SIGLAS
ADLA: Archivos Departamentales de Loire-Atlantique (Francia) [Archives Départementales de Loire-Atlantique]
AEFR: Archivo Estatal de la Federación Rusa (Moscú)
AEM: Ateneo Español de México (Ciudad de México)
AERCU: Asociación Española de Relaciones Culturales con la URSS
AGA: Archivo General de la Administración, Alcalá de Henares (Madrid)
AGN: Archivo General de la Nación de México (Ciudad de México)
AHN: Archivo Histórico Nacional (Madrid)
AHPCE: Archivo Histórico del Partido Comunista de España (Madrid)
AIR: Ayuda Infantil de Retaguardia
AJA: Alianza Juvenil Antifascista
ALBA: Archivo de la Brigada Abraham Lincoln (Nueva York) [Abraham Lincoln Brigade Archive]
ARI: Auxilio Rojo Internacional
AUS: Asociación de Amigos de la Unión Soviética
BNE: Biblioteca Nacional de España (Madrid)
CAEE: Comité de Acogida a los Niños de España [Comité d’Accueil des Enfants d’Espagne]
CAEER: Comisión de Ayuda a los Niños Españoles Refugiados [Comission d’Aide aux Enfants Espagnols Réfugiés]
CDMH: Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca
CGT: Confederación General del Trabajo
CIAERE: Comisión Internacional para la Ayuda de los Niños Refugiados Españoles [Comission Internationale pour l’Aide aux Enfants Réfugiés en Espagne]
CICR: Comité Internacional de la Cruz Roja
CNCAB: Comité Nacional de Acogida a los Vascos [Comité National Catholique d’Accueil aux Basques]
CNHEEB: Comité Nacional para la acogida de los Niños Españoles en Bélgica [Comité National pour l’Hébergement des Enfants Espagnols en Belgique]
CNIE: Consejo Nacional de la Infancia Evacuada
CNRG: Comité Nacional de Refugiados de Guerra
CNT: Confederación Nacional del Trabajo
DCC: Delegación Central de Colonias
DEA: Delegación de Asuntos Especiales
DERD: Delegación del Estado para la Recuperación de Documentos (Delegación para recuperar, clasificar y custodiar la documentación procedente de personas y entidades del bando republicano)
DERM: Delegación Extraordinaria de Repatriación de Menores
ETB: Televisión del País Vasco [Euskal Telebista]
FET y de las JONS: Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista
FETE: Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza
GTE: Grupos de Trabajadores Extranjeros
ILE: Institución Libre de Enseñanza
IR: Izquierda Republicana
JAE: Junta de Ampliación de Estudios
JSU: Juventudes Socialistas Unificadas
NJCSR: Comité Nacional de Ayuda a los Refugiados Españoles [National Joint Committee for Spanish Relief]
OCEAR: Oficina Central de Evacuación y Asistencia al Refugiado
OIE: Oficina Internacional de la Infancia
OIPA: Oficina de Información y Propaganda Anticomunista
ONU: Organización de las Naciones Unidas [United Nations]
PCE: Partido Comunista de España
PCUS: Partido Comunista de la Unión Soviética 

POB-BWP: Partido Obrero de Bélgica [Parti Ouvrier Belge-Belgische Wekleiden Partij]
PSUC: Partido Socialista Unificado de Cataluña
SERE: Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles
SFIO: Sección Francesa de la Internacional Obrera [Section Française de l’Internationale Ouvrière]
SIFERE: Socorro Internacional a las Mujeres y Niños de la República Española [Secours International aux Femmes et Enfants de la République espagnole]
SRD: Servicio de Recuperación de Documentos
SRI: Socorro Rojo Internacional
TVE: Televisión Española
UNESCO: Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura [United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization]
PRÓLOGO
LA MEMORIA POSIBLE
Y también recuerdo cómo tuvimos que dejar aquella casa en el malecón. Un otoño lluvioso, el olor a naftalina y a polvo, el pasillo abarrotado de bultos de libros, de envoltorios, maletas, sacos y paquetes […]. Permanezco indeciso ante un mapa de España. ¿Me lo llevo o lo dejo? Hace siete meses que ha caído Madrid. Se acabaron las exaltadas preocupaciones, ya he quitado las banderitas […]. No, me lo llevaré. Arranco las chinchetas, quito el mapa y lo doblo en ocho pliegues de modo que forma un folleto bastante abultado. Puede guardarse en el bolsillo del abrigo. Aún conservo el mapa entre mis libros. Han pasado muchos años, pero no lo he vuelto a abrir. Pero un objeto que ha absorbido en sí tantos sufrimientos y pasiones infantiles no puede perderse definitivamente.[1]
Cuando Yuri tuvo que abandonar aquella casa del malecón (Dom na naberezhnoi), en la que había pasado su infancia y adolescencia, en su mente se agolparon numerosos recuerdos y sensaciones. Recordó hechos, días, lugares, juegos, miradas, conversaciones, nombres. Sobre todo nombres. Los de sus amigos, Dima, Liovka, Antón y, especialmente, Sonia, con quienes había compartido tantas cosas y había vivido sus primeras experiencias. Allí estaban, como fosilizados, acompañándole, observando todo lo que salía de aquella casa en ruinas, esperando para despedirse, infundiéndole ánimos aun en el silencio más absoluto, mientras él recogía sin ganas, junto a su familia, para marcharse sin saber cuándo volvería o cómo sería su nuevo hogar. Corrían malos tiempos. En Moscú se pasaba hambre, ocurrían cosas inexplicables, desaparecía gente, no era fácil encontrar un buen trabajo, en vez de aire lo que se respiraba era un miedo helado. Yuri y sus amigos, aunque él entonces no lo podía saber, volverían a encontrarse años después y ninguno se reconocería. Sus vidas siguieron caminos muy distintos. Al final, todos acabaron donde no pensaron que acabarían: los que de adolescentes no parecían tener futuro y eran malos estudiantes acabaron ocupando buenos puestos y formando una familia. También se convirtieron en lo que no eran: los más honrados acabaron vendiéndose al régimen y olvidándose de sus principios para poder sobrevivir.
