1
La tumba vacía
FECHA: AÑO 1939. Pío XII inició las excavaciones arqueológicas bajo las grutas vaticanas para verificar si los restos de Pedro estaban allí, algo que ninguno de sus antecesores había hecho.
LUGAR: ROMA. Monseñor Ludovico Kaas descubrió que bajo la basílica de San Pedro había una necrópolis con sepulturas de influyentes familias romanas, las cuales se hallaban en mal estado.
ANÉCDOTA: El catedrático Venerato Correnti identificó años después los restos de un varón setentón y complexión robusta, que vivió en el siglo I y resultó ser san Pedro.
No debió de ser fácil para el recién electo Pío XII ordenar, en 1939, el inicio de las excavaciones bajo el Altar de la Confesión, donde la tradición situaba la primitiva sepultura del apóstol Pedro, en las mismas entrañas del Vaticano.
Ningún papa hasta entonces había osado emprender algo semejante. Pero el mundo convulso del siglo XX reclamaba a gritos ese tipo de evidencias y el nuevo pontífice vislumbró el momento propicio al descubrir, durante la inhumación de su antecesor Pío XI, un misterioso mosaico.
Comenzó entonces una búsqueda incansable para el orbe católico, dado que en torno a la historia de aquel pescador judío de Betsaida se cimentaban los orígenes de la Iglesia y la historia de los papas, nada menos.
Pedro, cuyo nombre de nacimiento era Simón bar-Jona, hijo de Jonás, fue uno de los discípulos más allegados de Jesús. Su hermano Andrés le presentó al Maestro. Estando a orillas del mar de Galilea, Jesús les dijo a los dos hermanos: «Seguidme, y yo os haré pescadores de hombres». Y ellos dejaron las redes y le siguieron sin titubear.
El nombre de «Pedro» se lo dio el propio Jesús más tarde, al encomendarle el devenir de su Iglesia. Significa «roca» o «piedra», según se emplee el vocablo del arameo o del latín. También le entregó las llaves del Cielo y, con ellas, la responsabilidad de erigirse en líder de su Iglesia naciente.
Tras la muerte y resurrección de Jesús, Pedro inició su apostolado. Sabemos que estuvo encarcelado por orden de Herodes Agripa, pero logró escapar y predicó la palabra de Dios por distintos lugares hasta llegar finalmente a Roma, donde murió crucificado boca abajo por su propia decisión, pues en modo alguno no se consideraba digno de morir como su Señor.
En conmemoración del lugar de su tumba, precisamente, se ubica la Santa Sede en San Pedro del Vaticano. De ahí el hallazgo tan crucial efectuado durante el pontificado de Pío XII.
Aun así, el trabajo no resultó sencillo. Las investigaciones arqueológicas se prolongaron durante diez años, dirigidas por monseñor Ludovico Kaas, quien descubrió bajo la basílica de San Pedro una enorme necrópolis con sepulturas de influyentes familias romanas, las cuales se hallaban en muy mal estado. La razón del gran deterioro debió de ser la propia construcción de la basílica en tiempos del emperador Constantino, así como del baldaquino de San Pedro, obra barroca del maestro Bernini.
Fue entonces cuando se produjo el sensacional descubrimiento: una tumba cristiana abierta… ¡y vacía! Poco después, el papa Pío XII proclamó alborozado en su mensaje radiado de Navidad: «¡Hemos encontrado la tumba de san Pedro!».
La investigación se cerró, sin embargo, con cierto poso de decepción al no hallarse restos y alguna que otra pregunta sin responder. Hasta que la doctora Margherita Guarducci, toda una autoridad en epigrafía griega y paleocristiana, tras dedicar seis largos años de su vida a examinar los grafitos descubiertos en los muros adyacentes de la tumba, logró descifrar por fin las distintas inscripciones hechas con punzón en las paredes del mausoleo.
Tan reveladores, como enigmáticos, eran los mensajes que poco a poco iban saliendo a la luz. «Pedro, ruega por los cristianos que estamos sepultados junto a tu cuerpo», se imploraba en uno de ellos. Y otro era aún más rotundo y esclarecedor: «Pedro está aquí». Por si fuera poco, la doctora Guarducci fue capaz de distinguir también una letra «P» con varias líneas horizontales que simbolizaban la llave del Reino de los Cielos.
