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La biblioteca de Hurtfew
Otoño de 1806 enero de 1807
Hace años, había en la ciudad de York una sociedad de magos. Los socios se reunían el tercer miércoles del mes y se leían unos a otros largos y aburridos trabajos sobre la historia de la magia en Inglaterra.
Eran caballeros magos, lo que significa que a nadie habían causado mal con la magia, como tampoco bien. A decir verdad, ninguno de ellos había obrado hechizo alguno, hecho temblar una hoja de un árbol, inducido a una mota de polvo a modificar su trayectoria ni movido un cabello de la cabeza de alguien. Pero, con esta pequeña reserva, tenían fama de ser los hombres más sabios y los caballeros más mágicos de Yorkshire.
Un mago eminente dijo de su profesión que sus practicantes «... han de estrujarse el cerebro para adquirir hasta el conocimiento más insignificante, y muestran siempre una natural inclinación a la polémica»,[1] y hacía años que los magos de York habían demostrado la exactitud del aserto.
En el otoño de 1806, se unió a ellos un caballero llamado John Segundus. En la primera reunión de la sociedad a la que asistía, el señor Segundus se levantó para hacer uso de la palabra. Empezó su discurso felicitando a los reunidos por su relevante historial y enumeró los muchos y prestigiosos magos e historiadores que, en uno u otro momento, habían pertenecido a la Sociedad de York. Insinuó que el conocimiento de la existencia de tal sociedad había influido no poco en su decisión de ir a York. Recordó a su auditorio que los magos del norte siempre habían sido más respetados que los del sur. Dijo también que había estudiado magia durante muchos años y conocía la historia de todos los grandes hechiceros de épocas pretéritas. Él leía las nuevas publicaciones sobre el tema e incluso había colaborado, modestamente, en algunas de ellas, pero había empezado a preguntarse por qué los grandes prodigios de la magia cuyos relatos leía, sólo existían en las páginas de los libros y ya no se los veía en la calle ni aparecían en los periódicos. Deseaba saber por qué los magos modernos no eran capaces de practicar la magia que describían. Ansiaba saber, en suma, por qué ya no se «hacía» magia en Inglaterra.
Era la pregunta más simple del mundo. Era la pregunta que, antes o después, todos los niños del reino plantean a su institutriz, a su preceptor o a sus padres. No obstante, a los doctos miembros de la Sociedad de York no les gustó oírla, y no les gustó por esta razón: porque tampoco ellos tenían respuesta.
El presidente (el doctor Foxcastle) le contestó a John Segundus que su planteamiento no era el correcto.
—Su pregunta presupone que los magos tenemos una especie de obligación de practicar magia, lo cual es una insensatez. No creo que a usted se le ocurra sugerir que sea tarea de los botánicos la creación de flores nuevas. Ni que los astrónomos tengan que modificar la posición de los astros en el espacio. Los magos, señor Segundus, estudian la magia que se practicaba en el pasado. ¿Por qué se habría de esperar de ellos algo más?
Un anciano socio de ojos azul apagado y traje de color apagado (llamado Hart o Hunt, el señor Segundus no oyó bien el nombre) apuntó, con voz apagada, que no importaba en absoluto si alguien esperaba tal cosa o no. Un caballero no practicaba la magia. La magia era lo que simulaban los embaucadores callejeros para birlar unas monedas a los niños. La magia (en su sentido práctico) estaba muy desprestigiada. Tenía connotaciones negativas. Se la asociaba con caras mugrientas, gitanos y ladrones; habitaba en sórdidos cuartuchos de sucias cortinas amarillas. ¡Ah, no! Un caballero no la practicaba. Un caballero podía estudiar la historia de la magia (nada más noble), pero no «hacer» magia. El anciano caballero miró al señor Segundus con ojos apagados y paternales y le dijo que confiaba en que no hubiera tratado de realizar sortilegios.
Segundus se ruborizó.
Pero la máxima de aquel famoso mago era cierta: dos magos —en este caso, el doctor Foxcastle y el señor Hunt o Hart— no pueden mostrarse de acuerdo en algo sin que otros dos piensen todo lo contrario. Varios socios empezaron a darse cuenta de que opinaban lo mismo que el señor Segundus y que, en todo el debate académico sobre la magia, no podía haber cuestión más importante que la por él expuesta. Entre los que apoyaban a Segundus destacaba un caballero llamado Honeyfoot, un cincuentón afable y cordial, de cara colorada y cabello gris. En varias ocasiones, a medida que la discusión se agriaba y el tono en que el doctor Foxcastle se dirigía al señor Segundus derivaba hacia el sarcasmo, Honeyfoot se volvió hacia este último para susurrarle frases de ánimo tales como: «No le haga caso, caballero, yo soy de su misma opinión», «Tiene usted mucha razón, no se deje influir» y «¡Está en lo cierto! ¡Por supuesto que sí, señor! El que nadie plantease esa pregunta era lo que nos impedía avanzar. Ahora que ha llegado usted, haremos grandes cosas».
Estas palabras de aliento encontraban a un oyente agradecido en John Segundus, cuyo semblante reflejaba una viva turbación.
—Temo haberme indispuesto con estos caballeros —le susurró a Honeyfoot—. Nada más lejos de mi intención. Yo deseaba merecer de ellos una buena opinión.
Al principio se lo veía abatido, pero una frase especialmente mordaz de Foxcastle despertó en él una ligera indignación.
—¡Este caballero parece decidido a que nosotros corramos la triste suerte de la Sociedad de Magos de Manchester! —exclamó el doctor clavándole una fría mirada.
Segundus, inclinando la cabeza hacia Honeyfoot, dijo:
—No esperaba hallar tanta obstinación en los magos de Yorkshire. Si la magia no tiene amigos en Yorkshire, ¿dónde vamos a encontrarlos?
La amabilidad de Honeyfoot para con Segundus no se agotó aquella tarde, ya que lo invitó a cenar en su casa de High-Petergate, en compañía de la señora Honeyfoot y sus tres bonitas hijas, invitación que el señor Segundus, soltero y nada adinerado, aceptó encantado. Después de la cena, la hija mayor tocó el pianoforte y la mediana cantó en italiano. Al día siguiente, la señora Honeyfoot le dijo a su marido que John Segundus era todo un caballero, pero temía que eso no le sirviera de nada, ya que no estaba de moda ser modesto, discreto y bondadoso.
La amistad entre ambos hombres se consolidó con rapidez. Al poco tiempo, el señor Segundus pasaba dos o tres veladas de cada siete en la casa de High-Petergate. En una ocasión había multitud de gente joven, lo cual, naturalmente, hizo que la reunión acabara en baile. Era todo muy placentero, pero Honeyfoot y Segundus solían escabullirse para hablar del único tema que realmente les interesaba: ¿por qué ya no se practicaba la magia en Inglaterra? Pero por más que hablaran (a veces hasta las dos o las tres de la madrugada), no acertaban con la respuesta; aunque quizá eso no fuera tan sorprendente, puesto que la misma pregunta se la habían hecho magos y estudiosos durante más de doscientos años.
Honeyfoot era un caballero alto, jovial y vigoroso que no sabía estar sin hacer o planear algo, y pocas veces se detenía a reflexionar sobre si ese algo tenía sentido. Su tarea actual le hacía pensar en los grandes magos medievales,[2] que cuando se encontraban ante un problema aparentemente insoluble, emprendían un viaje de un año y un día sin más compañía que la del criado duende que los guiaba, y al término de ese plazo siempre hallaban la solución. Le dijo a Segundus que, en su opinión, nada mejor que emular a aquellos grandes hombres, algunos de los cuales habían ido hasta los más remotos rincones de Inglaterra, Escocia e Irlanda (donde más poderosa era la magia), mientras que otros habían cabalgado fuera de este mundo y nadie sabía adónde habían ido ni lo que habían hecho una vez allí. Honeyfoot no proponía llegar tan lejos —en realidad no quería ir nada lejos, porque era invierno y los caminos estaban horribles—. No obstante, tenía la convicción de que debían ir a algún sitio y consultar a alguien. Le comentó a Segundus que, según le parecía, ambos se estaban anquilosando; sería inmenso el beneficio que había de reportarles conocer una opinión nueva. Pero no se le ocurría qué destino fijarse ni con qué objeto. Empezaba a desesperarse cuando pensó en el otro mago.
Años atrás, la Sociedad de York había oído rumores de que había otro mago en Yorkshire. Ese caballero vivía en un apartado lugar del campo, donde (según se decía) pasaba los días y las noches estudiando raros textos mágicos de su fabulosa biblioteca. El doctor Foxcastle averiguó su nombre y dónde se lo podía encontrar, y le escribió una carta muy cortés invitándolo a ingresar en la Sociedad de York. El otro mago contestó agradeciendo el honor que se le dispensaba y manifestando un profundo pesar: le era imposible... la gran distancia entre York y Hurtfew Abbey... el mal estado de los caminos... el trabajo que no podía abandonar... etcétera, etcétera.
Todos los magos de York examinaron la carta y expresaron la duda de que una persona con una letra tan pequeña pudiera ser un mago aceptable. Luego — no sin cierta desilusión por la maravillosa biblioteca que nunca verían— apartaron de su pensamiento al otro mago. Pero Honeyfoot le dijo a Segundus que la importancia de la pregunta «¿por qué ya no se practica la magia en Inglaterra?» era tal que harían muy mal en no tomar en consideración cualquier posibilidad de avance. Quién sabía, la opinión del otro mago podía ser valiosa. Así pues, le escribió una carta en la que preguntaba si él y el señor Segundus podrían tener el placer de hacerle una visita el tercer jueves después de Navidad, a las dos y media de la tarde. No tardó en llegar la respuesta, y Honeyfoot, con su buena disposición y amabilidad habituales, inmediatamente mandó llamar a Segundus y se la mostró. El otro mago, con su letra diminuta, escribía que tendría sumo gusto en conocerlos. Eso bastó. Honeyfoot se sintió muy complacido y sin más fue en busca de Waters, el cochero, para advertirle de cuándo precisaría sus servicios.
Segundus se quedó solo en la habitación con la carta en la mano. Y leyó: «... Confieso que me siento un tanto desconcertado y no acierto a explicarme el súbito honor que se me hace. Es casi inconcebible que los magos de York, con el incalculable beneficio que ha de reportarles la suma de sus saberes, sientan necesidad de consultar a un estudioso solitario como yo...»
El texto tenía un aire de leve sarcasmo; su autor parecía mofarse de Honeyfoot con cada palabra. Segundus pensó que, afortunadamente, su amigo no debía de haberlo notado, o no hubiera ido a hablar con Waters con aquella euforia. Tan displicente le parecía la carta que sus deseos por conocer al otro mago se diluyeron. «En fin, no importa —se dijo—, debo ir porque el señor Honeyfoot lo quiere... Al fin y al cabo, ¿qué es lo peor que puede ocurrir? Lo conoceremos, nos sentiremos decepcionados y asunto terminado.»
El día fijado para la visita llegó precedido por tiempo borrascoso; los desnudos campos de tierra oscura estaban encharcados, los tejados relucían como fríos espejos de piedra y el calesín del señor Honeyfoot viajaba por un mundo que parecía contener mucho más cielo gris y frío y menos tierra sólida y acogedora de lo habitual.
Desde la primera tarde, Segundus deseaba preguntar a su amigo por la Sociedad de Magos de Manchester que había mencionado el doctor Foxcastle, y entonces lo hizo.
—Era de fundación bastante reciente —respondió Honeyfoot—. Sus miembros eran clérigos modestos, antiguos comerciantes, boticarios, abogados, molineros retirados, personas respetables que habían estudiado un poco de latín; en suma, hombres a los que cabría calificar de medio caballeros. Me parece que el doctor Foxcastle se alegró cuando la sociedad se disolvió; no le parece bien que esa clase de personas se dedique a la magia. Sin embargo, había entre ellos hombres muy capaces. Empezaron, lo mismo que usted, con el deseo de resucitar la práctica de la magia. Eran tipos sensatos que deseaban aplicarlos principios de la razón y la ciencia a la magia, como los habían aplicado a las artes de la manufactura. «Taumaturgia racional», la llamaban. Cuando comprobaron que sus esfuerzos eran infructuosos, cedieron al desánimo. No se les puede reprochar. Pero se dejaron arrastrar por la frustración a una tesitura radical. Empezaron a pensar que la magia no había existido en el mundo, no ya ahora, sino nunca. Decían que los magos aureate o eran unos farsantes o habían sido engañados. Y que el Rey Cuervo era una invención de los ingleses del norte para librarse de la tiranía del sur, idea que les resultaba atractiva, por ser ellos gentes del norte. Oh, sus argumentos eran muy ingeniosos... Ya he olvidado cómo explicaban la existencia de los duendes y otros seres sobrenaturales. Pero, como le decía, se disolvieron, y uno de ellos, un tal Aubrey, si mal no recuerdo, tenía la intención de escribirlo todo y publicarlo. Pero llegado el momento, se sintió presa de una profunda melancolía y falto de ánimo para acometer la tarea.
—Pobre caballero. Deben de ser los tiempos. No son propicios para la magia ni para sus estudiosos, ¿verdad? Prosperan los comerciantes, los marinos y los políticos, pero no los magos. Nuestra época ya ha pasado. —Segundus se quedó pensativo un momento—. Hace tres años —prosiguió—, en Londres, me encontré con un mago callejero, un individuo con una extraña desfiguración y aspecto de vagabundo y farsante. Aquel hombre me convenció de que le diera una buena suma de dinero a cambio de revelarme un gran secreto. Cuando le di el dinero, me anunció que un día dos magos restaurarían la magia en Inglaterra. Yo no creo en profecías, desde luego, pero el recuerdo de sus palabras me impulsó a tratar de descubrir la causa de nuestra decadencia; ¿no es curioso?
—Tiene usted mucha razón: las profecías son una tontería —sonrió su amigo. Pero de pronto, como si lo asaltara una idea, dijo—: Nosotros somos dos magos. Honeyfoot y Segundus. —Pronunció los nombres como tratando de descubrir el efecto que causarían cuando aparecieran en los periódicos y los libros de Historia—. Honeyfoot y Segundus... Suena bien.
El otro sacudió la cabeza y dijo:
—Aquel hombre conocía mi profesión, y parece lógico que tratara de inducirme a pensar que uno de los dos magos sería yo. Pero después me dijo claramente que no lo era. Al principio no parecía muy seguro. Veía algo en mí... Me hizo escribir mi nombre y estuvo largo rato mirándolo.
—Supongo que lo que vio era que no podía sacarle más dinero.
Hurtfew Abbey estaba a catorce millas al noroeste de York. Toda su antigüedad residía en el nombre. La abadía había existido, sí, pero hacía mucho tiempo; la actual casa no tenía más de un siglo, había sido construida en la época de la reina Ana. Era un bello edificio cuadrado, de sólido aspecto, rodeado de un magnífico parque lleno de árboles que aparecían empapados y fantasmales (empezaba a bajar la niebla). Por el parque discurría un río (llamado Hurt) que los visitantes cruzaron por un hermoso puente de líneas clásicas.
El otro mago (de nombre Norrell) los esperaba en el vestíbulo. Era un hombre pequeño, lo mismo que su letra; y su voz, cuando les dio la bienvenida a Hurtfew, era sorda, como si no estuviese acostumbrado a utilizarla para manifestar sus pensamientos. Honeyfoot, que era un poco duro de oído, no entendió sus palabras.
