Sam Vimes suspiró al oír el grito, pero terminó de afeitarse antes de hacer nada al respecto.
Luego se puso la chaqueta y salió paseando a la maravillosa mañana de finales de primavera. Los pájaros cantaban en los árboles, las abejas zumbaban en las flores. Había una neblina en el cielo, sin embargo, y las nubes de tormenta que asomaban por el horizonte amenazaban lluvia para más tarde. Pero por ahora el aire era caluroso y pesado. Y en la vieja fosa séptica tras el cobertizo del jardinero, un joven chapoteaba en el agua.
Bueno… chapoteaba, por lo menos.
Vimes se apartó un poco y encendió un puro. Lo más probable es que no fuera buena idea acercarse más a la fosa con una llama desnuda. La caída desde el tejado del cobertizo había roto la corteza superior.
—¡Buenos días! —dijo en tono jovial.
—Buenos días, excelencia —dijo el diligente chapoteador.
La voz sonó más aguda de lo que Vimes había esperado y le informó de que, cosa rara, el joven que estaba en la fosa era de hecho una joven. No era inaudito del todo: el Gremio de Asesinos era consciente de que las mujeres eran por lo menos tan buenas como los varones cuando se trataba de matar con inventiva; y sin embargo, aquello cambiaba de algún modo la situación.
—Creo que no nos conocemos —dijo Vimes—. Aunque veo que usted sí sabe quién soy. ¿Se llama…?
—Wiggs, señor —dijo la nadadora—. Jocasta Wiggs. Es un honor conocerlo, excelencia.
—Wiggs, ¿eh? —dijo Vimes—. Una familia famosa en el Gremio. Con «señor» ya basta, por cierto. Creo que una vez le rompí la pierna a su padre, ¿no?
—Sí, señor. Me pidió que le mandara recuerdos —comentó Jocasta.
—Es usted un poco joven para que le asignen este contrato, ¿no? —dijo Vimes.
—No es un contrato, señor —respondió Jocasta, sin dejar de mover las piernas.
—Venga ya, señorita Wiggs. El precio por mi cabeza es al menos…
—El Gremio lo ha suspendido, señor —informó la obstinada nadadora—. Lo han sacado del registro. Ahora mismo no aceptan contratos por usted.
—Cielos, ¿por qué no?
—No lo sé, señor —dijo la señorita Wiggs. Sus pacientes esfuerzos la habían llevado hasta el borde de la fosa y ahora se estaba dando cuenta de que el enladrillado se encontraba en muy buen estado, resbalaba bastante y no ofrecía ningún asidero. Vimes lo sabía, porque una tarde se había pasado varias horas asegurándose meticulosamente de que así fuera.
—Y entonces, ¿por qué la han enviado?
—La señorita Pandilla me ha mandado como ejercicio —dijo Jocasta—. Caramba, estos ladrillos son complicadillos, ¿eh?
—Sí —dijo Vimes—, lo son. ¿Se ha portado usted mal con la señorita Pandilla últimamente? ¿La ha hecho enfadar por algo?
—Oh, no, excelencia. Pero dijo que me estoy confiando demasiado y que me iría bien un poco de trabajo de campo avanzado.
—Ah, ya veo. —Vimes intentó acordarse de la señorita Alice Pandilla, una de las profesoras más estrictas del Gremio de Asesinos. Por lo que tenía entendido, la chiflaban las lecciones prácticas—. Así pues, ¿la ha enviado a matarme?
—¡No, señor! ¡Es un ejercicio! ¡Ni siquiera llevo flechas para la ballesta! ¡Solamente tenía que encontrar un sitio desde donde lo tuviera a usted en el punto de mira y luego hacer un informe!
—¿Y ella se lo iba a creer sin más?
—Claro, señor —dijo Jocasta, con expresión ofendida—. Honor del Gremio, señor.
Vimes respiró hondo.
—Verá, señorita Wiggs, en los últimos años bastantes de sus colegas han intentado matarme en mi casa. Como podrá entender, no es algo que apruebe.
—Es fácil ver por qué, señor —dijo Jocasta, con la voz de quien sabe que su única esperanza de escapar de la situación presente se basa en la buena voluntad de otra persona que no tiene razones de peso para mostrar ninguna.
—Y se quedaría usted asombrada de las trampas que hay desplegadas por la propiedad —continuó Vimes—. Algunas son bastante astutas, por mal que me esté decirlo.
—La verdad es que no esperaba que las tejas del cobertizo se movieran así, señor.
—Están instaladas sobre rieles engrasados —dijo Vimes.
—¡Buen trabajo, señor!
—Y hay bastantes de las trampas que te hacen caer sobre algo letal —dijo Vimes.
—Qué suerte que me haya caído en esta, ¿verdad, señor?
—Bueno, esa también es letal —apuntó Vimes—. Letal a largo plazo.
Vimes suspiró. Lo último que quería era darles ánimos, pero… ¿cómo que lo habían quitado del registro? No es que le gustara que unas figuras encapuchadas contratadas temporalmente por sus muchos y variados enemigos se dedicasen a dispararle, pero al mismo tiempo siempre lo había considerado una especie de voto de confianza. Demostraba que Vimes estaba molestando a la gente rica y arrogante a la que había que molestar.
Además, era fácil superar en astucia al Gremio de Asesinos. Tenían reglas estrictas que seguían de forma muy honorable, y eso le parecía bien a Vimes, que en ciertas áreas prácticas carecía por completo de reglas.
Conque fuera del registro, ¿eh? La única otra persona que ya no estaba en el mismo, según los rumores, era lord Vetinari, el patricio. Los Asesinos entendían el juego político de la ciudad mejor que nadie, y si eliminaban a alguien del registro era porque pensaban que su defunción no solamente estropearía el juego sino que también rompería el tablero…
—Le estaría muy agradecida si pudiera usted ayudarme a salir, señor —dijo Jocasta.
—¿Cómo? Ah, sí. Lo siento, es que llevo ropa limpia —se excusó Vimes—. Pero cuando vuelva a la casa le diré al mayordomo que baje aquí con una escalera de mano. ¿Qué le parece?
—Muchas gracias, señor. Encantada de haberlo conocido, señor.
Vimes volvió paseando a la casa. ¿Fuera del registro? ¿Se le permitía recurrir la decisión? Tal vez pensaran…
El olor se le echó encima.
Levantó la vista.
En lo alto, un lilo estaba en flor.
Se quedó mirándolo.
¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! Todos los años se olvidaba. Bueno, no. No se olvidaba nunca. Simplemente apartaba los recuerdos, como si fueran una vieja cubertería de plata que no quisiera que perdiese el brillo. Y ellos regresaban todos los años, afilados y centelleantes, y lo apuñalaban en el corazón. Y tenía que ser precisamente hoy…
Levantó el brazo y la mano le tembló mientras agarraba una flor y rompía suavemente el tallo. La olió. Se quedó un momento plantado, mirando a la nada. Y luego subió la ramita de lilas hasta su vestidor con gran cuidado.
