Presentación
Georges Duby y Michelle Perrot
Cuando la editorial Laterza nos propuso trabajar en una Historia de las mujeres, aceptamos entusiasmados.
Estamos convencidos de que ha llegado el momento de presentar al gran público el balance de las investigaciones que con tanto vigor se han desarrollado en estos últimos veinte años, primero en el mundo anglosajón y más tarde en Francia, Italia y los otros países europeos.
Durante mucho tiempo las mujeres quedaron abandonadas en la sombra de la historia. Luego comenzaron a salir de esa sombra, incluso gracias al desarrollo de la antropología, a la atención que se prestó al tema de la familia, a la afirmación de la historia de las “mentalidades” que se dirige a lo cotidiano, a lo privado, a lo individual. Pero fue sobre todo el movimiento de las mujeres el que las ha llevado al escenario de la historia, con ciertos interrogantes acerca de su pasado y de su futuro. Y las mujeres, en la universidad y fuera de ella, han abordado la investigación sobre sus antepasados, a fin de comprender las raíces del dominio que padecieron y el significado de las relaciones entre los sexos a lo largo del tiempo y a través del espacio.
En efecto, precisamente de esto es de lo que se trata. El título de Historia de las mujeres tiene una indudable capacidad evocadora. Pero es menester cuidarse mucho de creer que las mujeres sean objeto de historia en tanto tales. Lo que intentamos comprender es su lugar en la sociedad, su “condición”, sus papeles y su poder, su silencio y su palabra. La variedad de las representaciones de la mujer, una vez Dios, otra Madona, otra Bruja…, he ahí lo que queremos recoger en la permanencia y en las transformaciones.
Una historia de relaciones, que pone sobre el tapete la sociedad entera, que es historia de las relaciones entre los sexos y, en consecuencia, también historia de los hombres.
Una historia de larga duración —de la Antigüedad a nuestros días—, que reproduce en los cinco volúmenes la periodización de la historia de Occidente. En efecto, nuestra atención se centra en esta zona del mundo: el Mediterráneo y el Atlántico son nuestras orillas. Esperamos que un día se produzca una historia de las mujeres en el mundo oriental o en el continente africano. Es probable que tengan que escribirla las mujeres y los hombres de esos países.
“Feminista” en la medida en que está escrita desde una perspectiva igualitaria, nuestra historia pretende estar abierta a las distintas interpretaciones. No queremos hablar en código ni levantar vallas ideológicas, sino todo lo contrario: nos interesa proponer interrogantes nuevos, a la vez que afirmarnos en una pluralidad de figuras y de temas, con una multiplicidad de puntos de vista. La Historia de las mujeres es el fruto de un trabajo de equipo, que se realizó bajo nuestra dirección. Cada volumen se confió a la responsabilidad de una historiadora que, a su vez, llamó a colaborar a un grupo de autores, según criterios de competencia, deseos y disponibilidad. Setenta personas en total: naturalmente, no es la totalidad de los estudiosos que trabajan en estos temas, pero sí —esperamos— una muestra significativa de ellos.
Auguramos a quienes lean esta Historia de las mujeres que la obra será para ellos a la vez balance provisional, instrumento de trabajo, placer de la historia y lugar de la memoria.
Introducción
Françoise Thébaud
Al escuchar hoy en día —privilegio de la historia contemporánea— vidas de mujeres que han pasado a lo largo del siglo, nos asombra la tragedia y la grandeza de su existencia. Repentinamente cogidas por la guerra, la revolución o la dictadura, pero también espectadoras y actrices de un enorme trastorno de la relación entre los sexos.
Esto no quiere decir que el siglo XX marque término alguno de la historia de las mujeres, tras un continuo e ineluctable progreso hacia su emancipación. Aun cuando el siglo XX geopolítico, que nace en medio del huracán de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución rusa, esté hoy en día definitivamente muerto, la noción de “fin de la historia”, que se ha utilizado para designar el triunfo del liberalismo tras el hundimiento del bloque del Este, no ha resistido por mucho tiempo el embate de los acontecimientos europeos o mundiales. Por otra parte, ¿qué significaría para las mujeres? ¿El crepúsculo de los varones en la afirmación de una sociedad extraña a la de los hombres? ¿El advenimiento de un mundo de gemelos de sexo opuesto, de un mundo en el que “cada uno es el otro”? ¿O la constitución de un espacio verdaderamente común a hombres y mujeres, un espacio en el cual la igualdad de derechos y de oportunidades preservaría la diferencia de las identidades? Los feminismos contemporáneos, centrados en la constitución de un sujeto femenino y presa continua de la tensión entre la necesidad de construir una identidad femenina y la de demoler la categoría “mujer”, siguen debatiendo la cuestión, aunque parezca que en la construcción de un futuro sea cada vez más deseable una tercera vía, a modo de síntesis. ¿Qué quiere una mujer? ¿Qué quieren las mujeres? Actor sexuado de una historia en desarrollo, el lector encontrará en este libro material de reflexión, aunque no la respuesta a esta pregunta, que no corresponde al orden del saber ni podría constituir el hilo conductor de una historia de las mujeres.
Tal vez resulte más asombroso aún no hallar el relato cronológico de la emancipación femenina, puesto que tan evidente resulta que la vida de las niñas no se asemeja a la de sus madres, y tan indudables y acumulativas parecen sus conquistas (derecho de voto, maternidad sin peligro, anticoncepción, oportunidades profesionales…), hasta llegar a atribuir a las mujeres una manifiesta superioridad en términos de esperanza de vida. ¿Pero qué es una “conquista”, producto de una construcción social que, precisamente, es menester deconstruir? Hay que preguntarse por su naturaleza, por la manera en que se presenta, por sus adversarios y sus promotores, por sus consecuencias y los replanteamientos que acarrea tanto en el plano real como en el simbólico. Y pensar —allí están, para recordárnoslo, el peso actual de la militancia antiabortista o el desarrollo del SIDA— que quizá ninguna conquista es definitiva. Conservar de su origen militante la idea de que la historia de las mujeres obedece, ante todo, a la de progreso obstaculiza nuestra comprensión de fenómenos que son mucho más complejos.
Olvidadas las masacres y los años negros, la percepción positiva del siglo XX, de un siglo XX conquistador y que se opone al siglo victoriano, está condicionada por una serie de imágenes: la garçonne, producto de la guerra y de los años locos, la mujer “liberada”, producto de la píldora, o incluso la “superwoman” de los años ochenta, producto del feminismo y de la sociedad de consumo, capaz de hacer malabarismos entre su carrera, sus hijos y sus amores. Pero, en su contexto, las dos primeras imágenes se utilizaron más bien para denunciar la transgresión de la barrera de los sexos o de la doble moral que para aplaudir conquistas femeninas. Y la última, fustigada por Betty Friedan en The Second Stage parece cuando menos ambigua al ofrecer un modelo inaccesible a la mayor parte de las mujeres de hoy y agudizar al mismo tiempo las tensiones que surgen de exigencias contradictorias. Para Rose-Marie Lagrave que describe en este volumen el arte de sacar provecho de la división sexual, su función social estribaría incluso en enmascarar el aumento de las desigualdades entre los hombres y las mujeres.
Con todo, estas imágenes tienen el mérito de formular, además de la noción de conquista, el tema de los acontecimientos que tienen sentido para las mujeres y que trastornan la cronología masculina de la historia general. Y su mayor mérito consiste en destacar que sería imposible concebir la historia de las mujeres sin una historia de las representaciones, desciframiento o descodificación de las imágenes y del discurso que expresan la evolución del imaginario masculino y de la norma social. A este respecto, el siglo XX, siglo de la psicología y de la imagen, confirma ante todo que la cultura occidental ha desarrollado pocas maneras de representar positivamente a las mujeres. Aun cuando el freudismo introduce una mayor complejidad en la definición de los sexos y de la identidad sexual, tanto la filosofía como las nuevas ciencias sociales reflejan durante mucho tiempo el sexismo ordinario de lo social, que define la especificidad femenina al servicio del hombre y de la familia. Adornado con las galas de la modernidad, respaldado por la ciencia y difundido por esos nuevos medios de comunicación que son el cine, las revistas y la publicidad, el modelo de la madre-esposa-sin profesión triunfa al democratizarse. La preocupación demográfica de los Estados, que no es tema específico de las dictaduras, el discurso médico acerca de las normas de crianza de los niños en sociedades cada vez más atentas a la medicina, y luego el discurso psicológico sobre las relaciones madre-hijo, refuerzan sin duda la presión a favor de la mujer en el hogar. La nueva evaluación de la sexualidad y la aceptación del deseo femenino van acompañados de una presión normativa a favor de la conyugalidad y de ideales de apariencia física inspirados en las estrellas y las modelos, que toman forma en los concursos de belleza y a los que obsesiona la delgadez. Mientras, se impone, entre las definiciones visuales de la feminidad moderna, la de un ama de casa profesional, reina del hogar y avisada consumidora. La publicidad le vende objetos, pero también representaciones de sí misma muy cercanas, en aspectos llamativos, a los modelos antiguos. También convierte a la mujer en objeto sexual, cuya posesión se desea, imagen que se afirma violentamente en una pornografía invasora con el desarrollo de las revistas y luego de los videofilmes… Pero el siglo XX también es el siglo en el cual las mujeres, cada vez más mujeres, toman la palabra y el control de sus identidades visuales; subrayan las implicaciones políticas de la representación, intentan romper los estereotipos y proponen múltiples vías de realización personal. El hecho de que la imagen de las mujeres se haya vuelto más compleja y cambie hoy más rápidamente que nunca, constituye un primer signo de una mutación, que es precisamente lo que este volumen trata de medir, comprender y datar.
Que este volumen no sea, o no sea solamente, el relato de la emancipación o la historia de las representaciones, se debe a que, al igual que los cuatro tomos anteriores de la colección, se inscribe en una problemática más amplia, deudora de veinte siglos de historia de las mujeres. Me es imposible evocar aquí la riqueza de los debates nacionales e internacionales a que esa problemática ha dado lugar y que merecerían un libro por sí mismos. Me limitaré a recordar, de modo forzosamente esquemático, lo que, más allá de la diversidad de los puntos de vista y de los temas abordados, caracteriza el talante común de los autores e introduce a una nueva lectura del siglo XX.
Durante mucho tiempo, la historia fue la historia de los hombres, a los que se concebía como representantes de la humanidad. Muchos trabajos —para el periodo contemporáneo se cuentan por millares— han mostrado que las mujeres también tienen una historia y son agentes históricos de pleno derecho. Pero ya no se trata —atolladero teórico que puede llevar a contrasentidos históricos— de estudiarlas aisladamente, como si estuvieran en el vacío, sino más bien de proponer un enfoque sexuado del siglo, de introducir en la historia global la dimensión de la relación entre los sexos, del gender de las norteamericanas que podría traducirse en francés por genre, en italiano por genere, en alemán por Geschlecht y en castellano por género. Y de hacerlo con la convicción de que la relación entre los sexos no es un hecho natural, sino una interacción social construida e incesantemente remodelada, consecuencia y al mismo tiempo motor de la dinámica social. Por tanto, es una categoría de análisis útil, tan útil como las de las relaciones, tan familiares a los historiadores, entre las clases, las razas e incluso las naciones o las generaciones; productora de saberes como toda nueva mirada sobre el pasado; deseosa de abrir caminos a una nueva escritura de la historia que tome en cuenta el conjunto de las relaciones humanas sin descuidar sus interacciones. De esta suerte, es imposible comprender el racismo nazi si no se tiene en cuenta su dimensión sexuada, que es uno de sus factores constitutivos; a la inversa, incorporar el análisis del racismo al del sexismo nazi lleva a afirmar que la política hitleriana respecto de las mujeres no es una política hecha de pronatalismo y de culto a la maternidad, sino de antinatalismo, culto a la virilidad y exterminación en masa de las mujeres. Siempre que se ha planteado esta cuestión, los diferentes artículos del volumen han tratado de articular sexo y clase, sexo y nacionalidad, sexo y edad, sexo y religión, términos que son, el uno para el otro, los unos para los otros, factores de diferenciación de grupos que con harta frecuencia se consideran homogéneos.
Desde este punto de vista, el lector no ha de interrogarse acerca de las conquistas femeninas, sino acerca de la evolución del gender system, a la vez conjunto de roles sociales sexuados y sistema de pensamiento o de representación que define culturalmente lo masculino y lo femenino y que dan forma a las identidades sexuales.
Por una parte, se ha de relacionar siempre la evolución de la condición femenina con la de la condición masculina: si en el mundo del trabajo, la feminización de determinados oficios no hace más que perpetuar la separación estructural entre hombres y mujeres, la posibilidad de emplear métodos anticonceptivos modernos no sólo libera a las mujeres de embarazos no deseados, sino que, además, les da, en detrimento de los varones, el dominio de la fecundidad, por lo que debe considerarse de una significación paralela a la de las modificaciones del derecho civil que, en el mismo momento, acaban con su subordinación privada.

La Gran Guerra empieza a ser vista como un corte abrupto al poderoso movimiento de mujeres de principios de siglo. 1908. Womens Social and Political Union.
Por otra parte, jamás se ha de perder de vista lo que da sentido a las actividades y a los estatus respectivos de hombres y de mujeres, en cuyas múltiples formas se buscarán las funciones y los verdaderos compromisos de toda retórica sobre el “género”, ya se origine en los poderes, ya en los individuos, ya en grupos. Esta retórica, que más a menudo se emplea para jerarquizar y expresar las relaciones de poder, más bien frena que acelera el cambio. A pesar de que durante mucho tiempo las mujeres describieron como emancipadora la guerra, cuyos efectos se dejan sentir mucho después del cese de las hostilidades, la Gran Guerra se muestra por entonces profundamente conservadora en la medida en que, lejos de las aspiraciones igualitarias y de los interrogantes relativos a la identidad, favorece —incluso en el seno mismo del feminismo— el triunfo de un pensamiento dicotómico en materia sexual. Del mismo modo, más allá de la generalización del sufragio, mal llamado universal, pues sólo involucra a los varones adultos, lo político parece todavía un santuario masculino —con un puñado de elegidas para una mayoría de electoras—, un campo de dominios reservados que recrean la antigua división entre lo masculino político y lo femenino social, cuyas responsables no sólo son percibidas como intrusas por los colegas masculinos, sino que a veces ellas mismas se perciben como marginales. A pesar de todo, citemos las famosas ministras de Salud que en su época legalizaron el aborto: la revolucionaria rusa Alexandra Kollontai, la anarquista española Federica Montseny y, más recientemente, la francesa Simone Veil…
Esto equivale a decir que esta historia de las mujeres es también, por lo menos entre líneas, la de los hombres en tanto seres sexuados, la de la masculinidad en este siglo en que se perfilan tantas figuras viriles. El lector puede ser sensible a lo que esta historia de las mujeres aporte a la historia general, naturalmente también a la social, pero a su vez a la historia cultural cuya periodización y contenidos pone en tela de juicio al subrayar, por ejemplo, la ambivalencia de la cultura de masas, camino de emancipación y al mismo tiempo fuente de información. Asimismo, debe ser sensible a lo que aporta, tal vez del modo más llamativo, a la historia política, que sigue siendo una de las modalidades dominantes de la interrogación histórica, y a lo que desvela de las políticas de guerra que señalan al enemigo en femenino y dan origen a un Estado, padre coercitivo y protector de las mujeres. Debe ser atento a la naturaleza del fascismo o del nazismo, nuevos sistemas sexuados de explotación que garantizan la estabilidad de las relaciones entre los sexos, a la especificidad del régimen de Vichy y del franquismo, régimen “nacional-católico”, o a la emergencia y el funcionamiento de los Estados del bienestar que transformaron, en provecho de los derechohabientes del jefe de familia, las propuestas de los primeros movimientos de mujeres que a comienzos de siglo reclamaban el reconocimiento público de la maternidad como función social. Y quizá aprecie también en qué puede esta historia de las mujeres ayudar a comprender la originalidad de Quebec, cuya historia se lee en este volumen a través del binomio nacionalismo-feminismo, o la derrota del modelo soviético, marcado, lo mismo en el dominio de las relaciones de sexo que en lo demás, por el economicismo y el voluntarismo jurídico: A. Kollontai, que no creía en la degeneración espontánea de la familia burguesa y soñaba con una nueva moral obrera, fue criticada por “georgesandismo”, por delante tal vez de su época, en un país pobre, rural y asediado, en donde la sociedad civil y en particular las mujeres, estuvieron siempre aplastadas por el derecho y el poder central.
