Perú. La búsqueda de la democracia. Tomo 5 (1960-2010)

Varios autores

Fragmento

Peru5-5.xhtml

Cronología

1962

10 de junio. Elecciones generales. Triunfo de Víctor Raúl Haya de la Torre, a quien, al no obtener el mínimo legal de votos, le correspondía elegir al Congreso entre los 3 candidatos más votados. En esas circunstancias, se produjo el 10 de julio el golpe del general Pérez Godoy contra el presidente Manuel Prado, a quien le faltaban 10 días para concluir su mandato.

1963

9 de junio. Elecciones generales. Triunfo de Fernando Belaúnde, primer gobierno de Acción Popular.

1967

1 de septiembre. Traumática devaluación del sol peruano en un 44 por ciento. El gobierno se muestra impotente a la hora de contener una seria crisis económica.

1968

3 de octubre. Golpe de Juan Velasco contra Fernando Belaúnde. Instalación del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas. Inmediatamente a continuación, el 9 de octubre, se produce la toma de Talara y la consiguiente nacionalización de la importante empresa de origen estadounidense International Petroleum Company.

1969

24 de junio. El presidente Velasco promulga la Ley de Reforma Agraria.

1970

7 de septiembre. El Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas promulga la Ley de Industria, que incluye el dispositivo que ordena conformar la comunidad industrial en cada empresa del ramo.

1974

28 de julio. El gobierno de Velasco ordena la expropiación de los diarios de circulación nacional.

1975

29 de agosto. Golpe militar dirigido por Francisco Morales Bermúdez contra Juan Velasco.

1977

19 de julio. Paro nacional convocado por los trabajadores. Esta situación da origen a la convocatoria el 28 de julio por parte del presidente Morales Bermúdez a elecciones para una Asamblea Constituyente.

1978

28 de mayo. Segundo paro nacional y deportación de algunos candidatos de las fuerzas de izquierda. A continuación, el 18 de junio, se realizaron las elecciones para la Asamblea Constituyente con el triunfo de Haya de la Torre y el APRA. Por su parte, Haya de la Torre falleció de cáncer el 2 de agosto de 1979.

1980

18 de mayo. Elecciones generales con el triunfo de Fernando Belaúnde, quien inicia su segundo mandato. Ese mismo día se iniciaron las acciones insurreccionales del grupo terrorista Sendero Luminoso.

1982

29 de diciembre. Ingreso de las fuerzas armadas a Ayacucho para controlar la subversión que iba en aumento. Pocos días después, el 26 de enero de 1983, se produjo la matanza de un grupo de periodistas en Uchurrachay, una aldea situada en las alturas de Huanta (Ayacucho).

1983

Enero-abril. Se abate sobre el país el megafenómeno El Niño. Ese mismo año en las elecciones municipales de octubre triunfó Alfonso Barrantes como alcalde de Lima Metropolitana, constituyéndose en el primer marxista latinoamericano en ganar elecciones municipales en una capital de la región.

1985

14 de abril. Elecciones generales. Triunfo de Alan García, que se convierte en el primer presidente aprista en 60 años de historia política.

1986

14 de junio. Masacre de penales. Estando reunido en Lima un evento de la Internacional Socialista, los presos acusados de terrorismo se insurreccionan en tres penales, los capturan parcialmente y desafían a las autoridades. El enfrentamiento concluyó en una cruel masacre.

1987

28 de julio. En su discurso por Fiestas Patrias, el entonces presidente, Alan García, anuncia la intención del gobierno de estatizar la banca. Posteriormente esta medida desató una seria crisis política que incluso impidió que se hiciera efectiva.

1990

8 de abril. Se realiza la primera vuelta de las elecciones generales que, en segunda vuelta, le darían el triunfo a Alberto Fujimori sobre el laureado escritor Mario Vargas Llosa.

1992

5 de abril. Autogolpe de Fujimori, que asume todos los poderes y disuelve varias instituciones públicas. Posteriormente, el 13 de septiembre de ese mismo año, la policía peruana captura al líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, y a la cúpula de su organización.

1993

1 de enero. Instalación del Congreso Constituyente Democrático, pactado como salida al autogolpe ante la presión internacional de los organismos panamericanos.

1994

28 de febrero. Se subastan la Compañía Peruana de Teléfonos y la Empresa Nacional de Telecomunicaciones; el consorcio ganador fue Telefónica, de España, que pagó algo más de 2.000 millones de dólares estadounidenses, constituyéndose en el récord de un amplio proceso de privatizaciones.

1995

9 de abril. En primera vuelta se impone con más del mínimo legal requerido Alberto Fujimori, quien inicia su segundo mandato consecutivo.

1996

23 de agosto. El Congreso peruano dicta una ley denominada Ley de Interpretación Auténtica, que permite una nueva reelección de Fujimori en el año 2000. Ello da lugar a una intensa batalla política y constitucional.

1998

Enero-abril. Se presenta nuevamente un fenómeno El Niño de gran magnitud, igualando la potencia del anterior mega-Niño de 1983. El 9 de abril y el 28 de mayo se desarrollan las dos vueltas de las elecciones generales. Finalmente el candidato Alejandro Toledo declina participar en segunda vuelta por considerar que estaban ausentes las condiciones democráticas mínimas.

2000

22 de noviembre. Luego de la renuncia enviada por fax del expresidente Fujimori, asume el cargo de presidente transitorio el abogado Valentín Paniagua, del partido Acción Popular.

Peru5-6.xhtml

Las claves del periodo

Antonio Zapata

Este quinto tomo de la historia moderna del Perú cubre el periodo de 1960 a 2000. Al igual que el resto de la serie, empieza por un capítulo político, que analiza las grandes coordenadas de la época y ubica al lector ante el periodo histórico. Aquí se explicita la idea del péndulo político peruano, concebido como un movimiento regular que cruza el espectro de un polo a otro, sin avance definido hacia adelante o hacia atrás. Este movimiento ordena la política peruana atravesando los mismos puntos y reiterando los dilemas irresueltos del Perú. Va del liberalismo de los cincuenta al nuevo liberalismo de los noventa. Al medio se encuentra un ciclo populista, tardío en contraste con el resto de Latinoamérica y sellado por una guerra interna extremadamente violenta y muy costosa para la sociedad.

Este movimiento pendular de la política peruana incluye algunas constantes. Entre ellas destaca la baja participación ciudadana en sindicatos e instituciones civiles, y la precariedad de la democracia política, que va y viene de formaciones autoritarias. En efecto, el Perú no sólo oscila entre modelos de desarrollo y apuestas de políticas públicas, sino también entre democracia y autoritarismo.

Las dictaduras generalmente buscan perpetuarse en el poder y al final sufren un elevado desgaste. Sus abusos contra las libertades y derechos ciudadanos debilitan a los gobiernos autoritarios, que eventualmente se desploman para dar paso a transiciones democráticas, que lamentablemente no han resuelto los problemas del país. Las democracias son débiles y desaprovechan el momento de su entronización para hacer las reformas institucionales indispensables para modernizar e integrar al país en el contexto internacional. Luego, las transformaciones políticas se vuelven complicadas de realizar, porque la correlación de fuerzas lo dificulta. La reacción autoritaria se reordena y libra batalla para impedir los cambios. Entonces el proceso se traba y la democracia cede paso a un nuevo autoritarismo.

Además, tanto autoritarismos como democracias registran elevada corrupción, lo cual aumenta el desapego ciudadano y la precariedad de las formaciones políticas. El común de las gentes considera que la actividad política conduce a la corrupción y que la única motivación de los políticos es apoderarse de los caudales públicos. Así, ninguna formación política les inspira confianza ni tampoco están comprometidos con el sistema democrático, lo consideran intercambiable con la dictadura y el autoritarismo.

Este malestar ciudadano contribuye a la caída de las democracias, que muchas veces se suicidan en combates sin cuartel ni tregua entre los partidos y coaliciones políticas que supuestamente la defienden. Con su caída, la rueda vuelve a comenzar. Así, entre 1945 y el año 2000, el Perú ha vivido cinco transiciones a la democracia. A su vez, los golpes autoritarios en ese periodo han sido cuatro; lo cual significa que, entre el fin de la II Guerra Mundial y el término del milenio, el Perú cambió nueve veces de régimen político. El resultado es un país que se mueve de banda en banda. Su evolución se asemeja a una bola de billar.

Otro fenómeno político crucial de este ciclo fue el terrorismo y la guerra interna que ensangrentó al país durante los años ochenta y principios de los noventa. El punto de partida fue la rebelión protagonizada por el grupo insurgente Sendero Luminoso, que desafió al Estado, el cual llamó a las Fuerzas Armadas a reprimir y restablecer el orden.

Este periodo fue especialmente violento y desató todas las furias y penas que albergaba el país. El baño de sangre fue terrible porque Sendero Luminoso utilizó métodos terroristas con extraordinaria sangre fría. La crueldad fue respondida sin clemencia por los agentes del Estado, la policía y las fuerzas armadas. En el medio, la población civil fue atrapada entre dos fuegos, ninguno de los cuales respetó los derechos humanos.

Por su parte, la guerra interna tuvo un carácter singular, porque los insurgentes no liberaron territorios, sino que actuaron inmersos en la cotidianeidad. Por lo tanto, para el Estado se hacía difícil identificar a los rebeldes y desatar sus conexiones. En ese proceso, las fuerzas del orden cometieron muchos atropellos y violaciones repetidas de los derechos humanos. La desaparición de presuntos guerrilleros y la tortura de detenidos se extendieron hasta tal grado que, durante varios años seguidos, el Perú ocupó el triste primer lugar de estadísticas mundiales de estos crímenes de Estado.

Por su lado, la crueldad de Sendero Luminoso no tuvo parangón. Hubo asesinatos masivos de campesinos y crímenes selectivos contra dirigentes populares opuestos a sus propósitos. La violencia empujó hacia horribles abismos y la sociedad se desplomó. La dinámica de la guerra interna fue un incesante ajuste de cuentas. Venganzas y contravenganzas fueron el pan de cada día del Perú durante doce desgastadores años. Los grupos armados se alimentaban del odio al Estado y al sistema, mientras que los defensores del orden también odiaban a los insurgentes y a lo desconocido que ellos encarnaban.

Finalmente el Estado se impuso a través de una acción de inteligencia policial. Un grupo especial de la policía siguió durante años a la cúpula de Sendero Luminoso hasta capturar a Abimael Guzmán en septiembre de 1992. A partir de la caída del jefe máximo, que cumplía el rol de guía y conductor ideológico, la organización subversiva se desplomó. Cual castillo de naipes, Sendero Luminoso se vino abajo. La prisión de la dirigencia vino acompañada por las leyes de arrepentimiento, que facilitaron la delación y el trabajo policial.

Durante los años anteriores, Sendero Luminoso había sido arrinconado en el campo. El ejército había refinado su estrategia y adoptado la iniciativa de formar rondas campesinas. Es decir, el Estado organizó campesinos para que lo defendieran contra la insurgencia maoísta. Los proveyó de carabinas y de sistemas de alerta para quedar interconectados con unidades militares, que para el efecto se dividieron en unidades menores, que cubrían mejor el territorio. Gracias a esta estrategia, el ejército logró invertir el curso de la guerra en el campo y empezar a desplazar a Sendero Luminoso, que se movió hacia las ciudades, donde sembró mucha muerte y destrucción, pero lo que finalmente llevó a su detención. Lima fue la tumba de la guerrilla.

La detención de Guzmán fue paralela al triunfo del Estado sobre el otro grupo insurgente, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), que fue desbaratado finalmente en 1998, con la toma de la embajada de Japón. Por ello, la población le atribuyó a Alberto Fujimori el éxito en la lucha contra la subversión y el terrorismo. Al haber ocupado la primera magistratura cuando terminó la lucha armada, su nombre quedó rodeado del prestigio del pacificador.

Posteriormente, quedó probado el empleo por parte del gobierno de Fujimori de métodos ilegales en la formación de grupos paramilitares, que realizaron grandes abusos. Por ello, su papel fue juzgado de forma bastante más negativa y el aura de Fujimori quedó definida en términos de vencedor del terrorismo, pero violador, abusivo e inescrupuloso. Al dimitir por fax terminando el año 2000 y refugiarse en Japón, Fujimori se convirtió el objeto de apasionada lucha política en el Perú. Frente a su legado, la población se dividió entre quienes condenaron sus métodos corruptos y su desprecio por los derechos humanos y los que siguieron defendiendo sus éxitos en la lucha contra la subversión.

El capítulo de sociedad abarca tanto el movimiento de la población como la organización social y la formación de la opinión pública. La década de 1960 registró el pico de las migraciones internas que transformaron el rostro de las ciudades peruanas en la segunda parte del siglo XX. Durante las décadas anteriores se lograron mayores facilidades sanitarias y se construyó una red nacional de carreteras que promovió el proceso de urbanización. Aunque disminuyeron algo de ritmo, las migraciones internas continuaron durante los años setenta. El destino de los migrantes era la costa y, fundamentalmente, la capital. Asimismo, conforme avanzaba el proceso era evidente que algunos migrantes se establecían en ciudades intermedias y sobre todo crecían zonas de colonización situadas en la ceja de selva, como se conoce en el Perú a las laderas orientales de los Andes que penetran en la Amazonía.

A partir de la década siguiente, el proceso de migraciones internas empezó a detenerse. Inicialmente no se percibieron los nuevos vientos, porque en los años ochenta hubo una migración de tipo político. Sectores de la población dejaban las zonas rurales afectadas por la guerra interna y se trasladaban a ciudades que brindaban mayores posibilidades para pasar al anonimato y huir de la muerte y la destrucción. Las migraciones de los ochenta fueron menos generales y mucho más focalizadas, pero daban la impresión de que el proceso continuaba, cuando en realidad se estaba deteniendo.

Desde los años ochenta al 2000, las migraciones internas bajaron de ritmo y dejaron de ser el principal factor de la demografía peruana. No significa ello que haya cesado la movilidad de la población. Incluso se ha hecho más intensa. Pero ahora es en dos direcciones. La población no está quieta, sino que cambia de lugar de residencia numerosas veces. Incluso se muda entre campo y ciudad de acuerdo a las edades de la vida, siendo el ideal poseer casa en Lima y mantener tierras y vivienda en el terruño rural. La movilidad espacial ha perdido el dramatismo que tenía en la primera parte del siglo XX. Antes se migraba para siempre y se retornaba al terruño sólo para algunas grandes fiestas. Luego, viajar se ha hecho fácil y los pasajes son susceptibles de ser pagados sin tanto apremio; como consecuencia, la periódica mudanza entre campo y ciudad es una realidad compartida por amplios sectores de la población peruana.

Las migraciones han dejado de ser el factor principal del proceso de urbanización. Pero éste no se ha detenido. Las ciudades siguen creciendo, en esta oportunidad gracias al crecimiento vegetativo. Desde los años veinte en adelante fue claro que en las ciudades nacían más personas de las que morían. Hasta 1900, ello era exactamente al revés: las ciudades eran malsanas y morían muchas personas, lo que hacía negativo el crecimiento vegetativo. Pero durante los primeros veinte años del siglo XX, las estadísticas vitales fueron cambiando: disminuyeron los fallecimientos y más personas lograron alcanzar la vida adulta. Este proceso fue vacilante al comienzo y desde el oncenio de Augusto B. Leguía (1919-1930) se impuso de manera firme y decidida. El resultado en la segunda parte del siglo es espectacular: las ciudades crecen por sí mismas sin necesidad de recibir flujos humanos provenientes del campo.

Asimismo, este capítulo registra la lenta formación de ciudadanía en el país y las presiones que emergen desde abajo para definir su rumbo. En efecto, si se mira el largo plazo, la sociedad peruana está bastante más integrada y es más democrática de lo que era hace cien años. Ahora el estatus es una derivación de la posición económica y los privilegios sociales vienen a continuación. Al comenzar el siglo XX era al revés. Ese proceso de democratización social tiene su momento culminante durante el gobierno del general Juan Velasco (1968-1975), correspondiendo por tanto al periodo analizado por este tomo.

Pero las demandas sociales insatisfechas son inmensas y se registra una profunda presión que proviene desde las capas más profundas de la sociedad. Esa presión muchas veces no se encauza por canales institucionales. Por su parte, éstos casi no existen o no son tomados en cuenta por los gobiernos de turno. Por ello, la presión popular muchas veces se expresa a través de explosiones y en forma de tumultos y motines. Así, el Perú luce como un país de revueltas, antes que de movimientos sociales regulares y encausados. A finales del siglo XX, la multitud peruana sigue siendo tanto explosiva como intermitente.