Willikins le había preparado el uniforme oficial para hoy. Sam Vimes lo miró fijamente, sin entender, y de pronto se acordó. Comité de la Guardia. Eso era. La vieja coraza abollada no bastaría, ¿verdad? No para su excelencia el duque de Ankh, comandante de la Guardia de la Ciudad, sir Samuel Vimes. Lord Vetinari se había mostrado muy firme en aquel asunto, demonios.
Y más demonios todavía, porque por desgracia Sam Vimes le veía el sentido. Odiaba el uniforme oficial, pero hoy en día representaba algo más que a sí mismo. Sam Vimes había podido presentarse a reuniones con la armadura hecha un asco, y hasta sir Samuel Vimes podía por lo general encontrar la manera de no cambiarse nunca el uniforme de calle, pero un duque… bueno, un duque necesitaba un poco de lustre. A un duque no se le podía ver el culo por encima de las calzas cuando se reunía con diplomáticos extranjeros. La verdad es que tampoco al Sam Vimes de los viejos tiempos se le había salido nunca el culo de las calzas, pero nadie habría declarado una guerra de haber sido así.
El Sam Vimes de los viejos tiempos había plantado cara. Se había librado de la mayor parte de las plumas y de los estúpidos leotardos, y así había conseguido un uniforme de gala que por lo menos daba la impresión de que su propietario era varón. Pero el casco llevaba decoración de oro, y los armeros que le hacían las piezas a medida le habían forjado una coraza nueva y resplandeciente llena de inútiles adornos dorados. Sam Vimes se sentía un traidor a su clase cada vez que la llevaba. Odiaba que le metieran en el mismo saco que a la gente que llevaba una estúpida armadura ornamental. Le daba refulgencia ajena.
Le dio vueltas a la ramita de lilas que tenía en los dedos y volvió a oler su aroma mareante. Sí… las cosas no siempre habían sido así…
Alguien acababa de hablarle. Levantó la vista.
—¿Cómo? —gruñó.
—Le he preguntado cómo está la señora, excelencia… —dijo el mayordomo, sobresaltado—. ¿Se encuentra usted bien, excelencia?
—¿Qué? Oh, sí. No. Estoy bien. Y la señora también, gracias. He entrado a verla antes de salir. La señora Contento está con ella. Dice que todavía falta bastante.
—He avisado a la cocina de que pese a todo tengan lista mucha agua caliente, excelencia —dijo Willikins, ayudando a Vimes a ponerse la coraza dorada.
—Sí. ¿Para qué crees que necesitan tanta agua?
—No sabría decirle, excelencia —dijo Willikins—. Probablemente sea mejor no preguntar.
Vimes asintió con la cabeza. Sybil ya le había dejado muy claro, con tacto y amabilidad, que en aquel asunto concreto a él no se lo necesitaba. Y él tenía que admitir que aquello le había supuesto cierto alivio.
Le dio el tallo de lilas a Willikins. El mayordomo lo cogió sin decir nada, lo introdujo en un tubito plateado con agua que lo mantendría fresco durante unas horas y se lo sujetó con una de las correas de la coraza.
—Los tiempos cambian, ¿verdad, excelencia? —dijo, sacándole lustre con un cepillito.
Vimes sacó su reloj.
—Ya lo creo que sí. Escucha, voy a pasar por el Yard de camino a palacio, para firmar lo que haga falta, y volveré lo más deprisa que pueda, ¿de acuerdo?
Willikins le dedicó una mirada de preocupación casi impropia de un mayordomo.
—Estoy seguro de que la señora estará bien, excelencia —dijo—. Claro que ya no es, no es…
—… joven —terminó la frase Vimes.
—Yo diría que es más rica en años que muchas otras primíparas —dijo Willikins rápidamente—. Pero tiene buena constitución, si no le importa que lo diga, y tradicionalmente su familia ha tenido muy pocos problemas para dar a luz…
—¿Primiqué?
—Madres novatas, excelencia. Estoy seguro de que la señora preferiría saber que está usted persiguiendo a algún bellaco que desgastando la alfombra de la biblioteca.
—Espero que tengas razón, Willikins. Ejem… ah, sí, hay una señorita chapoteando en la vieja fosa séptica, Willikins.
—Muy bien, excelencia. Voy a mandar ahora mismo al mozo de cocina con una escalera de mano. ¿Y un mensaje para el Gremio de Asesinos?
—Buena idea. Le va a hacer falta ropa limpia y un baño.
—Creo que tal vez la manguera del viejo fregadero sea más adecuada, excelencia… Por lo menos para empezar.
—Bien pensado. Encárgate de ello. Y ahora me tengo que marchar.
En las oficinas atestadas de la Casa de la Guardia de Pseudópolis Yard, el sargento Colon se ajustó con gesto distraído el ramito de lilas que llevaba sujeto al casco como si fuera una pluma.
—Se vuelven muy raros, Nobby —dijo, hojeando sin ganas el papeleo matutino—. Es una cosa de polis. A mí me pasó cuando tuve críos. Te vuelves duro.
—¿Cómo que «duro»? —preguntó el cabo Nobbs, posiblemente la mejor demostración viviente de que existía una evolución continua entre los humanos y los animales.
—Bueeeno —dijo Colon, reclinándose en su silla—. Es como… bueno, cuando uno tiene nuestra edad… —Miró a Nobby y vaciló. Nobby llevaba años haciendo constar su edad como «probablemente treinta y cuatro». A la familia Nobbs no se le daban bien las cuentas—. O sea, cuando un hombre llega a… cierta edad —probó de nuevo—, sabe que el mundo no va a ser perfecto nunca. Se acostumbra a que sea un poco, un poco…
—¿Roñoso? —sugirió Nobby.
Metida detrás de su oreja, en el lugar habitualmente reservado a su cigarrillo, había otra lila marchita.
—Exacto —dijo Colon—. O sea, el mundo nunca va a ser perfecto, así que tú haces lo que puedes y ya está, ¿verdad? Pero cuando hay una criatura en camino, bueno, de pronto ves las cosas de otra forma. Piensas: mi hijo va a tener que crecer en medio de este desastre. Es hora de limpiarlo. Es hora de hacer un Mundo Mejor. Te entra un poco de… entusiasmo. Te hierve la sangre. Cuando se entere de lo de Fuerteenelbrazo, esto va a echar humo durante… ¡Buenos días, señor Vimes!
—Conque hablando de mí, ¿eh? —dijo Vimes, pasando con zancadas largas a su lado mientras ellos se ponían firmes de golpe. En realidad no había oído ni una palabra de la conversación, pero la cara del sargento Colon se podía leer igual que un libro abierto, y ya hacía años que Vimes se lo sabía de memoria.
