Perrock Holmes 7 - Se ha escrito un secuestro

Isaac Palmiola

Fragmento

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Es un genio de la informática y la tecnología. Usa tabletas, ordenadores y móviles con la misma facilidad con la que se hurga la nariz. Para él, la bruja de su medio hermana es peor que un grano en el culo.

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No se arruga ante nada. Dice lo que piensa sin cortarse un pelo y es tan convincente que podría venderle una nevera a un esquimal. Adora los libros de misterio y le apasionan los casos peligrosos.

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Los osos perezosos parecen hiperactivos al lado de este gato gordinflón. Gatson nació cansado y no suele moverse mucho a menos que le ofrezcan comida de la buena (pienso no, gracias). Sus grandes pasiones son comer y dormir, pero aunque parezca mentira, a veces se le da bien investigar. Es capaz de hablar con Perrock y sus amos, y tiene una imaginación muy retorcida para gastar bromas.

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Es capaz de comunicarse con sus amos y detectar sentimientos en los humanos, algo que lo convierte en uno de los investigadores más eminentes del mundo. Travieso —casi gamberro—, es un ligón pese a ser tan pequeñito. Su mayor debilidad son las perras altas, a las que trata de seducir sin excepción.

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La puerta del piso se abrió un palmo y una nariz de patata y verrugosa asomó por la rendija. Esa nariz solo podía pertenecer a un anciano.

—¿Quién es?

—Buenos días, somos investigadores del Mystery Club: esta es mi hermana Julia, este es Perrock y yo soy Diego —se presentó educadamente.

El anciano descorrió la cadenita que mantenía la puerta bloqueada y la abrió para dejarlos pasar.

—Me llamo Balbino —saludó con una sonrisa. Acto seguido, estrechó la mano de Diego, la de Julia y la de Perrock. Tras un elocuente «La señorita es algo bajita y... peluda» refiriéndose al perro, quedó claro que el anciano veía menos que un murciélago sordo.

Lo siguieron a través de un pasadizo hasta llegar a un comedor repleto de objetos. La decoración era recargada, con estatuillas de santos, platos con inscripciones estilo «Yo estuve en Bajalascabras del Monte» y una completísima vajilla de porcelana que debía de haber pertenecido como poco al primo segundo de Cervantes.

—¿En qué podemos ayudarlo? —preguntó Diego.

—He perdido mis gafas para ver de cerca.

Durante unos momentos se hizo el silencio.

—¿HA LLAMADO AL Mystery Club PORQUE HA PERDIDO LAS GAFAS? —preguntó Diego intentando no parecer desagradable.

—Son importantísimas para mí. Sin mis gafas no puedo leer, ni tan siquiera enviar mensajes por el móvil...

Julia y Diego se miraron sin decir nada. No podían creerse que la señora Fletcher les hubiese encargado otro CASO ABSURDO. «Tengo cosas importantes que hacer», les había dicho Gatson, y se había quedado en casa persiguiendo una sombra en la pared realmente sospechosa. Había que darle la razón al gato otra vez. Durante las últimas semanas habían tenido que resolver casos de lo más absurdos. Diego había descubierto que los deberes de un tal José no habían sido devorados por su perro tras comparar los papeles mordisqueados con la dentadura de José y llegar a la conclusión de que él mismo lo había hecho para así no tener que acabarlos (CASO RESUELTO EN CUATRO MINUTOS Y MEDIO); y Julia había descubierto que una mujer llamada Candelaria era en realidad rubia tras comprobar su Instagram y descubrir una selfi con su peluquera sosteniendo un frasco de tinte moreno (CASO RESUELTO EN VEINTISÉIS MINUTOS). Y ahora los mandaban a buscar las gafas del señor Balbino.

—A lo mejor el caso es más importante de lo que parece —ladró Perrock—. ¿Queréis que me rasque la barriga a ver qué piensa?

—De momento, no —repuso Julia—. A ver, señor Balbino, ¿dónde suele usar sus gafas para ver de cerca?

El hombre pensó un instante y chasqueó los dedos.

—Hummm... las novelas de misterio las leo en la cama, el periódico en la butaca y los crucigramas los hago en el váter... Es el mejor sitio para realizar depende de qué esfuerzos...

La butaca estaba allí mismo y o las gafas estaban entrenadas por un maestro ninja o no estaban allí, de modo que solo les quedaban dos opciones. Diego miró en el dormitorio y Julia comprobó el lavabo.

—¡LAS TENGO! —Julia regresó al comedor instantes después—. Las tenía usted encima de un cuaderno de sudokus...

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