Postguerra y Falange

Joan Maria Thomàs

Fragmento

Introducción

Introducción

Este libro está basado en documentación de archivo inédita de José Luis de Arrese Magra, ministro secretario general del partido único del régimen franquista —Falange Española Tradicionalista y de las JONS— durante la primera de las dos etapas en las que ejerció como tal, entre 1941 y 1945.[1] Fueron los años en los que consolidó al partido en tanto que fundamental brazo civil organizado del Régimen. Un partido para siempre sumiso y fiel a su Jefe Nacional —el propio Franco— hasta su disolución de 1977, dos meses antes de la celebración de las primeras elecciones democráticas, cuando ya hacía años que era conocido como Movimiento Nacional. Arrese no creó la que hemos denominado la Falange de Franco,[2] pero la afianzó y fijó para siempre en su papel de base civil organizada del Régimen y su Caudillo-Jefe Nacional.

La gestión de Arrese ha sido ya estudiada en sus líneas fundamentales por autores como Mercedes Peñalba y Álvaro de Diego[3] y en este libro no pretendo realizar un análisis exhaustivo y sistemático de la misma. Tampoco hacer la historia de FET y de las JONS, ni de su Secretaría General en los cuatro años en los que Arrese fue ministro por primera vez. Sí, en cambio, analizaré y explicaré, por una parte, lo que significó Arrese con respecto a la Falange franquista durante su primera etapa como ministro secretario general y el nuevo impulso que dio a la desfascistización del partido y de su ideario. Y, por otra, daré a conocer aspectos de la vida de este mismo partido y del llamado Nuevo Estado franquista hasta ahora total o parcialmente desconocidos, la mayoría de ellos referidos a la vida política interna tanto del partido único como de la coalición autoritaria que tenía en su vértice a Franco.

Estudiaré para los años 1941-1945 cuestiones relacionadas con el partido en el poder y su manera de ejercer el «mando» allí donde sus hombres lo detentaban; la violencia estructural que practicaba —que formaba parte de su ADN—; aspectos de su populismo, al presentarse como el auténtico y único representante «del pueblo», planteando en ocasiones medidas «sociales» —aparentes o reales— en medio de un panorama de desolación, hambre y privaciones para la mayoría de ese mismo pueblo; su voluntad y determinación de lograr la hegemonía política sobre el resto de sectores franquistas —algo que no conseguiría nunca—; y su gran oportunismo político, demostrado ya desde su aceptación, mayoritariamente sumisa, de la Unificación del 19 de abril de 1937 y de la primera desfascistización relativa que supuso ésta, seguida de otras y continuada con la nueva que llegó con el arresismo. Sin olvidar aquello que lo sobredeterminaba todo: el mesianismo político falangista, es decir, el autoconvencimiento del papel señero e imprescindible que había venido a jugar Falange en tanto que proveedora de la única doctrina capaz de llevar a España a su plenitud, liderada por un Jefe Nacional Franco flanqueado por un Arrese que se acabaría autoasignando el papel de intérprete máximo del pensamiento del fundador José Antonio Primo de Rivera. Ni más ni menos.

Arrese inició su gestión ministerial en mayo de 1941 en pugna con Ramón Serrano Suñer, el concuñado y hasta hacía poco principal consejero político de un Franco que ya se planteaba prescindir de él, aunque acabase tardando más de un año en hacerlo. Una pugna ganada de antemano por Arrese gracias al apoyo del jefe del Estado, frente a un Serrano convertido cada vez más en molesta carga, dados su soberbia y su comportamiento privado, devenido este último público escándalo entre los más altos círculos del Régimen y en la familia del dictador.

Arrese se convirtió en el principal consejero del Generalísimo para los asuntos del partido, además de persona próxima, aunque con cercanía diferente a la del otro consejero político principal, también desde mayo de 1941, Luis Carrero Blanco, subsecretario de la Presidencia del Gobierno. E intentaría siempre, desde su posición, trascender el marco de sus competencias estrictas, dedicándose a diseñar —motu proprio, o con colaboradores subordinados, o participando en tareas de otro ministro— borradores de leyes fundamentales del Régimen u otras disposiciones situadas fuera del estricto ámbito competencial de FET y de las JONS. Y con frecuencia no tendría empacho en proclamarse autor de todas ellas. Su justificación era siempre la del papel (teórico) que los textos fundacionales concedían al partido único «en tanto que Movimiento Militante inspirador y base del Estado Español».[4]

Su (primer) final llegó en 1945 cuando, a pesar de llevar dos años dando nuevos pasos desfascistizadores como respuesta a una coyuntura internacional adversa para el Régimen, y también desarrollando su específico concepto del ideario falangista, un Franco mucho menos constreñido ideológicamente que él decidió oscurecer y maquillar los componentes más claramente fascistas del Nuevo Estado —los relacionados con el partido único— y, con cierto dolor, le cesó como ministro secretario general tras un fin de la Segunda Guerra Mundial que significaba la derrota de los regímenes fascistas, con el subsiguiente peligro que ello suponía para una España cercana al Eje.

Pero que el Caudillo tomase estas medidas no implicó la supresión del partido único. Ni entonces ni nunca. Y ahí precisamente reside el logro principal de la primera etapa ministerial de Arrese —aunque también de los que le precedieron desde la Unificación de 1937—: el haber contribuido a fidelizar a la masa falangista hacia su Jefe Nacional Franco de tal manera que éste nunca quisiese prescindir de la organización. De una FET y de las JONS que conformaba uno de los basamentos fundamentales del Régimen y que contrastaba, por su insobornable lealtad, con otros sectores —como los monárquicos (juanistas o carlistas) o algunos generales del Ejército—, que podían mostrarse ambiguos en su apoyo en determinados momentos. O más o menos abiertamente propicios a restauraciones monárquicas —especialmente la juanista, la de mayor incidencia—, que veían como soluciones a las dificultades que amenazaban a España tras la derrota de los fascismos. Por su parte, el partido único reforzó aún más si cabe su fidelidad a un Franco convertido en su única garantía de supervivencia como organización.

* * *

La selección de los fondos del Archivo Arrese que he realizado para redactar este libro ha seguido las líneas señaladas hasta ahora y no ha tenido voluntad de exhaustividad. Lo contrario habría exigido aún más años de trabajo, dada la amplitud del fondo documental estudiado. Se trata de un archivo inmenso, el más importante de los accesibles hoy en día en manos privadas con documentación falangista, y que, en cuanto a amplitud, cabe situar tan sólo por detrás del Archivo General de la Administración, donde se conservan los fondos públicos subsistentes de FET y de las JONS, es decir, los que no fueron destruidos en 1977, cumpliendo las directrices del último ministro secretario general del Movimiento, Ignacio García López.[5]

También en el caso que nos ocupa existió peligro de desaparición de la documentación y si se ha salvado se lo debemos tanto a la voluntad y generosidad del sobrino y heredero del personaje, José Miguel de Arrese García Monsalve, y de su esposa María Victoria García Bueno, como a la insistencia del equipo de archiveras del Archivo General de la Universidad de Navarra (AGUN) que, junto con la historiadora Mercedes Peñalba, trabajaron incansablemente por conseguir la puesta del archivo a disposición de los investigadores.

Los fondos que componen el archivo fueron clasificados y ordenados por el propio Arrese en las décadas siguientes a su último cese ministerial, incluyendo los nueve años —hasta 1986— en los que sobrevivió a la desaparición del franquismo de 1977. Constan, para la etapa estudiada en este libro, tanto de la documentación generada por él mismo en tanto que ministro como de la que le llegó en el ejercicio de sus cargos políticos. Contiene multitud de expedientes sobre temas diversos, informes o cartas que redactó y/o dirigió a Franco; notas escritas a otros ministros durante las reuniones de gabinete; borradores de leyes; informes personales sobre falangistas o franquistas en general, sobre incidentes protagonizados por falangistas y sobre corruptelas de falangistas y franquistas; correspondencia con todos los jefes provinciales del partido y con aquellos que detentaban gobiernos civiles; e informes sobre conflictos laborales o de orden público, entre otros asuntos de gran interés para la historia del partido único, la coalición autoritaria franquista y el Régimen en general desde una perspectiva interna.

Por el contrario, el fondo entregado al AGUN no contiene documentación de tipo personal o familiar de Arrese, ni sobre sus estudios, relaciones, amistades, trabajos profesionales, etc., incluyendo su (supuesta) etapa como falangista de la primera hora o, ya durante la Guerra Civil, documentación referida a su procesamiento y condena a raíz de los Sucesos de Salamanca de 1937 —con alguna excepción—, ni tampoco durante el resto de la contienda hasta su primer acceso a un cargo franquista —el Gobierno Civil y la Jefatura Provincial del partido en Málaga en 1939—, algo menos de dos años después de su salida de la cárcel —hospital provincial penitenciario, más bien— a raíz de su condena por los Sucesos de Salamanca de abril de 1937.