—Me estaba preguntando si el feliz acontecimiento… —empezó a decir Colon, siguiendo a Vimes mientras este subía los escalones de dos en dos.
—Aún no —dijo Vimes en tono seco. Abrió de un empujón la puerta de su despacho—. ¡Buenos días, Zanahoria!
El capitán Zanahoria se puso de pie de un salto, se cuadró e hizo el saludo llevándose la mano a la sien.
—¡Buenos días, señor! ¿Lady Sybil ya…?
—No, Zanahoria. Todavía no. ¿Qué ha estado pasando esta noche?
La mirada de Zanahoria fue al ramito de lilas y luego de vuelta a la cara de Vimes.
—Nada bueno, señor —dijo—. Han matado a otro agente.
Vimes se paró en seco.
—¿A quién? —exigió saber.
—Al sargento Fuerteenelbrazo, señor. Muerto en la calle de la Mina de Melaza. Otra vez Carcer.
Vimes echó un vistazo al reloj. Tenían diez minutos para llegar a palacio. Pero de pronto, el tiempo ya no era importante.
Se sentó a su mesa.
—¿Testigos?
—Esta vez tres, señor.
—¿Tantos?
—Todos enanos. Fuerteenelbrazo ni siquiera estaba de servicio, señor. Había terminado su turno y estaba comprando un pastel de rata con patatas fritas en una tienda cuando, al salir, se topó de narices con Carcer. El mal bicho le ha dado una puñalada en el cuello y ha salido por piernas. Ha debido de pensar que lo habíamos encontrado.
—¡Llevamos semanas buscándolo! ¿Y se ha topado con el pobre Fuerteenelbrazo cuando lo único que el enano tenía en mente era su desayuno? ¿Está siguiéndole el rastro Angua?
—Hasta cierto punto, señor —dijo Zanahoria, incómodo.
—¿Por qué solamente hasta cierto punto?
—Él… bueno, suponemos que ha sido Carcer… ha dejado caer una bomba de anís en la plaza Sator. Aceite casi puro.
Vimes suspiró. Era asombroso cómo se adaptaba la gente. La Guardia tenía un hombre lobo. La noticia se había propagado, de forma más o menos subterránea. Y, por tanto, los criminales habían evolucionado para sobrevivir en una sociedad donde la ley tenía una nariz muy sensible. Las bombas olfativas eran la solución. No hacía falta que fueran tan dramáticas como eso. Bastaba con tirar un frasquito de menta pura o de anís en algún lugar de la calle donde la gente lo fuera a pisar y de repente la sargento Angua se enfrentaba a un centenar, un millar de rastros entrecruzados, y se iba a la cama con un dolor de cabeza terrible.
Escuchó con expresión lúgubre mientras Zanahoria le informaba de a qué hombres había vuelto a poner de servicio o a quiénes había puesto en turno doble, a qué confidentes había sonsacado, a qué soplones había exprimido, qué dedos había levantado al viento, qué oídos había puesto en las calles. Y supo cuán poco se iba a conseguir con todo aquello. Todavía no tenía ni cien hombres en la guardia, y eso incluyendo a la encargada de la cantina. La ciudad tenía un millón de habitantes y mil millones de sitios donde esconderse. Ankh-Morpork estaba construida sobre una red de escondrijos. Además, Carcer era una pesadilla.
Vimes estaba acostumbrado a las demás clases de chiflados, a los que actuaban con bastante normalidad hasta el mismo momento en que se les giraba la cabeza y se cargaban a alguien con un atizador por hacer demasiado ruido al sonarse la nariz. Pero Carcer era distinto. Se pensaba las cosas dos veces, pero en lugar de tener ideas conflictivas, las tenía competitivas. Tenía un diablillo en los dos hombros, y cada uno azuzaba al otro.
Y sin embargo… sonreía todo el tiempo, con alegría y buen ánimo, y actuaba como esos granujillas que se ganan la vida vendiendo relojes de oro que al cabo de una semana se ponen todos de color verde. Y parecía estar convencido, totalmente convencido, de que él nunca hacía nada que fuera malo de verdad. Se quedaba plantado en plena carnicería, con sangre en las manos y joyas robadas en el bolsillo, y con cara de inocencia ofendida declaraba: «¿Yo? ¿Qué he hecho yo?».
Y resultaba creíble hasta que uno le miraba fijamente a aquellos ojos sonrientes y descarados y veía, al fondo de todo, cómo los demonios le devolvían la mirada.
Pero no convenía pasarse demasiado tiempo mirando aquellos ojos, porque eso quería decir que entretanto los tuyos se habían apartado de sus manos, y para entonces una de ellas ya tenía un cuchillo.
Al policía medio le resultaba difícil tratar con aquella clase de gente. Los guardias suponían que cuando alguien se veía ampliamente superado en número, se rendiría o trataría de negociar o por lo menos dejaría de moverse. No se esperaban que hubiera alguien capaz de matar por un reloj de cinco dólares. (Un reloj de cien dólares ya era otra cosa. Al fin y al cabo, esto era Ankh-Morpork.)
—¿Estaba casado Fuerteenelbrazo? —preguntó.
—No, señor. Vivía en Nuevos Remendones con sus padres.
Padres, pensó Vimes. Peor todavía.
—¿Ha ido alguien a decírselo? —preguntó—. Y no me digas que ha ido Nobby. No queremos que se repita aquella estupidez de «te apuesto un dólar a que eres la viuda de Jackson».
—He ido yo, señor. En cuanto hemos recibido la noticia.
—Gracias. ¿Se lo han tomado mal?
—Se lo han tomado… con solemnidad, señor.
Vimes gimió. Se imaginaba sus expresiones.
—Yo les escribiré la carta oficial —dijo, abriendo el cajón de su escritorio—. Busca a alguien que se la lleve, ¿quieres? Y que les diga que pasaré en persona más tarde. Tal vez no sea el momento de… —No, un momento, eran enanos, y a los enanos no les avergonzaba hablar de dinero—. Olvídalo… diles que tendremos preparados todos los detalles de su pensión y esas cosas. Y además, ha muerto estando de servicio. Bueno, casi. Eso es más dinero. Todo cuenta. —Hurgó en sus armarios—. ¿Dónde está su expediente?
—Aquí, señor —dijo Zanahoria, dándoselo con presteza—. Tenemos que estar en palacio a las diez, señor. Comité de la Guardia. Pero estoy seguro de que lo entenderán —añadió, al ver la cara de Vimes—. Voy a vaciar la taquilla de Fuerteenelbrazo, señor, y me imagino que los muchachos harán una colecta para comprar las flores y todo…
Después de que el capitán se fuera, Vimes se quedó pensativo delante de una página con membrete. Un expediente, tenía que consultar un maldito expediente. Pero últimamente había tantos guardias…
Una colecta para las flores. Y un ataúd. Hay que cuidar de los tuyos. Lo dijo el sargento Dickins, ya hace mucho tiempo…
No se le daban bien las palabras, y mucho menos las escritas, pero después de echar unos cuantos vistazos al expediente para refrescarse la memoria escribió lo mejor que se le ocurrió.
