Prólogo
Reivan detectó el cambio antes que los demás. Al principio, fue algo instintivo, más una intuición que una certeza; luego percibió un olor apagado y terroso en el aire. Al fijarse en las paredes del túnel, advirtió que el polvo se había acumulado solo en un lado de las protuberancias y hendiduras, como si hubiera llegado hasta allí desde el fondo del pasadizo, impulsado por el viento.
Un escalofrío le bajó por la espalda cuando pensó lo que eso podía significar, pero permaneció en silencio. Podía estar equivocada, y los demás seguían demasiado conmocionados por la derrota. Pugnaban por asimilar la muerte de amigos, familiares y camaradas, cuyos cuerpos habían quedado atrás, sepultados en la fértil tierra enemiga. No necesitaban otro motivo de preocupación.
Aunque no hubieran estado en plena retirada hacia su país con la moral por los suelos, ella no habría hablado. Los hombres de su equipo se ofendían con facilidad. Al igual que ella, albergaban un resentimiento secreto por no haber nacido con dones suficientes para convertirse en Servidores de los Dioses, por lo que se aferraban a las únicas cualidades que los hacían superiores.
Eran más inteligentes que la gente común. Eran Pensadores. Se distinguían de quienes simplemente eran cultos por su capacidad para calcular, inventar, filosofar y razonar. Esto había engendrado en ellos una competitividad extrema. Mucho tiempo atrás, habían establecido una jerarquía interna. Los mayores tenían precedencia sobre los jóvenes; y los hombres, sobre las mujeres.
Resultaba ridículo, por supuesto. Reivan había observado que las mentes tendían a tornarse tan inflexibles y lentas con la edad como los cuerpos en que se alojaban. El mero hecho de que hubiera más hombres que mujeres entre los Pensadores no significaba que los varones fueran más listos. A Reivan le entusiasmaba demostrar esto último..., pero aquel no era el momento más oportuno para ello.
«Además, podría estar equivocada.»
El olor a polvo era ahora más intenso.
«Dioses, espero estar equivocada.»
De pronto, recordó que las Voces poseían la facultad de leer la mente. Volvió la vista atrás y se quedó desorientada por unos instantes. Esperaba ver a Kuar, pero, en cambio, sus ojos se posaron en una mujer alta y elegante que caminaba detrás de los Pensadores. Era Imenja, Voz Segunda de los Dioses. Reivan sintió una punzada de tristeza al recordar por qué aquella mujer dirigía ahora el ejército.
Kuar había muerto a manos de los paganos circulianos.
Imenja miró a Reivan y le hizo una seña para que se acercara. A Reivan le dio un vuelco el corazón. Nunca había hablado con una de las Voces, pese a que pertenecía al equipo de Pensadores que había planeado la ruta a través de las montañas. Grauer, líder del equipo, había asumido la tarea de informar a las Voces sobre sus progresos.
Ella se paró en seco. Un vistazo a los hombres que tenía delante bastó para comprobar que ninguno de ellos había reparado en la llamada o en que ella se estaba rezagando, y menos aún Grauer, que tenía toda su atención puesta en los mapas. Cuando Imenja la alcanzó, Reivan echó a andar de nuevo, manteniéndose un paso por detrás de la Voz.
—¿En qué puedo serviros, reverencia?
Imenja, con el ceño fruncido, no apartaba la mirada de los Pensadores.
—¿Qué es lo que temes? —preguntó por lo bajo.
Reivan se mordió el labio.
—Seguramente todo es producto de la enajenación subterránea, de la oscuridad que me ofusca la mente —se apresuró a decir—, pero... me parece que en el trayecto de ida no había tanto polvo en el aire, ni en las paredes. La forma en que se ha asentado parece indicar un movimiento rápido de aire procedente de más adelante. Se me ocurren algunas causas...
—Tienes miedo de que se haya producido un derrumbe —aseveró Imenja.
Reivan asintió.
—Sí. Y de que se genere más inestabilidad.
—¿Natural o artificial?
La pregunta de Imenja y sus implicaciones hicieron que Reivan se detuviera, presa de la impresión y el miedo.
—No lo sé. ¿Quién haría algo así? ¿Y por qué?
Imenja arrugó el entrecejo.
—He recibido informes de que los sennenses están hostigando a nuestro pueblo ahora que la noticia de nuestra derrota ha llegado a sus oídos. O tal vez se trate de lugareños que intentan vengarse.
Reivan apartó la vista. Le vinieron a la memoria imágenes de voranes chorreando sangre por la boca tras la última «excursión de caza» la noche antes de que entraran en las minas. Ganarse la voluntad de los aldeanos no había sido una prioridad para el ejército, y menos aún cuando estaba convencido de la victoria.
«Por otro lado, no estaba previsto que regresáramos por aquí. Se suponía que expulsaríamos a los paganos de Ithania del Norte, conquistaríamos el territorio en nombre de los dioses y volveríamos a nuestros hogares a través del paso.»
—Vuelve con tu equipo, pero no comentes nada. —Imenja suspiró—. Ya nos ocuparemos de los obstáculos cuando topemos con ellos.
Reivan obedeció y ocupó de nuevo su lugar detrás de los otros Pensadores. Consciente de que Imenja podía leerle la mente, permaneció alerta por si aparecían nuevos indicios de problemas. No tardó en encontrarlos.
Observó divertida que sus compañeros Pensadores caían poco a poco en la cuenta de lo que significaba la cantidad creciente de cascotes en el túnel. La primera barrera que encontraron fue una pequeña parte del techo que se había venido abajo. No obstruía el pasadizo por completo, por lo que les bastó con trepar por encima del montón de escombros para seguir adelante.
Luego, los obstáculos se volvieron más frecuentes y difíciles de salvar. Por medio de la magia, Imenja desplazaba una roca aquí y un montículo de tierra allá. Nadie aventuró una causa posible de aquellas anomalías. Todos guardaban un silencio prudente.
El túnel los condujo a una de las grandes cavernas naturales que abundaban en las minas. Reivan escudriñó el vacío. Donde no debía haber más que oscuridad se alzaban unas formas pálidas tenuemente iluminadas por los faroles de los Pensadores.
Imenja dio unos pasos al frente. Cuando se adentró en la caverna, su luz mágica se elevó y brilló con más fuerza, hasta alumbrar una pared de roca. Los Pensadores alzaron la vista hacia ella, descorazonados. También allí se había hundido el techo, pero esta vez no había manera de pasar por encima de la obstrucción. Los escombros llenaban la caverna por completo.
Reivan contempló el montón de piedras. Algunas de las rocas eran enormes. Si se produjera un derrumbe así sobre sus cabezas..., ella dudaba que tuvieran tiempo de entender qué estaba ocurriendo. Apenas alcanzarían a oír un crujido antes de morir aplastados.
«Es mejor que una cuchillada en las tripas y una agonía larga y dolorosa —pensó—. Pero no puedo evitar la sensación de que una muerte repentina nos despojaría de algo importante. La muerte es una experiencia de la vida. Solo la experimentamos una vez. Cuando llegue mi hora, me gustaría ser consciente de ello, aunque eso traiga consigo dolor y miedo.»
Grauer emitió un gruñido que llamó su atención.
—Esto no debería haber ocurrido —exclamó, y su voz resonó en la cueva empequeñecida—. Lo comprobamos todo. Esta caverna era estable.
—Baja la voz —le ordenó Imenja.
Él dio un respingo y bajó la mirada.
—Perdonadme, reverencia.
—Busquemos otra salida.
—Sí, reverencia.
Lanzó una mirada a los Pensadores más allegados a él y reunió en torno a sí a un reducido círculo de hombres. Tras murmurar entre ellos por unos instantes, se separaron para dejar que Grauer se dirigiera al frente con paso seguro.
—Permitidme que os guíe, reverencia —dijo en tono humilde.
Imenja inclinó la cabeza hacia los otros Pensadores, indicándoles que se unieran a él. El pasadizo quedó abarrotado cuando el ejército volvió sobre sus pasos. La atmósfera se enrareció de forma notoria, pese a los esfuerzos de los Servidores por obtener aire a través de los respiraderos y las grietas de la montaña bajo la que se encontraban. Tanto los Servidores como los soldados y los esclavos guardaban un silencio preñado de inquietud.
La noción del tiempo se perdía con facilidad bajo tierra. Los meses que Reivan había pasado allí ayudando a sus compañeros Pensadores a trazar un mapa de las minas, el sistema de cuevas naturales y los senderos de montaña le habían proporcionado cierta habilidad para calcular el tiempo. Grauer tardó casi una hora en llegar al túnel lateral que buscaba. Se adentró en él prácticamente de cabeza, ansioso por demostrar su valía.
—Por aquí —dijo, consultando una y otra vez el mapa—. Hay que bajar por esta galería. —Los Pensadores avanzaban tras Grauer a toda prisa mientras él doblaba una curva—. Y luego caminar un buen trecho por...
Hubo un instante de silencio, seguido de un grito resonante que se apagó en la distancia. Los Pensadores recorrieron la curva rápidamente y enseguida se detuvieron. Al echar un vistazo entre los hombros de dos personas, Reivan vislumbró un agujero de forma irregular en el suelo.
—¿Qué ha ocurrido?
Los Pensadores se apartaron para dejar pasar a Imenja.
—Tened cuidado, reverencia —dijo uno de ellos por lo bajo.
Suavizando su expresión ligeramente, la mujer asintió antes de continuar caminando despacio.
«Sin duda ya sabe qué le ha pasado a Grauer —comprendió Reivan—. Debe de haberle leído el pensamiento mientras caía.»
Imenja se acuclilló y tocó el borde del agujero. Arrancó un trozo del saliente antes de enderezarse.
—Arcilla —dijo, mostrándosela a los Pensadores—. Moldeada por manos humanas y reforzada con paja. Esto es obra de un saboteador. De un experto en trampas.
—¡Los Blancos han incumplido su parte del trato! —siseó uno de los Pensadores—. Pretenden impedir que volvamos a casa.
—¡Es una trampa! —exclamó otro—. ¡Nos mintieron en el paso para que siguiéramos esta ruta! ¡Si nos matan aquí, nadie sabrá que nos han traicionado!
—Dudo que ellos sean los responsables —repuso Imenja, dirigiendo la vista más allá de las paredes de roca que los rodeaban. Frunció el ceño y sacudió la cabeza—. La arcilla está seca. Quien haya hecho esto se marchó hace días. No percibo más que los pensamientos de pastores de gabras que están lejos de aquí. Elegid a otro guía. Seguiremos adelante, pero con precaución.
Los Pensadores vacilaron e intercambiaron miradas de incertidumbre. Imenja los observó, uno tras otro, y la ira asomó a su rostro.
—¿Por qué no habéis hecho copias?
«Los mapas. —Reivan apartó la vista, luchando contra una frustración creciente—. Grauer se los ha llevado consigo. Era incapaz de confiar en alguien lo suficiente para facilitarle copias. ¿Qué haremos ahora?»
La aprensión la invadió por un momento. Casi todos los túneles más anchos de las minas conducían a la entrada principal. Al fin y al cabo, la intención original de los mineros no era crear un laberinto. Las galerías más pequeñas, excavadas a lo largo de vetas de mineral, y los sistemas de cuevas naturales eran más intrincados, pero mientras el ejército evitara internarse en ellos, acabaría por encontrar la salida.
Uno de los miembros del grupo dio un paso al frente.
—Deberíamos poder orientarnos basándonos en la memoria. El año pasado todos pasamos una larga temporada aquí.
Imenja asintió.
—Entonces concentraos en recordar. Yo pediré a algunos Servidores que pasen delante para comprobar si hay más trampas.
Aunque todos los Pensadores asintieron con gentileza, Reivan vio signos de indignación en su actitud. No eran lo bastante necios u orgullosos para rechazar la ayuda de hechiceros, y seguramente sabían que los Servidores cargarían con parte de la culpa si sucedía algo peor. Aun así, no dirigieron la palabra a los dos Servidores que se acercaron.
Hitte se ofreció como guía y ninguno de los demás le disputó el puesto. Tras una inspección del agujero, se descubrió que era una grieta que atravesaba el suelo, el techo y las paredes, pero no era tan ancha como para no poder saltarla. Tendieron sobre ella, a manera de puente, unas angarillas cuya carga habían atado a las espaldas de unos esclavos que ya soportaban un peso excesivo. Los Pensadores cruzaron los primeros y el resto del ejército los siguió.
Reivan supuso que no era la única que se desesperaba por la lentitud con la que avanzaban. Casi habían llegado al final de su travesía por las montañas. Las minas del lado haniano, más pequeñas, los habían llevado hasta un valle al que no podía accederse por otras vías y donde los pastores apacentaban sus gabras. Una marcha más larga a través de una serie de cuevas naturales les había ahorrado la necesidad de escalar una cresta escarpada.
Desde allí, habían caminado durante una jornada por angostas sendas de montaña. Cuando se dirigían hacia la batalla, habían recorrido aquel tramo de noche para que los espías voladores del enemigo no los divisaran.
Ahora solo les faltaba encontrar el camino para salir de aquellas minas en el lado sennense y...
«¿Qué? ¿Se acabaron nuestros problemas? —Reivan suspiró—. Cualquiera sabe qué nos espera en Sennon. ¿Enviará el emperador un ejército para rematarnos? Tal vez ni siquiera le haga falta. Nos quedan pocas provisiones, y aún tenemos que cruzar el desierto de Sennon.»
Nunca se había sentido tan lejos de su hogar.
Se abismó durante un rato en los recuerdos de su infancia: de las horas que pasaba sentada en la forja de su padre, o ayudando a sus hermanos en la construcción. Evitó pensar en la breve temporada en que la había embargado el dolor y el despecho por haber sido entregada a los Servidores, y se recreó en el entusiasmo con que había aprendido a leer y escribir, en la avidez con que había devorado todos los libros de la biblioteca del monasterio antes de cumplir los diez años. Había arreglado toda clase de cosas, desde cañerías hasta túnicas, había inventado una máquina para rebajar el cuero e ideado una receta de confitura de drimma con la que el Santuario había ganado más dinero que con todos los demás productos del monasterio juntos.
Reivan tropezó con algo y estuvo a punto de perder el equilibrio. Al levantar la vista, la sorprendió la irregularidad del suelo. Hitte los había guiado hacia los túneles naturales. Ella miró al nuevo guía de los Pensadores y advirtió la seguridad con que se movía.
«Espero que sepa lo que hace. Al menos actúa como si lo supiera. Oh, lo que daría por poder leer la mente, como las Voces.»
Cuando se acordó de Imenja, la asaltó un sentimiento de culpa. En vez de permanecer alerta y hacer algo útil, se había embebido en sus pensamientos. Decidió prestar más atención en adelante.
A diferencia de los túneles más altos de las montañas, rectos y amplios, estos eran estrechos y tortuosos. No solo torcían a derecha e izquierda, sino que ascendían y descendían, a menudo de forma abrupta. El ambiente estaba cada vez más húmedo y cargado. En varias ocasiones, Imenja ordenó un alto para que los Servidores tuvieran tiempo de obtener aire más fresco en aquellas profundidades.
De pronto, el túnel se ensanchó y la luz de Imenja iluminó una caverna enorme.
Reivan soltó un jadeo de asombro. Estaban rodeados de columnas pálidas e impresionantes, unas tan finas como dedos, otras más gruesas que los árboles vetustos de Dekkar. Había algunas unidas en haces, otras estaban truncadas, y sobre sus tocones se habían formado sombreretes parecidos a los de las setas. Todo estaba cubierto de una capa reluciente de humedad.
Al echar una ojeada hacia atrás, Reivan advirtió que Imenja sonreía. La Voz Segunda adelantó a los Pensadores y se adentró en la caverna para contemplar aquellas formaciones.
—Descansaremos aquí un rato —anunció. Su sonrisa desapareció y, tras lanzar una mirada significativa a los Pensadores, dio media vuelta y guió al ejército hacia el interior de aquel espacio inmenso.
En cuanto Reivan posó los ojos en Hitte, comprendió el porqué de la expresión de Imenja. El hombre tenía la frente arrugada de preocupación. Los Pensadores se apartaron de la fila de personas que entraban en la caverna y comenzaron a hablar entre sí en voz baja.
Reivan se acercó a ellos, y las pocas palabras que captó bastaron para confirmar sus sospechas. Hitte no sabía dónde estaban. Había optado por penetrar en los túneles naturales, donde las trampas de un saboteador serían más evidentes, pero los pasadizos no desembocaban en galerías hechas por el hombre tal como él esperaba. Ahora temía que se habían perdido.
Reivan se alejó con un suspiro. Si seguía escuchando, quizá diría algo que después lamentaría. Al caminar entre las formaciones, descubrió que la caverna era incluso más grande de lo que le había parecido en un principio. El rumor del ejército que se aglomeraba sonaba cada vez más débil a su espalda mientras ella avanzaba entre las columnas, sorteando las desigualdades del terreno y atravesando charcos. La luz de Imenja lo bañaba todo en una claridad intensa entreverada de sombras negras. En una parte de la gruta, el suelo era más extenso y las charcas habían formado superficies escalonadas. Reivan se fijó en unas aberturas que podían ser entradas de túneles.
Mientras las examinaba, oyó un sonido bajo e inarticulado tras sí. Se quedó paralizada y miró alrededor, preguntándose si alguien la había seguido. La voz sonó más fuerte y apremiante hasta convertirse en un bramido furioso. ¿Se trataba de la persona que tendía las trampas? ¿De un lugareño sediento de venganza, incapaz de enfrentarse al ejército pero dispuesto a ajustar cuentas con uno de sus miembros? Reivan se percató de que estaba jadeando de terror, y lamentó amargamente haberse separado del ejército y que sus dotes mágicas fueran tan limitadas que apenas le bastaban para crear una mísera chispa.
Sin embargo, si ese alguien la hubiera seguido con malas intenciones, no habría delatado su presencia con un rugido sonoro. Ella se obligó a respirar con más calma. Si lo que había oído no era una voz, ¿qué era?
Cuando se le ocurrió la respuesta, se rió a carcajadas de su propia necedad.
«El viento. Vibra a través de los túneles como el aliento a través de un tubo.»
Ahora que estaba más atenta, percibió un movimiento en el aire. Se agachó para mojarse las manos en un charco antes de encaminarse hacia la dirección de la que procedía el sonido, con los brazos extendidos ante sí. La sensación de frío que le producía la brisa en la piel mojada la guió hacia una abertura grande a un lado de la caverna, donde soplaba una corriente de aire más fuerte.
Sonriendo satisfecha, Reivan echó a andar de vuelta hacia donde estaba el ejército.
Se sorprendió al ver cuánto se había alejado. Cuando llegó por fin, las cinco secciones se encontraban ya allí, aglomeradas en torno a las formaciones rocosas. Sin embargo, algo no iba bien. En vez de asombro y admiración, sus caras reflejaban temor. Reinaba un silencio insólito para una multitud tan grande.
¿Se le había escapado a algún Pensador algún comentario revelador sobre la situación, o habían decidido las Voces comunicar al ejército que se habían perdido? Al acercarse, Reivan vio a las cuatro Voces de pie sobre un saliente. Parecían tan tranquilos y seguros de sí mismos como siempre. Imenja bajó la vista y la clavó en los ojos de Reivan.
Entonces el bramido se oyó de nuevo. Allí sonaba más débil y costaba más identificarlo como producto del viento. Cuando varios miembros del ejército soltaron gritos ahogados y murmuraron plegarias, Reivan comprendió qué era lo que tanto los había asustado. Al mismo tiempo, vio que Imenja apretaba los labios, divertida.
—¡Es el Aggen! ¡El monstruo! —exclamó alguien.
Reivan se tapó la boca para reprimir una risotada y advirtió que los otros Pensadores sonreían. No obstante, el resto del ejército parecía dar crédito a esta posibilidad. Hombres y mujeres se apiñaron entre gritos de terror.
—¡Nos devorará!
—¡Hemos entrado en su guarida!
Ella suspiró. Todo el mundo conocía la leyenda del Aggen, una bestia gigantesca que supuestamente vivía debajo de aquellas montañas y engullía a todo aquel que fuera lo bastante insensato para adentrarse en las minas. Incluso había esculturas de él en las excavaciones más antiguas, en pequeñas hornacinas para ofrendas, como si un ser tan grande fuera a saciarse con obsequios que cupieran en un espacio tan reducido.
O como si pudiera sobrevivir. Era imposible que un monstruo tan enorme como el tal Aggen se alimentara de los escasos e imprudentes exploradores que se internaban en sus dominios. Si le bastaba con eso, era mucho más pequeño de lo que aseguraban las leyendas.
—Pueblo de los dioses. —La voz de Imenja retumbó en la caverna, y el eco de sus palabras se alejó, como si persiguiera el bramido—. No temáis. Aquí no percibo otras mentes que las nuestras. Ese sonido está causado por el viento, que corre por estas cuevas como un soplido a través de una flauta, aunque con resultados menos melodiosos —añadió con una sonrisa—. Los únicos monstruos que hay aquí están en nuestra imaginación. Pensad en el aire fresco que el viento trae consigo. Descansad y disfrutad las maravillas que os rodean.
Las tropas habían enmudecido. Reivan oyó que los soldados empezaban a imitar el sonido o a mofarse de quienes habían expresado sus temores en voz alta. Un Servidor se le acercó.
—Pensadora Reivan, la Voz Segunda desea hablar contigo.
El corazón de Reivan dio un brinco. Ella echó a andar a toda prisa tras el hombre. Las otras Voces la observaron con interés cuando llegó al saliente.
—Pensadora Reivan —dijo Imenja—, ¿has descubierto una salida?
—Tal vez. He encontrado un túnel en el que hay corriente. Ese viento podría proceder del exterior, pero no sabremos si el pasadizo es transitable hasta que lo exploremos.
—Explóralo entonces —ordenó Imenja—. Que te acompañen dos Servidores, para iluminar tu camino y comunicarse conmigo si el túnel resulta sernos útil.
—Así lo haré, reverencia —respondió Reivan. Tras trazar el símbolo de los dioses sobre su pecho, se alejó. Dos Servidores, un hombre y una mujer, salieron rápidamente a su encuentro. Reivan les dirigió una cortés inclinación de la cabeza antes de reanudar la marcha, seguida por ellos.
Encontró el túnel sin dificultades y entró en él. El suelo era irregular, y en algunos trechos tenían que subir pendientes acusadas. El bramido sonaba cada vez más fuerte, hasta que empezó a vibrar a través de ella. Los dos Servidores despedían olor a sudor pese a que el aire era frío, pero no expresaban sus temores. Aunque sus luces mágicas brillaban con más intensidad de la necesaria, Reivan no se quejó.
Cuando el sonido se tornó ensordecedor, Reivan advirtió consternada que el túnel se estrechaba ante ella. Aguardó a que el viento amainara y avanzó de costado por el hueco. Los Servidores se pararon con expresión dubitativa.
El espacio se redujo hasta que Reivan notó la presión de la roca contra el pecho y la espalda. Más adelante, el pasadizo se curvaba y se perdía en la oscuridad.
—¿Podríais acercar más esa luz? —gritó Reivan.
—Tendrás que guiarme —llegó la respuesta.
La pequeña chispa luminosa pasó flotando junto a la cabeza de Reivan y se detuvo.
—¿Y ahora por dónde?
—Un poco más a la derecha —contestó ella.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —preguntó el otro Servidor—. ¿Y si te quedas atascada?
—Me desatascaré —afirmó Reivan, esperando que de verdad resultara tan fácil. «No pienses en ello»—. Adelante y ligeramente a la derecha. Eso es... Ahora a la izquierda... No tan deprisa.
Cuando la luz se aproximó al final de la curva, ella se percató de que el túnel se ensanchaba de nuevo. Aunque quizá se angostaría más tarde, la única forma de saberlo era llegar hasta allí. Ella siguió andando, notó que la opresión sobre su cuerpo disminuía, dobló la curva arrastrando los pies...
... y suspiró aliviada al ver que el pasadizo continuaba agrandándose ante ella. Unos pasos más adelante, podía extender los brazos a los lados sin tocar las paredes. A pocos metros, el túnel torcía a la derecha. El camino ya no estaba iluminado por la luz mágica del Servidor, que se había quedado atrás, en el hueco estrecho, sino por una claridad tenue procedente de más allá de la curva. Ella apretó el paso y estuvo a punto de tropezar con alguna desigualdad del terreno. Cuando giró a un lado, exhaló, más tranquila. Las paredes del pasadizo desembocaban en una superficie gris y verde.
Rocas y árboles. El exterior.
Sonriendo, regresó a la parte estrecha del túnel y refirió a los Servidores lo que había visto.
Un flujo de soldados manaba de la salida del túnel ante los ojos de Reivan. Al emerger, cada hombre y mujer se detenía por unos instantes para mirar alrededor, con el alivio dibujado en el rostro, antes de enfilar el angosto sendero que conducía a lo alto del barranco. Habían pasado tantos frente a ella que había perdido la cuenta.
Los Servidores habían ampliado el túnel utilizando la magia. El fantasmagórico bramido del viento ya no volvería a oírse en el bosque Blanco, como Imenja lo había bautizado. Era una pena, pero pocos soldados habrían podido pasar por aquel corredor tan estrecho como había hecho Reivan.
Un grupo de esclavos comenzó a salir. Parecían tan contentos como los demás por dejar atrás las minas. Al final del viaje, los liberarían y les ofrecerían trabajos remunerados. Les reducirían la condena por haber combatido en la guerra. Aun así, Reivan dudaba que ninguno de ellos fuera a jactarse de haber participado en aquel intento fallido de vencer a los circulianos.
«No creo que ninguno de ellos esté pensando en la derrota ahora mismo —reflexionó—. Simplemente se alegran de ver la luz del día. Pronto su única preocupación será atravesar el desierto.»
—Pensadora Reivan —dijo una voz conocida tras ella.
Ella se volvió, sobresaltada, y se encontró frente a Imenja.
—Perdón, reverencia. No os he oído acercaros.
Imenja sonrió.
—Entonces soy yo quien debería disculparse por haberme aproximado con tanto sigilo. —Contempló a los esclavos con mirada distante—. He pedido a los otros Pensadores que se adelanten para encontrar un camino que baje al desierto.
—¿Debería haberme ido con ellos?
—No. Quiero hablar contigo. —Imenja hizo una pausa cuando el ataúd que contenía el cuerpo de Kuar surgió del túnel. Lo observó pasar y dio un suspiro profundo—. Creo que poseer dones mágicos no debería ser un requisito indispensable para todos los Servidores de los dioses. Para la mayoría, tal vez, pero deberíamos reconocer que algunos hombres y mujeres tienen otras habilidades que ofrecernos.
A Reivan se le cortó la respiración. Imenja no podía estar a punto de...
—¿Aceptarías convertirte en Servidora de los Dioses, si se te brindara la posibilidad?
¿Convertirse en Servidora de los Dioses? ¿Lo que Reivan había soñado durante toda su vida?
Imenja posó la vista en Reivan, que pugnaba por recuperar el habla.
—Sería... Sería un honor para mí, reverencia —dijo.
Imenja sonrió de nuevo.
—Entonces así será, al término de nuestro viaje.
PRIMERA PARTE
1
El hombre que estaba de pie cerca de la ventana prácticamente rezumaba temor. Permanecía vacilante a pocos pasos del cristal, retándose a vencer su horror a las alturas, a aproximarse más a la ventana para contemplar el lejano suelo desde la torre.
Danyin realizaba este rito todos los días. A Auraya no le gustaba impedírselo. Enfrentarse a su miedo exigía un gran valor. El problema era que, como ella podía leerle la mente, percibía su ansiedad y se distraía de su trabajo. En aquel momento, intentaba centrar su atención en una carta larga y aburrida de un mercader que solicitaba a los Blancos que promulgaran una ley que le concediera la exclusiva del comercio con los siyís.
Al apartar la mirada de la ventana, Danyin advirtió que ella lo observaba y frunció el entrecejo.
—No, no he dicho nada —respondió Auraya.
Él sonrió, aliviado. Leer las mentes se había convertido en una costumbre para ella. Los pensamientos de los demás le resultaban tan fáciles de detectar que tenía que concentrarse para no oírlos. Como consecuencia, el flujo de las conversaciones le parecía excesivamente lento. Sabía lo que su interlocutor iba a decir antes de que este pronunciara una palabra. Responder a una pregunta antes de que la otra persona tuviera la oportunidad de formularla era una descortesía. Se sentía como una actriz que se anticipaba a las frases de sus compañeros de reparto.
Sin embargo, con Danyin podía estar más relajada. Su consejero aceptaba su facultad de leer la mente como una faceta de su personalidad y no se ofendía cuando ella reaccionaba a sus pensamientos como si él los hubiera expresado en voz alta. Auraya le estaba agradecida por ello.
Danyin se acercó a una silla y se sentó. Se fijó en la carta que ella sostenía en sus manos.
—¿Habéis terminado? —preguntó.
—No. —Ella bajó la vista y se obligó a seguir leyendo. Cuando acabó, se volvió de nuevo hacia Danyin. El hombre tenía una expresión distante, y ella sonrió al ver el rumbo que habían tomado sus reflexiones.
«No puedo creer que ya haya pasado un año —pensó él—. Hace un año que soy consejero de los Blancos.» Cuando se percató de que ella lo miraba, sus ojos se iluminaron.
—¿Cómo conmemoraréis mañana vuestro primer año como Blanca? —inquirió.
—Supongo que nos juntaremos para cenar —contestó Auraya—. También celebraremos una reunión en el altar.
Danyin arqueó las cejas.
—Quizá los dioses os feliciten en persona.
Ella se encogió de hombros.
—Quizá. O quizá solo asistamos los Blancos. —Se reclinó en su asiento—. Juran seguramente querrá comentar los acontecimientos del año.
—Pues tendrá que comentar muchas cosas.
—Cierto —convino ella—. Espero que no todos mis años como Blanca sean tan emocionantes. Primero la alianza con Somrey, luego mi estancia en Si, después la guerra. No me importaría visitar otros países o regresar a Somrey y a Si, pero preferiría no tener que volver a luchar en una guerra.
Él asintió en señal de conformidad.
—Desearía poder decir con certeza que es improbable que eso ocurra mientras yo viva. —«Pero no puedo», añadió para sus adentros.
Ella movió la cabeza afirmativamente.
—Yo también. —«Solo nos queda confiar en que los dioses tuvieran un buen motivo para ordenar que les perdonáramos la vida a los hechiceros pentadrianos. Ahora que el más poderoso de ellos ha muerto, sus fuerzas son inferiores a las circulianas; al menos por el momento. En cuanto encuentren a otro que ocupe su lugar, volverán a representar una amenaza para Ithania del Norte.»
En otra época, esto no le habría preocupado. No nacían a menudo hechiceros tan poderosos como los líderes pentadrianos; quizá una vez cada cien años. Que cinco de ellos, pertenecientes a la misma generación, se hubieran hecho con el poder en Ithania del Sur era un hecho extraordinario. Los Blancos no podían confiar en que transcurrieran otros cien años antes de que los pentadrianos dieran con un hechicero lo bastante fuerte para sustituir a Kuar.
«Deberíamos haber matado a los cuatro supervivientes —pensó Auraya—. Pero la batalla había terminado. Habría parecido un asesinato. Debo reconocer que prefiero que los Blancos tengamos fama de compasivos que de crueles. Tal vez esta sea también la voluntad de los dioses.»
Contempló el anillo que llevaba. A través de él, las deidades acrecentaban su fuerza mágica natural y le conferían dones que muy pocos hechiceros habían poseído jamás. Era una tira blanca, sin adornos, nada espectacular, y su mano presentaba el mismo aspecto que el año anterior. Faltaban años para que resultara evidente que no había envejecido un solo día desde que se lo había puesto.
Sus compañeros Blancos habían vivido mucho más. Juran había sido el primero al que los dioses habían elegido, más de cien años atrás. Había visto marchitarse y morir a todas las personas que había conocido antes de su Elección. Ella no era capaz de imaginar cómo debía de sentirse.
Dyara había sido la siguiente, y luego Mairae y Rian, elegidos con intervalos de veinticinco años. Incluso Rian llevaba suficiente tiempo siendo inmortal para que las personas que lo recordaban de la época anterior a su Elección notaran que su aspecto no había cambiado en absoluto desde entonces.
—He oído rumores de que el emperador de Sennon rompió la alianza que había firmado con los pentadrianos pocas horas después de su derrota —dijo Danyin—. ¿Sabéis si es verdad?
Auraya alzó la vista hacia él y soltó una risita.
—Así que el rumor se está propagando. No sabemos con seguridad si es cierto. El emperador expulsó de Sennon a todos nuestros sacerdotes después de firmar el tratado, así que ninguno de ellos fue testigo de esa ruptura, si es que se produjo.
—Al parecer, un tejedor de sueños sí estuvo presente —dijo Danyin—. ¿Habéis hablado últimamente con la tejedora asesora Raeli?
—No desde que regresamos. —Desde la guerra, ella sentía que le hurgaban en una herida cada vez que alguien mencionaba a los tejedores de sueños. Siempre que pensaba en ellos, Leiard le venía a la memoria.
Apartó la mirada, abrumada por los recuerdos que se agolpaban en su cabeza. Algunos estaban relacionados con el hombre de cabello y barba canos que había vivido en el bosque, cerca de su aldea natal, y que tanto le había enseñado sobre los remedios, el mundo y la magia. Otros recuerdos, más recientes, tenían que ver con el hombre al que ella había nombrado su asesor sobre asuntos relacionados con los tejedores, pese al prejuicio generalizado entre los circulianos contra los miembros de aquella secta. Entonces su mente la importunó con imágenes fugaces de momentos más íntimos: la víspera de su partida hacia Si, en la que los dos se habían hecho amantes; las conexiones en sueños a través de las que se comunicaban sus deseos; los encuentros secretos en la tienda de campaña de él cuando se dirigían por separado hacia la batalla, ella para combatir y él para sanar a los heridos.
Por último, sintió un escalofrío, cuando el recuerdo del campamento del burdel acudió a su memoria. Ella había dado con Leiard allí después de que Juran descubriera sus amoríos y lo obligara a marcharse. Auraya aún tenía grabadas en la retina las tiendas vistas desde arriba, bañadas en la luz dorada de la mañana.
El pensamiento que ella había leído en su mente resonaba en sus oídos. «No es que Auraya no me parezca atractiva, inteligente o buena persona. Es solo que no vale la pena pasar tantas molestias por ella.»
En cierto modo, tenía razón. Sus relaciones habrían causado inevitablemente escándalo y conflictos si hubieran salido a la luz. Era egoísta por su parte buscar el placer cuando había personas que podían sufrir las consecuencias si aquello llegaba a saberse.
Ser consciente de eso no había suavizado la impresión que se había llevado al no encontrar el menor rastro de amor o arrepentimiento en la mente de Leiard aquel día. El cariño que había percibido en él tantas veces, y por el que tanto había arriesgado, había muerto, aniquilado por el miedo. «Debería estarle agradecida a Juran —se dijo Auraya—. Si Leiard era capaz de desenamorarse tan fácilmente por miedo, algo o alguien habría acabado con su amor tarde o temprano. Cuando uno ama a una Blanca, debe ser más fuerte. De ahora en adelante procuraré evitar a los hombres con tales debilidades, y cuanto antes me olvide de Leiard, antes encontraré un... un...»
¿Un qué? Sacudió la cabeza. Era demasiado pronto para pensar en nuevos amantes. Si se enamoraba de nuevo, ¿volvería a cometer actos irresponsables y vergonzosos? No, más valía que se concentrara en el trabajo.
Danyin la observaba pacientemente. Sus sospechas sobre los pensamientos de Auraya se acercaban demasiado a la realidad. Ella se enderezó y clavó la mirada en él.
—¿Has hablado con Raeli? —preguntó.
Él se encogió de hombros.
—Un par de veces, de pasada, pero no sobre esta cuestión. ¿Queréis que le pregunte algo al respecto?
—Sí, pero no antes de la reunión de mañana en el altar. Con toda seguridad se abordará el tema de Sennon, y es posible que los otros Blancos hayan averiguado ya la verdad. —Miró la carta del mercader—. Propondré que enviemos sacerdotes a Si.
Danyin no se mostró sorprendido.
—¿Como refuerzos?
—Sí. Los siyís sufrieron un número terrible de bajas durante la guerra. Ni siquiera sus nuevos arneses de caza les bastarían para evitar una invasión. Como mínimo debemos asegurarnos de que puedan avisarnos con rapidez si necesitan nuestra ayuda.
Pensar en los siyís la llenó de una añoranza y una pena de índole distinta. Los meses que había vivido en Si habían pasado volando. Anhelaba una excusa para volver. En comparación con el estilo de vida honesto y sencillo de los siyís, las exigencias y preocupaciones de su propio pueblo se le antojaban ridículas o innecesariamente mezquinas y egoístas.
No obstante, su sitio estaba allí. Quizá los dioses le habían concedido el don de volar para que pudiera cruzar las montañas y convencer a los siyís de que se aliaran con los Blancos, pero eso no significaba que tuviera que dispensarles un trato de favor respecto a otros pueblos.
«Por otro lado, no debo abandonar a los siyís. Los conduje a la guerra y la muerte. Debo asegurarme de que no padezcan más pérdidas a causa de su alianza con nosotros.»
—La mayor parte de su territorio es intransitable para los pisatierra —señaló Danyin—. Eso frenaría el avance de posibles invasores y daría tiempo a los siyís para pedir ayuda.
Ella sonrió al oírlo emplear el término con que los siyís se referían a los humanos comunes.
—No te olvides de la hechicera que se internó en Si el año pasado con esos pájaros feroces que criaba. Incluso unos hechiceros con pocos poderes harían mucho daño si lograran colarse en el país sin ser descubiertos.
—Aun así, si los pentadrianos quisieran atacarnos de nuevo, dudo que se molestaran en invadir Si.
—De todos nuestros aliados, Si es el país más próximo al continente del sur. Allí no hay sacerdotes, y los pocos siyís que poseen dones mágicos apenas han recibido entrenamiento. Son nuestros aliados más débiles.
Danyin se quedó pensativo y asintió.
—Lo cierto es que Jarime puede prescindir de algunos sacerdotes. Los jóvenes intrépidos que enviéis a Si deberán ser buenos sanadores también. Os interesa mantener viva la gratitud de los siyís. Dentro de veinte años, solo los más viejos recordarán que obligasteis al rey Berro a retirar a los colonos torenios de su territorio. Los siyís más jóvenes no comprenderán el mérito de esa acción..., o se convencerán de que habrían podido hacerlo sin vos. Es posible que ya hayan empezado a convencerse.
Ella sacudió la cabeza.
—Aún no.
—Quizá sí. La gente es capaz de convencerse de cualquier cosa cuando quiere culpar a otros.
Ella crispó el rostro. «Culpar a otros.» La aflicción había llevado a algunos a responsabilizar a los Blancos, e incluso a los dioses, de la muerte de sus seres queridos en el conflicto. Percibir la pena de aquellas personas y de otras más racionales era otro inconveniente de su capacidad para leer la mente. En ocasiones tenía la impresión de que todos los hombres, mujeres y niños de la ciudad lloraban la pérdida de un pariente o amigo.
Por otra parte, estaban los supervivientes. Ella no era la única a quien la atormentaban los recuerdos traumáticos de la guerra. Los combatientes habían visto cosas terribles, y no todos podían olvidarlas. Un escalofrío recorrió a Auraya cuando pensó en las pesadillas que la habían asaltado desde entonces. En aquellos sueños, caminaba por un campo de batalla interminable y sembrado de cadáveres mutilados que le imploraban ayuda o le lanzaban acusaciones a gritos.
«Debemos hacer todo lo posible por evitar otra guerra —pensó— o encontrar una manera mejor de defendernos. Los Blancos poseemos una gran fuerza mágica. Deberíamos descubrir una forma de luchar que no provoque tantas muertes.»
