Corrientes alternas. Antología de verso y prosa (Edición conmemorativa de la RAE y la ASALE)

Octavio Paz

Fragmento

Presentación

En el último Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), celebrado en Sevilla (España) en 2019, se aprobó la publicación de esta antología dedicada a Octavio Paz, que, bajo la coordinación general de la Presidencia de la ASALE y con la colaboración de la Academia Mexicana de la Lengua, lleva a cabo un recorrido integral por su obra, y cuya selección incluye todas las líneas de la producción del autor. Se rinde con ella el homenaje a uno de los más emblemáticos representantes de la literatura mexicana y universal.

Este nuevo título se une a los ya publicados en la colección académica de ediciones conmemorativas de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española inaugurada en 2004 con la del Quijote del IV Centenario —reeditada en 2015— y continuada con Cien años de soledad (2007), La región más transparente (2008), Pablo Neruda. Antología general (2010), Gabriela Mistral en verso y prosa (2010), La ciudad y los perros (2012), Rubén Darío. Del símbolo a la realidad (2016), La colmena (2016), Borges esencial (2017), Yo el Supremo (2017), Rayuela (2019), El Señor Presidente (2020), Martí en su universo. Una antología (2021) y Los ríos profundos (2023). Cabe destacar que, con la publicación de Octavio Paz, la colección recoge ya siete de los diez Premios Nobel de Literatura concedidos a las letras escritas en español.

La obra de Paz, caracterizada por una profunda reflexión, la riqueza lírica y la exploración de temas universales, ha sido considerada como una de las más influyentes de la lengua española del siglo XX. Abarca una amplia gama de temas, desde la poesía y la literatura hasta la política y la filosofía.

Paz fue un intelectual comprometido con el análisis crítico de la sociedad y la cultura, involucrado, además, en la política y la diplomacia. Fue embajador de México en India y en otros países, y su compromiso con la justicia social y la libertad se refleja en gran parte de su obra. Asimismo, jugó un papel fundamental en la promoción del diálogo entre diferentes culturas y corrientes literarias. Su obra muestra una sensibilidad hacia la diversidad cultural y la importancia de la comunicación entre diferentes tradiciones.

En 1990 la Academia Sueca le otorgó a Paz, «un escritor en español con una amplia perspectiva internacional», el Premio Nobel de Literatura por «su escritura apasionada y de amplios horizontes, caracterizada por la inteligencia sensorial y la integridad humanística». Además del máximo galardón a las letras a nivel mundial, ya había obtenido el reconocimiento mayor a las letras hispanoamericanas con el Premio Cervantes en 1981. En 1993 la revista Vuelta, fundada y dirigida por Octavio Paz, recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

El presente volumen, Corrientes alternas. Antología de verso y prosa, supone un dilatado recorrido por la obra de Octavio Paz que muestra una amplia visión de su creación y su pensamiento y puede convertirse en la primera aproximación a uno de los máximos representantes de las letras en español.

La antología, coordinada por Adolfo Castañón, secretario de la Academia Mexicana de la Lengua, como el resto de los títulos de la colección, se acompaña de una serie de estudios monográficos y breves ensayos. En esta ocasión, la edición se abre con un trabajo de Rodrigo Martínez Baracs —hijo del gran editor del Fondo de Cultura Económica José Luis Martínez, que fue también director de la Academia Mexicana de la Lengua— en el que se hace una profunda semblanza del autor y su obra a través de la gran amistad que unió a los dos intelectuales, al que continúa un completo y exhaustivo trabajo de mano de Adolfo Castañón sobre las ediciones de Octavio Paz que justifica, además, la selección y procedencia de los textos que integran esta antología.

Al final del volumen, y bajo el título «Horizontes de Octavio Paz», se recogen las colaboraciones de Luce López-Baralt, de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española; Roger Bartra, de la Academia Mexicana de la Lengua; la escritora y ensayista mexicana Malva Flores; y la escritora y ensayista francesa radicada en México Fabienne Bradu. Completan la edición una bibliografía, un glosario de voces utilizadas por el autor en las obras que componen esta antología y un índice onomástico.

A todos los autores de estos trabajos manifiestan su gratitud la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española. Agradecimiento especial merecen la Academia Mexicana de la Lengua, en particular la labor de su director, don Gonzalo Celorio, y su secretario, don Adolfo Castañón, junto a su equipo de colaboradores del Gabinete Editorial de la Academia Mexicana, la Comisión

Interacadémica de Publicaciones de la ASALE, así

como don Carlos Domínguez, responsable

de Publicaciones de la Real

Academia Española.

