Índice
Guatemala. El silencio del gallo
Mapa. Departamentos de Guatemala
Guatemala, siglo XX
1. La campana enterrada
2. El cura que no quiso hacer carrera
3. Quinientos años de hambre
4. El coronel sí tiene a quien escribir
5. Las barbas del vecino
6. En busca de la tierra perdida
7. La extraña historia de Pedro Ical
8. En la Tierra Prometida
9. Una visita en la noche
10. Los peligros de la selva
11. Qué triste se oye la lluvia...
12. La muerte llega a la Casa del Padre
13. Donde habita el color
14. El año de la Ira
15. El espejo roto
16. «Sonaba ruido metálico, mientras venían...»
17. El frente de Nueva York
18. «Bienvenido, entrás en zona de guerra»
19. A rumbo...
20. La niña que acalló a los soldados
Epílogo. Guatemala, siglo XXI
Cronología. De la hostilidad de Pedro de Alvarado a la impunidad de Ríos Montt
Diccionario de siglas y vocablos
Sobre este libro
Sobre Carlos Santos
Créditos
Notas
Para que Marta, Javi, Miguel y Carlos sepan que hubo un tiempo, no tan lejano, en el que muchas personas, entre ellas su tío abuelo Luis Gurriarán, luchaban juntas por un mundo más justo y mejor.
En memoria de José María Gran, Faustino Villanueva, Juan Alonso, Carlos Pérez y Andrés Lanz, que no vivieron para contarlo, y en la de todas las demás víctimas de la guerra y del silencio.
Con toda gratitud a quienes dieron su testimonio y a quienes con sus críticas —Javier, María—, su paciencia —familia Utande— o ambas cosas —Ana Mayoral— colaboraron en este trabajo de reconstrucción.

Guatemala, siglo XX
Jueves, 17 de junio de 1954. Mientras las grandes potencias viven los años más gélidos de la Guerra Fría y el senador Joseph R. McCarthy busca comunistas debajo de las piedras, doscientos soldados de fortuna, encabezados por un coronel y por una imagen del Cristo de Esquipulas, entran en Guatemala y terminan con el gobierno de Jacobo Arbenz, un militar nacionalista que llegó al cargo tras unas elecciones, después de participar en un inocuo movimiento cívicomilitar, y que acaba de iniciar una tímida reforma agraria. Detrás de esa columnita de mercenarios está la CIA, cuyo director, Allen Dulles, recibirá la efusiva felicitación del presidente Eisenhower; ha logrado erradicar, con limpieza, una «cabeza de playa soviética». Detrás está también la United Fruit Company, la todopoderosa multinacional frutera a la que Guatemala debe su reputación de república bananera. Y detrás está la jerarquía eclesiástica que, animada por el miedo al comunismo, ha impulsado el golpe desde los púlpitos.
Guatemala, que es el único país de América, junto con Bolivia, donde son mayoría los indígenas, alcanzó su independencia en 1821. Desde entonces, espadones al servicio de las multinacionales se han turnado en el gobierno con oligarcas de escasos escrúpulos sin que unos y otros hayan hecho nada por amortiguar las terribles desigualdades socioeconómicas de la población, arrastradas desde los tiempos de la Colonia. Tras la caída de Arbenz, quienes se ven a sí mismos como dueños naturales del país recuperan las riendas del poder. En adelante gobernarán los militares, a quienes nunca faltará el apoyo de Estados Unidos, que aquí podrá ensayar sus estrategias de contrainsurgencia anticomunista. La reciente revolución de Cuba alienta los miedos, las fobias y las estrategias. Los militares harán cualquier cosa para que Guatemala, con sus terribles desigualdades, se quede como está. Cualquier cosa, incluso la guerra. Una guerra contra la población civil que comenzará cuando esa población intente defender sus intereses o pretenda recuperar su tierra, con la ayuda de un incipiente movimiento guerrillero o la de unos centenares de misioneros.
Esos misioneros, entre los que está el protagonista de este relato, llegaron a Centroamérica como refuerzos de la jerarquía eclesiástica en su cruzada contra el peligro comunista. Pero unas semanas, si acaso unos meses, fueron suficientes para que descubrieran dónde estaba el verdadero peligro y tomaran partido por los más débiles. Alumbrados por la Teología de la Liberación, pero sobre todo por su propia experiencia directa, vivieron en primera persona la guerra de Guatemala, la menos conocida y más cruenta del continente americano en todo el siglo XX. Más de doscientas mil personas, casi todas indígenas mayas, murieron en esa guerra, según el recuento final de las Naciones Unidas, que la calificó de «genocidio». Doscientas cincuenta mil, según los datos actualizados que manejaba la Audiencia Nacional española en 2006. Pero ni la ONU ni los jueces españoles encontraron palabras para evaluar la ferocidad medieval de un ejército cuyos crueles métodos sólo admiten comparación, en el mundo contemporáneo, con los de Hitler o los de Pol Pot.
La guerra comenzó a principios de los años sesenta, continuó hasta mediados de los noventa y tuvo sus momentos más dramáticos entre 1978 y 1983, cuando los gobiernos militares de turno decidieron exterminar a la población maya para dejar sin base social a la guerrilla. Buena parte de esa población fue, efectivamente, exterminada mientras otra se incorporó al movimiento armado. Muchas familias campesinas huyeron del campo de batalla rumbo a los suburbios de la capital o los campamentos de refugiados de México. Otras muchas quedaron errantes por la selva, en singular simbiosis con la guerrilla...
1
La campana enterrada
... Cuando me lo dice de este modo, a voz en grito, con la sonrisa de oreja a oreja y la palmada cordial en el hombro, pienso que este patojo está como una cabra.
