Las damas de Grace Adieu

Susanna Clarke

Fragmento

g-1

Prólogo

 

 

Prof. James Sutherland, director de Estudios

de Sidhe de la Universidad de Aberdeen

 

Me he acercado a esta serie de relatos con dos modestos objetivos. El primero es arrojar un poco de luz sobre el desarrollo de la magia en las Islas Británicas en diferentes períodos; el segundo, presentar al lector algunas de las formas en que el mundo mágico puede incidir en nuestra vida cotidiana, en otras palabras: hacer una aproximación a la llamada Tierra de Duendes y sus habitantes.

El relato que da título al libro, «Las damas de Grace Adieu», responde al primer propósito, con la vívida descripción de las dificultades que encontraban las mujeres que practicaban la magia a comienzos del siglo XIX, época en que sus oponentes masculinos (representados aquí por Gilbert Norrell y Jonathan Strange) desestimaban su labor. Los hechos a que se alude fueron descritos en una novela un tanto oscura publicada hace un par de años. Si algún lector conoce Jonathan Strange y el señor Norrell [Salamandra, 2005], sugiero vea la nota al pie del capítu­lo 43 que expone cómo Jonathan Strange hizo ciertas gestiones para que su cuñado, pastor de una iglesia de Gloucestershire, recibiera un nuevo beneficio en el condado de Northampton. «Las damas de Grace Adieu» da una explicación más detallada de la intervención, un tanto enigmática, de Strange.

«En el monte Lickerish» y «Antickes y Frets» describen la relación inmediata y directa con los duendes y la magia que mantenían nuestros antepasados ingleses y escoceses.

«El señor Simonelli o El viudo duende» es un extracto de los Diarios de Alessandro Simonelli. No se puede negar que Simonelli es un escritor muy cargante que a cada paso da muestras del engreimiento y la arrogancia de su raza. (Me refiero a los ingleses y a nadie más.) Se recomienda a todo posible editor que se acerque a sus Diarios con precaución. Simonelli los publicó por primera vez hacia 1820. Veinte años después volvió a publicarlos, revisados, y otro tanto hizo hacia 1870, etcétera. Lo cierto es que, durante todo el siglo XIX y principios del XX, sus Diarios y Memorias se reescribían y reeditaban periódicamente, y en todas las ocasiones Simonelli retocaba su pasado a fin de dar realce a su más reciente obsesión, ya fuera la historia de la antigua Sumeria, la educación de la mujer, la mejora de la moral sidhe (la propia de los duendes), la provisión de biblias a los paganos o la eficacia de una nueva clase de jabón. A fin de evitar tales sesgos, he escogido un extracto de la primera edición que describe el inicio de la extraordinaria carrera de Simonelli. Confiamos en que reflejará lo que ocurrió realmente.

Durante los años que siguieron a Waterloo, hubo un incremento de relaciones entre los sidhe y los británicos. Los políticos debatían la «cuestión mágica» desde distintos puntos de vista, pero todos convenían en que ésta era de vital interés para la nación. Ahora bien, si algo demuestran estos relatos es el tremendo desconcierto del caballero medio del siglo XIX que inopinadamente se tropezaba con la magia. El duque de Wellington es un ejemplo clásico. Al parecer, las mujeres se desenvolvían mejor en estas inusuales circunstancias; Venetia Moore, la heroína de «La señora Mabb», da prueba de poseer buen tino para intuir las reglas del mundo de la magia, tino del que carece el duque, pese a tener más años y más experiencia.

«Tom Brightwind o Cómo se construyó el puente mágico de Thoresby» es un relato que rebosa interés para el estudioso del mundo de la magia. Sin embargo, no creo que haya razón para rectificar mi anterior informe sobre el caso, expuesto en 1999 (merecedor, creo yo, de una difusión mayor de la que tuvo). El lector lo encontrará en el prólogo del relato.

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