Presentación
I
El título del presente volumen, sin duda chocante para los lectores desavisados, proporciona sin embargo una pista inequívoca a los conocedores de la obra de Rafael Sánchez Ferlosio. Remite a un célebre pasaje de su único escrito netamente autobiográfico, «La forja de un plumífero», publicado en 1998. El pasaje reza así:
Tras escribir El Jarama —entre octubre de 1954 y marzo de 1955—, agarré la Teoría del lenguaje, de Karl Bühler, y me sumergí en la gramática y en la anfetamina. Cuando un clérigo da lugar a algún escándalo, la discretísima Iglesia católica, experta en tales trances, lo retira rápidamente de la circulación, y al que pregunta por él, tras haber advertido su ausencia, se le contesta indefectiblemente: «Oh, el padre Ramoneda se ha recogido para dedicarse a altos estudios eclesiásticos»; a mí no me hizo falta ningún obispo que me retirase, sino que me bastó con el inmenso genio de Karl Bühler y la irresistible sugestión teórica y expositiva de su obra —y quizá algo de horror o repugnancia por el grotesco papelón del literato que, tras el éxito de El Jarama, se cernía como un cuervo sobre mi cabeza— para retirarme de la circulación y consagrarme a «altos (o bajos) estudios gramaticales» durante quince años.
Y bien: el grueso de los textos reunidos en este volumen constituye la «cosecha» principal de esos quince años, la más directamente ligada a esos «altos (o bajos) estudios gramaticales», al menos entre cuanto ha llegado a ver la luz de lo mucho que en ese tiempo llegó a escribir Ferlosio. Para hacerse una idea más aproximada sobre la muy peculiar naturaleza de estas páginas, conviene tener presente lo que, en «La forja de un plumífero», añade el autor al pasaje ya citado. Cuenta allí su episódica alianza, para sus estudios de lingüística, con su viejo amigo Víctor Sánchez de Zavala, con quien llegó a mantener «una pequeña tertulia gramatical» en la que habrían participado también Carlos Peregrín Otero, Carlos Piera e Isabel Llácer. Aquello duró unas pocas sesiones —«no pasarían de siete u ocho»—, luego de las cuales el mismo Sánchez de Zavala habría excluido a Ferlosio de ulteriores reuniones o seminarios liderados por él, debido, decía, a su actitud de «aficionado». «Yo era, sin duda, académicamente muy indisciplinado», admite Ferlosio, no sin expresar cierto rencor por aquel apartamiento; «había empezado por Bühler y ya me adentraba por la gramática histórica del griego y el latín o por los estudios de Gelb y Goldstein sobre las afasias, desde los cuales salté a estudiar la Psicología de la Gestalt, un verdadero paraíso para el anfetamínico, con apenas rudimentos de la gramática escolar».
De todos esos estudios y tanteos quedan trazas bien reconocibles en muchas de las páginas aquí reunidas; como quedan también trazas de los muy particulares estados de concentración, euforia y lucidez que procura el consumo continuado de anfetaminas. En el texto que se viene citando, Ferlosio acusa los efectos del solipsismo a que quedó condenado tras la presunta exclusión del pequeño grupo congregado alrededor de Sánchez de Zavala. Un solipsismo que agudizó sin duda la anfetamina, tan «extremadamente querenciosa de la soledad», según él mismo reconoce. El caso es que los «altos estudios gramaticales» de Ferlosio se desarrollaron de manera muy anárquica, con la avidez y el desorden característicos del autodidacta, y sin los siempre beneficiosos efectos que entrañan las búsquedas compartidas, el contraste y la discusión de las propias intuiciones y hallazgos.
«No quiero ni pensar en lo que pueda haber quedado en aquellas decenas de millares de páginas de apuntes, probablemente crípticos hasta para el mejor y más voluntarioso entendedor», escribe Ferlosio recordando «aquellos quince años —de 1957 a 1972— de gramática, casi en exclusiva, y de mayor furor grafomaníaco». De aquel magma supuestamente inextricable, la mayor parte de lo que el autor dio por bueno se halla reunido, como va dicho, en el presente volumen, cuyo contenido, sin embargo, queda lejos de ceñirse estrictamente a asuntos de gramática, por mucho que ésta constituya el tronco del cual parten y se nutren la mayor parte de sus averiguaciones y consideraciones.
Pese al retrato algo asilvestrado y hasta cierto punto extravagante que Ferlosio ofrece de sí mismo en aquellos años, conviene observar que su interés y dedicación a la gramática no eran excepcionales, aun tratándose, como en su caso, de un narrador ya reconocido. En una reseña de «Guapo» y sus isótopos (publicada en la Revista de Libros, núm. 165, septiembre de 2010), Carlos Piera subraya «una peculiaridad de la literatura española de entre, digamos, mil novecientos cincuenta y tantos y los primeros sesenta», a la que se refiere en los siguientes términos: «No sé que entonces hubiera ninguna literatura en Europa o América con más escritores relevantes interesados por lo lingüístico hasta el extremo de dedicarse a ello o intentarlo en serio. Ferlosio y Gabriel Ferrater son los casos más claros; se podría añadir al menos inesperado García Calvo, que es filólogo profesional (y en cierto modo un filólogo más idiosincrásico), y llegar hasta Aníbal Núñez, que se quedó en puertas. Por no hablar de Tomás Segovia, en el exilio. Es normal que la lengua llame la atención de un escritor, pero ni el propio Guimarães Rosa, que se entretenía aprendiendo una cantidad prodigiosa de idiomas, dio el paso de convertirse, siquiera temporalmente, a la lingüística teórica. Quizá esta singularidad ibérica tenga el mismo origen que la intrincada prosa expositiva, como extraída con sacacorchos, que tenían al principio Ferlosio o Sánchez de Zavala. Algunos, en la larga posguerra española, sentían como si tuvieran que adquirir el lenguaje mismo, y por tanto lo examinaban con cuidado y lo usaban con enormes precauciones».
De este valioso apunte importa subrayar aquí las dos últimas frases, que apuntan a un asunto capital a la hora de enfrentarse a la obra ensayística de Sánchez Ferlosio: el de su estilo. Estirando del hilo que Carlos Piera deja colgando en su apunte, cabe traer a colación una carta enviada por Ferlosio a Josep Maria Castellet en 1965. En ella, con motivo de recomendar la publicación del que iba a ser el primer de libro Víctor Sánchez de Zavala (Enseñar y aprender, 1965), reputado de difícil, Ferlosio señala como «uno de los más serios» problemas que padece la vida intelectual española de aquella hora la resistencia por parte de los lectores a toda escritura en la que se refleje el esfuerzo por «romper con las arcaicas inercias verbales, en busca de un estilo cuya complejidad y sutileza estén a la altura de las difíciles cosas que es preciso decir».
Ferlosio confiesa en aquella carta llevar «más de ocho años peleando con mis cada día más voluminosos papeles, sin conseguir acercarme —antes, por el contrario, me temo que alejándome cada vez más— a un estilo expositivo mínimamente viable». Tanto en su caso como en el de su amigo Víctor Sánchez de Zavala, dice, «se trata fundamentalmente de lo que podría llamarse ‘construir la frase y el periodo en tres dimensiones’, como ya la gramática oral nos permite construir sus partes; es decir, de no resignarse a poner —forzados por la linealidad del discurso común— en sucesión las relaciones en las que las exigencias del concepto piden una articulación lateral».
Por el tiempo en que escribe estas palabras, y a pesar del escepticismo que en la carta manifiesta respecto a sus logros, Ferlosio llevaba ya un tiempo experimentando con la herramienta que iba a permitirle practicar por su parte ese estilo «tridimensional» al que hace referencia: la hipotaxis. Confiado en que el castellano ofrece en su sintaxis «una riqueza, una finura y una complejidad extraordinarias en cuanto a posibilidades constructivas», Ferlosio se dedicó una y otra vez a ensayar largas y complejas frases poliarticuladas de muy largo aliento, persuadido de que sólo a través de ellas «podía decir tal o cual cosa de un modo satisfactorio, por suficientemente preciso, circunstanciado y completo».
Ya por entonces, pues, «en los primeros sesenta», emerge la que sin duda ha sido la característica más señalada de la escritura de Ferlosio a lo largo de medio siglo: ese imponente estilo hipotáctico que él mismo compara con «galeones o navíos de línea de poderoso casco, múltiple arboladura y complicado aparato de velamen». Ferlosio es el primero en alertar de los múltiples peligros que entraña apostar por un estilo así —peligros a los que él mismo reconoce haber sucumbido. «Lo cual no quiere decir, en modo alguno —se lee en un apunte inédito de junio de 1997—, que, a despecho de prestarse a complacencias lúdicas que acaban en catastróficos naufragios, deje yo de considerarla [a la hipotaxis] el “gran camino” de ‘la lengua’, frente a la “pequeña tranquilidad” de ‘la prosa’ (huelga ya anteponerle, tras lo dicho, el adjetivo ‘bella’).»
El estilo buscado, escribe Ferlosio en la carta ya citada, «no se puede inventar sino ensayando y errando con libros que, aparte de llevar a los lectores a la conciencia de su necesidad y propagar entre ellos el acicate de su búsqueda, vayan venciendo los prejuicios e inercias de un oído anquilosado en los carriles de lo inmediatamente comprensible». Pues bien: los textos reunidos en el primer bloque de este volumen, así como en el anexo, son el más palpable testimonio de esa búsqueda, de ese empeño por ir «ensayando y errando» una lengua capaz de decir cosas nuevas de una manera nueva.
Importa ahora subrayar uno de los dos verbos empleados por Ferlosio en el pasaje recién citado: ensayar. Un verbo que remite al género, el del ensayo, en que se encuadra su personal búsqueda y al que cabe adscribir la práctica totalidad de los textos aquí reunidos. Resulta difícil, en la actualidad, calibrar el carácter tentativo y la dimensión polémica que medio siglo atrás conservaba aún el ensayo como género. De 1958 es «El ensayo como forma», de T. W. Adorno, autor que se cuenta sin duda entre los leídos con más atención y provecho por Ferlosio. Muchos de los rasgos que al género atribuye Adorno en ese texto ya clásico sirven inmejorablemente para describir la manera en que el mismo Ferlosio procede en su propia escritura. «El ensayo —escribe Adorno— urge, más que el procedimiento definitorio, la interacción de sus conceptos en el proceso de la experiencia espiritual. En ésta los conceptos no constituyen un continuo operativo, el pensamiento no procede linealmente y en un solo sentido, sino que los momentos se entretejen como los hilos de una tapicería […] El ensayo piensa discontinuamente, como la realidad es discontinua, y encuentra su unidad a través de las rupturas, no tratando de taparlas […] El ensayo es lo que fue desde el principio: la forma crítica par excellence, y precisamente como crítica inmanente de las formas espirituales, como confrontación de lo que son con su concepto, el ensayo es crítica de la ideología […] Para el ensayo todos los objetos están en cierto sentido a la misma distancia del centro, del principio que los embruja a todos»…
Estos y otros pasajes contribuyen a sustentar la pretensión de que la «forma» del ensayo se adaptaba inmejorablemente al estilo expositivo de Ferlosio, cuyas complejidades, según se viene viendo, no respondían a ningún tipo de autocomplacencia sino, muy al contrario, a una radical exigencia de rigor a la hora de enfrentar las cuestiones consideradas. El mismo Ferlosio, sin embargo, siempre muy autocrítico, sostiene en la actualidad que sus «productos» (sic) no responden, en modo alguno, ni a la citada caracterización del género «ensayo» por T. W. Adorno, ni a lo que él mismo ha pretendido y creído hacer. En realidad —reconoce—, la multiplicidad de determinaciones que forman su argumento parece inclinarse a menudo al deseo de anticiparse a posibles objeciones, antes que a ofrecer a los lectores abierta y vulnerable la cuestión. Si bien «afortunadamente —gusta de decir Ferlosio— el cubo de agua taladrado por el culo tiene más agujeros que dedos tienen las manos del que intenta taponarlos».
En la carta a Castellet que viene citándose (escrita, recuérdese, en 1965), Ferlosio arremete contra «el desaforado personalismo vigente», que reclama «libros que vengan a ser como una suerte de tajante, fideística y definitiva declaración de dogmas personales». Una reclamación que él tacha como «la más anticientífica que pueda imaginarse, por cuanto, lejos de proyectarse el interés hacia la cosa considerada, lo vuelve enteramente hacia ‘la verdad de la persona’». Es la abundancia de ese tipo de libros la que invita a desdeñar cualquier otro que no se presente «como una exposición de conclusiones y declaración de principios» sino, más bien, «lleno de respetuosas vacilaciones y meras proposiciones de vías de investigación». Pero este es precisamente el tipo de libro al que Ferlosio se siente inclinado: «un libro que se limite a suscitar y a proponer, a invitar al lector a que extienda la mirada sobre todo el panorama de las cosas que habría que tener en cuenta para encarar debidamente el asunto que se trata».