Y eran todo buenas palabras, y más o menos las correctas. Pero la verdad era que Fuerteenelbrazo no era más que un enano honrado que había cobrado por hacer de policía. Se había alistado porque en los tiempos que corrían apuntarse a la Guardia era una buena opción profesional. No pagaban mal, había una pensión decente, había un plan médico maravilloso si uno tenía agallas para someterse a los cuidados de Igor en el sótano y, después de un año más o menos, un agente formado en Ankh-Morpork podía marcharse de la ciudad y encontrar trabajo en las Guardias de las demás ciudades de la llanura con ascenso automático. Era el pan de cada día. Los llamaban los Sammies hasta en las ciudades donde nadie había oído hablar de Sam Vimes. Aquello lo enorgullecía un poquito. «Sammies» quería decir agentes de la Guardia que eran capaces de pensar sin mover los labios, que no aceptaban sobornos, o por lo menos no muchos, y solo si se trataba de cerveza y rosquillas, que hasta Vimes reconocía que eran la grasa que ayuda a que las ruedas giren suavemente; y eran, en general, hombres de confianza. Por lo menos para cierto valor de «confianza».
El ruido de unos pies que corrían le indicó que el sargento Detritus estaba trayendo a algunos de los nuevos reclutas de vuelta de su carrera matinal. Oyó la cancioncilla que Detritus les había enseñado. Por alguna razón, se notaba que se la había inventado un troll:
¡Vaya memez de canción!
¡La cantamos de carrerón!
¡Yo no sé a qué viene cantar!
¡Si no sabemos ni hacer rimas!
¡Maaarchen!
¡Uno! ¡Dos!
¡Maaarchen!
¡Muchos! ¡Montones!
¡Maaarchen!
Esto… ¿cómo?
A Vimes todavía le irritaba un poco que el pequeño centro de instrucción que había en la vieja fábrica de limonada estuviera produciendo muchísimos guardias que se marchaban de la ciudad tan pronto como terminaban su período de prueba. Pero tenía sus ventajas. Ahora los Sammies llegaban casi hasta Uberwald, y todos subían como la espuma en sus escalafones locales. Conocer sus nombres iba bien, y también saber que aquellos nombres habían aprendido a cuadrarse ante él. A menudo el flujo y el reflujo de la política comportaba que los dirigentes locales no hablaran entre sí, pero a través de las torres de señales, los Sammies hablaban a todas horas.
Se dio cuenta de que estaba tarareando por lo bajo una canción distinta. Era una melodía que llevaba años sin recordar. Había llegado con las lilas: el aroma y la canción iban juntos. Se detuvo, sintiéndose culpable.
Estaba terminando la carta cuando alguien llamó a la puerta.
—¡Ya casi he terminado! —gritó.
—Zoy yo, zeñor —dijo el agente Igor, asomando la cabeza por la puerta, y a continuación añadió—: Igor, señor.
—¿Sí, Igor? —dijo Vimes, preguntándose, y no por primera vez, por qué alguien con puntos que le rodeaban toda la cabeza necesitaba decir quién era.*
—Solamente me guztaría decirle, señor, que yo podría haber puezto otra vez en forma al joven Fuerteenelbrazo, zeñor —dijo Igor, con un matiz de reproche.
Vimes suspiró. Igor tenía una expresión compungida y teñida de decepción. Se le había impedido que desempeñara su… oficio. Era natural que estuviera decepcionado.
—Ya hemos hablado de esto, Igor. No es lo mismo que volver a coserle a alguien una pierna. Y los enanos se oponen a muerte a esas cosas.
—No tiene nada de zobrenatural, zeñor. ¡Zoy un hombre de filozofía natural! Y cuando lo trajeron todavía estaba caliente…
—Son las normas, Igor. Pero gracias igualmente. Sabemos que tienes buen corazón…
—Tengo todoz los corazones buenos, señor —le corrigió Igor.
—Eso quería decir —dijo Vimes sin dejar pasar ni un latido, igual que a Igor tampoco se le escapaba uno nunca.
—Oh, muy bien, señor —dijo Igor, rindiéndose. Hizo una pausa y luego preguntó—: ¿Cómo está lady Sybil, señor?
Vimes ya se lo había estado esperando. Era terrible que una mente hiciera aquello, pero la suya ya le había presentado la idea de Igor y Sybil en la misma frase. No es que Igor le disgustara. Al contrario. Había agentes de la Guardia caminando por las calles ahora mismo que no tendrían piernas si no fuera por la genialidad de Igor con la aguja. Y sin embargo…
—Bien. Está bien —dijo en tono seco.
—Ez que he oído que la señora Contento eztá un poco preoc…
—Igor, hay ciertos asuntos en los que… A ver, ¿tú sabes algo de… mujeres y bebés?
—No directamente, zeñor, pero soy de la opinión de que una vez tienez a alguien zobre la mesa y le has, ya zabe, hurgado bien por dentro, la mayoría de cozaz ze pueden…
Llegado este punto a Vimes se le bloqueó del todo la imaginación.
—Gracias, Igor —consiguió decir sin que le temblara la voz—, pero la señora Contento es una comadrona con mucha experiencia.
—Lo que uzted diga, zeñor —dijo Igor, pero las palabras iban cargadas de duda.
—Y ahora me tengo que marchar —zanjó Vimes—. Va a ser un día complicado.
Bajó corriendo las escaleras, le tiró la carta al sargento Colon, le hizo una señal con la cabeza a Zanahoria y los dos echaron a andar con paso ligero rumbo a palacio.
Después de que se cerrara la puerta, uno de los agentes de la Guardia levantó la vista del escritorio donde había estado midiéndose con un informe y con el esfuerzo de escribir, como suelen hacer los policías, lo que tendría que haber pasado.
—¿Sargento?
—¿Sí, cabo Ping?
—¿Por qué llevan algunos de ustedes flores púrpura, sargento?
Se produjo un cambio sutil en la atmósfera, una succión de sonido causada por muchos pares de orejas al escuchar con atención. Todos los agentes de la sala acababan de dejar de escribir.
—Lo digo porque el año pasado por estas fechas vi que usted, Reg y Nobby las llevaban, y me pregunté si tal vez todos tendríamos que…
Ping titubeó. Los ojos normalmente amistosos del sargento Colon se habían fruncido y el mensaje que estaban mandando era: estás pisando una capa fina de hielo, chaval, y ya está empezando a crujir…
—O sea, mi casera tiene un jardín, y no me costaría nada ir a cortar… —continuó Ping, en un intento poco característico de suicidio.
—Te pondrías hoy las lilas, ¿verdad? —dijo Colon en voz baja.
