Peter y Wendy

J.M. Barrie

Fragmento

cap-1

Peter y Wendy:
La vida eterna de Peter Pan

Para Teo, porque yo sé que viene

de los jardines de Kensington

Esta es la historia de una novela que no iba a ser escrita. Y que cuando se escribió, decepcionó al público, que tenía otras expectativas. Pero hoy es el libro traducido a más idiomas del mundo después de la Biblia. Y Peter Pan es probablemente uno de los personajes de ficción que más se han recreado en cine y literatura, siempre con tanta pasión como si fuera un personaje propio. Se ha dicho de Peter Pan que es «un fenómeno extraordinario», «una presencia que damos por hecho en nuestras vidas» y que «nos sentimos como si todos lo hubiésemos escrito». Aunque la mayoría del público le recuerda como el niño pícaro y alegre que plasmó Walt Disney en su película de 1953, Peter Pan ha tenido, tiene y tendrá muchas vidas. Las primeras, las que le otorgó su creador, James Matthew Barrie, hoy prácticamente sepultado bajo el brillo de su criatura, sin duda la más eterna en el imaginario colectivo.

En 1911, cuando se publicó Peter y Wendy, Peter Pan ya era famoso. Primero, había aparecido en la novela El pajarito blanco, donde era un bebé que vivía con las aves. Luego, se convirtió en ídolo de masas como el adolescente protagonista de la obra teatral de más éxito del Londres de principios del siglo XX, Peter Pan o el niño que no quería crecer. El personaje era prácticamente tan famoso como su autor, J. M. Barrie, un escocés de origen humilde que tras la publicación de varios best sellers y el éxito de obras de teatro como Quality Street era toda una celebridad. Rico, respetado y presencia habitual en crónicas periodísticas y ecos de sociedad, el público le rogaba que siguiera escribiendo sobre Peter Pan, que les contara más de sus aventuras, de su porvenir… Pero Barrie lo tenía muy claro. A pesar de que otros escritores hubieran cogido «prestado» a su personaje y se lucraran con pantomimas, álbumes ilustrados, secuelas apócrifas o cuentos de hadas, a él le importaba poco que lo recrearan manos ajenas: no tenía intención alguna de novelar su obra de teatro. La revista The Bookman, de hecho, llegó a afirmar que «al señor Barrie se le ha pedido en varias ocasiones que escriba una obra narrativa o libreto de su inmortal obra infantil, pero se ha negado rotundamente en todas ellas».

Por eso la aparición de Peter y Wendy en 1911 —nueve años después de la primera irrupción de Peter Pan en la literatura— fue uno de los eventos más notorios de la era eduardiana, la Belle Époque británica que aunó los años de inocencia, hedonismo y despreocupación previos a la Primera Guerra Mundial. Y es que el revuelo fue considerable. ¿Por qué habría decidido Barrie publicar, por fin, esta novela? Y, además, ¿por qué no parecía contar nada nuevo, aunque a la vez era tan distinta de la obra teatral? ¿Por qué a casi nadie le gustaba, a pesar del furor que despertaba el personaje? ¿Por qué era tan extraña, e incluso desasosegante? Mezcla de géneros e intenciones, y sin dirigirse a un público objetivo claro, enseguida comenzaron a salir copias que satisfacían los deseos del público. Versiones que «corregían» la reescritura de Barrie y que, en general, simplificaban la voz de un narrador que fluctuaba entre niño, adulto, moralista, melancólico y a quienes muchos definían —más bien— como la voz de un novelista mediocre y cursilón. Un tono tan sentimental (a la par que sabio, único e irrepetible) que incluso despertó la necesidad, entre periodistas y críticos, de crear un adjetivo concreto para él: barriesque.

Estas reescrituras (y gradualmente, también la novela de Barrie) se editaron como Peter Pan y Wendy o, en la mayor parte de los casos, como Peter Pan a secas. No fuera a ser que se confundiera al chico con un Peter cualquiera, sin apellido de deidad griega y, ni mucho menos, que la chica del título le quitara protagonismo.

