Vidas españolas

Juan Pablo Fusi
Ricardo García Cárcel
Ricardo García Cárcel

Fragmento

Prefacio

PREFACIO

Las intenciones que animan la colección Españoles eminentes, que inició la Fundación Juan March en 2012 en colaboración con la editorial Taurus, son tres: primero, contribuir al desarrollo del género biográfico en España; después, dar a conocer figuras eminentes de nuestra historia que no han sido biografiadas con métodos modernos o cuya biografía, aunque existente, es susceptible de ser actualizada; y, en tercer lugar, ofrecer una muestra de lo que podría ser una historia de España de razón ejemplar, una que, en vez de referir los hechos singulares o las estructuras fijas de nuestro país, narre vidas de hombres y mujeres cuyo carácter extraordinario suscita amplio consenso en la ciudadanía.

Abundando en este tercer propósito, esta colección invita a contemplar la historia a la luz de la ejemplaridad de determinados nombres que, al ser objeto de respeto y consideración generales, contribuyen a una visión más cohesionadora de nuestro pasado compartido. No se entienda por ejemplaridad la pretensión poco realista de que cada uno de los días de la existencia del biografiado son normativos, que su vida es canónica y describe, de cuna a sepultura, una línea recta y no interrumpida de sublime virtud: lejos de nosotros un concepto inhumano de ejemplaridad que excluya en la formación normal de las personas los ingredientes del aprendizaje, el error, los intentos fallidos, los déficits naturales y morales, la incertidumbre, la imperfección consustancial a nuestra condición, la búsqueda tentativa de soluciones y los inevitables rodeos. En contraste con ese perfeccionismo imposible, la biografía de un eminente narra la lenta gestión de su ejemplo póstumo: la ejemplaridad, en consecuencia, no se predica de tal o cual hecho aislado de la vida del protagonista, acaso susceptibles de reproche ético, incluso de dura condena, sino de la trayectoria general de su paso por el mundo cristalizada en una imagen de grandeza y dignidad que, al morir, deja honda impresión en la memoria colectiva de la gente.

Las diez biografías ya publicadas, a las que se sumarán las cinco ya encargadas y otras que se encargarán en el futuro, están cumpliendo sobradamente, a nuestro juicio, el triple propósito para el que se puso en marcha la colección. Y, con todo, cundía la sensación entre nosotros de que algo más podía hacerse. Porque el proyecto, por su propia naturaleza, solo podía consistir en una sucesión de individualidades sobre cuyas vidas quedaban los suficientes testimonios como para componer una biografía completa. Y esto dejaba fuera a aquellas otras, quizá con no menores méritos, sobre las que no disponemos de material para una obra extensa, aunque sí para trazar una semblanza, más corta pero igualmente rigurosa. Los archivos del pasado que han llegado a nosotros son principalmente documentos escritos, lo cual, a la hora de reconstruir una vida, privilegia a los escritores varones con un pensamiento acompasado a la ideología dominante en su época, y penaliza, en cambio, a los demás: ágrafos, mujeres, heterodoxos o periféricos. En consecuencia, parecía oportuno integrar el proyecto inicial con otro que remediase en algún grado esta falta.

Este es el origen del presente libro, obra conjunta de los dos prestigiosos y admirados historiadores que asesoran la colección. Ricardo García Cárcel y Juan Pablo Fusi han pintado más de cincuenta retratos de actores sobresalientes de la España moderna y contemporánea. Con ello, además de subvenir parcialmente a las injustas ausencias mencionadas, ofrecen una galería coral y diversa de la ejemplaridad española, imposible en las biografías individuales y, sin embargo, más fiel a la realidad de los hechos. El formato elegido —presidido por la pluralidad y la brevedad— ha exigido de sus autores el despliegue de una maestría narrativa que solo está al alcance de quienes, habiéndose dedicado por entero al estudio de una época de la historia, son capaces también de condensar la amplitud y la riqueza de sus investigaciones en una síntesis biográfica en la que su protagonista se hace vitalmente inteligible.

Este libro cuenta, no una Historia, sino una polifonía de historias de individuos que, por la innovación axiológica que introdujeron, aceleraron el progreso material y moral de nuestro país. De esta manera, abandonando una perspectiva fratricida en favor de otra fraternal, contribuye a una comprensión más humanista y aleccionadora de nuestra cultura y de nosotros mismos. Los lectores de hoy encontrarán en estos ejemplos del pasado una guía para construir en el futuro una España mejor.

Javier Gomá Lanzón

ESBOZO DE PRÓLOGO
LA EJEMPLARIDAD EN LA HISTORIA

El género de la biografía tiene una larga tradición en España. Eso sí, las biografías de españoles a lo largo de su historia han estado muy marcadas por la voluntad hagiográfica. Demasiada intención, a través de la biografía, de legitimar la elevación a los altares de los biografiados. Ello se denota en la larga serie de biografías que se escribieron con mayor intensidad en el marco del Barroco al hilo de los abundantes procesos de beatificación y canonización de españoles, desde Ignacio de Loyola a Teresa de Jesús, por citar algún ejemplo.

Ya en el escenario liberal del siglo XIX, se cambió el signo del discurso ideológico que subyacía en las biografías. Entonces se impuso en el género biográfico la voluntad de consolidar el discurso patriótico español en plena construcción de este. Significativamente, Manuel José Quintana escribió los tres volúmenes de la obra Españoles célebres (1807-1833), que constituyó una serie de biografías de grandes personajes de la historia de España con las glosas consiguientes que buscaban reflejar un incuestionable narcisismo autosatisfecho respecto a nuestro pasado histórico. En la misma línea se escribieron otros textos como la Galería de españoles contemporáneos (1841-1844) de Nicomedes Díaz.

En el franquismo se apeló con frecuencia también a la biografía de españoles del pasado para alimentar la nostalgia épica en tiempos de precariedad del presente vivido. Antonio J. Onieva fue uno de los muchos cultivadores del género en este contexto. Curiosamente, no faltaron mujeres en las evocaciones de la memoria del pasado. El propio Onieva escribió Florilegio de mujeres españolas, con grandes mujeres protagonistas, desde Isabel la Católica a Agustina de Aragón pasando por María Pita.

Hoy, el concepto de ejemplaridad pública ha cambiado de sentido, como ha reflejado magistralmente Javier Gomá. Se ha sustituido la vocación hagiográfica y la épico-nacionalista por la referencialidad y la excelencia, buscando explicar los valores trascendentes aportados por cada personaje presuntamente ilustre en nuestro pasado. El discurso ideológico y moralista ha dado paso al funcionalismo en la lectura de los grandes personajes, reivindicando la propia complejidad de los ejemplos a evocar, que no quiere decir forzosamente reproducir.