Aquella tarde en la casa del malecón permanecería para siempre en la memoria de Yuri, porque marcó el inicio del fin. Mientras subía y bajaba las escaleras con cajas llenas de libros y aquel mapa de España, probablemente pensó en el curso escolar 1937-1938, el último de los 10 años que pasó en la escuela. Quizá se acordó de que ese año previo a la Universidad la escuela fue muy distinta a la de años anteriores. En ese curso había otros niños extranjeros, más pequeños que él, que no entendían bien el ruso, vestían uniformes muy nuevos y tenían un aula reservada sólo para ellos, donde un gran mapa (su mapa, el que ahora tenía en las manos), cuyos contornos no logró al principio identificar, colgaba de una de las paredes, adornado con banderitas rojas y azules. Más tarde, el maestro les explicó que esos nuevos compañeros de escuela eran niños españoles que habían tenido que huir de su país debido a una guerra que desde hacía varios meses enfrentaba a hermanos entre sí: como si Rusia se dividiera de nuevo en dos y los rusos lucharan unos contra otros, como había ocurrido durante la Revolución. Sólo que en la guerra de España no sólo había españoles y, por eso, el camarada Stalin estaba ayudando a los republicanos, porque habían sido atacados por un enemigo común que amenazaba a Europa: el fascismo.
Las guerras sólo son lícitas, les había explicado el maestro, si su fin es liberar a un pueblo de la opresión a la que está sometido. Yuri luego entendió que cada uno contaba la historia a su manera y que había quienes pensaban diferente de su maestro. Así que, en definitiva, e independientemente de las interpretaciones posibles y contrarias, Rusia estaba ayudando a los republicanos españoles y a su causa, como otras potencias estaban ayudando a los franquistas. Stalin les enviaba hombres, aviones, víveres… Pero, además, ofrecía su amparo y protección a quienes corrían peligro si permanecían en esa España partida en dos. Por eso estaban allí los niños españoles. Porque el pueblo ruso los iba a cuidar mientras sus padres derrotaban al fascismo. Entonces volverían a su casa y a su escuela.
El mapa de España que conservaba Yuri era el mejor recuerdo de aquellos años que muchos niños rusos habían compartido con los niños españoles evacuados a la Unión Soviética durante la Guerra Civil española. Cuántos días había visto a los camaradas españoles contemplándolo, con el corazón en un puño, mientras llegaban las últimas noticias de su país a través de la radio y la prensa. Cuántas emociones y vivas en los avances del ejército republicano, cuántas lágrimas en sus derrotas. Hasta que se terminaron las banderitas rojas y todos dejaron de mirar el mapa de España. Allí se quedó, prendido en la pared de la clase, olvidado. Yuri comprendió después que ningún niño español lo quisiera. Tantas esperanzas puestas en ese pedazo de papel, tantos sufrimientos geográficos. Era una carga demasiado pesada para llevarla a cuestas durante toda la vida.
Como Yuri Trifonov, muchos de los niños españoles evacuados durante la Guerra Civil a países extranjeros que todavía pueden contar su experiencia recuerdan también esos mapas de España que colgaban de las paredes de sus escuelas y de los hogares en los que estuvieron refugiados hasta el fin de la contienda. Algunos pudieron volver entonces, sobre todo aquellos cuyos familiares no se habían significado demasiado ideológicamente y que tuvieron la suerte de ser evacuados a países europeos, como Francia, Bélgica, Suiza, Dinamarca o Inglaterra. A otros, sin embargo, la victoria de Franco los abocó a un exilio de por vida, como los que fueron acogidos por Rusia o México, cuyos dirigentes no reconocieron la legitimidad del régimen franquista y cuyos padres, en su mayoría militantes comunistas, socialistas y anarquistas, sufrieron las consecuencias de la derrota en sus múltiples manifestaciones.
De todo ello habla este libro: de niños, de guerra, de exilio y de cómo el paso del tiempo ha hecho posible recuperar la memoria de aquella época gracias a los testimonios y recuerdos de quienes vivieron en una España en guerra que, en 1937, cuando comenzaron las evacuaciones de niños al extranjero, empezaba a sufrir los efectos de una contienda que se preveía larga y cruel, en parte debido a la intervención de terceros países.
España se convirtió en un campo de batalla. Las bombas dejaron de distinguir entre edificios civiles y militares, entre hombres y mujeres de armas y el resto de la población indefensa y no combatiente, incluidos los niños. La guerra invadió y transformó el mundo infantil. Muchos niños sufrieron por vez primera la separación de sus familias al ser evacuados de las zonas de riesgo; vieron cómo la violencia y la venganza se adueñaban de sus calles y sus barrios; fueron el blanco, en ocasiones, de calumnias, amenazas y agresiones dirigidas en realidad a sus mayores; tuvieron que hacer frente a la escasez de alimentos, la insalubridad, las numerosas enfermedades causadas por las penosas condiciones de vida. Las sirenas y las carreras a los refugios se convirtieron en su pan de cada día, así como la angustia y el pánico provocados por los bombardeos aéreos; vivieron en carne propia las heridas de guerra y la desaparición de sus seres queridos; tuvieron que acostumbrarse a la presencia constante de la muerte a su alrededor.
Los niños, así, padecieron una guerra que no era suya, aunque muchos llegaron a asumirla como propia y acabaron participando activamente en ella, ayudando como pudieron o les ordenaron, agarrándose como a un clavo ardiendo a la ideología de sus mayores, con conciencia o sin ella. Otros muchos tuvieron que pasarla escondidos, errando de refugio en refugio de la mano de sus madres (si es que tuvieron esa suerte), encontrando a su paso tantas puertas y ventanas cerradas, tanto rechazo, tanta indiferencia que no han podido todavía olvidar la soledad en que vivieron y la lucha por sobrevivir en aquella guerra entre hermanos.