—¡Tranquilo, Padre Julio, tranquilo! Todavía falta mucho para que llegue el ejército...
—¡Pero si los soldados están al otro lado del arroyo! —le contesto nervioso, mientras me cuelgo deprisa y corriendo la estola, sin quitarme siquiera la mochila—. ¡Si están a menos de trescientos metros!
—Sí que están, padrecito, pero usted no se preocupe, que los muchachos los van a mantener a raya todo el tiempo que haga falta. Usted diga su misa con toda tranquilidad.
Con toda tranquilidad, ya... ¿Y quién es el guapo que está tranquilo en una circunstancia como ésta? En medio de la jungla, «debajo de la montaña», como dicen los mayas, cubierto por unos árboles tan tupidos que el día parece noche, asediado por un enemigo invisible que en cualquier momento atacará sin contemplaciones, cargado con una mochila de 12 kilos, muerto de hambre y rodeado de muertos de hambre. Quizá sea eso mismo, el estar con unas personas que sufren y, aun así, quieren cumplir con su dios y sus conciencias, lo que me da fuerza para seguir adelante. Soy el guía espiritual de un grupo de personas que en el argot bélico de Guatemala llaman CPR, arrastrando sin prisas las consonantes: «Se, Pe, Erre», Comunidad de Población en Resistencia. Un grupo de hombres, mujeres y niños que hace unos años vieron cómo quemaban sus casas, arrasaban sus aldeas y mataban a sus parientes. Desde entonces sobreviven errantes, ocultos en las sombras de la selva, donde esconden sus escasas pertenencias, plantan sus mínimas cosechas y viven sus vidas intensas: amor, dolor, esperanza, religión.
No sé en qué punto de Ixcán estamos hoy; quizá no andemos lejos de la frontera con México, que es donde se mueven algunas de las 36 CPR. Sé que llevamos unas semanas de ataques constantes. Que las cosas están cambiando, para mal. Que ya no son como en los primeros meses, cuando entré clandestinamente en el país y pude visitarlas todas con cierta tranquilidad, trufada, eso sí, por los frecuentes encuentros con los guerrilleros y por el lejano sonido de los tiroteos, señal segura de enfrentamientos armados. Al principio el ejército nos dejaba tranquilos. «Los soldados andan por aquí», me comentaban, cuando alguna patrulla entraba a golpe de machete para destruir la milpa y el frijol. Pero hubo largos períodos de calma, en los que sus incursiones no afectaron para nada a nuestras vidas. Esa calma se rompió en el cuarto mes: «¡Prepárese, Padre Julio: hay una ofensiva militar!».
Esa noche descubrí lo que significa el término «ofensiva»: una movilización simultánea por varios puntos. Una patrulla de ciento cincuenta soldados había salido del cuartel de Mónaco, otra de Xalbal y una tercera de Playa Grande, donde está la zona militar, a orillas del río Chixoy. Descubrí también que la palabra «ofensiva» trastoca por completo la vida de los resistentes, que deben quedarse quietos, allí donde estén, hasta que se retire el ejército. En aquella ocasión no nos fue mal: llegó la advertencia, llegó la amenaza, pero no llegaron los soldados. Por lo visto eran muy bisoños y cayeron en las emboscadas que les tendió la guerrilla. Pero para mí fueron unas horas muy intensas, muy difíciles, en las que conocí de golpe la parte más dramática de esta vida nómada y miserable: el miedo, la tensión, el zumbido insoportable de los helicópteros. En esos días me vi obligado, además, a redoblar las precauciones. La dirección de la guerrilla decidió que una persona armada me acompañara de manera permanente. Desde entonces, un guerrillero viaja siempre conmigo, se instala en la comunidad donde yo estoy y duerme cerca de mí, por si acaso.
Hoy, mientras me preparo para decir la misa más rápida de mi carrera, me vienen a la memoria esos recuerdos, y también el de mi primera oración bajo las balas. Ocurrió en Maravillas, una de las comunidades más orientales, a principios de 1987. Había llegado la tarde anterior procedente de Limones, y Jeremías, el sastre, me había albergado en su champa, donde me tenía preparado un tapesco de troncos y tablas para dormir. Dediqué el día a visitar a las familias, que me preguntaban por la situación en otras partes del país, por la vida en el refugio de México y en la Nicaragua revolucionaria. Luego me contaban sus historias, cada una diferente, irrepetible, pero todas con una misma raíz: la miseria. Juntas habrían servido para escribir un libro sobre la violencia cotidiana de la discriminación, la pobreza, el hambre y el trabajo esclavo en las fincas de la costa.
Por la tarde, mientras estaba con toda la gente de la comunidad en reunión bíblica, se oyó el lejano vuelo de un helicóptero.
—Anda por Chiquimula —explicó uno de los hombres—. Para nosotros, tres horas de camino. Para ellos, unos minutos de vuelo.
Yo ya me había acostumbrado a los helicópteros, que con frecuencia pasaban por encima rozando las copas de los árboles más altos. Los primeros días me daban miedo, pero todo el mundo me tranquilizaba: «Buscan señas nuestras o de la guerrilla pero desde arriba no pueden ver nada de lo que hay aquí abajo». Algo raro debió de intuir esta vez Rogelio, el responsable de seguridad de Maravillas, porque enseguida se puso a dar órdenes inapelables:
—¡A los refugios! ¡Ese helicóptero trae malas intenciones! ¡Rápido! ¡Las mujeres y los niños bajen a los refugios! ¡Y los hombres que busquen protección en los árboles!
