
La nieve espesa dificulta mi camino, el calor de mi cuerpo se escapa con cada bocanada de aire y se condensa en mis pestañas, húmedas a causa de mi propio vaho y congeladas por el frío gélido que envuelve la oscuridad de los bosques. Mis pisadas hacen un sonido hueco sobre la nieve a medida que mis botas de cuero la atraviesan, anclándome al suelo y ralentizando mi paso.
Me calo bien la caperuza, para ocultar el rostro de la nieve incipiente que llora desde el cielo, y sigo adelante, con la ropa acartonada por el viento húmedo que lame la tela. Un escalofrío me recorre el cuerpo agarrotado y me atraviesa los músculos como si de un puñal de hielo se tratase. Se me escapa un quejido que se ve ahogado por el crujir de las botas.
A lo lejos veo la primera columna de humo, el refulgir de los hogares encendidos en el interior de las casuchas de la capital. En cuanto llego a la linde de la ciudad, me sacudo la nieve de los hombros, que cae como una segunda piel tras de mí, y me adentro en las calles adoquinadas y resbaladizas a causa de la escarcha.
Aprieto los dientes con fuerza cuando casi me caigo y me estabilizo con un movimiento de brazos.
—Maldita sea... —mascullo.
Siento la presión creciendo en mi pecho, la incipiente sensación de que no tendría que haber abandonado mi choza, de que esto no es lo correcto ni propio de mí. Pero la bestia duerme ahora y es el momento de dar un paso adelante.
Ubico la taberna de Los Siete Cabritillos de un vistazo, desde donde me llega el barullo de una multitud hablando. Las sombras se dibujan sobre el pavimento desde las ventanas alumbradas con candiles. Me asomo con cuidado al cristal empañado y miro a través de la rendija que dejan las cortinas cerradas para evitar que los vean desde fuera. El interior está atestado, ni siquiera hay taburetes libres, gente apiñada frente a la enorme chimenea que cubre casi una pared entera, con unas peligrosas llamas naranjas que lamen la piedra negra. Uno de los ciudadanos está hablando para el resto, con una jarra de madera en la mano y subido a un banco. Todos le prestan atención, sin despegar los ojos de él. Quizá sea el momento.
Cojo aire con fuerza y lo retengo un instante en los pulmones, aunque no aguanto demasiado a causa del frío que siento por dentro. Muevo las manos varias veces, para despertar los dedos entumecidos, y abro la puerta de la taberna, que chirría con sus bisagras oxidadas. El silencio se hace amo y señor del interior del local en cuanto los parroquianos me reconocen, con mi caperuza roja calada hasta los ojos, sin necesidad de verme la cara para saber quién soy.
No digo nada ni saludo, a pesar de no haber sido invitada a esta reunión clandestina; simplemente me adentro en el calor de la taberna y cierro tras de mí antes de acercarme a la barra. Un sinfín de ojos, entre curiosos y asustados, me siguen en mi corto recorrido. En cuanto doy un par de pasos, un vecino se levanta de su taburete para alejarse de mí y cederme el sitio. La camarera, una de los septillizos que regentan el local así como zonas de pastoreo, se acerca con cuidado.
—Ponme una cerveza de jengibre —le digo antes de darle ocasión a que se le quiebre la voz al preguntarme qué quiero.
Ella asiente, con manos temblorosas, y desaparece para preparar la bebida. Clavo la vista en la madera añeja de la barra y aguardo, siendo del todo consciente de que el silencio sigue reinando y de que todos están pendientes de mí. Sin embargo, sin un buen trago no voy a ser capaz de soportar todo esto. Oigo algunas toses, un par de murmullos y cuchicheos al fondo, justo en el lado contrario, pero todos me temen lo suficiente como para pronunciar algo.
Dejo los guantes de cuero sobre la superficie, bien cerca de mí para no molestar a nadie más con mi presencia, y me froto los dedos con vehemencia para hacer que entren en calor. Tengo las yemas amoratadas, al igual que, casi con total seguridad, la punta de la nariz. La tabernera deja la jarra de madera frente a mí y la veo tragar saliva sin siquiera terminar de alzar la cabeza.
—Son cinco reales de cobre.
Extiende la palma y espera, paciente, mientras rebusco en mi bolsa. Pago sin mediar palabra y sin poder deshacerme de la sensación tan pegajosa de que sobro, de que nadie me quiere aquí y de que no estoy hecha para mezclarme con la civilización.
Me llevo la jarra a los labios y le doy un trago largo, reprimiendo el estremecimiento que me recorre el cuerpo con la bebida caliente. La vuelvo a apoyar sobre la mesa, con demasiada fuerza, y clavo la vista en los nudos de la madera. Por toda la magia, ¿es que también esperan que hable yo?
Estoy a punto de girarme hacia ellos, a encararlos y a pasar por todo esto cuanto antes, cuando la puerta de la taberna se abre con ímpetu y rebota contra la pared. El gélido aliento de la noche se cuela en el interior, mece las llamas de las velas y del hogar y crea mucha más expectación que mi propia entrada.
—¡Cierra, hombre! —lo reprende otro de los septillizos pasados unos segundos en los que quien ha llegado se queda en el umbral. Observándome.
Siento su mirada clavada en la nuca y, a juzgar por lo tenso que se vuelve el silencio, acallando incluso los cuchicheos de mi llegada, sé perfectamente quién es. Me crispo al instante, oculta al amparo de mi querida caperuza, y cualquier tentación de iniciar la conversación de una vez por todas desaparece de un plumazo. Oigo la puerta cerrarse, sus botas sobre la madera vieja y el crujir del cuero al quitarse los guantes. Por suerte para todos, se aleja de mí, y la tensión de mis músculos se diluye con cada pisada en dirección contraria.
El discurso esperanzador revive pasados unos segundos de silencio, animado por el hombre vivaracho que hablaba sobre el banco al entrar. Menciona el estado de precariedad en el que vivimos, lo complicado que está siendo sobreponerse a la maldición, los estragos de la magia sobre nosotros y bla, bla, bla. Doy otro trago, uno bien largo para mentalizarme de la conversación que, casi seguro, voy a tener que afrontar y vuelvo a apoyar la jarra sobre la mesa.
Suspiro con resignación y me giro sobre el taburete, con la espalda erguida para mantener mi reputación. En cuanto me doy la vuelta, me veo atraída hacia sus iris ambarinos enmarcados por esas cejas tupidas (una de ellas atravesada por una larga cicatriz que le pasa por encima del ojo y otra con dos pequeños cortes que le dividen el vello). Sigo con el escrutinio hacia sus gruesos labios apretados en una delgada línea. Ahora tiene más pendientes, uno de ellos un aro de oro en la parte superior del arco de la oreja derecha. Lleva la capa de pelaje negro algo abierta, para librarse del calor sofocante de la taberna y que sus armas (una espada corta con pomo de cabeza de lobo de ojos rojos y otra larga) queden visibles; en medio del pecho, sobre la camisa blanca, brilla una piedra azul atada con una cuerda al cuello, a modo de colgante.
Está recostado contra la pared de piedra, al lado del hogar, con los hombros empapados de nieve que se derrite al estar junto al fuego. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y el peso de su cuerpo repartido sobre una única pierna, con la otra apoyada contra la piedra en una postura indiferente; sin embargo, la dureza de su rostro insinúa todo lo contrario. No aparta los ojos de mí y yo hago lo mismo hasta que me llaman.
—Roja, ¿nos vas a ayudar?
—¿Qué gano yo a cambio?
—Librarte de la maldición —dice una chica bajita, de timbre muy agudo, con un ligero temblor en la voz. No la localizo en un primer vistazo, pero tampoco me importa demasiado.
