El sueño de Ulises

José Enrique Ruiz-Domènec

Fragmento

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Entre tantas cosas que pasan algunas hay que son el soporte de un argumento, de una «pasión» que las hace estar siempre pasando sin acabar de pasar.

 

MARÍA ZAMBRANO, El hombre y lo divino

 

 

Hacia finales del siglo IV a. C., un joven audaz llamado Piteas, natural de Marsella, comenzó un largo periplo que le llevó a cruzar el estrecho de Gibraltar en dirección noroeste, hacia la isla de Thule y más allá, hacia las maravillas de los horizontes árticos, desde las auroras boreales hasta las tierras de nieves perpetuas, pasando por los géiseres y los icebergs flotando en el mar. El helenismo estaba en su apogeo y, bajo el impulso de Alejandro Magno, la cultura del Mediterráneo ilustraba bien lo que es la conciencia de un territorio forjado en unos mitos que visualizaban una historia inmortal.

El relato de Piteas ilustra un estilo de vida basado en la curiosidad, donde se fusionan las cuatro fuentes del saber de la Antigüedad clásica: filosofía, geografía, historia y poesía. Según este proceder, el objetivo del viaje era comprender, por primera vez, el mundo como un enigma a resolver; y se dispuso a descubrirlo, no para satisfacer una necesidad práctica (por ejemplo, las rutas del estaño o de la púrpura), sino porque se había apoderado de él, siguiendo la vieja sentencia de Anaximandro, la necesidad de saber dónde las cosas tienen su origen. La hechura del relato es griega —la vida es una incesante destrucción del pasado y exaltación del destino—, pero la descripción de los lugares visitados y las impresiones de viaje son, casi sin excepción, helenísticas; por tanto, una descripción llena de una poderosa carga de fantasía que tanto se le censuró, en especial por el historiador Polibio y el geógrafo Estrabón. ¿Qué se puede esperar si la contemplación de la naturaleza rebasa todo lo conocido anterior y por eso mismo el antaño sentido de lo arcaico queda diluido para dar paso a una superación del destino?

La voluntad humana se concreta como la única vía de entender la vida: lo ilustra el famoso gesto de Alejandro ante el nudo gordiano; es lo mismo cortar que desanudar. Las historias del Mediterráneo se centran en este gesto que es el mismo de Piteas al apostar por el viaje para desentrañar lo que estaba oculto a los ojos de sus contemporáneos. Si pensamos a base de entender los mensajes que nos lanza la naturaleza, concluiremos que el azar es la respuesta al destino. Pero ¿acaso podemos llevar a cabo la representación de un determinado pasado sin recurrir a la historia que lo hizo posible? Tal vez la narración de esa historia inmortal sea para nosotros el medio más ineludible de actualización del sentido de la vida ingénito al ser humano.

Sin embargo, el desarrollo de la especialización ha creado una brecha en la conciencia de esa realidad. Cuanto más se la valora, más se disipa la larga duración, hundiéndose el conocimiento del pasado en lo que el historiador checo František Graus denominó, con una expresión altamente melancólica, «un gabinete de fruslerías». Al fragmentar el conocimiento, el ser humano se ha convertido en un acumulador para servir a una gran base de datos controlada por unos algoritmos que cada vez más bloquean la creatividad renovadora. Para este modo de analizar el pasado las formas de vida y las preocupaciones personales no tienen valor alguno: lo mejor del ser humano es marginado de antemano.

Por sugerencia de Georges Duby aprendí a situar el marco preciso de la larga duración promovido por Fernand Braudel, sobre todo en el estudio del mundo mediterráneo. Por las lecturas que hice, y los cursos que seguí, entendí que en todas las civilizaciones hay una estructura latente que las fundamenta, es decir, las impregna de razón. Y en ese hallazgo empezó la aventura que ha dado lugar al presente libro que deberá ser entendido y juzgado, si cabe, de acuerdo con el orden del tiempo de su gestación cuarenta años atrás.