Todo el mundo echó a correr. Había llegado la hora de aplicar las medidas de seguridad de las que tanto me habían hablado desde mi llegada a la región en guerra:
—¡Usted, Julio, métase también en el refugio! ¡Están por allá abajo, detrás de esos guatales! —me gritó Rogelio, en un tono que no admitía discusión.
—¡Yo voy donde vayan los hombres, no me voy a esconder entre las mujeres! —respondí animado por no sé qué resorte de machismo.
Mientras caminaba con buen paso hacia el terreno donde los árboles eran más abundantes, una mano infantil me tomó del brazo.
—Véngase conmigo, padrecito. Ahí hay dos árboles bien gruesos que todavía no están ocupados.
Era Esteban, un niño de doce años, quien me jalaba, con la firmeza de un adulto y el desenfado de un juego infantil, hacia dos inmensos ejemplares de canxán, que crecían hermosos y parejos.
—Estos árboles son bien seguros. Son gruesos y duros. Aquí estaremos bien. Usted fíjese en mí todo el tiempo. Haga lo que yo hago. Cuando yo dé la vuelta al tronco en este árbol, usted haga lo mismo en ese otro. ¡Esté tranquilo y haga lo que yo le digo!
Mientras el helicóptero se acercaba por el norte y nosotros nos colocábamos por el lado sur de los canxanes, entendí el mensaje: los troncos nos protegerían de las balas. Tres o cuatro minutos más tarde vi llegar el helicóptero, a través de la densa vegetación. Era azulado, muy grande y venía en línea recta hacia nosotros. De repente dio medio giro y comenzó a volar de costado, con una puerta lateral totalmente abierta, que me permitía ver con claridad a los soldados: uno estaba sentado junto a la puerta y otro detrás. Fue una visión fugaz, porque rápidamente me coloqué del lado opuesto del tronco del canxán, según las instrucciones que Esteban me daba a gritos.
—¡Muévase para este lado, Padre Julio, deprisa! ¡Haga lo mismo que yo!
Tronaron las ametralladoras y empezaron a silbar las balas. Yo ya no sentía miedo. Sólo miraba a Esteban y sin oírlo, por el ruido ensordecedor de los motores y el estrépito de las ametralladoras, seguía sus movimientos o interpretaba sus gestos. Los dos íbamos dando la vuelta a los árboles, mientras el helicóptero giraba alrededor sin dejar de disparar. Los disparos parecían directamente dirigidos hacia nosotros. Tres vueltas completas dieron al cerro y en todas nos disparaban desde distintos ángulos. Nos están viendo, pensaba yo, admirado de su mala puntería. Me contarían más tarde que no, que disparaban a ciegas, al bulto, sin haber visto las champas ni a la gente. «La selva —me dirían— es nuestra mejor aliada: nosotros podemos ver a nuestros enemigos, pero ellos no pueden vernos a nosotros.»
Todo quedó en silencio después del tiroteo. Un silencio que ni los loros ni los monos ni las chicharras se atrevían a romper. La selva se quedó muda por unos eternos instantes mientras el helicóptero se alejaba rumbo al este. Hasta que las mujeres salieron de los refugios, con gran algarabía, llamando a sus maridos y a sus hijos. Enseguida estábamos todos reunidos junto a las rústicas bancas de troncos. Nadie estaba herido. Las mujeres comentaban, entre risas, que la Chabela, embarazada de ocho meses, había tenido problemas para entrar por el angosto acceso del refugio. Mientras la Chabela acariciaba con fruición su vientre turgente, Rogelio se dirigió a mí con una sonrisa.
—Y usted, Julio, ¿por qué no me hizo caso? ¿Por qué no quiso meterse en el refugio? ¿Le tenía miedo a las mujeres o se las quiso dar de bravo? Pero cuéntenos: ¿No tuvo miedo?
Le respondí señalando unos hoyitos en el suelo, al lado de los canxanes, que parecían picotazos de gallinas.
—Sí, Rogelio, sí sentí miedo. Pero supongo que el mismo que habrás sentido vos... ¿O es que uno se acostumbra al miedo? Ésta fue mi primera vez y tal vez por eso se me nota el miedo en la cara. Pero, miren, por ahí sentí que cayeron muchos balazos...
—No, no —dijeron los hombres—, los disparos pasaron más lejos. Los soldados no nos vieron. Ningún balazo pasó cerca de nosotros.
—Pues yo he oído muy cerca los silbidos de las balas.
Esteban se agachó y empezó a escarbar. Otros hicieron lo mismo con los machetes, hasta que uno sacó la primera bala.
—¡Miren! —exclamó—. ¡Del calibre sesenta!
De inmediato sacaron otra y después otra, y otra. De los troncos de los canxanes extrajeron también algunos proyectiles espachurrados.
—¡Es cierto, es cierto! —decían, mientras nos miraban a Esteban y a mí, como sorprendidos de vernos vivos.
Rogelio también me miró, esta vez con cierta severidad, sin decir nada. Tal vez pensaba que por mi falta de disciplina estuve expuesto a un peligro. Pero yo me sentía bien. Pensaba que no tenía derecho a una mayor seguridad que los demás. Ellos llevaban años viviendo en peligro constante. ¿Qué me hacía a mí diferente? Si por propia voluntad había decidido vivir la misma vida que los resistentes, y acompañarlos en su lucha diaria por la vida, tendría que pasar las mismas vicisitudes, los mismos riesgos, el mismo miedo.