Octavio Paz

© Getty Images

RODRIGO MARTÍNEZ BARACS

OCTAVIO PAZ Y JOSÉ LUIS MARTÍNEZ:

LOS INICIOS DE UNA AMISTAD[*]

La amistad de Octavio Paz (1914-1998) y José Luis Martínez (1918-2007), que comenzó en 1939 y acabó en 1998, cuando falleció Paz, duró casi sesenta años. Su correspondencia epistolar conocida va de 1950 a 1990, cuarenta años, la que más tiempo duró de las correspondencias de Paz [Paz-Martínez, 2014]. Su relación estaba basada en el deslumbramiento de Martínez al conocer al joven poeta, al presenciar el desarrollo de sus facultades poéticas y su despliegue como ensayista, que depuró aún más su poesía. Adolfo Castañón escribió que Paz y Martínez «fueron amigos y tuvieron amigos, paisajes y afinidades en común: buscaron comprehenderse a lo largo del tiempo, compartían una curiosidad pluriversal, cada uno a su manera era versátil y estaba marcado por una voraz vocación artística y filosófica» [Castañón, 2014, 2021]. Difícil dar breve cuenta de una amistad larga y rica. Comenzaré por el inicio.

Probablemente los presentó la fotógrafa Lola Álvarez Bravo (1907-1993), que se encargó de civilizar y erotizar al joven José Luis, aspirante a escritor llegado en 1937 a la ciudad de México después de estudiar en Zapotlán y en Guadalajara, Jalisco. Por influencia de su padre, el doctor Juan Martínez Reynaga (1888-1962), inició estudios de medicina, pero se dedicó también, con sus amigos Alí Chumacero (1918-2010) y Jorge González Durán (1918-1986), a leer de manera sistemática lo más y mejor que pudieron de literatura mexicana y europea; asistieron a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México y comenzaron a escribir poesía y ensayo. José Luis, Alí y Jorge se integraron a las tertulias del café París, en la calle de 5 de Mayo, y se veían frecuentemente con Paz, quien recordaría: «los veía a menudo, casi todos los días» [Paz, 1988: 17-20; Castañón, 2016: 452].

Veinte años más tarde, en 1959, en una conferencia dictada en la Sala Ponce del Palacio de Bellas Artes, Martínez dio una «imagen primera del poeta» que conoció en 1939:

Aquel Octavio Paz de veinticinco años, ya autor de Luna silvestre [1933], Raíz del hombre [1937] y Bajo tu clara sombra [1937], que conocí hace veinte años en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes, era el mismo que el amigo que despedimos hace poco, en viaje diplomático a París. El mismo apasionado, distraído, discutidor, curioso lector, un poco perdido y confundido en este mundo en que siempre parece un recién llegado. Ni sus venturas y desventuras ni sus viajes a todos los extremos del mundo ni su prestigio, nada ha hecho mudar su rostro algo infantil, su ánimo para buscar la sorpresa, su incapacidad para protegerse, su facilidad para los entusiasmos o las condenaciones repentinas. Acaso por todo esto, porque para él siempre han sido verdad total aquellos versos de Quevedo que puso como epígrafe de uno de sus libros: «Nada me desengaña, el mundo me ha hechizado», por todo esto es Octavio un poeta en el sentido estricto y cabal de la palabra, un poeta, solo un poeta. En aquellos años frecuenté mucho a Octavio en su casa, en el café y en reuniones de amigos, y nunca llegué a saber cuándo escribía. Excepto las horas en que debía ganarse la vida contando billetes de banco viejos [1938-1942], parecía tener siempre tiempo libre para conversar. En la época del Café París, a menudo salíamos de allí juntos para caminar por el costado de la Alameda en el crepúsculo del Valle, y de pronto, por virtud de algún estímulo secreto, la conversación se convertía en monólogo de Octavio, distraído e iluminado, que hablaba de los viejos muros de la ciudad, de las nubes, de la luz del atardecer, de las altas frondas, y era ya solo el gran lírico que trasmutaba en poesía cuanto tocaba. Durante el tiempo en que teóricamente estuvimos en guerra con las potencias del Eje [1942-1945], se decidió militarizar a los empleados públicos, y por ello debíamos ir a hacer prácticas al bosque de Chapultepec por las mañanas. Solía marchar al lado de Octavio, para aliviar de alguna manera los rigores de la desmañanada y la severidad marcial, y a Octavio volvían a transfigurarlo las bellezas del bosque matinal y se olvidaba de seguir la fila. Un grito destemplado del sargento lo derrumbaba y humillaba, hasta que optó por desertar, así lo fusilaran o perdiésemos la guerra [Martínez, 1959, 1980; Santí, 2009: 27-30].

