La Reina del Tearling (La Reina del Tearling 1)

Erika Johansen

Fragmento

cap-2

1

El décimo caballo

La reina Glynn —Kelsea Raleigh Glynn, séptima Reina del Tearling. Conocida también como: la Reina Marcada. Adoptada por Carlin y Bartholemew (Barty el Bueno) Glynn. Madre: reina Elyssa Raleigh. Padre: desconocido. Véase apéndice XI sobre especulaciones.

Historia del Tearling
según MERWINIAN

Kelsea Glynn, inmóvil, vio acercarse el escuadrón a su casa. Los hombres cabalgaban en formación militar, con escoltas en los flancos, vestidos con el uniforme gris de la Guardia Real del Tearling. Las capas de los jinetes, al ondular, revelaban sus costosas armas: espadas y puñales de acero de Mortmesne. Uno de los hombres llevaba, incluso, una maza; Kelsea vio la cabeza con pinchos que sobresalía de la silla de montar. El semblante adusto con que guiaban sus caballos hacia la casa ponía en evidencia que habrían preferido no estar allí.

Kelsea, con capa y capucha, estaba sentada en la horqueta de un árbol, a unos diez metros de la puerta de la casa. Iba vestida de verde oscuro de pies a cabeza; hasta las botas eran de color pino. De la cadena de plata de ley que llevaba al cuello colgaba un zafiro. Esa joya tenía la irritante costumbre de salirse de la blusa de Kelsea minutos después de que ella la hubiera ocultado, lo que ese día cobraba un nuevo significado, pues el zafiro era la causa de sus problemas.

Nueve hombres, diez caballos.

Los soldados llegaron a la parcela rastrillada delante de la casa y desmontaron. Se quitaron las capuchas, y Kelsea comprobó que no tenían su misma edad, sino que rondaban los treinta o cuarenta años; además compartían un aspecto curtido, fruto de la vida militar. El soldado que llevaba la maza murmuró algo, y automáticamente todos se llevaron una mano a la espada.

«Será mejor que nos demos prisa», dijo un soldado alto y delgado cuyo tono autoritario delataba que era el jefe del escuadrón; avanzó hacia la puerta y la golpeó tres veces. La puerta se abrió de inmediato, como si Barty hubiera estado allí esperando. Desde su posición estratégica, Kelsea vio que Barty tenía las arrugas muy marcadas y los ojos enrojecidos e hinchados. Esa mañana había enviado a Kelsea al bosque, pues no quería que ella fuera testigo de su congoja. Kelsea había protestado, pero Barty no había aceptado su negativa, y al final se había limitado a empujarla por la puerta diciendo: «Ve y despídete del bosque, niña. Seguramente pasará mucho tiempo hasta que vuelvan a dejarte pasear por él a tu antojo».

Kelsea había acabado cediendo; se había ido y había pasado la mañana deambulando por el bosque, pasando por encima de árboles caídos y parando de vez en cuando para escuchar un silencio perfecto, nada acorde con la abundancia de vida de aquel entorno. Hasta había atrapado un conejo, por hacer algo, y luego lo había soltado; Barty y Carlin no necesitaban carne, y a ella no le producía ningún placer matar. Mientras veía huir al conejo hasta desaparecer en el bosque donde ella había pasado la mayor parte de su infancia, Kelsea volvió a ensayar aquella palabra, pese a que pronunciarla era como masticar polvo: «reina». Una palabra inquietante que presagiaba un futuro nefasto.

—Barty —dijo el jefe del escuadrón—. Cuánto tiempo.

Barty masculló unas palabras en respuesta a su saludo.

—Hemos venido por la niña.

Barty asintió con la cabeza, se puso dos dedos en las comisuras de la boca y dio un fuerte y agudo silbido. Kelsea se dejó caer del árbol sin hacer ruido y salió de entre los árboles. Notaba el pulso en las sienes. Sabía defenderse de un solo atacante con su puñal —Barty se había encargado de eso—, pero aquel escuadrón fuertemente armado la intimidaba. Sintió las miradas escrutadoras de los soldados. Sabía muy bien que no tenía aspecto de reina.

