La huella vikinga

Laia San José Beltrán
Laia San José Beltrán

Fragmento

Introducción. La huella vikinga

INTRODUCCIÓN

LA HUELLA VIKINGA

Año 2025. Sales a pasear con tu perro, Thor, sacas el móvil, lo conectas a los auriculares por bluetooth y comienza a sonar «Twilight of the Thunder God», de Amon Amarth. En tu calendario de sobremesa, que está en inglés y es de la marca Viking Direct, tienes apuntado que hoy, Wednesday, sale un capítulo nuevo de la serie Loki. Esta noche vas a aparcar un rato el nuevo videojuego God of War: Ragnarök para ver la televisión tomándote un hidromiel.

La Era Vikinga se acabó en el siglo XI, pero mil años después los vikingos parecen más vivos que nunca porque están hasta en la sopa. Son los protagonistas de cientos de productos culturales de todo tipo año tras año y no tiene pinta de que estemos, ni por asomo, cerca del pico de desaceleración. De hecho, probablemente mucho de lo que sabes —o de lo que crees saber— sobre los vikingos sea gracias a todas estas películas, series, novelas o videojuegos. A lo mejor incluso los conociste a través de alguno de estos productos.

Si te gusta la cultura nórdica, estás viviendo una edad dorada. Pero también es posible que esta sobreexposición vikinga haya hecho que les tengas cierta tirria. Esa cultura de guerreros salvajes, saqueadores y violadores hipermasculinizados, con figuras femeninas hipersexualizadas, que no sabían hacer la o con un canuto ni nada más que rapiñar y salir corriendo. O en barco. Igual te suscitan cierta aversión porque hoy los vikingos están asociados a conceptos como la masculinidad tóxica, la violencia, los movimientos supremacistas de extrema derecha, el racismo e, incluso, el neonazismo. No te lo voy a negar, porque ahí algo hay.

Sin embargo, déjame decirte dos cosas: la primera es que esta popularidad no es algo nuevo, los vikingos llevan siendo populares desde hace, más o menos, trescientos años (lo que pasa es que tú no estabas ahí para verlo). Y la segunda es que ha sido en estos trescientos años cuando se ha creado esa imagen del vikingo y de lo vikingo tan negativa, que poco tiene que ver con la realidad histórica.

La culpa de todo la tiene el siglo XIX. Da igual cuándo leas esto. Y da igual en qué contexto lo leas.

La existencia de los vikingos fue relativamente efímera si la comparamos con otros periodos históricos. Escasos trescientos años que se extendieron entre el 750 y el 1050 aproximadamente. Da igual, no les hicieron falta más para dejar una huella tan profunda que, incluso hoy en día, llega a sitios que, seguramente, ni te habías planteado. Y a sitios a donde ellos nunca llegaron. A lo largo de estos años de redescubrimiento han conquistado —metafóricamente hablando— lugares por donde no pasaron y donde hoy encontramos un arraigo desconcertante no solo en Europa, sino también en Norteamérica y en Latinoamérica.

Es como si los vikingos nunca se hubiesen ido y a estas alturas llevamos casi más tiempo fascinados por ellos, reimaginándolos y reinventándolos de lo que, literalmente, existieron. Porque cuando desaparecieron como ente histórico pasaron a formar parte del acervo popular hasta convertirse en un producto cultural con entidad propia que es casi como un organismo vivo que va mutando y adaptándose a los tiempos.

Cuando en los siglos XVIII y XIX los vikingos fueron redescubiertos por el Romanticismo y el nacionalismo, tras haber pasado algún siglo que otro en la penumbra, lo hicieron como un concepto paraguas, como un enorme cajón de sastre que se fue llenando de ideas, características, cualidades e incluso anhelos personales o nacionales según el momento y según dónde o quién los redescubría. Vikingo es un constructo histórico, ideológico y hasta lingüístico que significa cosas diferentes, en sitios diferentes y en momentos diferentes, la mayoría de las cuales poco o nada tienen que ver con lo que fueron. Porque los vikingos tienen ya una historia y una imagen popular paralela a la realidad histórica; ambas caminan de la mano, ambas coexisten y son inseparables. Nos guste o no.

Y como el nuevo vikingo nos lo hemos inventado, puede ser casi cualquier cosa. Y puede servir para lo que uno quiera. Porque siempre hay una huellita de la que tirar, aunque sea echando mano del ingenio. Así, a lo largo de estos últimos siglos no solo se han creado con ellos obras literarias, óperas, películas, series o cómics. Para nada. También han servido de inspiración a todo tipo de entidades, como empresas, para crear y vender productos utilizando esos supuestos atributos que tenían los vikingos.

Los vikingos vistos como el ideal de fuerza y resistencia han dado nombre a marcas de neumáticos como Viking Tyres, de chalecos salvavidas como Viking Life-Saving Equipment o de ropa de deporte outdoor como la noruega Nørrona. Todo resistente para deportes y aventuras al aire libre, como los propios vikingos. La imagen de los vikingos como aventureros y exploradores los ha llevado a ser nombre de cruceros como los suizos Viking Cruises o dar imagen a automóviles como los Rover, que usaban como logo un barco vikingo de frente, como el de Gokstad. Ya en 1929, hace casi cien años, la marca te vendía que si los vikingos fueron grandes exploradores de los mares con las enormes innovaciones tecnológicas de sus barcos, tú podías ser un explorador de las carreteras y vivir todo tipo de aventuras con las innovaciones tecnológicas de sus coches.

Por supuesto, esa imagen de vikingos joviales, glotones y borrachuzos ha servido para usarlos como reclamo de comida —sobre todo carne— y alcohol —sobre todo cerveza e hidromiel—. Eat like a viking. Drink like a viking («Come como un vikingo. Bebe como un vikingo»). Vive la experiencia de un buen banquete vikingo —como los de las sagas— en el que si no acabas vomitando en una esquina acabas en un duelo perdiendo un brazo. La cerveza danesa Red Erik de Ceres Brew y la marca también danesa Faxe utilizan un vikingo con casco con cuernos en sus latas; los Wickie Chicken Nuggets son los pollos más vikingos de Alemania, y el pan plano noruego Odin Potetbrød, que lo mismo si le pones otro nombre pues es un pan soso sin más, pero si le llamas Odín le estás dando una vueltita. Puro marketing. Porque lo de poner nombres vikingos a las cosas también ha llegado a productos de lo más variopintos, como el proveedor de telefonía belga Mobile Viking o el material de oficina Viking Direct, que no me lo he inventado.

Como te decía, esto no es un fenómeno nuevo: los vikingos —si es que realmente se fueron en algún momento— volvieron hace mucho mucho tiempo y los hemos utilizado para un montón de cosas. Y, de una forma u otra, los has consumido tú, tus padres, los padres de tus padres, los padres de los padres de… Y en este libro quiero contarte todo eso.

Quiero que conozcas cosas históricas y reales de los vikingos, pero también quiero que sepas por qué tienes una imagen concreta de ellos —a veces negativa, a veces fantasiosa— que seguramente no es real, pero que no sale de la nada, sino que es de alguna forma producto de la enorme huella que los vikingos nos dejaron en su corta existencia. Porque hicieron muchas cosas —mucho más que saquear—, llegaron a muchísimos sitios —muy lejanos algunos—, fundaron lugares —como Normandía o Dublín— y ayudaron a configurar la Europa que vio nacer la Alta Edad Media.

Hoy por hoy, seguimos utilizando palabras que derivan del nórdico antiguo, la lengua que hablaban las gentes del norte, como window («ventana»), Wednesday («miércoles») o husband («marido»). Y cuando usas el bluetooth estás diciendo el nombre de un rey vikingo, Harald Bluetooth, el del diente azul y su logo son dos runas combinadas. Porque la historia es tanto más interesante cuando además de estudiar lo que fue sabemos para qué se ha usado y quién la ha usado. La historia no es solo nuestro pasado, sino también cómo la moldeamos para construir nuestro presente.

