Prólogo
Volver a contar
Todo periodista es un historiador. Lo que él hace es investigar, explorar, describir la historia en su desarrollo.
RYSZARD KAPUśCIńSKI,
Los cínicos no sirven para este oficio
Tienes en tus manos un libro escrito con oficio, un libro con la inteligencia y el compromiso de quien escribe para mostrar los hechos, desvelar lo ignorado y sacudir el relato institucionalizado de la historia. Esa es la labor del periodista que baja al subsuelo de lo que narra —porque «los datos son testigos mudos», como leemos en él—, y hay que pasar el cepillo a lo que se cuenta a contrapelo —ya nos lo dijo el viejo y querido Walter Benjamin—, para que surjan las vivencias de esos protagonistas ignorados que escriben la historia sin sospecharlo. Ni blancos ni negros categóricos, ni maniqueísmo fácil y consolador, sino la compleja gama de grises de la que está entreverado cualquier hecho es lo que encontramos en este trabajo. Porque sobre la Guerra Civil se ha escrito mucho, la mayoría de las veces intentando componer un relato comprensible y unívoco, una carretera de una sola dirección por la que orientarnos sin pérdida, pero eso nada tiene que ver con la realidad cruda de los hechos. Hay que perderse, desandar lo caminado, replantear el horizonte y escamotear señales de dirección al trayecto. Los hechos requieren una escritura que inspeccione con la misma zozobra y anhelo con los que fueron vividos. Villatoro y Viana han afilado sus lápices y aguzado sus sentidos para hacerlo y mostrarnos todo un fresco de los acontecimientos que acaecieron en España desde 1936 hasta 1939. Así, además, han estructurado su obra: todos los episodios están presentados por los años en que ocurrieron, integrados de esta forma en su contexto. Es la única convención académica otorgada a un libro que, libre de ideologías, se atiene a la pluralidad circunspecta de las historias que cuenta.
¿Cuándo hemos oído, por ejemplo, que en el bando republicano existieron mercenarios extranjeros? ¿Cuándo se nos ha contado la amistad entre José Antonio Primo de Rivera y el juez que le envió al paredón? ¿Y el alzamiento de Villa Sanjurjo que se adelantó al de Franco? ¿Las opiniones de Líster sobre la responsabilidad de la República en la sublevación? ¿La masacre del mercado de Alicante?
En esta obra se desentierran tópicos (la Brigada Lincoln era un batallón, por ejemplo) y podemos escuchar a los protagonistas de todos aquellos acontecimientos; son sus testimonios los que leemos, porque este libro es, ante todo, una ardua y exhaustiva indagación de archivo y una conversación veraz e imparcial con los supervivientes y los descendientes. Asistimos a las historias de las que está compuesta la historia; esa intrahistoria que no puede recoger una carretera única y cuya pérdida aniquila su fiabilidad. Unas historias que, por otro lado, nos ayudan a comprender las costumbres de un país (por ejemplo, el motivo de que se doblasen las películas extranjeras: el 40 por ciento de la población era analfabeta y no podía leer los subtítulos...).
Escrita por dos periodistas, cada uno con su estilo y su forma de indagar en los hechos, al leer la obra el lector gana en objetividad, en visión y en comprensión. Al terminar su lectura, nos quedamos con sed de saber más, de seguir indagando en nuestra historia. Esa es, sin duda, la función y, quizá, el deber del buen periodista y del buen historiador.
CARMEN SABALETE
Directora de Muy Historia
CAMINO HACIA LA GUERRA
Las eternas dudas sobre la ambigua carta de Franco en la que advertía al presidente de la República del golpe de Estado
ISRAEL VIANA
Para el historiador británico Paul Preston, la carta que Franco le envió al presidente republicano Santiago Casares Quiroga, el 23 de junio de 1936, era de «una ambigüedad laberíntica». Faltaba menos de un mes para que se iniciara la Guerra Civil, y desde entonces nadie se ha puesto de acuerdo sobre cuál era el objetivo real de aquellas palabras. El hispanista Hugh Thomas creía que eran «una declaración del general ante la historia para justificar que había hecho todo lo posible para conseguir la paz, aunque para entonces ya supiera que era demasiado tarde para intentar nada». El escritor y periodista Julio Merino, exdirector del diario Arriba y de El Imparcial, opinaba que la misiva «podría haber evitado un millón de muertos si hubiera sido contestada», mientras que para Íñigo Bolinaga Irasuegui no era más que «una traición sibilina a los conjurados».
Nunca ha habido un consenso total entre los investigadores sobre este escrito en el que el general gallego «anunciaba en un tono críptico y deliberadamente ambiguo que se estaba gestando una conspiración», según explicaba el último historiador citado. Cualquiera de las explicaciones anteriores podría ser válida, o incluso varias de ellas a la vez, pero las preguntas siguen siendo pertinentes. ¿Era en realidad un traidor que quiso, en el último momento, detener la guerra? ¿Se mantuvo fiel a la República hasta unas horas antes del golpe de Estado y por eso envió la misiva? ¿Estaba acercándose, por un lado, a Casares Quiroga y, por el otro, al general Emilio Mola, con el fin de sacar el máximo beneficio personal? ¿Quería avisar del levantamiento y, al mismo tiempo, advertir de que él estaba en el bando contrario?
La misiva, que durante décadas permaneció en el olvido, comenzaba así:
Respetado ministro:
Es tan grave el estado de inquietud que en el ánimo de la oficialidad parecen producir las últimas medidas militares, que contraería una grave responsabilidad y faltaría a la lealtad debida si no le hiciese presente mis impresiones sobre el momento castrense y los peligros que para la disciplina del Ejército tienen la falta de satisfacción y el estado de inquietud moral y material que se percibe, sin palmaria exteriorización, en los cuerpos de oficiales y suboficiales.
En aquel momento, el golpe de Estado empezaba a ser evidente. De hecho, varios generales, incluido Franco, ya habían acordado sublevarse a principios de 1936 si el Frente Popular ganaba las elecciones generales de febrero. Y, aunque al final se alzó con la victoria, el plan no siguió adelante. Poco después, el 16 de marzo, durante la sesión de apertura de las Cortes, se produjo en el Congreso un incidente violento que reflejó también la división entre los diputados republicanos y los conservadores. Fue un episodio que muchos han interpretado como una nueva señal de que la guerra estallaría pronto. Lo protagonizó un diputado socialista que intentó agredir al presidente de la Cámara Baja, Ramón de Carranza, monárquico convencido, porque este se negó a gritar el habitual «¡Viva la República!».
Ese mismo día, además, el Partido Socialista denunció en el Congreso que el futuro presidente del Gobierno, Francisco Largo Caballero, había sufrido un atentado en su domicilio. «Nuestro camarada fue tiroteado y algunos de los proyectiles entraron en su habitación», detallaba la nota de prensa. Los enfrentamientos se volvieron cada vez más habituales en el campo y en la ciudad, pero lo cierto es que, cuando Franco envió su carta a Casares Quiroga, todavía no se habían producido los dos detonantes finales que hicieron saltar todo por los aires: el asesinato del teniente del Castillo por parte de grupos armados de la derecha, el 12 de julio, y el de José Calvo Sotelo por grupos de izquierda, un día después.