Tal es el proceder de la mayor parte de los textos aquí reunidos, que por su parte tratan de asuntos ciertamente muy variados, que como se ha dicho exceden el ámbito de la gramática. De la prolongada dedicación de Ferlosio a ésta, sin embargo, deriva su constante apelación a la lengua como «marco jurídico» —por así decirlo— en que opera la razón; un marco al que la gramática sirve en cierto modo de código conforme al cual regirse. Así ocurre en toda la obra de Ferlosio, no únicamente la ensayística; pero es en los textos reunidos en este volumen donde esto se hace más flagrante, por cuanto en ellos la gramática, además de procurar el instrumental de que se sirve principalmente el autor para enderezar sus reflexiones, se constituye a menudo en objeto de las mismas.
Entre las otras muchas cuestiones abordadas en estos textos se reconocen, palpitantes ya, varias de las que luego se volverán recurrentes en los ensayos posteriores del autor. Tanto más revelador es, en tales casos, constatar de qué modo esos años de retiro, consagrados a «altos estudios eclesiásticos», fueron los de la fragua de un pensamiento y de un estilo que, con formidable acopio de recursos y de energía, así como de saberes de todo tipo, habían de desplegarse espectacularmente en las décadas siguientes.
II
El presente volumen ha sido conformado con un criterio a la vez cronológico y temático. En la primera parte, y bajo el título de «Antigüedades», se reúne, como ya se ha dicho, casi todo cuanto Ferlosio salvó de sus años de dedicación casi exclusiva a la gramática. Si se da crédito a lo que el propio Ferlosio cuenta acerca de cómo era su vida en aquellos años, se comprende que se preocupara poco o nada por dar forma a sus innumerables apuntes, menos aún por publicarlos. Hay que congratularse de que, impelido por vaya uno a saber qué incitaciones, se decidiera a dar a la luz, en 1966 y en la Revista de Occidente, un texto fechado en Madrid entre abril de 1962 y noviembre de 1965, intrigantemente titulado «Personas y animales en una fiesta de bautizo». Este ensayo pasa por ser el primero propiamente dicho de los publicados por Ferlosio, y anuncia ya su manera característica de practicar este género, además de —como ha observado Tomás Pollán— sentar las bases de su peculiar y constante «actitud cognoscitiva», formulada aquí en los siguientes términos: «guardar celosamente las distancias con las cosas y reconocer su inconmovible alteridad es la primera condición de todo conocer». A las mismas fechas corresponde la escritura de «Músculo y veneno», fechado en 1966 pero que permaneció inédito hasta muchos años después, cuando su autor lo incluyó en una recopilación de sus ensayos y artículos publicada en 1992. Estos dos ensayos indagan en los ámbitos respectivos de la infantilidad y de la feminidad, al decir de Ferlosio dos inventos de la mentalidad adulta destinados a mantener en su papel subordinado a los niños y las mujeres, que son, tradicionalmente, «los que se quedan en casa»; de ahí el título común atribuido tanto a estos dos ensayos como al que sirvió de prólogo a una edición del Pinocho de Collodi publicada en 1972, prólogo en el que, entre otras cosas, el autor vuelve sobre la cuestión de los «lenguajes adaptados».
Estos tres ensayos preliminares ilustran ejemplarmente de qué modo las consideraciones gramaticales se imbrican siempre con otras de más amplio interés, cuyos términos aquéllas contribuyen a enfocar rectamente y esclarecer. Así ocurre siempre en los ensayos de Ferlosio, incluidos aquellos de apariencia más «técnica» o «científica», por así decirlo, más centrada en cuestiones específicas de la lengua y de su empleo, como es el caso de «Guapo» y sus isótopos, acaso el testimonio más neto y más representativo del tipo de atisbos alcanzados durante los años de dedicación a los «altos (o bajos) estudios gramaticales». Este «ensayo de semántica», como lo califica su autor, también permaneció inédito hasta 2009, es decir, casi cuarenta años después de haber sido concluido, en 1970, y ello a pesar de que, según Ferlosio, era el único de sus escritos lingüísticos «uniforme, acabado y casi preparado para la edición». El tiempo apenas ha hecho mella en un trabajo que discurre sobre un asunto del que la lingüística no se ha ocupado «ni antes ni en las décadas que lleva escrito el estudio de Ferlosio, y eso que es un fenómeno claro, razonablemente distinto y, en potencia, revelador» (Carlos Piera, en la reseña ya citada). De su lectura se desprenden dos evidencias que en él destacan especialmente pero que valen igual para todos los trabajos en que Ferlosio aborda directamente asuntos relacionados con la lengua: su portentoso genio de gramático (afortunadamente desviado por caminos que lo han proyectado a cuestiones de interés más general) y su total desentendimiento de «las convenciones expositivas que, por mor supuestamente de una mayor diafanidad, rigen hoy en la bibliografía lingüística común».
Contemporánea a la redacción de «Guapo» y sus isótopos fue la de Las semanas del jardín, un inclasificable tratado de narratología imbricado con todo tipo de consideraciones y dividido en «semanas», término genérico que Ferlosio ideó para la ocasión, recordando el título de una obra que Cervantes anunció pero nunca llegó a escribir. En «La forja de un plumífero» dice Ferlosio que tenía acabada la primera semana en 1968, y que la segunda la concluyó a comienzos de los setenta, empezando enseguida la tercera, que dejó inconclusa y que, según sus palabras, «ya debe de estar seca o podrida en no sé qué cajón», a pesar de los anticipos que se hacen de ella en las precedentes. Las dos primeras «semanas» se publicaron por separado en dos volúmenes sucesivos de la editorial Nostromo, en marzo y diciembre de 1974, respectivamente, y en los textos de cubierta procuraba el autor —bien que de manera muy metafórica y algo críptica— algunas claves sobre su método expositivo, del que esta obra inclasificable e inacabada constituye todo un paradigma. En Las semanas del jardín proliferan las largas frases hipotácticas que, como ya se ha dicho, serán la marca estilística de su autor, quien se muestra aquí ya perfectamente dueño de este recurso.
A modo de anexo, se incluye en este volumen un texto que se encuadra de lleno en los años consagrados por Ferlosio a los «altos estudios eclesiásticos», si bien es de una naturaleza muy particular, por cuanto se trata, en rigor, de los comentarios que el mismo Ferlosio adosó a su traducción de «Memoria e informe sobre Víctor de Aveyron», de Jean Itard, un texto clásico de comienzos del siglo XIX dedicado a la experiencia de este médico y pedagogo francés como responsable de la educación de un «niño salvaje» encontrado en 1799 en aquella región francesa. El texto de Itard fue recuperado y puesto en circulación en 1964 por Lucien Malson en su libro Les enfants sauvages. Mythe et réalité, que gozó de cierta resonancia en su día y que Ferlosio leyó al poco de su publicación, en 1965. Tanto le gustaron los textos de Itard, que se puso a traducirlos por propia iniciativa. Conforme los traducía, Ferlosio tomaba notas, a veces muy extensas, que escribía en los «mismos cuadernos que la traducción» y que resolvió finalmente añadir al final de la misma, engrosando llamativamente el volumen resultante. De hecho, Ferlosio tradujo y anotó el libro completo de Malson, en el que se incluían la memoria e informe de Itard, pero ocurrió que cuando aquél recibió el ejemplar de la traducción española, insólitamente abultada por un cuerpo de notas en las que el traductor, por lo común acorde con su texto, rectificaba sin embargo algún punto de vista o alguna interpretación de los hechos, se enfadó y ordenó retirar la edición. Esto ocurría en 1973. Años después, en 1982, los editores españoles decidieron recuperar la traducción del texto de Itard, ya sin el ensayo de Malson, pero sí con los comentarios de Ferlosio, y éste asumió la tarea de refundirlos en su mayor parte, de forma que la nueva edición resultante apenas dejó a un lado una cuarta parte de las notas iniciales, aquellas que se ceñían más estrictamente al comentario de pasajes muy concretos del texto de Malson. En la correspondiente nota sobre el texto —que el lector encontrará al final de este volumen— se proporcionan más detalles de este accidentado episodio; de momento, baste saber que lo que se da aquí como anexo es el texto completo del volumen publicado en 1982 por Alianza, en cuya portada se lee: «Jean Itard: Memoria e Informe sobre Victor de l’Aveyron |Rafael Sánchez Ferlosio: Comentarios». Como ya queda claro, Ferlosio es además el traductor de los textos de Itard, vertidos por él al castellano de un modo en verdad impecable. Traducción y comentarios forman un todo indisociable que aquí se ha respetado íntegramente, y que se recupera cuando se cumplen veinte años de la última reimpresión del libro de Alianza, en 1995.
En «La forja de un plumífero» dice Ferlosio que considera los comentarios a los textos de Itard «como mi mejor producto». Bastaría esta declaración para rescatarlos con todos los honores en el marco de un proyecto que se propone reeditar y reordenar la práctica totalidad de su producción ensayística. Pero es que además se trata de una pieza fundamental para documentar esos años de apartamiento y de dedicación «casi en exclusiva» a la gramática, por cuanto demuestra que el estudio de ésta no se convirtió nunca en un fin por sí mismo, sino que procuraba a Ferlosio la perspectiva y el procedimiento con que tratar cualquier materia de la que se ocupara. La condición de «notas» o «apuntes» que asumen los comentarios justifica su naturaleza dispersa, fragmentaria, digresiva, si bien no es difícil reconocer, aquí también, la recurrencia de «esas cuatro farragosas, obsesivas y pegajosas ideas» que desde muy pronto pululaban «sin fijeza» en la mente del autor y que, puesto éste a la tarea de prestar su voz «al fruto de un pensamiento ajeno», se le colaban «en tropel a cada instante, una y otra vez, intentando abrevarse de la tinta destinada a mi tarea de traducción, para salir a la luz colgados de la pluma». Resultan patentes, así, las conexiones de estos comentarios con un ensayo como «Personas y animales en una fiesta de bautizo» o con el prólogo al Pinocho de Collodi, textos en los que temas como la condición de los niños, el papel de la enseñanza o la adquisición del lenguaje tienen un protagonismo destacado.
La segunda parte de este volumen, titulada «Diversiones», da, respecto a la anterior, un gran salto en el tiempo. Recoge textos escritos y publicados mucho después de los reunidos en la primera parte, si bien se hallan claramente conectados con ellos. Al comienzo de «El castellano y la Constitución», fechado en Madrid y Coria en los años de 1996-1997 y 1999, escribe Ferlosio: «Hace veinte años me había propuesto no decir ya ni mu sobre asunto de lenguaje, no por otra cosa, tras millares de noches y cientos de cuadernos, que por mi salud mental. Pero, como todavía hay personas que siguen llamándose a agravio por el primer párrafo del artículo tercero de la Constitución […] me veo empujado a hacer una excepción y “cantar la mía” —como decían en el Tartarín de Tarascón— sobre el asunto». El pasaje deja bien claro que en algún momento situado hacia finales de la década de los setenta Ferlosio, de alguna manera forzado a reducir drásticamente el consumo de anfetaminas —no sólo debido a que entretanto se iban haciendo cada vez más difíciles de conseguir, sino también «al desorden y la dispersión» en que lo venían sumiendo de forma cada vez más acusada, perdida «la enorme capacidad de recuperación que tenía a los treinta y los cuarenta años»—, abandonó gradualmente sus «altos estudios eclesiásticos» y reingresó a una relativa normalidad, intensificando mucho sus hasta entonces esporádicas colaboraciones periodísticas, particularmente en El País, donde comenzó a publicar con cierta regularidad artículos «sobre política y sobre ideología». Los «demonios» de la gramática quedaron así confinados en «aquellas decenas de millares de páginas de apuntes, probablemente crípticos hasta para el mejor y más voluntarioso entendedor», lo cual no supone, en modo alguno, que dejaran de incordiar y de tentar al escritor, ocupado en asuntos sólo aparentemente muy alejados de la lengua. El genio gramático de Ferlosio siguió manifestándose indirectamente en muchos de los artículos y ensayos de los años ochenta y noventa, y al final de esta década irrumpió de nuevo en dos ensayos relativamente extensos, publicados por primera vez en el libro misceláneo El alma y la vergüenza (2000): «Glosas castellanas» y el ya mencionado «El castellano y la Constitución». El punto de partida del primero de estos dos trabajos es la réplica que Ferlosio da a un artículo de Fernando Lázaro Carreter, hasta hacía bien poco director de la Real Academia Española de la Lengua, nada menos. La «pasión gramatical» del autor emerge aquí con toda su fuerza y toda su contundencia, dando lugar, una vez más, a todo tipo de especulaciones acerca de los rendimientos que hubiera alcanzado de haberse enderezado por derroteros más convencionales. En cuanto a «El castellano y la Constitución», el breve pasaje citado da razón del motivo que impulsó a Ferlosio a escribir este ensayo, en el que el asuntos de la lengua se imbrica con otra de las pasiones del autor: la Historia, en particular la de España, de la que Ferlosio demuestra tener amplísimo conocimiento, acreditado ya en Las semanas de jardín, y luego en abundantes artículos y ensayos, como Esas Yndias equivocadas y malditas.
