
Una calurosa mañana en el puerto romano de Ostia, dos días después de los idus de septiembre, un niño de ojos oscuros contemplaba con tristeza cuatro regalos.
El niño y sus tres amigos se hallaban en un pequeño triclinio, sentados sobre cojines en torno a una larga mesa octogonal. Era una habitación agradable, con las paredes de color rojo cinabrio y el suelo de mosaicos blancos y negros, que se abría a un jardín interior lleno de vegetación, después de dejar atrás unas columnas. La suave brisa del mar agitaba las hojas de la higuera, y se oían las salpicaduras de la fuente.
—Lo digo en serio —afirmó el niño—. Siempre ocurre algo malo el día de mi cumpleaños.
—Jonatán —suspiró su amiga Flavia Gémina—, el mes pasado lograste sobrevivir a una erupción volcánica, a un coma y al secuestro de unos piratas. Y ahora estás en tu casa, bien protegido, y hace un día precioso. ¿Qué puede pasar? No seas tan pesimista.
—¿Qué es un sepimista? —preguntó una niña de piel oscura que vestía una túnica amarilla y bebía zumo de granada a sorbitos. Nubia había sido esclava de Flavia. Llevaba pocos meses en Ostia y, aunque aprendía muy rápido, no hablaba latín con soltura.
Flavia bebió también un poco de zumo de granada y luego mostró en alto la copa de cerámica.
—Nubia —dijo—. ¿Qué opinas? ¿Esta copa está medio vacía o medio llena?
Nubia miró atentamente el líquido de color rubí y respondió:
—Medio llena.
—Pues entonces eres optimista. Las personas optimistas siempre ven el lado bueno de las cosas. ¿Y tú qué piensas, Jonatán, que está medio llena o medio vacía?
—Medio vacía —contestó Jonatán mientras observaba el contenido de la copa de Flavia—. Y el zumo de granada no es gran cosa, resulta demasiado amargo.
Flavia le dirigió a Nubia una sonrisa burlona.
—¿Lo ves? Jonatán es pesimista, o sea, de esas personas que siempre esperan que ocurra lo peor.
—No soy pesimista —protestó Jonatán—. Soy realista.
Flavia se echó a reír y le pasó la copa al más pequeño, un niño que vestía una túnica de color verde mar, del mismo tono que sus ojos.
—Y tú, Lupo, ¿qué crees? —preguntó—. ¿Dirías que la copa está medio vacía o medio llena?
—No puede decir nada —señaló Jonatán—. No tiene lengua.
—¡Chitón! —ordenó Flavia—. A ver, Lupo, ¿medio vacía o medio llena?
Lupo se bebió el contenido de la copa.
—¡Eh! —protestó Flavia.
Pero todos se rieron cuando Lupo escribió en su tablilla de cera:
COMPLETAMENTE VACÍA.
Lupo sonrió sin alzar la vista. Estaba escribiendo algo en la tablilla: con un estilo de latón raspaba la cera de abeja dejando al descubierto la madera de la base. Cuando acabó, se la mostró a Jonatán:
¡ABRE REGALOS!
—Muy bien, de acuerdo —dijo Jonatán—. Abriré el tuyo primero. —Escogió un mugriento pañuelo de lino, atado con un cordel viejo, y lo sostuvo en la mano—. Pesa y tiene bultos y... —Jonatán volcó el contenido sobre la mesa octogonal—. Son piedras. ¡Me has regalado piedras en mi cumpleaños!
—No son piedras corrientes —explicó Flavia—. Lupo las estuvo buscando durante mucho tiempo.
Lupo asintió vigorosamente.
—Son lisas y redondeadas y resultan perfectas para tu honda —aclaró Nubia sosteniendo una—. ¿Lo ves? Ahora abre mi regalo. —Depositó un rollo de papiro en las manos de Jonatán.
Éste desenrolló el papiro y se encontró con una correa de cuero.
—¿Un collar de perro? —dijo frunciendo el entrecejo—. ¿Para que puedas llevarme a pasear sin preocuparte de que me escape?
—Mi regalo es para ti y también para Tigris —explicó Nubia—. Tal vez sea más para Tigris.
Jonatán esbozó una sonrisa irónica y le enseñó el collar a su cachorro, Tigris, que roía un hueso de cordero debajo de la mesa.
—Gracias, Nubia, y gracias a ti también, Lupo. Piedras y un collar de perro. Esta mañana, Miriam me ha regalado un ábaco y mi padre, una capa nueva. No cabe duda de que todos los regalos son muy útiles —suspiró.
—Bueno, sé que el mío te va a gustar —comentó Flavia, entregándole una bolsa de lino azul—. No sirve para nada.
—Vaya, vaya. Un regalo de Flavia. Me pregunto qué será. Tiene el tamaño y la forma de un rollo. Y sorpresa, sorpresa... es un rollo: ¿La poesía amorosa de Sexto Propercio? —Jonatán miró a Flavia con asombro—. ¿No es éste el rollo que tú querías?