Pero lo mejor estaba aún por llegar. Junto a esos grafitos aparecieron algunos restos mortales que Venerato Correnti, catedrático de Antropología por la Universidad de Palermo, estudió con la meticulosidad y paciencia de un entomólogo. Hasta concluir que algunos huesos eran humanos, pero otros correspondían a un roedor atrapado en aquel remoto lugar.
Sus conclusiones resultaron ser fascinantes. Por un lado, se trataba de un varón setentón y de complexión robusta, que vivió en el siglo I. El catedrático Correnti localizó además restos de hilo de oro y cierto tizne rojo que le hicieron pensar que al difunto Pedro se le envolvió en un manto de oro y púrpura para proteger mejor el cadáver.
El mundo recibió con gran júbilo la noticia en 1962, por boca de Pablo VI. «Hemos llegado al final. Hemos encontrado los huesos de san Pedro identificados científicamente por especialistas», concluyó.
Sin embargo, para acallar algunas voces discrepantes, el papa Francisco mostró por primera vez, en noviembre de 2013, el pequeño cofre con las reliquias del apóstol. Su gesto fue interpretado como una intención firme del Vaticano de dar por resuelto el presunto misterio.
QUO VADIS?
En la milenaria Via Appia Antica de Roma se encuentra una iglesia pequeña y blanca, la Chiesa del Domine Quo Vadis, que conmemora una preciosa narración del libro apócrifo de los Hechos de San Pedro. Según esa historia, cuando el emperador Nerón responsabilizó a los cristianos del incendio de la ciudad, estos intentaron escapar de una muerte segura a manos de los romanos.
En esa huida, supuestamente a Pedro se le apareció el propio Jesús y aquel, sorprendido como era lógico, exclamó: «Domine, quo vadis?» («Señor, ¿adónde vas?»). Más increíble debió de resultarle aún la respuesta que recibió: «A Roma, a ser crucificado de nuevo». Pedro se quedó de una pieza y, tras una profunda reflexión, decidió emprender el regreso. Sabía lo que le esperaba, pero entendió las palabras de Jesús y decidió afrontar su destino. La célebre película Quo Vadis (1951), de Mervyn LeRoy, hizo ya referencia a ese suceso.
2
¿Qué hay de los primeros papas?
FECHA: AÑO 180. El libro Contra los herejes (Adversus Haereses, en latín), escrito por Ireneo de Lyon, arroja alguna luz sobre la transmisión de las enseñanzas de los primeros papas.
LUGAR: ROMA. Existe una relación de los supuestos primeros papas: Lino, Cleto, Clemente, Evaristo, Alejandro, Sixto, Telesforo, Higinio, Pío, Aniceto, Sotero y Eleuterio. Doce en total, como los apóstoles.
ANÉCDOTA: Lino nombró a los primeros quince obispos, Cleto estableció los hábitos eclesiásticos, Clemente instauró el uso del «amén» y Alejandro I legó el uso del agua bendita.
Se trata de una sencilla pregunta envuelta, aun así, en cierta aureola de misterio. Poco sabemos, de hecho, de aquellos primeros cristianos que a menudo tuvieron que esconderse y enfrentar los peligros de las encarnizadas persecuciones de los emperadores romanos.
Lo más evidente de todo es que los cristianos pioneros se sentían Iglesia ante las circunstancias más difíciles y pertinaces, y que, pese a parapetarse en casas, cementerios o catacumbas, supieron apañárselas de sobra para organizarse en torno a figuras relevantes de la comunidad ocupadas en mantener bien viva la labor de los apóstoles. De entre todos esos líderes, precisamente, emergieron con todo su esplendor los primeros papas de los que se tiene constancia.
¿Acaso no parece un completo milagro que en aquella situación de completo aislamiento, sin medios de comunicación ni libertad de culto, donde la vida de los seguidores de Jesús carecía de valor, la tradición cristiana lograse sobrevivir y llegar hasta hoy con millones de fieles en todo el mundo? Resulta clave en esa continuidad la labor de todos aquellos valientes servidores de Cristo que ocuparon el solio de Pedro a la muerte de este.
Aunque muchos duden de que esos primeros papas tuvieron un papel inequívoco y preponderante como cabezas visibles de la Iglesia, existen documentos que pueden avalarlo sin temor a equívocos. Una de esas luminosas fuentes es sin duda el libro Contra los herejes (Adversus Haereses, en latín), cuya autoría se debe a Ireneo de Lyon. Datada en el año 180, la obra se compone de cinco volúmenes y arroja luz sobre la transmisión fiel y persistente de las enseñanzas de los apóstoles a todos sus sucesores.
