Aquí es a donde fueron a parar los dragones.
Aquí yacen...
No están muertos, no están dormidos. No aguardan, porque el hecho de aguardar implica una cierta expectación. Posiblemente la palabra más adecuada sea...
... latentes.
Y aunque el espacio que ocupan no es como el espacio normal, están muy apretados. No hay ni un centímetro cúbico que no esté ocupado por una garra, una zarpa, una escama o la punta de una cola, de manera que la sensación que da es como en esos dibujos engañosos, hasta que por fin los ojos comprenden que el espacio que hay entre dragones es, de hecho, otro dragón.
Podrían recordar a una lata de sardinas, si uno imaginara sardinas enormes, con garras, orgullosas y arrogantes.
Y probablemente, en algún lugar, estará la llave.
En otro espacio completamente diferente, la madrugada envolvía Ankh-Morpork, la más antigua, grande y sucia de las ciudades. Una lluvia fina caía del cielo plomizo y perforaba las nieblas del río que serpenteaban entre las calles. Las ratas de diferentes especies se dedicaban a sus ocupaciones nocturnas: cobijados en la capa oscura de la noche, los asesinos asesinaban, los asaltantes asaltaban y las busconas buscaban. Etcétera, etcétera.
Ebrio, el capitán Vimes, de la Guardia Nocturna, se tambaleó calle abajo, se dejó caer suavemente en el canalón junto a la Casa de la Guardia y se quedó allí tendido, mientras sobre él unas extrañas letras hechas de luz chisporroteaban con la humedad, y cambiaban de color...
La ciudad era una..., una..., una cosa de ésas. Una mujer. Eso, una mujer. Una mujer vieja y eso. Te seducía, te dejaba que te eso, que te enamoraras, y luego te daba una buena patada en eso, en..., en la... cosa con d... en la dengua..., no, en los dientes. Eso, eso es lo que hacía la muy..., la muy animal..., ya sabes, la mujer del bicho ese..., la zorra. Y entonces la odiabas, y justo cuando pensabas que ya la tenías en un..., en un..., bueno, en un ése..., te abría su enorme corazón podrido y te cogía de impra... impre... improviso. Eso. Nunca sabías a qué atentarte..., atontarte..., atenerte. Lo único que sabías era que no podías soltarla. Porque era tuya, tuya hasta la última alcantarilla...
La húmeda oscuridad envolvía los venerables edificios de la Universidad Invisible, la principal escuela de magia. No había más luz que un tenue parpadeo octarino en las pequeñas ventanas del nuevo edificio de Magia de Alto Voltaje, donde los cerebros más experimentados estaban estudiando el tejido mismo del universo, tanto si le gustaba como si no.
Y claro, también había luz en la biblioteca.
La biblioteca contenía la mayor colección de libros sobre magia de todo el multiverso. Miles de volúmenes de sabiduría ocultista combaban los estantes.
Se decía que, como una gran cantidad de magia puede distorsionar seriamente el mundo cotidiano, la biblioteca no obedecía las normas habituales de espacio y tiempo. Se decía que era infinita. Se decía que uno podía vagar días y días entre las estanterías más lejanas, que había tribus de estudiantes e investigadores perdidos, que en algunas zonas habitaban cosas extrañas, perseguidas por otras cosas aún más extrañas.*
Los estudiantes inteligentes que se aventuraban a buscar algún libro alejado dejaban marcas de tiza en los estantes a medida que se adentraban en la oscuridad, y encargaban a sus amigos que los buscaran si no habían regresado para la hora de cenar.
Además, como la magia sólo se puede confinar hasta cierto punto, los libros de la biblioteca eran algo más que pulpa de madera en forma de papel.
Sus lomos chisporroteaban con energía mágica, controlada sólo por los hilos de cobre que colgaban de cada estantería a modo de toma de tierra. Unos leves rastros de fuego azul recorrían los volúmenes, y se oía un sonido, un susurro como de papel, como si hubiera una colonia de estorninos anidando entre ellos. En el silencio de la noche, los libros charlaban entre ellos.
También se oían ronquidos.
La luz procedente de las estanterías no iluminaba la oscuridad, sino más bien la subrayaba, pero el parpadeo violáceo habría bastado para que cualquiera que
* Todo esto era falso. La verdad es que hasta las colecciones grandes de libros normales distorsionan el espacio, como se puede comprobar fácilmente entrando en cualquier librería de viejo, de esas que parecen diseñadas por M. Escher en un día malo y tienen más escaleras que estanterías, con esas hileras de baldas que conducen a puertecitas diminutas, obviamente demasiado pequeñas para que pase un ser humano. Científicamente hablando, la ecuación es la siguiente: Conocimiento = poder = energía = materia = masa; una buena librería es, en realidad, un discreto agujero negro que sabe leer.
pasara por allí localizara un viejo escritorio destartalado, bajo la cúpula principal.
Los ronquidos provenían de debajo de él, donde una manta desastrada apenas cubría lo que parecía un montón de sacos de arena, pero eran de hecho un orangután macho adulto.
Era el bibliotecario.
Ya quedaba poca gente que mencionara el hecho de que se trataba de un simio. El cambio lo había provocado un accidente mágico, cosa que siempre es un riesgo calculado cuando uno se encuentra en compañía de tantos libros poderosos. Pero se lo había tomado bastante bien. Al fin y al cabo, conservaba su forma en lo básico. Y le habían permitido que siguiera con su trabajo, que por cierto se le daba bastante bien, aunque la palabra «permitido» no era la más apropiada. Era más bien por su manera de doblar hacia arriba el labio superior para dejar al descubierto más dientes increíblemente amarillos de los que había en cualquier boca que hubiera visto el Consejo de la Universidad. Por eso el tema nunca se había tratado de manera oficial.
Pero ahora había otro sonido, el sonido extraño de una puerta al abrirse. Unos pasos resonaron por el suelo y se perdieron entre las estanterías abarrotadas. Los libros crepitaron indignados ante la intromisión, y algunos de los grimorios más grandes sacudieron sus cadenas.
El bibliotecario siguió durmiendo, arrullado por el susurro de la lluvia.
Al abrigo de su canalón, el capitán Vimes de la Guardia Nocturna abrió la boca y empezó a cantar.
