Amor y asco

Bebi Fernández

Fragmento

Introito

Mientras el cielo nocturno se ofrece y se comprime noche tras noche sobre nuestras cabezas, a este mono-hábil del siglo XXI parece no importarle demasiado. El ser humano ya no mira al cielo buscando enigmáticas respuestas en el universo. Ha cambiado. Ahora mira hacia abajo con obstinada tozudez, hacia la pantalla de un dispositivo móvil electrónico. Y todo esto ocurre a kilómetros de distancia de la razón. En un mundo anónimo y paralelo: el de las redes sociales en la era digital.

Es difícil definirla.

Indescifrable para las miradas que ya se hayan civilizado demasiado. Porque cuando alguien se muestra al mundo sin artificios, con la descarnada y descarada desnudez con la que ella lo hace, siempre nos deja intuir algo más. Una artista con un corazón inquieto y feroz, capaz de devorar a cualquiera.

Me siento en el suelo y abro su libro por cualquier página, como a mí me gusta. Me atrapa de forma casi instantánea desde las primeras palabras, con las que definitivamente no contaba. Automáticamente, después del primer shock químico-cerebral, emergen dos reacciones dentro de mí: la que se impacienta y sale inmediatamente a contar a todo el mundo todo lo que me ha hecho sentir, y la del egoísta inmaduro que no desea bajo ningún concepto que nadie descubra su puerta secreta, su particular universo oculto de emociones.

Bebi. Y su cuenta de Twitter. Una de las cuentas anónimas más influyentes del país. Toda una auténtica heroína generacional.

Asomarse al borde de sus acantilados emocionales supone un acto tan valiente como suicida y de irreverencia social al mismo tiempo. Por ello sé que lo que tengo hoy entre las manos para mí (y seguramente para muchos de vosotros) no es exactamente un libro.

Es otra cosa muy distinta.

Es un diálogo íntimo. Un beso secreto, obsceno y desaliñado en la profundidad de nuestra mente. Un intercambio de deseos moribundos, ilusiones crípticas, lágrimas de cañón, sueños oxidados, monstruos de estar por casa y pesadillas. La cabeza arrancada de una muñeca descolorida y sucia en el jardín de una propiedad privada que lleva años en venta. No puedes evitar ensuciarte, mancharte con su extrema personalidad. Y yo no puedo entender el arte de otra manera. Crudo. Contradictorio. Intimidatorio por su violencia y paranoia existencial, que por momentos se intuye autobiográfica. Inocente y procaz al mismo tiempo. Cualidades aparentemente antagónicas, pero que en su obra cobran un vasto sentido homogéneo.

Si hay algo de lo que estoy completamente seguro es de que Bebi será una artista de culto y veneración en el futuro, independientemente de los fracasos o éxitos comerciales que obtenga en el cada vez más complicado circo literario. Y eso ocurrirá apenas unas horas después de que salgamos de nuestra supina imbecilidad y comencemos a abrir la mente, a derribar conceptos erróneos impuestos por unos medios de edición artística que prefieren nutrirse del pasado, instalados en la comodidad y con poca o ninguna disposición, a prestar oportunidades a las nuevas formas de expresión. Tachándolos prematuramente de superficiales o irrelevantes.

Los verdaderos artistas siempre han ido muchos años por delante, pagando un precio en ocasiones demasiado alto. La historia está repleta de ejemplos. Por ello quiero felicitar y presentar mi máximo respeto a la editorial, y animo a las demás a seguir el mismo camino que tanto necesitamos. Firmo y dejo constancia de ello. Un debut sorprendentemente lúcido, con una madurez en sus textos que me ha resultado impresionante para sus 23 años.

Al leerla, nunca puedes evitar salir despedido de manera violenta contra tus propios prejuicios sociales aprendidos. Confrontándote contigo mismo a golpe de humana contradicción.

Bebi, que provoca un potente y terrible sentimiento de identificación. Por ello un día casi la odias. Y por lo mismo, otro día, casi la amas.

Encontrarse, reconocerse, agotarse, odiarse, quererse.

«Amor y asco».

¿Acaso no debería ser esto el arte?

¿Acaso no debería ser esto la vida?

Nemecatj. Artista

Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte

a que te devore desde el interior.

Frida Kahlo

Introito

De pequeña me gustaba la frase «haz el amor y no la guerra». No sabía a quién se le había asignado o quién fue la primera persona que la dijo o la primera persona que la pensó, pero era una frase bonita, o al menos aspiraba a cosas bonitas. Se suponía que, cuando uno la aplicaba a sí mismo, encontraba la paz, el verdadero equilibrio, el paraíso individual… y hacía de su vida un camino desprovisto de piedrecitas y hierbajos vitales que lo convirtieran en algo lo más mínimamente difícil o triste. Si hacías el amor y no la guerra, todo, absolutamente todo lo que hacías (y, por tanto, y según mis inocentes cálculos, absolutamente todo lo que se te devolvía) eran cosas bonitas.

Y una mierda.

Descubrí el amor y, para mi desilusión, parecía que no tenía —al menos en mi caso— mucho que ver con la paz. Luego descubrí esa guerra personal que llevaría dentro durante absolutamente toda la vida; sí, hiciera lo que hiciera. Y entonces me di cuenta de que conmigo esa frase que de pequeña tanto me gustaba no podía aplicarse.

No porque no fuera buena persona, ni porque no quisiera amar, ni porque no sufriera con mi guerra interna, sino porque tenía esa forma de vivir la vida que no concordaba con hacer solo una cosa, con querer solo una cosa, con experimentar solo una cosa.

Había nacido con un sentido de la existencia bastante trágico. Me gustaban las subidas y las bajadas. Disfrutaba del aprendizaje que me proporcionaba cada caída y de la adrenalina que me invadía antes de caer. Y me gustó el riesgo casi lo mismo que el equilibrio acabó por parecerme una jodida bazofia.

Así que imagino que no me encantó el concepto que esa gente tenía de ser una persona que hiciera el amor y no la guerra, al menos en lo que se refiere a aplicarlo a uno mismo, porque decidí asumir las consecuencias de rebelarme contra todo aquello que no me parecía lo bueno, o lo mejor, o lo que debía hacer o suceder, aunque realmente fuera lo correcto, lo exigible, lo moral, lo esperable o el camino más fácil. Por eso, aunque seguía gustándome la frase, en términos ya más sociales, decidí que la guerra también era divertida, y que aunque fuera un camino difícil para llegar a ser la perfecta persona integrada que se suponía debía ser, quería hacerla de vez en cuando.

¿Qué hacer cuando uno se da cuenta de que disfruta y aprende tanto de lo malo como de lo bueno y de que necesita que siempre haya un poco de los dos?

¿Qué haces cuando descubres que has nacido para ser literalmente una desequilibrada mental?

Como buena desequilibrada mental, se me ocurrió una fantástica idea: es broma, no se me ocurrió nada.

Simplemente, decidí ser yo misma.

A la mierda lo esperable.

Bebi Fernández

Este diario es el producto de la compilación de los escritos personales de la autora pertenecientes al lapso temporal que discurrió entre los años 2004 y 2010, iniciándose su escritura intermitente cuando contaba 12 años y finalizándose a sus 18 años. Algunos textos han sido añadidos más tarde.

A mi madre

I

Existen tres tipos de personas.

Las que envían a otras a luchar por ellas.

Las que cavan las trincheras para protegerse en caso de ofensiva.

Las que miran a la batalla de pie y a la cara.

II

Alguna vez, nos volveremos a mirar.

En algún lugar.

Callados.

Tal vez sea un semáforo en rojo, esperando

ambos al lado o de frente.

Tal vez una calle muy transitada, de esas que parecen

tener prisa porque todos pasemos por ella.

Tal vez sea un jardín, un parque, una plaza.

O tal vez sea (espera mi corazón más que yo que no) en un sueño compartido.

Alguna vez será, no sé dónde,

que nos miraremos un instante,

corto en momento, pero largo en esencia,

y estaremos los dos

callados.

Porque no hay nada que decir que no duela un poco

ante el ya sinsentido e insignificante momento,

muerto de melancolía,

en el que dos almas que se vieron y se sintieron y se tocaron

y no supieron amarse por miedo a quererse tanto

se vuelven a encontrar.

III

No.

Yo no e

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