1
Penny Wilson se moría por tener un bebé para ella sola. Eso es lo que me imagino, ya que se suponía que solo iba a cuidarme durante una hora y media, y era evidente que me quería más de lo recomendable. Debió de tararearme una nana, juguetear con cada dedito de las manos y los pies, besarme las mejillas y acariciarme la cabeza, soplándome el pelo como si le pidiese un deseo a un diente de león a punto de soltar los vilanos. Yo ya tenía dientes, pero era demasiado pequeña para tragarme los huesos, así que cuando mi madre llegó a casa se los encontró amontonados sobre la moqueta del cuarto de estar.
La última vez que mi madre había visto a Penny Wilson, esta aún tenía cara. Sé que mamá chilló, porque cualquiera lo habría hecho. Cuando crecí me contó que creyó que la canguro había sido víctima de una secta satánica. Cosas más extrañas se había encontrado en las afueras.
No fue una secta. Si lo hubiera sido, me habrían raptado y me habrían hecho cosas inimaginables. Pero allí estaba yo, dormida en el suelo junto al montón de huesos, con las lágrimas secándose todavía en mis mejillas y la sangre húmeda alrededor de mi boca. Incluso entonces me odié. No recuerdo nada de aquello, pero lo sé.
Aun cuando mi madre notó la sangre coagulada sobre mi peto de OshKosh, aun cuando advirtió la sangre en mi cara, no lo vio de verdad. Cuando me separó los labios y metió el dedo dentro —las madres son las criaturas más valientes, y la mía es la más valiente de todas—, encontró algo duro entre mis encías. Lo sacó y se quedó mirándolo. Era el martillo del oído de Penny Wilson.
Penny Wilson residía en nuestro complejo de apartamentos, al otro lado del patio. Vivía sola y hacía pequeños trabajos esporádicos, por lo que nadie la echaría de menos durante días. Aquella fue la primera vez que tuvimos que recoger y trasladarnos a toda prisa, y a menudo me pregunto si mi madre se llegó a imaginar lo eficiente que se volvería con el tiempo. La última vez que nos mudamos hizo las maletas en doce minutos contados.
No hace tanto, le pregunté por Penny Wilson: «¿Cómo era su aspecto? ¿Dónde había nacido? ¿Cuántos años tenía? ¿Leía muchos libros? ¿Era simpática?». Íbamos en el coche, pero no de camino a una nueva ciudad. Nunca hablábamos de lo que había hecho justo después de hacerlo.
—¿Para qué quieres saber todo eso, Maren? —me preguntó con un suspiro, frotándose los ojos con el pulgar y el índice.
—Para saberlo, sin más.
—Era rubia. Tenía el pelo rubio y largo, y siempre lo llevaba suelto. Aún era joven, más joven que yo, pero no creo que tuviera muchos amigos. Era muy callada. —Entonces la voz de mamá se quedó enredada en un recuerdo que no habría querido encontrar—. Me acuerdo de cómo se le iluminó la cara cuando le pregunté si podía cuidar de ti aquel día. —Se la veía enfadada mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano—. ¿Ves? No sirve de nada pensar en estas cosas cuando ya no se pueden cambiar. Lo hecho, hecho está.
Me quedé pensando un minuto.
—¿Mamá?
—¿Sí?
—¿Qué hiciste con los huesos?
Tardó tanto en contestar que empecé a temerme su respuesta. Después de todo, había una maleta que siempre venía con nosotras y nunca le había visto abrir. Finalmente dijo:
—Hay ciertas cosas que jamás voy a contarte por mucho que me lo pidas.
Mi madre era amable conmigo. Nunca decía cosas como «lo que has hecho» o «lo que eres».
Mamá se había marchado. Se había levantado cuando todavía era de noche, había recogido un par de cosas y se había ido con el coche. Mamá ya no me quería. ¿Cómo culparla si jamás lo hubiera hecho?
Ciertas mañanas, una vez que llevábamos en un lugar el tiempo suficiente como para empezar a olvidar, me despertaba con aquella canción de Cantando bajo la lluvia.