Pero las páginas que siguen hablan, sobre todo, de los que se marcharon, de quienes protagonizaron el primer exilio del pueblo español por causa de la Guerra Civil, de los más de 30.000 niños que tuvieron que abandonarlo todo para poner sus vidas a salvo. Grandes reportajes gráficos se encargaron de registrar su despedida en los puertos españoles y su llegada a aquellos países que se habían ofrecido para acogerlos. De entre todos ellos, el de Rusia despertó las mayores alabanzas y críticas, y fue el que más encendió las conciencias y sacudió los corazones, debido a lo que el régimen político de este país representaba en el marco de la encarnizada liza ideológica entre fascismo y comunismo. El exilio infantil hacia la URSS se convirtió así en el objeto predilecto de la propaganda y la opinión pública nacional e internacional. Por la importancia simbólica que tuvo dentro de la política de las evacuaciones emprendida por el Gobierno republicano en los años centrales de la guerra lo he elegido para protagonizar este libro, en el que también me ocupo, no obstante, de otras realidades paralelas (o no tanto), en otros países de acogida, así como en la España en guerra, sin las cuales no podría entenderse cómo la infancia vivió la contienda y superó las secuelas que ésta les dejó.
Los 2.895 niños que desembarcaron en los puertos de Yalta y Leningrado entre el 21 de marzo de 1937 y finales de octubre de 1938 despertaron tanto interés entonces como lo hacen ahora, 70 años después. Su historia, reconstruida a partir de crónicas periodísticas y documentos oficiales de la época, los testimonios orales y las memorias de sus protagonistas, ha recorrido el mundo. Pero en dicha reconstrucción histórica ha habido siempre un vacío que este libro aspira a llenar: los testimonios escritos que sus manos infantiles todavía temblorosas e inseguras produjeron mientras vivían una experiencia que cambió su destino y los dejó huérfanos, aun sin muchos serlo de verdad.
He rescatado para ello las cartas que estos niños escribieron durante aquellos años a sus padres, familiares y amigos, así como a algunos organismos asistenciales. Las cartas fueron para los pequeños exiliados el hilo de unión con todo aquello que habían dejado atrás. Escribir los ayudó a sentirse menos solos, a mantener el contacto con sus familias y la esperanza en el retorno, a encontrar a quienes creían perdidos, a superar los traumas y las dificultades impuestas por las circunstancias que les tocó vivir, a construir una identidad sin prescindir de las costumbres y los recuerdos del país que los vio nacer.
Con objeto de facilitar la lectura he optado por presentar las cartas de forma actualizada y corregida, obviando las distintas faltas ortográficas y errores gramaticales propios de los niños aún en fase de adquisición de la lectura y la escritura. Asimismo he incluido reproducciones digitales de algunas misivas, para quienes estén interesados en conocer su estado original.[2]
Estas letras salidas de las manos infantiles siguieron caminos muy distintos de los concebidos por sus autores y sus responsables en Rusia. La mayoría nunca llegó a su destino, de ahí que, como los niños, fueran palabras huérfanas; es decir, tuvieron autores, pero no lectores (remitentes, pero no destinatarios). Secuestradas por las tropas de Franco, como tantos otros documentos personales, acabaron convirtiéndose en pruebas con las que inculpar y por las que castigar a sus propietarios. Constituyen una conmovedora historia de encuentros y desencuentros, de esperanzas y sufrimientos en la que, por encima del bien y del mal, reposa la memoria de unos niños que sólo ansiaban vivir en paz y recuperar la infancia que la guerra les robó.
Junto a las cartas perdidas de los niños de Rusia, este libro rescata también otros muchos documentos producidos por niños en el extranjero y en España durante la Guerra Civil que permiten reconstruir aquel universo infantil: cuadernos y redacciones escolares, diarios íntimos, dibujos, postales, periódicos murales, etcétera. Huellas escritas, todas ellas que, como sus protagonistas, son parte de una historia y una memoria vivas. O, como afirmaba Robert Darnton, de una historia y una memoria resucitadas, pues volver a dar vida y voz es precisamente lo que hace el historiador cuando acomete su misión de reconstruir el pasado.[3]
Hace ya tiempo que la Historia, en cuanto disciplina, comprendió que para reconstruir de modo veraz una determinada época no bastaba con rescatar los nombres ilustres de los grandes hombres de gobierno, de los intelectuales, artistas y escritores de un determinado período o de los militares que ganaron las batallas que cambiaron el rumbo de la vida de miles de personas, sino que era imprescindible recuperar también la memoria de los hombres y mujeres cuyos nombres y hazañas no figuran en los libros y que hasta no hace demasiado tiempo han sido ignorados por la historiografía y, lo que es aún más importante, por los gestores de la memoria, es decir, por parte de quienes han tenido el poder de decidir qué documentación debía o no conservarse. De ahí que rastrear huellas en los archivos (con la excepción de los privados) de las personas corrientes para poder subsanar esos olvidos heredados sea como buscar una aguja en un pajar. Sin embargo, es una tarea necesaria para escribir una Historia en la que todos nos sintamos representados.
Entre los grandes olvidados de la Historia están los niños. Algo obvio, pues de ellos no se conservan apenas rastros escritos, ya que en su gran mayoría no escribieron o, si lo hicieron, sus testimonios no se consideraron importantes ni, por tanto, dignos de conservar. O al menos eso se pensó entonces. Con el tiempo, sin embargo, se ha ido descubriendo que la escritura infantil es un filón por explotar y que estudiar los documentos producidos por niños arroja luz sobre muchos aspectos que de otro modo serían difíciles de reconstruir. Por eso cada vez son más las voces que reclaman el lugar de los niños en la Historia y que afirman que la suya es una memoria posible, que puede articularse no sólo a partir de los recuerdos, historias de vida y autobiografías, sino también a través de los testimonios directos de los propios niños que han llegado hasta nosotros, como los que aparecen en estas páginas. Mi propósito es que este libro contribuya a rescatar las huellas escritas de la infancia durante nuestra Guerra Civil, hacer ver su importancia y validez en la reconstrucción histórica y, a través de ellas, entender cómo los niños percibían el mundo entonces, cuáles eran sus sentimientos, sus miedos y sus deseos más íntimos.