Según explica Preston en La guerra civil española. Reacción, revolución y venganza (1978), Casares Quiroga fue advertido en varias ocasiones de que la conspiración estaba en marcha, pero no hizo caso. El 15 de junio, una semana antes de que Franco escribiera su misiva, el alcalde de Estella y el gobernador de Navarra llamaron al presidente del Gobierno para informarle de que, en el monasterio de Irache, el general Mola estaba celebrando una reunión secreta con los comandantes de las guarniciones de Pamplona, Logroño, Vitoria y San Sebastián, en la que podrían estar organizando la sublevación. Cuando le pidieron instrucciones, sin embargo, les ordenó «con indignación» que retiraran a los guardias civiles que les vigilaban y zanjó la cuestión: «Mola es un leal republicano que merece el respeto de las autoridades».
LA ADVERTENCIA DE FRANCO
Muchos investigadores creen que, una semana después, Quiroga cometió un grave error al no responder al mensaje de Franco, aunque fuera solo como señal de respeto al general gallego, que ya había mostrado su disgusto, en más de una ocasión, por el trato que recibía el estamento militar por parte de la República. «En la carta se insinuaba que el ejército permanecería leal si se le trataba como era debido, insinuando así que el autor era hostil a la República. Esto implicaba claramente que Franco solo desbarataría el complot si el presidente le asignaba el puesto adecuado», explica Preston, quien define al futuro Caudillo como «un general que ocupaba un puesto de segundón en el escalafón jerárquico de los principales conspiradores».
Años más tarde, los apologistas de Franco hicieron correr ríos de tinta al intentar explicar dicha misiva, que interpretaron como una hábil maniobra para desviar las sospechas de Casares, o bien como un último y magnánimo gesto de paz. Son dos interpretaciones nuevas a una carta cuyo objetivo sigue sin haber sido aclarado del todo. En cualquier caso, Casares Quiroga no creyó necesario contestarle. Según sostiene Stanley G. Payne en La guerra civil española, de haberlo hecho no habría cambiado nada, puesto que el futuro Caudillo solo estaba «practicando el doble juego». Y, además, el Gobierno «había llegado a la conclusión de que un golpe militar era prácticamente inevitable, pero creían que probablemente sería mucho más débil de lo que fue». «En la primavera de 1936, los comunistas, que pronto serían el partido de izquierda que más ganancias obtendría del conflicto, eran también los que más deseaban evitarlo. Desde su punto de vista, el camino era hacer una fuerte purga de los oficiales del ejército», añade el prestigioso hispanista.
No cabe duda de que la carta habría brindado a Casares Quiroga una oportunidad de oro para neutralizar a Franco, ya fuera sobornándole o arrestándole, pero el presidente solía hacer gala de cierta despreocupación, lo que le llevó a no hacer ni una cosa ni la otra. Para Preston, «aquel escrito era un ejemplo típico de su “retranca”, esa cautela socarrona y astuta atribuida a los gallegos. Su deseo de colocarse en el bando vencedor, sin correr ningún riesgo importante, parecía descartarlo como posible líder carismático del golpe». En este sentido, tampoco se ha llegado a un acuerdo sobre las razones por las que Mola y los demás conspiradores estaban poco dispuestos a continuar sin él. Quizá se debiera a que su influencia en el cuerpo de oficiales era enorme, por haber sido durante un tiempo director de la Academia Militar de Zaragoza.
«Las recientes disposiciones que reintegran al ejército a los jefes y oficiales sentenciados en Cataluña, así como los recientes relevos, han despertado la inquietud de la gran mayoría de los militares», advertía Franco a continuación. Después apuntaba a otros episodios que habían alimentado el malestar entre los soldados. «Las noticias de los incidentes de Alcalá de Henares, con sus antecedentes de provocaciones y agresiones por parte de elementos extremistas, concatenados con el cambio de guarniciones, que produce, sin duda, un sentimiento de disgusto, desgraciada y torpemente exteriorizado, en momentos de ofuscación, que interpretado en forma de delito colectivo tuvo gravísimas consecuencias para los jefes y oficiales que en tales hechos participaron, ocasionando dolor y sentimiento en la colectividad militar».
Hugh Thomas, por su parte, describe de la siguiente manera esta misma carta en su libro La guerra civil española: «Fue un intento de mostrar su preocupación por las divisiones existentes dentro del cuerpo de oficiales, reflejo de una nación dividida. Franco protestaba por las privaciones de mando a militares de derechas. Estos hechos, decía el general, estaban causando tal inquietud que él se sentía obligado a advertir al jefe de Gobierno, que además era ministro de Guerra, acerca de los peligros que suponía “para la disciplina del ejército”».
Payne defiende que fue el ninguneo en la respuesta de Casares Quiroga lo que llevó a Franco a informar a los conspiradores, por primera vez, de que aceptaba participar en el levantamiento. Cree, sin embargo, que las dudas le carcomieron todavía unos días más. Parece ser que el 12 de julio envió un mensaje urgente al general Mola para decirle que aún no había llegado el momento de levantarse y que se retiraba.
Bolinaga Irasuegui, autor de Breve historia de la guerra civil española, asegura que las dudas de este fueron un auténtico quebradero de cabeza para el resto de los conspiradores, los cuales estaban ya desesperados. «Mola se puso furioso, pero ya no podían echarse atrás, de manera que informó a los conjugadores de que ya no contaba con Franco y que sería el propio Sanjurjo quien se levantaría en Marruecos. Dos días más tarde, sin embargo, el futuro dictador volvió a unirse a la rebelión».
El germen del odio al clero que llevó al Frente Popular a asesinar a religiosos en los años treinta
MANUEL P. VILLATORO
«Si en sus manos estuviera, desde los campanarios dispararían los frailazos contra los que osan soñar con una vida civil plena, libre y alegre». Las acusaciones gratuitas publicadas por El Socialista, allá por febrero de 1936, bastan para entender la persecución en masa que padecieron los sacerdotes y monjas afincados en la zona de la Segunda República tras el estallido de la Guerra Civil. Y es que, como él, muchos otros periódicos llamaron a la clerofobia y al conocido como «odio al cura» durante los años treinta. Si por entonces se hubiera tomado la temperatura a los partidarios del anticlericalismo, no habría habido suficiente mercurio para dejar patente el ardor que les consumía.
En su mente, como había ilustrado el mismo periódico apenas un mes antes mediante una curiosa viñeta, la Iglesia era «un partido político más» aliado con el «capital» y el «fascismo». Sin embargo, y tal como desvela el catedrático de Historia Fernando del Rey en Retaguardia roja, la realidad es que, en zonas como Castilla-La Mancha, «la implicación del clero regular en la política había sido casi nula». La ficción, no obstante, logró acabar con la verdad y llevó al estallido, el 18 de julio de 1936, de una violencia sistemática contra el clero que derivó en la quema de conventos, el fusilamiento de sacerdotes y el maltrato de monjas por parte de las milicias leales al Frente Popular. El resultado: unos diez mil damnificados que han sido olvidados por la historia.