Aunque la descubrieran, tal vez no serviría de nada si las deidades enemigas existían de verdad. Le vino a la memoria la mañana, días antes de la batalla, en que había presenciado la salida del ejército pentadriano de las minas. Su líder había invocado a una figura luminosa. Auraya habría supuesto que se trataba de una ilusión de no ser porque sus sentidos le decían que aquella figura rebosaba energía mágica.
Los circulianos siempre habían creído que los pentadrianos adoraban a dioses falsos, que los integrantes del Círculo de los Cinco eran las únicas divinidades auténticas que habían sobrevivido a la Guerra de los Dioses. Si lo que ella había visto era una deidad real, ¿cómo explicarlo?
Los Blancos habían consultado a los dioses tras la batalla. Chaia les había dicho que era posible que hubieran surgido dioses nuevos después de la guerra. Tanto él como los otros miembros del Círculo estaban investigándolo.
Desde entonces, Auraya había analizado y discutido en múltiples ocasiones las posibilidades con sus compañeros Blancos. Rian se resistía a aceptar que hubieran aparecido nuevos dioses. Aunque por lo general era fervoroso y de convicciones firmes, la idea de que existieran otras deidades lo alteraba, incluso lo enfurecía. Ella empezaba a comprender que los hombres necesitaban que los dioses fueran una fuerza constante en el universo, una fuerza con cuya inmutabilidad pudieran contar.
A Mairae, en cambio, no le preocupaba la posibilidad de que hubiera dioses nuevos en el mundo. «Servimos a nuestros Cinco; eso es lo que importa», había comentado.
Ni Juran ni Dyara estaban convencidos de que la «deidad» que Auraya había avistado fuera real. Aun así, estaban más preocupados que Mairae. Tal como había señalado Juran, las divinidades verdaderas representaban una gran amenaza para Ithania del Norte. Él había dado por sentado que si los pentadrianos afirmaban que sus falsos dioses los habían enviado a la guerra era para someter a su pueblo a obediencia. Ahora cabía la posibilidad de que esos dioses existieran y de que hubieran animado —quizá incluso obligado— a los pentadrianos a invadir territorio circuliano.
Todos se habían mostrado de acuerdo en que si uno de los dioses pentadrianos existía, seguramente los demás también. Ningún dios permitiría que sus adoradores veneraran a deidades falsas además de a él.
«Estoy segura de que lo que vi fue una divinidad real, así que tendría que creer en la existencia de cinco dioses nuevos en este mundo. Pero no puede ser...»
—Auraya.
Sobresaltada, alzó la vista hacia Danyin.
—¿Sí?
—¿Habéis oído algo de lo que he dicho?
Ella hizo una mueca, pesarosa.
—No. Lo siento.
Él sacudió la cabeza, sonriendo.
—No tenéis por qué disculparos. Si os ensimismáis de ese modo, debe de ser por algo importante.
—Sí, pero no es nada por lo que no me haya ensimismado cientos de veces ya. ¿Qué decías?
Con una sonrisa, Danyin empezó a repetir pacientemente los razonamientos que le había expuesto.
Emerahl permanecía sentada, muy quieta.
Oía alrededor de sí los sonidos nocturnos del bosque: el susurro de hojas, el parloteo y los trinos de los pájaros, el crujir de las ramas... y, en algún lugar no muy lejano, unas pisadas ligeras y rápidas.
Se puso tensa al notar que las pisadas se aproximaban. Una sombra tapó la luz de las estrellas.
«¿Qué será? Algo comestible, espero. Acércate más, animalito...»
Ella tenía el viento en contra, pero eso daba igual. Había creado en torno a sí una barrera mágica que contenía sus olores corporales.
«Que son bastante fuertes —se dijo ella, avergonzada—. Cualquiera apestaría tras viajar durante un mes sin mudarse de ropa. Cómo se reiría Rozea si me viera a mí, la favorita de su burdel, cubierta de mugre, durmiendo en el duro suelo, sin otra compañía que la de un tejedor de sueños loco.»
Pensó en Mirar, que estaba sentado frente a la hoguera, varios cientos de pasos tras ella. Probablemente estaría refunfuñando para sí, discutiendo con la otra identidad que había en su cabeza.
De pronto, el animal emergió de las sombras, y Emerahl desterró a Mirar de su mente.
«¡Un brim! —pensó—. ¡Un brim pequeño, gordo y sabroso!»
Una descarga de magia aturdidora lo mató al instante. Ella se levantó, recogió la bestezuela y empezó a prepararla para asarla. Centró toda su atención en despellejarla, limpiarla y encontrar un palo que sirviera como asador. Se encaminó de vuelta hacia la fogata, con las tripas rugiéndole de hambre.
Encontró a Mirar tal como se lo había imaginado. Con la mirada fija en las llamas, movía los labios, sin percatarse de que ella se acercaba. Emerahl daba cada paso de forma sigilosa, con la esperanza de oír algo de lo que él decía antes de que reparase en su presencia y se callara.
—... importa poco si te perdona o no. No puedes volver a verla.
—Sí que importa. Podría ser importante para nuestro pueblo.
—Tal vez. Pero ¿qué piensas decirle? ¿Que aquella noche eras una persona distinta?
—Es la verdad.
—No te creerá. Ella sabía que yo existía dentro de ti, pero no llegó a ver lo suficiente para comprender todo lo que eso implicaba. Yo me mantenía al margen mientras vosotros dos hablabais. ¿Crees que lo hacía por educación?
Guardó silencio.
«Así que hay una “ella” —pensó Emerahl—. ¿Quién es? A juzgar por lo que ha dicho sobre el perdón, alguien a quien traicionó. ¿Es esa mujer la causa de todos sus problemas, o solo de algunos? —Sonrió—. Típico de Mirar.»
Esperó a que él continuara hablando, pero no lo hizo. Sus tripas protestaron de nuevo. Mirar levantó la vista y ella echó a andar como si acabara de llegar.
—Una caza fructífera —dijo, sosteniendo el brim en alto.
—No parece una lucha muy justa —comentó él—. Una gran hechicera contra un animal salvaje.
Ella se encogió de hombros.
—No sería más justa si yo tuviera un arco, flechas y buena puntería. ¿Qué has estado haciendo?
—Pensar en lo agradable que sería que no hubiera dioses. —Suspiró con melancolía—. ¿De qué sirve ser un hechicero poderoso e inmortal si uno no puede hacer nada útil por miedo a llamar la atención?
Ella procedió a colocar el brim sobre el fuego.
—¿Qué cosas útiles llamarían la atención de los dioses?
Él realizó un gesto vago.
—Pues... lo que resulte útil en cada momento.
—¿Útil para quién?
—Para los demás —respondió él con un ligero deje de indignación—. Algo como... como despejar un camino después de un derrumbamiento. O como sanar a la gente.
—¿No harías nada por ti?
Él se sorbió la nariz.
—De vez en cuando. Puede que necesite protegerme.
Emerahl sonrió.
—Puede. —Tras comprobar que el brim estaba apoyado de forma estable, se sentó sobre los talones—. Siempre habrá dioses, Mirar. Simplemente nos las hemos apañado para enemistarnos con ellos en los últimos tiempos.
Mirar rió con amargura.
—Fui yo quien se enemistó con ellos. Yo los provoqué. Yo difundí la verdad sobre ellos para evitar que engañaran a la gente y tomaran el mando. Pero tú y los demás... —Sacudió la cabeza—. No hicisteis nada. Vuestro único delito era ser poderosos. Por eso nos calificaron de «indómitos» y ordenaron a sus esbirros que nos mataran.
Ella alzó los hombros.
—Los dioses siempre nos han tenido controlados. Aún puedes sanar a otros de forma discreta.
Él no la escuchaba.
—Es como estar encerrado en una caja. ¡Quiero salir y estirar las piernas!
—Si haces eso, te agradecería que te apartaras de mí. Aún me gusta estar viva. —Levantó la mirada—. ¿Seguro que los siyís no verán nuestra hoguera?
—Seguro —aseveró él—. Es peligroso para ellos volar en noches sin luna por esta zona en que las montañas están tan juntas. Tienen buena vista, pero no tanto.
Ella reajustó el brim en el asador, sobre el fuego. Se reclinó hacia atrás y se fijó en Mirar, que había apoyado la espalda en el tronco de un árbol. La luz amarilla de las llamas realzaba los ángulos de su mandíbula y sus cejas, y teñía sus ojos azules de un verde pálido.
Cuando él dirigió la mirada hacia Emerahl, ella se estremeció con una mezcla de dolor y alegría. Había creído que nunca volvería a verlo y, sin embargo, allí estaba, vivo y...
«... algo cambiado.» Apartó la vista, pensando en las ocasiones en que había intentado interrogarlo. Mirar no había sabido aclararle cómo era posible que siguiera con vida. No conservaba recuerdos del suceso que supuestamente había causado su muerte, aunque había oído hablar de él. Esto hacía más creíbles las afirmaciones de Leiard, su otra identidad. Este estaba convencido de que su mente contenía una reconstrucción aproximada de la personalidad de Mirar, formada a partir del elevado número de recuerdos de conexión del líder fallecido, que Leiard había recibido al conectar mentalmente con otros tejedores.
«Pero tiene el cuerpo de Mirar —pensó ella—. Bueno, está mucho más delgado y el cabello blanco lo avejenta mucho, pero sus ojos son los mismos.»
Mirar creía que el cuerpo le pertenecía, pero no tenía una explicación para ello. Leiard, por su parte, opinaba que era una mera casualidad que su aspecto fuera similar al de Mirar. Cuando Leiard asumía el control, se movía de un modo completamente distinto, y Emerahl se preguntaba cómo había conseguido reconocerlo siquiera. Solo estaba segura de que el cuerpo era el de Mirar cuando este recuperaba el dominio sobre él.
Por eso, ella había hecho preguntas a Leiard sobre los recuerdos de conexión. Si lo que decía era cierto, ¿cómo había ocurrido? ¿Cómo había obtenido él tantos recuerdos de conexión de Mirar? ¿Cabía la posibilidad de que Leiard, o alguien con quien él hubiese conectado, hubiera acumulado recuerdos de conexión de muchos tejedores de sueños?