LOS PRIMEROS RECONOCIMIENTOS DEL POETA

Durante sus primeros años como escritor, Martínez probó su camino en la poesía [Martínez, 2008]. Bajo el embrujo de Lola Álvarez Bravo, escribió poemas de amor intenso y alucinado. Pero, según explicó después, deslumbrado por Paz, en 1941 decidió abandonar la poesía y dedicarse a la crítica y a la historia literarias, que trató con el mismo rigor con que se trata la poesía, como lo observó Enrique Krauze [2007]. No sé en qué medida Lola haya influido en su decisión, pero al fotografiar a Martínez lo mostró en su esencia: sentado vestido de traje, con su pipa, revisando una tesis de El Colegio de México, leyéndola pausadamente, con elegancia, gusto y sentido crítico. Por este campo y camino, desarrolló un fino oído e instinto literarios que le permitieron ser uno de los primeros en advertir la calidad excepcional de la poesía de Paz.

El primero en reconocer a Paz, de diecisiete años, en 1931, fue el poeta Bernardo Ortiz de Montellano (1899-1949), en el último número de la revista Contemporáneos (1928-1931), quien supo distinguir la inspiración poética de la generación de Paz y de la revista Barandal (1931-1932). Y en febrero de 1937 Jorge Cuesta (1903-1942) hizo una reseña —«notable por su clarividencia», escribiría Martínez [Martínez-Domínguez, 1995: 71]— de Raíz del hombre [Cuesta, 1937]. Dice Cuesta que poco antes había conocido al entonces joven de veinte años en el que «tuve que advertir la sinceridad apasionada con que sentía inquietudes intelectuales»; y después de la lectura de Raíz del hombre, su primer libro formal, sentencia: «Ahora estoy seguro de que Octavio Paz tiene porvenir». A partir de entonces Paz mantuvo una relación cercana con los poetas del grupo Contemporáneos, pese a que el 27 de abril de 1937 se expresó en términos duros sobre estos en sus cartas a su futura esposa Elena Garro (1916-1998) escritas en Mérida, en plena fase de fe comunista [Paz, 2021: 332].

Después de la apreciación de Cuesta de 1937, me parece que el siguiente reconocimiento de la importancia de Paz como poeta es el de Martínez, de mayo de 1941, en la revista Letras de México que dirigía Octavio G. Barreda (18971964), en una reseña del recién aparecido poema Entre la piedra y la flor [Paz, 1941]. Poco después, el escritor yucateco Ermilo Abreu Gómez (1894-1971) publicó una reseña de ese poema, que vio nacer durante la estancia de Paz en Yucatán de marzo a mayo de 1937, en la revista Tierra Nueva (1940-1942), que dirigía Martínez con sus amigos Chumacero, González Durán y el filósofo Leopoldo Zea (1912-2004) [Abreu, 1941]. En su reseña, Martínez mostró la temprana y ya deslumbrante evolución de la poesía de Paz:

Octavio Paz, ya lo sabemos, es el primer poeta y la más cierta realidad de nuestra juventud. Su camino poético, a partir de «Raíz del hombre» (1937), no ha tenido un solo momento de desmayo. Nada en él ha sido tan palpable como su voluntad de realizar una poesía, desde su puro y estricto mundo, con sus recursos y sus formas originarias, fuera de toda facilidad y moda ajenas a su personal maduración.

Preocupado por el destino y la condición de la poesía mexicana, abandonada secularmente al curso de una corriente que siempre le fue extraña; con la firme vocación a la poesía entrañable, cuya voz no podían expresar cabalmente sino los poetas de su misma sangre y de su misma tierra que solo se ocupaban de armar una poesía «cosmopolita»; dueño de una altura espiritual arisca y orgullosa, que le permitía quedarse solo para gritar desde su soledad su opaco pero verdadero grito, Octavio Paz ha podido ser para nosotros la voz de la poesía viva y la esperanza de una voz universal de lo mexicano.