—Solamente quería decir que si usted quisiera yo podría ir a…
—¿Acaso estuviste tú allí? —dijo Colon, poniéndose de pie tan deprisa que se le cayó la silla al suelo.
—Tranquilo, Fred —murmuró Nobby.
—Yo no quería… —empezó a decir Ping—. Esto, ¿si estuve yo dónde, sargento?
Colon se apoyó en el escritorio, poniendo su cara roja y redonda a dos centímetros de la nariz de Ping.
—Si no sabes dónde es allí, es que no estuviste allí —dijo con la misma voz baja. Volvió a erguirse—. Ahora Nobby y yo tenemos trabajo que hacer —continuó—. Descanse, Ping. Nosotros nos vamos.
—Ejem…
Aquel no estaba siendo un buen día para el cabo Ping.
—¿Sí? —dijo Colon.
—Ejem… el reglamento, sargento… Es usted el oficial de rango más alto, ¿sabe?, y yo soy el ordenanza del día, de otra manera no se lo pediría, pero… si va a salir, sargento, tiene que decirme adónde va. Por si alguien se tuviera que poner en contacto con usted, ¿entiende? Lo tengo que apuntar en el libro. Con tinta y todo —añadió.
—¿Sabes qué día es hoy, Ping? —preguntó Colon.
—Ejem… veinticinco de mayo, sargento.
—¿Y sabes qué significa eso, Ping?
—Ejem…
—Significa —dijo Nobby—, que cualquiera que sea lo bastante importante como para preguntar adónde vamos…
—… ya sabe adónde hemos ido —terminó Fred Colon.
Y dieron un portazo al salir.
El cementerio de los Dioses Menores era para la gente que no sabía qué venía a continuación. Para los que no sabían en qué creían, ni si había vida después de la muerte, y a menudo ni siquiera sabían qué les había dado el porrazo. Habían pasado por la vida en un amigable estado de incertidumbre, hasta que por fin la certidumbre suprema los había reclamado. Entre todos los osarios de la ciudad, aquel cementerio era el equivalente del cajón etiquetado como «Varios», y en él se enterraba a la gente con la gloriosa expectativa de más bien poca cosa.
La mayoría de los agentes de la Guardia acababan enterrados allí. A los policías, al cabo de unos cuantos años, ya les costaba bastante creer en la gente; no digamos creer en alguien a quien no podían ver.
Por una vez, no estaba lloviendo. La brisa agitaba los álamos cubiertos de hollín que rodeaban la tapia y los hacía susurrar.
—Tendríamos que haber traído flores —dijo Colon, mientras caminaban por entre la hierba larga.
—Yo podría mangar unas cuantas de las tumbas más nuevas, sargento —se ofreció Nobby.
—No es la clase de cosa que te quiero oír decir en momentos como este, Nobby —le reprendió Colon.
—Lo siento, sargento.
—En un momento así un hombre debería pensar en su alma inmortal cara a cara con el poderoso río interminable que es la historia. Eso haría yo si fuera tú, Nobby.
—Vale, sargento. Eso haré. Veo que ya hay alguien que lo está haciendo, sargento.
Contra una de las tapias crecían los lilos. Es decir, en algún momento del pasado alguien había plantado allí un lilo, y este había hecho brotar, como hacen los lilos, un centenar de endebles brotes chupones, de manera que lo que antaño había sido un simple tallo ahora era un arbusto. Todas las ramas estaban cubiertas de flores de color malva pálido.
Las tumbas apenas se veían en medio de la vegetación enmarañada. Delante de ellas estaba Y-Voy-A-La-Ruina Escurridizo, el hombre de negocios con menos éxito de todo Ankh-Morpork, luciendo un ramito de lilas en el sombrero.
Vio a los agentes de la Guardia y los saludó con la cabeza. Ellos le devolvieron el saludo. Los tres se quedaron de pie mirando las siete tumbas. Solamente una de ellas había recibido cuidados. La lápida de mármol estaba reluciente y limpia de musgo, el césped cortado y el borde de la piedra centelleante.
Sobre las lápidas de madera de las otras seis había crecido el musgo, pero a la del medio se lo habían raspado, dejando al descubierto el nombre:
JOHN KEEL
Y más abajo, alguien se había esforzado considerablemente en grabar lo siguiente:
Cómo se levantan
Había una corona enorme de lilas, atada con cinta de color púrpura, sobre la tumba. Encima de ella, atado con otro pedazo de cinta púrpura, había un huevo.
—La señora Palma, la señora Chaladio y algunas de las chicas han venido más temprano —dijo Escurridizo—. Y por supuesto, Madam siempre se encarga de que esté el huevo.
—Qué amables son de acordarse siempre —comentó el sargento Colon.
Los tres permanecieron en silencio. En conjunto, no eran hombres provistos del vocabulario que se requería en aquellas ocasiones. Al cabo de un rato, sin embargo, Nobby se sintió impelido a hablar.
—Una vez me dio una cuchara —dijo, dirigiéndose al aire en general.
—Sí, ya lo sé —dijo Colon.
—Mi padre me la mangó cuando salió de la cárcel, pero era mi cuchara —insistió Nobby—. Para un niño es muy importante tener su propia cuchara.
—Ya que hablamos de eso, fue la primera persona que me hizo sargento —dijo Colon—. Luego me degradaron otra vez, claro, pero entonces yo ya sabía que podría volver a lograrlo. Era un buen poli.
—A mí me compró un pastel la misma semana que empecé con el negocio —dijo Escurridizo—. Se lo comió todo. No escupió nada.
Hubo más silencio.
Al cabo de un rato el sargento Colon carraspeó, dando la indicación general de que alguna clase de momento apropiado acababa de terminar. Hubo una relajación colectiva de músculos.
—¿Sabéis? Tendríamos que venir aquí un día con una podadera y despejar un poco todo esto —comentó el sargento.
—Siempre dices lo mismo, sargento, todos los años —dijo Nobby mientras se alejaban—. Y no lo hacemos nunca.
—Si me dieran un dólar por cada funeral de un guardia al que he asistido aquí —dijo Colon— tendría… diecinueve dólares y cincuenta peniques.
—¿Cincuenta peniques? —se sorprendió Nobby.
—De la vez que el cabo Hildebiddle se despertó justo a tiempo y se puso a dar porrazos en la tapa —dijo Colon—. Antes de tu época, claro. Todo el mundo dijo que se había recuperado asombrosamente bien.
—¿Señor sargento?
Los tres hombres se volvieron. La figura flaca y vestida de negro que venía hacia ellos con pasos furtivos y veloces no era otro que Legítimo Primero, el enterrador residente del cementerio.
Colon suspiró.
—¿Sí, Legi? —peguntó.
—Bueeenos días, mis amables… —empezó a decir el enterrador, pero el sargento Colon le enseñó un dedo a modo de aviso.