Se entiende —¿hace falta destacarlo?— que la historia de los feminismos y de los movimientos de mujeres forma parte de la historia política occidental. Historia inacabada —el periodo 1920-1960, que durante tanto tiempo se tuvo por un “interludio entre dos feminismos”, se encuentra en pleno desciframiento—, y, sin embargo, esencial para la comprensión del siglo: ¿cómo los movimientos de los derechos de la mujer, surgidos del siglo XIX y alimentados de racionalismo y de liberalismo, responden al cuádruple desafío de la masificación, del comunismo, del nacionalismo y del freudismo? ¿Qué vínculos tenía con los movimientos de liberación de las mujeres que surgen en los años sesenta de la izquierda radical, de las luchas anticolonialistas y de los movimientos de liberación sexual?… Historia que procura avanzar desafiando las categorías utilizadas y, sobre todo, de acuerdo con la noción peyorativa del “feminismo burgués”, la oposición sempiterna entre feminismo igualitario y feminismo de la diferencia. Del mismo modo que la problemática de los sexos regenera el pensamiento político al subrayar que la igualdad requiere el reconocimiento y la inclusión de las diferencias, la historia de las mujeres también puede enriquecer la historia general al interrogarse y al interrogarla como proceso cognoscitivo, al renovar la crítica de las fuentes y de los métodos mediante categorías sexuadas que estructuran nuestra comprensión cultural de la diferencia entre los sexos. En este sentido, “el discurso sobre el discurso”, que a menudo se le ha reprochado, es más una necesidad que un capricho o una solución fácil….
El mismo estado de ánimo mueve a las otras disciplinas que tan generosamente contribuyeron a este volumen sobre el siglo XX: filosofía, derecho, sociología, ciencias políticas, crítica literaria, todas ellas marcadas, igual que la historia, por los efectos del feminismo contemporáneo en el campo del conocimiento. La introducción de la dimensión sexuada impide asimilar en ella la generalidad a la realidad de un solo sexo o considerar como universal un punto de vista unilateral. Cuestiona presupuestos ideológicos que pueden contener y reforzar los discursos eruditos o los datos cuantificados. Esto vale en particular para el análisis del trabajo, fundado en estadísticas que atribuyen siempre los hijos a las madres, que no tiene en cuenta la actividad doméstica, pues está dominado por la idea de que el trabajo es, para los hombres, un derecho natural, y para las mujeres, una anomalía que es menester explicar, y que está siempre, como la economía política del siglo pasado, dispuesto a legitimar —naturalizándola— la división sexual del trabajo.
Pero entonces, ¿qué decir del siglo XX, a la vez el más sanguinario de la historia de la humanidad y aquel en el que las mujeres, mucho tiempo después que los hombres, acceden a la modernidad? El siglo de la guerra total en el que las víctimas civiles y militares se cuentan por decenas de millones. El siglo del genocidio que no sólo desconoce la piedad particular para el sexo femenino, sino que, muy por el contrario, extermina a las mujeres judías como madres de una generación futura. El siglo en el que las mujeres habrán de sufrir no sólo las consecuencias de sus propios compromisos —aunque inhumana para todos, a veces la represión se hace sexuada (violaciones, pelo rapado) para atacar a las mujeres en su feminidad—, sino también la terrible noción de culpabilidad familiar que la mayoría de los regímenes totalitarios pone en práctica: la Alemania nazi, la España franquista o la URSS estaliniana. Agreguemos a todos los nombres de mujeres militantes que se citan en este volumen los de estas dos mujeres excepcionales que se conocieron en Ravensbrück: la periodista checa Milena Jesenska, amiga y traductora de Kafka, que, plena de fervor, denunciaba todas las opresiones, y la comunista alemana Margarethe Buber Neumann, que ha dejado testimonio de los campos de concentración de Stalin y de Hitler y ha conservado la memoria de su amiga muerta en 1944.
Tecnológico, el siglo XX aporta, tanto a los hombres como a las mujeres, mejor salud y longevidad acrecentada (pensemos en la victoria sobre la mortalidad infantil), mayores niveles de educación y nuevos modos de vida, marcados por la urbanización y la multiplicación del consumo de bienes y servicios. Una vida que, en conjunto, a pesar de los defectos y de las desigualdades de las sociedades de consumo, se podría calificar como mejor, como menos consagrada al trabajo y al sacrificio. Para las mujeres, eso se traduce ante todo en una transformación del trabajo del hogar y del régimen de la maternidad, que disminuye el tiempo requerido para las actividades de reproducción y les permite una mayor participación en la vida social. Pero, para quienes estuvieron tanto tiempo atrapadas en la red de la comunidad natural que es la familia, y mantenidas al margen de la dinámica de los derechos individuales desencadenada por la Revolución francesa, la modernidad es, aún más, la conquista de una posición de sujeto, de individuo de pleno derecho y ciudadana, la conquista de una autonomía económica, jurídica y simbólica en relación con los padres y los maridos. Entonces se afloja la presión de las restricciones, cuya fuerza y variedad saldría a luz, como con todo estudio monográfico, con un enfoque temático de principios del siglo XX.
¿Dónde situar, cómo explicar esta revolución de las relaciones entre los sexos, que parece hoy inducir una crisis masculina de identidad, todavía difícil de captar pese a que se pueden dar múltiples señales de ella? El corte clásico de 1945 que abre en Occidente una época duradera de democracia y de crecimiento económico no es operativo, a pesar de la generalización del sufragio femenino. Por segunda vez, las desmovilizaciones suenan como restituciones de la verdad que remite a las mujeres, en nombre de su civismo y de su diferencia, a la esfera privada, centrada en el hijo y que se proclama como la clave de la reconstrucción nacional. En realidad, esta generación que conoció la guerra es, en distintos países, la profesionalmente menos activa, la más prolífica del siglo y poco inclinada a involucrarse en las formas clásicas del debate político: los años cincuenta son testigos del apogeo de la madre-ama de casa, cuyo condicionamiento ideológico, tanto por los medios de comunicación de masas como por los… psicoanalistas, es denunciado en 1963 por Betty Friedan en The Feminine Mystique, el libro más vendido del mundo sobre el tema de las mujeres, uno de los textos fundamentales del feminismo después de A Room of One’s Own, de Virginia Woolf (1929) y Le Deuxième Sexe, de Simone de Beauvoir (1949). En realidad, si bien es cierto que, en la Francia republicana, el régimen de Vichy constituye una ruptura política, también lo es que se inscribe en la continuidad de una política familiar que, desde los años veinte a los sesenta, destina las mujeres a la maternidad y los hombres al trabajo remunerado. Pocos demócratas y laicos han denunciado la vocación totalitaria o el peso de la moral religiosa en la voluntad de controlar el vientre de las mujeres. Este libro hubiera debido dejar un espacio mayor para las minorías neomalthusianas —la norteamericana Margaret Sanger, los franceses Jeanne y Eugène Humbert—, lo mismo que para todas las militantes de la maternidad libre, a menudo vinculadas, sobre todo en el periodo interbélico, al movimiento internacional de reforma sexual, todavía tan poco conocido. Y también —se trata de una cuestión fundamental pero de dimensiones inabarcables— hubiera debido intentar medir, a lo largo del siglo, el papel de las iglesias y de las religiones en la vida de las mujeres. La Iglesia Católica, que, por cierto, es el principal sostén de la noción de diferencia y parece más conservadora que las otras en materia de relaciones entre los sexos —inflexibilidad ante todo método anticonceptivo, rechazo del matrimonio de los sacerdotes o de la ordenación de las mujeres—, también produce generaciones de militantes católicas y sindicalistas, mujeres partidarias de la renovación, que contribuyen a la evolución del catolicismo y de la condición femenina, pero que no pueden detener la decadencia de la práctica religiosa.
Sólo a mediados de los años sesenta, esto es, más de medio siglo después de las promesas de la Belle Époque, comienza realmente a esbozarse una nueva división sexual en la mayor parte de los países occidentales, nueva división cuyos componentes, y más aún sus factores, son difíciles de jerarquizar: sin duda, hay que mencionar la paz, la prosperidad y los descubrimientos tecnológicos —citemos también el nombre de Gregory Pinkus, el inventor de la píldora anticonceptiva—, pero también los acontecimientos de 1968, que algún día habrá que estudiar con un enfoque sexual, y más aún los movimientos de mujeres que denunciaban vigorosamente el “patriarcado”, sus leyes y sus imágenes. Aparentemente, lo que más evolucionó fue la esfera de lo privado. Por una parte, tenía a favor un viento de reformas que hacía entrar la idea de igualdad de marido y mujer, primero en el derecho privado de los países de Código Napoleónico y luego en los de Common Law, al tiempo que hacía desaparecer la de jefe de familia; el derecho civil, que ha perdido normatividad, autoriza a partir de ese momento una pluralidad de modelos familiares y de roles femeninos. Por otra parte, la liberalización de la anticoncepción y el aborto, que permite a las mujeres la reapropiación de su cuerpo y de su sexualidad, les otorga el dominio de lo recóndito y prohíbe a los Estados las formas más represivas de manipulación de la familia. ¿Qué otra cosa puede verse en el eslogan feminista “un hijo, si quiero y cuando quiera” que el deseo de reprivatizar la función de reproducción que todo el siglo, para mejor o para peor, ha desplazado al dominio público? ¿No es fundamental el deseo de acuñar una nueva definición de la relación entre lo femenino y lo maternal, que no sea ya la asignación a una función? Muy pocas feministas contemporáneas han seguido hoy a sus antecesoras sobre esta cuestión tan controvertida, debido a que hoy parece más fácil obtener la “liberación” de las mujeres mediante su afirmación en el mundo laboral y la presión privada sobre los hombres para que compartan las tareas hogareñas, que a través de una visión maternal del sexo femenino y el reconocimiento público de la maternidad como función social.
Pero la medida del cambio no se muestra con tanta claridad en la oposición entre lo privado y lo público como en el juego de su articulación, ni tanto en el aislamiento de un dominio o de un factor original como en la búsqueda de efectos inducidos y de una causalidad circular. La presencia creciente de las mujeres en el mercado de trabajo, así como en el campo cultural y político, provocó la evolución del derecho privado y la mutación de las actividades domésticas, las cuales, a su vez, facilitaron la ampliación de la esfera pública femenina. Si bien el derecho social, lo mismo que el derecho fiscal, conserva muchas huellas de la desigualdad de los sexos en el matrimonio y sigue siendo desfavorable al trabajo de las esposas, los Estados del bienestar han acrecentado más aún la autonomía de sus ciudadanas en relación con la institución conyugal: mediante la creación de empleos, la protección social asegurada, el alivio del trabajo de mantenimiento y cuidado de los miembros de la familia. El acceso masivo de mujeres a la educación y el trabajo remunerado, a pesar de la desigualdad de oportunidades escolares y el carácter no mixto de los empleos, tiene consecuencias que son dignas de atenta consideración. Algunas ya se han citado: la desaparición legal de la autocracia marital y la muerte del ama de casa tradicional; la orientación izquierdista del voto femenino, que contradice una reputación de conservadurismo político que lleva a las jóvenes a votar masivamente a la izquierda; y quizá, aunque es más difícil de saber, al advenimiento de una democracia familiar en la vida cotidiana, la invención de nuevas relaciones amorosas o la modificación de la imagen que los hombres y las mujeres se hacen de sí mismos y del sexo opuesto. En todos estos procesos, y en particular en la conquista de la autonomía política y simbólica —el decir “nosotras las mujeres”—, el feminismo, o más bien los feminismos, de los años sesenta y setenta, han desempeñado un papel decisivo al postular la feminidad como categoría fundamental de la identificación política y al organizarse como espacio autónomo en el que podía operarse su deconstrucción y su reconstrucción.
Pero no se engañe el lector. El empleo del pasado sirve más para poner de relieve la rapidez y la radicalidad de los cambios que para significar la culminación de un proceso, la victoria de las mujeres o el regreso a relaciones más “normales” entre los sexos, tras los “excesos” de la era feminista. La aparente decadencia del feminismo —hay quienes hablan de posfeminismo— tiene tanto de transformación como de desaparición, y la historia continúa en incesante recomposición, al mismo tiempo imprevisible e íntegramente contenida en el pasado…
Del mismo modo, el empleo del plural, “las mujeres”, no prejuzga en absoluto una unidad del segundo sexo. La multiplicidad de los sujetos femeninos es algo que el feminismo ha descubierto, tal vez a sus expensas, en los desacuerdos entre diferentes colectivos, en las contradicciones que enfrentaron a militantes negras y militantes blancas en Estados Unidos, y más aún en la confrontación con las mujeres del Tercer Mundo, que, con ocasión de las conferencias quinquenales de la década de la mujer (1975-1985), acusaron de imperialismo a las occidentales. En el corazón mismo de Occidente, no todas las mujeres, ya sea por su situación social, ya sea por su estatus profesional, ya sea por su nacionalidad, tienen las mismas oportunidades de adquirir una auténtica autonomía individual y de elegir su vida. Buen ejemplo de ello son los riesgos que, lo mismo que ayer se asociaban a la soledad femenina, se dan hoy en conexión con la monopaternidad. No faltan otros ejemplos en este volumen, tan atento a la comparación y a la matización, pero que quizá ignore demasiado la marginalidad.
Ahora es menester insistir en ello. Este libro, que llama a la realización de empresas paralelas y complementarias, no es una historia universal ni una historia exhaustiva en su campo. Sólo es una historia occidental de las mujeres occidentales, y, más exactamente, una historia de las mujeres blancas nativas de Occidente. Le falta la dimensión, todavía poco estudiada desde este punto de vista, de las relaciones entre Occidente y el resto del mundo, la medida de la dominación Norte-Sur, que pasa, tras la era de la colonización, por el imperialismo económico o cultural y las migraciones de población. Lamento muy en particular la ausencia de un artículo sobre el consumo masivo, que tuviera en cuenta esa dimensión, aparte de la revolución del espacio doméstico, las desigualdades sociales y las relaciones de dominación a escala mundial. Pero hay muchas otras cuestiones que se plantean en torno a la articulación de sexo y raza y que llaman a una doble respuesta: por nuestra parte, por parte de los hombres y por parte de las mujeres involucradas. ¿Qué sentido tuvo el encuentro entre colonizadoras y colonizadas? ¿Qué relaciones se establecen entre las mujeres, entre ambos sexos, cuando chocan varias civilizaciones? ¿Qué hay de imaginario y de fantasmas sexuales en esta confrontación? ¿Qué papel desempeñan las mujeres emigrantes o sus hijas en la conservación de la identidad nacional o, por el contrario, en la voluntad de integración?