 

 

El 28 de enero de 1980 me encontraba en la ciudad de Nápoles para leer en la sesión inaugural del XVII Coloquio Internacional de Historia Marítima una ponencia bajo el título «El sueño de Ulises: la actividad marítima en la cultura mediterránea como un fenómeno de estructura». Traté de resumir, con la economía de tiempo propia de estos actos académicos, los argumentos que a mi juicio habían sido postergados en los estudios sobre el Mediterráneo y que en sustancia venían a subrayar, según recuerda Luigi de Rosa en la introducción a las actas del citado Coloquio, «una estructura de civilización, un canal a través del cual se transmitieron técnicas de navegación, conocimiento de las rutas marítimas, tipos y formas de actividad, productos y técnicas productivas, competencias e iniciativas, contratos y comportamientos, modelos de consumo, mentalidades e ideales. Un sistema funcional y dinámico que transformó el proceso histórico de las gentes que vivían en y para ese mar, difundiendo instituciones y mecanismos de desarrollo, sin cancelar del todo las características propias de cada una de las singulares civilizaciones; más bien al contrario, favoreciendo en el interior de un sistema general tal variedad de modelos que cada uno a su manera asumió el dinamismo propio del mar». Y en esa línea, mi trabajo quería llenar un vacío en el contexto de la historiografía, ya que resultaba evidente —señaló el reputado profesor Antonio Di Vittorio en las páginas de The Journal of European Economic History— «que me había propuesto explorar el papel de la navegación marítima en la formación de esa tradición cultural que dominó el Mediterráneo a partir de la epopeya homérica en adelante, y relacionar el desarrollo de las actividades marítimas con el desarrollo social y económico que se produce a lo largo de las costas del Mediterráneo».

Sin duda, en aquella gélida mañana napolitana fui desvelando uno a uno los diferentes aspectos de la existencia de las gentes que hicieron la historia de este mar y me pregunté por el sentido de las aventuras descritas ejemplarmente en la Odisea de Homero, tratando de desvelar la vida secreta de los sentimientos y su efecto en las decisiones cotidianas. De este modo, pude llegar a la conclusión de que el «sueño de Ulises» (un viaje de regreso a casa cargado de éxitos) se adueñó de la cultura mediterránea para orientar la vida concreta de los hombres de este mar y para protegerlos contra la tendencia al olvido de la tradición en los momentos de cambio de era, y para que mantuviera un estilo de vida bajo una permanente lectura de los clásicos como base de sus iluminaciones de lo que ha de hacerse en todo momento y circunstancia. En ese sentido comprendo y comparto la obstinación con la que mi maestro Georges Duby me insistía en la necesidad de imaginar los intersticios de la vida, allí donde los documentos solo ofrecen indicios, pues la revelación del imaginario de la sociedad es la principal motivación del oficio del historiador; y añado ahora por mi cuenta una observación que me ha ayudado a trabajar en los tiempos difíciles, y que muy bien podría considerarse un epílogo de aquellos años donde se transformó el oficio del historiador con unas técnicas de acceso al conocimiento nada usuales: no tiene sentido una narración del pasado que no sea capaz de descubrir las partes desconocidas de la historia que se cuenta.

La revelación de la estructura latente de las civilizaciones es la única razón de ser del oficio del historiador en el siglo XXI. Pues es la forma que tiene de mostrar el legado que el pasado ofrece al futuro para orientar sus pasos y no entrar en los laberintos sin salida probados ya en anteriores ocasiones. Así lo dejé escrito en el libro colectivo 27 Leçons d’Histoire, publicado por la editorial Seuil en 2009, que reproducía la conferencia que impartí en el Grand Palais de París el miércoles 29 de octubre de 2008, donde dejé claro que el sueño de Ulises es el gran legado del mundo mediterráneo, pese a haber sido expuesto en distintos idiomas y en diferentes épocas: el legado que forjó Europa.