Una vez quebrantado el propósito de «no decir ni mu sobre asunto de lenguaje», Ferlosio no se ha privado de incidir ocasionalmente en él, también en su faceta de articulista, y siempre con el espíritu que refleja la etiqueta de «Diversiones» que él mismo adjudicó, en El alma y la vergüenza, a estas renovadas incursiones en la materia. «Lenguajes», «Barroco» y «Adversus Varronem» son muestras ejemplares de sus finas dotes de observador y analista de toda cuestión relativa a la lengua. El último de estos artículos sirve de puente a los tres que se dan en apéndice, dado que se ocupan de un asunto más propio de la aritmética que de la gramática: la fecha correcta de entrada del tercer milenio, para algunos el 1 de enero del 2000 y para otros —entre los que se cuenta Ferlosio, armado de los más concluyentes argumentos— el 1 de enero del 2001. Estos tres artículos, que actúan en cierto modo como colofón de este volumen, sirven para subrayar un aspecto consustancial a la mayor parte de la obra ensayística de Ferlosio: ese prurito suyo de que, «una vez puesta en querella una cuestión, los argumentos que se esgriman sean pertinentes, ciertos y plausibles», y el modo en que él mismo cumple este precepto con ánimo a un tiempo lúdico y polémico, armado a partes iguales de apasionamiento y de humor.
El presente es el primero de cuatro volúmenes en los que se reunirá, convenientemente revisados y ordenados, todos los ensayos y artículos publicados por Ferlosio hasta la fecha. A modo de preámbulo, el autor ha dispuesto anteponer al conjunto un texto al que él mismo concede, con razón, un valor muy especial: «Principium individuationis», entresacado del ensayo «La señal de Caín», de 1996.
El apunte «Sobre la hipotaxis y el aliento de la lectura», que se incluye también al frente de este volumen, a continuación de «Principium individuationis», advierte al lector —al tiempo que las justifica— de las dificultades a que se enfrenta, no mayores que las que entraña para el autor su empeño de servirse de las ricas posibilidades constructivas de la sintaxis del castellano. El apunte ha sido entresacado directamente de los cuadernos de Ferlosio, concretamente de dos entradas sucesivas correspondientes a los días 16, 17 y 18 de junio de 1997.
Con excepción de este apunte, todos los textos aquí reunidos han sido publicados previamente, y se dan conforme a la última edición revisada por el autor, que ha eludido la tarea de releerlos para esta ocasión y se ha limitado a supervisar los trabajos de la edición, despejando dudas y reparando ocasionales errores de anteriores ediciones. Al final del volumen encontrará el lector unas breves notas sobre cada texto en particular. Encontrará también un índice descriptivo de Las semanas del jardín, que se ha estimado de utilidad para su consulta. También como herramienta idónea para la consulta de los contenidos de todo el volumen, se ha confeccionado un índice de nombres, de obras citadas y de conceptos. Y en último lugar va un índice pormenorizado de todos los elementos del libro.
Todas las notas al pie son del autor de los textos, a menos que se indique lo contrario. Las muy esporádicas notas de los editores son señaladas mediante asteriscos.
Los editores agradecen a Gonzalo Hidalgo Bayal, a Carlos Piera y a Tomás Pollán su colaboración. Y a Rafael Sánchez Ferlosio la confianza, la complicidad y, sobre todo, la paciencia y la resignación con que nos ha consentido volver sobre algunos textos muy viejos, muy alejados de sus intereses actuales, que a él mismo no deja de producirle escrúpulos poner de nuevo en circulación, dada la extrañeza y hasta el desapego que experimenta hacia algunos de ellos.
En los trabajos de edición, han sido muy valiosos la participación y los esfuerzos de Isabel Germán y de Carles Mercadal.
Confiamos que al lector se le hagan evidentes las razones de nuestro empeño por recuperar esos textos, y comparta con nosotros el convencimiento sobre su interés y sobre su valor, tanto mayores en la medida en que sirven de inmejorable puerta de acceso al conjunto de una obra cuya importancia y cuyo relieve no cesan de incrementarse con el transcurso del tiempo.
Ignacio Echevarría
Noviembre de 2015
PREÁMBULO
«Principium individuationis»
Para compenetrarse, en todo el alcance que aquí quiere tener, con la idea de que el dolor es absolutamente irreparable, creo conveniente tratar de disipar las equivocidades que enmarañan el constante trasiego irreflexivo de la hoy tan zarandeada idea de «individuo». Por lo pronto, la muchedumbre de abogados, tan solícitos como insolicitados, erigidos hoy día en gratuitos e incondicionales defensores del individualismo, parecen concentrar todos sus fervores más bien en el concepto de «individuo» —cuando no, simplemente, en la palabra a secas— que en los individuos mismos. El caso es que los actuales paladines del individualismo, y los acérrimos celadores de la supremacía del individuo como valor supremo, de la dignidad del individuo y de la inalienabilidad de sus derechos, tan unánimemente celebrados entre la actual mayoría biempensante, no acaban de aclarar del todo qué es lo que defienden, y, en especial, cuál es el individuo por el que combaten.
La ambigüedad se origina sobre todo desde el tan fervorosamente encarecido precepto —por no decir «edicto»— de la tolerancia. Este precepto debe su actual resurgimiento, de acrecentada intensidad respecto de cualquier otra recurrencia precedente, a una concreta situación social internacional de recrudecimiento y multiplicación de los rechazos y los conflictos entre grupos y personas de origen diferente, a raíz del gran aumento de contactos producido por los cada vez más amplios movimientos migratorios. De esta manera, la acentuada predicación de tolerancia, al ser puro reflejo de la alarma social suscitada por el incremento y el exacerbamiento de las actitudes y los episodios de repulsión entre grupos «diferentes», ha venido a condicionar la predicación del respeto al «individuo», concomitante con la de la tolerancia, polarizando ese respeto, de manera concentrada —y para los efectos, exclusiva—, sobre «los rasgos diferenciales», «las peculiaridades distintivas», «los caracteres culturales», etcétera, esto es, sobre crudas y desnudas determinaciones específicas. De modo, pues, que de la concomitancia y el solapamiento de la idea de tolerancia con la de respeto al individuo resulta una desgraciada concepción de éste: la que viene a cifrar su singularidad en una multiplicación de notas específicas, haciéndolo consistir en pura descripción cualitativa o determinación clasificatoria, a semejanza de un código de barras o un código genético. Esta forma de concepción del individuo, condicionada por las recomendaciones de respeto vinculadas a la predicación de la tolerancia, converge, de manera pintoresca, con la de los que se suben por las nubes en la apología del individuo como una realidad única e irrepetible, henchidos de admiración por la riqueza insondable que el individuo humano encierra en sus entrañas; todo ello, en fin, con un encarecimiento tan desmesurado que no puede dejar de hacer vibrar, en todo oído mínimamente suspicaz, el diapasón detector del histrionismo emocional característico de los imperativos ideológicos que amordazan la secreta convicción de su profunda falsedad: cuanto más parecidos son, en la estrechez de su indigencia y en la mimética gregariedad de sus estereotipos, los individuos de hecho, tanto más necesario es prodigarse en teatrales y aparatosas reverencias ante el fetiche ideológico del individuo. La convergencia de esto con aquello está en que en ambos casos el principium individuationis sigue el criterio de la determinación cualitativa. Pero en semejante espectro cromático de determinación el individuo nunca llegó a ser visto como el sujeto del dolor: aquella percepción del individuo que connota en sí misma la evidencia de que el dolor es absolutamente irreparable se ha quedado fuera.
La imagen de lo que fue tipificado como «genocidio» permanece latente en la mirada de los que se indignan ante las actitudes de rechazo, con toda clase de atropellos, de que son víctima los «diferentes» a título de esa misma diferencia, de tal suerte que la defensa de tales individuos rechazados, maltratados y agraviados viene a configurarse como defensa de lo diferencial, y polariza la consideración del individuo sobre lo que tiene de cualitativo, de espécimen de una tipología. De esta manera, ciertamente, se denuncia y se reprueba como injusta la motivación del agresor y se ataja o se transforma en mayor o menor grado la mala inclinación de su actitud, pero no se señala el genuino fundamento del respeto al individuo, que no consiste en su singularidad cualitativa, en aquello que lo hace «único en su especie», como se dice de una pieza de cerámica codiciada por los coleccionistas, sino en lo que es realmente alcanzado por el sufrimiento: el individuo que no está en ninguna determinación diferencial, sino, por el contrario, justamente en la unidad indiferenciada con que se forma la pluralidad homogénea tantas veces designada con el singular genérico de «carne de cañón». El que la apelación a la cualidad diferencial, a la «identidad» cualitativa por la que un soldado se distingue de otro, pueda servir de hecho, en determinadas circunstancias, para defenderlos de ser reducidos a carne de cañón (y justamente debilitar lo más posible la menguada eficacia de tal apelación es una de las funciones principales del uniforme de soldado) no significa, en modo alguno, que lo intendido por esa diferencia sea el individuo en cuanto tal: aquel respecto del cual es evidente por sí misma la afirmación de que el dolor es absolutamente irreparable, o, en fin, el único que es realmente alcanzado y reventado por una bala de cañón en el campo de batalla: una unidad indiferenciada y absoluta de necesidad y satisfacción, de hambre y saciedad, de placer o de dolor, de enfermedad y de muerte; eso es el individuo, o sea, no lo más diferente, sino lo más común.
Pero en la misma medida en que los individuos no son como individuos más que otros entre sí están permanentemente expuestos a la infamia de la fungibilidad y la sustituibilidad; no en vano las sucesivas generaciones de soldados que van al matadero toman el nombre de «reemplazos». Así lo constató Napoleón ante el gran número de soldados franceses que yacían muertos en el campo de batalla de Eylau —que no dejó, sin embargo, de apuntarse por victoria a su nombre y el de Francia— cuando dijo: «Todo esto lo remedia una noche de París»; para él aquellos muertos no eran sino restandos en el Haber del censo demográfico, un saldo negativo que una noche de París —gracias a la elevada productividad de la industria genésica de los franceses— bastaría para invertir de nuevo en saldo positivo. Y aquí se puede ver con claridad el funcionamiento del principio de intercambio —con la conmensurabilidad que desarrolla o presupone— demostrando, a través de la más infame y tenebrosa operación de contabilidad, su radical contraposición con el principio moral de la inconmensurabilidad y con la idea que lo fundamenta: la de que el dolor es absolutamente irreparable. Para ilustrarlo he creído conveniente deshacer las ambigüedades y las oscilaciones con que hoy suele hacerse tan equívoco, a tenor de las diversas necesidades ideológicas, el principium individuationis.
UN APUNTE
Sobre la hipotaxis y el aliento de la lectura
La hipotaxis es muy viciosa, y conforme iba llegando a cogerle más y más el gusto, incluso cuando escribía ajeno a cualquier ánimo —consciente, por lo menos— de jugar y divertirme, se me antojaba que sólo podía decir tal o cual cosa de un modo satisfactorio, por suficientemente preciso, circunstanciado y completo, con una frase poliarticulada y de muy largo aliento. Alguna llegó a costarme una jornada entera. La que recuerdo más especialmente por el larguísimo tiempo empleado en su elaboración es esta que transcribo: «Así como una bola de billar impulsada por fuerza hacia delante, pero llevando oculto en sí un efecto de rotación contrario —en relación con el plano de la mesa— al del sentido de su traslación, avanza patinando por el paño mas no bien choca con la roja esfera del mingo contra el que ha sido impulsada, agotando del todo contra ella ese obligado impulso, libera espectacularmente ante los ojos la oculta y no extinguida rotación y desde el punto muerto del encuentro recelera de pronto en vivo retroceso en el sentido exactamente inverso al que avanzara, así también la palabra de Manrique, que predica esforzadamente la estima del futuro, tratando de arrastrar los corazones en el sentido del tiempo adquisitivo, al ir a dar contra el mingo del ayer cercano, el rojo mingo de un recuerdo vivo —rojo como la roja esfera del sol crepuscular—, deja prevalecer de pronto la persistente rotación interna del deseo inextinguido (“piaga per allentar d’arco non sana”) y retrocede irresistiblemente en el sentido del tiempo consuntivo, al reencuentro, al abrazo de ese mismo ayer tan contra corazón negado y abjurado».
La única vez que en toda mi vida he trabajado fue para la compañía del célebre y excéntrico ingeniero de caminos don José Torán, del que Benet escribió aquella memorable necrológica, durante un tiempo, si no recuerdo mal, como de un año y medio, al principio a cincuenta y después a sesenta pesetas la hora. Pues bien, a Torán se le antojó hacer un concurso de biografías de ingenieros célebres, con un único premio de quinientas pesetas, entre los estudiantes de la Escuela de Caminos. El personaje cuya biografía tenían que hacer en cada convocatoria, que no recuerdo si tenía una recurrencia mensual o quincenal, lo elegía el propio Torán, y por jurado fuimos designados dos viejos ingenieros ilustrados y yo. Por entonces —esto era en los primeros sesenta— estaba yo en todo el fogo de mis «altos estudios eclesiásticos», scilicet gramaticales, y al ver hasta qué punto los ingenieros redactaban sus textos con la más pobre y perezosa sintaxis paratáctica me decidí a preparar una circular en la que, junto a otras recomendaciones, se encarecía especialmente que, dado que el castellano ofrecía en su sintaxis una riqueza, una finura y una complejidad extraordinarias en cuanto a posibilidades constructivas, era bien triste que se contentasen con navegar en barquitas de una sola vela, pudiendo armar galeones o navíos de línea de poderoso casco, múltiple arboladura y complicado aparato de velamen.
Más tarde, recordando aquella imagen que había inventado ad hoc para los estudiantes de Caminos, descubrí de pronto, entre groseras carcajadas, lo bien que le cuadraba a la lamentable prosita paratáctica de Azorín y de los azorinianos, imaginando las mansas aguas costeras del soleado Mare Nostrum, en la confrontación con Alicante, punteadas, por no decir pespunteadas, de barquitas de vela latina como las frases de Azorín, mientras los complicados galeones de la gran prosa barroca se enfrentaban con todas las galernas del Mare Tenebrosum.
Sin embargo, como he dicho más arriba, la hipotaxis es muy viciosa, y un galeón no se puede construir con arreglo al capricho del armador o del capitán, sino conforme a los mortíferos caprichos del océano: la armadura del casco, que es lo llevado —y que pertenece a la congruencia lógico-conceptual—, no puede permitirse una falsa o insuficiente trabazón: el casco tiene que ser realmente un cuerpo único y compacto que no se desencuaderne al primer golpe fuerte de la mar; por su parte, las velas, que son lo que lleva —y que pertenecen a la construcción sintáctica—, tienen que estar organizadas de un modo concorde, de suerte que en ninguna disposición posible de la múltiple combinatoria a que se prestan lleguen a quitarse el viento unas a otras; y este viento no es otro que el aliento de la elocución; si la frase hipotáctica de la bola de billar que he transcrito más arriba no parece exigir, por lo que creo, que el lector suspenda en algún momento la respiración, para poder recobrar el aliento como por fuera de la continuidad de la lectura, he llegado a empeñarme en armar algunos grandes galeones que, por decirlo de algún modo, no pasarían, desde luego, el cabo de Hornos; y es que, como ya he dicho por dos veces, la hipotaxis tiene el peligro de que es muy viciosa. Lo cual no quiere decir, en modo alguno, que, a despecho de prestarse a complacencias lúdicas que acaban en catastróficos naufragios, deje yo de considerarla el «gran camino» de ‘la lengua’, frente a la «pequeña tranquilidad» de ‘la prosa’ (huelga ya anteponerle, tras lo dicho, el adjetivo ‘bella’). [...]
Antes de seguir adelante quiero volver un momento sobre el ‘aliento (halitus) de la lectura’, tan importante para la frase hipotáctica, pues lo más interesante de ese aliento es que no creo que se reduzca a una mera cuestión de mecánica respiratoria sino que me parece que está combinado, de un modo que sería de sumo interés para la gramática y para la teoría del lenguaje averiguar, con la ‘continuidad intelectiva’ del oyente o lector. Hay dos circunstancias en que éste puede llegar à bout de souffle sin que eso se deba a que la frase misma conlleve una verdadera discontinuidad de intelección; no tiene mucho interés cuando se debe, por ejemplo, a una enumeración muy larga o cosa semejante; es más interesante y revelador el caso en que la causa de la pérdida de aliento es la imprevisión del lector, que suponemos que no conoce el texto; en este caso el traspiés respiratorio responde a que no ha podido preparar su aliento, por ejemplo, para un inciso inesperadamente largo: entonces la prueba de fuego para la frase consistirá en si volviendo a leerla desde el principio con la respiración ya preparada a la medida del inciso logra llevarla hasta el fin sin ‘desaliento’ o no. Es esta posibilidad de un reajuste respiratorio acordado con el esquema articulatorio de la frase lo que me hace pensar que el ‘aliento de la lectura’, en la medida en que se presta a este acomodo, no está encerrado entre los ciegos límites de la mecánica fisiológica de la respiración, sino que puede ser regido y modulado por la disposición intelectiva de una lectura con sentido, de tal manera que la frase no cuantitativa —como en el caso de la enumeración excesivamente larga— sino cualitativamente ‘irrespirable’ comportaría realmente una falta de continuidad de intelección. El escritor hipotáctico ayuda con avisos gráficos, como el entreparéntesis y el entreguiones, el aliento de lectura del lector, pero sólo si esos entreparéntesis y entreguiones pueden ser sustituidos por comas, o sea si son reproducibles por índices orales, como la pausa o el descenso de una octava del nivel de entonación, no aparejan una efectiva discontinuidad de intelección. Si diésemos esta hipótesis por válida, tendríamos que concluir que en el momento en que, por ejemplo, una cláusula incisa exija poner, por así decirlo, el dedo en la última palabra de la oración principal, para recobrar desde ella la respiración tras el inciso, como dice Tomás Pollán que tiene que hacer literalmente a veces con mis textos, ya estaríamos, por conservar la misma imagen náutica, ante un velamen defectuoso, ya que una vela le corta el viento a otra, y ante un galeón que no dobla el cabo de Hornos, que interrumpe la continuidad de su singladura intelectiva, quebrando el casco y aparejo y naufragando míseramente en el eterno furor de su galerna.
16-18 de junio de 1997
ANTIGÜEDADES
«Los que se quedan en casa»
Primeras incursiones
Personas y animales en una fiesta de bautizo
MARCO • S • G • ANNIS • IV •
PATRVVS • IN • MEMORIAM
Repara en el enojo tan fuera de medida que te producía esta tarde esa chica que se complacía en mentar una y otra vez por nombre propio al casi recién nacido niño de su amiga. ¿Se recreaba realmente en hacerlo muchas veces o te lo ha parecido a causa de que cada vez que lo hacía te producía la misma grima que el chirrido de la tiza reseca en la pizarra? Te dirán que eres hipersensible para lo que gustan de llamar «mera cuestión de palabras», con ese mágico empleo del «mero» o el «no es más que», que es como un pase de pecho con el que uno puede sacarse de encima cualquier toro; pero tú no te cuides de darles ni quitarles la razón a tus humores: hazlos objeto de tus reflexiones. A la muchacha, incluso, le harás, en este caso, más justicia si, en vez de envenenarte con repetir «es una cursi» —acción tan infecunda como cualquier sentencia inapelable—, miras a ver de esclarecer la cualidad de aquello que automáticamente has detectado como cursilería y afectación. ¿Qué hay de afectado, qué hay de impertinente en mentar por su nombre de pila a una criatura que todavía no tiene el don de la palabra ni atiende por su nombre, y qué impulso secreto puede mover a una persona a prodigarse en semejante tratamiento?
«¿Pero por qué no dice “el niño”?, ¿por qué no dice “el niño”?», me repetía con rabia para mis adentros, y en ello me parecía erigirme en defensor de los fueros más genuinos del recién nacido que dormía en su cuna —¡y cuán profundamente!— en la habitación contigua. Dictaminar «mera cursilería» es darle un carpetazo a la cuestión, carpetazo que servirá para clasificarla y archivarla, pero que no resuelve nada. ¿No ha sido bautizado?, ¿no ha sido inscrito en el registro?, ¿no he compartido yo mismo esta tarde la tarta bautismal, para revolverme ahora contra la civil intención de concederle, desde hoy en adelante, estatuto de persona? Enhorabuena que se le considere persona de derecho; no era eso, sea de ello lo que fuere, lo que me sublevaba, sino que fuese ipso facto concebido como persona de hecho, como si el solo derecho se bastase para sacarnos de la naturaleza e introducirnos en la humanidad. Esto debía de ser lo que, en mi irritación, venía advirtiendo en la desenfadada, en la más que temeraria familiaridad de la mención con nombre propio, que hería mis oídos como una falta de respeto, como un allanamiento de morada, como una villanía. ¿Villanía en denotar a una criatura por el nombre propio, que le concede rango de persona, y respeto en mentarla por medio del común, que la mantiene en la fungible impersonalidad de lo animal? Pues sí, en efecto; así mismo lo sentía.
Entre los nombres propios se distinguen, en principio, dos clases principales: topónimos y prosopónimos; es decir, nombres de lugar y nombres de persona. Digo «en principio» porque después la cosa es bastante más compleja: así el nombre propio «Roma», que en contexto geográfico es un nombre de lugar —«ver Roma», «dejar Roma»—, en contexto político se convierte en un nombre de persona —«machacar a Roma», «levantar a Roma»— (aunque este «a» no se pueda definir, en rigor gramatical, a partir del concepto de persona, con todo, uno de sus efectos de significación es el que redunda en indicio de un trato personal); y esto no hay que inscribirlo en el equívoco capítulo que se llama «lenguaje figurado», como algo que ocurriese solamente en el seno de los nombres, porque no sólo pasa que el nombre de Roma se convierte en un nombre de persona, sino que Roma misma se pone a funcionar —aunque lo haga en nombre de su nombre— realmente como tal, ni más ni menos que cualquier otra persona humana, a todos los efectos formalmente exigibles, es decir, como una unidad de responsabilidad, ya que unitariamente, como un solo hombre, responde de sí misma ante Cartago. No es necesario, pues, acudir a la retórica —como sí lo sería, por ejemplo, en el caso del Tíber o en el del Tirreno— para justificar semejante personificación: basta la realidad. De la naturaleza, no poco interesante, de tales realidades ya trataré otra vez con la delicadeza que merece; aquí sólo quería quedarme con la vinculación etimológica de responsabilidad con responder, de «responder de las acciones» con «responder a las palabras» o «responder a una llamada», y de la de prosópon y persona con el papel teatral, es decir, con el interlocutor. Una persona es un interlocutor, es un hablante o por lo menos alguien que pueda hacerse, de algún modo, parte —siquiera sea asimétrica— del comercio verbal; alguien que atienda por su nombre —un perro, por ejemplo— es, rigurosamente hablando, una persona, aunque lo sea tan sólo en la medida en que es capaz de asumir uno de los dos papeles —el de receptor— en la función apelativa. Respecto de ella hay tres clases de animales: los que no se llegan a dar por aludidos a ninguna señal de voz humana —un niño recién nacido, una tortuga—; los que gregariamente acuden a llamadas específicas —los gatos («ps-bs-bs»), las gallinas («pita-pita»)—; los que singularmente atienden por su nombre individual —un perro adulto, los bueyes de una yunta. Sólo a esta última clase es pertinente la imposición y empleo de prosopónimos o nombres de personas. En los bueyes del carro o del arado es donde más estrictamente se ejerce la función, pues hay que estar apelando de continuo ora a uno ora a otro buey, si se retrasa o si hay que dar la vuelta, y ellos han de saber a quién habla en cada caso el labrador o el carretero.
No creo que habría mayor dificultad para enseñar a los caballos a responder a un nombre propio —responder con la acción, se sobreentiende—, pero el trato y el empleo que se les suele dar —dado que se gobiernan con la brida— no ofrecería la ocasión de usarlo, de modo que sería un nombre apelativamente ocioso; lo que pretendo dejar por definido es que los nombres de persona, como categoría gramatical, quedan primariamente vinculados a la función apelativa. Y que esta función es la determinante en el caso general se manifiesta en el hecho de que de ella dependa el que se ponga nombre o se deje de poner: en el mundo rural no se les pone nombre a los caballos, y cuando hay que mentarlos se dice simplemente «la yegua torda» o «el caballo blanco». En cuanto a la costumbre de ponérselo —otra complicación— en el artificioso mundo del caballo de carreras (el mundo está lleno de mundos), está bien claro que responde a una función exclusivamente clasificatoria y no ya apelativa —para hablar de y no para hablar a— y en una pluralidad lo suficientemente grande de individuos como para que no pueda ser abarcada mediante la diacrisis de la determinación común; de suerte que los nombres de los caballos de carreras no han de equipararse a nuestros nombres de pila, sino al conjunto de nombre y apellido (donde, por cierto, el instrumento apelativo pasa a funcionar como primer miembro —primero en el orden, aunque último en la determinación— de la fórmula clasificatoria), como lo prueba el que a menudo se jueguen las iniciales como índices patronímicos, que inscriben al caballo en el correspondiente pedigrí, y el que las homonimias se subsanen como las de los reyes —«Sirio III», «Trafalgar II»—, e incluso, aunque no estoy seguro de ello, el que se formen series suprafamiliares por medio de grupos homogéneos de nombres: nombres de estrella, nombres de batalla, etcétera. Todo esto se refiere al valor gramatical de semejantes denominaciones; de otros aspectos, no menos interesantes, habla tan bella como agudamente Lévi-Strauss en La pensée sauvage, si bien, atento exclusivamente a los sistemas clasificatorios —que es el asunto de su libro—, descuida, a mi entender, la función apelativa, tan primaria en el origen de los nombres propios, y que a menudo interfiere con la otra y acaso alguna vez la condicione de modo decisivo. Al tratar de nombres propios no puede dejarse a un lado un fenómeno lingüístico tan fundamental como el de que una misma palabra sea —cuando lo sea, que no siempre lo es— la que se emplea para hablar a una persona y para hablar de ella; incidencia que por lo menos da lugar, por lo que entiendo, a la curiosa aparición del artículo determinado en los apodos y en algunos empleos del nombre bautismal. Y un ejemplo de esto último, no poco interesante para la sociología, es el artículo segregador y secundariamente infamatorio que se antepone al nombre de las mujeres públicas.
Para echar yo también mi cuarto a espadas y apuntar un terreno interesante en la sociología del lenguaje —demasiado ceñida, por cuanto se me alcanza, a lo semántico y olvidada de lo gramatical—, voy a ser más preciso en este punto: un hilo conductor para ilustrar cumplidamente la forma de actuación de dicho artículo, junto a la concepción que lo acompaña, nos lo puede ofrecer la expresión castellana «ser una cualquiera» —donde una no vale por pronombre sino por artículo, y por lo tanto cualquiera se trueca, funcionalmente, en sustantivo—, referida, también, a las mujeres públicas, o a quien con ellas se intenta comparar. En efecto, a la que es concebida como una cualquiera, a la que ha dejado de ser alguien, a la que ya no es nadie —porque no es de nadie, porque nadie quiere reconocerla como suya en tanto que persona, lo que tiene por correlato el ser de todos como puro objeto, pura mercancía— el nombre propio se le vuelve por fuerza advenedizo. Pero ¿dónde ha dejado formalmente de ser alguien?, ¿en qué aspecto específico de la categoría de persona, de aquello que el nombre propio nos confiere? Nos lo dirá el artículo antepuesto. Éste —basta escucharlo: «la Luisa», «la Esperanza»— opera sobre el nombre al que antecede como una especie de suppositio materialis, como si lo pusiese entre comillas o como si dijese «la llamada Esperanza». No es, pues, Esperanza, tan sólo se la llama, porque ser Esperanza es serlo de derecho, es ser reconocida como tal con todos los atributos de persona: el nombre propio es, socialmente, como un documento, como un certificado de ciudadanía; si precedido del artículo equivale a decir «la llamada Esperanza», he aquí que el artículo funciona sobre él exactamente como una anulación. Al decir «la Esperanza», extendemos ya anulado el documento que concede el estatuto de persona, libramos un documento que circula de hecho —porque Esperanza misma continúa, con todo, circulando, para su desventura, por este mundo abyecto que la engendra, la usa y la mantiene, al tiempo que la niega, la infama y la abomina—, pero que ya no tiene vigencia de derecho; Esperanza, por tanto, es aceptada como hablante de hecho, como interlocutora meramente interina y eventual, pero negada como hablante de derecho, excluida del número de los que cuentan, segregada de aquellos a quienes se tributan honores de persona, a quienes se reconoce voz y voto en el llamado concierto social. (Ya que hombre alguno ha urdido tal cosa en su cabeza —nada que sea formal, en el lenguaje, puede jamás deberse a consciente invención de hombres concretos—, se echa de ver cuán refinadamente despiadado sabe ser cuando quiere el inconsciente y suprapersonal espíritu de la humana sociedad.) Por lo demás, el artículo antepuesto a nombres propios no tiene siempre este efecto de significación; ante el apodo, por ejemplo —incluso ante el apodo de uso apelativo, es decir, el mote—, actuando de forma gramaticalmente idéntica, o sea equivaliendo a «el llamado», toma distinto valor significante: no se le niega aquí al mentado el rango de persona, sino al apodo el carácter de nombre verdadero —diferencia que el instinto lingüístico tiende tal vez, aunque no estoy seguro de ello, a señalar gráficamente poniendo con mayúscula el artículo, que quedaría así integrado al propio apodo en su empleo no apelativo: «El rubio» (o «El Rubio»), «El Zaragoza». Ante nombres de ríos no se trata siquiera de la misma función gramatical. En cuanto a la función del artículo antepuesto a legítimos nombres de pila, sin ninguna connotación infamatoria, como se oye usar en muchos pueblos de lengua castellana, no he conseguido todavía averiguar de qué se trata; para ello sería preciso determinar las situaciones exactas de su empleo, que acaso se relacionen con el hecho de que los nombres de pila tengan por campo de funcionamiento diacrítico —al menos en nuestras lenguas— el área familiar; dicho regulativamente: que su única ley de imposición sea la de que no pueda repetirse el mismo nombre en dos hermanos del mismo o de distinto sexo.[1] ¿Dependería en principio el mencionado empleo del artículo de la circunstancia —consiguiente a dicha ley— de que el valor del nombre propio sea diferente en situaciones verbales intrafamiliares y extrafamiliares? De ser así, ¿cuál es o cuáles son, de las cinco situaciones combinatorias que pueden producirse —a saber: parientes hablando de pariente, parientes hablando de extraño, extraños hablando de pariente del hablante, extraños hablando de pariente del oyente y extraños hablando de extraño—, la o las que lo hace o hacen aparecer? Averiguándolo podrían conocerse la función y el valor de dicho artículo, aunque, fundado en mis someros escarceos, mucho me temo que no pueda encontrarse la deseada regularidad y que el sistema, si es que efectivamente se vincula a estos supuestos, se halle ya en franca descomposición, como parecería darlo a entender también el hecho de que haya fenecido en las ciudades. Comoquiera que sea, todo esto podría aclarar cuál es el mecanismo gramatical originario del artículo antepuesto al nombre de las mujeres públicas; su aparición se podría referir correctamente al hecho de que, teniendo, como he apuntado, los nombres de pila el área familiar por contexto diacrítico propio, al transferirse su empleo, en el caso de las mujeres públicas, a un campo extraño y trascendente a ella, tomasen el artículo precisamente como explicitador genérico de ese nuevo contexto en que funcionan; y el caso sería entonces gramaticalmente idéntico al que he propuesto suponer para el artículo sin nota infamatoria. En general la tendencia a señalar ese cambio de contexto se observa en toda clase de menciones que habilitan, tomándolos en préstito, los instrumentos de la apelación; así sucede también con el apelativo familiar común: mientras en el seno de la familia la mención se hace con la misma forma que se emplea para el vocativo, «papá» —y nótese que esta forma implica el tú, la segunda persona, y quedará excluida allí donde los hijos traten a su padre de usted—, en el momento en que se sale de ella se dice «mi padre», por la sencilla razón de que en ese momento ha dejado de ser unívoca la forma apelativa —«papá» para mí, pero no para ti—; alternancia que no puedo por menos de relacionar con fórmulas como la de «mi Julián», usual en algunas regiones españolas, en boca de una madre que habla a un extraño de su propio hijo. Naturalmente «Julián» no dice, semánticamente, relación familiar alguna, pero es sentido, sin duda, como funcionando en esa relación. Es curioso observar, por otra parte —y en este mismo terreno de las interferencias entre mención y apelación—, en cuántas fórmulas distintas se despliega una madre de familia para mentar a su único esposo: con los hijos, «papá»; con las cuñadas, «Paco»; con los amigos, «Francisco»; con los subordinados del marido, «don Francisco»; con la vecina, la desconocida, o la que no conoce a su marido, «mi marido»; con la criada, «el señor» —¿no quedan más?—; baraja de menciones en la que se atiende siempre a la relación del mentado con el oyente, donde, además, la posición jerárquica se manifiesta, divertidamente, en el carácter irreversible del sistema: el inferior no mienta nunca al superior según su relación con el oyente; si un día la criada o el subordinado dicen «su marido» o el hijo «tu marido», ello es para la señora el más seguro indicio de una sublevación, de un franco pronunciamiento sedicioso, que rompe de una vez con el acatamiento de semejante jefe, señorito o padre. Volviendo al caso de las mujeres públicas, resultará, pues, que el artículo al indicar el cambio de contexto de sus nombres propios connotará también la índole formal de ese nuevo contexto en que funcionan y se les volverá, por consiguiente, especificador. El artículo saca, en efecto, sus nombres —y con ellos a ellas— de una comunidad y los inscribe en una especie, en una ralea; el artículo está para indicar que el nombre individualiza especímenes y ya no personas. La persona pertenece a una pluralidad finita y estructurada, a una comunidad; una especie se cumple en un número indefinido de individuos —no la afecta ese número—, mientras que una comunidad se compone de un número finito de miembros (se forma parte de una comunidad, pero no de una especie); la especie puede predicarse de sus individuos, pero la comunidad no puede predicarse de sus miembros; de ahí que la persona sea, en cuanto tal —contra la pretensión de Duns Escoto—, el ser sin notas, el ser absolutamente individuado y absolutamente no caracterizado; y por eso, el efecto de especificación se corresponde con el de despersonificación: además de «una cualquiera» se oye decir «una individua» y aun «una de esas», con el característico énfasis especificador del demostrativo ese.
Reabsorbiendo de nuevo estas derivaciones, para volver a los nombres de los caballos de carreras, he de añadir que su sistema clasificatorio se podría comparar, en razón de un aspecto decisivo, mucho más con el de los topónimos o nombres de lugar que con el de los nombres de persona; aquéllos, en efecto, a diferencia de los prosopónimos, constituyen un sistema universal y unívoco para toda la comunidad de los hablantes, y en esto, justamente, serían análogos a ellos los nombres de los caballos de carreras, bien que restringidos a la monomaníaca y pintoresca comunidad de los turfmen. Por otra parte, no sólo a los caballos de carreras se les ha puesto nombre propio: ¿quién no recuerda a Babieca y a Bucéfalo? Pero los caballeros (¿cómo se le escapó esto a Don Quijote?) le ponían nombre propio hasta a la espada: Tizona, Durandal; si bien se mira, no deja de ser lógico que se le ponga nombre a lo que ha de ser famoso, que etimológicamente significa ‘lo que ha de dar que hablar’. Y en alas de la fama —no siempre necesariamente honrosa— nos llega, de aún más lejos, el nombre de Incitatus, el caballo de Calígula. Se conoce que la cursilería es tan antigua como la civilización occidental.
Hoy la cursilería se ensaña, por ejemplo, en los ciclones; y así, se dice «el ciclón Daisy», en lugar de decir sencillamente «el ciclón del 14 de febrero»,[2] fecha que habrá que añadir de todos modos cuando haya que entenderse, ya que con «Daisy» no se ha dicho nada. Pero hay sin duda un movimiento mágico en tal denominar, como lo hay tal vez detrás de cualquier cursilería; un gesto de exorcismo muy semejante al que puede reconocerse, a mi entender, como función primordial de los refranes.
