Lecciones de la historia

Edgar Morin
Edgar Morin

Fragmento

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Mi maestro Georges Lefebvre, profesor de Historia de la Revolución francesa en la Sorbona, fue quien me impartió esta lección durante mi primer curso universitario, en 1940.

Para recuperar un poder que había perdido durante el reinado de Luis XIV, en el que fue avasallada, la aristocracia desató el proceso que desembocó en la convocatoria de los Estados Generales por Luis XVI, a causa de las grandes dificultades económicas por las que pasaba su reino. Hasta entonces, los Estados Generales siempre habían sido favorables a la unión de la nobleza y el clero en perjuicio del tercer estado. Pero desde la apertura de estos Estados Generales, en mayo de 1789, los diputados del tercer estado lograron que el voto se contabilizara por cabeza y no por estamento. Al tener mayor número de representantes, el 17 de junio de 1789 el tercer estado se declaró Asamblea Nacional y la Revolución pudo empezar.

Si la aristocracia perdía así el poder que pretendía recuperar, Luis XVI lo perdió todo por una reforma económica. Gracias a Lefebvre descubrí, sorprendido, que el resultado de una acción puede ser contrario a la intención que la ha causado.

Esta idea se volvió fundamental para mí; más tarde la llamé «ecología de la acción», para indicar que el curso de una acción también depende de sus circunstancias y su entorno, con sus retroalimentaciones recíprocas. Esta lección se verifica tanto en el plano personal como en el político, en el económico y en el militar. La encontramos con frecuencia en la Historia, desde las guerras médicas del siglo V antes de nuestra era, cuando el enorme Imperio persa fue incapaz de someter a la pequeña Atenas —donde pudieron florecer la democracia y la filosofía— hasta el fracaso del plan hitleriano de conquistar la Europa eslava.

SEGUNDA LECCIÓN

NINGUNA

OBSERVACIÓN

ES VÁLIDA

SIN

AUTOOBSERVACIÓN

En la universidad también asistía a las clases de Economía de Gaëtan Pirou y leía, multicopiadas, las clases de François Perroux en la facultad de Derecho, las de André Siegfried en Ciencias Políticas y las de Sociología de Maurice Halbwachs en la Sorbona. Recuerdo, en especial, otra asignatura, de Georges Lefebvre, dedicada a las historias de la Revolución francesa escritas en el siglo XIX y a comienzos del XX. El profesor demostraba que los historiadores concebían la Revolución con arreglo a los problemas y las ideas de su tiempo. François Guizot, por ejemplo, se preocupaba sobre todo de la incapacidad de la Revolución para instaurar una monarquía constitucional. Con Jules Michelet, enemigo de la monarquía y partidario de la revolución de 1848, tenemos la primera historia republicana de la Revolución francesa protagonizada por el pueblo. Alphonse Aulard, durante la Tercera República parlamentaria, se centraba en los aspectos parlamentarios de la Revolución. Albert Mathiez, socialista radical y luego comunista, exaltaba la personalidad de Robespierre y el Comité de Salud Pública.

Este principio se ha seguido verificando, de acuerdo con la enseñanza de Georges Lefebvre: después de la desestalinización, el excomunista François Furet rechazó la historia jacobina de la Revolución y puso en duda su necesidad histórica.

Vemos, pues, que es preciso situar a cada historiador en sus propias circunstancias históricas, bajándolo de su pedestal supratemporal. Para mí, esta fue una lección crucial, válida no solo para todos los historiadores, sino también para todos los profesores, filósofos y pensadores. Más tarde prolongué esta idea con la máxima: «Ninguna observación es válida sin autoobservación». El observador debe examinarse y situarse a sí mismo.

Las dos lecciones de Historia que me enseñó Georges Lefebvre fueron inolvidables y siempre las he tenido en cuenta. Son dos lecciones de complejidad. Una muestra que toda acción en un medio incontrolado o con factores aleatorios está sometida a fuerzas que pueden desviarla de su fin; la otra, que todo debe situarse en su contexto e historizarse, incluidos el contextualizador y el historiador.

Este fue el aprendizaje principal de mi curso en la Sorbona, que terminó cuando, amenazado por la Wehrmacht, me trasladé de París a Toulouse.

TERCERA LECCIÓN

LO IMPROBABLE

PUEDE OCURRIR


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