NOTICIAS CON NOMBRE PROPIO
Las noticias corren por la selva en guerra con tanta libertad como los ríos, y en el poblado secreto y errante donde reside Padre Julio desemboca cada día un grueso caudal de información. La región es el principal campo de batalla de Guatemala, la diana favorita de los militares y el hábitat preferido por los guerrilleros del EGP, el Ejército Guerrillero de los Pobres, cuyos comunicados hablan de heroicos enfrentamientos, de eficaces emboscadas, de cruentos combates que se saldan con varios soldados muertos. El cura no sabe si esa información es veraz o está, como sospecha, filtrada por los jefes de la guerrilla, pero suele ser bastante triunfalista: casi siempre mueren los soldados y casi nunca mueren los guerrilleros.
Alguien muere cada día, eso es seguro. Porque al caer la noche, o en el silencio de la madrugada, rasgan el aire fuertes explosiones. Es que, dicen, la guerrilla está atacando el cuartel de Xalbal, o el de Mónaco. Julio pregunta cómo lo hacen. Le explican que son grupos fuertemente armados que lanzan minas con un lanzagranadas o con una especie de catapulta. Al día siguiente, lo de siempre: muchas bajas por parte del ejército y pocas, o ninguna, por parte de la guerrilla.
Sólo en alguna ocasión el parte incluye nombres y apellidos: es que ha muerto un guerrillero. Es entonces cuando, por vez primera, el seudónimo aparece acompañado por el nombre real. Porque aquí todos tienen nombre de guerra, incluso el cura. Padre Julio es Luis Gurriarán, un misionero español de cincuenta y dos años, de los que ha pasado casi la mitad en Guatemala.
Cuando la noticia llega con nombre propio, viene acompañada por una petición: que Padre Julio oficie un funeral en memoria del caído. No será de cuerpo presente, porque a los combatientes los entierran allí donde cayeron combatiendo, pero ahí estarán sus padres y sus hermanos, que viven en alguna de las comunidades.
Los partes de defunción son infrecuentes, pero la visita de las naves aéreas es habitual. Primero se escucha el golpe seco de las explosiones, luego el runrún creciente de los aviones. «Nos están tirando bombas de quinientas libras», dicen los más experimentados. Para eso están los refugios, excavados en la tierra, en las rocas, en las orillas de los cerros. Algunos son muy profundos, de 30 y 40 metros. Si la bomba cae en un cerro y uno está metido en sus entrañas, le afectará el temblor y le estremecerá el estruendo, pero nada más.
Casi siempre son los helicópteros los que barren la selva con sus ametralladoras. En la penumbra, los resistentes ven sin ser vistos: a veces, la sombra del aparato; otras, a los soldados que disparan la ametralladora. Con frecuencia la descargan a varios kilómetros de distancia, en lugares donde han creído ver algún indicio: un cacho de plástico, una hoja de lata, el rescoldo de una hoguera... Ahí están, piensan, y empiezan a disparar como locos. Rara vez causan daño a los escondidos, que se mueven por la selva como por su casa. En realidad, es su casa: muchos no han tenido ni tendrán nunca otra.
HOSTIAS, TABACO Y PINOL
... Llegué aquí en los últimos meses de 1986 y ellos están en la zona desde 1982, el año de las grandes masacres. Se saben la selva de memoria y en eso llevan ventaja a los soldados, que no son de aquí, no viven aquí, y cuando vienen, no encuentran las trochas ni saben dónde está escondida la gente. Si lo supieran, hace tiempo que habrían destruido las comunidades, como hicieron años atrás con sus aldeas.
La mayor parte de los enfrentamientos se dan entre los soldados y la guerrilla, quedando fuera del combate la población civil. Lo que sí afecta a los civiles es la destrucción de las siembras, esas siembras que cultivan a escondidas, bajo los árboles. En ocasiones, los soldados entran en la selva con el único objetivo de destruir las milpas. Con frecuencia llegan acompañados por campesinos, a los que han obligado a integrarse en las Patrullas de Autodefensa Civil. Es muy triste la situación de esos patrulleros: cómo han ido a parar ahí, cómo viven, cómo se ven forzados a destruir las cosechas para matar de hambre a su propia gente, que es lo que pretende el mando militar.
Esas ofensivas son muy dañinas. Lo peor para los resistentes es quedarse sin alimentos. A veces ocurre por una ofensiva menor, que nos impide salir a buscarlos en las trojas. Otras veces, los soldados encuentran las trojas y las destruyen. Por unas u otras causas, con frecuencia escasea la comida, llega el hambre y hay que tirar del último recurso: el pinol, un maíz tostado y molido que siempre tenemos a mano, en las mochilas o en escondites de fácil acceso. A cada uno le tocan unas cinco libras, que en situaciones extremas le permitirán sobrevivir una semana. Media libra diaria de maíz te proporciona los nutrientes necesarios para seguir vivo. No está nada bueno; es una harina que se come seca o mezclada con agua y que te atasca hasta el alma. Pero cuando destruyen las milpas, no hay tortillas, no puedes hacer fuego y el ejército te sopla la oreja, ya sabes lo que te espera: unas cucharadas de pinol al vaso, unas vueltecitas y... a sorberlo poco a poco, porque encima es un alimento muy pesado.
En abril y mayo de 1987 tendremos que recurrir al pinol durante varios días seguidos. Yo acabo de llegar a Rogelio, una comunidad que debe su nombre a un civil asesinado por los militares, cuando nos dan la noticia: de Mónaco ha salido una patrulla «con doscientos o doscientos cincuenta soldados». El cuartel de Mónaco está muy cerca. Tan cerca, que si el ejército pudiera moverse con libertad, sin emboscadas, no tardaría en llegar más de dos o tres horas. Pero eso es imposible, me dicen.
—Aunque los soldados han salido del cuartel al caer la tarde, no hay ningún problema, no van a llegar junto a nosotros.
