Esto es arte

David Armengol

Fragmento

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El título de este libro no engaña. Sí, lo que vas a ver en estas páginas es arte. ¡Arte en mayúsculas! Y ¿sabes por qué es tan poderoso esto del arte? Muy sencillo: porque realmente no sirve para nada y sirve para todo. Ya, ya lo sé, esta afirmación es un poco contradictoria. Y no, no me he vuelto loco. Deja que me explique… Si tienes este ejemplar en las manos es porque te interesa el arte o, al menos, porque alguien ha pensado que te puede interesar. Dale una oportunidad, y no te preocupes, este libro está pensado muy especialmente para ti.

Con esta sentencia inicial, a lo que me refiero es que, en términos prácticos, el arte no tiene una función muy clara en nuestra sociedad. Pero eso, lejos de ser un defecto, es una virtud. De hecho, es una gran virtud. Es su máximo potencial o, aún diría más: es ¡un superpoder! Fíjate… la economía crea dinero, la medicina cura, la ingeniería construye, la educación enseña… pero ¿qué hace exactamente el arte? ¿Decorar nuestros museos, nuestras casas o nuestras calles? ¿Eso es todo? ¡En absoluto! Eso solo es algo superficial, no es más que la punta del iceberg. Lo más extraordinario del arte es que, al no estar supeditado a una función específica —es decir, al no esperarse nada en concreto de él— es capaz de todo. Sí, sí, no te miento. ¡El arte y los artistas son capaces de todo! Aunque no van con capa y antifaz, pueden avanzarse a su tiempo, pueden ver el futuro e, incluso, pueden transformar el mundo. ¿No me crees? Pues de eso trata este libro: de cómo el arte ha ido cambiando nuestro modo de ver y comprender la realidad.

A lo largo de los siglos, los artistas han sido los más visionarios, los más inconformistas, los más arriesgados, los más pasionales y también ¡los más locos de su tiempo! De hecho, los que vas a conocer en este libro son, quizá, las personas más idealistas del mundo. Ellos han confiado en este superpoder del arte y, fíjate, no les ha ido tan mal, ya que ahora forman parte de la historia. Sus pinturas, sus esculturas y sus obras arquitectónicas son visitadas por millones de personas fascinadas o interesadas por el arte. Y nos entusiasmamos al verlas, nos emocionamos y, al fin y al cabo, aprendemos un poco más de nosotros mismos mientras paseamos por los museos y ciudades donde se encuentran tales monumentos. Y es que, no lo olvides, el arte es forma, color, volumen... pero también es un conjunto de ideas y actitudes ante aquello que nos rodea y nos define.

En definitiva, Esto es arte te invita a un sorprendente recorrido por quince de las obras más representativas de la historia del arte. Un viaje en el tiempo que no está pensado para eruditos ni sabiondos, sino que se dirige más bien a gente con ganas de descubrir lo que se esconde detrás de cada obra de una manera divertida (en serio, ya verás que no hay ni un solo dato aburrido). Con este libro aprenderás a pensar como piensan los artistas. Y quién sabe, quizá acabes contagiándote de este superpoder y seas el próximo Vincent Van Gogh o la próxima Sofonisba Anguissola.

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Autores: Ictino y Calícrates (Grecia, mediados del siglo V a.C)

Cronología: 447-432 a.C.

Estilo: Clásico griego

Tipología: Templo

Materiales: Mármol de la cantera del Pentélico y madera

Localización: Acrópolis de Atenas

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Entre los siglos IX y II a.C, los griegos inventaron un montón de cosas alucinantes que iban a transformar nuestra vida en sociedad. Por ejemplo, la filosofía. Y la primera democracia, los Juegos Olímpicos y ¡el yogur! Pero, sobre todo, crearon un concepto de ciudad bastante parecido al nuestro: la polis, una ciudad autónoma que ofrecía todas las funciones sociales necesarias para vivir en comunidad (como un país en miniatura). El eje central de cualquier polis era la acrópolis, un lugar público donde se emplazaban los edificios sagrados. Sin duda, la más importante de todas ellas fue la de Atenas. Situada sobre un monte elevado, la acrópolis de Atenas destaca especialmente por la presencia del templo más emblemático del arte griego: el Partenón. Sí, vale, ahora está en ruinas, pero sigue siendo el principal símbolo de Atenas. Es como la Torre Eiffel de la capital griega, solo que construido hace unos dos mil quinientos años.

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Eufórico por haber derrotado a los persas en Atenas, Pericles, el gobernador de la ciudad en aquellos tiempos, se vino arriba y decidió construir la acrópolis a lo grande. Para agradecer la victoria a la diosa Atenea, Pericles pensó que un bonito detalle sería dedicarle un gran templo. Así que le encargó el proyecto a Fidias, quizá el más famoso de los escultores de la Antigua Grecia, y él mismo supervisó el trabajo de los dos arquitectos oficiales del templo: Ictino y Calícrates. En menos de quince añitos tuvieron listo el Partenón. Tal vez ahora parezcan muchos años, pero en el siglo V a.C. aquello fue todo un récord.

Como ves, de esto hace muuuchos años y el tiempo lo cambia todo. ¡Hasta los monumentos! De hecho, una de las claves para entender el arte clásico es echarle mucha imaginación al asunto. Y es que, generalmente, lo que se conserva de ellos es una parte pequeñísima de cómo eran en su época de esplendor. Así que, ya sabes: ante el arte clásico, ¡imaginación al poder!

La parte exterior del Partenón estaba repleta de detalles escultóricos. Y digo «estaba» porque la mayoría de ellos ya no se encuentran en el edificio, sino en museos como el de la Acrópolis o el Museo Británico. Estas esculturas son básicamente relieves esculpidos sobre mármol y servían para explicar a los atenienses los superculebrones de la mitología griega. Por ejemplo, en los tímpanos —que son esas formas triangulares que coronan la parte alta de las fachadas— se sitúan algunos mitos relacionados con la diosa Atenea; como la historia de su nacimiento o su lucha contra Poseidón, dios de los Mares, por el dominio de Atenas. ¡Ah! Una cosa más sobre estos relieves: ¿verdad que te los estás imaginando blancos? Así, un poco sosos… Pues ¡deja de hacerlo! Porque en realidad estaban decorados con colores vivos y llamativos. En serio, ¡todo el exterior del Partenón estaba pintado! Si no te lo crees puedes ir a Nashville (Estados Unidos), donde en el siglo XIX construyeron una réplica a escala real del Partenón con su colorido original. Míralo en Google. Ahí sigue todavía.

Pese a su enorme tamaño, el interior del Partenón es muy sencillo. Ponte en situación, como si llevases unas gafas de realidad virtual. Tiene dos habitaciones, una principal (lanaos) y una más pequeña (opistodomos). A

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