
—Inténtalo de nuevo. —Isabel señaló la pila de ramitas rodeada de piedras—. Puedes conseguirlo, Nube, e imagina lo divertido que sería hacer una fogata.
Nube la acarició con el morro.
—De acuerdo, Isabel, lo volveré a intentar por ti. Pero estoy casi seguro de que no tengo magia ígnea.
Era la hora del almuerzo en la Academia Unicornio y la mayoría de los alumnos y sus unicornios holgazaneaban juntos a orillas del lago Destellos, disfrutando del sol veraniego. Isabel y su unicornio, Nube, se habían escabullido a una parte más recogida de los jardines.
—No lo sabes. —Isabel acarició el cuello de Nube, resiguiendo las espirales azul celeste en su pelaje blanco—. Creo que solo tienes que esforzarte más.
Todos los unicornios en la isla nacían con un poder mágico particular, si bien ignoraban cuándo se manifestaría tal poder. Isabel no veía la hora de que Nube descubriera su magia.
«Por favor, que Nube sea como Fuego y tenga magia ígnea», pensó.
Fuego, el unicornio de Isabel, fue uno de los primeros en hallar su magia. Isabel se alegraba por Scarlett, su mejor amiga, pero en el fondo le disgustaba que Fuego hubiera encontrado su magia antes que Nube.
Nube miró fijamente el montón de palos. Alzó un casco y lo estampó contra el suelo.
—¡Otra vez! —ordenó Isabel—. Vuelve a hacerlo, pero más fuerte. Estoy segura de que he visto una chispa.
Nube golpeó el suelo repetidas veces. El ruido hizo que a Isabel le zumbaran los oídos y el polvo que se levantó de la tierra desató los estornudos de Nube.
—¡Achís! —Nube no podía parar de estornudar—. Lo siento, Isabel. De verdad que no puedo crear fuego.
Isabel suspiró.
—Vale, bueno, puede que el fuego no sea lo tuyo. ¿Por qué no procuras de nuevo volverte invisible? Estoy segura de que la punta de tu oreja se desvaneció la última vez que lo intentaste.
Nube sacudió la cabeza.
—No, no lo hizo, y creo que deberíamos parar. Mis padres me dijeron que no se puede meter prisa a la magia. Ambos tenemos que ser pacientes.
Isabel enterró el rostro en su crin plateada y añil, tratando de esconder la frustración en su interior. Nube era adorable, dulce y amable, pero Isabel no podía evitar preguntarse si la señora Prímula, la directora de la Academia, había cometido un error cuando los emparejó. La señora Prímula dijo que emparejaba a los estudiantes con el mejor unicornio para cada uno de ellos, pero el paciente Nube no tenía nada en común con la competitiva Isabel.
«¿De verdad se trata del unicornio adecuado para mí?», pensó. «¿No debería, acaso, tener un unicornio más travieso y aventurero como Fuego?».
Al igual que el resto de los alumnos de primer curso, Isabel tenía diez años y había ingresado en la Academia Unicornio en enero. Los estudiantes pasaban al menos un año en la escuela, conociendo a su propio unicornio y formándose para convertirse en guardianes de la isla Unicornio. Su hermosa isla se nutría de la mágica agua multicolor que manaba del centro de la tierra y brotaba por una fuente en el lago Destellos, situado en los jardines de la Academia Unicornio. Entonces los ríos y arroyos repartían el agua por toda la isla, y sus propiedades mágicas contribuían a que las personas, animales y plantas crecieran sanos y fuertes.
La mayoría de los estudiantes y animales fabulosos solo pasaban un año en la Academia Unicornio, pero algunos se quedaban un tiempo más. La señora Prímula los consideraba afortunados porque gozaban de más tiempo en la Academia, mientras los unicornios descubrían su magia o establecían un vínculo con el estudiante. Cuando un unicornio y un alumno trababan un lazo, un mechón del pelo del estudiante adoptaba el mismo color que la crin de su animal.
—Necesito un descanso —dijo Nube—. Regresemos al lago.
—De acuerdo —aceptó Isabel, brincando sobre su lomo. Esperaba con ansia que Nube descubriera su magia pronto. No creía que pudiera soportar permanecer un año más en la Academia Unicornio, ¡después de que todos sus amigos se hubieran marchado!
Se encaminaron hacia el lago Destellos. Mientras se acercaban, Isabel se protegió los ojos de la luz cegadora. Pudo ver a sus amigas del dormitorio Zafiro sentadas exactamente donde las había dejado. El grupo hablaba en susurros, echando miradas al lago Destellos. Isabel tuvo la impresión de que sabía de qué estaban hablando.
—No cabe duda de que alguien está intentando causar problemas —dijo Sofía mientras enhebraba margaritas en un largo cordel—. Se han producido demasiados incidentes para ser una coincidencia. —Sofía se echó los rizos oscuros hacia atrás por encima de los hombros—. Hubo la ocasión en que alguien contaminó el lago y la vez en que lo heló...
—Pero ¿quién trataría de perjudicar el lago? —interrumpió Ava—. Todo el mundo sabe que nada en la isla Unicornio puede crecer bien sin su agua mágica. —Había sustituido el ramito de nomeolvides habitual en su melena negra hasta el mentón por una rosa roja.
—No lo sé, pero quien fuera también intentó hacer daño a nuestros unicornios —dijo Laila con un escalofrío. Alargó la mano para acariciar el morro del suyo, Pirueta—. ¿Recordáis cómo casi acaban con los arbustos de bayas celestiales?
Las bayas celestiales crecían en las montañas situadas detrás de la escuela. Constituían el alimento favorito de los unicornios y, más importante aún, eran ricas en las vitaminas que los unicornios necesitaban para mantenerse sanos.
—Da mucho miedo —dijo Sofía—. Ojalá pudiéramos hacer algo para ayudar.
—No creo que debamos preocuparnos —dijo Olivia—. La señora Prímula prometió atrapar a la persona responsable.
—¿Y si no lo logra? —replicó Ava—. Han pasado varias semanas desde que los arbustos de bayas celestiales fueron el blanco y todavía no se ha atrapado a nadie. Preguntaré a mis padres si conocen algunas plantas capaces de proteger la Academia.
Los padres de Ava tenían un vivero de plantas.
—Buena idea —juzgó Sofía.