Este libro es para ti si te gustan los vikingos históricos, pero también los de la cultura popular. También lo es si sabes mucho de vikingos, porque no te voy a contar su historia exactamente, sino qué ha pasado con ellos los últimos tres siglos. Y te aseguro que te va a sorprender. Si no sabes nada de estas gentes más allá de lo que has visto en series o películas, estás en el sitio correcto, porque a través de productos que conoces, vas a descubrir un montón de cosas interesantes.

Y si los vikingos no te gustan, si los odias incluso, también es tu libro. No te prometo que cuando termines de leerlo te vayan a gustar; de hecho, tampoco lo pretendo. Pero seguramente habrás descubierto que muchas de las cosas que hacen que no te gusten tienen más que ver con los últimos trescientos años y cómo distintos procesos y personas los han convertido en un mito o en un producto que con la realidad histórica de un pueblo que vivió hace más de mil años en el norte de Europa, pero cuya huella es imborrable. Vamos a seguirla.

1. Vikingo se hace, no se nace

8 de junio del año 793 (no te doy la hora porque no la tenemos, pero poco faltó). Un grupo de cuatro o cinco escandinavos, no más, en un barco que seguramente no se parece demasiado a esos superbarcos vikingos que todos tenemos en mente, llega al monasterio de Lindisfarne, en las playas de Northumbria, Inglaterra. Vienen de las zonas de la costa occidental de Escandinavia, seguramente de algún lugar de las actuales Noruega o Dinamarca, y protagonizan el primer desembarco documentado cuya intención principal y única es el saqueo. Y con esto damos por inaugurada la Era Vikinga y los escandinavos —o más bien, algunos de ellos— se convierten en vikingos. Casi trescientos años después, en el año 1066 y también en Inglaterra, los escandinavos dejarán de hacer el vikingo y la Era Vikinga llegará a su fin. Nunca más habrá vikingos.

Qué fechas tan redondas y exactas, ¿no? A los historiadores nos encanta poner fechas; el Imperio romano de Occidente cae en el 476 y empieza la Edad Media, la Edad Moderna comienza en 1492 con el «descubrimiento» de América —aquí los vikingos van a tener algo que decir…—, la época contemporánea empieza con la Revolución francesa de 1789 y así ad aeternum.

Compartimentar es una forma de hacer más sencillo estudiar periodos y ver las diferencias entre unos y otros. En este sentido hay fechas que, por su importancia, se prestan a funcionar como punto final o de inicio, pero señalar periodos y lugares de forma tan abrupta no está exento de conllevar una buena cantidad de problemas. Un inconveniente suele ser que la mayoría de estas periodizaciones son demasiado generalistas, porque se aplican para todo el mundo igual. Un segundo problema es que suelen ser profundamente eurocéntricas, porque en realidad lo que pasó en Roma en el año 476 a la población de una comunidad de América u Oceanía le daba bastante igual y le afectaba más bien poco. De hecho, estas periodizaciones tan cerradas ni siquiera se ciñen bien a la historia europea cuando nos salimos de la Europa occidental y central.

En el colegio aprendimos que después de la prehistoria viene la Edad Antigua y después la Edad Media, y luego la Moderna, ¿no? Pues en el caso de los vikingos, la Edad Antigua no está. Chao. Adiós. Se fue, como Laura. Los vikingos suponen el periodo final de la Edad del Hierro escandinava, es decir, el final de su prehistoria, y cuando la Era Vikinga termine alrededor de mediados del siglo xi, Escandinavia no pasará a la Edad Antigua, sino que entrará directa en su plena Edad Media.

Si visitas cualquier museo de historia o arqueología en Escandinavia —como el Historiska Museet de Estocolmo, el Nationalmuseet de Copenhague o el Kulturhistorisk museum de Oslo— comprobarás que la etapa vikinga está dentro de las salas que recorren la prehistoria escandinava. Y cuando esta parte se acabe, entrarás en las salas de la Edad Media. Si te fijas bien durante tu paseo verás que la mayoría de estos museos hablan de «vikingos» y de «Era Vikinga», porque es la forma en la que todos los conocemos. Y te estarás preguntando que por qué no iban a llamarlos así si, en efecto, eran vikingos (o vikingas). Bueno, pues… porque no es tan sencillo.