EL GERMEN DEL ODIO
Es difícil hallar el origen concreto que provocó la clerofobia en el ala más extrema de la Segunda República. El historiador recién mencionado es partidario de que pudo llegar desde varios frentes. El primero de ellos habría sido el marxismo europeo que, desde finales del siglo XIX, había forjado la idea del odio al cura. Ya lo dijo el mismo Karl Marx: «La angustia religiosa es al mismo tiempo expresión del dolor real y la protesta contra él. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo descorazonado, tal como lo es el espíritu de una situación sin espíritu. Es el opio del pueblo». Esa idea fue esgrimida por otros filósofos como Immanuel Kant, Ludwig Feuerbach o Bruno Bauer.
Desde el extremismo también se evocó la imagen del «cura trabucaire» de las guerras carlistas, dispuesto a armarse y a luchar por la causa, para poner en la diana al clero. Y otro tanto hicieron —según explica el profesor de Historia José Luis Ledesma en «Delenda est Ecclesia. De la violencia anticlerical y la Guerra Civil de 1936»— al recordar el apoyo de esta institución a los grupos más conservadores en la Restauración y la dictadura de Primo de Rivera. Cada una de estas épocas derivó en un repunte de los movimientos contrarios a la Iglesia que tuvo su máximo exponente en la Semana Trágica de Barcelona de 1909, cuando la Ciudad Condal fue tildada de la Rosa de Fuego debido a la ingente cantidad de iglesias que fueron quemadas.
Ese fue el punto de partida de un odio que se convirtió en el signo característico de los grupos extremistas de izquierdas. «La primera década del siglo XX, cuando el anticlericalismo se situó en el centro del espacio público, se convirtió en un punto de referencia fundamental para la protesta popular y para la vida política del país y se asoció definitivamente a la cultura política del republicanismo como un rasgo permanente de la misma», explica Ledesma. En resumen, el autor arguye que, a lo largo de más de cien años antes de la guerra de 1936, se articuló y se consolidó la misma mentalidad que, tras el 18 de julio, llevó a la matanza sistemática de sacerdotes y monjas.
Otros autores no olvidan que, ya en la época de la Segunda República, el anticlericalismo fue también un arma esgrimida por los partidos de izquierdas para lograr superar en las urnas a sus adversarios. Manuel Álvarez Tardío, autor de «“Por el triunfo de la causa de Dios”. La reacción de la Iglesia ante el Frente Popular de 1936», secunda esta idea. En su opinión, la cuestión religiosa se había instalado en la política española y formaba parte de los elementos de identidad ideológica. Desde que se alzó la bandera tricolor, estos grupos intentaron convencer a la sociedad de que la Iglesia era una institución que buscaba desarticular la democracia. Y lo mismo sucedió en las elecciones generales de febrero de 1936, aquellas en las que obtuvo la victoria el Frente Popular.
Las investigaciones han confirmado el peso del anticlericalismo en el lenguaje de las candidaturas del Frente Popular. En sus discursos afirmaban que «la importancia del componente católico y la defensa de la fe y la Iglesia eran rasgos de identidad de la propaganda derechista». Esta amalgama de causas provocó que, junto con el estallido de la Guerra Civil, llegara también la explosión de la violencia contra el clero. A golpe de oratoria anticatólica, grupos como los socialistas, los anarquistas, los comunistas y los republicanos influyeron con falsos estereotipos en la visión que miles y miles de ciudadanos tenían de los religiosos. Y, a la larga, estos resultaron letales.
LA BARBARIE DEL 31
Uno de los ejemplos más flagrantes de que el odio al clero se había extendido entre las izquierdas quedó patente el domingo 10 de mayo de 1931, un día en que el Círculo Monárquico Independiente verificaba, según publicó ABC, «la votación de la Junta Directiva del Comité Central». Durante el evento, un grupo de exaltados republicanos se enfrentaron a otros tantos monárquicos presentes. La mecha la prendió, en palabras del periódico Ahora, un taxi que llegó a la zona. «Iba ocupado por dos individuos. Estos se asomaron a las ventanillas y gritaron “¡Viva el Rey!” y “¡Viva la Monarquía!”. El chófer los contrarrestó con gritos de “¡Viva la República!”».
El desconcierto se generalizó y, en pocas horas, fue quemado un quiosco del periódico católico El Debate. También fueron pasto de la violencia varios negocios considerados religiosos, y una manifestación se ubicó frente a la sede de la Dirección General de Seguridad. No parecía que la situación fuese a calmarse en un breve periodo de tiempo.
El 11 de mayo amaneció agrio en la capital tras aquella negra jornada de disturbios. Quema de iglesias y conventos, ni más ni menos; un torrente de violencia en los albores de la Segunda República. Todos palpaban la tensión en el ambiente. O casi todos... Según explicó en sus memorias Miguel Maura, entonces ministro de Gobernación del Gobierno Provisional, uno de sus compañeros no veía peligro alguno en que los exaltados se hiciesen a la calle con palos y antorchas. El hombre en cuestión era Niceto Alcalá-Zamora, presidente en funciones, que se dirigió a él con su característico acento cordobés:
Cálmese, Migué, que esto no es sino, como decía su padre, «fogatas de virutas». No tiene la cosa la importancia que usted le da. Son unos cuantos chiquillos que juegan a la revolución y todo se calmará enseguida. Usted verá.
Maura, o eso escribió, le reprochó su postura. «Es usted un insensato. O me dejan sacar fuerzas a la calle o arderán todos los conventos de Madrid, uno tras otro». Pero el recién estrenado Gobierno Provisional, en la poltrona desde la caída de la monarquía, no estaba para cargar contra la misma población que había permitido la llegada de la República. Manuel Azaña, viejo conocido de los presentes, fue claro en lo que respecta a llamar a la Guardia Civil: «Eso no. Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano». El ministro de Gobernación se retiró indignado al despacho de otro de sus colegas, Rafael Sánchez Guerra. Ambos se desesperaron juntos.
Las horas siguientes fueron un caos. «Cada cuarto de hora llegaba la noticia de un nuevo incendio de otro convento». Al cuarto «notición», como lo llamó Maura, le pidieron que regresara junto a sus compañeros. «Se habían acabado las risas y las bromas. Mis colegas empezaban a darse cuenta de que estaban frente a un principio de revolución iniciada por unos chiquillos, pero que, ante la impunidad más absoluta de que gozaban, podían dar al traste con otras cosas mucho más que los conventos». Cuando llegó se habían acabado las risas y hasta el «hombre tranquilo» estaba en guardia: «Venga usted acá, Migué. Puede que tenga razón».