Lo mismo que en el siglo XIX, la ambición occidental parecerá al mismo tiempo justificada y desmedida. La unidad geográfica y cultural de Occidente —Europa y América del Norte— se tiñe, en el siglo XX, de una definición económica —países ricos y desarrollados— y de una definición política. Pero se puede dejar de lado la experiencia soviética, que desde su origen intentó constituir un universo de nuevas relaciones de sexo (como de clase) y que fue durante décadas un sueño para los comunistas de todo el mundo y fuente de tantos interrogantes sobre los desfases entre la utopía y la realidad. El enfoque de este siglo, pues, a la vez cronológico y temático, con el propósito de destacar las diversidades nacionales de comienzos del siglo XX, que es cuando Europa expresa la voluntad de “nacionalizar” a las mujeres y de resistir, con sus propios modelos de feminidad, al comunismo, por un lado, y a la norteamericanización, por otro. Luego la internacionalización, incluso la información, muy a menudo bajo la égida norteamericana, del mundo contemporáneo. En este sentido, quizá, los Estados Unidos no tengan en este volumen el espacio que se merecen. En general, el esfuerzo de comparación ha llevado antes a establecer modelos que al análisis complejo de las interacciones que se producen en la cultura de masas, en las migraciones individuales y colectivas y en los encuentros internacionales.
De esta manera se esboza ante el lector una geografía diferenciada de las relaciones de sexo y su evolución. Tierras de innovación: Estados Unidos —más allá de sus cíclicos accesos de puritanismo—, de la “mujer moderna” al Women’s Lib, o la Europa del Norte, cuyo mejor ejemplo es el de la Suecia socialdemócrata. Estos desfases históricos y culturales enfrentan la Europa anglosajona a la Europa latina, caracterizada por el Código Civil napoleónico, y más aún a la Europa mediterránea, donde por mucho tiempo sobrevive un derecho de carácter confesional y regímenes dictatoriales. Caracterizada, lo mismo que en todo Occidente, por la caída de la fecundidad y de la nupcialidad, el aumento de la actividad laboral femenina y la democratización de la pareja y de la sociedad política, su evolución reciente no es menos notable. En efecto, estimula el surgimiento de una historia de las mujeres que en España se enorgullece de reanudar los lazos rotos con la audaz experiencia republicana y de superar la reconstitución franquista de la historia. Y quizá también invitación a los países de Europa del Este a unirse a nosotros tanto en este terreno como en otros.
Por último, es útil una precisión que evite todo malentendido. La ausencia de contribución masculina no es el resultado de una exclusión deliberada, sino el de una realidad historiográfica: puesto que es la historia de nuestras madres y de nuestras abuelas, puesto que a menudo está menos científicamente acotada, la historia de las mujeres del siglo XX es, con mayor razón que para los periodos anteriores, cosa de mujeres. Pero, para nosotros, el sexo del autor no implica por sí mismo ruptura epistemológica. La unidad de este volumen y de esta colección, si bien no su originalidad, reside en el enfoque, en el modo de cuestionar el pasado y el presente. Al término de la aventura corresponde al lector, sea o no historiador, decir si le parece fecunda.
La historia de las mujeres no es el final de la historia, no es el punto de vista de los puntos de vista que aspira a la visión total. Pero en el momento en que la historia, presionada por la actualidad, se interroga sobre su identidad como disciplina y sobre sus principios de inteligibilidad de lo real, bien puede constituirse en una de las vías de enriquecimiento de los modelos históricos, único modo de explicar la complejidad de los procesos sociales.
La nacionalización de las mujeres
De una guerra a la otra, durante la primera mitad del siglo XX discurren años de masacre, de crisis y de dictadura, que ocho artículos reinterpretan desde el punto de vista de las relaciones de sexo, interrogando las nociones de igualdad y de diferencia, de resistencia y de consentimiento, de emancipación y de opresión.
Hacia los años veinte y como consecuencia del progreso tecnológico norteamericano y de las luchas feministas anteriores surge en Estados Unidos un modelo de mujer moderna, que orienta nuestra visión del cambio de los roles sexuales en el siglo XX pero cuyo conformismo es tan grande como su fuerza de emancipación. En el Este, la nueva Unión Soviética da origen a una humanidad industriosa de dos sexos gemelos en donde las mujeres son las primeras víctimas de una legislación muy liberal de la familia, que se da sin lucha y luego se modifica según el arbitrio de los imperativos del poder central. Y, en medio, Europa, quebrada por la Gran Guerra e invadida por la cultura norteamericana, defiende sus particularismos nacionales. Enfrentados al doble desafío de la democratización y de “la cuestión de la población” —considerada como una caída demográfica, pero también como una nueva distribución entre los sexos—, la mayor parte de los Estados europeos acaba con las distinciones liberales anteriores entre lo privado y lo público, la familia y el Estado, el individuo y el Estado. De la Suecia socialdemócrata, respetuosa de las opciones femeninas, a la dictadura fascista y la dictadura nazi, pasando por la Francia republicana, luego dominada por el régimen de Vichy, todos tratan, más o menos autoritariamente, de “nacionalizar” a sus ciudadanas, ya sea mediante el desplazamiento de la maternidad al dominio público y el surgimiento de las premisas de los Estados del bienestar, ya sea mediante la movilización de las mujeres para ponerlas al servicio de la patria en guerra, e, incluso, mediante su regimentación en organizaciones consagradas a la grandeza nacional. En la Alemania nazi, cuya asimilación a cualquier otro régimen totalitario resulta imposible —pese a los intentos revisionistas— en razón del genocidio del pueblo judío y del gitano, esta nacionalización destruye los valores familiares tradicionales y coloca a las mujeres al servicio de la comunidad étnica del pueblo alemán, ya sea como madres, como militantes o como trabajadoras. Por otra parte, no parece haber dudas acerca de la necesidad de revisar la opinión, inspirada en la idea marxista o feminista del trabajo emancipador, para la cual los regímenes autoritarios habrían destinado las mujeres a la maternidad. En efecto, no sólo ocurre que el fascismo, el nazismo y el régimen de Vichy supieron adaptar su ideología natalista —fuertemente matizada en Alemania por un antinatalismo racista— a las respectivas realidades económicas, sino que, además, en la Europa de entreguerras, no es eso lo que constituye su especificidad.
Largo es el camino que va de la nacionalización de las mujeres a “la tentación nacionalista” y de la tentación nacionalista al papel contradictorio de las mujeres en el nazismo, y difícil el debate histórico, decisivo en esta primera parte. Pasa a través del feminismo, que, en busca de una continuidad en la opresión patriarcal, mostró una cierta tendencia a considerar “a las mujeres (alemanas) como víctimas: a menudo sólo como víctimas, y a veces como las únicas víctimas”. Por tanto, hemos tratado, en la medida de lo posible, de encargar los capítulos nacionales a historiadores de los países en cuestión, y en particular el episodio nacionalsocialista, verdadero desafío de memoria. Así, pues, quien intenta articular el sexismo y el racismo nazis es Gisela Bock, cuyo trabajo sirve de eco o contrapunto a otros trabajos, como los de la francesa Rita Thalmann o la norteamericana Claudia Koonz. Estos trabajos permiten un mejor conocimiento de las ideologías y de los movimientos confesionales o laicos, masculinos o femeninos, modernistas o tradicionalistas, que en la Alemania de los años veinte acabaron de un golpe con la República de Weimar y preconizaron la regeneración del pueblo alemán. Y permiten también comprender, más allá de los desastres de un orden masculino y racista, la seducción que el Tercer Reich pudo ejercer sobre muchas mujeres, ávidas de restauración moral y familiar, y nostálgicas de un Lebensraum (espacio vital) femenino.
Pero, ¿cómo zanjar el debate actual sobre el origen y la parte de responsabilidad que correspondió a las alemanas o/y a sus organizaciones en los crímenes nazis? ¿Se pueden imputar esos crímenes principal y globalmente a las mujeres que se habrían unido al nazismo en su función de madres y de esposas y habrían permitido la violencia masculina al arrullar el descanso de los verdugos y otorgar de esta manera al régimen una imagen de humanidad?¿Se puede ver en este régimen la consecuencia y la forma última de la división de las esferas masculina y femenina? No lo creo. Pero plantear la cuestión del consentimiento de las mujeres y de los hombres —al parecer, la resistencia, todavía inexplorada en parte, fue tan poco extendida en un caso como en el otro—, lleva a reflexionar sobre los peligros de esta división sexual y más todavía sobre los riesgos de la adaptación hipócrita al totalitarismo y al racismo.
Esta larga sección histórica invita también a reflexionar sobre el lugar de la guerra en el siglo, y, más modestamente, sobre la sexuación de las políticas belicistas. Sin embargo, sería difícil proponer una síntesis sobre la Segunda Guerra Mundial, que adopta en realidad formas muy diversas según los países.
Tradicionalmente identificada con la virilidad y, por tanto, cuestión de hombres, la guerra exige ahora la movilización de las retaguardias, a la vez que reparte sus víctimas y extrae sus fuerzas de ambos sexos. Sin embargo, en una historia a largo plazo de las relaciones entre hombres y mujeres, la guerra, dados sus efectos simbólicos y materiales, parece más bien una fuerza conservadora, e incluso reaccionaria, que un impulso renovador. Ni la Guerra Civil española, donde se destacan muchas milicianas, ni la Resistencia francesa, que llevó a tantas mujeres a la deportación y a la muerte, parecen haber fundado, a pesar de la fraternidad del combate, la igualdad de responsabilidad ni el reconocimiento de méritos iguales. Cuando la acción de resistencia se torna militar, cuando se organiza un ejército regular, las mujeres quedan al margen de los lugares de primera línea; y todas las posguerras exaltan la especificidad de las tareas femeninas. No escapan a la regla las guerras de liberación nacional, que a veces modificaron los comportamientos individuales de los ex combatientes —por ejemplo, las mujaidines argelinas solían tener menos hijos que sus hermanas de la misma generación—, pero raramente las relaciones de sexo. Y de los movimientos de lucha armada en el Tercer Mundo o de la guerrilla urbana en Occidente, posiblemente la Fracción Ejército Rojo, llamada también grupo (Andreas) Baader-(Ulrike) Meinhof; fue la única que, heredera de una tradición terrorista, no relegó a las mujeres a una posición subordinada. Por tanto, se apruebe o no, cabe interrogarse sobre qué es lo que se juega en la feminización actual de los ejércitos occidentales que, por otra parte, ha sido rechazada por Alemania.
La Primera Guerra Mundial: ¿la era de la mujer o el triunfo de la diferencia sexual?
Françoise Thébaud
“Es la hora inaugural de la historia para las mujeres del mundo. Es la era de las mujeres”, exclama con entusiasmo la sindicalista norteamericana señora Raymond Robins en el congreso de la National Women’s Trade Union League (WTUL), realizado en 1917. Como un eco transoceánico, el ensayista francés Gaston Rageot o el historiador feminista Léon Abensour saludan “el alba de una nueva civilización” y “el advenimiento de la mujer a la vida nacional”.
Durante la Primera Guerra Mundial e inmediatamente después de su finalización se extendió ampliamente la idea según la cual el conflicto bélico había trastocado las relaciones de sexo y emancipado a las mujeres en mucho mayor medida que los años y aun los siglos anteriores de lucha. Tanto en la literatura como en el discurso político era un tópico que la ruptura fuese celebrada o denunciada, rigurosamente medida o llevada al paroxismo. Más tarde, los recuerdos modelados por la conmemoración o la presencia de los ex combatientes sólo conservarán los nombres de los héroes de la guerra o de los campos de batalla. Simbólicamente, en toda Europa la estatuaria en honor de los muertos —en Francia, unos 30.000—, vuelve a poner a cada sexo en su lugar. Para las mujeres sólo hay referencias alegóricas: la Victoria, la viuda desconsolada y, en forma excepcional, la madre que maldice la guerra. Sin embargo, todavía se aspira el perfume sulfúreo de La Garçonne, la nueva mujer, de costumbres y aspecto viril, que la historiografía y los manuales escolares transmiten, aunque sin profundizar demasiado. En 1922, Victor Margueritte creyó escribir una simple “fábula moral”; sin embargo, en la atmósfera conformista de la paz lograda por la fuerza de las armas, su éxito fue escandaloso —llegaron a venderse un millón de ejemplares— y conoció el brillo de la Orden de la Legión de Honor, que le fue otorgada. La novela, traducida a doce lenguas, circuló por toda Europa.
A partir del momento en que las armas callaron, se escribieron decenas de miles de obras para tratar de comprender ese gigantesco acontecimiento que, al precio de muchos sufrimientos y de millones de muertos, sacudió en sus fundamentos mismos a Europa y al mundo en el siglo XX. En la mayoría de ellas se encuentran pocas huellas de mujeres, salvo historias anecdóticas de la retaguardia: el cuestionamiento serio no radicaba allí. De la serie de Carnegie a la tesis magistral de G. H. Soutou L’or et le sang, el enfoque predominante del conflicto fue económico y político, esto es, objetivos, causas y costes de la guerra, estrategias y tácticas militares. Más reciente y más sensible a las conmociones de la retaguardia, la historia social, que tantos caminos ha abierto, no podía desconocer la presencia de las mujeres, máxime en el caso de las trabajadoras de guerra. Pero el impulso llegó en especial de los interrogantes del movimiento feminista de las décadas de los sesenta y setenta. ¿Qué hacen, qué transformaciones sufren las mujeres de los países beligerantes? ¿No afecta la guerra de modo diferente a uno y otro sexo? Trauma prolongado para los hombres, ¿es para las mujeres mero duelo, sufrimiento y agobiante función maternal? ¿Acaso no es también, debido a la ruptura del orden familiar y social, a la apertura de nuevas actividades, la era de lo posible? Se planteaba así toda una línea nueva de problemas: la relativa al papel de la guerra en el largo camino hacia la emancipación femenina. Y se daban también las primeras respuestas entusiastas, al menos en lo tocante a las mujeres británicas que estudiaron David Mitchell o Arthur Marwick.
¿Es de imaginar una subversión paralela en el orden de las cosas? El mostrar que la guerra no es una empresa exclusivamente masculina equivale a descubrir nuevas responsabilidades y nuevos oficios para las mujeres —jefas de familia, municioneras (“munitionnettes”), conductoras de tranvías e incluso auxiliares del ejército—, así como verlas adquirir movilidad y confianza en sí mismas. Hay fuentes que comentan, juzgan, caricaturizan o fotografían las actividades y los comportamientos femeninos. A finales del conflicto se constituyó —oficialmente en Gran Bretaña, gracias al Imperial War Museum (IWM) y a su Subcomité del Trabajo Femenino de Guerra, y extraoficialmente en Francia y en Alemania, por intermedio de organizaciones femeninas como la sociedad L’Effort féminin français— una memoria muchas veces hagiográfica de la movilización femenina. Cuando, en la década de los setenta, la historia oral les concede la palabra, casi todas las entrevistadas expresan un sentimiento de liberación y un orgullo retrospectivo. “Out of the cage” (“Fuera de la jaula”), dicen los testimonios recogidos por el IWM o el museo de Southampton. Efectivamente, hemos hecho eso, y ya nada fue lo mismo que antes, dicen las ancianas de Francia.