Visto en esta perspectiva, me doy cuenta de que esta idea del legado mediterráneo de la cultura europea aparece como una radical y completa visión de lo que debe ser un libro dedicado a desentrañar el imaginario del Mediterráneo. Mientras lo hacía, al modo del oficio del historiador, leía las impresiones del viaje a Grecia que el conde Harry Kessler hizo con sus amigos, el escultor Aristide Maillol y el escritor Hugo von Hofmannsthal, anotadas en su monumental Diario. Sus comentarios son un grandioso homenaje a las fábulas, los relatos míticos de los antiguos por los que los tres amigos viajeros sentían un gusto infinito, a veces irreflexivo, y que dieron lugar a la bellísima escultura de un rutilante cuerpo desnudo de una mujer que piensa a la que se decidió llamar El Mediterráneo: ante ella solo cabe afirmar que el apotegma decisivo de la cultura clásica, el Nosce te ipsum, que aparecía en el pronaos del templo de Apolo en Delfos y que hizo suyo Sócrates, es la dimensión extrema de un estilo de vida que nace y madura en las riberas del mar.

 

 

El sueño de Ulises es un libro nacido de una larga trayectoria intelectual. Lo he escrito ahora, iniciado ya el siglo XXI, tras llevarlo a cuestas durante décadas; es decir, me he decidido a darle forma a una serie de artículos, conferencias, ponencias, capítulos de libros, realizada durante más de cincuenta años. Creía que nunca lo haría. Estimaba que estaban bien las ideas diseminadas en revistas, folletos, libros colectivos en diversas lenguas y lugares de edición. Eran pequeñas aportaciones de tono ocasional, en el sentido de que se escribieron por motivos diversos, siempre bajo demanda. Pero llegó el coronavirus a mi vida y me enfrenté al destino. Lo hice en un viaje a la ciudad de Gubbio, donde me habían invitado para inaugurar el Festival del Medioevo que en 2020 estaba dedicado al Mediterráneo, el mar de la historia. Hice mía la propuesta de los organizadores y la convertí en el título de la conferencia inaugural, y de esta introducción.

Al sentarme ante el auditorio, mientras el sindaco presentaba el acto me di cuenta de que había llegado el momento en mi vida de la síntesis; debía hablar claro sobre lo que pensaba sobre el mundo mediterráneo, asumiendo el imperativo que ha dictado mi escritura: una historia narrativa que, sin dejar de lado el rigor, pueda leerse como una novela. En este caso, me he sometido con plena voluntad al hecho de convertir esa gran figura de la historia universal, que es el Mediterráneo, en una trama llena de personajes, algunos famosos, otros desconocidos, todos, sin embargo, claves para entender el espíritu que anida en las tierras que rodean este mar.

Cuando, por fin, me decido a redactar el libro siento que la escritura crece con él. El sueño de Ulises me pareció un buen título (también a mis editores Miguel Aguilar y Joan Riambau, que tanto me han ayudado en la decisión), con cierto tono de confesión sobre lo que ha significado mi vida, una especie de viaje de regreso a una casa que dejé demasiado pronto para sentir nostalgia de ella: solo percibo el recuerdo de los primeros momentos, cuando un Hamlet imaginario me decía al oído que había más cosas en el cielo y en la tierra de las que mi joven yo, como le pasaba a Horacio, soñaba en su particular filosofía de la vida, erigida de retazos de un anhelo sin freno por asumir el desafío de ser un caballero andante de las letras. Al viajar, sentir y estudiar el Mediterráneo en Génova, Venecia, Prócida, Nápoles, Ravello, Palermo, Florencia, Barcelona o Niza me hice mayor: es lo que ocurre en la vida.

¿Por qué El sueño de Ulises como título a una historia de larga duración sobre el Mediterráneo?

Trataré de explicarlo.

 

 

Hay un admirable relato tradicionalmente atribuido a Homero que habla del retorno de un hombre a casa a través de un largo viaje por el Mediterráneo. Las aventuras de Ulises, que es el nombre del personaje, constituyen una de las más brillantes descripciones de la geografía de la colonización griega; aunque también, y desde luego en mayor medida, una apreciación del juego de los dioses, situado entre la racionalidad y la paradoja, que no dejó tranquilo ni un momento al héroe, hasta que regresó junto a su esposa Penélope, que le esperaba tejiendo una manta, excelente metáfora de su propia odisea, como dice Margaret Armond en una magnífica novela sobre las hilanderas del destino, figuras de mujer tan fascinantes pese a sus rasgos turbadores, a veces terribles, cuando se presentan en forma de Pandora, Antígona, Clitemnestra o Medea.

