Prefacio
Fue a mediados de agosto de 1992, durante mi primer viaje a Irlanda. Había viajado por primera vez a la isla tras recorrer España y Francia en coche para embarcar en El Havre en lo que sería, también, mi primera singladura en barco y, asimismo, mi primera vivencia de una tormenta en el Atlántico. Mi recorrido en coche por Éire, con apenas una pequeña guía de viajes, en esos tiempos en los que internet ni siquiera había asomado a nuestras vidas, me llevó, por casualidad, a una pequeña península del oeste llamada Curraun.
Fue allí donde, sin saber por qué, percibí la irremediable necesidad de detener el coche. Vagué por las inmediaciones sin conocer muy bien el sentido de aquella necesidad. Poco después, encontré una modesta placa en el suelo donde se indicaba que en aquel lugar había naufragado la San Nicolás Prodanela, una nao ragusea perteneciente a la armada de 1588. Más adelante me enteré de que, de sus casi trescientos tripulantes, únicamente sobrevivieron entre sesenta y noventa hombres, de los cuales casi todos (a excepción de menos de una decena) fueron inmediatamente asesinados al conseguir llegar a tierra.
Sentí una llamada de atención tan clara, un grito por parte de toda aquella gente que, inmediatamente tras mi vuelta a España, comencé a interesarme por su historia. Compré mi primer libro sobre la armada de 1588 (La Gran Armada, de Colin Martin y Geoffrey Parker, en su primera edición en castellano, de 1988) y tan honda fue mi impresión al conocer la epopeya que decidí volver a aquel mismo sitio al año siguiente. Durante el segundo viaje a ese mismo lugar (al que he vuelto en numerosísimas ocasiones) y después de él, los acontecimientos, las casualidades y los guiños que percibía, así como los referentes a este suceso histórico, acabaron por hacer del estudio de tal odisea uno de los mayores estímulos de mi vida y, por qué no, convertir en uno de mis objetivos fundamentales el hacerme portavoz de todos aquellos hombres casi olvidados para volver a traerlos a nuestra memoria.
Todo se precipitó en 2014 cuando conocí la existencia de un grupo de personas en Irlanda que trabajaba con ese mismo objetivo, en esa misma misión, que hasta entonces yo consideraba secreta y solitaria. Fue a partir de ese momento cuando empecé a colaborar con la Spanish Armada Ireland y todo resultó una vorágine. Desde 2016, y previa autorización del jefe del Estado Mayor de la Armada, los buques de la Armada que han viajado a Irlanda para conmemorar los naufragios de la Juliana, la Santa María de Visón y la Lavia han arbolado en su pabellón una réplica de la bandera que izaron en su día los navíos de la armada de 1588, que obsequiamos a la Armada. En 2017 y tras mis estudios en marketing digital, creamos Armadainvencible.org, la plataforma para el estudio y la divulgación de la armada de 1588. El éxito casi inmediato de esta iniciativa, apoyada por un trabajo de difusión en las redes sociales, permitió que el proyecto de la Spanish Armada Ireland y, por consiguiente, la historia de esta armada multiplicase su visibilidad en España. Ese mismo año, esta asociación irlandesa, tras años de infatigable labor, fue reconocida con la Placa de Isabel la Católica otorgada por el rey Felipe VI. En junio de 2022 colaboramos con la Portballintrae Heritage Society en el homenaje a los náufragos de la Girona de dicha localidad (Irlanda del Norte) donde la Ulster Orchestra estrenó la obra No tengo más que darte, compuesta por Manuel Comesaña (encargada y sufragada por Armadainvencible.org) y que se interpretó en las inmediaciones del lugar de su naufragio, donde también se inauguró un monumento en su honor. Nuestro trabajo de divulgación nos permitió, además, conocer a algunos autores, historiadores y arqueólogos de prestigio nacional e internacional (e incluso entablar amistad con ellos), como Colin Martin, Magdalena de Pazzis Pi Corrales, Renato Gianni Ridella, Fionbarr Moore, Karl Bardy, Declan Downey, Connie Kelleher, René Vermeir, Miguel San Claudio, Antonio Luis Gómez Beltrán y Luis Gorrochategui. (A estos dos últimos debemos el haber despertado en nosotros, independientemente de nuestra tarea como divulgadores, el deseo de ejercer como investigadores). Nuestra labor de ayuda a estas asociaciones y estamentos irlandeses preocupados por salvaguardar este patrimonio continúa hasta hoy.
Introducción
Muy poco se ha escrito en la historiografía acerca de los prisioneros de la armada de 1588 que fueron apresados en Francia, los Países Bajos, Escocia, Inglaterra e Irlanda. Apenas mencionados en la bibliografía española, el drama vivido por esos hombres, del que, hasta el presente, solo existía un monográfico realizado por la historiadora Paula Martin de la Universidad de Exeter (y referido únicamente a los prisioneros de la Nuestra Señora del Rosario y la San Pedro el mayor), merecía una revisión más profunda. Hasta ahora, a excepción de los casos más sonados de estos prisioneros (como el caso del capitán Pedro de Valdés), las tremendas vivencias sufridas por muchos de estos hombres únicamente han quedado relegadas a algunos comentarios dentro de los grandes estudios sobre la historia de esta armada, pasando de puntillas sobre hechos tan execrables como las matanzas que se produjeron en las cercanías del castillo de Alliagh de los tripulantes de la Trinidad Valenzera, los cientos de náufragos asesinados en la ciudad de Galway u otros tantos que lo fueron en el noroeste de Irlanda.