—Deja eso ahora mismo —dijo—. Ya estás avisado y lo sabes de sobra. Nada de hacerte el «enterrador cómico». No tiene gracia y no es ingenioso. Tú di lo que tengas que decir y punto. Sin cuchufletas.
Legi pareció alicaído.
—Caramba, buenos señores…
—Legi, hace años que te conozco —dijo Colon en tono fatigado—. Inténtalo, ¿quieres?
—El diácono quiere que se los desentierre ya, Fred —dijo Legi con voz huraña—. Ya hace más de treinta años. Hace mucho que ya tendrían que estar en las criptas…
—No —replicó Fred Colon.
—Pero tengo un nicho precioso para ellos ahí abajo, Fred —le suplicó Legi—. En la parte de delante. ¡Necesitamos el espacio, Fred! ¡Aquí no hay ni un sitio para sentarse, no te engaño! ¡Hasta los gusanos tienen que ir en fila india! En la parte de delante, Fred, donde yo podré charlar con ellos mientras me tomo el té. ¿Qué me dices?
Los agentes de la Guardia y Escurridizo se miraron. La mayoría de la gente de la ciudad había entrado alguna vez en las criptas de Legi, aunque únicamente fuera para hacerse el valiente. Y a la mayoría les había impactado que el entierro solemne no fuera para toda la eternidad sino tan solo para un puñado de años, los suficientes para que, en palabras de Legi, «mis pequeños ayudantes alargados» pudieran hacer su trabajo. Más tarde, el lugar de reposo posterior al último eran las criptas, y una anotación en los enormes registros.
Legi vivía allí abajo en las criptas. Tal como él decía, era el único que hacía tal cosa, y la compañía le gustaba.
A Legi se lo solía considerar un tipo extraño, aunque extraño de una manera concienzuda.
—Esto no ha sido idea tuya, ¿verdad? —dijo Fred Colon.
Legi se miró los pies.
—El nuevo diácono es un poco, bueno, nuevo —dijo—. Ya sabéis… entusiasta. Le ha dado por los cambios.
—¿Le has contado por qué no se desentierran? —preguntó Nobby.
—Dice que eso ya es historia antigua —dijo Legi—. Dice que todos tenemos que dejar atrás el pasado.
—¿Y tú le has dicho que eso se lo vaya a explicar a Vetinari? —preguntó Nobby.
—Sí, y él dice que está seguro de que su señoría es un hombre progresista que no se aferrará a las reliquias del pasado —dijo Legi.
—Da la impresión de ser nuevo, sí —dijo Escurridizo.
—Sí —dijo Nobby—. Y me da a mí que no llegará a viejo. No pasa nada, Legi, le puedes decir que ya nos lo has pedido.
El enterrador pareció aliviado.
—Gracias, Nobby —dijo—. Y me gustaría decirles, caballeros, que cuando les llegue la hora tendrán un buen nicho con vistas. He anotado vuestros nombres en el registro para los que vengan después de mí.
—Vaya, pero qué, ejem, amable de tu parte, Legi —dijo Colon, preguntándose si realmente lo era.
Debido a imposiciones del espacio, los huesos de la cripta se almacenaban por tamaño, no por propietario. Había salas enteras de costillas. Había avenidas de fémures. Y nicho tras nicho de cráneos cerca de la entrada, claro, porque una cripta sin un buen montón de cráneos no era una cripta como es debido. Si algunas religiones acertaban y realmente un día tenía lugar la resurrección de los cuerpos, caviló Fred, allí abajo iba a haber un jaleo de mil demonios y un trasiego constante.
—Tengo el sitio perfecto… —empezó a decir Legi, pero se detuvo. Señaló con furia en dirección a la entrada—. ¡Eh, ya sabéis lo que os dije de que ese viniera aquí!
Se giraron. El cabo Reg Shoe, con un ramo entero de lilas atado al casco, venía caminando con solemnidad por el camino de grava. Llevaba echada al hombro una pala con el asa muy larga.
—Pero si solo es Reg —dijo Fred—. Tiene derecho a estar aquí, Legi. Lo sabes.
—¡Está muerto! ¡No quiero a ningún muerto en mi cementerio!
—Lo tienes lleno de muertos, Legi —dijo Escurridizo, intentando tranquilizar al hombre.
—¡Sí, pero el resto no se dedican a entrar y a salir!
—Vamos, Legi, haces lo mismo todos los años —dijo Fred Colon—. No es culpa suya que lo mataran de esa manera. Solamente porque uno es zombi no quiere decir que sea mala persona. Hace un buen trabajo, Reg. Además, este sitio estaría mucho más limpio si todo el mundo cuidara de su tumba como hace él. Buenos días, Reg.
Reg Shoe, con la cara gris pero sonriente, saludó con la cabeza a los cuatro y siguió su camino.
—Y encima se trae su propia pala —murmuró Legi—. ¡Es asqueroso!
—Siempre he pensado que era bastante, ya sabes, amable por su parte de hacer lo que hace —dijo Fred—. Déjalo en paz, Legi. Si te pones a tirarle piedras como hiciste hace dos años, el comandante Vimes se va a enterar y habrá problemas. Estás avisado. Es verdad que tienes buena mano con…
—… los cadáveres —dijo Nobby.
—… pero… bueno, Legi, tú no estuviste allí —prosiguió Colon—. Y con eso está todo dicho. Reg sí que estuvo. Y no hay más que hablar, Legi. Si no estuviste allí, no lo puedes entender. Ahora lárgate y ponte a contar otra vez tus cráneos, sé que eso te gusta. Hasta luego, Legi.
Legítimo Primero se quedó mirándolos mientras ellos se alejaban. El sargento Colon tuvo la sensación de que le estaba tomando las medidas.
—Siempre me he preguntado por qué se llama así —dijo Nobby, dándose la vuelta y despidiéndose con la mano—. O sea, ¿Legítimo?
—No se puede culpar a una madre por sentirse orgullosa, Nobby —dijo Colon.
—¿Qué más me hace falta saber hoy? —preguntó Vimes, mientras él y Zanahoria se abrían paso a empujones por las calles.
—Hemos recibido una carta de los Crespones Negros,* señor, sugiriendo que sería un gran paso hacia la armonía entre las especies de la ciudad si diera usted el visto bueno a…
—¿Quieren a un vampiro en la Guardia?
—Sí, señor. Estoy convencido de que muchos miembros del Comité de la Guardia creen que a pesar de las reservas que usted ha manifestado sería una buena…
—¿Te doy la impresión de ser un cadáver?
—No, señor.
—Entonces la respuesta es no. ¿Qué más?
Zanahoria hojeó el contenido de un portapapeles atiborrado mientras iba medio corriendo para no quedarse atrás.
—El Times dice que Borogrovia ha invadido Moldeavia —anunció.
—¿Eso es bueno? No me acuerdo de dónde están.
—Los dos países antes formaban parte del Imperio Oscuro, señor. Al lado mismo de Uberwald.
