Fernando Navarro y Noriega, contador general del Ramo de Arbitrios de Nueva España, afirmaba en 1820 que:
No se halla tan poblado este reino como debiera, a excepción de una u otra provincia, porque la miseria en que generalmente vive la plebe, los vicios lamentables de su educación, las hambres y pestes hacen desaparecer un crecido número de personas: mas podemos prometernos el remedio de estos males contando con las activas y liberales providencias de nuestro actual gobierno, y día vendrá en que la población de esta Nueva España llegue al grado de prosperidad de que es susceptible.
Con estas palabras acerca del futuro aumento de la población del virreinato de la Nueva España concluyó el contador su Memoria sobre la población del reino de Nueva España.
Sin duda, la evolución y comportamiento de la población de la Nueva España en los albores del siglo XIX constituye un elemento central para la comprensión de la historia social novohispana hasta 1821 y mexicana después de la independencia política. De este conocimiento depende también nuestra comprensión sobre los movimientos demográficos, la concentración urbana y los comportamientos colectivos, materias de este capítulo.
«Contar para conocer y conocer para gobernar»
Ésta fue una de las premisas de los monarcas ilustrados del imperio español durante la segunda mitad del siglo XVIII; en consecuencia, en esa época se realizaron empadronamientos de población con la finalidad de que las autoridades dispusieran de información precisa sobre el número de sus habitantes y sus recursos. Gracias a los censos y padrones de población realizados durante el reinado de Carlos IV, científicos y políticos ilustrados como Alexander von Humboldt y el mismo Fernando Navarro y Noriega dispusieron de datos y cifras aproximados sobre el número de habitantes del virreinato de la Nueva España, información valiosa que, aunque incompleta y probablemente no del todo exacta para ciertas zonas del virreinato, proporciona datos de importante valor instrumental que nos acercan a la dimensión, distribución y composición de la población, a la vez que nos ayudan a explicar en términos generales las características sociales de la joya más preciada del imperio español.
Aunque es prácticamente imposible establecer cifras exactas a partir de los censos de finales del siglo XVIII para el vasto territorio que comprendía la Nueva España, la información disponible del primer censo general de población realizado entre 1790 y 1793, conocido como «censo de Revillagigedo», constituye un punto de partida valioso para explicar el comportamiento demográfico durante las primeras décadas del siglo XIX, así como la forma en la que impactaron las condiciones económicas y de salud, entre otros aspectos, con los datos disponibles para el periodo comprendido entre las décadas de 1790 y 1830. Sin embargo conviene aclarar que para las primeras décadas del siglo XIX no se dispone de información proveniente de conteos generales de población, pues la guerra y la inestabilidad política que tuvieron lugar desde 1808 (así como la precaria situación económica de un erario prácticamente en bancarrota) se constituyeron en obstáculos serios para realizar empresas de este tipo, a pesar de que en 1833 se estableció la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, y que durante el periodo republicano importantes estadígrafos mexicanos realizaron trabajos notables sobre la evolución de la población.
Pese a todas estas dificultades, que explican el reducido número de investigaciones sobre el comportamiento demográfico durante la primera mitad del siglo XIX, conviene reflexionar sobre los datos disponibles que se repiten entre los estudiosos del periodo porque, como se muestra en este capítulo, hay elementos de orden cualitativo y cuantitativo que apoyan la idea de que entre los últimos años del periodo colonial y la primera mitad del siglo XIX la población creció de forma muy lenta, a causa de las crisis políticas y económicas y los efectos de las viejas y nuevas patologías que limitaban el crecimiento natural de la población.
La distribución espacial de la población
La gran mayoría de los estudiosos de la sociedad y poblaciones novohispanas están de acuerdo en que, después de la catástrofe demográfica del siglo XVI, con mortandad de más del 90 por ciento de los habitantes originarios, a partir de la segunda mitad del siglo XVII se inició un lento pero importante proceso de recuperación de la población indígena gracias a que se fortaleció su sistema inmunológico así como al incremento del número de mestizos como resultado de la interacción social y biológica.
Se trataba de una población social y étnicamente heterogénea calculada entre 4,5 y 5 millones de personas que eran parte de y contribuían a dar forma a una sociedad en la que el origen étnico se articulaba con la posición económica, así como con el honor o el prestigio asociados a la «pureza de sangre», el lugar de nacimiento, el ejercicio de un cargo o de un oficio, la pertenencia a una corporación o las diferencias de género, y que al finalizar el siglo XVIII ya daba muestras de fractura. Precisamente los padrones y censos levantados por disposición de las autoridades civiles en los últimos años del periodo virreinal diferenciaron entre blancos (españoles y criollos), indígenas o indios, negros y las denominadas «castas» (integradas por la mezcla de todos los grupos humanos que habitaron o se trasladaron a esta parte del continente).
Los datos sobre la composición de la población de acuerdo con su «calidad étnica» definen en parte la estructura y las relaciones sociales del periodo, además de informar sobre su distribución, también heterogénea, en los más de cuatro millones de kilómetros cuadrados que se estima formaban el territorio del virreinato de la Nueva España y con el que México inició su vida independiente. A causa de la emergencia de la igualdad jurídica constitucional del nuevo orden republicano y liberal, los censos dejaron de consignar las diferencias étnicas que, como es lógico, no desaparecieron ni cambiaron de tajo las relaciones sociales prevalecientes en los siglos anteriores. Los afanes de clasificación de los distintos grupos respondían a las necesidades de control sobre el grueso de la población y a la búsqueda de mayores ingresos mediante la recaudación fiscal, pero también son un testimonio más de la capilaridad social y étnica que prevalecía al iniciar el siglo XIX.
De acuerdo con los cálculos de población realizados por Humboldt durante la primera década del siglo XIX, el censo virreinal de 1790-1792 arrojó una cifra general cercana a los 5 millones de habitantes. Para los años en que el viajero alemán hizo su análisis había pasado una década y creyó necesario ajustar los resultados al alza considerando un crecimiento natural de población del 2 por ciento anual, por lo que estimó que para 1803 la población del virreinato debía haber aumentado en poco más de 600.000 personas, y otro tanto más para 1808. Para el momento en que dio inicio la crisis política por la invasión de las tropas francesas en la metrópoli Humboldt estimó una población total de 6 millones y medio. Si bien es cierto que con frecuencia se parte de los datos proporcionados por Alexander von Humboldt, a pocos años de distancia Fernando Navarro y Noriega ajustó las cifras a la baja debido a que no le pareció posible el incremento porcentual tan elevado para esa época, pues, además, Humboldt lo aplicó a todo el territori
