La daga de la ceguera (El Portador de Luz 2)

Brent Weeks

Fragmento

1

Gavin Guile yacía tendido de espaldas en una estrecha trainera que flotaba en medio del mar. La embarcación era diminuta, de regalas muy bajas. Tumbado de esta manera, casi había llegado a creer que era uno con el mar. Ahora, la bóveda celeste sobre él era como la tapa de una olla, y él, un cangrejo encerrado dentro mientras aumentaba el calor.

Dos horas antes del mediodía, en el extremo meridional del mar Cerúleo, las aguas deberían mostrar un intenso verde azulado. El firmamento en lo alto, sin nubes, disipada la bruma, debería ser un plácido y vibrante zafiro.

Pero no podía verlo. Desde la derrota que sufriera en la Batalla de Garriston, hacía cuatro días, lo único que veía era gris allí donde debería estar el azul. Ni siquiera podía ver gran cosa a menos que se concentrara. Despojado de su azul, el mar ofrecía el aspecto de una fina sopa entre verdosa y cenicienta.

Su flota aguardaba. Relajarse no era tarea sencilla cuando había miles de personas esperándolo a uno y solamente a uno, pero necesitaba este ardite de paz.

Contempló el cielo con los brazos en cruz, acariciando las olas con las yemas de los dedos.

Lucidonius, ¿estuviste aquí tú también? ¿Exististe realmente? ¿Fue esto mismo lo que te ocurrió?

Algo siseó en el agua, el sonido recordaba al de una barca que cortara las olas.

Gavin se sentó en la trainera. Luego se puso de pie.

Cincuenta pasos a su espalda, algo desapareció bajo las olas, algo lo bastante grande como para dejar su propia ondulación en el agua. Podría tratarse de una ballena.

Solo que las ballenas acostumbran a salir a la superficie para respirar. No había ninguna nube de salpicaduras suspendida en el aire, ningún surtidor de aliento expelido. Y a cincuenta pasos de distancia, para que Gavin oyera el siseo de una criatura marina cortando las aguas, tendría que ser gigantesca. Se le formó un nudo en la garganta.

Comenzó a absorber luz para trazar un juego de remos... y se quedó paralizado. Justo debajo de la diminuta embarcación, algo se deslizaba por el agua. Era como ver discurrir el paisaje a gran velocidad cuando uno viaja dentro de un carruaje, pero Gavin no estaba moviéndose. El cuerpo, veloz, era enorme, varias veces más ancho que la embarcación, y ondulaba aproximándose cada vez más a la superficie, al pequeño bote. Un demonio marino.

Y resplandecía. Un fulgor plácido y cálido, como el sol de esa fría mañana.

Gavin nunca había oído hablar de ningún ser parecido. Los demonios marinos eran monstruos, la manifestación de la furia más pura y demencial que conociera la humanidad. Brillaban con un rojo abrasador, los mares hervían a su alrededor, imprimían estelas de fuego flotando tras de sí. No eran carnívoros, según las estimaciones de los antiguos tratados, pero sí ferozmente territoriales... y cualquier intruso que perturbara sus mares era susceptible de sucumbir aplastado. Intrusos como las embarcaciones extrañas.

Esta luz no concordaba con esa rabia. Una luminiscencia pacífica, el demonio marino no era un destructor despiadado, sino un leviatán que surcaba las aguas, dejando apenas una ondulación que delatara su paso. Los colores rutilaban entre las olas, refulgían con más intensidad a medida que el movimiento sinuoso acercaba el cuerpo a la superficie.

Sin pensar, Gavin se arrodilló cuando el lomo de la criatura rompió la superficie del agua justo debajo de la trainera. Antes de que la embarcación cayera deslizándose de la cúpula líquida, extendió una mano y rozó la piel del demonio marino. Esperaba que una criatura que reptaba entre las olas fuera viscosa, pero su textura era sorprendentemente áspera, cálida y musculosa.

Por un precioso momento, Gavin dejó de ser Gavin. Ya no existían ni Gavin Guile, ni Dazen Guile, ni el sumo señor de la lux prisma, ni los obsequiosos dignatarios carentes de dignidad, ni las mentiras; ya no había sátrapas que intimidar, ni consejeros del Espectro que manipular, ni amantes, ni bastardos, ni más poder que el que se desplegaba ante sus ojos. Se sintió insignificante contemplando aquella inmensidad que desafiaba a la comprensión.

Al frescor de la plácida brisa de la mañana, al calor de los soles gemelos, uno en el firmamento, el otro bajo las olas, a Gavin lo embargó la serenidad. Era lo más parecido a una revelación religiosa que hubiese experimentado jamás.

Entonces se percató de que el demonio marino avanzaba en dirección a su flota.

2

El infierno verde lo llamaba a la locura. El difunto había regresado a la pared reflectante, radiante, sonriendo a Dazen, sus rasgos comprimidos hasta lo cadavérico por la curvatura de la esfera verde que era su celda.

La clave estribaba en no trazar. Después de dieciséis años trazando exclusivamente el color azul, alterando su mente y perjudicando su cuerpo con esa aborrecible serenidad cerúlea, ahora que había escapado de la celda azul, Dazen solo quería atiborrarse de cualquier otro color. Era como si llevase seis mil días desayunando, almorzando y cenando siempre el mismo engrudo, y ahora alguien le ofreciera una loncha de beicon.

Ni siquiera le gustaba el beicon, cuando era libre. Ahora le parecía un manjar. Se preguntó si sería obra de la fiebre, que reducía sus pensamientos a una papilla de emociones.

Tenía gracia que pensara en esos términos: «Cuando era libre», y no «cuando era el Prisma».

No sabía si se debía a que continuaba diciéndose que seguía siendo el Prisma, tanto enfundado en regios ropajes como cubierto de harapos, o a que sencillamente carecía de la menor importancia.

Dazen intentó apartar la mirada, pero todo era verde. Tener los ojos abiertos equivalía a hundirse en ese color hasta los tobillos. No, estaba sumergido hasta el cuello e intentaba secarse, cuando esto no era una opción. Debía reconocerlo y aceptarlo. La cuestión no era si iba a mojarse el pelo, sino si iba a ahogarse.

El verde simbolizaba la naturaleza, la libertad. La parte lógica de Dazen que se había solazado con el orden metódico del azul sabía que absorber irracionalidad pura encerrado en esta jaula de luxina lo conduciría a la locura. Terminaría desgarrándose la garganta con los dedos en cuestión de días. Aquí, la ferocidad del verde sería su muerte. Cumpliría el destino que su hermano había planeado para él.

Debía ser paciente. Necesitaba pensar, y ahora mismo eso resultaba difícil. Se examinó el cuerpo despacio, con atención. Tenía las manos y las rodillas laceradas tras arrastrarse por el túnel de piedra infernal. Podía hacer caso omiso de las hinchazones y las magulladuras con qu

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