Este es el espíritu que alimenta la colección editada por Taurus y llamada significativamente Españoles eminentes. Se ha buscado, en las diversas monografías dedicadas a cada personaje, extraer los aspectos en los que los biografiados entran en el terreno de la singularidad por su vida o por sus obras y acaban generando los cánones de ejemplaridad a seguir.

Como refrendo de esta colección, los asesores de esta nos hemos planteado un repaso global (que no exhaustivo) de una cincuentena de personajes que han tenido una significación trascendente en nuestra historia y una proyección mediática que ha introducido a los mismos en el ámbito de la literatura, el cine y el teatro, más allá de la historia. En nuestro libro abordamos las biografías desde una óptica analítica y puntual, con relatos cortos, con tres objetivos fundamentales. El primero es superar el reduccionismo en el que tradicionalmente se han situado los estudios biográficos en nuestro país. Asumir la complejidad de estos sin un discurso ideológico unidimensional ha implicado rescatar del olvido a muchos personajes históricos condenados al silencio. Desde un enfoque transversal de la historia de España, ello ha supuesto evocar a españoles de todas las procedencias territoriales y de todos los ángulos ideológicos.

El segundo objetivo es insertar cada personaje en su marco histórico buscando la interrelación con otros posiblemente menos conocidos que el protagonista de cada capítulo, pero fundamentales todos ellos para comprender nuestra propia historia global. Los análisis biográficos nos permiten explorar la red de relaciones en las que se movió cada protagonista: hombre o mujer.

El tercer objetivo es buscar la proyección mediática de cada personaje a lo largo del tiempo, lo que nos permite ahondar en lo que se podría llamar la construcción de la propia ejemplaridad con sus consensos y disensos, cuándo y cómo se han configurado tales personajes como referentes de nuestro pasado.

Ciertamente, es imposible consensuar los valores de eminencia o excelencia de cada personaje histórico, como difícil es fijar los perfiles de ejemplaridad pública ofertada por cada uno de los protagonistas del libro. La relatividad en el tiempo o en el espacio de los propios valores referenciales es un hecho. Cada lector tendrá la última palabra a la hora de valorar a quien considera como su referente modélico a admirar o imitar. Lo que podemos garantizar es que todos los personajes cuya identidad hemos desbrozado aquí en algún momento han podido ser referentes de ejemplaridad con sus consiguientes reconocimientos colectivos.

Primera parte

Historia Moderna

Ricardo García Cárcel

1

HERNANDO DE TALAVERA Y LA TOLERANCIA
EN LA ESPAÑA RENACENTISTA

El término tolerancia es equívoco. Tiene tres acepciones, como señaló lúcidamente Francisco Tomás y Valiente. Una es el concepto de indulgencia, que se entiende como el comportamiento elusivo de un superior respecto al castigo merecido por un inferior para evitar males mayores a este. Se fundamenta en la economía del poder, en el arte de gobernar desde el principio de la benevolencia. Otra acepción es la que presupone, dentro de una pluralidad de opciones, el mal menor. No se ejerce esa presunta tolerancia desde el principio de la generosidad, sino desde el pragmatismo y la hipocresía. Se es tolerante en tanto que se carece de fuerza suficiente para ser intolerante. La tercera forma de tolerancia es la propia del pensamiento ilustrado: la libertad de ejercicio del pensamiento autónomo, el respeto recíproco entre hombres iguales en derechos y libertades, el cuestionamiento del concepto de herejía, la legitimidad de la duda respecto a la verdad única.

Pero esta última acepción de la tolerancia no fue un invento ilustrado, como ha subrayado Ángel Alcalá. Mucho antes que Voltaire escribiera su célebre Tratado sobre la tolerancia (1763), en el pensamiento español se había ido construyendo un discurso sobre el concepto liberal de tolerancia. Dejando aparte la hoy tantas veces glosada España de las tres culturas, ubicada en el Medievo, en el nacimiento de la modernidad y paralelamente al establecimiento de la Inquisición española emergió un pensamiento alternativo al de la Inquisición como presunto único recurso contra la herejía. Hubo, de hecho, intentos de crear modelos inquisitoriales episcopalistas enfrentados al sistema que sería, a la postre, el oficial, implantado por Alonso de Espina en Toledo en 1478 a caballo de la bula de Sixto IV y que tuvo en Torquemada su icono clásico. Antes de la creación de la Inquisición española, entre estos intentos de resolver el problema judeoconverso, pero sin Inquisición, habría que citar a personajes como Alonso de Cartagena (1384-1486), hijo del obispo judeoconverso de Cartagena Pablo de Santa María, y Alonso de Oropesa (finales del siglo XV), también judeoconverso. Efectivamente, serían los judeoconversos los que, desde su condición de víctimas primeras de la Inquisición represora, esgrimieron más el concepto de tolerancia. Figuras como Fernando del Pulgar (1430-1492) o Juan Ramírez de Lucena (1430-1506) aportaron también explícitamente ideas muy vinculadas a la defensa de la tolerancia: la necesidad de corrección fraterna, la evocación de las estrategias de persuasión, voluntad pactista con discurso escotista más que tomista, la supresión de la incompatibilidad justicia-caridad… Estas ideas se van construyendo planteadas no desde una óptica individual sino pensando en términos colectivos o globales.

El personaje que mejor encarnó esta reivindicación de la tolerancia en contra del establecimiento de la Inquisición española, en los primeros tiempos de la modernidad, fue Hernando de Talavera, que fue judeoconverso y al mismo tiempo reivindicador de la cultura musulmana, en momentos en que se estaba estableciendo la concepción represiva del Santo Oficio en todos sus frentes. Su sutilidad dialéctica y su discreción, desde luego, no pudieron ganar la batalla a la naciente Inquisición española, que acabaría chocando con él y convirtiéndolo en una víctima más, en tanto defensor y representante del discurso de la tolerancia.