En este estudio nos centraremos fundamentalmente en los prisioneros, y dejaremos en segundo plano a los náufragos que fallecieron en el mar, a los hombres que consiguieron escapar a las tropas inglesas para volver por sus medios a España o a los que decidieron quedarse en Irlanda o Escocia (aunque estos últimos suman un número muy escaso); sin embargo, como es lógico, todos ellos aparecerán en nuestro relato. Intentaremos poner en contexto las situaciones a las que se vieron abocados a la hora de convertirse en prisioneros de la Corona inglesa y las circunstancias que rodearon el desenlace de su presidio, que como veremos fueron de lo más dispares, tanto en lo que respecta al trato recibido después de su captura, como a los lugares donde fueron retenidos y, sobre todo, al final de su cautiverio, para unos feliz y para muchos otros trágico. En aras de estructurar el presente trabajo hemos dividido a estos prisioneros según el lugar donde fueron capturados y encarcelados por primera vez, es decir, en Francia, Inglaterra, los Países Bajos, Escocia o Irlanda. De todos modos, como veremos, esta estructura se desvanece debido al tránsito relativamente frecuente entre unos y otros lugares, que se produjo tanto en el caso de los más poderosos (nobles, capitanes y otros), como también, y por otras circunstancias, en el de soldados y marineros. Así pues, veremos presos de Irlanda trasladados a Inglaterra o bien presos de Inglaterra o Escocia que finalizaron su presidio en los Países Bajos. Siempre que nos ha sido posible, los hemos clasificado por navío, aunque también existen algunas lagunas que los documentos consultados no han podido dirimir. Así, por ejemplo, en los navíos que rescataron a compañeros en situación precaria (salvo que un testimonio directo documentado haya podido esclarecer algunos de estos casos), nos enfrentaremos a grupos de presos en los que se unen dotaciones de varias embarcaciones de esta armada.
Liberados, fugados o asesinados fríamente, los vestigios documentales nos permitirán poner nombre a muchas de estas personas y conocer el calvario al que fueron sometidas para así mantener vivos su memoria y su legado, que permanecen dormidos en playas, casas, graneros, castillos, leyendas locales y, lamentablemente, también en fosas comunes, a la espera de que nuestra sociedad los redescubra para brindarles el recuerdo que se merecen. En este trabajo hemos recuperado a casi tres mil prisioneros a los que hemos podido documentar y conoceremos, entre ellos, a más de setecientos con sus nombres y apellidos que esperaban pacientemente el rescate de la historiografía.
El episodio de la armada de 1588, que quizá haya sido uno de los mayores fiascos de nuestra historia, y que se organizó como una causa justa con la que aplacar la creciente impertinencia del reino de Inglaterra hacia los intereses de la monarquía española, ha generado una ingente cantidad de estudios y literatura que se ha debatido siempre entre la exacerbada posición inglesa, que lo valora como un hito fundacional de su identidad como país, y la resignada historiografía española. Esta última, aun demostrando que la fracasada expedición regresó a puerto con un 75 por ciento de su capacidad y que solo un año después devolvió, con creces, su venganza mediante la Contra Armada, ha tenido que luchar contra la enquistada creencia de un fracaso estrepitoso de esta operación militar española. Nada más lejos de la realidad; el episodio de la Armada Invencible fue tan solo uno más de los acaecidos en la guerra anglo-española que se libró desde 1580 hasta 1604 y que finalizó, además, con la firma de ambos contendientes del Tratado de Londres de 1604, altamente beneficioso para los intereses españoles.
Durante las escaramuzas de las escuadras que acontecieron en el canal de la Mancha desde el 31 de julio hasta el 8 de agosto de 1588 (cuando se desarrolla la batalla de Gravelinas), se produjeron las primeras detenciones masivas de marinos y soldados españoles con la rendición de la Nuestra Señora del Rosario de don Pedro de Valdés a Francis Drake y el abandono de la San Salvador. Esta lista se incrementaría algunos días más tarde tras el episodio de los ataques con brulotes del 7 al 8 de agosto a la armada que permanecía anclada en Calais. La San Lorenzo, el San Mateo, el San Antonio de Padua y el San Felipe, por motivos que veremos más tarde, acabaron siendo apresadas por las fuerzas enemigas anglo-holandesas. Más tarde, durante la vuelta de la armada a España rodeando las islas británicas, los naufragios o las contingencias de al menos veintitrés naves acabarían por incrementar la lista de prisioneros de esta armada hasta el número aproximado ya citado de tres mil.
La preocupación de Felipe II y el duque de Parma por el rescate de náufragos y prisioneros se hizo palpable desde el primer momento. La cantidad de apellidos notables que había entre ellos, pero también el carácter estrictamente humanitario propio de la gran fe del Rey, movilizaron desde los primeros momentos un gran operativo para buscar presos ingleses en las cárceles españolas que pudieran intercambiarse, y se hizo uso de la vía diplomática, además de la discreta labor de los servicios de espionaje, para lograr la liberación de tantos presos como fue posible.