No puedo acabar este prólogo sin dar las gracias a las personas que desde el principio han creído en mí y han hecho posible este proyecto. Soy consciente de que este libro sería muy distinto sin todas y cada una de ellas. Mis padres y mi hermano han sido y son los pilares de mi trabajo, no han dejado de darme ánimos día tras día, han estado siempre a mi lado para escuchar mis problemas, para ayudarme a solucionarlos, para compartir mis triunfos. Ángel me ha dado la fuerza para seguir siempre hacia delante y no desfallecer; ha compartido conmigo su tiempo y su paciencia, leyendo y corrigiendo las páginas de este libro y llenándolas de sugerencias e ideas que lo han enriquecido enormemente, como él hace con mi vida entera.
A mi editora, María Cifuentes, debo que este libro se publique y que las historias que contiene despierten por fin de su larguísimo letargo. No puedo olvidar, si de dar las gracias se trata, a todas aquellas personas (niños de la guerra de entonces) que me han regalado su historia y me han prestado sus documentos, verdaderas reliquias familiares de valor incalculable, muy especialmente a mis abuelos, a quienes este libro va dedicado. Asimismo, he contado con maestros, compañeros y amigos de los que he aprendido muchas cosas y con quienes he compartido numerosas experiencias sin las que no habría podido tampoco idear y escribir este libro: Alicia Alted, Ana Belén Andrés, Quinto Antonelli, James S. Amelang, Philippe Artières, Paco Arriero, Pedro Barruso, Jean-François Botrel, Fabio Caffarena, Carmen Castañeda, Vanessa de Cruz, Josefina Cuesta, Roger Chartier, Anne-Marie Chartier, Agustín Escolano, Juan Manuel Fernández Soria, Rubén Flores, Laura Fortea, Luz Elena Galván, David García-Hernán, Antonio Gibelli, Francisco Gimeno, María del Val González, Martyn Lyons, Juaco López, Rita Marquilhas, Blanca Martínez, Laura Martínez, Ana Martínez Rus, Pepe Monteagudo, Feliciano Montero, Davide Montino, Rosa Moratilla, Diego Navarro, Jaime Pereda, Armando Petrucci, Juan Pimentel, Dolores Pla Brugat, María del Mar del Pozo Andrés, Isabel Riofrío, Pedro Rueda, Elisa Ruiz, Carmen Serrano, Nuria Serrano, Emilio Torné, Enrique Villalba, Ana Chrystina Venancio Mignot, Antonio Viñao y, muy especialmente, Antonio Castillo, quien guió mis primeros pasos como historiadora, supervisó la concepción y la escritura de este trabajo y a quien, sobre todo, debo el poder dedicarme a lo que más me gusta hacer: enseñar y aportar mi granito de arena en la apasionante tarea de rescatar y dar a conocer escrituras perdidas, palabras huérfanas.
Guadalajara, 25 de septiembre de 2008.
1
GUERRA E INFANCIA
Era el verano de 1936. Era un julio azul, teñido de oros violentos. Era la siega y los baños en el río y el cielo estrellado bajo nuestras cabezas […]. Era verano en Castilla. Recuerdo que hacía calor, mucho calor […]. De pronto una mañana estalló la catástrofe. El mundo se desplomó. Todo comenzó a derrumbarse a nuestro alrededor y los niños asistimos despavoridos al final de nuestra infancia.[1]
El universo infantil se hizo añicos al estallar la Guerra Civil española. La vida cotidiana sufrió una ruptura sin precedentes y los niños se vieron de pronto participando, directa e indirectamente, en el conflicto. La experiencia bélica empezó a tomar forma en las mentes de los niños cuando vieron partir a los hombres (en algunos casos también a las mujeres) de la familia al frente y comenzaron a recibir en las escuelas las primeras instrucciones y consejos sobre qué hacer en caso de ataque aéreo sobre sus ciudades y pueblos. La imagen de la guerra se terminó de perfilar cuando vivieron en primera persona algunos de los efectos inmediatos de la situación, tales como la evacuación de las zonas de riesgo y la consiguiente separación familiar; la escasez de alimentos, los problemas de insalubridad y las numerosas enfermedades derivadas de todo ello; las sirenas, los refugios y la explosión de las bombas; la muerte en forma de comunicado o esquela en la prensa, la desaparición de un ser querido que nunca volvió, la sensación de estar huérfanos y solos en el mundo.
Hay una forma de violencia que sitúa a la infancia en el corazón mismo de la guerra. Me refiero a la presencia de niños y adolescentes en los campos de batalla. Hubo épocas históricas en las que la participación activa de la infancia en la guerra se consideró incluso positiva para el desarrollo físico y psicológico de los niños. De hecho, la militarización fue durante mucho tiempo la respuesta al problema de la infancia abandonada en el Antiguo Régimen. En la Francia de la Revolución y más tarde con Napoleón hay ejemplos de alistamiento de adolescentes y de formación de batallones infantiles, como los Bataillons de l’Espérance o los Enfants de la Patrie. En 1811, por ejemplo, se creó el llamado Régiment des pupilles de la Garde, compuesto por 6.000 jóvenes de entre quince y dieciocho años.[2]
Se pueden encontrar casos similares en la Guerra Civil estadounidense, donde está documentada la participación de entre 250.000 y 420.000 jóvenes de dieciséis años tanto en el ejército del Norte como en el del Sur;[3] o en el Risorgimento italiano, con las compañías de jóvenes de entre doce y quince años que integraban las filas del ejército reclutado por Garibaldi para la defensa de Roma.[4] La figura del niño soldado, por tanto, no se inventó en el siglo XX. Lo que hizo la I Guerra Mundial fue tan sólo volver a proponer y reclamar, aunque con menor intensidad y en contextos muy distintos, su presencia en los campos de batalla. La Guerra Civil española no fue una excepción. En las filas de los dos bandos hubo también menores de edad, voluntarios o no, como los componentes de la conocida «quinta del biberón», que fueron reclutados en 1938 cuando apenas contaban diecisiete y dieciocho años (algunos incluso menos) y destinados a los frentes del Ebro y del Segre, y la mayoría de los cuales participó en la batalla del Ebro, librada entre julio y noviembre de dicho año.