—Me hago viejo, caballero... es un defecto común. Confío en que tenga paciencia conmigo.
El señor Norrell llevó a sus visitantes a un elegante salón con un buen fuego en la chimenea. No había velas encendidas; dos hermosas ventanas daban luz suficiente, aunque era una luz grisácea, un tanto melancólica. No obstante, Segundus no se libraba de la impresión de que en aquella habitación tenía que haber otro fuego encendido, o velas, y volvía la cabeza una y otra vez tratando de descubrirlas. Pero no había nada... sólo, quizá, un espejo o un reloj antiguo.
Norrell dijo que había leído el relato del señor Segundus sobre las andanzas de los criados duendes de Martin Pale.[3]
—Un trabajo estimable, caballero, pero no menciona al genio Fallowthought. Un espíritu menor, desde luego, cuya utilidad al gran doctor Pale era discutible.[4] No obstante, sin él, su pequeña historia quedaba incompleta.
Hubo una pausa.
—¿Un espíritu llamado Fallowthought? —preguntó Segundus—. Yo... bien... es decir, nunca había oído hablar de semejante criatura, caballero, ni en este mundo ni en otro.
El señor Norrell sonrió por primera vez, pero la suya era una sonrisa dirigida hacia dentro.
—Desde luego, lo olvidaba. Está en el relato que Holgarth y Pickle hicieron de sus relaciones con Fallowthought, que usted no puede haber leído. Le doy la enhorabuena por ello, ya que eran una pareja nada recomendable, más criminal que mágica: cuanto menos se sepa de ellos, mejor.
—¡Ah, señor mío! —exclamó Honeyfoot, imaginando que el señor Norrell hablaba de uno de sus libros—. Hemos oído grandes alabanzas de su biblioteca. ¡Todos los magos de Yorkshire sintieron la comezón de la envidia al saber del gran número de libros que usted posee!
—¿En serio? —repuso con frialdad—. Me sorprende oírlo. Nunca hubiera imaginado que mis asuntos fuesen de dominio público... Sin duda será cosa de Thoroughgood —agregó con aire pensativo, mencionando al hombre que vendía libros y antigüedades en Coffee Square, de York—. Childermass ya me ha advertido más de una vez que Thoroughgood es un parlanchín.
El señor Honeyfoot se sintió desconcertado. De haber tenido él tal cantidad de libros, le habría encantado hablar de ellos, que lo felicitaran por su posesión y que la gente los admirase, y no podía creer que a Norrell no le ocurriera otro tanto. Así pues, deseoso de ser amable y de infundir confianza en su anfitrión (porque se le había metido en la cabeza que aquel caballero era tímido), insistió:
—¿Me permite expresar el deseo de ver su espléndida biblioteca?
El señor Segundus es tuvo seguro de que Norrell se negaría, pero éste los contempló fijamente un momento (tenía unos ojos azules muy pequeños y parecía escudriñarlos a través de ellos desde un secreto lugar interior) y accedió a la petición de Honeyfoot, el cual se deshizo en muestras de agradecimiento, muy satisfecho al pensar que había complacido al señor Norrell tanto como a sí mismo.
Norrell los condujo por un corredor que, según pensó Segundus, no tenía nada de extraordinario, con suelo y paneles de pulido roble, en el que olía a cera de abeja, hasta una escalera —quizá sólo tres o cuatro peldaños— de la que partía otro pasillo donde el aire era algo más frío y el suelo, buena piedra de York: todo perfectamente normal. (¿O quizá el segundo pasillo estaba antes de la escalera o peldaños? ¿O había una auténtica escalera?) El señor Segundus era uno de esos afortunados mortales que en todo momento saben si miran al norte, al sur, al este o al oeste. No era un don del que se sintiese especialmente ufano: le parecía algo tan natural como saber que mantenía la cabeza sobre los hombros; pero en aquella casa su sentido de la orientación lo abandonó. Después no sería capaz de recordar el orden de los pasillos y salas que atravesaron ni cuánto tardaron en llegar a la biblioteca. Ni en qué dirección estaba situada; era como si Norrell hubiera descubierto un quinto punto de la brújula, ni oeste, ni sur, ni este ni norte, sino algo totalmente distinto, y ésa fuera la dirección hacia la que los guiaba. El señor Honeyfoot, por su parte, no parecía advertir nada extraño.
La biblioteca era, quizá, más reducida que el salón que acababan de cruzar. En la chimenea ardía un fuego generoso y todo era comodidad y silencio. Sin embargo, tampoco allí la luz parecía guardar relación con las tres altas ventanas de doce cristales, y, de nuevo, John Segundus se sintió incómodo por la persistente sensación de que en aquella estancia tenía que haber más velas, más ventanas o bien otro fuego que justificara tanta luz. Las ventanas daban a una amplia extensión de crepuscular lluvia inglesa, por lo que no distinguía el panorama ni podía adivinar en qué parte de la casa se encontraban.
La sala no estaba vacía; sentado a una mesa había un hombre, que se levantó cuando ellos entraron y de quien Norrell dijo lacónicamente que era Childermass, su hombre de confianza.
Honeyfoot y Segundus no en vano eran magos, por lo que no necesitaban que nadie les dijese que la biblioteca de Hurtfew Abbey era para su dueño el más preciado de sus bienes, y no les sorprendió observar que el señor Norrell había construido un bello joyero para contener su mayor tesoro. Los muebles-librería que cubrían las paredes, de maderas inglesas, tenían forma de arcos góticos profusamente labrados. Había tallas de hojas (secas y retorcidas, como si el artista se hubiese propuesto representar el otoño), de raíces y ramas entrelazadas, de bayas y hiedra, todas bellamente reproducidas. Pero la maravilla del continente no era nada comparada con la maravilla del contenido.
Lo primero que aprende el estudioso de la magia es que hay libros sobre magia y libros de magia. Y lo segundo, que en una buena librería puede conseguir un ejemplar perfectamente respetable de los primeros por dos o tres guineas, mientras que los últimos son más preciosos que los rubíes.[5] La colección de la Sociedad de York se consideraba bastante buena, casi notable: entre sus muchos tomos había cinco obras escritas entre 1550 y 1700 que podían en justicia ser consideradas libros de magia (aunque uno de ellos sólo tenía un par de hojas muy deterioradas). Los libros de magia son escasos y ni Segundus ni Honeyfoot habían visto en bibliotecas particulares más de dos o tres. En la de Hurtfew, todas las paredes estaban cubiertas de estanterías y todos los estantes estaban llenos de libros. Y los libros eran todos, o casi todos, antiguos; libros de magia. Sí, desde luego, muchos tenían tapas limpias y modernas, pero era evidente que el señor Norrell los había hecho encuadernar (al parecer, sentía predilección por el cuero liso y los títulos estampados en mayúsculas plateadas). Pero muchos tenían tapas viejas, viejas, viejas, con lomos y cantos que se desmenuzaban.
El señor Segundus miró el lomo de los volúmenes de una estantería cercana; el primer título que leyó rezaba: Cómo preguntar a la oscuridad y entender sus respuestas.
—Un libro necio —dijo Norrell.
Segundus dio un respingo; no había notado que su anfitrión estaba tan cerca.
—No le recomendaría que desperdiciara en él ni un momento —añadió.
Así pues, Segundus miró el siguiente: Instruciones, de Belasis.
—¿Conoce a Belasis? —preguntó Norrell.
—Sólo de oídas. Se dice que tenía la clave de muchas cosas, pero también he oído decir, es más, en eso coinciden los mayores estudiosos, que todos los ejemplares de sus Instruiciones fueron destruidos hace tiempo. Sin embargo, aquí está. ¡Extraordinario, caballero! ¡Prodigioso!
—Espera usted mucho de Belasis —observó Norrell—. Hubo un tiempo en que yo era de su mismo parecer. Recuerdo que, durante muchos meses, dediqué ocho horas de cada veinticuatro al estudio de su obra, deferencia que no he tenido para con ningún otro autor. Pero, en el fondo, es decepcionante. Es místico donde debería ser inteligible... e inteligible donde debería ser oscuro. Hay cosas que no deberían ponerse en los libros, donde puede leerlas cualquiera. Por mi parte, ya no tengo una gran opinión de Belasis.
—Tiene usted aquí un volumen del que nunca he oído hablar. Excelencia de la magia judeocristiana. ¿Qué puede decirme de él?
—¡Ja! Data del siglo diecisiete, pero no me merece gran respeto. Su autor era un embustero, borracho, adúltero y bribón. Me alegro de que se le haya olvidado por completo.
Al parecer, el señor Norrell no juzgaba con severidad sólo a los magos vivos, sino que había sometido a examen también a los muertos y los había encontrado deficientes.

Entretanto, Honeyfoot iba rápidamente de estantería en estantería con las manos levantadas, como un metodista alabando a Dios; apenas acababa de leer el título de un libro cuando su mirada buscaba el de otro situado en el extremo opuesto.
—¡Oh, cuántos libros, señor Norrell! —exclamó—. ¡Sin duda aquí encontraremos respuesta a todas nuestras preguntas!
—Lo dudo, caballero —respondió el otro secamente.
Su hombre de confianza soltó una breve carcajada, una carcajada provocada sin duda por el señor Honeyfoot, pero que Norrell no censuró con una palabra ni con una mirada siquiera, y Segundus se preguntó qué asuntos podía confiar Norrell a semejante persona. Con sus greñas largas y desflecadas como la lluvia y tenebrosas como el trueno, el tal Childermass parecía salido de una novela de la señora Radcliffe y habría estado en su elemento en un páramo azotado por el viento o acechando en un oscuro callejón.
Segundus tomó las Instrucciones de Jacques Belasis y su mirada tropezó enseguida con dos pasajes que, pese a la pobre opinión expresada por el señor Norrell, le parecieron extraordinarios.[6]
Luego, consciente de que el tiempo pasaba y sintiendo la mirada curiosa de los oscuros ojos del hombre de confianza, abrió Excelencias de la magia judeocristiana. No era, como él suponía, un libro impreso, sino un manuscrito anotado apresuradamente en el dorso de toda clase de papeles, la mayoría viejas cuentas de cervecería. Allí leyó la narración de maravillosas aventuras. Aquel mago del siglo XVII se había servido de sus parvas artes para enfrentarse a poderosos enemigos: batallas que un mago humano nunca debería haber intentado librar. Había garabateado la historia de sus varias victorias cuando sus enemigos ya lo tenían cercado. Mientras escribía, el autor sabía que el tiempo se le acababa y que lo mejor que podía esperar era la muerte.
La habitación se oscurecía y la vieja escritura palidecía en el papel. Entraron dos lacayos que, bajo la mirada del siniestro Childermass, cerraron las cortinas de las ventanas y echaron más carbón al fuego. Segundus creyó oportuno recordarle a su amigo que aún no le habían expuesto al señor Norrell el motivo de su visita.
Cuando salían de la biblioteca, Segundus observó algo que le pareció extraño. Cerca del fuego había una silla y una mesita en la que descansaban las tapas de piel de un libro muy viejo, unas tijeras y un enorme cuchillo de aspecto fiero, como el que usaría un jardinero para la poda. Pero las hojas no se veían por parte alguna. «Quizá las ha dado a encuadernar de nuevo», pensó. No obstante, las viejas tapas aún parecían bastante sólidas, ¿y por qué habría de molestarse el señor Norrell en separar las hojas, a riesgo de dañarlas? Para esa operación, la persona más apta era un buen encuadernador.
Cuando estuvieron sentados en el salón, Honeyfoot le dijo al anfitrión:
—Lo que hoy he visto aquí me ha convencido de que usted, caballero, es la persona indicada para ayudarnos. El señor Segundus y yo opinamos que los magos modernos andan por mal camino; desperdician sus energías en trivialidades. ¿No le parece?
En las Instrucciones de Jacques Belasis el señor Segundus leyó una explicación diferente. Tres siglos antes de que Martin Pale pusiera los pies en el castillo de Enrique el Frío, el príncipe había recibido la visita de otro humano, un mago inglés aún más sabio que Pale —Ralph Stokesey—, que se dejó unas botas al marcharse. Las botas, decía Belasis, eran muy viejas —probablemente, ésa era la razón por la que Stokesey no se las llevó—, pero su presencia en el castillo causó honda preocupación a todos sus mágicos habitantes, que sentían gran veneración por los magos ingleses. Especialmente inquieto estaba Enrique el Frío, quien temía que, por algún oscuro e incomprensible concepto, la moral cristiana pudiera hacerlo responsable de la pérdida de las botas. Por ese motivo trató de librarse de aquellos horribles objetos dándoselos a Pale, que no los quiso.
—Oh, desde luego.
—Nuestra pregunta es por qué, en nuestra gran nación, la magia ha decaído desde el lugar preeminente que ocupaba. Nuestra pregunta, caballero, es por qué ya no se practica la magia en Inglaterra.
Los ojillos azules de Norrell se tornaron más agudos y brillantes y sus labios se contrajeron, como si tratara de reprimir un secreto gozo interior. «Es como si hubiera esperado mucho tiempo a que alguien le preguntara esto y tuviese la respuesta preparada desde hace años», pensó Segundus.
—No puedo responder a su pregunta, señor mío —dijo Norrell—, porque no la entiendo. Es una pregunta equivocada. En Inglaterra no se ha acabado la magia. Yo mismo soy un mago practicante bastante aceptable.
2
Posada La Vieja Estrella
Enero - febrero de 1807
Cuando el carruaje salía por la verja del jardín, Honeyfoot exclamó:
—¡Un mago practicante en Inglaterra! ¡Y, además, en Yorkshire! ¡Qué buena suerte la nuestra! Ah, señor Segundus, a usted hemos de agradecérselo. Usted velaba cuando los demás nos habíamos dormido. De no ser por su acicate, podríamos no haber descubierto al señor Norrell. Y estoy seguro de que él nunca nos habría buscado a nosotros; me ha parecido un poco reservado. No nos ha dado detalles de sus logros, sólo ha señalado el simple hecho de su éxito. Eso se me antoja una prueba de modestia. Señor Segundus, creo que convendrá usted en que ahora nuestra misión está clara. A nosotros incumbe vencer la innata timidez y la modestia de Norrell y conducirlo en triunfo ante un público más amplio.
—Quizá —dijo el otro con escepticismo.
—No digo que sea fácil, por supuesto. Es un poco reservado y no muy sociable. Pero al final comprenderá que, por el bien de la nación, tiene que compartir con otras personas sus vastos conocimientos. Es un caballero, sabe cuál es su deber y lo hará, estoy seguro. ¡Ah, señor Segundus! Se merece usted el agradecimiento de todos los magos del país.
Pero fuera lo que fuese lo que el señor Segundus se mereciese, la triste realidad es que, en Inglaterra, los magos son una especie ingrata. Honeyfoot y Segundus bien podían haber hecho uno de los mayores descubrimientos de la historia de la magia, que de poco les hubiese servido. No hubo ni un solo miembro de la asociación de York que, al enterarse, no se sintiera convencido de que él lo habría hecho mejor, y el jueves siguiente, cuando se celebró una reunión extraordinaria de la Sociedad Cultural de Magos de York, fueron pocos los que se abstuvieron de decirlo así.
A las siete de la tarde del martes, la sala del piso de arriba de la posada La Vieja Estrella de Stonegate estaba abarrotada. La noticia que habían conseguido Honeyfoot y Segundus parecía haber atraído a todos los caballeros de la ciudad que hubieran tenido alguna vez un libro de magia en sus manos... y York, a su manera, todavía era una de las poblaciones más mágicas de Inglaterra; quizá sólo Newcastle, la ciudad del Rey, podía ufanarse de contar con más magos.
