Introducción
Es este un libro sobre la Segunda Guerra Mundial que intenta plantear una nueva forma de abordar aquel conflicto épico. No es otra historia general de la guerra; tampoco se centra en una sola campaña, ni en un solo líder militar. Versa, en cambio, sobre la resolución de problemas y sobre sus artífices, y prefiere concentrarse en los años intermedios del conflicto, aproximadamente desde finales de 1942 hasta mediados del verano de 1944.
En un libro tan complejo como este, es mejor dejar claro desde un primer momento de qué no trata y qué no pretende. Se opone a cualesquiera intentos de reduccionismo, como el de que la victoria en la guerra puede explicarse meramente por la fuerza bruta, o por alguna «arma maravillosa», o por algún sistema mágico de descifre. Las afirmaciones según las cuales la guerra la ganaron los bombarderos de la Real Fuerza Aérea británica (la RAF), los tanques T-34 del Ejército Rojo o la doctrina de guerra anfibia del Cuerpo de Marines estadounidense se tratan con respeto y cuidado en las páginas que siguen, pero ninguna de estas explicaciones domina el libro. Ni deberían hacerlo. La Segunda Guerra Mundial fue tan infinitamente compleja, y se libró en tantos teatros de operaciones y por medios tan distintos, que el estudioso inteligente sencillamente tiene que buscar una explicación multicausal de por qué ganaron los aliados.
Esta complejidad se refleja en los cinco grandes capítulos que siguen. Cada uno de ellos narra una historia acerca de cómo unos pequeños grupos de individuos e instituciones, tanto civiles como militares, lograron posibilitar que sus dirigentes políticos alcanzaran la victoria en los críticos años intermedios de la Segunda Guerra Mundial. Versa sobre cuáles eran los problemas operativos y militares, quiénes los solucionaron, cómo lo hicieron y, en consecuencia, por qué su trabajo constituye un importante ámbito de estudio. La historia comienza en la Conferencia de Casablanca celebrada en enero de 1943, cuando el pensamiento estratégico inicial de los aliados se consolidó en un proyecto mucho más amplio y cohesionado para derrotar a las potencias del Eje, y termina unos diecisiete meses después, en junio-julio de 1944, cuando, sorprendentemente, los cinco retos operativos allí abordados o bien habían sido superados, o bien estaban en camino de serlo. Es este un análisis de cómo una gran estrategia se aplica en la práctica, con la afirmación explícita de que no se pueden entender las victorias sin reconocer cómo se fraguaron aquellos éxitos y quiénes fueron sus ingenieros. En este sentido, hay que decir que cuando hablamos aquí de «ingenieros» no nos referimos estrictamente a personas que poseen una licenciatura o un doctorado en ingeniería (aunque el fundador de los Seabees, el almirante Ben Moreell, y el inventor del detector de minas, Józef Kosacki, ciertamente los tenían), sino a todas las que tienen cabida en la acepción, más amplia, que dan algunos diccionarios como el Webster: «Persona que lleva a cabo una tarea mediante un artilugio hábil o ingenioso».* La potencial transferibilidad del libro a grandes organizaciones no militares resultará evidente.
Obviamente, ninguno de los cinco capítulos empieza, ni podría hacerlo, en enero de 1943, puesto que en cada caso hay un relato previo que ayuda al lector a entender el contexto y los contornos del análisis que sigue. De todos modos, tampoco hay una estructura simple y mecánica que se repita en cada capítulo. Escoltar barcos mercantes a través de los océanos (capítulo 1) y desembarcar en una costa enemiga (capítulo 4) eran retos militares tan antiguos, y se inspiraban en tantas lecciones y principios de combates del pasado, que estos dos capítulos merecen una introducción histórica más extensa. En cambio, luchar contra las técnicas de guerra acorazada de la Wehrmacht (capítulo 3) y ser abatido en el cielo por cazas enemigos (capítulo 2) eran experiencias tan nuevas que estos dos capítulos comienzan con anécdotas de choques producidos en el mismo año 1943. Por su parte, el capítulo 5 se sitúa más o menos en un punto intermedio. Tratar de determinar cómo mover grandes fuerzas a través del Pacífico a partir de 1941 sin duda exigió nuevas armas y formas de organización, pero este reto operativo había sido sopesado previamente durante dos décadas enteras, y requiere su propia introducción.
En cambio, cada capítulo termina con bastante rapidez después de llegar a junio-julio de 1944. Se examina brevemente cómo los combates llevaron hasta Berlín e Hiroshima, pero los argumentos de este libro finalizan en torno a julio de 1944. Ciertamente, se cambiaron las tornas en aquellos dieciocho meses cruciales de la guerra, y ninguna acción desesperada de Berlín o Tokio podría haber alterado ya el curso de la guerra.
Los autores que escriben libros lo hacen por muchos motivos. En mi caso, el hecho de verme apartado durante largo tiempo de mis investigaciones y escritos, durante la década de 1990, para ayudar a elaborar un estudio de cara a mejorar la eficacia de las Naciones Unidas, probablemente fue la razón de que me interesara más en la idea de las personas que han solucionado problemas a lo largo de la historia.1 Más tarde, una asignatura sobre gran estrategia que daba todos los años en Yale vino a estimular aún más este interés intelectual. Dicha asignatura es un extraordinario curso de doce meses que examina a los grandes clásicos (Sun Tzu, Tucídides, Maquiavelo, Clausewitz…) junto con una serie de ejemplos históricos de grandes estrategias que salieron bien o mal, y que concluye con un análisis de los problemas del mundo contemporáneo.2 La justificación pedagógica de tal curso es bastante sólida: si hemos de formar a los futuros líderes de talento en los ámbitos de la política, el ejército, los negocios y la educación, el período de sus vidas en el que son estudiantes universitarios avanzados y de posgrado probablemente constituye el momento óptimo para que afronten intelectualmente textos intemporales y estudios de caso históricos. ¡Muy pocos primeros ministros o altos directivos de empresa tienen demasiado tiempo para estudiar a Tucídides a sus cincuenta o sesenta años!
Pero la enseñanza de la gran estrategia tiene que abordar, por su propia naturaleza, las cuestiones estratégicas y políticas desde arriba. En consecuencia, lo que ocurre en el nivel intermedio, en el nivel de la puesta en práctica de dichas políticas, a menudo se da por sentado. Los grandes líderes mundiales piden que se haga algo y, voilà, eso se hace; o, voilà, no se logra llevarlo a cabo. Raras veces investigamos en profundidad la mecánica y la dinámica del éxito y el fracaso estratégicos; sin embargo, es este un ámbito de investigación muy importante, por más que todavía bastante desatendido.3 Por dar solo unos pocos ejemplos: los historiadores de Europa saben que durante un asombroso período de ochenta años Felipe II de España y sus sucesores trataron de sofocar la revuelta protestante holandesa, a muchos kilómetros al norte de Madrid y separada de la capital por numerosos ríos y cordilleras, pero raras veces indagamos cómo pudo aquella campaña militar llevarse a cabo de manera tan satisfactoria e impresionante a lo largo del denominado «Camino español». Los estudiosos saben también que la marina isabelina británica superaba en capacidad de maniobra y potencia de fuego a la armada española de 1588, mucho más numerosa, pero raramente son conscientes de que solo el drástico rediseño de los galeones de la reina que hiciera sir John Hawkins un decenio antes proporcionó a aquellas naves la velocidad y la potencia de fuego necesarias para ello. Del asombroso crecimiento del imperio británico en el curso de las grandes guerras del siglo XVIII se da cuenta en un buen número de libros, pero por lo general sin explicar hasta qué punto esto fue así gracias a la financiación de los comerciantes de Amsterdam y de otras capitales europeas. Los historiadores nos dirán que, cuando Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania en agosto de 1914, de inmediato se dio la alerta militar en los territorios de ese mismo imperio en todo el planeta, pero apenas se habla del asombroso sistema de comunicaciones por cable submarino que transmitió aquella orden.4 Tanto los grandes estrategas como los líderes y académicos dan muchas cosas por sentadas.