De este modo, contra quienes afirman aún hoy que la primera Iglesia cristiana careció de líderes en los primeros años de su existencia, tras la muerte de Pedro, este libro refuerza la historia del papado universal que el Vaticano acepta como verdadera sin el menor resquicio de duda.
Según Ireneo, en vida del propio san Pedro y en sintonía con san Pablo, ambos nombraron sucesor natural a Lino. Es lógico, por tanto, que, sabiendo las graves amenazas que se cernían sobre ellos, los dos apóstoles quisieran asegurar la sucesión para que las enseñanzas de Cristo perviviesen en el tiempo.
Pero la cosa no acabó ahí. Existe una extensa relación de los supuestos primeros papas: desde Lino, Cleto y Clemente, hasta Evaristo, Alejandro, Sixto y Telesforo, pasando por Higinio, Pío, Aniceto, Sotero y Eleuterio. Una docena de nombres… ¡Como los doce apóstoles!
De modo que, pese a las dudas de algunos, parece obvio que hubo continuidad en la elección de los papas e incluso en su misión o rol en el seno de esa primitiva Iglesia para conseguir, como advertimos, que el legado de Cristo no se perdiera en medio del caos reinante y las circunstancias de gran hostilidad.
En el citado documento y en otros muchos interesantes hallamos las contribuciones de los primeros pontífices a la doctrina de la Iglesia, la mayor parte de las cuales resultan para la mayoría familiares. Juzgue, si no, el lector a la vista de esta curiosa relación: Lino nombró a los primeros quince obispos, Anacleto o Cleto estableció los hábitos eclesiásticos, Clemente instauró el uso del «amén», Evaristo creó las parroquias, Alejandro I legó el uso del agua bendita, Sixto I estableció que el cáliz sagrado solo debía ser tocado por los sacerdotes, Telesforo compuso el Gloria in excelsis Deo, Higinio propuso la elección del padrino y la madrina en los bautizos, Pío I instauró la celebración de la Pascua en el plenilunio de marzo, Aniceto prohibió al clero dejarse crecer el pelo, Sotero instauró el Sacramento del Matrimonio (exigiendo que fuera bendecido por un sacerdote), Eleuterio suprimió las costumbres hebraicas sobre la pureza y la impureza de las viandas… Ninguno de ellos se mantuvo con los brazos cruzados, sino que todos y cada uno aportaron elementos doctrinales que enriquecieron la práctica cristiana y que se mantienen hoy vivos por tradición.
En aquellos años, en efecto, se consiguió transmitir con toda fidelidad la doctrina cristiana, conformándose los propios ritos y distinguiéndose del judaísmo con la aparición de nuevas costumbres y oraciones, junto al olvido de algunas prácticas hebreas de tanto arraigo como la circuncisión.
Puede concluirse así que, pese a lo poco que se conoce sobre aquellas primeras figuras históricas, lo cierto e innegable es que todas y cada una de ellas llevaron a buen término su misión y que gracias incluso en algunos casos a sus fugaces y malogrados pontificados la Iglesia sigue hoy viva.
RELACIÓN PONTIFICIA
Todos los años, la Librería Editora Vaticana publica un interesante Anuario con informaciones y estadísticas de lo más variopintas sobre la Iglesia. Uno de los extremos más interesantes de ese libro es, precisamente, el listado histórico de todos los papas reconocidos por la Iglesia católica («Los Supremos Pontífices de Roma», se titula).
En esta exhaustiva relación comprobamos la memoria de los doce primeros papas que sucedieron a Pedro tras su cruel martirio, muchos de los cuales corrieron su misma suerte. Pero no se incluyen en esa lista los nombres de los llamados «antipapas»; es decir, los falsos papas que usurparon el solio de Pedro sin ser reconocidos legalmente, bien por discordancia doctrinal, bien por doble elección en algunos períodos, o por otras causas. Hasta hoy han existido 264 papas y 266 papados. La diferencia entre ambos números se explica porque el papa Benedicto IX accedió tres veces al solio de Pedro.