La novela que Barrie nunca quiso escribir, pues, se desprendió enseguida de su verdadero título, y también de las palabras y reflexiones de su versión original. Algo que al escritor, más que ofenderle, le pareció un triunfo. Y es que todo formaba parte, en realidad, de una estrategia. Un plan que tenía que ver con lo que Barrie denominaba «el enigma de la existencia» de su criatura predilecta, el niño eterno por antonomasia, Peter Pan.

LOS ORÍGENES: «TODOS LOS NIÑOS CRECEN, MENOS UNO»

Hijo de un tejedor y de un ama de casa amante del folklore, James Matthew Barrie nació en 1860 en el pueblo escocés de Kirriemuir. Apasionado de las novelas de piratas e islas desiertas desde edad muy temprana, cuando tenía seis años, su hermano David —de trece— murió en un accidente de patinaje sobre hielo. Una tragedia que postró en cama a su madre y que Barrie trató de mitigar suplantando al muerto, vistiéndose con sus ropas e imitando su voz, mientras su madre echaba la culpa a las hadas. En la mitología celta, los mundos feéricos se asociaban al secuestro y a la muerte, y las hadas, lejos de ser dulces y hermosas, eran criaturas extrañas y aterradoras que robaban a los niños del mundo real para sustituirlos por sus propios hijos, deformes y mucho menos listos que los humanos.

El Barrie niño creía poder convencer a su madre de que él era tan válido como David. Pero nunca consiguió reemplazarle porque su hermano, al morir, había alcanzado la asombrosa virtud de permanecer eternamente joven, siempre perfecto en el recuerdo. En Margaret Ogilvy, la biografía novelada de su madre que le consagró como escritor y le integró definitivamente en la crème de la crème de los círculos literarios londinenses, Barrie contaba que «cuando yo me había convertido en un hombre, él seguía siendo un niño de trece años».

Lo de convertirse en hombre no acababa de convencer a Barrie. Bajito, de voz aflautada y aspecto aniñado, parecía haberse dejado bigote para simular la edad adulta. Sus diarios de juventud y primeras novelas giran en torno al conflicto entre la responsabilidad forzada y el anhelo por la inmadurez («el terror de mi infancia fue saber que llegaría el momento en el que tendría que dejar de jugar») y al horror que le suponían las relaciones de pareja. Cuando Barrie se divorció de su esposa, la actriz Mary Ansell, ella alegó públicamente la no consumación del matrimonio, una acusación que él nunca se molestó en rebatir, a pesar de los rumores que —como es lógico— se suscitaron. Barrie, que se caracterizaba por una ironía e ingenio poco comunes, y que conseguía hechizar a todo tipo de audiencias, decía preferir la compañía de niños que la de mayores, declarando sin pudor que a sus mejores amigos los había conocido en un parque de Londres por el que paseaban las niñeras con los hijos de las familias bien, los jardines de Kensington.

Una tarde de 1900, Barrie caminaba con su perro Porthos por este parque cuando se fijó en unos niños vestidos con capas rojas. Eran los hermanos Llewelyn Davies, inteligentes y descarados, que enseguida se deslumbraron ante el hombrecillo con acento raro que les hablaba de hadas, islas desiertas y piratas. A raíz de varios encuentros, Barrie pronto se introdujo en la vida familiar, convirtiéndose en íntimo amigo de los padres, Arthur y Sylvia, y en el más ferviente compañero de juegos de sus hijos.

Tan estrecha llegó a ser esta relación que, en el verano de 1901, Barrie invitó a su «nueva familia» y a su más reciente miembro, el bebé Michael, a Black Lake Cottage, una casa de campo en el condado de Surrey donde Barrie y los niños se dedicaron a elaborar su propia foto-novela de aventuras. Como únicos supervivientes de un naufragio, George, Jack y Peter lograban llegar a una isla desierta donde, para sobrevivir, se enfrentaban a todo tipo de adversidades, incluidos pieles rojas y un siniestro pirata, el capitán Swarthy. La idea del supuesto libro gustó tanto a los niños que Barrie encargó a una prestigiosa editorial que publicara dos copias de Los niños náufragos de la isla de Black Lake, una de las cuales perdería Arthur, el sufrido padre de los «aventureros», en un tren.