De parte de los capitanes, alféreces y soldados que se hallan presos en la villa de Doydra [Drogheda] en Irlanda, y de otros que lo están en otras partes de Inglaterra, se me ha representado su cautiverio y lo que en él padecen; suplicándome os mandase escribir que apresures su libertad. Y aunque sé que lo hacéis cuanto se puede, todavía por la razón que hay para que así se haga sin alzar la mano dello, os he querido encargar (como lo hago) uséis de la diligencia posible en procurar con toda brevedad la libertad de los españoles que están presos en la dicha villa de Doydrat y de los demás que hubiere en Inglaterra, como es justo, habiéndose perdido en el servicio de Dios y nuestro.[1]
FELIPE II al duque de Parma, diciembre de 1589
Por su parte, Isabel I, a diferencia de lo sucedido en Irlanda con sus subordinados FitzWilliam y Bingham,[2] no demostró una especial inquina contra los presos españoles en Inglaterra. Si bien estos sufrieron, en su mayor parte, un durísimo cautiverio en el que recibieron la alimentación mínima para su mera subsistencia, lo cierto es que fueron muy pocos los fallecidos durante su confinamiento en Inglaterra. Los rescates pagados por ellos fueron, por decirlo así, justos, y la monarca incluso llegó a tener algunos gestos de nobleza hacia ellos. Así, por ejemplo, permitió la recalada en Inglaterra de barcos con soldados y marineros españoles que iban de regreso a España después de haber logrado llegar a Escocia tras sus naufragios. También, al conocer la tremenda represión a la que sus subordinados estaban sometiendo a los náufragos de esta armada en Irlanda, llegó a promulgar un indulto para todos aquellos náufragos que se entregasen a las autoridades, al que se acogieron entre setenta y ochenta marineros y soldados españoles.[3] Por otro lado, y de manera totalmente interesada, aceleró los trámites para que los prisioneros de la San Pedro el mayor, como veremos después, pasasen rápidamente de su condición de presos de guerra a la de náufragos para así hacerlos depender de la caridad y no de la Corona inglesa en un alarde, una vez más, de su cicatería.
Parecida situación vivieron los presos que pasaron su cautiverio en cárceles holandesas y zelandesas, ya que no existe constancia del fallecimiento de ninguno de ellos y todos pudieron alcanzar la libertad mediante canjes o rescates en metálico, la mayor parte de ellos desembolsados en una cantidad justa para el valor que se asignaba a la libertad en la época estudiada.
Sin embargo, la situación de las fuerzas inglesas en Irlanda determinó, como en ningún otro lugar, el trágico final de estos prisioneros de la Armada. Con menos de mil efectivos ingleses en la isla, mal alimentados y peor armados[4] (otras fuentes los cifran en menos de ochocientos),[5] los ingleses eran incapaces de gestionar la llegada a la costa de cientos de hombres supervivientes de los naufragios de la Armada. El temor a los posibles enfrentamientos entre tropas españolas aliadas y clanes locales contra las escasas fuerzas inglesas en Irlanda y el miedo, incluso, a que estos náufragos perteneciesen a una «segunda armada» enviada por Felipe II, propició que el lord diputado William FitzWilliam y el lord presidente Richard Bingham ordenaran una ejecución sistemática de todos los prisioneros.
Los hombres de cuyos navíos perecieron todos en la mar, salvo un total de 1.100 o más, que pasamos a cuchillo, entre los cuales había varios caballeros de calidad y servicio, como capitanes, maestres de navíos, tenientes, alféreces de avisos, otros oficiales inferiores y caballeros jóvenes, en número de unos cincuenta, cuyos nombres en su mayor parte he escrito en una lista y he enviado la misma a Vuestra Majestad, que se esperó para pasarlos a cuchillo hasta recibir orden del Lord diputado de cómo proceder con ellos.[6]
R. BINGHAM a Isabel I, 13 de diciembre de 1588
Escocia, país neutral en el conflicto, fue la tabla de salvación para muchos de los náufragos y fugitivos españoles provenientes de Irlanda. Jacobo VI hizo todo lo posible para ayudar a los españoles a regresar a su país o a dirigirse al Flandes español. Si bien Jacobo optó en ocasiones por una posición algo ambigua por la presión de algunos políticos proingleses de su Parlamento, lo cierto es que su actuación fue determinante para la salvación de cientos de marinos y soldados españoles. Tan solo la situación de los hombres de la San Juan de Sicilia, que como veremos fueron retenidos por el jefe de un clan local de la isla de Mull, escapó a su control. El duque de Parma, de hecho, agradeció al Rey de Escocia su ayuda en varias ocasiones.
Determinante para los prisioneros fue también su nacionalidad. Genoveses, venecianos, raguseos, alemanes, franceses, flamencos o portugueses fueron, en muchas ocasiones, puestos en libertad de inmediato, bien sin condiciones, bien con la promesa de alistarse en la Marina inglesa o, incluso, en el caso de los portugueses, de ayudar en el futuro intento de coronar en 1589 al pretendiente (y refugiado en Londres) Antonio de Portugal, prior de Crato, algo que, como sabemos, acabó con el desastre de la Contra Armada inglesa, la mayor victoria española sobre Inglaterra (cuyo estudioso más importante ha sido Luis Gorrochategui Santos).[7]
Muchas veces el trato recibido dependía de la familia, el apellido, el rango o el estatus social. Aunque no de manera generalizada, los prisioneros considerados «hombres principales» pudieron sobrellevar su cautiverio mucho mejor que los pobres marinos y soldados. Las ventajosas condiciones de su rendición (como en el caso de Pedro de Valdés) permitieron al menos a tres decenas de nobles y capitanes pasar su cautiverio en casas de gentilhombres ingleses de su igual categoría social, de manera que, en muchos casos, se produjo un acercamiento personal o al menos un respeto mutuo basado en el trato entre iguales. Este relajamiento en sus relaciones bien pudo ser empleado por los ingleses para aprender y conocer más acerca de las tácticas de guerra españolas, una situación parecida a la que vivieron entre 1942 y 1945 varios altos mandos alemanes durante su cautiverio en la lujosa residencia de Trent Park House, donde los infiltrados pudieron congeniar con ellos con el objeto de conocer y descubrir sus planes.
«Todo hombre tiene su precio, lo que hace falta es saber cuál es». Esta célebre frase, atribuida al político francés del siglo XVIII Joseph Fouché, se podría aplicar perfectamente a los rescates ofrecidos o pagados por cada uno de los prisioneros de esta armada. El precio de la libertad fue tan dispar como 10 libras para un soldado o las 1.650 que pagó Alonso de Luzón, maestre del tercio de Nápoles. Es significativo el caso de los prisioneros de la San Pedro el mayor: mientras sus sueldos mensuales oscilaban desde los 4 ducados (unos 900 euros) para un soldado ordinario hasta los 40 ducados (unos 8.500 euros) para un capitán como Diego de Aller, estos hombres ofrecieron por su libertad unos rescates que variaron entre 1,5 y 4 veces el valor de su paga mensual (algo que nos parece a todas luces una cantidad exigua para pagar su excarcelación).
En fecha tan temprana como el 2 de octubre de 1588, Isabel I acordó aceptar un rescate para los presos de guerra ordinarios, pagos que se ordenó realizar el 2 y el 17 de marzo de 1589. En mayo de ese año, el Gobierno inglés ya había aceptado del duque de Parma el importe necesario para liberar a quinientos hombres.[8]
Si fijamos la equivalencia de la libra de 1590 respecto a la libra actual en unos 270 euros,[9] los rescates de la gran mayor parte de soldados y marineros tuvieron un coste para las arcas de Felipe II de unos 8.700 euros por hombre (precio que se satisfizo tanto para los prisioneros de Inglaterra como los de los Países Bajos). Sin embargo, con esta misma equivalencia entre libras, el rescate de un hombre principal pudo alcanzar el importe actual de hasta medio millón de euros. En ocasiones, la usura de algunos nobles ingleses, como en el caso de William Courtney, llevó a pedir por la libertad de los hombres que retenían una cantidad de hasta cinco veces el valor estimado por cada uno de sus prisioneros, algo que no hizo más que prolongar desesperadamente las negociaciones y, por ende, su cautiverio. En cualquier caso, como veremos a continuación y con la dramática salvedad de lo sucedido en Irlanda y de algunos casos puntuales, la liberación de muchos de los soldados y marineros se produjo de manera relativamente pronta y sin excesivas dificultades.
Para la elaboración de este ensayo se ha utilizado una amplia bibliografía, tanto española como inglesa, que se detalla en el apartado correspondiente. Sin embargo, no queremos dejar de reseñar en esta introducción la fundamental aportación de los dos grandes pilares en los que se ha asentado nuestra investigación. Por un lado, la magna obra La Batalla del Mar Océano, un gran corpus documental de cinco volúmenes y diez tomos donde se transcriben más de siete mil documentos originales referentes a las hostilidades entre España e Inglaterra durante los años de 1568 a 1604, centrados en la Armada Invencible de Felipe II. Esta colosal creación, debida a Jorge Calvar Gross, José Ignacio González-Aller Hierro, Marcelino de Dueñas Fontán y María del Campo Mérida Valverde, publicada por el Ministerio de Defensa-Armada Española entre 1988 y 2015, constituye, por sí sola y sin ninguna duda, la obra esencial para el conocimiento detallado de cada uno de los aspectos de la empresa de Inglaterra. Por el otro, el documento inédito referenciado en este ensayo como «Lista de Charles Longin».[10] Este increíble legajo que hemos transcrito por entero gracias a una copia digital que nos proporcionó el doctor René Vermeir (al que debemos agradecer su absoluta y desinteresada colaboración en este proyecto), profesor de la Universidad de Gante, constituye una lista pormenorizada de cuatrocientos noventa y dos prisioneros pertenecientes a la Gran Armada que fueron liberados en los Países Bajos. El original, descubierto en 2006 por la archivera Stefanie Audenaert cuando realizaba el inventario del archivo de la familia Bergeyck, preservado en el castillo de Cortewalle en la ciudad de Beveren (Bélgica), fue estudiado preliminarmente por dicho académico, al que debemos su conocimiento.[11]
Charles Longin, comisario ordinario a las órdenes del duque de Parma, fue el encargado de pagar los rescates y los gastos adicionales generados por estos casi quinientos hombres, así como de sufragar el dispositivo para su liberación. Dado que Longin murió sin descendencia en 1615, fue su hermana Catharina quien recibió su herencia. Esta era esposa de Johannes de Visscher, cuya familia acabaría emparentada con los condes de Bergeyck y en cuyo archivo fue encontrado este legajo de ciento cuarenta páginas sin datar.
A finales de 1589, Longin navegó en una expedición de tres embarcaciones desde Dunkerque hasta Dartmouth, donde se hizo cargo de estos prisioneros para trasladarlos en esos mismos tres navíos desde Dartmouth a España a primeros de febrero de 1590, y que llegaron a los puertos de La Coruña y El Ferrol semanas más tarde. La lista incluye no solo los nombres y apellidos de los prisioneros que viajaban con él, sino que su elaborado detalle incorpora también, en muchos casos, su lugar de procedencia, nombre del padre, oficio en la armada, compañía, navío en el que iba embarcado, rescate pagado e importe de la manutención durante su cautiverio, las prendas de ropa entregadas para dignificar su presencia a su vuelta a casa y sus características físicas; este último aspecto resultó fundamental para conocer que el listado se elaboró en presencia de los recién liberados. Esta última afirmación queda refrendada por el hecho de que, en muchas ocasiones, los hombres que se acercan para inscribirse tienen aspectos en común como su lugar de nacimiento, su pertenencia a uno u otro navío, su edad o incluso su parentesco. Así, es fácil ver como los niños de edades similares, los vecinos de un determinado pueblo, los hermanos o primos quedan registrados de manera consecutiva, lo que nos transmite a la perfección la conmovedora imagen de una cola organizada para alistarse y en la que cada uno espera su turno con un compañero al que le une una afinidad concreta. Lo detallado de la relación responde, muy posiblemente, al deseo de Longin de cuidarse ante Parma de que todo el importe gastado se justificara, efectivamente, en la liberación de dichos prisioneros y, aunque todos los datos aparecerán transcritos en el listado de prisioneros de este ensayo, nos hemos permitido citar textualmente uno de los registros para que el lector pueda imaginar con claridad el contenido de dicha lista.