Al parecer estos fondos —o la parte de los mismos que pudiese realmente existir— no fueron cedidos por la familia al archivo, lo que ha limitado seriamente la posibilidad de realizar aportaciones biográficas que superen lo publicado sobre el personaje —incluyendo lo escrito por él mismo sobre su trayectoria, con la excepción de todo lo que ya sabíamos sobre su procesamiento y condena a partir del acceso (en el Archivo General Militar de Ávila) al sumario en el que estuvo incurso—.[6] Sorprende, en cambio, aunque hasta cierto punto, la presencia en manos de Arrese de alguna documentación de FE de las JONS durante los años republicanos, sin que exista ninguna sobre la etapa de la Guerra Civil hasta el momento en que dicho partido desapareció para quedar subsumido en la nueva FET y de las JONS. Al parecer algunos de los primeros encargados de despacho de FE podrían habérsela entregado, o a la Secretaría General, cuando Arrese fue su titular.

Del trabajo sobre los fondos directamente relacionados con la trayectoria política y la gestión de Arrese, así como de sus escritos autobiográficos, podría desprenderse que, también en su caso, se habría dado la práctica, corriente entre personajes públicos preocupados por su legado, de seleccionar documentación y recuerdos en favor de la construcción de un relato sin tacha ni claroscuros. Arrese sabía que su trayectoria política tenía algunos episodios políticos que podían desdibujar o empañar la imagen que de político y pensador cultivó y se esforzó durante años por transmitir a través de su abundantísima obra escrita:[7] la de un importante personaje político, estrecho colaborador doctrinal de José Antonio Primo de Rivera —el fundador de la Falange fusilado en noviembre de 1936, durante la Guerra Civil, en Alicante tras ser juzgado por un tribunal popular y de quien Arrese era pariente por parte de su esposa—, y creador de un corpus de pensamiento original, entregado con enorme sacrificio al servicio del Régimen y a Franco. Una imagen de falangista vieja guardia (militante desde la primera hora de esta organización fascista), gran conocedor de la persona y del pensamiento del fundador, y, sobre todo, capaz de interpretar su pensamiento, no ya con posterioridad a la Guerra Civil y buena parte de la vigencia del Régimen, sino incluso durante la etapa primera de la Falange, la de los años republicanos, lo que presuntamente le otorgaría legitimidad y autoridad indiscutibles.

Pero, si dejamos de lado la narrativa construida por él mismo, la realidad de Arrese es la de un importante e influyente ministro secretario de FET y de las JONS; un gestor del partido único capaz de reorganizarlo y de potenciarlo vinculando más su mando directamente al del Jefe Nacional Franco, acabando con la intermediación que entre el partido y el jefe del Estado había venido ejerciendo Serrano Suñer y colocándose él en su lugar; y un dirigente capaz de consolidar la Falange como organización extremadamente fiel al Caudillo.

Además, fue él quien dio nuevos pasos de gran impacto y visibilidad en la desfascistización de la doctrina falangista, continuación de otros ya dados anteriormente a partir de la Unificación de 1937, pero en su caso dedicándose a difundir una versión personal y propia del ideario y del programa del partido que provenía ya de antes de la Guerra Civil y que además presentaba como (presuntamente) legitimada por José Antonio Primo de Rivera. Lo hizo desde su llegada al Ministerio de la Secretaría General, pero sobre todo a partir del cambio de signo de la Segunda Guerra Mundial de 1943. No fue el único que trabajó en dirección desfascistizadora, pero sí el que tuvo mayor visibilidad, dada la posición que ocupaba y los resortes propagandísticos oficiales con que contaba, como la edición de libros propios por editoriales del partido o del Régimen, difusión masiva de discursos y artículos, e incluso traducción al inglés de una de sus obras.

Jalones de esta nueva mutación desfascistizadora fueron, junto al catolicismo y el anticomunismo, el (presunto) antitotalitarismo y el alejamiento de un «fascismo» presentado ahora como «extranjero» y (presuntamente) no asociable al falangismo, todo ello enraizado en el pensamiento joseantoniano. Pero era una desfascistización en lo doctrinal absolutamente compatible con el mantenimiento de un proyecto político que continuaba aspirando a la hegemonía del partido/Movimiento en el Régimen. Porque todo aquello lo hacía mientras persistía en su esfuerzo de siempre por que la doctrina y los falangistas impregnasen la institucionalización y la vida política a todos los niveles.

Es decir, que los trabajos que emprendió a partir de un determinado momento en pro de la «desfascistización» de todo lo —para él— «externo» y «no original» del falangismo iban parejos a su empeño por colonizar al Régimen con la doctrina falangista —algo que por supuesto no había iniciado él, sino que había llegado con el Decreto de Unificación del 19 de abril de 1937—, pero que Arrese se esforzó por ampliar. Lo que no dejaba de ser sino un aspiración totalitaria.

* * *

Fuera del ámbito del partido, la gestión y los empeños institucionalizadores, doctrinales y legislativos de Arrese provocaron creciente inquietud entre los otros sectores de la coalición autoritaria franquista, llegándose al clímax en el momento del fin de la guerra mundial y de la derrota de los fascismos. Una derrota que todo apuntaba iba a tener consecuencias negativas para el Régimen, poniendo en peligro su supervivencia. Tal inquietud se traduciría en la búsqueda, por parte de sectores de estos otros componentes de la coalición, de alternativas políticas que cuestionaban la existencia del partido único e incluso del propio Régimen, vía una restauración monárquica —con más de una tendencia y candidatos de este signo—. Arrese reaccionó ante todas ellas, convencido de tener que hacerlo en tanto que máximo dirigente de un partido que tenía encomendada la elaboración de la doctrina política del Régimen, exigiendo mano dura contra las «deserciones», tolerando o amparando actuaciones escuadristas —violentas fascistas— del partido en las calles, al tiempo que ofrecía un programa de adaptación del Régimen a la nueva situación internacional.

Un programa que incluía las nuevas medidas desfascistizadoras citadas o incluso la promoción (de manera harto estrafalaria) de candidatos monárquicos alternativos al juanismo y al carlismo intransigente. Todo ello mientras se esforzaba por asegurar el espacio político falangista dentro del Régimen. Al final sería él el cesado, pero tampoco llegarían ni la monarquía juanista ni la carlista. Ni tampoco FET y de las JONS sería suprimido, sino que permanecería semioculto durante unos pocos años. Y ahí reside cierto mérito del personaje junto con la citada voluntad de Franco de no prescindir de su principal base de poder civil organizado. También permanecería durante años el ascendiente de Arrese sobre FET, lo que facilitaría su retorno al Ministerio de la Secretaría General del Movimiento en 1956.

* * *

El autor quiere agradecer a José Miguel de Arrese García Monsalve y a su esposa María Victoria García Bueno el haberme recibido en Corella —donde pude visitar la casa donde vivieron José Luis de Arrese y su esposa María Teresa Sáenz de Heredia Arteta—, y en Madrid, contándome recuerdos de su tío. Igualmente estoy en deuda con el equipo del Archivo General de la Universidad de Navarra que acogió buena parte del Archivo Arrese, especialmente a quien siempre me ha guiado en mis investigaciones allí, la archivera Inés Irurita. Como también lo estoy con el editor, autor y amigo Rafael Borràs Betriu, quien me contó sus tratos con Arrese en su etapa en la editorial Planeta.

A nivel intelectual mis deudas son grandes con colegas como Stanley G. Payne, Roger Griffin e Ismael Saz, para citar los más destacados de una —afortunadamente larga— nómina de compañeros estudiosos de los fascismos, incluyendo las Falanges. Por supuesto los errores o insuficiencias que pudiera contener este libro nada tienen que ver con ellos. Por último, mi agradecimiento a Miguel Aguilar, por su nueva acogida en Debate.

Agosto de 2023

1

El partido y el Régimen al acceder Arrese

al Ministerio de la Secretaría General

de FET y de las JONS

Cuando José Luis de Arrese Magra, gobernador civil y jefe provincial de FET y de las JONS de Málaga, fue recibido por Franco en el Palacio de El Pardo el 9 de mayo de 1941 el Régimen afrontaba su crisis política interna más importante hasta ese momento, siendo sus protagonistas los falangistas, descontentos por los conflictos existentes con otros sectores de la coalición autoritaria franquista, acusando el desprecio con que eran mirados por algunos de aquéllos —especialmente por los militares— y aspirando a lograr la hegemonía política sobre todos. Quejosos, pues, de no estar siendo los protagonistas principales del Nuevo Estado con su partido único, así como del insuficiente desarrollo y dotación presupuestaria de éste. Todo ello en medio de una apariencia de poder que su prensa y propaganda se esforzaba por difundir y que comportaba que fuesen el blanco de las críticas de buena parte de la población.