Aunque en Los niños náufragos no revoloteaba ningún niño cuyo destino era no crecer, en el ocaso de ese verano, Barrie y los Llewelyn Davies comenzaron a forjar un personaje que, como ellos, prefería jugar y estar de vacaciones que tener que volver al colegio o al trabajo. Una criatura mitad pájaro mitad humano que se escapaba de casa al oír lo que le deparaba el futuro. Un héroe perdido en un mundo paralelo y a quien, entre todos, bautizaron: Peter (como uno de los hermanos) y Pan (como el caprichoso dios griego de la naturaleza): Peter Pan.

LOS PRIMEROS PETER PAN: «EL PAJARITO BLANCO» Y «PETER PAN EN LOS JARDINES DE KENSINGTON»

En 1902, la nueva criatura apareció por primera vez en una novela para adultos, El pajarito blanco, la historia de la amistad del capitán W., un hombre soltero de 47 años y el niño David, hijo de una joven institutriz, conocida del protagonista. La novela está compuesta, en su mayor parte, por las historias que le cuenta el capitán al niño en sus paseos por los jardines de Kensington. Muchas de ellas tienen que ver con la vida londinense de la época, o con los otros dos personajes que les acompañan en sus paseos: la niñera y Porthos, el perro San Bernardo del capitán. Sin embargo, la historia que más presencia adquiere es la de Peter Pan, tanta que en 1906 se extraerían los capítulos referentes al niño eterno para publicarlos como libro independiente con el título de Peter Pan en los jardines de Kensington, dedicado «A Sylvia y Arthur Llewelyn Davies y sus chicos (mis chicos)».

Aquí, Peter Pan es un bebé de una semana, aunque «muy mayor. Algo que no tiene ni la menor importancia, porque en realidad siempre tiene la misma edad» que se escapó volando por la ventana de su casa para volver a los jardines, a la isla del lago Serpentina, donde nacen los pájaros que luego se convertirán en los niños y niñas que pueblan el mundo real. En la isla reina el sabio Solomon Caw (o Salomón Graznido, en algunas traducciones al castellano) que, tras convencerle de que no puede ser un pájaro como los demás, le anima a volver a casa. Pero, cuando Peter por fin llega, la ventana está cerrada y protegida con barrotes de hierro. A través del cristal, la madre abraza a otro niño.

El bebé que no crece no tiene más remedio que regresar a los jardines y asumir su derrota. Pero, como es tan pequeño, enseguida la olvida. Pronto se acostumbra a sus juegos y tareas en el parque. Entre ellas, la de buscar a los bebés que se han caído de los carritos cuando las niñeras miraban hacia otro lado. Si Peter no los encuentra a tiempo y mueren, se ocupa de enterrarlos, de dos en dos para que se sientan menos solos. Y qué raro será para los padres, reflexiona Barrie al final de este primer relato de Peter Pan, que cuando vuelvan corriendo a por sus niños perdidos se encuentren con una pequeña lápida en su lugar. «Espero que Peter no esté demasiado dispuesto a utilizar su pala. A mí me parece todo de lo más triste.» Una idea —no obstante— que al Peter adolescente del futuro le va a parecer todo lo contrario, siendo su grito de guerra: «¡Morir será una aventura formidable!».

En El pajarito blanco hay tres tipos de personajes: aquellos que viven en el parque y escogen la eterna juventud como forma de vida (Peter Pan, las hadas, Solomon Caw); los que pasean por el parque subyugados por el paso del tiempo (el capitán W., que se regodea en su vejez incipiente, y el niño David, cuyo crecimiento es latente); y los que son ajenos al parque y poseen eternidad por otros motivos (la madre de David, por su capacidad de dar vida y el propio capitán que, años después, escribe El pajarito blanco y se convierte así en creador de una pieza literaria que permanecerá para siempre).

