Cronología
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1880 |
Estados Unidos intenta mediar en la guerra entre Perú y Chile. |
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1881 |
Las tropas chilenas ocupan Lima. |
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1883 |
El 20 de octubre se firma el Tratado de Ancón, con el cual concluye la Guerra del Pacífico. |
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1885 |
El déficit comercial asciende a 5 millones y medio de soles. |
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1889 |
Se firma el Contrato Grace que entregó a los acreedores británicos el control de los ferrocarriles y otros privilegios. |
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1895 |
Triunfo de las montoneras dirigidas por Nicolás de Piérola, que termina con el militarismo e ingresa a Lima el 17 de marzo. Luego es elegido presidente. |
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1896 |
Se crea el Instituto de Vacuna y Seroterapia. |
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1905 |
José de la Riva Agüero publica su tesis, Carácter de la literatura del Perú independiente, primer libro de la Generación del 900. |
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1909 |
Se funda la Asociación Pro-Indígena, inspirada por Pedro Zulen, Joaquín Capelo y Dora Mayer. |
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1911 |
Hiram Bingham realiza la expedición hacia la ciudadela de Machu Picchu. |
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1912 |
La plebe impone a Guillermo E. Billinghurst como presidente, el primer populista. |
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1914 |
Primer golpe de Estado del siglo XX: el coronel Óscar R. Benavides y los hermanos Manuel, Jorge y Javier Prado complotan contra Billinghurst. |
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1919 |
Augusto B. Leguía toma el Congreso, que lo proclama presidente el 12 de octubre. |
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1921 |
Primer Congreso Obrero Local, que dará nacimiento a la Federación Obrera Local. |
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1924 |
Se celebra el centenario de la batalla de Ayacucho, que determinó la separación definitiva del Perú de España. |
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1926 |
Se desarrolla la famosa polémica del indigenismo entre José Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez. |
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1928 |
José Carlos Mariátegui publica en octubre su célebre 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana. |
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1929 |
Con el Tratado de Lima se concluye la disputa con Chile: Tacna pasa a Perú y Arica a Chile. |
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1930 |
Se forma el partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) o Partido Aprista Peruano en Lima y concluye el gobierno de Leguía por golpe de Estado del comandante Luis M. Sánchez Cerro. |
Las claves del periodo
Osmar Alberto Gonzales Alvarado
Entre 1880 y 1930 transcurrieron 50 años trascendentales en la historia del Perú contemporáneo. Periodo que se inicia en medio de un conflicto bélico internacional y que concluye con un golpe de Estado que preludió una guerra civil. Durante ese medio siglo, el Perú experimentó transformaciones sustanciales en diferentes niveles de su vida colectiva, tanto en el plano social como en el económico, político, demográfico e intelectual. Fue una época fundadora de procesos, pensamientos e instituciones.
La «Ilíada triste» del Perú: la Guerra del Pacífico
Así denominó Ventura García Calderón a la derrota del Perú en la Guerra del Pacífico (1879-1883), cuya consecuencia más dramática fue la pérdida de las provincias del sur, que pasaron a manos del Estado chileno. La derrota militar, que se explica por la incapacidad política de quienes tuvieron la responsabilidad de conducir el Estado peruano, se simboliza en el Tratado de Ancón de 1883, por medio del cual el Perú abdicó de sus territorios ricos en salitre, el detonante del conflicto bélico.
Las disputas entre las élites, o quizás sea mejor decir entre sus caudillos (Nicolás de Piérola, Francisco García Calderón, Andrés A. Cáceres, Lizardo Montero, Miguel Iglesias), impidieron al Perú constituir un frente sólido ante la guerra, dejando desguarnecidos a sus defensores, que llenaron de heroísmo la historia —pero también de sacrificios inútiles para el destino final del conflicto—, como Miguel Grau y Francisco Bolognesi.
La guerra, por otro lado, dejó en evidencia la fragmentación nacional, la escasa conciencia e identidad de sus pobladores. En diferentes grupos sociales, y no necesariamente los más pobres, prevaleció la defensa de intereses inmediatos específicos sobre la de la patria. Los explotados chinos o algunos sectores de los siervos andinos vieron en el estallido de la guerra la oportunidad para liberarse de sus opresores. Pero, por otro lado, parte de las élites prefirió pactar con el invasor a asumir el riesgo de perder sus propiedades. En sentido contrario, hubo campesinos que se enrolaron decididamente en las montoneras patriotas, que son las que acompañaron a Cáceres en su campaña en los Andes centrales. Igualmente, hubo quienes, perteneciendo a las élites, dieron su patrimonio y hasta su vida por la causa patriota. De cualquier modo, quedó claramente establecido que el Estado nación era una deuda que más adelante se trataría de saldar. Después de todo, la guerra también es una oportunidad para la organización estatal.
