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Postguerra

Tony Judt

Fragmento

Indice
Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Prólogo y agradecimientos

Notas al Prólogo

Introducción

Primera parte. Postguerra: 1945-1953

I. El legado de la guerra

II. Justo castigo

III. La rehabilitación de Europa

IV. El acuerdo imposible

V. La llegada de la Guerra Fría

VI. En el torbellino

VII. La guerra de las culturas

Coda: El fin de la vieja Europa

Notas a la Primera parte

Segunda parte. El malestar en la prosperidad: 1953-1971

VIII. La política de la estabilidad

IX. Ilusiones perdidas

X. La era de la opulencia

Postdata: Historia de dos economías

XI. El momento de la socialdemocracia

XII. El espectro de la revolución

XIII. El fin de la cuestión

Notas a la Segunda parte

Tercera parte. Himno final: 1971-1989

XIV. Expectativas reducidas

XV. Un nuevo tono político

XVI. Una época de transición

XVII. El nuevo realismo

XVIII. El poder de los sin poder

XIX. El fin del viejo orden

Notas a la Tercera parte

Cuarta Parte. Después de la caída: 1989-2005

XX. Un continente fisible

XXI. La hora de la verdad

XXII. La vieja y la nueva Europa

XXIII. Las variedades de Europa

XXIV. Europa como forma de vida

Notas a la Cuarta parte

Epílogo

Desde la casa de los muertos. Un ensayo sobre memoria europea contemporánea

Notas al Epílogo

Créditos fotográficos

Índice onomástico

Otras ilustraciones

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

Dedicatoria

Para Jennifer

Cita

Pero el carácter antiguo de una historia, ¿no es tanto más profundo, más completo y legendario, cuanto se desarrolla más inmediatamente antes de ahora?

THOMAS MANN, La montaña mágica

Prólogo y agradecimientos Notas al Prólogo Introducción

INTRODUCCIÓN

Cada época es una esfinge que se sumerge en el abismo en cuanto su enigma se ha solucionado.

HEINRICH HEINE

Las circunstancias (que algunos caballeros no tienen en cuenta en absoluto) dan en realidad a cada principio político su matiz diferenciado y su efecto discriminatorio.

EDMUND BURKE

Hechos, mi querido muchacho, hechos.

HAROLD MACMILLAN

La historia del mundo no es un suelo en el que florezca la felicidad. Los tiempos felices son en ella páginas en blanco.

GEORG WILHELM FRIEDRICH HEGEL

La primera vez que pensé en escribir este libro fue mientras hacía un transbordo en la estación terminal de Viena, la Westbahnhof. Era diciembre de 1989, un momento propicio. Acababa de regresar de Praga, donde los dramaturgos e historiadores del Foro Cívico de Václav Havel estaban desmantelando un Estado policial comunista y arrojando cuarenta años de «socialismo real» al basurero de la historia. Pocas semanas antes el Muro de Berlín había caído inesperadamente. En Hungría, y también en Polonia, toda la población se hallaba entregada a los desafíos de la política postcomunista: el antiguo régimen, todopoderoso hasta tan sólo unos meses antes, se perdía en la insignificancia. El Partido Comunista de Lituania acababa de declararse a favor de la independencia inmediata de la Unión Soviética. Y en el taxi de camino a la estación, la radio austriaca emitía las primeras noticias sobre una revuelta contra la dictadura nepotista de Nicolae Ceauşescu en Rumanía. Un terremoto político estaba sacudiendo la congelada topografía de la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Resultaba evidente que había finalizado una era, y que una nueva Europa empezaba a nacer. Pero con el fin del viejo orden, muchos principios vigentes desde hacía largo tiempo tendrían que cuestionarse. Lo que hasta entonces se había tenido por permanente y de alguna forma inevitable adoptaría ahora un aire mucho más transitorio. La confrontación de la Guerra Fría; el cisma que mantenía separados al Este del Oeste; la lucha entre el «comunismo» y el «capitalismo»; las historias diferenciadas e incomunicadas de la próspera Europa occidental y sus vecinos del Este, los satélites del bloque soviético; todo ello no podría entenderse ya como producto de la necesidad ideológica o la férrea lógica política. Se trataba de resultados accidentales de la historia a los que la historia apartaba bruscamente de su camino.

El futuro de Europa sería muy diferente, y también, por tanto, el pasado. En retrospectiva, los años transcurridos entre 1945 y 1989 empezarían ahora a considerarse no como el umbral de una nueva época sino más bien como un periodo de transición: un paréntesis de postguerra, la situación inacabada de un conflicto que finalizó en 1945 pero cuyo epílogo había durado otro medio siglo. Fuera cual fuese la forma que adquiriera Europa en los años venideros, la historia conocida y ordenada de lo que había sucedido antes había cambiado para siempre. En aquel gélido diciembre centroeuropeo, me pareció evidente que la historia de la Europa de la postguerra debería reescribirse.

El momento era propicio, y también el lugar. La Viena de 1989 era un palimpsesto de los pasados complicados y superpuestos de Europa. A comienzos del siglo XX, Viena era Europa: el centro fértil, vanguardista y autoindulgente de una cultura y una civilización al borde del apocalipsis. Viena, que en el periodo de entreguerras había pasado de ser una gloriosa metrópolis imperial a una retraída capital de lo que quedaba de un pequeño Estado, iba alejándose irremediablemente de su anterior esplendor para acabar convirtiéndose en el puesto fronterizo de un imperio nazi al que la mayoría de sus ciudadanos juraron entusiasta lealtad.

Tras la derrota de Alemania, Austria entró a formar parte del bando occidental y pasó a ser considerada la «primera víctima» de Hitler. Este golpe de fortuna, doblemente inmerecido, permitió a Viena exorcizar su pasado. Una vez convenientemente olvidada su adhesión al nazismo, la capital austriaca, una ciudad «occidental» circundada por la Europa del Este, adquirió una nueva identidad como avanzadilla y ejemplo del mundo libre. Para sus anteriores súbditos, atrapados ahora en Checoslovaquia, Polonia, Hungría, Rumanía y Yugoslavia, Viena representaba la «Europa central», una comunidad idealizada de civismo cosmopolita que los europeos habían extraviado de alguna manera en el transcurso del siglo. Durante los años de la agonía del comunismo, la ciudad habría de convertirse en una especie de puesto de escucha de la libertad, un rejuvenecido enclave de encuentros y partidas para los europeos del Este que huían al Oeste y para los occidentales que querían tender puentes con el Este.

Así pues, la Viena de 1989 constituía un buen lugar para «pensar» Europa. Austria encarnaba todos los atributos ligeramente autocomplacientes de la Europa occidental de la postguerra: la prosperidad capitalista apuntalada por un Estado del bienestar abundantemente provisto; la paz social garantizada gracias a puestos y ventajas laborales generosamente distribuidos entre todos los principales grupos sociales y partidos políticos; la seguridad externa derivada de la protección implícita del paraguas nuclear occidental, aunque Austria seguía manteniendo un aire autosuficiente de «neutralidad». Entre tanto, al otro lado de los ríos Leitha y Danubio, sólo unos cuantos kilómetros al este, yacía la «otra» Europa de pobreza deprimente y policía secreta. La distancia que separaba a ambas quedaba perfectamente representada por el contraste entre la vigorosa y dinámica Westbahnhof, de donde los hombres de negocios y los turistas salían en elegantes trenes expresos con destino a Múnich, Zúrich o París, y la sombría y desangelada Südbahnhof, la vieja, lúgubre y algo amenazante estación frecuentada por extranjeros menesterosos que descendían de viejos y mugrientos trenes procedentes de Budapest o Belgrado.

Al igual que las dos principales estaciones de ferrocarril de la ciudad encarnaban involuntariamente el cisma geográfico de Europa, una de ellas mirando hacia el optimista y próspero Occidente y la otra cumpliendo de mala gana con la vocación de Viena por el este de Europa, las propias calles de la capital austriaca testimoniaban el abismo de silencio que separaba el tranquilo presente de Europa de su incómodo pasado. Los imponentes y orgullosos edificios alineados a lo largo de la gran Ringstrasse constituían un recordatorio del antiguo carácter imperial de Viena (y la propia avenida del Ring parecía de alguna manera demasiado grande y majestuosa para servir de mera arteria cotidiana para los trabajadores procedentes de la periferia de una capital europea de tamaño medio) al tiempo que la ciudad se sentía justificadamente orgullosa de sus edificios y espacios públicos. En efecto, Viena tenía motivos para evocar viejas glorias. Sin embargo, respecto al pasado más reciente, se mostraba claramente reticente.

Pero con quien se mostraba más reticente de todos era con los judíos, que antaño habían ocupado gran parte de los edificios del centro de la ciudad y contribuido de manera decisiva al arte, la música, el teatro, la literatura, el periodismo y las ideas que conformaron los mejores tiempos de Viena. La propia violencia con la que los judíos de Viena habían sido expulsados de sus hogares, enviados hacia el este y borrados de su memoria contribuía a explicar el silencio culpable del presente de la ciudad. La Viena de la postguerra, al igual que la Europa occidental de la postguerra, era como un impresionante edificio que descansaba sobre los cimientos de un nefando pasado. Gran parte de lo peor de ese pasado había tenido lugar en territorios que caerían sobre el control soviético, razón por la que fue tan fácilmente olvidado (en Occidente) o suprimido (en el Este). Con el retorno de la Europa del Este, el pasado no sería menos infame: pero ahora, inevitablemente, habría que hablar de él. Después de 1989 nada, ni el futuro, ni el presente, ni, sobre todo, el pasado, volvería a ser lo mismo.

Aunque fue en diciembre de 1989 cuando decidí acometer una historia de la Europa de la postguerra, pasaron muchos años antes de que escribiera el libro. Las circunstancias mandaron. Visto con retrospectiva, fue una suerte: muchas cosas que hoy empiezan a aclararse por entonces seguían estando oscuras. Se han abierto archivos. Las inevitables confusiones que comporta una transformación revolucionaria se han resuelto y al menos algunas de las consecuencias a más largo plazo de la conmoción de 1989 son ahora inteligibles. Por otra parte, las sacudidas posteriores a 1989 no amainaron enseguida. La siguiente vez que estuve en Viena, la ciudad se esforzaba por alojar a decenas de miles de refugiados de las vecinas Croacia y Bosnia.

Tres años después de aquello, Austria abandonó su autonomía cuidadosamente preservada durante la postguerra y se sumó a la Unión Europea, cuya emergencia como fuerza decisoria en los asuntos europeos fue consecuencia directa de las revoluciones del este de Europa. Visitando Viena en octubre de 1999, encontré la Westbahnhof cubierta de carteles del Partido Liberal de Jörg Haider, el cual, a pesar de su abierta admiración por los «honorables» miembros del ejército nazi que «cumplieron con su deber» en el frente del Este, consiguió el 27 por ciento de los votos aquel año aprovechando el nerviosismo y la incomprensión de sus conciudadanos austriacos ante los cambios que habían tenido lugar en su mundo durante la década anterior. Tras casi medio siglo de hibernación, Viena, al igual que el resto de Europa, había vuelto a entrar en la historia.

* * *

Este libro narra la historia de Europa desde la Segunda Guerra Mundial y, por tanto, comienza en 1945: Stunde null, como llaman los alemanes a la hora cero. Pero, al igual que el resto del siglo XX, sobre su historia se cierne la sombra de la guerra de treinta años iniciada en 1914, cuando el continente europeo emprendió su descenso hacia la catástrofe. La Primera Guerra Mundial fue en sí misma un traumático campo de exterminio para todos los que participaron en ella (la mitad de la población masculina de Serbia entre 18 y 55 años murió en el campo de batalla) pero no resolvió nada. Alemania (contrariamente a lo que entonces se creía mayoritariamente) no fue aplastada por la guerra ni por los acuerdos posteriores a ella: en tal caso, su ascenso hacia el dominio total de Europa alcanzado sólo veinte años más tarde hubiera resultado difícil de explicar. De hecho, debido a que Alemania no pagó sus deudas contraídas en la Primera Guerra Mundial, el coste que tuvo la victoria para los aliados superó el coste de la derrota para Alemania, que, de este modo, emergió relativamente más fuerte que en 1913. El «problema alemán» surgido en Europa con el auge de Prusia una generación antes seguía sin resolverse.

Los pequeños países que emergieron del derrumbamiento de los viejos imperios territoriales en 1918 eran pobres, inestables, inseguros y estaban resentidos hacia sus vecinos. Entre ambas guerras, Europa estaba llena de Estados «revisionistas»: Rusia, Alemania, Austria, Hungría y Bulgaria, todos ellos habían sido derrotados en la Gran Guerra y esperaban a que llegara la ocasión para encontrar un resarcimiento territorial. Después de 1918 la estabilidad internacional no llegó a restaurarse, ni se recuperó el equilibrio entre las potencias: no fue más que un interludio debido al agotamiento. La violencia de la guerra no amainó, sino que se metamorfoseó en conflictos domésticos como polémicas nacionalistas, prejuicios raciales, enfrentamientos de clase y guerras civiles. En los años veinte, y especialmente en los treinta, Europa entró en una zona nebulosa a medio camino entre la vida posterior a una guerra y la amenazadora perspectiva de otra.

Los conflictos internos y los antagonismos entre Estados durante los años del periodo de entreguerras fueron exacerbados y en cierta medida provocados por el simultáneo desmoronamiento de la economía europea. En realidad, la vida económica de Europa sufrió un triple impacto durante aquellos años. La Primera Guerra Mundial afectó al empleo doméstico, destruyó el comercio y devastó regiones enteras (también generó Estados en bancarrota). Muchos países, sobre todo de la Europa central, no se recuperaron nunca de sus efectos. Aquellos que sí lo consiguieron volvieron a venirse abajo con la Gran Depresión de la década de 1930, cuando la inflación, los fracasos empresariales y los desesperados esfuerzos por imponer aranceles para protegerse frente a la competencia extranjera dieron como resultado no sólo unos niveles de desempleo y de pérdida de capacidad industrial sin precedentes, sino también el derrumbe del comercio internacional (entre 1929 y 1936, el comercio francoalemán descendió un 83 por ciento), acompañado de una competencia y resentimiento encarnizados entre Estados. Y entonces llegó la Segunda Guerra Mundial, cuyo impacto sin precedentes entre las poblaciones civiles y las economías domésticas de los países afectados se trata en la parte primera de este libro.

El impacto acumulativo de estos golpes iba a destruir una civilización. El grado de desastre que Europa se había echado encima a sí misma resultaba perfectamente claro para sus contemporáneos incluso mientras se estaba produciendo. Algunos, tanto de la extrema izquierda como de la extrema derecha, vieron la autoinmolación de la Europa burguesa como una oportunidad para luchar por algo mejor. Los años treinta fueron la «década sórdida y deshonesta» de Auden; pero representaron también una época de compromiso y fe políticos que culminó con las ilusiones y las vidas perdidas en la Guerra Civil española. Éste fue epílogo de las visiones radicales del siglo XIX, envueltas ahora en los violentos enfrentamientos ideológicos de una época más sombría: «Qué enorme fue el deseo de un nuevo orden humano durante el periodo de entreguerras y qué lamentable el fracaso a la hora de cumplirlo» (Arthur Koestler).

Algunos que habían perdido la esperanza en Europa huyeron: primero a las democracias liberales de la Europa occidental más lejana y, de allí, los que llegaron a tiempo, a las Américas. Otros, como Stefan Zweig o Walter Benjamin, se quitaron la vida. En vísperas de que el continente se precipitara definitivamente al fondo del abismo, Europa parecía desahuciada. Lo que quiera que fuese que se hubiera perdido en el curso de la implosión de la civilización europea, pérdida cuyas consecuencias habían sido intuidas hacía tiempo por Karl Kraus y Franz Kafka en la propia Viena de Zweig, nunca volvería a recuperarse. En el clásico cinematográfico de título epónimo filmado en 1937 por Jean Renoir, la Gran ilusión de la época residía en el recurso de la guerra y sus característicos mitos de honor, casta y clase. Pero en 1940, para los observadores europeos, la más grandiosa de todas las ilusiones de Europa, hoy en día absolutamente desacreditada, era la «civilización europea» en sí.

A la luz de lo que había ocurrido hasta entonces, resulta comprensiblemente tentador narrar la historia de la inesperada recuperación de Europa a partir de 1945 en clave autocomplaciente e incluso lírica. Y éste ha sido de hecho el tono subyacente a la mayoría de las historias sobre la Europa de la postguerra escritas a partir de 1989, el mismo adoptado por los estadistas europeos al reflexionar sobre sus propios logros en estas décadas. La mera supervivencia y reemergencia de los diferentes Estados de la Europa continental tras el cataclismo de la guerra total, la ausencia de disputas entre Estados y la constante expansión de formas institucionalizadas de cooperación intraeuropea, la recuperación sostenida tras treinta años de colapso económico y la «normalización» de la prosperidad, el optimismo y la paz, todo ello invitaba a una respuesta hiperbólica. La recuperación de Europa era un «milagro». La Europa «postnacional» había aprendido las amargas lecciones de la historia reciente para dar lugar a un continente conciliador, pacífico, resurgido cual ave fénix de las cenizas de su pasado asesino y suicida.

Al igual que muchos mitos, esta complaciente descripción de Europa en la segunda mitad del siglo XX encierra un mínimo elemento de verdad. Pero deja fuera la mayor parte. La Europa del Este, desde la frontera austriaca hasta los montes Urales, desde Tallin hasta Tirana, no encaja. Sus décadas de postguerra fueron ciertamente pacíficas si se comparan con lo ocurrido antes, pero sólo gracias a la presencia no solicitada del Ejército Rojo: era la paz de las prisiones, impuesta por los tanques. Y si los países satélites del bloque soviético se involucraron en una cooperación internacional superficialmente comparable a los progresos realizados más hacia occidente, esto se debió sólo a que Moscú les impuso unas instituciones e intercambios «fraternales» a la fuerza.

La historia de las dos mitades de la Europa de la postguerra no puede explicarse aisladamente la una de la otra. El legado de la Segunda Guerra Mundial, así como de las décadas anteriores y de la guerra que las precedió, obligó tanto a los gobiernos y a los pueblos del Este como a los del Oeste a realizar algunas elecciones muy difíciles sobre cómo solucionar de la mejor manera posible sus problemas para evitar una posible vuelta al pasado. Una de las opciones, la de tratar de cumplir el programa radical de los frentes populares de los años treinta, fue en principio muy bien acogida en ambas partes de Europa (lo que demuestra que 1945 no marcó en absoluto un punto de partida completamente nuevo, como a veces puede parecer). En la Europa del Este era inevitable una transformación hasta cierto punto radical. Había que evitar a toda costa la posibilidad de retornar a su lamentable pasado. ¿Qué lo sustituiría entonces? Puede que el comunismo fuera la solución equivocada, pero el dilema al que respondía era verdaderamente real.

En Occidente, la perspectiva de un cambio radical se hizo desaparecer, en gran parte debido a la ayuda (y la presión) de Estados Unidos. El atractivo de los programas de los frentes populares y del comunismo se desvaneció: ambos constituían recetas para los tiempos difíciles y, al menos a partir de 1952, no lo fueron tanto. Así que, en las décadas siguientes, las incertidumbres de los años inmediatamente posteriores a la guerra se olvidaron. Sin embargo, la posibilidad de que las cosas tomaran un rumbo distinto (en realidad, la probabilidad de que de hecho lo hicieran) había parecido bastante verosímil en 1945; fue para impedir el regreso de los viejos demonios del pasado (el desempleo, el fascismo, el militarismo alemán, la guerra, la revolución) por lo que Europa emprendió el nuevo camino con el que actualmente estamos familiarizados. La Europa postnacional, del Estado del bienestar, cooperante y pacífica, no nació del proyecto optimista, ambicioso y progresista que los euroidealistas de hoy imaginaron desde la pura retrospectiva; fue el fruto de una insegura ansiedad. Acosados por el fantasma de la historia, sus líderes llevaron a cabo reformas sociales y fundaron nuevas instituciones como medida profiláctica para mantener a raya al pasado.

Esto resulta más fácil de entender cuando recordamos que las autoridades del bloque soviético estaban básicamente embarcadas en el mismo proyecto; también ellas pretendían por encima de todo edificar una barrera contra la reincidencia política, a pesar de que en los países bajo el dominio comunista ello no se conseguiría tanto mediante el progreso social como mediante el uso de la fuerza. La historia reciente se reescribió, y los ciudadanos fueron llamados a olvidarla, basándose en la afirmación de que una revolución social llevada a cabo por el comunismo había borrado definitivamente no sólo las deficiencias del pasado, sino también las condiciones que las habían hecho posibles. Como veremos, dicha afirmación también constituía un mito, o, como mínimo, una verdad a medias.

Pero el mito comunista da testimonio, de manera no pretendida, de la importancia (y la dificultad) experimentada en ambas partes de Europa para afrontar una herencia problemática. La Primera Guerra Mundial destruyó la vieja Europa; la Segunda Guerra Mundial generó las condiciones para una nueva. Pero, a partir de 1945, Europa entera vivió durante muchas décadas bajo la alargada sombra de los dictadores y las guerras de su pasado inmediato. Ésta es una de las experiencias que los europeos de la generación de la postguerra comparten entre sí y que les distingue de los norteamericanos, a quienes el siglo XX les enseñó unas lecciones bastante diferentes y en general más optimistas. Éste es el punto de partida necesario para cualquiera que pretenda comprender la historia europea anterior a 1989 y apreciar el gran cambio que experimentó a raíz de entonces.

* * *

Al describir la visión de Tolstoi de la historia, Isaiah Berlin trazó una decisiva distinción entre dos estilos de razonamiento intelectual citando un famoso verso del poeta griego Arquíloco: «El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una gran cosa». De acuerdo con Berlin, este libro no es en absoluto un «erizo». En estas páginas no tengo ninguna gran teoría de la historia europea contemporánea que formular, ninguna tesis global que exponer ni tampoco ninguna historia integradora y única que contar. Pero no por ello debe deducirse que crea que la historia de Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial carece de una línea argumental. Por el contrario, tiene más de una. Al igual que el zorro, Europa sabe muchas cosas.

En primer lugar, ésta es la historia de la reducción de Europa. Después de 1945, los Estados que constituyen Europa no podían aspirar ya a un estatus internacional o imperial. Las únicas dos excepciones a esta regla, la Unión Soviética, y, en parte, Gran Bretaña, se consideraban a sí mismas tan sólo medio-europeas y, en todo caso, a finales del periodo que cubre este relato, también quedaron bastante reducidas. La mayor parte del resto de la Europa continental había sufrido la humillación de la derrota y la ocupación. No había sido capaz de liberarse del fascismo por sus propios medios, ni tampoco podía mantener a raya al comunismo sin ayuda. La Europa de la postguerra fue liberada, o enclaustrada, por forasteros. Sólo tras considerables esfuerzos y el transcurso de varias décadas, los europeos lograron recuperar el control de su destino. Despojados de sus territorios extranjeros, los antiguos imperios marítimos de Europa (Gran Bretaña, Francia, Holanda, Bélgica, Portugal) se habían visto reducidos en el curso de estos años a sus núcleos europeos, lo que hizo que redirigieran su atención a la propia Europa.

En segundo lugar, las últimas décadas del siglo XX asistieron a la decadencia del discurso tradicional de la historia europea: las grandes teorías del siglo XIX sobre la historia, con sus modelos de progreso y cambio, de revolución y transformación, que habían impulsado los proyectos políticos y los movimientos sociales que desgarraron Europa en la primera mitad del siglo. Ésta es también una historia que sólo adquiere sentido dentro de un marco paneuropeo: el declive del fervor político en Occidente (excepto entre una minoría intelectual aislada) estuvo acompañado, por diferentes razones, por la pérdida de fe política y el descrédito del marxismo oficial en el Este. Es indudable que, durante un determinado momento de la década de 1980, pareció que la derecha intelectual podía protagonizar un resurgimiento del proyecto, también decimonónico, de desmantelar la «sociedad» y abandonar los asuntos públicos en manos del mercado libre y el Estado minimalista: pero este momento pasó. Después de 1989 no hubo ningún proyecto ideológico globalizador que ofrecer en Europa por parte de la izquierda ni de la derecha, salvo la perspectiva de la libertad, que para la mayoría de los europeos constituía una promesa ahora cumplida.

En tercer lugar, como modesto sustituto de las caducas ambiciones del pasado ideológico de Europa, surgió, tardíamente y en gran parte por accidente, el «modelo europeo». Fruto de la ecléctica combinación de las políticas socialdemócratas y democratacristianas, y de la paulatina expansión de la Comunidad Europea y su sucesora, la Unión Europea, dicho modelo constituyó una forma característicamente «europea» de regular las relaciones sociales e interestatales. Este enfoque europeo, que abarca desde el cuidado de la infancia hasta las normas interestatales, representaba algo más que los trámites burocráticos de la Unión Europea y sus Estados miembros; a comienzos del siglo XXI se había convertido en paradigma y ejemplo para los miembros aspirantes a entrar en la UE y en un desafío global para Estados Unidos y el competitivo atractivo del «estilo de vida americano».

Esta transformación claramente inesperada de Europa de una expresión geográfica (bastante problemática como tal) en modelo que había que seguir y polo de atracción tanto para individuos como para países se fraguó mediante un proceso lento y acumulativo. Europa no estaba, según la irónica paráfrasis de Alexander Wat sobre las vanas ilusiones de los estadistas polacos del periodo de entreguerras, «condenada a la grandeza». Ciertamente, el surgimiento de esta capacidad no hubiera podido predecirse a partir de las circunstancias de 1945, ni siquiera de 1975. Esta nueva Europa no constituía un proyecto común preconcebido: nadie se propuso llevarlo a cabo. Pero una vez que quedó claro, después de 1992, que Europa ocuparía este novedoso lugar en el escenario internacional, sus relaciones, especialmente con Estados Unidos, adoptaron un aspecto diferente, tanto para los europeos como para los norteamericanos.

Éste es el cuarto argumento que se entreteje en este relato de la postguerra europea: su complicada y a menudo malentendida relación con Estados Unidos de América. Los europeos occidentales quisieron que Estados Unidos se implicara en los asuntos europeos después de 1945, pero al mismo tiempo les desagradaba dicha implicación y sus consecuencias respecto al declive de Europa. Por otra parte, a pesar de la presencia de Estados Unidos en Europa, especialmente durante los años siguientes a 1949, ambas partes de «Occidente» permanecieron bien diferenciadas. La Guerra Fría se percibía de forma muy distinta en Europa occidental con respecto a la respuesta alarmista que generaba en Estados Unidos, y la subsiguiente «americanización» de Europa durante las décadas de 1950 y 1960 a menudo ha tendido a exagerarse, como veremos más adelante.

La Europa del Este, por supuesto, veía a Estados Unidos y sus elementos característicos de forma bastante distinta. Pero también en este caso sería erróneo exagerar la influencia ejemplarizante de Estados Unidos sobre los europeos del Este, tanto antes como después de 1989. Los disidentes de ambas mitades de Europa, Raymond Aron en Francia, por ejemplo, o Václav Havel en Checoslovaquia, se preocupaban de resaltar que en absoluto consideraban a Estados Unidos ningún modelo o ejemplo para sus propias sociedades. Y, aunque una generación más joven de europeos del Este nacidos después de 1989 sí aspiraba a liberalizar sus países conforme al modelo estadounidense, con unos servicios públicos limitados, impuestos más bajos y un mercado libre, esta moda no ha conseguido imponerse. El «momento americano» de Europa pertenece al pasado. El futuro de las «pequeñas américas» de la Europa del Este se encuadra de lleno en Europa.

Por último, la historia de la postguerra de Europa es una historia ensombrecida por los silencios; por la ausencia. El continente europeo fue antaño un intrincado tapiz de lenguas, religiones, comunidades y naciones entremezcladas. Muchas de sus ciudades, particularmente algunas muy pequeñas situadas en la intersección entre las viejas y las nuevas fronteras imperiales, como por ejemplo Trieste, Sarajevo, Salónica, Chernovtsi, Odesa o Vilna, constituían verdaderas sociedades multiculturales en toda la extensión de la palabra, en las que católicos, ortodoxos, musulmanes, judíos y otras comunidades vivían en familiar yuxtaposición. No deberíamos idealizar esta vieja Europa. Lo que el escritor polaco Tadeusz Borowski denominaba «el insólito, casi cómico crisol de pueblos y nacionalidades que bullía peligrosamente en el centro mismo de Europa», explotaba periódicamente en disturbios, masacres y pogromos, pero existió realmente y sobrevivió en forma de memoria viva.

Sin embargo, entre 1914 y 1945, aquella Europa quedó hecha pedazos. La Europa más ordenada que surgió, balbuceante, en la segunda mitad del siglo XX, no presentaba tantos cabos sueltos. Gracias a la guerra, la ocupación, los ajustes de las fronteras, el exilio y el genocidio, casi todo el mundo vivía ahora en su propio país, entre su propia gente. Durante los cuarenta años siguientes a la Segunda Guerra Mundial, los europeos de ambas mitades de Europa vivieron en enclaves nacionales herméticos en los que las minorías religiosas o étnicas supervivientes como, por ejemplo, los judíos en Francia, representaban un mínimo porcentaje de la población total y estaban plenamente integradas en el contexto cultural y político dominante. Sólo Yugoslavia y la Unión Soviética, un imperio, no un país, y en todo caso sólo a medias europeo, como ya se ha hecho constar con anterioridad, quedaron al margen de esta nueva y progresivamente más homogénea Europa.

Pero desde la década de 1980, y especialmente desde la caída de la Unión Soviética y la ampliación de la UE, Europa se enfrenta a un futuro multicultural. Los refugiados, los trabajadores extranjeros, los habitantes de las antiguas colonias de Europa atraídos hacia la metrópoli por la perspectiva de los puestos de trabajo y la libertad y los emigrantes voluntarios e involuntarios procedentes de los Estados fracasados o represivos de las ampliadas márgenes de Europa, han convertido Londres, París, Amberes, Ámsterdam, Berlín, Milán y otra docena de lugares más en ciudades cosmopolitas, les guste o no.

Esta nueva presencia de los «otros» habitantes de Europa (por ejemplo, sólo en la Unión Europea hoy constituida, el número de musulmanes probablemente alcanza hoy los quince millones, más otros ochenta millones que esperan su admisión en Bulgaria y Turquía) ha puesto de relieve no sólo el presente malestar de Europa ante la perspectiva de una variedad aún mayor, sino también la facilidad con la que los «otros» muertos del pasado de Europa fueron borrados de su pensamiento. A raíz de 1989 ha resultado más claro que nunca hasta qué punto la estabilidad de la Europa de la postguerra descansaba en los logros de Josef Stalin y Adolf Hitler. Ambos dictadores, con la ayuda de sus colaboradores durante la guerra, consiguieron arrasar por completo el mapa demográfico sobre el que entonces se cimentarían las bases de un continente nuevo y menos complicado.

Este desconcertante giro en el tranquilo discurso del progreso de Europa hacia las «extensas y altas llanuras soleadas» de Winston Churchill quedó en gran parte silenciado en ambas mitades de Europa hasta como mínimo la década de 1960 y, a partir de entonces, por lo general sólo se hizo referencia a él en relación con el exterminio judío llevado a cabo por los alemanes. Con excepciones tan ocasionales como controvertidas, el historial de otros responsables y otras víctimas permaneció cerrado. La historia y la memoria de la Segunda Guerra Mundial quedó reducida a un conocido conjunto de convenciones morales: el Bien contra el Mal, antifascistas contra fascistas, resistentes contra colaboracionistas, etcétera.

A partir de 1989, con la superación de inhibiciones largo tiempo establecidas, ha resultado posible reconocer (a veces a pesar de una virulenta oposición y rechazo) el precio moral que se pagó por el renacimiento de Europa. Polacos, franceses, suizos, italianos, rumanos y ciudadanos de otras nacionalidades están ahora mejor situados para conocer, si es que lo desean, lo que realmente ocurrió en su país hace tan sólo unas cuantas décadas. Incluso los alemanes están revisando la historia generalmente aceptada de su país, con paradójicas consecuencias. Ahora, por primera vez en muchas décadas, es el sufrimiento y victimismo alemán, ya sea a manos de los bombarderos británicos, los soldados rusos o los checos, el que está recibiendo atención. En ciertos respetables círculos vuelve a sugerirse tímidamente que los judíos no fueron las únicas víctimas…

El hecho de si estas disquisiciones son buenas o no es una cuestión para el debate. ¿Constituye este público recordatorio un síntoma de salud política? ¿O sería a veces más prudente, como, entre otros, creía De Gaulle, olvidar? Trataremos este tema en el epílogo. Baste señalar aquí que estos recientes amagos de perturbadores recuerdos no tienen por qué ser entendidos, como en ocasiones lo son (sobre todo en Estados Unidos) al yuxtaponerlos a los actuales brotes de prejuicios étnicos o raciales, como una ominosa prueba del pecado original de Europa: su incapacidad para aprender de los crímenes del pasado, su amnésica nostalgia, su evidente propensión a volver a 1938. No se trata, utilizando una expresión de Yogi Berra, de un «déjà vu que se repite».

Europa no está entrando de nuevo en su turbulento pasado; por el contrario, lo está dejando atrás. La Alemania actual, como el resto de Europa, es más consciente de su historia del siglo XX de lo que lo ha sido nunca en los últimos cincuenta años. Pero esto no significa que se esté viendo arrastrada una vez más hacia ella. Porque dicha historia nunca se fue. Como este libro trata de demostrar, la alargada sombra de la Segunda Guerra Mundial ejerció una gran influencia sobre la Europa de la postguerra, sin que, en cambio, nunca llegara a reconocerse por completo. El silencio sobre el reciente pasado de Europa era una condición necesaria para la construcción de un futuro europeo. Hoy en día, como consecuencia de los dolorosos debates públicos que están teniendo lugar en casi todos los países europeos, parece de algún modo lógico que los alemanes también se sientan capaces por lo menos de cuestionar los cánones de la bienintencionada memoria oficial. Puede que ello nos incomode, e incluso que no sea una señal de buen agüero. Pero sí es una especie de cierre. Sesenta años después de la muerte de Hitler, su guerra y sus consecuencias están entrando en la historia. La postguerra ha durado en Europa mucho tiempo, pero finalmente está llegando a su término.

Primera parte. Postguerra: 1945-1953

PRIMERA PARTE




POSTGUERRA: 1945-1953

I. El legado de la guerra

I

EL LEGADO DE LA GUERRA

No es que el mundo europeizado viviera una lenta decadencia, como la de otras civilizaciones que han ido tambaleándose y desmoronándose; la civilización europea, sencillamente, saltó por los aires.

H. G. WELLS, La guerra en el aire (1908)

Es imposible imaginar y mucho menos enfrentarse al problema humano que la guerra dejará detrás. Nunca ha habido tanta destrucción, tanta desintegración de la estructura de la vida.

ANNE O'HARE MCCORMICK

Por todas partes se anhelan milagros y curas. La guerra ha hecho retroceder a los napolitanos a la Edad Media.

NORMAN LEWIS, Nápoles 1944

Las secuelas de la Segunda Guerra Mundial en Europa ofrecían una perspectiva de total miseria y desolación. Las fotografías y documentales de la época muestran lastimosas masas de ciudadanos caminando por un desolador paisaje de ciudades en ruinas y tierras baldías. Niños huérfanos vagando abandonados al lado de mujeres agotadas que revuelven montones de escombros. Deportados con la cabeza rapada y reclusos de los campos de concentración vestidos con pijamas a rayas fijan su mirada ausente en la cámara, desnutridos y enfermos. Incluso los tranvías, propulsados por una corriente eléctrica disponible sólo intermitentemente, parecen traumatizados por la guerra. Todos y todo, con la notable excepción de las bien alimentadas fuerzas de ocupación aliadas, parecen acabados, sin recursos, exhaustos.

Esta imagen debe matizarse si queremos comprender cómo este mismo continente destrozado fue capaz de recuperarse tan rápidamente en los años siguientes. Pero contiene una verdad esencial sobre la condición europea posterior a la derrota alemana. Los europeos se sentían desesperanzados, estaban exhaustos, y con razón. La guerra europea que comenzó con la invasión de Polonia ordenada por Hitler en septiembre de 1939 y que finalizó con la rendición incondicional de Alemania en mayo de 1945 fue una guerra total, que afectó tanto a civiles como a soldados.

En realidad, en los países ocupados por el régimen nazi, desde Francia hasta Ucrania, desde Noruega a Grecia, la Segunda Guerra Mundial constituyó, ante todo, una experiencia civil. El combate militar formal se limitó a los inicios y los finales del conflicto. Entre medias, ésta fue una guerra de ocupación, de represión, de explotación y exterminio, en la que los soldados, las tropas de asalto y los policías disponían de la vida cotidiana y de la existencia misma de decenas de millones de personas que vivían prisioneras. En algunos países la ocupación duró la mayor parte de la guerra y por todas partes sembró el terror y la pobreza.

A diferencia de la Primera Guerra Mundial, la Segunda, la guerra de Hitler, constituyó una experiencia cuasiuniversal. Y duró mucho tiempo (casi seis años en los países que, como Gran Bretaña y Alemania, participaron en ella desde el principio hasta el final). En Checoslovaquia comenzó aún antes, con la ocupación nazi de la región de los Sudetes en octubre de 1938. En el este de Europa y los Balcanes ni siquiera acabó con la derrota de Hitler, dado que la ocupación (del ejército soviético) y la guerra civil continuaron hasta mucho después del desmembramiento de Alemania.

Desde luego, las guerras de ocupación no eran desconocidas en Europa. Todo lo contrario. La memoria colectiva conservaba todavía, tres siglos después, en forma de mitos locales o cuentos para niños, el recuerdo de la Guerra de los Treinta Años, acaecida en el siglo XVII, y durante la cual los ejércitos mercenarios extranjeros esquilmaron las tierras de Alemania y aterrorizaron a la población local. Bien entrada la década de 1930, las abuelas españolas seguían reprendiendo a los niños rebeldes con la amenaza de Napoleón. Pero la experiencia de la ocupación de la Segunda Guerra Mundial revistió una intensidad especial, debida en parte a la peculiar actitud nazi frente a las poblaciones sometidas.

Los ejércitos de ocupación anteriores, los suecos en Alemania en el siglo XVII, los prusianos en Francia a partir de 1815, esquilmaban las tierras y atacaban y mataban a los civiles locales de forma esporádica e incluso aleatoria. Pero los pueblos que cayeron bajo el dominio alemán después de 1939 eran puestos al servicio del Reich o si no enviados a su exterminio. Para los europeos se trataba de algo nuevo. Lejos del continente, en sus colonias, los Estados europeos habían explotado o esclavizado a las poblaciones indígenas para su propio beneficio. Y aunque habían utilizado la tortura, la mutilación o el asesinato en masa para obligar a obedecer a las víctimas, a partir del siglo XVIII estas prácticas pasaron a ser desconocidas para la mayoría de los europeos, al menos al oeste de los ríos Bug y Prut.

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Fue por tanto durante la Segunda Guerra Mundial cuando toda la fuerza del moderno Estado europeo se movilizó por primera vez con el principal propósito de conquistar y explotar a otros europeos. A fin de luchar y ganar la guerra, los británicos explotaron y saquearon sus propios recursos: a finales de la guerra, Gran Bretaña dedicaba más de la mitad de su Producto Interior Bruto a sus esfuerzos bélicos. La Alemania nazi, en cambio, combatió en la guerra, especialmente en sus últimos años, contando con la importante ayuda de las saqueadas economías de sus víctimas (al igual que había hecho Napoleón después de 1805, pero con una eficacia incomparablemente superior). Noruega, Holanda, Bélgica, Bohemia-Moravia y, especialmente, Francia realizaron significativas aunque involuntarias contribuciones a los esfuerzos bélicos alemanes. Sus minas, fábricas, granjas y ferrocarriles se dedicaron a dar servicio a los alemanes, y sus poblaciones fueron obligadas a trabajar para la producción bélica alemana: al principio en sus propios países y más adelante en la propia Alemania. En septiembre de 1944 vivían 7.847.000 extranjeros en Alemania, la mayoría de ellos contra su voluntad, que representaban el 21 por ciento de la mano de obra del país.

Los nazis vivieron todo lo que pudieron a costa de la riqueza de sus víctimas, con tal grado de éxito que hasta 1944 la población civil alemana no empezó a sufrir el impacto de las restricciones y la escasez propias de los tiempos de guerra. Sin embargo, para entonces, el conflicto militar empezaba a cernirse sobre ellos, primero a través de los bombardeos aliados y luego con el simultáneo avance de los ejércitos aliados procedentes del este y del oeste. Fue en este último año de la guerra, durante el relativamente corto periodo de la ofensiva hacia el oeste por parte de la Unión Soviética, cuando tuvo lugar la mayor parte de la destrucción física.

Desde el punto de vista de sus contemporáneos, el impacto de la guerra no se medía en términos de ganancias y pérdidas industriales, o del valor neto de los bienes nacionales de 1945 comparados con los de 1938, sino en función del deterioro visible para su entorno inmediato y sus comunidades. Es de aquí de donde debemos partir si queremos comprender el trauma que subyace a las imágenes de desolación y desesperanza que captaron la atención de los observadores en 1945.

Muy pocas localidades y ciudades europeas, fuera cual fuese su tamaño, salieron ilesas de la guerra. Debido a un acuerdo tácito o a la buena suerte, el centro histórico y moderno de algunas célebres ciudades europeas como Roma, Venecia, Praga, París u Oxford nunca fueron blanco de los bombardeos. Pero durante el primer año de la guerra, los bombarderos alemanes habían arrasado Rotterdam y más tarde destruido la ciudad industrial inglesa de Coventry. La Wehrmacht borró del mapa muchas pequeñas localidades a medida que avanzaba la invasión de Polonia y más tarde de Yugoslavia y la URSS. Distritos enteros de Londres, especialmente los barrios cercanos a la zona portuaria del East End, fueron víctimas de la Blitzkrieg de la Luftwaffe durante el curso de la guerra.

Pero el mayor daño material fue el infligido por las campañas de bombardeos de los aliados occidentales llevadas a cabo a lo largo de 1944 y 1945, sin precedentes hasta aquel momento, y el implacable avance del Ejército Rojo desde Stalingrado hasta Praga. Localidades costeras francesas como Royan, Le Havre y Caen resultaron arrasadas por la fuerza aérea estadounidense. Hamburgo, Colonia, Düsseldorf, Dresde y docenas de otras ciudades alemanas quedaron derruidas por el bombardeo de saturación llevado a cabo por aviones británicos y norteamericanos. En el este, el 80 por ciento de la ciudad bielorrusa de Minsk fue destruido al final de la guerra; en Ucrania, Kiev quedó convertida en humeantes ruinas; mientras que en el otoño de 1944 la capital polaca, Varsovia, fue sistemáticamente incendiada y dinamitada, casa a casa, calle a calle, por el ejército alemán en retirada. Cuando la guerra en Europa hubo finalizado, con la caída de Berlín bajo el Ejército Rojo en mayo de 1945 tras haber recibido el impacto de 40.000 toneladas de bombas en los últimos catorce días de la guerra, gran parte de la capital alemana quedó reducida a humeantes montículos de escombros y hierros retorcidos. El 75 por ciento de sus edificios quedó inhabitables.

Las ciudades en ruinas constituían la evidencia más obvia (y fotogénica) de la devastación, y llegaron a actuar como una especie de taquigrafía visual universal de la calamidad de la guerra. Debido a que gran parte del daño había recaído en casas y edificios de apartamentos, y que a consecuencia de ello muchas personas se habían quedado sin hogar (la estimación se sitúa en torno a los 25 millones de personas en la Unión Soviética y otros 20 millones en Alemania, 500.000 de ellos sólo en Hamburgo), el paisaje urbano de los escombros representaba el recordatorio más inmediato de que la guerra acababa de terminar. Pero no era el único. En Europa occidental, el transporte y las comunicaciones se vieron gravemente interrumpidos: de las 12.000 locomotoras de la Francia anterior a la guerra, sólo 2.800 estaban en servicio en el momento de la rendición alemana. Un gran número de carreteras, vías de tren y puentes habían sido volados por los soldados alemanes que se batían en retirada, los aliados mientras avanzaban o la resistencia francesa. Dos terceras partes de la flota mercante francesa habían sido hundidas. Sólo en 1944-1945, Francia perdió 500.000 viviendas.

Pero los franceses, al igual que los británicos, los belgas, los holandeses (que perdieron 219.000 hectáreas de tierra inundada por los alemanes y cuyo transporte por ferrocarril, carretera y canales se había reducido en 1945 a un 40 por ciento), los daneses, los noruegos (que durante la ocupación alemana habían perdido el 14 por ciento del capital del país), e incluso los italianos, resultaron comparativamente afortunados, aunque no fueran conscientes de ello. Los verdaderos horrores de la guerra se habían vivido más hacia el este. Los nazis trataban a los europeos del oeste con cierto respeto, aunque sólo fuera para explotarlos mejor, y los europeos occidentales correspondían a esta deferencia haciendo relativamente poco por oponerse a los esfuerzos bélicos alemanes. En la Europa del Este y del sudeste, las fuerzas de ocupación alemanas actuaron de forma inmisericorde, y no sólo debido a que los partisanos locales, sobre todo en Grecia, Yugoslavia y Ucrania, les hicieran frente implacable aunque desesperanzadamente.

Las consecuencias materiales de la ocupación alemana en el este, el avance soviético y las luchas partisanas fueron por tanto de una índole muy distinta a la experiencia de la guerra en el oeste. En la Unión Soviética, 70.000 pueblos y 1.700 ciudades quedaron destruidos en el curso de la guerra, así como 32.000 fábricas y 40.000 millas de vía férrea. En Grecia se perdieron dos tercios de la flota de la marina mercante, esencial para el país, un tercio de sus bosques quedaron arrasados y un millar de pueblos fueron borrados del mapa. Entre tanto, la política alemana de fijar el pago de los costes de ocupación conforme a las necesidades militares alemanas en lugar de a la capacidad griega de efectuar dicho pago, generó una inflación exorbitada.

Yugoslavia perdió el 25 por ciento de sus viñedos, el 50 por ciento de su ganado, el 60 por ciento de las carreteras del país, el 75 por ciento de sus arados y de sus puentes ferroviarios, una de cada cinco de las viviendas existentes antes de la guerra y una tercera parte de su limitada riqueza industrial, además del 10 por ciento de la población anterior a la guerra. En Polonia, tres cuartas partes de la vía férrea quedó inutilizada y una granja de cada seis cesó su actividad. La mayoría de las localidades y ciudades del país apenas podía funcionar (aunque sólo Varsovia fue completamente destruida).

Pero incluso estas cifras, por dramáticas que sean, sólo dan idea de una parte del panorama: el deprimente entorno físico. Sin embargo, los daños materiales sufridos por los europeos durante la guerra, por terribles que hayan sido, fueron insignificantes comparados con las pérdidas humanas. Se calcula que entre 1939 y 1945 murieron aproximadamente 36 millones y medio de personas por causas relacionadas con la guerra (el equivalente a la población total de Francia al comienzo de la guerra), cifra que no incluye las muertes debidas a causas naturales durante dicho periodo ni una estimación del número de niños no concebidos o no nacidos entonces o posteriormente a causa de la guerra.

La cifra total de muertes es exorbitante (a pesar de que no se incluye aquí la de las bajas japonesas, estadounidenses o de otras nacionalidades no europeas). A su lado, la de las muertes producidas por la Gran Guerra de 1914-1918 queda empequeñecida a pesar de su magnitud. Ningún otro conflicto de la historia ocasionó tantas muertes en un periodo tan breve. Pero lo más asombroso es el número de muertes entre los civiles no combatientes: al menos 19 millones, es decir, más de la mitad. Las bajas civiles superaron a las militares en la URSS, Hungría, Polonia, Yugoslavia, Grecia, Francia, Holanda, Bélgica y Noruega. Tan sólo en el Reino Unido y Alemania el número de militares fallecidos superó al de los civiles.

Las estimaciones de las bajas civiles en el territorio de la Unión Soviética varían notablemente, si bien la cifra más probable supera los 16 millones de personas (aproximadamente el doble de las bajas militares soviéticas, de las cuales 78.000 se produjeron sólo en la batalla de Berlín). Las muertes civiles en el territorio de la Polonia de la preguerra se aproximan a los 5 millones; en Yugoslavia, 1,4 millones; en Grecia, 430.000; en Francia, 350.000; en Hungría, 270.000; en Holanda, 204.000; en Rumanía, 200.000. En estas cifras, especialmente en el caso de Polonia, Holanda y Hungría, se cuentan unos 5,7 millones de judíos, a los que habría que añadir 221.000 personas de raza gitana (romaní).

Las causas de muerte entre los civiles incluían el exterminio masivo (en campos de concentración y campos de muerte desde Odesa hasta el Báltico); la enfermedad, la mala nutrición y el hambre (inducidos o de otro tipo); el fusilamiento o la incineración de rehenes llevados a cabo por la Wehrmacht, el Ejército Rojo o partisanos de todo tipo; las represalias contra civiles; los efectos de los bombardeos o batallas de infantería desarrolladas tanto en campos como en ciudades, en el frente este durante toda la guerra y en el frente oeste a partir de los desembarcos de Normandía de junio de 1944 hasta la muerte de Hitler el mayo siguiente; el ametrallamiento de columnas de refugiados y el trabajo hasta la muerte de la mano de obra esclava empleada en las industrias bélicas y los campos de prisioneros.

Las mayores pérdidas militares fueron las de la Unión Soviética, estimadas en 8,6 millones de hombres y mujeres de las fuerzas armadas; Alemania, con 4 millones; Italia, cuyas bajas suman 4 millones entre la infantería, la marina y la aviación; y Rumanía, donde la cifra se sitúa en torno a 300.000, de las cuales la mayoría se produjeron en la lucha con los ejércitos del Eje en el frente ruso. Sin embargo, en relación con sus poblaciones, el mayor número de pérdidas lo sufrieron los austriacos, húngaros, albanos y yugoslavos. Si tenemos en cuenta el conjunto total de muertes, civiles y militares, Polonia, Yugoslavia, la URSS y Grecia fueron las más afectadas. Polonia perdió aproximadamente uno de cada cinco habitantes respecto a la población anterior a la guerra, incluido un alto porcentaje de la población de más alta formación, convertida deliberadamente en blanco de destrucción prioritario por los nazis[1]. Yugoslavia perdió una vida de cada ocho respecto a la población anterior a la guerra, la URSS una de cada 11, Grecia una de cada 14. Para señalar el contraste, la proporción de pérdidas humanas en Alemania fue de 1/15, 1/77 en Francia y 1/125 en Gran Bretaña.

Entre las bajas soviéticas se contaban numerosos prisioneros de guerra. Los alemanes capturaron a unos 5,5 millones de soldados soviéticos durante el curso de la guerra, tres cuartas partes de ellos en los primeros siete meses posteriores al ataque a la URSS llevado a cabo en junio de 1941. De ellos, 3,3 millones murieron a causa del hambre, el frío y el maltrato al que fueron sometidos en los campos alemanes (murieron más rusos en los campos de prisioneros alemanes entre los años 1941-1945 que en toda la Primera Guerra Mundial). De los 750.000 soldados soviéticos capturados durante la toma de Kiev efectuada por los alemanes en septiembre de 1941, sólo 22.000 vivieron lo bastante para asistir a la derrota de Alemania. Los soviéticos por su parte capturaron 3,5 millones de prisioneros de guerra (en su mayoría alemanes, austriacos, rumanos y húngaros), la mayor parte de los cuales pudo regresar a casa después de la guerra.

A la vista de estas cifras, apenas resulta sorprendente que la Europa de la postguerra, especialmente la Europa central y del Este, sufriera una grave escasez de hombres. En la Unión Soviética el número de mujeres superaba al de hombres en 20 millones, un desequilibrio que tardaría más de una generación en corregirse. La economía rural soviética empezó entonces a depender en gran medida de las mujeres para todo tipo de trabajos: no sólo no había hombres, tampoco había apenas caballos. En Yugoslavia, debido a las acciones de represalia alemanas, en las que se fusilaba a todos los varones mayores de 15 años, hubo muchos pueblos en los que no quedaron hombres adultos para trabajar. En la propia Alemania, dos de cada tres hombres nacidos en 1918 no sobrevivieron a la guerra de Hitler: en una comunidad concreta de la que tenemos datos precisos, el barrio de Treptow, a las afueras de Berlín, sólo había 181 hombres de entre 19 y 21 años para 1.105 mujeres.

Se ha especulado mucho sobre este excedente de mujeres, especialmente en la Alemania de la postguerra. La humillante y precaria situación de los varones alemanes, transformados de superhombres del deslumbrante ejército de Hitler en una harapienta tropa de prisioneros devueltos por fin a sus casas, para encontrarse, perplejos, con una generación de mujeres endurecidas que a la fuerza habían tenido que aprender a sobrevivir y desenvolverse sin ellos, no es una ficción (el ex canciller alemán Gerhard Schroeder es tan sólo un ejemplo de aquellos miles de niños alemanes que crecieron huérfanos de padre después de la guerra). Rainer Fassbinder plasmó brillantemente esta omnipresencia femenina en El matrimonio de Maria Braun (1979), donde la heroína del mismo nombre saca partido a su belleza y su cinismo, a pesar de las súplicas de su madre para que no haga nada «que pueda dañar su alma». Pero, mientras la Maria de Fassbinder tenía que cargar con el peso del resentimiento y la desilusión de la generación anterior, las mujeres reales de la Alemania de 1945 tenían que enfrentarse a dificultades más inmediatas.

En los últimos meses de la guerra, mientras los ejércitos soviéticos avanzaban hacia el oeste, introduciéndose en Europa central y el este de Prusia, millones de civiles, la mayoría alemanes, huían a su paso. George Kennan, un diplomático estadounidense, describía así la escena en sus memorias: «El desastre que cayó sobre esta zona con la entrada de las tropas soviéticas no guarda paralelismo con ninguna otra experiencia de la Europa moderna. Había grandes áreas dentro de las cuales, a juzgar por todas las evidencias, apenas quedaba vivo algún hombre, mujer o niño de la población nativa tras el paso de las fuerzas soviéticas… Los rusos […] barrieron a la población de un modo sólo comparable a los tiempos de las hordas asiáticas».

Las primeras víctimas eran los varones adultos (si es que quedaban) y las mujeres de cualquier edad. En Viena, los médicos y hospitales informaron de 87.000 mujeres violadas por los soldados soviéticos en las tres semanas siguientes a la entrada del Ejército Rojo en la ciudad. Un número ligeramente superior de mujeres fueron violadas a raíz de la entrada de las tropas soviéticas en Berlín, la mayoría de ellas durante la semana anterior a la rendición alemana. Es probable que ambas estimaciones se sitúen por debajo de las cifras reales, y no incluyen las innumerables agresiones a mujeres perpetradas por las fuerzas soviéticas en los pueblos y ciudades por los que pasaban mientras avanzaban por el interior de Austria y a través del oeste de Polonia en dirección a Alemania.

El comportamiento del Ejército Rojo no constituía ningún secreto. Milovan Djilas, el más estrecho colaborador de Tito en el ejército partisano yugoslavo, y por entonces ferviente comunista, llegó a plantearle el asunto al propio Stalin. La respuesta del dictador, según recuerda Djilas, resulta reveladora: «¿Pero es que Djilas, un escritor, no sabe lo que es el sufrimiento y el corazón humanos? ¿No puede comprender que un soldado que ha pasado por la sangre, el fuego y la muerte, pase un buen rato con una mujer o se lleve alguna cosilla?».

Desde su esperpéntica perspectiva, Stalin tenía razón en parte. En el ejército soviético no existían los permisos. Gran parte de sus tropas de infantería y artillería pesada llevaba tres horribles años combatiendo en una serie ininterrumpida de batallas en el oeste de la URSS, a través de Rusia y Ucrania. Durante su avance, habían visto y oído abundantes testimonios de las atrocidades alemanas. El tratamiento que daba la Wehrmacht a los prisioneros de guerra, los civiles o los partisanos, y de hecho a cualquiera que se cruzara en su camino, primero durante su orgulloso avance hacia el Volga y las puertas de Moscú y Leningrado y luego durante su amarga y sangrienta retirada, había dejado huella en la las tierras y en el alma de la gente.

Cuando el Ejército Rojo llegó finalmente a Europa central, sus exhaustos soldados se encontraron con otro mundo. El contraste entre Rusia y el oeste siempre había sido grande (el zar Alejandro I ya se había lamentado hacía tiempo de permitir a los rusos que vieran cómo vivían los occidentales) y las diferencias habían ido agudizándose durante la guerra. Mientras los soldados alemanes sembraban de devastación y asesinatos en masa el este, la propia Alemania seguía siendo próspera; tanto, que su población civil apenas percibió el coste material de la guerra hasta finales del conflicto. La Alemania del tiempo de guerra era un país de ciudades, electricidad, alimento y ropa, de tiendas y productos de consumo, de mujeres y niños razonablemente bien alimentados. El contraste con sus hogares devastados debía resultar abismal para la mayoría de los soldados soviéticos. Los alemanes habían infligido un daño terrible a Rusia; ahora les tocaba a ellos sufrir. Sus posesiones y sus mujeres estaban ahí a su disposición. Con el consentimiento tácito de sus comandantes, el Ejército Rojo quedó libre de campar por sus respetos entre la población civil de las recién conquistadas tierras alemanas.

Siguiendo su ruta hacia el oeste, el Ejército Rojo practicó la violación y el pillaje (en toda la brutal extensión del término) en Hungría, Rumanía, Eslovaquia y Yugoslavia; pero sin duda fueron las mujeres alemanas las que se llevaron la peor parte. En 1945-1946 nacieron en la zona alemana ocupada por los rusos entre 150.000 y 200.000 «niños rusos», aunque esta cifra no incluye el incontable número de abortos, dado que muchas mujeres jóvenes murieron junto con sus fetos no deseados. Muchos de los bebés que sobrevivieron engrosaron el creciente número de niños que quedaron huérfanos y sin hogar: las ruinas humanas de la guerra.

Sólo en Berlín había unos 53.000 niños perdidos al final de 1945. Los jardines del Quirinal de Roma se hicieron famosos en poco tiempo como lugar de reunión para los miles de niños mutilados, desfigurados y no reclamados de Italia. En la Checoslovaquia liberada se contabilizaron 49.000 niños huérfanos; en Holanda, 60.000; en Polonia se estima que el número de huérfanos rondó los 200.000 y en Yugoslavia los 300.000. Pocos de los niños más pequeños eran judíos, ya que los niños judíos que habían sobrevivido a los pogromos y al exterminio de los años de la guerra eran en su mayoría adolescentes. 800 niños judíos fueron encontrados con vida al liberar el campo de concentración de Buchenwald; en Belsen sólo se encontró a 500, algunos de los cuales habían sobrevivido incluso a la Marcha de la Muerte de Auschwitz.

Sobrevivir a la guerra era una cosa, y sobrevivir a la paz, otra. Gracias a la pronta y eficaz intervención de la recientemente creada Administración de Socorro y Rehabilitación de las Naciones Unidas (UNRRA) y de los ejércitos de ocupación aliados pudo evitarse la propagación a gran escala de epidemias y enfermedades contagiosas —el recuerdo de la gripe asiática que asoló Europa como secuela de la Primera Guerra Mundial todavía estaba reciente—. No obstante, la situación era bastante deprimente. Durante gran parte de 1945, la población de Viena subsistió con una ingesta de 800 calorías diarias; en Budapest, en diciembre de 1945, la ración era de 556 calorías al día (los niños de las guarderías recibían 800). Durante el «invierno hambriento» de 1944-1945 en Holanda (cuando algunas partes del país ya habían sido liberadas), la ración de calorías semanales descendió en algunas regiones por debajo de la prescripción diaria recomendada por la Fuerza Expedicionaria Aliada para sus soldados, a consecuencia de lo cual murieron 16.000 ciudadanos holandeses, en su mayoría ancianos y niños.

En Alemania, donde la ingesta media por adulto había sido de 2.445 calorías por día en 1940-1941, y de 2.078 en 1943, ésta descendió a 1.412 en el año 1945-1946. Pero esto no era más que un promedio. En junio de 1945, en la zona ocupada por los americanos, la ración diaria oficial para los consumidores alemanes «normales» (sin contar a las categorías de trabajadores favorecidas) se mantuvo en sólo 860 calorías. Estas cifras dotan de lamentable sentido al chiste que corría por la Alemania en guerra: «Disfruta de la guerra, la paz será terrible». Pero la situación no era mucho mejor en la mayor parte de Italia, y era aún algo peor en algunos distritos de Yugoslavia y Grecia[2].

El problema radicaba en parte en las granjas destruidas, en parte en las comunicaciones interrumpidas y, principalmente, en el mero número de bocas, indefensas e improductivas, que había que alimentar. En los lugares donde los agricultores europeos podían cultivar alimentos, se mostraban reacios a suministrarlos a las ciudades. La mayoría de las monedas europeas carecía de valor, pero incluso aunque hubieran existido los medios para pagar a los campesinos por su comida con alguna divisa fuerte, éstos no se habrían sentido muy atraídos, dado que no había nada que comprar. Por tanto, la comida aparecía sólo en el mercado negro, si bien a unos precios que sólo los delincuentes, los ricos y las fuerzas de ocupación podían pagar.

Entre tanto, la gente pasaba hambre y caía enferma. Una tercera parte de la población del Pireo, en Grecia, sufrió de tracoma en 1945 debido a una grave deficiencia de la vitamina C. Durante un brote de disentería producido en Berlín en julio de 1945, como resultado de los daños en los sistemas de depuración y la contaminación del agua, se produjeron 66 muertes infantiles por cada 100 nacimientos. Robert Murphy, el asesor político de Estados Unidos para Alemania, informó en octubre de 1945 de que en la estación de ferrocarril de Lehrter, en Berlín, moría un promedio de 10 personas diarias por agotamiento, desnutrición y enfermedad. En la zona británica de Berlín, en diciembre de 1945, la tasa de muertes de niños menores de un año fue de uno de cada cuatro, mientras que durante ese mismo mes se produjeron 1.023 nuevos casos de tifus y 2.193 de difteria.

En el verano de 1945, durante muchas semanas tras el fin de la guerra, existió un grave riesgo, especialmente en Berlín, de enfermar a consecuencia de la putrefacción de los cadáveres. En Varsovia, una de cada cinco personas padecía tuberculosis. Las autoridades checoslovacas informaron en enero de 1946 de que la mitad de los 700.000 niños necesitados que vivían en el campo resultaron infectados por la enfermedad. Los niños de toda Europa sufrían enfermedades debidas a las privaciones, especialmente tuberculosis y raquitismo, pero también pelagra, disentería e impétigo. Los niños enfermos contaban con pocos recursos: sólo existía un hospital con cincuenta camas para los 90.000 niños de la Varsovia liberada. Por otra parte, los niños sanos morían a causa de la escasez de leche (en 1944-1945 se habían sacrificado millones de cabezas de ganado en las batallas del sur y el este de Europa) y la mayoría sufría una desnutrición crónica. La mortalidad infantil en Viena alcanzó casi cuatro veces la tasa de 1938. Incluso en las relativamente prósperas calles de las ciudades occidentales los niños pasaban hambre y la comida estaba sometida a un estricto racionamiento.

El problema de la alimentación, la vivienda, la ropa y el cuidado de los maltratados civiles europeos (y los millones de soldados prisioneros de las antiguas potencias del Eje) se vio complicado y magnificado por la insólita magnitud de la crisis de los refugiados. Esto era algo nuevo en la historia europea. Todas las guerras trastornan la vida de los no combatientes, acarreando la destrucción de sus tierras y sus hogares, la interrupción de las comunicaciones, el alistamiento y la muerte de maridos, padres o hijos. Sin embargo, en la Segunda Guerra Mundial fueron las políticas estatales más que el conflicto armado las que causaron los peores daños.

Stalin había continuado con sus prácticas anteriores a la guerra de trasladar poblaciones enteras de un lado a otro del imperio soviético. Más de un millón de personas fueron deportadas al este desde la Polonia ocupada por la URSS, la Ucrania occidental y las tierras bálticas, entre 1939 y 1941. Durante estos mismos años, los nazis expulsaron a 750.000 campesinos polacos hacia el este, desde el oeste de Polonia, ofreciéndoles las tierras desalojadas a los Volksdeutsche, personas de etnia alemana procedentes de la Europa oriental ocupada, a los que se invitaba a «volver a su casa», el recién expandido Reich. Este ofrecimiento atrajo a unos 120.000 alemanes bálticos, a 136.000 de la Polonia ocupada por los soviéticos, a 200.000 de Rumanía y a otros muchos, todos los cuales serían nuevamente expulsados pocos años más tarde. La política de Hitler de traslados raciales y genocidio en los territorios alemanes recién conquistados en el este debe por tanto entenderse en relación directa con el proyecto nazi de devolver al Reich (y restablecer en las recién desalojadas propiedades de sus víctimas) todos los remotos asentamientos germanos que se remontaban a la época medieval. Los alemanes expulsaron a los eslavos, exterminaron a los judíos e importaron mano de obra esclava tanto del oeste como del este.