—Vivo muy bien con ella.
—No es lo que dicen... —interviene él con una risa entre dientes que me pone de mal humor y cuyo tono, rasgado y grave, tan inconfundible, me eriza la piel.
—¿Quién lo dice? ¿Tú? —le escupo con ira mal contenida sin apartar la vista de él.
Enarca la ceja con la cicatriz y, acto seguido, la tensión vuelve a respirarse en el ambiente. Sin embargo, me obligo a coger aire para tranquilizarme, porque soy muy consciente del motivo de su presencia en la taberna. Para mi sorpresa, no responde y lo deja estar.
—Trabajo por dinero —digo pasados unos segundos de silencio—. Mis servicios no son baratos.
—Llegará un día en el que la maldición te afecte a ti también —interviene otro de los septillizos mientras se afana en limpiar una jarra—. Te afectará de verdad.
Aprieto los dedos alrededor de la jarra y hago una mueca ante su comentario. Ya me afecta de verdad, solo que no quiero que ellos lo sepan. No me conviene que esta situación sirva como precedente para conceder más favores, necesito mi remuneración a cambio, por mucho que ahora yo sea la primera interesada en acabar con todo esto.
Los rostros de los habitantes que me rodean mutan de la estupefacción al enfado, pasando por la incredulidad y el temor. Un cuadro en todo su esplendor. Escondo el rostro detrás del fondo de la jarra y la apuro hasta el final; ya no podré volver a usarla como escudo.
—No eres tan intocable como crees ser. —Esta vez, la que habla es una señora de pelo gris y gafas redondas que me estudia con severidad—. Y si no aceptas, en algún momento te arrepentirás de no haberte arriesgado a sacrificar algo por el bien de los demás.
Al sentir de nuevo la garra atenazante de la culpabilidad, el rostro se me crispa de una forma tan evidente que a la señora se le quiebra la voz al final del discurso. No tengo que decir nada para que ella sepa, a la perfección, que se ha acabado su turno de palabra.
«No lo mires, no lo mires, no lo mires...», me digo para intentar no reavivar la llama del enfado. Pero lo hago. Y cuando mis ojos se encuentran con los suyos, descubro una sonrisa ladeada de satisfacción que se me clava en el pecho con la curva que perfilan sus labios sobre su rostro.
«Calma, Roja. Has venido por voluntad propia, recuérdalo».
Cojo aire en dos tiempos y lo suelto en cinco.
—Últimamente me siento generosa —comienzo, a sabiendas de que, si no cedo, no llegaremos a ninguna parte—: acepto el encargo por tres tinajas de reales.
—¡¿Tres tinajas?! —repite un hombre borracho al otro lado de la taberna.
—Tres tinajas. Si os parece demasiado, siempre podéis encargaros de ella vosotros mismos.
—Yo de vosotros aceptaría —dice él, con sus ojos amarillos clavados en mí—. Es mejor tratar con las víboras cuando están tranquilas.
Sus palabras se me clavan en lo más profundo, pero tampoco puedo rebatirlas, porque es la reputación que me he granjeado.
—Más de uno habéis contratado mis servicios con anterioridad, sabéis de sobra que mi tarifa habitual es más elevada. —Me levanto y dejo la jarra sobre la barra para volver a ponerme los guantes, dispuesta a marcharme—. Aunque si os sigue pareciendo un precio injusto, a pesar de que me jugaré el pellejo, podéis pedírselo a otra persona.
Me recoloco la capucha sobre la cabeza y doy un paso hacia la puerta, mirándolo de refilón.
—¡Espera! —dice la misma vocecilla chillona del principio.
Esta vez sí la localizo: una chiquilla de larga melena rubia trenzada sobre un hombro, de cuerpo menudo y estatura bastante reducida. Con rostro delicado, mejillas sonrosadas y penetrantes ojos verdes, se sube sobre un taburete para hablar con los ciudadanos. Si no me equivoco, es la muchacha que trabaja en el boticario.
—Tres tinajas no es un precio tan exagerado. Con que cada uno aportara un real de oro, tendríamos suficiente como para pagar sus servicios.
Los vecinos asienten ante su comentario, pronunciado con más valor de lo que cabría esperar de un cuerpo tan pequeño. Se escuchan murmullos de acierto, suspiros de alivio, pero en lo que más me fijo es en la respiración pausada de Lobo y en su mirada de superioridad, como si con ella intentase atravesarme el alma. Una lástima que no tenga de eso.
—Lo haremos entonces —conviene el hombre rechoncho tras un rato de discusión—. Te pagaremos cuando hayas finalizado el encargo.
Chasqueo la lengua y hago una mueca.
—Ni hablar. La mitad ahora y el resto al terminar.
Si creen que me voy a embarcar en una misión suicida sin ver un solo real de oro por adelantado, están chalados.
Los cuchicheos vuelven a alzarse entre el gentío y los labios de Lobo se estiran en otra media sonrisa autosuficiente. Está disfrutando con todo este circo, lo que no comprendo es por qué. Cuando quiero darme cuenta, la chiquilla está haciendo una colecta entre los presentes, cuenta lo que ha recaudado y me entrega un saco raído.
—Creo que con esto será suficiente —dice con sus diminutos ojos verdes clavados en mí. A pesar de que intenta demostrar entereza, no me pasa desapercibido que le tiembla la mano que sostiene el dinero.
Recojo el pago, sopeso su peso sobre la palma y lo anudo a mi cinto.
—Hay algo más —digo entonces. Aquí es cuando todo se puede ir al traste—. No voy a hacerlo sola, necesito compañía.
El silencio vuelve a reinar, como si se hubiese hecho con el aliento de cada pulmón de los aquí reunidos. Algunos rehúyen mi mirada, otros se fijan en sus seres queridos. Nadie quiere llevar a cabo esta misión, por eso han aceptado mi ayuda, pero hasta yo soy lo suficientemente consciente de la magnitud del encargo, no puedo exponerme a todo sola, mucho menos a ella.
—Iré contigo —dice la muchacha frente a mí, con la trenza rubia ahora cayendo sobre su espalda y las manos apretadas en puños.
—¿Tú? —pregunto con una ceja enarcada. Reprimo la risotada incrédula por respeto, porque casi con total seguridad será la única voluntaria que encuentre, pero ella es lo mismo que nada.
—Sí, yo.
—Está bien... —me resigno a decir—. ¿Alguien más?
Ni un alma se atreve a dar un paso al frente, nadie más tiene el coraje o es tan estúpido como para embarcarse en esto. Eso me hace observar a la chiquilla que espera junto a mí con otros ojos. ¿Qué se le habrá pasado por la cabeza para ofrecerse voluntaria? Ni lo sé ni me importa.
—Muy bien. Esperad noticias mías, aunque no pronto.
Me doy la vuelta con ímpetu, bastante incómoda con toda la interacción social de estos últimos minutos, y abro la puerta con fuerza. El frío lame mis mejillas y me revuelve los cabellos incluso por debajo de la caperuza.
—Te espero mañana en la plaza, con la última luz del día. No llegues tarde.
La chica asiente, con los hombros más relajados al poner distancia entre las dos, y me encaro a la oscuridad de la noche.
—Allí estaremos —dice Lobo entonces, con esa voz grave que no desaparece ni en mis mejores pesadillas.

El camino de vuelta hasta la choza se hace más pesado incluso que el de la ida. Luchar cuesta arriba contra la nieve que me llega hasta por encima de los tobillos me cuesta más de una caída. El olor a leña quemada en el interior del bosque guía mis pasos en medio de la penumbra más absoluta, rota únicamente por el farolillo que llevo en el cinto. Oigo mi respiración acelerada escapando de mi cuerpo y me froto los brazos para mantener el frío a raya. Un pie por delante del otro, eso es lo que importa.