Good morning, good moooooooorning! We’ve talked the whole night through...[1]
Pero, cuando la cantaba, siempre sonaba algo triste.
El 30 de mayo, el día en que cumplí los dieciséis, entró cantando. Era sábado y había planeado todo un día de diversión. Abracé la almohada y le pregunté:
—¿Por qué la cantas así siempre?
Abrió las cortinas de par en par. Vi cómo cerraba los ojos y sonreía a la luz del sol.
—¿Así, cómo?
—Como si hubieras preferido irte a la cama a una hora razonable.
Se rio, se sentó de golpe a los pies de mi cama y me acarició la rodilla a través de la colcha.
—Feliz cumpleaños, Maren.
Hacía mucho que no la veía tan feliz.
Mientras comíamos tortitas con pepitas de chocolate, metí la mano en una bolsa de papel con un grueso libro en el interior —El señor de los anillos, los tres volúmenes en uno— y una tarjeta regalo de Barnes & Noble. Pasamos la mayor parte del día en la librería. Por la noche me llevó a un restaurante italiano, uno de verdad, en el que los camareros y el chef hablaban entre sí en su idioma, las paredes estaban cubiertas de viejas fotografías familiares en blanco y negro, y la sopa minestrone te dejaba saciada durante días.
En el interior estaba oscuro y apuesto a que siempre recordaré cómo la luz del portavelas de cristal rojo se reflejaba titilante en la cara de mamá al llevarse la cuchara a los labios. Hablamos de cómo iban las cosas en el instituto y cómo iban las cosas en el trabajo. Hablamos de mi marcha a la universidad: qué me gustaría estudiar, en qué me gustaría convertirme. Llegó un esponjoso cuadrado de tiramisú con una vela clavada en lo alto y los camareros me cantaron, pero en italiano: Buon compleanno a te.
Después me llevó a ver Titanic a un cineclub y durante tres horas me sumergí en la historia igual que hacía en mis libros favoritos. Fui bella y valiente, alguien destinado a amar y sobrevivir, a ser feliz y a recordar. La vida real no me deparaba nada de aquello, pero, en la agradable oscuridad de aquel viejo teatro deslucido, olvidé que jamás lo haría.
Caí a plomo en la cama, agotada y satisfecha, porque a la mañana siguiente disfrutaría de las sobras de la cena y leería mi libro nuevo. Pero, al despertar, había demasiado silencio en el apartamento y no se olía el café. Algo no iba bien.
Enfilé el pasillo y encontré una nota en la mesa de la cocina.
Soy tu madre y te quiero, pero ya no aguanto más.
No podía haberse ido. Imposible. ¿Cómo iba a hacer algo así?
Me miré las manos, palmas arriba, palmas abajo, como si no me pertenecieran. Tampoco me pertenecía lo demás: ni la silla en la que me hundía, ni la mesa en la que apoyaba la frente, ni la ventana por la que miraba. Ni siquiera mi propia madre.
No lo entendía. Llevaba más de seis meses sin hacer lo malo. Mamá estaba perfectamente integrada en su nuevo trabajo y nos gustaba el apartamento. Nada de aquello tenía sentido.
Corrí hasta su dormitorio y encontré las sábanas y el edredón todavía en la cama. También había dejado otras cosas. En la mesilla, novelas en rústica que ya había leído. En el cuarto de baño, botes casi vacíos de champú y crema de manos. Algunas blusas, las no tan bonitas, seguían colgadas en el armario, en esas perchas de alambre que regalan en la tintorería. Siempre que nos mudábamos dejábamos atrás ese tipo de cosas, pero esta vez una de las cosas que había dejado atrás era yo.
Temblando, volví a la cocina y leí la nota de nuevo. No sé si es posible leer entre líneas cuando solo hay una frase, pero yo era capaz de entrever todo lo que no había dicho a las claras:
«Ya no puedo protegerte, Maren. No cuando es al resto del mundo al que debería proteger de ti.