La crítica trató esta primera aparición de Peter Pan de manera dispar: a algunos les pareció una aberración, la tristísima historia de un siniestro ladrón de niños, demasiado barriesque. A otros, como al Times Literary Supplement, «una obra exquisita. Analizar sus méritos y defectos […] sería como tratar de diseccionar a un hada».

Lo cierto es que El pajarito blanco es ambas cosas. El capitán W., alter ego indiscutible de Barrie, siente nostalgia tanto por su infancia perdida como por el hecho de no poder revivirla como padre. Y, por lo tanto, trata de «robar» a un niño. Pero… ¿no es ésta también la trama del Peter Pan más conocido por el gran público? Al fin y al cabo, Peter —cual hada maligna— llega por la ventana, engatusa a Wendy y, de alguna manera, la «secuestra» junto a sus hermanos. Pero Peter, claro, no es un hombre mayor y deprimido, sino un joven atractivo y rebelde a quien no le da la gana crecer. O sea, todo lo contrario. O sea, alguien deseable. Alguien, sin duda, con quien muchísimos más miembros del público querrían identificarse.

LA OBRA DE TEATRO: UN NIÑO QUE NO PUEDE, ¿O NO QUIERE CRECER?

Cuando el productor estadounidense Charles Frohman recibió el primer manuscrito de la obra de teatro protagonizada por un Peter Pan ahora adolescente, Barrie barajaba varios títulos: Gran padre blanco (nombre que le dan los indios Piccaninny a Peter); Pequeña madre (que le daría más protagonismo a Wendy) y el preferido del autor, El niño que odiaba a las madres (centrando el conflicto en el trauma de la ventana cerrada). A Frohman, sin embargo, no le convencieron las propuestas e insistió en que se llamara simplemente Peter Pan. A Barrie no le pareció mal, pero quiso añadir «o el niño que no podía crecer»: acotación que el estadounidense, más experto en marketing, cambió a «el niño que no quería crecer», una sutil diferencia que transformaba por completo la concepción, posterior desarrollo y recibimiento popular de Peter Pan.

Si Peter no puede crecer, es joven para siempre en contra de su voluntad, y éste era el personaje que Barrie aún tenía en mente: el Peter bebé había vuelto a casa para hacerse mayor y, al encontrarse con los barrotes en la ventana, quedaba atrapado en la eterna juventud porque no tenía otra opción. Si, sin embargo, Peter no quería crecer, era el propio personaje quien determinaba su estatus, cobraba más fuerza e incluso llegaba a ser digno de admiración. Con este sencillo cambio de palabras, la tragedia de Barrie se convertía en el triunfo del personaje. De no poder a no querer crecer, se pasaba del antihéroe al héroe. Y, como bien sabía Charles Frohman, los espectadores deseaban ver héroes, aunque éste en concreto fuera poco convencional.

El 27 de diciembre de 1904, a las 20.30, se estrenaba Peter Pan o el niño que no quería crecer en el teatro Duke of York de Londres. Barrie, entre bastidores, observaba el desarrollo de los acontecimientos. Nunca se había visto nada igual: el perro-niñera de los hermanos Darling; la llegada de Peter Pan, acompañado de un hada cuyo tintineo representaba un lenguaje mágico; los actores enganchados a poleas para volar a Nunca Jamás; una isla con sirenas, indios y casitas subterráneas; el cocodrilo del tiempo cuyo «tic-tac» espantaba a un pirata de una sola mano… En realidad, todo era una locura, radicalmente opuesta al teatro costumbrista que tantos éxitos había proporcionado a Barrie hasta entonces. Él, ansioso, esperaba el momento cumbre de la obra, mientras, en Nueva York, Charles Frohman aguardaba el telegrama confirmándole el éxito (o, más probablemente, fracaso) de la representación.

En el escenario de Londres, Peter Pan veía cómo la luz del hada Campanilla, tras beberse un veneno destinado para él, comenzaba a perder fuerza. Si Peter no hacía algo, el hada moriría. Entonces gritaba a los espectadores (es importante matizar que era un público adulto): «¿Creéis en las hadas? ¡Decid rápido que creéis! ¡Si creéis, agitad los pañuelos y aplaudid!». Barrie había pedido al director de orquesta que, si pasados unos segundos nadie contestaba al ruego de Peter, hiciera una señal a los músicos para que abrieran la veda… Pero el público aplaudió, vitoreó, creyó. En Nueva York, Charles Frohman recibió un telegrama poco antes de la medianoche. «Peter Pan ha ido bien. Parece que será un gran éxito.»

La obra fue, en efecto, tal éxito que, casi de inmediato, se hizo tradición reponerla Navidad tras Navidad. Que Peter Pan ya no fuera un bebé, sino un jovencito, era un acierto, ya que despertaba emociones más intensas en niños y adultos. Resultaba más sencillo sentir empatía por una fase de la vida a la que un niño llegaría pronto y que un adulto reconocía, recordaba y —seguramente— anhelaba. Barrie en ningún momento especificaba la edad exacta de su nueva versión del personaje, pero parecía oscilar entre los once y catorce años, convirtiéndose así en el primer héroe preadolescente. Las funciones matinales de la obra enseguida comenzaron a atraer a hordas de fanáticos que se ponían en primera fila para insultar al capitán Garfio y tirarle dedales a Peter (el objeto que Peter le entrega a Wendy como sustituto de un beso cuando éste afirma no saber lo que es). Las niñas deseaban ser sus novias o sus madres, los chicos querían luchar en su bando, y su decisión de no crecer despertaba debates desaforados. Peter Pan era un hit, un fenómeno de masas, una máquina de hacer dinero y los hermanos Llewelyn Davies cobraron cierta notoriedad pública porque Barrie, orgulloso, los presentaba como los verdaderos autores de la obra: «Supongo que siempre supe que inventé a Peter al frotaros a los cinco violentamente, como los salvajes que hacen fuego con dos palos —escribió Barrie muchísimos años después—. Eso es todo lo que es, la chispa que me disteis».

PETER Y WENDY: UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD

La primera vez que Wendy vislumbra la sombra de Peter Pan en su ventana, el narrador de Peter y Wendy comenta que «Wendy decidió de inmediato que estaba en presencia de una tragedia». El patriarca de los Llewelyn Davies, Arthur, murió en 1907, y Sylvia, su esposa, en 1910. Y Barrie, tras esta tragedia, se convirtió en tutor de los cinco hijos. Una acción que fue considerada noble y generosa por algunos, e inaudita por otros, ya que los chicos tenían parientes directos.

Cuando Barrie adoptó este nuevo rol de «padre», estaba escribiendo una obra que se titulaba provisionalmente La segunda oportunidad, y que luego se estrenó como Querido Bruto. En ella, un tal señor Lob transportaba a sus invitados de fin de semana a un bosque mágico en el cual cabía la posibilidad de cambiar el pasado. Barrie describía a este pícaro señor Lob como «un elfo que ha perdido su destino entre los mortales» y un «ser sobrenatural», a quien «si se le recordara hace setenta años, sería exactamente igual que hoy». Una especie de Peter Pan maduro que brindaba segundas oportunidades en la vida.

En este momento, Barrie se estaba replanteando el rumbo de su carrera: por un lado, reescribía la obra de teatro de Peter Pan para cada nueva temporada, de manera que el público repetidor experimentase alguna sorpresa. Por otro, ¿qué otra cosa podía inventar que superase el clamor del niño eterno? Cierto era que sus primeras novelas habían sido elogiadas por personalidades de la altura de Robert Louis Stevenson y D. H. Lawrence, y que su obra de 1908 Lo que saben todas las mujeres —una comedia en clave feminista— le había colocado en un lugar preferente entre las mujeres que reivindicaban sus derechos. La gente «amaba» a Barrie en cualquiera de sus facetas, eso estaba claro, pero no había absolutamente nada que igualara el éxito de Peter Pan. Quizá —dado lo mucho que le rogaban— podía darle una segunda oportunidad tanto a unos personajes que ya formaban parte del imaginario colectivo, como a sí mismo, en una nueva faceta de vida adulta, la paternidad, que había deseado con todas sus fuerzas. «Cuidado —escribió en su diario—, o puede que consigas lo que deseas.»