Cuando veo el fulgor amarillo que se cuela por entre las contraventanas de la choza, a lo lejos, vuelvo a respirar con alivio. Ha sido otro trayecto más en el que no he tenido que sacar las armas, en el que el bosque me ha acogido en su seno sin intentar arrastrarme fuera de él, y debo dar gracias por ello.
Llego a la cabaña con la nariz y las pestañas congeladas y las rodillas, así como las palmas, enrojecidas a causa de frenar las caídas. Pateo el suelo un par de veces y me limpio los hombros y la capucha para deshacerme del máximo de nieve posible; después, me meto en la choza con la necesidad de entrar en calor arañándome la poca piel que llevo al descubierto.
El interior me abraza y me envuelve con cariño, y suspiro de puro gusto. Me dejo caer en uno de los amplios butacones frente a la chimenea y me froto las manos ya desnudas para calentarlas cuanto antes. Solo se oye el dulce crepitar de la madera en combustión y eso me traslada a un lugar en el que no existe nada de lo que me rodea, a uno que perdimos hace tanto tiempo que ni siquiera recuerdo cuánto ha pasado.
Acabo de volver de la reunión y ya me arrepiento de haber ido. Pero o lo hacía mientras la bestia dormitaba, o nunca. La culpa de la maldición cada día pesa más sobre mis hombros. Si tan solo hubiese aceptado la petición de las princesas antes, si las hubiese librado de sus tratos con el Hada Madrina entonces...
Sé que no me puedo achacar toda la responsabilidad, que las princesas fueron quienes pactaron con ella para librarse de sus respectivos hechizos. Pero ¿acaso no pensaron que toda magia conlleva un precio antes de nada? ¿Que conseguir príncipes, despertares y demás lindeces no iba a salirles gratis? Por supuesto que no. Y cuando el Hada Madrina apareció para reclamar el precio por su ayuda, se negaron a pagarlo.
—¿Cómo vamos a darle a nuestros primogénitos? —me preguntó Cenicienta entre lágrimas cuando me convocaron en el Palacio de Cristal.
Las tres tenían que ofrecer a sus hijos como pago por los hechizos, y ninguna estuvo dispuesta a ceder a la hora de la verdad. Cuando estás en un apuro y te ofrecen una salida a cambio de lo que sea, es muy sencillo aceptar sin pensar en las consecuencias. Más si eres una princesa jovencita y alocada a quien el futuro le queda demasiado lejano y solo le interesa el presente.
La vida les fue bien gracias a los favores del Hada Madrina, y cuando llegó el momento de engendrar herederos, años después, todas se habían olvidado de los tratos en los que habían cedido a sus primogénitos antes incluso de que estos nacieran.
De haber sabido todo lo que acarrearía mi negativa a ayudarlas entonces, de que nos enfrentaríamos a la bruma y al maleficio, habría tomado otra decisión.
«Con el sol una apariencia, con la luna otra. Esa será la norma hasta recordar la verdadera forma». Pensar en las primeras palabras que oí al despertar después de la maldición me hace estremecerme; esas que oímos justo antes de descubrir que el embrujo había dividido nuestro ser en dos y que una densa bruma había borrado nuestros recuerdos. ¿Por qué nos borró la memoria? Nadie lo sabe. Es uno de esos misterios que nadie se ha atrevido a resolver. En parte creo que fue una medida para ocultar la suplantación de las princesas, pero tengo la sensación de que esa mujer oculta secretos demasiado grandes.
Me sobreviene un escalofrío más intenso al rememorar uno de los míos, el del día que, cuando me acerqué a las inmediaciones del Palacio de Cristal en una caza, recobré un pedazo de mi memoria perdida y me quebré. Aquella fue la primera vez que recordé y es algo que no olvidaré jamás: el dolor que sentí entonces al rememorar la reunión con las princesas como si la estuviese viviendo en el momento; ese dolor que aún me atenaza los huesos cuando pienso en ello, en cómo mi mente consiguió despejar una parte de la bruma que inunda nuestra memoria a causa del embrujo. Recordé la conversación con las princesas de golpe, cómo me negué a ayudarlas. Y desde ese día la culpa no ha dejado de crecer más y más.
Porque mi negativa provocó que se instaurara la tiranía. Porque mi negativa resucitó la conciencia de las villanas e hizo que acabaran en los cuerpos de las princesas. Cenicienta, Blancanieves y Aurora han desaparecido, y ahora vivimos bajo el yugo de Lady Tremaine, Regina y Maléfica, las súbditas leales del Hada Madrina.
Y la única que parece recordarlo todo, de dónde venimos y por qué estamos aquí, soy yo. Gracias al desconocimiento de los demás, a que nadie me recrimina mi negativa a haberlas ayudado entonces, he conseguido esquivar la culpa hasta el momento. Pero me he mantenido al margen demasiado tiempo y ahora, ver a la abuelita tan mal...
Sacudo la cabeza, dispuesta a continuar con lo que he empezado. Me levanto por fin y dejo la caperuza roja en el perchero, las botas raídas bajo él y el cinto con el candil y el dinero sobre la mesa vieja del salón. Me acerco a la fresquera y saco un poco de queso y pan duro, que rebano con esfuerzo, para llevarme algo al estómago después de las dos caminatas que me he pegado en una sola noche. Lo mastico con lentitud, sin perder detalle del chisporroteo de la leña, como si fuese la nana más interesante del mundo, pero ni con esas consigo que los párpados me pesen lo mínimo como para dormir.
Termino de comer, echo un par de leños más al hogar y entro en el dormitorio. En la enorme cama de matrimonio que preside la habitación, la abuelita descansa con una respiración pausada. Me acerco a ella para arroparla hasta el cuello y murmura algo en sueños. Me siento sobre el estrecho camastro que hay en la pared contraria y me permito estirar un poco los músculos antes de cambiar las ropas de cuero por cómodas piezas de lana. Me deleito con su cuerpo tranquilo, sumido en un sueño profundo que me provoca cierta envidia, así que me levanto y vuelvo al salón.
En la amplitud de la sala, tan solo iluminada por la chimenea, me pregunto por primera vez dónde me he metido realmente. ¿Quién soy yo para aceptar una empresa como esta? ¿Acaso me creo el Príncipe Azul?
Tengo que dar con un modo de deshacer la maldición y acabar con ella de una vez por todas, aunque pensarlo es mucho más sencillo que lograrlo. Suspiro, resignada, pues no hay nada que pueda hacer ya, y me enfrento a la enorme estantería que ocupa la pared del fondo. Observo el montón de libros que he ido acumulando todos estos años como cazarrecompensas, los cuadros dispersos que pinté hace tantos años y que adornan las baldas y la talla del lobo sentado, que no recuerdo de dónde salió.
Paso las yemas por los lomos maltrechos y repaso con la vista los títulos, la mayoría borrados por el paso de los años y el uso. Hay algunos que directamente compré así, otros que he usado hasta la saciedad y otros que ni siquiera he llegado a abrir nunca porque no sé de dónde salen; supongo que son herencia de mis padres, aunque no los recuerde.
No sé por dónde empezar, así que me limito a sacar un libro tras otro, a ojearlos para ver si la información aparece ante mí por arte de magia. Me esfuerzo en mantener la paciencia mientras la noche se desdibuja dejando paso al día, sentada en la mesa del salón estudiando los tomos. Releo por encima algunos libros de historia, que narran la toma de poder y los años de desgracia. Nada que no sepa ya.