El Alferez emanuel Martin Olivales de la compª de Don vasco de silva del tercio de Don Agustin mexia de valverde de Badajoz de 25 años pequenno de cuerpo y flacco va por cabeça de la gente por ser maltratado y cabeça le he hecho un vestido. Por su rescate 17 de 3 florines que son 51 florines. Por 391 dias de comida a 5 placcas al dia des de 4 Doctubre 1588 hasta 29 inclusive del mes Doctubre 1589. Ha recebido capatos 1 florin, medias xv placcas, una camisa 1 flor x placcas, un jubon ÿ flor xv placcas, Ropilla y gregescos panno y en forro xÿ florines, la hechura ÿ florines.[12]
Así pues, con los cimientos de la colosal La Batalla del Mar Océano y el documento de la «Lista de Charles Longin» se fraguó la formidable búsqueda de los prisioneros de la Armada Invencible.
1
¿Por qué «los prisioneros de la Armada Invencible» y no «los prisioneros de la Gran y Felicísima Armada»?
Sencillamente, porque a esa armada nunca se la denominó «Gran y Felicísima Armada», mientras que en España se la ha conocido como «Armada Invencible», al menos, durante los últimos ciento treinta y cinco años.
Se atribuye a William Cecil (1520-1598), barón de Burghley, consejero y mano derecha de Isabel I, el mofarse de la Armada con dicho término en un tratado propagandístico. La Copia de una carta mandada desde Inglaterra a don Bernandino de Mendoza, embajador en Francia del Rey de España, declarando el estado de Inglaterra contrariamente a la opinión de don Bernandino y todos los demás partidarios de los españoles, publicada en septiembre de 1588, poco después del paso de la flota española por el canal de la Mancha, ha sido para la historiografía el motivo injustificado de esa acusación. En realidad, este panfleto no es más que la respuesta a otro, publicado en Amberes y distribuido en Inglaterra en junio de 1588, llamado Una advertencia a la nobleza y al pueblo de Inglaterra e Irlanda sobre las guerras actuales, hecha para la ejecución de la sentencia de su Santidad por el alto y poderoso Rey Católico de España, escrito por el cardenal católico William Allen, en el que se incitaba a la sublevación de la nobleza católica contra Isabel I. Esta guerra propagandística, utilizada por españoles, holandeses, franceses, italianos e ingleses, en forma de pequeños cuadernos impresos y de escasa distribución, se mantuvo desde la organización de la Armada hasta meses después de los sucesos acontecidos en el verano de 1588. Sin embargo, la batalla panfletaria ha lastrado la verdadera historia de la denominación de «Armada Invencible» durante más de cuatrocientos años y, de una manera notable, en la historiografía y cultura españolas.
La copia de una carta, escrita por Burghley y publicada a finales de septiembre de 1588, simula ser la carta de un clérigo católico inglés al embajador de España en París, y tuvo en realidad tres borradores distintos. El primero de ellos, escrito sobre el 25 de agosto, pretendía ser una respuesta directa a los ataques del cardenal católico William Allen (Alano para los españoles) proclamando la unidad de todos los ingleses, católicos y protestantes, ante la amenaza de una invasión. En el segundo, escrito alrededor del 10 de septiembre, que refleja el miedo ante un posible cambio de viento favorable a la Armada que le permitiese retomar sus planes, Burghley exagera el plan de preparación y la fortaleza de las defensas de Inglaterra (y particularmente de su fuerza naval) con el objetivo de que, una vez publicada, desanimase a los españoles de intentar de nuevo su misión. En el tercero, y con la Armada ya de regreso a sus puertos de origen, sus miras se dirigen a desacreditar al embajador español en París, don Bernardino de Mendoza, que permanecía ocupado tratando de reunir las fuerzas de la Liga Santa contra el rey Enrique III de Francia. Las burlas afiladas contra Mendoza reflejan la máxima preocupación de Burghley por la situación en Francia y, de hecho, La copia de una carta se publicó antes en Francia que en Inglaterra.