En realidad, Arrese había pedido audiencia al Caudillo y Jefe Nacional de FET y de las JONS para tratar de un asunto político propio y personal, y la había conseguido gracias a la intercesión de Ramón Serrano Suñer, el presidente de la Junta Política y máximo responsable del partido después de Franco. Pero saldría del encuentro con la propuesta de ser investido ministro secretario general de FET y de las JONS, es decir, encargado de una Secretaría General vacante desde la dimisión del general Muñoz Grandes, en marzo de 1940.

Su llegada al cargo fue, pues, una decisión personal de Franco para sorpresa mayúscula de Serrano Suñer, que no fue consultado al respecto. Todo un síntoma de lo que venía sucediendo en el partido, pero también de la necesidad y urgencia del Caudillo por resolver el ultimátum que le había planteado hacía unos días la cúpula falangista, exigiéndole las carteras civiles más relevantes del Gobierno y, de hecho, la hegemonía política en el Régimen. Los falangistas lo habían hecho vía un Serrano atrapado y puesto entre la espada que representaban éstos y la pared que significaba su lealtad a Franco, lo que le había llevado a escribir una carta de dimisión al Caudillo.

El asunto era grave: hasta ese momento el Generalísimo había delegado los asuntos del partido en Serrano y éste, con su gesto, acababa de demostrarle que ya no controlaba la cúpula de FET y de las JONS. Necesitaba pues alguien capaz de hacerlo y apostó por Arrese. Y acertó. Acertó designando al falangista que reorganizaría, disciplinaría y depuraría al partido, y lo alinearía para siempre e incondicionalmente con su Jefe Nacional. Un Arrese que, además, demostraría progresivamente capacidad para elaborar o liderar iniciativas políticas a partir de un desarrollo propio de la doctrina falangista, con lo que mostraba aptitud para sustituir a un Serrano Suñer cuya relación con Franco se continuaría deteriorando hasta su cese de septiembre de 1942. Por razones políticas y familiares.

Desaparecido Serrano de la escena política, ocuparía Arrese el papel de consejero político del Caudillo para asuntos relacionados con el partido pero aspirando a más, a mucho más. Con una diferencia fundamental respecto del otro: su subordinación-lealtadsumisión incondicional. Siempre sometería previamente Arrese al Jefe Nacional sus proyectos y no permitiría que se repitiese el desafío —relativo, todo hay que decirlo— que determinados dirigentes falangistas habían realizado a la autoridad de Franco en ese mes de mayo de 1941.

En la carrera política de Arrese jugó un papel su parentesco con José Antonio Primo de Rivera, que le relacionaba con el círculo familiar del fundador y primer Jefe Nacional de la Falange. El mismo grupo que había acordado con Serrano su participación en la dirección del partido único en 1937 tras la traumática Unificación del 19 de abril. Gracias a tal relación, había conseguido salir de la cárcel al poco tiempo de su condena por su implicación de los llamados Sucesos de Salamanca. Y, dos años después, y tras una nueva intercesión de Serrano ante Franco, había logrado ser nombrado gobernador y jefe provincial de Málaga. Todo ello era conocido por el Caudillo y en su decisión de hacerle ministro debieron pesar dos factores: la necesidad de tomar el control del partido vía nueva persona interpuesta; y hacerlo con un subordinado que le diese garantías de lograrlo desde el acatamiento sin fisuras a su jefatura. Por su parte, el nominado, descontento, como la mayoría de la cúpula falangista, con la gestión de Serrano Suñer, vio su oportunidad y la utilizó. Y demostraría progresivamente capacidad para liderar dicha cúpula, en pugna, eso sí, durante algo más de un año, con el propio Serrano. Hasta su victoria.

Había aprendido —como tantos otros camaradas— la lección de 1937, cuando se habían producido diversos escenarios de resistencia a la aplicación de un Decreto de Unificación que había implicado la desaparición de FE de las JONS al ser integrada por decreto, junto con la Comunión Tradicionalista, en el partido único y, tras su pequeño (gracias a sus relaciones familiares) castigo, había aceptado plenamente —como la inmensa mayoría de los viejofalangistas— la nueva situación y a la subordinación al nuevo Jefe Nacional Franco.

Analizaremos seguidamente tanto las circunstancias que provocaron la llegada de Arrese a la Secretaría General en 1941 como la situación general por la que pasaba en esos momentos el país, con gravísimos problemas de abastecimiento, hambre y privaciones, todas ellas producto de la política económica que se venía aplicando, que se daba además en medio de una política represiva vengativa que había llevado a las cárceles a centenares de miles de personas y que venía provocando decenas de miles de fusilamientos.

LA COYUNTURA POLÍTICA: LA CRISIS DE MAYO DE 1941

Tal y como acabamos de anunciar, el nombramiento de Arrese como ministro secretario general de FET y de las JONS del 19 de mayo de 1941 fue uno de los resultados de la resolución por Franco de la llamada Crisis de Mayo,[8] provocada a su vez por un movimiento de presión ejercido por destacados dirigentes falangistas de ámbito estatal y provincial para obtener un salto adelante fundamental en la falangización del Estado. Salto adelante que debía incluir la designación de Serrano Suñer como presidente del Gobierno y la concesión de los principales ministerios civiles al partido.

Una presión iniciada en los dos meses anteriores y que había acabado convirtiéndose en crisis política a raíz de la designación, el 5 de mayo anterior, en tanto que nuevo ministro de la Gobernación, de Valentín Galarza Morante, un coronel del Ejército y antiguo coordinador de la golpista Unión Militar Española, además de notorio antifalangista monárquico, que hasta ese momento ejercía como subsecretario de la Presidencia del Gobierno. El de Gobernación era un ministerio fundamental al regir la política interior y hasta ese momento y desde el 16 de octubre de 1940 venía siendo ejercido nominalmente por Franco, pero en realidad por el subsecretario José Lorente Sanz, el número dos del anterior ministro, Serrano Suñer, que había conseguido que, al cesar él mismo como ministro de esta cartera en octubre de 1940 para ocupar la de Asuntos Exteriores, no fuese nombrado sustituto, y de esta manera continuar controlándola a través de Lorente y otros de sus colaboradores. Como consecuencia, Serrano había devenido una especie de superministro, a lo que unía el importantísimo cargo que ocupaba en el partido, de presidente de su Junta Política. Consecuentemente, y en función de su afán protagónico, había ordenado a la prensa falangista citarle siempre con el equívoco título de ministro presidente (porque no era presidente del Gobierno, aunque pretendiese parecerlo y situarse por encima del resto de los ministros).

El cargo de presidente de la Junta Política al que se había autopromocionado en julio de 1939, mediante un cambio de estatutos de FET y de las JONS, le había situado sólo por debajo de la Jefatura Nacional y por encima de la Secretaría General. Y al estar ésta vacante desde la renuncia del general Agustín Muñoz Grandes, su poder sobre el partido venía siendo casi omnímodo, aunque lo ejercía, en lo relativo a la gestión del día a día, a través de otro hombre suyo —que era además, como Lorente y como él mismo, abogado del Estado—, Pedro Gamero del Castillo, ministro vicesecretario general desde 1939, a quien había hecho nombrar precisamente para «controlar» a Muñoz Grandes.

Como nuevo titular de Exteriores, Serrano se había dedicado a preparar la entrevista de Hendaya (Francia) de Franco y Hitler celebrada una semana después de su nombramiento —es decir, el 23 de octubre de 1940— y, sobre todo, a oficializar con su nuevo cargo la labor que ya venía ejerciendo en la práctica desde hacía meses, conjuntamente con Franco, de dirigir las relaciones con Alemania e Italia. Gestión y relaciones centradas en esa segunda mitad de 1940 casi exclusivamente en lograr del Führer la entrada de España en la guerra mundial a cambio de posesiones coloniales francesas en el norte de África. Territorios estos que se pretendía que el líder nazi traspasase de la derrotada —en junio de 1940— Francia a España.

El nombramiento de Galarza como ministro, al ser un significado antifalangista, había sido interpretado por el partido como una afrenta, y había reaccionado lanzando una campaña de desprestigio en su contra. Sin embargo, su presión en pro de la falangización total del Gobierno venía ya de unos meses antes, y se manifestaba en dimisiones de cargos y en publicación de artículos críticos con la situación política. Los dirigentes del partido habían creído que al finalizar la Guerra Civil y de la mano de Serrano Suñer iban a conseguir la conversión del Régimen en uno auténticamente falangista/fascista en el que los principales resortes del poder civil estarían en manos del partido y, al no conseguirlo, se habían sentido frustrados y en la primavera de ese 1941 se habían decidido a actuar.