Con cada hora que transcurre, mi humor se amarga un poco más, el ceño se frunce y la bilis me trepa hasta la garganta, donde suele residir de forma habitual. Todo esto es un despropósito, un sinsentido y una soberana estupidez. ¿Qué pinto yo ayudando a esa gente? No se merecen nada más que mi desprecio.
Sin poder remediarlo, el rostro duro de Lobo se materializa en mi mente, nítido como si lo tuviese delante ahora mismo. Veo con total claridad la cicatriz que le cruza la ceja y el pómulo, la carne de distinta tonalidad a su tez oscura ahí donde la piel se ha regenerado. Sus ojos amarillos escondidos entre el follaje del bosque, observándome, al acecho.
Doy un manotazo sobre la mesa de madera, que hace retumbar la jarra de cerámica de la que me estaba sirviendo vino especiado, y me levanto con ímpetu. La silla se arrastra sobre el suelo con un chirrido y abro los postigos de la ventana de par en par para asomarme al exterior, sin importarme que la nieve que se precipita desde el cielo me acaricie las mejillas con su tacto gélido. El viento se enreda en mis tirabuzones y su aullido se cuela en cada centímetro de la cabaña, acallando el crepitar de la madera en la chimenea.
—¡Ven a por mí! —le grito a la nada—. ¡No te escondas!
Sé que está ahí. Lo siento dentro de mí. Es como un tirón que me arrastra hacia él de forma irrefrenable. Una y otra vez. Una y otra vez.
Recorro la vista por la linde del bosque, entre los matorrales y altos árboles cubiertos por la nieve, retorcidos de una forma que sugiere que en cualquier momento sus ramas se quebrarán con estruendo. Pero no veo nada. Busco el brillo ambarino de esos ojos animales que tan bien conozco, esos que veo incluso con los párpados cerrados, en el centro de mi mente. Aprieto la madera del alféizar con fuerza, con la respiración cortada, atenta a cualquier ruido, por nimio que sea, que me confirme mis sospechas. El sol ya emite sus primeros rayos sobre la tierra y arranca unos destellos brillantes a la nieve que cegarían a cualquiera. Sin embargo, no permito que eso me impida seguir con el escrutinio. ¿Por qué tiene que venir? ¿Por qué no me deja en paz?
Lo sabes muy bien.
La voz de la bestia dentro de mí retumba contra cada milímetro de mis huesos. Estaba tardando en despertar.
Con el amargor clavado en la garganta, vuelvo a cerrar la ventana y me giro hacia las pilas de libros que hay por todas partes, amontonados en columnas desde el suelo, desparramados sobre la mesa, las estanterías ahora vacías por haber perdido a sus habitantes...
La rabia me invade y lo pago con los libros. Los pateo, golpeo y lanzo contra la pared sin ser capaz de contener los gruñidos de frustración e impotencia. Con la respiración acelerada, los dedos llenos de cortes a causa del papel y enfrentándome a una estancia que parece haber luchado contra un vendaval, me quedo plantada en mitad de la sala, con el fuego ya casi extinto, hasta recobrar el aliento.
Por esto ayudas a esa gente.
Suelto otro bufido disconforme y me dejo caer sobre el sillón, con los ojos apretados con fuerza para sumirme de nuevo en la oscuridad y conseguir que la bestia vuelva a su letargo, pero sé perfectamente que es inútil: cada vez que cierro los párpados, vuelvo a ver su rostro de facciones duras como si lo tuviera a una caricia de distancia.
¿Eso querrías? ¿Acariciarlo?
Es imposible estar tranquila conmigo misma durante el día, así que ignoro sus comentarios al mismo tiempo que trago saliva para serenarme un poco. De nada sirve dejarme llevar por estos arrebatos de ira provocados por la bestia, porque así no desaparecerá todo lo que tengo dentro, por mucho que quiera.
—¿Niña?
La voz débil de la abuelita me pone en alerta y me levanto de golpe. De varias zancadas amplias, me planto en el dormitorio, donde la abuelita se ha recostado sobre la cama, tapada por las mantas hasta la cintura. Me recibe con su sonrisa afable, esa que le arruga el rostro aún más y hace que hasta los ojos le desaparezcan entre los pliegues de la piel.
—Buenos días, corazón.
—Buenos días, abuela —respondo mientras me siento en el borde de la cama.
—¿Lo tienes ya todo listo?
Suspiro con resignación y encierro la mano de la anciana entre las mías para darle un beso largo en el dorso. Ella me acaricia la mejilla después, con delicadeza y cariño, sin que esa sonrisa sempiterna se desdibuje de sus comisuras.
—Sí, abuela.
Le devuelvo la sonrisa aunque por dentro esté rabiando de pena.
—No te olvides de devolverle los frascos a tu madre.
El corazón se me encoge más si cabe y asiento, con un nudo en la garganta que me impide pronunciar palabra alguna.
—Llévale también un tarro de la mermelada que preparé ayer, que me ha quedado muy rica.
Ayer la abuela no salió de la cama, igual que antes de ayer y el día anterior. Lleva sin levantarse, salvo para ir al baño o cocinarse algo cuando yo no estoy, tanto tiempo que apenas lo recuerdo, como todo lo relacionado con las agujas del reloj, que se desdibujan en nuestras mentes hasta formar una nebulosa de recuerdos apelotonados e informes.
Ella, sin embargo, ni siquiera es consciente de este detalle; sigue anclada en la vida real y funcional, sin recordar el estado en el que vivimos desde hace años, olvidando el día anterior y reviviendo lo mismo una y otra vez. Aún cree que todas las mañanas hago el camino entre la casa de mi madre, al otro lado del bosque, y su cabaña, con mi caperuza roja sobre la cabeza y la cestita de mimbre en la mano. Aún cree que tengo diez años.
Ella es como un péndulo, que va y viene entre épocas pasadas. Es todo lo contrario a los demás, a lo que sufrimos el resto, sin ser capaces de recuperar esos fragmentos del pasado robados. Ella lo que no tiene es presente y, para mi desgracia, cada vez estoy más convencida de que tampoco le queda mucho futuro.
—Le llevaré lo que tú me digas, abuelita.
—Buena chica...
Vuelve a sonreír y a acariciarme la mejilla.
—¿Necesitas algo más antes de que me vaya?
—No, corazón, vete tranquila. Yo me quedo aquí haciendo punto.
Se inclina sobre la mesita de noche y saca sus agujas y una madeja de lana, donde lleva años intentando hacer una bufanda de puntos saltados, apretujados, sueltos y reliados. No es más que un gurruño de lana que se empeña en estirar.
—Cuando la acabe, será para ti. Creo que te favorecerá mucho, resaltará esos ojos que tu madre te dio.
Me pellizca la mejilla y me contagia la sonrisa. A pesar de que apenas recuerdo nada de mi madre, tengo la sensación de echarla de menos.
Llevas la muerte en la sangre. Te sigue allá donde vayas.
Aprieto los dientes con fuerza y me controlo para que la sonrisa no desaparezca y preocupe a la abuela por culpa del maldito comentario de la bestia. Sin añadir nada más, me levanto y camino hacia la puerta.
—Entonces me voy ya. Volveré al anochecer.
—Cuídate del lobo.
El corazón me da un vuelco al escucharla, aunque es lo mismo que pronuncia cada mañana.
Él tendría que haberse cuidado de ti.
—Y no te olvides la caperuza.
—Sí, abuela, nunca la olvido.

No voy a salir de casa, eso lo tengo muy claro, no mientras siga siendo de día y la bestia esté despierta, pero la abuelita no tiene por qué saberlo. Así que cierro la puerta tras de mí y me recuesto contra ella, con un suspiro entre los labios. Por inercia miro hacia mi derecha, a la puerta cerrada que parece observarme a su vez. No sé bien por qué, pero camino hasta ella y la abro despacio, con los chirridos de unas bisagras muy oxidadas como sinfonía. El interior está lleno de polvo y de sábanas viejas ocultando lo que hace tanto tiempo que no quiero ni ver.