3
Novaciano, antipapa y poseso
FECHA: AÑO 251. Días después de la elección legítima de san Cornelio como Romano Pontífice, Novaciano se autoproclamó también papa, convirtiéndose así en el segundo antipapa de la historia eclesial.
LUGAR: FRIGIA. Una carta del papa san Cornelio al obispo Fabio de Antioquía sugiere que Novaciano fue poseído poco antes por el mismísimo diablo y sometido a intensos exorcismos.
ANÉCDOTA: Novaciano fundó la secta de los «novacianos», cuya principal herejía consistía en afirmar que la Iglesia no tenía poder alguno para absolver determinados pecados en esta Tierra.
El Diccionario de la Real Academia Española resume en tan solo siete palabras el significado de «antipapa»: «Papa elegido irregularmente en oposición al legítimo». Y se preguntará el lector, con razón: ¿cuántos antipapas han existido en la historia de la Iglesia…? El Diccionario de Trévoux menciona 28 en total, Hergenrother añade uno más, el abate Vallemont llega hasta los 32, y otros autores reconocen incluso a 42.
Sin embargo, de todos ellos, ahora nos centraremos en una figura muy peculiar, la del sacerdote cismático Novaciano, nacido en Frigia, antigua región de Asia Menor, en la península de Anatolia (Turquía actual) hacia el año 210 y fallecido en el 258. Novaciano fue el segundo antipapa de la Iglesia por derecho propio, pues él mismo se proclamó como tal a los ojos del mundo en el año 251.
La Historia en general, y la de la Iglesia en particular, también se escribe con documentos. Existe así una carta del canonizado papa Cornelio, coetáneo de Novaciano, a Fabio, obispo de Antioquía en aquella época, que habla por sí sola. Una epístola estremecedora sin duda, pues sugiere que durante el catecumenado de Novaciano nuestro protagonista fue poseído por el mismísimo diablo.
Los sucesivos exorcismos colocaron al endemoniado al borde de la muerte misma. Convencidos de que tenía las horas contadas, quienes le asistieron pudieron contemplar cómo un sacerdote derramaba agua sobre su cabeza para bautizarle mientras agonizaba entre estertores. El agua milagrosa del sacramento le devolvió a la vida y a partir de entonces Novaciano sumió a la Iglesia en un calvario de confusión. Días después de la elección de san Cornelio como papa, en marzo del año 251, Novaciano se autoproclamó también pontífice.
Cornelio no escatimó calificativos hacia la figura de su rival, que tanta incertidumbre provocó entre los católicos, tildándole sin tapujos de «bestia pérfida y malvada».
Finalmente, la investigación emprendida por el Concilio de Cartago decantó el respaldo de la mayoría del episcopado a Cornelio, incluidas figuras tan influyentes entonces como la de san Dionisio de Alejandría. Novaciano fue excomulgado así durante un sínodo celebrado en Roma con la participación de sesenta obispos.
Con todo, la actitud desafiante y pertinaz de este antipapa castigó a la Iglesia con un período de gran convulsión interna. Por si fuera poco, los cristianos sufrieron también una brutal persecución externa desatada por el emperador romano Decio, que gobernó entre 249 y 251.
El papa san Fabián había fallecido en el año 250, mártir de hecho de la persecución de Decio, la cual impidió que fuese elegido un nuevo pontífice durante año y medio, nada menos.
Decio ordenó por decreto a todos los cristianos que abjurasen de su religión bajo pena de tortura, destierro o muerte. Hubo muchos apóstatas, pero también mártires, como santa Ágata, san Babylas o el propio papa Fabián.
Quedaría incompleta la historia de Novaciano si no aludiésemos a la secta que él mismo fundó, conocida como los «novacianos», cuya principal herejía consistía en afirmar que la Iglesia no tenía poder alguno para absolver determinados pecados en la Tierra. De este modo, aquellos que habían incurrido en pecado de idolatría, arrastrados por su debilidad ante la dura persecución romana, debían arrepentirse de su traición a la fe de Cristo y dedicarse a expiar su culpa durante toda la vida. Pero ello sin que la Iglesia pudiera levantarles la excomunión, ni mucho menos absolverlos de su grave ofensa en el confesionario.
San Cipriano aseguraba, con razón, que los novacianos no admitían el credo católico al mantener la firme actitud de que la Iglesia carecía de la facultad para conceder la absolución en determinados casos, mostrándose incapaces así de responder con veracidad a la pregunta formulada durante el bautismo: «¿Crees en el perdón de los pecados y la vida perdurable, a través de la Santa Iglesia?».