Uno de los ataques más sonados de aquella jornada se produjo contra un enclave más que popular. «Fue incendiada por las turbas la residencia de la Compañía de Jesús, de la calle de la Flor», reseñaba ABC. La noticia llegó enseguida al Consejo de Ministros, donde causó una reacción dispar entre los presentes. Maura, en sus memorias, relata que se sintió indignado porque algunos de sus compañeros se tomaron a chanza lo sucedido. A uno de ellos le pareció hilarante que fuesen los hijos de san Ignacio los primeros en «pagar el tributo al pueblo soberano». Azaña, por su parte, esgrimió aquello de la famosa «justicia inmanente».
El periodista Josep Pla, presente durante la quema del convento, afirmó que una docena de exaltados lo hicieron todo. «Con unos tablones que había en la Gran Vía han derribado una ventana baja. Ya dentro de la iglesia, han hecho un montón con sillas y bancos, que han rociado de petróleo, y todo ha prendido fuego con la paja». Según sus palabras, vio alzarse una extensa llama tras el rosetón del edificio. «Afuera, en la Gran Vía, la Guardia Civil a caballo, mano sobre mano, pasa el rato fumando», sentenciaba. Todavía no había recibido la orden de detener a los incitadores.
Tal y como recogió ABC, después le tocó el turno al «convento de Maravillas, de la calle Bravo Murillo; el de las monjas Bernardas, de la calle Isabel la Católica; el Instituto Católico de Artes e Industrias, de la calle Alberto Aguilera», y así hasta siete edificios religiosos más. De todos estos incendios se informó a unos ministros que, con el paso de las horas, entendieron que lo que tenían entre manos era algo más que una niñería. El mismo Indalecio Prieto, que se contaba entre las personalidades más destacadas del Gobierno Provisional, entró airado en la sala durante aquella aciaga mañana para dar buena cuenta de lo que había visto:
Vengo de Gobernación y he hablado yo mismo con Barcelona y Valencia. No pasa nada en ninguna parte y todo está tranquilo. En cambio, he visto por la calle de Alcalá las bandas de golfos que están quemando los conventos con latas y estropajos, y digo que es una vergüenza que se paseen por Madrid impunemente haciendo daño. Hay que acabar con esto en el acto.
En palabras de Pla, parte de los madrileños salieron a la calle para deleitarse con las llamas. «Una fila de ciudadanos apoyados en la pared aprovecha el tiempo y se hace limpiar los zapatos». Para ellos, aquello era una suerte de tétrica festividad. «Durante muchas horas no ha habido en Madrid otra distracción mejor que la quema de conventos». Sin embargo, insistió también en que sería un error creer que todo el mundo había visto los hechos de igual forma. «Muchos ciudadanos la han contemplado con caras largas y tristes. No sé si resignados. Casi me atrevería a decir que el terrible desatino ha agradado muy poco en Madrid entre las personas conscientes».
A partir de este momento existe cierta controversia sobre lo que ocurrió. Maura sostiene que, sobre las dos de la tarde, el Gobierno Provisional se reunió con el objetivo de decidir si sacaban o no a las autoridades a la calle. Azaña se mantuvo firme y votó que no. Como era de esperar, le siguieron todos sus correligionarios. Largo Caballero habló después, tras toda la mañana sin decir una palabra, para señalar que, aunque estaba en contra de la violencia, era socialista y no podía reprimir al pueblo. Se abstuvo.
Por enésima vez, Maura decidió retirarse a su casa dolido. Poco antes, se topó con un piquete que exigía hablar con los cabecillas de la Segunda República. Uno de ellos era Pablo Rada, aquel que había batido un récord mundial de aviación junto con Ramón Franco. Todo quedó en nada. No fue hasta las cinco de la tarde cuando, a la vista de que era imposible mantener el orden y la ciudadanía no se iba a calmar, se declaró el estado de guerra y se sacó el ejército a las calles de la capital; según el Gobierno Provisional, para no mezclar a la Guardia Civil en tal acto de represión.
Pero, para entonces, la locura pirómana se había extendido ya a otras regiones como Málaga, donde cayeron, presa de las llamas, cuarenta inmuebles. Todos ellos, por descontado, saqueados. Pero no fue la única. A esta urbe se unieron pronto Valencia, Alicante, Murcia, Granada, Córdoba, Jerez, Sevilla, Cádiz, Sanlúcar y Algeciras. En algunos puntos tuvo que ser declarado el estado de guerra y, al final, hubo que contar cuatro muertos. Para colmo, no hubo represalias.
El misterioso escritor de éxito que estuvo a punto de asesinar a Azaña y destruir el Frente Popular
ISRAEL VIANA
En la década de 1930, la prensa daba palos de ciego con respecto a la identidad del escritor que se había convertido, de la noche a la mañana, en el más vendido del panorama editorial español. No fue hasta marzo de 1932 cuando apareció citado por primera vez, con motivo de la publicación de El comunismo en España, un ensayo en el que criticaba, bajo el seudónimo de Mauricio Karl, esa corriente política que había accedido al poder en la recién instaurada Segunda República.
En abril de ese mismo año, el diario ABC trataba de aportar alguna información sobre él, pero no tenía más remedio que reconocer que era imposible:
El autor se presenta en el prólogo como un alemán que ha actuado durante cinco años, en nuestro país, como agente secreto del Servicio Internacional Contra el Comunismo. En realidad, no sabemos que exista dicho organismo y, aunque existiera, dudamos de su autenticidad. Parece un disfraz del escritor para preservar su identidad. Resulta más verosímil que se trate de un periodista que ha estudiado de cerca los grupos revolucionarios comunistas o que, incluso, haya estado infiltrado en alguno de ellos, porque ofrece detalles que no pueden ser ficticios.
En 1934 el tal Mauricio Karl publicó su segundo ensayo, El enemigo. Marxismo. Anarquismo. Masonería, y un año después Asesinos de España. Todos estos títulos tuvieron un éxito de ventas sorprendente. En ellos atacaba sin reparo a las fuerzas progresistas del país, sin que se supiera en realidad quién era su autor ni cuál era su procedencia. En octubre de 1935 ABC informaba, incluso, de que un nutrido grupo de seguidores intentaba organizarle un homenaje, pero que no tuvo ocasión de celebrarlo «porque no pudo descubrir su auténtica identidad». Pocos días antes, este diario ofrecía sin querer un dato interesante para la historia que vamos a contar: «Su seudónimo no pertenece a ninguno de los encumbrados jefes de Policía a quienes la malicia de la gente ha señalado». Pero ¿era cierta esa afirmación?
En los mismos días en que España se devanaba los sesos para descubrir el nombre real del misterioso superventas, se producía una inesperada visita a la sede de la Dirección General de Seguridad (DGS) que, en principio, nada hacía sospechar que tuviera que ver con el mencionado autor. A la sede de la Puerta del Sol de Madrid llegaba un antiguo legionario, llamado Carmelo Ruano, para hablar con alguno de los responsables de la policía madrileña. Decía que tenía información de primera mano sobre la organización de un atentado contra Manuel Azaña en el municipio de Alcázar de San Juan, en Ciudad Real.