También contribuía a su descontento el saberse el blanco de muchas críticas por la dificilísima situación alimenticia y económica por la que pasaba el país, sobre el que pesaba una implacable política autarquizante que intervenía los intercambios, limitaba las importaciones y racionaba los suministros generando unas insoportables condiciones de vida para la mayoría de la población, sometida ese invierno 1940-1941 a niveles de escasez y subalimentación insoportables. Todo ello coexistía con un floreciente mercado negro o estraperlo al que tan sólo una parte de los españoles podía tener acceso. Pero FET y de las JONS era señalado popularmente —sin serlo más que de manera parcial— como culpable, precisamente por presentarse en su propaganda como poseedora de gran poder e influencia en el Régimen, mucho mayor de la que efectivamente tenía.

Para acabar con esta contradicción, la de aparentar en su prensa estar en posesión de grandes poderes pero no tenerlos en realidad a la hora de la toma de las decisiones fundamentales para la gobernación y la conformación del Estado, presionó el partido, a través de Serrano Suñer, para conseguir que éste fuese nombrado presidente del Gobierno y que pasasen a manos del partido los resortes fundamentales del Estado, como eran la dirección del Gobierno, las competencias de interior, todos los ministerios económicos y la educación, dejando sólo fuera de su control los ministerios militares. Porque los dirigentes falangistas culpaban de la no conversión de España en un régimen falangista a sus «enemigos» dentro de la coalición autoritaria; coalición en la que participaban y en la que compartían gobierno y otras esferas de poder. Una coalición multiforme, presidida por Franco, y nutrida por FET y de las JONS, el Ejército, la Iglesia católica, los monárquicos alfonsinos, los monárquicos carlistas, sectores patronales, bancarios y de propietarios agrarios, y aun decenas de miles de otros medios y pequeños, así como sectores de las clases medias urbanas. Una parte de cuyos componentes no estaban dispuestos a consentir la hegemonía del partido falangista sobre el resto y que contaban con proyectos políticos en parte diferenciados del fascista de FET y de las JONS.

La presión falangista sobre Serrano le había situado en una situación muy comprometida ante Franco, de quien desde 1937 venía siendo auténtica mano derecha política. Por una parte, le debía todos los cargos que venía detentando; por otra, tras haberse aprovechado de su situación para construirse una base de poder propia con el partido único —convirtiéndose en su jefe efectivo, y contando con el apoyo condicionado de sus dirigentes más carismáticos—, se sentía conminado a actuar. Pero lo nuevo era que ahora debía decidir si presionaba o no al Caudillo. Caso de hacerlo, era seguro que tensionaría aún más una relación ya estresada y desgastada tras cuatro años de ejercicio del poder, así como a nivel familiar, dada su relación extramatrimonial con una mujer casada, Sonsoles de Icaza, esposa del teniente coronel Francisco de Paula Díez de Rivera Casares, marqués de Llanzol. Una relación conocida en los círculos de poder de Madrid y por su esposa, Ramona Polo Martínez-Valdés (Zita), la hermana de la mujer de Franco, Carmen, a quien Zita[9] participaba sus quejas.

Serrano acabó optando por la presión y de ello se derivó que las tornas de la relación entre los dos concuñados cambiasen definitivamente. En realidad sabía que no iba a poder obtener del Caudillo lo que los dirigentes falangistas que le presionaban le estaban demandando. Era consciente de la complejidad de la coalición autoritaria, pero respaldaba la construcción de «un sistema político más coherente e integrado y hasta cierto punto más plenamente fascista de lo que Franco estaba dispuesto a permitir»,[10] es decir, más falangista. Hasta qué punto, no lo sabemos, pero al decir de su máximo colaborador político falangista de esos años, Dionisio Ridruejo, estaba dispuesto a insertar el pensamiento de José Antonio «en la nueva y compleja situación», aunque haciendo una lectura del pensamiento de aquél más legalista que la que pretendían los falangistas. Era, al decir de Ridruejo, «un fascista con reservas» que creía que el Estado es «un sistema de instituciones y leyes que debían eliminar, en lo posible, la arbitrariedad del poder».[11]

Pero en lo que estaban Serrano y Ridruejo de acuerdo, así como otros en la cúpula falangista, era en que la entrada de España en la guerra mundial facilitaría la falangización que ansiaban. Una a la que Serrano se había referido el 24 de noviembre de 1940 en una misiva privada e inédita hasta ahora a Franco como «don de una victoriosa empresa exterior»[12] que nunca había llegado. Y como bien sabía, no habían entrado al no haberse logrado de Hitler la garantía de obtención de territorios que le habían demandado, que habían sido parte de las colonias norteafricanas y africanas de la derrotada Francia. No lo habían conseguido, a pesar del interés de Franco, Serrano, buena parte de la cúpula militar, el partido único y aun muchos carlistas u otros durante la segunda mitad de 1940. Todo ello formaba parte de la frustración falangista.

Serrano era también consciente «de la intensa hostilidad, de los rumores y murmuraciones de que era objeto», así como de que «en cierto modo servía de chivo expiatorio» de su concuñado. De hecho, venía siendo motejado irónicamente por sus enemigos dentro de la coalición como Cuñadísimo, trasunto ridiculizante de Generalísimo de gran éxito y larga vida, pero también auténtico y real, en el sentido de que reflejaba la concentración de cargos que detentaba por ser pariente político, así como por su omnipresencia —ordenada por él mismo— en los medios de comunicación del partido —y de fuera de él, todos ellos controlados desde el Ministerio de la Gobernación—. Por otra parte, su personalidad, su carácter, su arrogancia y ambición, basadas en el convencimiento de su superioridad intelectual y política sobre el resto de los dirigentes franquistas, incluido Franco, así como sus enrevesadas y caprichosas relaciones personales, incluidas las de tipo político, no contribuían en absoluto, sino todo lo contrario, a proporcionarle simpatías entre los franquistas no falangistas y, peor aún, entre muchos de este mismo sector, tal y como se vería pronto con el realineamiento del que se beneficiaría Arrese una vez llegado a la Secretaría General.

En la crisis de la que estamos tratando acabó Serrano moviéndose, aunque sólo a medias. Todo indica que no se atrevió a plantearle directa y crudamente a Franco las exigencias falangistas, pero participó de forma destacada en la campaña de presión, y acabó enviando al Caudillo una carta de dimisión que retiró con rapidez. Y si bien Franco no se la aceptó —antes de que la retirase— y le mantendría algo más de un año más en los dos cargos que detentaba, se quebró definitivamente su ascendiente sobre el Generalísimo, iniciado en 1937. La relación familiar, como hemos dicho, ya estaba muy deteriorada.

Lo nuevo fue pues que el Caudillo abordó la resolución de la Crisis de Mayo en solitario, sin Serrano, pero encontrando en Arrese al hombre que necesitaba para el partido. A partir de entonces, y durante algo más de un año, Serrano iría perdiendo, lenta pero progresivamente, el control de FET y de las JONS en favor del nuevo secretario general, que trabajaría denodadamente —junto a Franco— en este sentido, estando ambos de acuerdo en la necesidad de ir prescindiendo de Serrano. Algo que hasta ahora no sabíamos y de lo que hemos encontrado pruebas fehacientes, como explicaremos más adelante. Por su parte y como hemos ya señalado, en el ámbito del Gobierno el nombramiento de Galarza ya había privado a Serrano del control del Ministerio de la Gobernación.

Digamos que la relación de Serrano Suñer con los dirigentes falangistas viejos —los mayoritariamente provenientes de la etapa republicana— había comenzado a raíz del pacto no escrito de finales de abril-mayo de 1937 en la Zona Nacional por el que el primero había conseguido su participación en el nuevo partido unificado a cambio del compromiso de trabajar por el logro de un régimen falangista-fascista en España tras el fin de la Guerra Civil. Había sido él quien, por delegación de Franco, había manejado desde el primer momento y tras la Unificación las cuestiones del partido único en general y la relación con los dirigentes de la antigua Falange —FE de las JONS— en particular. Y eso durante el resto de la guerra y hasta ese mayo de 1941, tras los traumáticos Sucesos de Salamanca que habían llevado a la prisión a algunos dirigentes falangistas, entre ellos Manuel Hedilla Larrey, segundo Jefe Nacional de FE de las JONS, y también, por un corto periodo, al propio Arrese.