Había en la sala tal cantidad de socios que algunos tuvieron que quedarse de pie, a pesar de que los camareros no hacían más que subir sillas. El doctor Foxcastle se había instalado en una alta, negra y curiosamente torneada, una silla regia que, combinada con el cortinaje de terciopelo rojo que había detrás, daba un aire francamente magistral a su ocupante, que mantenía las manos cruzadas sobre el abultado abdomen en augusta actitud.
Los criados de la posada habían dispuesto un excelente fuego para paliar el frío de la tarde de enero, y en torno a él se sentaban varios magos muy ancianos —al parecer, de la época del rey Jorge II—, de tez amarillenta y surcada por una telaraña de arrugas, envueltos en grandes chales a cuadros y acompañados por lacayos no menos ancianos con frascos de medicinas en los bolsillos. Honeyfoot los saludó diciendo:
—¿Cómo está, señor Aptree? ¿Qué tal, señor Greyshippe? Espero que se encuentre bien, señor Tunstall. ¡Celebro verlos aquí, caballeros! Supongo que habrán venido a compartir nuestra viva satisfacción. Los años de nuestra larga travesía por el desierto han terminado. Ah, nadie sabe mejor que usted, señor Aptree, o que usted, señor Greyshippe, lo que han sido estos años, ustedes que han tenido que vivir buena parte de ellos. ¡Pero ahora volveremos a ver magia, la consejera y protectora de Gran Bretaña! ¡Y los franceses, señor Tunstall! ¿Qué sentirán los franceses cuando se enteren? ¡Ah!, no me sorprendería que esto provocara una rendición inmediata.
Honeyfoot tenía muchas más cosas que decir del mismo tenor; había preparado un discurso con el que se proponía explayarse sobre las maravillosas ventajas que el feliz hallazgo había de reportar a Gran Bretaña. Pero no le permitieron decir más que unas frases, pues parecía que todos y cada uno de los caballeros presentes en la sala rebosaba de opiniones sobre el asunto que debían ser comunicadas a los demás sin dilación. El doctor Foxcastle fue el primero en interrumpirlo. Se dirigió a él desde su gran trono negro con estas palabras:
—Lamento vivamente ver cómo usted, señor mío, desacredita la magia, hacia la que me consta que siente gran estima, con historias imposibles e invenciones desaforadas. Señor Segundus —dijo, volviéndose hacia quien consideraba causante de toda aquella agitación—, no sé qué será lo acostumbrado en el lugar del que usted procede, pero en Yorkshire no nos agradan los hombres que pretenden crearse una reputación a expensas de la paz de espíritu de los demás.
Hasta ahí llegó el doctor Foxcastle antes de que su voz quedara ahogada por las airadas exclamaciones de Honeyfoot y los partidarios de Segundus. El siguiente que pudo hacerse oír se preguntó cómo era posible que Segundus y Honeyfoot hubieran podido dejarse engañar. Era evidente que Norrell estaba loco; no era mejor que cualquiera de esos orates de ojos saltones que andaban por las calles pregonando que eran el Rey Cuervo.
Un caballero de pelo rubio dijo, profundamente emocionado, que los señores Honeyfoot y Segundus habrían debido insistir en que el señor Norrell abandonara de inmediato su casa y llevarlo triunfalmente a York, en carruaje descubierto (aun en enero), para que pudiera arrojar hojas de hiedra a su paso;[7] también uno de los ancianos de la chimenea parecía fuera de sí, pero, por ser tan viejo, tenía la voz débil y nadie le hizo caso ni se enteró de lo que decía.
Había en la sala un hombre alto y discreto llamado Thorpe, un caballero con muy pocos conocimientos de magia, pero con un sentido común insólito en un mago. Él siempre había pensado que el señor Segundus merecía ser respaldado en sus esfuerzos por averiguar qué se había hecho de la magia práctica inglesa, si bien, al igual que los demás, no esperaba que Segundus encontrara la respuesta tan pronto. Pero ahora que la tenían, el señor Thorpe opinaba que no podían desestimarla sin más.
—Caballeros, el señor Norrell dice que practica la magia. Muy bien. Todos sabemos algo de él, hemos oído hablar de los raros textos que supuestamente posee, y sólo por eso haríamos mal en no tomar en cuenta su afirmación. Pero los argumentos más sólidos que abogan por Norrell son éstos: dos de los nuestros, ambos eruditos competentes, lo han visto y han regresado convencidos. —Se volvió hacia Honeyfoot—: Usted cree en ese hombre, cualquiera puede leerlo en su cara. Usted vio algo que lo convenció. ¿No querría decirnos qué es?
La reacción de Honeyfoot fue, quizá, un tanto extraña. Al principio sonrió a Thorpe con gratitud, como si eso fuera precisamente lo que más deseaba: la oportunidad de exponer las excelentes razones que tenía para creer que el señor Norrell podía practicar la magia; y abrió la boca para responder. Entonces se quedó en suspenso y miró en derredor, como si aquellas excelentes razones que tan sólidas le parecían hacía un momento estuvieran desapareciendo, disolviéndosele en la boca, y no consiguiera atrapar ni una sola con la lengua y los dientes para articular una frase coherente. Por fin, logró articular unas palabras acerca del aspecto de hombre honrado del señor Norrell.
A la asociación de York no le pareció una razón satisfactoria (y menos se lo hubiera parecido de haber tenido ocasión de ver el aspecto de Norrell). Así pues, Thorpe miró a Segundus y dijo:
—También usted vio al señor Norrell. ¿Qué opina?
Entonces todos repararon en lo pálido que estaba Segundus, y algunos caballeros cayeron en la cuenta de que no había contestado a su saludo, como si le costase coordinar las ideas para responder.
—¿Se encuentra mal, caballero? —le preguntó Thorpe con suavidad.
—No, no —murmuró—. No es nada. Gracias.
Pero tan desorientado se lo veía que un caballero le ofreció su asiento, otro fue a buscar un vaso de vino canario, y el exaltado caballero rubio que había manifestado su deseo de arrojar hojas de hiedra al paso del señor Norrell empezó a alimentar la secreta esperanza de que Segundus estuviera hechizado y fueran a presenciar algo extraordinario.
Segundus suspiró y dijo:
—Muchas gracias. No estoy enfermo, pero hace una semana que me siento pesado y torpe. La señora Pleasance me ha dado arruruz y decocciones calientes de regaliz, pero no me han hecho efecto, lo cual no me sorprende, ya que creo que el trastorno está en mi cabeza. Aunque ya estoy algo mejor. Si ahora ustedes, caballeros, me preguntaran por qué creo que la magia ha vuelto a Inglaterra, yo diría que porque la he sentido. Donde más vívida tengo la impresión de haberla sentido es aquí y aquí... —Se tocó la frente y el corazón—. No obstante, he de admitir que no he visto obrar magia. El señor Norrell no realizó ningún hechizo mientras estuvimos en su presencia. Por tanto, su pongo que debo de haberlo soñado.
Nueva inquietud de los socios de York. El caballero apagado esbozó una sonrisa apagada e inquirió si alguno de los presentes podía sacar algo en limpio de todo aquello. Entonces Thorpe exclamó:
—¡Santo Dios! Es tontería que sigamos discutiendo si el señor Norrell puede o no puede hacer esto o lo otro. Todos somos seres racionales, supongo, y la respuesta es bien simple: le pediremos que realice un acto mágico para nosotros, en prueba de su afirmación.
Esa proposición era tan sensata que, durante un momento, los magos enmudecieron, aunque ello no quiere decir que estuvieran todos de acuerdo, ni mucho menos. A algunos (el doctor Foxcastle entre ellos) no acababa de gustarles la idea. Pedirle a Norrell que hiciera un hechizo era exponerse al peligro de que lo hiciera realmente. Ellos no querían ver magia; ellos querían leer libros que trataran de cómo se practicaba. Otros opinaban que la asociación de York quedaba en ridículo con tan modestas aspiraciones. Pero al fin la mayoría de los magos se mostró de acuerdo con Thorpe, que concluyó:
—En nuestra calidad de estudiosos de la magia, lo menos que podemos hacer es brindar al señor Norrell la oportunidad de convencernos.
En consecuencia, se decidió que alguien le escribiera otra carta.
Todos veían con claridad que Honeyfoot y Segundus habían llevado el asunto muy mal, y, por lo menos respecto a un punto (el relacionado con la maravillosa biblioteca de Norrell), daban prueba de palmaria estupidez, al no ser capaces de hacer una descripción inteligible. ¿Qué habían visto? Oh, libros, muchos libros. ¿Un número considerable? Sí; en aquel momento les pareció considerable. ¿Volúmenes raros? Ah, probablemente. ¿Se les había permitido cogerlos y hojearlos? ¡Oh, no! El señor Norrell no había llegado a invitarlos a ello. Pero ¿habían leído los títulos? Sí, desde luego. Bien, entonces ¿cuáles eran los títulos que habían visto? No lo sabían, no podían recordarlos. Segundus dijo que uno empezaba por B, pero ésa fue toda la información que pudo ofrecer. Era muy extraño.
Desde el primer momento, el señor Thorpe se había propuesto escribir él mismo la carta a Norrell, pero había en la sala muchos magos que no deseaban sino ofender a éste por su arrogancia, y, muy acertadamente, convinieron en que, para insultar al señor Norrell, nada mejor que permitir que fuese el doctor Foxcastle quien la escribiera. Y así se hizo. A su debido tiempo, se recibió una airada respuesta.
Hurtfew Abbey, Yorkshire
1 de febrero de 1807
Muy señor mío:
Durante los últimos años, en dos ocasiones me he visto honrado por sendas cartas de los caballeros de la Sociedad Cultural de Magos de York, en las que se solicitaba entablar relación con mi persona. Ahora llega una tercera carta por la que se me informa de que he incurrido en el desagrado de la asociación. Al parecer, la buena opinión de los socios se conquista con la misma facilidad con que se pierde, sin que uno sepa qué ha hecho para merecer lo uno o lo otro. En respuesta a la particular acusación contenida en su carta de que he exagerado mis facultades y alardeado de poderes que no puedo poseer, sólo diré esto: otros hombres gustan de atribuir su falta de éxito a un defecto del mundo antes que a su propia falta de conocimientos, pero la verdad es que la magia es tan factible en nuestra época como lo fuera en cualquier otra, como he comprobado a mi entera satisfacción en numerosas ocasiones durante los veinte últimos años. Pero ¿cuál es mi recompensa por amar mi arte más de lo que hayan podido amarlo otros hombres? ¿Por estudiar con más ahínco para perfeccionarlo? Ahora se dice por ahí que soy un fabulador, se desdeña mi talento profesional y se duda de mi palabra. Imagino que no ha de sorprenderles en demasía que, en semejantes circunstancias, no me sienta muy inclinado a complacer a la asociación y, menos aún, acceder a su solicitud de que haga una demostración de magia. La Sociedad Cultural de Magos de York se reúne el próximo miércoles, y ese día les informaré de mis intenciones.
Su seguro servidor,
Gilbert Norrell
Todo eso tenía un aire de inquietante misterio. Los magos teóricos esperaban con cierto nerviosismo a ver lo que les enviaría el mago práctico. Lo que el señor Norrell les mandó no fue algo más alarmante que un abogado, sonriente y ceremonioso, un simple abogado llamado Robinson, con pulcro traje negro y pulcros guantes de cabritilla, y con un documento como nunca habían visto los caballeros de la Sociedad de York: el borrador de un convenio redactado según el arcaico y olvidado código del derecho mágico de Inglaterra.
El señor Robinson se presentó en la sala superior de La Vieja Estrella con el aire del que sabe que se le espera. Tenía un bufete con dos pasantes en Coney Street y era bien conocido de muchos de los presentes.
—He de confesarles, caballeros, que este documento es, en su mayor parte, obra de mi cliente, el señor Norrell —sonrió—. Yo no soy especialista en derecho taumatúrgico. ¿Y quién lo es, hoy en día? En cualquier caso, si en algo me equivoco, espero que tendrán a bien corregirme.
Varios magos teóricos asintieron sesudamente.
Robinson era un hombre pulido, tan limpio, sano y complaciente que resplandecía, cualidad que sólo cabe esperar de un hada o un ángel, pero que resulta un tanto desconcertante en un abogado. Mostraba gran deferencia hacia los caballeros de la asociación, porque él nada sabía de magia, pero pensaba que se trataba de un arte muy difícil que exigía una gran concentración mental. Sin embargo, aunque era consciente de la modestia de su profesión y sentía auténtica admiración por la Sociedad de York, en aquel momento lo invadía una grata vanidad al pensar que aquellos cerebros monumentales deberían dejar de meditar cuestiones esotéricas durante un rato y prestar atención a sus palabras. Se ajustó sobre la nariz unas gafas con montura de oro, añadiendo así otro pequeño brillo a su reluciente persona.
Y a continuación dijo que el señor Norrell se comprometía a realizar un acto de magia en un lugar y momento determinados.
—Espero, caballeros, que no tendrán inconveniente en que mi cliente fije hora y lugar.
Los caballeros no lo tenían.
—Entonces, en la catedral, quince días después del próximo viernes.[8]
Anunció que si el señor Norrell no conseguía realizar el acto de magia, se retractaría públicamente de su afirmación de ser mago practicante, más aún, de ser mago de cualquier clase, y se comprometería bajo juramento a no volver a reivindicar tal condición.
—No es necesario que llegue tan lejos —dijo Thorpe—. No tenemos ánimo de castigarlo; sólo deseábamos comprobar su aseveración.
La sonrisa de Robinson se apagó un poco, como si aún quedara por decir algo un tanto desagradable y no supiera cómo empezar.
—Aguarden —pidió Segundus—, aún no hemos oído la otra parte del trato. No sabemos qué espera él de nosotros.
El abogado asintió. Al parecer, Norrell se proponía exigir a todos y cada uno de los magos de la asociación la misma promesa que hacía él. En otras palabras, si él triunfaba, ellos deberían disolver la Sociedad Cultural de Magos de York sin dilación y comprometerse a no atribuirse el título de «mago» nunca más. Robinson añadió que, al fin y al cabo, eso sería lo justo, ya que su cliente habría demostrado ser el único mago auténtico de Yorkshire.
—¿Y habrá una tercera parte, un árbitro imparcial que dictamine si se ha obrado la magia? —preguntó Thorpe.
La pregunta pareció desconcertar al abogado. Pidió que lo disculparan si se había formado una idea equivocada, nada más lejos de su ánimo que ofenderlos, pero creía que todos los presentes eran magos.
Oh, sí; los socios asintieron en bloque: todos eran magos.
—En tal caso, sin duda reconocerán un acto de magia cuando lo vean. ¿Podría haber alguien más cualificado para ello?
Otro caballero preguntó qué clase de hechizo pensaba realizar Norrell. El señor Robinson se deshizo en corteses disculpas y largas explicaciones: no podía informarles, puesto que lo ignoraba.
Sería abusar de la paciencia del lector repetir aquí los múltiples e intrincados argumentos que llevaron a los miembros de la Sociedad de York a suscribir el convenio del señor Norrell. Muchos firmaron por vanidad; habían declarado públicamente que no creían que Norrell pudiera practicar la magia, lo habían desafiado públicamente a hacerlo: en tales circunstancias, habría resultado ridículo cambiar de actitud... o eso les pareció.
