Prólogo
El higo está maduro, apetitoso. El soldado lo toma, lo muerde. Ay. El higo oculta en su interior un trozo de metralla.
Este libro colecciona detalles así de una guerra.
Un soldado arranca y devora un racimo de uvas. Están impregnadas de trilita. Sabe que padecerá retortijones, le da igual.
En el detalle palpita la verdad.
Una bolita de alcanfor cuelga del cuello del camillero, así distrae el hedor penetrante de la muerte.
El detalle es el gen de toda historia.
La sed acartona la boca del soldado, que se alivia al amanecer chupando una piedrita con rocío.
No colecciono mariposas, sino detalles de una guerra.
El abrazo de un legionario a un «biberón» casi muerto.
El temblor de la anécdota es inmortal.
Un soldado teme disparar: enfrente lucha su hermano.
Ya vendrá luego la Historia a enmarcar con molduras la guerra.
Un tiro por la espalda a un comisario que iba a matar al amigo.
Colecciono la eternidad de lo fugaz.
Una cremallera de cazadora se tiñe de rojo al descorrerse: la sangre de los piojos que aplasta.
La anécdota que engendra toda poesía.
Una voz te llama por tu nombre. Acudes. Cae una bomba justo donde habías estado hace medio minuto. La voz te ha salvado la vida. Pero... no hay nadie en esta trinchera.
El detalle.
Estamos siempre solos.
I
Soldados sin querer
El día de Navidad de 1977 tengo diecisiete años. Voy a comer, con mis padres y hermanos, a casa del tío Josep, hermano mayor de mi padre (que le llama «Pepito»). Su casa está en el barrio de Trinitat Vella, en el extrarradio de Barcelona, en la calle Turó de la Trinitat. La casa es de una planta. Delante hay un hortet con nísperos, matas aromáticas, algún rosal. Detrás, en el nivel superior del desmonte en que se asienta la casa, hay un patio con lavadero y corral que cobijó gallinas y conejos. Dormitan en el patio dos tortugas viejas, y en el desván sin puerta van y vienen gatos sin dueño.
—¿Y la cesta de Navidad, tío? ¡A ver, a ver!
El día de Navidad del año 1977 irrumpo en la casa de mi tío. Aquí nació mi padre en 1929, y el tío Josep en 1920. Mi tío tiene cincuenta y siete años, ha visto morir en esta casa a la yaya, su madre —hace poco, borrada por una demencia senil que aún no llamábamos alzhéimer—; el yayo murió hace mucho —un infarto en 1956, cuatro años antes de nacer yo—, en la misma casa. Los yayos Víctor Amela y Carmen Ferrando, que llegaron en 1914 desde Forcall (Ports de Morella, Castellón), recién casados: con sus solas manos alzaron esta casa en la que nacerán hijos, coserán alpargatas, rezarán el rosario, soportarán la guerra, trabajarán y morirán.
—¡Neules, cuántas neules!
El tío Josep despliega sobre la mesa del modesto comedor botellas de cava y licores, turrones, polvorones, barquillos, embutidos, galletas... Es la legendaria cornucopia que le regala a mi tío cada año la munificiente casa Pirelli: ahí fue botones antes de la guerra (Ronda Universitat, 18), y ahí reingresó tras la guerra como oficinista.
El día de Navidad de 1977, tras la comida con escudella y carn d’olla, y el pollo «rustido» con ciruelas, sigue una larga sobremesa de brazo de gitano y helado, turrones, dulces y copas de champán de cristal verde y boca ancha. Fuera hace frío, y dentro los chavales sorbemos champán con los barquillos (que nunca se acaban). Los mayores se han servido un café, y mi tío Josep ilumina el suyo con este y el otro licor. Y fuma. Y me mira. Y dice:
—Vols veure una cosa?
El día de Navidad de 1977 tengo diecisiete años, y ese día no sé aún que diecisiete años tenía también mi tío Josep el día de abril de 1938 en que llegó una carta a esta misma casa. La carta anunciaba que Pepito se iba a la guerra. Hoy Pepito es mi tío Josep, y quizá ha visto que tengo diecisiete años y soy el mayor de sus sobrinos varones. O quizá son los licores. O quizá ambas cosas a la vez. Lo cierto es que en la sobremesa del día de Navidad de 1977 mi tío dice:
—¿Quieres ver una cosa? Mira...
Mi tío Josep, que solo quiebra su sobriedad con algún sarcasmo suave bajo el bigotito recortado, ese día de Navidad de 1977 se achispa... y desabrocha uno, dos, tres botones de su camisa blanca, los tres botones superiores.
—¡Aquí! ¿Ves?
Mi tío Josep deja el cigarrillo en el cenicero de latón y retira con la mano izquierda la tela de la pechera de la camisa, y señala con el dedo índice de la mano derecha su tetilla izquierda.
—¿Ves la cicatriz?
—Sí.
—La bala entró por aquí y salió por ahí.
Una cicatriz. En la tetilla izquierda de mi tío Josep. Veo la marca del mordisco de una remota bala.
—En La Pobla de Massaluca, batalla del Ebro. Mientras corremos, el amigo de mi izquierda cae muerto de un balazo en el corazón, me vuelvo hacia él... y llega mi bala, la que iba a partirme el corazón. Pero al estar girándome, entró y salió.
Veo la cicatriz de una bala y ese día de Navidad de 1977, a mis diecisiete años, entiendo que un disparo de fusil pudo matar a Pepito, a mi tío Josep, a la misma edad que ahora tengo yo. Aunque no exactamente, porque mientras cierra la camisa y recupera del cenicero su humeante cigarrillo Lola, mi tío dice:
—Era el 1 de agosto de 1938: el día que yo cumplía dieciocho años.
1
«Hice la batalla del Ebro en alpargatas
y sin cartuchera»
JOAN GUASCH
(*Joncosa del Montmell, 16.11.1920 /
† Sant Just Desvern, 19.1.2015)
Entrevistado en julio de 2009
Tengo ochenta y ocho años. Nací en Joncosa del Montmell (Tarragona) y vivo en Sant Just Desvern. Fui payés, y obrero en una fundición. Casado cincuenta y ocho años con Pepita, estoy viudo. Tengo tres hijos y cinco nietos. Soy demócrata republicano, y católico. Perdí una pierna en la batalla del Ebro.
—Subimos ocho por barca ¡y a remar! En diez minutos cruzamos el Ebro. Era la medianoche del 24 al 25 de julio de 1938. Mañana hará setenta y un años. Yo tenía diecisiete. Calzaba alpargatas y no tenía cartuchera: llevaba las balas en un pañuelo.
—¿Tanta era la precariedad republicana?
—Nos movilizaron en abril, a los de la Quinta del Biberón, y no sospechamos que nos enviarían a primera línea de fuego. Salimos de casa sin nada. Y a los pocos días nos daban granadas ¡y a morir al frente de Lleida! Nunca habíamos visto una granada: ¡cómo llorábamos!
—¿Sí? ¿Lloró usted?
—¡Collons, si lloré! Allí murieron muchos. Y luego, a pie hasta el Ebro, ¡a pie! El día que yo cumplía dieciocho años ya me faltaba una pierna.
—¿Cómo fue eso?
—El 8 de septiembre salí de la trinchera, avancé, me cayó un obús de mortero en el pie, estalló... y caí al hoyo de la explosión con la pierna destrozada. ¡Y aún tuve suerte!
—¿Por qué?
—Porque en la trinchera vecina había dos sanitarios: me cortaron la hemorragia y me evacuaron. Sin ellos, me hubiese desangrado. Como tantos que esos días vi morir alrededor. Gritaban: «Mare, mare...!». Era horrible...
—¿Dónde sucedió eso?
—Fui «biberón» de la 3.ª División, 31.ª Brigada Mixta. Cruzamos el Ebro a la altura de Riba-roja d’Ebre y luego caminamos toda la noche. Y parte del día siguiente. No encontramos resistencia. Y así llegamos al cementerio de La Pobla de Massaluca. Y allí... fue el infierno.
—¡Una bala hirió allí a mi tío Josep el 1 de agosto!
—Debíamos de estar cerquita uno del otro... Nos disparaban desde el pueblo, desde el cementerio, con artillería, y nos ametrallaban los aviones franquistas... Ya todo fue defendernos, allí. Y aún hoy le doy vueltas a un misterio...
—¿Qué misterio?
—¿Por qué no nos ordenaron volar la carretera de Aragón a Gandesa? Eso era factible. Pero nunca llegó tal orden. ¡No lo entiendo! Y nos dejaron allí, cayendo como moscas...
—Es la guerra...
—Sí, sí, pero nuestros gobernantes charlaban en la ONU sabiendo que estaban aplastándonos y que la intención de Franco era exterminarnos. ¡Fuimos mera carne de cañón!
—Resistieron muchísimo, ustedes...
—Daba pena ver nuestros aviones en el aire: dos moscas contra un montón de aviones nazis e italianos. ¡Pobres! Y nosotros sin vehículos acorazados... ¿Cómo podíamos avanzar?
—¿Y qué hicieron?
—Trincheras y resistir. Y ellos nos machacaban a obuses, balas, bombas y metralla. Y nosotros, agazapados. Cuando cesaba el fuego, avanzaba su infantería: ¡los moros! Y entonces nosotros salíamos... y los moros retrocedían. ¡Tan valientes no eran, si no lo veían muy claro, ja, ja! Y, luego, otra vez a llover las bombas...
—Con los años, ¿ha vuelto al lugar en donde perdió la pierna?
—Fue en la línea de trincheras entre La Pobla de Massaluca y Vilalba dels Arcs. No he ido, todavía. Iré ahora, pronto.
—¿Usted quería ir a la guerra?
—¡No! Yo era de familia payesa, trabajaba en el campo desde los ocho años, de sol a sol. Lo único que yo quería entonces era estar con mi familia y poder comer.
—¿Cómo fue la despedida de su familia?
—Llantos y drama. Y eso que todos pensábamos que íbamos a volver a casa a los pocos días...
—¿Pensó en desertar, alguna vez?
—Teníamos la orden de disparar por la espalda a quien no avanzase o quisiera escapar. Vi a un compañero muerto de un balazo en la nuca... Pero hubo otro chico, de mi pueblo y de derechas, que sí logró cambiar de bando, como él quería.
—¿Dónde le llevaron a usted, tras evacuarle?
—A una cueva-hospital. Y luego a Tarragona. Y me administraron la extremaunción: ¡me moría! Pero sobreviví. Y cuando ya bombardeaban Tarragona, nos evacuaron a Barcelona.