Por la misma regla de tres, los historiadores de la Segunda Guerra Mundial saben también que en enero de 1943, tras el éxito de los desembarcos en el norte de África, Winston Churchill, Franklin Delano Roosevelt y los jefes del Estado Mayor Conjunto se reunieron en Casablanca para decidir sobre el futuro ordenamiento de la guerra, y que de aquellos intensos debates surgieron las directrices tanto políticas como operativas de la futura gran estrategia angloamericana. En el plano político, el enemigo tendría que ofrecer una rendición incondicional. Dado que reconocían a Alemania como el más formidable de sus enemigos, a obtener la victoria en Europa se dedicarían la mayor parte de los recursos, pero el almirante de la flota estadounidense Ernest J. King se aseguró de que esa decisión no excluyera al mismo tiempo las operaciones de respuesta en el Pacífico y Extremo Oriente, por muy ambicioso que eso pudiera parecer. A los aliados rusos habría que darles toda la ayuda posible para oponer resistencia a la guerra relámpago nazi, por más que dicha ayuda no pudiera incluir una asistencia directa en los campos de batalla del frente oriental. A más corto plazo, las flotas, las fuerzas aéreas y los ejércitos occidentales tendrían que determinar el modo de acometer su triple misión operativa: 1) hacerse con el control de las rutas marítimas atlánticas, de modo que los convoyes que se dirigieran a Gran Bretaña pudieran navegar sin interferencias; 2) lograr el dominio del aire en toda la Europa central y occidental, de modo que el Reino Unido pudiera actuar no solo como rampa de lanzamiento para la invasión del continente, sino también como plataforma para la sistemática destrucción aérea del Tercer Reich, y 3) abrirse paso a través de las playas en poder del Eje y llevar el combate al corazón del territorio europeo. Una vez acordado todo esto, el presidente estadounidense y el primer ministro británico pudieron posar para las fotografías de la conferencia, aprobar esas directrices estratégicas y volver a casa.5
También sabemos que, poco más de un año después, todos aquellos objetivos operativos, o bien se habían logrado, o bien estaban a punto de alcanzarse (la parte de la «rendición incondicional» necesitaría otro año más). Se habían tomado el norte de África, luego Sicilia y a continuación toda Italia. La política de rendición incondicional seguía vigente, excepto para dejar al tambaleante imperio de Mussolini fuera de la guerra y neutralizar Italia. El principio de «Alemania primero» se mantenía intacto, y, como era de esperar, Estados Unidos demostró que también era capaz de destinar a la guerra en el Pacífico unos recursos militares tan enormes que la rendición de Japón se produjo solo tres meses después de la caída del Tercer Reich. Se aseguraron las rutas marítimas atlánticas. Se estableció el predominio aéreo en Europa, y con él llegó la creciente campaña de bombardeo estratégico contra la industria, las ciudades y la población alemanas. Se proporcionó más ayuda a Rusia, por más que su fortaleza y sus recursos fueran con mucho la principal razón de su victoria final en el frente oriental. Las fuerzas norteamericanas avanzaron en masa a través del Pacífico. Francia fue finalmente invadida en junio de 1944, y menos de un año después los ejércitos aliados se encontraban a orillas del Elba para celebrar sus respectivas y reñidas victorias en Europa. Lo dispuesto en Casablanca ciertamente había ocurrido, y este libro trata de explicar cómo y por qué.
Como sucede a menudo, las apariencias engañan. No hay ninguna línea causal que conecte el confiado anuncio de Casablanca sobre las estrategias de guerra aliadas y la materialización de estas. Y ello porque la verdad era, lisa y llanamente, que a comienzos de 1943 la Gran Alianza no estaba en posición de poner en práctica aquellos objetivos declarados. De hecho, en muchos de los escenarios bélicos, y especialmente en los cruciales combates por el dominio del mar y el de los cielos, la situación se deterioró en los meses que siguieron a la Conferencia de Casablanca. La victoria final de 1945 casi ha borrado esa realidad, en gran parte del mismo modo que las victorias definitivas sobre Felipe II y Napoleón tendieron a oscurecer lo difíciles que parecieron —y fueron— las cosas para sus adversarios en los años intermedios de los respectivos conflictos.
En la batalla por el control de las rutas marítimas atlánticas —la campaña que Churchill confesó que le dio más motivos de preocupación que ninguna otra en toda la guerra—, las pérdidas de barcos mercantes se intensificaron en los meses inmediatamente posteriores a Casablanca. En marzo de 1943, por ejemplo, los submarinos del almirante Karl Dönitz hundieron 108 buques aliados, con un total de 627.000 toneladas, un índice de pérdidas que horrorizó a los planificadores del Almirantazgo, especialmente habida cuenta de que el verano siguiente habrían de enfrentarse a un número aún mayor de submarinos alemanes. Así, en lugar de que los convoyes proporcionaran fácilmente cantidades masivas de hombres y municiones para abrir un segundo frente, se temía que Gran Bretaña no pudiera obtener el suficiente combustible marítimo comercial para sobrevivir. A menos que se conjurara ese peligro, y mientras no se conjurara, cualquier posible invasión de Europa estaba fuera de lugar.
