Cuentos por el clima

Magela Ronda
Raquel Sánchez Pros

Fragmento

INTRODUCCIÓN

Érase una vez un planeta azul en el que sus habitantes convivían en armonía con la naturaleza. Los árboles crecían fuertes; los océanos, limpios y los campos, fértiles. En ese planeta se respetaba a los animales, se cuidaba el aire y hacía ya muchos años que se habían prohibido los plásticos, las energías contaminantes y los productos tóxicos. Todos los países del mundo habían adoptado una economía circular, sostenible y justa, basada en un consumo responsable e inteligente. Empresas, gobiernos y ciudadanos estaban unidos por un objetivo común: proteger los recursos naturales para las generaciones futuras.

Ese planeta, por desgracia, no era la Tierra.

FIN

La realidad de nuestro planeta es otra muy distinta, una realidad peligrosa que debemos aceptar y afrontar con urgencia. Hace ya algunos años, científicos y organizaciones ecologistas dieron la voz de alarma y empezaron a advertirnos de las terribles consecuencias que tiene para la Tierra la manera en la que la especie humana se comporta con el planeta. Casi nadie los escuchó y casi nadie creyó lo que decían. Los seres humanos continuamos vertiendo basura en el mar, en la atmósfera, en el suelo… Y continuamos viviendo, comprando y contaminando nuestro presente sin pensar ni imaginar los efectos que esto tendría en el futuro de todos.

Por suerte, aquellos primeros hombres y mujeres siguieron defendiendo la Tierra, gritando y denunciando las injusticias medioambientales. A sus voces se fueron sumando otras, cada vez más, hasta que resultó imposible no escucharlas. Y, por fin, el mundo entero atendió la llamada de socorro del planeta. Era una llamada urgente, pero aún estamos a tiempo.

Sin duda, algo ha cambiado. Estrenamos una nueva etapa, una etapa más consciente, responsable y comprometida. Millones de personas en todo el mundo llenan las calles reivindicando su derecho a un planeta limpio, justo y sostenible. No está todo perdido, pues aún queda espacio para la esperanza y todos, juntos, podemos cambiar el destino de la Tierra. No es una tarea sencilla: se necesita el esfuerzo de todos, desde gobiernos y empresas hasta el ciudadano de a pie. Cada uno de nosotros tiene las herramientas para colaborar en esta lucha global; no importa lo pequeño que sea el gesto, todo suma.

Todos podemos y debemos colaborar. Se lo debemos a las generaciones del futuro y, sobre todo, al planeta.

Ojalá muy pronto podamos cambiar el final del cuento y contar que «ese planeta era la Tierra». Yo quiero verlo… ¿Y tú?

ALFRED BROWNELL

Érase una vez un abogado ambientalista que se enfrentó al Gobierno de su país para detener a las empresas que producían aceite de palma de forma no sostenible. Y ese enfrentamiento le costó el exilio.

Alfred nació y creció en Liberia, un pequeño país en la costa oeste de África conocido como «el pulmón de África occidental», con más de un 32 % de territorio boscoso. Esos bosques tropicales contribuían a eliminar carbono de la atmósfera y en ellos habitaban especies en peligro de extinción, como chimpancés, hipopótamos pigmeos y elefantes. Ese paraíso natural estaba amenazado por las concesiones del Gobierno de Liberia a empresas mineras, madereras y de aceite de palma.

Entre aquellas empresas estaba GVL (Golden Veroleum Liberia), que, para cultivar sus plantaciones de aceite de palma, taló bosques comunitarios y destruyó lugares sagrados sin previo aviso ni compensación adecuada.

Cuando Alfred se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo fundó la ONG Green Advocates con la intención de ayudar a las comunidades locales a proteger sus derechos humanos y ambientales. Alfred sabía que la empresa GVL necesitaba la certificación de la Mesa Redonda sobre Aceite de Palma Sostenible (RSPO); sin el visto bueno de este organismo no podría vender su aceite a sus compradores habituales. En 2012 el abogado presentó una queja ante la Mesa denunciando la mala práctica ambiental de GVL. Tras años de juicios y apelaciones, la Mesa le dio la razón a Alfred, y más de dos mil kilómetros cuadrados de bosque se salvaron de la tala.

A Alfred esa victoria le obligó a emigrar a Estados Unidos debido a las amenazas de muerte sobre él y su familia. Pero él sabe que, algún día, regresará.

Mientras estás disfrutando del sabor del aceite de palma y de la felicidad y la alegría que te trae a ti y a tu familia en este lado del mundo, está lloviendo destrucción en el otro lado.

AL GORE

Érase una vez un político retirado, convertido en activista por el clima, que en 2006 le gritó al mundo una verdad incómoda: la mayor amenaza a la que se enfrenta la humanidad es el cambio climático.