Los menores españoles conocieron por vez primera la experiencia de la ausencia, del dolor, de la muerte y del miedo durante los primeros meses de la Guerra Civil, que dio comienzo en sus vacaciones del verano de 1936. Tuvieron que conseguir alimentos, cuidar de sus hermanos pequeños, ocuparse de la casa, trabajar en las labores del campo o en las fábricas, convertirse en confidentes de sus mayores o ayudar en las tareas de la retaguardia. Ambrosio Ortega Alonso, «Brosio», natural de Barruelo de Santillán (Palencia), un pueblecito de la sierra de Híjar, comenzó a servir de enlace para la guerrilla con apenas doce años: «Yo empecé a servir a la guerrilla en cuanto empezó a actuar […]. Mi trabajo consistía en llevarles la prensa, tabaco, ropa limpia y toda la información que podía […]. También recogía leña para cocinar. Y les quitaba la corteza, así, al arder los maderos, no echaban humo». Por su parte, Miguel Guzmán tenía dieciséis años cuando una mañana del mes de enero de 1937 salió de su casa en la calle Luna, en el distrito del Padró barcelonés, para alistarse en uno de los destacamentos de Trabajo Voluntario que a principios de enero de 1937 organizó la Consejería de Trabajo de la Generalitat de Catalunya, imitando así a los cientos de niños madrileños que contribuyeron a la defensa de su ciudad natal en el otoño de 1936:
Desde primeras horas de la mañana, consagrábamos los domingos a la dura tarea de fortificar las playas barcelonesas. Para algunos fue el aprendizaje de lo que luego nos tocaría hacer en las trincheras […]. Todavía conservo mi carné de alistado, que lleva el número 4.148. Lo que significa que, sumando los destacamentos del Sector Norte y Sector Sur, más de ocho mil muchachos participábamos, como combatientes de la retaguardia, en las tareas de fortificación. [5]
En la vida cotidiana de los niños se perfiló una cultura bélica que lo inundó todo. Participaron, al igual que los adultos, en la lucha, activa o pasivamente, pero esas diferencias en las formas de participación y en los grados de implicación hicieron que la guerra no los afectara a todos de igual modo. Las experiencias dependieron mucho de la edad, del sexo, de las circunstancias familiares, de si estuvieron cerca o lejos de los frentes, de si fueron hijos de los vencedores o de los vencidos, de si permanecieron o no junto a sus familias, de si se quedaron en España o fueron evacuados a un país extranjero, de si regresaron terminada la guerra o tuvieron que resignarse al exilio permanente, de si alguien se detuvo a explicarles lo que ocurría o si los adultos prefirieron mantenerlos al margen, preservar su inocencia. Independientemente de sus vivencias y sus suertes, como ha señalado Alicia Alted, «los niños que han sobrevivido a una guerra de forma directa consideran que su infancia les fue robada, se ven a sí mismos, en cierto modo, como una generación perdida. Y esto es así porque pocos son los niños que salen indemnes de los conflictos bélicos».[6]
Las guerras provocan —lógicamente— un importante aumento de la mortalidad infantil debido, entre otras causas, a accidentes derivados de la propia situación bélica, a enfermedades y a la falta de alimentos, así como al incremento de los abortos o infanticidios, consecuencia de las violaciones que muchas mujeres sufrieron en esos momentos de caos y violencia generalizada. Con la llegada de las guerras contemporáneas, transformadas en «guerras totales», las cifras de la mortalidad infantil crecieron sin precedentes y alcanzaron su punto álgido en la II Guerra Mundial. Sólo con la llamada «solución final» de los nazis 1.100.000 niños judíos perdieron la vida en los campos de concentración,[7] y también fueron millares los niños y adolescentes alemanes alistados en los batallones de reserva de las Juventudes Hitlerianas (Hitlerjugend) que el Führer sacrificó en 1945, cuando ya estaba a punto de finalizar el conflicto, y después de haberles proporcionado, al considerarlos el futuro racial de la nación, una educación física, intelectual y moral acorde con los principios del nacionalsocialismo.[8]
Los años de la Guerra Civil conocieron también un considerable aumento de la mortalidad infantil. Sólo en 1937 murieron 36.125 menores de catorce años, el 28,83% de las muertes totales de ese año.[9] Según recogió el diario ABC en su número del 14 de febrero de 1939, alrededor de 136.468 niños murieron en España durante la contienda, a causa de las enfermedades y del hambre, y como consecuencia de accidentes, bombardeos y otras operaciones militares. Aunque todas las enfermedades crecieron durante aquellos años, fueron las derivadas de la falta de alimentos y de la insalubridad, así como las propias del aparato respiratorio, las que más directamente podemos atribuir a la guerra. Así, 13.467 niños murieron «a consecuencia del hambre, por debilidad congénita, vicios de conformación, nacimiento prematuro o avitaminosis»; 10.156 por «comer alimentos en mal estado, de diarreas y enteritis»; 8.462 «por vivir en chozas, a la intemperie y desnudos, de pulmonía y bronquitis»; y 4.203 «por falta de higiene, profilaxis y asistencia médica, de enfermedades infecto-contagiosas evitables».[10] En definitiva, si aceptamos las cifras ofrecidas por Ramón Salas Larrazábal, entre 1936 y 1939 murieron alrededor de 414.309 niños. A esta cifra hay que sumar el lógico descenso de la natalidad, con 388.300 nacimientos menos de los que se habrían producido en tiempos de paz. Si comparamos ambas cifras con la de 268.500 combatientes muertos en el frente, podemos hacernos una idea del fuerte impacto que tuvo la guerra en la población infantil.[11]
Además de los que murieron o enfermaron, más de 30.000 niños fueron evacuados a países extranjeros y un número todavía mayor se vio obligado a abandonar sus hogares y a errar por el país. Casi todos padecieron la incertidumbre y el miedo, vieron con sus propios ojos cómo los ajustes de cuentas y la violencia se adueñaban de sus pueblos y ciudades y cómo ellos mismos se convertían en muchas ocasiones, por venganza hacia sus mayores, en objeto de calumnias, amenazas y agresiones. Así pagaron estos dos niños cántabros las actuaciones de su primo, un famoso guerrillero de Río Miera, José Lavín Cobo, apodado «el Cariñoso». Ambos fueron detenidos y recluidos en dos centros religiosos, donde sufrieron múltiples palizas y vejaciones:
Vinieron a buscarme una mañana. Me llevaron a mí, a mi hermano Ramiro, ese chavalillo que hoy está tan malo el pobre, y a los primos de Ondárroa […], y de repente me vi enclaustrada en un convento de monjas… en las Adoratrices […]. Tenía catorce años. Una criaturita. A mi hermano Ramiro lo llevaron a un asilo. A la Caridad. Tenía trece años […]. Al escaparse del asilo […], enseguida le echaron mano, cerca del pueblo. Le amarraron, le tiraron patadas en todas partes, en los testículos. El pobre chiquillo las esquivaba como podía. Le dieron golpes en la cabeza, en la espalda, en las piernas. No sé con qué le darían; desde luego con la mano no, porque con la mano lo único que pueden hacerte son magullamientos, moratones. A mi hermano pequeño le dieron con algo duro, porque le brotaba la sangre por todas partes y se confundían trozos de carne con trozos de camiseta. Era un niño y lo dejaron que parecía un corderuco degollado.[12]
Hubo también muchos menores que sufrieron accidentes y lesiones que los marcaron de por vida. La causa principal de las mutilaciones infantiles durante la contienda española fueron las bombas. Muchos fueron los hospitales que dedicaron pabellones exclusivos y personal especializado a tratar a los niños heridos en explosiones, lo que da una idea del gran número de víctimas infantiles que los bombardeos causaron. Quizás, uno de los testimonios más conocidos sea la historia de Amadeo Gracia Bamala y su familia. Como resultado de un bombardeo de la aviación fascista el 20 de noviembre de 1937 sobre Monzón (Huesca), donde residía junto a sus padres y sus dos hermanos, Alicia y Antonio, Amadeo perdió media pierna. Tenía tres años. Sin embargo, no fue el peor parado de la familia. Su hermana Alicia, de seis, perdió la pierna entera, y su madre murió por causa de la explosión, que le abrió un socavón en el vientre, tras agonizar 15 días en el Hospital de Lleida: «Cuando cayeron las bombas —recuerda en una reciente entrevista Amadeo— mi madre se tumbó sobre mí y recibió todo el impacto, pero no me pudo salvar el pie. Otra mujer cubrió a mi hermana. Así sobrevivimos, entre sus cuerpos». En las primeras semanas de 1939, Mariano, el cabeza de familia, y sus tres hijos, cruzaron la frontera con Francia. Un reportero francés —«Supimos luego que podía ser de la revista L’Illustration»— los captó con su cámara y la imagen acabó convirtiéndose en portada de prensa. Hoy es una de las fotografías más conocidas de nuestra Guerra Civil.[13]

Mariano Gracia junto a sus tres hijos, Antonio, Amadeo y Alicia, a quien lleva de la mano, cruzando la frontera francesa en enero de 1939.
Los niños españoles también sufrieron importantes consecuencias psicológicas derivadas de las experiencias traumáticas vividas que los acompañaron durante mucho tiempo (si no para siempre) y les hicieron madurar de forma precoz. Sentimientos de angustia, depresión e inseguridad, pérdida de la identidad social y cultural, de confianza en sí mismos y en los demás fueron tan sólo algunas de ellas:
De entrada, los niños de la guerra son unos niños de los que se ha abusado, que han sido violados psicológicamente. Experiencia abrumadora, agobiadora y aterradora, la guerra reúne todas las características de un acontecimiento traumático. Constituye un estrés a la vez físico y psicológico, ya que hace peligrar la integridad física y psicológica […].[14]
Distintos estudios médicos realizados a finales de la década de 1940, entre otros, el realizado por el doctor Hauyer y su equipo en París, concluyeron que los bombardeos fueron especialmente traumáticos para los niños. Muchos menores sufrían verdaderos ataques de pánico con el solo anuncio de las sirenas y a lo largo de sus vidas dicha sensación se reiteró en su mente cada vez que los aviones sobrevolaban sus cabezas o cuando escuchaban algún sonido parecido al de aquellas alarmas antiaéreas. Los bombardeos no fueron, además, hechos aislados. Vinieron acompañados por la destrucción de sus hogares y ciudades, por la necesidad de salir corriendo a los refugios y permanecer bajo tierra un tiempo indeterminado. Causaron heridas, mutilaciones y muertes. El doctor Wolf-Machoel, del Instituto parisino Jean-Jacques Rousseau, especialista en el tratamiento de niños franceses víctimas de la guerra, apuntó que éstos -—en especial los internados en los campos de concentración o los que habían vivido el conflicto en las zonas más castigadas-— padecían una suerte de astenia afectiva.[15]
Distintas investigaciones algo más actuales acerca de la naturaleza del sufrimiento psicológico del niño víctima de la guerra muestran, sin embargo, que no son tanto los bombardeos o las operaciones militares los que afectan emocionalmente a los niños de forma irreversible, pues su sentido de la aventura les concede la capacidad de superar el peor de los peligros, sino que es más bien la repercusión de la guerra en los lazos afectivos familiares y la alteración de su vida cotidiana.
Aunque se ha afirmado que los niños conforman un sector de la población que en situaciones bélicas permanece neutral, Teresa Pàmies ha señalado que, en la Guerra Civil española, como ocurrió con todas las «guerras totales» del siglo XX, esta supuesta neutralidad no fue posible. Sencillamente no les dejaron: «En la España partida en dos los niños tuvieron que ser beligerantes porque los bombardeos, el éxodo permanente, la ausencia del padre soldado, preso, fusilado; el hambre, el frío, el pánico, todo en su conjunto o por separado se ensañó con ellos».[16]
Dentro de este ensañamiento no debemos olvidar la utilización de la infancia con fines propagandísticos. Teniendo en cuenta que el proceso de sistematización de la propaganda inaugurado en la I Guerra Mundial hizo de la infancia su principal destinatario, no es de extrañar que los niños fueran considerados por ambos bandos de la Guerra Civil española elementos clave en la movilización de la opinión pública internacional. Los niños constituían, al fin y al cabo, puntales sobre los que afianzar los principios por los que se luchaba, las futuras generaciones en cuyas manos quedaba la responsabilidad bien de consolidar el triunfo de la República o bien de legitimar los principios de la España nacional y católica.