Honeyfoot, por su parte, firmó precisamente porque creía en los poderes mágicos de Norrell. Él esperaba que, con la demostración de sus dotes, el señor Norrell conquistara el reconocimiento público y, a partir de entonces, las utilizase para el bien de la nación.
Algunos se sintieron desafiados a adherirse por la insinuación (apuntada por Norrell y transmitida en cierto modo por Robinson) de que, si no firmaban, no se mostrarían como verdaderos magos.
Así pues, entonces y allí, los magos de York suscribieron uno tras otro el documento que les presentó el abogado. Sólo faltaba el señor Segundus.
—Yo no firmaré —dijo—. Porque la magia es mi vida y, aunque tiene razón el señor Norrell al decir que mis conocimientos son escasos, ¿qué haría yo si tuviera que renunciar a ella?
Silencio.
—¡Oh! —exclamó Robinson—. Bien, es decir... ¿Está seguro de que no desea firmar el acuerdo, caballero? Ya ha visto que todos sus amigos han firmado. Se quedará solo.
—Estoy seguro, sí. Muchas gracias.
—Pues, en tal caso, he de reconocer que no sé con exactitud cómo he de proceder. Mi cliente no me ha dado instrucciones para el caso de que sólo firmen algunos caballeros. Consultaré con él por la mañana.
Se oyó comentar al doctor Foxcastle, dirigiéndose al señor Hart o Hunt, que, una vez más, el recién llegado era el causante de una perturbación general.
Pero dos días después, Robinson fue a visitar al doctor Foxcastle con el mensaje de que, en ese caso en concreto, el señor Norrell no tenía inconveniente en pasar por alto la negativa del señor Segundus a firmar y estaba dispuesto a considerar que su contrato quedaba establecido con todos los miembros de la Sociedad de York, con excepción del señor Segundus.
La noche anterior a la fecha señalada por Norrell para realizar el acto mágico nevó en York, y por la mañana la suciedad y el barro de la ciudad habían desaparecido y todo lucía de un blanco inmaculado. El ruido de los cascos de los caballos y de los pasos de la gente quedaba amortiguado, y las mismas voces de los habitantes de York habían sido sustituidas por un silencio blanco que absorbía todos los sonidos. Norrell había fijado una hora muy temprana de la mañana. Los magos de York desayunaron solos, cada cual en su casa. Observaron en silencio cómo la criada les servía el café, partía los panecillos calientes y les llevaba la mantequilla. La esposa, la hermana, la hija, la nuera o la sobrina que habitualmente se encargaba de esas pequeñas tareas aún estaba en la cama, y se echaba de menos la grata charla doméstica que los caballeros de la Sociedad de York aparentaban desdeñar, pero que en realidad era la dulce cantinela que se acompañaba con la música de la vida diaria. Y los comedores en que desayunaban estaban distintos de la víspera. La penumbra invernal se había disipado, dando paso a una luz formidable: sol de invierno muchas veces aumentado por la nieve que cubría la tierra. El blanco mantel de lino resplandecía. Las rosas que decoraban las bonitas tazas de café de la hija casi parecían bailar en ellas. La cafetera de plata de la sobrina fulguraba; y las risueñas pastorcillas de porcelana de la nuera relucían como ángeles. Era como si la mesa la hubieran puesto las hadas con su plata y su cristal.
Segundus, asomado a la ventana de un tercer piso de la plazuela de Lady Peckitt, pensó que quizá Norrell ya había obrado su prodigio, y era ése. Sobre su cabeza sonó un sordo crujido amenazador y él se retiró rápidamente de la ventana, justo a tiempo de esquivar un bloque de nieve desprendido del tejado. Segundus no tenía criada, ni esposa, hermana, hija, nuera o sobrina, pero la señora Pleasance, su casera, era madrugadora. Durante los quince últimos días lo había oído suspirar muchas veces, sumido en la lectura de sus libros, y esperaba poder infundirle ánimo con un buen desayuno compuesto por dos arenques asados, calentitos, té, leche recién ordeñada y pan blanco con mantequilla, servido en una fuente de porcelana azul y blanca. Con el mismo generoso propósito, la buena mujer se sentó para darle conversación. Al verlo tan abatido exclamó:
—¡Oh, cómo me irrita ese viejo!
Segundus no le había dicho que el señor Norrell fuera viejo, pero ella suponía que tenía que serlo. Por lo que le había contado su inquilino, se lo imaginaba como un avaro que atesoraba magia en lugar de dinero, y en el curso de mi relato dejaré que el lector juzgue por sí mismo si esta descripción se ajusta al carácter del señor Norrell. Al igual que la señora Pleasance, yo siempre imagino que los avaros son viejos; aunque no sabría decir por qué, ya que sin duda en el mundo ha de haber avaros jóvenes y viejos. Por lo que respecta a si el señor Norrell era realmente viejo, digamos que era la clase de hombre que es viejo a los diecisiete años.
La casera prosiguió:
—El señor Pleasance, que en paz descanse, decía que en York no había nadie, ni hombre ni mujer, que hiciera un pan que pudiera compararse con el mío, y también otras personas han tenido la amabilidad de decir que en su vida habían probado un pan tan bueno. Yo siempre he servido una buena mesa, porque me gusta hacer bien las cosas, y si uno de esos genios de los cuentos de Arabia saliera ahora de esa tetera y me concediese tres deseos, no me mostraría tan mezquina como para pedir que ninguna otra persona pudiese hacer un pan tan bueno como el mío, ya que eso a mí en nada habría de perjudicarme, y se ría mejor para ellos. Vamos, pruébelo —dijo, acercando una fuente del tan ensalzado pan a su huésped—. No me gusta verlo tan delgado. La gente dirá que Hettie Pleasance ha perdido sus dotes de cocinera. No esté tan triste. Usted no firmó ese pérfido documento, y cuando los otros caballeros tengan que abandonar, usted, señor Segundus, podrá continuar, y ojalá haga grandes descubrimientos, y quizá entonces ese señor Norrell, que tan listo se cree, se alegre de tomarlo a usted como socio y se arrepienta de su tonto orgullo.
Segundus sonrió y le dio las gracias.
—No creo que eso ocurra. Mi mayor dificultad será la falta de material. Yo poseo muy poco, y cuando se disuelva la asociación... bien, no sé qué será de sus libros, pero me parece que a mis manos no vendrán.
Se comió el pan (que era tan bueno como aseguraban el difunto señor Pleasance y sus amistades) y los arenques y bebió té. El poder de aquellos alimentos para disipar las penas debía de ser mayor del que él suponía, porque de pronto se sintió algo mejor. Y así vigorizado, se puso el gabán, el sombrero, la bufanda y los guantes y echó a andar por las nevadas calles en dirección al que Norrell había señalado para los prodigios del día: la catedral de York.
Espero que mis lectores tengan ya una idea de lo que es una vieja ciudad catedralicia inglesa, pues de lo contrario me temo que se les escape el significado de la elección del señor Norrell. Deben tener presente que, en una vieja ciudad catedralicia, la catedral no es uno de tantos edificios, sino el más importante, distinto de los demás por sus proporciones, belleza y solemnidad. Incluso en los tiempos modernos, en que una vieja ciudad catedralicia puede haberse dotado de excelentes edificios públicos, locales de fiestas y reuniones (y York estaba bien provista de ellos), la catedral se eleva por encima de todos, dando testimonio de la devoción de nuestros antepasados. Es como si la ciudad tuviera dentro algo mayor que ella. Cuando uno se interna en el laberinto de calles estrechas pierde de vista la catedral, desde luego, pero cuando la perspectiva se abre allí está de nuevo, mucho más alta y más grande que cualquier otra construcción, y uno comprende que ya ha llegado al corazón de la ciudad y que, en cierto modo, todas las calles y pasajes conducen allí, a un lugar donde habitan misterios mucho más profundos que los que pueda conocer el señor Norrell. Tales eran los pensamientos del señor Segundus cuando entró en el recinto y se detuvo frente a la vasta sombra azulada de la fachada oeste de la catedral. En ese momento apareció por la esquina el doctor Foxcastle, navegando majestuosamente como un barco negro y gordo. Al descubrir a Segundus, puso proa hacia él y le dio los buenos días.
—¿Sería usted tan amable de presentarme al señor Norrell? Tengo grandes deseos de conocer a ese caballero.
—Será un placer —dijo Segundus, y miró en derredor.
El tiempo había retenido en casa a mucha gente y sólo unas cuantas figuras negruzcas se escurrían por el blanco campo que se extendía frente a la mole gris de la iglesia. Una mirada más atenta descubría en ellas a caballeros de la Sociedad de York, clérigos y auxiliares de la catedral —sacristanes y pertigueros, vicemaestros de coro, deanes, limpiadores y similares—, enviados por sus superiores al nevado exterior con recados de la iglesia.
—Nada me agradaría más que complacerlo —agregó—, pero no veo al señor Norrell.
Sin embargo, alguien sí los veía a ellos.
De pie en la nieve frente al templo, era alguien oscuro, de aspecto no del todo respetable, que los miraba con vivo interés. Una cabellera lacia y apelmazada le caía, como una cascada de agua negra, sobre una cara recia, des carnada y tortuosa como la raíz de un árbol, rematada por una nariz larga y afilada; aunque la tez era pálida, parecía tener un componente oscuro: quizá la sombra de los ojos y de aquel cabello negro y grasiento. Al cabo de un momento, el personaje se acercó a los dos magos, esbozó una reverencia, les pidió disculpas por abordarlos y explicó que se le había indicado que estaban allí por el mismo asunto que él. Dijo llamarse John Childermass y ser asistente del señor Norrell en ciertos menesteres, aunque no especificó cuáles.
—Me suena su cara —dijo Segundus con aire pensativo—. ¿No nos hemos visto antes?
Algo cruzó el oscuro rostro de Childermass, pero muy fugazmente, imposible decir si sorpresa o regocijo.
—Vengo a York con frecuencia por en cargos del señor Norrell. Quizá me haya visto en algún establecimiento de venta de libros de la ciudad.
—No. Lo vi en... lo tengo presente... ¿Dónde...? Oh, enseguida lo recordaré.
Childermass alzó una ceja como dando a entender que lo dudaba.
—Pero el señor Norrell ha de venir personalmente, ¿no? —dijo Foxcastle.
Childermass respondió que, con perdón, no creía que el señor Norrell acudiese; no pensaba que tuviera necesidad de acudir.
—¡Ah! —exclamó el doctor—. ¡Eso es que renuncia! Bien, bien, bien. Pobre señor. Se sentirá en ridículo, imagino. Bien, en cualquier caso ha sido un noble intento. No le guardaremos rencor, por supuesto. —Le aliviaba saber que no iba a presenciar un acto de magia, y por eso se mostraba generoso.
Childermass respondió, de nuevo con perdón, que temía que el doctor Foxcastle no hubiera interpretado bien sus palabras. Ciertamente, el señor Norrell practicaría magia; lo haría en Hurtfew Abbey, y el resultado se observaría en York.
—A los caballeros no les gusta apartarse de su chimenea si no es indispensable. Imagino que si usted, señor, pudiera ver los acontecimientos desde su sala de estar, no estaría ahora aquí, con frío y mojado.
El doctor Foxcastle inspiró bruscamente y le lanzó una mirada dándole a entender que ese comentario le parecía muy insolente.
Childermass no se mostró muy compungido por esa opinión, antes bien, divertido.
—Es la hora, señores. Deberían ocupar sus puestos en la iglesia. Creo que lamentarían perderse algo de lo que va a ocurrir cuando es tanto lo que de ello depende.
Pasaban veinte minutos de la hora y los caballeros de la Sociedad de York iban entrando en la catedral por la puerta sur del crucero. Algunos miraban en derredor antes de entrar, como despidiéndose emocionadamente de un mundo que no sabían si volverían a ver.
3
Las piedras de York
Febrero de 1807
Una iglesia grande y vieja en lo más crudo del invierno es, en el mejor de los casos, un lugar poco acogedor; sus piedras exhalan el frío de cien inviernos preservado en ellas. Los caballeros de la Sociedad de York permanecían de pie en la fría penumbra, dispuestos a dejarse asombrar, sin saber si la sorpresa iba a serles grata.
Honeyfoot trataba de sonreír animosamente a sus colegas, pero en un caballero tan ducho como él en la práctica de la son risa animosa, el intento resultaba poco convincente.
En aquel momento empezaron a oírse campanadas. Procedían del campanario de San Miguel, que daba la media, pero en el interior de la catedral tenían un sonido extraño y lejano, como de campanas de otro país. No eran alegres ni mucho menos. Los reunidos sabían bien con cuánta frecuencia se relacionaban las campanadas con la magia, en particular con la de los seres sobrenaturales; sabían que, antiguamente, sonaban campanas de plata cuando un inglés o una inglesa de gran virtud o belleza iba a ser raptado por duendes y llevado a tierras extrañas y encantadas para no volver. El mismo Rey Cuervo —que no era un ser sobrenatural sino un mortal, e inglés por más señas— tenía la deplorable costumbre de raptar a hombres y mujeres para llevárselos a vivir con él en las Otras Tierras.[9] Ahora bien, si tú, lector, o yo tuviéramos la facultad de apoderarnos por ensalmo de cualquier criatura humana de la que nos encaprichásemos, y de mantenerla a nuestro lado toda la eternidad, me parece que nuestra elección recaería en alguien un poco más atractivo que cualquier miembro de la Sociedad Cultural de Magos de York, pero a los caballeros que se encontraban en la catedral de York no se les ocurrió esa reconfortante idea, y varios empezaron a preguntarse en qué medida habría molestado al señor Norrell la carta del doctor Foxcastle, y a sentirse asustados.
Cuando se apagaron las campanadas, desde las alturas en penumbras empezó a hablar una voz. Los magos aguzaron el oído. Algunos experimentaban viva ansiedad y creían que iba a darles instrucciones, como en un cuento de hadas. Imaginaban que se les comunicarían misteriosas prescripciones. Tales órdenes, según sabían por los cuentos de hadas, suelen ser un tanto peregrinas, pero no muy difíciles de observar... o así parece a primera vista. Por lo general son de este tenor: «No comas la última ciruela de la compota de la jarra azul que está en la alacena del rincón», o «No golpees a tu mujer con una vara de ajenjo». Sin embargo, según se relata en los cuentos, las circunstancias siempre conspiran en contra de la persona que recibe las instrucciones y, sin darse cuenta, se encuentra haciendo aquello que se le ha prohibido, ganándose así un destino terrible.