Al Gore fue vicepresidente de los Estados Unidos y candidato del Partido Demócrata a las elecciones de 2000, que perdió ante su oponente, George W. Bush. Tras la derrota, Al se retiró de la política activa y se dedicó a la lucha contra el cambio climático. No era una lucha nueva para él, pues se había preocupado por los temas medioambientales desde sus inicios en la política en 1976, cuando empezó a hablar en el Congreso sobre cambio climático, residuos tóxicos y calentamiento global. Además, ayudó a redactar el Protocolo de Kioto, un tratado internacional diseñado para frenar las emisiones de gases de efecto invernadero.

En 2006 estrenó el documental que le hizo mundialmente conocido: Una verdad incómoda, en el que mostraba al mundo las causas del calentamiento global y los efectos derivados de la actividad humana: temperaturas en ascenso, deshielo de los polos, fenómenos meteorológicos extremos, aumento del nivel del mar, etc. En aquel momento le acusaron de alarmista, embaucador y le llamaron «millonario del carbono». Por desgracia para el planeta, el tiempo y la ciencia acabaron dándole la razón.

Algo más de diez años después, se estrenó la segunda parte: Una verdad muy incómoda: ahora o nunca, en el que se explican los progresos que se han hecho para acometer este problema global y los esfuerzos de Al para persuadir a los líderes mundiales de invertir en energía renovable.

Como premio a sus esfuerzos por llamar la atención del mundo sobre los peligros del calentamiento global, Al Gore recibió el Premio Nobel de la Paz de 2007.

Si no cambiamos hacia la sustentabilidad, seguramente nuestros hijos y nietos dirán a las generaciones pasadas: «¿En qué estabais pensando?».

AMIGOS DE LA TIERRA

Érase una vez un grupo de ecologistas de Francia, Suecia, Reino Unido y Estados Unidos que sintieron la necesidad de crear una organización que se extendiese más allá de las fronteras de los países y trabajase por el medioambiente a nivel global.

Casi cincuenta años después, Amigos de la Tierra Internacional está formada por más de setenta y seis grupos nacionales y más de dos millones de socios y seguidores en todo el mundo. En España, la ONG se instaló en 1979 y es una de las «cinco grandes» organizaciones junto con SEO/Birdlife, Ecologistas en Acción, Greenpeace y WWF.

Desde el inicio de su actividad, los grupos de Amigos de la Tierra de todo el mundo desarrollaron de forma conjunta y coordinada campañas sobre diversos problemas ambientales y sociales como la pérdida de biodiversidad, el cambio climático, la lucha contra los transgénicos o superar la dependencia de los recursos fósiles.

Y no solo eso, pues sus acciones a nivel local han sido igualmente importantes y se han esforzado en poner en marcha campañas para involucrar a los ciudadanos en la lucha por el medioambiente y en aportar soluciones para lograr un mundo más justo, porque, como dicen ellos: «Una ciudadanía informada y comprometida es la mejor garantía de cambio: un cambio por la gente y por la Tierra».

Otra de las herramientas principales del trabajo de Amigos de la Tierra es la presión política, pues consideran que el control que ejercen las grandes multinacionales sobre nuestros gobiernos ha de ser contrarrestado por la sociedad civil. Las personas y la Tierra deben ser el centro de las políticas.

ANDONI CANELA

Érase una vez un hombre que miraba la naturaleza a través del objetivo de su cámara. Un viajero incansable, compañero de felinos, osos, lobos y cualquier especie animal en peligro de extinción. Nadie ha sabido captar como él la vida salvaje de nuestro planeta.

Gran enamorado y defensor de la naturaleza, Andoni ha recorrido los cinco continentes, cámara en mano, siguiendo el rastro de los animales más escurridizos. Su intención no era solo lograr una instantánea hermosa, sino también denunciar los peligros a los que se enfrentan los animales a causa de la acción depredadora del ser humano y de los efectos del cambio climático.

En 2013, Andoni, su mujer, Maritxell Margarit, y sus dos hijos, Unai y Amaia, de nueve y tres años, hicieron las maletas dispuestos a vivir una aventura extraordinaria: querían retratar a las siete especies de animales más amenazadas de cada continente y concienciar sobre la rápida destrucción de los hábitats naturales y de las especies que los habitan. Durante un año y medio, los cuatro recorrieron más de cien mil kilómetros a lo largo y ancho del mundo, viviendo en santuarios como la Patagonia, el delta del Okavango o la Gran Barrera de Coral australiana. Cumplieron su objetivo y convirtieron su increíble experiencia en un documental: El viaje de Unai.

En la película, el hijo de Andoni, Unai, narra con la voz y la mirada inocente de un niño de nueve años las maravillas y las atrocidades de las que es capaz el ser humano. La primera parada de su viaje fue Namibia, donde buscaban a los elefantes del desierto, y Unai decía: «La gente mata a los elefantes para quedarse con sus colmillos. Me da mucha pena que esto ocurra». Alto y claro.

La naturaleza es una escuela para la vida que sirve para todo. Y aprendes a observar. Mientras esperas a un animal, te fijas en cómo se mueve el sol, dónde está el norte y en toda la vida que habita en ese lugar.

BAYARJARGAL AGVAANTSEREN

Érase una vez un felino elegante y escurridizo que habitaba en altas y escarpadas montañas. Al leopardo de las nieves se le conocía como «el fantasma de las montañas» y estaba a punto de extinguirse.

Cuando Bayarjargal descubrió que solo quedaban siete mil leopardos de las nieves en libertad y que estaban amenazados por la pérdida de su hábitat, la caza furtiva, los ataques de los campesinos y el cambio climático, emprendió una dura lucha para crear en Mongolia un espacio seguro para este felino único e irremplazable.

En 2009, Bayarjargal se enteró de que el Gobierno de Mongolia iba a ceder toda la cordillera de Tost a empresas mineras. Aquel era el territorio del leopardo y la llegada de explotaciones mineras podía suponer su extinción definitiva. Bayarjargal atacó el problema por todos sus frentes. Primero, demostró a las tribus nómadas que las empresas mineras no iban a darles más ingresos ni mejores trabajos. Después, lanzó una campaña en medios de comunicación para tratar de convencer al Gobierno. Tardó años, pero, por fin, en 2016, el Parlamento anuló las licencias mineras y creó la Reserva Natural Tost-Tosonbomba.

Pero no bastaba solo con la creación de la reserva. Bayarjargal fundó la ONG Snow Leopard Enterprises e ideó un sistema de trabajo con las comunidades rurales; estas se comprometían a no matar más leopardos y a elaborar artesanía que la ONG compraba para venderla en tiendas de todo el mundo. Bayarjargal sabía que solo trabajando con las comunidades locales se solucionaría el conflicto entre ellas y los leopardos.

No somos los únicos seres vivos del planeta y debemos coexistir con las demás especies si queremos sobrevivir.

BEA JOHNSON

Érase una vez un pequeño frasco de cristal donde caben todos los residuos que genera una familia de cuatro personas en un año entero. Y, aunque parezca imposible, no es un frasco mágico, es tan normal y tan real como Bea Johnson y su familia.

Mientras esperaban a que su nueva casa estuviera lista, los Johnson guardaron todas sus cosas en un almacén y se fueron a vivir a un pequeño apartamento. Entonces se dieron cuenta de lo poco que necesitaban realmente para vivir.

Ese fue el principio de un viaje hacia el «Residuo Cero» (en inglés: Zero Waste), el concepto que Bea desarrolló y popularizó en todo el mundo. Este movimiento se basa en la llamada «economía circular», que imita el modelo de la naturaleza, donde nada se desperdicia y todo se reutiliza, para hacer lo mismo con todos los productos que usamos en nuestra vida diaria.

Primero, los Johnson dejaron de utilizar bolsas de plástico, luego todos los plásticos de un solo uso, compraban solo productos biodegradables, etc. Y, así, Bea fue pensando y probando su método, que se resume en cinco reglas básicas:

1. Rechazar lo que no necesitas.

2. Reducir lo que realmente necesitas.

3. Reutilizar.

4. Reciclar solo lo que no se reúsa, reduce y reutiliza.

5. Compostar (rot), es decir, utilizar los desechos alimentarios como abono para tus plantas o tu jardín.

Se calcula que cada persona genera de media 1,5 kilos de residuos diarios, unos 440 kilos anuales. Bea consiguió reducir esa cantidad al tamaño de un frasco.

Por definición, cuanto menos tienes, menos hay que almacenar, limpiar y mantener. El principal beneficio ha sido tener una vida mejor. Descubrimos la vida a través del ser y no del tener.

BERTA CÁCERES

Érase una vez una tierra hermosa, un río sagrado y un pueblo indígena guardián de las tradiciones antiguas: el pueblo lenca. Ese lugar se llama Honduras y allí nació, vivió y luchó una valiente mujer lenca llamada Berta.

Desde muy joven, Berta peleó por los derechos de su pueblo. En 1993 cofundó el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), una organización que trabajaba por la defensa del medioambiente, el rescate de la cultura lenca y por mejorar las condiciones de vida de la población.

Por desgracia, hay países en los que ser activista y defensor de los derechos humanos es una labor muy arriesgada. Sucedió que un grupo de indígenas lencas, preocupados por la llegada de máquinas y material de construcción a su región, pidieron ayuda al COPINH. Berta descubrió que se trataba de una alianza comercial de varias empresas para construir cuatro presas en el

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