Fue así como Novaciano ha pasado a la Historia no solo como el segundo antipapa de la Iglesia, sino como un hombre herético, entendiendo por «herejía» la voz derivada del griego hairesis, que significa preferencia, partido, opinión especial a la que uno se adhiere de modo obstinado.
Así, el hereje, como podía ser el caso de Novaciano, no siempre solía ser un impío o un ignorante en la estricta acepción del término, sino un hombre apasionado por un determinado dogma que destacaba en detrimento de las demás enseñanzas doctrinales.
El «novacianismo» se caracterizó por su excesivo rigor, sobre todo en la doctrina penitencial, extendiéndose hasta el siglo VIII por toda la Iglesia, desde la Galia e Hispania, hasta Egipto y Constantinopla.
LA LISTA NEGRA
La relación de antipapas es demasiado extensa, por desgracia, en la historia de la Iglesia antes de la celebración del Concilio Vaticano II, a principios de la década de 1960. Además de Novaciano y del primero de todos, san Hipólito (217-235), reconciliado luego con el papa san Ponciano, podemos encontrar por ejemplo a Roberto de Ginebra (septiembre de 1378-septiembre de 1394), bajo el nombre de Clemente VII, en oposición a Urbano VI, que estableció su residencia en Aviñón. Gil Muñoz, canónigo de la iglesia catedral de Barcelona, también figura en la lista negra de falsos pontífices.
Lo mismo que Benedicto XIII, en 1419, o que Amadeo de Saboya (noviembre de 1439-abril de 1449), conocido con el nombre de Félix V. Hagamos constar también, en honor a la verdad, que algunos antipapas llegaron a ser después verdaderos papas en elecciones legítimas y que procedieron desde entonces con buena fe.
4
La terrible profecía de Sixto II
FECHA: AÑO 258. El emperador Valeriano proclamó un edicto de persecución en el que prohibía el culto, a raíz del cual numerosos cristianos debieron esconderse en las catacumbas y muchos murieron mártires.
LUGAR: ROMA. San Sixto II fue conducido ante las autoridades, que le condenaron a morir decapitado junto con cuatro diáconos en el cementerio de Calixto, en la Via Appia.
ANÉCDOTA: «En cuatro días, tú me seguirás», profetizó Sixto II con mirada fulminante a san Lorenzo, camino del patíbulo. Y así fue: san Lorenzo falleció cuatro días después.
Sixto II, el papa número veinticuatro de la Iglesia católica, se atusó la espesa barba, pensativo y cariacontecido. Estaba muy cansado. No eran tiempos fáciles, desde luego, y la situación duraba ya demasiado tiempo. El Romano Pontífice, a quien algunos motejarían «el Bueno» y «el Pacífico» con toda justicia, sabía muy bien que sobre la Iglesia de Roma se cernían dos amenazas terribles en aquella época: de un lado, la persecución encarnizada de Valeriano, el todopoderoso emperador sin escrúpulos, y de otro, las propias intrigas internas que dividían y debilitaban a los cristianos perseguidos. Sixto II no acertaba a distinguir cuál de las dos era más letal.
Del emperador Valeriano, ¿qué decir? A todos les sorprendió el edicto. Venían de una época de relativa calma, cuando de pronto el emperador arremetió contra ellos exigiéndoles no solo renunciar a su credo religioso, sino incluso ofrecer un sacrificio a sus dioses paganos. Muchos habían sido ejecutados ya por negarse a blasfemar contra Dios, mientras que otros salvaron el pellejo por renegar precisamente de su fe.
Las malas lenguas atribuían el cambio radical de Valeriano a la necesidad de sanear las maltrechas finanzas del imperio con ayuda de los bienes confiscados a los cristianos más pudientes. Sea como fuere, allí estaba Sixto II entonces, sumido en la celebración de la Santa Misa en el interior de las catacumbas del Praetextatus, muy cerca de la Via Appia. Desde su silla recordaba, emocionado, la firme promesa de Jesús: «Donde dos o más se reúnen en mi nombre, allí en el centro estoy Yo». Ese era su único consuelo en aquel momento.