—Pero si el cuartel está ahí al lado... —intento argumentar.
—Sí, pero varios combatientes de la guerrilla los están esperando. No permitirán que se acerquen a las comunidades.
Por si acaso, los responsables de Rogelio ordenan redoblar la vigilancia y recuerdan lo que debemos hacer en caso de emergencia.
—La población se dividirá en dos grupos —me explican—. El tuyo saldrá por la casita de allí abajo, bajarán al arroyo y caminarán una hora por el agua. Cuando lleguen los soldados, no podrán encontrar las huellas, y cuando ustedes salgan del agua, ya estarán fuera de peligro.
Escucho las instrucciones que dan al otro grupo. Aunque saldremos por caminos diferentes, todos nos reuniremos luego, en determinado punto que yo no tengo ni idea de dónde está. Ellos sí que lo saben... están viviendo aquí desde hace años sin que el ejército haya conseguido cazarlos ni una sola vez.
Y una última recomendación, antes de ir a dormir con un ojo cerrado y el otro abierto:
—Las cosas que quieran guardar, que no quieran llevar, las guarden durante la noche, las escondan, porque es probable que mañana mismo tengamos que poner en marcha el plan...
Es noche cerrada aún cuando salto del tapesco, pensando en esos soldados que se acercan. No soy el único: hoy todo el mundo madruga. Todos van de acá para allá, ultimando los detalles, escondiendo sus cosas, cerrando sus mochilas. Todos, incluidas las mujeres y los niños. Y este cura, que ya ha metido lo imprescindible en el macuto: el pinol, el tabaco de la pipa y las hostias, esas hostias que regularmente me hacen llegar desde México.
Un ruido cercano me hace pensar que ya ha llegado la hora, que de un momento a otro me van a dar la orden de colgarme la mochila y echar a andar hacia el río. Y estoy en esos pensamientos cuando uno de los principales de la comunidad me recuerda mis obligaciones.
—Bueno, Padre Julio. ¿No había dicho que hoy en la mañana iba a haber misa?
Claro que lo había dicho, pero las circunstancias, ayer, eran bien distintas: no teníamos un grupo de soldados pisándonos los talones.
—¿Y qué pasa con la patrulla esa? —pregunto tímidamente, buscando un tono neutro, como quitándole importancia a la pregunta.
—No, no tenga pena. Usted diga la misa.
La gente se va acercando. Vienen especialmente aseados, arreglados, endomingados incluso. Pero los macutos los llevan puestos; por lo visto, se contempla la posibilidad de que tengamos que dejar la misa a medias. Uno de los correos nos dice que el ejército está a mitad de camino, «a una hora, como mucho». Me pongo a decir la misa y trato de abreviar, sobre todo en la homilía, que suele ocupar una o dos horas de diálogo con la gente, de reflexión en común sobre las lecturas bíblicas. Hoy no. Hoy no hay ambiente para la reflexión y el diálogo: sólo unas ideas generales y... a liquidar la misa lo antes posible. Cuando nos damos la paz, me ajusto la mochila, dispuesto a salir corriendo.
—No, no tenga pena, Padre Julio. Vamos a comenzar a caminar cuando el ejército esté ya al otro lado de este cerro.
El «otro lado del cerro» son unas milpas que se ven desde aquí mismo, ¿doscientos, trescientos metros, acaso? Me parece una orden disparatada, pero no puedo quejarme ni puedo tomar medidas por mi cuenta: esta comunidad tiene unos responsables a quienes debo obediencia. No consigo sujetar los nervios, pienso que son demasiado lentos en sus reacciones. Pero, por otro lado, ellos sabrán. Llevan años aquí y sabrán lo que hay que hacer. Al fin y al cabo, todo está listo para la partida: las mochilas en las espaldas, el pinol en las mochilas y las demás cosas en sus escondites... hasta la campana han escondido.
Resulta que tenemos una campana. Una campana de bronce, de tamaño natural, que suele estar colgada entre dos postes. Pertenecía a la iglesia de una aldea llamada Los Ángeles. Cuando llegó la violencia lograron salvarla y traerla con ellos, lo que le da a Rogelio el extraño privilegio de ser la única comunidad de resistentes que tiene su propia campana: quizá sea un caso único en la historia, en la historia de todas las guerras que han sangrado a la humanidad desde que Caín le partió la cabeza a su hermano con la famosa quijada de burro.
La campana de Rogelio ya no está. Pregunto a los catequistas y me cuentan que ellos mismos han ido a enterrarla. Que qué remedio. Que cuando hablan los fusiles las campanas tienen que callarse.
Ni que decir tiene que la misa, esa misa que he dicho con prisas y con los soldados a un tiro de piedra, hemos tenido que convocarla a viva voz.
2
El cura que no quiso hacer carrera
Todo había comenzado muchos años atrás en el seminario de Logroño, en el corazón de la España de Franco, donde en 1951 llegó un avispado adolescente gallego, hijo de viuda joven y cuarto de seis hermanos. La guerra civil, reciente, había puesto las cosas en su sitio: en España todo el mundo sabía quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Los buenos, hijos de Dios y herederos de su gloria, eran los vencedores de la guerra. Los malos eran los otros: los perdedores, sus descendientes, sus huérfanos. El seminario era una activa fábrica de soldados de Cristo donde todos conocían muy bien al enemigo: rojo, concupiscente, violento, capaz de fusilar a Dios Padre y de quemar una iglesia con el fuego feroz de su mirada. Eso es lo que le enseñaron a mi tío Luis, el protagonista de esta historia. Su reconstrucción me ha llevado varios años de conversaciones (con Luis, con sus compañeros, con gentes de las regiones donde vivió), algún viaje a Guatemala y otros viajes, más apacibles pero no menos apasionantes, por la correspondencia familiar, por los apuntes directos que conservaba mi tío y por los que me ha hecho más tarde, filtrados por el tamiz de la memoria, así como por centenares de fotografías y grabaciones que hizo él mismo o hicieron sus colaboradores.