«Raíz del hombre» descubre para la sensibilidad mexicana el mundo del amor. Un amor ciego y oscuro, arrebatado y animal, que sentimos desde entonces reptando entre nuestra sangre, animándola y enfureciéndola. La poesía que Octavio Paz publica posteriormente continúa y matiza esta dirección (Taller, IV y X) [Paz, 1939a; 1939b], o bien se aventura por otros espacios. Algunos poemas de los que publica durante su estancia en España y los recientemente recogidos en Sur, número 74 [Paz, 1940a: 36-42], tienen un aliento hacia la naturaleza, un primero y suave afán amoroso. Los poetas del romanticismo inglés y alemán se transparentan en esta segunda manera, así como el gran inspirador de la primera era el novelista Lawrence. El mejor camino para la expresión del sueño y de la lumbre interiores es la naturaleza. Su pasión, quieta y concentrada, trasluce y simboliza la propia.

Pero, si en esta etapa poética, la naturaleza era aún apenas un blando espejo que traducía en cifras vegetales la pasión del poeta, en su último poema publicado («Entre la piedra y la flor»), Octavio Paz se echa de lleno a la aventura de penetrar y revelar, con plena categoría poética, una realidad mexicana. Ha escrito un poema sobre el henequén yucateco y ha hablado en poesía desde dentro de la planta para expresar su crecimiento arduo y seco, su pasión de ceniza y piedra viva, tal el crecimiento sordo y rencoroso de México y lo mexicano. La naturaleza ha dejado de ser escenario, para ser enardecido actor de nuestro destino. Por ello «Entre la piedra y la flor» da un cierto paso, ya seguro, hacia una poesía mexicana auténtica y no nacional ni cosmopolita, porque se profiere desde México y en México, y México no es en ella el tópico pintoresco ni revolucionario sino la eternidad y la aspereza de un destino [Martínez, 1941b].

Martínez, por lo demás, no se presenta como descubridor del genio de Paz, pues inicia su nota diciendo que es algo que ya muchos comparten: «ya lo sabemos». El propio Paz, al presentar un currículum para obtener la beca Guggenheim el 19 de enero de 1943, citó a los varios autores que para entonces habían escrito sobre su obra poética: Rafael Heliodoro Valle, en 1933; Efraín Huerta, en 1936; Bernardo Ortiz de Montellano, Jorge Cuesta, Rafael Heliodoro Valle, Pedro Gringoire, Elías Nandino, Rubén Salazar Mallén, Antonio Acevedo Escobedo, Enrique Ramírez y Ramírez, Efraín Huerta, Rafael Alberti, Juan Gil-Albert, en 1937; Rafael Solana, en 1938; Manuel Maples Arce, en 1940; José Luis Martínez, Ermilo Abreu Gómez, Rafael del Río en 1941; Rafael del Río, Alí Chumacero, en 1942; Juan Gil-Albert, en 1943 [Sheridan, 2020].

Pero en su reseña Martínez describe con una precisión antes no lograda lo específico y novedoso de sus primeras estaciones poéticas. Poco después, en enero de 1942, en un «Esquema de un año de literatura mexicana», señaló:

El henequén del pueblo maya, la tierra, el cielo y el hombre que lo laboran, dieron motivo a Octavio Paz, para su hermoso poema Entre la piedra y la flor. El cálido sentimiento de la naturaleza y esa noble y generosa consistencia humana que caracterizan su poesía, convergen también, en este poema, unidos a otra meditación original: el hombre [Martínez, 1942a].

Cuando Paz cumplió setenta años, el 30 de marzo de 1984, Martínez le escribió una carta congratulatoria en la que rememoró:

He recordado obsesivamente una noche allá por los primeros cuarentas, en casa de Paco [Peláez, el escritor Francisco Tario (1911-1977)] y Carmen Peláez, calle de Etla, en la que, ya muy tarde, grabamos un disco —en aquel raro aparato que tenía Paco para grabar con una aguja que iba sacando una espiral negra del disco. Tú debes haber dicho un poema y, antes o en seguida, como presentación dije que serías nuestro mayor poeta, por razones que no recuerdo. ¡Ay, desde aquella noche han pasado ya sobre nosotros más de cuarenta años! [Paz-Martínez, 2014: 131].