Pero analicemos su biografía y su pensamiento. Hernando de Talavera nació muy probablemente en 1430 en Talavera de la Reina. Moriría en 1507. Fue hijo del noble García Álvarez de Toledo y de una mujer judeoconversa de la familia Contreras, natural de Oropesa. Al menos uno de sus abuelos maternos fue judío. La familia Álvarez de Toledo financió sus estudios y contribuyó decisivamente a construir su currículum profesional y personal. Estudió Caligrafía y Catalán en Barcelona en 1442 y Teología en la Universidad de Salamanca de 1444 a 1460. Este último año se ordenó como sacerdote. Se hizo jerónimo en 1466 en el monasterio de Alba de Tormes y sería prior del monasterio de Nuestra Señora del Prado en Valladolid desde 1470. En sus estudios de Teología en Salamanca tuvo maestros tan afamados como Pedro Martínez de Osma. Sería profesor de la Universidad de Salamanca de 1463 a 1466, en la cátedra de Filosofía Moral, al mismo tiempo que confesor y consejero de Isabel la Católica desde que esta llegó al trono hasta su muerte. Aprendió árabe y los musulmanes le llamarían Alfaquí Santo por su voluntad en encontrar sacerdotes que supieran árabe. Su carrera eclesiástica alcanza su cúspide como obispo de Ávila (1485) y como arzobispo de Granada (1492). De entrada, su obra refleja inquietudes humanísticas notables. Tradujo siendo muy joven la obra de Petrarca Invective contra medicum, en la que el florentino reprendía al «médico rural y parlero», obra que dedicó a su pariente Fernando Álvarez de Toledo. Llegó a instalar en Granada una imprenta que serviría para difundir buena parte de sus obras y desde luego los textos que consideraba vitales para la evangelización de los no cristianos, como la Vita Christi de Eiximenis (1491), un Salterio (1500), una Reprobación del Alcorán (1501) y un Vocabulista arábigo en lengua castellana (1505), primer diccionario bilingüe árabe-español, escrito por Pedro de Alcalá.

Pero de él destaca sobremanera la inquietud catequística y educativa. En sus primeros años escribió guías espirituales, como De cómo se ha de ordenar el tiempo para que sea bien expendido, libro dedicado a la condesa de Benavente María de Pacheco, protectora suya y de la que fue confesor. En la misma línea, escribió una serie de opúsculos que permanecerían manuscritos y no serían publicados hasta el siglo XIX, obras dedicadas directamente a la reina Isabel.

Especial atención le mereció la educación de la infancia y del mundo femenino. Escribió, al respecto, una Doctrina cristiana para enseñar a los niños (editada en 1496) y el Tratado sobre la demasía en vestir y calzar, comer y beber, obra escrita en 1477 y dedicada especialmente al análisis del vestido exhibicionista de las mujeres. La postura de Talavera fue la de matizar el puritanismo eclesiástico ante los hábitos femeninos, eso sí, respetando el papel de la Iglesia en la regulación de costumbres. Dejó claro que «es cosa natural que de una manera se vista el varón y de otra la mujer» y que las mujeres «están y fueron hechas para estar encerradas y ocupadas en sus casas y los varones para mudar o procurar las cosas de fuera».

Su figura de humanista preocupado por la educación, con los niños y las mujeres como referencia, se conjuga con la del político implicado a fondo en la gestión política de los Reyes Católicos, especialmente la reina Isabel. Con Fernando nunca tuvo las exquisitas relaciones que mantuvo con la monarca. El Rey Católico manifestó hacia el jerónimo una desconfianza que nada tiene que ver con el singular apoyo que le tributó siempre Isabel la Católica.

La capacidad administrativa fue una constante en su vida y su obra. Su actividad inicial en el monasterio de Nuestra Señora del Prado fue reorganizar la vida monástica y sanear las finanzas. Y en esa tarea invirtió notables esfuerzos como predicador y como administrador eficaz, fundando colegios para futuros sacerdotes y ejerciendo de visitador de estos. La participación en la política alcanza su culminación en Valladolid como confesor de Isabel la Católica y participando en los tratados de paz con Portugal y en la organización de la conquista de Granada. Su involucración política fue paralela a su trayectoria en la carrera eclesiástica.

Se integró en la red colaboradora de la reina Isabel, a la que le aconsejaba «distribuir y encomendar los negocios a personas idóneas» y hasta fijaba un horario de colaboración con la reina en la gestión de asuntos, todo un reflejo de la planificación administrativa que Talavera recomendaba para tomar buenas decisiones. Su capacidad mediadora fue fundamental para asentar como reina a Isabel, en tanto legítima sucesora en la Corona de Castilla. Incluso aportó fondos económicos para apoyarla en la guerra con Portugal. En las Cortes de Toledo de 1480 promovió iniciativas para regular mejor las relaciones entre la Iglesia y la Corona, revisando las mercedes de Enrique IV. Se implicó personalmente en la problemática interna de la propia familia real con consejos respecto al comportamiento que debían tener las infantas Isabel y Juana. Intervino también en el debate en torno al proyecto colombino previo al viaje descubridor de América. En plena guerra de Granada presidió dos juntas en Santa Fe, destinadas a valorar la viabilidad de las ideas de Colón, interviniendo en la propia financiación del primer viaje, en cuya realización tuvo un papel decisivo junto a fray Diego de Deza.

Respecto a la conquista de Granada, fue el principal gestor de los recursos financieros. Tuvo un papel fundamental en la aprobación de las capitulaciones, que cuentan incluso con su firma. Colaboró en todo momento con el capitán general y gobernador de la ciudad, el conde de Tendilla. Pero más allá de su capacidad de gestión, en él estuvo siempre presente la inquietud por el problema de los judeoconversos y los musulmanes, lo que determinaría su interés por el árabe. Significativamente, permitió que en la liturgia católica se utilizaran los instrumentos musicales propios de los musulmanes. Su sensibilidad hacia la cultura partió siempre del principio del aprecio general a las personas, asumiendo valores culturales diferentes a la fe cristiana.

La realidad es que sus postulados no tuvieron éxito y en 1499 Cisneros le sustituyó como confesor de la reina, abriendo una etapa distinta en la que primó el bautismo multitudinario, la quema de libros que poseían los musulmanes granadinos y la no aceptación de las constituciones iniciales tras la conquista de Granada. Los musulmanes se rebelarían en 1500 y Talavera intentaría colaborar en la pacificación con procedimientos radicalmente distintos a los de Cisneros.