Una figura envuelta en una capa negra recorría las calles nocturnas, pasando de portal a portal para ocultarse, hasta llegar a un portalón sombrío. Ningún portalón puede llegar a ser tan sombrío sin esfuerzo. Parecía como si el arquitecto hubiera recibido instrucciones concretas. Queremos algo escalofriante en roble oscuro, le debían de haber dicho. Así que pon una gárgola bien desagradable sobre el arco, que al cerrarse suene como la patada de un gigante..., en fin, que quede bien claro para cualquiera que la vea que no es una de esas puertas cuyos timbres hacen «ding-dong».
La figura dio una serie de golpecitos a un complicado ritmo en la madera oscura. Se abrió una pequeña mirilla protegida por barrotes, y un ojo suspicaz escudriñó el exterior.
—El búho sensato ulula a medianoche —dijo el visitante, tratando de sacudirse la lluvia de la capa.
—Pero muchos señores grises contemplan con tristeza a los hombres sin amo —entonó la voz al otro lado de la rejilla.
—Hurra, hurra por la hija de la hermana de la soltera —replicó la figura empapada.
—Para el verdugo, todos tenemos la misma altura. —Sí, sin duda la rosa está dentro de la espina. —La buena madre prepara sopa de verduras para su hijo descarriado —siguió la voz tras la puerta.
Hubo una pausa durante la cual sólo se oyó el sonido de la lluvia.
—¿Qué? —preguntó al final el recién llegado. —La buena madre prepara sopa de verduras para su hijo descarriado.
Otra pausa, esta vez más larga.
—¿Estás seguro de que la torre mal construida no
tiembla al paso de la mariposa? —insistió la figura empapada.
—Qué va. Es la sopa de verduras. Lo siento.
La lluvia seguía cayendo despiadada sobre el embarazoso silencio.
—¿Y la ballena enjaulada? —preguntó el empapado visitante, tratando de arrebujarse en el escaso refugio que ofrecía el temible portal.
—¿Qué le pasa?
—Que no sabe nada sobre las grandes profundidades, para que te enteres.
—Ah, la ballena enjaulada. Tú a los que buscas es a los Hermanos Esclarecidos de la Noche Ébano. Es tres puertas más abajo.
—¿Y quiénes sois vosotros?
—Somos los Iluminados y Antiquísimos Hermanos
de Ee.
—Creía que os reuníais en la calle Melaza —señaló el hombre empapado.
—Sí, bueno, pero ya sabes cómo van estas cosas. Los del taller de marroquinería usan la sala los martes, y nos hicimos un lío.
—Ah. Bueno, pues gracias.
—No hay de qué.
La puertecita de la mirilla se cerró.
La figura envuelta en la capa se la quedó mirando un momento, y luego chapoteó sobre los charcos, calle abajo. Era verdad, allí había otro portal. El diseñador no se había molestado en variar mucho el estilo.
Llamó con los nudillos. La puertecita de la mirilla se abrió.
—¿Sí?
—Oye, el búho sensato ulula a medianoche, ¿vale?
—Pero muchos señores grises contemplan con tristeza a los hombres sin amo.
—Hurra, hurra por la hija de la hermana de la soltera, ¿te enteras?
—Para el verdugo, todos tenemos la misma altura. —Sí, sin duda la rosa está dentro de la espina. Aquí están cayendo chuzos de punta, supongo que lo sabes.
—Sí —replicó el otro con el tono de voz de quien, desde luego, lo sabe, pero no se está mojando.
El visitante suspiró.
—La ballena enjaulada no sabe nada sobre las grandes profundidades, y vale ya.
—La torre mal construida tiembla al paso de la mariposa.
La figura empapada se aferró a los barrotes de la mirilla y se alzó sobre las puntas de los pies.
—Venga, déjame entrar, estoy calado —siseó.
Hubo otra pausa llena de lluvia.
—Esas profundidades... ¿dijiste que eran grandes?
—Sí, lo dije, y bien claro. Unas profundidades todo
lo grandes que quieras. Soy yo, el Hermano Dedos.
—Pues no te lo oí decir —insistió cauteloso el vigilante de la puerta.
—Oye, ¿queréis el maldito libro o no? Nadie me obliga a hacer esto. Podría estar tranquilamente en mi cama, a ver si te enteras.
—¿Seguro que lo dijiste?
—Estoy completamente seguro de que son unas
profundidades profundísimas —lo apremió el Hermano Dedos—. Sabía lo profundas que eran cuando tú no
eras más que un neófito. ¡Ahora, haz el favor de abrir
la puerta!
—Bueno..., de acuerdo.
Sonaron varios cerrojos oxidados. Otra pausa. —¿Te importa darle un empujón? —dijo la voz desde dentro—. La Puerta del Conocimiento que No Debe Traspasar el Ignorante se atranca en cuanto caen cuatro gotas.
El Hermano Dedos arrimó el hombro y empujó. La puerta se abrió. Lanzó una mirada asesina al Hermano Portero, y se dirigió hacia el interior.
Los demás le aguardaban en el Santuario Interior, de pie, con el aire desconcertado de los que no están acostumbrados a usar siniestras capas negras con capuchas. El Gran Maestro Supremo le hizo un gesto de saludo.
—Eres el Hermano Dedos, ¿verdad?
—Sí, Gran Maestro Supremo.
—¿Traes aquello en pos de lo cual se te envió?
El Hermano Dedos se sacó un paquete de entre los pliegues de la capa.
—Estaba donde dije —afirmó—. Ningún problema.
—Bien hecho, Hermano Dedos.
—Gracias, Gran Maestro Supremo.
El Gran Maestro Supremo dio unos cuantos martillazos para pedir silencio. Todos los asistentes formaron una especie de círculo en torno a él.
—Llamo al orden al Único y Supremo Congreso de los Hermanos Esclarecidos —entonó—. ¿Está bien sellada la Puerta del Conocimiento, para impedir la entrada a herejes e ignorantes?
—A cal y canto —replicó el Hermano Portero—. Es por la humedad. La semana que viene traeré la lija, eso lo arreglo yo en un perique...