Sin embargo, en el año 1977 James F. Mac Millan destacaba la fuerza del conservadurismo francés en materia de roles sexuales, y consideraba que la guerra no había hecho otra cosa que consolidar el modelo femenino de madre-ama de casa. Los historiadores de los años ochenta (el fenómeno generacional resulta particularmente notable en Gran Bretaña con los trabajos de Gail Braybon o los de Deborah Thom) también niegan la tesis que sostiene el carácter emancipador de la guerra y muestran, tras una relectura crítica de las fuentes, el carácter provisional o meramente superficial de los cambios. La guerra —de acuerdo con esta última visión de las cosas— sólo fue un paréntesis antes del retorno a la normalidad, un teatro de sombras en el que aparentemente sólo las mujeres de retaguardia desempeñaron los papeles principales. Más aún, la guerra habría bloqueado el movimiento de emancipación que, ya a comienzos del siglo XX, se esbozaba en toda Europa y se encarnaba en una new Woman económica y sexualmente independiente, así como también un poderoso movimiento feminista igualitarista e imaginativo. Y lo habría bloqueado al reafirmar la identidad masculina, que en vísperas de la guerra se hallaba en crisis, y al volver a conferir a las mujeres su función de madres prolíficas, de amas de casa —en el mejor de los casos, liberadas por una mejor gestión doméstica— y de esposas sometidas y admiradas.
En el presente, la problemática de la emancipación, que aísla del resto de la humanidad a las mujeres y su historia y que tan activa ha sido durante tanto tiempo —y todavía hoy domina ciertos enfoques historiográficos— es seriamente discutida. Ute Daniel, que firma uno de los primeros libros alemanes sobre el tema, nos invita a no medir la emancipación con los criterios de hoy, sino, por el contrario, a reconstruir metódicamente la percepción y la vivencia de los agentes históricos, muy a menudo alejados de las intenciones de los poderes o de las organizaciones sociales. Las norteamericanas, por su parte, han abierto nuevas perspectivas con el concepto de gender system, conjunto de roles sociales sexuados, pero también sistema de pensamiento que estructura esos papeles de manera binaria y modela tanto la identidad masculina como la femenina. La cuestión ya no consiste en saber si la guerra afecta directamente a los sexos, sino de qué manera redefine, real y simbólicamente, la relación masculino-femenino. De ahí la importancia —como lo ha sugerido el coloquio Women and War, organizado por el Center for European Studies de Harvard en enero de 1984 —, que se otorga a los discursos y a las representaciones oficiales a los que hay que despojar de la retórica del género para medir su verdadera fuerza en calidad de freno al cambio, y lo mismo con todas las formas de expresión cultural en las que puedan leerse reacciones a la conmoción sexual a que dio lugar la guerra. De allí también el desplazamiento de la historia de las mujeres de las zonas marginales de la historia, y la voluntad de volver a escribir la historia de la guerra con una perspectiva sexuada. Joan W. Scott va más lejos aún, a mi juicio, con su voluntad de hacer que la historia de las mujeres se encuentre con la historia política, atenta a lo que tenga que revelar sobre políticas de guerra. El gender —que se traduce como “género”— se muestra, pues, como un principio de organización, incluso como un arma de guerra, de tal modo que tanto su construcción como su deconstrucción constituyen un frente de lucha para los Estados, los grupos y los individuos.
La historia de las mujeres durante la Primera Guerra Mundial ya tiene una larga andadura. Las páginas que se leerán a continuación aspiran a ser, siquiera modestamente, el resultado de ese recorrido intelectual, con la preocupación, más allá de las convergencias, por mostrar las peculiaridades nacionales y la variedad de las experiencias femeninas.
Movilización de hombres, movilización de mujeres
1914, año de las mujeres, año de la guerra
Julio de 1914: hace buen tiempo ese verano, y nadie duda de la inminencia del drama. En Francia, la prensa se ha limitado a mencionar el asesinato del archiduque heredero de Austria, Francisco-Fernando, acaecido el 28 de junio en Sarajevo. En realidad, presta menos atención a los lejanos Balcanes que al proceso de Henriette Caillaux, que cierra el último escándalo político de la Belle Époque. Las feministas se marchan de vacaciones tras la gran manifestación sufragista del 5 de julio en honor de Condorcet, apoteosis de un movimiento que, en su diversidad, conoce por entonces una verdadera edad de oro y espera obtener, tras otras conquistas, la igualdad política. Con la fuerza que le daban sus 9.000 afiliadas, la Union française pour le suffrage de femmes (UFSF), que quiere convencer y proceder por etapas, lanza en verano un llamamiento nacional en favor de la proposición Dussaussoy-Buisson, que permitiría a las francesas participar en las elecciones municipales de 1916. La CGT prepara su congreso de otoño, en cuya agenda figura, tras el gran debate provocado por el caso de Emma Couriau, la prohibición de trabajar en el mundo editorial, la cuestión del trabajo femenino.
También en Gran Bretaña, el lugar de la mujer ha cambiado bajo el impulso de un movimiento feminista más radical, que se enfrenta a la ideología victoriana de las esferas separadas y de la doble moral sexual. En los agitados años que preceden a la guerra, la cuestión femenina ocupa el primer plano de la discusión pública, por delante del problema irlandés o de la agitación social. Nacida en 1903 en el Lancashire la Women’s Social and Political Union (WSPU) adoptó la estrategia y el tipo de propaganda de los socialistas y logró convertir la cuestión del voto en un problema fundamental en Inglaterra y en otros sitios —se las conocía como las “militant women”, las “suffragettes” o incluso como “las furias criminales de Londres”—, se derrumba como consecuencia conjunta del ciclo violencia-represión y del autoritarismo de las Pankhurst. En el verano de 1914, Christabel se refugia en Francia para evitar la prisión, pero la federación sufragista de la señora Fawcett (la NUWSS: National Union of Women’s Suffrage Societies), que cuenta con el apoyo de muchos liberales y de trabajadores, muestra la fuerza de sus 480 sociedades y 53.000 afiliadas en un inmenso desfile por las calles de Londres. 1914 habría podido ser el año de las mujeres. Es el año de la guerra, el que vuelve a poner a cada sexo en su sitio.
En unos pocos días, del 28 de julio al 4 de agosto, Europa arde como una gran hoguera. Por doquier, el estupor de la población da paso a la resignación o al entusiasmo, un entusiasmo más urbano que rural, más masculino que femenino. Pues los espíritus están preparados. En Francia, la escuela había mantenido el recuerdo de las provincias perdidas y había sembrado la convicción de que la República, régimen de derecho y régimen pacifista, no podía lanzarse a una guerra injusta. Orgullosos de su éxito económico y seguros de la superioridad de su civilización, los alemanes se lanzan al asalto de la barbarie rusa y de una Francia “afeminada”. Casi todos los soldados imaginan una guerrera corta y caballeresca en la que podrían expresarse elevados valores morales y vivir la comunidad de hombres, imagen anacrónica confirmada por la vestimenta o el ritual (el pantalón rojo en Francia, el tambor en Alemania). Y por todas partes su partida da lugar a escenas colectivas de patriotismo en las que la distancia social queda abolida y las lágrimas de las mujeres son peor recibidas que sus aclamaciones.
Extraño verano ese de 1914, que separa radicalmente los sexos y resucita, tras las luchas de preguerra, una cierta armonía sexual. La movilización de los hombres fortifica los sentimientos familiares y da vida al mito del hombre protector de la madre patria y de los suyos; las primeras cartas de los soldados hablan de la piedad filial, del amor de las mujeres y, a veces, de la nostalgia de los hijos. La historiografía evoca siempre la Unión sagrada de los partidos políticos y la de las clases sociales, muy raramente la de los sexos. Sin embargo, en Francia, donde la guerra, en beneficio de unánimes elogios, impone silencio a una literatura antifeminista que expresaba hasta el delirio el miedo a la emancipación femenina, los contemporáneos la han interpretado como el saludo complacido al advenimiento de una mujer purificada, que se revelaba a sí misma y a los demás, consciente, a partir de ese momento, de su naturaleza profunda y de sus deberes eternos, fuente de amor universal y de penetración entre las clases; en resumen, la encarnación del ideal femenino burgués del siglo XIX.
En efecto, servir se convierte en la consigna de las francesas que se dedican a reconfortar a los soldados en las cantinas, a cuidar de los heridos en los hospitales auxiliares de las sociedades de la Cruz Roja o a alimentar a los indigentes: refugiados que acompañan la retirada de los ejércitos aliados, desempleados de todos los oficios, víctimas de la total desorganización del país, familias de movilizados. En Francia, y también en Alemania y en Gran Bretaña, en donde la dirigente sindical Mary Macarthur coopera con la reina Mary en la Queen’s Work for Women Fund, el taller de ropa blanca es el símbolo de esta actividad caritativa que propone a las mujeres necesitadas un trabajo de costura, actividad indudablemente femenina, a cambio de una comida y, a veces, de una módica suma de dinero.
Las feministas participan en esa fiebre de servicio y suspenden sus reivindicaciones para cumplir, mejor incluso que las otras, con los deberes de las mujeres y dar así pruebas de respetabilidad. Marguerite Durand, que durante las dos últimas semanas de agosto de 1914 vuelve a publicar la famosa revista La Fronde, y la señora Fawcett en Common Cause, del 14 de agosto, escriben lo mismo: “Mujeres, vuestro país os necesita… Mostrémonos dignas de la ciudadanía, se atienda o no a nuestras reclamaciones”. Como Jane Misme, directora de La Française, órgano principal del feminismo moderado, en su primer número de guerra: “Mientras dure la prueba por la que está pasando nuestro país, no se permitirá a nadie hablar de sus derechos; respecto a él, sólo tenemos deberes”. Amnistiadas, las Pankhurst se convierten en verdaderos sargentos reclutadores, cuya retórica militarista y sexuada —defender una causa noble y cumplir con el deber de hombre para mirar a las mujeres a la cara—, casi no se distingue de la de los carteles oficiales. “LAS MUJERES DE GRAN BRETAÑA DICEN ‘ADELANTE’”, estoicas, pero firmes, en la ventana del home…
Apostando por una guerra corta, los Estados beligerantes tienen la esperanza puesta en la resignada espera de las mujeres y se congratulan de que las feministas se unan a la causa nacional, pero, más allá de la caridad, rechazan las propuestas femeninas de servicio, que a veces llegan al alistamiento militar de mujeres. Las alemanas de la poderosa Bund Deutscher Frauenvererine (BDF), en su congreso de 1912, habían propuesto un año de servicio social para las jóvenes; el 3 de agosto de 1914 crean el Servicio Nacional de Mujeres (NFD: Nationaler Frauendienst), que, reconocido por las autoridades, desempeña la función de tropa auxiliar de la administración para la asistencia y el aprovisionamiento. En Gran Bretaña sólo se acepta la movilización de una minoría de voluntarias de clases acomodadas en las granjas o en la policía urbana. A la doctora Elsie Inglis, que presenta un plan de hospitales de ultramar —los futuros y célebres Scottish Women’s Hospitals de Francia y de Serbia—, el War Office responde: “Id a casa y quedaos quietas”. El caso de Francia es ejemplar en esta política sexuada: el 5 de agosto, una ley instituye la asignación de mujer de movilizado, no con el propósito de asegurar la subsistencia de las familias, sino de levantar la moral del soldado que transfiere así al Estado-padre las funciones de sostén material inherentes al jefe de familia. El día 7, el presidente del Consejo Viviani lanza un llamamiento a las mujeres francesas, en realidad a las campesinas, las únicas que él considera como de urgente necesidad en el campo que los hombres han abandonado, y les habla con el lenguaje viril de la movilización y de la gloria: “¡De pie, mujeres francesas, niñas, hijas e hijos de la patria! Sustituid en el campo de trabajo a quienes están en el campo de batalla. ¡Preparaos para mostrarles, mañana, la tierra cultivada, las cosechas recogidas, los campos sembrados! En estas horas graves, no hay tarea pequeña. Todo lo que sirve al país es grande. ¡En pie! ¡A la acción! ¡Manos a la obra! Mañana la gloria será para todo el mundo”. Pero como Marguerite Durand, que sueña con un servicio militar auxiliar para las mujeres, también la escritora señora Jack de Bussy se ve rechazada, junto con su Ligue des Enrolées, constituida el 30 de julio.
En nombre del derecho de los soldados y de la unión nacional, todos los Estados beligerantes, salvo Estados Unidos, instauran lo que las británicas llaman separation allowances, que en la mayor parte de los casos se pagan tanto a concubinas como a esposas legítimas y, lo que resulta un fenómeno notable, en función de la cantidad de hijos. Mientras que Gran Bretaña, durante todo el tiempo que dura la guerra, ofrece a todas las personas implicadas una asignación relativamente elevada (ligeramente superior al salario femenino medio para una mujer sola), Francia y Alemania mantienen una política de asistencia con una suma escasa (Francia, 1,25 francos por día más 0,50 por hijo, cuando el kilo de pan vale 0,40 francos), incompatible con una asignación por desempleo y, en principio, reservada únicamente a las necesidades y que se elimina cuando la beneficiaria vuelve a percibir un salario suficiente. Sin embargo, a todas partes llegan con gran lentitud. Así pues, en los medios populares, la catástrofe sentimental se duplica por una catástrofe económica. El fervor patriótico no puede hacer olvidar la miseria material que incita a recurrir a las instituciones de caridad y a los pequeños anuncios de trabajo. En efecto, el paro es elevado —y de larga duración— en las industrias de lujo: los empleos femeninos del comercio y de la industria representan en Francia —en agosto de 1914— alrededor del 40 por 100 de los anteriores a la guerra y menos del 80 por 100 en julio de 1915. París, tanto por sus estructuras industriales como por la proximidad del frente, resulta particularmente afectado. Con excepción de las enfermeras ya alistadas en las sociedades de asistencia a los heridos, con excepción de las campesinas y de las tenderas que se hacen cargo de la tarea que el marido ha abandonado, en todas partes la movilización de la mano de obra femenina es lenta y tardía. Para cambiar este estado de cosas será necesario ver de otra manera la guerra y vencer múltiples reticencias respecto del trabajo femenino, tras haber comprobado la insuficiencia y la inadecuación de otras reservas de mano de obra.
Movilizaciones femeninas
La guerra no es lo que se esperaba. En el otoño de 1914 no hay vencedores ni vencidos y en Occidente el frente se estabiliza a lo largo de más de 800 kilómetros desde Flandes hasta la frontera Suiza. Disipada la ilusión de una victoria rápida, los beligerantes ya no pueden contentarse con vivir de sus reservas industriales y deben volver al trabajo. Guerra prolongada, guerra de hombres y guerra de material, la Gran Guerra requiere el sostén de la retaguardia, el concurso de las mujeres. En cuatro años y medio se movilizan en Francia ocho millones de hombres (esto es, más del 60 por 100 de la población masculina activa) y trece millones en Alemania, mientras en Gran Bretaña, que instaura el servicio militar en mayo de 1916, tras dos años de alistamientos voluntarios, la cifra sólo llega a los 5,7 millones. Los mortíferos combates devoran hombres y municiones e inauguran armas nuevas. A partir de los arsenales nacionales y de empresas privadas reconvertidas, cada país, dotado de una estructura gubernamental adecuada —en mayo de 1915 se crea en Francia la subsecretaría de Estado para la artillería y las municiones, mientras que en Gran Bretaña se establece el Ministerio para las municiones—, levanta una industria de guerra que multiplica los efectivos obreros y la producción. La guerra se convierte en una guerra moderna, en una guerra total que moviliza todos los espíritus y se libra en dos frentes: el battlefront y el homefront, el primero casi exclusivamente masculino; el segundo, donde las feministas, con mayor o menor éxito tratan de implicarse, mayoritariamente femenino. Pero allí se acaban las analogías. Las modalidades y las proporciones de la movilización femenina requieren análisis nacionales.
