiar en ti.

Karris frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

—Aprendiste a confiar en ti misma. Un poco más, al menos.

Karris sacudió la cabeza.

—Entonces ¿por qué apartarme de mi puesto? Entiendo que Andross Guile quiera despojarme de lo que amo, pero ¿tú? ¿Por qué no luchas por mí? —Las lágrimas, abrasadoras, amenazaban de nuevo con desbordarse. Notó cómo se le formaba un nudo en la garganta.

La Blanca parpadeó, y su rostro se transformó en un momento, con una intensidad que le rejuveneció las facciones.

—Escúchame bien, Karris Guile. ¡Nunca dejaré de luchar por ti! —Se hundió en el asiento, abrumada de nuevo por el peso de los años—. Me estoy quedando aterida con tanta lluvia. Llévame adentro. Pero, antes de irnos, tengo otra misión para ti, Karris Guile. Una misión digna de tu nuevo estado.

—¿Mi nuevo estado? ¿Te refieres a mi viudedad? ¿A mi experiencia como antigua guardia negra?

—A tu estado de mujer desocupada con tiempo libre de sobra.

Sus palabras fueron como un revés en la cara de Karris, cuya ira se reavivó de repente.

—¿Queréis que me dedique a tejer jerséis y a zurcir calcetines, noble dama?

—He perdido la movilidad. Eso hace que resulte demasiado fácil seguir la pista de con quién me encuentro. A partir de ahora, Karris, tú serás la encargada de dirigir a mis espías.

cap-10

10

Solo después de encontrarse con un grupo de jóvenes guardias negros que regresaban a la Cromería se atrevió Teia a cruzar el Tallo de Azucena. Habían llegado en su barco. ¿Sería posible que llevara tan poco tiempo en las calles como para que los novatos no hubiesen empezado a llegar al puente hasta ahora? Volvió a echar un vistazo a las callejuelas y, pese a la lluvia, volvió a ponerse brevemente las gafas oscuras. Abrió los ojos, cada vez más, hasta que fueron todo pupila. Miró a derecha e izquierda y escudriñó la intersección. Echó un vistazo a su espalda, al fondo del callejón, buscando cualquier rastro de paryl o del asesino. Nada.

Se quitó las gafas, las guardó en un bolsillo y corrió a sumergirse en el torrente de hombres y mujeres que discurría por el puente, supervisado por los guardias de la Cromería con armaduras de espejos que ocupaban las garitas, habitualmente desiertas. La guerra. La guerra era ya una realidad, y se habían preparado para repeler un posible ataque. Allí. Qué surrealista.

—¿Es verdad? —preguntó uno de los centinelas a los guardias negros—. ¿Ha muerto el Prisma?

—Desaparecido —respondió uno de ellos.

—¿Desaparecido? ¿Qué? ¿Como si fuera un monedero extraviado? En el mar uno no desaparece sin más. Tengo entendido que peinasteis la costa durante días, buscándolo. ¿No se supone que vuestro cometido es evitar que «desaparezca»?

Uno de los novatos de la Guardia Negra, Ferkudi, se abalanzó sobre el centinela con un gruñido, pero sus compañeros lo detuvieron y se lo llevaron a rastras en dirección a la torre.

—¡Habéis dejado morir al Prisma! —exclamó el centinela—. ¿A qué inútil se le ocurre dejar que el Prisma se ahogue delante de sus narices? ¿Por qué no saltasteis ninguno detrás de él?

Mientras Ferkudi mascullaba una maldición, Cruxer se plantó delante del centinela. Sin hacer ningún movimiento amenazador, le susurró algo que Teia no pudo oír. El centinela no volvió a abrir la boca, pero ahora tenía las mejillas surcadas de lágrimas.

Estas personas amaban a Gavin. Apenas lo conocían, y aun así lloraban por él.

No, puede que eso no fuera del todo cierto. Aunque no lo conocieran personalmente, Gavin llevaba dejándose ver por todas partes desde antes de que ella naciera. Y había sido un buen Prisma. Los rumores debían de volar en todas direcciones por los Jaspes, puesto que la versión oficial era tan lamentablemente incompleta... Ni siquiera podía calificarse de información, la verdad. «Desaparecido.»

«Desaparecido.» Una palabra que no convenía airear a la ligera en los primeros compases de una guerra cuyas dos batallas hasta la fecha habían supuesto sendos reveses para la Cromería.

Gavin había sido poco menos que un dios para estas personas, y habían perdido dos batallas a pesar incluso de tenerlo en su bando. ¿Qué posibilidades tendrían sin él?

Era una pregunta que los guardias negros se repetían desde hacía días. Y su fracaso tampoco era algo que les hubiese pasado inadvertido.

Teia no dijo nada, sin embargo, y pasó de largo con la cabeza agachada.

Pese a que el Tallo de Azucena estaba cubierto por una cúpula de luxina amarilla y azul, translúcida y tremendamente resistente, la joven caminó durante veinte o treinta pasos antes de quitarse la capucha. La marea estaba subiendo, y el viento encrespaba las aguas. El Tallo de Azucena se extendía sobre ellas, por lo que ahora las olas comenzaban a romper contra el puente, que ni siquiera se estremecía. Era un símbolo de la Cromería misma. Todo el tumulto y el clamor del mundo se encrespaba y se estrellaba contra aquella estructura, y a pesar de todo, esta se erguía inalterable, inconmovible, impasible.

No obstante, siempre infundía respeto recorrer aquel túnel de luz y contemplar los fogonazos de agua que estallaban sobre la cabeza de uno, que en ocasiones llegaba a cubrir el conducto por completo. Se había intentado volar el puente con cargas de pólvora. Al menos tres de estos ataques fueron frustrados a tiempo. Una carreta había logrado burlar la seguridad en cierta ocasión, gobernada por un partisano que, aun desangrándose a causa de las heridas recibidas, prendió fuego a los barriles en un acto de enajenación.