—De acuerdo, de acuerdo —lo interrumpió el Gran Maestro Supremo—. Con un simple «sí» bastaba. ¿Se ha dibujado bien el triple círculo? ¿Están aquí todos los que son, son todos los que están? ¡Ay del ignorante que se encontrara aquí, pues sería expulsado de este lugar, sus charnelas desgarradas, sus ordinales esparcidos a los cuatro vientos, sus lipasas clavadas en una estaca! ¿qué pasa ahora?
—Disculpa, ¿has dicho Hermanos Esclarecidos?
El Gran Maestro Supremo clavó la vista en la solitaria figura que levantaba la mano.
—Sí, los Hermanos Esclarecidos, guardianes del sagrado conocimiento desde tiempos inmemoriales...
—Desde febrero —aportó el Hermano Portero, siempre dispuesto a cooperar.
El Gran Maestro Supremo tenía la sensación de que el Hermano Portero nunca acababa de entrar en el espíritu del asunto.
—Lo siento. Lo siento. Lo siento —dijo la figura, preocupada—. Me equivoqué de sociedad. Cuánto lo siento. Debí de equivocarme de callejón. Ya me voy, si me disculpáis, perdonad...
—Sus lipasas clavadas en una estaca —repitió el Gran Maestro Supremo, alzando la voz para hacerse oír por encima del estruendo que armaba el Hermano Portero tratando de abrir el temible portal atrancado—. ¿Estamos ya? ¿Hay algún otro ignorante que se haya equivocado de fiesta? —añadió con cierto sarcasmo—. Bien. Estupendo. Supongo que será mucho pedir que alguien me informe de si las Cuatro Torres de Vigilancia están cerradas. Ah, perfecto. ¿Y el Pantalón de Santidad alguien se ha molestado en confesarlo? Ah, tú. ¿Bien? Lo comprobaré, si no te importa... Vale. ¿Están todas las ventanas cerradas con los Cordones Rojos del Intelecto, como ordenan las antiguas leyes? Bien. Ahora, a lo mejor podemos seguir.
Con el ceño ligeramente fruncido de quien acaba de pasar un dedo por el estante más alto de su nuera, y contra todo pronóstico ha descubierto que está inmaculadamente limpio, el Gran Maestro prosiguió.
Qué pandilla, pensó. Vaya puñado de incompetentes, en otra sociedad secreta no los tocarían ni con un Cetro de Autoridad de tres metros de largo. Son de los que se dislocan los dedos hasta con el apretón de manos secreto más sencillo.
Pero, pese a todo, son unos incompetentes con posibilidades. Que las otras sociedades se queden con los hábiles, los esperanzados, los ambiciosos, los inteligentes. Él prefería a los inútiles resentidos, los que estaban llenos de bilis e ira, los que sabían que podrían hacer algo grande si se les diera la oportunidad. Prefería a aquellos cuyas riadas de veneno y ansia de venganza sólo estaban refrenadas por delgados muros de ineptitud y paranoia.
Y de estupidez, claro. Todos habían formulado el juramento, pero ni a uno se le había ocurrido preguntar qué era una lipasa.
—Hermanos —dijo—, esta noche tenemos que discutir asuntos de vital importancia: el buen gobierno..., no, qué digo, el futuro mismo de Ankh-Morpork está en nuestras manos.
Todos se inclinaron hacia adelante para oír mejor. El Gran Maestro Supremo sintió el cosquilleo de la vieja sensación de poder. Estaban pendientes de sus palabras. Sólo por aquella sensación gloriosa ya valía la pena vestirse con esa estúpida capa.
—¿No sabemos bien que la ciudad está bajo la zarpa de hombres corruptos, que se refocilan en sus tesoros mal ganados, mientras que hombres mejores tienen que sufrir el yugo de una esclavitud virtual?
—¡Y tanto que sí! —replicó el Hermano Portero con vehemencia, en cuanto tuvo tiempo de traducirlo mentalmente—. Sin ir más lejos, la semana pasada, en el Gremio de Panaderos, intenté decirle al Maestro Critchley que...
No fue por contacto visual, porque el Gran Maestro Supremo se había asegurado bien de que las capuchas de la Hermandad ocultaran todos los rostros para darles un aire místico, pero aun así consiguió hacer callar al Hermano Portero simplemente con un ejercicio de silencio puro, ultrajado.
—Pero no siempre fue así —continuó el Gran Maestro Supremo—. Hubo en el pasado una era dorada, cuando aquellos dignos de poder y respeto recibían su justa recompensa. Una era en la que Ankh-Morpork no era simplemente una ciudad grande, sino grandiosa. Una era caballeresca... ¿Sí, Hermano Vigilatorre?
La corpulenta figura envuelta en su capa bajó la mano.
—¿Quieres decir cuando teníamos reyes?
—Muy bien, Hermano —asintió el Gran Maestro Supremo, algo molesto ante aquella inusual muestra de inteligencia—. Una era...
—Pero eso ya se acabó hace cientos de años —insistió el Hermano Vigilatorre—. ¿No hubo una gran batalla, o algo por el estilo? Y desde entonces lo que hemos tenido han sido gobernantes como el patricio.
—Sí, muy bien, Hermano Vigilatorre.
—Lo que intento decir es que eso de los reyes ya no
existe —aclaró el aludido.
—Como dice el Hermano Vigilatorre, la estirpe de...
—Me di cuenta cuando mencionaste eso de la era caballeresca.
—Más o menos, y...
—Eso es lo que pasa cuando hay reyes, que también
hay caballeros —insistió alegremente el Hermano Vigilatorre—. Y torneos. Y también tenían...
—En cualquier caso —lo interrumpió bruscamente el Gran Maestro Supremo—, es muy posible que la estirpe de los reyes de Ankh no esté tan extinta como hemos dado por supuesto, y que haya algún descendiente de esta estirpe aún con vida. Así parecen indicarlo mis investigaciones de antiquísimos pergaminos.
Los miró, expectante. Pero sus palabras no habían surtido el efecto que él esperaba. Probablemente habrían entendido lo de «descendiente», pensó, pero con lo de «estirpe» se me ha ido la mano.
El Hermano Vigilatorre levantó la mano de nuevo.
—¿Sí?
—¿Estás diciendo que puede haber por ahí algún
heredero del trono?
—Es posible, sí.