El tejido social y las entidades de participación ciudadana nunca habían estado muy extendidos en el Perú. Se habían formado durante el ciclo reformista iniciado en los sesenta y profundizado en los setenta gracias al velasquismo. Esos movimientos sociales eran extensos pero frágiles, carecían de continuidad histórica. Fueron barridos por la violencia política y por otro fenómeno igualmente disolvente que ocurrió durante los ochenta: la hiperinflación.

Por su parte, el capítulo sobre la economía presenta los ciclos de pronunciadas alzas y dramáticas bajas que le han otorgado especial conflictividad al periodo. Igualmente, este capítulo trata sobre las políticas públicas que han guiado al Estado en su intento por dirigir y regular la marcha económica.

El ciclo económico analizado se inicia con un moderado apoyo estatal a la industrialización por sustitución de importaciones. Esta política estuvo vigente desde fines de los cincuenta, se prolongó durante la década siguiente y encontró un gran impulso con el gobierno de Velasco. Durante el régimen militar se concentran las reformas más profundas del periodo 1960-2000. Asimismo, es el momento de ruptura con el poder oligárquico que había gobernado el resto de la centuria.

Durante el régimen militar, la industrialización fue promovida con el mayor entusiasmo posible y vino acompañada por una reforma agraria muy profunda, que rediseñó el mapa de poder en las zonas rurales. La reforma agraria terminó con la hacienda y dio paso a un experimento cooperativista que tuvo corta duración y que derivó diez años después en el minifundio. La reforma agraria terminó mal, porque esta pequeña propiedad hegemónica en los ochenta dio paso nuevamente a la gran propiedad durante los noventa y los latifundios volvieron a ser una realidad del Perú rural moderno. Alguna vez se creyó que habían desaparecido para siempre.

El reformismo velasquista entró en crisis a mediados de los setenta, empujado a la baja por un movimiento general de la economía a escala mundial. Era el fin de la edad de oro del capitalismo mundial. Estos años dorados se habían iniciado a fines de la II Guerra Mundial y se prolongaron precisamente hasta mediados de los setenta, cuando un alza en el precio del petróleo señaló su término. Esa crisis internacional fue un gran estremecimiento que arrastró al reformismo peruano cuando recién estaba comenzando y aún no había dado sus frutos. Velasco llegó tarde y su experimento no logró consolidarse antes de entrar en serias dificultades.

El velasquismo dio paso a un interregno de casi 15 años, que comprende el resto de los años setenta y todos los ochenta. En este lapso se vivió un empate de fuerzas sociales y económicas puestas en marcha por la reforma militar. Pero el Estado se fue desgastando y terminó el periodo envuelto en una grave crisis. Bajo el primer gobierno de Alan García (1985-1990), la impericia gubernamental desató una hiperinflación que desordenó completamente la marcha económica de la nación.

Para aquel entonces, las corrientes partidarias del giro neoliberal ya se habían organizado en el país. Los años de empate social y político culminaron dando paso a la restauración oligárquica. Los antiguos grupos dominantes, la vieja élite económica, fueron fulminados por Velasco, pero desde los ochenta fue reapareciendo en la cumbre de la sociedad una clase alta burguesa, con vocación de intermediaria del gran capital extranjero, que se parece a la antigua oligarquía como dos gotas de agua.

Fue a mitad de los años ochenta cuando se completó una transformación crucial del sentido común ciudadano. El pueblo peruano perdió fe en el Estado y empezó a verlo como un serio obstáculo al desarrollo nacional. Durante las décadas precedentes, las mayorías nacionales habían confiado plenamente en el Estado. Incluso dentro de la élite, el debate político había consistido en la elaboración de propuestas para dirigir al Estado en tal o cual dirección. Así, desde los cincuenta en adelante, se había entendido que el Estado era el motor principal de cualquier proyecto nacional. Pues bien, desde mediados de los ochenta se invirtió ese sentido común. El Estado pasó a ser percibido como el problema que había que superar. Ese cambio fue el preludio de transformaciones estructurales de la sociedad peruana.

Terminando los a

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos