
Dime la verdad… Si te dicen que vas de excursión sorpresa, seguro que te emocionas, ¿verdad? Podría ser algo increíble. La montaña rusa más alta del mundo. Un parque de bolas gigante. ¡Una fábrica de chuches con bufet libre!
Pero luego llegas y descubres que… ¡te han llevado al Museo del Huevo Duro! Te decepcionarías un montón, ¿no? Bueno, pues mi excursión sorpresa fue aún peor. Me tocó ir a LA TIERRA. Sí. Tu planeta.

Hola, me llamo Leo Luna y vengo de Cosmara, un planeta que está lejísimos del tuyo y que es…, bueno, un poco distinto.

Si todo hubiera salido bien, ahora debería estar en mi cuarto, jugando con mi cubo gravitacional. Igual ya habría superado mi récord de vueltas sin chocar contra el techo. Pero no.
Acabé metido con mi abuela en una nave rumbo a la Tierra, en lo que ella llamó: «Una pequeña excursión intergaláctica».
(Yo lo llamé: «La peor idea del siglo»).
—Verás cosas increíbles, Leo. Será una aventura inolvidable —me dijo.

Bueno, tenía razón. Inolvidable fue. Aunque no exactamente como nos lo imaginábamos.
Una aventura que duró exactamente tres minutos y medio. Porque de repente…
¡CRAC!
La nave dio un tirón tan fuerte que casi salgo disparado del asiento.
Las luces del panel de control empezaron a parpadear mientras una alarma chillaba:
¡¡¡BIIIP, BIIIP!!!

—Tranquilo, Leo, solo es una pequeña avería —dijo mi abuela mientras caíamos en picado a toda velocidad.
Intenté gritar, pero lo único que salió de mi boca fue mi desayuno.
Y entonces…
¡PUM!
Aterrizamos. O, mejor dicho, nos estampamos.

Cuando por fin abrí los ojos, todo parecía a punto de explotar. Había cables sueltos, chispas por todas partes y un muelle volador que casi me arranca una oreja. Y, en medio del caos…, mi abuela. Tan tranquila, como si estuviera arreglando la batidora.
Fue directa al panel, sacó su llave inglesa y abrió una compuerta de la que salía vapor a presión. Un humo morado cubrió la nave… y noté un olor raro, como cuando se te olvida la pizza en el horno.