—Claro. Es lo que suele pasar, ya se sabe —dijo el
Hermano Vigilatorre con gesto de entendido—. Constantemente. Lo pone en los libros. Los llaman bastagos. Se crían en pueblos perdidos, van pasándose una
espada secreta y una marca de nacimiento de generación en generación, y todo eso. Entonces, justo cuando
su antiguo reino los necesita, aparecen y echan a los
usurpadores que haya por ahí. Y hay regocijo general.
El Gran Maestro Supremo se quedó boquiabierto. No había esperado que fuera tan sencillo.
—Sí, muy bien —intervino una figura, que el Gran Maestro sabía que era el Hermano Revocador—. Pero ¿qué importa? Supongamos que aparece un bastago de ésos, va al patricio y le dice, «Qué tal, soy el rey de aquí, tengo la marca de nacimiento y todo eso, ya te puedes largar.» ¿Qué conseguirá? Una expectativa de vida de unos dos minutos, y eso con mucha suerte.
—Es que no te enteras —bufó el Hermano Vigilatorre—. La cosa es que el bastago tiene que llegar cuando el reino está en peligro, ¿no? Así todo el mundo se entera. Lo llevan en hombros al palacio, cura a unas cuantas personas, proclama medio día de fiesta, tira por ahí unas cuantas monedas del tesoro, y marchando.
—También tiene que casarse con una princesa —señaló el Hermano Portero—. Porque es un porquero.
Todos le miraron.
—¿Quién ha dicho nada de que sea un porquero?
—bufó el Hermano Vigilatorre—.Yo no he dicho que
sea un porquero. ¿Por qué va a ser un porquero, a ver?
—No le falta razón —intervino el Hermano Revocador—. El bastago típico suele ser un porquero, o un campesino. Es por el no sé qué ése, el cognito. Tiene que parecer que son de origen humilde.
—Pues los orígenes humildes no tienen nada de especial —dijo un Hermano muy menudo, que parecía consistir enteramente en una túnica negra con halitosis—. Yo tengo montones de orígenes humildes. En mi familia pensábamos que los porqueros eran gente de elevada posición social.
—Pero tu familia no es de sangre real, Hermano Yonidea —dijo el Hermano Revocador.
—Pues no veo por qué no —replicó el otro, malhumorado.
—Vale, como quieras —siguió el Hermano Vigilatorre—. El caso es que, en el momento preciso, el rey de verdad se echa hacia atrás la capucha y dice «¡Aquí estoy!», y todos ven su majestad.
—¿Cómo, exactamente? —preguntó el Hermano Portero.
—... no veo por qué no voy a tener sangre de reyes —murmuraba el Hermano Yonidea—. No tiene derecho a decir que no tengo sangre de...
—¡Pues mira, porque la ven y basta! Se les nota en la cara, digo yo.
—Pero antes de eso, tiene que salvar al reino —dijo el Hermano Revocador.
—Ah, sí, claro —asintió el Hermano Vigilatorre—. Es lo más importante.
—¿Y de qué?
—... tengo tanto derecho como cualquiera a llevar
sangre real...
—¿Del patricio? —sugirió el Hermano Portero.
El Hermano Vigilatorre, que de repente se había convertido en una autoridad sobre temas de la realeza, sacudió la cabeza.
—No creo que se pueda decir que el patricio sea una amenaza —respondió—. No es precisamente un tirano. Los hemos tenido bastante peores. Lo que quiero decir es que..., bueno, que no oprime.
—Pues yo me paso el tiempo oprimido —replicó el Hermano Portero—. El Maestro Critchley, mi jefe, se pasa el día oprimiéndome, me grita y todo eso. Y la mujer de la verdulería..., ésa sí que me oprime.
—Es verdad —asintió el Hermano Revocador—. Mi casero me oprime cosa mala. Se pasa el día llamando a la puerta, venga una y otra vez, por el alquiler que dice que le debo, cosa que es mentira, por supuesto. Y los vecinos de al lado me oprimen toda la noche. Les he dicho que me paso el día trabajando, y que un hombre necesita tiempo para aprender a tocar la tuba. Eso es opresión, desde luego. Me paso la vida oprimido.
—Hombre, visto así... —asintió el Hermano Vigilatorre—. La verdad es que mi cuñado es un auténtico opresor conmigo, con eso de que se ha comprado un caballo y un carro nuevos. Y yo no tengo. ¿Verdad que no es justo? Seguro que un rey no permitiría que hubiera estas opresiones, que las esposas fueran oprimiendo a la gente con que por qué no tenemos nosotros un carro nuevo como mi hermano Rodney, y todas esas cosas.
El Gran Maestro Supremo escuchaba todo con un ligero sentimiento de euforia. Era como si supiera que existen unas cosas llamadas avalanchas, pero jamás hubiera imaginado la que se iba a armar cuando tiró la bolita de nieve desde la cima de la montaña. Apenas se había visto obligado a empujarlos en la dirección adecuada.
—Me apuesto lo que sea a que un rey les diría un par de verdades a los caseros —dijo el Hermano Revocador.
—Y prohibiría que la gente tuviera carros tan ostentosos —asintió el Hermano Vigilatorre—. Y comprados con dinero robado, seguro.
—Creo —intervino el Gran Maestro Supremo, para que las cosas no se exagerasen demasiado— que un rey sabio sólo permitiría que tuvieran coches ostentosos aquellos que lo merecieran.
Hubo una pausa en la conversación, mientras los Hermanos reunidos dividían mentalmente el universo en la categoría de los merecedores y los no-merecedores, y se situaban en el lado apropiado.
—Sería justo —dijo al final el Hermano Vigilatorre—. Pero la verdad es que el Hermano Revocador tiene razón. No me imagino a un bastago presentándose aquí sólo porque el Hermano Portero cree que la dependienta de la verdulería lo mira mal. Sin ánimo de ofender.
—Y encima siempre me engaña en el peso —bufó el Hermano Portero—. Además...
—Sí, sí, sí —lo interrumpió el Gran Maestro Supremo—. Sin duda, las buenas gentes de Ankh-Morpork están bajo la garra de muchos opresores. El caso es que los reyes suelen aparecer en circunstancias un poco más especiales. Como una guerra, por ejemplo.