Paseo entre el desorden amontonado y acaricio las diferentes telas. Me detengo frente al mueble junto a la venta y, de un tirón, lo destapo. El polvo me hace toser y apartar la cabeza.
Podrías limpiar aquí de vez en cuando.
«¿Para qué? Es mejor que todo esto esté aquí encerrado. Ya no me identifico con ello».
Paso los dedos sobre el caballete con un lienzo a medio terminar, una puesta de sol en un acantilado con una figura masculina sentada de espaldas. Suspiro con resignación y lo vuelvo a tapar, a sabiendas de que nunca lo terminaré. Cuando me doy la vuelta, me encuentro con el cuadro que siempre me ha generado cierta angustia. Es un paisaje espléndido, una estampa idílica de una noche estrellada en la cima del mundo, con todo Fabel a los pies. Y me revuelve algo por dentro porque sé que es mío, me lo confirman los trazos gruesos tan característicos, pero no tengo recuerdo de haber presenciado semejante maravilla. Y eso no hace más que recordarme que estoy incompleta, que se nos ha arrebatado demasiado, y que es probable que me arrebaten algo más.
Con un cabeceo, aparto esa idea de la mente y me obligo a no pensar en la abuelita según abandono lo que en un pasado fue mi estudio de arte. Al otro lado de la puerta me espera el caos de libros que yo misma he provocado. Si la luna reinase en el firmamento, sé que me habría sentido mal por el destrozo ocasionado, las innumerables páginas arrancadas de sus lomos, dobladas o rotas sin más; los libros abiertos en formas dolorosas; los lomos rajados... Sin embargo, durante el día todo me da igual. Me basta y me sobra con no sucumbir a los impulsos de la bestia que llevo dentro.
Me agacho y empiezo a recoger los libros, a cerrarlos sin demasiado cuidado de no doblar más páginas y a estirar el papel con poca delicadeza, todo sea dicho. Los voy apilando de nuevo sobre la mesa de cualquier forma. Lo único que me interesa es poder volver a caminar por la cabaña sin matarme por tropezar con un libro. Aunque sigo teniendo esos ojos amarillos clavados en la parte trasera de mi mente, como si estuviesen estudiando cada una de mis decisiones, me centro en los movimientos mecánicos de recoger los tomos.
Tendrías que salir ahí fuera y acabar lo que empezaste.
«No te escucho».
Te ahorrarías otro problema. Dejarías de presentir que te ronda.
«No lo sabes».
Cierro otro libro y empiezo un montón nuevo, porque el anterior está a punto de caerse otra vez.
¿Qué pierdes por intentarlo?
«No es tan sencillo matar alimañas».
La última vez no fue tan complicado.
«Casi me costó la vida».
Casi.
«Con eso me basta como para no querer volver a enfrentarme a un lobo».
Me alegra que tu propia seguridad sea lo único que te impida abrirle la garganta en canal.
Su risotada reverbera en mi interior y me hace estremecer. ¿De verdad lo único que me impide arrebatar otra vida es mi propia seguridad? ¿Acaso no me queda ni una pizca de conciencia?
Siento la bilis trepando por mi garganta y la contengo centrándome de nuevo en la tarea que tengo entre manos. Cojo un libro por una de sus tapas y tiro hacia mí, arrastrándolo por el suelo, para cerrarlo de nuevo. Alargo el brazo y tengo otro. Al menos ya se ve el suelo por donde piso.
¿Él también te sentirá?
«No lo sé».
Podrías preguntarle.
«No quiero hablar con él».
Vas a tener que hacerlo. Se ha unido a tu causa.
Se burla de mí con cómo pronuncia esa palabra, lo sé, pero no voy a caer en su juego. Al menos de momento, porque la bestia siempre tiene el tablero dominado.
«No quiero saber nada de él».
¿No quieres? ¿O no te conviene?
«Es lo mismo».
¿Tú crees?
Dejo una nueva pila de libros sobre la mesa y me dispongo a colocarlos en la estantería, poco a poco, para que no se me caigan de nuevo y tenga que volver a empezar.
Si queréis acabar con ella, vais a tener que hablar. Y mucho.
«No creo que él esté dispuesto a hablar conmigo».
¿Y qué crees que hace en la linde de tu casa?
«Puede haber venido a cazar».
A cazarte.
—¡Cállate ya! —suelto en voz alta.
El silencio se instaura a mi alrededor y siento alivio en el pecho, aunque sé que no va a durar demasiado. Los minutos pasan lentos, a su ritmo pegajoso de siempre, y el día se va desdibujando entre las nubes que adornan el cielo. Como lo indispensable para matar el hambre, le preparo a la abuela la comida y la cena, así como algunas conservas nuevas, para cuando me haya marchado, y sigo con la tediosa labor. Ya he llenado dos estanterías cuando vuelvo a la mesa para encargarme de las últimas pilas de libros.
No, ese no.
Detengo la mano a poca distancia del libro que iba a coger y me quedo muy quieta, con un escalofrío recorriéndome el cuerpo. Raras son las ocasiones en las que la bestia decide ayudarme en lo más mínimo. Deslizo la palma hacia la derecha, encima de la enorme pila de libros, y paro de nuevo, a la espera de alguna señal. Paso las yemas por el relieve de los lomos, despacio, atenta a cualquier señal.
Ese.
Siento un chispazo en la punta de los dedos en cuanto mi piel entra en contacto con el cuero viejo del libro, pero sé que no es más que fruto de mi imaginación, eso o que la bestia está jugando conmigo. Apenas se distingue el título de lo gastado que está, pero, grabado en relieve dorado, leo el apellido del autor: Perrault. Ni siquiera recuerdo de dónde ha salido este tomo, aunque, claro, mi vida está más llena de lagunas que de periodos de lucidez.
—¿Y qué hago yo con esto? —le pregunto a la bestia.
Aguardo unos segundos, con el ejemplar entre las manos, expectante.
«Ahora que tienes que hablar, ¿no lo haces?».
Abro el libro por cualquier lado y hojeo las páginas, pasándolas de un lado a otro, sin saber bien qué quiere decirme con esto. Tengo la sensación de haberlo leído infinidad de veces en un pasado remoto y demasiado enturbiado por la bruma, con sus cuentos y leyendas que no hacen más que desvirtuar la realidad, pero no recuerdo haberlo leído.
De todos modos, no creo que una fábula me pueda ayudar a la hora de enfrentarme a la déspota que nos tiene atrapados en su maldición. A decir verdad, dudo mucho que pueda encontrar respuestas entre las páginas amarillentas de ningún libro. ¿Quién se atrevería a publicar una sola palabra en contra del Hada Madrina? Habría que estar loco, mucho más que yo, para hacerlo. Han espolvoreado a otros por mucho menos.
Lanzo el libro sobre la mesa de mala gana, sin demasiadas fuerzas a causa del hastío, resbala sobre la superficie y acaba cayendo de nuevo al suelo, al otro lado de la madera. Cuando lo hace, oigo el papel rasgarse y suspiro. No me preocupa demasiado, ese libro está tan roto que sigue siendo un milagro que el lomo se mantenga unido, pero estoy cansada de agacharme y levantarme una y otra vez para nada.
Cruzo el salón y lo recojo; sin embargo, cuando lo hago, una de las guardas se despega de la tapa y deja caer un papel doblado en cuatro veces que se desliza sobre el suelo. Me quedo helada un segundo, como si estuviese enfrentándome al depredador más fiero.
«¿De dónde ha salido eso?».