Si el cardenal Allen había amenazado a los ingleses de librarlos del yugo de la herejía, e incluso falsificó una bula papal para nombrarse cardenal de Inglaterra, Burghley defendía que eso no había hecho otra cosa más que encender los ánimos de los ingleses. Frases como «Los españoles ni rompieron ningún mástil ni llevaron a ningún prisionero» o bien que «Cristo había mostrado ser luterano» forman parte del «desengaño» que muestra el supuesto escritor de La copia de una carta, en la que nunca muestra una actitud abiertamente hostil a los españoles, sino que incluso desea un feliz regreso a la Armada a sus puertos de origen. Asimismo, en su texto (tanto en los borradores como en la edición impresa), se nombra, sin ningún énfasis especial, el término «invencible» refiriéndose a la Armada:
La Gran Armada de España estaba preparada para salir de Lisboa, y su fama en la Cristiandad era la de ser invencible y así se publicó en los libros […]. De la costa del mar hasta Londres, donde han observado el país y la gente habla maravillosamente del mismo, contando la fama invencible, más allá de la traición de algún gran partido dentro del reino. Pero si todos estos discursos de los que se habla comúnmente de ellos proceden de sus corazones, o si hablan así para complacer a los ingleses, porque son bien utilizados por ellos.[13]
Además, utiliza el mismo término para aludir al «castillo invencible» de la reina Isabel I:
Gente afín a ella, que en verdad se ve ahora, por la gran prueba este año, estar en un fuerte infinito e invencible, así como algunos comienzan a decir, que este propósito por la violencia, por la sangre, por la matanza y por la conquista, no está de acuerdo con la doctrina de Cristo.[14]
Cuando Burghley recibió las noticias del desastre de la Armada en Irlanda, alrededor del 20 de septiembre, decidió añadir a La copia de una carta, que seguía en la imprenta, una nota «del impresor al lector» (que sin duda escribió él mismo). En esa nota se dan detalles de los barcos de la Armada perdidos por el temporal en Irlanda y de cómo el favor de Dios había beneficiado a su Reina. Incluye, además, algunos de los interrogatorios que se hicieron a los prisioneros de la Armada, al parecer los copió textualmente de los originales. En realidad, en el texto ideado por Burghley, la mención que se hace de la armada aclamada por la cristiandad como invencible (recordemos que la batalla de Lepanto se había producido tan solo diecisiete años antes) es la única alusión hecha con ese apelativo. El «éxito» del epíteto de Burghley (al menos en España, ya que no lo tuvo apenas en Inglaterra) podría considerarse más bien accidental. Es prácticamente imposible que él creyese que esa alusión se tomaría literalmente (y mucho menos cuatrocientos años después).
Ahora bien, historiadores de la talla de Colin Martin y Geoffrey Parker en su magnífica obra La Gran Armada (título original The Spanish Armada), Robert Hutchinson en su libro La Armada Invencible (título original también The Spanish Armada), Luis Gorrochategui en su excelente e imprescindible obra Contra Armada o bien el autor de este ensayo (antes de elaborar la presente investigación) pusimos un énfasis especial en situar La copia de una carta como origen de la burla que supone ese adjetivo a la Armada, ya que todos nosotros, cuando nos referimos a la carta de Burghley, citamos que al final de La Carta se incluye la frase: «Así termina el relato de las desventuras de la Armada española que solían calificar de INVENCIBLES» (enfatizando el término en mayúsculas).
Pues bien, esto es absolutamente falso, ya que el original de la misma, publicada por J. Vautrollier a finales de septiembre de 1588 en Inglaterra, no termina, de ningún modo, así. Fue en la traducción italiana de La copia de una carta donde el toscano Petruccio Ubaldini, calígrafo e iluminador al servicio de Isabel I, incorporó frases y sentencias de su propia cosecha que no aparecían en el original inglés, como esa frase final que los renombrados historiadores ingleses Colin y Parker atribuyeron, en 1988, al original de Burghley (desconocemos por qué), y que se ha mantenido falsamente, al menos durante los últimos treinta años, citada por otros historiadores. Ubaldini se permitió en la traducción italiana titulada Commentario del successo dell ‘Armata Spagnola nell’ assalir l’Inghilterra l’anno 1588, aparte de ese final que no aparece en la edición inglesa, este otro comentario que él mismo se inventó y añadió a la traducción italiana: «Aunque ese nombre [el de invencible] solo se le permitió durante el poco tiempo que estuvo en el puerto de Lisboa, pues no pasó mucho tiempo antes de que lo perdiera por el desastre sufrido».[15] Así pues, tenemos a un italiano de la Toscana (y no a un inglés), enfatizando el apelativo de «invencible» con cierta sorna, algo que no hizo el denostado Burghley.
Fernández Duro, ya en su obra Armada Española. Historia de la Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón (1895-1903), habla de un posible origen italiano del término, pero yerra en la fuente, ya que lo atribuye a la curia vaticana, atendiendo a lo escrito por John Barrow en 1843 en su The Life, Voyages, and Exploits of Admiral Sir Francis Drake. Fernández Duro, a su vez, convencido de que el término «invencible» pudo utilizarse en el vulgo (algo que ni está demostrado ni tiene visos de ser verdad) y «con motivo de la expresión que el sarcasmo de los ingleses nos devuelve injustamente» tituló La Armada Invencible su obra de referencia publicada en 1885, al igual que hizo Herrera Oria con su La Armada Invencible publicada en 1929, llevando a cabo ambos la mayor y más importante difusión de este término, que se ha mantenido vivo hasta hoy en España.
Pero eso no es todo, pues sería también en septiembre de 1588 cuando aparece la impresión holandesa de una bula papal (esta vez real, no como la anteriormente mencionada del cardenal católico Allen), donde se hace mención a la llamada «invencible» de la Armada. Esta bula papal de Gregorio XIII y renovada por Sixto V tenía como objeto únicamente declarar como cruzada la guerra de Felipe II contra los turcos, de modo que no tenía realmente nada que ver con el conflicto inglés ni hablaba en ningún momento sobre la armada de 1588; no obstante, incluye en su portada un comentario en el que se dice haber sido descubierta en las manos de un tal «Armando el español, perteneciente a la Armada Invencible, como así la llaman»; este comentario era obra del polémico y activista protestante Philiph de Marnix de Saint Aldegonge, que añade, también de su propia cosecha, cómo esta bula demostraba la licencia papal a España en su lucha contra los protestantes. Agrega también una supuesta declaración encontrada en un barco español acerca de las indulgencias que otorgaba la Santa Inquisición en abril de 1588, además de un prefacio, a la manera de Burghley, acerca de los testimonios de algunos prisioneros españoles de esta armada.
Muy posiblemente, Saint Aldegonge fue uno de los traductores al neerlandés de la carta de Burghley e incluyó, basándose en el párrafo que redactó este último, el apelativo de «invencible». La bula, traducida inmediatamente al inglés y publicada por John Wolfe a finales de 1588, copia asimismo este comentario: «Armada invencible (como así la llaman)». Burghley recibiría una copia de esta publicación el 16 de octubre.