Los magos suponían que, con aquel lento recitado, como mínimo se les estaba anunciando su perdición. Pero no estaba nada claro en qué lengua hablaba la voz. A Segundus le pareció oír una palabra que sonaba a «maleficio» y, después, interficere, antiguo vocablo latino que significa «matar». La voz no era fácil de discernir; no tenía semejanza con una voz humana, lo cual no hacía sino acrecentar el temor de los caballeros a que, de un momento a otro, empezaran a aparecer duendes. Era áspera, cavernosa, cascada, como si alguien estuviera restregando dos piedras rugosas, pero los sonidos que producía parecían palabras... eran realmente palabras. Los caballeros escudriñaban la oscuridad de las alturas con aprensión, mas lo único que se veía era el contorno borroso de una pequeña figura de piedra que surgía de la nervadura de un gran pilar y se proyectaba hacia el oscuro vacío. A medida que se habituaban al extraño sonido, iban reconociendo más y más palabras, de inglés antiguo y latín antiguo, entremezcladas, como si quien hablaba no fuese consciente de que eran dos lenguas distintas. Afortunadamente, esa detestable mezcolanza no ofrecía grandes dificultades a los magos, puesto que la mayoría estaban acostumbrados a descifrar las intrincadas divagaciones de los eruditos de antaño. Lo que dijo la voz, traducido a un idioma comprensible, fue:
—Hace mucho, mucho tiempo, hace quinientos años o más, en el crepúsculo de un día de invierno entró en la iglesia vacía un joven con una muchacha que llevaba hojas de hiedra trenzadas en el pelo. Y sólo las piedras vimos cómo la estrangulaba. El joven no fue castigado por su crimen, porque no había más testigos que las piedras. Pasaron los años y cada vez que el hombre entraba en la iglesia y se mezclaba con la congregación, las piedras gritábamos que él era el asesino de la muchacha de las hojas de hiedra trenzadas, mas nadie nos oía. ¡Pero aún no es tarde! ¡Nosotras sabemos dónde está enterrado! ¡Está en el ángulo sur del crucero! ¡Pronto! ¡Pronto! ¡Traed picos! ¡Traed palas! Levantad las losas. ¡Desenterrad sus huesos! ¡Que sean aplastados con la pala! ¡Despedazad su cráneo arrojándolo contra los pilares! ¡Que también las piedras se cobren su venganza! ¡Aún no es tarde! ¡Aún no es tarde!
Apenas habían acabado los magos de asimilar esto, y mientras aún se preguntaban quién contaba aquello, se oyó otra voz pétrea. Ésta salía del presbiterio y sólo hablaba en inglés, pero un inglés extraño, de palabras antiguas y olvidadas. Se quejaba de unos soldados que habían entrado en la iglesia y roto unas ventanas. Cien años después, volvieron y destrozaron una mampara del coro, borraron las caras de los santos y robaron objetos del culto. En una ocasión habían afilado la punta de sus flechas en el borde de la pila bautismal; trescientos años después, dispararon sus pistolas en la sala capitular. Esta voz no parecía saber que, si bien una iglesia puede durar milenios, los hombres no viven tanto.
—¡Se recrean en la destrucción! —gritó—. ¡Y ellos mismos no merecen sino ser destruidos!
Ese orador, al igual que el primero, debía de haber permanecido muchos años en la iglesia, y sin duda habría oído infinidad de sermones y plegarias; no obstante, las más dulces virtudes cristianas —misericordia, amor, mansedumbre— le eran desconocidas. Como la primera voz seguía lamentándose por la muerte de la muchacha de las hojas de hiedra, las dos ásperas voces se entrechocaban de un modo bastante desagradable.
El señor Thorpe, que era un caballero valiente, atisbo en el presbiterio para averiguar quién hablaba.
—Es una estatua —dijo.
Y entonces los miembros de la Sociedad de York, entornando los párpados, levantaron nuevamente la mirada hacia las penumbrosas alturas, en dirección a la primera voz misteriosa. Y esa vez fueron muy pocos los que dudaron de que era la pequeña figura de piedra la que hablaba, porque la vieron agitar los bracitos con aflicción.
Entonces todas las estatuas y monumentos de la catedral empezaron a hablar, diciendo con sus voces de piedra todo lo que habían visto durante su vida de piedra, y el ruido, como le diría después Segundus a la señora Pleasance, era indescriptible. Y es que los muros de la catedral tenían esculpidos a mucha gente pequeña y extraños animales que batían las alas.
Muchos se quejaban de sus vecinos, lo que quizá no sea tan sorprendente, ya que habían estado obligados a permanecer juntos cientos de años. En una gran mampara había quince reyes de piedra en sendos pedestales. Tenían unos bucles muy prietos, como si se hubieran puesto papillotes y no se hubiesen peinado; la señora Honeyfoot no podía mirarlos sin decir lo mucho que le gustaría meter el cepillo en aquellas reales testas. Desde el momento en que pudieron hablar, los soberanos empezaron a pelear y reñir; porque todos los pedestales tenían la misma altura, y lo que más detestan los reyes (aunque sean de piedra) es que los pongan al nivel de otros. En lo alto de una vieja columna, un pequeño grupo de extrañas figuras con los brazos entrelazados contemplaba el mundo con sus ojos de piedra, pero tan pronto se dejó sentir el hechizo, cada una comenzó a empujar a las otras para apartarlas, como si hasta los brazos de piedra se resintiesen al cabo de un siglo y las criaturas se cansaran de estar ligadas entre sí.
Una parecía hablar en italiano y nadie se explicaba por qué, pero Segundus descubrió después que era una copia de una escultura de Miguel Angel. La estatua describía una iglesia totalmente distinta, una iglesia en la que negras sombras se recortaban con nitidez contra una luz brillante. Describía, pues, lo que la escultura original veía en Roma.
Segundus observó con agrado que los magos, aunque muy asustados, se mantenían firmes en el interior de la iglesia. Algunos estaban tan asombrados por lo que veían que pronto olvidaron el miedo y empezaron a ir de un lado al otro, ansiosos por descubrir más y más portentos, haciendo observaciones y tomando notas en pequeñas libretas, como si no recordaran el insidioso documento que, a partir de ese mismo día, les impediría estudiar magia. Los magos de York (que muy pronto, ¡ay!, dejarían de serlo) estuvieron largo rato deambulando por los pasillos y contemplando maravillas, mientras la horrenda cacofonía de mil voces pétreas que hablaban al unísono hería sus oídos.
En la sala capitular había doseles en los que multitud de cabecitas de piedra tocadas con extraños gorros parloteaban animadamente. También había magníficas tallas de cien árboles ingleses: espino, roble, endrino, ajenjo, cerezo y brionia. Segundus vio dos dragones, no mayores que su antebrazo, que, uno en pos de otro, se deslizaban entre las ramas, las hojas, las raíces y los zarcillos del espino. Parecían moverse con tanta soltura como cualquier criatura, pero el sonido de sus músculos de piedra rechinando bajo una piel de piedra, rozando costillas de piedra y chocando contra un corazón de piedra, así como el de garras de piedra arañando ramas de piedra, era insoportable, y el caballero se preguntó cómo podían resistirlo. Una pequeña nube de un polvillo áspero, como el que suele acompañar el trabajo del picapedrero, los rodeaba y se elevaba en el aire, y pensó que si el hechizo les permitía seguir moviéndose mucho tiempo, se desgastarían hasta quedar reducidos a obleas de piedra caliza.
Las hojas y hierbas pétreas se estremecían y temblaban como movidas por la brisa, y algunas emulaban a sus equivalentes vegetales con tanta fidelidad que hasta crecían. Después, cuando se rompió el conjuro, se encontraron ramas de hiedra y escaramujo de piedra que trepaban por sillas, atriles y libros de rezos, donde antes no había hiedra ni escaramujo de piedra.
Pero no sólo los magos de York vieron prodigios aquel día. Se lo propusiera o no el señor Norrell, su magia trascendió del recinto sagrado y se extendió por la ciudad. Tres estatuas de la fachada oeste de la catedral se encontraban en los talleres del señor Taylor, que debía repararlas. Siglos de lluvia de Yorkshire habían erosionado las imágenes y nadie sabía ya a qué grandes personajes representaban. A las diez y media, cuando un ayudante de Taylor acercaba el cincel a la cara de una de aquellas figuras con intención de esculpir las bellas facciones de una santa, la estatua dio un grito y alzó el brazo en actitud defensiva, con lo que el pobre hombre cayó desmayado. Las esculturas fueron devueltas al exterior de la catedral intactas, con la cara lisa como una galleta y tan blanda como la mantequilla.
De pronto, el sonido pareció cambiar y las voces enmudecieron una a una, hasta que los magos oyeron las campanas de San Miguel, que volvían a dar la media. Aquella primera voz, la de la figura en lo alto, siguió un rato con su tema del asesino impune («¡Aún no es tarde! ¡Aún no es tarde!») después de que las otras callaran, pero finalmente también se apagó.
Durante el tiempo en que los magos permanecieron en la iglesia, el mundo se había transformado. La magia había vuelto a Inglaterra, les gustara o no. Se habían producido también otros cambios de índole más prosaica: ahora cubrían el cielo grandes nubes cargadas de nieve. Su color, más que gris, es taba entre un extraño azul pizarra y un verde mar. Tan curiosa coloración creaba una luz crepuscular como la que imaginas que ha de alumbrar los reinos fabulosos del fondo del mar.
Segundus había quedado extenuado tras presenciar aquel episodio mágico, más portentoso de lo que hubiera podido suponer, pero aun así, ahora que había terminado, sentía una viva agitación de espíritu y deseaba volver a casa sin hablar con nadie. Mientras se hallaba en tan susceptible estado, se vio abordado por el hombre de confianza del señor Norrell.
—Tengo entendido, señor —le dijo—, que ahora deberá disolverse la asociación. Lo lamento.
Quizá fuera efecto del cansancio que experimentaba, pero lo cierto es que a Segundus le pareció que el ayudante, pese a su respetuosa actitud, se reía secretamente de los magos de York. Childermass era una de esas personas de incómodo trato que, por su modesta extracción, están destinadas a servir a sus superiores toda la vida, pero, por su perspicacia y habilidad, se creen merecedoras de reconocimientos y recompensas que están fuera de su alcance. De vez en cuando, por una insólita combinación de circunstancias afortunadas, esos hombres llegan a la preeminencia, pero lo habitual es que se sientan amargados por la frustración de sus aspiraciones, se dejen ganar por la desidia y desempeñen sus funciones igual —si no peor— que sus compañeros menos capaces. Se vuelven insolentes, pierden el empleo y acaban mal.
—Disculpe, señor, si le hago una pregunta —dijo Childermass—. Confío en que no lo considere una impertinencia, pero me gustaría saber si lee alguna vez los diarios de Londres.
Segundus respondió afirmativamente.
—¿Sí? Qué interesante. A mí también me gustan. Pero tengo poco tiempo para leer algo que no sean los libros que caen en mis manos en el desempeño de mis tareas al servicio del señor Norrell. ¿Y cuáles son las cosas que puede uno leer hoy en día en un periódico inglés? Perdone que le haga esta pregunta, pero es que el señor Norrell, que nunca lee periódicos, me lo preguntó ayer, y no me sentí capacitado para responder.
—Bien —dijo Segundus, un tanto desconcertado—, hay cosas muy diversas. ¿Qué desea saber? Hay crónicas de las acciones de la Armada Real contra los franceses; discursos de los miembros del gobierno; noticias de escándalos y divorcios. ¿A eso se refiere?
—¡Oh, sí, señor! Lo explica usted muy bien. Me pregunto —agregó con aire pensativo— si los diarios de Londres publican noticias de provincias... si, por ejemplo, los notables acontecimientos de hoy merecerían mención.
—No lo sé. Me parece posible, aunque ya sabe usted que Yorkshire está muy lejos de Londres. Quizá los directores de los diarios londinenses no lleguen a enterarse de lo ocurrido.
—¡Ah! —exclamó Childermass, y no dijo más.
Empezó a nevar, al principio en copos dispersos, que fueron haciéndose más y más densos, hasta que un millón de motas blancas descendían de un cielo gris verdoso, guateado, grávido. Con la nevada, iba difuminándose el contorno de los edificios de York, más borrosos y grises por momentos; las personas se empequeñecían; las voces y los gritos, las pisadas de la gente y el repicar de los cascos de los caballos, el crujir de los carruajes y el chasquear de las puertas se atenuaban. Era como si todas las cosas fueran diluyéndose hasta que no quedó en el mundo sino la nieve que descendía, el cielo verde mar, la difusa sombra gris de la catedral de York... y Childermass.
Éste, entretanto, había permanecido en silencio. Segundus se preguntaba qué más podía querer aquel hombre: todas sus preguntas habían sido contestadas. Pero el ayudante aguardaba y lo observaba con sus extraños ojos negros, como si esperase que Segundus dijera algo más y estuviese convencido de que lo diría... como si nada en el mundo fuera más seguro.
—Si lo desea —dijo Segundus sacudiéndose la nieve de la esclavina—, para disipar la incertidumbre, yo podría escribir una carta al director del Times para informarle de los extraordinarios hechos realizados por el señor Norrell.
—¡Ah, cuánta generosidad! Crea usted, señor, que sé muy bien que no todos esos caballeros serían tan magnánimos en la derrota. Con razón le he dicho al señor Norrell que no creía que pudiera haber caballero más noble que el señor Segundus.
—Tampoco hay que exagerar. No tiene importancia.
La Sociedad Cultural de Magos de York fue disuelta y sus socios tuvieron que abandonar la magia (con excepción del señor Segundus). Sin embargo, aunque algunos eran bastante necios y no todos eran amables, no creo que mereciesen tan triste suerte. Porque ¿qué puede hacer un mago si, en virtud de un contrato funesto, le queda vedado el estudio de la magia? Anda ocioso por la casa todo el día, distrayendo a la sobrina (esposa o hija) de la costura e incordiando a las criadas con preguntas sobre cosas por las que antes nunca se había interesado... todo con tal de tener a alguien con quien hablar, hasta que las criadas se quejan a su señora. Saca un libro y se pone a leer, pero no está atento a la lectura y ya va por la página 22 cuando se da cuenta de que es ¡una novela!, la clase de obra que él más desprecia. Pregunta la hora diez veces al día a la sobrina (esposa o hija), porque no puede creer que el tiempo pase tan despacio, y por la misma razón anda a la greña con su reloj de bolsillo.
El señor Honeyfoot, celebro poder decirlo, no se hallaba en una situación tan triste como los demás. Él, persona de corazón sensible, estaba vivamente impresionado por la historia que aquella pequeña figura había relatado desde las penumbrosas alturas. Durante siglos había guardado en su pequeño corazón de piedra el recuerdo del horrendo crimen, ella era la única que no había olvidado a la muchacha asesinada, y Honeyfoot consideraba que tanta fidelidad merecía recompensa. Escribió al deán, a los canónigos y al obispo, y no paró de importunar a unos y otros hasta que esos importantes personajes lo autorizaron a levantar las losas del ángulo sur del crucero. Así se hizo, y Honeyfoot y los hombres que había empleado en la operación encontraron unos huesos en un ataúd de plomo, tal como había dicho la pequeña escultura. Pero entonces el deán dijo que no podía autorizar que se sacaran de la catedral aquellos restos (tal como pretendía Honeyfoot) basándose sólo en la declaración de la figurita de piedra; no había precedente de tal cosa. Honeyfoot replicó que sí lo había, y la disputa se prolongó varios años, por lo que, en realidad, a Honeyfoot no le quedó tiempo para arrepentirse de haber firmado el documento del señor Norrell.[10]
La biblioteca de la Sociedad Cultural de Magos de York fue vendida al señor Thoroughgood de Coffee Square. Pero a nadie se le ocurrió mencionárselo al señor Segundus, que se enteró de la transacción por carambola, cuando el dependiente de Thoroughgood se lo dijo a un amigo (empleado de la tienda de lencería Priestley), quien se lo mencionó casualmente a la señora Cockcroft de la posada George, que lo comentó con la señora Pleasance, la casera de Segundus. Tan pronto éste se enteró, salió a las nevadas calles y corrió a la tienda de Thoroughgood sin entretenerse en ponerse el sombrero, el abrigo y las botas. Pero los libros ya estaban vendidos. Le preguntó al tendero quién los había comprado, y el hombre le rogó que lo excusara, pero, sintiéndolo mucho, no podía divulgar ese dato; él no creía que el caballero en cuestión deseara que se supiera su nombre. Segundus, sin sombrero, sin abrigo y sin aliento, con los zapatos empapados, las medias salpicadas de barro y los ojos de todos los presentes en la tienda fijos en él, experimentó cierta satisfacción al decirle a Thoroughgood que no importaba si se lo decía o no, porque él ya creía saber quién era el caballero.