El refranero es, en verdad, un cajón de sastre en que convergen o del que divergen varias cosas no poco heterogéneas; a reserva de lo que pueda esclarecerse no del mero hojear —que es lo que he hecho yo por el momento—, sino de un tan deseable como prometedor estudio clasificatorio desde el punto de vista funcional, o sea, el del cómo y para qué pueden usarse los refranes, se me presenta alguna observación que contradice su interpretación más tópica y usual. Por una parte hay muchísimos refranes que no pueden tener nada de consejo, que no pueden entrar más que post factum, como meros comentarios con los que se responde a posteriori a un hecho recurrente, como indica de modo indiscutible su fórmula introductoria prototípica, su mise en scène: «Ya lo dice el refrán»; verbigracia, «El conejo ido y el consejo venido», refrán que podría aplicarse a su vez perfectamente a esta clase de refranes. Para el capítulo de los que obedecen en efecto a la idea más corriente en torno al refranero, se pueden separar nítidamente las sentencias morales positivas, las cuales no pueden ser más que consejos. Y finalmente queda un inmenso acervo de refranes que, formalmente, pueden tener más o menos aspecto de consejos o bien de previsiones, pero que hacen sospechar muy fuertemente que antes que guías para la acción o avisos de lo que cabe esperar de los indicios que enuncia su premisa, para obrar en consecuencia, son, en verdad, fórmulas mágicas, exorcizadoras, para tener respuesta, para al menos no quedarse con la palabra en la boca, frente a lo ineluctable. Su tema son fenómenos que el hombre no gobierna, especialmente la climatología. No hay duda de que en rigor podrían usarse como guías para la acción, pero no es ese su designio ni creo que nadie se confiase a ellos como se entrega a su experiencia propia y percepción actual; servirán a lo sumo para complementarlas. Cuando se trata realmente de actuar, el hombre no suele andarse con refranes, usa directamente la experiencia: mira al cielo y se dice «amenaza tormenta; sacaré el paraguas»; los refranes se quedan de reserva para cuando no cabe otra acción que la palabra. Su función no es guiar la acción del hombre: el refrán mismo es la acción con que él se enfrenta a aquello a lo que no puede oponer más que palabras; acción mágica al fin, si es que la magia se define como la pretensión —sea cual fuere el creer concomitante— de alterar de algún modo el mundo real mediante la palabra. En esta interpretación abunda el hecho de que el refranero especializado más copioso sea, con mucho, el del mar; es en el mar precisamente donde el mortal se ve más desvalido y más amenazado, más a merced de la naturaleza —«juguete de los elementos», como gustan algunos de decir— y, por lo tanto, más propenso y circunscrito, en zozobras sin cuento, a una respuesta puramente mágica. Y el exorcismo más primario es «¡a ti ya te conozco!». Para prestarse a oficios semejantes, el refrán cumple también, estrictamente, el requisito formal característico de la palabra mágica: ha de tratarse de fórmulas, es decir, de modelos verbales acuñados de una vez para siempre, literales e inmémores de origen como el don del cielo, el solo don capaz de responder al cielo; mas no es preciso creer, en modo alguno, en su eficacia contra los elementos, para que sea eficaz en las carnes y en el ánimo de aquel que lo profiere; esta eficacia —y no aquella creencia, si es que ha tenido alguna vez auténtico vigor— es lo que sobrevive, con malignos efectos para la mente humana, en la superstición.
Supersticioso igualmente es el impulso que rige la costumbre de poner nombre propio a los ciclones; nadie cree que con ello se amansen sus furores, pero el impulso se alimenta de aquel mismo sentir irreflexivo —por otra parte no siempre infundado— que hace que el verbo controlar pueda usarse, de modo anfibológico, para las ideas de registrar, vigilar y gobernar. Y, reanudando finalmente la hebra tan largo tiempo interrumpida, ¿han de entenderse como comportamiento mágico los actos, arriba contemplados, de poner nombre propio, sin intenciones clasificatorias, a un animal que no atiende por su nombre y de mentar por el nombre bautismal a una criatura aún del todo extraña al uso del lenguaje y carente, por tanto, del rango de persona, supuesto que éste, que no es ficción jurídica o retórica, sino condición real, se encuentra vinculado a la función apelativa? Si es que, en efecto, hay magia, no basta haber mostrado la impropiedad lingüística del hecho, sino que hay que decir por qué y de qué manera, con tales actos mágicos, se pretende afectar lo que se nombra. Bien entendido que la magia se atribuye al impulso original y no es preciso suponerla en cada uno de los casos singulares, donde a menudo puede no quedar más que inerte y gratuita imitación de sus modelos, en mera función lúdica, que es cuando cabe decir más propiamente «simple cursilería».
Como a la vista del peligro el avestruz esconde la mirada en la arena del desierto, así el hombre la enturbia en el espesor de la palabra. No era, a mi entender, sino el oculto miedo a tener que reconocer como naturaleza al que, sumido en impenetrable alteridad, dormía en aquella cuna, el miedo a aventurar, para alcanzarlo, la mirada más allá de los límites de lo inmediatamente comprensible, del mundo estatuido y familiar, lo que impulsaba a la joven casadera a echarle encima el arnés de un nombre propio, para ahogar la inquietud de lo apenas vislumbrado en el profundo ensimismamiento de su sueño. Lo vislumbrado era la naturaleza perteneciéndose a sí misma en su absoluta alteridad, en su extrañeza, en su soberanía irreductible. ¿Cómo ha de operar, por tanto, el exorcismo? No hay que dejarle al niño que sea naturaleza, es necesario conjurar su autonomía extrahumana, su indeterminación: se actuará suprimiendo la distancia —un suprimir que no es más que ignorar. Precisamente el nombre propio, el nombre de persona, en cuanto se vincula a la función apelativa y, por lo tanto, al uso mismo del lenguaje —ya que nos mienta como interlocutores—, es la palabra que resuena en el propio corazón de esa distancia, el conjuro que salta justamente sobre aquello que media entre humanidad y naturaleza: el don de la palabra.
Pero es propio del miedo, apenas ahuyentado, revolverse en olímpica jactancia: resplandecía toda ella en un gesto sonriente y desenvuelto —lleno de afectación por lo demás— y pronto desplegó un comportamiento ardientemente penetrado de complicidad intrafemenina, en el que se ponía, toda experta y hacendosa, en un mismo nosotras con la madre, haciendo su gran papel frente a los hombres y como riéndoles llena de indulgencia una torpeza nunca comprobada —«vosotros no entendéis»—, y acudió, tan solícita como insolicitada, a mudarle al neonato los pañales, hablándole sin tregua con una voz dulzastra y deportiva y un ademán de tierno menosprecio, de persona mayor frente al mocoso —«sé cómo hay que tratarte»—, como hacia algo tan dócil, tan sencillo, tan fácil de manejo, que ni siquiera es posible tomarlo demasiado en serio, que requiere actuar como jugando (no pudiendo ya más de rabia, de dentera y de vergüenza ajena, abandoné violentamente la fiesta en aquel punto). Así el recién nacido, exorcizado en su naturaleza, venía a colocarse, no en la pasividad solamente relativa de un ser sin duda impotente para valerse por sí mismo, pero dotado, con todo, de la autóctona, incesante y progresiva actividad de un organismo vivo, sino en la inerte y total pasividad de una muñeca. De suerte, pues, que el tratamiento mediante nombre propio, presuntamente respetuoso y dignificador —por concederle rango de persona—, caía sobre él, por el contrario, con su grotesca ficción de humanidad, como una máscara de escarnio, como un objetivador y despiadado precinto de control, mediante el cual el bloqueo de la sociedad constituida venía a organizársele ya en torno de la misma cuna. Lanzando sus artejos con larga antelación, la sociedad trata así de defenderse contra la amenaza de lo indeterminado, de abortar in nuce aquello que cada nuevo nacimiento puede traer de posibilidad, de originalidad capaz de confundirla y desbordarla.
Y en este punto es justo señalar cómo las lenguas germánicas, en casi todo inferiores a las neolatinas, dan, sin embargo, un ejemplo admirable de cultura en el empleo del neutro para el niño, uso que, lejos de resultar reificador, viene a constituir, por contraste con lo nuestro, el más sabio y delicado acto de respeto hacia su indeterminación sexual. Alguien podrá pensar «¡cuestión de formas!, ¿qué importancia tiene?»; otros, dispuestos a reconocérsela en el caso de que las víctimas perciban el tratamiento que se proyecta sobre ellas, se la negarán, en cambio, a hechos como el de que, por ejemplo, la dualidad sexual se señale ya en los recién nacidos con colores distintos en las ropas —rosa para las hembras, azul para los varones—, dado que, efectivamente, parece verosímil suponer que los lactantes son del todo insensibles a semejante discriminación. Pero el respeto no tiene que entenderse, cualesquiera que sean las circunstancias, y conforme a prejuicios harto difundidos, como un ocioso protocolo cortesano sin consecuencias en la realidad; vendrá a tener, por el contrario, tantas consecuencias cuantas pueda tener nuestra disposición cognoscitiva, que tan estrechamente depende del respeto: guardar celosamente las distancias con las cosas, reconocer su inconmovible alteridad, es la primera condición de todo conocer.
Así, una doble afrenta, una doble villanía cognoscitiva —y, por tanto, real, en la misma medida en que interfiere en nuestra relación con lo real— se perpetra, de un golpe, en el allanamiento del enorme hiato que separa a la naturaleza de la humanidad; allanamiento que redunda en una misma violencia para ambas y que remite a la obsesión centrípeta de una humanidad acobardada y capitidisminuida, que aborrece asomarse a la intemperie de cuanto la rebasa, que pugna sin descanso por echar sus tentáculos sobre cuanto amenaza desmandársele —ya natural, ya humano que ello sea—, para aherrojarlo en el cerco de lo propio. Y mixtifica a la naturaleza en cuanto quiere ella misma suplantarla, en cuanto quiere hacerse pasar por «natural», o sea, por definitiva e inamovible; al par que, camuflando los límites en que se circunscribe, escamoteando el solar sobre el que se halla edificada, logra ignorarse y mixtificarse. Quien mienta, pues, por nombre propio a un niño que no habla no sólo afrenta a la naturaleza, sino también y en igual grado a la propia humanidad, pues al considerar irrelevante, para hacerlo, que hable o que no hable, presupone una histórica y total continuidad entre el animal de hoy y el humano de mañana, estima que nada hay por decidir ni por crear en el anfibio y peregrino desarrollo que separa lo uno de lo otro, pensándolo sin más como un mero desarrollo, es decir, como una simple, expedita ejecución de algo ya prefigurado y programado sin residuo en el presente. Si hoy se le puede ya tener por el mismo de mañana (huelga decir que el nombre propio y la idea de persona se aparejan también a la noción de identidad), su futuro no es ya un futuro histórico, sino un futuro «natural», al que no le faltaría determinarse, sino sólo advenir; no, pues, un libro en blanco, sino un libro ya escrito, solamente pendiente de lectura. Así, al echarle encima antes de tiempo —antes de todo tiempo concebible— la red de un nombre propio, de un nombre de persona, la sociedad se adelanta a exorcizar en él precisamente lo que ese mismo nombre podría representar: la libertad, la historia, empeñada en ganarlas por la mano; arrodillada a la vera de la cuna, parece susurrarle «date preso: el nombre propio soy yo quien te lo da» —donde, por otra parte, y al margen de tan torvas intenciones, tampoco se podrá decir que miente—, acudiendo a encajarlo en un modelo, a fijarlo en un destino, frente al cual no podrá ofrecer sorpresas; y de este modo, aunque imposible sin ella en todo caso, el don de un nombre propio —que no anuncia, a la postre, sino el don de la palabra— deja ipso facto de ser un don gracioso y sale ya gravado de antemano con la expresa restricción que lo desnuda de cuanto no revierta en el estrecho interés de la donante. (No obstante, por virtud de su propia integridad, el don llega a heredarse intacto y renovado, a despecho de cualquier disposición testamentaria y, madurando y reventando como un fruto en las manos de los hijos, puede impulsarlos a alzarse con la hacienda de la madre y a denunciar su ambiguo testamento.)
Pero no ha de importarnos demasiado llamar «mágico» o no, «supersticioso» o no, a tal o cual comportamiento. Justamente porque la actitud mágica se encuentra permanentemente agazapada en los alrededores de cualquier palabra y dispuesta a impregnar y oscurecer la transparencia de su empleo significante, hemos de precavernos contra ella también en el manejo de esos mismos predicados, máxime porque, precisamente por estar cargados, de modo tópico e inmediato, de prestigio negativo en los oídos de la civilización, se prestan al abuso de forma peculiar: a que su mera aparición confiera automáticamente autoridad al texto que los saca a relucir con ademán condenatorio, como cuando se dice «¡Magia! ¡Superstición! ¡Con eso ya está dicho todo!»; y es justamente en cuanto se pretende que está dicho todo cuando no queda nada de lo dicho, pues toda palabra nubla y pierde su significación desde el momento en que se queda sola, en que se absolutiza e hipostasía en la opacidad de un guarismo irreductible —y eso es, exactamente, una palabra mágica. No querría, por lo tanto, abusando de cargas de valor, convertirme en agente de tan improductivo terrorismo verbal, por el placer de hallar una aquiescencia tan fácil como vana; se trata, por el contrario, de abrir alguna efectiva lucidez, proponiendo una vía interpretativa para el esclarecimiento del fenómeno en sus fundamentos, en su significado y consecuencias.