Entre 1940 y 1942, Martínez dirigió, junto con Chumacero, González Durán y Zea, como vimos, Tierra Nueva. Revista de Letras Universitarias, que Christopher Domínguez considera la «hermana menor de Taller» de Paz (y Alberto Quintero Álvarez, Rafael Solana y Efraín Huerta) [Domínguez, 2014: 893; Sheridan, 2019: 291-292; la mayor parte de las revistas mencionadas pueden consultarse en Martínez, 1977-1982]. Paz publicó tres veces en Tierra Nueva, particularmente en mayo-agosto de 1941, una reedición en plaquette de Bajo tu clara sombra, 1935-1938, con viñetas de Julio Prieto (1912-1977). Y Martínez fue el primero en incluir a Paz en una antología poética, en 1942, un pequeño florilegio titulado Narciso. Poéticas mexicanas modernas, también en Tierra Nueva [Paz, 1942b].

Martínez escogió en Narciso un poema de cada uno de los antologados, en el que expone su poética personal: Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895), Manuel José Othón (18581906), Ramón López Velarde (1888-1921) (unos bien escogidos «Fragmentos»), Salvador Díaz Mirón (1853-1928), Enrique González Martínez (1871-1952), Carlos Pellicer (1897-1977), José Gorostiza (1901-1973), Jaime Torres Bodet (1902-1974), Xavier Villaurrutia, Salvador Novo (1904-1974) y finalmente el joven Paz, con el poema titulado «La poesía», escrito en «Abril 14 y 15 de 1941». En la nota introductoria, Martínez se refiere a «esa encarnación total y esa lucha ansiosa y amorosa que revela Octavio Paz». Menciono que, sorpresivamente, el florilegio Narciso no incluye a Alfonso Reyes (1889-1959), el gran maestro de Martínez.

Uno de los poemas de Paz que a Martínez más le gustaba era «Delicia», escrito el 12 y el 13 de diciembre de 1941 cuando el poeta sufría el árido y mal pagado trabajo en la Comisión Nacional Bancaria (de 1938 a 1942). Se publicó en Letras de México el 15 de enero de 1942 y después en A la orilla del mundo, México, ARS, 1942. Paz modificó «Delicia» en la edición de Libertad bajo palabra del Fondo de Cultura Económica, de 1960 y 1968, y nuevamente lo modificó y lo dedicó «A José Luis Martínez» en la edición de sus Poemas (1935-1975), publicado en 1979 por Seix Barral en Barcelona. Paz le mandó a Martínez el manuscrito de esta última versión en una carta del 26 de junio de 1979, a la que contestó Martínez el 16 de julio con una carta en la que analizó las tres versiones del poema «Delicia» y confesó su preferencia por la primera [Paz-Martínez, 2014: 115-118, 197 y 135-140; Castañón, 2014: 278-303].

En octubre de ese mismo año de 1942, Martínez publicó en el periódico Excélsior una aguda apreciación de la generación de la revista Taller (1938-1941) y particularmente de la poesía de Paz, que ese mismo año publicó el nuevo libro A la orilla del mundo [Paz, 1942b]:

Octavio Paz fue reconocido desde el principio y por sus mismos compañeros, como el más poeta de su grupo. Cada uno de sus poemas se encargó luego de confirmar tal primacía que decidió se le confiriera la dirección de su revista. A una cultura de curiosidades más universales y violentas que la de sus compañeros, a una vocación total y absorbente por la poesía, sumaba Octavio Paz una admirable fuerza lírica. Su primer libro (el que él ha aceptado tomar por tal) Raíz del hombre (1937) fue una clara revelación cuya importancia aceptaron aun los nada efusivos poetas que lo precedían. El erotismo como fuerza poética, que había sido notoriamente relegado por los poetas del grupo inmediato anterior, volvía en el libro de Paz inflamado con un impetuoso ardor juvenil expresado en un lenguaje poético que podía afirmar, al lado de los imprescindibles ecos de otras poéticas, un tono original y acusadamente personal. La pasión presidía la expresión poética de Octavio Paz, indudablemente, pero al mismo tiempo, la riqueza de sus recursos líricos y su conciencia literaria la reducían a formas vigilantes.