Así que Barrie se adentró en el bosque mágico del señor Lob y, además de convertirse por fin en un adulto responsable —tutor de cinco chicos de entre siete y diecisiete años—, se dio una segunda oportunidad: coger las riendas de su personaje y hacerlo protagonista de la gran novela que se merecía. Sí. Iba a escribir Peter y Wendy.

¿QUIÉN ES PETER PAN?: EL ENIGMA DE SU EXISTENCIA

 

Peter y Wendy, a primera vista, se parece a los otros Peter Pan… Pero luego, en realidad, no tanto. Y es que es aquí donde se explora más en profundidad el «enigma de la existencia», que Barrie se planteaba de manera obsesiva en las acotaciones de las reescrituras de la obra de teatro pero que en las representaciones —con más tendencia a la pantomima— no salía tanto a la luz. En la novela, en cambio, Barrie tiene oportunidad de explayarse y Garfio le pregunta directamente a Peter, «Pan, ¿quién sois? ¿Qué sois?», a lo que éste contesta: «Soy la juventud, soy la alegría. Soy un pajarillo que acaba de romper el cascarón». Una descripción a la que el narrador añade: «Esto era, en efecto, una tontería, pero le sirvió al infeliz de Garfio para comprobar que Peter no tenía ni la más mínima idea de quién era o qué era», cosa que el lector tampoco sabe y que ahora —gracias a estas palabras— anhela descubrir.

Barrie maneja al personaje en base a una serie de dualidades. Para el autor, a quien fascinaba la novela El extraño caso del doctor Jekyll y Mister Hyde de R. L. Stevenson, el mero hecho de existir implicaba ser dos. En un discurso en la universidad de Saint Andrews, él mismo confesaba la existencia de una doble personalidad a quien llamaba M’Connachie: «Yo soy la mitad arisca, práctica y astuta; él es la mitad fantasiosa. […] Desconfíen de M’Connachie. Cuando me miro en el espejo, veo su cara. Hablo con su voz. Antes tenía una voz propia, pero ahora lo oigo a lo lejos, como una musiquilla melancólica, solitaria y perdida. Todos tendrán a sus M’Connachies ahuyentándoles del camino. Como no estén en vigilancia constante, encontrarán que poco a poco les saca de ustedes mismos para usurpar su lugar…». Barrie sostiene que a veces no se reconoce a sí mismo y le concede tanto la duda como el desdoblamiento a su personaje, que se debate entre dos existencias: una más luminosa, y otra mucho más oscura.

Así, cuando uno lee Peter y Wendy descubre, desasosegado, que Peter no solo es el héroe de la aventura —como cabía esperar— sino, a la vez, también el villano. El máximo rival de Peter, Garfio, está concebido como el lado oscuro de su personalidad. Al igual que Peter, el pirata posee una doble naturaleza. En sus descripciones existen tantos rasgos positivos como negativos, y todo lo que se dice de él da a entender que se trata de un hombre incompleto. El narrador insiste en que es perverso y capaz de matar a un niño, pero también emotivo, melancólico y delicado. Caballero inglés a quien le importan, sobre todo, los buenos modales, se preocupa por dar miedo con su aspecto, lo que denota que no es tan temible. Al igual que al resto de los habitantes masculinos de la isla, le gustan los cuentos y también quisiera tener una madre.

Peter, como espejo del pirata, es un niño/hombre atormentado —sin quererlo— por preocupaciones que le quedan grandes (la incipiente historia de amor con Wendy, el dilema de hacerse mayor, la supuesta defensa de un «bien» que no acaba de conocer). El capitán Garfio, por su parte, es un hombre/niño, cuyo rol debería corresponderse más al del adulto de la isla, pero cuya única obsesión es acabar con Peter Pan, que le cortó la mano y se la dio al cocodrilo que ahora le acecha —tic-tac-tic-tac-tic-tac— para devorarle. Peter imita la voz del pirata con tanta perfección que (se dice en la obra de teatro) «incluso al propio autor le entra el vértigo de que, a veces, era realmente Garfio». Tanto Garfio como Peter disfrutan de extraordinarios poderes, a la vez que sufren de una soledad desesperada en la que se necesitan el uno al otro, ya que ambos libran la misma batalla contra el paso del tiempo: el adulto, aterrado ante la perspectiva de la muerte; el joven, empeñado en lograr uno de los anhelos más ancestrales del ser humano, la inmortalidad.