La reconstrucción nacional y el Estado oligárquico
Luego de la firma de la paz con Chile, advino la etapa llamada de la «reconstrucción nacional», encabezada por el general Andrés A. Cáceres, héroe de la resistencia en los Andes. Si en la guerra fue nacionalista y luchó al lado de los campesinos indígenas contra el invasor, como presidente Cáceres trocó en enemigo de éstos, favoreciendo a los hacendados. La reconstrucción nacional vino de la mano del militarismo y de políticas que propiciaban la concentración de tierras, además del entreguismo al capital inglés, que mediante el Contrato Grace tuvo a su disposición las finanzas nacionales.
El autoritarismo de Cáceres, que se prolongaría durante una década, agudizó los conflictos sociales y políticos. Ante su poder férreo, los antiguos rivales se revitalizaron y decidieron comandar una rebelión que les permitiera acceder al poder. Los miembros del Partido Demócrata, encabezados por Piérola, y los tradicionales enemigos de éstos, los del Partido Civil, aunaron esfuerzos y condujeron unas victoriosas montoneras que partieron desde las provincias, hasta finalmente derrocar a Cáceres en 1895. Fue una guerra civil sangrienta, en la que se calcula que, sólo en Lima, hubo 2.000 muertos y 2.000 heridos. Luego del triunfo de los montoneros se conformó la llamada «Coalición Nacional», que dio paso a una de las etapas políticas más estables de la historia republicana. A partir de entonces, la recuperación de la economía y de la vida institucional peruana fue rápida y sorprendente.
Amparado en un desempeño económico exitoso —debido fundamentalmente al incremento de las agroexportaciones—, gracias al que se insertó en lo que Karl Polanyi llamó la «gran transformación», el Perú pudo recuperar sus índices macroeconómicos y, al mismo tiempo, consolidar grupos económicos que podían proyectar su influencia en el campo político. Así, se dio paso a un tipo de Estado particular, el Estado oligárquico, compuesto por el pacto entre hacendados (especialmente azucareros), financistas (que expandían el sector bancario) y poderes locales (los llamados gamonales). Económicamente, también hubo una distribución económico-espacial: en Lima, el sector manufacturero y la banca; en la costa norte, las haciendas azucareras; en la sierra Central, la minería; en la costa sur, el comercio lanero; en el sur andino, las haciendas tradicionales. Se trataba de una economía desarticulada, sin eslabonamientos entre sus componentes y sostenida en una intensa explotación del campesino-indígena.
Asimismo, la etapa inaugurada por Piérola fue un momento en el que el Estado se reorganiza, buscando expandir su autoridad hacia amplios espacios del territorio nacional. Se inicia la profesionalización del ejército, se consolida el Parlamento como espacio de deliberación política, se regularizan las elecciones, los espacios académicos recobran su importancia, los partidos políticos adquieren relevancia en la lucha por el poder, existe una normatividad mínima que se trata de respetar, aparece un periodismo profesional, se expanden las rutas de carreteras, etcétera.
Superado el momento de natural desaliento de posguerra, la conciencia de la derrota impulsó un proceso virtuoso de reflexión sobre los llamados «males nacionales», en el que se auscultaron en nuestro pasado e idiosincrasia las fuentes del fracaso de la nación. Por su parte, el debate político acaparó la atención de una opinión pública que se expandía sin precedentes. Son los gérmenes de una conciencia cívica que sostendría los proyectos políticos del futuro. A pesar del recuerdo fresco de la guerra, los buenos resultados económicos auguraban tiempos mejores. Pocas veces como en este periodo el Perú experimentó una onda de optimismo, que en algunos suponía tomar venganza frente al país del sur.