Esas grabaciones, esas fotografías y esos papeles me encaminaron en primer lugar hasta Logroño. El seminario era entonces la salida académica natural para los chicos listos de las familias con escasos recursos. Como la de Luis Gurriarán López, orensano de O Barco de Valdeorras. Una familia de comerciantes venidos a menos donde la muerte del padre apuntilló el negocio y la tenacidad de la madre, Rosario, capaz de vender al mismo tiempo un ataúd y una partida de jabón, sin dejar de remover el caldo en la cocina económica de la casa, libró de la miseria a los seis huérfanos.
Luis había nacido en 1934, en vísperas de la guerra, y era un seminarista de su tiempo: disciplinado en las formas y rígido en los fondos, militante de una causa de origen divino donde no había lugar para la duda ni cabía subvertir el orden de las cosas: el rico era rico porque era rico y el pobre era pobre porque era pobre, porque eso le había deparado la Divina Providencia o porque no servía para otra cosa. A joderse y aguantarse, que ya vendría luego el descanso eterno. La Iglesia no sólo era la mayor defensora de la Teología de la Resignación, sino también el mejor cómplice de un dictador que había ganado la guerra luchando «por Dios y por la Patria» y había llegado al cargo «por la gracia de Dios», precisamente. Eso es lo que decían las monedas, esas monedas rubias que iban de mano en mano con la efigie del personaje y la leyenda: «Francisco Franco, Caudillo de España por la gracia de Dios».
Como en esa España no había oficialmente miseria alguna, en los templos jaleaban la miseria remota, que no daba problemas de conciencia. De año en año, los curas pedían dinero para las misiones y los escolares salían a la calle con huchas antropomorfas (la cabeza de un oriental o un africano con una raja en el cráneo, para introducir el óbolo) en una experiencia mística que las niñas de Logroño redondeaban luego en el patio del colegio, cantando al corro:
Quiero ser misionera
Y a las misiones ir
Porque en África tengo
Negros que convertir.
Convertir negritos, si acaso chinitos, era el más noble destino con el que podía soñar un seminarista. Ese sueño además le permitía escapar de la cruda realidad cotidiana. Porque el seminario no sólo era una fábrica de soldados: era un antro tenebroso. Al tenebrismo propio de la religión vigente se sumaban las estrictas reglas de la casa: los estudiantes no podían hablar por teléfono ni pasear solos, debían jugar al fútbol con sotana y tenían prohibido besar a sus parientes de sexo femenino, incluidas las hermanas. Toda la correspondencia pasaba por la censura del superior, en cuya barriga podían terminar los alimentos que enviase la familia. Le ocurrió con una caja de galletas al escritor Juan Arias, en ese mismo seminario, y el lance dio título a un libro, años después, en el que queda probado que esas cosas no se olvidan.[1]
En 1958, con la tonsura recién dibujada y la sotana recién planchada, como sus ideas, Luis se marchó a Barcelona, como profesor del Colegio San Miguel, de L’Hospitalet, que regentaba su congregación. Pero la enseñanza no era lo suyo. En los plomizos años de Logroño —en la soledad del rezo, las lentas horas de estudio y los largos paseos junto al Ebro, siempre en fila de a dos— había ido rumiando otro horizonte: la Misión. Mediado el tercer curso, irrumpió en el despacho del director:
—Quiero irme a misiones, padre. No quiero dar más clases.
Semejante empeño suponía un contratiempo para los superiores de su congregación, los Misioneros del Sagrado Corazón. Luis era un joven brillante, con un magnífico expediente, con dotes para el mando excepcionales y un futuro jerárquico prometedor. Años atrás, le propusieron incluso hacer un doctorado en Roma, que era la meca para los curas con ambiciones. El rector del seminario, José Fernández, pensaba que daba el tipo. Se equivocaba. «Yo ya he estudiado todo lo que tengo que estudiar», contestó el gallego, que en Barcelona volvió a dar muestras de su tozudez. Esta vez fue el provincial de la orden, José Vergés, quien intentó atarlo corto. Tampoco lo consiguió. Terminaba para siempre la carrera jerárquica de un cura que no quiso hacer carrera y que a partir de ese momento tenía por delante dos caminos: las remotas islas del Pacífico o las regiones más pobres de América.
EL PULPO CONTRAATACA
... Yo soñaba con ir a Papúa-Nueva Guinea, la primera misión atendida por los franceses que fundaron mi congregación. Era uno de esos mitos que te inculcaban en el seminario: la misión entre salvajes, entre infieles, entre gente de otra cultura, otra raza. Pero luego me fui decantando por la región de El Quiché, en Guatemala. Sería mejor trabajar en una zona donde hablaran mi lengua (pensaba que la lengua de Guatemala era la mía), donde hubiera una cultura cercana (pensaba que la cultura guatemalteca era como la española) y donde no tuviera que meterme en aventuras (pensaba que el trabajo pastoral en Centroamérica era pan comido). Concebía ese trabajo como continuación de la obra de los misioneros que llegaron en tiempos de Colón y del país no sabía casi nada. Lo único que sabía es que acababa de salir de una dictadura: que en 1954 habían desalojado del poder «al terrible dictador Jacobo Arbenz».