—¿De lado de quién estamos?
—El Times dice que tendríamos que estar apoyando a la pequeña Moldeavia contra el agresor, señor.
—Ya me va cayendo bien Borogrovia —dijo Vimes secamente. La semana anterior el Times había publicado lo que, en su opinión, era una caricatura muy poco favorecedora de él, y para empeorar las cosas Sybil había solicitado el original y lo había hecho enmarcar—. ¿Y qué significa todo eso para nosotros?
—Probablemente más refugiados, señor.
—¡Por los dioses, si no tenemos más sitio! ¿Por qué siguen viniendo aquí?
—En busca de una vida mejor, señor, creo.
—¿De una vida mejor? —exclamó Vimes—. ¿Aquí?
—Creo que las cosas están peor en el sitio de donde vienen, señor —dijo Zanahoria.
—¿De qué clase de refugiados estamos hablando aquí?
—Mayormente humanos, señor.
—¿Quieres decir que la mayoría serán humanos, o que cada individuo será mayormente humano? —quiso saber Vimes. Al cabo de una temporada en Ankh-Morpork, uno aprendía a formular preguntas como aquella.
—Ejem, aparte de los humanos la única especie que he oído que hay allí en cierta cantidad son los kvetch, señor. Viven en los bosques profundos y están cubiertos de pelo.
—¿Ah, sí? Bueno, probablemente averiguaremos más sobre ellos cuando se nos pida que le demos trabajo a uno en la Guardia —dijo Vimes en tono agrio—. ¿Qué más?
—Una noticia bastante esperanzadora, señor —dijo Zanahoria, sonriente—. ¿Conoce a los Jumes? ¿La banda callejera?
—¿Qué pasa con ellos?
—Han iniciado a su primer miembro troll.
—¿Cómo? ¡Yo pensaba que se dedicaban a dar palizas a los trolls! ¡Creía que era su objetivo!
—Bueno, parece ser que al joven Calcita también le gusta dar palizas a los trolls.
—¿Y eso es bueno?
—En cierta manera, señor, yo supongo que es un paso adelante.
—¿Unidos en el odio, quieres decir?
—Supongo, señor —dijo Zanahoria. Pasó las páginas del portapapeles hacia delante y hacia atrás—. A ver, ¿qué más tengo? Ah, sí, la patrullera del río se ha vuelto a hundir…
¿En qué me equivoqué?, pensó Vimes mientras la letanía continuaba. Hubo un tiempo en que yo era un guardia. Un guardia de verdad. Perseguía a gente. Era un cazador. Era lo que mejor se me daba. En cualquier lugar de la ciudad me orientaba por el tacto de la calle bajo mis botas. ¡Y mírame ahora! ¡Duque! ¡Comandante de la Guardia! ¡Un animal político! ¡Tengo que saber quién lucha contra quién a dos mil kilómetros de distancia, por si acaso eso se traduce en disturbios aquí!
¿Cuándo fue la última vez que salí de patrulla? ¿La semana pasada? ¿El mes pasado? Y nunca es una patrulla de reconocimiento como es debido, porque los sargentos se aseguran de que todo el maldito mundo sepa que he salido del edificio y para cuando llego, hasta el último puñetero agente apesta a abrillantador de armadura y se ha afeitado, aunque yo baje corriendo por las callejuelas (y esa idea, por lo menos, iba cargada de cierto orgullo, porque mostraba que Vimes no estaba dando trabajo a sargentos tontos). Nunca me paso una noche entera bajo la lluvia, ni peleo a vida o muerte rodando por la calle con un matón, ni tampoco aprieto nunca el paso. Todo eso me han quitado. ¿Y para qué?
Comodidad, poder, dinero y una esposa maravillosa…
… ejem…
… lo cual estaba bien, por supuesto, pero… aun así…
Maldita sea. Pero ya no soy un poli, ahora soy un gestor. Tengo que ir a hablar con el maldito comité como si fueran niños. Voy a recepciones y llevo una condenada armadura estúpida de juguete. Todo es política y papeleo. Todo se ha hecho demasiado grande.
¿Qué le pasó a aquella época en que todo era tan simple?
Se marchitó como las lilas, pensó.
Entraron en palacio y subieron la escalera principal que daba al Despacho Oblongo.
El patricio de Ankh-Morpork estaba de pie mirando por la ventana cuando ellos entraron. Por lo demás la sala estaba desierta.
—Ah, Vimes —dijo, sin darse la vuelta—. Ya me imaginaba que llegaría usted tarde. Dadas las circunstancias, he disuelto el comité. Les ha entristecido, igual que a mí, por supuesto, enterarse de lo de Fuerteenelbrazo. Sin duda habrá estado usted escribiendo la carta oficial.
Vimes dirigió una rápida mirada interrogativa a Zanahoria, que puso los ojos en blanco y se encogió de hombros. Vetinari se enteraba de las cosas muy deprisa.
—Pues sí —dijo Vimes.
—Y con el día tan bonito que hace —dijo Vetinari—. Aunque por lo que veo, se nos viene encima una tormenta.
Se dio la vuelta. Tenía un ramito de lilas prendido con un alfiler a la túnica.
—¿A lady Sybil le va todo bien? —preguntó, sentándose.
—Dígamelo usted —dijo Vimes.
—A algunas cosas no puede metérseles prisa, está claro —dijo Vetinari sin inmutarse, removiendo sus papeles—. Vamos a ver, a ver, hay solo unos cuantos puntos que me gustaría discutir con… ah, la carta habitual de nuestros amigos los religiosos del Templo de los Dioses Menores. —La sacó con cuidado de la pila y la apartó a un lado—. Creo que voy a invitar al nuevo diácono a tomar té y así le explico cómo funciona todo. A ver, ¿dónde estaba yo…? Ah, la situación política en… ¿Sí?
Se abrió la puerta. Entró Drumknott, el secretario en jefe.
—Mensaje para su excelencia —dijo, aunque se lo dio a lord Vetinari. El patricio lo pasó, con gran cortesía, por encima de la mesa. Vimes lo desdobló.
—¡Acaba de llegar por clacs! —gritó—. ¡Tenemos a Carcer acorralado en el Nuevo Colegio Mayor! ¡Tengo que ir allí ahora mismo!
—Qué emocionante —dijo lord Vetinari, poniéndose de pie de golpe—. La llamada de la persecución. ¿Pero acaso es necesario que asista usted en persona, excelencia?
Vimes lo miró con cara lúgubre.
—Sí —dijo—. Porque si no voy, algún pobre desgraciado al que yo he instruido para que haga lo correcto va a intentar arrestar a ese cabrón. —Se giró hacia Zanahoria—. ¡Capitán, a ello ahora mismo! Clacs, palomas, mensajeros a pie, lo que sea. Quiero que esta llamada la atienda todo el mundo, ¿de acuerdo? ¡Pero que nadie, repito, nadie, intente enfrentarse a él sin un montón de refuerzos! ¿Entendido? ¡Y quiero a Swires en el aire! Oh, maldita sea…
—¿Qué pasa, señor? —dijo Zanahoria.
—Este mensaje es de Culopequeño. Lo ha mandado aquí directamente. ¿Qué está haciendo ella allí? Es forense. ¡No es de calle! ¡Lo hará con el reglamento en la mano!
—¿Y no debería? —preguntó Vetinari.
—No. A Carcer le hace falta una flecha en la pierna solamente para llamarle la atención. Hay que disparar primero…
—¿… y preguntar después? —terminó Vetinari.
Vimes se detuvo en la puerta y dijo:
—No tengo nada que preguntarle.
Vimes tuvo que aminorar la marcha para recobrar el aliento en la plaza Sator, y eso lo horrorizó. ¡Hacía solamente unos años, ahora estaría empezando a coger el ritmo! Pero la tormenta que se acercaba por los llanos venía empujando el calor por delante, y no estaría bien que el comandante se presentara resollando. Al final, aun después de pararse detrás de un tenderete del mercadillo para dar unas bocanadas de aire, dudó que le quedara bastante fuelle para decir una frase larga.
Para su tremendo alivio, una ilesa cabo Jovial Culopequeño estaba esperándolo junto a los muros de la universidad. Le hizo el saludo reglamentario.
—Doy parte, señor —dijo.
—Mmm —murmuró Vimes.
—He visto a un par de trolls que estaban en turno de tráfico, señor —dijo Jovial—. Así que los he mandado al Puente del Agua. Entonces ha aparecido el sargento Detritus y le he dicho… le he aconsejado que entrara en la universidad por la puerta principal y subiera bien arriba. Después han llegado el sargento Colon y Nobby y los he mandado al Puente del Tamaño…
—¿Por qué? —interrumpió Vimes.
—Porque dudo que él vaya a intentar esa ruta de escape —respondió Jovial, con la cara convertida en la viva imagen de la inocencia. Vimes tuvo que refrenarse para no asentir—. Y luego, a medida que va llegando más gente, los estoy desplegando por el perímetro. Pero creo que él ha subido y se va a quedar bien arriba.
—¿Por qué?
—Porque ¿cómo va a salir si tiene que enfrentarse con un montón de magos, señor? Lo mejor que puede hacer es escabullirse por los tejados y descolgarse por algún lugar tranquilo. Escondrijos no le faltan, y puede llegar hasta la calle de la Tarta de Melocotón sin tocar el suelo.
Forense, pensó Vimes. Ja. Y con un poco de suerte él no sabe nada de Buggy.
—Bien pensado —dijo.
—Gracias, señor. ¿Le importaría acercarse un poco más a esta pared, señor?
—¿Para qué?
Algo se hizo trizas sobre los adoquines. Vimes se pegó de golpe a la pared.
—Tiene una ballesta, señor —le explicó Jovial—. Creemos que se la robó a Fuerteenelbrazo. Pero no se le da muy bien disparar con ella.
—Buen trabajo, cabo —dijo Vimes con un hilo de voz—. Bien hecho. —Echó un vistazo a la plaza que tenía detrás. El viento azotaba los toldos de los tenderetes del mercado, y los mercaderes, echando vistazos de vez en cuando al cielo, estaban cubriendo sus mercancías—. Pero no podemos dejarlo que se pasee por ahí arriba sin más. Se va a poner a tirar flechas al azar y acabará dándole a alguien.
—¿Y por qué iba a hacer eso, señor?
—A Carcer no le hacen falta razones —dijo Vimes—. Lo único que le hace falta es una excusa. —Le llamó la atención un movimiento muy por encima de ellos y sonrió.
Un ave de gran tamaño estaba ganando altura sobre la ciudad.
La garza, protestando por lo bajo, luchó para ganar altura mientras trazaba círculos amplios. La ciudad daba vueltas alrededor del cabo Buggy Swires mientras él se agarraba con más fuerza usando las rodillas, y a continuación hizo girar al ave en la dirección del viento y por fin la obligó a aterrizar a trompicones sobre la Torre del Arte, el edificio más alto de la ciudad.
Con un movimiento experto, el gnomo cortó la cuerda que sujetaba el aparato de señales portátil y desmontó tras él sobre la alfombra putrefacta de hojas de hiedra y viejos nidos de cuervos que cubría la cima de la torre.
La garza lo observó con ojos redondos y estúpidos. Buggy la había domesticado tal como solían hacer los gnomos: te pintabas de verde para parecer una rana, te metías croando por las ciénagas y, cuando por fin una garza se te intentaba comer, subías corriendo por su pico y le arreabas un cabezazo. Para cuando el ave recobraba el conocimiento, tú ya le habías metido en las narices el aceite especial —que había costado un día de trabajo y cuyo hedor había vaciado la Casa de la Guardia—, y a ella le bastaba con echarte un vistazo para creer que eras su madre.
Las garzas eran útiles. Podían transportar equipo. Pero para vigilar el tráfico, Buggy prefería los gavilanes. Planeaban mejor.
Encajó los brazos del aparato portátil de señales en el poste que había instalado en secreto hacía unas semanas. A continuación descargó un telescopio diminuto de las alforjas de la garza y lo amarró al borde de la piedra, orientado casi recto hacia abajo. A Buggy le gustaban aquellos momentos. Eran las únicas ocasiones en que todos los demás eran más pequeños que él.
—Muy bien… a ver qué se puede ver —murmuró.
Estaban los edificios de la universidad. Estaban la torre de Viejo Tom, el reloj, y la mole inconfundible del sargento Detritus trepando por entre las chimeneas cercanas. La luz amarillenta de la tormenta en ciernes arrancaba destellos a los cascos de los guardias que ahora corrían por las calles. Y más allá, avanzando con sigilo por detrás de la baranda…
—Te pillé —dijo en voz baja, y cogió las asas del aparato de señales.
—D… T… R… T… S espacio C… R… C… A… espacio V… J espacio T… M —dijo Jovial.
Vimes asintió. Detritus estaba en el tejado junto a la torre del Viejo Tom. Llevaba una ballesta de asedio que no podían levantar ni entre tres hombres, modificada para que disparara un grueso haz de flechas todas a la vez. La mayoría se hacían añicos en el aire debido a las fuerzas que entraban en acción, de manera que lo que llegaba al objetivo era una nube en expansión de astillas en llamas. Vimes le había prohibido que la usara contra personas, pero resultaba condenadamente útil para entrar en edificios. Con aquella arma se podía abrir la puerta principal y la de atrás al mismo tiempo.
—Dile que haga un disparo de advertencia —dijo—. Si le da a Carcer con ese trasto, ni siquiera vamos a encontrar el cadáver.
Aunque me encantaría encontrar un cad