—¿Y qué hizo cuando Barcelona cayó?
—Pude haberme quedado en casa de unos familiares... pero temí comprometerlos, y desistí. Así que me uní a unos evacuados que salían en una ambulancia.
—¿Adónde fueron a parar con esa ambulancia?
—A la frontera francesa. Allí vi niños morir de frío en brazos de sus madres... Era enero. Estábamos bajo cero, y sin comida. Y aquellos senegaleses dándonos culatazos...
—¿La guardia fronteriza francesa?
—Sí, y vigilantes de los campos donde nos encerraron. ¡Qué mal nos trató Francia! Bueno, todo el mundo nos ha tratado tan mal...
—¿Qué quiere decir?
—Al entrar los nazis en Francia, yo decidí volver a España: entendí que un cojo... mal podría escapar de los nazis. Y regresé, y aquí todo fue para mí hambre, miserias, maltratos, humillaciones...
—¿Qué le viene ahora a la memoria, por ejemplo?
—En mi pueblo, la gente me evitaba. Nadie me daba trabajo. Y el baile, donde los jóvenes se relacionaban, ¡era mi tortura!: yo era solo un pobre cojo... Me ignoraban, y me apartaba a llorar a solas...
—¿Nadie, nadie se compadecía de usted?
—Un día, alguien me aconsejó acudir al Auxilio Social. Allá fui, muy ilusionado..., y me echaron a patadas e insultos. «¡Rojo de mierda, lárgate de aquí!», me increparon. ¡Rojo de mierda! ¿Qué les había hecho yo? ¿Me querían rojo? ¡Pues muy bien: soy rojo! ¡Rojo!
—Llora usted, Joan...
—Es que... lo he pasado muy mal..., muy mal... Al final tuve que dejar el pueblo y venirme a Barcelona, al peor puesto de trabajo en una fundición: de pie sobre mi única pierna y expuesto a vapores venenosos, y así durante años... Me sorprende mucho estar todavía sano. Y al fin llegó la democracia... y... ¡lo mismo!
—Hombre... ¿Lo mismo?
—He luchado mucho en favor de la Liga de Mutilados, Inválidos y Viudas de la Guerra... ¡Y los políticos nos han echado solo migajas! La democracia no se ha portado bien con nosotros, los exsoldados republicanos. Santiago Carrillo y todos los de arriba se vendieron por unas lentejas. ¿Y la carne de cañón?, ¿y nosotros? No hemos tenido los respetos que aún nos deben.

Joan Guasch vivía en una soleada casita unifamiliar, en una aseada calle de Sant Just Desvern: ahí me recibió una tarde de verano, junto a su hija Teresa. Todo era plácido... pero Joan lloró. Me conmovió escucharle revivir el maltrato en su pueblo, por «biberón», por rojo, por cojo... Crueldad sobre crueldad. Y me emocionó saber que estuvo en los mismos días y lugares que mi tío Josep. «XV Cuerpo de Ejército (al mando del general Manuel Tagüeña), 3.ª División, 31.ª Brigada Mixta», dijo. Y en esa brigada estuvo encuadrado Pepito, mi tío. Eso no lo supe por mi tío (ni lo de la 31.ª Brigada Mixta, ni lo del paso del río Ebro a la altura de Riba-roja, ni qué pasó durante la medianoche del 25 de julio, ni que caminaban de noche): mi tío no me contó nada. Selló sus labios después del día de Navidad de 1977. No quiso decir nada más de su guerra. Yo hubiera querido saber: ¿dónde le habían enviado?, ¿por qué lugares pasó?, ¿en dónde estuvo?, ¿en qué combates participó?, ¿qué hizo en la guerra?, ¿mató?, ¿a quién vio morir?, ¿en qué momento pasó más miedo?, ¿cómo y cuándo pasó el Ebro?, ¿qué pensaba?, ¿qué oía?, ¿qué vio?
Pero mi tío no habló... y yo no pregunté. No me atreví, no quise incomodarle. No quise, después de algo que me pasó con él otro día de Navidad: el día de Navidad de 1984. Celebrábamos en su casa, un año más, la comida navideña, y le comenté lo que había leído en la prensa días antes:
—Tío, algunos de tu quinta han creado una asociación para todos los nacidos en el año 1920, para reunirse e intercambiar recuerdos: Agrupació de Supervivents de la Lleva del Biberó-41, se llama. ¡Podrías apuntarte!
Se lo dije con alborozo, ilusionado. Creí que me agradecería saber que podía reunirse con los compañeros de su quinta. Pero mi tío volvió la cara y miró hacia otro lado, atendió a no sé qué, a alguien en la mesa. Se hizo el distraído, el sordo, fingió no oírme. Mi alborozo se estrelló contra su silencio. Lo entendí: mi tío Josep no quería saber nada de reunirse con otros «biberones».
Le incomodé. No se lo repetí. Dejé de sugerir nada sobre la Quinta del Biberón. Supe que no quería saber nada, aunque no supe por qué. ¿A qué venía su incomodidad? ¿Por qué su silencio? No me atreví a preguntar. Solo empezaría a entender algo estando ya muerto mi tío...