—¿Ah, sí? —Flavia sonrió avergonzada—. No, creo que a ti te va a gustar muchísimo, Jonatán. Se trata de un precioso poema sobre una hermosa joven de cabello rubio, como quien tú sabes.
Jonatán puso mala cara, dejó a un lado el rollo y examinó la bolsa azul que había servido de envoltorio.
—Pero esta bolsa me gusta mucho —dijo en un tono más animado—. Podría utilizarla para guardar las estupendas piedras de mi honda.
—Oh, no puede ser —repuso Flavia, desplegando el nuevo rollo de Jonatán—. Es de pater. La he usado sólo como envoltorio.
Jonatán volvió a suspirar.
—¿Y esto de quién es? —Alcanzó el último regalo, una pequeña bolsa de seda amarilla.
—Es de quien tú ya sabes —dijo Flavia mirándolo—, de Pulcra y de Félix. Pulcra me preguntó cuándo era tu cumpleaños, y me entregaron esto antes de que nos marchásemos de su casa.
—Y esto... —balbuceó Jonatán—. Es un regalo precioso.
Sostenía una jarrita de arcilla de color albaricoque, decorada con figuras negras vidriadas.
—Pulcra me dijo que la jarra procede de Corinto —explicó Flavia—. Se llama alabastrón. Es muy antigua y tremendamente cara.
—En casa de Pulcra todo es tremendamente caro —comentó Jonatán irónicamente, aunque parecía contento, y les mostró el regalo a los demás, muy orgulloso.
—Fíjate, Nubia —dijo Flavia—, es una escena del poema que hemos estudiado en la clase de esta mañana: Ulises y sus tres compañeros le arrancan el ojo al cíclope con la punta de una estaca.
—¡Por las barbas del gran Neptuno! —exclamó Nubia—. ¿Y por qué hacen semejante cosa?
—Porque es un gigante viejo y feo que quiere comérselos —respondió Jonatán, mientras raspaba la cera amarilla del tapón de corcho.
—Eso es —asintió Flavia—. ¿Te acuerdas de que Aristo nos contó que Ulises tardó diez años en regresar de Troya? El cíclope Polifemo era uno de los monstruos a los que tuvo que enfrentarse en su largo viaje de vuelta a su patria.
—Ya me acuerdo —afirmó Nubia—. Es el héroe cuya esposa siempre está tejiendo y destejiendo.
—Efectivamente —afirmó Flavia—. Todo el mundo lo daba por muerto y los hombres querían casarse con la reina Penélope para convertirse en reyes. Pero era una esposa fiel y nunca perdió la esperanza. Sin embargo, prometió casarse con un pretendiente cuando acabara de tejer una alfombra. Por las noches, encendía una antorcha y deshacía lo que había tejido durante el día porque estaba segura de que Ulises regresaría.
—¡Feliz cumpleaños, hermanito! —Miriam, la bella hermana de Jonatán, entró en el comedor y puso una fuente sobre la mesa—. Te he preparado tu postre favorito: pasteles de miel con semillas de sésamo. Pero no comas muchos porque perderás el apetito para después.
—Gracias —dijo Jonatán. Se metió un pastel en la boca y ofreció la fuente a los demás.
—Miriam —empezó Flavia, mordiendo un trozo de pastel—, ¿es cierto que en el cumpleaños de Jonatán siempre ocurre algo malo?
—Ahora que lo dices... —contestó Miriam, pensativa—. ¿Ves la cicatriz que tengo en el brazo? —Se remangó la túnica color lavanda y les enseñó una marca apenas visible que tenía encima del codo izquierdo—. Cuando Jonatán cumplió ocho años me disparó una flecha que me dio aquí.
—Fue un accidente —replicó Jonatán con la boca llena—. Pero ¿te acuerdas del año pasado? Me caí de un árbol en nuestra antigua casa y perdí el conocimiento, y padre me obligó a quedarme en cama toda la tarde.
—Sí, es cierto. Y el año anterior, el día de tu cumpleaños saliste al campo para probar la honda nueva y pisaste una abeja.
—No era una abeja. —Jonatán tomó el tercer pastel—. Era una avispa.
Miriam le dio una palmadita en la mano y retiró la fuente.
—El pie se le hinchó como si fuese un melón, y se pasó tres días sin poder andar —dijo Miriam mientras salía de la habitación con la fuente de dulces.
—Pues sí. —Jonatán se chupó la miel de los dedos y volvió a sostener el alabastrón entre las manos—. Siempre pasan cosas malas en mi cumpleaños. Y suele ser mi propio... ¡Ay!
De repente, una fragancia embriagadora se extendió por la estancia. La jarrita se había roto en pedazos al caer al suelo de mosaicos blancos y negros. Tigris olisqueó el charquito de aceite derramado.
—¡Oh, Jonatán! —exclamó Nubia—. Se te ha caído la botella de Pulcra.
—Y contenía aceite aromático —apreció Flavia—. Un maravilloso aceite perfumado.
Jonatán, sin decir palabra, contemplaba con tristeza el jarro roto y el dorado aceite que se colaba entre las ranuras del mosaico.