Las cosas iban muy bien. Sin duda, pese a toda su estupidez, alguno tendría la inteligencia necesaria como para hacer la sugerencia correcta.
—Antes había profecías antiguas, o cosas por el estilo —dijo el Hermano Revocador—. Me lo dijo mi abuelo. —Le brillaban los ojos por el esfuerzo de recordar—. «Vendrá el rey, trayendo Ley y Justicia, de su boca sólo saldrá la Verdad, para Proteger y Servir al Pueblo con su Espada.» No me miréis así, que no me lo estoy inventando.
—Bah, esa leyenda nos la sabemos todos. Para lo que sirve... —se burló el Hermano Vigilatorre—. A ver, para empezar, ¿qué hace ese tipo? ¿Llega a caballo con la Ley y la Verdad como si fueran los Cuatro Jinetes del Apocalipsis? «Hola a todos, soy el rey, y esa de ahí es la Verdad, que está dando agua al caballo.» No parece muy sensato. Naa, uno no se puede fiar de esas leyendas antiguas.
—¿Por qué no? —preguntó el Hermano Yonidea. —Porque son legendarias. Por eso —replicó el Hermano Vigilatorre.
—Pues a mí me gustan las de princesas durmientes —intervino el Hermano Revocador—. Sólo un auténtico rey puede despertarlas.
—No seas burro —lo reprendió el Hermano Vigilatorre—. No tenemos ningún rey, así que tampoco puede haber princesas. Es de lógica.
—Claro, que en los viejos tiempos era más sencillo —dijo el Hermano Portero.
—¿Por qué?
—Lo único que tenían que hacer era matar a un
dragón.
El Gran Maestro Supremo juntó las manos y ofreció una plegaria silenciosa al dios que le hubiera estado escuchando. Había estado en lo cierto sobre aquel puñado de imbéciles. Tarde o temprano, sus cerebros atrofiados los guiaban hacia donde él quería.
—Qué idea tan interesante —aplaudió.
—Pero no sirve de nada —replicó el Hermano Vigilatorre—. Ya no hay dragones grandes.
—Pero podría haberlos.
El Gran Maestro Supremo hizo crujir los nudillos. —¿Volverán? —se interesó el Hermano Vigilatorre.
—He dicho que es posible.
Desde las profundidades de la capucha del Hermano Vigilatorre se oyó una risita nerviosa.
—¿Los de verdad? ¿Los que tienen alas y triangulitos en el lomo?
—Sí.
—¿Los que lanzan llamas por la boca?
—Sí.
—¿Los que tienen esa especie de uñas largas en las
patas?
—¿Garras? Oh, sí. Todas las que quieras.
—¿Cómo que tantas como quiera?
—Creo que está bien claro, Hermano Vigilatorre. Si
quieres dragones, puedes tener dragones. Puedes traer
un dragón aquí. Ahora. A la ciudad.
—¿Yo?
—Todos vosotros. Es decir, nosotros —insistió el Gran Maestro Supremo.
El Hermano Vigilatorre titubeó.
—Pues la verdad, no sé si es buena idea...
—Y obedecería todas vuestras órdenes.
Eso los hizo guardar silencio. Eso los hizo pensar. Eso cayó sobre sus diminutos cerebros como un buen trozo de carne en una perrera.
—¿Te importa repetirlo? —pidió el Hermano Revocador.
—Podéis controlarlo. Podéis obligarlo a que haga lo que queráis.
—¿A un dragón de verdad?
En la intimidad de su capucha, el Gran Maestro Supremo puso los ojos en blanco.
—Sí, uno de verdad. No uno de esos dragoncitos de pantano que la gente tiene en casa. Uno de verdad.
—Pero yo creía que eran..., ya sabes, ritos.
El Gran Maestro Supremo se inclinó hacia adelante.
—Eran mitos, y eran reales —dijo en voz alta—. Onda y partícula a la vez.
—Ahí me he perdido —señaló el Hermano Revocador.
—En ese caso, os haré una demostración. Por favor, Hermano Dedos, el libro. Gracias. Hermanos, debo deciros que, cuando aprendía a los pies de los Maestros Secretos...
—¿De los qué, Gran Maestro Supremo? —preguntó el Hermano Revocador.
—¿Qué te pasa, por qué no escuchas nunca? ¡Ha dicho «Maestros Secretos»! —gritó el Hermano Vigilatorre—. Ya sabes, los venerables sabios que viven en no sé qué montaña, lo gobiernan todo en secreto, le enseñaron eso de la sabiduría y pueden caminar sobre el fuego y esas cosas. Nos lo dijo la semana pasada. Nos va a enseñar, ¿a que sí, Gran Maestro Supremo? —terminó, obsequioso.
—Ah, los Maestros Secretos —asintió el Hermano Revocador—. Lo siento. Es por estas capuchas místicas. Lo siento. Secretos. Ya me acuerdo.
Cuando yo gobierne esta ciudad, se dijo para sus adentros el Gran Maestro Supremo, se acabará todo esto. Fundaré una nueva sociedad secreta, llena de hombres astutos e inteligentes, aunque no demasiado inteligentes, claro, no demasiado inteligentes. Expulsaremos al tirano y habrá una nueva era de ilustración, fraternidad y humanismo, y Ankh-Morpork será una Utopía, y la gente como el Hermano Revocador arderá a fuego lento. Junto con sus lipasas.* —Como decía, cuando estaba aprendiendo a los pies de los Maestros Secretos... —continuó.
—Fue cuando te dijeron que caminaras sobre papel de arroz, ¿verdad? —lo interrumpió el Hermano Vigilatorre, en tono coloquial—. Siempre me ha parecido un buen detalle. Desde que lo contaste la primera vez, guardo el papel que viene en las cajas de zapatos. Es realmente sorprendente. Puedo caminar sobre él sin problemas. Eso demuestra lo mucho que te ayuda estar en una buena sociedad secreta.
El Hermano Revocador no arderá solo, pensó el Gran Maestro Supremo.
—Tus pasos por el camino de la iluminación son un ejemplo para todos nosotros, Hermano Vigilatorre
* Según el Diccionario de las palabras desternillantes, una lipasa es un «biocatalizador o enzima orgánica del grupo de las hidrolasas». Al Gran Maestro Supremo le hubiera servido de gran ayuda este diccionario cuando se sentó a redactar los juramentos de la sociedad, ya que incluye otras palabras como osazonas («compuestos caracterizados por el grupo divalente H2N.N:C.C:N.NH2»), chiscarra («roca caliza de poca coherencia que se divide fácilmente en fragmentos pequeños») o pendolista («persona de buena letra»).