La representación de niños indefensos frente a la destrucción, la crueldad y los horrores de la guerra se convirtió en uno de los instrumentos de propaganda más efectivos. La infancia se transformó en un arma más de lucha. Sus imágenes (niños heridos, muertos, enfermos, hacinados, abandonados, tristes o vagabundos) se convirtieron en el reclamo por excelencia en la organización de donativos y colectas con fines muy diversos (por lo general, ayuda monetaria y material para los refugiados, los enfermos, los soldados, los huérfanos, el sostenimiento de colonias y hogares infantiles, etcétera). Folletos, sellos, postales, carteles, publicaciones periódicas y artículos de prensa proliferaron por las calles de pueblos y ciudades empleando la imagen de la infancia en pro de los intereses ideológicos de ambos bandos.
Desde que el 27 de octubre de 1936 su padre, Alfredo, fue destinado a Praga en misión oficial del Ministerio de Hacienda por mediación de su hermano, Julio Álvarez del Vayo, ministro de Negocios extranjeros, María dejó atrás la guerra de España y, junto a sus progenitores, comenzó en la República Checa los que serían para ella los mejores años de su vida. El Liceo francés de la calle Stepanska, el palacio de la Legación española donde vivían en la capital, las comodidades que el trabajo de diplomático de su padre les permitía, las excursiones dominicales, los cuentos que su madre le leía, los juegos y paseos por el río al atardecer…, todos sus recuerdos del primer año de guerra poco tienen que ver con la tragedia que se desarrollaba en suelo español. Todos, excepto aquel folleto que después del bombardeo de Guernica recorrió medio mundo para denunciar el asesinato de cientos de personas indefensas, incluidos niños. María no debía verlo, pero se lo encontró sin querer y la curiosidad le impulsó a leerlo. Aquellas imágenes de niños muertos en fila acercaron la guerra española a María y la acompañaron durante todos sus años de exilio, que concluyeron en el París liberado. Nunca consiguió borrarlas de su memoria:
No quiero mirar, pero con el rabillo del ojo lo he visto todo. Niños destrozados, con la ropa hecha trizas, puestos en fila, uno al lado del otro, los ojos cerrados y un letrero al cuello. Las imágenes se quedan grabadas para siempre como queda grabado el título del folleto: «El crimen de Guernica». A la hora de acostarme el secreto me ahoga. Estos niños, como yo, ¿qué hacían tirados en el suelo con un letrero al cuello?
—Están en el cielo —aclara mamá, sin reñirme.
Durante algún tiempo pensé que para subir al cielo los niños debían llevar letrero. Para dejarles entrar si no se sabía su nombre.[17]
El primer puesto en la cartelística de guerra lo ocupó, junto a la denuncia de los crímenes cometidos contra niños, la protección a la infancia. El cartel, «grito informativo o de denuncia capaz de multiplicar desde las paredes los imperativos y consignas del momento», como lo ha definido Inmaculada Julián, pronto incorporó imágenes de niños como reclamo. Si bien triunfó el estereotipo de la infancia/víctima (de la guerra y sus efectos), no faltó tampoco el de la infancia/felicidad, representando a los hombres y mujeres del mañana, y con la escuela como referencia común. Junto a éstos, la imagen de la infancia tuvo otros usos muy diversos. Utilizada como mero recurso expresivo para la configuración del mensaje central en algunas ocasiones o como respaldo sentimental, en otras, constituía el instrumento perfecto para conseguir los más variados objetivos: envío de armas, alimentos, medicamentos o dinero. Sin olvidar, claro está, la feroz denuncia de las atrocidades del enemigo, cuya maldad llegaba hasta el extremo de atentar contra la vida de niños indefensos. La imagen del niño-víctima, interpretada como la traslación psicológica de la vulnerabilidad e indefensión frente al enemigo, fue una herramienta eficaz que los dos bandos contendientes emplearon una y otra vez para granjearse el apoyo de la opinión pública internacional.[18]

Cartel propagandístico firmado por Parrilla editado por el ejército de Andalucía.
Hubo carteles de denuncia de las atrocidades cometidas contra la infancia que recorrieron el mundo y ocuparon primeras planas de la prensa internacional, como el que imprimió el Ministerio de la Propaganda en 1936, tras el bombardeo el día 30 de octubre de una escuela infantil de Getafe en el que murieron 70 alumnos. El cartel muestra algunos de los cuerpos de los niños, alineados en el depósito de cadáveres con un número identificativo prendido en sus ropas. En su novela La llama, tercera de la trilogía La forja de un rebelde, Arturo Barea dio voz a un periodista de su mismo nombre que protagonizó la gestación de este conocido cartel, dado que fue él, según la historia narrada en el libro, quien consiguió salvar las fotografías tomadas en el depósito tras el bombardeo y entregarlas al Partido Comunista para fines propagandísticos. Arturo, cuya infancia y adolescencia en la madrileña Plaza de Oriente terminan con su incorporación al servicio militar en Marruecos (La forja y La ruta), aparece en este tercer volumen como un reportero que trabaja en un Madrid agitado y siniestro (Barea trabajó a partir de agosto de 1936 en la Oficina de Censura de Prensa Extranjera). En el fragmento citado a continuación el protagonista dialoga con su jefe, Rubio Hidalgo, acerca de las fotografías de los niños de Getafe, y consigue finalmente quedarse con ellas y salvarlas del fuego al que éste quería condenarlas por miedo a posibles represalias:
Encima de la mesa una hilera de fotografías con brillos de seda me mostraban una sucesión de niños muertos. Pregunté estúpidamente:
—¿Qué va a hacer usted con esas fotografías?
—Quemarlas, y los negativos también. Queríamos haberlas usado para propaganda, pero conforme están las cosas, al que le cojan ahora con esas fotos, le vuelan los sesos en el sitio.
—Entonces, ¿no se las lleva usted?
—No estoy loco y además, ya tengo bastantes papelotes… —y comenzó a explicarme algo que yo no escuchaba.