Si nos ponemos rigurosos, lo cierto es que utilizamos la palabra vikingo por encima de nuestras posibilidades. Porque es un concepto fácilmente reconocible, porque a todos nos viene a la cabeza algo muy concreto. Porque si decimos «etapa final de la Edad del Hierro escandinava» no nos entiende ni el apuntador, pero si decimos «Era Vikinga» se oye de fondo un «aaaah, claro, eso: los vikingos».

Lo que pasa es que, en realidad, la usamos mal. Muy mal. Rematadamente mal. Porque, parafraseando a la gran Simone de Beauvoir —que dijo aquello de «no se nace mujer, se llega a serlo»— vikingo no se nace, se hace. Y, antes de que me lo preguntes, no: tú ahora mismo ya no puedes ser un vikingo. Porque lo que definía a un vikingo, lo que convertía a una persona escandinava del siglo VIII, IX o x en un vikingo (o una vikinga) ya no se puede hacer. O, bueno…, poderse se puede, pero digamos que en el siglo XXI además de en vikingo te convertirías en presidiario. Porque robar está mal. Y penado por ley.

Así que vamos por partes: ¿qué es, entonces, ser un vikingo?

La palabra vikingo es un invento moderno

Se considera que la Era Vikinga comienza de forma oficial el 8 de junio del año 793 porque es cuando la Crónica anglosajona —un manuscrito que narra, casi como si fuese un diario, la historia de la Inglaterra anglosajona— recoge por primera vez un saqueo vikingo como tal. Sin embargo, no era la primera vez que los escandinavos salían de sus fronteras; tampoco era la primera vez que visitaban Inglaterra y, con casi total seguridad, tampoco era su primer saqueo.

Ya en el año 787 o 789 la misma Crónica anglosajona recoge un relato según el cual tres barcos escandinavos llegaron a la bahía de Portland y la cosa acabó como el rosario de la aurora. Parece ser que podría haber sido más bien una expedición comercial, algo que hacían de forma habitual los vikingos sobre todo en rutas hacia el este de Escandinavia, que por algún motivo terminó con el asesinato del juez local a manos de los escandinavos y el posterior saqueo de la localidad. Pero como no lo tenemos claro, el del 793 se considera el primero y oficial.

Sea como fuere, esos primeros viajes de los escandinavos hacia otros territorios —tan centrados en el saqueo y el pillaje— fueron lo que, hacia finales del siglo VIII, convirtió a los escandinavos en vikingos. Lo que marcará la diferencia será esa actividad tan concreta, porque el resto de las características de la sociedad escandinava —como la religión, su estructura o sistema social, su cultura o su idioma— serán exactamente iguales en el año 720 que en el 820. Sin saqueos no hay vikingos.

Estos primeros ataques a puntos tan estratégicos y desatendidos militarmente como monasterios y abadías, realizados con cuatro barcos y poca tripulación, sin demasiada jerarquía y organizados un poco a las bravas, irán derivando en expediciones mucho más planificadas, con flotas mucho mayores y lideradas por grandes caudillos o incluso reyes.

A partir de bien entrados los siglos IX y X, la sociedad escandinava emprenderá un viaje hacia la cristianización que la hará evolucionar progresivamente de una sociedad del hierro a una sociedad ya plenamente medieval. Y cuando los escandinavos entren a formar parte del orbe cristiano medieval europeo deberán abandonar el oficio de vikingo, porque ¿con qué cara te vas tú a saquear porque sí un territorio con el que ahora se supone que mantienes relaciones diplomáticas, y con cuyo caudillo quizá estás intentando casar a tu hija? Queda feo, digamos. Hasta la guerra tiene sus normas de cortesía. Llegado ese momento, los vikingos desaparecerán. Para siempre. Y solo quedarán escandinavos medievales.