El buen ánimo campante también se explicaba por el contexto internacional, especialmente europeo, que experimentaba un espectacular tiempo de bonanza económica y cultural, y al que se conoce como «la Belle Époque». Es tiempo de grandes inventos y del convencimiento de que la felicidad plena estaba al alcance de la mano. Velozmente, Europa construía con esmero lo que Barbara W. Tuchman ha llamado «la torre del orgullo». Sus reverberaciones también llegaron al Perú. Todavía no había estallado la hecatombe de la Gran Guerra (1914-1918).
El dominio oligárquico
La Belle Époque se reflejó en las reflexiones intelectuales de inicios del siglo XX, las que tuvieron un doble cariz. Por un lado, buscaban la liquidación de las herencias consideradas perniciosas que habían llevado al país a la catástrofe. En ese contexto aparece un profundo sentimiento antihispanista. Las páginas flamígeras del pensador ácrata Manuel González Prada son el mejor testimonio de lo dicho: todo había de ser demolido, nada había que dejar en pie. Pero, por otro lado, manifestaban un sincero optimismo por el porvenir del Perú, sosteniendo que se encontraba en camino de recuperar su lugar central en América del Sur. Las expectativas eran sostenidas por las cifras económicas y por el auge del pensamiento. El libro El Perú contemporáneo, de Francisco García Calderón, representa fidedignamente este espíritu, y no es tema menor señalar que fue escrito en francés y publicado en París en 1907.
De esta manera, se percibía que el derrotero del Perú estaba íntimamente ligado al devenir de Occidente, que intelectual y espiritualmente tenía su capital en París. Lo más civilizado y mejor provenía, cruzando los mares, de sus territorios, en donde se conformaban los modelos por imitar, desde las formas de sociabilidad hasta los estados de ánimo, como el aburrimiento, que era visto como expresión de buen gusto y diferenciación. Mundo satisfecho que engendraba, no obstante, las razones de su propio desasosiego, como se revelaría después. En el Perú, parte de sus élites sostenía que lo mejor era ser una especie de reflejo de lo que se vivía en Europa, después de todo estaba habitada por las «razas superiores» a las que que se quería atraer a nuestras tierras para arrasar con la mala herencia de las «razas de color» o «inferiores».
A pesar de los discursos entusiastas, en el Perú las cosas no eran tan llanas como lo habrían querido las élites. Por el contrario, el país estaba en movimiento permanente y convulso. Se trataba de una agitación que tenía varios niveles de manifestación. El más benigno fue aquel que expresaba la necesidad de institucionalizar la vida política por medio de los partidos vigentes entonces. En efecto, como he señalado, luego de derrotado el caudillismo militar representado por Cáceres y conformado el gobierno de la Coalición Nacional, la lucha por el poder fue encontrando los cauces institucionales, lo que impidió una nueva intromisión militar en los asuntos ciudadanos. Así, el Partido Demócrata, el Partido Civil y el Partido Constitucional, entre los principales, fueron adversarios y cooperativos bajo determinadas circunstancias, pero siempre dentro de las formas legales y en un terreno estrictamente político. Es decir, los conflictos no fueron resueltos, como antes, por la vía del enfrentamiento militar, ya fuera mediante golpes de Estado o guerras civiles, a las que, en esos tiempos, se las llamaba pomposamente «revoluciones».
Hubo un aprendizaje de negociación que permitió, por ejemplo, definir candidaturas presidenciales, vicepresidencias y, en general, una distribución de los espacios del poder como el Parlamento. Producto de esta nueva forma de ejercer la política fue la constitución de una democracia censitaria, inevitable en una sociedad jerárquica en la que la mayoría (principalmente indígena y pobre) estaba excluida del concepto de ciudadanía. Y en este punto es, precisamente, en donde se encontraba el talón de Aquiles de la organización política, que explicaría las convulsiones sociales de la época.
La realidad someramente descrita se tradujo en la composición general de la vida política. Por un lado, la consolidación de un grupo de familias que controlaba los predios fundamentales del poder, la llamada oligarquía que, si bien se ubicaba en los lugares estratégicos, no abarcaba todo el territorio nacional; en esos espacios vacíos actuaban los llamados poderes locales, los hacendados o señores feudales que, en el interior de sus dominios, eran dueños absolutos de tierras y hombres y que, al mismo tiempo, podían ver representados sus intereses en el Parlamento. A esto Víctor Andrés Belaúnde lo denominó «caciquismo parlamentario». De esta manera, en los propios grupos de poder se podían observar conflictos de intereses que, bajo determinadas circunstancias, estallarían incluso más allá de los cauces institucionales. Expresión de que el Estado nacional aún era un proyecto que estaba lejos de ser una realidad.
Pero los conflictos más severos se produjeron entre el Estado y los grupos de poder que lo controlaban, por un lado, y la sociedad que se iba dinamizando en el interior de una economía que se modernizaba, por otro lado. En las ciudades iba emergiendo un incipiente proletariado que, primero por influencia del anarquismo y del anarcosindicalismo y luego por las corrientes ideológicas como el marxismo y el aprismo, iba adquiriendo conciencia de sí mismo, anuncio de formación de un futuro sujeto político. De esta manera, en Lima se constituye un proletariado textil que se articula con artesanos y miembros de otros oficios que constituirían importantísimas huelgas y protestas por sus derechos laborales y ciudadanos en general.
En el norte se conformaba el proletariado agrícola, especialmente en las zonas de mayor modernización económica, es decir, en las haciendas azucareras, sostén principal del dominio oligárquico. Los llamados «barones del azúcar» eran vistos como los máximos representantes de esa oligarquía a la cual se quería derrotar. La costa norte fue el espacio geográfico y económico en el que surgiría el aprismo a fines de los años veinte.
Por su parte, en los Andes centrales aparecería el proletariado minero, producto de la explotación minera del capital imperialista, que crecía en perjuicio de las tierras de las comunidades campesinas. La peculiaridad liminar del proletariado minero —es decir, de vivir entre la modernidad y lo ancestral— es lo que permitió a José Carlos Mariátegui guardar la esperanza de que los cambios revolucionarios que el Perú aguardaba se sostendrían con base en él.
Al lado de esta emergencia proletaria se encontraba la participación, aún vital, de aquellos artesanos que habían sido formados y organizados políticamente por los grupos anarquistas. Pronto llegaría el momento en que las masas de trabajadores tendrían que optar por las tradiciones anarquistas o por las nuevas corrientes ideológicas y políticas del marxismo y del aprismo. Pero mientras tanto, a inicios de la segunda década del siglo XX, el anarquismo sería el principal impulsor y protagonista de un hecho que marcaría a fuego la estabilidad oligárquica: en 1912, con amplísimas movilizaciones callejeras, impondrían en la presidencia a su candidato, Guillermo E. Billinghurst, en contra del candidato oficial, el civilista Ántero Aspíllaga. El año anterior esas mismas masas populares ya habían demostrado sus capacidades organizativas al protagonizar el primer paro general de la historia del Perú. Las multitudes empezaban a ser un sujeto importante en la vida política peruana.
A pesar de ese amplísimo apoyo popular, el gobierno de Billinghurst, considerado el primer presidente de tipo populista, cumpliría sólo 16 meses de vida, pues acabaría abruptamente cuando las élites oligárquicas se aliaron con el ejército para sacarlo del poder. Viendo este momento en un plazo de tiempo mayor, se puede afirmar que la caída de Billinghurst contiene los elementos centrales que caracterizarían la política peruana del periodo posterior, iniciado en 1930, cuando la alianza de civiles (élites oligárquicas) con militares llega a hegemonizar el control del poder. Prontamente, el gobierno de facto del general Óscar R. Benavides convocaría nuevas elecciones, y en 1915 se restauraría la legalidad oligárquica.
Modernización y pensamiento
La tensión político-institucional entre el cumplimiento de las normas —que a su vez se estaban constituyendo— y la necesidad de preservar el poder a toda costa ocurría cuando se desarrollaban en la vida social y cultural profundas modificaciones, tanto en los patrones de sociabilidad como en las representaciones que se hacían sobre la vida misma. En efecto, la modernización capitalista, la mayor interrelación comercial y cultural con Europa, la influencia de nuevas corrientes filosóficas, académicas y estéticas —en las que resaltaba la idea positivista de forjar al «hombre moderno»—, el papel de los inventos que modificarían la tradicional concepción sobre el tiempo y la velocidad, y el confort que conllevaban, entre otros aspectos, se amalgamaron para constituir un enjambre de nuevas relaciones y formas de pensar que, de alguna manera, involucraban a todos los sectores sociales, con mayor o menor intensidad.