—dijo—. De todos modos, si me permitís proseguir, entre los muchos secretos que aprendí...
—... sobre la esencia del ser... —aportó el Hermano Vigilatorre, aprobador.
—... sobre la esencia del ser, como dice el Hermano Vigilatorre, estaba la ubicación exacta actual de los dragones nobles. Es erróneo pensar que todos murieron. Sencillamente, encontraron un nuevo camino de evolución. Y podemos invocarlos. —Blandió el libro—. Aquí tenemos las instrucciones concretas.
—¿Y están en un libro, así como si tal cosa? —se asombró el Hermano Revocador.
—No es un libro cualquiera. Es el único ejemplar que existe. He tardado años en localizarlo —dijo el Gran Maestro Supremo—. Está escrito del puño y letra de Tubal de Malaquita, un gran experto en el tema de los dragones. Es su propia caligrafía. Él invocaba dragones de todos los tamaños, y vosotros podéis hacer lo mismo.
Hubo otro largo silencio de asombro.
—Mmm —dijo al final el Hermano Portero.
—A mí es que eso me parece como..., bueno, ya sabes, cosa de magia —señaló el Hermano Vigilatorre,
con el tono nervioso de quien acaba de ver bajo qué vasito está la bola, pero no quiere decirlo—. O sea, no
quiero cuestionar tu sabiduría suprema ni nada por el
estilo..., pero..., no sé..., eso de la magia...
Su voz se apagó.
—Exacto —asintió el Hermano Revocador, incómodo.
—Es..., es por los magos, ¿sabes? —intervino el Hermano Dedos—. A lo mejor no te enteraste porque estabas con los venerables venerados en esa montaña, pero aquí a los magos no les hace gracia que hagas nada mágico, se te ponen en contra, y no es buena cosa.
—Dicen que es cuestión de profesionalidad —dijo el Hermano Revocador—. O sea, que yo no voy por ahí metiéndome en asuntos místicos, y ellos no van por ahí haciendo revocados de fachadas.
—No comprendo cuál es el problema —replicó el Gran Maestro Supremo.
En realidad, lo comprendía perfectamente. Aquél era el último obstáculo. Si conseguía que sus cerebros atrofiados lo saltaran, tendría el mundo en la palma de la mano. El egoísmo estúpido de aquellos hombres no lo había decepcionado hasta entonces, y no lo haría ahora...
Los Hermanos se removieron, inquietos, hasta que el Hermano Yonidea rompió el silencio.
—Bah. Magos. Ésos sí que no han dado golpe en su vida.
El Gran Maestro Supremo suspiró, aliviado.
El ambiente general de resentimiento se había hecho casi palpable.
—Son unos vagos, desde luego —bufó el Hermano Dedos—. Siempre van por ahí con cara de ser mejores que nadie. Yo los veía a menudo cuando trabajaba en la Universidad. Unos fanfarrones, os lo digo yo. Nadie los ha visto hacer un trabajo honrado.
—¿Como robar, por ejemplo? —señaló el Hermano Vigilatorre, al que no le caía demasiado bien el Hermano Dedos.
—Pero claro —siguió el Hermano Dedos, haciendo caso omiso del comentario—, siempre te dicen que no puedes ir por ahí haciendo magia, por eso del equilibrio y la armonía universal, y no sé qué tonterías más. A mí siempre me han parecido sandeces.
—Bueeeno... —titubeó el Hermano Revocador—. La verdad, no sé. Quiero decir, si haces mal la mezcla, te pones hasta las rodillas de cemento. Pero si haces mal la magia, aunque sea sólo un poquito mal, dicen que aparecen cosas horribles y se te llevan.
—Sí, pero los que dicen eso son los magos —señaló el Hermano Vigilatorre, pensativo—. Si os he de ser sincero, yo tampoco los he soportado nunca. A lo mejor es que tienen un buen secreto y no quieren que los demás nos enteremos. Al fin y al cabo, sólo se trata de mover un poco los brazos y decir palabras raras.
Los Hermanos meditaron unos momentos. Parecía plausible. Si ellos tuvieran un buen chollo, no querrían que nadie más se metiera en el ajo.
El Gran Maestro Supremo decidió que ya había llegado la hora.
—Entonces, Hermanos, ¿estamos de acuerdo? ¿Estáis preparados para practicar la magia?
—Ah, practicar —suspiró el Hermano Revocador, ya más tranquilo—. Practicar no me importa. Mientras no la hagamos de verdad...
El Gran Maestro Supremo dio un golpe con el libro. —¡Quiero decir que si estáis preparados para hacer auténticos hechizos! ¡Para devolver los buenos tiempos a la ciudad! ¡Para invocar un dragón! —gritó.
Todos dieron un paso hacia atrás...
—Y entonces... —titubeó el Hermano Portero—. Si
hacemos que venga el dragón, ¿el rey legítimo aparecerá aquí, así, sin más?
—¡Exacto! —exclamó el Gran Maestro Supremo. —Ya entiendo —lo apoyó el Hermano Vigilatorre—. Por el destino y esas cosas.
Hubo un momento de silencio, y luego un asentimiento general de capuchas. Sólo el Hermano Revocador parecía algo descontento.
—Bueno... —dijo—. No se nos escapará la cosa de las manos, ¿verdad?
—Te aseguro, Hermano, que podrás dejarlo cuando quieras —lo tranquilizó el Gran Maestro con la voz más dulce de que fue capaz.
—Vale..., entonces, bien —replicó el otro de mala gana—. Pero sólo un poquito de magia. Lo justo para quemar algunas verdulerías opresoras, por poner un ejemplo.
Ahhh.
Había ganado. Volvería a haber dragones. Y volvería a haber un rey. No como los reyes de antaño, claro. Un rey a quien decirle lo que debía hacer.
—Eso —dijo con voz pausada— depende de hasta qué punto colabores. Para empezar, necesitaremos todos los objetos mágicos que podáis conseguir.