La explosión, contenida por los confines del conducto, había escapado por ambos extremos como el estampido de un mosquete que disparara en dos direcciones a la vez. Las víctimas mortales se contaban por docenas, y a pesar de todo el puente aguantó. Ahhana la Diestra había sido la trazadora amarilla supercromada encargada de construir el puente, hacía más de dos siglos. Todavía había ingenieros que aseguraban descender de ella a través de toda una estirpe de tutores, tal era su fama.

Teia intentó acordarse de lo fuerte que era el puente cuando una ola rompió contra el costado y se elevó hasta cubrirlo por entero.

Evitó a los demás: a Ferkudi y a alguno de sus amigos, de sus primeras clases en la Guardia Negra. Por unos instantes, sin embargo, mientras se carcajeaban, despreocupados, ni dos minutos después de haber estado abrumados por la congoja, listos para el combate, Teia los vio tal y como debían de verlos sus instructores: mocosos de dieciséis y diecisiete años, riéndose de los torpes intentos de alguien por dar su primer beso, y en cambio guerreros al mismo tiempo, letales y holgazanes, implacables y absurdos, hombres y niños.

Le das demasiadas vueltas a la cabeza, T.

De alguna manera consiguió llegar al ascensor sin que nadie reparara en su presencia. Ser tan menuda tenía sus ventajas. A veces convenía pasar desapercibida. No le apetecía hablar, pero se preguntó si la tomarían por una antipática. No, estaban demasiado ocupados consigo mismos.

Tras quedarse en el ascensor cuando se apearon los cadetes, Teia desmontó en el nivel de la habitación de Kip. Las oficinas habían estado demasiado ajetreadas en los días inmediatamente anteriores a la salida de la flota como para ocuparse de sus quehaceres habituales. Eso significaba que ni Kip ni ella habían podido tramitar sus papeles. Con lo cual, técnicamente hablando, Teia todavía era una esclava. Ahora que Kip ya no estaba, necesitaba acelerar el proceso. Como el viejo Andross Guile se acordara de ella, seguro que la reclamaba como propiedad de su nieto, aunque fuera para contrariar a Kip.

Kip, idiota, ¿por qué tuviste que agredir a Andross Guile? Precisamente a él, con la de gente que hay en el mundo.

¿Y dónde estaba ahora Kip? ¿Regresaría a casa algún día?

¿A qué casa? ¿Donde solo lo esperaban Andross Guile y una soga?

Aunque Kip siguiera con vida, lo más probable era que Teia no volvería a verlo jamás. Tan solo habían sido compañeros durante unos meses, pero el tiempo que pasaron juntos había estado cargado de emociones. Habían sido parias y habían luchado juntos, tanto en sentido figurado como literalmente. El corazón de Teia lloraba por él.

Apretó la ampolla de aceite de oliva que aún llevaba colgada del cuello. No se la quitaría hasta que los secretarios le confirmaran que los documentos de su manumisión habían sido aceptados, con carácter irrevocable. Después la haría pedazos. Esperaba que fuera pronto.

La llave giró sin dificultad en la cerradura, y Teia abrió la puerta y se apresuró a entrar en la estancia.

—Hola, palomita. —Una voz masculina resonó en la oscuridad—. Date la vuelta.

Teia se quedó paralizada por un momento antes de volverse, con una mano aún en el pomo de la puerta.

—¿Quién eres? —preguntó—. ¿Qué haces aquí?

—Dos... excelentes... preguntas —dijo el hombre. Tenía la piel clara, con pecas, y un ribete de cabellos anaranjados peinados en un vano intento por disimular su calva. Iba vestido como un mercader adinerado, con una fina capa negra sobre los hombros y un petasos con el ala de terciopelo en una mano; pero lo más asombroso eran sus ojos, del color del ámbar. De un ámbar natural, no fruto del trazo de la luxina amarilla o naranja. Su sonrisa dejaba al descubierto unos dientes blancos como los de un tiburón—. Cuando estemos en público, deberás llamarme maese Certero.

Esto último invitaba a preguntar:

—¿Y en priv...?

—Homicidio.

—¿Perdona? —Un odioso relámpago de terror estremeció a Teia de la cabeza a los pies.

—Homicidio. Considéralo un título. Homicidio Certero. Una vez tuve un nombre real. Renuncié a él.

Más información que invitaba a preguntar muchas más cosas, pero al diablo con él.

—¿Qué haces aquí? —repitió Teia.

—Estoy reclutando.

—Pues no me interesa. Y ahora, largo. —¿Reclutando?

El hombre no arqueó ni una ceja.

—Te felicito por la decisión que tomaste en los muelles, aunque me complicara la vida. Eres una chica muy lista, ¿verdad? Viste el paryl pero preferiste ignorarlo. Ante un adversario de habilidades desconocidas que te pedía que te reunieras con él en el escenario de su elección... optaste por evitar el encuentro. Fue... más prudente de lo que cabría esperar en alguien de tu edad. Eso te vuelve aún más interesante. Tengo una misión para ti. Y si la cumples, te daré tus papeles.

—¿Qué papeles? —preguntó Teia, haciéndose la tonta.

—Conque esas tenemos —fue la desabrida respuesta—. ¿Después de alabar tu intelecto? Eres una mocosa, ¿verdad? Pero también un diamante en bruto. Si haces hoy lo que te pido, te daré tus papeles, lo juro por mi alma y por la esperanza de la iluminación. De lo contrario, los dejaré en manos de Andross Guile, para quien ya he trabajado en el pasado. Un pequeño recordatorio de quién y qué eres bastará para volve

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