La denuncia llegó hasta el despacho de Vicente Santiago, el máximo responsable de la Oficina de Información de la DGS, pero no la investigó hasta un año después, cuando Azaña fue elegido presidente del Gobierno y se nombró al nuevo comisario general de policía, el señor Aparicio. Nada más tomar posesión del cargo, dio la orden de que se analizaran las pistas dadas por Ruano. Poco después, parte de la denuncia se filtró a ABC, en cuyas páginas se revelaba el nombre del supuesto cerebro del atentado: Julián Carlavilla, un inspector que había adquirido en Barcelona dos fusiles y dos pistolas para asesinar al entonces presidente republicano.
Visto con el tiempo, las identidades de Mauricio Karl y del cerebro del magnicidio comenzaban a conectarse, sin que nadie fuera del todo consciente en aquel momento. Otras versiones, sin embargo, se oponían a que Carlavilla fuera jefe policial y defendían que, en realidad, era un simple agente. Una tercera hipótesis aseguraba que era oficial. Según la declaración de Ruano, además, no actuaba solo, sino junto con el capitán de infantería Manuel Díaz Criado y el abogado del ejército Eduardo Pardo Reina. Ambos eran conocidos opositores de Azaña y miembros de la Unión Militar Española (UME), la asociación que años atrás se había enfrentado al presidente del Gobierno en numerosas ocasiones.
Carlavilla se había convertido en todo un especialista de la investigación criminal en los diferentes puestos de responsabilidad que había ocupado. Cuentan, incluso, que evitó atentados anarquistas contra el dictador Miguel Primo de Rivera y los reyes de España antes de que se proclamara la Segunda República. Asimismo, que ejerció de jefe de la escolta de Largo Caballero, al que habría salvado la vida en un tiroteo. Sin embargo, se hizo famoso por su lucha incansable contra el comunismo y la masonería en España hasta el punto de que consiguió arrestar a los responsables del intento de golpe de Estado contra la dictadura ocurrido en 1929.
EL ODIO A AZAÑA
Todos sus logros los conseguía infiltrándose en las mismas organizaciones a las que pertenecían los terroristas. Así obtenía la información que utilizaba después para sus operaciones policiales. Así recabó, también, los primeros datos sobre Manuel Azaña cuando este era presidente del Ateneo. Su inquina hacia él era tan grande que llegó a calificarle de homosexual en una época en que no era fácil vivir con ello. Su odio fue creciendo durante la dictadura de Primo de Rivera, cuando se convirtió en uno de los activos más importantes de la Sección de Investigación Comunista creada por el general Dámaso Berenguer.
Un año después de la proclamación de la Segunda República, Carlavilla inició su pasión por la escritura con El comunismo en España, en el que decidió usar ya su seudónimo de Mauricio Karl. El primer libro no tardó ni un mes en convertirse en la sorpresa del mercado literario y los ejemplares se agotaron en las principales librerías de Madrid y Barcelona, mientras la prensa seguía preguntándose quién era aquel escritor, cuyas ventas no pararon de crecer hasta que, en 1935, llegó la denuncia de Ruano contra él.
El exlegionario le acusaba de estar preparando el atentado contra Azaña, de manera que, cuando el nuevo comisario general inició su investigación a comienzos de 1936, nuestro protagonista fue expulsado de la policía y tuvo que huir a Portugal antes de ser detenido. En las calles de España la tensión era ya irrespirable, con enfrentamientos continuos entre falangistas y militantes de partidos de izquierdas que hacían temer lo peor. Solo quedaban dos meses para el comienzo de la guerra cuando ABC contó, en exclusiva, el intento de asesinato que pudo cambiar la historia de España.
En los últimos días se han producido algunas detenciones de personas supuestamente implicadas en un intento de atentado contra el actual presidente y otras personalidades políticas [...]. En abril de 1935 se presentó en la DGS el confidente y exsoldado del Tercio Extranjero, Carmelo Ruano, quien manifestó que quería informar de que se estaba preparando dicho atentado. Añadió que, estando en el hotel Terminus con el capitán del Tercio Extranjero Manuel Díaz Criado, se presentó el abogado Eduardo Pardo Reina, acompañado de otro caballero cuyas señas coinciden con las del inspector Julián Carlavilla, autor de varios libros de asuntos sociales que firma como Mauricio Karl.
Según Carlavilla, este último expuso en aquella reunión que la DGS deseaba contar con hombres de acción para preparar los atentados contra Azaña, Largo Caballero y Diego Martínez Barrio [presidente del Congreso de los Diputados y de la República en diferentes periodos]. Como resultado de aquella reunión, se encargó a Ruano que buscase hombres capaces de cometer tales atentados y se le dijo que se le entregaría 75 pesetas cada día. La entrega se efectuó durante tres o cuatro días, según dice Carmelo, pero después, Gustavo del Villar, secretario de Carlavilla, le manifestó que ya no le seguiría entregando cantidades porque no necesitaban más sus servicios [...]. No se sabe por qué causas esta declaración quedó archivada y no se le dio curso.
ABC apuntaba también que Carlavilla había reclutado a cuatro hombres con los que se reunía en la calle de la Bolsa de Madrid, esquina con Carretas, con un bigote postizo para que nadie le reconociera y pudiera preparar de incógnito el magnicidio. Entre ellos se encontraba el propio Ruano, y a todos les pagaba esas setenta y cinco pesetas diarias. Sin embargo, Carlavilla decidió expulsarlo por «no ser un tipo decidido», a pesar de que se lo habían presentado como un «ferviente antiizquierdista». Esa decisión pudo provocar la venganza por parte del exlegionario, que acudió raudo a denunciar al escritor fantasma a la DGS.
DISPARAR DESDE UN COCHE
Según explica la página web Guerra en Madrid, tras la expulsión «Carlavilla y Díaz Criado tuvieron que reorganizar la célula terrorista y pensaron que el ataque lo tenían que efectuar jóvenes que estuvieran realmente convencidos». ABC también informó en su momento de que el grupo se había compinchado con algunos escoltas del presidente para que «les dieran facilidades para la realización del atentado en Alcázar de San Juan», donde el político iba a celebrar un mitin. «La idea era dispararle desde un vehículo recién adquirido, justo antes de que empezara su discurso. Los dos llegaron a viajar hasta la localidad manchega para los preparativos en la plaza del Ayuntamiento. Los autores del atentado, por su parte, habían programado enviar un mensaje por telegrama a los otros miembros del comando con un lenguaje convenido: en el caso de asesinar a Azaña tendrían que telegrafiar a sus compañeros diciendo: “Mamá grave”», añadía el diario monárquico.