Las dudas surgen sobre si esa denominación de «Armada Invencible» tuvo éxito o no. A la vista de los hechos, dicho apelativo no debería haberse magnificado tanto como lo ha hecho en nuestro país. Si bien es cierto que pudo obtener cierta popularidad, es un término que cayó muy pronto en desuso en Inglaterra y que nuestros antepasados volvieron a «reflotar» en el siglo XIX. Los libelos propagandísticos de esa época, aunque sí los leía una élite cultural o política, no tenían una especial difusión. De hecho, sabemos que Saint Aldegonge ni siquiera fue capaz de obtener una copia de Una advertencia a la nobleza del cardenal Allen, por lo que tuvo que leerla prestada. Es más, el atributo «invencible» para la Armada no ha sido en el mundo anglosajón, en absoluto, desde 1588 y hasta hoy la nota predominante, sino que el más utilizado es el término «Spanish Armada». Sin embargo, en España se ha dado pábulo a esa creencia durante años.
No obstante, existen grabados y poemas que magnifican la «victoria» inglesa sobre la armada de 1588 con la denominación de «Invincible Armada», como la balada de Archie Armstrong de 1630: «With many a fine Bravado, thei are they thought, but it prov’d not, Invincible Armado».[16] Lo cierto es que la cantidad de referencias con el término «Spanish Armada» e incluso simplemente «The Armada» es abrumadora. De hecho, el término «armada» aparece ya en Enciclopedia Larousse de la década de 1880 como acepción adoptada en toda Europa para designar a una gran fuerza naval. Pero también el término «invencible» se usa, al menos, en un escrito muy poco posterior al desastre de la armada de 1588. Así lo nombra el padre Pedro de Ribadeneira en su Tratado de la tribulación de 1589 y tan solo unos meses después que Burghley:
Una armada grande y poderosa, y que parecía invencible, aprestada para volver por la causa de Dios y su santa fe católica, y acompañada de tantas oraciones y plegarias y penitencias de sus fieles y siervos, se haya deshecho y perdido por una manera tan extraña que no se puede negar, sino que es azote y severo castigo de la mano del Muy Alto.[17]
Han sido las generaciones de historiadores españoles las que han hablado de la Armada Invencible aclarando siempre que se trataba de un término inglés para nuestro escarnio, lo que ha hecho tal mella en nosotros que ha acabado por convertirse en uno de los tantos bulos que han lastrado este suceso histórico. Muletillas como «la mal llamada Armada Invencible» se han usado (y se usan) hasta la saciedad, mientras que se aclara siempre que en realidad su nombre fue «Gran Armada», «Felicísima Armada» o «Gran y Felicísima Armada», algo que, como veremos, tampoco es en absoluto cierto.
En apenas un par de ocasiones de cuantas hubo se la llamó «felicísima». En la publicación que se hizo en Lisboa el 9 de mayo de 1588 acerca de relación de la gente embarcada en esa misma ciudad, se la llamó así, «Felicísima Armada», denominación que desaparece, por cierto, en la reedición de ese documento que se hace en Madrid el mismo año. De hecho, el apelativo «felicísima» se empleó también para una de las flotas de don Álvaro de Bazán, por lo que ese nombre no es exclusivo de la armada de 1588. También en otro documento fechado el 5 de septiembre de 1588 se la denomina «felice Armada en que yva por general el Duque de Medina, en la conquista de Inglaterra».
La denominación de «Gran Armada» tampoco es exclusiva de esta armada. Felipe II habla en sus escritos de «una gruesa armada» o de «una gran armada» apelando únicamente a su tamaño, y en ningún caso es una denominación privativa de la armada de 1588. Gran Armada es, además, un término que también fue utilizado por los ingleses en algunos grabados haciendo referencia a «The great Spanish Armada» (la enorme armada Española).
El apelativo de «Gran y Felicísima Armada» no aparece en ningún documento original del periodo que hayamos podido encontrar haciendo alusión esta armada, por lo que es prácticamente imposible que fuese llamada de esa manera.
La «empresa de Inglaterra» es un término utilizado en la época para designar cualquier otro operativo bélico emprendido, tal y como se refleja, por ejemplo, en «la empresa contra los turcos» y que ya estaba en uso en 1571.[18] En realidad, «la empresa de Inglaterra» es una amalgama de acciones diplomáticas, logísticas y operacionales que tampoco hace una alusión específica a la Armada, al igual que los términos «cuestión de Inglaterra» o «jornada de Inglaterra», también utilizados en la época.
Ateniéndonos a los documentos originales, la armada de 1588 es llamada «el armada» (casi siempre en masculino). En toda la correspondencia y documentos referidos a aquella escritos tanto por Felipe II, el duque de Medina Sidonia, Recalde, Leyva y todos los participantes españoles en la contienda el nombre empleado es «el armada».
La designación de «Armada Invencible» es sobre todo utilizada en España para referirse a esta armada en particular y así la han llamado desde Cesáreo Fernández Duro, Carlos Gómez Centurión, Antonio Luis Gómez Beltrán en su magnífica obra La Invencible y su leyenda negra, Herrera Oria, el duque de Maura y muchos otros, algo que no debería sorprendernos ya que, en realidad, la Marina Real inglesa no pudo derrotar a la armada de 1588 y esta regresó a España con un 75 por ciento de su fuerza operativa. De hecho, el término «Armada Invencible» es el más usado en España (con abrumadora superioridad) para referirnos a la armada de 1588. Los datos de las búsquedas de Google así lo demuestran. De los aproximadamente nueve mil españoles que buscan información sobre estos sucesos históricos, ocho mil novecientos teclean la palabra «Armada Invencible» en la barra de su navegador y apenas cien introducen «Gran Armada».