Sí supe, antes, por dónde y qué día cruzó el Ebro. Consulté un libro de mapas de la guerra, y en función de lo que ya sabía («me hirieron el 1 de agosto de 1938, en La Pobla de Massaluca»), el mapa me habló: el 1 de agosto, en La Pobla de Massaluca, había batallones de la 31.ª Brigada Mixta, de la 3.ª División, del XV Cuerpo de Ejército (al mando del general Manuel Tagüeña), que venían de cruzar el Ebro por Riba-roja en la medianoche del 25 de julio.
Atacaron el pueblo el lunes 1 de agosto, los repelieron en las tapias del cementerio los tiradores marroquíes de la 50.ª División del Ejército de Franco. Una de sus balas felicitó su dieciocho cumpleaños a Pepito en el pecho.
Corría enero de 2003 cuando hice esa consulta. No le comenté nada a mi tío, por entonces ya muy achacoso. No quise volver a incomodarle como diecinueve años antes, cuando le mencioné la agrupación de «biberones» supervivientes. Ahora pienso que ojalá lo hubiese hecho, pero entonces no supe vencer mis reparos. Tampoco supe hacerlo en septiembre de ese año —¡poco podía yo saber que veintiún meses después moriría mi tío!—, después de entrevistar a Josep Benet: el célebre político e historiador me explicó —fue para mí una sorpresa— que ser malherido en el frente del Segre... le libró del Ebro.
2
«Yo, desde julio de 1938, vivo de regalo»
JOSEP BENET
(*Cervera, 14.4.1920 / † Sant Cugat del Vallès, 25.3.2008)
Entrevistado en septiembre de 2003
Tengo ochenta y tres años. Nací en Cervera (Lleida), y vivo en Sant Cugat. Fui de la Quinta del Biberón. Soy historiador por pasión y compromiso: quiero que se sepa lo que pasó. Estoy casado desde hace cincuenta y cinco años con Florència Ventura Monteys. No tenemos hijos. Soy socialista democrático y nacionalista catalán defensivo, no agresivo. Soy católico.
—Yo, desde julio de 1938, vivo de regalo.
—¿Por qué lo dice? ¿Qué le pasó?
—Me enviaron al frente de Lleida, yo era uno de los chavales de la Quinta del Biberón. Allí fui herido. Desde mi camastro en el hospital oí partir a mis compañeros. No sabía adónde. Ni ellos...
—¿Lo supo luego?
—Sí, iban al Ebro, hacia la batalla más cruenta y decisiva de la Guerra Civil española. Han pasado ya sesenta y cinco años...
—Estar herido... ¿le libró de la muerte en el Ebro?
—Nunca lo sabré, pero la verdad es que la mitad de mis compañeros se quedaron allí...
—Tantos talentos truncados... ¿Qué hacía antes de la guerra?
—Mi familia era muy humilde. De los siete a los catorce años viví y estudié en la Escolanía de Montserrat. Era escolanet. Allí acudían personalidades: tuve a dos metros de mí a Miguel Primo de Rivera, al rey Alfonso XIII, a Azaña...
—¿Y qué pensaba usted de ellos?
—¡Del Rey tenía yo la peor opinión! Yo estaba ya muy politizado: era republicano, catalanista, un demócrata-cristiano de izquierda.
—¿Qué hizo al final de la guerra?
—El ejército vencedor me obligó a hacer el servicio militar. En 1940 pude volver a casa, por hijo de viuda pobre.
—¿Y cómo se ganó la vida?
—Hice mil trabajos: fui camarero, cantante, organista...
—¿Cantante?
—¡Aprendí en Montserrat! Y me alquilaba en funerales. A la vez, me enrolé en la resistencia política.
—¿En qué consistía?
—Pasé cargas de dinamita por la frontera, antes de 1946. Desde ese año vi que esa mentalidad de guerra... era inútil.
—¿Por qué?
—Los Aliados habían ganado la guerra mundial y no iban a tumbar a Franco. Fui consciente de que había terminado de verdad la Guerra Civil.
—¿Aceptó que Franco había vencido?
—No, que empezaba otro periodo. Usar la violencia nos metía en la cárcel, y era mejor estar fuera y formar a los jóvenes en la democracia, la reconciliación y el catalanismo.
—¿Una resistencia espiritual, intelectual?
—Nuestra guerrilla hacía pintadas, colgaba banderas catalanas, repartía octavillas, daba charlas en parroquias y barrios, publicaba... ¡Formaba cuadros! Porque Franco los había arrasado, entre exilio y fusilamientos.
—¿Buscó Franco liquidar cuadros políticos?
—Sí. Él se sentía débil: necesitaba machacar toda contestación para consolidarse. Y fusiló. Incluso a cualquiera con algún antecedente de activismo social.
—Un ejemplo.
—Domènec Latorre, fusilado en mayo de 1939. Sus cartas a la esposa e hijas, ya detenido, muestran el clima de esos días de posguerra.
—¿Quién era Domènec Latorre?
—Un modesto funcionario del Ayuntamiento de Barcelona que completaba su sueldo como auxiliar de farmacia. De joven había ido a manifestaciones catalanistas y fundado una asociación catalanista. Tener un brazo más corto que otro le eximió de ser movilizado en la guerra.
—¿Tenía algún delito de sangre?
—No, por eso no huyó al término de la guerra, pese a que sus amigos le aconsejaron largarse. Franco propagaba que no juzgaría al que no tuviese delitos de sangre...