Leiard no se acordaba de quién le había transmitido los recuerdos. De hecho, su memoria estaba revelándose tan poco fiable como la de Mirar. Era como si cada uno conservara en la mente parte del pasado del otro, pero las lagunas no eran resueltas por ninguno de los dos.
Emerahl había consultado a ambos respecto al sueño de la torre que ella tenía desde hacía meses y que sospechaba que guardaba relación con la muerte de Mirar. Ninguno de ellos lo había reconocido, aunque al parecer Mirar se había sentido incómodo al oírlo.
Resultaba frustrante. Emerahl no sabía muy bien qué quería Mirar de ella. Cuando lo había encontrado en el campo de batalla, él estaba sanando heridos, como los demás tejedores, pero era evidente que aquello no le bastaba para pasar inadvertido, pues de lo contrario no le habría pedido a ella que lo sacara de allí. Sin embargo, no le había especificado adónde debía llevarlo. Había dejado que ella tomara la decisión.
Consciente de lo bien que se le daba a Mirar meterse en líos con los dioses, Emerahl lo llevó al sitio más seguro y remoto que conocía. No había tardado en descubrir a Leiard. Este parecía haber aceptado la compañía de la hechicera solo porque no tenía alternativa. Ella percibía las emociones tanto de Leiard como de Mirar. Se había sorprendido al advertir que la mente de Mirar estaba abierta y se podía leer. Había recordado después que Mirar nunca había sido capaz de ocultar sus pensamientos tan bien como ella. Adquirir esta habilidad requería tiempo, además de la ayuda de un lector de mentes, y, como todos los dones mágicos, se olvidaba si uno no la ejercitaba.
Eso significaba que los dioses captarían sus pensamientos si por casualidad se fijaban en él, y descubrirían a Emerahl a través de su mente. Mirar conocía la identidad de Emerahl.
Naturalmente, ellos no tendrían motivo para interesarse en aquel tejedor de sueños medio loco. Una de las cosas que ella sabía acerca de los dioses era que no podían estar en más de un lugar a la vez. Poseían la facultad de salvar distancias en un instante, pero su atención era focalizada. Estaban ocupados en tantos asuntos que las probabilidades de que repararan en Mirar eran bajas.
Y, si aun así reparaban en él, ¿quién creerían que era él? Mirar le había contado a Emerahl algo sobre los dioses que ella ignoraba. Solo veían el mundo físico por medio de los ojos de los mortales. Después de cien años, ya no quedaban mortales vivos que hubieran conocido a Mirar en su día, así que ningún mortal lo identificaría. Incluso era posible que los tejedores de sueños que hubiesen recibido recuerdos de conexión sobre Mirar no lo reconocieran. Las reminiscencias de la apariencia física de alguien eran personales.
Los únicos seres capaces de reconocerlo ahora eran inmortales: ella, los demás indómitos y Juran el Blanco. No obstante, el Mirar que ellos recordaban presentaba un aspecto mucho más saludable. Su cabello era rubio, y lo llevaba peinado con esmero. Tenía la piel tersa y más carne en los huesos. Cuando ella había comentado lo cambiado que estaba, él se había reído y había descrito la estampa que ofrecía dos años atrás. Lucía una cabellera cana y larga, barba y estaba incluso más delgado que ahora.
Le había confesado que le preocupaba más que lo identificaran como Leiard, aunque no había explicado por qué. Al parecer, Leiard era tan hábil para meterse en problemas como lo había sido Mirar.
El paso por las montañas de Si era lento y penoso, pero no imposible para personas tan dotadas como ellos. Si alguien los seguía, sin duda había quedado ya muy atrás.
Mirar bostezó y cerró los ojos.
—¿Cuánto falta?
—Te daría demasiada información si te lo dijera —repuso ella. Se había negado a desvelarle adónde se dirigían. Si él lo supiera, los dioses podrían leerle la mente y ordenar a alguien que se adelantara para salir a su encuentro.
Los labios de él se torcieron en una sonrisa.
—Me refería a cuánto falta para que el brim esté listo.
Ella soltó una risita.
—Sí, ya. Todas las noches me preguntas cuántos días de camino nos quedan.
—Así es —admitió él sin dejar de sonreír—. ¿Cuánto falta?
—Una hora —respondió ella, señalando el brim con un movimiento de la cabeza.
—¿Por qué no lo preparas con magia?
—Sabe mejor cuando se asa despacio, y estoy demasiado cansada para concentrarme. —Lo examinó con ojo crítico. También parecía agotado—. Duérmete. Te avisaré cuando esté listo.
Él asintió de forma casi imperceptible. Emerahl se levantó y fue en busca de más leña. Llegarían a su destino al día siguiente. Por fin estarían a salvo de la mirada de los dioses.
¿Y después?
Exhaló un suspiro. «Después tendré que intentar desentrañar lo que ocurre en esa mente embrollada.»
2
—Estas son preciosas —comentó Teiti al pasar al siguiente puesto.
Imi alzó la vista hacia las lámparas. Cada una consistía en una concha descomunal en la que se habían practicado orificios diminutos, de manera que la llama del interior proyectara miles de puntos de luz. Eran bonitas, pero no lo bastante especiales para su padre. Necesitaba algo único. Arrugó la nariz y apartó la mirada.
Teiti no dijo una palabra más sobre las lámparas. Llevaba el tiempo suficiente ejerciendo de aya de su sobrina para saber que intentar persuadirla de que algo era maravilloso solo servía para convencerla de que no lo era. Caminaron con paso tranquilo hacia el puesto siguiente. Estaba cubierto de platos repletos de polvos de todos los colores, algas y coral seco, trozos de minerales preciosos, animales acuáticos desecados o conservados y plantas tanto flotantes como submarinas.
—¡Mira! —exclamó Teiti—. ¡Es amma! No resulta fácil de encontrar. Los perfumistas elaboran una fragancia deliciosa con ella.
El encargado del puesto, un hombre rollizo de piel grasienta, le dedicó una reverencia a Imi.
—Hola, princesita. ¿Os ha llamado la atención el amma? —preguntó con una sonrisa radiante—. Son lágrimas secas de pezgigante, algo muy excepcional. ¿Os gustaría olerlas?
—No. —Imi sacudió la cabeza—. Ya conozco el amma; mi padre me la ha enseñado antes.
—Por supuesto. —El hombre se inclinó mientras ella se volvía hacia otro lado.
Teiti parecía decepcionada, pero guardó silencio. Después de echar un vistazo a varios puestos más, Imi suspiró.
—No sé cómo voy a encontrar algo aquí —se lamentó—. Los objetos más raros y valiosos habrán ido a parar directamente a manos de mi padre, y los mejores artesanos de la ciudad ya trabajan para él.
—Cualquier cosa que le regales será muy preciada para él —le aseguró Teiti—. Aunque solo sea un puñado de arena, él lo valorará mucho.
Imi la miró con impaciencia.
—Lo sé, pero es que es su añal número cuarenta. Es algo extra especial. Tengo que encontrar un regalo mejor que cualquier otro que haya recibido nunca. Ojalá...
Dejó el resto de la frase en el aire. «Ojalá él hubiera accedido a comerciar con los pisatierra. Entonces podría encontrar algo que nunca antes hubiera visto.»
Se suponía que ella no debía estar enterada de aquel asunto. El día que la hechicera pisatierra había llegado a la ciudad, Imi estaba encerrada en su habitación. Había enviado a Teiti a investigar qué ocurría, pero con la intención de hacer algo a escondidas.
En su alcoba, detrás de un antiguo panel tallado, había un túnel estrecho por el que ella apenas podía pasar. Aunque originalmente estaba obstruido, Imi lo había despejado tiempo atrás. El túnel desembocaba en una habitación secreta con las paredes cubiertas de tubos. Si ella apoyaba la oreja en uno de los tubos, alcanzaba a oír lo que se decía en el otro extremo. Su padre le había hablado de ello en cierta ocasión y le había revelado que era así como se enteraba de los secretos de los demás.
El día que la pisatierra había entrado en la ciudad, Imi se había arrastrado por el túnel para intentar averiguar qué había alborotado a los guardias. Había oído a aquella mujer preguntarle a su padre si los pisatierra y los elay podían ser amigos. Su gente se ocuparía de los saqueadores que mataban y robaban a los elay desde hacía tanto tiempo; los obligarían a vivir en la ciudad subterránea. A cambio, los elay prestarían ayuda a su gente si algún día la necesitaban. Además, realizarían otros intercambios. El pueblo de la hechicera y el de los elay podrían intercambiarse mercancías. Parecía un buen acuerdo, pero el padre de Imi lo había rechazado. No se fiaba de los pisatierra, pues creía que todos eran unos mentirosos, ladrones y asesinos.
«No es posible que todos sean así —pensó—. ¿O sí?»
Si lo eran, el continente debía de ser un lugar espantoso, donde todos se desvalijaban y se asesinaban unos a otros a todas horas. Quizá lo era, pues tenían muchas cosas valiosas por las que luchar.
Imi negó con la cabeza.
—Regresemos.
Su tía asintió.
—Tal vez encuentres algo especial la próxima vez.
—Tal vez —repitió Imi con escepticismo.
—Aún te queda más de un mes para encontrar un regalo.
El mercado se hallaba cerca de la Boca, el gran lago que servía de entrada a la ciudad submarina. Cuando Imi avistó la enorme y oscura cueva inundada de agua, un anhelo teñido de melancolía la invadió. Solo se había aventurado a salir de la ciudad unas pocas veces en su vida, pero siempre en compañía de muchos guardias. Era el inconveniente de ser princesa. No la dejaban ir a ningún lado sin escolta.
Había aprendido tiempo atrás a olvidarse de los guardias armados que las seguían a Teiti y a ella a todas partes. Se les daba bien mostrarse circunspectos y no interferían en sus asuntos.
«Circunspectos.» Imi sonrió. Era una palabra que había aprendido hacía poco. La pronunció por lo bajo.
