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Esas manitas fuera

Catulo

Fragmento

cap-28

ATIS Y EL CULTO A CIBELES

Sobre profundos mares llevado Atis en raudo navío,

en cuanto el bosque frigio ansiosamente con paso acelerado tocó

y alcanzó los umbríos parajes de la diosa, ceñidos de bosques,

aguijoneado allí por un frenesí de poseso, extraviada su mente,

se arrancó con afilada piedra el peso de las ingles.

Y entonces, apenas sintió sus miembros quedarse sin virilidad,

manchando el haz de la tierra con su sangre todavía caliente,

turbada, tomó con sus manos de nieve el ligero tamboril,

tu tamboril, Cibeles, el de los misterios, Madre, de tu culto;

y, golpeando la hueca piel de toro con sus delicados dedos,

se dispuso, trémula, a cantar esto a sus compañeras:

«Ea, id juntas, Galas, a los profundos bosques de Cibeles;

id juntas, rebaño errante de la soberana del Díndimo,

vosotras que, buscando cual desterradas parajes desconocidos,

siguiendo mi huella acompañantes mías y yo vuestra guía,

habéis sufrido el embate de las olas y las amenazas del piélago,

y despojado de virilidad vuestro cuerpo por odio desmedido al amor.

Alegradle a vuestra dueña con los vivaces giros de la danza el corazón.

El retraso perezoso salga de vuestro pensamiento; id juntas, seguidme

al templo frigio de Cibeles, a los bosques frigios de la diosa,

donde suena la voz de los címbalos, donde los tamboriles retumban,

donde el flautista frigio arranca a su caña curva graves sonidos,

donde la cabeza con violencia agitan las Ménades coronadas de yedra,

donde los sagrados misterios con agudos alaridos celebran,

donde acostumbra revolotear el errante séquito de la diosa,

adonde debemos apresurarnos con vivaces danzas».

En cuanto Atis, falsa mujer, cantó esto a sus compañeras,

el cortejo de repente con lenguas trepidantes empieza a aullar,

el ligero tamboril brama, los cóncavos címbalos rechinan,

rápido se encamina al verdeante Ida con paso presuroso el coro.

Presa del delirio y jadeante, marcha al frente sin rumbo y sin resuello

Atis por bosques umbríos, acompañada del tamboril,

como indómita novilla que no se somete al peso del yugo:

raudas siguen las Galas a su guía de paso presuroso.

Y entonces, en cuanto la morada de Cibeles tocaron agotaditas,

tras el desmedido esfuerzo, las vence el sueño sin probar la comida.

Al entrarles el cansancio, perezoso sopor cubre sus ojos:

en la dulce quietud desaparece el frenético arrebato de su alma.

Pero, cuando el Sol, de rostro de oro, con sus ojos radiantes

iluminó el blanco éter, la dura haz de la tierra, el fiero mar,

y expulsó las sombras de la noche con sus corceles de resonantes cascos,

entonces a Atis, ya despierta, la abandonó, huyendo presto, el Sueño,

y en su regazo palpitante lo acogió la diosa Pasítea.

Así, tras la dulce quietud, libre del arrebatador frenesí,

en cuanto la propia Atis trajo a la memoria lo que había hecho

y con claridad vio sin qué y dónde estaba,

con el alma abrasándosele, volvió de nuevo sus pasos hacia la playa.

Allí, contemplando el inmenso mar, con los ojos arrasados de lágrimas,

habló angustiada, con voz de desconsuelo, así a su patria:

«¡Oh patria que me diste la vida, oh patria, madre mía!,

abandonándote, desdichado de mí, como suelen a su señor

los esclavos fugitivos, dirigí mis pasos a los bosques del Ida,

para vivir cerca de la nieve y de las heladas huras de las fieras

y acercarme, presa del delirio, a todas sus guaridas,

¿dónde, en qué parajes puedo creer que te encuentras, patria?

Mis propias pupilas anhelan dirigir a ti su mirada,

mientras por poco tiempo del fiero frenesí está libre mi alma.

¿Voy yo a ser arrastrada hasta estos bosques alejados de mi casa?

¿De mi patria, de mis bienes, de mis amigos, de mis padres voy a estar lejos?

¿Voy a estar lejos del foro, de la palestra, del estadio y de los gimnasios?

¡Ay, pobre, pobre alma mía, he de quejarme una y otra vez!

¿Qué clase de aspecto hay que no haya yo tomado?

Yo, mujer; yo, joven; yo, efebo; yo, niño;

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