—¿Qué cargos le imputaron?
—Un compañero del ayuntamiento le delató por repartir una auca catalanista. No creo que el delator pretendiera que lo fusilasen, solo fastidiarle con un poco en la cárcel.
—¿Y qué pensó Latorre?
—Lo mismo. Luego fue temiendo lo peor. La policía registró su modesto piso y confiscó el dietario de su hija Montserrat, de trece años: fue prueba inculpatoria.
—¿Un cuaderno de una niña de trece años?
—Por estar «escrito en catalán». La niña contaba ahí que su papá «rompe papeles y libros» de las entidades de las que era socio. Según el informe policial, la niña había escrito en su dietario esto sobre la entrada de las tropas de Franco en Barcelona: «Pero Dios no permitirá que a un pueblo tan bueno y tan sano de espíritu puedan los traidores malherirle y robarle para siempre la libertad».
—¿De qué le acusó la sentencia?
—De «elemento separatista» y de haber publicado artículos y caricaturas injuriosas contra Franco.
—¿Y eso bastó para fusilarle?
—Sí. Y era cierto que repartió aucas catalanistas, pero falso que él hubiese escrito o dibujado nada. Como le dice Latorre en su última carta desde la cárcel a su mujer: «No me condenan por otra cosa que por catalanista». Un catalanismo romántico, ingenuo. En la cárcel rezaba el rosario con sus compañeros de celda. En su última carta perdonaba a sus delatores.
—¿Qué fue de su familia?
—Quedó en la indigencia. La hija mayor, Montserrat, se exilió a México. Hablé con ella, ya abuela, hace cuatro años, antes de que muriese: aún se culpaba de no haber destruido su dietario, de que la policía lo encontrase.
—Pobre.
—Durante cuarenta años, mucha gente aquí pensaba de esa condena a muerte: «Por algo sería». Restituyamos la verdad. Hubo crímenes contra la humanidad.
—¿Falta mucho por saber, señor Benet?
—La ministra Del Castillo declara que no ha habido persecución contra el catalán... Claro, en España no se publican libros en castellano sobre eso... Y hay olvido. Y yo lo combato en la medida de mis modestas fuerzas.
—¿Qué podría hacerse?
—Publicar en castellano libros de historia sobre todo eso. Y TVE debería emitir documentales rigurosos. ¡TVE jamás ha emitido un programa sobre la persecución de la lengua y cultura catalanas! ¿No somos una cultura de España que proteger? ¿No pagamos todos TVE? Es lamentable.
—¿Y si alguien dijese que lo de Latorre es un caso aislado?
—Se equivocaría. Se fusilaba en Barcelona o Girona a sesenta personas en un día: ¡miles de personas fusiladas así! Los juicios eran farsas, ¡y el jefe del Estado estampaba su «Enterado» en cada sentencia de muerte! ¡Ni Hitler firmó tantas! Franco fue un criminal que merecía haber sido juzgado por ello. Pero murió en la cama porque dejó a España sin cuadros: fusiló a los que podían «contagiar» a otros, aterrorizó a sus oponentes.
—¿Usted intentaba «contagiar»?
—Sí. Con cursos clandestinos a jóvenes de barriadas, como el Besòs en los cuarenta... De ahí salió CC.OO. Aquí, en mi casa, se formó el comité unificado de los grupos de la Caputxinada, un embrión de la futura Assemblea de Catalunya.
—¿Cómo ve Cataluña y la democracia española?
—Me inquieta el lenguaje agresivo en política. Yo viví ya esa clase de lenguaje: conduce a guerras. Es inadmisible que Aznar, como presidente de todos, sea tan agresivo e imperialista, y tan antinacionalista catalán.
—¿Cómo juzga los veintitrés años de gestión de Pujol?
—Ha faltado un programa, un plan. Un ejemplo, en cultura: ¡todavía Cataluña no tiene su Museu Nacional terminado!
—¿Algún otro ejemplo?
—El Liceu. A cambio de dinero... ¡está en su patronato el Gobierno de Madrid! Hasta los moderados de la Lliga se escandalizarían. ¡Ay, si la vieja burguesía catalana levantase la cabeza! ¡El Liceu era el orgullo de la sociedad catalana!
—¿No agradece que llegue aquí dinero de Madrid?
—Ah, entonces... ¿habrá pronto en el Gobierno de la Generalitat un conseller nombrado por Madrid?
—¿Y qué opina de TV3?
—Que tampoco emite programas con rigor histórico sobre la persecución cultural franquista.
—También criticó usted a Josep Tarradellas...
—Fue un político nefasto, incompetente: ¿qué hizo para evitar la guerra civil entre comunistas y anarquistas en Barcelona en mayo de 1937? Nada.
—Su figura es respetada.
—¿Por qué los papeles de la Generalitat que él custodió, que son de todos los catalanes, los entregó a Poblet y hay que pedir permiso y esperar años para estudiarlos? ¡Abad de Poblet, devuélvalos al Arxiu de la Generalitat! Poblet no me deja verlos, ¡y hasta el Ejército español me deja hoy ver sentencias de muerte como la de Latorre!
—Eso resulta algo irónico, sí.
—Poblet no es Salamanca ni la Fundación Franco, ¿no? ¿Qué político catalán respira? ¡Ninguno! Yo hablo y me quedo solo.