Para desgracia de Carlavilla y sus secuaces, Azaña no fue a Alcázar de San Juan y el mitin se suspendió como consecuencia de las inclemencias meteorológicas. Aun así, la detención de los instigadores no se produjo hasta mayo de 1936, cuando el cerebro de la operación ya había huido meses antes a Portugal. Sus dos colaboradores más estrechos fueron arrestados, al igual que otros agentes de la policía que actuaron como cómplices. La vida de su jefe durante la Guerra Civil, sin embargo, es un auténtico misterio. Algunos medios de comunicación aseguran que participó en el intento de liberación de José Antonio Primo de Rivera antes de que este fuera fusilado en la cárcel de Alicante.
Se dice también que, durante la dictadura de Franco, ejerció como policía hasta pedir una excedencia de diez años para viajar por toda Europa. Durante la Segunda Guerra Mundial visitó un campo de concentración nazi, y se retiró como comisario, muchos años después, para seguir escribiendo. En la edición del 26 de junio de 1982, en una pequeñísima reseña necrológica, ABC informaba de lo siguiente: «Ha fallecido en Madrid, a los ochenta y seis años, el escritor Mauricio Karl, especializado en temas de masonería y comunismo. Karl había sido comisario de policía y estuvo encargado en varias ocasiones de la orden de busca y captura de su propia persona. Sus libros contra la República, el comunismo y los masones alcanzaron gran difusión entre 1931 y 1937».
Las dolorosas puñaladas entre Francisco Franco y la República antes de la Guerra Civil
MANUEL P. VILLATORO
El pedregoso camino de la Segunda República comenzó el 14 de abril de 1931 con una comitiva de vehículos camino al Ministerio de Gobernación. Una «marcha lentísima», como explicó Niceto Alcalá-Zamora, debido «al entusiasmo delirante de las masas» que se agolpaban a su alrededor. Dentro iba el comité revolucionario que ansiaba hacerse con el poder, y entre sus miembros destacaba una figura, la de Manuel Azaña. Dicen algunas lenguas que al por entonces literato y figura destacada del Ateneo le atenazaba el pavor. Creía, y no era descabellado, que todo el grupo sería pasado por los fusiles al llegar a su destino.
Una vez frente al ministerio, Miguel Maura y Francisco Largo Caballero se adelantaron, dispuestos a aporrear el portón de acceso y reclamar la poltrona de rigor. La tez les cambió cuando la guardia, armas en ristre, salió a su encuentro. «Me cuadré delante de ellos, me descubrí y les dije: “Señores, paso al Gobierno de la República”», afirmó el primero en sus memorias. Para asombro de los presentes, aquellas órdenes surtieron el efecto deseado y el séquito accedió al corazón del edificio. Vista la efectividad de un recurso tan sencillo como elevar la voz, repitieron el proceso con el subsecretario, Mariano Marfil, quien recogió sus bártulos y se marchó a sabiendas de que estaba de más por allí.
Debemos suponer que, a partir de ese mismo instante, las dudas de Azaña se disiparon. El Gobierno Provisional se instaló en el poder y él mismo, tal y como recogió en su autobiografía, se personó por la noche en el palacio de Buenavista, junto con Arturo Menéndez, para hacerse con el mando del Ministerio del Ejército. Poco después acometió las tan recordadas como controvertidas reformas militares. Entre ellas, el envío a la reserva de una ingente cantidad de oficiales bajo el pretexto de que nuestro país contaba con un mandamás por cada cuatro soldados rasos. Aquello le hizo ganarse el rencor del estamento castrense, desde donde se le tildó de «hombre frío, sectario, vanidoso y con más bagaje de odios que de buenos deseos».
Sin embargo, hubo una reforma que, si bien olvidada, contribuyó a avivar el resquemor lacerante que Francisco Franco sentía hacia el Gobierno Provisional: la clausura de la Academia General Militar de Zaragoza, liderada por el futuro dictador desde 1927. Narra Paul Preston en Franco. Caudillo de España que el director del centro recibió la noticia con incredulidad. Hasta tal punto adoraba su trabajo que le pidió a José Sanjurjo que intercediera por él ante el nuevo ministro de la Guerra, pero no sirvió de nada. Al final, la respuesta al golpe en el bajo vientre fue un discurso ante los cadetes que se tornó en el último clavo de su ataúd. Y es que, después de aquel, Azaña no volvió a fiarse de él.
GENERAL DIRECTOR
Cuando Franco accedió a la jefatura de la academia en 1927 poco tenía de golpista, como después sería, y mucho de héroe militar en África. Siendo ya general, había demostrado su valentía en acciones como la defensa de Melilla, adonde llegó tras recorrer a marchas forzadas más de cien kilómetros con sus legionarios, o el combate de El Biutz, en el que estuvo a punto de morir a causa de un disparo rifeño. No era una superestrella del mundo castrense, vaya, pero sí un personaje reconocido dentro y fuera del estamento militar, con ciertos contactos en África y en la Península. En una entrevista concedida a Estampa en 1928, se refirió con cariño a su nuevo puesto:
—¿En su actual destino de director de la Academia General Militar, está usted satisfecho?
—Solamente puedo contestarle que me he dedicado a él con toda el alma. Los futuros oficiales recibirán, primeramente, una intensa educación de virtudes ciudadanas y un fuerte entrenamiento deportivo, que les robustecerá moral y físicamente; luego les inculcaremos, preferentemente, un alto sentimiento militar. En el patio central de la academia quiero colocar un altar a la Virgen del Pilar, para que desde su primera juventud aprendan a amarla y a forjar en ella la fe que habrá de conducirles constantemente a la victoria.
En la obra El general Franco. Un dictador en un tiempo de infamia, el historiador Carlos Fernández Santander define dicho periodo como uno de los más importantes en la vida del futuro dictador. No le falta razón. Desde que fuera seleccionado para esta nueva tarea, Franco se esmeró en idear un programa de estudios adecuado para los nuevos cadetes, visitó escuelas castrenses germanas para captar ideas, seleccionó a los profesores que consideraba mejores para el empleo —entre ellos, Esteban Infantes, Monasterio, Alonso Vega o su primo Franco Salgado-Araujo— y redactó un decálogo de deberes que debían regir la vida de los aspirantes a oficiales:
• Tener gran amor a la patria y fidelidad al rey, exteriorizados en todos los actos de su vida
• Tener un gran espíritu militar, reflejado en su evocación y disciplina
• Unir a su acrisolada caballerosidad constante celo por su reputación
• Ser fiel cumplidor de sus deberes y exacto en el servicio.
• No murmurar jamás, ni tolerarlo.
• Hacerse querer de sus inferiores y desear de sus superiores.
• Ser voluntario para todo sacrificio, solicitando y deseando siempre el ser empleado en las ocasiones de mayor riesgo y fatiga
• Sentir un noble compañerismo, sacrificándose por el camarada y alegrándose de sus éxitos, premios y progresos
• Tener amor a la responsabilidad y decisión para resolver.
• Ser valeroso y abnegado.