En Francia, país de gran actividad femenina antes de 1914 (7,7 millones de mujeres trabajaban, de las cuales 3,5 millones eran campesinas), fue donde la movilización de las mujeres tuvo un carácter más empírico, a imagen de un liberalismo apenas entorpecido por la guerra, a pesar de la acción de hombres como Étienne Clémentel, ministro de Comercio o Albert Thomas, ministro socialista de Armamento. Las mujeres leen más los anuncios, escuchan más los consejos de una vecina o tienen menos inconveniente en golpear las puertas de las empresas que en inscribirse en las oficinas departamentales de colocación a las que el Ministerio de Trabajo dio impulso en el año 1915. La contratación es a veces una cuestión de familia, una buena acción destinada a evitar toda competencia al finalizar la guerra y asegurar la moralidad de las reclutadas, ya sea mujer, hija o hermana de un movilizado. Raro en la industria, este proceso es frecuente en casas de comercio, bancos o compañías de transporte y en determinadas administraciones.
Francia tiene “financieras”, “ferroviarias” que limpian, controlan o registran, revisoras de metro, factoras, sus cobradoras e incluso conductoras de tranvía. En las fábricas de material bélico, la mano de obra femenina es el último recurso tras la contratación de civiles, el llamamiento de 500.000 obreros movilizados, instituido por la ley Dalbiez, o la importación de mano de obra extranjera y colonial. En el otoño de 1915 aparecen las primeras circulares ministeriales que invitan a los industriales a emplear mujeres allí donde sea posible; los carteles oficiales, lo mismo que las oficinas de reclutamiento se multiplican tanto en París como en las provincias. A pesar de que las organizaciones femeninas hayan intentado, bajo la advocación de las grandes figuras del feminismo, racionalizar el reclutamiento, las obreras provienen de los cuatro puntos cardinales atraídas por los salarios altos o en busca de cualquier tipo de empleo. También allí, al igual que en toda la industria, realizan tareas cada vez más diversificadas. A comienzos del año 1918 su número llega a 400.000, esto es, un cuarto de la mano de obra total (un tercio en la región parisina), y se erigen en verdaderos símbolos de la movilización femenina en Francia, así como de la penetración de las mujeres en sectores tradicionalmente masculinos.
Pero la movilización de las francesas es limitada y el mundo del trabajo no está invadido por el trabajo femenino. En 1916, según las estadísticas del Ministerio de Trabajo, el personal femenino de la industria y del comercio vuelve a su nivel de preguerra y sólo al final de 1917, en todo el apogeo del empleo femenino, lo sobrepasa en un 20 por 100 a aquél. Constituye el 40 por 100 de la mano de obra, contra el 32 por 100 de antes de la guerra. Sin embargo, no se paralizó ninguna actividad; en Alemania, por el contrario, la movilización de las mujeres parece haber llevado al extremo la escasez de mano de obra.
Ésta es por lo menos la tesis de Ute Daniel, que se opone a la idea comúnmente admitida de que hubo un aumento masivo del trabajo femenino y discute la validez de la fuente utilizada más a menudo, las estadísticas de las cajas de seguro médico. Es cierto que hay una movilización de alemanas con destino a las industrias de guerra, en un primer momento débil y espontánea a pesar de los esfuerzos del NFD, pero que luego se centraliza y se intensifica en la segunda mitad de la guerra, momento en que se adopta una organización militar de la economía y el trabajo femenino se considera indispensable para la victoria del país. El programa Hindenburg de noviembre de 1916, que endurece la dictadura de los jefes militares sobre la política interior, confía la movilización industrial a la Oficina de Guerra (Kriegsamt) del general Groener, otorga prioridad absoluta a la industria de armamento y le asegura la mano de obra gracias a la instauración de un servicio auxiliar obligatorio para todos los hombres de 17 a 60 años (Hilfdienst, ley de 5 de diciembre de 1916). El aislamiento de mujeres fue rechazado por las autoridades civiles y desaconsejado por las feministas del BDF, que propusieron una movilización de mujeres a cargo de las mujeres mismas y una política social específica. En el seno del Kriegsamt y de cada una de sus subdivisiones surgen dos organismos dirigidos por mujeres: un Departamento de Mujeres (Frauenreferat), encargado del reclutamiento, y un Servicio Central del Trabajo Femenino (Frauenarbeitszentrale: FAZ), encargado del bienestar de las obreras. A comienzos de 1918 hay unas mil mujeres que trabajan en estos servicios bajo la dirección de Marie-Elisabeth Lüders, del BDF.
No hay duda de que esta movilización desemboca en un crecimiento absoluto y relativo del empleo femenino en la metalurgia, los metales, la electricidad y la química, crecimiento particularmente acusado en las grandes empresas: hay historiadores alemanes que hablan de un crecimiento superior al 50 por 100 en las empresas con más de diez asalariados, de las que Krupp constituye un caso extremo con 30.000 mujeres sobre 110.000 personas a finales del conflicto. Pero, más aún que en Francia, este crecimiento redunda en detrimento de los sectores femeninos, totalmente sacrificados en una Alemania sometida al bloqueo, y parece menos importante que la expansión —sugerida por muchas estimaciones locales— del trabajo a domicilio reconvertido para la producción bélica. Las costureras de la Selva Negra fabrican municiones; las corseteras, telas para tiendas de campaña y cajas de galletas; otras, que en algunos casos trabajan por primera vez, hacen sacos, máscaras antiguas, calzado e incluso uniformes completos.
En efecto, ¿por qué responder a los llamamientos culpabilizadores de las autoridades o a las conferencias patrióticas de Gertrud Bäumer, presidenta del BDF? Todo ello no logra enmascarar totalmente las fricciones internas de la burocracia alemana, como las reticencias de los sindicatos y de los empleadores, que a veces, en el momento mismo de la contratación, obligan a las mujeres a firmar su futura dimisión. Además, muchas veces el hecho de ingresar en la industria de guerra requiere una movilidad incompatible con las cargas de familia. La economía de penuria, que se instala a partir de 1915 y constituye el nudo central de la experiencia femenina de este país lleva consigo una sobrecarga de trabajo doméstico que devora las energías y limita la atracción que ejerce el salario. Tanto más cuanto que el Estado o las autoridades locales proporcionan a muchas familias dinero que alcance justo para lo que hay en las tiendas, ya sea en forma de subsidio a las desempleadas del gremio textil o de asignaciones a las Kriegerfamilien: en 1917, cuando el canciller invita a las autoridades a evitar la mezquindad y toda forma de coacción hacia las mujeres que no buscan empleo, casi un tercio de las familias se benefician de dichas asignaciones. La política social de guerra que asegura al soldado la protección de su familia por parte del Estado, impide la regulación del mercado de trabajo e incluso contrarresta los esfuerzos de movilización femenina.
“La situación es grave. Las mujeres deben contribuir a resolverla” dicen las pancartas de la impresionante marcha del 17 de julio de 1915 bajo el lema “Right to serve”. Organizada por la señora Pankhurst con ayuda del novísimo Ministerio de Armamento, señala al mismo tiempo la conversión total de las sufragistas a la causa nacional, la respuesta de la coalición Asquith a la crisis política provocada por la escasez de armamento, y el primer giro en la movilización de las mujeres británicas. Acentuada por el servicio militar y luego por las medidas dirigistas del gobierno de Lloyd George, instalado en diciembre de 1916, no se caracteriza tanto por las medidas sociales que lo acompañan, como por la vasta negociación (gobierno-trade unions empleadores) que se realiza ante un crecimiento vigoroso del trabajo femenino.
La década del 10 y en particular los años de guerra, constituyen la gran década del sindicalismo británico, que multiplica sus afiliados y encuentra en el gobierno interlocutores propicios a la concertación y a la reforma social. Durante los primeros meses de 1917, se llega a dejar a la decisión de los sindicatos la concesión del certificado de trabajo que eximía del servicio militar, lo cual se explica, ante todo, por la aceptación del principio de la dilution (sustitución de obreros cualificados movilizados por trabajadores semicualificados o sin cualificación alguna) y el de la substitution, que permitía en ambos casos el ingreso de mujeres en trabajos que hasta ese momento se habían conservado celosamente como “men’s jobs”. En la mayoría de las ramas profesionales, los acuerdos negociados (dilution agreements), a veces difícilmente y siempre sin participación de sindicatos femeninos, definen las tareas que temporalmente pueden realizar las obreras, con el compromiso de retirarse al final de la guerra, y acuerdan garantías de statu quo o de mejoras de la mano de obra existente.
Precoz en los comercios y las oficinas, donde los sindicatos de empleados son débiles y el trabajo se considera respetable, el ascenso de las mujeres se generaliza luego, según el cómputo mensual del Board of Trade for Labour Supply. En este país, más hostil que Francia al trabajo femenino, la cifras, que, sin embargo, no tienen en cuenta ni a las empleadas domésticas, ni a la mayor parte de las trabajadoras a domicilio o en pequeños talleres, muestran, entre julio de 1914 (es verdad que se trata de un periodo de fuerte paro) y noviembre de 1918, un crecimiento del 50 por 100 de efectivos femeninos (de 3,3 a 4,9 millones) y una acusadísima feminización de la mano de obra, que pasa del 24 al 38 por 100. Estos fenómenos, posibles gracias a una sobrecarga de trabajo de las adolescentes, a una transferencia de mano de obra de origen doméstico y de oficios tradicionales y al ingreso o reingreso de mujeres casadas y de madres al mundo del trabajo, estos fenómenos, decimos, son particularmente claros en determinados sectores, en la práctica los mismos que en Francia: la industria de las municiones, donde la mano de obra femenina llega al millón en 1918, a veces concentrada en inmensos arsenales, como Gretna o Woolwich, y en menor escala los transportes, el servicio civil y la banca. La voluntad de servir a su país parece desempeñar su papel junto con el atractivo de un trabajo bien remunerado. Así, en la mano de obra de las fábricas de material bélico se encuentra un 9 por 100 de mujeres de clase media y de clase alta.
Una vez más, originalidad británica: llevar la dilution al extremo de la creación, en la primavera de 1917, de un cuerpo auxiliar del ejército (Women’s Army Auxiliary Corps: WAAC), que, en noviembre del año siguiente, comprende 40.000 mujeres, de las cuales 8.500 están en el extranjero. Su historia, extremadamente confusa, traduce la dificultad de los ejércitos y de los contemporáneos, tanto hombres como mujeres, para imaginar la mujer soldado. Serbia tiene sus combatientes femeninas que usan vestimenta masculina; Rusia, su famoso batallón femenino de la muerte. Pero Francia sólo abre parsimoniosamente sus cuarteles y sus empleos de oficina en el Ministerio de Guerra a finales de 1916, con horarios de entrada y de salida desfasados respecto de los correspondientes a los hombres, así como un cuerpo especial de inspectores. La tarjeta postal, industria próspera y pasión nacional, ilustra el tema al estilo picaresco con “soldadas” con grandes escotes, pantalones cortos y botines; y la prensa de trincheras sueña con el reposo del guerrero.
La WAAC nació de la voluntad de dirigentes como Katherine Furse, de coordinar la acción de muchas asociaciones de voluntarias en el ámbito de los servicios del Estado. Su proyecto de una organización militarizada se impone, no sin resistencia y amargura, al de Violet Markham, quien —todavía más moderada que la marquesa de Londonderry, fundadora, en junio de 1915, de la Women’s Legion— quería eliminar toda analogía con un ejército de mujeres, tanto en la estructura como en las actividades. Al crear, tras múltiples reticencias, un cuerpo oficial en el ejército, cuerpo dirigido por la señora Chalmers Watson y dotado de grados, reglamentos y uniformes, la War Office espera controlar e incluso absorber las organizaciones femeninas. Recupera combatientes para el frente al enviar las primeras reclutas a Francia con funciones de cocineras, empleadas de oficina o mecánicas, para generalizar luego el reclutamiento en Gran Bretaña y terminar por crear otros dos servicios femeninos: en la Marina y en el Ejército del Aire. Sin embargo, no pudieron neutralizar las críticas a estas mujeres, a las que se acusaba de deshonrar el uniforme del Rey, bañado en la sangre de los soldados, de renegar de su sexo y de “copiar” a los hombres en una parodia de mal gusto. Así pues, resultaban también sospechosas de inmoralidad, cuando no de homosexualidad. Una humillante comisión de investigación, creada en 1918, no puede borrar la mala reputación de las WAAC women. Pues su existencia perturba la economía psicosexual de la guerra —combate viril para proteger mujeres y niños— y difumina la identidad masculina y la femenina. Más que las otras trabajadoras de guerra son ellas las que cristalizan el miedo a la “masculinización” de las mujeres, tan característica de la época.
La masculinización de las mujeres
Esther Newton y Caroll Smith Rosenberg han mostrado cómo los hombres del siglo XIX, para expresar sus temores e intimidar a sus compañeras, trasladaron al plano sexual el debate que se había planteado acerca del poder político y social de la mujer nueva. Al comienzo se la acusó de perversa uterina, y luego, especialmente a partir de los trabajos del psiquiatra alemán Krafft-Ebing, se la asimiló a una lesbiana viril, a una mujer-hombre peligrosa y desvergonzada, perversa congénita de aspecto y psiquismo masculinos. En 1912, en un manual de sexología, el famoso médico alemán A. von Moll acusa a la emancipación de las mujeres de haber sido la causa de su “masculinización”, lo cual implica degeneración de la fecundidad y perversión de la sexualidad. Y la guerra, que conduce a una inversión de los roles y desafía los conceptos existentes de feminidad, tiende más bien a acentuar esta corriente de pensamiento que a cuestionarla.
En realidad, si bien nos encontramos a veces con un asombro no exento de admiración, y casi siempre con una franca hostilidad que recuerda las debilidades cerebrales y físicas del sexo femenino —¡cuánta literatura sobre los peligros de un tranvía conducido por una mujer!—, lo que parece dominar las reacciones ante la movilización de las mujeres es el miedo. En marzo de 1917, ante la comisión del Reichstag para el comercio y la industria, que ya prepara la desmovilización, el representante del Ministerio del Interior se preocupa por la alteración del organismo y de la mentalidad femeninas. “Cuando hoy en día se observa a las mujeres que trabajan en las tareas más duras —comprueba— a veces es necesario mirar atentamente para saber si lo que se tiene delante es una mujer o un hombre”. Un médico francés, el doctor Huot, hace suyo el soberbio neologismo de masculinización en un ambicioso artículo en el Mercure de France, donde reconoce que se ha equivocado sobre la constitución “sensitivo-emotiva” de la mujer, pero, de todas maneras, denuncia el riesgo de “anarquía moral” resultante de la confusión de los sexos.