—¿Y eso le desmotiva?
—¡No! Desde julio de 1938 vivo de regalo. Y me prometí, en nombre de mis compañeros muertos, que viviría y seguiría luchando siempre por Cataluña y por la democracia. Estoy orgulloso de haberlo hecho. Y sigo haciéndolo.

«Desde julio del 1938 vivo de regalo», repetía Benet, malherido como «biberón». Podría haberlo dicho Pepito desde el 1 de agosto de 1938. No lo decía. No decía nada. Tampoco decía eso de que vivía comprometido con los miles de «biberones» muertos para luchar por «Cataluña y por la democracia».
Pepito nunca pasó dinamita por la frontera, nunca impartió clases en la clandestinidad, nunca fue elegido senador en las primeras elecciones democráticas (1977) ni en las segundas (1979) —después de aprobada la Constitución—, en las listas del PSUC. Pepito no hablaba de política. Pero, sin hablar con él, yo sabía que Josep Amela y Josep Benet se hubiesen entendido: por antifranquistas, los dos; por catalanistas, los dos; por católicos, los dos.
Yo sabía que mi tío Josep era católico, catalanista y antifranquista, pero no lo sabía por él. Lo sabía por un día en que estábamos con él mi padre y yo, y mi padre dijo:
—En esto, el tío y yo no pensamos igual.
Eran los días de la muerte de Franco, poco antes o poco después. A la única persona sobre la Tierra a la que mi padre ha reverenciado ha sido a su hermano Pepito, nueve años mayor que él. Mi padre acaba de cumplir noventa años (noviembre de 2019), y con él discutí mucho de política en mi juventud, y en mi madurez le sonrío sin discutir. Aquel día con él y mi tío, mi padre dijo:
—Al tío no le gusta Franco.
Mi tío asintió con su silencio. De mi padre sabía yo que conoció la revolución sangrienta en la Barcelona de 1936 a 1939 (tenía seis años cuando empezó la guerra y casi no pudo ir a la escuela hasta los nueve años, cuando acabó la guerra). Niño en Barcelona, pasó hambre y le cayeron bombas sobre la cabeza. Chillaban las alarmas y sus hermanas mayores le arrastraban desde el Turó de la Trinitat hasta el refugio antiaéreo de Can Cagamantas —a él y a su hermano pequeño, Victet—, y se les pelaban las rodillas en cada caída por la carretera de Ribes. A los niños Francisquet y Victet les llovían bombas mientras su hermano Pepito estaba en la guerra. Mi padre entendía así la Guerra Civil en Barcelona:
—Franco ganó y hubo paz.
En los días de la muerte de Franco yo tenía quince años y le dije a mi padre que ojalá pronto España fuese una democracia europea más. Me dijo (como siempre) lo que pensaba:
—La democracia la queréis los intelectuales. Los demás queremos paz y tranquilidad y poder trabajar.
Por esos días vimos en un telediario imágenes de un desfile militar ante Brézhnev en la plaza Roja de Moscú, soldados en milimétrica formación, y mi padre comentó:
—Un buen ejemplo de orden y disciplina, ¡perfecto!
Mi padre firmaría la frase de Lenin al socialista español Fernando de los Ríos: «¿Libertad? ¿Para qué?». (Y, de paso, la de «haga como yo, no se meta en política», de Franco.) Y aquel día mi padre me lo dejó claro:
—En esto, el tío y yo no pensamos igual.
Mi tío asintió en silencio. Les unía todo (desde luego la religión), pero entendí que mi tío era hijo de la República y un antifranquista, pero que se aguantaba y callaba. ¿Y catalanista? ¡Sí! Y esta certeza la vinculo a otro recuerdo de niñez, y es que mi padre, antes de entrar en casa del tío Josep, siempre me decía:
—Al tío Josep háblale en catalán, que le gusta.
Mi padre y mi tío hablaron siempre entre ellos en su forcallano, su catalán-valenciano materno. Pero no a mí, al menos no mi padre: mi madre es de Granada, y mi padre siempre ha hablado en castellano con ella y los hijos. «Por amor», afirma, y porque a él siempre le gustó la lengua castellana. En los años sesenta y primeros setenta, ni en casa ni en la escuela escuchaba yo el catalán (salvo a mis tíos y a mi padre cuando hablaban entre ellos). No me era sencillo hablarlo con mi tío. Y recuerdo un día de 1975 en que a mis hermanos y a mí nos dijo mi tío:
—Si no habláis en catalán, algún día os echarán de Cataluña.
Era un reproche que sonaba a colleja. Sin duda mi tío Josep era de pecho catalanista y corazón republicano. ¿Bendecías o no, tío, esta España descentralizada en autonomías con monarquía parlamentaria, democráticamente ratificada? ¿O te parecía insuficiente? No lo hablamos nunca. Sí habla de ello un «biberón» al que visité en su casa de Torelló, en Osona, el día del setenta aniversario del comienzo de la batalla del Ebro...
3
«¿Héroe...? ¿Cobarde...? No,
yo me quedé en antihéroe»
EUDALD VILA
(*Torelló, 21.10.1920 / † 23.7.2014)
Entrevistado en julio de 2008
Tengo ochenta y ocho años. Nací y vivo en Torelló (Osona). Soy un jubilado defraudado. Estoy casado, tengo tres hijos, seis nietos y siete bisnietos. Soy un catalán republicano ¡agradecido a este Rey! Fui un obrero soldado. Soy católico practicante, pese a ciertas jerarquías y teólogos.