Sus directrices incidieron siempre en el principio de una singular tolerancia que buscó adaptarse a las peculiaridades sociales y culturales del Reino de Granada. Según Talavera, solo a partir de una buena preparación del clero en la cultura socio-religiosa de quienes se habían de convertir era viable una acción evangelizadora. De ahí su obsesión por que los sacerdotes de Granada aprendieran el árabe, que él promovió a través de la Gramática del jerónimo Pedro de Vega. Desde luego, abogó siempre por la conversión del otro desde la óptica de la superioridad del cristianismo sobre cualquier otra religión. Su sentido de la tolerancia tuvo siempre en cuenta la convicción de esta superioridad. A la hora de convertir, lo hizo siempre desde la óptica de que primero había que convencer. La obra más definidora del singular sentido de tolerancia de Talavera es la Católica impugnación, escrita hacia 1480 para refutar un libelo anónimo y abiertamente judaizante que se había editado ese año en Sevilla. En este panfleto se hacía una defensa abierta de la ritualidad judía, en abierta confrontación con los primeros rigores de la recién creada Inquisición. Talavera escribió la respuesta al mismo debido a que la reina Isabel lo había leído y se había escandalizado. La contestación de Talavera condena frontalmente los argumentos del judaísmo, aunque reitera la defensa de los conversos que permanecían leales a la fe cristiana. Como dice Márquez Villanueva, escribe este texto desde «una esencial conciencia de riesgo bajo el doble propósito de rebatir el judaísmo a la vez que cerrar el paso a una represión indiscriminada contra los conversos». Estaba en contra de la actuación inquisitorial que había procesado a su admirado Pedro Martínez de Osma, profesor de la Universidad de Salamanca, al mismo tiempo que fustigaba el discurso judaizante. Para él, el problema solo podía abordarse desde una monarquía nueva con capacidad de integración.

Isabella Iannuzzi ha subrayado las claves principales de la obra talaveriana: «Las personas no se distinguen por el lugar y circunstancias de su nacimiento»; no se puede discriminar; es hereje «quien separa, no quien es separado»; el motor de la conducta debe ser el amor y no el temor; para lograr la unidad de la fe hay que reivindicar la integración y la globalidad; la trascendencia de la ética en conjunción con la política; la significación de la imagen como instrumento de mediación; la valorización de la ejemplaridad de los santos; la asunción de la complejidad en la comunidad cristiana; «no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios»; la autoridad siempre debe ir acompañada de la razón…

Al final de su vida, tras la muerte de su reina protectora, la situación de Talavera se volvió muy problemática, con enfrentamientos con la Inquisición, especialmente con el inquisidor de Córdoba Rodríguez Lucero. Su hermana y tres sobrinos serían procesados por la Inquisición granadina. Lucero lo llegó a acusar directamente de herejía en 1505. El papa suspendió el auto de prisión. Era el momento del enfrentamiento político del viudo Fernando el Católico con su hija Juana y su yerno Felipe el Hermoso. Este presuntamente apoyó a Talavera y Lucero cayó en desgracia. Pero cuando murió Felipe, Fernando repuso a los enemigos de Talavera. El papa medió en 1507 declarándolo inocente, poco antes de que muriera a causa de la peste. El impacto popular de su fallecimiento fue grande, y tras él se le atribuyeron infinidad de presuntos milagros y prodigios en la Granada del momento.

Su tumba a fines del siglo XVII fue lugar de peregrinación frecuente. Durante su vida ya había recibido elogios y glosas de Juan Álvarez Gato, Jorge de Torres, Jerónimo Münzer y Lucio Marineo Sículo. Se convirtió en protagonista de la obra Historia de la orden de San Jerónimo (1595-1605) de José de Sigüenza. Hasta su proyección iconográfica fue notable. Ya en 1635 se le hizo un retrato, del que se conserva una copia en el monasterio de las clarisas de Loja. En 1657 Valdés Leal hizo otro retrato para el monasterio de San Jerónimo de Buenavista de Sevilla. Por otra parte, poco después de su muerte también se le dedicaron sendas biografías: las escritas por Jerónimo de Madrid y Alonso Fernández de Madrid. Suárez y Muñano escribió una biografía documentada en 1866. Su figura es especialmente glosada en el siglo XX, sobre todo a caballo del gran hito histórico de 1492, que se ha vinculado mucho a Hernando de Talavera. Entre otros relatos novelados del personaje, destaca la obra de Fidel Fernando Martínez (1942). En 1961 Francisco Márquez Villanueva editó su obra más significada, la ya citada Católica impugnación. La serie de televisión Isabel dirigida por Jordi Frades y emitida entre 2012 y 2014 concedió a Talavera un protagonismo importante a través de la interpretación espléndida de Lluís Soler.

2

BEATRIZ GALINDO Y EL HUMANISMO FEMENINO

Fue Manuel Serrano y Sanz el primer intelectual español que tomó conciencia de la importancia de las escritoras españolas en la época moderna. En 1893-1895 recopiló en sus Apuntes para una biblioteca de escritoras españolas, desde el año 1401 al 1833, en dos volúmenes, toda la relación de mujeres que habían dejado tras de sí textos escritos desde 1401 a 1833. La obra ha sido un referente en el siglo XX, sobre todo tras su reedición de 1975. Serrano y Sanz dedicó los volúmenes a la duquesa Cayetana de Alba y de Berwick. No era el primer intento de hacerse eco de la producción literaria de las mujeres españolas. Sin duda, había habido antecedentes. En el siglo XVIII el bibliotecario Juan Bautista Cubie escribió Las mujeres vindicadas de las calumnias de los hombres (1768) y el padre Benito Jerónimo Feijoo publicó, por su parte, un capítulo singular, «Defensa de las mujeres», dentro de su Teatro crítico universal (1726). En el siglo XIX Vicente Díaz Canseco escribió un Diccionario biográfico universal de mujeres célebres (1844); Diego Ignacio Parada, Escritoras y eruditas españolas o Apuntes para servir a una historia del ingenio y cultura literaria de las mujeres españolas, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, con inclusión de diversas escritoras portuguesas e hispanoamericanas (1881), y Juan de Dios de La Rada, Mujeres célebres de España y Portugal (1868). Existía un interés patente por dar a conocer la obra de las mujeres escritoras a partir de la toma de conciencia del olvido en el que estas habían estado sumidas. Pero como decía, fue el alcarreño Serrano y Sanz, catedrático de la Universidad de Zaragoza, el que dedicó buena parte de su vida a publicitar a las mujeres sabias del periodo del Siglo de Oro, en el que, aparentemente, solo brillaban varones.

Ciertamente, mucho antes de que Teresa de Jesús escribiera reflexiones sobre la situación de las mujeres en relación con los hombres, empezaba a emerger un pensamiento femenino que, de manera todavía tímida, ponía sobre la mesa cuestiones de género en la dialéctica masculino-femenino. El punto de partida de estas reflexiones, de marcados componentes reivindicativos, hay que situarlo en Europa en el movimiento que se ha conocido como «querella de las mujeres».