No dejaba de sentir curiosidad acerca de Norrell. Pensaba mucho en el otro mago y a menudo hablaba de él con Honeyfoot.[11] Éste estaba convencido de que la explicación podía hallarse en el sincero deseo del señor Norrell de volver a introducir la magia en Inglaterra. Segundus tenía sus dudas, y empezó a hacer indagaciones a fin de descubrir a algún conocido de Norrell que pudiera darle información.
Un caballero de la posición de Norrell, con una hermosa casa y una vasta propiedad, siempre será objeto del interés de sus vecinos, que muy estúpidos habrían de ser para no enterarse de algo de lo que hace. Segundus descubrió en Stonegate a una familia emparentada con unas personas que tenían una granja situada a cinco millas de Hurtfew Abbey, y entabló amistad con ella y la convenció de que organizara una cena e invitara a sus primos. (Se ad miró del ingenio con que urdió esa pequeña estratagema.) Llegaron los primos y, naturalmente, se mostraron más que dispuestos a hablar de su rico y extraño vecino, que había embrujado la catedral de Yorkshire. Pero toda su información se redujo a que el señor Norrell se disponía a abandonar Yorkshire para trasladarse a Londres.
A Segundus le sorprendió la noticia, pero más le sorprendió el efecto que tuvo en su ánimo. Sentía una extraña desazón, lo cual, se decía, era ridículo; Norrell nunca se había interesado por él ni le había hecho objeto de consideración alguna. A pesar de todo, ahora era su único colega. Cuando se fuese, Segundus sería el único y último mago de Yorkshire.
4
Amigos de la magia inglesa
Comienzos de la primavera de 1807
Contempla, lector, a un hombre que, día tras día, se encierra en su biblioteca. Es un hombre bajo, sin atractivo personal. Encima de la mesa, ante sí, tiene un libro, y al alcance de la mano, una buena provisión de plumas nuevas, un cortaplumas, tinta, cuartillas, cuadernos... La chimenea está siempre encendida: el hombre es friolero, no puede estar sin fuego. La habitación varía según la estación; él sigue siempre igual. Tres altas ventanas se abren a un panorama de campiña inglesa, plácido en primavera, risueño en verano, melancólico en otoño y sombrío en invierno: como debe ser un paisaje inglés. Pero no atraen su interés los cambios de estación; él no levanta los ojos del libro. Hace ejercicio como todo caballero: con tiempo seco, da un largo paseo cruzando el parque y bordeando un bosquecillo; cuando llueve, acorta el recorrido y no sale del jardín. Pero sabe muy poco del jardín, del parque o del bosque. El libro lo aguarda en la mesa de la biblioteca; aún desfilan por su vista las líneas impresas y discurren por su mente los argumentos del autor cuando ya le hormiguea en los dedos el deseo de sentir de nuevo el tacto del papel. Se reúne con sus vecinos dos o tres veces cada trimestre, pues no en vano estamos en Inglaterra, país en que los vecinos nunca consienten que un hombre viva alejado de la sociedad, por adusto que sea su carácter y avinagrada su cara. Le hacen visitas, dejan su tarjeta a los criados y lo invitan a cenas y bailes. En principio, sus intenciones son generosas (pues creen que estar siempre solo es malo para el hombre), pero también sienten curiosidad por saber si él ha cambiado desde la última vez que lo vieron, aunque sea poco. No ha cambiado. No tiene nada que decirles; se lo considera el individuo más aburrido de todo Yorkshire.
No obstante, en el árido corazoncito del señor Norrell alentaba una ambición, la de volver a llevar la magia a Inglaterra, y era una ambición tan viva que hubiese merecido el aplauso hasta del mismo señor Honeyfoot. Y en esos instantes, con objeto de cumplir ese propósito largamente acariciado, se disponía a trasladarse a Londres.
Childermass afirmaba que el momento era propicio, y Childermass conocía el mundo. Conocía los juegos que entretienen a los niños en la calle, juegos que los adultos han olvidado hace tiempo. Sabía lo que piensan los ancianos junto a la chimenea, pese a que hace años que nadie les pregunta. Sabía tanto lo que escuchan los jóvenes en el redoble del tambor y los trinos de la gaita, que los impulsa a abandonar el hogar para hacerse soldados, como la media jícara de gloria y el tonel de sufrimientos que los aguardan. A Childermass le bastaba con mirar al elegante abogado con que se cruzaba en la calle para saber lo que llevaba en los bolsillos del faldón del frac. Y todo lo que sabía lo hacía sonreír, y algunas cosas, reír a carcajadas; y nada de lo que sabía le merecía ni medio penique de compasión.
Así pues, cuando le dijo a su amo: «Vaya a Londres, señor. Vaya ahora», Norrell le hizo caso.
—Lo único que no acaba de gustarme es esa idea tuya de que Segundus escriba a un periódico de Londres en nuestro nombre —dijo Norrell—. Seguro que cometerá errores en lo que escriba, ¿no lo has pensado? Sospecho que hará un intento de interpretación. Estos estudiosos de poca monta no son capaces de resistir la tentación de poner algo de cosecha propia. Hará conjeturas, conjeturas equivocadas, sobre la clase de magia que utilicé en York. Y bastante confusión reina ya en la magia como para que nosotros aportemos nuestro granito de arena. ¿Crees necesario que utilicemos a Segundus?
Childermass dejó caer su oscura mirada y su aún más oscura sonrisa sobre su amo y respondió que sí.
—Me gustaría saber, señor, si ha oído hablar últimamente de un caballero de la Armada llamado Baines.
—Me parece que sé a quién te refieres.
—¡Ah! ¿Y cómo ha tenido noticia de él?
Breve silencio.
—Debo de haber visto el nombre del capitán Baines en algún diario — concedió Norrell.
—El teniente Hector Baines prestaba servicio en la fragata The King of the North —dijo Childermass—. A los veintiún años perdió una pierna y dos o tres dedos durante una batalla en las Indias Occidentales, en la que murieron el capitán de la fragata y muchos hombres de la tripulación. Quizá la crónica de que el teniente Baines seguía al mando del barco y daba órdenes mientras el médico de a bordo le amputaba la pierna sea una exageración, pero lo cierto es que consiguió sacar de las Indias un barco gravemente dañado, abordó un navío español que transportaba un valioso cargamento, consiguió una fortuna y regresó convertido en héroe. Rompió con su prometida y se casó con otra joven. Hasta aquí la historia del capitán Baines que publicó el Morning Post. Y ahora le contaré lo que sigue. Baines es un hombre del norte, lo mismo que usted, señor, hijo de familia modesta, sin amigos influyentes que pudieran ayudarlo a abrirse camino en la vida. Poco después de su matrimonio, él y su esposa fueron a Londres y se alojaron en casa de unos amigos, en Seacoal Lane, adonde iban a visitarlos personas de alto rango y posición. Cenaban en casa de vizcondesas, eran agasajados por miembros del Parlamento, y el capitán Baines disponía de todo cuanto pueda conseguirse con influencia y dinero. Ese éxito, señor, yo lo atribuyo al beneplácito y estima generales suscitados por la crónica del Morning. Claro, tal vez usted no necesite recurrir a directores de periódico porque dispone en Londres de amigos que puedan prestarle ese servicio.
—Sabes muy bien que no los tengo —repuso Norrell con impaciencia.
Entretanto, Segundus se entregaba con ahínco a la redacción de la carta, y lo contrariaba no poder mostrar más entusiasmo en el elogio del señor Norrell. Le parecía que los lectores del diario londinense esperarían de él que mencionara sus cualidades personales, y les sorprendería que las silenciara.
Al fin apareció en el Times la carta con este título: «EXTRAORDINARIOS SUCESOS EN YORK: LLAMAMIENTO A LOS AMIGOS DE LA MAGIA INGLESA.» Segundus terminaba su relato del mágico episodio manifestando la convicción de que sin duda los amigos de la magia inglesa habían de congratularse del amor al riguroso retiro que distinguía el carácter del señor Norrell, ya que su tenaz perseverancia en el estudio finalmente había fructificado en forma de los maravillosos prodigios que habían podido presenciarse en la catedral de York. No obstante, agregaba, invitaba a los amigos de la magia inglesa a unirse a él para pedirle al señor Norrell que no volviera a aquella ascética vida de estudio, sino que ocupara el lugar que le correspondía en el escenario de la vida de la nación e inaugurara un nuevo capítulo en la historia de la magia inglesa.
EL LLAMAMIENTO A LOS AMIGOS DE LA MAGIA INGLESA causó sensación, sobre todo en Londres. Los lectores del Times se quedaron estupefactos ante las hazañas del señor Norrell. Había un vivo afán por verlo; las jóvenes compadecían a los infortunados caballeros de York a los que tanto había atemorizado y deseaban vivamente que ahora las atemorizara a ellas. Desde luego, no era probable que volviese a presentarse una oportunidad semejante, así que Norrell decidió establecerse en Londres con la máxima celeridad.
—Tienes que conseguirme una casa, Childermass. Una casa que sugiera a quienes la visiten que la magia es una profesión respetable, no menos que la abogacía y mucho más que la medicina.
Childermass le preguntó secamente si deseaba que buscase un estilo arquitectónico que diese a entender que la magia era incluso tan respetable como la Iglesia.
Norrell (que sabía de la existencia de los chistes, ya que de lo contrario no se hablaría de ellos en los libros, pero no conocía éste en concreto, porque nunca se lo habían contado personalmente) meditó un momento antes de contestar que no creía poder aspirar a tanto.
Así pues, Childermass (quizá pensando que nada hay en el mundo tan respetable como el dinero) recomendó a su señor una casa de Hanover Square, enclave de ciudadanos ricos y prósperos. Ahora bien, no sé qué opinará el lector, pero, a decir verdad, a mí el lado sur de esa plaza no me seduce en absoluto; las casas son tan altas y estrechas (cuatro pisos por lo menos), las angostas y oscuras ventanas son tan parecidas entre sí, y cada casa es un calco tan exacto de sus vecinas, que el conjunto parece un alto muro que impide el paso de la luz. No obstante, el señor Norrell (menos exigente que yo) estaba satisfecho con su nueva residencia, o por lo menos todo lo satisfecho que pueda estar un caballero que durante treinta años ha vivido en una gran mansión en medio de un parque de árboles centenarios, rodeado de una buena finca con granjas y bosques, en suma, un caballero que cuando se asomaba a la ventana no tenía que contemplar tierras ajenas que ofendieran su mirada.
—Es pequeña, desde luego —dijo—, pero no me quejo. Como ya sabes, nunca he dado importancia a las comodidades.
Childermass respondió que la casa era más grande que la mayoría.
—¿En serio? —se extrañó Norrell.
Lo asombraban especialmente las pequeñas proporciones de la biblioteca, en la que no cabía ni la tercera parte de los libros que él consideraba indispensables, y preguntó a su ayudante dónde ponía los libros la gente de Londres. ¿Acaso no leían?
Norrell no llevaba en Londres más de tres semanas cuando recibió una carta de una tal señora Godesdone, dama de la que nunca había oído hablar.
«... comprendo que es un auténtico escándalo que le escriba sin haber sido presentados y no me cabe duda que se preguntará usted quién es esta criatura impertinente no sabía ni que tal persona existiera y me considerará terriblemente atrevida, etcétera, pero Drawlight que es un buen amigo me ha asegurado que es usted la criatura más amable del mundo y que no se incomodaría así que espero con impaciencia tener el gusto de conocerlo y lo consideraría el mayor honor del mundo que consintiera en otorgarnos el placer de su compañía en una reunión que se celebrará el jueves de la próxima semana y no tema tener que enfrentarse a una multitud lo que más detesto yo son las multitudes y sólo mis amigos más íntimos estarán invitados...»
Semejante desprecio a las reglas de puntuación no podía causar en Norrell una impresión favorable. Leyó la misiva rápidamente, la dejó a un lado con una exclamación de desagrado y volvió a abrir el libro. Poco después, llegó Childermass para despachar los asuntos de la mañana. Tras leer la carta de la señora Godesdone le preguntó a su jefe qué respuesta pensaba darle.
—Negativa —contestó.
—¿Negativa? ¿Le digo que tiene otro compromiso?
—Díselo, si lo deseas.
—¿Y lo tiene realmente?
—No.
—¡Ah! ¿Es entonces el exceso de compromisos para otros días lo que lo lleva a rechazar la invitación? ¿Teme encontrarse muy fatigado?
—No tengo otros compromisos. Y tú lo sabes. —Norrell siguió leyendo durante un minuto o dos antes de observar, como si se dirigiera al libro—: Sigues aquí.
—Aquí sigo —confirmó Childermass.
—Bien, habla, ¿qué ocurre?
—Creía que venía a Londres para mostrar a la gente lo que es un mago moderno. Será un proceso muy lento si se queda siempre en casa.
Norrell, sin decir nada, volvió a tomar la carta y la miró.
—Drawlight —murmuró al fin—. ¿Qué significa? No conozco a nadie con ese nombre.
—No sé lo que significa —respondió Childermass—. Pero sé que no es momento para remilgos.
A las ocho de la noche en que se celebraba la reunión en casa de la señora Godesdone, Norrell, enfundado en su mejor chaqueta gris, iba en su carruaje preguntándose de dónde lo conocería el tal señor Drawlight, el querido amigo de la señora Godesdone, cuando advirtió que se habían detenido. Al mirar por la ventanilla vio, a la luz de las farolas, un caos de gente, coches y caballos. Pensando que todo el mundo debía de encontrar las calles de Londres tan desconcertantes como él, supuso que el cochero y el lacayo se habían extraviado, y, golpeando el techo del carruaje con el bastón, llamó:
—¡Davey! ¡Lucas! ¿No habéis oído que os dije Manchester Street? ¿Por qué no os habéis informado mejor del camino antes de salir?
Lucas, desde el pescante, anunció que ya estaban en Manchester Street, pero que debían aguardar turno: delante había una larga fila de coches que también tenían que parar en la casa.
—¿En qué casa? —gritó Norrell.
—En la misma a la que vamos.
—¡No, no! Estás equivocado. Es una pequeña reunión.
Pero nada más entrar en el domicilio de la señora Godesdone se encontró rodeado de una multitud compuesta por un centenar de amigos íntimos de la anfitriona. El vestíbulo y los salones estaban llenos, y seguía entrando gente. Norrell estaba atónito, pero no hubiera debido asombrarse tanto. Aquélla era una de las tantas veladas mundanas que se celebraban en Londres, y en nada se distinguía de las que había en media docena de casas de la ciudad cualquier día de la semana.