Del libro, ¿no lo ves?
La ignoro de nuevo y me agacho para recogerlo. Olvidado ya el libro sobre la mesa, lo desdoblo con cuidado, para que la delicada hoja no se rasgue y me prive de su contenido. El papel es tan fino que casi veo a través de él, la tinta con la que escribieron está corrida y desdibujada en algunas partes, e incluso hay manchas de algún líquido. Esto lo escondieron aquí hace mucho, y se aseguraron de que nadie pudiera encontrarlo.
Está escrito en runas arcanas, un dialecto que se perdió en el olvido en cuanto ella ascendió al poder y nos lo borró de la memoria a todos. No entiendo nada. Le doy la vuelta, lo examino por delante y por detrás, a contraluz, en la oscuridad y cerca del fuego, por si el calor me revelase algo nuevo. Lo extiendo sobre una superficie de color claro para distinguir mejor los caracteres borrosos que conforman el texto.
Repaso las líneas, una a una, pronunciando las palabras en mi cabeza aunque sin saber su significado, luchando contra la neblina que me enturbia la mente y que me impide ir más atrás en mis recuerdos.
Me cuesta horrores, la lengua se me traba demasiadas veces y a punto estoy de perder la paciencia y lanzar el maldito papel a la chimenea. Por suerte, el sol está prácticamente en su punto más bajo ya y la bestia está entrando en letargo; por desgracia, esa bestia, quien podría ayudarme y quien me ha traído hasta aquí, está entrando en ese letargo.
—Vamos... —murmuro con los puños apretados a cada lado del papel—. Ka... Katti... Kattius...
Eso es.
Sus palabras me provocan un vuelco en el corazón, no solo por lo inesperado de su comentario, sino porque rara vez conseguimos ponernos de acuerdo en algo como para que me aliente a seguir.
—Bu... But...
Chasqueo la lengua al mismo tiempo que aprieto los ojos con fuerza. Me duele la cabeza, siento las incipientes agujas de la jaqueca arañándome la base del cráneo, pero no puedo parar. No tengo tiempo de parar, aunque ni siquiera sé si esto me llevará a alguna parte.
—Kattius... Buttes... ¡Kattius Buttes! —grito con euforia.
Muy bien, ronronea la bestia dentro de mí, provocándome un cosquilleo placentero que se pierde en la nuca.
«¿Y ahora qué? ¿Qué significa?».
No lo sé.
«¿Cómo que no lo sabes?», pregunto, incrédula, mientras me desparramo sobre el sillón masajeándome las sienes.
No. Lo. Sé.
Su voz suena pastosa, lenta, arrastrada. Sé que va a marcharse y, por una vez desde que la tengo dentro, no quiero que lo haga.
Solo sé lo que tú sabes.
«Yo no sabía lo del libro».
O no lo recuerdas.
Los últimos rayos de sol se cuelan por las rendijas de la ventana y me indican que es hora de marcharme. Voy a llegar tarde, lo sé incluso antes de preparar víveres, ponerme la ropa de ante, calzarme las botas de cuero y protegerme con la caperuza. Lo sé cuando, de un último vistazo a la puerta cerrada del dormitorio de la abuelita, me despido de ella con palabras no pronunciadas. Lo sé muy bien, pero también sé que no tengo ninguna prisa por acercarme un poco más a mi propia muerte.

Aunque en este trayecto no tengo que enfrentarme a la pesadilla de la nevada azotándome el rostro, llego casi una hora tarde. Me maldigo por lo estúpida que he sido dejándome llevar por la rabia y la ira de la bestia y descargándolo contra los libros, pero más aún por haberme tomado la molestia de ordenarlo todo.
Sin embargo, me aferro a la esperanza de que podamos sacar algo en claro de todo esto. Las palabras «Kattius Buttes» resuenan en mi mente durante todo el viaje. Les doy vueltas y más vueltas, descompongo las palabras en sílabas e intento rememorar sus significados, aunque es en vano. Ya es una suerte que consiga leer los caracteres; no obstante, traducirlos es harina de otro costal.
Entro en la plaza casi patinando a causa del hielo que lo cubre todo y los veo ahí, junto a la fuente central, arrebujados en sus ropajes y con la vista clavada en el suelo. A pesar de que me sorprende ver a la chiquilla aquí, más lo hace encontrarla acompañada de Lobo. Siento una sacudida en el estómago cuando sus ojos me encuentran entre las sombras de la noche.
—Llegas tarde —suelta, sin ápice alguno de emoción. No sé si está enfadado, molesto o si tan solo es un apunte porque en realidad le da exactamente igual.
—Siento el retraso —me excuso más para la chica que para él. De hecho, ni siquiera le dedico más de un vistazo rápido.
—Tranquila, dicen que el frío es bueno para el cutis, ¿no? —comenta con una risa tímida e incómoda a partes iguales, acompañada de una sonrisa que le queda macabra en el rostro.
Es como si intentase aliviar la tensión que se respira en el ambiente solo por el simple hecho de habernos juntado Lobo y yo en el mismo espacio. Pero no se le da bien.
—Será mejor que busquemos cobijo —digo con un mohín hacia Lobo—, hay algo que tenemos que hablar.
—¿Vamos a Los Siete Cabritillos? —sugiere la chica.
—No, demasiada gente —responde él—. Mejor a la posada.
Sin darnos opción a reprochar, encamina la marcha hacia el oeste, con pasos firmes a pesar de que la muchacha y yo tenemos que medir muy bien dónde ponemos los pies para no resbalar y abrirnos la cabeza contra los adoquines. Llegamos a Los Tres Oseznos y nos adentramos en el calor que proporcionan sus paredes. Lobo se acerca al posadero y le pide una habitación.
—¿Solo una? —inquiere el enorme hombre de espesa barba castaña.
Nos mira a los tres de forma alternativa, primero a mí, que por instinto me escondo bajo la caperuza, luego a la chiquilla que no aparenta tener más de dieciséis años y, por último, a él, aunque al joven le dedica una mirada un tanto reprobatoria.
—Sí, solo una. ¿Algún problema?
Lobo deja unos reales de plata sobre la recepción con fuerza y los arrastra hacia él. El hombre traga saliva y nos lanza un vistazo fugaz, como debatiéndose entre si es buena idea ofrecernos una habitación o no.
Al final, accede y guarda las monedas bajo la superficie.
—Segunda planta, tercera habitación a la derecha —dice mientras rasga el cálamo sobre un papel.
Sin mediar palabra, los tres subimos las escaleras de piedra que quedan a la izquierda, en el lado contrario al comedor, y encontramos la habitación. El interior es austero, con una cama de matrimonio estrecha contra una pared, una tinaja con agua enfrente, el hogar encendido y un baúl desvencijado.
—Sois conscientes de que no vamos a pasar la noche aquí, ¿no? —digo en cuanto nos encerramos en el dormitorio.
—Bueno, es evidente que los tres no cabemos en esa cama —bromea la chica con una risilla nerviosa.
—¿Quién dice que no? —Los labios de Lobo se estiran en una sonrisa pícara que la hace enrojecer y a mí me provoca un estúpido vuelco en el corazón. Acto seguido, los ojos de Lobo se encuentran con los míos y la sonrisa desaparece para dejar paso a la seriedad.
—No pretenderás que hagamos frente al frío y a la noche sin tener ni siquiera un plan —continúa la chica, haciendo caso omiso de su insinuación.
—¿Y qué te hace pensar que no lo tengo?
La falta de confianza me enerva de una forma desconocida, porque yo no soy así de arisca cuando la bestia está dormida. No obstante, rara vez tengo que tratar con otras personas en mis encargos como cazarrecompensas, así que lo de tener que dar explicaciones no es mi fuerte, mucho menos que me cuestionen.