Después de Raíz del hombre el joven poeta continuó ofreciendo a los lectores de poesía algunos pequeños cuadernos, así como anticipos aparecidos en revistas literarias mexicanas y sudamericanas. Pero solo la recopilación reciente puede mostrarnos con mayor precisión el paisaje de su poesía. La lectura de A la orilla del mundo, a quien conociera solamente el primer libro del poeta, le daría el goce de la comunión con una lírica que, sin ninguna desviación ni caída, ha ido puliendo paso a paso sus propias virtudes. El ámbito de la intimidad del poeta, que es la habitual circunscripción de nuestra lírica, se vierte en Octavio Paz hacia el mundo para pedirle el sentido de su existencia. Así enciende, al tocarlas con su lenguaje, una a una las criaturas de la tierra perseguidas amorosamente. La sensualidad es la sustancia de este amor que, luego de anegarse en el misterio de la carne, se desploma al mundo todo. El amor en la frontera de la muerte; el amor como una apasionada pregunta al destino, preside su poesía. La autenticidad de su lirismo le ha impedido felizmente realizar esas pequeñas academias sobre motivos más literarios y retóricos que poéticos, que son el tema de buena parte de nuestra poesía actual. Y así los temas que su poesía toca han vivido profundamente de su conciencia o se han hincado en su sensibilidad, antes de fijarlos en vasos poéticos. Ante esta fuerza lírica, ante esta riqueza de sus posibilidades, ante la vigilante conciencia con que se realizan los poemas de Octavio Paz, un libro como el que recientemente ha publicado fija ya la aparición de un poeta mexicano. Los titubeos, las resonancias ajenas, han quedado oscurecidas ante la propia vena lírica del poeta que ya es el creador de un tono y un lenguaje cuya altura lo iguala con nuestros mejores poetas mexicanos. Sin duda, no es este aún el libro definitivo de Octavio Paz, pero sí es ya el anuncio de un inminente gran poeta.

En enero del año siguiente de 1943, en un panorama sobre «La literatura mexicana en 1942», al referirse a la poesía, después de mencionar Bajo el signo mortal, de Enrique González Martínez, José Luis Martínez se refiere a Paz:

Un acento personalísimo e intenso, una riqueza poética inusitada y una plenitud lírica solo equiparable a la de algunos grandes nombres de la poesía mexicana, patentiza Octavio Paz en su reciente obra con la que da un firme paso en una carrera poética que llegará sin duda muy lejos [Martínez, 1943b: 9-10].

En 1943, comenzó a aparecer la revista El Hijo Pródigo, dirigida por Barreda, en la que, recuerda Paz, «nos reunimos escritores de dos generaciones y tres revistas: Contemporáneos, Taller y Tierra Nueva. Fue una tentativa más rigurosa [que la de Letras de México] para preservar la independencia de la literatura» [Domínguez, 2014: 176-177]. Y Christopher Domínguez cita a Sheridan, según el cual las reseñas a cargo de Paz, Martínez, Chumacero y César Moro «tienen un nivel de rigor, justicia y energía que sería difícil volver a encontrar en otras revistas anteriores o posteriores» [Sheridan, 2004: 419]. Sin embargo, debido al trabajo de Martínez como secretario particular de Jaime Torres Bodet, secretario de Educación Pública, de fines de 1943 hasta 1946, su participación en El Hijo Pródigo no fue tan abundante como la que había tenido en Letras de México y Tierra Nueva.

LA TRIFULCA DE PAZ Y NERUDA

En estos años se produjo el conflicto entre Paz y el poeta chileno Pablo Neruda (1904-1973). Al llegar a México en 1940, Neruda alteró la vida del mundo intelectual mexicano, marcado por la presencia de los transterrados españoles. Entró en conflicto con el influyente escritor madrileño José Bergamín (1895-1983) y pidió no ser incluido en la gran antología de poesía hispanoamericana Laurel, publicada por la editorial Séneca, de Bergamín, y atacó a los editores y poetas participantes, incluyendo a Paz, a quien reclamó por publicar a Bergamín en las revistas Taller [Bergamín, 1939a, 1939b, 1940] y El Hijo Pródigo.

Martínez trató de reconciliarlos y animó a Paz a acudir el 27 de septiembre de 1941 al homenaje que se le rendía a Neruda en el Club Asturiano. Tras la cena y los discursos, Paz se formó para felicitar a Neruda, quien había bebido y le dijo que tenía la camisa más blanca que su consciencia, por su amistad con Bergamín, la antología Laurel y otras cosas. Las cosas se calentaron y llegaron a los jaloneos y golpes. Carlos Pellicer repetía: «Pero Pablo, pero Pablo». Dos españoles agredieron a Paz pero lo defendió José Iturriaga (1914-2011), bueno para los cates. El poeta González Martínez se lo llevó a una boîte de moda a tomarse unas medias de seda, junto con Martínez y Chumacero, donde se quedaron hasta el amanecer [Domínguez, 2014: 172-173; Adame, 2020: 74-79].