Quizá fuera más conveniente que no vieran que la última mitad del libro de Malaquita estaba completamente quemada. Obviamente, el viejo Tocón no había estado a la altura de las circunstancias.
Él lo haría mejor. Y nadie, absolutamente nadie, podría detenerlo.
El trueno retumbó...
Se dice que los dioses juegan con las vidas de los hombres. Pero nadie sabe a qué juegan, ni por qué, ni quiénes son los peones, ni cuáles son las reglas del juego.
Es mejor no especular.
El trueno retumbó.
Y volvió a retumbar una y otra vez...
Ahora, salgamos por unos momentos de las lluviosas calles de Ankh-Morpork y viajemos por las nieblas matutinas del Disco para concentrarnos en un joven que se dirige hacia la ciudad con toda la inocencia, sinceridad y buena voluntad de un iceberg a la deriva hacia un yate de recreo.
El joven se llama Zanahoria. No es por causa de su pelo, que su padre le ha cortado al cepillo por motivos de Higiene. Es por causa de su forma.
Es esa forma que sólo se obtiene con una vida sana, comida saludable y aire limpio de las montañas a pulmones llenos. Cuando flexiona los músculos de los hombros, otros músculos tienen que apartarse antes para dejar paso.
También lleva una espada, que le fue entregada en circunstancias misteriosas. En circunstancias muy misteriosas. Pero, por sorprendente que parezca, esta espada no tiene nada de inexplicable. No es mágica. No tiene nombre. Cuando la esgrimes, no sientes una corriente de poder, sólo agujetas. Es una espada tan usada que se ha convertido en la esencia de una espada: un trozo de metal muy largo, con bordes muy afilados. Y no tiene un destino escrito a lo largo de toda su hoja.
Es, desde luego, una espada única.
El trueno retumbó.
Las alcantarillas de la ciudad eructaron suavemente mientras los desperdicios de la noche corrían por ellas, en algunos casos protestando débilmente.
Cuando la corriente llegó a la figura tendida del capitán Vimes, el agua se dividió y fluyó en torno a él en dos ramales. Vimes abrió los ojos. Tuvo un momento de paz vacía hasta que los recuerdos lo golpearon como un martillazo.
Había sido un mal día para la Guardia. Para empezar, asistieron al funeral de Herbert Gaskin. Pobre Gaskin, pobre. Había violado una de las reglas fundamentales de los guardias. Y no era la clase de regla que alguien como Gaskin pudiera romper dos veces. Así que lo bajaron a la fría tierra embarrada, mientras la lluvia tamborileaba sobre su ataúd sin que nadie hubiera acudido a llorarlo aparte de los tres miembros supervivientes de la Guardia Nocturna, el grupo más despreciado de toda la ciudad.
El sargento Colon había llorado a moco tendido. Pobre Gaskin, pobre.
Pobre Vimes, pobre, pensó Vimes.
Pobre Vimes, pobre, tirado en un canalón. Pero claro, ahí es donde empezó. Pobre Vimes, pobre, el agua le corría bajo la cota de mallas. Pobre Vimes, pobre, viendo pasar la basura del agua. Seguramente, hasta el pobre Gaskin, pobre, disfrutaba en aquellos momentos de una visión mejor.
A ver..., después de salir del funeral, se había emborrachado. No, no era exactamente eso, faltaba un adverbio. Se había emborrachado más, eso era. Porque el mundo entero le daba vueltas, como si lo viera a través de un cristal distorsionado, y sólo conseguía enfocarlo correctamente a través del culo de una botella.
Pero había algo, algo que olvidaba.
Ah, sí. Era de noche. Hora de entrar en servicio. Aunque Gaskin no estaría de servicio. Necesitaba un nuevo compañero. Ya se lo habían enviado. Algo de una carta. Intentó recordar.
Pronto se rindió, y se dejó caer de nuevo. El agua siguió corriendo en torno a él.
Arriba, las letras iluminadas chisporroteaban bajo la lluvia.
El aire puro de las montañas no era lo único que había proporcionado a Zanahoria su imponente físico. El hecho de criarse en una mina de oro explotada por enanos, y trabajar doce horas diarias empujando vagonetas hasta la superficie seguramente había contribuido en algo.
Caminaba encorvado. Es lo que le pasa a uno cuando se cría en una mina de oro explotada por enanos que piensan que un metro cincuenta es una buena altura para un techo.
Siempre había sabido que era diferente. Para empezar, siempre tenía más chichones que nadie. Y un día su padre se acercó a él, o mejor dicho se acercó a su cintura, y le dijo que, en realidad, no era como había creído siempre, un enano.
Es terrible tener dieciséis años y descubrir que te has equivocado de especie.
—No hemos querido decírtelo antes, hijo —suspiró su padre—. Pensamos que crecerías sin darte cuenta.
—¿Sin darme cuenta de qué? —inquirió Zanahoria. —De que crecías. Pero ahora tu madre opina..., bueno, los dos opinamos que ya es hora de que vayas a vivir entre los tuyos. Es decir, no nos parece justo tenerte aquí acurrucado, privado para siempre de la compañía de los de tu propia altura. —Su padre se retorció la correa de cuero con que se sujetaba el casco, señal inequívoca de que estaba preocupado—. Eh... —añadió.
—¡Pero vosotros sois los míos! —exclamó Zanahoria, a la desesperada.
—En cierto modo, sí, claro —asintió su padre—. Pero en otro cierto modo, que por cierto es mucho más preciso, no. Es por cosas de eso de la genética, ¿entiendes? Así que lo mejor sería que te marcharas a ver un poco el mundo.
—¿Cómo, para siempre?
—¡Oh, no! No. Claro que no. Vuelve a visitarnos
siempre que quieras. Pero bueno, un chico de tu edad,
metido aquí abajo..., no está bien. Ya sabes. O sea. Ya
no eres un niño. Tienes que pasarte la mayor parte del
tiempo de rodillas, y todo eso. No está bien.
—Entonces, ¿cuáles son los míos? —preguntó Zanahoria.
El viejo enano respiró hondo.
—Eres humano —dijo.
—¿Qué? ¿Como el señor Varneshi?
El señor Varneshi tenía un carro de bueyes y subía por los caminos de la montaña una vez a la semana para venderles cosas a cambio de su oro.