A lo largo de 1943, las cosas también fueron de mal en peor en la campaña aliada de bombardeos estratégicos sobre Alemania. En el marco de la extraordinaria reorganización de las industrias de guerra alemanas llevada a cabo por Albert Speer, la Luftwaffe duplicó su número de cazas nocturnos. Las famosas incursiones «de los mil bombarderos» del mariscal del aire Arthur «Bombardero» Harris asestaron unos cuantos golpes espectaculares (Colonia, Hamburgo…) a la industria alemana, pero hubo tantos bombarderos de la RAF que resultaron destruidos cuando pasaron a atacar la más distante Berlín, que la fuerza aérea británica llegó al borde de la parálisis. En los 16 ataques aéreos masivos lanzados sobre la capital nazi entre noviembre de 1943 y marzo de 1944, el Mando de Bombardeo perdió 1.047 aviones y otros 1.682 sufrieron daños. Las incursiones diurnas de las Fuerzas Aéreas del Ejército de Estados Unidos (la USAAF)* llevaron a un índice de desgaste por operación aún mayor. En la famosa incursión del 14 de octubre de 1943, por ejemplo, 60 de las 291 fortalezas volantes que atacaron las vitales plantas de rodamientos de Schweinfurt fueron derribadas, y otras 138 resultaron dañadas. Ambas fuerzas aéreas tuvieron que afrontar el sencillo hecho de que el dicho de entreguerras según el cual «los bombarderos siempre se abren paso» era incorrecto. En consecuencia, el dominio aéreo aliado se había convertido en algo tan ilusorio como el dominio del mar. Pero, sin ambos, derrotar a Alemania era imposible.
En cualquier caso, los aliados occidentales no habían resuelto cómo afrontar su tercera tarea militar: cómo desembarcar en una costa que estaba en manos de un enemigo dotado de las capacidades defensivas del «Muro Atlántico», cómo rechazar los inevitables y masivos contraataques acorazados de la Wehrmacht contra las cabezas de puente, y cómo hacer retroceder a dos o tres millones de soldados desde las playas del canal de la Mancha hasta el corazón de Alemania. Los desembarcos en el norte de África que habían precedido a la Conferencia de Casablanca habían sido relativamente fáciles, dado que allí la oposición naval y política de la Francia de Vichy era insignificante, lo que, quizá irónicamente, contribuyó a la confianza generalizada que rezumaban Roosevelt y Churchill en Casablanca (menos visible en astutos profesionales como Alanbrooke y Eisenhower). Pero desmantelar las fortificaciones alemanas a lo largo de la costa atlántica era un asunto totalmente distinto, como sin duda sabían los jefes del Estado Mayor, dado que la única aventura de tanteo realizada para poner a prueba aquellas defensas —la catastrófica incursión de Dieppe en agosto de 1942— se tradujo en la muerte o la captura de la mayoría de las tropas canadienses allí desplegadas. En consecuencia, la conclusión que extrajeron los planificadores aliados de aquella incursión fue que resultaría prácticamente imposible tomar un puerto enemigo bien defendido. Pero si ese era el caso, ¿adónde exactamente se podrían enviar miles de barcos y se podría desembarcar a millones de hombres? ¿En una playa abierta, azotada por las habituales tormentas atlánticas? También eso parecía poco práctico. Entonces ¿cómo iban los aliados occidentales a invadir Francia con éxito (o, para el caso, a invadir Japón en medio del turbulento oleaje del Pacífico)?
El reto de superar los contraataques alemanes sobre las cabezas de puente plantea otra gran pregunta: ¿cómo se para una guerra relámpago? Por motivos históricos, operativos y técnicos concretos, a finales de la década de 1930 y comienzos de la de 1940 las fuerzas armadas alemanas habían dado con una forma de guerra basada en un armamento variado (tropas de choque, armas ligeras portátiles, unidades de infantería motorizadas, tanques, apoyo aéreo táctico…) que se abría paso rápidamente a través de las defensas de sus adversarios. Así se hizo pedazos a los ejércitos polaco, belga, francés, danés, noruego, yugoslavo y griego. En 1940-1941, el orgulloso ejército británico fue expulsado de Europa (Noruega, Francia, Bélgica, Grecia y Creta) de un modo que no se veía desde que María Tudor perdiera Calais.