¿No es menester, pues, comprender la obsesión de los contemporáneos de toda la nación por multiplicar las metáforas (ensartar obuses como perlas, trabajar en la metalurgia como en la calceta) y por reivindicar las cualidades femeninas (gracia, dedicación, minuciosidad) incluso en las situaciones más masculinas (trabajo o vestimenta de hombres), como un medio de tranquilizarse acerca de la inmovilidad del mundo y de la frontera que separa los sexos, como un medio de afirmar el carácter temporal de la situación? Veamos un ejemplo francés elegido por su nitidez, verdadero modelo del discurso apologético. Se trata del número especial del semanario de informaciones J’ai vu sobre “la Obrera de la victoria”, a quien representa, sonriente, con un enorme obús en la mano izquierda, un fusil en la derecha y la siguiente leyenda: “A la llamada de la Patria en peligro, las mujeres de la Gran Guerra respondieron entregando todas sus fuerzas. Vestidas con el mono de los obreros, las hemos visto en las fábricas tornear los obuses, fundir el acero para los cañones, fabricar explosivos. Y en esta atmósfera de muerte, entre estos pesados trabajos de hombres, tan rudos para sus frágiles brazos, han sabido permanecer mujeres y conservar toda su gracia”. El propio término munitionette tiene, en su encantador diminutivo, una connotación totalmente femenina.
Hasta ahora, hemos descrito el énfasis patriótico de la propaganda oficial, pero no hemos medido sus efectos sobre la percepción pública de los roles sexuales. Efectos ambiguos. El gobierno francés, en particular el Ministerio de Armamento, juega con las relaciones familiares cuando invita a las mujeres a ingresar en la fábrica para salvar a su soldado, pero el órgano oficial, el Bulletin des usines de guerre, habla de técnicas, máquinas y capacidades femeninas. El gobierno británico llama a las mujeres a un deber temporal de sustitución —“pon tu granito de arena, sustituye a un hombre para el frente”—, pero las fotografías de las mujeres en el trabajo, realizadas a pedido del War Office y que circulan en el país para convencer a los empleadores, destacan lo nuevo y lo excepcional, muestran rostros orgullosos y sonrientes, cuerpos liberados y aptos para la máquina. A ambos lados del Canal de la Mancha, la retórica del sacrificio no llega a ocultar el llamamiento a las competencias. Pero en general, la prensa y la literatura evocan más ampliamente las actividades tradicionales de las mujeres en tiempos de guerra con las figuras de la enfermera, la dama de caridad o la madrina de guerra, que los oficios cumplidos ahora por mujeres. Éstos prácticamente brillan por su ausencia en la caricatura de los cinco principales diarios franceses, que prefieren la Marianne o la esposa. Simbólicamente, antes que demostrar las capacidades de las mujeres, la guerra revive los mitos de la mujer salvadora y consoladora.
Pero no para las feministas, quienes, en cada país, exaltan la eficacia del trabajo femenino y tratan, con mayor o menor insistencia, de igualar la movilización de las mujeres a la de los hombres mediante la utilización de un vocabulario militar. En 1916, Friedrich Naumann y Gertrud Bäumer dan a conocer juntos su periódico sobre el doble símbolo de la espada y la espiga: la Kriegskronik (Crónica de guerra) que apareció en Die Hilfe, y la Heimatkronik (Crónica de la patria) de la publicación mensual Die Frau, donde se hace emocionada referencia al “servicio de las mujeres a la patria”. “Combatientes de la retaguardia”, ellas han respondido a la “llamada de la patria” y mantienen “el segundo frente”. Para “ayudar a romper” —escribe Jane Misme en La Française del 6 de marzo de 1915—“un nuevo barrote de la jaula en donde los siglos han encerrado la actividad femenina”. Es muy significativo que la cubierta de La Vie féminine del 15 de abril de 1917 ponga frente a frente una costurerita, símbolo del trabajo femenino antes de la guerra y una “munitionette” grande y robusta, sobre un fondo de chimeneas fabriles. Más que las alemanas del BDF que aspiran a la integración de las mujeres según criterios de especificidad, las feministas francesas quieren convertir esta experiencia en un trampolín hacia la igualdad profesional, o, por lo menos, hacia la apertura de oficios y la cualificación de las trabajadoras. Reivindican una formación profesional, abren o promueven escuelas y preparan el futuro mediante un vasto trabajo de encuesta y de información acerca de la educación de las niñas y de las carreras femeninas.
Pero la movilización de las mujeres es de índole distinta a la de los hombres. Una mujer que trabaja es un hombre más que se envía al frente. Según el testimonio de Teresa Noce, las familias populares de los medios politizados de Turín se encarnizan contra las obreras de Fiat. En el mundo obrero, la hostilidad hacia el trabajo femenino alimentada desde hacía mucho tiempo por el miedo a la competencia y por la adscripción de las mujeres al modelo de madre-ama de casa, se recrudece con la angustia de la muerte, y a veces con odio hacia la mujer logrera y enterradora. “Totengräber”, dicen los alemanes. Quizá por despecho, pero cargados de furia, los anarquistas y los pacifistas franceses, minoría en la CGT y en la SFIO —por ejemplo, Raymond Pericat, de la construcción, o Alphonse Merrheim, del metal—, llegan a acusar a las mujeres de ser peor que las bestias, de no haber sabido impedir la partida de los soldados en 1914, mientras las lobas protegen a sus cachorros, y de haber vendido a sus hombres por veinticinco sueldos (el precio de la asignación), o incluso de llevar una vida alegre mientras ellos mueren en combate.
¿The women’s age?
¿Constituyeron los años de guerra una experiencia positiva para las mujeres, e incluso, pregunta provocativa, una “época feliz”? En distinto grado, muchas y diversas fuentes nos ofrecen esta imagen. Ya citadas: la historia oral francesa o inglesa y las fotografías del Imperial War Museum. El museo de Southampton también conserva los clichés de un taller de la ciudad en el que las trabajadoras de guerra, sobre todo el personal de transporte, se hacían fotografiar, orgullosas de su trabajo y, quizá, de sus uniformes. Los contemporáneos, por lo menos en Francia, no han dejado de señalar los salarios “fantásticos” y los “locos” gastos de las obreras del armamento: ¡para unas, botines o medias de seda; para otras, naranjas y pollo! Al lote común de escritos feministas —voluntad de servir, de dar pruebas de respetabilidad y de acelerar la emancipación femenina—, las inglesas y las norteamericanas agregan la alegría de un mundo en femenino —en 1918, Harriot Stanton Blatch describe Inglaterra como “un mundo de mujeres”, en donde la borrosa solterona ha dado paso a “una mujer capaz, de mirada brillante, feliz”— o bien evocan retrospectivamente una “época buena” o “hermosa”. A imagen y semejanza de su literatura femenina, que, de los poemas y novelas de guerra a las memorias y escritos posteriores, de la propagandista inglesa Jessie Pope a la novelista norteamericana Willa Cather exaltan tan a menudo la inversión de los roles sexuales —“todo el mundo está patas arriba”—, expresan la felicidad de hallarse entre mujeres o celebran la liberación de los deseos femeninos. Las escritoras lesbianas, como Amy Lowell o Gertrude Stein, producen sus obras más eróticas durante la guerra (por ejemplo, Lifting Belly) y Charlotte Perkins Gilman da a conocer en 1915 Herland, utopía de un universo sin hombres.
¿Apoteosis femenina? Así lo dejan entender también novelistas y poetas ingleses como D. H. Lawrence, T. S. Eliot, Wilfred Owen, Siegfried Sassoon y, naturalmente, el norteamericano Ernest Hemingway, que describen la guerra como un episodio apocalíptico de la lucha entre los sexos, como un sacrificio de los hombres jóvenes a los padres y a las mujeres, y a veces, de acuerdo con la expresión de Sandra Gilbert, como “un festival de desorden femenino”. El tema de la castración, real o figurada, obsesiona esta literatura de modernos antihéroes paralizados, estériles o mutilados, que revela una verdadera crisis de la masculinidad, crisis que Paul Fussel y Eric Leed han destacado al evocar, a través de testimonios vivos de la literatura, las consecuencias psicológicas de la guerra en los combatientes.
Es indiscutible que la Gran Guerra constituye para los hombres un largo traumatismo, que es al mismo tiempo masacre masiva, ridícula caricatura de las imágenes de la guerra viril y triunfal, y negación de todos los valores de la cultura Occidental. Inmóviles, hundidos en el barro y en la sangre de las trincheras, condenados a esperar las heridas mortales o el asalto de los cañones enemigos, víctimas a veces de enfermedades femeninas como la histeria, que los médicos ingleses identificaron con el nombre de shell shock, los combatientes experimentan el sentimiento de una regresión al estado salvaje y viven la guerra como una impotencia pública y privada. Cuando ellos corrían al asalto del enemigo, las mujeres esperaban, piadosamente. Ahora que ellas, en su ausencia, acceden al espacio y a las responsabilidades públicas para hacer funcionar la maquinaria de guerra, tienen miedo de verse desposeídos o engañados.
¿Cuestión femenina menos aguda o antifeminismo ya expresado antes de 1914? ¿Movilización menos amplia o menos visible, comunión mayor de los sexos en la defensa del suelo nacional o tradición literaria? A mi criterio, en Francia, la literatura de guerra es menos agresiva y menos misógina; sin embargo, expresa el resentimiento de los soldados respecto de la retaguardia como intento de exaltación de los valores viriles. “Hay dos países. Digo que estamos separados en dos países extraños: el frente, allá, donde hay demasiados desgraciados, y la retaguardia, aquí, donde hay demasiada gente dichosa”, dice Henri Barbusse por boca de un héroe de Le Feu, su famosa novela publicada en 1916. Como ha mostrado en su estudio Stéphane Audoin-Rouzeau, la prensa de trincheras también muestra la ambigüedad de los sentimientos masculinos respecto de las mujeres y la retaguardia. Símbolo de vida y de libertad, la mujer, su compañera y la madre de sus hijos es para el soldado “la imagen invertida de la guerra”, el arcángel que permite pensar el futuro más allá del horror y la conmoción actuales, la amada de la que habla incesantemente a sus compañeros y la protagonista de sus sueños. Como todos los allegados, como la Madelon de la canción célebre es, hasta cierto punto, la excepción en una población civil que no comprende el sufrimiento de los combatientes y se alimenta de una gran prensa “comecocos”. Pero también puede ser la que da lugar a la “pesadilla de abandono” y alimenta una continua sospecha de infidelidad, la que no se reconoce durante los permisos, a tal punto continúa la vida lejos del frente. A veces la incomprensión conduce a dolorosas rupturas. Mientras que el escritor Roland Dorgeles se arrastraba entre cadáveres, su amante bailaba hasta romperse el tacón…
Una experiencia de libertad
Es verdad que, para las mujeres, la guerra constituye una experiencia de libertad y de responsabilidad sin precedentes. Ante todo, por la valorización del trabajo femenino al servicio de la patria y por la apertura de nuevas oportunidades profesionales, nuevas oportunidades en las que, muchas veces con placer, descubren el manejo de herramientas y de técnicas ignoradas. Por la fuerza de la necesidad, la guerra elimina las barreras que separaban trabajos masculinos y trabajos femeninos y cerraban a las mujeres muchas profesiones superiores. Francia, que en 1914 contaba con unos pocos cientos de médicas y unas decenas de abogadas, permite ejercer la defensa en consejo de guerra a Maria Vérone y Jeanne Chauvin, al tiempo que abre a las chicas la mayor parte de las escuelas de ingenieros (en 1918, la famosa Central) o de comercio. Cubiertas de elogios y recibidas con los brazos abiertos en las escuelas de varones, las maestras ven mejorar su situación y feminizarse la profesión, en fuerte detrimento para los maestros, que temen ser despedidos; alma de las comunidades rurales, a menudo reemplazan al alcalde ausente. Por doquier, las niñas penetran en los bastiones de la alta educación, como la Sorbona u Oxford. Por doquier, los servicios en femenino (café, hotel, comercio, banca, administración), hacen visibles a las mujeres en el espacio público y permiten que, salvo algunos recalcitrantes, se aprecien sus cualidades de honestidad y de discreción. Las francesas Jeanne Tardy y Berthe Milliard llegan a sentarse en gabinetes ministeriales del gobierno Ribot, que se constituye el 20 de marzo de 1917.
La mayor parte de las trabajadoras toman conciencia de sus capacidades y estiman su nueva independencia económica, pues el trabajo de guerra, sobre todo en la fábrica de armamento, es un trabajo bien pagado: el doble o más que los salarios tradicionales en los sectores femeninos. En Francia, lo mismo que en Gran Bretaña, las empleadas domésticas encuentran una ocasión inesperada para dejar atrás magros sueldos y patrones despóticos, con lo que, tras la partida de los alemanes, se acentúa una “crisis de empleadas domésticas” ya notoria antes de la guerra. En determinadas regiones, la competencia obligó a los empleadores del ramo textil a aumentar las tarifas, mientras el impopular leaving certificate trata de evitar la movilidad de las mujeres de una fábrica de armamento a otra, en busca de empleos siempre mejor remunerados. Lejos ya de la política del salario de ayuda —el famoso pin money en inglés y Zuverdienst en alemán—, una trabajadora cualificada del arsenal de Woolwich puede ganar varias libras por semana (hasta seis en el caso de una soldadora), y una conductora de los servicios auxiliares del ejército, cinco libras, que es un buen salario de clase media.
Para las mujeres y las jovencitas de las capas medias y acomodadas, acostumbradas a ejercer actividades de caridad, la guerra es un periodo de intenso trabajo, que pone en peligro los encasillamientos sociales, como la rigidez de la moda o de la sociabilidad burguesas. En Francia, la antigua y codificada práctica del día de recepción cae en desuso ante la obligación de donar unas horas a tal o cual obra o de asistir a las galas de caridad. La muerte del corsé, el acortamiento de las faldas, la simplificación de la indumentaria (del traje de chaqueta a los tejidos de punto creados por Gabrielle Chanel) liberan los cuerpos y facilitan el movimiento. Las muchachas jóvenes salen sin carabina, aterrorizadas y deslumbradas por la libertad de que gozan, como la joven Clara Goldschmith (la futura Clara Malraux), que toma firmemente en sus manos la defensa de la familia contra la xenofobia.
Las más viejas se afilian, como lo hicieran sus madres, en las sociedades de la Cruz Roja u otras sociedades de socorros. Enfermeras y auxiliares descubren en una iniciación extremadamente veloz en las cosas de la vida, el sexo masculino, la carne, las clases populares e incluso los pueblos de color. Denunciado en las primeras semanas del conflicto, el esnobismo del uniforme no resiste mucho tiempo la dureza del trabajo y el contacto cotidiano con el sufrimiento. Desbordados por la llegada de los heridos, los servicios médicos militares reciben miles de voluntarias (en Francia, más 70.000 contra 30.000 asalariadas), les confían la dirección de hospitales auxiliares o la conducción de ambulancias (en este aspecto, Francia es más reticente que Gran Bretaña) e incluso las envían al frente. Allí, en Flandes, en Salónica o en Serbia, la abnegación y el heroísmo se disputan el papel protagonista en numerosas y extraordinarias historias; las víctimas y las condecoradas son innumerables. Mientras Marie Curie, con la colaboración de su hija, impone la radiografía en la cirugía de guerra y pone en circulación una flota de vehículos radiológicos, la prensa británica consagra a las escocesas Mairi Chisholm (dieciocho años en 1914) y a la señora Knocker (futura baronesa de T’ Serclaes), “heroínas de Pervyse”, que afrontan todos los peligros y desafían los atributos de su sexo. Unas motoristas, miembros de una ambulancia volante en Bélgica, instalan por sí solas un puesto de socorro en un pueblo en ruinas, cerca de las trincheras, y se mantienen bajo los obuses hasta que, en 1918, resultan gravemente gaseadas. La prensa medita también esta observación del prefecto de Constanza sobre Elsie Inglis, que muere en Serbia en noviembre de 1917: “No hay que asombrarse de que Inglaterra sea un gran país si sus mujeres son como ésta”.