—¿Dónde estaba hace hoy setenta años?
—A las 0.15 horas cruzamos el Ebro en unas barcas, de Vinebre a Ascó. ¡A mediodía estábamos ya en Corbera d’Ebre! Sorprendimos a los nacionales: hicimos seiscientos prisioneros.
—¿Fue usted de los primeros en pasar?
—Sí, con el 49.º Batallón de la 13.ª Brigada de la 35.ª División.
—¿Qué edad tenía?
—Dieciocho años. Éramos muchos de mi quinta, movilizada en marzo, y de la siguiente, en abril. Muchos aún con diecisiete años.
—Ya... ¿Cuándo supo que iba al Ebro?
—Desde junio los de mi batallón nos entrenábamos en un arroyo seco en Pradell de la Teixeta (Priorat) con unas barcas traídas desde la Costa Brava...
—¿Y qué pensaba usted de todo aquello?
—Un comisario comunista nos decía: «¡Cruzaremos el Ebro y tomaremos la Península palmo a palmo hasta Galicia!». Y yo le dije: «No creo que lleguemos nunca». Me arrestó.
—No tenía usted mucha fe.
—Aquello era un desbarajuste. Un amigo mío bromeaba conmigo: «¡Deberíamos enviarle una carta a Rojo declarándonos independientes de esta guerra!». ¡Estábamos aterrorizados!
—Rojo, jefe del ejército republicano...
—Yo le culpo de asesinarnos. ¿Acaso no sabía que Franco abriría el embalse de Camarasa y que la crecida del río ahogaría a muchos chicos? ¿No sabía que no teníamos aviones, que nuestros antiaéreos eran una filfa...? ¡¿No sabía que nos enviaba a una masacre?!
—¡La guerra es la guerra!
—¿Y los bombardeos sobre Barcelona? Si un gobierno no es capaz de proteger la vida de su población civil... ¡que plegue! Esto pienso yo.
—¿Quería usted pasarse al otro bando?
—¡No! Tampoco. Quería paz. De los ochocientos miembros de mi batallón, ¡una semana después de cruzar el río... ya solo quedábamos trescientos cincuenta!
—¿Qué fue lo peor de aquello?
—El calor, la sed espantosa. El olor a cadáver. Nuestro pánico bajo las bombas, granadas, balas... Tomábamos una cota, y éramos dianas. Mi peor día fue el 24 de septiembre.
—¿Qué pasó el 24 de septiembre?
—Llovían granadas de obús, mucho fuego. Avanzábamos saltando de cráter en cráter. Y una ráfaga separó la cabeza del cuerpo de un compañero a muy pocos metros. Otro cayó sobre una bomba y su cuerpo voló descuartizado, vi cómo sus despojos colgaban de las ramas de un olivo...
—¿Se lloraba? ¿Lloraba usted?
—Oías gritar «¡madre, madre!»... Los chicos que caían llamaban a su madre. Yo solo he llorado una vez en mi vida: el día que un amigo herido me decía adiós al ser evacuado en camilla. ¡Qué solo me sentí allí en ese momento!
—¿No intentó desertar?
—Algunos se pegaban un tiro en un pie o una mano, para ser evacuados. «¡Me han dado!», gritaban. Pero se les notaba en la piel la pólvora del fogonazo... y entonces eran fusilados por desertores. Yo, como otros, alguna vez asomé la mano por encima de la trinchera, a ver si me herían...
—¿Le hirieron?
—No, no tuve esa fortuna. Y eso que un teniente insensato nos ordenó un día tomar una posición ¡con el sol de cara y los otros tirándonos a placer!: de sesenta que corríamos, solo veinte llegamos hasta un murete a cubrirnos.
—Una maniobra suicida.
—¡En ciento cincuenta metros quedaron cuarenta compañeros caídos! Durante horas, desde donde nos resguardábamos, oía cómo iban apagándose sus lamentos, porque iban muriendo... Cuando hubo anochecido, retrocedimos. ¡Todo para nada! ¡Para nada! Sí, eran acciones suicidas, criminales: ¡aquellos mandos nuestros no tenían ni idea!
—Y los del otro bando, ¿qué?
—Franco envió allí a los más extremistas o incómodos de todos los suyos: los moros, los legionarios, los requetés navarros y los del Tercio de Nuestra Señora de Montserrat, chicos catalanes...
—¿Tuvieron los «biberones» trato con sus adversarios?
—Sí. Recuerdo el día en que un grupo estábamos al borde de un precipicio de vértigo, y enfrente estaban ellos, también con los pies colgando, diciéndonos: «¡Rojillos, soldados de Stalin, mañana os vais a enterar!».
—Guerra psicológica de alto nivel.
—Si no fuese por el miedo que sentíamos, aquello era precioso: la luz del crepúsculo en aquel paisaje rocoso espectacular, un cielo nocturno tan brillante de estrellas...
—¿Les dispararon a la mañana siguiente, o no?
—Al día siguiente fuimos relevados: me fui de allí sin saber qué pasó, pero sí recuerdo al que quedó en mi puesto, que lloraba y besaba una foto de su familia, temeroso de morir allí...
—¿Mató usted a alguien?