Salieron del mercado al río Principal. En realidad no era un río, ya que estaba seco, pero todas las vías de la ciudad tenían nombres de ríos, arroyos, riachuelos, regueros o cualquier tipo de corriente. A las cuevas públicas más grandes las llamaban «lagunas» o «charcos» cuando alguien quería mofarse de la zona.
El río Principal era la avenida más ancha de la ciudad. Conducía directamente a palacio. Imi nunca lo había visto desierto, ni siquiera a altas horas de la noche. Siempre había alguien circulando por allí, aunque solo se tratara de un mensajero que iba o venía, o de los centinelas que patrullaban la muralla.
Aquel día, el río Principal estaba muy transitado. Dos de los guardias que seguían a Imi se adelantaron para abrirle camino entre la multitud. El bullicio de las voces, las pisadas fuertes, la música y el canto de los juglares resultaban ensordecedores.
Imi se detuvo al reconocer una melodía. Era una canción nueva, titulada La dama blanca, y ella estaba convencida de que hacía referencia a la visitante pisatierra. Su padre había prohibido que se interpretara en el palacio. Teiti la asió del brazo y tiró de ella para que continuara andando.
—No les pongas más difícil su trabajo a los guardias —dijo entre dientes.
Imi no rechistó. «De todos modos, no puedo mostrarme demasiado interesada en la canción, pues podrían sospechar que sé lo de la pisatierra.»
Llegaron al final del río Principal. Teiti lanzó un suspiro de alivio cuando dejaron atrás la muchedumbre, atravesaron la verja y se adentraron en la tranquilidad de la laguna del palacio. Un guardia salió a su encuentro y ejecutó una reverencia ante Imi.
—El rey desea veros, princesa —anunció con formalidad—, en el salón Principal.
—Gracias —respondió Imi, disimulando su emoción a duras penas. ¡Su padre quería hablar con ella en pleno día! Nunca tenía tiempo para verla antes del atardecer. Debía de tratarse de algo importante.
Teiti sonrió con aprobación ante la compostura de Imi. Avanzaron por la corriente principal del palacio con un andar digno pero exageradamente lento. Los guardias agachaban la cabeza a su paso en señal de cortesía. La corriente estaba repleta de hombres y mujeres que aguardaban a que el monarca les concediera audiencia. Se inclinaron cuando Teiti e Imi pasaron ante ellos en dirección a las puertas dobles del salón Principal, que estaban abiertas.
En cuanto Imi entró en la enorme estancia, vio a su padre apoyado en el brazo del trono, hablando con uno de los tres hombres que estaban sentados en unos taburetes frente a él. Reconoció al consejero real, al mayordomo de palacio y al sastre mayor. Su padre alzó la vista, desplegó una amplia sonrisa y abrió los brazos.
—¡Imi! Ven y dale un abrazo a tu padre.
Ella sonrió y, dejando a un lado el decoro, arrancó a correr a través de la sala. Cuando saltó a los brazos de su padre, notó que estos la rodeaban y sintió la vibración de la risa que surgía de lo más profundo de su pecho.
Él la soltó y le hizo un hueco en el trono, a su lado.
—Tengo una pregunta importante que hacerte —le dijo.
Ella asintió, adoptando una expresión seria.
—¿De qué se trata, padre?
—¿Qué entretenimientos te gustaría ver en la celebración de mi añal?
Ella sonrió de oreja a oreja.
—¡Bailes! ¡Malabaristas y acróbatas!
—Por supuesto —dijo él—. ¿Qué más? ¿Se te ocurre algo verdaderamente especial?
Ella se quedó pensativa.
—¡Personas que vuelen!
El rey arqueó las cejas y miró a su consejero.
—¿Crees que algunos siyís aceptarían venir?
Imi se puso a dar botes de alegría.
—¿Vendrán? ¿Vendrán?
El consejero sonrió.
—Se lo preguntaré, pero no prometo nada. Tal vez no les guste estar bajo tierra, en lugares desde donde no se vea el cielo. Además, no pueden volar en sitios reducidos. No tienen espacio suficiente.
—Podríamos llevarlos a nuestra cueva más grande y más alta —propuso Imi— y pintar el techo de azul, como el cielo.
Un brillo de interés asomó a los ojos de su padre.
—Eso sería espectacular. —Le dedicó una sonrisa mientras ella intentaba proponer más ideas que pudieran complacerlo.
—¡Tragafuegos! —exclamó.
Él torció el gesto, seguramente al recordar el accidente que se había producido unos años antes, cuando un tragafuegos novato y demasiado nervioso se había derramado encima aceite ardiendo.
—Bien —dijo—. ¿Es todo?
Ella reflexionó por unos instantes y se le iluminó el rostro.
—Una búsqueda del tesoro para los niños.
—¿No eres ya un poco mayor para eso?
—Aún no..., si lo hacemos fuera.
El semblante del rey pasó a reflejar desaprobación.
—No, Imi. Es demasiado peligroso.
—Pero podríamos ir con guardias y organizarla en algún sitio...
—No.
Ella apartó la mirada con un mohín. Dudaba que el exterior fuera realmente tan peligroso. Por lo que había oído en la habitación de los tubos, los saqueadores no rondaban las islas a todas horas. La gente salía todos los días en busca de comida u objetos de intercambio. Cuando los saqueadores mataban a alguien, siempre era en las islas más remotas, o en algún lugar alejado del archipiélago.
—¿Algo más? —preguntó él. Imi percibió el tono de alegría fingida. Cada vez que su padre forzaba una sonrisa, ella lo notaba porque no se formaban arrugas en las comisuras de sus ojos.
—No —contestó—. Salvo un montón de regalos.
Las arrugas aparecieron entonces.
—Desde luego —aseveró él—. Ahora que debo atender a todas esas propuestas, tengo mucho que hacer. Vuelve junto a Teiti.
Ella se inclinó hacia delante y le dio un beso en la mejilla antes de bajarse de sus rodillas y dirigirse hacia Teiti. Con una sonrisa, su tía la tomó de la mano y salió con ella de la sala.
Fuera, en la corriente, había un grupo numeroso de comerciantes. Al pasar, ella los oyó murmurar entre sí.
—¡... tres días esperando!
—Lleva tres generaciones en mi familia. No pueden...
—... nunca había visto unas campanillas marinas así. ¡Grandes como puños!
«¿Campanillas marinas?» Imi aminoró el paso, fingiendo que se quitaba una pelusa de la ropa.
—Pero los pisatierra las han descubierto. Las tienen bien custodiadas.
—¿Y si organizamos una maniobra de distracción? Entonces podríamos...
La conversación prosiguió en voz demasiado baja para que ella alcanzara a escucharla mientras se alejaba. ¿Campanillas marinas grandes como puños? A su padre le encantaban las campanillas marinas. ¿Podría pedirle a uno de aquellos comerciantes que le consiguiera una? Por lo visto, estaban planeando una gran excursión para recoger gran cantidad de ellas. Después, las campanillas grandes se venderían por todas partes. Se convertirían en algo vulgar y aburrido.
«A menos que pida a alguien que se acerque a hurtadillas a coger una para mí antes de que los comerciantes lleguen allí. —Sonrió—. ¡Eso es! Solo necesito averiguar dónde están esas campanillas marinas.»
No le resultaría difícil. Cuando anocheciera, haría una visita a la habitación de los tubos.
:¿Vienes, Auraya?, preguntó Juran.
Ella dio un respingo al oír la voz en su cabeza. Dejó caer el pergamino que estaba leyendo —un relato fascinante de un marinero al que uno de los seres del mar había salvado de ahogarse— y se levantó del asiento de golpe. Su movimiento brusco sobresaltó a su viz, que soltó un chillido, trepó por el respaldo de la silla sobre la que dormía y subió corriendo por la pared.
—Lo siento, Travesuras —dijo Auraya, acercándose a la pared y tendiéndole la mano—. No era mi intención asustarte.
Él le lanzó una mirada acusadora, con las patas separadas y firmemente sujetas a la pared.
—Ohuaya asusta. Ohuaya mala.
—Perdóname. Baja para que te rasque.
La bestezuela permaneció fuera de su alcance, con los bigotes temblándole como siempre que hacía honor a su nombre.
:Ohuaya persigue a Trasuras, dijo una vocecilla en la mente de Auraya, que sacudió la cabeza.
—No, Travesuras. Me...
:¿Auraya?, la llamó Juran.
:Sí, ya voy. ¿Dónde estás?
:Al pie de la torre.
Ella suspiró y dejó a Travesuras aferrado a la pared. Tras colocar una copa sobre el borde del pergamino para que el viento no lo volara de la mesa, se acercó a la ventana, descorrió el pestillo y empujó el cristal para dejar pasar el aire.
Se concentró y cobró una conciencia aguda del mundo. De alguna manera sabía dónde estaba ella con respecto al suelo, al paisaje que la rodeaba y al cielo. Invocó magia y esforzó su voluntad para cambiar ligeramente de posición, un poco más arriba y hacia delante. Un momento después, se hallaba flotando fuera, frente a la ventana, con solo aire bajo los pies. Cambiando otra vez de posición, dio media vuelta y cerró la ventana.
Debajo se extendía el recinto del templo. Tal como estaba suspendida, casi daba la impresión de que tenía un pie apoyado en la Cúpula y el otro en el edificio hexagonal conocido como Cinco Casas, donde se alojaba el clero. Además de la Torre Blanca, situada tras ella, el terreno del templo se componía de jardines bien cuidados y de forma circular, ya que el círculo era el símbolo de los dioses. Más adelante, a su derecha, ella divisó una tira de cielo reflejado en uno de los numerosos ríos de Jarime que serpenteaba hacia el mar.
Hizo un esfuerzo para descender. Cuando se movía de aquel modo, la sensación no era en absoluto la de volar. Durante los últimos momentos de la batalla, cuando había acumulado más energía que nunca antes, había adquirido una percepción nueva de la magia. Si se concentraba, podía detectarla por doquier en torno a sí.