»Si supieras la de veces que he pensado en denunciarte, en hacer que te encerraran para que no volvieras a hacerlo...
»Si supieras cuánto me odio por haberte traído al mundo...».
Lo cierto era que lo sabía. Y debería haberlo comprendido cuando me llevó a celebrar mi cumpleaños, porque fue demasiado especial como para no haber sido lo último que hiciéramos juntas. Lo había planeado todo.
No había sido más que una carga para ella. Una carga y un horror. Todo ese tiempo había hecho lo que había hecho porque me tenía miedo.
Me sentía extraña. Notaba en los oídos ese zumbido que se siente cuando hay demasiado silencio, salvo que era como tener la cabeza apoyada en una campana de iglesia que acabara de tañer.
Entonces me percaté de algo más encima de la mesa: un sobre blanco y abultado. No me hizo falta abrirlo para saber que dentro había dinero. El estómago me dio un vuelco. Me levanté y salí tambaleándome de la cocina.
Fui hasta su cama, me sumergí bajo la colcha y me ovillé todo lo posible. No sabía qué más hacer. Quería dormir hasta que pasase, despertar y descubrir que no había sucedido, pero ya se sabe lo que ocurre cuando una está desesperada por volver a dormirse. Cuando una está desesperada por lo que sea.
El resto del día pasó en una neblina. No llegué a abrir El señor de los anillos. No leí nada salvo las palabras de aquella nota. Más tarde volví a levantarme y deambulé por la casa, con demasiadas náuseas como para pensar en comer nada, y cuando oscureció me fui a la cama y permanecí despierta durante horas. No quería estar viva. ¿Qué tipo de vida podía llevar?
No podía dormir en un apartamento vacío. Tampoco podía llorar, porque no me había dejado nada por lo que hacerlo. Todo lo que le importaba se lo había llevado con ella.
Penny Wilson fue mi primera y última canguro. A partir de entonces, mi madre me llevó a la guardería, donde los empleados estaban saturados y cobraban poco, por lo que jamás existió el peligro de que nadie me cogiera cariño.
Durante años no pasó nada. Era una niña modélica, callada, seria y con ganas de aprender, por lo que con el tiempo mi madre se convenció de que no había hecho aquello tan horrible. Los recuerdos acaban distorsionándose, convirtiéndose en verdades con las que es más fácil vivir. Yo había sido víctima de una secta satánica. Habían asesinado a mi canguro, me habían bañado en sangre y me habían dado a mascar el martillo de un oído. No había sido culpa mía; no había sido yo. No era un monstruo.
Así que, cuando tenía ocho años, me mandó de campamento. Era uno de esos lugares en los que niños y niñas viven en cabañas en las orillas opuestas de un lago. También estábamos separados en el comedor y apenas nos permitían jugar juntos. Durante la hora de manualidades, las niñas trenzábamos llaveros y pulseras de la amistad, y más tarde aprendimos a recoger leña y prender una hoguera, aunque nunca nos dejaron disfrutar de una después del anochecer. Dormíamos en literas, ocho chicas por cabaña, y cada noche antes de acostarnos nuestra monitora comprobaba que no tuviéramos piojos.
Nadábamos en el lago cada mañana, incluso los días nublados en que el agua estaba fría y turbia. El resto de las niñas solo se metían hasta la cintura y se quedaban sin hacer nada donde no cubría, esperando al sonido de la campana para ir a comer.
Pero yo era una buena nadadora. Me sentía viva en el agua fría y oscura. Algunas noches hasta me quedaba dormida con el bañador puesto. Una mañana decidí atravesar el lago hasta la orilla de los chicos simplemente para decir que lo había hecho. Así que nadé sin parar, deleitándome en la sensación de cortar con las extremidades el agua tonificante, sin ser del todo consciente del socorrista que tocaba el silbato para que regresase.
Me detuve para comprobar mi avance, y fue entonces cuando lo vi. Debía de haber tenido la misma idea de llegar a la orilla de las chicas.
—Hola —gritó.
—Hola —respondí.