—No creo... En la toma de una cota, los mandos y comisarios nos ordenaron disparar contra los nuestros si reculaban... No pudieron tomarla, era ya de noche, decidieron recular... Y uno topó contra mí en la oscuridad, cara a cara. Y le reconocí. Fingimos no habernos visto. Ni yo ni ninguno de mis compañeros dispararon a los nuestros. ¡Cuánto me alegro hoy de haber desobedecido entonces aquella orden!
—¿Se considera héroe o cobarde?
—«Mejor cobarde vivo que héroe muerto», repetía un polaco en mi batallón. ¿Héroe...? ¿Cobarde...? No, yo me quedé en antihéroe.
—¿Cuándo pudo salir del infierno del Ebro?
—En octubre me enviaron al otro lado del río. Y en diciembre ya hubo desbandada general. Yo caminé durante dos meses, a escondidas, hasta llegar a mi pueblo, robando gallinas...
—¿Qué balance de todo aquello hace hoy, setenta años después?
—Enviaron al sacrificio a los chicos de familias pobres. Y nadie de los que nos masacraron nos pidió jamás perdón: ni Franco, ni Negrín, ni Companys, ni Rojo. Yo nunca más he podido ver una película de guerra: ¡yo sé cómo sangra alguien al que ha herido una bala!

Hablar con Eudald Vila, catalán por generaciones y obrero de Torelló, combatiente en el Ejército Popular de la República Española, me dibujó un perfil de «biberones» desideologizados, combatientes forzados, más pendientes de sobrevivir que de salvar a patria alguna de nada. El escepticismo de Vila le valió un arresto: tuvo la fortuna de no ser fusilado por «derrotista», como les ocurrió a otros compañeros.
Al terminar la entrevista, Vila abrió el cajón de una mesilla y extrajo un pequeño cuaderno. Un tesoro: era un cuadernito con anotaciones suyas escritas en 1938, en el frente, día por día, con sus movimientos y sensaciones durante los ciento quince días de la batalla del Ebro.
Han pasado ya muchos años: ¿imprimió el dietario, valiosísimo? Tengo que preguntar a su familia. Vila me leyó fragmentos, escritos a lápiz con minúscula letra: desplegaban una mirada descreída, doliente y ecuánime de la guerra de los «biberones».
Vila tuvo el coraje de definirse como «antihéroe», y escucharle leer su dietario me hizo pensar en unas cartas de mi tío Josep. Habían aparecido después de su muerte, en una caja. Releí este pasaje al llegar a mi casa, en una de las cartas:
No tengo mucho que contaros, por ser que no hay novedad ninguna por estos mundos en que vivimos esta vida tan sosa, pues a ver cuál será el día que se terminará esta maldita guerra que hoy hace dos años que estamos sufriendo y nos volveremos a juntar todos y podremos seguir nuestra vida normal con paz y tranquilidad, pues espero sea pronto, como estoy seguro que vosotros estáis también con más ganas aún que yo de que se termine, esto que mías no son pocas.
La carta está fechada el 19 de julio de 1938: segundo aniversario de la sublevación en Barcelona, y de la revolución que se desató en toda Cataluña. Es la última de seis cartas. Todas escritas desde el frente por mi tío Josep.

Anverso de la carta de Josep Amela desde el frente, fechada el 19 de julio de 1938: «... a ver cuál será el día que se terminará esta maldita guerra...».
Las seis cartas aparecieron tras la muerte de mi tío Josep —acaecida el 28 de junio del año 2005: tenía ochenta y cuatro años de edad—, para sorpresa de todos. Nadie tenía memoria de estas cartas.
Pepito, mientras escribo esto no me cuesta imaginarte contemplando desde el Otro Lado cómo tus hermanitos Francisquet —mi padre— y Victet vaciaban la casa familiar de la Trinitat Vella: últimos dos supervivientes de la familia, acordaron venderla. ¿Los guiaste tú, tío, hacia la destartalada cómoda de los años cuarenta olvidada en el polvoriento desván de los gatos sin dueño? ¿Los guiaste hacia el cajón de abajo, atorado, del que tiraron con fuerza hasta abrirlo?
Dentro del cajón encontraron una caja de zapatos. Y dentro de la caja, seis cartas. Y cinco fotos. Y mi padre me dijo:
—Toma. Quédate esto. Yo no recordaba estas cartas. Las escribió de su puño y letra el tío Josep, con diecisiete años, desde la guerra. Llegaban a esta casa. Y aquí las debió de meter un día, a su vuelta. A ti te gustan estas cosas...
Y así fue como empezaste a hablarme a través de tus cartas, tío. Espolearon mi curiosidad. Estaban escritas desde una guerra. Y quise saber más. Y entonces decidí que hablaría con todos los «biberones» supervivientes que pudiese. Y cada 25 de julio, desde entonces, rescato la memoria de alguno de ellos en una entrevista que publico en La Vanguardia: así compenso tu silencio, tío. ¡Qué elocuentes han sido estos «biberones»! Son «mis biberones». Lo es Pere Godall, músico, un «biberón» alegre y carismático. Y, como Vila, crítico con los políticos y mandamases que los enviaron a la guerra...
Y, además, Godall era uno de los puntales de la Agrupació de Supervivents de la Lleva del Biberó-41; sí, la misma de la que no quisiste saber nada, tío Josep...