En la época de la Conferencia de Casablanca había al menos varias buenas noticias en lo relativo a esta forma de combate. En las lejanas fronteras occidentales de El Cairo, en las inmediaciones de El Alamein, los ejércitos encabezados por los británicos habían parado el avance del carismático general Erwin Rommel, dañado sus unidades militares más importantes y empezado a hacer retroceder a las fuerzas alemanas a lo largo de las costas norteafricanas. Casi al mismo tiempo, la contraofensiva del Ejército Rojo en el sector sur del frente oriental había atascado la brutal e imponente ofensiva alemana en Stalingrado, recuperado la ciudad casa por casa y capturado íntegramente al VI Ejército del general Friedrich Paulus.
Pero el Tercer Reich, conmocionado por estas derrotas en tierra, se sacudió su autocomplacencia y se reorganizó. En 1943 su producción de armamento era más del doble que la de 1941; su producción de aviones ese último año había sido aproximadamente la mitad que la británica, pero en 1943 estaba tomando de nuevo la delantera. Las diversas fuerzas armadas alemanas recibían mejores aviones, mejores tanques y mejores submarinos. La reacción de un preocupado Hitler ante los desembarcos angloamericanos en el norte de África (el 8 de noviembre de 1942) consistió en tomar el control de toda la Francia meridional (Vichy) y llenar Túnez de divisiones de élite. Mientras los líderes aliados volvían a casa desde Casablanca, las recién llegadas fuerzas de Rommel castigaban a las inexpertas unidades estadounidenses en el paso de Kasserine. Después de Stalingrado, las fuerzas de primera línea del Ejército Rojo habían perdido fuelle, y en febrero y marzo de 1943 los reforzados ejércitos Panzer de Erich von Manstein ya habían debilitado la ofensiva rusa, habían recuperado Járkov y estaban reuniendo una vasta fuerza acorazada para avanzar hacia Kursk en verano. Si, además de eso, Berlín podía seguir interceptando los convoyes atlánticos, destruyendo la ofensiva aérea occidental y negando a los ejércitos angloamericanos la entrada en Francia, entonces presumiblemente podría concentrar una mayor cantidad de sus masivas fuerzas en el frente oriental, quizá hasta que incluso Iósiv Stalin admitiera la necesidad de llegar a un acuerdo.
Otro importante reto operativo era la tarea de garantizar la derrota de Japón. Esta iba a ser claramente una tarea estadounidense, si no de manera exclusiva, sí en su mayor parte. Desde luego, las tropas británicas e indobritánicas tratarían de recuperar Birmania, Tailandia y Malasia, y las divisiones australianas se unirían a Douglas MacArthur para tomar Nueva Guinea y continuar luego hacia las Filipinas. Pero la ruta operativa más sensata era en realidad evitar las junglas de Nueva Guinea, Birmania e Indochina, y, en cambio, avanzar a través del Pacífico central directamente hacia el oeste pasando de Hawái a las Filipinas, luego a China y por último a Japón. Varios oficiales estadounidenses innovadores habían acariciado la idea de ejecutar este «Plan de Guerra Naranja» durante los años de entreguerras, y sobre el papel parecía de lo más prometedor; al fin y al cabo, fue el único plan de campaña que no hubo de ser descartado o enmendado de arriba abajo como consecuencia de los grandes éxitos del Eje en 1939-1942.
El problema, una vez más, como en el caso de la invasión de Francia, era siempre de índole práctica. Exactamente, ¿cómo se desembarca en un atolón de coral, cuyas aguas costeras están plagadas de minas y obstáculos, cuyas playas están infestadas de trampas explosivas y donde el enemigo se esconde en profundos búnkeres? Todavía en noviembre de 1943, el Mando del Pacífico Central inició su anhelada ofensiva con un ataque lanzado por una fuerza aplastante contra la guarnición japonesa que defendía Tarawa, en las islas Gilbert. No cabía dudar del resultado, puesto que el Cuartel General Imperial había decidido que las Gilbert quedaban fuera de su «esfera de defensa nacional absoluta» en el Pacífico y la guarnición contaba solo con tres mil hombres; pero las bajas entre los marines estadounidenses atrapados bajo el fuego graneado en los arrecifes de coral periféricos conmocionaron a la opinión pública de su país. De cualquier forma que se cruzara