Un niño inmortal o eterno implica, de por sí, dos ideas: o que ha muerto o que jamás morirá. Recordemos que el germen del personaje provenía de David, el hermano de Barrie que, al morir a los trece años, permanecería como un niño para siempre. En algunos de los apuntes que hizo Barrie antes de escribir la primera versión de la obra de teatro (las conocidas como Fairy Notes, sus Notas para obra de hadas) Peter es descrito como un elfo maléfico: «Peter de negro como severo representante del Destino»; «Peter deja morir a los niños en el bosque, se regocija contemplándolos»; «Peter brinca en medio de cosas trágicas y tristes». Un concepto bastante lejano del Peter más etéreo que ha trascendido al imaginario colectivo.

En Peter y Wendy, además, también se hace referencia a la anterior vida del personaje en los jardines de Kensington, mencionando su faceta de enterrador de niños, y su hogar en una isla donde convive con las golondrinas, que son los espíritus de los niños muertos… Si uno se fija bien, en esta nueva versión del Peter adolescente, la noción de la muerte está por todas partes. Para empezar, Peter no es un hada en el sentido moderno de la palabra, pero tampoco es humano. El primer capítulo de la novela, «La aparición de Peter» («Peter Breaks Through») es significativo, pues en inglés el verbo «break through» se utilizaba en el espiritismo de la época para designar la posesión de un espíritu por el alma de un muerto. El niño aparece vestido con hojas otoñales y telarañas unidas por la savia de los árboles, ropa que sugiere el bosque, pero también la tumba. Peter, en la laguna de las sirenas, ignora por completo la pregunta de Wendy de si cree que ambos se ahogarán y se dice de él que es tan intangible como un fantasma. Peter, los niños perdidos y los hermanos Darling crean un hogar en una casita subterránea que evoca los túmulos funerarios que antes se creían habitados por las hadas, y la «familia feliz» de Wendy se alimenta de comidas de mentira y no conoce ninguna otra.

Aparte de estas referencias, la muerte se considera un juego más. La propia Campanilla trata de matar a Wendy como si tal cosa, y para Peter, «¡morir será una aventura formidable!», frase que se convierte en un leitmotiv casi vampírico y que, por cierto, se eliminó de las representaciones teatrales que se hicieron durante los años de la Primera Guerra Mundial (en la cual murieron alrededor de un millón de jóvenes soldados británicos).

Para Barrie, la idea de la eterna juventud es equiparable a la muerte y también al concepto de la inexistencia. Cuando la señora Darling, al principio de Peter y Wendy, descubre a Peter Pan en las mentes de sus hijos, lo recuerda como un psicopompo que acompañaba a las almas de los difuntos al más allá, pero también como un niño que no le da miedo «porque creía haberlo visto en los rostros de muchas de las mujeres que no tienen hijos». Es decir, Peter también es una especie de niño idealizado, perfecto y deseado… pero que no ha llegado a existir.

La ambigüedad, desde luego, está servida. Porque otro de los grandes enigmas es la propia existencia del personaje dentro del mundo diegético de la novela. Peter Pan es real, ¿o solamente pertenece a la imaginación infantil? La Señora Darling, por ejemplo, de pequeña había creído en él pero ahora, de adulta, «no estaba nada convencida de que pudiera existir alguien semejante».

LAS PARADOJAS DE LA IMAGINACIÓN

La distinción entre realidad e imaginación o existencia e inexistencia se relaciona, inevitablemente, con la suspensión de la incredulidad: la habilidad de distinguir entre la ficción narrativa y el mundo real. Los niños tardan en hacerlo, y su pregunta más habitual ante un espectáculo o cuento es si lo que está sucediendo es «de

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