—¿Lo tienes? —inquiere Lobo, sin mirarme, mientras alimenta el fuego de la chimenea con un par de troncos.
Estoy a punto de responder, pero entonces cierro la boca de nuevo porque soy consciente de que es cierto que no lo tengo. Por primera vez en años, no estoy preparada para lo que me espera. Ahora entiendo la desconfianza de la chica y me siento muy boba. Noto las mejillas encenderse por el rubor y aprieto los puños con fuerza. El silencio se instaura entre nosotros, roto por el incipiente crepitar de las llamas devorando madera nueva. Lobo permanece quieto, acuclillado frente a la lumbre con las palmas extendidas para calentarlas, mimetizado con las sombras a su espalda gracias a la gruesa capa de pelaje negro que lleva. La muchacha, por el contrario, deambula por la estancia con evidente nerviosismo.
—¿Cómo vamos a acabar con ella, a romper el maleficio? Todo esto es una misión suicida —farfulla jugueteando con la trenza rubia, como si se estuviera arrepintiendo.
Es curioso que esté así de desquiciada cuando ella misma fue la que se presentó voluntaria para todo esto. ¿Dónde creía estar metiéndose?
—Con magia —dice Lobo, como si esa respuesta fuese la más sencilla del mundo, con la vista clavada en el bailoteo del fuego.
—Si quedara un ápice de magia de libre uso, ¿no crees que alguien le habría plantado cara ya? —se queja la joven, derrotada sobre el colchón de paja. Lobo hace un ruido con la garganta y no sé si pretende darle la razón o quitársela—. Nadie soportaría su maldición de buen grado teniendo la posibilidad de acabar con ella.
No es que yo haya tenido la posibilidad de acabar con el embrujo en ningún momento de mi existencia, pero sí que es cierto que me he resignado a sufrirla, así que entiendo que haya mucha gente en mi misma situación, más aún si son portadores arcanos.
En cuanto el Hada Madrina se hizo con el control de los reinos, los portadores arcanos, los practicantes de magia, fueron los primeros en desaparecer; se esfumaron como si nunca hubieran existido, se desvanecieron incluso de los recuerdos de los habitantes. Sabemos que la magia existe porque ella misma hace alarde de sus dones y las leyes antihechicería sugieren que hay quienes practican este arte oscuro, pero ninguno recordamos quiénes fueron. Por eso aún sé leer runas arcanas, aunque soy incapaz de identificar qué significan esos caracteres, traducirlos a nuestra lengua común.
Meto la mano en el interior de la pernera de cuero y acaricio el papel con cuidado de no romperlo. Lobo y la chica, de la cual no recuerdo el nombre, siguen discutiendo sobre la posibilidad de usar la magia para acabar con un ser que no es que la domine, sino que está conformado por ese poder. A decir verdad, ella habla mucho más que él. Con un valor que no sabía que poseía, la muchacha se ha acercado al joven y está debatiendo junto a él, disfrutando también del calor del hogar.
Doy un par de pasos hacia atrás y me recuesto contra el pie de la cama. Despacio, saco el papelito y lo desdoblo con cuidado. Lo contemplo unos instantes, releyendo lo único que he sacado medio en claro gracias a la bestia. Repaso las formas agresivas de las runas en mi mente, intentando dotarlas de algún significado en vano.
—¿Qué es esto?
Lobo me arrebata el papel de entre los dedos y lo estudia, con el ceño fruncido y los labios apretados. Ni siquiera me he dado cuenta de que se habían callado, mucho menos de que se ha acercado a mí. Parpadeo varias veces para salir del trance de las runas arcanas y también frunzo el ceño. Me incorporo de nuevo y alzo el mentón para intentar reducir la distancia entre nuestras miradas, ya que me saca una cabeza, y cuando estoy a punto de hablar, él me interrumpe:
—¿De dónde lo has sacado?
La muchacha se acerca y nos estudia con sus enormes ojos verdes, con curiosidad por distinguir las formas del papel que sostiene él entre sus enormes manazas.
—De un libro.
—¿Qué libro?
—Uno. —Se muerde el labio inferior y resopla, frustrado, sin apartar los ojos de los míos—. De mi biblioteca personal. No sé cómo lo conseguí ni cuándo, no tengo recuerdo de ello, pero ahí estaba.
—¿Has tenido esto en tu poder todo este tiempo y no se te ha ocurrido investigar?
Tengo la desagradable sensación de que me está riñendo y mi primer impulso es excusarme, justificarme ante él; en parte es una sensación provocada por la diferencia de estatura y tamaño, pero no me dejo amedrentar, por muy de noche que sea.
—Y si ha sido así, ¿qué, eh? A ver si ahora resulta que soy la encargada de salvar el mundo.
—Te has ofrecido para eso, ¿no? —pregunta la chica con cierto temor.
Lobo alza las cejas, inquisitivo, y aguarda la respuesta, sin moverse lo más mínimo.
—Bueno, no es que me haya ofrecido, precisamente. En Poveste llevaban semanas cuchicheando y dejándome caer insinuaciones de que debería encargarme de la situación. Así que casi que me habéis obligado entre todos.
—Hemos pagado por tus servicios, y no ha sido poco —dice con amargor en la voz.
—¿Qué otra opción tenía?
—Dejar que cuchichearan y no intervenir —responde Lobo.
Nuestros ojos vuelven a encontrarse y una chispa estalla entre los dos.
Aunque es cierto que últimamente he actuado por motivación propia, lo que estos dos mequetrefes no saben es que no me queda otra opción. La abuela cada vez vuelve menos de esos momentos de regresión en los que cree que sigo siendo una chiquilla, la estoy perdiendo a pasos agigantados, y la verdad es que no puedo perder a nadie más. Como es obvio, no les digo eso.
—Aunque, claro —continúa Lobo—, las urracas acuden al oro como las moscas a la mierda. No era de extrañar que acabaras aceptando tarde o temprano.
Su comentario me enfurece más de lo que me gustaría admitir, y me obligo a apretar los puños con fuerza.
—Tienes suerte de que sea de noche... —mascullo.
—¿O qué?
La amenaza está ahí, palpable, tangible; pronunciada con una sonrisa socarrona que deja a la vista una dentadura perfecta. Demasiado hemos durado sin enzarzarnos, todo sea dicho.
—Chicos, no importa. Dejadlo estar.
La muchacha, con su menudo cuerpo, se interpone entre ambos, en el reducido espacio que había entre Lobo y yo dada la tensión del momento. Apoya las palmas en el pecho de él y lo empuja hacia atrás, ya que él tiene la capacidad de apartarse al no estar acorralado contra la cama.
—Devuélvemelo —digo entonces, cuando ha vuelto junto a la chimenea a examinar el papel.
—¿Crees que Gato sabrá algo? —murmura él, haciendo caso omiso a mi petición.
«¿Gato?».
De repente, algo dentro de mi cabeza se resquebraja y se hace añicos, se rompe en mil pedazos y rebota contra las paredes de mi mente. Las esquirlas de los recuerdos se me clavan en la piel y, durante un segundo, me quedo sin oxígeno. Mis pulmones pesan como la piedra y me doblo hacia delante para coger una enorme bocanada de aire que entra en torrente en mi organismo.
—¿Estás bien? —pregunta la chica, colocándome la palma en la espalda.
Doy un respingo ante su contacto y aparta la mano, atemorizada.
Las lágrimas se me acumulan en los ojos de forma involuntaria y me las seco de dos manotazos rápidos. Cuando levanto la vista de nuevo, Lobo me observa con los brazos cruzados sobre el pecho y una media sonrisa lobuna en los labios.
—Ha recordado —responde a modo de explicación.