Solo la fe le ayudaba a aceptar esa terrible condena de vivir escondido en cementerios o grutas subterráneas, como el peor de los delincuentes, para poder rezar y renovar la pasión de Cristo en el altar, sin perder tampoco la esperanza de profesar la fe en libertad algún día.
Aun así, Sixto presentía que se acercaba su final y experimentaba una enorme desazón por todo lo que aún le quedaba por hacer. Percibió entonces el eco lejano de los pasos soldadescos en su busca. Corría el 6 de agosto del año 258. Los emisarios de Valeriano, armados hasta los dientes, procedieron a capturarle instantes después. «Bendito seas siempre, Señor», prorrumpió el Pontífice mientras le apresaban. Zarandeado por aquellos salvajes, el obispo de Roma se sorprendió de su falta de miedo. Solo le importaba su Iglesia y pedía a Cristo con todas sus fuerzas que velase por su rebaño sin pastor.
En realidad, a Sixto II únicamente le inquietaba la amenaza interna en la Iglesia, es decir, el efecto corrosivo de las luchas de poder disfrazadas de discrepancias doctrinales que debilitaban a la sagrada institución desde sus mismos cimientos. Sin saberlo entonces, Sixto II pasaría a la Historia por haber realizado una labor de reconciliación valiosísima. No en vano, restableció las relaciones con Cipriano, obispo de Cartago. La Iglesia de Roma y la Iglesia del norte de África volvieron así a entenderse después de largo tiempo. Al fin y al cabo, Sixto II hizo comprender a Cipriano que una Iglesia no debía resquebrajarse por diferencias de criterio en el trato a los apóstatas que renunciaban a su fe, los llamados lapsis. Cipriano estaba de acuerdo en ello y ambos se reconciliaron estando próximo su final.
Sixto II fue conducido así ante las autoridades, que le condenaron a muerte junto con cuatro diáconos ejecutados también en el cementerio de Calixto, en la Via Appia. Canonizado años después, Sixto II murió decapitado, pero antes de eso se cruzó con san Lorenzo, diácono de Roma, rumbo hacia el patíbulo.
Cuenta la leyenda que en aquel fugaz encuentro camino del martirio, san Lorenzo le preguntó a Sixto II con afección: «¿Adónde vas sin mí, sin tu diácono, sin tu hijo y sirviente?». La respuesta del Papa debió de helarle la sangre. «En cuatro días, tú me seguirás», profetizó Sixto II con mirada fulminante. Y así fue: san Lorenzo falleció cuatro días después exactamente, el 10 de agosto del año 258, de forma tal vez aún más terrible que Sixto… ¡Asado vivo en una parrilla!
La leyenda provenía, según la tradición, de san Ambrosio de Milán, obispo de la localidad italiana, además de destacado teólogo y orador. Por si fuera poco, san Ambrosio ha sido reconocido como uno de los treinta y seis doctores de la Iglesia católica.
EL SANTO GRIAL
San Lorenzo fue el primer diácono del papa Sixto II, y una de sus principales atribuciones consistió en administrar los bienes de la comunidad y ocuparse de los pobres. Gozaba de la total confianza del Romano Pontífice, por lo que no resulta extraño que este, cuando las cosas se pusieron feas, le encomendase la custodia de algunas reliquias, entre ellas, el mismísimo Santo Grial.
San Lorenzo ideó un plan para salvaguardar tan preciado tesoro. Logró trasladarlo a Huesca, donde aún tenía familia, y tras muchos avatares, el cáliz permaneció escondido. Los romanos capturaron a san Lorenzo y le presionaron para que entregase las reliquias a cambio de su vida. Pero él rehusó y cuatro días después fue quemado vivo. Cuando Felipe II, en el siglo XVI, decidió conmemorar al santo con la construcción del monasterio de El Escorial, proyectó el monumento con forma de parrilla para homenajear mejor su martirio.
5
Cara y cruz de Su Santidad Melquíades
FECHA: AÑO 313. Después de tres siglos en los que corrió la sangre de los mártires, se inició por fin un período de relativa calma en tiempos del emperador Constantino I.
LUGAR: MILÁN. Constantino convocó el Edicto de Milán que supuso la reinstauración de la libertad religiosa en todo el imperio para todas las sectas, a excepción de las herejes.
ANÉCDOTA: La liturgia venera al papa Melquíades como mártir, pese a morir de forma natural, ya que, según el Martiro