Entre ambos, Stalin y Hitler, desarraigaron, trasplantaron, expulsaron, deportaron y dispersaron a unos 30 millones de personas entre los años 1939 y 1943. Con la retirada de los ejércitos del Eje, el proceso fue el contrario. Los recién asentados alemanes se sumaron a los millones de comunidades alemanas establecidas por el este de Europa en su precipitada huida del Ejército Rojo. Los que consiguieron llegar sanos y salvos a Alemania se reunieron allí con otra hormigueante multitud de personas desplazadas. William Byford-Jones, un oficial del ejército británico, describió así la situación de 1945:

¡Desechos humanos! Mujeres que habían perdido a sus maridos e hijos, hombres que habían perdido a sus mujeres; hombres y mujeres que habían perdido sus hogares y a sus hijos; familias que habían perdido enormes granjas y fincas, tiendas, destilerías, fábricas, molinos, mansiones. También había niños pequeños que vagaban solos, cargando con un hatillo, llevando una patética etiqueta pegada. Sus madres habían sido separadas de ellos por algún motivo, o bien habían muerto y habían sido enterradas por otras personas desplazadas en algún punto al borde del camino.

Del este llegaban bálticos, polacos, ucranianos, cosacos, húngaros, rumanos y personas de otras nacionalidades: algunos simplemente huían de los horrores de la guerra, otros escapaban al oeste para evitar caer bajo el dominio comunista. Un reportero del New York Times describía una columna formada por 24.000 cosacos y sus familias que avanzaban por el sur de Austria como una estampa «exactamente igual a la que un artista podría haber pintado en los tiempos de las guerras napoleónicas».

Desde los Balcanes no sólo llegaban etnias germanas, sino también más de 100.000 croatas del derrocado régimen fascista de Ante Pavelic que huían de la ira de los partisanos de Tito[3]. En Alemania y Austria, además de los millones de soldados de la Wehrmacht que habían sido hechos prisioneros por los aliados y de los recién liberados aliados de los campos de prisioneros alemanes, había muchos no alemanes que habían luchado contra los aliados junto a los alemanes o bajo el mando alemán: soldados rusos, ucranianos y de otras latitudes, pertenecientes al ejército antisoviético del general Andrei Vlasov; voluntarios de la Waffen SS procedentes de Noruega, Holanda, Bélgica y Francia; y combatientes auxiliares, personal de los campos de concentración y personas reclutadas abundantemente en Letonia, Ucrania, Croacia y otros muchos lugares. Todos ellos tenían buenas razones para tratar de escapar a las represalias soviéticas.

Además estaban los hombres y mujeres recién liberados que habían sido reclutados por los nazis para trabajar en Alemania. Éstos habían sido trasladados a las granjas y fábricas alemanas desde cualquier lugar del continente y sumaban muchos millones, repartidos entre Alemania propiamente dicha y sus territorios anexionados, y en 1945 constituían el contingente más numeroso de personas desplazadas por los nazis. La emigración económica forzosa fue de este modo la principal experiencia social de la Segunda Guerra Mundial para muchos civiles europeos, incluidos 280.000 italianos obligados a trasladarse a Alemania por su anterior aliado, tras la capitulación de Italia ante los aliados en septiembre de 1943.

La mayoría de los trabajadores extranjeros en Alemania habían sido llevados allí contra su voluntad, pero no todos. Algunos trabajadores extranjeros atrapados por la estela de la derrota alemana en mayo de 1945 habían llegado allí por su propia voluntad, como por ejemplo los holandeses que aceptaron ofertas para trabajar en la Alemania nazi con anterioridad a 1939 y que se quedaron allí[4]. Incluso con los irrisorios salarios pagados por los empresarios alemanes, los hombres y mujeres de la Europa del Este, los Balcanes, Francia y los países del Benelux estaban por lo general mejor que si se hubieran quedado en sus respectivos países. Tampoco los trabajadores soviéticos (que en septiembre de 1944 sumaban más de dos millones en Alemania), aunque hubieran sido conducidos a Alemania a la fuerza, lamentaban necesariamente encontrarse allí. Como recuerda una de ellos, Elena Skrjabena, «ninguno se quejaba de que los alemanes les hubieran enviado a trabajar a sus industrias, ya que para todos ellos ésta era la única posibilidad de salir de la Unión Soviética».

Otro grupo de desplazados, los supervivientes de los campos de concentración, se sentían de forma muy diferente. Sus «delitos» habían sido diversos: la oposición política o religiosa al nazismo o al fascismo, la resistencia armada, castigos colectivos por el ataque a soldados o instalaciones de la Wehrmacht, leves transgresiones a las normas de ocupación, actividades delictivas reales o inventadas o haber contravenido las leyes raciales nazis. Estas personas habían conseguido sobrevivir a campos de concentración donde se amontonaban los cadáveres y existían todo tipo de enfermedades endémicas: disentería, tuberculosis, difteria, fiebres tifoideas, tifus, bronconeumonía, gastroenteritis, gangrena y otras muchas. Pero incluso estos supervivientes habían salido mejor parados que los judíos, dado que no habían sido exterminados colectiva y sistemáticamente.

Judíos quedaron pocos. De los que llegaron a ser liberados, 4 de cada 10 murieron a las pocas semanas de la llegada de los ejércitos aliados, dado que la gravedad de su estado superaba los conocimientos de la medicina occidental. Pero los judíos supervivientes, como la mayoría de los otros sin techo de Europa, se abrieron camino en Alemania, ya que allí se ubicarían los organismos y campamentos aliados, y, de todos modos, el este de Europa todavía no era seguro para los judíos. Muchos de los judíos supervivientes de Polonia se marcharon definitivamente de allí tras una serie de pogromos que tuvieron lugar durante la postguerra: 63.387 de ellos llegaron a Alemania procedentes de Polonia entre julio y septiembre de 1946.

Por tanto, lo que ocurrió en 1945, y llevaba al menos un año produciéndose, fue un ejercicio de limpieza étnica y traslado de poblaciones sin precedentes. En parte ello fue resultado de una separación étnica «voluntaria», como la de los supervivientes judíos que abandonaron Polonia porque se sentían inseguros y rechazados, o la de los italianos que prefirieron partir de la península de Istria a vivir bajo el dominio yugoslavo. Muchas minorías étnicas que habían colaborado con las fuerzas de ocupación (los italianos en Yugoslavia, los húngaros en el anteriormente ocupado norte de Transilvania, ahora devuelto al control rumano, los ucranianos en la Unión Soviética occidental, etcétera) huyeron uniéndose a las fuerzas en retirada de la Wehrmacht, a fin de evitar las represalias de la mayoría local o del Ejército Rojo en su avance, y no regresaron jamás. Puede que su marcha no obedeciera a un mandato legal o a la decisión de las autoridades locales, pero las alternativas eran escasas.

No obstante, en otros lugares existía una política oficial en vigor bastante antes de que acabara la guerra. Los alemanes fueron por supuesto los pioneros en aplicarla, con la expulsión y el genocidio de los judíos y la evacuación masiva de polacos y personas de otras nacionalidades eslavas. Entre 1939 y 1943, bajo el Eje alemán, rumanos y húngaros fueron traídos y llevados a un lado y otro de las nuevas fronteras de la disputada Transilvania. Las autoridades soviéticas maquinaron a su vez una serie de intercambios de población entre Ucrania y Polonia; un millón de polacos de lo que hoy es Ucrania occidental huyeron o fueron expulsados de sus casas, mientras que medio millón de ucranianos salieron de Polonia hacia la Unión Soviética entre octubre de 1944 y junio de 1946. En el curso de escasos meses, lo que antes había sido una región de credos, lenguas y comunidades entremezcladas, se convirtió en dos territorios diferenciados y de una sola etnia.

Bulgaria transfirió 160.000 turcos a Turquía; Checoslovaquia, a tenor de un acuerdo firmado con Hungría en febrero de 1946, cambió a los 120.000 eslovacos que vivían en Hungría por un número equivalente de húngaros residentes en las comunidades del norte del Danubio, en Eslovaquia. También se efectuaron intercambios de este tipo entre Polonia y Lituania y entre Checoslovaquia y la Unión Soviética; 400.000 personas del sur de Yugoslavia fueron trasladadas a las tierras del norte para reemplazar a 600.000 alemanes e italianos que acababan de abandonarlas. Ni en éste ni en ninguno de los demás casos se consultó a las poblaciones afectadas. Pero el contingente más numeroso de los afectados fue el alemán.

Los alemanes de la Europa del Este probablemente hubieran huido hacia el oeste en cualquier caso: en 1945 no se les quería ni siquiera en países donde sus familias llevaban asentadas cientos de años. Entre el deseo popular genuino de castigar a los alemanes locales por los estragos de la guerra y la utilización de este sentimiento por los gobiernos de postguerra, las comunidades germanoparlantes de Yugoslavia, Hungría, Checoslovaquia, Polonia, la región báltica y el oeste de la Unión Soviética estaban perdidas, y lo sabían.

Llegado el momento no tuvieron elección. Ya en 1942 los británicos habían accedido en privado a las peticiones checas de que pasada la guerra se expulsara a la población alemana de los Sudetes, y los rusos y los estadounidenses las aceptaron al año siguiente. El 19 de mayo de 1945, el presidente Edvard Beneš, de Checoslovaquia, declaró: «Hemos decidido eliminar el problema alemán en nuestra república de una vez por todas»[5]. Los alemanes (al igual que los húngaros y otros «traidores») tuvieron que poner sus propiedades bajo el control estatal. En junio de 1945 se les expropiaron las tierras y el 2 de agosto de aquel año perdieron su ciudadanía checoslovaca. Cerca de tres millones de alemanes, la mayoría procedentes de la región checa de los Sudetes, fueron entonces expulsados a Alemania en el curso de los siguientes dieciocho meses. Aproximadamente 267.000 de ellos murieron durante esta evacuación. Mientras que los alemanes habían representado el 29 por ciento de la población de Bohemia y Moravia en 1930, en el censo de 1950 no constituían más que el 1,8 por ciento.

Otros 623.000 alemanes fueron expulsados de Hungría, 786.000 de Rumanía, aproximadamente medio millón de Yugoslavia y 1,3 millones de Polonia. Pero, sin duda, el mayor número de refugiados alemanes procedía de los antiguos territorios del este de la propia Alemania: Silesia, la Prusia Oriental, la Pomerania del este y Brandenburgo del este. En la conferencia de Potsdam celebrada entre Estados Unidos, Gran Bretaña y la URSS (desde el 17 de julio al 2 de agosto de 1945), se pactó, como queda reflejado en el artículo XIII del acuerdo allí suscrito, que estos tres gobiernos «reconocían que debía efectuarse la transferencia a Alemania de las poblaciones alemanas, o parte de las mismas, que quedaban en Polonia, Checoslovaquia y Hungría». En parte, esto venía meramente a refrendar lo que ya había sucedido, pero además representaba el reconocimiento formal de las implicaciones de desplazar las fronteras de Polonia hacia el oeste. Unos siete millones de alemanes se encontrarían ahora en Polonia, y las autoridades polacas (y las fuerzas de ocupación soviéticas) querían sacarles de allí, entre otras cosas para que los polacos y el resto de personas que hubieran perdido las tierras que tenían en las regiones del este, ahora absorbidas dentro de la URSS, pudieran a su vez ser reubicadas en los nuevos territorios situados más hacia el oeste.

El resultado fue el reconocimiento de iure de una nueva realidad. La Europa del Este se había visto despojada por la fuerza de sus poblaciones germanas: como Stalin había prometido en septiembre de 1941, él había devuelto «la Prusia Oriental a Eslavia, adonde pertenecía». En la Declaración de Potsdam se acordaba que «cualquier transferencia que tuviera lugar, debería efectuarse de forma ordenada y humanitaria», pero, dadas las circunstancias, aquello era poco probable. Algunos observadores occidentales estaban espantados del tratamiento dispensado a las comunidades germanas. Anne O'Hare McCormick, corresponsal del New York Times, registraba así sus impresiones el 23 de octubre de 1946: «Las dimensiones de este reasentamiento y las condiciones en las que tiene lugar no tienen precedentes en la historia. Nadie que haya presenciado sus horrores puede dudar de que se trata de un crimen contra la humanidad por el que la historia exigirá un terrible castigo».

Pero la historia no ha exigido ningún castigo. De hecho, los 13 millones de expulsados fueron asentados e integrados en la sociedad de la Alemania Occidental con notable éxito, aunque el recuerdo permanece y, en Baviera (adonde fueron muchos de ellos), este tema despierta todavía sentimientos muy intensos. Puede que para los oídos contemporáneos resulte un poco chocante la descripción de las expulsiones de alemanes como un «crimen contra la humanidad» tan sólo unos meses después de la revelación de unos crímenes de una magnitud completamente distinta cometidos en nombre de estos mismos alemanes. Pero entonces los alemanes estaban vivos y presentes, mientras que sus víctimas, sobre todo los judíos, se encontraban en su mayoría muertos y desaparecidos. Como escribiría Telford Taylor, el abogado de la acusación durante los juicios de la cúpula nazi celebrados en Núremberg, varias décadas después, existía una diferencia esencial entre las expulsiones de la postguerra y las evacuaciones de población en tiempo de guerra «en las que los que efectuaban las expulsiones acompañaban a los expulsados para asegurarse de encerrarlos en guetos, matarlos o utilizarlos para trabajos forzosos».

Al final de la Primera Guerra Mundial fueron las fronteras las que se reinventaron y ajustaron, mientras que en general no se movió a la gente[6]. Después de 1945 ocurrió todo lo contrario; salvo una notable excepción, las fronteras se mantuvieron esencialmente intactas y fue a la gente a la que se la cambió de lugar. Los políticos occidentales tenían la impresión de que la Sociedad de Naciones y las cláusulas sobre minorías incluidas en los Tratados de Versalles habían fracasado, y de que sería un error tratar siquiera de resucitarlas. Ésta fue la razón por la que accedieron tan fácilmente a las transferencias de población. Si no se podía proporcionar una protección eficaz a las minorías supervivientes de Europa central y del Este, lo mejor era enviarlas a lugares más adecuados. Aunque el término «limpieza étnica» no existiera entonces, no hay duda de que en la realidad sí, a pesar de que no suscitara la desaprobación o el oprobio general.

La excepción, como tantas veces, fue Polonia. La recomposición geográfica de Polonia, que perdió más de 110.000 kilómetros cuadrados de sus territorios a favor de Rusia que le fueron compensados con unos 64.000 kilómetros cuadrados de unas tierras bastante mejores pertenecientes a los territorios alemanes al este de los ríos Oder y Neisse, fue dramática y trascendental para los polacos, ucranianos y alemanes de los territorios afectados. Pero en la coyuntura de 1945 era insólita, y debería entenderse más bien como parte del ajuste territorial general que Stalin impuso a todo lo largo de los límites occidentales de su imperio: recuperar Besarabia, bajo el dominio rumano; arrebatar la Bucovina y la Rutenia al sur de los Cárpatos a Rumanía y Checoslovaquia, respectivamente; absorber los Estados bálticos e incorporarlos a la Unión Soviética, y retener la península de Carelia, arrancada a Finlandia durante la guerra.

Al oeste de las nuevas fronteras de la Unión Soviética hubo pocos cambios. Bulgaria recuperó una franja de tierra de la región rumana de Dobrudja; los checoslovacos obtuvieron de Hungría (una potencia del Eje derrotada y por tanto incapaz de oponerse) tres pueblos de la orilla derecha del Danubio, frente a Bratislava; Tito consiguió mantener parte del territorio anteriormente italiano situado en los aledaños de Trieste, en la Venecia Julia, ocupado por sus fuerzas al final de la guerra. En el resto de los casos, se devolvieron los territorios tomados por la fuerza entre 1938 y 1945 y se restauró su anterior statu quo.

Salvo algunas excepciones, el resultado fue una Europa de Estados nacionales más étnicamente homogénea que nunca. Por supuesto, la Unión Soviética continuó siendo un imperio multinacional. Yugoslavia no perdió un ápice de su complejidad étnica, a pesar de las sangrientas luchas entre comunidades producidas durante la guerra. Rumanía siguió manteniendo una considerable minoría húngara en Transilvania y un incontable número (millones) de gitanos. Pero Polonia, cuya población polaca no superaba el 68 por ciento en 1938, pasó a estar abrumadoramente poblada de polacos en 1946. Alemania era casi toda alemana (descontando a los refugiados temporales y a las personas desplazadas); Checoslovaquia, cuya población anterior a Múnich era un 22 por ciento alemana, 5 por ciento húngara, 3 por ciento cárpato-ucraniana y 1,5 por ciento judía, era ahora casi exclusivamente checa y eslovaca: de los 55.000 judíos checoslovacos que sobrevivieron a la guerra, todos, salvo 16.000, se marcharían antes de 1950. Las antiguas diásporas de Europa, como la de los griegos y los turcos en el sur de los Balcanes y alrededor del Mar Negro, los italianos en Dalmacia, los húngaros en Transilvania y el norte de los Balcanes, los polacos en Volinia (Ucrania), Lituania y Bucovina, los alemanes desde el Báltico hasta el Mar Negro, desde el Rin hasta el Volga, y los judíos en todas partes, fueron extinguiéndose y finalmente desaparecieron. Nacía una Europa nueva y «más ordenada».

Gran parte de la gestión inicial de las personas desplazadas y los refugiados (congregarlos, establecer campos para ellos y proporcionarles comida, ropa y asistencia médica) la asumieron por los ejércitos aliados que ocupaban Alemania, especialmente el de Estados Unidos. No había otra autoridad en Alemania, ni tampoco en Austria y el norte de Italia, las otras áreas donde se congregaban los refugiados. Sólo el ejército tenía los recursos y la capacidad organizativa necesarios para administrar un contingente demográfico equivalente a un país de tamaño medio. Se trataba de una responsabilidad sin precedentes para una enorme maquinaria militar que, sólo unas semanas antes, se había dedicado casi exclusivamente a la tarea de luchar contra la Wehrmacht. Tal y como lo expresó el general Dwight D. Eisenhower (Comandante en Jefe de las Fuerzas Aliadas) al informar al presidente Harry Truman el 8 de octubre de 1945 en respuesta a las críticas dirigidas a la gestión militar de los refugiados y supervivientes de los campos de concentración: «En ciertos casos hemos estado por debajo del nivel requerido, pero me gustaría señalar que todo un ejército ha tenido que enfrentarse al complicado problema de adaptar sus labores de combate a las de repatriación de masas y a continuación a la fase estacionaria actual, con su problemática específica de asistencia social».

Sin embargo, una vez establecido el sistema de los campos, la responsabilidad del cuidado y en su caso la repatriación o el reasentamiento de los millones de desplazados recayó cada vez más en la Administración de Socorro y Rehabilitación de las Naciones Unidas. La UNRRA se fundó el 9 de noviembre de 1943 en una reunión celebrada en Washington a la que asistieron representantes de 44 futuros miembros de las Naciones Unidas, con el fin de prever las posibles necesidades que surgirían durante la postguerra, y más tarde desempeñaría un papel crucial en las situaciones de emergencia de la postguerra. Este organismo gastó 10.000 millones de dólares entre julio de 1945 y junio de 1947, casi en su totalidad aportados por los gobiernos de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido. Gran parte de esta ayuda se destinó a los antiguos aliados de la Europa del Este (Polonia, Yugoslavia y Checoslovaquia) y a la Unión Soviética, así como a la gestión de las personas desplazadas en Alemania y otros lugares. De los antiguos países del Eje, sólo Hungría recibió ayuda de la UNRRA, si bien no mucha, en realidad.

A finales de 1945, la UNRRA tenía en funcionamiento en Alemania 227 campos y centros de asistencia para personas desplazadas y refugiados, más otros 25 en la vecina Austria, y un puñado de ellos repartidos por Francia y los países del Benelux. Para junio de 1947, el número de estos centros era de 762 en Europa Occidental, y en su gran mayoría estaban situados en las zonas occidentales de Alemania. El número máximo de civiles liberados de las Naciones Unidas (es decir, sin incluir a los ciudadanos de los antiguos países del Eje) se alcanzó en septiembre de 1945 y fue de 6.795.000, a los cuales habría que añadir otros 7 millones que estaban bajo la autoridad soviética más los muchos millones de alemanes desplazados. En cuanto a las nacionalidades, los grupos más numerosos eran los de la Unión Soviética, integrados por prisioneros liberados y antiguos internos de los campos de trabajos forzosos. A este grupo le seguían 2 millones de franceses (prisioneros de guerra, trabajadores y deportados), 1,6 millones de polacos, 700.000 italianos, 350.000 checos, más de 300.000 holandeses, 300.000 belgas e innumerables más.

El suministro de alimentos de la UNRRA desempeñó un papel vital, especialmente en el caso de Yugoslavia: sin la ayuda de este organismo, el número de muertes habría sido mucho mayor entre los años 1945 y 1947. En Polonia, la UNRRA contribuyó a mantener el consumo de alimentos en un 60 por ciento respecto a los niveles anteriores a la guerra, y en un 80 por ciento en el caso de Checoslovaquia. En Alemania y Austria compartió la responsabilidad de la gestión de los desplazados y refugiados con la Organización Internacional para los Refugiados (IRO), cuyos estatutos fueron aprobados por la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 1946.

La IRO también estaba financiada por las potencias aliadas occidentales. En su primer presupuesto (1947), la aportación de Estados Unidos fue del 46 por ciento, y aumentó a un 60 por ciento en 1949; la del Reino Unido representó un 15 por ciento y la de Francia, un 4 por ciento. Debido al desacuerdo entre los aliados occidentales y la Unión Soviética respecto a la cuestión de las repatriaciones forzosas, la IRO fue siempre considerada por la URSS (y más tarde por el bloque soviético) como un instrumento netamente occidental, y sus servicios se limitaron por tanto a los refugiados de las áreas controladas por los ejércitos de ocupación aliados. Por otra parte, dado que estaba dedicada a cubrir las necesidades de los refugiados, los desplazados alemanes quedaron excluidos de sus beneficios.

Esta distinción entre las personas desplazadas (que se suponía tenían un hogar en alguna parte) y los refugiados (clasificados como sin techo) fue sólo uno más de los numerosos matices introducidos durante aquellos años. A la gente se la trataba de forma diferente en función de si tenía la nacionalidad de un país aliado durante la guerra (Checoslovaquia, Polonia, Bélgica, etcétera) o de un antiguo Estado enemigo (Alemania, Rumanía, Hungría, Bulgaria, etcétera). Dicha distinción también se esgrimía cuando se trataba de establecer prioridades en la repatriación de los refugiados. Las personas cuyos casos se tramitaron con prioridad y se las envió a sus casas en primer lugar fueron los ciudadanos de países pertenecientes a las Naciones Unidas a los que se había liberado de los campos de concentración; luego vinieron los ciudadanos de nacionalidades pertenecientes a las Naciones Unidas que habían sido prisioneros de guerra, seguidos de los desplazados de estos mismos países (muchos de ellos anteriores internos de los campos de trabajos forzosos) y de los de nacionalidad italiana y, por último, los ciudadanos de los antiguos países enemigos. A los alemanes se los dejaría allí donde ya se encontraban para que fueran absorbidos localmente.

El regreso de los ciudadanos franceses, belgas, holandeses, británicos o italianos a sus países de origen fue relativamente sencillo y los únicos impedimentos fueron de orden logístico: determinar quiénes tenían derecho de ir adónde y encontrar trenes suficientes para llevarlos allí. Para el 18 de junio de 1945, de los 1,2 millones de ciudadanos franceses que se encontraban en Alemania en el momento de la rendición, es decir, un mes antes, todos, salvo 40.550, estaban ya de vuelta en Francia. Los italianos tuvieron que esperar más, dada su condición de ciudadanos de un país antes enemigo y el hecho de que el Gobierno italiano no contaba con un plan coordinado para la repatriación de sus ciudadanos. Pero incluso ellos habían conseguido regresar a sus hogares para 1947. En cambio, en el este, se produjeron dos complicaciones importantes. Algunos desplazados procedentes de Europa del Este eran técnicamente apátridas y no tenían ningún país al que regresar. Por otra parte, muchos de ellos no deseaban volver a casa. Esto confundió al principio a los administradores europeos. Con arreglo a un acuerdo firmado en Halle, Alemania, en mayo de 1945, todos los ex prisioneros de guerra y demás ciudadanos de la Unión Soviética debían volver a sus hogares, dándose por sentado que ése sería también su deseo. Pero existía una excepción: los aliados occidentales no reconocían la anexión de los Estados bálticos llevada a cabo por Stalin durante la guerra, por lo que a los estonios, letonios y lituanos de los campos de desplazados de las zonas occidentales de Alemania se les dio la posibilidad de elegir entre volver al este o encontrar un nuevo hogar en el oeste.

Pero no sólo los bálticos no deseaban regresar. Un gran número de ciudadanos de origen soviético, polaco, rumano y yugoslavo prefería también permanecer en los campos provisionales alemanes a volver a sus países. En el caso de los ciudadanos soviéticos, esta renuencia venía motivada por un temor bien fundado a las represalias contra quienes hubieran pasado algún tiempo en el oeste, aunque hubiera sido en un campo de prisioneros. Bálticos, ucranianos, croatas y algunos otros se mostraban reticentes ante la idea de regresar a unos países que en la práctica, aunque no oficialmente, se hallaban bajo el control comunista: en muchos casos esta desgana obedecía a un temor a las represalias por unos crímenes de guerra reales o imputados, aunque también al mero deseo de escapar al oeste en busca de una vida mejor.

Durante 1945 y 1946 las autoridades occidentales prefirieron ignorar en general dichos sentimientos y obligar a los soviéticos y a otros ciudadanos del este a regresar a sus casas, en ocasiones por la fuerza. Con los funcionarios soviéticos acorralando a sus conciudadanos procedentes de los campos alemanes, los refugiados del este se esforzaban desesperadamente por convencer a los perplejos funcionarios franceses, estadounidenses o británicos de que no querían volver a «casa» y preferían quedarse en Alemania antes que en ningún otro lugar. No siempre lo conseguían: entre 1945 y 1947, los aliados occidentales devolvieron a 2.272.000 ciudadanos soviéticos.

Sus desesperados esfuerzos daban lugar a escenas terribles, especialmente durante los primeros meses de la postguerra, dado que los refugiados políticos rusos que nunca habían sido ciudadanos soviéticos, los partisanos ucranianos, y muchos otros, eran rodeados por tropas británicas o norteamericanas y empujados, a veces literalmente, al otro lado de la frontera, donde les estaba esperando la policía secreta soviética, predecesora del KGB[7]. Una vez en manos soviéticas, se sumaban a los cientos de miles de otros ciudadanos soviéticos repatriados, y a los húngaros, alemanes y otros antiguos enemigos deportados al este por el Ejército Rojo. En 1953 ya habían sido repatriados un total de cinco millones y medio de ciudadanos soviéticos. Uno de cada cinco de ellos acabó siendo fusilado o trasladado a un gulag. Un número aún mucho mayor fue enviado directamente al exilio siberiano o destinado a los batallones de trabajos forzados.

La repatriación forzosa no cesó hasta 1947, con el inicio de la Guerra Fría y una nueva disposición a tratar a las personas desplazadas del bloque soviético como refugiados políticos (a los 50.000 ciudadanos checos que todavía quedaban en Alemania y Austria cuando se produjo el golpe comunista en Praga se les concedió inmediatamente este estatus). Un total de un millón y medio de polacos, húngaros, búlgaros, rumanos, yugoslavos, ciudadanos soviéticos y judíos consiguieron de este modo librarse de la repatriación. Junto con los bálticos, todos ellos constituían la inmensa mayoría de personas desplazadas que quedaba en las zonas occidentales de Alemania y Austria, y en Italia. En 1951, la Convención Europea para los Derechos Humanos establecería la protección a dichos extranjeros desplazados, al amparo de la cual quedarían a salvo del retorno forzoso a la persecución.

No obstante, la cuestión seguía siendo qué sería de ellos. Los refugiados y los deportados no albergaban ninguna duda. Según escribía Genêt (Janet Flanner) en The New Yorker en octubre de 1948, «[las personas desplazadas] están deseando dirigirse a cualquier lugar del mundo excepto a casa». Pero ¿quién los llevaría? Los Estados occidentales europeos, escasos de mano de obra y en pleno proceso de reconstrucción económica y material, estaban en principio abiertos a importar determinadas categorías de apátridas. Bélgica, Francia y Gran Bretaña estaban necesitadas sobre todo de mineros, trabajadores de la construcción y agricultores. En 1946-1947, Bélgica acogió a 22.000 desplazados (junto con sus familias) para trabajar en las minas de Valonia. Francia admitió a 38.000 personas para trabajar en labores manuales de diversos tipos. Por el mismo motivo, Gran Bretaña recibió a 86.000 personas, incluidos muchos veteranos del ejército polaco y ucranianos que habían luchado en la División «Halychnya» de las Waffen SS[8].

Los criterios de admisión eran simples: los Estados de la Europa occidental estaban interesados en incorporar trabajadores manuales (varones) y no mostraban reparos en contratar a bálticos, polacos y ucranianos para satisfacer sus necesidades, fuera cual fuese su historial de guerra. Las mujeres solteras fueron bien recibidas como trabajadoras manuales o domésticas, aunque, en 1948, el Ministerio de Trabajo canadiense decidió rechazar a las mujeres jóvenes y adultas que emigraban a Canadá para trabajar en el servicio doméstico si se detectaba cualquier indicio de que su formación superaba la enseñanza secundaria. Nadie quería tampoco a los ancianos, los huérfanos o las mujeres solteras con niños. A los refugiados no se los recibía en general con los brazos abiertos; las encuestas de postguerra realizadas en Estados Unidos y la Europa occidental revelan muy poca solidaridad hacia su difícil situación. La mayoría de la gente expresaba el deseo de que la emigración se redujera en lugar de que aumentara.

El problema de los judíos era peculiar. Al principio, las autoridades occidentales trataban a los deportados judíos como a los demás, congregándolos en los campos alemanes junto a muchos de sus antiguos perseguidores. Pero en agosto de 1945 el presidente Truman anunció que todos los deportados judíos de la zona norteamericana de Alemania serían alojados en instalaciones separadas: según se afirmaba en un informe que el presidente encargó para investigar el problema, los campos y centros previamente integrados suponían un «enfoque a todas luces poco realista del problema. La negativa a reconocer a los judíos como tales tiene el efecto de […] cerrar los ojos a su anterior y mucho más brutal represión». A finales de septiembre de 1945, se atendía a todos los judíos de la zona estadounidense separadamente de los demás.

El regreso de los judíos al este nunca se consideró siquiera, ya que nadie en la Unión Soviética, Polonia ni ningún otro lugar mostraba el más mínimo interés en su regreso. Tampoco los judíos fueron especialmente bienvenidos en el oeste, en particular los que tenían una mayor formación o alguna titulación en profesiones no manuales. Por tanto, y paradójicamente, permanecieron en Alemania. La dificultad de «ubicar» a los judíos de Europa sólo se resolvió mediante la creación del Estado de Israel: entre 1948 y 1951, 332.000 judíos europeos marcharon a Israel, tanto desde los centros IRO de Alemania como directamente desde Rumanía, Polonia y otros lugares, en los casos de quienes todavía quedaban allí. Otros 165.000 más salieron finalmente para Francia, Gran Bretaña, Australia y América del Norte y del Sur.

Allí se les uniría el resto de desplazados y refugiados de la Segunda Guerra Mundial, a los que debería añadirse una nueva generación de refugiados políticos procedentes de los países de Europa central y del Este durante los años 1947-1949. En total, Estados Unidos admitió a 400.000 personas en aquellos años, más otras 185.000 durante los años 1953-1957. Canadá permitió la entrada de un total de 157.000 refugiados y deportados, y Australia 182.000 (entre ellos 60.000 polacos y 36.000 bálticos).

Las dimensiones de este logro deben resaltarse. Algunas personas, especialmente ciertas categorías de personas de etnia alemana procedentes de Yugoslavia y Rumanía, quedaron en una especie de limbo, dado que los acuerdos de Potsdam no contemplaban su caso. Pero en el curso de media docena de años, el trabajo de los gobiernos militares aliados y los organismos civiles de las Naciones Unidas en un continente herido, resentido y empobrecido, consiguió repatriar, integrar y reasentar a un número sin precedentes (muchos millones) de personas desesperadas procedentes de todo el continente y de docenas de diferentes países y comunidades. A finales de 1951, cuando la UNRRA y la IRO fueron sustituidas por el recién creado Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, quedaban sólo 177.000 personas desplazadas en los campos europeos, la mayoría ancianos o enfermos a los que nadie quería acoger. El último campo de deportados alemán, el de Foehrenwald, en Baviera, se cerró en 1957.

Los desplazados y refugiados de Europa habían sobrevivido no sólo a una guerra generalizada, sino a una serie de guerras locales, civiles. En efecto, desde 1934 a 1949, Europa fue testigo de una secuencia insólita de conflictos civiles en el interior de los Estados existentes. En muchos casos, la subsiguiente ocupación extranjera, ya fuera alemana, italiana o rusa, sirvió sobre todo para facilitar y legitimar la persecución de programas y antagonismos políticos por otros nuevos y violentos medios. Los ocupantes, por supuesto, no se mantuvieron neutrales. Por lo general, unían sus fuerzas a las de alguna facción de la nación ocupada para enfrentarse a un enemigo común. De este modo, una tendencia política o minoría étnica que en tiempos de paz se encontraba en desventaja podía explotar las alteradas circunstancias para ajustar las cuentas a sus enemigos domésticos. Los alemanes, especialmente, estaban encantados de movilizar y aprovecharse de dichos sentimientos, no sólo para dividir y hacer así más fácil su conquista, sino para reducir los problemas y el coste de administrar y vigilar sus territorios conquistados, ya que de este modo podían delegar estas funciones en sus colaboradores locales.

A partir de 1945, el término «colaboradores» ha adquirido una connotación peculiar y moralmente peyorativa. Pero, en tiempo de guerra, las divisiones y afiliaciones a menudo acarreaban unas implicaciones domésticas en conjunto más complejas y ambiguas que las que conllevarían las meras atribuciones de «colaboración» o «resistencia» propias de la postguerra. Así, en la Bélgica ocupada, algunas personas de habla flamenca, repitiendo un error que ya habían cometido en la Primera Guerra Mundial, se sintieron tentadas por la promesa de autonomía y la oportunidad de acabar con el control de la élite francófona sobre el Estado belga, y abrieron los brazos a la autoridad alemana. Allí, como en todas partes, los nazis jugaron su baza local en beneficio de sus propósitos: los prisioneros de guerra flamencos fueron liberados en 1940, cuando cesaron las hostilidades, mientras que los valones permanecieron en los campos de prisioneros durante toda la guerra.

En Francia y Bélgica, y también en Noruega, la resistencia contra los alemanes fue real, especialmente durante los dos últimos años de la ocupación, cuando los esfuerzos nazis por reclutar a los hombres jóvenes para realizar trabajos forzosos en Alemania llevaron a muchos de ellos a optar por el maquis (bosques) como un mal menor. Pero el número de activistas de la resistencia no superaría al de los que colaboraron con los nazis, ya fuera por convencimiento, corrupción o interés propio, hasta el mismo final de la ocupación (en Francia se estima que el número de hombres y mujeres verdaderamente comprometidos era aproximadamente el mismo en ambos bandos, entre 160.000 y 170.000 como máximo. Y su principal enemigo, con frecuencia, era el otro bando: a los alemanes, por lo general, se los dejaba de lado.

En Italia, las circunstancias eran más complicadas. Los fascistas llevaban veinte años en el poder cuando Mussolini fue derrocado por un golpe palaciego en julio de 1943. Tal vez por esta razón la resistencia al régimen fue escasa; los antifascistas más activos estaban en el exilio. Después de septiembre de 1943, cuando el país se declaró oficialmente «cobeligerante» del lado de los aliados, el norte del país, ocupado por los alemanes, se dividió entre un régimen títere (la «República de Saló» de Mussolini) y un pequeño pero valiente núcleo de resistencia partisano que cooperaba y a veces recibía apoyo de los ejércitos aliados que avanzaban hacia allí.

Pero aquí también, lo que ambos bandos presentaron como una mayoría de italianos sensatos atrapados en un conflicto con una banda marginal de terroristas asesinos que estaban aliados con una potencia extranjera fue en realidad, entre los años 1943 y 1945, una auténtica guerra civil con un número importante de ciudadanos italianos comprometidos con alguno de ambos bandos. Los fascistas de Saló fueron en realidad los colaboradores no representativos de una brutal fuerza ocupante; pero el apoyo con el que contaron en aquel momento no fue nada desdeñable, y desde luego no claramente inferior al de sus oponentes más agresivos, los partisanos apoyados por los comunistas. La resistencia antifascista constituyó en realidad uno de los bandos de un enfrentamiento entre italianos cuyo recuerdo se ocultó convenientemente en las décadas de la postguerra.

En la Europa del Este las cosas estaban aún más complicadas. Los eslovacos y los croatas aprovecharon la presencia alemana para establecer Estados teóricamente independientes de acuerdo con los proyectos abrigados por los partidos separatistas antes de la guerra. En Polonia, los alemanes no buscaron colaboradores; pero más hacia el norte, en los Estados bálticos e incluso en Finlandia, la Wehrmacht fue acogida al principio como una alternativa a la ocupación y la absorción por parte de la Unión Soviética. En especial, fueron los ucranianos los que más se esforzaron por rentabilizar la ocupación alemana a partir de 1941, con el fin de asegurar su largo tiempo deseada independencia, y las tierras de la Galitzia oriental y la Ucrania occidental fueron escenario de un cruento enfrentamiento civil entre partisanos ucranianos y polacos, bajo la égida de la guerra entre partisanos antinazis y antisoviéticos. En estas circunstancias, la sutil distinción entre la guerra ideológica, el conflicto entre comunidades y la batalla por la independencia política perdió todo sentido: sobre todo para las poblaciones locales, las principales víctimas en cualquier caso.

Polacos y ucranianos luchaban de parte o en contra de la Wehrmacht, el Ejército Rojo y entre sí, dependiendo del momento y el lugar. En Polonia, este conflicto, que a partir de 1944 se había transformado en una guerra de guerrillas contra el Estado comunista, se cobró las vidas de 30.000 polacos entre los años 1945 y 1948. En la Ucrania ocupada por los soviéticos, al último comandante partisano, Roman Shukhevych, le mataron cerca de Lwów en 1950, pero las actividades antisoviéticas continuaron durante algunos años, especialmente en Ucrania y en Estonia.

Pero fue sobre todo en los Balcanes donde la Segunda Guerra Mundial se vivió como una guerra civil particularmente homicida. En Yugoslavia, el significado de etiquetas convencionales como colaborador o resistente resultaba especialmente opaco. ¿Qué era Draza Mihajlovič, el líder serbio de los partisanos chetnik[9]? ¿Un patriota? ¿Un resistente?¿Un colaborador? ¿Qué le impulsaba a luchar? ¿La resistencia contra los ocupantes (alemanes, italianos)? ¿La venganza contra los enemigos políticos domésticos de la Yugoslavia del periodo de entreguerras? ¿Los conflictos entre comunidades entre serbios, croatas y musulmanes? ¿Objetivos pro o anti comunistas? Para muchas personas, había más de un motivo en juego.

Así, el régimen ustacha de Ante Pavelic en el Estado títere croata mató a serbios (bastantes más de 200.000) y musulmanes. Pero los partisanos monárquicos de Mihajlovič (en su mayoría serbios) también mataron musulmanes. Ésta y no otra fue la razón por la que los musulmanes de Bosnia cooperaron a veces con los ejércitos alemanes, en su propia defensa. Los partisanos comunistas de Tito, a pesar de su objetivo estratégico global de liberar a Yugoslavia de las fuerzas alemanas e italianas, dedicaron bastante tiempo y recursos a destruir primero a los chetniks, básicamente porque eran un objetivo a su alcance. Milovan Djilas, al escribir una década más tarde, ya desilusionado con el resultado de las batallas entre partisanos y chetniks en las que él mismo había desempeñado un papel heroico, dio testimonio de la experiencia real de la guerra y la resistencia en la Yugoslavia ocupada: «Ambos ejércitos pasaron horas trepando por unos barrancos rocosos para escapar a la aniquilación o para destruir a un pequeño grupo de paisanos suyos, a veces incluso vecinos, desde algún pico prominente a casi 2.000 metros de altura, en una tierra cautiva que se desangraba y moría de hambre. Te venía el pensamiento de que aquello era en lo que se habían convertido todas nuestras teorías y visiones sobre la lucha de los obreros y los campesinos contra la burguesía».

Más hacia el sur, en Grecia, al igual que en Yugoslavia, la Segunda Guerra Mundial constituyó un ciclo de invasión, ocupación, resistencia, represalias y guerra civil, que culminó en diciembre de 1944 en Atenas con cinco semanas de enfrentamientos entre los comunistas y las fuerzas británicas que apoyaban a la monarquía, tras las cuales se acordó un armisticio en febrero de 1945. Pero la lucha volvió a reavivarse en 1946 y duró tres años más, para terminar con la huida en desbandada de los comunistas de sus bastiones de las montañas del norte. Aunque no hay duda de que la resistencia griega ante los italianos y los alemanes fue más eficaz que otros movimientos de resistencia más conocidos como los de Francia e Italia (sólo en 1943-1944, resultaron muertos o heridos más de 6.000 soldados alemanes), el daño que acarreó a los propios griegos fue mucho mayor aún. Las guerrillas KKE (comunistas) y el Gobierno monárquico de Atenas, respaldado por Occidente, sembraron el terror por los pueblos, destruyeron las comunicaciones y dividieron al país durante las décadas siguientes. Cuando la guerra ya había acabado, en septiembre de 1949, el 10 por ciento de la población se había quedado sin hogar. La guerra civil griega careció de muchas de las complejidades étnicas de la lucha en Yugoslavia o en Ucrania[10] pero, en términos humanitarios, fue aún más costosa.

El impacto de estas guerras civiles europeas en la postguerra fue inmenso. En resumen, supuso que la guerra europea no finalizara en 1945 con la retirada de los alemanes: una de las características traumáticas de la guerra civil consiste en que, incluso después de su derrota, el enemigo sigue permaneciendo en el mismo lugar y, con él, el recuerdo del conflicto. Pero las luchas intestinas de aquellos años tuvieron también otros efectos. Junto con la barbarie sin precedentes de los nazis y, posteriormente, las ocupaciones soviéticas, corroyeron el tejido mismo del estado europeo. A partir de entonces, nada volvería a ser lo mismo. En el más estricto sentido de un término excesivamente manido, estas luchas transformaron la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Hitler, en una revolución social.

Para empezar, la ocupación por etapas del territorio llevada a cabo por las potencias extranjeras erosionó inevitablemente la autoridad y la legitimidad de los gobiernos locales. El régimen de Vichy en Francia, supuestamente autónomo, al menos nominalmente (como el Estado eslovaco del padre Józef Tiso o el régimen ustacha de Pavelic en Zagreb), era en realidad un organismo dependiente de Hitler, como casi todo el mundo sabía. A escala municipal, las autoridades cooperantes locales de Holanda o Bohemia mantenían un cierto grado de iniciativa, siempre que evitaran colisionar con los deseos de sus amos alemanes. Irónicamente, sólo en los países aliados de los nazis como Finlandia, Bulgaria, Rumanía y Hungría, y a los que por tanto se les permitía autogobernarse, se mantuvo cierto grado de independencia local, al menos hasta 1944.

Salvo Alemania y el centro de la Unión Soviética, todos los Estados europeos continentales implicados en la Segunda Guerra Mundial fueron ocupados al menos dos veces: primero por sus enemigos y luego por los ejércitos de liberación. Algunos países como Polonia, los Estados bálticos, Grecia o Yugoslavia, fueron ocupados tres veces en cinco años. Con esta sucesión de invasiones, el régimen anterior quedaba destruido, su autoridad desmantelada, y sus élites reducidas. El resultado fue en algunos lugares una tabula rasa donde todas las viejas jerarquías habían quedado desacreditadas y sus representantes desprestigiados. En Grecia, por ejemplo, el dictador anterior a la guerra, Metaxás, se había deshecho de la vieja clase parlamentaria. Los alemanes echaron a Metaxás. Luego, los alemanes fueron a su vez expulsados, y los que habían colaborado con ellos quedaron desprotegidos y deshonrados.

La liquidación de las viejas élites sociales y económicas constituyó quizá el cambio más dramático. El extermino de los judíos de Europa por parte de los nazis no sólo fue devastador en sí mismo. Tuvo también importantes consecuencias sociales para las muchas ciudades y localidades de Europa central donde los judíos habían integrado antes la clase profesional local: doctores, abogados, hombres de negocios, catedráticos. Más tarde, y a menudo en esas mismas ciudades, otra parte importante de la burguesía (los alemanes) también fue eliminada, como hemos visto. El resultado se tradujo en una transformación radical del paisaje social y una oportunidad para que polacos, bálticos, ucranianos, eslovacos, húngaros y ciudadanos de otras nacionalidades ascendieran y ocuparan los puestos (y los hogares) de los ausentes.

Este proceso de nivelación, por el que las poblaciones nativas de Europa central y del Este ocuparon el lugar de las minorías desterradas, constituyó la aportación más duradera de Hitler a la historia social europea. El plan alemán había consistido en destruir a los judíos y a la intelligentsia local de Polonia y el occidente de la Unión Soviética, someter al resto de las poblaciones eslavas a un neovasallaje y poner la tierra y el gobierno en manos de los alemanes reasentados. Pero con la llegada del Ejército Rojo y la expulsión de los alemanes, la nueva situación resultó adaptarse especialmente bien a los más puros proyectos de radicalización de los soviéticos.

Una razón para ello fue que los años de la ocupación no sólo habían sido testigo de una movilidad social ascendente aplicada rápida y violentamente, sino también del más completo colapso de la ley y de los hábitos de vida de un Estado legal. Es engañoso pensar en la ocupación alemana de la Europa continental como una época de pacificación y orden bajo el control de un poder omnisciente y omnipresente. Incluso en Polonia, el más vigilado y reprimido de todos los territorios ocupados, la sociedad continuó actuando de forma desafiante contra las nuevas autoridades: los polacos constituyeron por ellos mismos un universo clandestino de periódicos, escuelas, actividades culturales, servicios de asistencia social, intercambio económico e, incluso, un ejército, todo ello prohibido por los alemanes y que por tanto se llevaba a cabo fuera de la ley, a costa de correr un grave riesgo.

Pero ésa era precisamente la cuestión. Vivir con normalidad en la Europa ocupada suponía infringir la ley: en primer lugar, la ley de los ocupantes (toques de queda, normas para viajeros, leyes racistas, etcétera), pero, además, las leyes y normas convencionales. La mayoría de la gente corriente que no tenía acceso a los productos agrícolas se veía obligada, por ejemplo, a recurrir al mercado negro o al trueque ilegal para alimentar a sus familias. El robo al Estado, a un conciudadano o el saqueo a un comercio judío estaba tan extendido que a los ojos de mucha gente dejó de ser un crimen. De hecho, dado que los gendarmes, policías y autoridades locales representaban y servían a la fuerza de ocupación, y que ésta practicaba el crimen organizado a costa de poblaciones civiles determinadas arbitrariamente, los delitos comunes se convirtieron en actos de resistencia (aunque a menudo en retrospectiva, con posterioridad a la liberación).

Pero, sobre todo, la violencia pasó a formar parte de la vida diaria. La autoridad del Estado moderno, en última instancia, ha descansado siempre, in extremis, en su monopolio de la violencia y su disposición a utilizar la fuerza en caso necesario. Sin embargo, en la Europa ocupada la autoridad era una función de la fuerza en sí, utilizada sin inhibición ninguna. Curiosamente, fue justo en estas circunstancias cuando el Estado perdió su monopolio de la violencia. Los grupos y ejércitos partisanos competían por una legitimidad derivada de su capacidad para aplicar sus normas dentro de un territorio dado. Esto se puso más claramente en evidencia en las regiones más remotas de Grecia, Montenegro y las zonas fronterizas del este de Polonia, donde la autoridad de los Estados modernos nunca había sido especialmente firme. Pero, a finales de la Segunda Guerra Mundial, también se hizo patente en algunas zonas de Francia e Italia.

La violencia engendró el cinismo. Como fuerzas de ocupación, tanto nazis como soviéticos precipitaron una guerra de todos contra todos. No sólo desalentaban la lealtad al régimen o Estado anterior, sino cualquier sentimiento de civismo o de vinculación entre las personas, con bastante éxito en general. Si el poder gobernante actuaba brutal y arbitrariamente contra el vecino (porque era judío o pertenecía a una élite intelectual o minoría étnica, o bien había caído en desgracia ante el régimen por alguna razón ignota), ¿por qué debía guardársele un respeto que él no mostraba hacia los demás? De hecho, con frecuencia resultaba prudente ir aún más allá y curarse en salud, tratando de ganarse el favor de las autoridades metiendo en problemas al vecino.