¿Y cómo describir una velada mundana londinense? Toda la casa reluce con profusión de lámparas y candelabros de cristal tallado cargados de bujías; elegantes espejos triplican y cuadruplican la luz de tal modo que resplandece más la noche que el día; frutas de invernadero de vivos colores componen majestuosas pirámides sobre mesas cubiertas por blancos manteles; divinas criaturas refulgentes de joyas se pasean cogidas del brazo por los salones, despertando admiración. Pero el calor es asfixiante y la aglomeración y el ruido, poco menos; no hay donde sentarse y apenas don de estar de pie. Quizá veas a tu amigo más querido en el otro extremo del salón, quizá tengas un mundo de cosas que decirle y te preguntes cómo vas a llegar hasta él. Con suerte, tal vez al cabo de un rato os crucéis en medio del gentío y tengáis tiempo de estrecharos la mano antes de que la vorágine os separe. Rodeado de desconocidos irritables y acalorados, tus posibilidades de entablar una conversación interesante son, poco más o menos, las mismas que tendrías en un desierto africano. Tu único deseo es preservar tu traje favorito de cualquier desperfecto que pudiera causarle la multitud. Todos se quejan del calor y las apreturas. Todos consideran francamente insufrible la situación. Pero si tantos son los sinsabores de los invitados, ¿qué decir del tormento que padecen los que no han sido invitados? ¡Nuestros sufrimientos no son nada comparados con los suyos! Y mañana nosotros podremos decirnos unos a otros que fue una fiesta deliciosa.
Ocurrió que el señor Norrell llegó en el mismo momento que una anciana dama cargada de brillantes. Aunque menuda y de aspecto antipático, debía de ser persona importante, pues los criados se agolparon en torno a ella. Gracias a eso, Norrell entró sin que nadie reparara en él. Pasó a una sala llena de gente, en la que descubrió una taza de ponche en una mesita. Mientras bebía el ponche, cayó en la cuenta de que no había dado su nombre y, por tanto, nadie sabía que estaba allí. Se sentía indeciso y se preguntaba qué podía hacer. Los otros invitados estaban ocupados en saludar a sus amistades, y Norrell carecía de la presencia de ánimo necesaria para abordar a uno de los criados y pedirle que lo anunciara; lo intimidaban sus rostros orgullosos y su empaque de indescriptible superioridad. Fue una lástima que ningún miembro de la fenecida Sociedad de Magos de York pudiera verlo en aquel momento, tan compungido y confundido, porque habría sentido una viva satisfacción. No obstante, a todos nos sucede algo parecido. En un entorno familiar, nuestras maneras son afables y naturales, pero si se nos transporta a un lugar donde no conocemos a nadie y nadie nos conoce, ¡qué incómodos nos sentimos!
Norrell iba de salón en salón, sin otro deseo que el de marcharse, cuando no pudo por menos que detenerse al oír su propio nombre seguido de estas enigmáticas palabras:
—... me ha asegurado que nunca se lo ha visto sin una túnica hasta los pies color azul noche, adornada de símbolos exóticos. Pero Drawlight, que conoce bien al tal Norrell, dice que...
Había tanto ruido en la sala que fue un milagro que llegara a oírlas. Las palabras habían sonado en la voz de una mujer joven, y miró vivamente en derredor tratando de descubrirla, pero en vano. Entonces empezó a preguntarse qué otras cosas podría estar diciendo de él la gente.
Se encontraba cerca de una dama y un caballero. Ella no tenía nada que la distinguiese: era una mujer de aspecto normal, entre cuarenta y cincuenta años. Él, empero, era una clase de hombre que no solía verse en Yorkshire. Más bien bajo, vestía una elegante chaqueta de buen paño negro y una camisa de exquisita blancura. Unos pequeños lentes de plata le colgaban del cuello sujetos por una cinta de terciopelo negro. Sus facciones eran regulares y relativamente nobles; el pelo, que llevaba corto, era oscuro y la tez, tersa y blanca, salvo por una levísima sombra de carmín en las mejillas. Pero lo más notable eran los ojos: grandes, bien formados, esmaltados de un brillo acuoso y adornados con largas y oscuras pestañas. Se advertían en su persona pequeños toques femeninos adoptados por él, pero aquellos ojos se los había dado la naturaleza.
Norrell aguzó el oído, tratando de averiguar si hablaban de él.
—... el consejo que le di a lady Duncombe respecto a su hija —decía el hombre—. Lady Duncombe le había encontrado un marido excelente, ¡un caballero con una renta de novecientas libras anuales! Pero la muy boba se había encaprichado de un capitán de dragones que no tenía ni un penique, y la pobre mujer estaba desesperada. Al enterarme exclamé:
«Oh, milady. ¡Tranquilícese! Déjelo en mis manos. Como sabe su excelencia, no me considero un genio, pero las modestas dotes que pueda poseer son precisamente las más adecuadas para esta clase de asuntos.» ¡Y ahora, señora, prepárese para reír cuando se entere de cómo dispuse las cosas! Creo que a nadie se le habría ocurrido un plan tan sencillo. Llevé a la señorita Susan a la joyería Gray de Bond Street, donde pasó una mañana muy agradable probándose collares y pendientes. Hasta hace poco ha vivido en Derbyshire, donde no se ven joyas realmente notables. No creo que hasta aquel momento la muchacha se interesara mucho por esas cosas. Después, lady Duncombe y yo hicimos una o dos insinuaciones, apuntando a que si se casaba con el capitán Hurst tendría que renunciar para siempre a tan deliciosas compras, mientras que como esposa del señor Watts podría elegir entre lo mejor. Luego procuré trabar conocimiento con el capitán Hurst, al que convencí de que me acompañara a Boodle’s, donde se juega, ¡no quiero engañarla, señora! —El hombre soltó una risita—. Le presté un poco de dinero para que probara suerte; no era dinero mío, desde luego, sino que me lo había dado lady Duncombe para ese fin. Fuimos a apostar tres o cuatro veces, y al poco tiempo, las deudas del capitán eran... en fin, señora, no sé si algún día logrará librarse de ellas. Entonces lady Duncombe y yo le hicimos ver que una cosa es esperar que una joven se case con un hombre de ingresos modestos y otra, pretender que acepte a un hombre endeudado hasta las cejas. En principio no se mostró inclinado a escucharnos e hizo uso de..., ¿cómo le diría?, expresiones... de la jerga militar. Pero al final se vio obligado a reconocer que teníamos razón.
Norrell vio cómo la dama de aspecto razonable y entre cuarenta y cincuenta años miraba al hombre bajo con cierto desagrado, hacía una inclinación muy leve y fría y, sin decir palabra, se apartaba de él y desaparecía entre la multitud; el hombre bajo se volvió hacia el otro lado y enseguida llamó a un amigo.
La mirada de Norrell se posó en una joven muy bonita que llevaba un vestido blanco y plata. Un hombre alto y apuesto le hablaba y ella le festejaba con risas todo lo que él decía:
—¿... y si bajo los cimientos de la casa descubriese a dos dragones, uno rojo y otro blanco, enzarzados en eterno combate, que simbolizaran la futura ruina del señor Godesdone? Imagino —agregó con malicia— que no sería usted quien lo lamentara.
Ella volvió a reírse, incluso más alegremente que antes, y Norrell quedó muy sorprendido al oír, al cabo de un instante, cómo alguien la llamaba «señora Godesdone».
Comprendió que debería haberse presentado a la dama, pero cuando quiso reaccionar ella ya había desaparecido de su vista. Empezaba a estar harto de tanto ruido y tanta gente y decidió marcharse con discreción, pero precisamente entonces la multitud que se encontraba frente a la puerta era más impenetrable que nunca, y una corriente de invitados lo arrastró a otro lugar de la sala. Giraba y giraba como una hoja seca atrapada en un sumidero; en una de aquellas vueltas descubrió, cerca de una ventana, un pequeño remanso. Un alto biombo de ébano con incrustaciones de nácar ocultaba a medias —¡ah, qué alegría!— una estantería de libros. Norrell se deslizó tras el biombo, tomó Llana exposición de la completa revelación de san Juan, de John Napier, y se puso a leer.
No hacía mucho que estaba allí cuando, al levantar la mirada, vio al caballero alto y apuesto que hacía reír a la señora Godesdone, enfrascado ahora en animada charla con el hombre bajo que tantas molestias se había tomado para frustrar las aspiraciones matrimoniales del capitán Hurst. Eran tan tas las apreturas en la sala que el alto agarró al bajo de una manga y, tirando de él, lo llevó al rincón que ocupaba Norrell detrás del biombo.
—No ha venido —dijo el alto, enfatizando cada palabra con un golpecito del índice en el hombro de su interlocutor—. ¿Dónde están los ojos abrasadores que usted nos prometió? ¿Y los trances inexplicables? ¿Alguno de los presentes ha sido víctima de un maleficio? Me parece que no. Usted lo ha invocado como a un espíritu de los abismos, pero él no ha acudido.
—He estado con él esta misma mañana —replicó el hombre bajo con aire retador—; me habló de la magia portentosa que ha obrado últimamente y me confirmó su asistencia.
—Es más de medianoche. Ya no vendrá. —Sonrió con aire de superioridad—. Admita que no lo conoce.
El aludido esbozó una sonrisa que rivalizaba con la del otro (aquellos dos caballeros contendían con sonrisas) y dijo:
—Nadie lo conoce mejor en todo Londres. Y admito que estoy un poco, sólo un poco, decepcionado.
—¡Ja! Todos nos sentimos defraudados de una manera abominable. Hemos venido con la esperanza de presenciar algo extraordinario, y al final hemos tenido que procurarnos la diversión nosotros mismos. —Entonces reparó en Norrell—. Ese caballero está leyendo un libro.
Al volverse el hombre bajo, su codo tropezó con la Revelación de san Juan. Le lanzó a Norrell una mirada de reproche por ocupar un espacio tan pequeño con un libro tan grande.
—Como le decía, estoy decepcionado —prosiguió—, pero no sorprendido. Usted no lo conoce como yo. ¡Oh, puede estar seguro de que él tiene una idea muy clara de su valía! Y nadie puede saberlo mejor, desde luego. Un hombre que se compra una casa en Hanover Square sabe lo que es distinción. ¡Sí, se ha comprado una casa en Hanover Square! No lo sabía, ¿ver dad? Es más rico que un judío. Tenía un anciano tío llamado Haythornthwaite que al morir le dejó una fortuna inmensa. Posee, entre otras pequeñeces, una buena casa y una gran propiedad en Yorkshire: Hurtfew Abbey.
—¡Ja! —soltó el alto secamente—. Qué suerte. Los tíos ricos que se mueren escasean terriblemente.
—¡Muy cierto! Unos amigos míos, los Griffin, tienen un tío anciano y riquísimo al que han colmado de atenciones durante años y años, y, aunque él tenía casi cien años cuando ellos empezaron a lisonjearlo, ahí sigue, como si pensara vivir eternamente sólo para fastidiar, y mientras tanto, los Griffin envejecen y van muriendo uno tras otro con amarga frustración. Claro que usted, mi querido Lascelles, no necesita preocuparse por viejos parientes molestos, porque posee una buena fortuna, ¿verdad?
El hombre alto optó por hacer caso omiso de aquella impertinencia y se limitó a observar fríamente:
—Me parece que ese caballero desea hablar con usted.
El caballero en cuestión no era otro que el señor Norrell, que, asombrado de oír hablar con tanto desparpajo de su fortuna y propiedades, hacía un rato que esperaba la oportunidad de intervenir en la conversación.
—Con su permiso.
—¿Sí? —dijo el hombre bajo secamente.
—Soy el señor Norrell.
Los dos hombres se quedaron pasmados.
Tras unos momentos de incómodo silencio, el caballero bajo, que en principio se había mostrado ofendido, después de superar la fase de estupefacción para instalarse en la perplejidad, le pidió a Norrell que repitiera su nombre.
Él así lo hizo, y el hombre dijo:
—Le pido disculpas, pero... es decir... perdone la impertinencia, pero ¿no hay en su casa de Hanover Square una persona que viste de negro y tiene la cara seca y retorcida como una raíz de esto?
Norrell reflexionó un momento.
—Childermass. Se refiere a Childermass.
—¡Oh, Childermass! —exclamó el otro, como si todo quedase perfectamente aclarado—. ¡Claro! ¡Tonto de mí! ¡Era Childermass! ¡Oh, señor Norrell! No sabría decirle cuánto me alegro de conocerlo. Mi nombre, caballero, es Drawlight.
—¿Conoce a Childermass? —preguntó el mago, sorprendido.
—Yo... —Drawlight se aclaró la garganta—. Bien, he visto salir de su casa a esa persona y... Oh, señor Norrell, debe perdonar mi estupidez, pero ¡lo he confundido con usted! ¡Le ruego que no se ofenda! Porque, ahora que lo veo, me doy cuenta de que si él tiene el aspecto misterioso y romántico que suele atribuirse a los magos, usted posee el aire reflexivo del hombre de estudio. Lascelles, ¿no tiene el señor Norrell el porte grave y austero del estudioso?
El hombre alto asintió con escasa convicción.
—Señor Norrell, le presento al señor Lascelles, un amigo.
Lascelles hizo una ligerísima inclinación.
—Oh, señor Norrell —exclamó Drawlight—. ¡No puede usted imaginar el tormento que he sufrido al no saber si acudiría esta noche! A las siete, era tan grande mi ansiedad que no he podido resistir más y he bajado a la taberna de Glasshouse Street en busca de Davey y Lucas, para preguntarles su opinión. Davey estaba seguro de que no vendría, lo cual, como supondrá, me ha causado una honda desesperación.
—¡Davey y Lucas! —repitió el mago con el mayor asombro. (Éstos, como recordará el lector, eran los nombres de su cochero y su lacayo.)
—Oh, sí. Suelen ir a la taberna de Glasshouse Street, como usted ha de saber. —Detuvo su parloteo torrencial un momento, lo justo para que Norrell murmurara que no lo sabía—. He hablado con gran entusiasmo de sus extraordinarios poderes a mi extenso círculo de amistades —prosiguió—. ¡Yo he sido su Juan Bautista! ¡Yo le he preparado el camino, caballero! Y no he vacilado en declarar que usted y yo éramos grandes amigos porque desde el principio tuve el presentimiento de que lo seríamos, querido señor Norrell. Y, como puede ver, no andaba equivocado, puesto que aquí estamos, departiendo amigablemente.
5
Drawlight
Primavera a otoño de 1807
A primera hora de la mañana siguiente, Childermass, el hombre de confianza, fue llamado al comedor del desayuno para atender a su señor. Lo encontró pálido y en un estado de cierta agitación nerviosa.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—¡Vaya! —exclamó Norrell levantando la cabeza—. ¡Y tienes la desfachatez de preguntármelo! ¡Tú, que descuidas tus obligaciones de tal modo que cualquier granuja puede vigilar mi casa e interrogar a mis criados sin impedimento! ¡Y, aún más, obtener respuestas! ¡Me gustaría saber para qué te tengo si no es para protegerme de tales impertinencias!
Childermass se encogió de hombros.
—Supongo que se refiere a Drawlight.
Breve silencio de asombro.
—¿Lo sabías? ¡Caray, hombre! ¿En qué estabas pensando? ¿No me has dicho cien veces que para proteger mi intimidad hay que evitar que los criados hablen con desconocidos?
—Desde luego. Pero mucho me temo, señor, que tendrá usted que renunciar a su reserva habitual. El retiro y el aislamiento están muy bien para Yorkshire, pero ya no estamos en Yorkshire.
—¡Sí, sí! —repuso el otro con irritación—. Ya lo sé. Pero eso no es lo que importa. Lo que importa es qué quiere ese Drawlight.
—Tener el privilegio de ser el primer caballero de Londres que cuenta con un mago entre sus amistades. Nada más.