El origen de esta controversia se remonta a comienzos del siglo XIV, con la figura de Christine de Pizan, nacida en Venecia en 1364. Su padre era físico y astrólogo y fue invitado por el rey Carlos V de Francia (llamado el Sabio) para ejercer funciones profesionales en la comitiva real. Christine pasó su infancia en la corte francesa. Se casó a los dieciséis años con Étienne du Castel, secretario de la corte. Se quedó viuda a los veinticinco, con tres hijos, y desarrolló una intensa vida intelectual apoyada por Margarita de Borgoña. A esta mujer le dedicó El libro de las tres virtudes (1407), aconsejándole lo que debía aprender y cómo debía comportarse. Entre su amplia obra destaca La ciudad de las damas (1405). Este texto abre la citada «querella de las mujeres» en la que Christine de Pizan se significaba en defensa de ellas frente a la misoginia manifestada por Jean de Meung en Roman de la Rose. Pizan, aparte de rechazar la aversión hacia la mujer, glosó toda una colección de heroínas del pasado.

Fue coetánea de Juana de Arco, que se erigió, para muchos, en el símbolo de la capacidad de la mujer para defender los intereses de la propia monarquía frente al enemigo. Juana de Arco murió quemada en 1431, un año después que Christine. La mujer emergía, por primera vez, en el espacio público y con una función política y social positiva. La veneciano-francesa luchó contra los arquetipos clásicamente negativos sobre aquellas. Construyó una ciudad imaginaria, poblada de mujeres intachables y políticamente relevantes. Pronto André Tiraqueau saltó al debate defendiendo la superioridad de los varones sobre las mujeres y subrayando la importancia del matrimonio, discurso que, con matices, reasumirían los erasmistas con notable ambigüedad.

Ciertamente, el desprecio hacia la mujer estaba muy institucionalizado en el tránsito del Medievo a la modernidad. Francesc Eiximenis, en el Llibre de les dones (escrito en torno a 1387 y 1392), partía del principio de que la mujer era «simple e ignorante». Baltasar de Castiglione en El cortesano (1528) asentaría la convicción, que se repitió reiteradamente, de que «las mujeres son animales imperfectos y por lo tanto de menos valor que los hombres. En ellas no caben las virtudes que caben en ellos. Cuando nace una mujer es falta y yerro de natura y contra su intención, como sucede en caso que nace ciego o cojo con algún otro defecto». Los estigmas de inferioridad biológica, moral o intelectual fueron lastres pesados para remover. En la monarquía, tanto de Castilla como de la Corona de Aragón, la «querella» o el debate sobre las mujeres tuvo un importante eco. A menudo, la intelectualidad masculina conjugó el halago retórico con la prevención a la mujer. Ahí están los Diego de Valera, Juan Rodríguez de la Cámara, Álvaro de Luna, Pere Torroella, Joan Roís de Corella… La sublimación del amor cortés, con toda su estética, se mezcló con el recelo sistemático hacia las herederas de Eva. Contra este pensamiento denigratorio, Teresa de Cartagena e Isabel de Villena pusieron el contrapunto al discurso establecido.

Teresa de Cartagena (1420-?), religiosa agustina de Burgos, escribió la Arboleda de los enfermos hacia 1481, obra bien valorada en su tiempo pero que se consideró que no podía haberla escrito una mujer. Ante los escépticos, ella respondió con la Admiración de las obras de Dios (1481), donde subrayaba que las críticas se habían producido porque «no es común que las mujeres escriban». La autora hacía toda una apología de la capacidad y libertad de las mujeres para escribir y hacer ciencia: «Algunos de los prudentes varones y también hembras discretas se maravillan o se han maravillado de un tratado que con la gracia divina administrada, mi flaco entendimiento femenino escribió mi mano (…). La causa es porque los varones se maravillan que mujer haya hecho tratado es por no ser acostumbrado en el estado femenino, aún solamente en el varonil». Esta agustina era descendiente de judíos conversos. Su abuela Juana había sido judía y su abuelo Salomo-Ha-Levi, converso convertido al cristianismo en 1390 con el nombre de Pablo de Santa María. Ella se formó en la Universidad de Salamanca. Curiosamente, escribió su obra a los treinta y cinco años, arrastrando veinte de sordera.

Isabel de Villena (1430-1490) fue una monja valenciana clarisa, hija natural de Enrique de Villena. Cambió su nombre originario de Elionor por Isabel cuando entró en el convento. Su Vita Christi es un resumen de la vida de Cristo, con especial énfasis en las santas femeninas (la Virgen María, santa Ana, María Magdalena…). Defendió, en todo momento, que el referente tenía que ser María y no Eva. La obra se publicó en Valencia, en 1497. Llegó a ser abadesa del convento de la Trinidad de aquella ciudad y durante su vida logró notoria popularidad. En Cataluña y en Valencia se han bautizado con su nombre múltiples instituciones, como bibliotecas o institutos.

Estas religiosas españolas incidieron directamente, desde nuestro país, en la «querella de las mujeres» abierta por Christine de Pizan, y en la religiosidad interior, la vía a través de la cual las mujeres encontraron reservas argumentales en defensa de sus valores. Será en el reinado de Isabel la Católica cuando, desde fuera de los conventos, empiecen a asumir un discurso en defensa de su identidad femenina.

Efectivamente, la primera generación de mujeres escritoras salió a la luz pública en el reinado de Isabel la Católica. Durante largo tiempo la única mujer famosa de esta generación fue Beatriz Galindo, la Latina. Salmantina, bautizada en la parroquia de San Román de Salamanca, su familia procedía de Zamora. Siempre tuvo fama de mujer virtuosa, discreta y sabia. Nació en el marco de una familia de hidalgos. Es posible que fuera hija de Martín González Galindo, caballero de Écija y comendador de la orden de Santiago, pero otras hipótesis apuntan como padre a Juan López Gricio. Realizó algunos estudios, no bien determinados, en la Universidad de Salamanca. A los dieciséis años dominaba bien el latín. Se casó en 1495 con Francisco Ramírez de Madrid, capitán de Artillería. Ramírez era viudo de Isabel de Oviedo. Luchó a favor de la reina Isabel en la guerra contra la Beltraneja. Por ello la reina le premió nombrándole alcaide de los alcázares de Sevilla. Llegó a ser regidor del consejo de Madrid y murió en 1501. Con él, Beatriz tuvo dos hijos y pronto fue nombrada «camarera» de la Reina Católica. La promoción política de Beatriz en la corte fue notable. Recibió 500.000 maravedís de la reina como dote y regalo de boda. Enseñó latín a la reina, a sus hijos y a otras damas. Apoyó la recién creada orden concepcionista, la preferida por la reina. Los hijos de Beatriz gozaron siempre de protección cortesana. Su primogénito Fernando fue paje del príncipe don Juan. Al enviudar, consiguió crear dos mayorazgos para sus hijos, aunque la administración de sus patrimonios fuera bastante deficiente. Beatriz se asentó en Madrid, desarrollando una buena promoción de la reforma educativa. Cuando murió la reina Isabel en 1504, fue una de las personas que acompañaron el cadáver hasta Granada para su entierro. Se dedicó entonces fundamentalmente a apoyar la carrera político-administrativa de sus hijos, intentando que su hijo mayor fuera regidor del consejo madrileño, cargo que no pudo ocupar su padre, y desde luego a promocionar la vida religiosa. Fundó un hospital en la calle Toledo de Madrid, que llevó a cabo una importante labor asistencial, especialmente en la atención a mujeres desvalidas. Este hospital ha sido conocido como «hospital de la Latina». Asimismo, fundó dos conventos. El primero, destinado a los jerónimos, tendría muchos problemas con el convento próximo de los franciscanos. Tras muchas presiones, tuvo que desplazarlo al arrabal de Santa Cruz. En 1512 fundó un nuevo recinto monástico, que sería de franciscanos bajo la nueva regla concepcionista y en el que se integraron las monjas del beaterio de San Pedro el Viejo.