Hasta el mismo final de la guerra, la incidencia de los informes anónimos, acusaciones personales y meros rumores fue asombrosamente alta en toda la Europa ocupada por los alemanes. Entre 1940 y 1944 se produjo un enorme número de denuncias ante las SS, la Gestapo, y la policía local en Hungría, Noruega, Holanda y Francia. Muchas ni siquiera buscaban una recompensa o una ganancia material. También bajo la autoridad soviética, especialmente en la Polonia del este ocupada por los soviéticos desde 1939 a 1941, el estilo jacobino de alentar a los informadores y el hábito revolucionario (francés) de sembrar la duda sobre la lealtad de los demás floreció por doquier.

En resumen, todos tenían razones fundadas para temer a los demás. La gente, al sospechar de los motivos de los demás, no perdía tiempo en denunciarles por alguna supuesta infracción o beneficio ilícito. No existía la protección de instancias superiores: de hecho, los que estaban en el poder con frecuencia eran los más corruptos de todos. Entre los años 1939 y 1945, los derechos (civiles, legales, políticos) dejaron de existir para la mayoría de los europeos. El Estado dejó de ser el depositario de la ley y la justicia; por el contrario, bajo el gobierno del nuevo orden de Hitler, el propio Estado era el máximo depredador. La actitud de los nazis hacia la vida y la integridad física de las personas es de sobra conocida; pero, a efectos prácticos, puede que el tratamiento de la propiedad constituya su principal legado en cuanto a su influencia en el mundo de la postguerra.

Bajo la ocupación alemana el derecho a la propiedad podría calificarse, en el mejor de los casos, de contingente. A los judíos europeos, sencillamente, se los despojó de su dinero, bienes, casas, tiendas y negocios. Sus propiedades fueron repartidas entre los nazis, sus colaboradores y sus amigos, dejando el resto disponible para el saqueo y el robo de sus convecinos. Pero el secuestro y la confiscación fue mucho más allá de los judíos. El «derecho» de posesión constituía un concepto frágil, a menudo desprovisto de significado, dependiente exclusivamente de la voluntad, los intereses o el capricho de los que ostentaban el poder.

En esta serie de transacciones involuntarias de la propiedad, había tanto ganadores como perdedores. Con la expulsión de los judíos y otras víctimas étnicas, sus tiendas y apartamentos podían ser ocupados por personas de la localidad; sus herramientas, muebles y ropas eran confiscados o robados por los nuevos propietarios. Este proceso alcanzó su máximo exponente en la «zona de la muerte» situada entre Odesa y el Báltico, pero sucedía en todas partes: los supervivientes de los campos de concentración que regresaron a París o a Praga en 1945 se encontraron en muchos casos con que sus casas habían sido ocupadas por squatters de tiempo de guerra que reclamaban airados sus derechos y se negaban a abandonarlas. De este modo, cientos de miles de ciudadanos corrientes húngaros, polacos, checos, holandeses, franceses y de otras nacionalidades se convirtieron en cómplices del genocidio nazi, al menos como beneficiarios.

En todas las fábricas ocupadas del país se expropiaron vehículos, terrenos, maquinaria y productos acabados, sin compensación alguna, en beneficio de los nuevos gobernantes, en lo que vino a ser, de facto, un proceso de nacionalización a gran escala. Especialmente en la Europa central y del Este, los nazis se apropiaron de importantes grupos de empresas y un gran número de instituciones financieras para su economía de guerra. Pero este hecho no siempre suponía una ruptura radical con la historia anterior. La desastrosa vuelta a la autarquía que vivió la región a partir de 1931 había acarreado un alto nivel de intervención y manipulación estatal, y en Polonia, Hungría y Rumanía, el sector empresarial de propiedad pública se había expandido notablemente durante los años inmediatamente anteriores y posteriores a la guerra, como medida preventiva de defensa contra la penetración económica alemana. La dirección estatal de la economía en la Europa del Este no comenzó en 1945.

El saqueo durante la postguerra de las poblaciones alemanas residentes desde Polonia a Yugoslavia completó la radical transformación iniciada con la expulsión de los judíos por parte de los propios alemanes. Muchos ciudadanos de etnia alemana de los Sudetes, Silesia, Transilvania y el norte de Yugoslavia poseían importantes propiedades territoriales. Cuando éstas fueron a parar a manos del Estado para su redistribución, el impacto fue inmediato. En Checoslovaquia, los bienes y las propiedades arrebatadas por los alemanes y sus colaboradores equivalían a una cuarta parte de la riqueza nacional, mientras que la redistribución sólo de las tierras de labranza benefició a 300.000 campesinos y trabajadores agrícolas y a sus familias. El alcance de estos cambios sólo puede describirse como revolucionario. Al igual que la propia guerra, supusieron tanto un corte radical y una clara ruptura con el pasado como la preparación para otros cambios más importantes incluso que estaban aún por venir.

En la Europa occidental liberada había pocas propiedades que redistribuir, y la guerra no se había experimentado como el cataclismo que desencadenó más hacia el este. Pero también allí se puso en cuestión la legitimidad de las autoridades constituidas. Los gobiernos locales de Francia, Noruega y los países del Benelux no se habían cubierto precisamente de gloria. Por el contrario, en general habían respondido con presteza a la intervención de los ocupantes. En 1941 los alemanes fueron capaces de dirigir la ocupada Noruega con un personal administrativo de sólo 806 empleados. Los nazis administraron Francia con sólo 1.500 de los suyos. Hasta tal punto confiaban en la lealtad de la policía y las milicias francesas que les asignaron (además de su personal administrativo) nada más que 6.000 policías civiles y militares para garantizar la docilidad de un país de 35 millones de personas. Lo mismo ocurrió en Holanda. En un testimonio efectuado en la postguerra por el jefe de seguridad alemán de Ámsterdam, éste afirmaba que «el principal apoyo de las fuerzas alemanas en el sector policial y en otros era la policía holandesa. Sin ella, no podrían haberse llevado a cabo ni un 10 por ciento de las tareas de la ocupación alemana». Obsérvese el contraste con Yugoslavia, que requirió la constante vigilancia de divisiones enteras del ejército alemán sólo para contener a los partisanos armados[11].

Ésta constituyó una de las diferencias entre la Europa occidental y la oriental. Otra fue el propio tratamiento que los nazis dieron a las naciones ocupadas. Los noruegos, daneses, holandeses, belgas, franceses y, después de septiembre de 1943, italianos, fueron humillados y explotados. Pero a menos que fueran judíos, comunistas o activistas de algún tipo de resistencia, en general, los dejaron en paz. Por consiguiente, los pueblos liberados de Europa occidental podían imaginar un retorno a algo parecido al pasado. De hecho, incluso las democracias parlamentarias del periodo de entreguerras parecían ahora un poco menos gastadas que antes, gracias al interludio nazi (Hitler había conseguido desacreditar al menos una de las alternativas radicales al pluralismo político y el Estado de derecho). Las exhaustas poblaciones de la Europa occidental continental aspiraban sobre todo a volver a tomar las riendas de la vida normal, dentro un Estado debidamente regulado.

La situación, por tanto, en los Estados recién liberados de Europa occidental era bastante nefasta. Pero en Europa central, en palabras de John J. McCloy, de la Comisión de Control de Estados Unidos en Alemania, era de «absoluto colapso económico, social y político […] sería imposible encontrar algún paralelismo en la historia, a menos que nos remontemos al Imperio Romano». McCloy se refería a Alemania, donde los gobiernos militares aliados tenían que reconstruir todo desde cero: la ley, el orden, los servicios públicos, las comunicaciones, la administración. Pero al menos ellos tenían recursos para hacerlo. En el este, la situación era aún mucho peor.

Así pues, fue Hitler, como mínimo tanto como Stalin, el que abrió una brecha en el continente y lo dividió. Las historia de Europa central, de las tierras de los imperios germánico y de los Habsburgo, de las zonas septentrionales del viejo imperio otomano, e incluso de los territorios más occidentales de los zares rusos, siempre había sido diferente, en cuanto a escala, a la de las naciones-Estado del oeste. Pero no necesariamente en esencia. Antes de 1939, húngaros, rumanos, checoslovacos, polacos, croatas y bálticos tal vez miraran con algo de envidia a los más afortunados habitantes de Francia o de los Países Bajos. Pero no veían razones para no poder aspirar por derecho propio a una prosperidad y estabilidad similares. Los rumanos soñaban con París. La economía checa superaba en 1937 a la de la vecina Austria, y podía competir con la de Bélgica.

La guerra lo cambió todo. Al este del Elba, los soviéticos y sus representantes locales heredaron un subcontinente en el que ya había tenido lugar una ruptura radical con el pasado. Lo que no quedó desacreditado al máximo quedó irreparablemente dañado. Los gobiernos exiliados de Oslo, Bruselas o La Haya pudieron regresar de Londres con la esperanza de asumir la legítima autoridad a la que se habían visto obligados a renunciar en 1940. Pero los viejos gobernantes de Bucarest y Sofía, Varsovia, Budapest e incluso Praga no tenían ningún futuro: su mundo había quedado barrido al paso de la violencia transformadora de los nazis. Sólo cabía decidir la forma política del nuevo orden que debía ahora reemplazar a un pasado irrecuperable.

II. Justo castigo

II

JUSTO CASTIGO

A belgas, franceses y holandeses la guerra les había enseñado que su deber patriótico era hacer trampas, mentir, tener un mercado negro, desprestigiar y estafar: estos hábitos habían llegado a estar muy arraigados después de cinco años.

PAUL-HENRI SPAAK, Ministro de Asuntos Exteriores de Bélgica

La venganza no tiene sentido, pero ciertos hombres no podían ocupar un lugar en el mundo que tratábamos de construir.

SIMONE DE BEAUVOIR

Que se dicte y cumpla una sentencia dura y justa, como exige el honor de la nación y merece su mayor traidor.

Resolución de las organizaciones de la resistencia checoslovacas demandando un severo castigo para el padre Józef Tiso, noviembre de 1946

Para que los gobiernos de la Europa liberada fueran legítimos y pudieran reclamar para ellos mismos la autoridad de Estados debidamente constituidos, primero tenían que ocuparse del legado de los desacreditados regímenes del periodo de la guerra. Los nazis y sus amigos habían sido derrotados, pero a la vista del alcance de sus crímenes, obviamente eso no era suficiente. Si la legitimidad de los gobiernos de postguerra radicaba meramente en su victoria militar sobre el fascismo, ¿qué les diferenciaba de los propios regímenes fascistas de la época de la guerra? Era importante definir las actividades y los crímenes de estos últimos, y castigarlos como correspondía. Había todo un razonamiento legal y político subyacente. Pero el deseo de castigo también respondía a una necesidad más profunda. La mayoría de los europeos experimentaron la Segunda Guerra Mundial no como una guerra de movimientos y batallas, sino como una degradación cotidiana por la cual hombres y mujeres eran traicionados y humillados, obligados diariamente a cometer pequeños actos de delincuencia y autodegradación en los cuales todos perdían algo y muchos lo perdían todo.

Por otra parte, y en claro contraste con la memoria viva de la Gran Guerra que todavía seguía existiendo en muchos lugares, en 1945 había poco de lo que sentirse orgulloso y mucho de lo que sentirse avergonzado y no poco culpable. Como hemos visto, la mayoría de los europeos vivieron la guerra de una forma pasiva, siendo derrotados y ocupados por un colectivo de extranjeros y luego liberados por otro. El único motivo de orgullo colectivo nacional fueron los movimientos partisanos de resistencia armada que habían luchado contra el invasor, razón por la que fue en Europa occidental, donde la resistencia había sido en realidad menos evidente, donde el mito de la resistencia adquirió más importancia. En Grecia, Yugoslavia, Polonia o Ucrania, donde muchos partisanos se habían enfrentado a las fuerzas de ocupación y entre sí en abierta batalla, las cosas, como siempre, eran más complicadas.

Por ejemplo, en la Polonia liberada, las autoridades soviéticas no recibieron bien el elogio público de los partisanos armados, cuyos sentimientos eran como mínimo tan anticomunistas como antinazis. En la Yugoslavia de la postguerra, como ya hemos dicho, algunos activistas de la resistencia estuvieron mejor vistos que otros, al menos a los ojos del mariscal Tito y sus victoriosos combatientes comunistas. En Grecia, al igual que en Ucrania, las autoridades locales acorralaron, encarcelaron y fusilaron a todos los partisanos armados que pudieron encontrar.

La «resistencia», en resumen, constituía un concepto cambiante y confuso y, en algunos lugares, inventado. Pero la «colaboración» era otro asunto. Los colaboradores podían ser universalmente identificados y execrados. Se trataba de hombres y mujeres que habían trabajado o dormido con el invasor, que se habían unido a los nazis o a los fascistas, que habían actuado con oportunismo para obtener beneficios políticos o económicos al amparo de la guerra. A veces constituían una minoría religiosa, nacional o lingüística, que como tal ya era objeto de desprecio o de temor por otras razones; y aunque la «colaboración» no era un delito preexistente con una definición legal y unas penas establecidas, los colaboradores podían ser acusados de forma convincente de traición, un delito real que conllevaba un severo y satisfactorio castigo.

El castigo a los colaboradores (reales o imaginarios) comenzó antes de que la lucha finalizara. De hecho, llevaba produciéndose durante toda la guerra, tanto a título individual como siguiendo las instrucciones de las organizaciones clandestinas de la resistencia. Pero durante el intervalo transcurrido entre la retirada de las tropas alemanas y el establecimiento de un control eficaz por parte de los gobiernos aliados, las frustraciones colectivas y las venganzas personales, a menudo alentadas por el oportunismo político o los beneficios económicos, condujeron a un breve aunque sangriento periodo de ajustes de cuentas. En Francia, 10.000 personas fueron ejecutadas mediante procedimientos «extrajudiciales», muchos de ellos a manos de bandas independientes de los grupos de resistencia armada, especialmente de las Milices Patriotiques, que capturaban a los sospechosos de colaboración, les arrebataban sus propiedades y en muchos casos los fusilaban sin más preámbulos.

Aproximadamente un tercio de estas ejecuciones sumarísimas se llevaron a cabo antes del desembarco de Normandía del 6 de junio de 1944, y el resto de las víctimas se produjeron en su mayor parte durante los siguientes cuatro meses de combates en suelo francés. En todo caso, las cifras son bastante bajas teniendo en cuenta el nivel de odio y recelo mutuos que se había extendido por toda Francia después de cuatro años de ocupación y de gobierno bajo el régimen del mariscal Pétain en Vichy; las represalias no sorprendieron a nadie. En palabras de un anterior y anciano primer ministro francés, Edouard Herriot, «Francia necesitará pasar primero por un baño de sangre antes de que los republicanos puedan hacerse de nuevo con las riendas del poder».

El mismo sentimiento se tenía en Italia, donde las represalias y los castigos extraoficiales, especialmente en las regiones de Emilia-Romaña y Lombardía, arrojaron una cifra de aproximadamente 15.000 muertes durante los últimos meses de la guerra, y continuaron, de forma esporádica, durante al menos tres años más. En el resto de Europa occidental el derramamiento de sangre fue mucho menor: en Bélgica, alrededor de 265 hombres y mujeres fueron víctimas de este tipo de linchamientos y ejecuciones, mientras que en Holanda el número se sitúa por debajo de 100. No obstante, también abundaron otras formas de venganza. Las acusaciones contra las mujeres, por lo que los francófonos más cínicos denominaban «colaboración horizontal», fueron muy comunes: en Holanda emplumaban a las moffenmeiden, y por toda Francia se producían escenas en que las mujeres eran exhibidas desnudas y rapadas en las plazas públicas, con frecuencia el mismo día en que el pueblo o ciudad en cuestión era liberado de sus ocupantes o al muy poco tiempo.

La frecuencia con la que las mujeres eran acusadas (a menudo por otras mujeres) de confraternizar con el enemigo resulta reveladora. En muchos casos, estas acusaciones escondían algo de verdad: ofrecer sus servicios sexuales a cambio de comida o ropa, o algún tipo de ayuda personal, constituía con frecuencia un recurso, a veces el único, con el que contaban las mujeres y familias que estaban atravesando situaciones desesperadas. Pero la popularidad de la acusación y el placer vengativo obtenido del castigo sirve de recordatorio de hasta qué punto tanto hombres como mujeres experimentaban la guerra, por encima de todo, como una humillación. Jean Paul Sartre describiría más adelante la colaboración en términos inequívocamente sexuales, como una «sumisión» al pod

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