Nos quedamos parados, flotando en el agua a unos cinco metros el uno del otro, mirándonos. Las nubes se amontonaban sobre nuestras cabezas. En cualquier momento empezaría a llover. En ambas orillas, los socorristas nos pitaban frenéticos. Nos acercamos un poco más, lo suficiente para tocarnos las puntas de los dedos. Era pelirrojo y tenía más pecas que nadie a quien hubiera conocido, chico o chica; era tan pecoso que apenas se veía la palidez subyacente. Me dirigió una sonrisita cómplice, como si ya nos conociéramos y hubiéramos quedado en vernos allí, en pleno centro de un lago en el que nadie más quería adentrarse.
Volví la vista por encima del hombro.
—Creo que nos la vamos a cargar.
—No si nos quedamos aquí para siempre —dijo.
—No soy tan buena nadadora —repliqué sonriendo.
—Yo te enseñaré a quedarte flotando durante horas. Lo único que tienes que hacer es tranquilizarte y dejar que el cerebro flote. ¿Ves?
Se tumbó de espaldas y dejó que las orejas se le hundiesen bajo la superficie. Lo único que acertaba a ver era su cara en el agua, vuelta hacia el cielo, donde debería haber brillado el sol.
—¿Nunca te cansas? —pregunté, alzando la voz para que oyera.
El chico se irguió y sacudió la cabeza para sacarse el agua de los oídos.
—No.
Así que lo intenté. Ahora estábamos más cerca, lo bastante cerca como para que tendiese la mano y tocase la mía. Yo volví a emerger y me reí al tiempo que tamborileaba con las puntas de los dedos por su brazo, arriba y abajo.
—Ya lo sé —dijo—, tengo muchísimas pecas.
Los socorristas a ambas orillas del lago seguían pitando (podía oír los silbatos incluso con los oídos bajo el agua), pero sabíamos que no se meterían para sacarnos. Ni siquiera los socorristas querían nadar en aquella agua.
No tengo ni idea de cuánto tiempo seguimos allí, pero imagino que no sería tanto como recuerdo. Si esta fuera la historia de cualquier otra persona, ese habría sido el momento en el que conocí al amor de mi niñez.
Se llamaba Luke y a lo largo de los días siguientes encontró formas de verme. En dos ocasiones dejó una nota sobre mi almohada y un día, después de comer, me condujo rodeando la parte trasera del salón de entretenimiento con una caja de zapatos bajo el brazo. Una vez que encontramos un lugar apartado, quitó la tapa y me enseñó una colección de caparazones de cigarras.
—Los encuentro entre los arbustos —me dijo, como si fuera un gran secreto—. Son exoesqueletos. Se deshacen de ellos una vez en la vida. ¿No mola?
Extrajo uno de los caparazones de la caja y se lo llevó a la boca.
—Están bastante buenos —dijo mientras masticaba—. ¿Por qué pones cara de asco?
—No la pongo.
—Sí que la pones. No seas así. —Luke extrajo un segundo caparazón—. Toma, pruébalo. —Crunch, crunch—. Tengo que coger un salero a la hora de la cena; estarán aún más ricos con un poco de sal.
Me puso el caparazón en la palma de la mano y me quedé mirándolo. Entonces algo titiló en un oscuro rincón de mi mente: yo sabía de cosas que no estaban hechas para comerse.
En ese momento sonó el silbato del recuento de la tarde. Dejé caer el caparazón de cigarra en la caja de zapatos y eché a correr.
Aquella noche encontré una tercera nota bajo la almohada. Las dos primeras las había escrito como si se estuviera presentando a un nuevo amigo por correspondencia: «Me llamo Luke Vanderwall, soy de Springfield, Delaware, y tengo dos hermanas pequeñas, este es mi tercer verano en el Campamento Ameewagan y es mi momento favorito de todo el año. Me alegro de que estés aquí. Ahora tendré a alguien con quien nadar aunque debamos saltarnos las reglas...».
Esta era breve. «Reúnete conmigo fuera a las once de la noche y nos iremos juntos y correremos muchas aventuras».