Aunque nunca profesó en ninguna de las instituciones religiosas, se entregó plenamente a la organización y promoción de sus fundaciones, con especial atención al convento de la Concepción jerónima. Beatriz murió en 1535 dejando buenas dotes para sus nietos. En el museo Lázaro Galdiano de Madrid se conserva un retrato suyo procedente de este último monasterio. Curiosamente, no se conserva ninguna de sus obras escritas, ni siquiera su epistolario. Su testamento refleja su sensibilidad hacia la cultura humanística. Lope de Vega le dedicaría unos versos en La Jerusalén conquistada (1609). Al lado de Beatriz Galindo florecieron muchas mujeres que han sido etiquetadas como puellae doctae, bien estudiadas por Cristina Borreguero.

De la reina Isabel, Fernando del Pulgar escribió que era «una mujer muy aguda y discreta, hablaba muy bien y era de tan excelente ingenio, que en común de tantos y tan arduos negocios como tenía la gobernación de sus reinos, se dio al trabajo de aprender lenguas latinas y alcanzó en tiempo de un año saber en ellas tanto que entendía cualquier escritura o habla latina». Isabel leyó con delectación la obra de Christine Pizan, con la que compartía la admiración por Juana de Arco. Las hijas de la reina (Isabel, que fue reina de Portugal; Juana, conocida como la Loca; María, que fue también reina de Portugal, y Catalina de Inglaterra) destacaron por el cultivo de las humanidades. Catalina, en particular, fue íntima amiga de Juan Luis Vives.

Se ha considerado, tradicionalmente, que la primera mujer matriculada en una universidad española fue María Elena Maseras (médica y pedagoga), en 1876. Se ha dicho también que Concepción Arenal tuvo que vestirse de hombre para asistir a las clases universitarias. La verdad es que hoy se sabe de otras mujeres que pudieron ser precursoras en el acceso femenino a espacios académicos. Lucía de Medrano (1484-1524), cuya familia estuvo muy vinculada a la política de los Reyes Católicos y fue amiga de Lucio Marineo Sículo, posiblemente diera clases en la Universidad de Salamanca (su hermano Luis fue rector de esta universidad). También se considera que, en el mismo tiempo histórico, Juana Contreras ejerció allí como docente. Asimismo, pudo dar clases, en Alcalá, Francisca de Nebrija, hija del humanista Antonio de Nebrija, profesor de esta misma institución.

En el grupo de mujeres más próximas a Isabel la Católica también destacan personajes como Beatriz de Bobadilla, nacida en Medina del Campo (1440-1511), marquesa de Moya, casada con un mayordomo de palacio con el que tuvo nueve hijos y presunta alumna de Beatriz Galindo. Se le atribuye a Bobadilla la contribución al apoyo del proyecto colombino. En el mismo contexto brilla la poetisa Florencia Pinar, cuya obra fue incluida en el Cancionero general (1573) de Hernando del Castillo.

Otra corte que ofreció apoyo a las mujeres humanistas fue la de María de Portugal, hija de Manuel I de Portugal y de su tercera esposa Leonor de Austria. María fue un portento cultural con dominio extraordinario de lenguas. Convirtió su palacio en un maravilloso centro humanístico en el que resplandecieron las hermanas Luisa y Ángela Sigea, junto con las portuguesas Joana Vaz o Publia Hortensia de Castro. Al palacio se le llamó «universidad de mujeres».

Luisa Sigea, caracterizada por su dominio de lenguas, escribió un Diálogo entre dos jóvenes sobre la vida en la corte y la vida retirada (1552), obra en la que los personajes femeninos Blesila y Flaminia debaten sobre si la mujer debe cultivar el valor de la belleza. Blesila critica el culto excesivo del vestido. Flaminia subraya, en contraste, que «deben adornarse cuando se van a casar y complacer a sus futuros maridos. Después de casadas deben velar para que ni la suciedad ni la negligencia alejaran el ánimo de sus maridos».

También merece atención la corte virreinal valenciana de Germana de Foix, la viuda de Fernando el Católico, con sus siguientes maridos, el marqués de Brandemburgo y el duque de Calabria. En esta corte destacó como humanista Anna Cervató, que mantuvo correspondencia literaria con Lucio Marineo Sículo. La corte protectora de humanistas se prolongaría con Mencía de Mendoza, la segunda mujer del duque de Calabria.