La epopeya sobre el Mediterráneo nació en la trágica confrontación del individuo mortal con el universo de los dioses inmortales. En uno y otro mundo hay infinidad de puentes analizados por Homero mediante el recurso de la ironía. Nunca hasta ese momento se le había ocurrido a un rapsoda la idea de querer saber lo que los dioses pensaban (las reglas de su juego) por medio de un esfuerzo creativo que dio origen al milagro griego. El esfuerzo por retornar a Ítaca fragua el mito concerniente al mundo mediterráneo, pues al asumir el suceso con carácter trágico y un valor ejemplar apunta decididamente a un punto de llegada declarado: la superación de la historia, el día después.

El Mediterráneo es un espacio de encrucijadas múltiples, cuya construcción se lleva a cabo a través de la elaboración de diversos mitos: el de las bodas de Cadmo y Harmonía, el de Prometeo robando el fuego a los dioses, el de Perseo en su deseo de volar, el de Edipo enfrentándose a su padre en un cruce de caminos, el de Jasón que busca el vellocino de oro junto a los argonautas, y otros que entendemos como fragmentos de la poética del mundo basada en un bricoleur enciclopédico, inventor de sistemas universales armados de todos los materiales culturales posibles: estos mitos constituyen el mayor reto hecho nunca a la risa de los dioses ante el deseo humano de hallar un camino de salida. ¿Ríen acaso Zeus, Palas Atenea, Hera y los demás al observar al náufrago que recorre la geografía mediterránea de una punta a otra buscando una salida? Ríen, ciertamente, pero a la vez están inquietos por lo que ven. Porque Ulises plantea el viaje de regreso a su casa tras la guerra como una apertura de su mundo vital al juego de los dioses, que le han introducido en un laberinto, pero que han descubierto su capacidad de salir de él, aunque para ello deba mostrarse como Nadie para escapar del cíclope, el monstruo que simboliza la parte del terror inherente al juego. (En la mayoría de sus aventuras emerge así su proverbial astucia).

Ulises viaja sorprendido ante lo que percibe intensamente en su mundo circundante. El asombro es una facultad trágica, producto de la sumisión del hombre al destino, a lo que está escrito. El poeta narra los naufragios, las largas travesías por lugares exóticos, el combate por el cíclope, el interés por las sirenas, el embeleso por Circe, y con esas descripciones lleva a cabo una valoración de los pueblos que habitan las riberas del Mediterráneo. Ulises retiene en su memoria que un mismo mar alberga todas sus aventuras. Necesita retornar a su casa, a la isla jónica de Ítaca, lejos de las tentaciones que le sorprenden a cada momento, pero cuyo significado no entiende del todo. La cultura clásica utilizó la figura de ese hombre ambulante para abrir un nuevo capítulo de la historia del Mediterráneo; delimitó la geografía de la expansión marítima, fijó la frontera entre civilización y barbarie, y situó la herencia griega como el punto de partida de un espacio común a los pueblos del Mediterráneo.

 

 

¿Por qué Ulises es el guía de nuestras búsquedas?, se preguntó la helenista Jacqueline de Romilly; y ella misma respondió: porque Ulises es el mejor ejemplo de un hombre que hace frente al derecho de un dios, el dios Poseidón, que quiere retener para sí una de las principales fuentes de riqueza de este mar, la actividad marítima y su corolario, el comercio. La astucia de Ulises fue enseñar las rutas con el fin de que a través de su conocimiento se pudieran transportar los bienes suntuarios que hicieron ricos a los griegos y posible la cultura literaria y el arte: los vinos de Rodas, la miel ateniense, las nueces de Ponto, los frutos secos y el pescado en salazón de Bizancio, el queso de Quíos, el trigo de Sicilia o la

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