En el velero
Es un hermoso día de agosto del año 1818; el sol brilla radiante, el mar centellea. Han subido temprano a bordo del pequeño velero en Wiek, en la isla de Rügen, con el equipaje y los materiales de pintor de él, y se han deslizado sin ruido por el adormilado estuario, dejando a su derecha los bosques de haya de Hiddensee para luego tomar rumbo al sur, hacia Stralsund. Desde el este, donde se hallan las suaves colinas de Rügen y los dólmenes de épocas remotas, sopla un viento cálido que inflama las velas y tensa las jarcias. Ah, cómo ama ese momento en que la vela de lino se hincha al máximo y el barco se pone en movimiento como por arte de magia. ¿Ha inventado el espíritu humano algo más bello?, se pregunta. Él quiere hacer algo parecido cuando esté de vuelta en Dresde: dar vida a un lienzo con su pincel tal como el viento insufla vida a las velas. Entonces, Line lo arranca de sus pensamientos: «Mira, Caspar», le dice; «mira, allí, en los bancos de arena, ¿ves las focas asomando entre las olas?». «Disculpa, Line», responde él sonriendo confuso, «estaba completamente abstraído».
Es 11 de agosto y él, el excéntrico pintor de Greifswald, de cuarenta y cuatro años, y ella, dresdense de veinticinco, acaban de pasar su luna de miel en Rügen. En el velero reina el silencio, sólo se oye el enérgico batir de las alas y el graznar de las gaviotas. De vez en cuando la espuma los salpica, y unas gotas saladas refulgen un momento en las largas patillas pelirrojas de Caspar David Friedrich. Line jamás había subido a un barco, y tiene miedo, pero si ha de morir mejor que sea a su lado, ha dicho; sí, en serio. Friedrich no cabe en sí de felicidad. «Qué suerte haberte encontrado», murmura, y le aprieta la mano. «Qué caprichoso es el amor», le escribe a su hermano Christian. Desde el inesperado enlace, la pueblerina Line ha aprendido a comer los arenques pomeranos que él les envió desde Greifswald como regalo de bodas, le cuenta. Muchas cosas han cambiado en su apartamento de Dresde desde que el «yo» se convirtió en «nosotros»: «Se come más, se bebe más, se duerme más, se bromea más, se lipea más...» Sí, ha escrito «lipea», sea lo que sea que eso signifique; en cualquier caso, el año siguiente tendrán su primer hijo.
Es cierto que ya no puede dejar escupideras llenas por todas partes: a ella le molesta, pero por lo demás...
Su travesía por las aguas brillantes de la laguna, a veces azul oscuro, a veces turquesa, dura casi un día entero, pero Friedrich no se cansa de mirarlo todo, de absorberlo todo con sus ojos de pintor: los barcos, los cabos, el mástil, el ondear de la vela, las líneas costeras a izquierda y derecha, los árboles de un verde intenso que coronan los acantilados. Cuando aquel mágico día de agosto empieza a declinar, el calor de los rayos del sol aún se siente en las planchas de madera bajo sus pies: no necesitan chal ni abrigo. Entonces, St