Se reconozca o no un comportamiento propiamente mágico en el acto de imponerle nombre propio a un animal que no atiende por su nombre, lo cierto es que se trata en todo caso de una actitud que no puede dejar de remitirse a funciones bastardas, laterales, del lenguaje, ya que no puede ser justificada en las instrumentalmente pertinentes. (Hablo, pues, de los casos en que el nombre aparece completamente ocioso en su papel lingüístico, es decir, cuando no sólo falta una función apelativa, sino que tampoco la clasificación o la mención pueden dar suficiente razón de su presencia.) Esa función bastarda es, según creo, la de ahuyentar el desconcierto y la zozobra que la naturaleza puede producirnos, superar la inquietud frente a lo que podría poner en duda, y por ende en movimiento, la inerte convicción de lo inmediato: urge, en una palabra, «humanizar» al animal. Y aunque me ofenda y me llene de rubor, he de citar, por mucho que me cueste, el caso más escandaloso que, por mi mala estrella, he podido llegar a presenciar, toda vez que ha sido la experiencia singular que ha dado nacimiento a estas mis sospechas; aquí está, pues: a cierto camaleón se le había impuesto nada menos que el nombre de Currito. Nunca he visto criatura más dolorosamente envilecida; me parecía que, a un tiempo, de la naturaleza y de la ciencia, de las anónimas oscuridades de las selvas como de la espesura de las páginas de Linneo, Buffon, Cuvier, Lamarck, Darwin... se levantaban al unísono un clamor y un llanto airado ante tamaña afrenta. Bien podría ser que en el mismo hecho concreto de semejante imposición de nombre no hubiese más que inerte imitación de una costumbre difundida —aunque se precisaba una gran falta de sensibilidad para seguirla—, o sea, que los resortes que la fundan no estuviesen directamente vivos en aquellos fautores singulares; pero al socaire de sus individuales intenciones yo sentía actualizarse el anónimo instinto general, que no podía soportar por un momento la presencia de aquel dios fascinador, de aquel parsimonioso, absorto, inescrutable animal de ojos independientes, de color mudable, cola prensil y lengua cazadora y, no obstante, tan dócil, tan impávido en sus manos. (Un animal que huye a nuestra vista nos causa menos inquietud que otro que, sin familiaridad alguna con el hombre, se deja desde el primer instante abordar y apresar tan dócilmente.) Y si en el acto singular no recurrían de modo originario los motivos, la misma falta de resistencia a la costumbre ¿no venía a atestiguar que el exorcismo había alcanzado ya en ellos plenamente sus efectos, consiguiendo borrar de sus miradas el último residuo de extrañeza, la postrera vislumbre de lo Otro?
Ya he dicho que lo maligno de las supersticiones, lo que asegura su perduración, no es la ilusoria eficacia —muy pronto desmentida— de la palabra sobre el mundo, sino su reflejo real sobre los hombres; no es el error, sino la mala fe —siempre más resistente que el error— lo que en ellas sobrevive: la voluntad de autoobnubilación, la sistemática obstrucción de la experiencia. (Esta actitud se puede proyectar, por lo demás, sobre cualquier doctrina, incluso sobre las inicialmente nacidas de una actitud científica genuina; de ahí que no sea una doctrina en sí, sino el modo de hallarse recibida en nuestra mente, lo que decide de su fecundidad.) Visto a través del prisma de ese nombre que no quiero repetir, fisonómicamente interpretado al trasluz de esa máscara impostora, de ese papel de farsa antropomórfica, no quedaba de él sino el contraste, la fricción entre su personalidad postiza y su imagen real; figura y movimientos venían a ser leídos bajo la ficticia intencionalidad que se les atribuía, bajo la significación de un rostro, una actitud y un gesto humanos, y la admirable criatura se eclipsaba del todo ante los ojos de los espectadores, reducida al denigrante papel de mero actor de aquella miserable pantomima. Otro espectáculo de este mismo jaez es el que cotidianamente puede presenciarse delante de la jaula de los monos; allí, en virtud de su semejanza con el hombre, ni siquiera es precisa la mediación de un nombre propio para operar la mixtificación: risas desencajadas, chillidos de mujeres celebran la agitada actuación de los bufones, que, antropomórficamente interpretados, aparecen como una especie de humanidad degenerada y caricaturesca. ¡Jamás darán un solo paso en la experiencia y en el conocimiento de la naturaleza quienes se entregan a tan sádica e indigna hilaridad!
Los monos, y en especial manera el benigno chimpancé (recuérdese cómo se le viste y se le hace sentarse a comer en torno de una mesa), son blanco favorito de todas las afrentas; y no hay que pensar que semejante preferencia se deba únicamente a que se presta a ello más que ningún otro animal, sino que, a mi entender, concurre otro motivo más profundo: el de que, por su semejanza con el hombre, sea también el que de modo más urgente reclama el exorcismo. Es el extraño próximo, si se me admite la expresión, el testimonio fronterizo estratégicamente situado en el lugar preciso en que la naturaleza puede volvérsenos inquietante y agresiva; pues poco hay que temer mientras lo Otro pueda presentarse como definitiva e indiscutiblemente otro, lo malo es que comience a revelarse no tan otro, o dicho inversamente, que lo Uno (perdón por esta jerga) se descubra más otro de lo que se pensaba, menos uno de cuanto desearía furiosamente ser; pues, vuelvo a repetirlo, el miedo a la naturaleza se funda sobre todo en el conocimiento de la humanidad que de rechazo podría provocar. ¿Cómo salir al paso de tan desagradable semejanza? Poniéndola en ridículo —visto que se resiste a ser negada— mediante el expediente de acogerla como una pretensión de identidad, y desplazando arteramente la comparación, del terreno biológico —en que se lo compararía con «el hombre» como especie animal— al ilegítimo terreno en el que queda contrastado con un hombre histórico concreto —precisamente aquel que como «el hombre» se pretende absolutizar—, como un hombre vestido; vestido, incluso, según la última moda. En tan sangrienta burla de sus supuestas pretensiones, acaso pueda hablarse de una «afrenta» también en el sentido subjetivo e intencional; parece que hay una verdadera punición: «¿De modo que tú eras el que quería parecerse a los humanos? Pues yo te voy a enseñar, de una vez para siempre, el bonito papel que vas a hacer»; y, como colocándole el INRI encima de la frente, se lo presenta así al espectador: «¡Mirad: uno que quería ser como nosotros!».
Pero esta actitud podría parecer contradictoria con las que he señalado más arriba; se hablaba allí, en efecto, de un impulso a ignorar la alteridad de la naturaleza, de una obsesión centrípeta empeñada en allanar toda distancia, mientras que aquí se diría que más bien se pretende exorcizar la cercanía; conviene, por tanto, detenerse en algunas precisiones: la alteridad que se quiere violentar es la alteridad como mera resistencia, cualquiera que sea su signo en cada caso, la alteridad de lo que es como ello quiere, de lo que se rebela a recibir definitivamente un puesto en la llamada armonía universal; y cuando se habla de falta de respeto, de romper las distancias, se entiende la manipulación cognoscitiva del objeto, sea cual fuere el sentido de semejantes manipulaciones. En el caso del niño se tratará de negar la discontinuidad, con la indeterminación que ésta supone —y que aparejaría, a su vez, la posibilidad de humanidades diferentes—; en cuanto al chimpancé, es la semejanza lo que se trata de poner fuera de juego; la cuestión es que todo, y en especial la humanidad, sea idéntico a sí mismo, que cada cual se esté en su puesto, que no haya ambigüedad. (En lo que al niño se refiere, la manipulación de su imagen en el conocimiento del adulto se compenetra, formando una unidad inextricable, ya con la manipulación de sus conocimientos —adonde iré a parar más adelante—, ya con la manipulación del niño mismo, asunto que no es de este lugar.) En fin, se trata siempre de escamotear cuanto amenace hacernos caer en extrañeza, cuanto pueda mostrarse resistente a nuestros estatutos, y por ende invalidarlos o al menos socavarlos.
Un atentado total contra estos estatutos, contra sus mismos fundamentos, es la experiencia crucial y temerosa, rara vez alcanzada, de que el cosmos se muestre de pronto de verdad como el dueño de sí mismo, de que, como a la luz de un relámpago, se nos descubra por un instante otro de su imagen, de esa tupida red de predicados en la que, como en un tapiz ad usum Delphini, lo pretendíamos ya tener bordado para siempre; esta experiencia de desidentificación —auténtico choque perceptivo y epistemológico— es la naturaleza la que puede ofrecerla especialmente. No he de ser yo, ciertamente, quien reniegue de la legítima y fecunda pretensión cognoscitiva de tales predicados en su ademán intencional hacia su objeto; sí, en cambio, de su eco en nuestro oído, de su reflejo en nuestros ojos. Tampoco es necesario, ni sería resistible, vivir constantemente en la tensión de esa experiencia, pero es acaso indispensable haberla tenido alguna vez, para fundamentar en su recuerdo el abstracto respeto que la sustituye, como un lugarteniente, y le sabe guardar fidelidad y nos aparta de manipulaciones. La idea manipuladora por esencia, la manipulación de manipulaciones, la manipulación como sistema, es la idea de la Armonía Universal. Ese es el exorcismo Urbi et Orbi, el exorcismo solemne y general que termina con todos los demonios.
Como la naturaleza por sí misma, frente a la mirada —ingenua o cultivada— que sepa serle respetuosa y se sepa ser leal, confuta de rechazo la presunta armonía del mundo humano, será preciso manipular su imagen, condicionar y embotar esa mirada ya desde la infancia. Habiendo evolucionado, en este último siglo, el sistema de las ideologías desde la ideología que podríamos llamar dogmática o de contenido hacia procedimientos ideológicos que apuntan directamente a los procesos, a las formas del propio conocer, no es de extrañar que la ideología para la infancia, antaño un mero apéndice de la confeccionada para adultos, se haya convertido hoy en objeto de una auténtica especialización (más aún, podría decirse que todos o casi todos los recursos ideológicos modernos —como puede observarse sin más en las marcadas tendencias infantiles del dibujo publicitario— bajan hoy a beber en los veneros de esta especialidad, beneficiándose de sus hallazgos, lo que podría dar razón de la característica infantilización de nuestro mundo). Se trata, en efecto, de una ideología «educativa», que no atiende ya tanto a lo que muestra cuanto a la propia manera de mostrar; ya no dirige la mirada hacia esto o hacia lo otro, sino que prefiere proyectarse sobre aquello hacia lo cual con interés más espontáneo se halle ya vuelta la mirada: «¿Te gustan los animales? Pues yo te los voy a enseñar». La historia natural, y en especial la zoología, es el terreno de elección para manipular las mentes infantiles.