Tardaría un tiempo en averiguar que esa «terrible dictadura» era, en realidad, el único período democrático que había vivido Guatemala en toda su historia. A nosotros, inocentes curitas del franquismo, nos contaban que Arbenz fue derrocado por «los defensores del orden y la religión» y que «un buen coronel», llamado Castillo Armas, había librado al país del comunismo. La verdad es que hasta la llegada de ese coronel el país vivió diez años de auténtica democracia que comenzó cuando fue derrocada, entonces sí, la terrible dictadura de Jorge Ubico. Un movimiento cívico, apoyado por jóvenes oficiales, expulsó en 1944 al dictador; las primeras elecciones libres las ganó Juan José Arévalo y las siguientes, Jacobo Arbenz, uno de aquellos oficiales. Arévalo era un maestro de escuela a quien espantaba pensar que la política, la cultura y la economía guatemaltecas estaban «en manos de trescientas familias, herederas de los privilegios de la colonia o alquiladas a las factorías extranjeras». Arbenz era un militar liberal a quien cuadraría más la etiqueta de nacionalista que la de revolucionario. Las ideas económicas de Arévalo, que hablaba de «socialismo espiritual», no andaban lejos del New Deal de Roosevelt. Las de Arbenz, lo más lejos que llegaron fue a intentar una tímida reforma agraria. Ese tímido intento terminó con el sueño democrático.
Arbenz no midió bien las fuerzas del enemigo: la United Fruit Company, también llamada la Yunai, El Pulpo, o por sus siglas, UFCO. Creada en tiempos de Estrada Cabrera, el depravado personaje que inspiró la novela Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias, controlaba la economía, los ferrocarriles y enormes extensiones de terreno. El intento de repartir una parte de esos terrenos entre campesinos pobres fue suficiente para que El Pulpo contraatacara, con la ayuda de aviones norteamericanos y con la dirección escénica de la CIA, cuyo director, Allen Dulles, era hermano del secretario de Estado John F. Dulles, un abogado a quien achacaban viejos vínculos profesionales con la UFCO. Un simulacro de golpe y una potente campaña de propaganda bastaron para expulsar a Arbenz. El poder formal lo dejaron en manos del coronel Castillo, que entró desde Honduras con una columnita de doscientos mercenarios y un Cristo de Esquipulas como estandarte. El presidente Eisenhower, que tenía como número dos a un joven llamado Richard Nixon y en el Senado a un entusiasta cazador de brujas apellidado McCarthy, felicitó a la CIA por la operación: había erradicado, con limpieza, una «cabeza de playa soviética». Para la leyenda queda el poema épico atribuido a Jane Peurifoy, la mujer del embajador, que se mostraba optimistic porque Guatemala ya no era communistic:
And pistol packing Peurifoy
Looks mighty optimistic
For the land of Guatemala
Is no longer communistic.
MONSEÑOR PIDE REFUERZOS
Luis sabía muy poco de Guatemala, no sabía nada del Quiché y no había recibido preparación específica para su trabajo. Ni falta que hacía: ese trabajo era el mismo que estaban haciendo los misioneros desde los tiempos de la Conquista. El verbo «evangelizar» encerraba una visión del mundo donde los curas ocupaban, con los soldados, la primera línea de combate. En la segunda mitad del siglo XX, como en la primera mitad del XVI, la misión tenía un componente político. En plena Guerra Fría, los gobiernos occidentales estaban obsesionados con el peligro comunista y la jerarquía católica compartía esa obsesión. Tras la guerra civil, en los templos de España se rezaba «por la conversión de Rusia», en la certeza de que «comunista» era sinónimo exacto de «demonio». Cuando ese demonio se hizo carne en América, tras las barbas de individuos como Fidel Castro o Ernesto Che Guevara, la Iglesia guatemalteca pidió apoyo logístico: necesitaba tropas de relevo, fuerzas de choque, para pararle los pies en las regiones de mayoría indígena, especialmente frágiles ante la tentación.
—¡Esos inditos locos pretenden seguir el ejemplo de Cuba! ¡Envíennos refuerzos, por lo más sagrado!
La cruzada la inició el arzobispo de la capital, Mariano Rossell, antes incluso de que Castro entrara en escena. En abril de 1954 encendió la mecha del golpe de Estado con una explosiva carta pastoral. Con el título «Sobre los avances del comunismo en Guatemala», pedía a los cristianos que se levantaran «como un solo hombre contra el enemigo de Dios y de la Patria». Con su ayuda triunfó el golpe, pero Rossell, temeroso aún, reclamó al Vaticano más monjas, más curas, más efectivos para seguir luchando contra el comunismo. Atendiendo a esa petición llegaron desde Europa varios centenares de misioneros: carmelitas, franciscanos, dominicos, capuchinos, jesuitas... En 1955 llegaron los Misioneros del Sagrado Corazón y por las mismas fechas, desde Estados Unidos, los Padres Maryknoll.
Entre esos curas estaba Luis Gurriarán. Se había educado en el nacional-catolicismo, versión española del fascismo, los pastores de su Iglesia habían sufrido mucho en la guerra civil (la leyenda sobre la violencia anticlerical roja tenía su fundamento) y el régimen militar, que había firmado acuerdos con el Vaticano, les garantizaba la seguridad y el sueldo. Luis sabía muy bien en qué dirección debía remar: los militares en el poder eran buenos hijos de Dios y de su Iglesia. Ocurría en España, donde Franco estaba haciendo un gran trabajo para salvar al mundo del comunismo, y ocurría también en Guatemala.
UN MUNDO DE COLOR...