Las cosas se calmaron por un tiempo, pero Neruda se fue de México en 1943 y antes de hacerlo se refirió a la falta de «moral civil» de los poetas mexicanos. Contestaron el propio Paz («Respuesta a un cónsul»), así como Martínez («Despedida»), ambos en la revista Letras de México, el 15 de agosto de 1943. Martínez —que firma su nota J. L. M., como representando a la redacción de la revista que dirigía Barreda— resumió el agravio:

Pablo Neruda, en vísperas de abandonar nuestro país, nos depara una cariñosa despedida: cree que los «agrónomos y los pintores son lo mejor de México actual» y considera «que en poesía hay una absoluta desorientación y una falta de moral civil que realmente impresiona».

Tanto Paz como Martínez defendieron la literatura mexicana que el poeta chileno despreciaba e ignoraba y criticaron la politización de la poesía de Neruda, que lo llevaba a «rugientes denuestos» y a la «repetición de los lugares comunes de su propia poesía», que «desnaturalizaban la poesía», como escribió Martínez. Y Paz escribió que «muchas veces no se sabe si habla el funcionario o el poeta, el amigo o el político. Acaso él tampoco lo sepa con claridad». Cuestionó: «El político Neruda encuentra que la obra de los agrónomos mexicanos es grandiosa. No todos los campesinos piensan lo mismo. Tampoco lo piensan esos escritores que admira. El luto humano, la novela de José Revueltas, es una crítica despiadada a las torpezas y equivocaciones de la política agraria mexicana». Y remató: «Neruda no representa a la Revolución de Octubre; lo que nos separa de su persona no son las convicciones políticas, sino, simplemente, la vanidad... y el sueldo».

Con el paso de los años, Paz y Neruda se reconciliaron en el festival de poesía de Londres de 1967 [Domínguez, 2014: 906], pero Martínez nunca logró volver a acercarse al poeta chileno.

MENTIRA Y VERDAD DE MÉXICO

Ese mismo mes de agosto de 1943, Paz obtuvo la beca Guggenheim y a fin de año viajó a San Francisco, California, donde permanecerá, allí y en la vecina ciudad de Berkeley, hasta fines de 1945, cuando ingresó al Servicio Exterior Mexicano y se embarcó rumbo a París [Domínguez, 2014: 893-895]. Durante su estancia en San Francisco y Berkeley escribió varias cartas a su amigo Octavio G. Barreda, el poeta, crítico y editor de las revistas Letras de México (19371947) y El Hijo Pródigo (1943-1946), en las que participaban Paz y Martínez y escritores de una confluencia de generaciones. Guillermo Sheridan dio a conocer y comentó estas cartas en el segundo tomo de sus Ensayos sobre la vida de Octavio Paz [Sheridan, 2015: 77-120]. En una de ellas, la del 8 de febrero de 1944, Paz le mandó a Barreda un texto de cuatro páginas mecanoescritas a renglón seguido en las que asentó un «sueño», un estrambótico mural carnavalesco sobre la vida política y cultural mexicana, para que se lo leyera a los amigos de El Hijo Pródigo. Este sueño, comenta Sheridan, «deberá figurar algún día en un volumen de escritos no coleccionados» de Paz.

Martínez aparece en el «sueño» como gran maestro de ceremonias, que enciende su pipa con unos poemas de Alí Chumacero y de Gilberto Owen (1904-1952) y pide serenidad a la concurrencia para conducirla al Zócalo, donde se oficiaría la ceremonia. Entre los regalos raros que le fueron entregados a Jaime Torres Bodet, nuevo ministro de Educación Pública (1943-1946), a quien Paz no quería [Sheridan, 2015: 94], las «alegres comadres del café París» le entregaron un espejito mágico como el de la madrastra de Blanca Nieves, «con la particularidad de que cada vez que Jaime se ve en el espejo y le pregunta: ¿Quién soy yo?, aparece en el cristal el gemelo y juvenil rostro de José Luis Martínez».

Martínez, como vimos, había ingresado a trabajar como secretario particular de Torres Bodet, secretario de Educación Pública, lo cual desaprobó Paz, quien consideraba que al hacerlo se había integrado a «la mentira de México» [Sheridan, 2015: 113]. Un mes después de enviado su «sueño» a Barreda, Paz se arrepintió en una carta del 12 de marzo de 1944, sobre todo por remordimiento por las menciones a su amigo José Luis, «a quien estimo y quiero». Todo no era más que una broma, con algunas caricaturas merecidas, como la de Diego Rivera, «¿Pero por qué molestar, con injusticia y mala fe, a José Luis?»