Conocía aquellas fotografías. Se habían tomado en el depósito al cual se habían llevado los cadáveres de los niños de la escuela de Getafe que un Junker, volando bajito, había bombardeado una semana antes. Se les había puesto en fila y se les había prendido un número en las ropitas para identificarlos. Había un chiquitín con la boca abierta de par en par en un grito que nunca acabó. Me parecía como si Rubio Hidalgo, en su miedo, estuviera asesinando de nuevo a estos niños muertos.
—¡Déjeme usted llevármelas! […].
Se encogió de hombros. Recogió las fotografías como las cartas de una baraja y me alargó una caja con los negativos […]. Verdaderamente, tener aquellas fotografías en casa era firmar la propia sentencia de muerte. Pero no podía dejar que se perdieran; las caras de aquellos niños asesinados tenía que verlas el mundo […]. Me las llevé al Partido Comunista para que se usaran en carteles de propaganda.[19]
Muchos de estos carteles, además de tener carácter proselitista, perseguían introducir el terror y el odio en las almas infantiles; hacerlas partícipes, de alguna manera, en la lucha. La masacre de la infancia era expuesta a los ojos de los niños a través de imágenes macabras que nunca olvidarían. En Salamanca, Burgos o Sevilla, cualquiera que paseara por las calles podía encontrarse, por ejemplo, con un cartel en el que se representaba a un niño escuálido, encogido y feo señalado por un enorme dedo acusatorio bajo el cual aparecía la siguiente leyenda: «Es el hijo de un rojo. ¡Cuidado!». Un caso espeluznante es el cartel que representaba a un miliciano de rasgos terroríficos que acababa de matar a un niño que portaba un letrero que decía: «Su padre era fascista».[20]
El discurso propagandístico y de movilización también estuvo presente en todos los soportes de la cultura infantil, particularmente en las publicaciones periódicas, los cuentos y los libros infantiles que salieron de las prensas de ambos bandos durante la contienda. La literatura infantil se transformó así en un poderoso vehículo de propaganda y como resultado de ello sufrió sustanciales modificaciones. De unos sujetos a los que educar, instruir o recrear se pasó a concebir a los pequeños lectores como meros receptores de mensajes ideológicos y enfoques proselitistas. El adoctrinamiento a través de la literatura era esencial cuando de lo que se trataba era de desarrollar en los niños y jóvenes una conciencia condicionada por unos determinados valores y formarles como ciudadanos y como protagonistas de un futuro lleno de esperanza, acorde con la imagen política defendida por cada uno de los bandos.
Si bien, en general, los problemas económicos, los condicionantes ideológicos y la actitud de los creadores confluyeron en los años de la contienda en un empobrecimiento de las publicaciones, incluidas las infantiles, existieron importantes diferencias entre una y otra zona. Mientras que en el bando sublevado la publicación de literatura infantil fue más bien esporádica y, en cierto modo, descuidada, en el republicano respondió a una planificación sistemática y se caracterizó por una mayor profesionalización de los planteamientos literarios, editoriales y propagandísticos. Esto se debió, en parte, a que desde el momento de la sublevación, el Gobierno republicano se hizo con el control de los principales centros editoriales y de sus recursos, incluidos los humanos.
Pero, aunque ambos bandos editaron de forma distinta, tuvieron las mismas finalidades. La proyección de la militancia en las creaciones dedicadas a la infancia tuvo así dos vertientes fundamentales: una, la explicación o justificación del conflicto para unos testigos indirectos y, a la vez, víctimas de unas situaciones cuyas causas no conocían ni podían interpretar por sí solos; y otra, la creación de unos modelos de conducta que les sirviesen de referencia. Bajo tal intención no latía sino la vuelta a una actitud propia de los propósitos instructivos de la literatura decimonónica. Tanto la justificación histórica que se ofrecía a los niños como la exaltación de modelos que había que imitar perseguían hacer proselitismo recurriendo a lugares comunes y comportamientos estereotipados. El resultado, curiosamente, fue un claro paralelismo entre los discursos de uno y otro bando, diferenciados sólo por los destinatarios de los calificativos, utilizados con evidente intención maniquea.[21]
Así, el objetivo subrayado en mayo de 1937 por los responsables de la editorial de la Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza (FETE) en El Magisterio Español de que «nuestros niños tengan libros de lectura que respondan plenamente a una formación que habrá de imponer el nuevo ambiente que estamos forjando»,[22] se materializó en las publicaciones destinadas a la infancia de estos años. Mientras que, por ejemplo, en el periódico Pionero Rojo. Semanario para los niños obreros y campesinos, que los niños podían adquirir por 15 céntimos en los quioscos, se les «incitaba a luchar contra los patrones»; en el número de la revista Flechas del 7 de febrero de 1937, que se vendía a 25 céntimos, «se arengaba a los niños a luchar por el Imperio».[23]
El protagonista de la novela de Juan Ignacio Farreras Demasiado pequeño para ganar la guerra, Pepucho, abandonó Bilbao junto a su madre al poco de empezar la contienda después del fusilamento de su padre, un socialista convencido, a manos de los «nacionales». Su tío Alberto, el hermano de su madre, un oficial del ejército sublevado, decidió acogerles en su casa, ubicada primero en Bembibre, de donde era natural la familia materna, y después en Salamanca y Valladolid, en función de los cambios de destino. Pepucho vivió la guerra, por tanto, junto a sus primos y su tía Concha, en el seno de una familia de ideas contrarias a las de su progenitor, de las que también los niños hacían alarde constante. Así, entre otras muchas cosas, Pepucho describe con detalle cómo su primo Juan, quien tenía su misma edad (unos ocho o nueve años), compraba y leía la revista Flechas y Pelayos, en la que se hablaba de la guerra a los pequeños lectores con un claro sesgo ideológico y un lenguaje especialmente violento:
Mi primo Juan se compra un tebeo que se llama «Flechas y Pelayos», en la página central hablan de la guerra y vienen dibujadas las batallas; allí se ve a los rojos y a los nacionales; los nacionales van todos vestidos de la misma manera, de soldados, con casco; y los rojos van todos muy mal vestidos y son mucho más feos. También cuen