Aquella noche me dejé el bañador bajo el pijama. Me quedé tumbada en la cama hasta oír la respiración acompasada de todo el mundo y entonces abrí la puerta de malla y salí de la cabaña. Luke ya estaba allí, un poco más allá del arco de la luz del porche. Fui de puntillas hasta él, me agarró de la mano y tiró de mí hacia la oscuridad.
—Vamos —susurró.
—No puedo.
«No debo».
—Por supuesto que puedes. ¡Venga! Quiero enseñarte algo.
Cogidos de la mano, dejamos atrás el salón de entretenimiento de vuelta hacia el campamento de los chicos. Al cabo de unos minutos atisbé las cabañas a través de los árboles, pero entonces tiró de mí para alejarme de ellas y que me adentrara en la oscuridad.
El bosque estaba vivo de un modo que nunca había advertido durante el día. Una pizca de luna creciente se entreveía por encima de los árboles, brindándonos apenas luz suficiente para distinguir el entorno, y las luciérnagas, con sus luces amarillo verdoso, revoloteaban por doquier. Me pregunté qué se dirían las unas a las otras. Corría una brisa nocturna, tan fresca y agradable que imaginé que los pinos exhalaban aire bueno y limpio, y el bosque canturreaba con una orquesta invisible de cigarras, lechuzas y ranas toro.
Una vaharada de humo de leña me hizo cosquillas en la nariz. Fuera de Ameewagan, pero no demasiado lejos, alguien había encendido una hoguera.
—Podríamos ir a por un perrito caliente —dijo Luke con añoranza. Al cabo de un momento vi brillar algo ante nosotros, pero al acercarnos me di cuenta de que no era una fogata.
Había una tienda roja en mitad del bosque, completamente iluminada desde el interior. No era una tienda de verdad —de esas con varillas extensibles de metal y una cremallera que se compran en las tiendas—, por lo que resultaba aún más misteriosa. Luke había encontrado una lona roja y la había extendido sobre una serie de cuerdas de tender dispuestas entre dos árboles. Por un momento o dos me quedé parada, mirándola. Desde allí podía fingir que era una tienda mágica y que, al entrar, me encontraría en mitad de un bazar marroquí.
—¿Lo has hecho tú?
—Sí —respondió—. Para ti.
Fue la primera vez que recuerdo haberlo sentido. De pie junto a Luke en la oscuridad, inhalé el cálido aire nocturno y descubrí que podía oler hasta las fibras de algodón entre los dedos de sus pies. Todavía conservaba el hedor del lago, fangoso y como de huevo podrido. No se había lavado los dientes después de cenar, así que cada vez que respiraba olía el chile en polvo de los sándwiches de carne picada.
Entonces, poco a poco, fue apoderándose de mí, haciéndome estremecer: el hambre y la certidumbre. No sabía nada de Penny Wilson. Simplemente tenía la sensación de haber hecho algo horrible cuando era pequeña y de que estaba a punto de repetirlo. La tienda no era mágica, pero sabía que uno de nosotros no volvería a salir de ella.
—Tengo que regresar —dije.
—¡No seas cobardica! No va a encontrarnos nadie. Todo el mundo está dormido. ¿No quieres jugar conmigo?
—Sí —susurré—, pero...
Me cogió de la mano y me condujo bajo la lona.
Para ser un escondrijo improvisado, estaba bastante bien provisto: dos latas de Sprite, un paquete de galletas rellenas de higo y una bolsa de Doritos, un saco de dormir azul, su caja de caparazones de cigarra, una linterna eléctrica, una novela de Elige tu propia aventura y una baraja de cartas. Luke se sentó con las piernas cruzadas y sacó una almohada del saco de dormir.
—He pensado que podíamos dormir aquí. He apartado todos los palos del suelo. Sigue estando duro, pero imagino que será una buena forma de entrenamiento de supervivencia en la naturaleza. Cuando sea mayor, voy a ser guardabosques. ¿Sabes lo que es un guardabosques?
Negué con la cabeza.
—Patrullan los bosques y se aseguran de que nadie esté talando árboles o disparando a los animales o haciendo otras cosas malas. Eso es lo que yo voy a hacer.
Cogí el libro de Elige tu propia aventura: Huida de Utopía, de William Olin. En la cubierta aparecían dos niños perdidos en la selva, mientras a sus pies la tierra se desmoronaba y se abría un abismo. «¡Elige entre trece finales distintos! ¡Tus decisiones pueden conducirte al éxito o al desastre!».
Al desastre. Lo presentía.
—¿Sprite? —Abrió una lata y me la tendió—. Toma, cómete una galleta. —Cogió una para él y fue mordisqueando los bordes—. Pero antes de convertirme en guardabosques voy a hacer triatlón.
—¿Qué es un triatlón?
—Es cuando corres cien kilómetros, vas en bici cien kilómetros y nadas cien kilómetros, todo en un día.
—Menuda bobada —respondí—. Nadie puede nadar cien kilómetros.
—¿Cómo lo sabes? ¿Alguna vez lo has intentado?
Me reí.
—Claro que no.
—Bueno, ahora sabes cómo flotar para siempre. Es un buen comienzo. Yo puedo flotar para siempre, pero tengo que conseguir nadar para siempre también. Así que voy a entrenarme y entrenarme, todo el tiempo que haga falta, hasta lograrlo. Y luego voy a montar en mi caballo por las Montañas Rocosas y a luchar contra los incendios forestales y a vivir en una casa en un árbol que habré construido yo. Va a tener dos plantas, como una casa de verdad, solo que se subirá por una escala de cuerdas y se bajará por un poste deslizante. —Frunció el ceño al darse cuenta de algo—. Aunque el poste tendrá que ser de metal, para que no se me claven astillas.
—¿Cómo vas a comer? Hay que tener una cocina, pero entonces podrías incendiar la casa.
—Oh, mi mujer cocinará para mí. Aún no sé si la cocina estará en el suelo o en lo alto del árbol.
—¿Tu mujer tendrá su propia casa en un árbol?
—No creo que necesite una casa propia, pero si quiere podrá tener una habitación en otra rama. Puede que sea una artista o algo.
—Suena bien —dije con tristeza.
—¿Qué te pasa? Creía que te gustaba estar fuera.
—Y me gusta.
—Creía que esto te haría feliz.
—Y así es. Pero vas a meterte en un lío si no vuelves a tu cabaña.
—Bah, no me importa limpiar las mesas mañana en el comedor —respondió, haciendo un gesto de despreocupación con la mano—. Esto merece la pena.
«Mañana». La palabra sonaba extraña, como si ya no significase nada.
—No es eso lo que quería decir.
—Ya pensaremos en ello por la mañana. Siéntate a mi lado y jugaremos al culo sucio antes de irnos a dormir.
Me senté a su lado y cogió el mazo de cartas. Empezamos a jugar. Mientras él las sostenía en alto escogí una (el culo sucio, claro). La guardé entre mis cartas y se las ofrecí, pero negó con la cabeza y me dijo que las barajara. Yo no podía pensar en la partida. No dejaba de oler el chile en polvo y el huevo podrido y las fibras de algodón. Su entusiasmo, su energía, su sed de aire libre: todo ello también tenía olor, como de hojas húmedas, piel salada y chocolate caliente en un jarrillo de lata que se amoldaba a la forma de sus manos.
—No quiero seguir jugando —musité. «No crecerá. Nunca será guardabosques. Nunca montará otro caballo. Nunca luchará contra los incendios forestales. Nunca vivirá en una casa en un árbol».
Luke dejó caer las cartas y me tomó las manos.
—No te vayas, Maren. Quiero que te quedes.
No quería irme. De verdad, de verdad que quería quedarme. Me incliné y lo olí. Chile en polvo, huevo podrido, fibras de algodón. Posé los labios en su cuello y dejé que se tensara con la anticipación. Llevó la mano hasta mi coleta y la recorrió con la mano, como si acariciara un caballo. Respiró sobre mí, y olí el chile, y así, sin más, ya no hubo vuelta atrás.
Salí dando tumbos de la tienda roja en dirección al lago, hacia el borde del muelle, y arrojé la bolsa de la compra al agua. Luego me quité el pijama y lo lancé lo más lejos posible. Contemplé cómo mi camiseta de La sirenita se hundía bajo la superficie del lago, oí cómo la bolsa de plástico borboteaba al llenarse de agua.
Me dejé caer en el muelle y comencé a balancearme adelante y atrás tapándome la boca con las manos para ahogar el grito, pero este golpeó contra mi cara hasta que sentí cómo los ojos se me iban a salir de las órbitas. Al final comprendí que no podría retenerlo, así que me tumbé sobre las planchas, sumergí la cabeza y lo dejé ir hasta que el agua me entró por la nariz y esta empezó a arderme.
No fue hasta que subí de vuelta por el sendero entre los pinos —mojada, fría y temblando por fuera, horriblemente cálida y llena por dentro— cuando pensé en mi madre. «Ay, mamá. Vas a dejar de quererme cuando te enteres de lo que he hecho».
Me introduje en la cabaña haciendo el menor ruido posible y me puse el pijama de repuesto encima del bañador. Si alguien me preguntaba, diría que había ido al cuarto de baño. Me quedé temblando en la cama, acurrucada, como si pudiera aislarme del mundo. Quería ser una cigarra. Quería desprenderme de mi piel y dejarla entre los arbustos y que nadie me reconociese, ni siquiera mi propia madre. Sería una persona completamente distinta y no recordaría nada.
Por la mañana llovía, y tenía las uñas manchadas de rojo. Me puse el poncho, escondí las manos y corrí hasta el cuarto de baño. Las froté sin parar bajo el grifo y, aun así, seguía viéndolo. Alguien salió de los establos para lavarse las manos y me miró raro. Mis uñas no podían estar más limpias.
Seguí al resto de las chicas hasta el comedor, tan aturdida que no sentía el suelo bajo los pies. Me puse en la fila del bufé. Cogí un gofre, pero no me sabía a nada. El director del campamento se levantó delante de nosotros y encendió el micrófono.
—Lamentamos enormemente tener que deciros que uno de vuestros compañeros ha desaparecido. Por vuestra seguridad, se lo hemos notificado a vuestros padres y vendrán a buscaros a todos esta tarde. Entretanto, cuando acabéis de desayunar, volveréis a vuestras cabañas. Nadie tiene permiso para ir a ninguna instalación del campamento hasta que lleguen sus padres.
Cuando salimos del comedor, vimos que había furgonetas de los canales y emisoras de noticias locales en el aparcamiento. El director del campamento se negó a hablar con los periodistas.
Las niñas de mi cabaña se apiñaron alrededor de la mesa de pícnic que había en el centro de la habitación.
—He oído hablar al director al salir del baño —susurró alguien—. Creen que han asesinado a Luke.
Las demás chicas ahogaron un grito.
—¿Por qué iban a pensar eso? ¿Quién habrá sido?
—Chicas —las interrumpió nuestra monitora desde el otro lado de la habitación. Estaba de brazos cruzados junto a la puerta de malla, contemplando cómo la lluvia convertía en un lodazal el sendero entre los árboles—. No quiero oíros decir nada más del tema. Basta.
Hasta entonces había sido divertida, siempre estaba dispuesta a trenzarnos el pelo o a jugar una partida de cartas. Era culpa mía que ya no sonriese, culpa mía que Luke hubiera desaparecido, culpa mía que todos tuviéramos que volver a casa. Me quedé en la cama, vuelta hacia la ventana, fingiendo leer.
La tormenta arrecia, el agua sube en un río de lodo hasta llegarte a la cintura. Deambulas por la selva durante días, incapaz de encontrar un lugar seco en el que dormir. Agotado, cierras los ojos, te hundes bajo la superficie y la corriente te arrastra.