De la mano de Serrano y de su influencia sobre Franco, el partido había ido ampliando las generosas competencias concedidas tras el Decreto de Unificación y la aprobación de los Estatutos de FET y de las JONS en los ámbitos de la socialización política de la juventud y de la mujer; el control, encuadramiento y organización de los trabajadores; la acción social; y otros. Ahora, con él y desde 1939 se estaba dando un salto importante en su desarrollo con la aprobación de las dos leyes sindicales de 1940; las del Frente de Juventudes y de la Milicia de FET y de las JONS de ese mismo año; la creación del Instituto de Estudios Políticos; decretos relacionados con la Sección Femenina; y otras. Sin embargo, y consciente de la oposición que la expansión del partido venía generando entre otros sectores de la coalición autoritaria, y muy destacadamente en el Ejército, había intentado una acomodación con los (pocos) altos cargos militares directamente falangistas o profalangistas.

Tengamos en cuenta que el Ejército era, junto con la Iglesia católica, una de las corporaciones más contrarias a la hegemonía del partido en el Gobierno y a la falangización del país, considerándose él mismo el auténtico hacedor de la victoria en la Guerra Civil. Y por ello mismo Serrano había tratado de romper barreras entre el partido y los militares, auspiciando la promoción de generales o jefes a cargos en FET y de las JONS. No sólo en el Consejo Nacional —donde, junto con cuarenta falangistas, había diecisiete mandos militares (además de diez carlistas y diez alfonsinos)—,[13] sino también en cargos ejecutivos, como la propia Secretaría General, para la que se había designado al citado general Muñoz Grandes en agosto de 1939 hasta su dimisión, harto de las intromisiones de Serrano y de Gamero del Castillo. Y también dentro del propio gabinete, con ministerios para militares falangistas, como Yagüe —ministro del Aire—, o que lo parecían, como Beigbeder —de Asuntos Exteriores—.

Pero el experimento había fracasado. Según explicó Serrano en la Junta Política con respecto a Muñoz Grandes, éste había mostrado un «desconocimiento de las funciones de la presidencia por parte del Secre.[tario], a pesar de la buena acogida y esfuerzos del Partido por la cordiali.[dad]»,[14] lo que parece indicar conflictos de competencias entre él y el militar. Además, los dirigentes falangistas habían visto no sólo como no se entraba en la guerra mundial junto al Eje, sino como, en abierta contradicción con lo que las grandes leyes totalitarizantes aprobadas instituían, su nivel de implementación real era muy insuficiente, en parte por no obtener en los presupuestos generales del Estado las asignaciones necesarias, aunque también por otras cortapisas. Y es que en el Gobierno se había impuesto el criterio contrario, en pro del equilibrio presupuestario y de la evitación de déficit del ministro de Hacienda José Larraz —un técnico hacendista de adscripción cedista y antiguo colaborador de José María Gil-Robles—, criterio que compartía Franco, aunque con frecuencia a regañadientes por los recortes puestos a los programas de reforzamiento militar, incluyendo los —fantasiosos— planes de construcciones navales y aéreas, y los —menos fantasiosos, pero tampoco baratos— planes de desarrollo masivo del partido único y sus organismos y departamentos.[15]

Pero no habían sido tan sólo las tensiones entre el Ejército y el partido, o entre una Iglesia católica recelosa de sus prerrogativas y contraria a los intentos de desmantelamiento de su mundo asociativo seglar que el partido pretendía, o entre organizaciones patronales agrarias —como la Confederación Nacional Católico-Agraria (CNCA)— que se resistían a la extensión del sindicalismo vertical. También a nivel provincial se venían sucediendo enfrentamientos entre gobernadores civiles no falangistas y jefes provinciales del partido. Y entre éste y los sectores carlistas que no habían aceptado de facto la Unificación de 1937. Por no citar la mala relación existente entre el partido y los monárquicos alfonsinos, que contaban con mucha influencia entre la cúpula militar —de la mano de algunos de los generales que habían aupado a Franco al poder a finales de septiembre de 1936 y otros más jóvenes—, y con notables de mucho peso, que se oponían a FET y de las JONS, a sus prácticas, a buena parte de sus dirigentes, a sus aspiraciones y a la omnipresencia de Serrano Suñer y del partido en los medios de prensa y propaganda. Y culpaban a éste y a su concuñado de no estar interesados en el retorno al trono de Alfonso XIII o de su heredero, el infante Juan de Borbón y Battenberg, centrando su hostilidad y ataques en el primero dada la imposibilidad de hacerlo en el jefe del Estado.

En cuanto a los jefes falangistas, su relación con Serrano Suñer era ambigua. Por una parte, le veían como el gran conseguidor y artífice del poder adquirido por el partido único en el Estado, y por ellos mismos. Pero, por otra, consideraban ese poder insuficiente y recelaban del uso personal que estaba haciendo del partido para construir su poder y su personaje, rodeándose además de una corte de jóvenes falangistas a quienes había promocionado a altos cargos en el partido y los ministerios que ocupaba —los Dionisio Ridruejo, José Antonio Giménez-Arnau, Antonio Tovar o Felipe Ximénez de Sandoval, entre otros—, en detrimento de algunos más antiguos o que se consideraban con mayores méritos. Por no hablar de la urticaria que les provocaba el ascenso de los que compartían procedencia cedista con Serrano —como Pedro Gamero del Castillo o José Finat (conde de Mayalde), delegado nacional de Información e Investigación y director general de Seguridad— por delante de los auténticos camisas viejas.

El caso más espectacular de los dirigentes viejofalangistas agraviados era el de Raimundo Fernández-Cuesta Merelo, antiguo secretario general de FE de las JONS y desde 1937 del partido único, que había sido cesado en 1939 y enviado a Brasil como embajador. Pero existían otros, como Rafael Sánchez Mazas —nombrado ministro sin cartera en 1939 y después cesado a instancias de Serrano, que además le había agredido en su despacho— o Manuel Valdés Larrañaga. Por su parte, Miguel Primo de Rivera y su hermana Pilar habían sido promocionados por Serrano, así como el citado Ridruejo, quien, a pesar de su estrecha relación con Pilar Primo, Agustín Aznar o José Antonio Girón de Velasco, era considerado un peón de Serrano, y sus enemigos en el partido no le reconocían pedigrí viejofalangista ninguno, aunque lo tenía al haber sido uno de los literatos de los que se rodeaba Primo, en su caso al menos desde 1935.[16] Pero la mayor parte de los enemigos de Ridruejo se encontraban fuera del partido y, entre los alfonsinos y sectores del Ejército, que le despreciaban por no haber combatido en los frentes durante la Guerra Civil a pesar de estar en edad militar, le acusaban de cobardía[17] y no soportaban el que consideraban su desmesurado protagonismo, dirigiéndole incluso amenazas de muerte.[18] Por supuesto él no era inmune a todo ello y de hecho sería no sólo uno de los ideadores de la llamada División Azul, sino que se inscribiría en ella, tratando de sacudirse los sambenitos de emboscado de retaguardia y cobarde, sin éxito.

En cuanto al vicesecretario general Gamero del Castillo, el caso era más complejo. Tras el cese del secretario general Muñoz Grandes se había encontrado al frente de una organización que le desbordaba al tiempo que no tenía autoridad suficiente para manejarla, dependiendo como dependía en todos sus actos de la estrecha —y obsesiva— supervisión de Serrano Suñer. Recibía fuertes críticas por una gestión interna del partido que en realidad dependía de las directrices del otro, trabajando en pro del protagonismo de aquél. Por lo que resulta cuando menos sorprendente que entre las críticas que, a sus espaldas, recibiese incluyesen algunas del propio Serrano. De un Serrano deseoso de conservar el apoyo de dirigentes camisas viejas del entorno familiar y personal de José Antonio. Y así, por ejemplo, a finales de octubre de 1940 había sabido «de dos movimientos paralelos, idénticos en intención y trayectoria»[19] que pretendían descabalgarle de su cargo. El primero protagonizado por José Luna y Agustín Aznar, que, en conversación con Serrano, se habían referido a su «ofensiva contra Gamero». El segundo, ni más ni menos que pactando una parte de los vocales de la Junta Política —Miguel Primo, Dionisio Ridruejo, José Luna, Gerardo Salvador, Sancho Dávila y Girón— un «programa de acción falangista» sin Gamero.

Al saber de tales reuniones gracias a Gregorio Marañón Moya, jefe de la Secretaría Política de la Secretaría General, se había reunido Gamero durante una hora y media con Ridruejo sin que conozcamos el resultado del encuentro, aunque debió de ser reconciliatorio.[20] En cuanto a su relación con Serrano Suñer, se sintió «dolidísimo, amargado, y sorprendido en su bondad y en su hombría de bien, decidido a abandonar el Gobierno» y exclamando: «Cuatro años de servicios —¡y qué servicios!— a la Falange y todavía estoy en entredicho. No sigo ni un día más», mientras, por su parte, apuntaba Marañón que «realmente, es triste contemplar como Gamero, uno de los máximos artífices del actual triunfo de Serrano, va a pagar con su cabeza el haberle levantado un pedestal».[21] Al final, las maniobras no fueron a más y resistió en su cargo, hasta que dimitió en marzo de 1941,[22] si bien no cesaría hasta la Crisis de Mayo, participando destacadamente en aquélla.

Ahora bien, todo esto, todas estas tensiones, recelos y envidias en la cúpula de FET y de las JONS, quedaban ocultas bajo la retórica agresivamente exigente que su prensa venía utilizando frente a los otros sectores de la coalición, exigiendo más poder para el partido y la falangización del Estado. En ella participaban todos los sectores falangistas sin excepción. Y había sido a principios de 1941 cuando había comenzado a cristalizar el movimiento, en la forma de exigencia interna a Serrano de avances definitivos en la falangización del Gobierno y de crítica —indirecta, eso sí— a su gestión. A todo ello pudo contribuir la experiencia de Rumanía, es decir, lo ocurrido en enero de ese mismo año allí, cuando el partido fascista Guardia de Hierro, que hasta entonces compartía el poder bajo el dictador militar mariscal Ion Antonescu, había lanzado una insurrección armada para hacerse con todo el poder y había sido derrotado.

Aquí no se planteaba llegar a tanto y el movimiento pasó por la redacción de escritos y artículos de prensa, así como renuncias a cargos por parte de significativos dirigentes del partido. Nada más. Y aún, en algunos de los pocos casos en que las renuncias se formalizaron, la exigencia de mayor poder para el partido se le planteó a Franco de manera elíptica, nada directa. De hecho, solamente presentaron renuncias seis personas, la mitad de ellas sintiéndose muy a salvo, fuese por su apellido o por su proximidad al dictador: los hermanos Pilar y Miguel Primo de Rivera y, después, el propio Serrano Suñer. Ridruejo había renunciado antes ante Serrano, pero éste no le había aceptado la renuncia, y tras el nombramiento de Galarza en Gobernación lo harían el subsecretario de Prensa y Propaganda Antonio Tovar y el delegado nacional de Información e Investigación del partido y director general de Seguridad José Finat, conde de Mayalde. De hecho, en el partido más que renuncias —que no dimisiones dado que dimisión era una palabra prohibida en un partido concebido como una milicia con sus miembros en permanente acto de servicio—, lo que más abundó fueron actitudes de expectación ante los acontecimientos. Pero no sabemos de otras que no sean las citadas, salvo testimonios —realizados todos ellos con mucha posterioridad— que refieren entre seis y nueve gobernadores civiles falangistas renunciados. Nada pues que ver con Rumanía y sí mucho más con un movimiento muy limitado. Algo así como un golpe de salón.

Veámoslo con mayor detalle: tras el inicio del movimiento para conseguir un avance definitivo en la falangización del Gobierno y del Estado de enero de 1941, ya a principios del mes de febrero se había producido un encuentro de Serrano con dirigentes de su entorno —Gamero, Ridruejo y Finat—, de la familia de José Antonio —Miguel Primo— y otras jerarquías que actuaban con relativa independencia —Gerardo Salvador Merino, delegado nacional de Sindicatos— reclamándole una entrevista «terminante y definitiva»[23] con Franco para forzar un cambio de gobierno en sentido falangizador. Si no lo hacía, le dijeron, debía dejar de utilizar FET y de las JONS. La demanda incluía que él —Serrano— pasase a ser presidente del Gobierno y que se concediesen a falangistas las principales carteras civiles del gabinete. En concreto un macroministerio de Economía Nacional —que incluyese todos los económicos—, Gobernación y Educación Nacional, desalojando a los ministros contrarios al partido.[24] Una de estas cuestiones, la del Ministerio de Economía, se había discutido largamente en la Junta Política en el mes de marzo, con posiciones al parecer divergentes entre Carceller, Salvador, Serrano, García-Valdecasas, Areilza, Gamero y otros sobre la forma que debería tener y si debía integrar o no a Sindicatos, aunque sí Trabajo.[25]

En paralelo, había comenzado la presión. La primera renuncia —como hemos avanzado, no aceptada— fue la de Ridruejo y era en protesta por la no entrada en la guerra mundial junto al Eje. El siguiente movimiento fue la publicación, por un destacado miembro del grupo intelectual del partido, José Antonio Maravall, el día del séptimo aniversario de la fusión de Falange Española con las JONS —4 de marzo de 1934—, de un artículo en Arriba, el órgano central del partido titulado «Sobre el tema de la técnica», en el que reclamaba el traspaso del poder de los técnicos a los políticos.[26] Pero no fue sino hasta los primeros días de mayo cuando las cosas se aceleraron. El primer día de ese mes, Antonio Tovar, subsecretario de Prensa y Propaganda del Ministerio de la Gobernación, firmó una orden por la que se eximía a la prensa de FET y de las JONS de su pase por censura —harto de ver como artículos escritos por camaradas eran recortados o prohibidos—. Ese mismo día, el hartazgo por el no cese de Gamero, los problemas con otros sectores de la coalición autoritaria y la voluntad de presionar al Caudillo exigiendo la citada falangización del Nuevo Estado llevaron a Miguel Primo de Rivera a presentar la dimisión de su cargo de gobernador civil y jefe provincial de Madrid, y de vocal de la Junta Política vía carta a Franco. Al día siguiente, 2 de mayo, fue el propio Serrano quien pronunció un discurso en Mota del Cuervo en el que exigió el poder para el partido. Y dos días después, el 4, otra hermana de José Antonio, Pilar, presentaba, vía carta a Serrano, su propia dimisión al Jefe Nacional, en tanto que delegada nacional de la Sección Femenina.

En sus cartas los hermanos Primo de Rivera criticaban la situación del partido dentro del Régimen, en concreto que el Nuevo Estado no se inspirase directamente en él ni fuese la plasmación del programa falangista, y apuntaban a la falta de mando directo —la Secretaría General—, lo que no era sólo una crítica a Gamero sino indirectamente a Serrano Suñer, por mantener las cosas de aquella manera. Para Pilar, la Falange, «que debía ser un cuerpo total inspirador de los actos del Estado en este momento crítico quizás para España, desde hace mucho tiempo no es más que una lánguida desorganización en la que lo único que queda en pie es la Sección Femenina». Se refería al desmoronamiento del partido y a una situación política general caracterizada por «la ausencia casi total en los cargos del Estado de gente falangista» y porque «desde los puestos más importantes se ha combatido a la Falange con toda clase de armas». Y criticaba directamente a Gamero al escribir que «una Secretaría de camaradas tibios no ha sabido hacerle frente a estas dificultades. Por otra parte, la Secretaría General vacante y los Jefes Provinciales totalmente desilusionados y desmandados, haciendo cada uno por su cuenta lo que cree que es mejor, pero sin unidad de mando». Y acababa apuntando que la solución «estaría en que los hombres elegidos para los cargos del Estado y del partido, cualesquiera que sean, fueran falangistas de verdad, porque sólo ellos saben calar hasta el fondo de la doctrina y transmitirla a los afiliados en todo su rigor y en toda su pureza».[27]

Por su parte, Miguel Primo había dirigido su crítica a la falta de secretario general efectivo y, de nuevo, a que no existiese un avance en la conversión del Régimen en uno realmente falangista. Para él:

La política de España difiere notablemente del pensamiento de aquel que nos puso a todos los hombres de la Falange en ardoroso servicio. Pensamiento fundamentalmente expresado en los Veintisiete Puntos de la Falange Española de las JONS. Y aunque claramente también entiendo las dificultades que se oponen a que la realización perfecta de ese ideal político alcance su deseada plenitud, creo y tengo el deber de decir a V.E., quién reiteradamente me honró con su confianza, que si bien es cierto que el cumplimiento total de la doctrina de José Antonio es difícilmente realizable en las actuales circunstancias, agobiantes dentro y peligrosas fuera, también es cierto que el instrumento creado para hacer efectiva algún día esa doctrina, es decir el Partido Falange Española Tradicionalista y de las JONS está en absoluto desprovisto de los medios y posibilidades mínimas para llevar a cabo su difícil misión [*].[28]

Y añadía el hecho de que el Consejo Nacional se hubiese reunido tan sólo una vez desde su última designación —desde 1939—; que la Junta Política, «supuesto Consejo inspirador de la política del Nuevo Estado, es una desgraciada simulación de lo que tal organismo debiera ser en la práctica de una política renovadora y fuerte»; que las Milicias del Partido «sólo existen en una Ley sin reglamentar y apenas si habrá en todo nuestro territorio cien españoles que sepan lo que […] son, ni quién las manda directamente; y que el Frente de Juventudes, proclamado hace cinco meses[29] en Ley a la que V.E. llamó obra predilecta del Régimen, [se encuentra] sin mando por no haberse designado desde entonces la persona que lo ejerza, [y] hace de nuestra esperanzada juventud […] un numeroso y perplejo conjunto de muchachos que, de seguir así, llegará el día que duden si nuestra Cruzada fue algo más que una matanza entre españoles». En cuanto a los sindicatos verticales, añadía que «existen dentro de un desconcierto económico tan patente que, mejor que cumplir una función económico-social justa, dijérase que son el obstáculo que cierra todos los caminos por donde nuestra empobrecida economía busca sus cauces naturales». El partido, por todo ello, carecía de sentido y de razón de ser y se había convertido «en una ficción vacía de entusiasmo y en vivero de torpes ambiciones». Y como causa señalaba la citada falta de «mando directo».