Pasado un tiempo indeterminado que no sé medir, en el que lo único que se oye es el crepitar de la madera, me vuelvo a incorporar, con el aliento recobrado y la mente hecha un barullo de pensamientos incesantes que me abruman incluso aunque la bestia está dormida.
—¿Has...? ¿Has recordado? —pregunta la chica con los ojos vidriosos por las lágrimas de emoción.
—No... No exactamente —balbuceo con la vista clavada en Lobo, que sigue observándome como si fuera un manjar con el que deleitarse.
Como si supiera lo que está pasando, en realidad.
—¿Entonces?
—Kattius Buttes... Se trata de aquel al que llaman Maese Gato, ¿verdad?
Lobo hace una mueca y asiente despacio. En mi mente, envuelto en una bruma densa y oscura, veo unos ojos velados por el tiempo, de iris blancos y pupilas grises, unas arrugas que enmarcan unos párpados rasgados... Pero no lo comprendo.
Gato forma parte de las leyendas, de los cuentos que se relatan a los niños para evitar futuras fechorías. Es de esos personajes que todo el mundo conoce y que nadie ha visto. Una leyenda de la pillería y el descaro. Y, sin embargo, de repente tengo clavada en la mente la mirada de alguien que, extrañamente, me resulta familiar y que, al mismo tiempo, no termino de ubicar en el tiempo ni el espacio.
Es como el regusto amargo que se queda en el paladar cuando el último gajo de una mandarina sabe mal y estropea todo lo anterior. Trago saliva para intentar pasar el mal trago antes de volver a hablar.
—¿Por qué sabes leer runas arcanas? —le pregunto.
Él hace un mohín con los labios y se da la vuelta para enfrentarse a las llamas antes de hablar.
—Porque yo también recordé algo —responde con cierta tirantez.
—¿Cómo?
Chasquea la lengua y ladea la cabeza, como sopesando la pregunta.
—No es de tu incumbencia.
—¿Que no es de mi incumbencia? —espeto con estupefacción y rabia a partes iguales—. Claro que es de mi incumbencia, me voy a dejar la piel con todo esto, y recordar bien podría suponer la diferencia entre la vida y la muerte. Así que créeme cuando te digo que sí que me incumbe saber cómo recobrar la memoria más rápido.
—No eres la única que se va a dejar la piel —pronuncia con rabia— en esto.
—¡Pues entonces ayúdanos! —le implora la muchacha, al borde del llanto.
—No puedo.
Su voz tranquila y monocorde, como si todo esto le importase bien poco, termina por sacarme de mis casillas, así que recorro la distancia que nos separa de tres zancadas, le doy la vuelta con brusquedad y lo acorralo contra la pared.
Antes de que me haya dado cuenta, el puñal de mi cinto está acariciando sutilmente la piel bajo su nuez. Él alza una ceja, mirándome desde arriba, incapaz de moverse por la amenaza incipiente del filo contra su cuello, pero sin perder los estribos. Sus comisuras se estiran en otra de sus tantas sonrisas ladeadas y aprieto más el metal contra la carne. Sisea, aunque sin mutar el gesto de satisfacción. Doy gracias a quien quiera que controle los astros por que sea de noche y consiga mantener a raya la violencia para no abrirle el cuello en canal ahora mismo.
—Empieza a hablar.
—Roja... —balbucea la chiquilla detrás de mí.
Lobo se pasa la lengua por el labio, deleitándose con el momento, saboreando los segundos. Cuando suelta el aire por la nariz, en una risa de superioridad que no le conviene lo más mínimo, aprieto más el arma y un fino hilo de sangre perla su tez oscura.
Es entonces cuando lo noto. Un pinchazo en el costado, frío, abriéndose paso en mi carne. Apenas lo percibo unos segundos, lo suficiente como para dejar que la razón se imponga sobre la ira y lanzar un vistazo fugaz hacia la quemazón que he sentido. No sé qué me sorprende más, si ver su daga contra mis costillas o el hecho de que Lobo supiese que iba a atacarlo y estuviese preparado.
—Empate, querida —susurra con lentitud, paladeando esa última palabra.
Nuestros rostros están tan cerca que su aliento me acaricia las mejillas. Aprieto los dientes con rabia, pero no aflojo el agarre.
—No lo creo. Me pregunto cuántas fuerzas te quedarán después de que te raje la garganta. ¿Las suficientes como para clavarme tu puñal? Lo dudo mucho.
—Parece que has olvidado que cuando le cortas la cabeza a un lobo, esta aún puede morder.
—¡Ya basta, por favor!
No sé cómo, pero la muchacha vuelve a interponerse entre los dos, abriéndose paso entre nuestros cuerpos, pegados por la rabia, con esfuerzo y empujones.
—¿Va a ser así todo el tiempo? —pregunta cuando nos hemos separado y Lobo ha guardado su arma. Yo, sin embargo, jugueteo con la daga de filo rojo entre los dedos.
—Con la luz del sol será peor —responde él, lanzándome una mirada furtiva antes de volver a contemplar las llamas.
Nos quedamos en silencio un instante a causa de la veracidad de sus palabras. ¿A qué tendrán que enfrentarse ellos cuando el astro rey domine el cielo? A decir verdad, no sé qué afligirá a Lobo, mucho menos a esta muchacha, y bien podrían ser tormentos para completar la misión. Sin embargo, sin tener siquiera un plan, ¿qué más da qué los torture a la luz del sol?
—¿Qué más pone en el papel? —le pregunto, sin reducir la distancia entre nosotros por prudencia.
Saca la hoja de uno de los bolsillos y la extiende frente a las llamas. Después de unos segundos, resopla.
—Poca cosa, aunque tampoco lo entiendo todo, solo algunos fragmentos.
—¿No decías que habías recordado?
—Sí, pero recordar no me otorga unos conocimientos que antes no poseía. En su día aprendí ciertas cosas; es como un diccionario a medias: conozco el significado de algunas palabras, pero no de otras.
—¿Y qué entiendes de ahí? —pregunta la joven.
Él vuelve a clavar la vista en el papel, sopesa las palabras un instante y, entonces, vuelve a hablar.
—Algo de que es el guardián de las leyendas. También entiendo la palabra «proscrito», aunque también podría significar «exilio», no lo tengo claro.
«Claro...».
—Déjame leerlo de nuevo —le pido al recordar algo.
La muchacha hace de intermediaria y me devuelve el papel con algo de temor, no sé si por él o por mí, aunque lo más probable es que sea por estar entre los dos.
Estudio el papel cerca del candil prendido y me concentro en los caracteres que se dibujan en mi mente. Resulta doloroso, como si me arrancaran las palabras de la piel tatuada, pero me sobrepongo al dolor de cabeza que empieza a latirme en las sienes para intentar descifrar algo.
Aunque cuando lo leí las veinte primeras veces no sabía lo que ponía, he memorizado las formas de las letras impresas sobre el papel y tengo la sensación de que hay dos palabras más que ahora conozco, a pesar de que no las ubique a la primera, y que he recordado gracias al último comentario de Lobo. Me cuesta demasiado esfuerzo encontrarlas, y para cuando lo hago, tengo a mis dos compañeros expectantes.
—Es aquí. —Señalo el papel con el dedo enguantado—. ¿Reconoces estos caracteres?
Me acerco a él para mostrarle el papel, pero primero nos medimos mutuamente. ¿Estamos dispuestos a enterrar el hacha de guerra durante unos segundos? Parece que sí, porque extiende la mano hacia mí para que le devuelva la hoja.
—¿Esto?
Asiento y aguardo junto a él, disfrutando del calor de las llamas contra el ante de mi ropa. La muchacha se coloca al o
