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Cualquier parecido con los hasta ahora amigos, vecinos, familiares o conocidos de la autora es de agradecerpura inspiracióncasualidad.© del texto: Begoña Oro, 2019© de las ilustraciones: Roger Zanni, 2019© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelonarbalibros.comDiseño: CompañíaPrimera edición: mayo de 2019.RBA MOLINORef.: ODBO494ISBN: 978-84-272-1853-6Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org)si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).Todos los derechos reservados.Composición digital: Newcomlab S.L.L.
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A Pablo Artal, que ha crecido con este vecindario y que me robó el corazón con su presentación.
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17 No soy tonta. Sé que mi hermano Hugo dice cosas de mí. No muy buenas. Por ejemplo, que parezco la niña de El exorcistacuando me enfado. Bueno, vale. Puede que tenga un poco de razón.Cuando me enfado, me enfado.El resto del tiempo soy adorable.Claro que cuando empieza esta historia, igual no estaba siendo adorable. Igual, justo en ese momento, mi cuerpo estaba su-friendo algunas pequeñas mutaciones:•ojos a punto de convertirse en pelotas de baloncesto,•agujeros de la nariz transformándose en cráteresde volcán,
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8 • vena del cuello palpitante mutando a boa constrictor...Y todo por culpa de mi hermano y sus amiguitos. O eso pensé.Yo había dejado aparcado el patinete en la puertade La Pera, 24. Enfrentedel portal. No lo había subido a casa porque era un rollo cargar con él. Siempre megolpeaba la pierna al subir el escalón. Tenía en el tobillo un morado más permanente que un rotulador (perma-nente) de tanto golpe. Y total, iba a bajar en un momento.Además, en el portal vi a Enrique, el vecino del 5.º. Estaba a punto de coger el ascensor y tenía prisa. Casi se va sin mí.—¡Espera! —le grité.Mientras subíamos Enrique se excusó por no ha-berme esperado. Que no me había visto, dijo, aunque para mí que me vio y que pasaba de esperarme. Y eso que es majo. Pero es que, luego me contó, Laura, su
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hija, estaba a punto de llegar a casa y quería preparar-le un zumo antes de que llegara.—Y limpiar el cacharro —dijo, como quien dice «y-subir-al-Everest-haciendo-el-pino-sujetando-una-bo-la-con-los-pies».—¿Tanto se tarda? —le pregunté yo.Él no contestó ni que sí ni que no. Solo dijo:—No dejes que nadie os regale una licuadora. Díse-lo a tus padres de mi parte.Total, que seguro que si me entretengo cargando con el patinete, Enrique no me habría esperado.Además, ¿quién se iba a llevar mi patinete, con lo cochambroso que estaba?A eso aún no tenía respuesta pero lo que me quedó claro cuando bajé fue que alguien se lo había llevado. Había hEApAREcchO.9
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En el fondo, casi me gusta que pasen cosas. No me puedo quejar. En La Pera, 24, nuestra casa, pasan cosas bastante a menudo. Pequeños, y no tan pequeños, misterios. A mi hermano Hugo y a mí nos encanta resolverlos.Al principio pensé que este misterio no duraría de-masiado. En cuanto vi aparecer a Hugo, Fran y Alberto. Los PisaColaGatos al completo. Ya, no creas que ese nombre lamentable se lo hepuesto yo. Para mí son «Los Merluzos». Pero «LosPisaColaGatos» es el penoso nombre con el queHugo, Fran y Alberto saltaron a, ejem, la «fama» cuan-do crearon un grupo de lo que ellos llaman, ejem,
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12 «música» que subió dos vídeos a cual más patético enYouTube.Igual tendría que contarte algo más sobre Fran y Alberto, algo que tiene que ver conmigo y una carta de, ejem, «amor», pero ahora no quiero ni recordarlo.*El caso es que los tres subían del garaje. Fran y Hugo se partían de risa.Qué casualidad. Justo un minuto después de que mi patinete desapareciera. *Eso que prefiero no recordar ya lo conté en Salseo a la cartay nopienso decir una palabra más al respecto.
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13 —¿¿Dónde lo habéis metido?? —¿El qué? —preguntó Hugo. Todavía se reía.—Lo sabes perfectamente —le dije yo—. No tehagas el tonto.Y seguía riéndose el merluzo tarugo tontorrino.—¡La cara que has puesto, Alberto! —dijo.Alberto no se reía. Se ve que la gracia era que a Alberto se le había cruzado el gatito que ronda por el garaje y había reac-cionado como si se le hubiera cruzado un jaguar muer-to de hambre.—Tenías que ha-berlo visto, Olivia —dijo Fran.Pero yo no estaba para tonterías.—¿Dónde lo habéismetido? Está claro que no se ha perdido solo.—¿El qué? ¿Tu sentido del humor? —dijo Hugo.Ja, ja. Qué gracioso. (NO.)ALERTA «NIÑA DE EL EXORCISTA».Para entonces, mis agujeros de la nariz se acerca-ban al tamaño de Australia y mi paciencia, al tamaño de un piojo.
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14 —DÓN-DE-ES-TÁ-MI-PA-TI-NE-TE.Por fin, los tres merluzos se dieron cuenta de que no estaba para bromitas.—¿Tu... tu... tu patinete? —preguntó Alberto.—Ni idea —respondió Hugo a todo correr.Miré a Fran.—A mí no me mires. Yo no he visto tu patinete.Miré a Alberto.—Ni yo —susurró—. De verdad.Podían estar mintiendo pero:a)Ninguno tenía un morado a la altura del tobillo.b)Me tienen miedo.c)Mienten fatal y yo se lonOTARía.
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3Estuve buscando en el garaje, por si acaso me habían querido gastar una broma. Miré bien en el portal.En los alrededores.Pero no había ni rastro de mi patinete.Cuando subí a casa, encima me cayó la bronca.—Pero ¿tanto te costaba subir el patinete? —me echó en cara mi madre—. ¡Encima de que estabacomo nuevo!¿Como nuevo?¿¿Como nuevo??A ver, que yo le tenía mucho cariño y estaba enfa-dadísima porque alguien lo hubiera cogido, pero ¿nue-vo? Mi patinete se fabricó más o menos al año siguien-
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16 te del invento de la rueda. Estaba hecho polvo, todo rayado y metía un ruido que, en vez de un patinete, parecía un sonajero.Pero para mi madre estaba «como nuevo».—¡Desde luego...! —siguió quejándose—. ¡Y aún querías que te comprara otro patinete! ¡Pero si lo ibas a perder al día siguiente! —¡Sí, hombre! ¡Encima tendré yo la culpa de que me lo hayan robado!—¡Igual que tu hermano! ¡No tenéis el menor sen-tido de...!Y ahí mi hermano, mi madre y yo dijimos a coro su palabra favorita: «la responsabilidad».—Eso —dijo mi madre.A mí lo que más me molestó de todo fue que me comparara con el pedazo de alcornoque de mi hermano.Ya me veía venir una charla de dos horas sobre «El Sentido de la Responsabilidad».Debía de ser la Tarde de las Broncas, porque desde el piso de abajo, nos llegó la voz del padre de Fran, que gritaba:—¡Cuántas veces os tengo que decir que recojáis el cuarto! ¡Porque ya ha pasado el de la recogida de
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