Paz contestó su propia pregunta diciendo que tal vez era una «manía» suya, o que José Luis «atrae —San Sebastián de la literatura— todas las flechas». Explicó:

Es que en José Luis hay dos personas: el amigo cordial, el escritor inteligente, la persona generosa que yo estimo y quiero; y el joven que hace carrera, que va detrás «de la diosa perra del éxito», como dice Lawrence. Sus éxitos me exasperan, no sé si por envidia o mezquindad de alma, o porque semejantes triunfos comprometen la otra imagen, más íntima y real, más querida, que todos tenemos de su persona. En fin, quisiera saber si conoce la carta y si me guarda rencor, porque me duele haber sido injusto e intolerante y sentiría mucho perder su estimación... [Sheridan, 2015: 114-115].

Martínez bien pudo conocer el «sueño» de Paz, tal vez se lo leyó entre risas Barreda, y no creo que se lo haya tomado a mal a su amigo. Sheridan comenta que Paz fue injusto con Martínez, pues este lo defendió en su trifulca con Neruda y porque el propio Paz ingresaría poco después, en 1945, al Servicio Exterior Mexicano. Pero ni Paz ni Sheridan entendieron el significado para Martínez de entrar a trabajar en la SEP con Torres Bodet, muy lejos de la supuesta «mentira de México».

Años después, en la citada conferencia de 1959 sobre su «trato con escritores», Martínez recordaría que los años de trabajo con Torres Bodet «fueron para mí un aprendizaje fundamental. Trabajar al lado de una mente tan disciplinada, de pensamiento tan lúcido y de tan ejercitado rigor en la organización de su vida fue, en efecto, un privilegio». Torres Bodet «era y es la máquina humana más precisa y de mayor potencia para el trabajo intelectual que hasta entonces hubiera conocido».

Cuando Torres Bodet fue designado secretario de Educación se habían dado a conocer estadísticas que mostraban que la mitad de la población mexicana no sabía leer ni escribir, en su mayor parte en las zonas marginales e indígenas. El 21 de agosto de 1944, el presidente Manuel Ávila Camacho (1897-1955) promulgó la Ley de Emergencia por medio de la cual se estableció la Campaña Nacional contra el Analfabetismo. Al enfrentar este reto educativo, Torres Bodet mostró su capacidad ejecutiva al servicio de una «visión social del servicio público», que aprendió en sus años de trabajo con José Vasconcelos (1882-1959) en la UNAM y en la SEP (1921-1924) [Loyo, 2011; Rangel, 2011].

Martínez heredó de Torres Bodet, y también de Agustín Yáñez, la conciencia, de raigambre decimonónica, de que en un país como México no basta con ser escritor, que todo hombre culto tiene la obligación moral de dar todo lo que pueda a la sociedad como servidor público [Martínez Baracs, 2018: 5]. Cabe agregar que, por intermediación de Martínez, Paz recibía de la SEP desde 1943 un sueldo mensual de 96 pesos por una plaza de seis horas/semana, comisionado por la SEP en los Estados Unidos, más una ayuda de 250 dólares a su esposa Elena Garro, que permaneció en la ciudad de México con su familia [Paz, 2021: 363].

A fines de 1944, sin embargo, Elena le pidió a Octavio que no le escribiese a Martínez. El 27 de noviembre Octavio le contestó: «En tus cartas no me hablas para nada de [Rafael] López [Malo.] ¿Qué dice? En cuanto a José Luis y demás no tengas cuidado: ni les he pedido nada personal, ni les he escrito, ni les escribiré». Y el 2 de diciembre le escribió: «solo te diré que no le he escrito nunca a Martínez, de modo que no entiendo tu frase: “no le vuelvas a escribir a J. L. M.”» [Paz, 2021: 384, 388 y 393]. Tal vez a Elena le disgustaba que Martínez se hubiese casado hacía poco, el 26 de septiembre, con su prima Amalia Hernández Navarro (1917-2000), la bailarina y coreógrafa, que había estado casada con Rafael López Malo, compañero de Paz desde la Escuela Nacional Preparatoria y en las revistas Barandal (1931-1932) y Cuadernos del Valle de México (1933-1934), e hijo del escritor Rafael López (1873-1943), director del Archivo General de la Nación cuando Paz trabaj

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