Pero no bastaron esas razones para disipar los temores de Norrell, que se frotaba nerviosamente sus manos un poco amarillentas y lanzaba miradas furtivas a los oscuros rincones de la habitación, como si sospechara que albergaban a otros Drawlight fisgones.
—Por su atuendo no parecía un estudioso de la magia, pero eso no es ninguna garantía. No llevaba anillos de poderes ni de lealtad, pero...
—No lo entiendo —dijo Childermass—. Hable claro.
—¿No crees que también él podría tener dotes? ¡O amigos envidiosos de mi éxito, quizá! ¿Qué amistades tendrá? ¿Qué estudios?
Childermass esbozó una sonrisa que le subió por todo un lado de la cara.
—Oh, veo que teme que sea agente de otro mago. Pues no, señor; no lo es. Puede estar seguro. Lejos de descuidar sus intereses, después de recibir la carta de la señora Godesdone hice averiguaciones acerca de ese caballero... tantas, imagino, como él pueda haber hecho acerca de usted. Triste mago sería el que empleara a semejante criatura. Además, si tal mago existiera, ya haría tiempo que usted lo habría descubierto, ¿no? Como también el medio para apartarlo de sus libros y poner fin a sus estudios. Ya lo ha hecho otras veces.
—Entonces, ¿estás seguro de que ese Drawlight no ha hecho nada malo?
Childermass alzó una ceja y volvió a sonreír de lado.
—Todo lo contrario.
—¡Ah! ¡Lo sabía! Bien, en ese caso procuraré evitar su trato.
—¿Por qué? —replicó Childermass—. Yo no he dicho tal cosa. ¿No acabo de confirmarle que no es una amenaza para usted? ¿Qué importa que sea persona poco recomendable? Siga mi consejo, señor: utilice la herramienta que tenga a mano.
Entonces le refirió lo que había descubierto acerca de Drawlight: que era de una raza especial de caballeros que sólo se encuentra en Londres, cuya principal ocupación consiste en vestir a la última moda, caballeros que viven en ostentosa ociosidad, que juegan y beben con desmesura y pasan meses enteros en Brighton y otros balnearios de lujo; y que, en los últimos años, esa raza parecía haber alcanzado la perfección en la persona de Christopher Drawlight. Ni sus mejores amigos podrían afirmar que poseyera una sola buena cualidad.[12]
Es indudable que, a pesar de la manera en que Norrell chasqueaba la lengua y aspiraba entre dientes a cada nueva revelación, aquella conversación lo tranquilizó bastante. Cuando, diez minutos después, Lucas entró en la habitación con una jarra de chocolate, su señor ya comía despreocupadamente tostadas con mermelada y en nada recordaba a la criatura nerviosa e inquieta de un rato antes.
Sonaron recios golpes en la puerta y Lucas fue a abrir. Luego se oyeron pasos ligeros en la escalera y apareció el criado anunciando:
—¡El señor Drawlight!
—¡Ah, señor Norrell! ¿Cómo está usted?
Drawlight entró sin más. Vestía chaqueta azul marino y llevaba un bastón de ébano con puño de plata. Parecía de un humor excelente, y se inclinaba, sonreía y se movía con tanta vivacidad que, al cabo de cinco minutos, apenas quedaba un palmo de alfombra que no hubiera pisado, una mesa o una silla que no hubiera acariciado, un espejo frente al que no hubiera cruzado ni un cuadro ante el que no hubiera sonreído un momento.
Norrell, si bien ya había dejado de temer que su visitante fuera un gran mago o el servidor de un mago, aún no estaba decidido a seguir el consejo de Childermass. Invitó a Drawlight a una taza de café de la manera más fría. Pero ni los silencios huraños ni las miradas torvas surtían efecto en Drawlight, que llenaba cualquier silencio con su cháchara y había recibido tantas miradas torvas que ya era inmune a ellas.
—¿No le parece, caballero, que la fiesta de anoche fue de lo más brillante? Aunque, si me lo permite, creo que hizo usted muy bien en irse antes de que terminara. ¡Así después yo pude ir por todo el salón diciendo a la gente que el caballero al que acababan ver salir no era otro que el señor Norrell! Créame, su marcha no pasó inadvertida, ¡en absoluto! El honorable señor Masham estaba seguro de haber visto fugazmente uno de sus estimados hombros, lady Barclay creía haber distinguido un pulcro bucle gris de su venerable peluca, y la señorita Fiskerton estaba en éxtasis al pensar que su mirada se había posado un momento en la punta de su docta nariz. Y lo poco que han visto de usted, caballero, hace que quieran más. ¡Ansían poder contemplar al hombre completo!
—¡Ah! —exclamó Norrell, no sin satisfacción Las reiteradas seguridades dadas por Drawlight de que las damas y los caballeros presentes en la reunión de la señora Godesdone habían quedado absolutamente fascinados por él contribuyó en cierta medida a atenuar los reparos que sentía hacia su visitante. Según éste, la compañía del señor Norrell era como un condimento: el más pequeño pellizco podía dar exquisitez a todo el plato. Tanto insistió en sus lisonjas que, poco a poco, Norrell fue mostrándose más comunicativo.
—¿Y a qué feliz circunstancia debemos la fortuna de su presencia? — preguntó Drawlight—. ¿Qué lo trae a Londres, caballero?
—He venido con el propósito de impulsar la causa de la magia moderna. Quiero volver a introducir la magia en Gran Bretaña —respondió con gesto grave—. Tengo muchas cosas que comunicar a los grandes hombres de nuestra época. Puedo serles útil de muchas maneras.
Drawlight murmuró cortésmente que no le cabía duda alguna.
—Pero no le ocultaré que preferiría que esta tarea hubiera recaído en otro mago. —Norrell suspiró y adoptó una expresión todo lo noble que permitían sus pequeñas y afiladas facciones.
No deja de sorprender que un hombre como él, que había destruido la carrera de tantos colegas suyos, fuera capaz de creer que prefería que uno de éstos fuera el depositario de toda la gloria de su profesión, pero no dudamos de su sinceridad en el momento que lo dijo.
Drawlight murmuró unas palabras de comprensión. Estaba seguro de que el señor Norrell era demasiado modesto, ya que no podía imaginar ni remotamente que pudiera existir alguien más apto para la tarea de recuperar la magia para Gran Bretaña.
—El caso es, caballero, que no me hallo en la situación más adecuada para desarrollar mi labor —continuó Norrell, y Drawlight no disimuló su sorpresa—. No conozco el mundo. Sé que no lo conozco. Yo, al igual que todo estudioso, amo el silencio y la soledad. Pasar horas y horas sentado en una habitación, charlando con desconocidos de banalidades, es para mí el peor de los tormentos, y me parece que tendría que soportar mucho de eso. Así me lo asegura Childermass. —Miró a su invitado con expectación, como si esperara que pudiera contradecirlo.
—Ah. —Reflexionó un momento—. ¡Pues por eso precisamente me alegra tanto que usted y yo seamos amigos! Yo no pretendo ser un erudito, nada sé de magos ni de la historia de la magia, y me figuro que, en ocasiones, mi compañía habrá de resultarle inoportuna, pero a esos pequeños inconvenientes debe usted oponer la gran ventaja que puedo brindarle llevándolo a los sitios y presentándolo a la gente. ¡Oh, señor Norrell, no imagina usted cuán útil puedo serle!
El mago declinó dar una respuesta definitiva, en aquel momento y lugar, a su ofrecimiento de introducirlo en los ambientes más agradables y presentarle a personas cuya amistad, decía Drawlight, proporcionaría deleite y amenidad a su anfitrión, pero consintió en ir con él aquella noche a una cena en casa de lady Rawtenstall, en Bedford Square.
Norrell sobrellevó la cena con menos fatigas de las que temía y, por eso, accedió a encontrarse con Drawlight al día siguiente en casa del señor Plumtree. Con Drawlight en funciones de guía, entró en sociedad con mayor aplomo del que se creía capaz. Sus compromisos se multiplicaron; estaba ocupado desde las once de la mañana hasta pasada la medianoche. Hacía visitas por la mañana, y por la noche asistía a cenas, reuniones, bailes y conciertos de música italiana; era presentado a baronets, vizcondes, vizcondesas y honorables; lo encontrabas caminando por Bond Street del brazo de Drawlight y lo veías pasear por Hyde Park en coche descubierto con Drawlight y Lascelles, el buen amigo de aquél.
Las noches en que Norrell no cenaba fuera, Drawlight se sentaba a su mesa en su residencia de Hanover Square, cosa que sin duda hacía de buen grado, pues Childermass le había dicho que tenía poco dinero. Decía su ayudante que Drawlight vivía de su ingenio y de sus deudas; ni sus más íntimos habían estado en su casa, porque su casa era una habitación alquilada encima de un taller de zapatería de Little Ryder Street.
Pronto se descubrió que la residencia de Hanover Square —que en un principio parecía la perfección— precisaba de grandes reformas, al igual que toda residencia que cambia de propietario. Como es natural, Norrell estaba impaciente por ver las obras terminadas, pero cuando se lamentó ante Drawlight de la lentitud de los obreros londinenses, éste aprovechó la oportunidad para informarse con detalle de sus planes sobre colores, papel de paredes, alfombras, muebles y ornamentos, y encontrar defectos en todo. Estuvieron debatiendo la cuestión durante un cuarto de hora, y luego Drawlight mandó preparar el coche del señor Norrell y dio instrucciones a Davey de que los llevara a la tienda del señor Ackermann, en el Strand. Allí le enseñó a Norrell un libro que contenía un grabado del señor Repton: un salón antiguo y desierto, en el que un anciano de los tiempos de la reina Isabel los observaba fijamente desde un retrato colgado en la pared y las sillas se miraban unas a otras, aleladas, como las visitas que descubren que no tienen nada que decirse. Pero en la página siguiente, ¡ah, qué cambio el conseguido por los nobles oficios de la carpintería, el empapelado y la tapicería! En el segundo grabado, la misma sala, infinitamente mejorada con otros muebles y nueva decoración, estaba irreconocible. Una docena de elegantes damas y caballeros habían acudido a la remozada estancia, atraídos por la posibilidad de dar solaz al espíritu reposando en sus sillones o paseando por el invernadero cubierto de vid silvestre que había aparecido misteriosamente al otro lado de un par de amplias cristaleras. La idea, según explicó Drawlight, era que si el señor Norrell deseaba ganar adeptos para la causa de la magia moderna, debía instalar en su casa muchas cristaleras.
Bajo la tutela de Drawlight, el mago aprendió a dar preferencia al rojo vivo sobre los sobrios y respetables verdes de su juventud. Por el bien de la magia moderna, los honrados materiales de su casa fueron maquillados con pinturas y esmaltes, para que representaran lo que no eran, cual cómicos en un escenario. El yeso se pintó para que pareciese madera y la madera se pintó para que pareciese otra clase de madera. Cuando llegó el momento de seleccionar el ajuar para el comedor, Norrell había depositado ya tanta confianza en Drawlight que le encargó la elección de todo el servicio de mesa sin consultar con nadie más.
—¡No se arrepentirá, mi querido señor! Hace sólo tres semanas escogí un servicio para la duquesa de B., y nada más verlo declaró que nunca había contemplado algo ni la mitad de bello.
Una hermosa mañana de mayo, Norrell estaba sentado en el salón de la casa de una tal señora Littleworth, de Wimpole Street. Se encontraban entre los reunidos los señores Drawlight y Lascelles. Este último gustaba de cultivar el trato del señor Norrell. En realidad, sólo Drawlight lo aventajaba en asiduidad, si bien las razones por las que él lo frecuentaba eran muy distintas. Lascelles era hombre sagaz y cínico, y pensaba que no había en el mundo nada más ridículo que un caballero maduro y culto que estuviera convencido de que podía practicar la magia. Por consiguiente, no perdía la ocasión de hacerle preguntas sobre magia, con objeto de divertirse con sus respuestas.
—¿Le gusta Londres, caballero?
—Ni pizca —contestó Norrell.
—Lamento oírlo. ¿Ha encontrado algún mago colega con quien hablar?
Norrell frunció el entrecejo y dijo que no creía que en Londres hubiera magos, y si los había, él no había conseguido hallarlos.
—¡Ah, no, señor! —exclamó Drawlight—. En eso se equivoca. Le han informado muy mal. En Londres tenemos magos. ¡Por lo menos, cuarenta! Lascelles, ¿no hay en Londres cientos de magos? Te los encuentras en casi todas las esquinas. El señor Lascelles y yo se los presentaremos con sumo placer. Tienen una especie de rey al que llaman Vinculus, un hombre alto y desastrado como un espantapájaros que ocupa una pequeña barraca frente a la iglesia de San Cristóbal, cubierta de barro y con una sucia cortina amarilla. Lee el futuro por dos peniques.
—Vinculus sólo predice calamidades —rio Lascelles—. Hasta ahora, me ha vaticinado que moriré ahogado, que me volveré loco, que el fuego destruirá todas mis propiedades y que una hija natural me atormentará en mi vejez movida por el rencor.
—Tendré mucho gusto en acompañarlo —dijo Drawlight—. Siento por Vinculus una especial simpatía.
—Tenga usted cuidado si va —intervino la señora Littleworth—. Algunos de esos hombres dan verdadero miedo. Los Cruickshank llevaron a un mago a su casa, un tipo muy sucio, para que hiciera trucos para sus amistades, y como no supo hacer ninguno no quisieron pagarle. Él se puso furioso y dijo que convertiría al bebé en un cubo de carbón, y entonces todos se asustaron porque no encontraban al niño por ninguna parte, aunque tampoco había más cubos de carbón que antes. Registraron la casa de arriba abajo. La señora Cruickshank estaba medio muerta de angustia y llamaron al médico... y entonces apareció en la puerta la niñera, con el bebé en brazos; lo había llevado a casa de su madre para enseñárselo.
Pese a tales recomendaciones, Norrell rehusó el amable ofrecimiento del señor Drawlight de ir a ver a Vinculus a su barraca amarilla.
—¿Y qué opinión tiene del Rey Cuervo, señor Norrell? —preguntó la señora Littleworth con interés.
—Ninguna. Es un personaje en el que nunca pienso.
—Qué curioso —observó Lascelles—. Le ruego me perdone, señor Norrell, si digo que ésa me parece una declaración extraordinaria. No he conocido a ningún mago que no declarara que el Rey Negro ha sido el más grande, el mago par excellence. El que, de haber querido, podría haber sacado a Merlín del árbol, haberlo hecho bailar de cabeza y volver a dejarlo en el mismo sitio.[13]
Norrell no dijo nada.
—¿No es verdad que ningún otro aureate pudo igualar su poder? —prosiguió Lascelles—. Tuvo reinos en todos los mundos que ha habido.[14] Y ejércitos de caballeros mortales y caballeros inmortales a sus órdenes. Por no hablar de su longevidad, trescientos años de reinado, y al final, según cuentan, seguía siendo un hombre joven, por lo menos de aspecto.
Norrell no dijo nada.
—¿Acaso piensa usted que las crónicas mienten? He oído decir muchas veces que el Rey Cuervo no existió, que no era un solo mago, sino una larga serie de magos que se parecían mucho entre sí. ¿Eso es tal vez lo que usted cree?
Daba la impresión de que Norrell habría preferido seguir callado, pero la pregunta era tan directa que se sintió obligado a responder.
—No —dijo al fin—; estoy seguro de que existió. Pero considero de