Walt Disney, con el dos veces doble frente de la fotografía y el dibujo, del argumento y el documental, nos ofrece de ello el paradigma más completo. No es de este lugar —ni podría ser faena de mi agrado— emprender un análisis concreto de sus obras; me quedaré, por tanto, en señalar la dirección a mi entender más relevante en sus mixtificaciones. ¿Puede mixtificarse en lo que hoy gustan de llamar, tan pomposa como autoritariamente, «documentos fotográficos»? Todos sabemos ya que sí, y yo no tengo la culpa de que lleven valor peyorativo —anterior o posterior— en el lenguaje cotidiano las palabras con que el lenguaje técnico contesta sobre el cómo: «la truca» y «el montaje». En cuanto al «objetivo», está muy lejos de serlo lo bastante como para que la manipulación no pueda comenzarse ya en la toma; después, los trozos de película rodada se cortan y se barajan a voluntad del jugador y, gracias a la fragmentación de la escena en planos parciales sucesivos, los documentos se pueden hacer corresponder en el relato a situaciones diferentes a las que había realmente en el momento de la toma: un animal que huía puede ahora convertirse en un animal perseguidor. De este modo se confecciona un argumento, se organiza una sucesión lineal de acciones con un sentido infinitamente más coherente y unitario que el que pudiera tener lo retratado; se da una dirección segura y permanente a los designios y se crean verdaderos personajes, es decir, unidades unívocas y unidimensionales de conducta y de intención (cosa, por lo demás, ya mentirosa con respecto a los humanos, pues un hombre podrá tener designios, incluso a veces obsesivos, pero —a despecho de todos los esfuerzos que desde tiempo inmemorial viene haciendo en tal sentido la ideología entrañada en la forma misma de la épica y de la historiografía— una existencia no es nunca, por fortuna, una función argumental), que, por su sola naturaleza estructural, nos llevan de la mano al agonismo y nos sugieren inmediatamente una toma de partido —y hay siempre un solo partido que tomar—, toma que hasta nos puede ser recompensada, haciendo que el malvado resulte al final puni par les événements. Ya con esta antropomorfización estructural la naturaleza se vuelve perfectamente congruente e inmediatamente inteligible; no es necesario dar un solo paso para comprenderla: viene ya totalmente interpretada; con eso, acreditado por la suprema autoridad de la fotografía, queda excluida, por lo pronto, cualquier incertidumbre, cualquier curiosidad intempestiva. Pero a esto, por si no fuera bastante, se le añade todavía, con el concurso de la palabra y de la música, el contenido moral de la lección, el «mensaje» de la naturaleza; o sea, que, no contentos con presentárnosla dopada y disfrazada, se la hace incluso hablar —a ella, que es el silencio por antonomasia. Mientras, en tal pasaje, la música no dejará de subrayar, con sublimes acentos y coros celestiales, la ternura de la fiera para con sus cachorros, la del ave para con sus polluelos, la del ofidio para con sus crías... prolongando con puntos suspensivos la serie inconcluida, para que el propio espectador, de manera automática, la complete en su mente con el hombre, en tal otro momento la voz en off se cuidará de enfatizarse, con épicas y filosóficas palabras, en torno a la dura ley de la selva, a la struggle for life, para, del mismo modo, ratificar y perpetuar, con la presunta sanción de la naturaleza, la violencia imperante en la jungla de asfalto. En este mismo sentido, que induce a la capitulación y a la conformidad, es significativo el título de un libro de animales destinado a los niños, publicado en Francia: C’est la vie. Se trata, aquí y allí, de poner por testigo a la naturaleza —un testigo comprado y aleccionado ya hemos visto cómo— sobre la afirmación de que ésta, la presente, es la verdadera humanidad, la única humanidad que puede haber; en una palabra, de que hay «tiempo de amar y tiempo de morir», de que «la vida es así».
En cuanto a los dibujos, aparte su propio espíritu —que no es de este lugar— y al margen de que nos vuelven a traer (y de manera realmente vomitiva —no puedo contenerme de decirlo) sobre el asunto de la cursilería, hay que decir que su manipulación de la naturaleza se produce sobre todo en el campo perceptivo: comoquiera que sus personificaciones de animales no van por el registro simbólico o esquemático, sino por el plástico, expresivo y descriptivo (estoy pensando en Bambi y semejantes, más que en la serie Mickey, Donald & Co.), resulta de ello esa extraña falsificación naturalística —si se me admite la antinomia— cuyo carácter fundamental es la hiperfisonomización; se saturan, por una parte, los rasgos fisonómicos característicos del animal —verbigracia: los incisivos y el rabo en el conejo—; por otra, se le multiplican los músculos faciales hasta alcanzar la complejidad, la riqueza de juego, de los del rostro humano. Es una doble manipulación, en la que la exageración de los rasgos propios del animal, su hipercaracterización, compensa los efectos desnaturalizadores de su humanización expresiva y la hace aceptar como legítima; el animal conserva el parecido, sin darse cuenta de haber sido asesinado en su condición fundamental: en su silencio. Por esas circunstancias peculiares, la inmediatización es capaz de interferir y de condicionar la percepción en vivo de la naturaleza, supeditando la experiencia a la interposición de sus antropomórficos modelos interpretativos. Los resultados son análogos a los que, operando en el público otra de las grandes atrofias cognoscitivas, producen, en su terreno, las películas históricas (renuncio aquí a decir de qué manera); en efecto, por el procedimiento de «adaptar», de hacernos inmediato lo distante, lo mediado a través de un testimonio (siniestramente revelador de ese subjetivo y centrípeto objetivismo que, al menos desde Roma, viene siendo una de las peores tendencias de Occidente y que hoy toca sus extremos, es el que con historia se designe a la vez, ambiguamente, tanto el acontecer como sus testimonios), se obstruyen los caminos —ya de suyo tan difíciles— para la imaginación de lo remoto: la imagen cinematográfica se apresura a ocupar ese lugar vacío y ya es casi imposible destronarla e impedirle que aplaste, por superposición, la fugitiva e inacabada imagen del pasado —allanamiento que, por lo demás, ya se prefiguraba, antes del cine, en las ilustraciones de los textos escolares. Tanto en el caso de los cartoons como en el de las películas históricas se trata de una sistemática inmunización contra el conocimiento de lo extraño. Y en lo que se refiere a la obra de Walt Disney no se puede dejar de encarecer la circunstancia de que el mundo contra el que vuelve su atentado, el mundo de los animales, viene a ser para los niños el lugar fundamental en que se cuaja y se perfila la primera llamada a un interés centrífugo, la primera experiencia de lo Otro. Al hablar de la antropomorfización de la naturaleza, de su «humanización» con miras a ratificar y hacer pasar por «natural» el mundo humano, no se podía dejar de lado la figura de quien, por la enorme abundancia y difusión de sus repugnantes producciones, debe ser considerado como el máximo corruptor de menores de este medio siglo.
No es necesario pensar en oscuras intenciones; por el contrario, se trata justamente de tendencias inerciales, automáticas, centrípetas, dimanantes de las propias circunstancias de lo dado, y pensar en designios sería hacerles demasiado honor; es lo que se conduce por sí mismo, lo que ya está apuntado y sugerido en la cadencia misma de las cosas, en su sistema de reproducción, del que los propios agentes son pacientes; precisamente el mito del malvado —con la concomitante práctica mágica del holocausto de chivos expiatorios— es un típico mito exorcizador; es la tinta de calamar tras de la cual pretenden, puestas entre la espada y la pared, zafarse y sobrevivir las anónimas tendencias, de las que nadie es en verdad sujeto y que precisan, como del aire, justamente de nuestra inconsciencia (o, lo que es lo mismo, de nuestra buena conciencia, o sentimiento de imperfectibilidad) para poder sostenerse y perdurar: les urge la inocencia universal. Ante la buena conciencia de sus propios fautores, ese anónimo impulso manipulador reviste las figuras más ingenuas; así, puede presentarse, por ejemplo, como «necesidad de adaptar el objeto a la mente infantil». Empezando por la segunda cosa subrayada, diré que esa presunta mente infantil es una mente imaginada por el mundo adulto a la medida de su cobardía, aparte de una verdadera afrenta para los abnegados hijos de los hombres; la acción que se camufla, en realidad, detrás de ese «adaptar el objeto a la mente infantil» es la de adaptar esa mente al modelo para ella concebido, a través de un objeto manipulado ad hoc para su horma. Sería preciso escribirlo en las paredes, por obvio que ello sea: no hay una mente infantil ni una mente femenina, no hay más que una sola mente humana; la infantilidad es un invento de la misma ralea que el de la feminidad y estrechamente coordinado a éste: los niños y las mujeres son, por antonomasia, «los que se quedan en casa». La idea de adaptación es una idea centrípeta por excelencia, que piensa el conocer como asimilación de los objetos; y asimilarlos, familiarizarlos, hacerlos semejantes a lo propio, es despojarlos justamente de cuanto en ellos había por conocer; se diría, pues, que se trata de desvirtuar la actividad cognoscitiva, suplantándola por su fingimiento.
Cuando aludía de pasada, más arriba, al eco y al reflejo sobre el hombre de la red de predicados que éste lanza sobre el cosmos, pretendía referirme a la actitud que viene a interpretarlos como «la respuesta de las cosas» —una respuesta, por cierto, que se recibe como unívoca, que se absolutiza respecto de cualquier pregunta— y, por lo tanto, como el rostro de las cosas mismas; pues bien, esta allanadora concepción es la que yace implícita debajo de la idea de adaptación. En efecto, solamente en el caso de que la significación no sea un movimiento hacia las cosas, sino su propio rostro, revelado y fijado para siempre, se puede imaginar como legítimo y posible un viaje de retorno, en que el viajero —la palabra— adaptase a la limitada comprensión de los paisanos, por referencia a lo propio y familiar, la visión de lo exótico y desconocido. Pero si, como ocurre en realidad, la significación no es el punto de llegada, sino el viaje mismo, o sea, el irreversible movimiento de la mente hacia las cosas (un movimiento, en cuanto tal, es siempre irreversible; solamente un camino —es decir, la objetivación de un movimiento— puede ser reversible), entonces no es posible poner a otros sujetos en relación con ellas más que haciéndose acompañar consubjetivamente en ese mismo movimiento centrífugo —lo que, a la postre, no quiere decir sino que todo proceso intelectivo ha de ser, por esencia, actividad; no puede ser pasiva recepción. Y toda adaptación, siendo un viaje de retorno, lo que pretende hacer es justamente invertir el sentido de semejante movimiento, es desandar la significación, desvirtuándola de hecho en cuanto pueda tener de referencia intencional hacia las cosas —es decir, de real conocimiento— y suplantando a éstas por la imagen del propio movimiento objetivado y, por lo tanto, convertido, por su parte, en cosa. La significación se entenebrece y muere, deja de ser significante, en el instante mismo en que la palabra se detiene, en que deja de ser un movimiento, para cuajarse en cosa. Quien cree que puede adaptar las significaciones (usando «otro lenguaje más sencillo y asequible», como si lo más simple fuese capaz de expresar lo más complejo y como si la significación permaneciese —al igual que una cosa— idéntica a sí misma, y toda diferencia de lenguaje no fuese sino adecuación a distintos receptores) se comporta con ellas como si fuesen cosas y a la vez las cosas a las que se refieren. De ahí que el respeto a las palabras, el saber conocerlas como tales, coincida exactamente con el respeto hacia las cosas, a las que por principio no cabe tributarles —como he dicho más arriba— más que un respeto abstracto, es decir, tramitado a través de las palabras.
Al proceder con la significación como si fuese una especie de alameda por la que uno pudiese pasearse para adelante y para atrás, la adaptación la desnaturaliza y desvirtúa de todo su poder cognoscitivo, y muy a menudo en nombre de una comunicación a ultranza, que no repara en destruir su propio contenido —la referencia hacia las cosas— ni en traicionar, del mismo golpe, su propia condición fundamental. Esta no es, en efecto, sino la participación consubjetiva en el movimiento de la significación, frente al cual la comunicación sí que es, o debe ser, en cambio, un camino reversible: una reciprocidad de las dos partes en cuanto a los derechos de emisor y receptor. La adaptación, curiosamente, al hacer reversible —aniquilándolo— el movimiento de la significación, convierte en irreversible —destruyéndolo igualmente— el tráfico de la comunicación, que justamente no debería serlo, y en cuyo nombre se cree justificada. Al despachar por cosas —opacas y por lo tanto irreductibles— las significaciones, la adaptación convierte el noble tráfico de la comunicación en una acción unilateral y autoritaria, terminando de traicionar con ello, en todos los terrenos, la santa libertad de la palabra. He aquí, pues, cómo al socaire de los ya tópicos clamores en favor de una comunicación a ultranza —clamores que corren hoy, sin restricciones, por moneda democrática, sin que nadie se tome el cuidado de sonarla— puede ampararse y prosperar, del modo más artero, el dogmatismo autoritario. Que estas no son suspicacias de palurdo lo sabe bien cualquiera que contemple el panorama del tinglado cultural, con sus poderosísimos medios de difusión, en los que llega incluso a materializarse la irreversibilidad de la sedicente comunicación sobre una inmensa grey de exclusivos receptores, al par que, contra la propia evidencia de los sentidos corporales, se insiste cada vez más en designarla como «diálogo», y «medios de comunicación social» a sus unilaterales instrumentos, empecinados, con un ardor digno en verdad de mejor causa, en meternos en casa el universo entero. Una significación adaptada a un receptor determinado ya no es una verdadera significación, es —aparte de un instrumento autoritario— un vil sucedáneo, vacío de toda virtud cognoscitiva y bueno solamente para aplacar y reprimir las impertinentes y peligrosas curiosidades del Delfín.
Poner el mundo en casa es la manera de lograr que jamás se acceda a él; dando de la naturaleza una imagen «adaptada», y por ende inmediata y asequible, es justamente como se la hace inaccesible a la experiencia, como se la defiende contra el conocimiento: «el universo al alcance de la mano» ya no es tal universo. Animales dañinos se titula cierto álbum para niños que circula por mi casa. ¿Qué habría sido de las ciencias naturales si se hubiesen querido organizar sobre la base de semejantes criterios de clasificación? Clasificar los animales por la dicotomía «útiles /dañi