Por último, quisiera hacerme eco aquí de una mujer que desarrolló su vida entre España y Portugal y que solo es conocida por su condición de «la viuda de Padilla», el líder comunero. Me refiero a María Pacheco (1496-1531), hija del conde de Tendilla, Íñigo López de Mendoza. Es famosa por su capacidad de prolongar la resistencia a Carlos V después de Villalar. Se casó con Juan de Padilla en 1511 a los quince años. Gobernó en solitario Toledo hasta la llegada del obispo Acuña, con el que se entendió mal. Mantuvo el sueño comunero de la España que no pudo ser. Una España continuista de la monarquía de Isabel la Católica, que se vio truncada por el confinamiento de Juana la Loca, a quien los comuneros intentaron convencer para que asumiera el poder frente a su hijo. A María algunos la llamaron «leona de Castilla» y otros, «tizón del reino». Financió por su cuenta la propia resistencia. Ni siquiera su hermano Luis Hurtado de Mendoza, partidario de Carlos V, logró cambiar su decisión. Tras múltiples peripecias logró huir a Portugal. Allí le apoyó el obispo de Braga y el de Oporto. Algunos cronistas, despectivamente, la llegaron a llamar «el marido de su marido». Murió en Portugal en 1531 sin haber solicitado el perdón real. Pero antes de su proyección política contra Carlos V dejó sentada la imagen de «muy docta en latín y griego y matemáticas y muy leída en las Sagradas Escrituras y en todo género de historia además de la poesía». Su propia trayectoria, de resistencia poscomunera, podría interpretarse como la traslación del feminismo cultural a la conciencia política. Durante el franquismo se rodó una famosa película: La leona de Castilla (1951), interpretada por Amparo Rivelles como María Pacheco y dirigida por Juan de Orduña. Fue todo un ejercicio de nostalgia de una época en vías de olvido. Carlos V, según algunos de sus biógrafos, precisamente, se caracterizó por su escasa sensibilidad hacia el mundo cultural femenino. La melancolía de su propia mujer Isabel de Portugal en su correspondencia así parece testimoniarlo.

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EL PADRE FRANCISCO DE VITORIA Y LA ESCUELA DE SALAMANCA

Se denomina escuela de Salamanca al grupo de profesores universitarios de Salamanca que desde los años veinte del siglo XVI y a lo largo de la centuria desarrollaron una labor intelectual extraordinaria, con un legado singular en diferentes frentes, un legado que se acostumbra a denominar «humanismo a la española». El padre Francisco de Vitoria, en primer lugar, junto con Domingo de Soto, Luis de Alcalá, Martín de Azpilicueta, Tomás de Mercado o Francisco Suárez, puede considerarse la mejor representación de esta tradición salmantina, que supo conjugar el tomismo tradicional con el nuevo orden social y económico.

En el ámbito teológico, la escuela procuró implantar la teología positiva, de carácter práctico, frente a la teología escolástica presuntamente teórica. Se buscó como referencia permanente la moralidad de los actos, que se antepuso a las interpretaciones probabilistas que postulaban los jesuitas. Se encontraron explicaciones del mal humano más allá de la providencia divina, generando debates entre jesuitas y dominicos en torno a la libertad del hombre y el ejercicio de la voluntad. Se sublimaron los derechos humanos a partir del derecho natural, lo que tendría gran proyección en la colonización del mundo indígena. Se defendió el concepto de soberanía popular a partir del consenso de voluntades libres. El derecho internacional quedó institucionalizado como derecho de gentes, que se concretan en el bien común. En el marco de la sociedad conflictiva del momento, la Escuela apostó claramente por defender la guerra justa, con las variantes de guerra preventiva y guerra de castigo.

En el escenario económico, se postuló una doctrina que promovía la legalidad del justiprecio, la libre circulación de las personas, la diferenciación de la propiedad privada y comunal, la teoría del valor, el sentido del interés y de los préstamos usurarios…

En el marco de la recién descubierta América, se planteó la legitimidad de la conquista, que daría lugar a los debates como el de la Junta de Valladolid entre Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas, con el análisis de los justos títulos que legitimaban la conquista.

La clave de las aportaciones de la Escuela radicó en el viraje teológico que significó el paso de utilizar como referente los cuatro libros de Sentencias (siglo XII) del teólogo escolástico Pedro Lombardo a usar como modelo a Santo Tomás y su Summa, escrita hacia el final de su vida (1274). Fue el tomismo y la readaptación de este a los grandes retos políticos y sociales que surgieron en Europa en las primeras décadas del siglo XVI lo que motivó el gran salto cualitativo de la Universidad de Salamanca, que buscó conjugar ortodoxia y modernidad.

El punto de partida del grupo, como he dicho, lo encarna ante todo el padre Vitoria. Francisco de Vitoria (1483-1548) nació en Burgos, hijo de Pedro de Vitoria, que pertenecía a un linaje nobiliario, y de Catalina de Campludo, de familia conversa, emparentada con la familia Cartagena. Ingresó en la orden de Predicadores en 1505, en el convento de San Pablo de Burgos. Tres años más tarde fue enviado a París, donde conoció a Luis Vives, estudió Artes y Teología e impartió clases en el Colegio de Saint-Jaques. En París, Vitoria estuvo muy influido por las tres corrientes intelectuales allí dominantes: el humanismo, el nominalismo y el tomismo. En contraste con su hermano Diego, no tuvo antipatías hacia el erasmismo; incluso, como ya destacó Luis Vives, fue afecto al humanismo holandés, lo que generó problemas en la relación fraterna. Asimismo, sin ser nunca nominalista, tuvo contactos positivos con Juan de Celaya, el francés Jacobo Almain y el irlandés Juan Mair. Y, de hecho, del nominalismo extrajo el aprecio por las ciencias físicas, el interés por la política y la profundización en la filosofía del derecho. La frontera con el nominalismo fue marcada por la idea de la superioridad del concilio sobre la propia jerarquía pontificia que reivindicaban los nominalistas y que él siempre quiso matizar. En cuanto al tomismo, sus referentes fueron Juan Feynier, Pedro Crockaert y Pedro de Bruselas.

Lo cierto es que Vitoria se licenció en París el 24 de marzo de 1522 tras una estancia francesa de quince años, y se doctoró en la universidad parisina el 27 de junio del mismo año. Tras pasar posiblemente por los Países Bajos, en 1523 se desplazó a Valladolid. Durante tres años ejerció la docencia en la cátedra de Teología de San Gregorio de Valladolid, y de allí pasó a la cátedra de Prima de Teología en Salamanca, con sus clases dirigidas a explicar la obra de Santo Tomás. Aquí cultivó relaciones con catedráticos de prestigio como Hernán Núñez de Guzmán, llamado el Pinciano, o el Comendador Griego, Juan Martínez Silíceo.

Durante la docencia de veinte años en Salamanca, de 1526 a 1546, en la que se dedicó a explicar la Summa de Santo Tomás, Vitoria dictó infinidad de lecciones ordinarias a sus alumnos y lecciones extraordinarias (las llamadas relectiones) plenas de reflexiones sobre el poder civil, el poder de la Iglesia, del papa, de los concilios y las Indias y el derecho de guerra. Sus lecciones siempre incidieron en temas de la máxima actualidad. La cuestión del matrimonio la abordó en el marco del problema del divorcio de Enrique VIII. Sus clases sobre la simonía se debieron al análisis del problema de la acumulación de beneficios eclesiásticos. Sus obras no fueron escritas para la impresión, pues se trata de textos recogidos por alumnos o secretarios a partir de sus lecciones y relectiones. La primera de ellas fue De silenti obligatione y las últimas, De Magia y De iure belli.