—¿Soy de la Gente Grande?
—Mides un metro ochenta, hijo. Él sólo mide un
metro cincuenta. —El enano volvió a retorcerse la correa de cuero del casco—. Ya ves.
—Sí, pero..., pero quizá lo que pasa es que soy alto para mi altura —insistió Zanahoria a la desesperada—. Al fin y al cabo, si hay humanos bajitos, ¿por qué no puede haber enanos altos?
Su padre le dio unas palmaditas de consuelo en las rodillas.
—Tienes que enfrentarte a los hechos, hijo. Estarás mucho más cómodo arriba, en la superficie. Lo llevas en la sangre. Además, el techo no está tan bajo.
Bajo el cielo no te seguirás dando esos golpes en la cabeza, añadió para sus adentros.
—Un momento —dijo Zanahoria, con su frente sincera fruncida ante el esfuerzo de sus cálculos—. Tú eres un enano, ¿no? Y mamá también es una enana. Así que yo debería ser un enano. Son hechos de la vida.
El enano suspiró. Había albergado la esperanza de esquivar aquel tema, tal vez aplazarlo durante unos meses e írselo insinuando poco a poco, pero se le había acabado el tiempo.
—Siéntate, hijo —indicó con amabilidad.
Zanahoria se sentó.
—La cosa es que..., en fin... —tartamudeó cuando el
rostro grandote y sincero del chico estuvo un poco más
cerca del suyo—. Te encontramos en el bosque un día.
Gateabas cerca de uno de los senderos..., mmm...
La correa de cuero se soltó. El rey tomó aliento y siguió hablando.
—O sea, que..., verás, había unos carros. Como ardiendo, como si dijéramos. Y gente muerta. Eso, mmm..., sí. Gente muy muerta. Por eso de los bandidos. Aquel invierno fue malo, y todos bajaban de las montañas... Así que te recogimos, claro, y bueno, fue un invierno muy malo, y muy largo, ya te lo he dicho, y tu madre se acostumbró a ti, y bueno, nunca nos decidimos a pedirle a Varneshi que hiciera averiguaciones. Eso es todo.
Zanahoria se lo tomó bastante bien, sobre todo porque no entendió ni la mitad. Además, que él supiera, encontrar a los niños gateando junto a los senderos era el sistema normal de reproducción. A los enanos* no se los considera lo suficientemente mayores como para explicarles el proceso técnico hasta que no llegan a la pubertad.** —Muy bien, papá —suspiró, inclinándose hasta quedar a la altura de la oreja del enano—. Pero..., bueno yo y... ¿conoces a Minty Machacarrocas? Es preciosa, papá, tiene una barba tan suave como..., como una cosa muy suave... y más o menos nos entendemos, y...
—Sí —replicó el enano con voz fría—. Lo sé. Su padre ha hablado conmigo.
Y su madre con tu madre, añadió para sus adentros, y luego tu madre habló conmigo. O más bien me habló a mí.
—No es que no les gustes, eres un buen muchacho, y un gran trabajador, serías un estupendo yerno. Cuatro estupendos yernos. Eso es lo malo. Además, la chica sólo tiene sesenta años. No es correcto. No está bien.
Había oído hablar de niños criados por lobos. Se preguntó si el jefe de la manada se habría visto en una
* Al decir «enanos», se habla de ambos sexos. Todos los enanos tienen barba y visten unas doce prendas, unas sobre otras. El sexo es más o menos opcional.
** Alrededor de los cincuenta y cinco años.
situación tan violenta como aquélla. Quizá tenían que llevarse a los críos a algún claro tranquilo y decir, Mira, hijo, quizá te hayas preguntado por qué no eres tan peludo como los demás...
Lo había discutido con Varneshi. Un buen tipo, el tal Varneshi. También había conocido a su padre. Y a su abuelo, ahora que lo pensaba. Los humanos no duraban mucho, probablemente era por el esfuerzo de tener que bombear la sangre tan arriba.
—Pues tienes un problema, rey.* Un buen problema —le había dicho el anciano, mientras tomaban un trago en un banco junto a la boca del Pozo número 2.
—Es un buen chico desde luego —suspiró el rey—. De carácter tranquilo. Honrado. No es lo que se dice inteligente, pero le mandas que haga algo y no para hasta haber terminado. Obediente.
—Podríais cortarle las piernas —sugirió Varneshi. —Lo que nos causa problemas no son sus piernas —replicó el rey con voz sombría.
—Ah. Claro. Bueno, en ese caso podríais...
—No.
—No —asintió Varneshi, pensativo—. Mmm. Bien,
en ese caso quizá debáis enviarlo fuera una temporada.
Que se junte un poco con los humanos. —Se acomodó en el banco—. Lo que tenéis aquí, rey, es un pato
—añadió con tono de entendido.
—No creo que deba decirle eso. Ni siquiera se quiere creer que es humano.
—Un pato criado entre gallinas. Un fenómeno científico que se da en las granjas. Se encuentran con que no pueden picotear el suelo y ni siquiera saben lo que es nadar. —El rey escuchó con educación. Los enanos no se interesan demasiado por la agricultura—. Pero lo
* Literalmente, dezka-knik, «supervisor de la mina».
mandas con los otros patos, dejas que se moje un poco, y ya no volverá a correr detrás de los gallos. Te lo digo yo.
Varneshi se acomodó de nuevo, bastante satisfecho consigo mismo.
Cuando te pasas una gran parte de la vida bajo tierra, desarrollas una mentalidad un tanto literal. A los enanos no les sirven de nada las metáforas y los símiles. Las rocas son duras y la oscuridad es oscura. Su lema es, si empiezas a liarte en descripciones como aquélla, te meterás en apuros. Pero, tras doscientos años de hablar con humanos, el rey había desarrollado más o menos un agotador instrumental mental que le iba bastante bien para comprenderlos.
—Claro que me lo dices tú, te acabo de oír —señaló con tono racional.
—Ya me entiendes.
Hubo una pausa, mientras el rey analizaba cuidadosamente las últimas frases.
—Lo que estás diciendo —empezó, sopesando cada palabra— es que deberíamos hacer que Zanahoria saliera y fuera un pato entre los humanos, p