Particularmente interesante es el hecho de que la mayor parte de la bibliografía inglesa se refiera a la armada de 1588 como «Spanish Armada», mientras que sus títulos se traducen al español como «Armada Invencible», por ejemplo, en las obras de Hutchinson, Garret o Carrol; o como «Gran Armada» en el caso de las traducciones de Martin y Parker. De las, aproximadamente, veinte mil búsquedas mensuales que se realizan en Google desde el Reino Unido para informarse sobre este episodio histórico, apenas cincuenta de ellas se hacen tecleando en el buscador «Invincible Armada», frente al predominante «Spanish Armada», que revela el nombre con el que suelen referirse a ella la mayoría de usuarios.[19]
Con todos los datos expuestos anteriormente creemos, así pues, que el término «Armada Invencible», si bien fue usado ocasionalmente en Inglaterra, cuando se utilizó rara vez se hizo de una manera especialmente histriónica o denigrante. Y si se usó en algún momento, su halo se perdió con el tiempo. Este término, sin embargo, se hizo popular en España a partir del siglo XIX y se ha quedado con nosotros para llamarla así de manera absolutamente mayoritaria, mientras que los defensores de los términos «Grande y Felicísima Armada», «Felicísima Armada» o «Gran Armada» lo hacen más bien con poco rigor.
En cualquier caso, no es nuestra intención sentar cátedra al respecto. De hecho, creo que todos entendemos muy bien a qué armada nos referimos con todos los términos señalados y, en consecuencia, no deberíamos de sentirnos incómodos al utilizar cualquiera de ellos.[20]
2
Fraguando una enemistad
entre dos reinos amigos
¿Qué tuvo que pasar entre dos naciones que habían firmado un tratado de cooperación en 1489, teniendo en cuenta que Castilla dio a Inglaterra una reina consorte, Catalina de Aragón y Castilla (que reinó hasta su muerte, en 1536), y que más tarde proporcionó como cogobernante a otro español, el rey Felipe II (desde 1554 hasta 1558), para que se declarase una guerra entre ambas?
Los veintisiete años transcurridos desde el reinado de Felipe II en Inglaterra hasta el estallido del conflicto en 1585 fueron un cúmulo de despropósitos en los que la ambición de Isabel I tuvo un papel determinante. Apenas bastó un año para que la recientemente proclamada Reina de Inglaterra, Isabel I, comenzara su connivencia con un sistema de piratería (que mantendría durante todo su reinado) que convirtió inseguro el tránsito de hombres y mercancías a través del canal de la Mancha en fechas tan tempranas como 1559, el mismo año de su subida al trono. Restauró desde el principio el protestantismo del que había renegado su hermanastra María (casada con Felipe II) y rechazó la oferta de matrimonio que el mismo Rey Prudente le había hecho con la esperanza de mantener a Inglaterra en la órbita de los Habsburgo.
Felipe contemplaba año tras año, con disimulada paciencia, cómo la codicia de Isabel la hacía participar, aunque de manera velada, en las expediciones de los piratas Hawkins y Drake a los territorios españoles de ultramar. Inglaterra, por entonces un país pequeño y modesto que apenas producía nada, ansiaba abastecer su demanda interna de vino, cuero, sedas y los nuevos productos llegados de América, como el azúcar y las especias.[21] Para ello, tomó el camino de intentar evitar a toda costa el pago de los impuestos y gravámenes que exigía el monopolio español y tratar de conseguir esos productos por medio de la piratería, el acoso y la beligerancia contra las posesiones de la Corona española al otro lado del océano. El rey Felipe, más preocupado entonces por la amenaza otomana en el Mediterráneo que por las impertinencias de su antigua cuñada, se limitó a mostrar sus quejas a través de los cauces diplomáticos con gestos de desaprobación como la supresión de las audiencias con el embajador de Inglaterra en España.
La deriva protestante de la Reina inglesa, aliada de los hugonotes franceses en la guerra civil francesa, propició en 1568 que al regreso a Escocia desde Francia de su prima hermana María Estuardo (para muchos católicos ingleses la legítima Reina de Inglaterra), esta fuese detenida. Su encarcelamiento tuvo una honda repercusión en el mundo católico, que se sintió vejado y ultrajado. Desde mayo de 1569, el papa Pío V comenzó a presionar a Felipe II (y este a su vez a Álvaro de Bazán) para que tomase cartas en el asunto; una reina católica prisionera de una renegada de la fe católica era algo que superaba lo admisible. Mientras, Isabel (que había confiscado la hacienda de los banqueros y súbditos católicos de Inglaterra) ya había autorizado el ataque a cualquier navío español que navegase por el canal de la Mancha. Comenzó, además, a ayudar a los rebeldes de los Países Bajos, territorios legítimamente heredados por Felipe II, en aras de proteger una frontera cercana a su isla desde la que su antiguo aliado (al que desde hacía años estaba incomodando) podría lanzar un severo correctivo. Felipe II, sin embargo, debía atender primero el levantamiento de los moriscos de 1568 en Las Alpujarras y solucionar el problema de los ataques otomanos a los intereses españoles en el Mediterráneo, conflictos que por entonces eran bastante más acuciantes y graves que los que le provocaba esa «mosca cojonera» llamada Isabel. Sin embargo, el Rey tenía puesto ya su punto de mira en ella, como demostró tan pronto como logró detener la sublevación morisca y conseguir la victoria de la batalla de Lepanto contra los turcos (hechos ambos acaecidos en 1571).
El primer complot de Felipe II contra Isabel se produjo ese mismo año. El
