La Corona de Hielo (Mundodisco 35)

Terry Pratchett

Fragmento

Cuando llegó la tormenta, cayó sobre las colinas como un martillazo. Ningún cielo debería poder sostener tanta nieve como aquella y, dado que ningún cielo podía, la nieve cayó; cayó creando una muralla de blanco.

Se había formado una pequeña colina de nieve allí donde, pocas horas antes, había habido unos espinos agrupados sobre un antiguo túmulo funerario. El año anterior por aquellas fechas habían salido unas prímulas tempranas, pero ahora todo era nieve.

Parte de ella se movió. Un terrón de nieve del tamaño de una manzana se elevó, envuelto en humo. Una mano que no era más grande que una pata de conejo hizo aspavientos para dispersarlo.

Una cara azul muy pequeña pero muy enfadada, con el terrón de nieve aún equilibrado sobre la cabeza, escrutó el repentino páramo blanco.

—¡Aj, pardiez! —refunfuñó—. Pero ¿vosotrus visteis esto? ¡Es cosa del Forjador de Inviernu! ¡Ese pámpano non parará hasta que sálgase con la suya!

Asomaron otros terrones de nieve. Más cabezas contemplaron el paisaje.

—¡Oh, lamentu, lamentu, lamentu! —exclamó una de ellas—. ¡Volvió a encontrar a la arpiíña grandullona!

La primera cabeza se volvió hacia esta última y añadió:

—¿Wullie Chiflado?

—¿Sí, Rob?

—¿Non díjete que dejaras estar ya todu ese asunto del lamentu?

—Sí, Rob, dijístemelo —respondió la cabeza a la que se habían dirigido como Wullie Chiflado.

—¿Y por qué acabas de hacerlu?

—Perdona, Rob. Es que escapóseme.

—Es muy desmoralizante.

—Perdona, Rob.

Rob Cualquiera suspiró.

—Pero témome que tienes razón, Wullie. Vino a por la arpiíña grandullona, y tantu que sí. ¿Quién hay echándole un ojo abaju en la granja?

—Pincho Pequeño Peligroso, Rob.

Rob alzó la mirada hacia unas nubes tan cargadas de nieve que se combaban por el centro.

—Muy ben —dijo, y volvió a suspirar—. Llegó el momentu del Héroe.

Se hundió en el suelo, dejando el tapón de nieve encajado en su sitio, y resbaló hasta llegar al corazón del montículo feegle.

Era bastante espacioso. Un ser humano podría caber de pie en el centro, pero entonces no tendría más remedio que doblarse sobre sí mismo por las toses, ya que el centro era donde estaba el agujero para que saliera el humo.

En la pared interior había hileras de galerías, y todas ellas estaban atestadas de feegles. En general siempre había mucho ajetreo en aquel lugar, pero ahora estaba tan silencioso que asustaba.

Rob Cualquiera se acercó a la hoguera, junto a la que le esperaba su esposa, Jeannie. Mantenía una postura erguida y orgullosa, como correspondía a una kelda, pero cuando Rob se acercó tuvo la impresión de que Jeannie había estado llorando. Le pasó un brazo alrededor de los hombros.

—Buenu, supongu que ya sabéis qué está pasando —dijo al público azul y rojizo que le miraba desde las galerías—. Esto non es una tormenta normal. El Forjador de Inviernu encontró a la arpiíña grandullona. ¡Eh, eh, non alborotarse! —Esperó a que remitieran los gritos y el agitar de espadas y siguió diciendo—: ¡Non podemus luchar en su lugar contra el Forjador! ¡Ese es su camino! ¡Non podémoslo recorrer por ella! ¡Pero la arpía de arpías púsonos en otru camino! ¡Es oscuru y peligroso! —La multitud vitoreó. Aquella idea sí que gustaba a los feegles, al menos—. ¡Pues esu! —gritó Rob, satisfecho—. ¡Marcho a recoger al Héroe!

Aquello provocó sonoras carcajadas, y Yan Grande, el feegle más alto de todos, añadió:

—¡Es muy prontu! ¡Solo dionos tiempo de darle un par de lecciones de heroísmo! ¡Aún está demasiadu verderol para servir de nada!

—Será un Héroe para la arpiíña grandullona y non háblese más —zanjó Rob—. Y agora, ¡todus fuera, tropa! ¡A la cantera de caliza! ¡Excavadme un senderu al Inframundo!

Tenía que ser el Forjador de Invierno, pensó Tiffany Dolorido, de pie frente a su padre en la gélida granja. Podía sentir su presencia ahí fuera. Aquel tiempo no sería normal ni siquiera en pleno invierno, y ya había pasado la época del frío. Era un desafío. O tal vez solo un juego. Costaba saberlo a ciencia cierta, con el Forjador.

Pero no puede ser un juego porque las ovejas se mueren. Tengo solo trece años, y mi padre y otros muchos hombres que son mayores que yo quieren que haga algo. Y no puedo. El Forjador de Invierno ha vuelto a encontrarme. Ha llegado hasta aquí, y soy demasiado débil.

Sería más fácil si intentaran obligarme, pero no: están suplicándome. Mi padre tiene la cara descompuesta de preocupación y está suplicándome. Mi padre está suplicándome.

Oh, no, ahora se quita el sombrero. ¡Se quita el sombrero para hablar conmigo!

Creen que puedo hacer fluir la magia con solo chasquear los dedos. Por otra parte, si no soy capaz de ayudarles en esto, ¿de qué sirvo entonces? No puedo decirles que tengo miedo. A las brujas no se nos permite tener miedo.

Y todo es culpa mía. Esto lo empecé yo, y nadie más que yo. Debo ponerle fin.

El señor Dolorido carraspeó.

—Y… hum, si pudieras… eh… ¿hacerla desaparecer por arte de magia, o algo? ¿Lo harías por nosotros?

En la sala no había más color que el gris, porque la luz de las ventanas llegaba a través de una capa de nieve. Nadie había perdido el tiempo quitando aquel horror blanco de las casas. Cualquier persona capaz de levantar una pala hacía falta en otro sitio, y seguían sin ser suficientes. Casi todo el pueblo había pasado la noche en vela haciendo pasear a los añojos y tratando de proteger a los corderos recién nacidos… en la oscuridad, entre la nieve…

La nieve de Tiffany. El mensaje iba dirigido a ella. Era un desafío. Una convocatoria.

—Muy bien —accedió Tiffany—. Haré lo que pueda.

—Buena chica —dijo su padre aliviado.

No, de buena chica nada, pensó Tiffany. Todo esto lo he traído yo conmigo.

—Tenéis que encender una buena hoguera arriba, donde los cobertizos —añadió en voz alta—. Cuando digo buena me refiero a grande de verdad, ¿entendido? Echadle todo lo que arda, y tenéis que impedir que se apague. Lo intentará, pero debe seguir ardiendo. Vosotros dadle más combustible, pase lo que pase. ¡El fuego no debe apagarse!

Se aseguró de que el «no» sonara fuerte y aterrador. No quería que la gente se distrajera. Se puso la pesada capa marrón de lana que le había hecho la señorita Traición y agarró el sombrero negro puntiagudo de detrás de la puerta de la granja. Hubo una especie de gruñido comunal por parte de los hombres apretujados en la cocina, y algunos de ellos retrocedieron. Ahora queremos una bruja, ahora necesitamos una bruja, pero… ahora retrocedemos también.

Esa era la

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