El jefe, un hombre de facciones duras, con una cicatriz que le surcaba el borde de la barbilla, le hizo una profunda reverencia.

—Alteza. Soy Carroll, capitán de la Guardia Real de la difunta reina.

Tras un momento, los demás también le hicieron una reverencia. El soldado de la maza se inclinó levemente, hundiendo apenas la barbilla.

—Tenemos que ver la marca —murmuró uno de los soldados; la barba pelirroja le tapaba la cara casi por completo—. Y la joya.

—¿Acaso me crees capaz de estafar al reino? —bramó Barty.

—No se parece a su madre —replicó con aspereza el soldado de la barba pelirroja.

Kelsea se sonrojó. Según Carlin, la reina Elyssa, dotada de la belleza clásica del Tearling, era alta, rubia y delgada. Kelsea también era alta, pero morena, y tenía una cara feúcha. Tampoco tenía un cuerpo escultural, ni mucho menos; hacía mucho ejercicio, pero por otra parte tenía muy buen apetito.

—Tiene los ojos de los Raleigh —observó otro soldado.

—Prefiero ver la joya y la cicatriz —insistió el capitán, y el pelirrojo asintió también.

—Muéstraselas, Kel.

Kelsea se sacó el colgante de debajo de la blusa y lo sostuvo bajo la luz. Había llevado ese zafiro desde que tenía uso de razón, y en ese momento le habría encantado arrancárselo y devolvérselo a aquellos hombres. Pero Barty y Carlin ya le habían explicado que no podía quitárselo. Era la princesa heredera del Tearling, y ese día cumplía diecinueve años, la edad de la ascensión al trono de los monarcas del Tearling desde Jonathan Tear. La Guardia Real se la llevaría a la Ciudadela a rastras, si fuera necesario, y la recluiría en el Salón del Trono, donde se quedaría, cubierta de seda y terciopelo, hasta que la asesinaran.

El capitán examinó la joya y asintió; entonces Kelsea se retiró la manga izquierda de la capa para mostrar el antebrazo, en el que una dilatada cicatriz con forma de hoja de puñal discurría desde la muñeca hasta el bíceps. Un par de soldados mascullaron al verla, y las manos con que sujetaban sus armas se relajaron por primera vez desde que habían llegado.

—Muy bien —declaró Carroll con brusquedad—. Ya podemos marcharnos.

—Un momento.

Carlin salió al umbral tras apartar a Barty con un suave empujón. Lo hizo con las muñecas y no con los dedos; ese día la artritis debía de estar haciéndola sufrir. Su aspecto era impecable, como siempre, y llevaba el pelo, cano, pulcramente recogido en la nuca. A Kelsea le sorprendió comprobar que ella también tenía los ojos un poco enrojecidos. Carlin pocas veces exhibía sus emociones, y Kelsea no recordaba haberla visto nunca llorar.

Al ver a Carlin, varios soldados se enderezaron. Un par de ellos hasta dieron un paso atrás, incluido el que llevaba la maza. Kelsea siempre había pensado que Carlin tenía un porte aristocrático, pero, aun así, le sorprendió que aquellos hombres armados con espadas se amilanaran ante una anciana.

«Menos mal que no soy la única.»

—¡Identificaos! —exigió Carlin—. ¿Cómo sabemos que venís de la Ciudadela?

—¿Quién más iba a saber dónde encontrarla precisamente hoy? —replicó Carroll.

—Unos asesinos.

Varios soldados rieron con sorna. Sin embargo, el soldado de la maza dio un paso adelante y rebuscó en su capa.

Carlin se quedó mirándolo un instante y dijo:

—A ti sí te conozco.

—He traído las instrucciones de la reina —dijo él, y sacó un sobre grueso y amarillento

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