—¡Rápido! —ordenó Flavia—. Hay que secarlo para que no se pierda.
Tomó el pañuelo de lino que Jonatán llevaba en el cinturón y lo empapó con el brillante aceite, y después hizo lo mismo con su propio pañuelo. Nubia la imitó. Lupo miró alrededor y agarró el pañuelo en el que había envuelto las piedras. Cuando se puso de rodillas para recoger los últimos restos de aceite, Tigris le lamió el rostro.
—¿Qué clase de aroma es éste? —Flavia cerró los ojos y aspiró profundamente—. No es bálsamo, ni mirra, ni incienso.
—Estoy seguro de que lo he olido antes —afirmó Jonatán—, y me pone muy triste.
—¿Cómo puede entristecerte? —se extrañó Flavia—. Es un olor maravilloso. A mí me produce... entusiasmo.
—Y a mí me recuerda la libertad —dijo Nubia en tono solemne.
Lupo sacó la tablilla de cera y escribió:
FLOR DE LIMONERO.
—¡Claro —exclamó Jonatán—, es el perfume que hacían en Villa Limona con las flores del limonero!
Permanecieron callados durante un momento, recordando la hermosa villa del cabo de Surrentum y lo que había ocurrido el mes anterior. A pesar de haber tropezado con los piratas y con los traficantes de esclavos, conservaban un recuerdo muy especial de Villa Limona, de su dueño, Polio Félix, y de su bella hija, Pulcra.
—Quizá regresemos algún día —comentó Jonatán con la vista clavada en el frondoso jardín interior, que se veía entre las columnas rojas y blancas del peristilo. Los demás asintieron.
—Félix era muy generoso —afirmó Flavia—. Me regaló la copa ateniense, a ti te dio la botella de aceite aromático y a Nubia, una flauta nueva. —Inclinó la cabeza hacia un lado—. Lupo, ¿no te regaló nada Félix? Tú eras el que mejor le caía.
Lupo palmoteó en el aire con las manos extendidas.
—Es cierto —dijo Flavia—. Te regaló un tambor.
Lupo dejó de hacer como si tocase el tambor y tomó la tablilla de cera. Borró las palabras que había escrito anteriormente con el extremo plano del estilo, y escribió un nuevo mensaje:
ESTÁ BUSCANDO ALGO MÁS.
—¿Para ti? ¿Está buscando algo para dártelo? —preguntó Flavia.
Lupo hizo un gesto afirmativo.
—¿Y qué es? —quiso saber Jonatán.
Lupo se encogió de hombros y bajó la vista.
—Bueno —intervino Flavia, mientras se colocaba un mechón de cabello castaño detrás de la oreja—. Si está buscando una cosa, sea la que sea, estoy segura de que la encontrará. Félix es más poderoso que el emperador.
—¡Yo no repetiría semejante afirmación! —exclamó una voz procedente del exterior—. ¡Algunos emperadores han matado a gente por decir eso!

Doctor Mardoqueo! —gritó Flavia.
El padre de Jonatán estaba en la puerta del triclinio e impedía el paso de la luz procedente del jardín. Llevaba turbante y vestía un holgado caftán azul ceñido con una faja negra.
—La paz sea con vosotras, Flavia y Nubia. —Mardoqueo hizo una leve reverencia, entró en la habitación y volvió a reinar la claridad—. No es prudente hacer comentarios acerca del poder del emperador ni sugerir que existen personas más poderosas que él —afirmó en tono muy serio—. Hace menos de un año, Tito ejecutó a un hombre por haber dicho que a él no le correspondía ser el emperador. Estoy seguro de que no quieres perjudicar a Publio Polio Félix, que demostró ser un amigo leal... ¡Oh, Dios mío! —Mardoqueo se dejó caer al lado de la niñas—. ¡Qué aroma!
—Es flor de limonero —respondió Jonatán en voz baja—. Acabo de romper un frasco de perfume.
—Hacía casi diez años que no olía esta fragancia.
—¿De qué la conoces? —Jonatán clavó los ojos en su padre.
Mardoqueo se quedó callado un momento. Flavia observó que el viento abrasador de la erupción del Vesubio le había chamuscado parte de la barba.
—De Jerusalén —respondió Mardoqueo al fin—. En el patio de la casa de tus abuelos había un hermoso limonero. A tu madre le entusiasmaba. El único perfume que usaba era la esencia de la flor de ese árbol.
—¡Oh, Jonatán —se compadeció Flavia—, por eso te pone triste este olor! Te recuerda a tu madre. —A la joven se le hizo un nudo en la garganta.
—Pero yo era un bebé cuando nos separamos —dijo Jonatán—. ¿Cómo es posible que recuerde su perfume?
—El sentido del olfato es el primero y el más primitivo —explicó Mardoqueo—. No creo que te acuerdes del rostro de tu madre; sin embargo, recuerdas su olor. A mí me pasa lo mismo —añadió, resignado.
A Flavia se le llenaron los ojos de lágrimas: tampoco