Así que sabiendo esto, volvamos al principio: ¿qué es un vikingo? Es la pregunta del millón. Definir qué significa —o significaba— ser un vikingo no solo es un debate de barra de bar, sino una discusión académica que actualmente dista mucho de alcanzar un acuerdo.

En los últimos tiempos, desde que se han convertido tanto en sujeto de estudio histórico como en personajes de la cultura popular, cuando hablamos de vikingos solemos verlos como un pueblo o una identidad étnica homogénea. Pensamos en vikingos y nos viene a la cabeza una imagen muy concreta con una serie de características muy marcadas. Sin embargo, ser un vikingo era un oficio, un trabajo, una actividad, no una identidad. Uno hacía el vikingo. Uno se iba de vikingo. Pero uno no era un vikingo.

Así que nuestra primera definición sería que un vikingo era un hombre joven al principio de origen escandinavo —lo que hoy son Suecia, Noruega y Dinamarca— que salía puntualmente de expedición pirata y se dedicaba a la rapiña y la extorsión en casi toda Europa y parte de Asia entre mediados del siglo VIII y mediados del siglo XI. Y luego se retiraba con su dinerito y sus propiedades a ser, o a continuar siendo, comerciante o, en su gran mayoría, granjero.

En palabras de Eric Christiansen, la época de los vikingos fue «la edad de oro del porquero». Porque eso es lo que fueron la mayoría de las personas que habitaron Escandinavia antes y durante la llamada Era Vikinga, granjeros, campesinos y comerciantes. Los había más ricos y más pobres; esclavos y hombres libres; algunos trabajaban para una granja y otros eran los dueños de esta y se deslomaban lo justito. Pero, en general, su sistema de vida era la granja: producir lo que se podía, comerciar con lo que se generaba y comprar e importar lo que se necesitaba en algunos enclaves comerciales o protociudades como Ribe, Birka o Hedeby. Y cuando uno estaba en la granja entre coles, en el taller fabricando unas fíbulas o pescando para tener pescado seco para el invierno, no era un vikingo. Porque no estaba haciendo el vikingo.

Hacer el vikingo no era tan fácil, porque uno solo podía hacerlo fuera de casa. Y, en realidad, la vikinga era una actividad que llevaba a cabo muy poca gente y durante muy poco tiempo. La mayoría de la población escandinava de esta época nunca hizo el vikingo ni salió de vikingo porque nunca pusieron un pie fuera de sus granjas sino para ir a algún mercado y nunca empuñaron un arma más allá de las que eran herramientas de trabajo.

De hecho, hay quien sostiene que solo podríamos hablar de vikingos hombres y que estrictamente hablando no habrían existido las mujeres vikingas. Sin embargo, son teorías algo anticuadas porque, aunque nos ciñésemos simplemente al ámbito del saqueo y la piratería, hoy sabemos que también las mujeres participaron en estas expediciones, aunque fuese en menor número.

E igual que hay quien sostiene que no hay mujeres vikingas —tampoco niños y niñas vikingas, claro—, también hay voces contrarias a conceptos como sociedad vikinga, cultura vikinga, arte vikingo o lengua vikinga. Incluso a la propia noción de Era Vikinga. Pero es que si además salimos del terreno más académico —en el que existen másteres en estudios vikingos o museos vikingos— y vamos a lo más popular, hoy en día de los vikingos tenemos también música, ropa, maquillaje, peinados, tatuajes, joyería y un largo etcétera.

Como habrás deducido, en la actualidad utilizamos el término vikingo en un sentido mucho más amplio que el que tendría si nos ajustásemos a su definición «original». Y esto es porque los vikingos, además de algo histórico, ya son parte de nuestro imaginario cultural popular. De hecho, son casi más cultura popular que realidad histórica ahora mismo. Y de eso va este libro.

El de vikingo es un cajón de sastre que sirve para designar un periodo histórico completo —la Era Vikinga—, una cultura y una sociedad. Es decir, hablamos de mundo vikingo. Tal vez lo más correcto sería hablar de un mundo nórdico antiguo, entendiendo lo antiguo como lo anterior a lo cristiano. Y aunque ciertamente es más correcto hablar de lengua nórdica antigua, arte nórdico antiguo o de religión y mitología nórdica antigua, no es menos cierto que entonces perdemos esas características que diferencian esa etapa concreta, la Era Vikinga, del mundo escandinavo anterior.