Serrano Suñer, en su discurso de Mota del Cuervo, se había referido —como solía hacer, de manera enrevesada y barroca— a los que «cada vez con mayor atrevimiento quisieran sustituir lo auténtico por lo simulado, el pensamiento original y creador por el lugar común, la actitud apasionada y vigilante de nuestra política por el gusto por las cosas arregladitas y fofas que nutrieron el convencionalismo inerte que a nada da raíz ni cimiento y que abre la puerta a todos los malos». Y había reivindicado que «el sujeto que conduzca esta tarea no puede ser más que la minoría política movida por la luz y por la fe; y en esta pieza fundamental del Régimen el problema no está, precisamente, en ensanchar la base —este es lenguaje resabiado de liberalismo—, sino en apretar su coherencia y emplearla en su entera y rigurosa significación por quienes entiendan y amen la Falange que se ha proclamado oficialmente», refiriéndose despectivamente a aquellos que pretendían que el Régimen fuese «un ciempiés eclecticista».[30] Y el día 5 envió a Franco la carta de dimisión recibida de Pilar, junto a otra que aquella le había dirigido a él mismo y que, a decir de Serrano, contenía «una generosa valoración» de su persona.[31]

Fue también ese mismo día cuando el Caudillo reaccionó. Y lo hizo en sentido contrario a la presión que recibía. Nombró a Galarza ministro de la Gobernación. Antes, le había ofrecido a Lorente continuar como subsecretario de esta cartera, o pasar a sustituir al primero en la Subsecretaría de la Presidencia del Gobierno que ahora quedaba vacante. Su negativa a ambos ofrecimientos, aduciendo cansancio personal,[32] propiciaría que accediese a este último cargo un marino de guerra, Luis Carrero Blanco, capitán de fragata que era también consejero nacional de FET y de las JONS, pero que muy pronto se revelaría como un claro enemigo de las pretensiones hegemónicas y fascistizantes del partido. Serrano Suñer aún no lo sabía, pero desde ese flanco se contribuiría decisivamente, un año después, a su apartamiento de la vida política.

La reacción de Serrano y los dirigentes falangistas ante la promoción de Galarza, junto con la de otros dos militares, ambos alfonsinos de pro —los generales Alfredo Kindelán (nuevo capitán general de Cataluña) y Luis Orgaz (nuevo alto comisario en Marruecos)—, así como la de un carlista, Antonio Iturmendi —sustituto de Lorente en la Subsecretaría de Gobernación—, se dio en bloque y fue muy agresiva. Tuvo la forma de artículo, publicado en el órgano central de la prensa del partido, Arriba, el 8 de mayo de 1941, en el que se arremetía contra el nuevo ministro. El artículo, titulado «Los puntos sobre las íes. El hombre y el currinche», del que probablemente era autor Ridruejo (que no lo desmintió nunca) y en el que se decía que «tras cada hombre suele andar su currinche, su contrafigura […]. El currinche es lo contrario del hombre».[33] Fue entonces cuando podrían haberse dado renuncias de gobernadores falangistas —pero no como jefes provinciales del partido; entre seis y nueve según algunas fuentes— sin que exista evidencia ninguna —sino todo lo contrario— de que la de Arrese fuese una de ellas, aunque el personaje se atribuiría años más tarde, como veremos, su oposición a Galarza.

En paralelo, personas que ocupaban cargos estatales y eran falangistas, como Antonio Tovar —subsecretario de Prensa y Propaganda— y José Finat —delegado nacional de Información e Investigación y director general de Seguridad—, ambos del Ministerio de la Gobernación, presentaron su dimisión y fueron cesados inmediatamente por Galarza. El primero después de que se revocase su orden sobre la censura, en relación con el artículo sobre el propio Galarza;[34] y el segundo por su estrecha relación con Serrano. Un delegado nacional del partido, Girón de Velasco, que lo era de Excombatientes, escribiría años después que «los delegados nacionales vivíamos como en una especie de extraña huelga. O predimisión».[35] Punto y aparte supuso la actitud del poderoso delegado nacional de Sindicatos Gerardo Salvador Merino, que tenía aspiraciones propias y se mantuvo al margen.[36] Pero, en general, en la respuesta al nombramiento de Galarza estuvieron tanto falangistas serranistas como no serranistas.

Al punto álgido de la crisis se llegó con la dimisión del propio Serrano Suñer, producida tras aparecer en el diario Madrid —próximo a Galarza y a los generales alfonsinos— la contrarréplica al artículo de Arriba, titulado «El único que define», en el que se arremetía contra los falangistas y se calificaba como «una de tantas ridiculeces, producto de la osadía y de la frivolidad» el pensar que la política exterior de España podía ser llevada «por un grupo o grupito»[37] —en clara referencia al partido o a los dirigentes implicados en la presión—. Franco no se la aceptó, cuestionando el sentido del artículo y apelando al daño que su renuncia podía hacer «a España».[38] Al parecer y a raíz de ello habló Serrano con él sobre la posibilidad de incluir en el Gobierno a ministros militares falangistas e intentó negociar su propia permanencia en el gabinete.

Pero ya el Generalísimo había tomado las riendas de la situación. Frente a la queja del partido de no tener suficiente poder, procedió al nombramiento de nuevos ministros falangistas aunque del sector no serranista. En concreto, falangistas viejos que recelaban del poder de aquél. Fue entonces —el 9 de mayo— cuando, por una causa diferente, recibió en audiencia a un Arrese que no era sino un dirigente de segundo nivel, o tercero, de FET y de las JONS, pero le acabó ofreciendo la Secretaría General del partido. A un Arrese desconocido para muchos camisas viejas, pero que pertenecía al círculo familiar de José Antonio. Le ofreció un cargo que ese día, si hemos de creer lo que escribió el propio interesado años después, habría rechazado primero y aceptado después, pero solicitando no ser el único falangista designado, así como que se procediese a una amplísima remodelación del gabinete —a una «crisis total», en sus propias palabras—[39] incluyendo el nombramiento de un Gobierno falangista, o con mayor peso del partido.

Días después, una vez aceptado el cargo, y tras la negativa de Franco a su petición de ampliación muy significativa del número de falangistas en el gabinete, se habría comprometido a redactar un memorándum —que contendría, entre otros aspectos, críticas a la situación interna del partido y a su falta de desarrollo parecidas a las contenidas en las cartas de dimisión de los hermanos Primo de Rivera— que le habría entregado y leído cuatro días después, el 16. Ese día, siempre según su versión, habría logrado dos incorporaciones falangistas más: las de José Antonio Girón como ministro de Trabajo y la de Miguel Primo como responsable de Agricultura. Con ello se habría resuelto el pase que Franco quería de Benjumea desde estas dos carteras —que detentaba conjuntamente— a la de Hacienda, donde sustituiría un Larraz dimitido días antes, el 10. Por entonces el Caudillo ya habría conseguido de Pilar la retirada de su renuncia tras recibirla en El Pardo.