PRIMEROS ROCES
Durante sus años en la academia, Franco no se mostró contrario en exceso al ideario republicano. Al menos, no en público. ¿Qué fue lo que le condenó? Entre otras cosas, que la academia fue fundada el 5 de octubre de 1928 por el presidente del Directorio Militar —forma educada de hablar de la dictadura—, Miguel Primo de Rivera. Aunque tampoco le ayudó demasiado negarse a arriar la bandera rojigualda de la institución y cambiarla por la nueva enseña roja, amarilla y morada tras la instauración del Gobierno Provisional. Esa mezcolanza de factores le pusieron en el punto de mira, sin olvidar las ideas antimilitaristas que Azaña ya había expuesto años atrás en un estudio sobre el ejército francés:
La inevitable supresión del ejército permanente es una ganancia absoluta, un bien puro, sin mezcla de mal alguno. En España es todavía más: abolir el sistema militar vigente es una cuestión de vida o muerte... Realiza además el ejército, por la misión que se le ha dado en España, una obra de corrupción política.
Con esos mimbres se tejió la tensa caída de la academia. En junio de 1931 Azaña continuó con sus reformas militares. El 16 se suprimieron las capitanías generales y regiones, que fueron reducidas a divisiones orgánicas guarnecidas por menos tropas, y se bajó el sueldo a los declarados disponibles. Pero fue poco después, el 26, cuando llegó el plato fuerte: la publicación de una orden que anulaba la convocatoria del siguiente ingreso de alumnos en la institución dirigida por Francisco Franco. El militar intentó recabar apoyos políticos y de algunos medios en su favor, pero no le sirvió de nada. El 1 de julio, Azaña le dio el golpe de gracia con un duro decreto redactado el día anterior:
Artículo 1.º Queda suprimida la Academia General Militar.
Artículo 2.º Hasta la terminación de los exámenes de fin de curso continuarán en dicho centro los profesores y alumnos que lo constituyen. Los alumnos de segundo año que resulten aprobados se atendrán a las normas vigentes para su incorporación a las academias especiales.
Artículo 3.º El general director y los jefes oficiales destinados en la Academia General pasarán a la situación de disponibles forzosos.
Franco recibió la noticia de manos de un oficial hacia el mediodía en su cuartel general de Canfranc. Seguía de maniobras porque, a pesar de los requerimientos de la Segunda República, había rechazado anular el curso. Según leyó en el Heraldo de aquella jornada, las razones que adujo Azaña fueron «la nulidad del decreto dictatorial» y lo «desproporcionado de la Academia General Militar». El director se quedó en shock y, ante la duda, se negó a regresar antes de la finalización de los ejercicios. Algunos medios fueron tan diáfanos como inequívocos en sus titulares. «La absurda supresión de la Academia General Militar» fue solo un ejemplo de muchos.
ODIOS Y VENGANZAS
Tras el trauma, comenzaron los pellizcos de monja por parte de uno y otro. Franco, airado, enarboló primero el mandoble y, el 14 de julio, pronunció un discurso ante los alumnos de la academia en el que, ya de entrada, criticó que le hubiesen obligado a retirar la bandera rojigualda del centro:
Caballeros cadetes. Quisiera celebrar este acto de despedida con la solemnidad de los años anteriores, en que, a los acordes del himno nacional, sacásemos por última vez nuestra bandera y, como ayer, besarais sus ricos tafetanes, recorriendo vuestros cuerpos el escalofrío de la emoción y nublándose vuestros ojos al conjuro de las glorias por ella encarnadas; pero la falta de bandera oficial limita nuestra fiesta a estos sentidos momentos en que, al haceros objeto de nuestra despedida, recibáis en lección de moral militar mis últimos consejos.
Solo estaba calentando. El general, que había reiterado en varias ocasiones su lealtad al nuevo régimen, cargó de forma velada contra el Gobierno al señalar que «los más capacitados técnicos extranjeros prodigaron calurosos elogios a nuestra obra, estudiando y aplaudiendo nuestros sistemas y señalándolos como modelo entre las instituciones modernas de la enseñanza militar». Habló del decálogo implantado, de los estudios cursados y del amor a la patria, y al final no se olvidó de señalar con el dedo acusador a los culpables de la clausura:
En estos momentos, cuando las reformas y nuevas orientaciones militares cierran las puertas de este centro, hemos de elevarnos y sobreponernos, acallando el interno dolor por la desaparición de nuestra obra, pensando con altruismo: se deshace la máquina, pero la obra queda; nuestra obra sois vosotros, los 720 oficiales que mañana vais a estar en contacto con el soldado, los que los vais a cuidar y a dirigir.
Azaña respondió valiéndose del refrán «No hay mayor desprecio que no hacer aprecio». Cuando los reporteros le preguntaban por su opinión sobre el discurso, repetía que no se lo había leído aún. Sin embargo, tuvo constancia de él poco después, como atestiguan las anotaciones en su diario:
Alocución del general Franco a los cadetes de la Academia General con motivo de la conclusión del curso. Completamente desafecto al Gobierno, reticentes ataques al mando; caso de destitución inmediata, si no cesase hoy en el mando. Le paso la alocución al asesor, para que vea si hay materia punible. Me entrega un informe escrito, diciendo que se puede proceder de forma judicial; que cabría gubernativamente corregirlo.
Según dejó escrito el historiador Ricardo de la Cierva en sus múltiples obras sobre el franquismo, Azaña se mostró eufórico en las jornadas siguientes por el cierre de la academia. Eso no le impidió obsesionarse con el discurso de Franco hasta el punto de reprenderle mediante una nota en su hoja de servicios.
Por orden manuscrita de 22 de julio de 1931, dirigida al general de la 5.ª división orgánica, se le manifiesta para conocimiento del general [...] el desagrado producido por la alocución pronunciada el día 14 del mismo mes con motivo de la despedida de los cadetes, en cuya alocución se formularon juicios y consideraciones que, aunque en forma encubierta y al amparo de motivos sentimentales, envuelven una censura para determinadas medidas del Gobierno y revela poco respeto a la disciplina.
El experto añade que, a partir de entonces, el político siempre sospechó que el general estaba involucrado en cualquier tejemaneje contrario a la República. Su latiguillo ante cualquier eventualidad era siempre el mismo: «Anda en ellos el general Franco». Y no faltaban en sus notas personales los «Franco es el único temible» y «Franco es el más temible». Su miedo se agudizó cuando, a mediados de agosto, anotó los rumores existentes sobre un complot monárquico. Una vez más, pensó en él como instigador. Acertó a medias. Es cierto que el militar andaba metido hasta el corvejón en el levantamiento de julio de 1936, pero también lo es que, al menos en principio, no como el director de orquesta.
Terror en el far west republicano: un general comunista narra el camino a un conflicto entre hermanos
MANUEL P. VILLATORO
La silueta de Manuel Tagüeña se hizo casi tan famosa como la de Manuel Azaña durante la Guerra Civil, aunque, si bien uno tenía cierto aire a Alfred Hitchcock por su peso y su traje, el que llegara a comandante del XV Cuerpo de Ejército parecía más bien un intelectual: gafillas redondas, pómulos marcados y barbilla escasa. Tras la contienda continuó sus ya iniciados estudios en ciencias —era un alumno de sobresaliente—, colaboró con el Instituto de Investigación de Brno, fue miembro de la Federación Universitaria Escolar (FUE) de ciencias y publicó una pila de dosieres académicos. Esa fue su faceta más desconocida.
Aunque si algo tuvo el madrileño fue mano para la pluma. Sus memorias, Testimonio de dos guerras, son capaces de absorber al lector tanto por su valor histórico como por su narrativa ágil. También sorprenden por la sinceridad del autor, pues Tagüeña no niega en ningún momento su colaboración en la violencia que se desató en la capital ni en los altercados que los grupúsculos comunistas protagonizaron contra la Guardia de Asalto, muchos de ellos armas de fuego en mano. De su testimonio se desprende que la tensión política era tan grave que el estallido de la contienda solo era cuestión de tiempo, pero también que a los diferentes gobiernos les resultaba imposible apaciguar a los extremistas de uno y otro lado.
OTRO GOLPE DE ESTADO
Tagüeña era un joven estudiante de dieciocho años cuando se levantó la tricolor bajo promesas de mejora social. Pero el advenimiento de la Segunda República el 14 de abril de 1931 no calmó los ánimos políticos; más bien exacerbó una tensión social que se rumiaba en el ambiente. Por si fuera poco, las reformas planteadas por el nuevo Gobierno en los dos años siguientes (entre ellas, la carga frontal contra el ejército) fueron el equivalente a arrojar sobre un fuego vivo una lata de gasolina. La escalada de tensión entre los altos mandos militares, los sucesos de Casas Viejas y la «Sanjurjada» (el fallido golpe de Estado del general Sanjurjo) fueron tres guindas para un pastel explosivo que derivó en la dimisión de Manuel Azaña en 1933.
Aquella decisión marcó, en palabras de Tagüeña, un antes y un después para el devenir del país. «La caída del Gobierno de Azaña eliminaba el único posible obstáculo al avance incesante de la polarización en dos extremos irreconciliables, que llevarían a España a la guerra civil abierta. Con todos sus defectos y bajo una bandera izquierdista, Azaña representaba el centro del equilibrio real». Según aquel, ni siquiera los socialistas apostaban entonces por una moderación que, más bien, brillaba por su ausencia en el abanico de partidos: «Irritados por la marcha de los acontecimientos, no solo dejaron de ser un freno para la demagogia, sino que, en muchos casos, se disponían a encabezarla».
A través de los ojos del madrileño es posible dibujar el panorama político del momento. Siempre desde la perspectiva de un comunista convencido. Para Tagüeña en el centro derecha se hallaban Alejandro Lerroux y su Partido Republicano Radical, y en el extremo diestro el carlismo, con la Comunión Tradicionalista y su brazo armado, los requetés. «El panorama político se complicaba con la aparición de nuevos partidos. La Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) de orientación católica; un partido abiertamente fascista (JONS) y otro agrario defensor de los terratenientes; y hasta los partidarios de Alfonso XIII entraron en acción con Renovación Española», explicaba Tagüeña en sus memorias.
La conclusión es que se abrió la veda para el desmadre político. Tras la marcha de Azaña, el ascenso a la poltrona del Partido Republicano Radical provocó que la tensión entre los grupos de izquierdas aumentara. Valga como testimonio de ello que, según Tagüeña, tras aquel baile se presentó en una de las sedes de la FUE un alto cargo comunista para informar a sus integrantes de un curioso plan contra el nuevo poder: «Nos anunció que se preparaba un golpe de Estado con Azaña y los socialistas, apoyados por los guardias de asalto. Nos comunicó la consigna del partido: ni con Azaña, ni con Lerroux, organizar los sóviets». Todos se quedaron estupefactos, aunque no volvieron a saber nada del tema.
VIOLENCIA EXTREMA
La tensión se precipitó todavía más cuando, en las elecciones generales de noviembre de 1933, las derechas, unidas, obtuvieron la victoria. «Todo el mes de diciembre la vida española fue sacudida por una ola de huelgas y actos terroristas, desencadenados por la CNT, sobre todo en Aragón». Al otro lado, el nuevo Gobierno, encabezado por Lerroux, se propuso acabar con los grupos exaltados ligados al comunismo. En el ámbito universitario sucedía otro tanto, pues la FUE de Tagüeña luchaba a brazo partido para evitar que la recién fundada Falange, de valores tradicionalistas, arrebatara miembros a su organización amparándose en cierta ambigüedad política. Lo que debía ser la sede del saber se convirtió en un campo de batalla.
«En el ambiente y en el ánimo de todos estaba claro que se avecinaban días de lucha y nos preparábamos para ello. En cada asociación, organizamos grupos de choque armados con porras, llaves inglesas y algunas pistolas, dispuestos a defenderla», dejó negro sobre blanco Tagüeña. La lucha empezó a librarse en las calles. Y no solo a mamporros, que diría aquel, sino a golpe de pistola. El entonces estudiante escribió que, en una ocasión, fueron recibidos a tiros por unos miembros de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) cuando trataron de impedirles que vendieran su revista. «Íbamos armados y contestamos con algunos disparos. En cuestión de segundos, la calle estaba limpia de gente. Había empezado la “dialéctica de las pistolas”».
Tagüeña recoge en sus memorias una extensa lista de altercados en los que los chicos de la FUE se valieron del plomo para poner en guardia a sus enemigos. «A veces nos reunían durante la noche y, en una ocasión, me tuvieron hasta la madrugada con un rifle Winchester en la azotea de la Casa del Pueblo, que se temía fuera asaltada». Aquello lo permitían una serie de gabinetes sobrepasados que no duraban tanto en la silla de mando como para dedicarse a llevar el orden a las calles. Y es que, solo entre 1933 y 1935, hubo hasta nueve gobiernos de la coalición radical-cedista primero y centrista después.
No se puede decir que el extremo opuesto apostara por el apaciguamiento. Más bien todo lo contrario. En un discurso declamado en el teatro de la Comedia ese mismo octubre, José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, instó a sus seguidores a valerse de todo lo que estuviera en su mano para expulsar del poder a sus enemigos: «Si [nuestros objetivos] han de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque, ¿quién ha dicho [...] que la suprema jerarquía de los valores morales reside en la amabilidad? ¿Quién ha dicho que, cuando insultan nuestros sentimientos, antes que reaccionar como hombres, estamos obligados a ser amables?».
Primo de Rivera no negó aquella jornada que «la dialéctica es el primer instrumento de comunicación», pero insistió en que había que abandonarla cuando se superaban determinadas barreras. «No hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la patria», afirmó. Y no se detuvo en ese punto. En los minutos siguientes dijo que la atmósfera política «estaba turbia» y que, aunque se presentaría como candidato a las futuras elecciones, su objetivo era otro. «Nosotros no vamos a ir a disputar a los habituales los restos desabridos de un banquete sucio. Nue