Los circulianos y los tejedores de sueños compartían la creencia de que la magia estaba presente en todas las cosas. Todos los seres vivos podían absorber parte de esa magia y canalizarla hacia la realidad física. A sus aplicaciones se las denominaba «dones», y era necesario aprenderlas, como cualquier habilidad corporal. Casi todos los seres vivos, entre ellos las personas, solo eran capaces de absorber una pequeña cantidad de magia, por lo que sus dones eran limitados. Algunos, sin embargo, eran más fuertes y dotados. Si eran humanos, se les conocía como «hechiceros».
«Yo ya era una hechicera extrañamente poderosa incluso antes de que los dioses incrementaran mis poderes para convertirme en una Blanca —se recordó, contemplando el anillo que lucía—. Me pregunto qué tipo de vida habría llevado en la época en que no había sacerdotes circulianos.»
Le gustaba imaginar que habría empleado sus dones para ayudar a la gente, que no habría caído en la corrupción ni en la crueldad, como muchos hechiceros poderosos del pasado. Entre ellos figuraban los indómitos, que si bien eran lo bastante dotados para alcanzar la inmortalidad, se habían sentido más inclinados a abusar de su poder y de su posición de autoridad.
Tal vez los humanos no debían llegar a ser tan poderosos. Tal vez poseer una forma física los hacía vulnerables. Los dioses auténticos no eran corruptos. Aunque carecían de corporeidad, eran seres de magia pura que existían en la energía que impregnaba el mundo.
Auraya se paró en seco.
«Percibo esa magia. ¿Significa eso que podré percibirlos a ellos?»
Esta posibilidad le resultaba tan emocionante como perturbadora. Bajó la vista. El suelo no estaba muy lejos. Se dejó caer y, cuando se encontraba frente a la parte superior de la entrada de la torre, redujo la velocidad para aterrizar con suavidad.
Al echar un vistazo a través de los arcos, divisó a los otros Blancos, de pie en la sala. Mairae la vio y sonrió. Los demás siguieron la dirección de su mirada. La expresión de Juran se dulcificó cuando posó la vista en ella.
—¿Has dado una vuelta matinal en torno a la torre? —preguntó él, indicándole con un gesto que caminara a su lado mientras los Blancos se dirigían hacia la Cúpula.
—No —respondió Auraya—. Debo confesar que me he olvidado de la hora que era.
—¿Te has olvidado de tu primer aniversario? —inquirió Mairae.
—De eso no —repuso Auraya con una risita—. Solo de la hora. Estaba enfrascada en la lectura de un documento fascinante sobre los elay que Danyin me había proporcionado. —Se volvió hacia Juran—. ¿Debo visitarlos de nuevo para hacerles una segunda oferta de alianza?
Juran sonrió.
—Ya hablaremos de ello en el altar.
Los sacerdotes que estaban de pie o se paseaban en torno a la torre y la Cúpula se detuvieron a observarlos. Auraya se había acostumbrado a sus miradas de curiosidad y admiración. Había aprendido a aceptarlas como parte de sus funciones y ya no la avergonzaban.
«¿Me convierte eso en una vanidosa mimada? —se preguntó—. No es fácil cumplir con mi deber. Trabajo duro, y no en beneficio propio. Sirvo a los dioses, como ellos, pero da la casualidad de que estoy más dotada y soy buena en mi trabajo. Y aun así soy capaz de cometer errores.» La imagen de Leiard le vino a la mente, seguida por la punzada de dolor habitual. Ahuyentó ambas cosas con firmeza.
Pasaron por debajo de uno de los anchos arcos de la Cúpula y dejaron atrás el tenue sol de la mañana. Los detalles del interior cobraron forma cuando los ojos de Auraya se adaptaron a la oscuridad. En el centro de la enorme estructura, sobre un estrado, se alzaba el altar.
Las cinco paredes triangulares que hacían de base se inclinaban hacia fuera como los pétalos de una flor que se abría. Juran pasó por encima de una de las paredes y subió con aire decidido hacia el centro, donde una mesa y cinco sillas los esperaban. Los demás lo siguieron. Cuando ocuparon sus asientos, las paredes se elevaron despacio y se juntaron por encima de sus cabezas, encerrándolos en lo que ahora era una habitación de base pentagonal.
Auraya contempló a cada uno de sus compañeros Blancos. Juran respiraba hondo, preparándose para pronunciar las palabras rituales. Dyara estaba tranquilamente sentada. Rian tenía el ceño fruncido; no se le veía contento desde la guerra. Mairae, con los brazos cruzados, tamborileaba con los dedos en silencio.
—Chaia, Huan, Lore, Yranna, Saru —comenzó Juran—. Os damos las gracias una vez más por traer la paz a Ithania y por los dones que nos han permitido preservarla. Os damos las gracias por guiarnos con vuestra sabiduría.
—Os damos las gracias —repitió Auraya en voz baja junto con los demás. Se concentró en la magia que los envolvía. Si las deidades se hallaban cerca, no percibía su presencia.
—Hoy se cumple un año de la Elección de Auraya, y un año más en que los demás os hemos servido. Repasaremos los acontecimientos de dicho año y reflexionaremos sobre cómo debemos proceder en adelante. Si nuestros planes difieren de los vuestros, os rogamos que nos manifestéis vuestra voluntad.
—Guiadnos —murmuraron los demás.
Juran desplazó la mirada en torno a la mesa.
—Muchas alianzas pequeñas y pacíficas, y una gran guerra —dijo—. Es una forma de resumir el año. —Auraya no pudo evitar una sonrisa irónica—. Abordaremos primero los asuntos sobre lugares más próximos. —Se volvió hacia Dyara—. ¿Cómo van las cosas en Genria y Toren?
Ella se encogió de hombros.
—Muy bien, de hecho. El rey Berro muestra un comportamiento ejemplar últimamente. El rey Guire sigue siendo tan sensato como siempre. Cada uno reconoce gentilmente el papel del otro en la guerra, y ambos intercambian elogios sobre la destreza de sus soldados. —Puso cara de resignación—. Estoy esperando a que este pavoneo masculino vuelva a dar paso a los altercados.
Con una risita, Juran centró su atención en Auraya.
—¿Cómo están los siyís?
—No tengo noticia desde que se marcharon del campo de batalla. —Hizo una pausa—. La comunicación con ellos resultaría mucho más sencilla si destináramos sacerdotes allí. Les prometí que les enviaríamos algunos, así como sanadores y maestros.
—Es un viaje difícil.
—En efecto —convino Auraya—. Estoy segura de que encontraremos algunos sacerdotes jóvenes dispuestos a realizar ese esfuerzo a cambio de la oportunidad de vivir en un lugar que pocos pisatierra han visto. Podríamos emplear como guía al explorador que entregó nuestra primera propuesta de alianza.
—Muy bien —intervino Juran—. Encárgate de ello, Auraya. Y pregunta a los siyís si a algunos les interesaría venir aquí para ingresar en el sacerdocio. —Se dirigió a Rian—. ¿Qué hay de los dunwayanos?
—Por el momento, están encantados —respondió—. Nada complace más a un pueblo guerrero que la oportunidad de participar en una batalla épica. Casi parecen lamentar que se haya acabado.
Juran esbozó una sonrisa torcida.
—¿Alguna novedad sobre las trampas del paso?
—Siguen retirándolas.
—¿Cuánto tiempo falta para que terminen?
—Unas semanas.
Mairae sonrió cuando Juran posó la vista en ella.
—No hay quejas por parte de los somreyanos. Como sabéis, se marcharon hace una semana, por lo que deberían llegar a Arbim hoy o mañana.
Juran asintió.
—Solo nos quedan los sennenses. —Para sorpresa de Auraya, el líder de los Blancos miró a Dyara. La mujer se ocupaba ya de los asuntos relativos a dos países, Toren y Genria. Era inconcebible que estuviese haciéndose cargo de un tercero, sobre todo teniendo en cuenta que Sennon se había alineado con los pentadrianos y que con toda seguridad obtener su colaboración requeriría mucho tiempo y esfuerzo.
—El emperador en persona ha enviado mensajes proponiendo «una nueva era de amistad» —contestó Dyara, con una expresión de desaprobación que evidenciaba lo que opinaba al respecto—. Corre el rumor de que ha roto el tratado que firmó con los pentadrianos.
—Bien —comentó Juran, satisfecho—. Aliéntalo, pero que no te note demasiado ansiosa. —Observó a Rian y Mairae—. Puesto que ni Somrey ni Dunway os están causando muchos problemas, quiero que trabajéis con Dyara en esto. Dudo que logremos convencer al emperador de que se alíe con nosotros en un futuro próximo. Sabe que si lo hace, su país será el primer objetivo de los pentadrianos en caso de que nos declaren la guerra de nuevo. A ver qué podéis conseguir de él mientras se sienta culpable por haber tomado partido contra nosotros.
«Dyara, Rian y Mairae trabajarán juntos para conseguir la alianza con Sennon —pensó Auraya—. ¿Y yo qué? Los siyís no causan problemas... Pero claro. Hay otro país con el que nos interesa aliarnos.»
Juran la miró. Ella sonrió.
—¿Los elay?
—No —repuso él—. Tengo otra misión para ti, pero ya hablaremos de eso más tarde. Tratemos las cuestiones sobre los territorios que están más allá de nuestras costas. ¿Qué debemos hacer para evitar que los pentadrianos nos ataquen de nuevo?
Los demás intercambiaron miradas.
—¿Qué podemos hacer? —inquirió Rian—. Dejamos que regresaran a su país, donde pueden recuperar sus fuerzas.
—Así es —admitió Juran—. Por tanto, ¿qué opciones tenemos ahora? Podemos cruzarnos de brazos y esperar que no se rearmen ni intenten invadirnos de nuevo, o podemos tomar medidas para impedirlo.
Dyara arrugó el entrecejo.
—¿Estás proponiendo una alianza? Jamás la aceptarían. Nos consideran paganos.
—En eso se equivocan, y es un punto débil que podemos aprovechar. —Juran entrelazó los dedos—. Nuestros dioses son reales. Tal vez los pentadrianos dejarían de adorar a sus falsas deidades si lo supieran.
—¿Cómo podríamos convencerlos? —preguntó Rian—. ¿Harían una demostración de su poder los dioses si nosotros se lo pidiéramos?
—Siempre y cuando no les pidiéramos que se manifestasen cada vez que topáramos con un pen