... Llegué a la ciudad de Guatemala, en octubre de 1961, con otro misionero de mi congregación, Pedro María Belzunegui, vasco-navarro del Valle del Baztán. Nos alojaron en un antiguo hotel, San Rafael de las Hortensias, que habían alquilado los maristas para acoger a sesenta o setenta religiosos recién expulsados de Cuba. Todos eran españoles y casi todos jóvenes. El encuentro confirmó mis sospechas: eran víctimas de ese comunismo fiero que yo venía a combatir. Años después volvería a encontrarme con alguno de aquellos maristas. Me contarían que no fue exactamente una expulsión: que casi todos salieron voluntariamente de Cuba, asustados por la nueva situación. Pero ese susto suyo fue más que suficiente para alimentar mi espíritu y mis charlas con Belzunegui, en las primeras noches que pasé en América.
—Así las gastan los comunistas, ya ves. Quiera Dios que ese demonio no triunfe nunca en nuestro nuevo lugar de trabajo.
—Se hará lo que se pueda.
Al cabo de unos días nos llevó al Quiché Miguel, un misionero laico oriundo de Zamora. La carretera Panamericana, recién inaugurada, llegaba hasta Los Encuentros, a 128 kilómetros. Entre Los Encuentros y Chichicastenango el camino era de tierra, con unas vueltas, unas bajadas y unas subidas impresionantes: los famosos «ganchos», que todavía tardarían muchos años en conocer el asfalto. En uno de esos ganchos nos contó una inquietante historia el zamorano.
—Hace dos o tres días volcó aquí una camioneta cargada de pasajeros, cayó en picado ciento cincuenta metros y se mataron casi todos. Para sacar a las víctimas tuvieron que meter un tractor en el fondo del barranco, donde encontraron algo que no buscaban: un carro particular con dos cadáveres dentro. Por las placas averiguaron quiénes eran: una pareja de norteamericanos que hace seis años, en la época del golpe de Estado, llegaron en viaje de novios y desaparecieron. Sus padres los dieron por secuestrados, en las luchas contra el comunismo, y el caso fue materia de escándalo en Estados Unidos, donde lo tomaron como una muestra de la barbarie revolucionaria centroamericana...
—Y resulta que estaban ahí abajo...
—Ahí estaban. La pura realidad es que no hubo crimen político: pero así se escribe la historia en este país.
Tras pasar unas horas en esa explosión de color que es Chichicastenango, llegamos a Santa Cruz, donde me llevé una alegría: saludar a Carlos Martín, que había sido compañero mío en el seminario y trabajaba en esta parroquia, junto con un leonés llamado Hilarino Valladares. Carlos pertenecía a una familia de obreros y campesinos, de un pueblo cercano a Valladolid, y él mismo había ejercido de ambas cosas hasta que, ya mayor, se hizo sacerdote. En Logroño había sido uno de mis mejores amigos; en Guatemala sería mi mejor maestro. Tenía más de cuarenta años y una visión del mundo muy distinta a quienes, como yo, habíamos estado en el seminario desde niños. Con su ayuda percibiría que las cosas no eran como me las habían contado. Que la división del mundo entre comunismo y anticomunismo, con la Iglesia en un lado y los malos en el otro, en absoluto se ajustaba a la realidad.
... Y UNA REALIDAD EN BLANCO Y NEGRO
La realidad saldría pronto al paso del joven misionero, que iba de sorpresa en sorpresa. Para empezar, la lengua. Enseguida advirtió que el español no era la lengua común de Guatemala, como pensaba; la mayor parte de la gente no sabía hablarla con soltura. El segundo descubrimiento fue la pobreza. Sabía que la mayor parte de la población era rural, pero nadie le había dicho en qué miseria espantosa transcurría su existencia. Tardaría unos meses en conocerla de cerca. Al principio se movía en el ambiente amable de la parroquia, donde nunca faltaba un plato de sopa caliente o una fuente de fruta fresca sobre la mesa. Santa Cruz era el único lugar de la región con cierto nivel de desarrollo económico... pero eso Luis no lo sabía. La tercera sorpresa fue la división étnica y religiosa. Preguntó en Chichicastenango por la multitud que abarrotaba la plaza, frente a una iglesia en la que muchos años después —¿cómo saberlo entonces?— le tocaría vivir un ingrato exilio interior. Le explicaron que los jueves y los domingos eran días de mercado, que esas gentes venían de todas partes para sacar «un poco de pisto», algo de dinero, por sus productos. Preguntó por esos tipos pintorescos que poblaban la escalera del templo: recios chaquetones, turbantes multicolores, brazos al aire, cánticos, salmodias, velas, incienso, algún grito, alguna lágrima.
—Eso es «la costumbre» —le contestaron— y tendrás tú también que acostumbrarte a vivir con ella. Queda mucha tradición maya por aquí.
En Santa Cruz no vio rastro de «la costumbre», pero vio un vecindario partido en dos mitades: los ladinos y los indígenas.
—Ah, es que ésta es la cabecera departamental —le dijeron— y por eso hay aquí mucho ladino...
Con ladino denominaban al mestizo, al que no era puramente indígena. El ladino hablaba español, también llamado «el castilla» o «la castilla», pero no sólo en eso se distinguía: la mayor parte de los negocios de Santa Cruz estaban en sus manos.
—Ocurre en toda Guatemala —le explicaba Carlos Martín—. El indígena vive peor y el ladino vive mejor. Hay ladinos pobres y hay indígenas que pertenecen a clases sociales acomodadas, pero casi siempre el pobre es el indígena y el de la clase acomodada es el ladino.
Para Pedro y Luis, la abundancia de ladinos tenía sus ventajas: en Santa Cruz todo el