Encarnación de la abnegación, la enfermera, ángel y madre, es el personaje femenino más alabado de la guerra, tema preferido de artistas de guerra. “La Madre más Grande del Mundo”, dice un cartel norteamericano de la Cruz Roja, cuya imagen —una enfermera gigantesca que mece a un hombre diminuto, inmovilizado en una camilla— pone de relieve una nueva relación entre los sexos. Si bien aprecian la quietud del hospital, los soldados, a menudo de origen popular, se sienten humillados e infantilizados por esas mujeres distantes que descubren sus debilidades y los cuidan como a niños, para terminar por volver a enviarlos al frente. Y los contemporáneos, prisioneros del estereotipo materno parecen evocar, una vez más, el poder de la enfermera cuando hablan obsesivamente de sus imperiosos deseos sexuales.
Más allá de la ideología de posguerra sobre combatientes ascetas y esposas-viudas fieles, sabemos poco de la naturaleza íntima de la guerra, que se filtra en las memorias, las correspondencias o por índices indirectos: el crecimiento de las tasas de ilegitimidad durante el conflicto o la explosión de divorcios al regreso de los soldados. La obsesión de la muerte trastoca la relación con los otros, vuelve al amor más ávido y más banal a la vez, deshace los largos rituales de los noviazgos y tal vez, como sugiere Michelle Perrot, contribuye al “advenimiento de la pareja moderna, centrada en una exigencia de realización individual y ya no patrimonial”. Y también, en la distancia de seres separados y el inmenso “desencuentro de las parejas” (chassécroisé des ménages, expresión del escritor-combatiente Jean Norton Cru); se produce un ascenso del deseo, que se expresa en el nuevo erotismo de las tarjetas postales, de los diarios o de los espectáculos de revista, que muestran libremente el adulterio y otras maneras de amar. Por tanto, ¿hace falta hablar del “diablo en el cuerpo”, como Raymond Radiguet, joven y provocativo poeta de veintiún años, que en 1923 narra la educación sentimental de un adolescente y el adulterio de una esposa de soldado. Como La Garçonne, su novela tiene un éxito escandaloso y reaviva sospechas y rencores, al socaire del miedo que inspira la mujer sola durante la guerra. Y es que en ello residió la novedad esencial: vivir sola, salir sola, asumir sola las responsabilidades familiares, eran, todas ellas, cosas aparentemente imposibles y peligrosas hasta ese momento. Y, a veces, atreverse a escribir, a convertirse en poeta o llevar un diario de guerra, relato tanto de sus esfuerzos como de sus miserias. Por cada uno de los que se han publicado, cuántos han desaparecido, cuántos duermen aún en los graneros pese a que merecerían ser editados, como se hace en Trento con una institución original: los Archivos de la Escritura Popular.
En Italia, la experiencia femenina adopta aires revolucionarios, pues la guerra —Italia entra en guerra del lado de los aliados en abril de 1915— sacude los elementos tradicionales de la identidad femenina: lo privado, el espacio interior, la reproducción. En un país profundamente influido por el código de honor mediterráneo, por la moral y la educación católicas, así como por la escuela de Lombroso, que suministraba argumentos fisiológicos para justificar el encierro de las mujeres. Paola di Cori lee estas transformaciones en las fotografías que, por primera vez, representan a las mujeres en el espacio público, primero, en las tareas asistenciales y luego, cada vez más, en la esfera productiva, mujeres que miran de frente, que tienen las manos activas, el ademán altivo y masculino. Pero los reporteros italianos siguen utilizando todavía la antigua técnica de montaje de fotos que sugiere mujeres encerradas en su singularidad e incapaces de representar al género humano. A diferencia de los ingleses, que, en The Illustrated War News, por ejemplo, no vacilan en mostrar soldados ocupados en faenas del hogar o irónicamente disfrazados de mujer, los italianos sólo hacen fotos de hombres en ocupaciones viriles. Y sus comentarios destacan menos la posibilidad presente y futura de una igualdad entre los sexos que el carácter patológico de la inversión de los roles. A veces, incluso se identifica a la mujer que trabaja con la prostituta.
El peso de la tradición y las ambigüedades de la modernidad
¿Revolución abortada? ¿Libertad condicional? Quisiera mostrar que los cambios producidos por la guerra están limitados, objetiva y subjetivamente, por el mantenimiento del refuerzo de los roles sexuales tradicionales, así como por toda una simbología que otorga al frente y a los combatientes la prioridad económica, social y cultural. También son función de otros muchos parámetros, como el grupo social, la edad, la situación familiar, la nacionalidad y, naturalmente, la historia de cada cual. La unidad de las mujeres que comulgan en el sufrimiento y el servicio es, en todos los países, más un mito patriótico que una realidad, a excepción, quizá, de los primeros meses del conflicto; las expresiones “movilización” y “trabajo de guerra” encubren una gran variedad de experiencias individuales que desalientan la solidaridad. En especial las jovencitas son quienes gozan de un aire de libertad; jóvenes obreras a quienes, fuera de la vigilancia paterna, se ofrecen fantasías y salidas con sus camaradas o que descubren la vida de grupo en los acantonamientos próximos a las grandes fábricas de material bélico; las jóvenes burguesas, también, verdaderamente “transfiguradas” por la aventura intelectual o social; las mismas que, más allá de los meandros de la memoria, ponen su nota de optimismo en una historia oral que se realizará con posterioridad. Y las madres de familia de los medios populares, que son quienes conocen las peores dificultades, particularmente en los Imperios centrales, donde muy pronto la miseria hace estragos.
Debido a la tardía intervención en la guerra (abril de 1917) y a la heterogeneidad de su población, Estados Unidos merece una mención especial. En este país, donde la dilution ya ha comenzado gracias a nuevos métodos de producción, la guerra europea, que detiene la inmigración y acrecienta las exportaciones, provoca una escasez de mano de obra que resulta favorable al empleo femenino, mucho antes del alistamiento, el cual moviliza en total, y por etapas, unos dos millones de hombres. Pero, a diferencia de la Segunda Guerra Mundial, no se produce un crecimiento significativo de la población trabajadora femenina, sino, como máximo, un desplazamiento de empleos que respeta una jerarquía sexual y racial y que se ve acompañada de una movilidad geográfica del sur al norte, de ciudades pequeñas a urbes más grandes. Los puestos que dejan vacantes los hombres blancos en la industria pesada, las oficinas y los transportes son cubiertos por mujeres blancas; mientras, las mujeres negras, que hasta ese momento han sido peones agrícolas o empleadas domésticas, reemplazan a las mujeres blancas o a los hombres negros en los sectores femeninos mal pagados o en los trabajos más pesados. Para ellas, el trabajo de oficina sigue siendo escaso y marcado por la segregación (en la administración, las oficinas están separadas) y los ferrocarriles controlados por el Estado alimentan el sueño de limpiar cristales a buen precio. En el Sur, donde los problemas raciales revelaron la amplitud de las discriminaciones de que era objeto la comunidad negra —amplitud que, en el caso de las mujeres, se ve confirmada por el informe redactado en el verano de 1918 por Alice Dunbar Nelson para el Women’s Committee— las mujeres negras se organizan a iniciativa de la Administración, aprovechando la doble oportunidad de mostrar su patriotismo y de hacer avanzar las reformas sociales. Pero la guerra termina demasiado pronto como para provocar un cambio social importante y más bien, en medio de la intolerancia y el ascenso del conservadurismo, tañe a muerto por los principales sueños de las ideas progresistas que podía encarnar el presidente Wilson.
Pero, ¿no fue el Women’s Committee, creado el 21 de abril de 1916 para responder a la oferta de servicios de las organizaciones feministas, una broma siniestra (“a grim joke”), un recurso para orientar a las mujeres de clase media hacia las actividades inofensivas de lucha contra el derroche de alimentos o de colocación de Liberty Bonds? Esto es lo que pensaba en 1925 la feminista Ida Clarke, a diferencia de su entusiasmo de guerra, entusiasmo mucho más compartido en 1917-1918, cuando el conflicto estaba lejos y, durante mucho tiempo, los hombres fueron ineptos para la lucha. A pesar de la autoridad de su presidenta, Anna Howard Shaw, el Committee tenía poco poder y dinero, y quedaba marginado de la asistencia a la tropa, que monopolizaba la Cruz Roja o la Young Men’s Christian Association (YMCA). Las extranjeras que organizan obras filantrópicas en Europa, y particularmente en Francia, como, por ejemplo, Anne Morgan —fundadora, junto con la señora Murray Dike, del Comité américain pour les régions dévastées, y que aún hoy da nombre a una asociación médico-social de Soisonnais—, tienen el aspecto moderno de mujeres de pelo corto e higiene militante, pero la movilización de las norteamericanas es limitada y obstaculizada. El personal, tan a menudo condecorado, de los American Women’s Hospitals, financiados por el movimiento sufragista, se expatrió a Europa por solidaridad, pero también debido a que sus médicos fueron rechazados por el ejército norteamericano.
Únicamente en 1918, bajo la presión de las organizaciones feministas, surgen las agencias federales para facilitar el empleo de mujeres en la industria. Dirigidas por reformadoras como Mary van Kleeck o la sindicalista Mary Anderson, que pretenden adaptar a las mujeres al trabajo y, al mismo tiempo, protegerlas de la explotación, intentan dar impulso a una política nueva, mezcla de taylorismo y de socialismo, pero chocan con la negativa de los empleadores a mejorar las condiciones de trabajo o a pagar los mismos salarios a obreros y a obreras. La National War Labor Board (NWLB), jurisdicción tripartita (sindicato-gobierno-patronal) creada en abril, dio un paso revolucionario cuando se comprometió con el principio de igual salario para igual trabajo y con el de salario mínimo que permitiera a las mujeres, lo mismo que a los hombres, vivir con buena salud y razonable comodidad (“health and reasonable comfort”). Pero es imposible escapar por completo a la doble herencia de la ley y de la tradición, que rechazan la igualdad sexual en el trabajo, como lo muestran las decisiones, en particular con ocasión de los célebres conflictos de los tranvías de Cleveland y Detroit al día siguiente del armisticio, o incluso su negativa a permitir el ingreso de representantes femeninas en su seno.

Protesta feminista norteamericana. Washington, 1917. Sufragistas manifestándose ante la Casa Blanca.
En realidad, tanto en Europa como en Estados Unidos, asombra la fuerza de la resistencia a la modificación de los roles, la voluntad de encasillar a las mujeres en las funciones de “sustitutas” —o, como dicen los británicos, “only for the duration”— y de auxiliares que se emplean en consonancia con su “naturaleza” inmutable. La noción de “oficio femenino” adquiere una renovada fuerza con su corolario de reductos exclusivos para los hombres, como, entre otros, el notariado, la conducción de trenes o la medicina científica. “A los médicos, la herida; a las enfermeras, los heridos”, dice un médico francés. Si bien es cierto que la guerra, tanto en Francia como en Alemania, valora la profesión de enfermera, oficio en realidad respaldado por un diploma y que se considera honorable para las jóvenes de las capas medias, también lo es que subordina la enfermera al cuerpo médico y exige devoción y discreción a sus postulantes, olvidando, en el modelo inglés que tanto defiende Hanna Hamilton, que la mejora de su estatus es un requisito fundamental de la atención médica. Durante todo el tiempo que se prolongó el conflicto, el taller de costura y las obras de caridad siguen siendo los sitios más enaltecidos de la actividad femenina, donde se hacía punto, hilas y paquetes…
En el campo francés e italiano, en donde la guerra es tan opresiva, las campesinas reemplazan a la vez a los hombres movilizados y a los animales requisados. Su situación es contradictoria, variable según las regiones y la extensión de las explotaciones, que aún no se conoce bien. La división sexual de las tareas y de las responsabilidades estalla hecha añicos: las mujeres aran, siembran, siegan y sulfatan los viñedos; las mujeres descubren la solidaridad entre vecinas, a veces se enfrentan a la administración; en el Piamonte, incluso ocultan a jóvenes desertores. Pero todo esto tiene el precio de un agotamiento diario que no respeta ninguna edad y destruye el sueño de quienes aspiraban a escapar del agobio que impone el trabajo rural. Tanto la mezcla de soldados de distinto origen en el frente, como la circulación de dinero, abre el campo a una modernidad que permite a las mujeres modestas fantasías, pero los ideólogos ruralistas les asignan la tarea de guardianas de las costumbres y de la tierra, y las comunidades velan por el buen comportamiento de todas y cada una. Allí, más que en cualquier otro sitio, las más viejas censuran a las jóvenes y los hermanos se vuelven autoritarios. En la mayor parte de los casos, padres, suegros o parientes colaterales toman el relevo del jefe de familia para dirigir la explotación. Y si hay promoción, ésta corresponde más a hombres jóvenes que a mujeres.
En la fábrica, reclutadas por necesidad, las obreras son objeto de la desconfianza obrera y de la patronal, lo que en verdad no favorece en nada la toma de conciencia personal. En Gran Bretaña, durante toda la guerra, no deja de formularse la pregunta acerca de si el trabajo de las mujeres es un éxito, y a veces la solidaridad masculina demuestra ser más fuerte que la solidaridad de clase. En Alemania, a partir de 1915 se prepara la desmovilización y, del Reichstag al BDF, se defiende el regreso al statu quo anterior en interés de los combatientes y del pueblo. La formación profesional es allí menos frecuente aún que en Francia o que en Inglaterra, donde el gobierno y las grandes empresas ponen en funcionamiento ciertas estructuras de aprendizaje. Para asimilar a estos individuos sin experiencia, toda una organización metódica del trabajo, máquinas automáticas y un espacio racionalizado mantienen a las obreras en sus puestos, bajo la vigilancia de capataces que, a veces, hacen de don Juan. La irreversible evolución crea un contencioso más entre los trabajadores cualificados y las mujeres. Por doquier los industriales “descubren” las cualidades femeninas —seriedad, minuciosidad, aptitud para el trabajo monótono— y emplean obreras para los trabajos mecánicos en serie (talleres de obuses, por ejemplo), para la fabricación de piezas delicadas o para la verificación; es allí donde sus rendimientos son máximos.
Pero no se puede generalizar sobre los fantásticos salarios de guerra, que, además, tienen sus contrapartidas. Por doquier, los trabajos femeninos tradicionales siguen estando mal pagados, en particular el trabajo a domicilio, en donde no se respetan los mínimos (leyes de 1909 en Gran Bretaña y de 1915 en Francia), pese al activismo de mujeres como Jeanne Bouvier o Sylvia Pankhurst. En Alemania, la diferencia entre los salarios masculinos y los femeninos tiende a disminuir, pero el salario real se hunde ante las tiendas vacías. Este último aumenta en Gran Bretaña en la segunda mitad de la guerra; en Francia, a pesar de la inflación, se mantiene. Pero la división del trabajo impone un salario a destajo y hace ilusoria la aplicación del principio de igualdad de salario para igualdad de trabajo. Si los británicos lo adoptan a partir de la primavera de 1915, es para imponerse a los sindicatos en el proceso de dilution; más a menudo aplican los industriales el mínimo de una libra por semana, con el argumento de que el trabajo ha cambiado y de que las mujeres tienen otros ingresos. Salvo excepciones, y no sin una dura lucha, el salario sigue ligado al sexo y es muy inferior para las obreras (como promedio, la mitad). La mayor parte de los sindicatos masculinos sólo presta su apoyo a la reivindicación de “equal pay” para obtener luego fácilmente su despido y se niegan a admitir su afiliación. Masivamente afiliadas (la cuarta parte de la mano de obra a finales de la guerra) a la National Federation of Women Workers, aprenden allí el uso de las armas industriales, pero su federación se ha involucrado en el despido de las dilutees, precio a pagar por la entrada en el mundo de los sindicatos.
En Francia es donde el trabajo femenino parece mejor aceptado y donde es menor la diferencia entre el salario de uno y otro sexo, gracias a las tarifas instituidas por Albert Thomas a partir de enero de 1917. Pero Jean-Louis Robert puede hablar, también en esto, de fracaso de la unión de las mujeres y el movimiento obrero, a pesar de la calma de la primavera de 1917, cuando, tras las huelgas de las modistillas y de las “munitionettes”, llega a su apogeo la imagen de una obrera combativa y militante sindical. Lejos de ampliar las brechas del año 1914, la guerra lleva a un endurecimiento de las posiciones tradicionales de hostilidad al trabajo femenino, de desprecio por la obra dócil, de apego al hogar obrero. Más que las jóvenes, de quienes se espera un cierto dinamismo, y al igual que los inmigrantes expuestos a la persecución xenófoba, las mujeres se ven rechazadas a las zonas marginales de una clase obrera con graves dificultades para aceptar su diversificación. Encerrada en una actitud defensiva (los grandes textos oficiales guardan silencio acerca de esta cuestión tan compleja), forjada su unidad por una moral militante y la fuerza de los oficios, no considera que la presencia femenina en la fábrica pueda renovar la práctica de las relaciones sociales y mejorar el conjunto de la legislación social. Por el contrario, reclama medidas de protección específicas, a riesgo, calculado o no, de eliminarlas de muchas profesiones masculinas.
Como lo subraya Deborah Thom, la guerra tendió más bien a fortalecer el pensamiento social al uso antes de 1914, que, casi de modo consensual, hacía de la trabajadora un ser intrínsecamente débil y de la mujer, ante todo una “madre de la raza”. Es verdad que deja en suspenso todas las leyes sociales, que deteriora las condiciones de trabajo y de vida (suburbios superpoblados, transportes deficientes) y que entrega a las obreras, en particular a las de las fábricas de armamento, a un trabajo intenso y peligroso. Aunque llegan frescas y fuertes —dicen muchos testimonios contemporáneos—, se desgastan en el trabajo de once a doce horas diarias de día o de noche, hasta llegar a perder en ello la salud o la vida.
Nacidos en 1915 en Gran Bretaña, y con posterioridad en Francia y en Alemania, los comités específicos compuestos por funcionarios industriales, sindicalistas, médicos y feministas, favorecen la práctica de una política de welfare, reservada para las obreras de las fábricas de material bélico: mejor distribución del horario de trabajo y creación de dispensarios o guarderías infantiles. Pero esta política, muy mal repartida, incluso en Inglaterra, que pasa por modelo de bienestar obrero (108 guarderías infantiles en 1917), apenas afecta a los pequeños talleres, ignora a menudo el problema crucial del cuidado de los hijos y descuida por completo las múltiples enfermedades profesionales, la más grave de las cuales es la intoxicación con TNT.
En Alemania, donde la prioridad recae en la intensificación de la producción, los resultados, pese a la intervención personal de la emperatriz Augusta Viktoria, son limitados. Afectan principalmente al reclutamiento para las grandes empresas de Fabrikpflegerinnen, que es el equivalente a las Lady welfare supervisors británicas, reclutadas todas ellas en la clase media, incluso en las organizaciones feministas, y que se encargan del bienestar dentro y fuera de la fábrica. Esta intervención de mujer a mujer —preludio de un ordenamiento sexuado del personal y de una nueva profesión de lo social— que aspira a imponer, en un sueño de concordia social y de solidaridad sexual, un modelo de comportamiento middle class, es impopular a pesar de los beneficios que procura; no es raro que haya huelgas contra el envío de una lady demasiado intolerante, como Lilian Barker de Woolwich, que se lanza a una persecución de los sombreros y el maquillaje, o que instaura cursos de educación moral. En Francia, el injerto de superintendentes femeninas de fábrica es tardío y difícil, pero será más duradero y estará inspirado en modelos pronatalistas. Este país, que quiere al mismo tiempo obuses e hijos, se esfuerza en conciliar el trabajo y la maternidad, sobre todo mediante la ley Engerand de agosto de 1917 sobre las salas de lactancia. Todo eso antes de hacer sonar, un año después, la sirena del repoblamiento y del deber de procreación.
El núcleo duro de la familia
Más que nunca, la sexualidad femenina se halla encerrada en la alternativa madre o prostituta, y más que nunca también, se considera a la familia célula fundamental de la sociedad. Mientras que en Estados Unidos el peligro sexual es objeto de extraordinarias atenciones, en Europa, la doble moral que tanto denuncian las feministas —es cierto que mucho más en nombre de un ideal de pureza que de una liberación de la sexualidad— adquiere acentos patrióticos. Por un lado, la denuncia de la inmoralidad femenina elevada al rango de traición y las prácticas coercitivas; por otro lado, la organización de una prostitución que se considera como el reposo que el guerrero necesita y merece. “Unpatriotische Frauen”, las esposas infieles, más abundantes en el campo, sobre todo las que tienen relaciones con los prisioneros de guerra, son puestas en la picota por la prensa y castigadas con multas o con la cárcel. En Francia, la severidad de los tribunales para con la mujer adúltera corre pareja con su indulgencia para con el soldado convicto de asesinato de la esposa culpable. Las mujeres británicas son vigiladas como niños, se las amenaza con retirarles la asignación en caso de “indignidad”, e incluso, en ciertas ciudades cercanas a zonas militares, se les prohíbe entrar en bares o salir por la noche. Celosas auxiliares de las autoridades, las Women’s Police Patrols tienen la misión de proteger de la prostitución a la juventud, y particularmente a las niñas, y detentan el derecho de entrar en las casas para comprobar si están acostadas (!).
En el país de Josephine Butler, las autoridades militares sugieren, en vano, resucitar la famosa Contagious Diseases Act (Ley sobre enfermedades contagiosas) y su control draconiano sobre las prostitutas. En todas partes, la guerra pone fin al proceso de ruptura del encierro que describe Alain Corbin en Francia, reactiva las casas de tolerancia y los burdeles militares —en Italia, los “casini del soldato”—, y somete a sus regentes al cumplimiento riguroso de los reglamentos. A las prostitutas se les entrega una cartilla, se las somete a incesantes controles médicos y se las hospitaliza a la fuerza. A la clandestina se la persigue, a veces bajo sospecha de espionaje o de ¡práctica de la guerra bacteriológica! Más que la tuberculosis, lo que obsesiona a todos los espíritus es el temor a las enfermedades venéreas, que destruyen el poder de los ejércitos y la fuerza de la raza. Ello da lugar a la creación de centros venereológicos donde se informa a los soldados acerca de los medios profilácticos y se los vigila cada vez más sistemáticamente. Sin embargo, ¡cuántas esposas fueron infectadas por sus maridos militares de permiso!
¿Hay que creer a Colette, la escritora, que descubre en los soldados del frente una “crisis de orfandad” que les lleva a preferir en el matrimonio antes una madre que una amante? La historia balbucea al dibujar los contornos de las esperas mutuas de los sexos, pero tal vez podría también encontrar en la degradación del lenguaje sexual (que se observe en periódicos, en espectáculos o en la correspondencia) el índice de una desvalorización de la imagen femenina.
No cabe duda de que en la historia de la familia es donde mejor se revela el carácter dialéctico y contradictorio del conflicto que perturba la vida familiar con la movilización militar e industrial y libera al mismo tiempo fuerzas políticas y sociales capaces de restaurarla en su forma antigua. En ausencia de hombres, el Estado-padre se vuelve a la vez represivo y proveedor de alimento, garantía de las prerrogativas del jefe de familia. En Francia, donde la mujer casada sigue siendo jurídicamente menor de edad, la ley del 3 de julio de 1915 le permite ejercer la autoridad paterna y actuar sin autorización del marido, con la única condición de que la justicia haya comprobado la urgencia del caso y la imposibilidad, para su cónyuge movilizado, de cumplir con su misión. Por otra parte, la muerte de los hombres y la caída de la natalidad estimulan la causa de movimientos hasta ese momento minoritarios —natalistas, familiaristas o higienistas—, que favorecen la implantación de una política demográfica basada en la represión y en la incentivación y una política médico-social a favor de las madres y los niños. Es asombrosa la similitud por encima de las diferencias cronológicas y de las tonalidades distintas según los Estados.
En el caso de Francia, donde el malthusianismo es antiguo y la legislación social está muy atrasada, Marie-Monique Huss ve en la tarjeta postal de guerra —con sus infinitas variaciones sobre el amor, el hijo y la familia—la expresión de una cultura nacional centrada en el niño y la prueba de una popularización de la ideología natalista. Las medidas efectivas, tan agriamente discutidas durante la guerra, verán la luz más adelante, comenzando por las famosas leyes de 1920 y 1923 que reprimen toda propaganda anticonceptiva y criminalizan el aborto. En Gran Bretaña, da sus frutos la rápida expansión del campo de protección materna e infantil que se promovió en la década anterior, a saber: la duplicación de los centros de protección materna e infantil; la adopción, en 1918, de la Maternal and Child Welfare Act, y la creación, en 1919, de un Ministerio de Salud. Pero su retórica es cada vez más hostil al trabajo femenino, a menudo culpabilizante para las mujeres (como en los National Baby Weeks Campaigns de 1917-1918), y está obsesionada con la desproporción de los sexos: a los varones es a quienes hay que salvar. En Alemania, donde la drástica caída de la natalidad conjuga los efectos de la guerra y del reciente cambio de comportamiento demográfico, el Estado, influido por corrientes contradictorias, reacciona mediante un programa de salud pública de gran alcance, aunque de escasa aplicación, y mediante la creciente represión de la anticoncepción y del aborto, que en adelante debe ser sometido a la notificación médica, en virtud de una ley de julio de 1918, de acusado carácter represivo. Esta política se practica en nombre de la Volksgemeinschart, ideología organicista en que las familias constituyen las células vivas del Volk, la restricción de los nacimientos es una enfermedad peligrosa y la maternidad una función social vital que no se puede dejar al arbitrio individual. Los socialdemócratas, lo mismo que las feministas del BDF, se levantan contra esta injerencia del Estado en la vida privada, pero describen la maternidad como el deber natural o el supremo desarrollo de la mujer, e incluso como el servicio activo que las mujeres rinden a la patria. Verdadero “impuesto de sangre” que establece en este mundo, según los más extremistas, una justicia elemental entre los sexos.
Por el momento, el pronatalismo no consigue cambiar los comportamientos demográficos, pues las parejas saben controlar los nacimientos mediante el coitus interruptus o el aborto, práctica popular que la persecución de los métodos anticonceptivos no hace sino reforzar. A menudo las mujeres, que son las primeras y principales afectadas, no tienen ni entusiasmo ni valor para procrear en las condiciones que la guerra impone.
El impuesto de la sangre
¿Está fuera de lugar hablar de los sufrimientos femeninos cuando no está en juego la muerte? En su poema titulado “Non Combattant”, la inglesa Cicely Hamilton expresa el dilema de una “boca ociosa” (“idle mouth”). Otras, la culpabilidad de sobrevivir al sacrificio de los hombres, la vergüenza de vivir porque ellos mueren.
Muerte de los hombres, dolor de las mujeres
Aun sin tener en cuenta la guerra civil ni la guerra de intervención en Rusia, las bajas militares son considerables: cerca de 9 millones de muertos. Pronto, la guerra ligera y alegre se ha convertido en una horrible carnicería. Un país pequeño como Serbia pierde la cuarta parte de sus movilizados; Francia, 1,3 millones de hombres, esto es, el 10 por 100 de su población activa masculina y más del 3 por 100 de su población; Alemania, cerca del 3 por 100, con 1,8 millones de hombres, e Italia y el Reino Unido, alrededor de 750.000 soldados cada uno. En su mayor parte se trata de hombres jóvenes. Mientras que las operaciones militares diezman los combatientes, respetan a los civiles, al menos en el oeste, donde el frente se estabiliza rápidamente. En la retaguardia, la guerra sólo se hace sentir en algunos bombardeos, apenas más mortíferos que las explosiones de fábricas de guerra, cuyo balance se oculta con todo cuidado a la población: 1.500 víctimas en Gran Bretaña, 600 en París, sobre todo en 1918, donde los disparos de la famosa Grosse Bertha sustituyeron los raids de los Gotha. Entonces, los parisinos, como en 1914, vuelven a coger el camino del éxodo, atemorizados por el avance de las tropas alemanas.
Detrás de estas cifras es menester imaginarse, infinitamente repetidas, las despedidas desgarradoras, la soledad afectiva y sexual, las dificultades materiales, la espera angustiada del correo y la conmoción de la noticia: un marido, un hijo, un amante, herido, prisionero, desaparecido o “muerto en el campo del honor”. La cohorte de mujeres ensombrecidas con largos velos de luto infunde tristeza en los lugares públicos. Cada país tiene sus referencias históricas o literarias, a veces religiosas, para pedir a sus mujeres que sean “sembradoras de valor”, que ofrezcan con entereza hijos o esposos y que acepten estoicamente la muerte de éstos. Conocida por sus escritos, filtrándose a través de los informes de la policía o de los reproches de los patriotas, su actitud no siempre se ciñe a estos requerimientos, en la medida en que el paso del tiempo vuelve a la vez banal e insoportable la muerte. Si bien la opinión acusa a las madres de ser incapaces de sustituir la autoridad viril y de educar mal a los hijos varones, el dolor materno por la muerte de un hijo no es objeto de polémica alguna. Por el contrario, sobre las viudas (unas 600.000 en Francia y en Alemania; más de 200.000 en Gran Bretaña) recae la sospecha de ser “viudas alegres” antes que heroínas de la fidelidad y sacrificadas al recuerdo. Para valorar este modelo cristiano y patriótico y evitar al mismo tiempo la “ley de los soldados enchufados en la retaguardia”, el escritor francés Maurice Barrès propone “el sufragio de los muertos”, que delegaría en la viuda la voz del difunto. En Alemania, donde las feministas no consiguen un salario social para las madres, la práctica asistencial se realiza en nombre de los hijos de los héroes, como una deuda para con los soldados, y se acompaña de un severo control sobre su vida privada. Aun cuando las leyes de 1919 (Francia) y 1920 (Alemania) mejoran tardíamente su situación material, a menudo desastrosa, las viudas, como destaca Karin Hausen, siguen siendo víctimas de la guerra demasiado ignoradas.
Y además, víctimas de muy desigual distribución. La desigualdad ante la muerte de los hombres trasciende la desigualdad social. Efectivamente, las mujeres de mineros, conductores de tren u otros especializados se benefician del insólito privilegio de tener el marido lejos del campo de batalla, y a menudo incluso junto a ellas. En Francia, las clases más afectadas son, por una parte, el campesinado, que forma l