La modernización ofreció sus mejores vistas en la capital, Lima, en donde la luz eléctrica, el tendido asfáltico, el teléfono, el cine, el tranvía, el automóvil y una serie de inventos más proporcionaron a la vida un bienestar inimaginable hasta entonces. La ciudad cambió de aspecto pero también amplió su geografía, pues los balnearios del sur fueron incorporados al circuito urbano. De igual modo, se extendieron las horas de vida nocturna. Nuevos deportes, como el fútbol y el voleibol, además de la hípica y otras disciplinas, hicieron su aparición hasta constituirse en elementos insustituibles del paisaje social. Las diversiones fueron entonces uno de los aspectos que contribuyeron decisivamente a nuevas formas de socialización. Cafés, bares, restaurantes, paseos, parques, alamedas, exposiciones y otros fueron los nuevos espacios que ayudaron a una interacción intensa sin precedentes entre los habitantes de la ciudad. Los mismos barrios populares, con sus fiestas criollas y la explosión de una identidad plebeya, darían forma a la vida citadina: el vals criollo, la música negra, sus potajes singulares, sus ritos religiosos y también una literatura proletaria escrita por los mismos personajes del pueblo se incorporarían subrepticiamente en la mentalidad de todos los limeños, saltando diferencias sociales.
A su vez, de a poco, algunas instituciones culturales como la Biblioteca de Lima (después llamada Nacional) o la Sociedad Geográfica de Lima, por ejemplo, recuperarían su importancia, especialmente la primera, que durante la guerra con Chile había sido saqueada por el ejército invasor. Pero, al mismo tiempo, otros espacios institucionales, como El Ateneo de la Juventud, hacían su aparición, a la vez que una serie de cenáculos de intelectuales y artistas alojaban a los nuevos creadores que surgirían desde fines del siglo XIX y que en gran parte provenían de las provincias. Éste es el terreno sobre el cual aparecerían obras que a la postre conformarían parte del acervo espiritual del Perú. Es un tiempo prolífico y sumamente creador. En gran medida, los autores considerados clásicos o fundamentales de la cultura nacional provendrían de este tiempo intenso y singular.
Las formas de pensar y escribir se renuevan permanentemente en un movimiento creativo sin igual en las letras peruanas. La poesía alcanzó altos grados de belleza formal gracias a diversos autores, desde González Prada hasta César Vallejo —pasando por José Santos Chocano, José María Eguren, Carlos Oquendo de Amat, Alberto Hidalgo, entre muchos otros—. Lo mismo sucedió tanto en la prosa como en los cuentos de Ventura García Calderón o de Abraham Valdelomar, por citar dos casos relevantes. Igualmente, el periodismo se relacionó íntimamente con creadores de la palabra escrita, dando sustento a una de las mejores épocas de la prensa nacional y permitiendo el origen de diarios que competían entre sí por ganar la adhesión del público lector (a El Comercio se sumaría La Prensa, por ejemplo), así como de revistas de primera calidad: desde la aristocrática Prisma hasta la vanguardista Amauta, pasando por Colónida y Mercurio Peruano, por citar los casos que representan proyectos y sensibilidades diversos.
En el plano de las ideas también es el tiempo de la fundación de visiones integrales sobre el país. Precisamente, la posguerra dio la oportunidad para realizar este nuevo balance introduciendo perspectivas actuales y, sobre todo, la posibilidad de releer el pasado para poder edificar el futuro sobre nuevas bases. El optimismo fue reemplazado por un realismo ilustrado, pero no por ello carente de esperanza. En este propósito, desde diversas disciplinas como la literatura, la historia, la crítica literaria, la educación y otras, aparecen obras que contienen un sentido integral de comprensión de los problemas nacionales. En el fondo, se trata de encontrar las bases de la identidad nacional, de hallar las razones de nuestra singularidad.
Estas visiones integrales parten con los estudios realizados por los miembros de la Generación del 900 o arielista y llegan hasta las posturas radicales de los miembros de la llamada Generación del Centenario de la Independencia. Desde José de la Riva Agüero, Francisco García Calderón o Víctor Andrés Belaúnde hasta llegar a Luis Alberto Sánchez, Jorge Basadre, José Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre.
Las obras de los novecentistas tenían un carácter erudito, estaban orientadas por un profundo sentido humanista pero, sin embargo, se encontraban por lo general desligadas de una preocupación política práctica, qu