La inicial negativa de Arrese se habría basado, siempre según su testimonio y tras mostrarle Franco su nombre en tanto que el primero de una lista de cuatro posibles nuevos ministros secretarios generales del partido, en primer lugar en problemas de salud —había sido operado en enero y, tras regresar a Málaga, había pasado un tiempo de convalecencia en Corella—,[40] como explicaremos en el siguiente apartado. Y en segundo lugar en una —presunta e increíble— falta de vocación política. Pero ya antes de verse de nuevo con Franco, sabía que su negativa no funcionaría, en razón de haberle comunicado Pilar y Miguel Primo, junto con Manuel de Mora-Figueroa, ese mismo día, que Franco persistía en su intención de nombrarle. Resulta significativo el hecho de que Mora-Figueroa, camisa vieja gaditano, marino de guerra sublevado el 18 de julio de 1936 y fundador junto con su hermano mayor José durante la guerra del llamado Tercio Mora-Figueroa —famoso por sus acciones en Andalucía y destacado en la represión durante los primeros meses de la contienda—, además de consejero nacional, gobernador civil y jefe provincial de Cádiz, hubiese sido ya antes de ese día conminado por el Caudillo a sustituir a Miguel Primo como gobernador y jefe provincial de Madrid.[41] Ello es prueba de que pensaba promocionar a éste, «único varón vivo de la estirpe de José Antonio», con el efecto positivo —y, aún más, aparente— que ello podía tener dentro del partido. Una —otra— iniciativa brillante de Franco.

En su propia versión de lo sucedido, escrita muchos años después, especifica Arrese que en la segunda entrevista Franco le habló de la dimisión de Larraz y de la necesidad de solucionar su sustitución, así como de su intención de reemplazarle por Benjumea. Y se atribuye, como hemos visto, el mérito de las propuestas de Primo y de Girón. En el intermedio habría redactado un memorándum que le habría leído a Franco en el tercer y definitivo encuentro del 16 de mayo. Ese día le habría planteado la necesidad del pase de la Subsecretaría de Prensa y Propaganda desde Gobernación «bien para formar un nuevo Ministerio, o lo que sería aun mejor, que pasara a depender de mí»,[42] es decir, de la Secretaría General de FET y de las JONS.

Pero en realidad en ese memorándum —del que existe un ejemplar en su archivo— no planteaba tal disyuntiva, sino la formación de un nuevo ministerio ad hoc.[43] En todo caso, su versión refiere que fue de esta última entrevista de la que salió la decisión de nombrarles a él, a Primo y a Girón nuevos ministros. Y también que las competencias de Prensa y Propaganda pasasen de Gobernación al partido. Así como que se designase un nuevo delegado nacional del Frente de Juventudes —recordemos, una de las quejas de Miguel en su carta de dimisión—, en concreto en la persona de José Antonio Elola-Olaso, y un nuevo vicesecretario general del partido en la persona de José Luna Meléndez, un camisa vieja antiguo jefe provincial de Cáceres de FE de las JONS y militar de carrera[44] considerado próximo a Serrano, que sustituía a un Gamero del Castillo cesado como ministro vicesecretario general.

En resumen, que si bien Franco había resuelto la crisis apoyándose en falangistas no serranistas, había tenido también en cuenta la necesidad de compensar de alguna manera a su concuñado con alguna designación, como fue el caso de Luna. O que el propio Serrano se lo había arrancado.[45] En todo caso los nombramientos de los nuevos ministros aparecieron en el Boletín Oficial del Estado entre el 18 y el 22 de mayo de 1941.[46] Se había iniciado un vínculo personal-político entre Franco y Arrese que daría mucho juego en los siguientes cuatro años, y aun después.

El hecho de que Franco resolviese la crisis política de mayo de 1941 y la reformulación de gobierno sin contar con Serrano significó el primer jalón de un cambio en su manejo de las relaciones internas de la coalición autoritaria que presidía, en la designación de nuevos gobiernos y en su relación con el partido único. La «víctima», entre comillas, acabaría siendo su concuñado. El Caudillo había respondido a la presión falangista concediendo al partido más poder, pero no la hegemonía demandada. ¿Que los dirigentes falangistas le habían exigido más poder? Pues él les había concedido más ministerios, pero no todo el poder civil. ¿Que le habían exigido más medios? Pues ahora Arrese y los otros ministros falangistas deberían luchar por ellos en el seno del Consejo de Ministros. En suma, promocionaba a (más) ministros falangistas, pero el poder continuaba estando en manos de una coalición autoritaria diversa.

Por otra parte, al actuar así, tampoco cedía a las presiones que recibía de sus conmilitones, algunos de los cuales, como el general monárquico alfonsino Kindelán, le pedían que prescindiese totalmente del partido y consideraban a FET y de las JONS como un insufrible nido de engreídos que no sólo se tuteaban entre ellos, sino que pretendían tutearles a ellos. A ellos, que se creían los únicos con derecho a la gobernación del país dado que habían sido los que habían ganado la guerra. Los protagonistas de la victoria.

Igualmente, con su manejo de la crisis, Franco mantenía a Serrano al frente de la Junta Política, pero le colocaba debajo —y dispuesto a ejercer sus funciones con independencia de él— a un Arrese al que pensaba prestar todo su apoyo personal en la toma del control del partido. Apoyo que muy probablemente ya le había comprometido en las conversaciones previas a su designación. Además, al hacerlo había contado con falangistas que habían estado presionando a su concuñado y, ya antes, había recortado definitivamente poder —interpuesto, vía Lorente Sanz— en el Ministerio de la Gobernación, nombrando nuevo ministro a Galarza. Ahora, las competencias sobre Prensa y Propaganda dejaban de estar bajo la égida de este ministerio y pasaban, en tanto que nueva Vicesecretaría de Educación Popular, a FET y de las JONS, pero no bajo Serrano sino de Arrese, lo que cogió tan por sorpresa a éste que incluso se habría desmayado al saberlo.[47] También habían cesado en sus cargos los serranistas Gamero del Castillo, Ridruejo, Tovar y Finat. Y, siendo consciente Franco de la necesidad de hacer equilibrios internos con el resto de sectores de la coalición autoritaria, había compensado el incremento de cargos en personas falangistas con otros en monárquicos alfonsinos —Galarza, Kindelán, Orgaz— y carlistas —Iturmendi—. Seguramente la intención de Serrano era repetir con Arrese lo que había hecho con Muñoz Grandes, emparedado entre él por arriba y Gamero del Castillo por debajo, pero esta vez —y no sin considerables tensiones de por medio, como veremos— no lo conseguiría.

La nueva etapa que Franco estaba dispuesto a inaugurar en su relación con el partido único, caracterizada por una mayor dedicación personal a los asuntos de FET y de las JONS, pasaba por la disminución del hiperprotagonismo de Serrano y por el apoyo a Arrese. El nuevo ministro secretario general lo aprovecharía y proporcionaría al Jefe Nacional un liderazgo del partido basado en una fidelidad y lealtad extremas. Lo haría desde sus propias ambiciones personales, que no eran pocas, hasta su —nada deseado— cese como ministro secretario general de 1945.[48] Su proyecto era la construcción del Nuevo Estado en lo que él creía sentido falangista. Primero, persistiendo durante un tiempo en la demanda del poder total que había estado en la base de la Crisis de Mayo de 1941 que acababa de cerrarse. Después, adaptándose a la convivencia con los otros sectores políticos en el seno del Gobierno y de la coalición autoritaria, pero pugnando por que la definición política e institucional del Régimen pasase siempre por el partido y su doctrina. De su versión de la doctrina falangista, estructurada fundamentalmente antes de la Guerra Civil, donde primaba un sentido católico bien poco fascista que se dedicaría a difundir una vez que tuvo cargos políticos en el Régimen.

Y, sobre todo, a partir de su acceso a la Secretaría General, con nuevos pasos en sentido desfascistizador que venían a sumarse a los ya dados con la conformación de FET y de las JONS desde 1937 y durante la Guerra Civil. Entonces se había aceptado la subordinación a un líder no fascista —el propio Franco—, catolizado en parte el discurso falangista —pero sin abandonar el ultranacionalismo secular originario,[49] una auténtica religión política laica—,[50] aceptada la confesionalidad del Estado y derrotada la versión —ya parcialmente desfascistizada— de Raimundo Fernández-Cuesta de la doctrina nacional-sindicalista de José Antonio Primo de Rivera con la promulgación del llamado Fuero del Trabajo de 1938. Por su parte, y a partir de su versión del falangismo, desde siempre teologizada, propugnaría Arrese desde 1943 una exageración del componente católico, anticomunista y (presuntamente) antitotalitario del partido, al tiempo que negaba el fascismo de la Falange y generaba una versión propia de la doctrina nacional-sindicalista en lo económico y social que no parece se correspondiese con el Estado sindicalista propugnado por Primo desde 1935.[51] Con él, más que ante un proyecto netamente modernizador, ultranacionalista y palingenésico[52] que sacraliza de manera secular conceptos como la nación, crea cultos y ritos específicos y busca trascender la nueva unión interior lograda por la acción del partido sobre el país en un proyecto imperialista, como es el proyecto fascista, encontramos una mixtura de ultracatolicismo tradicional (nada moderno) con elementos fascistas —entre ellos una versión específica del nacionalsindicalismo falangi

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