Para él, el buen funcionamiento de la economía se basaba en la libre circulación de personas, bienes e ideas. Potenció el libre comercio, que consideró lícito en tanto que servicio al bien común. Desarrolló la cuestión del precio justo basado en la escasez, lo que implicaba considerar la ley de la oferta y la demanda y asumir los costes de producción. Fue el primero en establecer la vinculación de los precios con la llegada del metal precioso americano. El interés por América se inició en el marco de su presencia en el Colegio de San Gregorio de Valladolid a través de las enseñanzas recibidas de Martínez de Paz, Miguel de Salamanca, obispo de Cuba, García de Loaysa, arzobispo de Sevilla y presidente del Consejo de Indias, y Juan Álvarez de Toledo, arzobispo de Santiago.

Respecto a la cuestión de los indígenas americanos, siempre consideró que estos poseían los mismos derechos que cualquier ser humano. Sus ideas fueron asumidas por la monarquía española y las leyes de Indias de 1542. Murió antes del gran debate en Valladolid entre Sepúlveda y Las Casas, pero sus argumentos estuvieron presentes en la polémica.

El problema respecto a los indígenas fue inicialmente una cuestión religiosa que pronto pasó a ser política, mientras el debate sobre la soberanía española se deslizó hacia la discusión sobre la legitimidad de la esclavitud y la guerra. El padre Vitoria, ante la polémica respecto a la presunta barbarie indígena, se pronunció por sustituir el concepto de servidumbre por el de tutela, al mismo tiempo que desvinculaba a la Iglesia de la responsabilidad de solucionar el problema. Esta postura descansaba en el reemplazo del concepto de cristiandad por el de comunidad internacional, y suponía que el papa no podía autorizar o legitimar guerras. Ello acabó conduciendo a aportaciones nuevas en el terreno de la relativización de culturas (Acosta, Sahagún) y más adelante en el pensamiento arbitrista (Cellorigo, Navarrete, Mercado, Suárez de Figueroa), lo que demuestra las consecuencias económicas que América representó para España.

Entre los títulos de conquista primaron las leyes naturales sobre las positivas. Vitoria considera siete de los títulos esgrimidos como ilegítimos: el emperador como dueño de la tierra, el papa como dueño del mundo, el derecho del descubrimiento, oposición a recibir la fe, vicios contra la naturaleza, sometimiento voluntario y devoción divina. En contraposición, plantea los derechos que considera legítimos: sociabilidad y comunicación natural, predicación del Evangelio, protección de los convertidos, poder indirecto del papa sobre los convertidos, protección y defensa de los inocentes, libre elección, defensa de los amigos y aliados, e ineptitud de los naturales para gobernar. La argumentación de Vitoria está llena de matizaciones. Su referente principal fue el Evangelio de San Mateo. Distingue entre licitud y convicción, y entiende la colonización como un protectorado cuyo fin es la promoción personal, cívica y religiosa. Considera que las decisiones políticas deben tener en cuenta un cierto relativismo: «mientras conste que les es conveniente», «mientras se encuentren en tal estado».

Respecto a la guerra, en su De iure belli, aunque defiende la guerra justa, siempre amó y buscó la paz, pretendiendo no la destrucción del enemigo, sino la justicia y ejercitar el triunfo con la moderación, asegurando siempre el principio de la proporcionalidad en las respuestas a las injurias recibidas.

El derecho internacional queda institucionalizado en De potestate civile. Contra el derecho divino de los reyes a gobernar, nunca aceptó que la religión justificara la guerra por el hecho de que los oponentes fueran no creyentes. Se opuso a todos los que reivindicaban el poder absoluto del rey y a los que defendían también el poder absoluto del papa. El rey no estaba sometido a la Iglesia y esta no necesitaba del discurso político para ampliar su misión. Los asuntos temporales están fuera de las competencias del sumo pontífice. Además, deja claro que el papa no ha de ser obedecido si las leyes son injustas. El cristiano ha de anteponer su conciencia a las disposiciones de la autoridad, sea civil o eclesiástica. Los obispos, en su diócesis, no tienen menos poder que el papa en las cosas de su ministerio y en relación con sus súbditos, aunque desde la conciencia de que el bien de la Iglesia colectiva ha de ser la norma superior de conducta.

Es curioso, como plantea Pena González, que hoy el padre Vitoria es considerado el autor hispánico más significativo del siglo XVI, dado que su producción impresa es escasa. Su figura contrasta con la del jesuita Francisco Suárez, que es menos recordado a pesar de contar con abundante obra impresa.

Es bien patente que la llamada escuela de Salamanca es, ante todo, una encrucijada de influencias y proyecciones, testimonio de la cúspide de la hegemonía del pensamiento católico en el que están implicadas todas las órdenes religiosas, desde los dominicos (Vitoria, Domingo de Soto, Melchor Cano, Bartolomé de Medina, Domingo Báñez), a los jesuitas (Francisco Suárez, Luis de Molina) o agustinos (Fray Luis de León). En el siglo XVII, este pensamiento será liderado especialmente por los jesuitas, que internacionalizarán el legado. En el siglo XVIII, el pensamiento dominico será recuperado y reivindicado por personajes como Gregorio Mayans. A finales del siglo XIX, el tomismo resucitará y la iniciación de la Universidad Pontificia de Salamanca en 1940 marcará un hito en la promoción del legado teológico y político de la escuela de Salamanca.

La mayor evocación de Vitoria se produce desde los años treinta del siglo XX hasta los años setenta, como reflejan las publicaciones del convento de dominicos de San Esteban en Salamanca, la colección Corpus Hispanorum de Pace del Consejo Superior de Investigaciones Científicas o la revista Archivo Teológico Granadino. En este marco, se publican los trabajos de Friedrich Stegmüller (1934) o Beltrán de Heredia (1932-35), que culminan con las ediciones de Pereña y Ustaroz.

De la trascendencia del pensamiento del padre Vitoria son buen reflejo los homenajes que se han hecho de su figura en la ONU. Significativamente, la sala del Consejo del Palacio de las Naciones lleva su nombre. José María Sert pintó en 1936 uno de los murales de esta sala representando a Francisco de Vitoria dando clases en la Universidad de Salamanca.

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HERNÁN CORTÉS Y LOS CONQUISTADORES

La valoración de la conquista de América por los españoles se ha convertido en los últimos años en el eje principal de las llamadas leyenda negra y leyenda rosa sobre E

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