No hay debate en torno a si podemos decir vikingos cuando nos referimos a ellos en la cultura popular. El debate, en realidad, es si podemos llamarlos así cuando hablamos a nivel histórico. Porque, en realidad, también a los vikingos nos los hemos inventado. ¿Sabías que la palabra vikingo no existía? Como lo lees.

Vamos a partir de la base de que los vikingos no se llamaron a sí mismos vikingos jamás. Quienes se encontraron con ellos tampoco los llamaron así. Los anglosajones los llamaban dane («daneses»), sin diferenciar demasiado si eran daneses, suecos o noruegos, porque en el siglo X las fronteras escandinavas no eran como las de ahora, ni aquellos eran territorios unificados, y porque se trataba de hacer referencia a su lugar de procedencia, no a lo que eran.

Las crónicas irlandesas sí diferencian entre los fin-gaill («extranjeros rubios o claros») para designar a los daneses, y los dubhgaill («extranjeros oscuros o morenos») para identificar a los noruegos. No obstante, teorías más aceptadas creen que en realidad estos nombres indican los bandos a los que se unían los vikingos dentro de las luchas entre anglosajones e irlandeses. Las fuentes bizantinas y eslavas se referían a los escandinavos que actuaban en el este de Europa como varangoi («varegos»), tal vez derivado del nórdico antiguo var que significaba «voto» o «juramento». También los llamaron rus los eslavos y rhos los bizantinos, que se cree que podría derivar del adjetivo griego rojo, aunque no sabemos si hacía referencia a un color de pelo o a otra cosa.

En la Europa continental las fuentes latinas los denominan normanni o gens normannorum («hombres o gentes del norte», de donde derivaría el posterior normando), ascomani o ashmen («hombres del fresno», se cree que en referencia al Yggdrasil, el árbol de la vida en la mitología nórdica). Los musulmanes los llamaron mayus o madjus, que se traducía por «magos» o «adoradores del fuego» y que no era un término solo para los vikingos, sino para todos aquellos a los que consideraban paganos. En las fuentes de la Galicia medieval los vikingos aparecen mencionados como lordomanni, leodemanorum o lotimanorum.

Partiendo de esta base, e independientemente de cómo se les llamase, lo que sí podemos ver es que la mayoría de estas connotaciones no son negativas, no hacen referencia al saqueo o al pillaje, sino más bien a su procedencia o a sus creencias, y tal vez a la piratería.

Así que, ¿de dónde sale la palabra vikingo que ahora está hasta en la sopa porque hay películas, marcas de coches y hasta equipos de fútbol americano? Nos tenemos que remontar al nórdico antiguo, la lengua de origen germánico que hablaban los escandinavos en época vikinga. Esta lengua se gestó desde el protonórdico, hacia el siglo VIII y se mantuvo hasta el siglo XIII o XIV, cuando fue derivando en las versiones más arcaicas de las lenguas escandinavas actuales.

En nórdico antiguo existen dos palabras distintas que dieron origen, posteriormente, al término vikingo. La primera, víking, es un sustantivo femenino utilizado —se cree— para referirse a la práctica de viajar al extranjero y saquear o comerciar: að fare í víking(u) («ir de vikingo») o að vera í víking(u) («hacer el vikingo»). La segunda, víkingr (en plural víkingar), alude literalmente a alguien que se dedica a estas actividades de saqueo o comercio en el mar. Víkingr es básicamente un pirata y víkingar una banda de piratas, y en las sagas encontramos frases como hann var víkingr mikill, algo así como «él era un gran vikingo».

Lo que está claro es que en cualquiera de los casos designa profesión, oficio o actividad, así que puedes ver que no se es un vikingo, sino que se hace el vikingo. Más correcto aún sería decir que se va de vikingo. Hay teorías que sostienen

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos